lunes, 4 de mayo de 2026

Azar y mestizaje

 


Azar y mestizaje 


El primer juego que practicó el conquistador en lo que poco después sería la Nueva España fue un juego azteca, el totoloque, que consistía en lanzar pequeñas piezas de oro hacia el suelo, en un campo de cinco líneas. No dejaría de jugar nunca, mientras duró su empresa guerrera y política. Uno de los suyos -Pedro de Alvarado- le ayudaba a hacer trampas en el marcador. El oponente, nada menos que Moctezuma, río ante la chapuza descubierta. También él y sus soldados lo hicieron de buena gana. 

La anterior, desde luego, es una anécdota de Hernán Cortés. Con él llegaron a esas tierras los naipes, a los que era tan aficionado. Entre sus hombres Hernán Cortés permitió, y aún propició, la práctica de aquel juego y la de los dados, con el fin de ahuyentar el sueño en los campamentos nocturnos y evitar ataques inesperados. Lo cierto es que no todas las embestidas de esa índole podían ser evitadas, como recuerda ante Artemio de Valle-Arizpe, y registró José Luis Martínez: "en una ocasión varios señores nobles convencieron a Cortés de jugar a las barajas en una de sus casas. Era un día de tormenta creciente, y no tardó un rayo en irrumpir en la mesa de los jugadores. Deshizo todo, pero mantuvo con vida a los atemorizados señores. Cortés juró entonces no permitir más juegos en su casa, pero siguió disfrutando de una de sus mayores aficiones en casas de sus amigos.”

Los españoles generalizarían en todo el virreinato el gusto por el juego, lo que ciertamente propició la convivencia y sin duda también inconformidades que terminaban en grescas. Aquella generalización llegó a tanto, que en uno de los patios del palacio real se celebraban, entre gritos, un juego de trucos y uno de baraja, en un desplumadero abierto día y noche, según cuenta el mismo don Artemio. Desde luego que no sólo los españoles entregaban su suerte al azar. Los indígenas que, -como hemos visto- realizaban varias prácticas lúdicas, no tardaron en aficionarse a los naipes y a cruzar apuestas. Era común, por otra parte, que los ibéricos desempleados en el virreinato, errantes con frecuencia y en ocasiones moradores de poblaciones indias, fueran adictos a los juegos de cartas, de dados y a las peleas de gallos. Menudeaban en esas prácticas, hacia su reiterados desenlaces, los hechos violentos. Tampoco establecidos con firmeza en el orden social imperante, los mestizos solían entregarse a toda clase de competencias azarosas, frecuentemente clausuradas de modo cruento. 

La disposición lúdica del azar no se observaba sólo en los jolgorios populares. Las cartas de la suerte serían también vías expeditas de la exposición de valores que habrían de ser compartidas por los colonizadores y los dueños originales de esta tierra. En el diseño de los naipes puede verse, según ha registrado puntualmente María Isabel Grañén Porrúa, una enorme variedad de procedencias, diseños, significados e intenciones alegóricas. En este terreno el juego azaroso ha abandonado su campo circunscrito en una esperanzada distensión para acceder al lenguaje esotérico del tarot, a la irrupción de imágenes que requieren de interpretación especial; en estos naipes se intentaba una didáctica, se hacían convivir de manera central la fuerza inevitable del azar con las imágenes mismas de personajes y figuras míticas en las cartas. El mestizaje no se alejaría en ningún sentido de la reiterada búsqueda del azar. Incluso en su proceso de evolución hizo coincidir -en una carta correspondiente a un juego de 1583- una escena de juego del volador mexicano con la embestida de dos toros españoles. El juego había comenzado.


(Tomado de: Reyes, Juan José - Cuestión de suerte, Editorial Clío, libros y videos S. A. de C. V., México 1997)

sábado, 2 de mayo de 2026

Toña La Negra y el cine


Toña La Negra 

No sé porque con la distancia 

todos los pensamientos se avivan más,

será tal vez esa fragancia 

que dejan en el alma 

las cosas que se van.

Agustín Lara,

en la voz de Toña La Negra 


Con toda la magia del Caribe, despojada de artificios, sólo con la fuerza de lo natural-profundo, la voz de Toña La Negra crecía y llenaba su entorno al decir, mientras el músico poeta la acompañaba al piano: "Por qué negar que fue la vida/ la que a nuestras almas vino a separar/ y por qué mentir/ si es imposible/ que el corazón pueda sin amor vivir…”.

