viernes, 12 de junio de 2026

El enigma de Juan Diego



El enigma de Juan Diego 


Por siglos, el misterio de su existencia originó enconadas disputas entre historiadores y teólogos y feroces polémicas, traiciones y zancadillas entre los más altos prelados. El veredicto final está hoy en la mente del papa. 

Por Alejandro León 

-Tenía que ser otro alemán -dicen que refunfuñó el arzobispo primado de México, cardenal Norberto Rivera Carrera, cuando hace 3 años se reveló por primera vez que el abad de la basílica de Guadalupe, Guillermo Schulenburg, ponía en tela de juicio la existencia del indio Juan Diego y su milagroso encuentro con la virgen en el Tepeyac. El segundo alemán a quien aludía el jefe de los católicos mexicanos es Martín Lutero, el sacerdote cuyas críticas y denuncias desencadenaron en el siglo XVI la mayor crisis en la historia de la Iglesia. Se trataba de una exageración, porque las dudas de Schulenburg -vagamente expresadas y compartidas por muy pocos- jamás llegarían a provocar un cisma, ni siquiera una crisis. Aún así, Rivera se lanzó con tal denuedo contra el disidente que en pocas semanas el abad de 77 años de edad y que por 3 décadas había reinado en la basílica con sus tesoros, se vio obligado a retirarse debido a lo que el derecho canónico denomina odium plebis, odio del pueblo, escándalo de la multitud. 

Por lo pronto, sin embargo, Schulenburg siguió como poder tras el trono -con el título de abad emérito- y 2 de sus más fieles colaboradores, al frente de la basílica: el arcipreste Carlos Warnholtz (otro descendiente de alemanes, de 74 años de edad y 50 de sacerdocio) y el bibliotecario Esteban Martínez de la Serna. 

Las aguas sólo volvieron a agitarse a fines del año pasado, cuando trascendió en el Vaticano que la congregación de las Causas de los Santos se disponía a recomendar, tras 14 años de análisis jurídicos y teológicos, la canonización de Juan Diego; y que tal vez el papa retornará ese año a México para elevar a los altares al indio en cuya existencia Schulenburg no logra creer. 

Juan Diego fue beatificado por Juan Pablo II en 1990, pero ello no desesperó a Schulenburg porque un beato es sólo un siervo de Dios exhibido ante los creyentes como buen ejemplo, para fortalecer la fe, sin por ello atribuirle milagros ni erigirlo en intermediario entre los hombres y la divinidad. 

Santa indignación 

Santificar, en cambio, implica declarar por la infalible voz del papa que el ungido fue perfecto, libre de toda culpa, capaz de hacer milagros y merecedor de culto en todos los altares. Esta perspectiva escandalizó al ex abad Schulenburg, el arcipreste Warnholtz y el bibliotecario Martínez de la Serna, quienes vertieron todas sus objeciones en una carta al cardenal Ángelo Sodano, secretario de Estado de la Santa Sede, con copias para monseñor Tarsicio Bertone, secretario de la Congregación de la Doctrina de la Fe y monseñor José Saraiva Martins, prefecto de la congregación de las Causas de los Santos: 

"El papa se pondría en ridículo si canonizara a una persona antes de que quede clara su existencia", clamaba la misiva, que tal vez habría pasado a dormir un sueño eterno en algún archivo del Vaticano sin manos anónimas (amigos vaticanos del cardenal Rivera Carrera, creen los schulenburguistas) no hubieran filtrado una copia al periodista italiano Andrea Tornelli, del diario milanés Il giornale y la influyente revista mensual 30 giorni: el mismo columnista que con su revelaciones de 1996 había provocado la primera caída de Schulenburg. 

La reacción de la alta jerarquía fue fulminante. Los más altos prelados amenazaron a Schulenburg con la excomunión, algo terrible para un católico que vive sus últimos días; el obispo de Ecatepec Onésimo Cepeda, presidente de la Comisión Episcopal de Comunicación Social, declaró a la prensa que no se debe tomar en serio al anciano abad, porque "ya está mal de la chiluca"; y el nuncio apostólico Justo Mullor, representante diplomático de un Estado extranjero, decidió invadir la jurisdicción de la Iglesia católica mexicana y ordenó una auditoría a la basílica de Guadalupe, acusando implícitamente al ex abad de haber hecho fortuna robando por décadas las limosnas de los pobres. 

Shulenburg quedó moralmente tan maltrecho que se encerró en su mansión de las Lomas de Chapultepec y se niega a hablar con extraños. Dicen que está sumido en la depresión y temen por su vida. 

Aparicionistas vs. antiaparicionistas

La discusión sobre la existencia de Juan Diego y la realidad de su encuentro con la virgen, es cosa añeja: ya en septiembre de 1556 (25 años después de la supuesta aparición) fray Francisco de Bustamante (1485-1562), provincial de los franciscanos en la Nueva España, puso ambas cosas en duda en un sermón pronunciado como respuesta a la prédica que en alabanza de la guadalupana realizara poco antes fray Alonso de Montúfar (1498-1573), arzobispo de México entre 1551 y 1573 y primer impulsor del culto a la virgen del Tepeyac. El padre Bustamante creía que la imagen del ayate era obra de Marcos de Aquino, un indio famoso por su habilidad como pintor y calificaba la creencia en esta aparición, como "idolatría " (ver la guadalupana en el cincuentenario de un atentado; Contenido, Ene. 1972).

En años siguientes (1575-77 y 1585) fray Bernardino de Sahagún (1499?-1590) calificó esa devoción como un grave error de evangelización, pues, según él, los indios adoraban en realidad a Tonantzin, deidad femenina de la maternidad y la fertilidad. 

También se asoció el culto a la Guadalupe mexicana (nombre de origen árabe cuyo significado preciso se ignora: los etimólogos lo traducen por "río de lobos", "río de corazón", "río escondido" o "río de luz") con el de su homónima española de Extremadura, de la que muchos conquistadores eran devotos. 

En aquella región de España se rendía adoración desde el siglo XII y con ese apelativo a una imagen encontrada en el monte por el pastor Gil Cordero, cuya aventura guarda asombroso paralelismo con la de Juan Diego: ambos episodios ocurren en un cerro, los protagonistas son pobres; suceden sendos milagros (en el caso español, una vaca resucita) y en los 2 la virgen solicita que se levante un templo en su honor (el peninsular, en la villa de Cáceres, a 500 km de Madrid).

En México, el culto cobró irresistible fuerza a partir de 1648, gracias a la publicación del libro Imagen de la virgen María Madre de Dios de Guadalupe, del padre Miguel Sánchez, que narra con detalle las apariciones aunque reconoce la inexistencia de documentos históricos que las prueben. Inclusive, al final del libro se incluyó una carta del bachiller Luis Lasso de la Vega, vicario de la ermita de Guadalupe, en la cual admite que ni él ni sus antecesores habían tenido referencia del origen milagroso de la imagen que allí se veneraba. 

Tan dolido quedó el bachiller Lasso por la exhibición de su ignorancia que un año después publicó el Hueitlamahuizoltica, una compilación de textos en náhuatl y español sobre las apariciones y prodigios de la virgen en el Tepeyac. Interesó especialmente a los "aparicionistas" la parte titulada Nican mopohua, atribuida a un indígena hispanizado de estirpe noble llamado Antonio Valerian,  que narra los hechos con minucia. 

Un Schulenburg del siglo XIX 

La circulación de los textos aparicionistas no amilanó a los negadores el milagro. El 12 de diciembre de 1794 fray Servando Teresa de Mier (1765-1827) se mofó del milagro en un sermón pronunciado en plena basílica de Guadalupe y lo asoció con la supuesta evangelización de los mexicanos por Santo Tomás-Quetzalcóatl, lo que le valió ser desterrado 10 años a España, inhabilitado como sacerdote. 

Casi un siglo después, en enero de 1884, se realizó en la basílica de Guadalupe la apertura del proceso canónico para la beatificación y Canonización de Juan Diego; el juicio duró 2 años, tuvo lugar en la iglesia de la Profesa en el DF y al cabo la causa fue desechada por falta de pruebas. Diez años más tarde, en 1896, el arzobispo de México, Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos (1816-1891), solicitó al prestigiado historiador Joaquín García Icazbalceta (1825-1894) buscar  pruebas fehacientes de la existencia de Juan Diego para promover la canonización del indígena. 

