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lunes, 21 de octubre de 2024

Panteón de San Fernando

 



Panteón de San Fernando 

Gerardo Díaz | Historiador

Un espacio difícil de imaginar como museo es un panteón, lugar que, independientemente de la religión que se adopte, es interpretado como un recinto de descanso para los restos de las personas y, por ende, digno de respeto. 

A unos pasos de la Alameda Central de Ciudad de México se encuentra el panteón de la iglesia de San Fernando. Este sitio alberga a importantes figuras de la historia mexicana. El más destacado de ellos es sin duda Benito Juárez, junto a él, tumbas y mausoleos de virreyes, militares y artistas pasan desapercibidos debido a las vialidades aledañas y por la búsqueda prioritaria de la estación Hidalgo del metro, que está a unos cuantos pasos. 

Este recinto llegó a ser la última morada más importante de México y una de las más caras y exclusivas. Ha sido refugio de las tumbas originales de otros constructores de la patria como Vicente Guerrero e Ignacio Zaragoza, quienes posteriormente fueron exhumados y trasladados a recintos distintos. La tumba del general conservador Miguel Miramón también se encuentra ahí, aunque vacía, pues al morir don Benito la viuda de Miguel, Concepción Lombardo, decidió que su esposo no podría descansar junto a su eterno enemigo y lo trasladó a Puebla. 

Dada su importancia histórica, el panteón fue declarado monumento histórico por el Instituto Nacional de Antropología e Historia y con el paso de los años fue reconocido como un sitio que merece la pena ser visitado, entre otras cosas, para concientizarnos de lo efímero que es el ser humano.


(Tomado de: Díaz, Gerardo. Panteón de San Fernando. Relatos e historias en México. Año XII, número 137. Ciudad de México, 2020)








viernes, 11 de octubre de 2024

Viento negro (1964)

 



Viento negro 

México, 1964 

Marco Villa | Historiador 

Filmada en el desierto de Altar, esta cinta recrea la trágica historia de una quinteta de trabajadores enviados ahí en 1937 para rectificar el trazo de la línea por la que correría el tren que comunicará a Mexicali con el resto del país. 


"Tengo tres razones para vivir: mi hijo, partir este maldito desierto y tu amistad", le responde el capataz Manuel Iglesias a Lorenzo Montes, luego de que este intentara agredirlo mientras le reclamaba por los golpes que dio a su propio hijo, así como por su rudo carácter para con sus subordinados. Cierto es que los une una gran amistad, pero Montes, envalentonado por la ebriedad, no repara en calificarlo de "ogro malencarado". Y es que además de su incansable tesón en el trabajo, al temerario Manuel lo distingue el inflexible trato que da a los rieleros, quienes se fajan de sol a sol para cumplir con la encomienda de montar las vías del ferrocarril Sonora-Baja California que atravesará el gran desierto de Altar. 

Es la década de 1930. Los años del esfuerzo cardenista por dar a México renovadas señales de progreso, como extender la red ferroviaria. A decir de la mesa directiva de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas (SCOP), la empresa luce imposible y solo un hombre de la talla de Manuel (interpretado por David Reynoso) podría intentar sacarla adelante. Para los funcionarios, el inclemente clima, las limitaciones técnicas y de recursos podrían poner en riesgo la misión, pero la prestigiosa dirección del Mayor les significa una gran esperanza y por ello lo ha nombrado primer jefe de cuadrilla de la División del Sur. 

Manuel sabe que la vida no está exenta del caos y la angustia cuando se pasan largas temporadas en el desierto, "un tigre dormido que en cualquier momento puede despertar". Por si fuera poco, la súbita presencia del viento negro (tormenta de arena que acarrea con fuerza las cenizas y el polvo de roca volcánica negra del Pinacate) realza el drama y la posibilidad de la muerte cuando, en una misión de exploración, su hijo (Enrique Lizalde) se extravía junto con don Lorenzo (José Elías Moreno) y otros tres trabajadores. El hijo de Iglesias, ingeniero del IPN, tendrá que sacar lo mejor de sí para no sucumbir e incluso es quien anota las anheladas coordenadas que serán la referencia más importante para partir el desierto en dos, como tanto quería el Mayor. 

Esta película rememora los trabajos avalados por la administración de Lázaro Cárdenas, a través de la SCOP, para realizar el trazo y tendido de las vías férreas que conectarán la península bajacaliforniana con Sonora y otros territorios. La tarea, que supuso un gran reto para el gobierno, logró cumplirse al cabo de varios años contra todo pronóstico y pese a la tragedia de los desaparecidos contada en el filme y otras vicisitudes. Aparte, cuando por fin corrió el tren, comenzó una inmigración masiva hacia Mexicali, que pasó de ser una localidad de menor población e infraestructura a una importante ciudad del norte mexicano. Se ha dicho, además, que esta importante obra de las comunicaciones evitó que la península de Baja California terminara anexada a Estados Unidos. 

Con argumento de Mario Martini, el cineasta Servando González Hernández (1923-2008) no solo presenta una visión introspectiva de la industria del riel en los años treinta del siglo pasado, sino también una sensible descripción social y antropológica de los personajes.