María Antonia del Carmen Peregrino Álvarez, artísticamente conocida como Toña La Negra (1912-1982) y don Agustín se conocieron en la capital mexicana, en 1932, cuando ambos asistían a una fiesta particular. Toña tenía entonces 20 años y en medio de aquellas personas se expresó del único y mejor modo en que sabía hacerlo: con su voz. Nomás la escuchó, el maestro, "pasmado" -así lo diría en sus memorias-, inquirió: "¿De dónde ha salido usted?", a lo que la joven, tal vez un poco azorada, solo atinó a responder: "Nadie, soy nadie, señor Lara”.

Sin embargo, a fines de aquel mismo año, Toña y Agustín -para ella especialmente escribió la canción "Lamento jarocho"- comenzaron a actuar juntos en una revista musical del teatro Esperanza Iris. Y esa unión, maravillosa complicidad artística, se mantuvo a través de los años en la radio, los escenarios, los discos y las películas. 

Muchos años después de aquel feliz encuentro que unió al autor y a una de sus mejores intérpretes, un profundo conocedor del cine mexicano, Emilio García Riera, escribió: "Para que el pecado se luzca en su cabaretera plenitud, debe llevar, como fondo, canciones de Agustín Lara en la voz de Toña La Negra". Las palabras del acucioso investigador expresan de algún modo lo que fue el paso de la cantante veracruzana por el cine mexicano a través de un largo periodo, iniciado en 1934 y que se extendió, según todo parece indicar, hasta fines de los años cincuenta. 

Pero en aquellas películas -muchas, es verdad, asociadas al cabaret que había inventado el cine mexicano de la época- es justo señalar que Toña La Negra también interpretó a otros compositores, mexicanos o no. 

La aventura cinematográfica de la cantante comenzó con Payasadas de la vida, filme de Miguel Zacarías en el que interpreta canciones de Ernesto Lecuona y Gonzalo Curiel. A esa película se sumaron otras dos: Así es mi tierra y Águila o sol, ambas de 1937, con música y canciones de Ignacio Fernández Esperón (Tata Nacho) y Rafael Hernández. Entretanto, también apareció, al lado de Agustín Lara en un corto musical dirigido por Arcady Boytler. 

Los años cuarenta exigieron una mayor participación suya en el cine mexicano, sin que por eso desatendiera sus compromisos con la RCA Víctor. A dicho decenio corresponden, entre otras películas, Amor de la calle, María Eugenia y Konga roja inspirada una y otras, respectivamente, en El bolero de Fernando Zensido Maldonado y la música de Manuel Esperón. Por su parte, Humo en los ojos, Cortesana, Revancha y Mujeres en mi vida, de la misma década, contienen, como es fácil inferir, música y canciones del maestro Agustín Lara. 

En 1950, en La mujer que yo amé, Toña, interpretándose a sí misma, dialoga con el inspirado autor con el que estaba tan plenamente identificada. Ese mismo año, apenas sin pausa, la vemos en planos que duran lo que una canción en Víctimas del pecado, Amor vendido, Pecado, En carne viva y Una gallega baila mambo

Sin embargo a partir de 1951 su incursión al cine disminuyó ostensiblemente; tanto, que sólo se hará patente, según nuestras fuentes, en Los enredos de una gallega, Música de siempre y Bolero inmortal, título con el que parece concluir su relación con el cine. 

Hay que añadir que, simultáneamente a su labor cinematográfica, en ese otro mundo apasionante que es el de las grabaciones -dejó 75 discos de larga duración-, a través de los años, Toña La Negra, con su voz inconfundible que tantas cosas dijo a los enamorados, se impuso en cientos de composiciones. Bástenos mencionar, porque ellas son las condensación de su estilo único, "Cenizas", de Wello Rivas; "Este amor salvaje", de Miguel Valladares; "La gloria eres tú", de José Antonio Méndez, o "Si me pudieras querer", de Ignacio Villa (Bola de Nieve).


(Tomado de: Calderón González, Jorge - Nosotros, la música y el cine. Universidad Veracruzana, Jalapa de Enríquez, Veracruz, 1997)