En su equilibrada respuesta el erudito admitía que la ausencia de textos anteriores a 1648 (año de publicación de la Imagen del padre Sánchez); la anula mención del suceso en los documentos del obispo fray Juan de Zumárraga (1468-1548) -segundo personaje en importancia después de Juan Diego-; la imposibilidad de los indios de pronunciar el nombre "Guadalupe" por carecer su alfabeto de la letra "g" y el sospechoso parecido de la imagen mexicana con la española de Extremadura, habían convertido sus dudas en "certeza de la falsedad del hecho". "Y no he sido el único -proseguía-. Por eso juzgo que es cosa muy delicada seguir defendiendo la historia" (ver Un historiador niega la existencia de Juan Diego; Contenido, Jul. 1990).

En ese mismo año el obispo de Tamaulipas, Eduardo Sánchez Camacho (1838-1920) se opuso a la coronación de la virgen de Guadalupe como patrona de México, aunque se vio obligado a asistir a las festividades. Al cabo, al igual que Schulenburg, tuvo que dejar su obispado debido al escándalo que provocaron sus afirmaciones. Algunos dicen que desde Roma le ordenaron dimitir y se retiró a su quinta El olvido, donde pronto murió, según se dijo, de tristeza. 

Oscuro final 

En este siglo se hicieron esfuerzos para disipar tantas dudas. En los años 60, a petición del entonces flamante abad Schulenburg, arqueólogos del INAH [Instituto Nacional de Antropología e Historia] excavaron en la antigua capilla de indios a la búsqueda de los restos de Juan Diego. No los hallaron. 

Otro golpe para los "aparicionistas" fue la nueva disposición que el papa Paulo VI hizo en la carta apostólica Motu Proprio, de febrero de 1969, en la que ordenó revisar el calendario litúrgico para dar de baja a los santos que nunca existieron. Un mes más tarde quienes no pasaron la prueba de la historia fueron borrados del santoral católico; entre otros san Jorge, el matadragones, patrono de Inglaterra; san Cristóbal, patrono de los camioneros; san Juan Nepomuceno, patrono de los confesores y de la buena fama; y santa Filomena patrona de los hijos de María. Para evitar suspicacias posteriores, el pontífice estableció que era requisito indispensable comprobar la existencia histórica de los candidatos a beatos o santos. 

Sólo tras la llegada del cardenal Ernesto Corripio Ahumada a la Arquidiócesis de México en 1977 se impulsó seriamente la beatificación de Juan Diego. Corripio consiguió que en 1981 el indígena fuera nombrado siervo de Dios (si bien lo mencionan como beato, el papa Juan Pablo II ha omitido hasta la fecha hacer el pronunciamiento formal: sólo otorgó permiso en mayo de 1990 para que se le rindiera culto público, lo que el derecho canónico califica como "beatificación equivalente" o de facto).

Ante la presión de Corripio de desechar reticencias y al menos beatificar formalmente a Juan Diego, el Vaticano admitió la entrada de la causa y se nombró al historiador y sacerdote José Luis Guerrero "postulador nacional" con la responsabilidad de probar la existencia real de Juan Diego. 

En sólo 17 años Guerrero logró lo que en 450 había sido imposible. Según sus investigaciones, Juan Diego nació en 1474, se llamaba Cuauhtlactoatzin ("la venerable águila que habla", en náhuatl), tenía un Palacio en Cuautitlán y había realizado casi 40 milagros. -Es imposible dudar que efectivamente vivió en el siglo XVI un indígena llamado Juan Diego y que se le apareció la virgen -afirma Guerrero- inclusive, Zumárraga llegó a mencionarlo en una carta, hoy desgraciadamente perdida. 

Según el estudioso, la primera noticia del documento extraviado la dio el padre Miguel Sánchez en el siglo XVII, cuando aseguró que la carta en cuestión estuvo en poder de otro clérigo hasta que le fue robada. -Suena ridículo -acepta Guerrero- pero entonces el papel era escaso en México y muchos archivos fueron saqueados, principalmente para fabricar cohetes. 

Otra versión sobre la hipotética carta -también investigada por Guerrero- refiere un relato del franciscano Pedro de Mezquia que data del siglo XVIII, quien afirmó que el documento estuvo en el convento de Vitoria, España, hasta 1715, cuando desapareció en un incendio. -Viajé a Europa para comprobar los hechos y descubrí que eran ciertos y que Mezquia sí había estado en ese lugar -asevera Guerrero-, lo que certifica, así sea circunstancialmente , a verdad de sus afirmaciones. 

Un manuscrito dudoso 

Otra prueba esgrimida por el postulador Guerrero es el Códice Escalada o Códice 1548 (por el año de su redacción), descubierto hace 3 años por el jesuita Xavier Escalada en la biblioteca de un coleccionista privado que prefiere el anonimato. Aunque el investigador de la causa para la colonización de Juan Diego asevera que el manuscrito fue sometido a estudios grafológicos y químicos que validan su autenticidad, historiadores como Xavier Noguez (autor del libro Documentos guadalupanos) y Ángel T. Gutiérrez Zamora -del libro El guadalupanismo- lo ponen en entredicho y aun afirman que su falsedad sería evidente si se le sometiera a la prueba del carbono 14. 

Aunque poco difundido aún, el Códice Escalada -firmado por fray Bernardino de Sahagún y el juez Antonio Valeriano, el mismo que habría redactado el Nican mopohua- da cuenta precisa de la existencia de Juan Diego e incluso documenta su muerte, en 1548, mismo año que la de fray Juan de Zumárraga.

Para el historiador Guerrero y coautor del libro El encuentro de la virgen de Guadalupe y Juan Diego, muy preciado por la iglesia, la historia científica no se basa en una prueba, sino en una convergencia de pruebas: -En el caso de Juan Diego -ilustra-, su existencia se confirma con pruebas documentales (los códices Escalada y Nican mopohua), iconográficas (la imagen misma), jurídicas (Bartolomé López, conquistador y vecino de Colima, ordenó en 1537 que se le dijeran misas en el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe en el Tepeyac; lo mismo hizo en 1939 una señora María Gómez); arqueológicas (las ruinas de la que habría sido casa de Juan Diego, conocida desde el siglo XVI); y testimonios orales dados por testigos que datan de 1666 y que rindieron informes sobre Juan Diego ante ante las autoridades eclesiásticas de Cuautitlán. 

Para el investigador Guerrero todo esto redondea una "prueba plena": -Cada cosa por separado puede discutirse, pero el conjunto, no -concluye.

Cosa juzgada

Acerca del testimonio de Joaquín García Icazbalceta, en apariencia tan apabullante para los creyentes en Juan Diego, el padre Guerrero dice que un amigo del historiador, el obispo de Yucatán, Crescencio Carrillo y Ancona, publicó en el Diario de México en agosto de 1896 (dos años después de la muerte de Icazbalceta) una carta fechada en diciembre de 1888 en la que el propio don Joaquín manifestaba que ya había cambiado de parecer. 

Todo lo cual no acabó ni acabará con la polémica en torno a Juan Diego, porque el milagro del Tepeyac y sus protagonistas se volvieron políticamente indispensables: haya existido o no Juan Diego, lo cierto es que, cuando se generalizó el culto a la virgen de Guadalupe, que cautivó la imaginación del pueblo, los indígenas que antes habían rehuido la conversión al catolicismo, corrieron por millares a bautizarse; y que los primeros insurgentes de 1810 tuvieron que enarbolar el estandarte guadalupano para arrastrar a la guerra a un pueblo al que sólo unía la fe en la virgen del Tepeyac. 

A pesar del escándalo y la eventual demora en el proceso de canonización es muy probable que Juan Diego se convertirá en el segundo santo mexicano. Para su canonización solo resta que los teólogos de la congregación den su último veredicto a favor y que el papa dé lectura al decreto y fije la fecha de ceremonia. 

Por fin, un alicaído Schulenburg se reunió el 9 de diciembre con el nuncio Mullor, sin que se informara sobre lo tratado. El arcipreste Carlos Warnholtz, a su turno, reconoció ante este reportero el 14 de diciembre pasado: "Me temo que estábamos equivocados". Aunque insistió en que consideradas aisladamente, todas y cada una de las pruebas de la existencia de Juan Diego son débiles, sumadas, no dejan lugar a dudas: 

-El conjunto es tan "denso" que se puede proceder con certeza moral a canonizar a Juan Diego -concluyó con voz ahogada. 

Un alto prelado que se niega a decir si cree o no en el milagro del Tepeyac, sintetizó así la situación: -Si Juan Diego no hubiera existido, por el bien de México, habría que inventarlo; y eso hará el papa, que ama a este país. 


(Tomado de: León, Alejandro - El enigma de Juan Diego. Contenido #440, Contenido, S. A. de C. V., México, D. F., febrero del 2000)

lunes, 8 de junio de 2026

Edmundo O’Gorman

 


Edmundo O’Gorman


Historiador y teórico de la historia, buscador constante de la verdad pasada que define define el estado presente de las cosas y explica el choque -más que el encuentro- de las culturas, Edmundo O'Gorman dejó un importante legado bibliográfico y sentó las bases para una comprensión radicalmente distinta de México y de su devenir. 

Edmundo O'Gorman nació en la ciudad de México el 24 de noviembre de 1906. Su padre fue el ingeniero y pintor británico Cecil Crawford O'Gorman siguió la carrera de derecho y después de diez años de ejercicio profesional se sintió inclinado por la historia y la filosofía que había descubierto desde su primera juventud. A los 42 años obtuvo la maestría en filosofía y a los 45, el doctorado en historia. Entre 1938 y 1952 fue historiador del Archivo General de la Nación de 1940 a 1967 dio clases y dirigió el seminario de Historiografía de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). En 1978 la máxima casa de estudios le otorgó el doctorado honoris causa en reconocimiento a la estrecha y fructífera relación que mantuvo con ella a lo largo de su vida. 

Interesado por la actividad editorial, entre 1932 y 1959 estuvo al frente de Ediciones Alcancía y en 1933 editó cinco cuadernos de poesía. Se desempeñó con éxito en la pintura bajo la influencia de su hermano Juan, el célebre muralista. En 1964 recibió el Premio Nacional de Letras, en 1983 el Premio de Historia Rafael Heliodoro Valle y en 1986 el premio de la UNAM a la docencia. 

Sus principales ideas despertaron serias polémicas. En 1954 discutió ampliamente con Marcel Bataillon sobre dos diferentes concepciones de la tarea histórica. La disputa teórica que mantuvo con Miguel León Portilla en 1987 lo hizo renunciar renunciar a la Academia Mexicana de la Historia que había dirigido desde 1972. Los conceptos que ocasionaron la divergencia fueron "el descubrimiento de América", "el encuentro de ambos mundos" y la "fusión cultural". En vez de estos términos O'Gorman prefería usar los de "apoderamiento" y "dominación". 

A partir de 1967 y hasta su muerte, O'Gorman fue profesor emérito de la UNAM y miembro del Instituto de Investigaciones Históricas. Entre su vasta obra escrita destacaban La invención de América (1958) y México, El trauma de su historia (1977). Su libro Destierro de Sombras pretendía analizar desde una perspectiva histórica objetiva las apariciones de la virgen de Guadalupe. También participó en varias obras colectivas; editó y prologó La evolución política del pueblo mexicano, de Justo Sierra; México en 1554 y Túmulo imperial de Francisco Cervantes de Salazar, y las obras históricas de Fernando de Alva Ixtlixóchitl. Tradujo al español el Ensayo sobre el entendimiento humano de John Locke la Teoría de los sentimientos morales de Adam Smith y los Diálogos sobre religión natural de David Hume.

O'Gorman falleció a las 23:45 hrs. del jueves 28 de septiembre de 1995 a causa de insuficiencia cardíaca derivada de un padecimiento cerebral.


(Tomado de: Todo México 1996. Hechos de 1995. Resumen ilustrado de los acontecimientos más importantes registrados en México en 1995 para la actualización de la Enciclopedia de México. Kentucky, EUA, 1996)

jueves, 4 de junio de 2026

Juegos públicos

 


Juegos públicos 

Durante los tres siglos del virreinato, todos los estratos de la sociedad novohispana se entregaron a la práctica de juegos muy diversos, traídos a esas tierras por los conquistadores. Como veremos en los próximos capítulos, tales prácticas propiciaron varios excesos y desórdenes, que las autoridades se afanaban en reprimir, sin éxito. A la vez, había juegos que implicaban pura diversión, como las carreras de caballos a tropel (que trajo el virrey Luis de Velasco), en celebración de los patronos de cada lugar donde ocurrían, mediante recorridos reiterados por calles y plazas de la Ciudad de México. Pronto también comenzaron las carreras hípicas de competencia, como registra Bernal Díaz del Castillo: "corrieron caballos desde una plaza, que llaman el Tetelulco, hasta la plaza mayor, y dieron ciertas varas de terciopelo y raso para el caballo que más corriese y primero llegase a la plaza”.

La lidia de toros bravos también llegó pronto a la Nueva España. La primera corrida americana ocurre en 1529, en nuestro territorio, en festejo de la conquista de Tenochtitlan. No mucho después, el hombre que había encabezado aquella empresa se volvió torero: Hernán Cortés, un apasionado del juego, como hemos visto ya, lidió reses bravas en 1538. Prohibidas efímeramente por la Iglesia católica a mediados de aquel siglo XVI, las corridas taurinas pronto dejaron de ser diversiones exclusiva de personas ricas y se convirtieron en un espectáculo popular, para el creciente disfrute de aficionados del pueblo, que no tardarían en participar directamente en la llamada fiesta brava. Tal entusiasmo no declinaría, a pesar de lo efímero de las plazas y de la mudable legalidad de la propia práctica de la tauromaquia. Miguel Hidalgo e Ignacio Allende fueron consumados taurófilos, tanto como su adversario Félix María Calleja, quien buscó allegarse fondos para su causa mediante la promoción de corridas, como tiempo después haría Benito Juárez antes de prohibir, en 1867, la lidia de reses bravas. 

Vinculado directamente con la montura hípica y la lidia taurina está uno de los juegos más populares que trajeron a estas tierras los españoles. Se trata del juego de cañas, descrito por Alfonso el Sabio en Las partidas como un ejercicio que consiste en "cabalgar, cazar e jugar toda manera de juegos e usar toda manera de armas según conviene a hijos de reyes". Podría interpretarse como una esgrima ecuestre en la que, protegidos con escudos y sobre caballos provistos de elegantes arneses, varios caballeros forman dos cuadrillas que se enfrentan entre sí, primero luciendo espadas y después arrojando cañas largas despuntadas. Al final del juego, las cañas romas se trocaban por cañas afiladas, que los caballeros sostenían en sus monturas para dar muerte a los toros que se soltaban en la plaza. Hernán Cortés, nuevamente, en este caso fue jugador, y Torquemada refiere que una vez recibió "un cañazo en un empeine del pie que estuvo malo y cojeaba”.

Junto con el poder virreinal declinaron el juego de cañas y otros también de índole ecuestre, como el de moros y cristianos (de fines didácticos dirigidos a la población indígena) y el de corridas de sortijas o anillos. Eran, todas ellas, prácticas lúdicas espectaculares, es decir, estaban destinadas a ser vistas y disfrutadas por un público que no ganaba más que ratos de necesaria diversión.


(Tomado de: Reyes, Juan José - Cuestión de suerte, Editorial Clío, libros y videos S. A. de C. V., México 1997)

lunes, 1 de junio de 2026

Jorge Negrete y el cine


 Jorge Negrete 

Guadalajara en un llano,

México en una laguna,

me he de comer esa tuna 

aunque me espine la mano…


Jorge Negrete, uno de los grandes ídolos del público latinoamericano, nació en 1911 en Guanajuato, México. Falleció 42 años después, a consecuencia de una cirrosis hepática, mientras realizaba una gira artística por Los Ángeles, California. Muy joven abandonó la carrera militar para dedicarse a estudiar canto. A los 26 años, como barítono, ya había triunfado en la radio. A la sazón, fue descubierto por el productor Gonzalo Varela, quien lo convirtió en la figura principal de La madrina del diablo (1937), su primera película, dirigida por Ramón Peón.

Desde entonces y hasta 1953, Jorge Negrete, como actor del cine azteca, nunca se bajó del estrellato; siempre encabezó los créditos de sus películas. Sólo en Juan sin miedo (1938) el nombre del torero Juan Silveti apareció antes que el suyo. A pesar de Pedro Infante y otros, todo parece indicar que, como cantante del cine mexicano, no hubo otra figura igual a la suya. En las películas que más fama le dieran, la música y las canciones eran, por lo regular, de la inspiración de Manuel Esperón, con letras de Ernesto Cortázar. 

Sin embargo, en un principio el afamado actor-cantante se mostró renuente a interpretar la música consustancial al ambiente ranchero. Tanto fue así que, a sus espaldas, mientras se hallaba en el exterior, Manuel Esperón compuso las canciones de ¡Ay, Jalisco, no te rajes! (1941). A su regreso, Negrete, colérico, dijo que él no era mariachi; con todo, al ir cantando las composiciones ("¡Ay, Jalisco, no te rajes", "Traigo un amor", "Fue casualidad" y otras), fue entusiasmándose y puso su corazón en ellas. Lo demás es historia. El éxito fue rotundo. En la cinta El mariachi a la fuerza hizo pareja con Gloria Marín, con quién trabajó en varias películas más. 

Libertad Lamarque consideró en su Autobiografía que fue "una gran equivocación" que ella y Negrete, dos mimados del público latinoamericano, no interpretaran tres o cuatro canciones en Gran Casino (1947), una de las películas que Luis Buñuel dirigiera en México, hoy considerada a pesar de no haber gustado en su momento, como un clásico de esta cinematografía. 

En Hollywood, Negrete incursionó solo una vez, sin trascendencia alguna: El rancho de las flores (1941). Años después, en 1950, Rafael Gil lo dirigió en Teatro Apolo, cinta rodada en España. Empero, lo más importante de su carrera, en lo que al cine respecta, sin duda estuvo como escenario a México, desde donde su popularidad se extendió a todo el continente latinoamericano. 

Aprovechándose inteligentemeante del éxito de filmes como El peñón de las ánimas, Me he de comer esa tuna, ambos de Miguel Zacarías, y de tantos otros en los que, además de actuar, cantaba, Negrete realizó giras triunfales por Buenos Aires, Lima, Madrid. En la Habana arrebató al público al cantar "La viuda alegre". Su contacto con la isla posibilitó, además, que grabara una composición antológica de Manuel Corona: “Longina”.

Negrete filmó cerca de 40 películas. En ellas se escucharían, entre muchas otras, canciones como "Caminos de ayer", de Gonzalo Curiel; "Una palabra, una oración", de Alfonso Esparza Oteo; ¡Ay, Jalisco, no te rajes!", "Cocula" y "Me he de comer esa tuna", de Manuel Esperón; "Ojos tapatíos", de Fernando Méndez Velázquez; "Cartas a Eufemia", de Rubén Fuentes, así como "Si tú te enamoraras", de su propia inspiración. 

En Reportaje, Negrete cantó "La que se fue", de José Alfredo Jiménez. Su episodio junto a María Félix -por allí desfilaron las más cotizadas estrellas del cine mexicano de entonces- es lo mejor de esta película, la penúltima que hizo dirigida por Emilio Fernández. En la última El rapto, una comedia ranchera también del Indio, se dejó escuchar en "El jinete" y otras memorables melodías propias del género que tanto cultivo. 

A pesar de la importancia de su voz, puesta al servicio del cine, al hacer un balance de su carrera se reconoce que Negrete tuvo "actuaciones dramáticas muy estimables" en Historia de un gran amor, de Julio Bracho, y en Canaima, de Juan Bustillo Oro, cuyo argumento descansa en la novela de Rómulo Gallegos.

En aquellas películas de los años cuarenta y cincuenta -algunas producidas por él mismo y su hermano David-, por lo regular llenas de canciones, el plato fuerte de la época, Negrete hizo pareja con María Elena Marqués, Amanda Ledezma, Elsa Aguirre, Miroslava, Carmen Sevilla y otras. 

Figura carismática, hombre de recio carácter, hay que decir también que fue fundador de la Asociación Nacional de Actores (ANDA), "una fuerza sindical y política de gran importancia" en México. 

Como homenaje póstumo, en 1955 el realizador Rafael J. Sevilla, con los números musicales de sus películas más importantes, a los que añadió el noticiero de sus funerales, armó el filme El charro inmortal.


(Tomado de: Calderón González, Jorge - Nosotros, la música y el cine. Universidad Veracruzana, Jalapa de Enríquez, Veracruz, 1997)

jueves, 28 de mayo de 2026

Reformas al Plan de Ayala, 1913

 


Reformas al Plan de Ayala 


Primero. Se reforma el artículo primero de este plan en los términos que enseguida se expresa: 

Artículo 1° Son aplicables, en lo conducente, los conceptos contenidos en este artículo al usurpador del poder público, general Victoriano Huerta, cuya presencia en la Presidencia de la República acentúa cada día más y más su carácter contrastable con todo lo que significa ley, la justicia, el derecho y la moral, hasta el grado de reputársele mucho peor que Madero; y en consecuencia la Revolución continuará hasta obtener el derrocamiento del pseudo mandatario, por exigirlo la conveniencia pública nacional, de entero acuerdo con los principios consagrados en este Plan; principios que la misma Revolución está dispuesta a sostener con la misma entereza y magnanimidad con que lo ha hecho hasta la fecha, basada en la confianza que le inspira la voluntad suprema nacional. 

Segundo. Se reforma el artículo tercero de este Plan, en los términos siguientes: 

Artículo 3° Se declara indigno al general Pascual Orozco del honor que se le había conferido por los elementos del Sur y del Centro, en el artículo de referencia; puesto que por sus inteligencias y componendas en el ilícito, nefasto, pseudo gobierno de Huerta, ha decaído de la estimación de sus conciudadanos, hasta el grado de quedar en condiciones de un cero social, esto es, sin significación alguna aceptable; como traidor que es a los principios juramentados.

Queda en consecuencia, reconocido como jefe de la Revolución de los principios condensados en este Plan el caudillo del Ejército Libertador Centro-Suriano general Emiliano Zapata. 

El general en jefe, Emiliano Zapata, rúbrica. Generales: ingeniero Ángel barrios, Otilio E. Montaño, Eufemio Zapata, Genovevo de la O, Felipe Neri, Cándido Navarro, Francisco V. Pacheco, Francisco Mendoza, Julio A. Gómez, Amador Salazar, Jesús Capistrán, Mucio Bravo, Lorenzo Vázquez, Bonifacio García, rúbricas. Coroneles: Aurelio Bonilla, Ricardo Torres Cano, José Alfaro, José Hernández, Camilo Duarte, Francisco Alarcón Francisco A. García, Emigdio H. Castrejón, Jesús S. Leiva, Alberto Estrada, Modesto Rangel, rúbricas. Teniente coronel: Trinidad A. Paniagua, rúbrica. Secretario, M. Palafox, rúbrica. 

Es copia auténtica de su original y la certifico: Emiliano Zapata, rúbrica.


(Tomado de: Silva Herzog, Jesús - Breve historia de la revolución mexicana ** La etapa constitucionalista y la lucha de facciones. Colección Popular #17, Fondo de Cultura Económica; México, D.F., 1986).

lunes, 25 de mayo de 2026

Café con piquete

 

Café con piquete 


Si usted, abstemio lector -de todos modos estimable- nunca se ha echado entre pecho y espalda, a eso de las tres de la mañana y en esquina cualquiera, un café con piquete, no sabe, entonces, lo que es canela. 

Pregúnteselo a los parranderos largos, a los trasnochadores tercos; a quienes trabajan a la intemperie nocturna o a la madrugada húmeda: peones de vía y pavimentos, voceadores, ruleteros, policías.

-Buenas, don Cuco... ¿Qué dice la cruda suerte?... 

-Caray, Meche, usted ni la burla perdona. Echeme un cafecito; pero como que se le va la mano. 

Meche saca de abajo del cajón -opulenta mesa- la botella del refino. A decir verdad la saca apenitas, por aquello de las cochinas dudas. No sea que la autoridá... Pero la autoridad llega en persona gendarmeril:

-¡Mechecita.. a ver una canelita!... ¡Sí: con su piquetito!...

Meche llena los jarros de barro; les echa su piquete: azúcar al gusto; menea el líquido con una cuchara; lo entrega. Bajo el cajón mesa, bien tapada no vaya a darle un resfriado, está la botella del refino; encima los jarros y tazas; las cucharas; al lado el recipiente del agua para lavar los trastos. 

Aunque canten por allí gallos desvelados, es noche cerrada, si acaso el parpadear de los ojitos de Santa Lucía; la lejana luz del arbotante dando traspiés por la mojada acera; y el trasnochador, pobrecito -si lo supiera usted- arrimándose el calor del brasero, donde la olla panzona, o el bote tieso "nomás gorgoritea".

¡Ahhh! -muy aspirada- se siente que vuelve el alma al cuerpo. ¡Ufffff! éstos son sorbos de pura vida. 

¡Si usted, lector, supiera lo que es canela!...


(Tomado de: Cortés Tamayo, Ricardo (texto) y Alberto Beltrán (Dibujos) – Los Mexicanos se pintan solos. Juego de recuerdos I. El Día en libros. Sociedad Cooperativa Publicaciones Mexicanas S.C.L. México, D. F., 1986)

jueves, 21 de mayo de 2026

El mar subterráneo



El mar subterráneo 


¿Corales y peces marinos a más de dos mil metros de altura? Sí, y también erizos y almejas gigantescas, tortugas y tiburones. Toda una completa fauna del mar se encuentra en el noroeste de Chiapas, en altas montañas que fueron un día cubiertas por los mares. Así lo han probado los hallazgos de fósiles de las especies antes citadas. El primero en descubrirlo y establecer científicamente su origen fue probablemente el Dr. Federico K. G. Mullerried, investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México

Su hipótesis de que esa parte del continente se hundió en el mar y que, quizás, todo Chiapas hubiera sido cubierta por el Atlántico y el Pacífico, tiene una base inconmovible: hay estratos o capas, uniformemente marinas, con un espesor de tres kilómetros y medio; la extensión nadie la conoce.

Y con ese misterio hay otro infinitamente apasionante: las pruebas de existencia de un gigantesco mar subterráneo todavía aprisionado pero desconocido en su ubicación. 

Una serie de grupos de exploradores extranjeros planean iniciar la búsqueda, y su proyecto, que en mucho se asemeja a los de Julio Verne rumbo al centro de la Tierra, vendría a revelar una de las más asombrosas páginas de la historia de nuestro planeta. 

Quizá pronto se conozcan los primeros resultados. Mientras tanto, no podemos sonreír escépticamente a menos que sepamos explicar por qué, en las altas sierras hay tantos fósiles marinos desde algas y corales hasta peces y reptiles.


(Tomado de: Möller, Harry. México Desconocido. INJUVE, México, D. F., 1973)

Mira un video relacionado AQUÍ


lunes, 18 de mayo de 2026

El “Trío Veneno” y socios


 VIII 

El “Trío Veneno” y socios 


Los llamaban primero “Los Cuatro Ases de la Canción”. Eran Mario Talavera, Ignacio Fernández Esperón, Alfonso Esparza Oteo y Miguel Lerdo de Tejada. Años después, al morir este último, los restantes fueron conocidos como el "Trío Veneno", tal vez por el mordaz ingenio de que hacían gala en el ambiente bohemio. 

Si bien Lerdo de Tejada se significó por sus innovaciones musicales, su dinamismo y visión para crear fuentes de trabajo para los músicos nacionales, sus composiciones en términos generales pecaron de europeizantes y pocas de ellas lograron gran popularidad; su obra máxima fue la canción Perjura, de intenso sabor italiano. Por otra parte, Lerdo de Tejada fue muy respetado en el ambiente musical. 

En cuanto a sus tres colegas, aunque algunas de sus piezas conservaron rasgos de extranjerismo, la mayor parte siguió los lineamientos nacionalistas fijados por Manuel M. Ponce; así, el magnífico trío se erigió en pilar fundamental de la canción mexicana moderna y, por ende, en forjador de la Época de Oro que ya anunciaba su llegada. 

¿Cantar o componer? 

El veracruzano Mario Talavera, nacido en 1885, pudo ser un gran cantante de ópera o uno de los intérpretes de música popular más famosos de su tiempo, pero nunca concedió gran importancia a su extraordinaria voz de tenor. Tenía alrededor de 25 años de edad cuando concluyó sus estudios en el Conservatorio Nacional de Música; entonces se dedicó brevemente al género operístico y algunos críticos llegaron a comparar su voz con la de Caruso.

Hizo algunas giras exitosas por varios países, demostró que podía triunfar como cantante y después se dedicó a la composición. También en esta actividad se destacó inmediatamente. Pero ni la popularidad de sus bellas canciones Gratia Plena, China, Arrullo y otras, hizo olvidar a sus allegados el desperdicio de su privilegiada voz. 

¿Fue acaso demasiado bohemio para aceptar las renuncias y limitaciones que implica el canto? Lo cierto es que sus canciones fueron popularizadas principalmente por las voces de Jesús Pedraza, el doctor Alfonso Ortiz Tirado y Felipe Llera (por cierto, este último a diferencia de Talavera, supo combinar el canto y la composición, escribió canciones tan conocidas como La casita, cantó ópera e interpretó la canción mexicana formando dueto con su esposa su esposa Julia Irigoyen).

Enjuto y sonriente, el caballeroso Mario Talavera se destacó también como un conversador de gran ingenio y como una eficaz defensor y organizador de los compositores mexicanos. 

Las glorias de “Tata Nacho

Miembro destacadísimo del grupo precursor de la Edad de Oro fue el también "venenoso" Ignacio Fernández Esperón, mejor conocido como "Tata Nacho". Este sobrenombre, dicho sea de paso, se lo pusieron sus compañeros de juegos cuando, muy pequeño todavía, sufrió una grave caída en la que perdió parte de la dentadura y habló "como viejito" durante algún tiempo, mientras le hacían su dentadura postiza. 

"Tata Nacho" no se afilió a la bohemia: nació en ella. En su Oaxaca natal su casa era centro de reunión de artistas y literatos, pues el doctor Ignacio Fernández Ortigoza, su padre, era un gran aficionado a la música, la poesía y sobre todo la conversación. Por otra parte, su madre era pianista de considerable talento. Cuando la familia se estableció en la Ciudad de México, las tertulias se hicieron aún más frecuentes, ahora con la asistencia de figuras de la talla de Luis G. Urbina y Amado Nervo. Este ambiente pronto hizo sus efectos sobre el pequeño Nacho, quien a menudo abandonaba los juegos infantiles para ponerse a improvisar canciones. No pasaba de los seis años de edad cuando ya sorprendía a los invitados con sus composiciones. 

La catedral de la bohemia 

Estudió en la Escuela Normal de Maestros y desempeñó diversos trabajos de poca importancia y ajenos totalmente a la música. A continuación, su amor al campo lo confundió y decidió inscribirse en la Escuela Nacional de Agricultura: aún no se percataba de que su misión sería cantar a la campiña, no cultivarla. Desorientado, abandonó la escuela y empezó a frecuentar el estudio del pintor y escultor Ignacio Rosas; este lugar era, en plena Revolución, una pequeña catedral de la bohemia capitalina. 

Ahí conoció a la estrella del teatro frívolo María Conesa, al caricaturista Ernesto "Chango" García Cabral, al músico Miguel Lerdo de Tejada e incontables artistas y escritores no menos famosos. Y su vocación musical experimentó una exaltación definitiva. Según relatarían tiempo después algunos miembros del grupo, en una de las reuniones el poeta Francisco Orozco se mostró muy abatido porque lo había abandonado una jovencita que trabajaba como modelo para Rosas. "Tata Nacho" se sentó al piano y ejecutó para el poeta entristecido una de sus canciones, a la que adaptó rápidamente algunas frases alusivas al caso. Así nació Adiós mi chaparrita, canción que daría fama a Fernández Esperón y contribuiría grandemente a abrir las puertas del mundo musical a los compositores mexicanos. 

Afirmaban sus amigos que su otra gran canción, La borrachita, se completó también en el estudio de Rosas; se cuenta que esta vez "Tata Nacho" improvisó la letra inspirado en una hermosa muchacha que frecuentaba al grupo y a la que en esa ocasión se le pasaron un poco las copas:

Borrachita me voy 

para olvidarte;

te quero mucho, 

tú también me queres…

Poco tiempo después, viajó a Nueva York para estudiar música. Dos mexicanos que tenían allá un restaurante le habían ofrecido casa y comida gratuitas. Pero al llegar a la urbe neoyorquina, encontró el restaurante cerrado y para sobrevivir se empleó como escribiente en el consulado mexicano. 

Allá compuso, entre otras, su nostálgica Qué triste estoy. Volvió a México en 1927, recorrió todo el país haciendo investigaciones sobre música folclórica y en 1929 partió a Europa, donde permaneció estudiando y escribiendo música hasta 1937. 

En el Viejo Mundo compuso Nunca, otra de sus creaciones inolvidables. 

Sus viajes por otras tierras le permitieron comprobar la situación desventajosa que padecían los compositores mexicanos: totalmente desprotegidos y sin la posibilidad de vivir del producto de su música, estaban obligados a depender de la ayuda del gobierno, a dar clases o a trabajar como músicos para ganarse el sustento. Por ello, en 1939 decidió unirse a Alfonso Esparza Oteo y otros compositores con objeto de formar un sindicato. En 1948 éste se convirtió en la Sociedad de Autores y Compositores de Música. 

En los años siguientes dirigió el popular programa radiofónico Así es mi tierra, dedicado exclusivamente a la música folclórica. Fue director de la Orquesta Típica de la Ciudad de México y formó un conjunto llamado Rondalla Mexicana. 

En 1963 llegó a la cima de su carrera al ser electo presidente de la Sociedad de Autores y Compositores, y recibir el homenaje nacional que se le rindió a través de los grandes medios de difusión. 

El "Viejo Amor” de un villista

Completaba el "Trío Veneno" el compositor de Aguascalientes Alfonso Esparza Oteo, que había llegado a México todavía "oliendo a pólvora", pues los últimos años los había pasado en la Revolución, combatiendo con los villistas. 

Tenía grandes deseos de triunfo y éste llegó pronto. En sus alforjas traía melodías tan bellas que una editora de música empezó a publicarlas de inmediato. En poco tiempo, el joven Esparza Oteo se hallaba convertido en compositor famoso y en miembro distinguido de la bohemia. La apoteosis sobrevino cuando dio a conocer Un viejo Amor, canción que a medio siglo de distancia se sigue escuchando. 

Esparza Oteo desplegó también una actividad intensa como director artístico de radiodifusoras, director de orquesta y líder de los compositores. Realizó, asimismo, numerosas giras por todo el Continente.

Sus resonantes y frecuentes éxitos, sumados a los de "Tata Nacho" y Mario Talavera, ampliaron para la canción mexicana los cauces abiertos años antes por Manuel M. Ponce. Melodías de calidad tan elevada -y a la vez tan accesibles- como Dime que sí y Déjame llorar o las rancheras Pajarillo barranqueño y Te he de querer, consolidaron el nacionalismo musical, captaron para la canción mexicana el gusto de la gente de toda clase social y sembraron la simiente cuyo fruto sería la época de oro.


(Tomado de: Morales, Salvador y los redactores de CONTENIDO - Auge y ocaso de la música mexicana. Editorial Contenido, S.A. México, 1975)


jueves, 14 de mayo de 2026

Cenote Dzitnup, Yucatán

 

Cenote Dzitnup, Yucatán 


Descripción del lugar.- El cenote de Dzitnup, también conocido como "Xkekén", es una belleza poco común. Su entrada es estrecha, descendiendo por unas escalinatas bien labradas de roca, se llega inmediatamente a un corto paraje que accede al único salón de la cavidad, en el cual existe un lago de un color azul turquesa, adornado por las estalagmitas que descienden de la bóveda y que duplican su imagen. Además, una luz que penetra de un boquete del techo, se une a toda esta majestuosidad.

Cómo llegar.- Tome la carretera Mérida-Valladolid número 180, unos 3 km antes de llegar a esta última ciudad, hay una desviación, del lado derecho, que lo conducirá al poblado de Dzitnup, 2 km adelante está el cenote.

Servicios existentes.- En la ciudad de Valladolid puede encontrar buenos hoteles de estilo provinciano, así como los mejores lugares para comer. 

Equipo necesario.- Dólo se requiere de un par de sandalias y traje de baño. 

Duración de la excursión.- Como este recorrido no presenta ninguna dificultad, ya que se puede llegar en automóvil hasta la entrada del cenote, sugerimos realizarlo en uno o dos días. El cenote de Dzitnup se puede visitar en cualquier época del año y su duración sólo depende de usted.



(Tomado de: Guía México Desconocido, edición especial, Guía número 22, lugares para excursionar. Editorial Jilguero, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1995)

Mira un video de los cenotes Samula y Xkekén AQUÍ


lunes, 11 de mayo de 2026

Luis Valdez


 Luis Valdez 


Actor, director, dramaturgo y cineasta, considerado el iniciador del teatro chicano, nació en 1940 en Delano, California. Fue el segundo de diez hijos de una familia de trabajadores agrícolas migrantes de origen mexicano. Creció trabajando en el campo. Desde la edad de siete años mostró su vocación de dramaturgo jugando al teatro con sus amigos, haciendo máscaras y títeres. A los 16 años, con sus propios muñecos, inició como ventrílocuo en la estación local de San José, California. Después recibió una beca para estudiar literatura en la universidad, donde comenzó a escribir y dirigir sus primeras obras, ya desde entonces relacionadas con su experiencia familiar. 

Al estallar la huelga de la uva en California en 1965, Luis Valdez decide seguir sus instintos de volver a su raíz y regresa al valle de San Joaquín para unirse a la lucha de los trabajadores agrícolas, a través de la dramatización de su vida mediante El Teatro Campesino. Ahí encontró su fuerza como dramaturgo representando a su pueblo e inspirando a jóvenes chicanos a usar al teatro como vehículo para organizar y analizar los problemas de la comunidad. Después de tres años la compañía deja los campos de la uva, se establece en San Luis Obispo, para convertirse en un movimiento de teatro chicano, popular, bilingüe, bicultural y con un fuerte sentido de identidad, con reconocimiento no sólo en Estados Unidos sino en Latinoamérica y Europa. Con casi treinta años de historia, El Teatro Campesino, desde San Juan Bautista, sigue siendo el foro y escuela de grandes dramaturgos chicanos. Luis Valdez llega al cine a través de su obra teatral "Zoot Suit", que dirige y filma para los estudios Universal en sólo trece días. Esto le ganó el respeto artístico en Hollywood; cinco años después con la película "La bamba" logra el éxito comercial. Sus obras también han sido producidas para la televisión: "Los vendidos", "La pastorela", "¡Corridos!", "Tales of Passion and Revolution", entre otras. En 1994 fue reconocido por el gobierno mexicano con la orden de El Águila Azteca.


(Tomado de: Diaz de Cossío, Roger; et al. Los mexicanos en Estados Unidos. Sistemas Técnicos de Edición, S.A. de C. V. México, D. F., 1997)

jueves, 7 de mayo de 2026

La alcurnia rojinegra

 


La alcurnia rojinegra 

El club Atlas nació como un remedio a la nostalgia. En un café de Guadalajara un grupo de jóvenes de la alta sociedad tapatía añoraba el juego que habían practicado durante sus años de estudiantes en Inglaterra. Ahí decidieron que el único alivio a sus males era formar un equipo de fútbol. 

Algunos de esos jóvenes eran los hermanos Alfonso y Juan José "Lico" Cortina, que habían aprendido a driblar en el Colegio Saint Aloysius; Pedro "Perico" y Carlos Fernández del Valle, que fueron ases del Saint John's; el trío de los Orendáin, que habían pateado el balón en el colegio Ampleforth al norte de Inglaterra, y Federico Collignon, quien a su regreso de Berlín se volvió un jugador famoso con el equipo Rovers de la Ciudad de México. 

El club quedó constituido el verano de 1916 en la casa de campo que la familia Orendáin tenía en San Pedro Tlaquepaque. Fue "Lico" Cortina quien bautizó al equipo como Atlas y también el diseñador del uniforme rojinegro. Para el escudo recurrió a Carlos Sthal, pintor y gran dibujante, quien le sugirió la "A" blanca con un fondo rojinegro. El escenario de su reencuentro con el balón fueron los llanos de La Bajadita, cercanos a San Pedro. Ahí, vistiendo sus pantalones bombachos y con un sombrero de fieltro tipo quesadilla que sólo se quitaban para cabecear, depuraron su técnica inglesa. 

Cuando enfrentaban a los equipos locales resaltaba la superioridad de su juego basado en rápidas triangulaciones y su habilidad para eludir las cargas. Además, mientras sus contrincantes sólo sabían pegarle al balón con la punta del pie, es decir, de "punterazo" o "puñalada", ellos utilizaban el empeine para darle efecto a la trayectoria de la bola. 

Este juego más efectista o preciosista quedó de manifiesto en el primer partido que disputaron contra el Guadalajara. Los atlistas pasearon por el campo a los rojiblancos, que desconcertados no pudieron oponer resistencia. El resultado fue un estrepitoso 18 a 0. Así inició el clásico tapatío. 

Al año siguiente el Club Atlas se mudó a los terrenos de El Paradero, ubicados en el camino de Guadalajara a San Pedro Tlaquepaque, llamados así porque ahí había un jacalón en forma de medio círculo con tejas de barro donde paraban los tranvías que salían de Guadalajara. En esas instalaciones se formó una escuela que comenzó a enseñar un fútbol elegante, calificado más tarde como "académico", que logró mantener su hegemonía en las canchas tapatías hasta 1921.


(Tomado de: Bañuelos Rentería, Javier. Balón a tierra (1896-1932). Crónica del fútbol mexicano. Editorial Clío, libros y videos S.A. de C.V. Segunda edición, México, 1998)

lunes, 4 de mayo de 2026

Azar y mestizaje

 


Azar y mestizaje 


El primer juego que practicó el conquistador en lo que poco después sería la Nueva España fue un juego azteca, el totoloque, que consistía en lanzar pequeñas piezas de oro hacia el suelo, en un campo de cinco líneas. No dejaría de jugar nunca, mientras duró su empresa guerrera y política. Uno de los suyos -Pedro de Alvarado- le ayudaba a hacer trampas en el marcador. El oponente, nada menos que Moctezuma, río ante la chapuza descubierta. También él y sus soldados lo hicieron de buena gana. 

La anterior, desde luego, es una anécdota de Hernán Cortés. Con él llegaron a esas tierras los naipes, a los que era tan aficionado. Entre sus hombres Hernán Cortés permitió, y aún propició, la práctica de aquel juego y la de los dados, con el fin de ahuyentar el sueño en los campamentos nocturnos y evitar ataques inesperados. Lo cierto es que no todas las embestidas de esa índole podían ser evitadas, como recuerda ante Artemio de Valle-Arizpe, y registró José Luis Martínez: "en una ocasión varios señores nobles convencieron a Cortés de jugar a las barajas en una de sus casas. Era un día de tormenta creciente, y no tardó un rayo en irrumpir en la mesa de los jugadores. Deshizo todo, pero mantuvo con vida a los atemorizados señores. Cortés juró entonces no permitir más juegos en su casa, pero siguió disfrutando de una de sus mayores aficiones en casas de sus amigos.”

Los españoles generalizarían en todo el virreinato el gusto por el juego, lo que ciertamente propició la convivencia y sin duda también inconformidades que terminaban en grescas. Aquella generalización llegó a tanto, que en uno de los patios del palacio real se celebraban, entre gritos, un juego de trucos y uno de baraja, en un desplumadero abierto día y noche, según cuenta el mismo don Artemio. Desde luego que no sólo los españoles entregaban su suerte al azar. Los indígenas que, -como hemos visto- realizaban varias prácticas lúdicas, no tardaron en aficionarse a los naipes y a cruzar apuestas. Era común, por otra parte, que los ibéricos desempleados en el virreinato, errantes con frecuencia y en ocasiones moradores de poblaciones indias, fueran adictos a los juegos de cartas, de dados y a las peleas de gallos. Menudeaban en esas prácticas, hacia su reiterados desenlaces, los hechos violentos. Tampoco establecidos con firmeza en el orden social imperante, los mestizos solían entregarse a toda clase de competencias azarosas, frecuentemente clausuradas de modo cruento. 

La disposición lúdica del azar no se observaba sólo en los jolgorios populares. Las cartas de la suerte serían también vías expeditas de la exposición de valores que habrían de ser compartidas por los colonizadores y los dueños originales de esta tierra. En el diseño de los naipes puede verse, según ha registrado puntualmente María Isabel Grañén Porrúa, una enorme variedad de procedencias, diseños, significados e intenciones alegóricas. En este terreno el juego azaroso ha abandonado su campo circunscrito en una esperanzada distensión para acceder al lenguaje esotérico del tarot, a la irrupción de imágenes que requieren de interpretación especial; en estos naipes se intentaba una didáctica, se hacían convivir de manera central la fuerza inevitable del azar con las imágenes mismas de personajes y figuras míticas en las cartas. El mestizaje no se alejaría en ningún sentido de la reiterada búsqueda del azar. Incluso en su proceso de evolución hizo coincidir -en una carta correspondiente a un juego de 1583- una escena de juego del volador mexicano con la embestida de dos toros españoles. El juego había comenzado.


(Tomado de: Reyes, Juan José - Cuestión de suerte, Editorial Clío, libros y videos S. A. de C. V., México 1997)

sábado, 2 de mayo de 2026

Toña La Negra y el cine


Toña La Negra 

No sé porque con la distancia 

todos los pensamientos se avivan más,

será tal vez esa fragancia 

que dejan en el alma 

las cosas que se van.

Agustín Lara,

en la voz de Toña La Negra 


Con toda la magia del Caribe, despojada de artificios, sólo con la fuerza de lo natural-profundo, la voz de Toña La Negra crecía y llenaba su entorno al decir, mientras el músico poeta la acompañaba al piano: "Por qué negar que fue la vida/ la que a nuestras almas vino a separar/ y por qué mentir/ si es imposible/ que el corazón pueda sin amor vivir…”.

María Antonia del Carmen Peregrino Álvarez, artísticamente conocida como Toña La Negra (1912-1982) y don Agustín se conocieron en la capital mexicana, en 1932, cuando ambos asistían a una fiesta particular. Toña tenía entonces 20 años y en medio de aquellas personas se expresó del único y mejor modo en que sabía hacerlo: con su voz. Nomás la escuchó, el maestro, "pasmado" -así lo diría en sus memorias-, inquirió: "¿De dónde ha salido usted?", a lo que la joven, tal vez un poco azorada, solo atinó a responder: "Nadie, soy nadie, señor Lara”.

Sin embargo, a fines de aquel mismo año, Toña y Agustín -para ella especialmente escribió la canción "Lamento jarocho"- comenzaron a actuar juntos en una revista musical del teatro Esperanza Iris. Y esa unión, maravillosa complicidad artística, se mantuvo a través de los años en la radio, los escenarios, los discos y las películas. 

Muchos años después de aquel feliz encuentro que unió al autor y a una de sus mejores intérpretes, un profundo conocedor del cine mexicano, Emilio García Riera, escribió: "Para que el pecado se luzca en su cabaretera plenitud, debe llevar, como fondo, canciones de Agustín Lara en la voz de Toña La Negra". Las palabras del acucioso investigador expresan de algún modo lo que fue el paso de la cantante veracruzana por el cine mexicano a través de un largo periodo, iniciado en 1934 y que se extendió, según todo parece indicar, hasta fines de los años cincuenta. 

Pero en aquellas películas -muchas, es verdad, asociadas al cabaret que había inventado el cine mexicano de la época- es justo señalar que Toña La Negra también interpretó a otros compositores, mexicanos o no. 

La aventura cinematográfica de la cantante comenzó con Payasadas de la vida, filme de Miguel Zacarías en el que interpreta canciones de Ernesto Lecuona y Gonzalo Curiel. A esa película se sumaron otras dos: Así es mi tierra y Águila o sol, ambas de 1937, con música y canciones de Ignacio Fernández Esperón (Tata Nacho) y Rafael Hernández. Entretanto, también apareció, al lado de Agustín Lara en un corto musical dirigido por Arcady Boytler. 

Los años cuarenta exigieron una mayor participación suya en el cine mexicano, sin que por eso desatendiera sus compromisos con la RCA Víctor. A dicho decenio corresponden, entre otras películas, Amor de la calle, María Eugenia y Konga roja inspirada una y otras, respectivamente, en El bolero de Fernando Zensido Maldonado y la música de Manuel Esperón. Por su parte, Humo en los ojos, Cortesana, Revancha y Mujeres en mi vida, de la misma década, contienen, como es fácil inferir, música y canciones del maestro Agustín Lara. 

En 1950, en La mujer que yo amé, Toña, interpretándose a sí misma, dialoga con el inspirado autor con el que estaba tan plenamente identificada. Ese mismo año, apenas sin pausa, la vemos en planos que duran lo que una canción en Víctimas del pecado, Amor vendido, Pecado, En carne viva y Una gallega baila mambo

Sin embargo a partir de 1951 su incursión al cine disminuyó ostensiblemente; tanto, que sólo se hará patente, según nuestras fuentes, en Los enredos de una gallega, Música de siempre y Bolero inmortal, título con el que parece concluir su relación con el cine. 

Hay que añadir que, simultáneamente a su labor cinematográfica, en ese otro mundo apasionante que es el de las grabaciones -dejó 75 discos de larga duración-, a través de los años, Toña La Negra, con su voz inconfundible que tantas cosas dijo a los enamorados, se impuso en cientos de composiciones. Bástenos mencionar, porque ellas son las condensación de su estilo único, "Cenizas", de Wello Rivas; "Este amor salvaje", de Miguel Valladares; "La gloria eres tú", de José Antonio Méndez, o "Si me pudieras querer", de Ignacio Villa (Bola de Nieve).


(Tomado de: Calderón González, Jorge - Nosotros, la música y el cine. Universidad Veracruzana, Jalapa de Enríquez, Veracruz, 1997)

lunes, 27 de abril de 2026

Cuando el balón llegó a Jalisco

 


Cuando el balón llegó a Jalisco 

A Guadalajara el fútbol no llegó de la mano de los ingleses sino de un joven belga que se instaló en esa ciudad en 1904. Aquel muchacho se llamaba Edgar Everaert y tuvo su primer empleo en la casa comercial L. Gas y Cía., donde hizo un grupo de amigos entre los que se encontraban Calixto Gas, acaudalado descendiente de franceses, Max Voog, Gregorio Orozco y su hermano Rafael, quien no trabajaba ahí sino en Las Fábricas de Francia. 

Everaert había practicado el fútbol en el puerto de Brujas, su ciudad natal, y comenzó a motivar a sus compañeros a jugarlo. Así, los convenció de ir a pelotear a los llanos de la colonia Moderna. Un día de 1906, cuando consideró que sus alumnos estaban listos, les propuso formar un club, al que llamaron Unión. Eran, en pocas palabras, un combinado franco-tapatío dirigido por un belga. 

Al momento de escoger uniforme, la mayoría francesa impuso los colores de su bandera: azul, blanco y rojo. Algunos de sus integrantes eran además de Everaert, Calixto Gas, Augusto y Calixto Teissier, Pedro, Pablo y Juan O'Kelard, Luis Pellat, Julio Bidart, Max Voog, Ernesto Caire, los hermanos Orozco, Esteban y Francisco Palomera, Alfonso Cervantes, Ramón Gómez y Ángel Bolumar, casi todos empleados de una casa comercial. 

La unión a la que aludía su nombre no duró mucho tiempo, y en 1909 los mexicanos inconformes con la hegemonía francesa decidieron formar su propio club. El equipo se llamaría Guadalajara y estaría formado únicamente por mexicanos; del antiguo equipo sólo heredaron el uniforme. Instalaron su sede en la casa de doña Nicolasa Sainz, viuda de Orozco, abuela de Gregorio y Rafael Orozco. Este último fue el primer presidente del club. Otro miembro de la familia, el tío don Sabino Orozco, les facilitó el terreno donde pudieron trazar su primera cancha, conocida como Las Bases Chicas. 

Entonces no había un campeonato regular y sólo se pactaban duelos entre oncenas formadas en su mayoría por seminaristas y estudiantes de colegios particulares, donde la práctica de los deportes era obligatoria. En el invierno de ese mismo año, 1909, por iniciativa del equipo del Centro Atlético Occidental se celebró el primer torneo oficial. En el participaron, además, el Guadalajara, el Excélsior -formado por estudiantes de un colegio jesuita- y el club del Liceo de Guadalajara. 

Luego se desató la tormenta revolucionaria y no resultaba fácil seguir corriendo en los llanos tras el balón. Durante esos años se formó la base del aguerrido Guadalajara que, en los años veinte, después de encontrar el antídoto que neutralizó el fútbol de salón de los señoritos del Atlas, se convirtió en uno de los símbolos del balompié tapatío.


(Tomado de: Bañuelos Rentería, Javier. Balón a tierra (1896-1932). Crónica del fútbol mexicano. Editorial Clío, libros y videos S.A. de C.V. Segunda edición, México, 1998)

jueves, 23 de abril de 2026

El abonero

 


El abonero 

Pasó a la historia el abonero árabe que recorría vecindades seguido de su tameme: mocetón mexicano que sudaba la gota gorda bajo el pesado fardo de prendas de vestir y colchas. Hoy, aquel mocetón -o su hijo- es el abonero, más sin tameme árabe, que tal fuera la justa reciprocidad de su soberana independencia. Va de puerta en puerta: los espejismos de su crédito prendidos a sendos ganchos que cuelgan de una ligera percha que él mismo carga sobre sus hombros; con la vara de espantar perros. En la barriada humilde es el ama de casa su clientela; en las colonias de medio y pelo entero son las criaditas. 

Antes era: "Baisanita, míralos los refajos, están rechulos. Te quedará como bintados. Lo pagas cuando tú quieras"...

Hoy es: "De veras: suéter te de Dios... Quédese con él. Lana pura y un pesito diario. Siete cada ocho días"... 

La criadita regatea: dice que todo su dinero lo manda al pueblo. Pero él replica que todo será ponérselo y dar el changazo los bailarines de Salón Anáhuac. Entonces ella decide quedarse con el suéter le dará Dios, y con un vestido fluorescente y unas pantaletas rosas. 

A los ocho días llega el abonero con su alto de tarjetas de cuentas por cobrar, apretadas con una liga; pero antes de ver la suya, ella tartamudea: "Pos no voy a poder darli hoy. Hasta dentro di'ocho días. Mi patrona no quiso adelantarme". Y él ataja: "No se apure, chula. Yo le doy la ropa y usted me da su amorcito consentido..." Como la criadita murmura que pos sí está bueno, el domingo entra al Salón Anáhuac con su abonero, su suéter le dé Dios, su vestido fluorescente y sus pantaletas rosas.


(Tomado de: Cortés Tamayo, Ricardo (texto) y Alberto Beltrán (Dibujos) – Los Mexicanos se pintan solos. Juego de recuerdos I. El Día en libros. Sociedad Cooperativa Publicaciones Mexicanas S.C.L. México, D. F., 1986)