(Tomado de: Villa, Marco. Viento negro. Relatos e historias en México. Año XII, número 137. Ciudad de México, 2020)

jueves, 20 de junio de 2024

10 batallas decisivas en México (V)



10 batallas decisivas en la historia de México [V]


Luis A. Salmerón Sanginés


(Maestro en Historia por la UNAM. Cursa el doctorado en Historia en la misma institución y es profesor de la Universidad Pedagógica Nacional. Especialista en investigación iconográfica y divulgación histórica)

5

Batalla de Calpulalpan

22 de diciembre de 1860

Ese día se enfrentaron en las cercanías de Calpulalpan (hoy en Jilotepec, Estado de México) los ejércitos de los partidos liberal y conservador en lo que sería la última batalla de la Guerra de Reforma (1858-1860).

En la primera etapa del conflicto la balanza parecía inclinarse a favor de los conservadores, quienes contaban con el apoyo de la mayoría del ejército formal, pero poco a poco la tendencia fue revirtiéndose hasta que en Calpulalpan el partido conservador se jugó la última carta con su mejor general, Miguel Miramón, al mando de ocho mil soldados, treinta cañones y algunos de los oficiales más experimentados como Leonardo Márquez o Miguel Negrete.

Por su parte, los liberales contaban con once mil hombres, aunque poco menos de la mitad de cañones que los conservadores; su general en jefe, Jesús González Ortega, contaba con oficiales como Ignacio Zaragoza y Leandro Valle. Su ejército estaba formado por las guerrillas republicanas que se habían levantado contra el golpe de Estado tres años atrás y, pese a no tener en su mayoría educación militar, eran soldados curtidos en los campos de batalla.

El combate inició a las ocho de la mañana con la ventaja inicial de los conservadores que, tomando la iniciativa y aprovechando la superioridad de su artillería, atacaron el ala izquierda liberal, pero dos horas después la superioridad numérica del bando enemigo y una serie de movimientos estratégicos para envolver a los conservadores por la retaguardia decidieron la victoria liberal. El ejército conservador quedó completamente destrozado.

Tres días después de la batalla, en la Navidad de 1860, González Ortega entró a la capital al frente de treinta mil soldados, marcando el triunfo liberal en la Guerra de Reforma. Así el Estado laico y republicano se afirmó en la historia mexicana al someter a las poderosas corporaciones que influían decisivamente en el rumbo del país: la Iglesia y el Ejército.


(Tomado de: Salmerón, Luis A. - 10 batallas decisivas en la historia de México. Relatos e historias en México. Año VII, número 81, Editorial Raíces, S.A. de C. V., México, D. F., 2015)

jueves, 30 de mayo de 2024

Peregrinos por la libertad: mascogos y kikapúes

 


Peregrinos por la libertad 

Los exesclavos negros que llegaron al norte de México en el siglo XIX


Javier Villarreal Lozano 


Historiador y catedrático de la Universidad Autónoma de Coahuila. Recibió el Premio Nacional de Historia por su biografía de Venustiano Carranza. Autor de Melchor Múzquiz el insurgente olvidado, Los ojos ajenos: viajeros en Saltillo (1603-1910), Oscar Flores Tapia y Cartas de Querétaro, entre otras obras. Es director del Centro Cultural Vito Alessio Robles, en Saltillo, Coahuila.


Al noroeste de la ciudad Melchor Múzquiz, Coahuila, en la entrada del pueblo hay un aviso: "Comunidad de negros". A quienes habitan allí y escribieron el letrero no les importó que hoy resulte políticamente incorrecto el uso del término negro. Ellos están orgullosos de ser descendientes de valientes ex-esclavos africanos que hace casi 170 años encontraron en México el bien preciado de la libertad. Esta es su historia.

En 1850, con asombro y seguramente también miedo, los habitantes de Guerrero, Coahuila, vieron cruzar el Bravo e internarse en territorio mexicano a cerca de setecientos hombres, mujeres y niños de la más heterogénea apariencia. La mayoría eran indios, pero junto a ellos venían negros. Buscaban refugio en México huyendo de la feroz persecución emprendida por el gobierno estadounidense.

No fue aquella la única oleada de indios y exesclavos africanos llegados a Coahuila. Otro grupo formado por seminolas, negros y algunos kikapúes se presentó ese mismo año en San Fernando (hoy Zaragoza), solicitando asilo y tierras para trabajar. Al frente venían tres jefes cuyos nombres estaban destinados a convertirse en leyenda: el seminola John Horse, posteriormente castellanizado como Juan Caballo; Wild Cat (Gato del Monte) y el kikapú Papicuan.

Seminolas y antiguos esclavos compartían una historia de valentía, sufrimiento y terror: eran víctimas del Tratado Adams-Onís, firmado el 22 de febrero de 1819, por el cual España vendió a Estados Unidos la península de Florida en 5 millones de dólares, tras una larga historia de confrontaciones armadas entre las dos naciones. Fue un mal negocio para los españoles. Nunca recibieron el dinero. El gobierno estadounidense obtuvo gratis el territorio exigiendo compensación a España por los daños causados en la guerra e inició el exterminio de seminolas y exesclavos.


De la libertad al horror 

La historia de los negros llegados a Coahuila arranca en 1770, cuando esclavos de origen africano huyeron de Carolina del Sur, Georgia y Alabama y encontraron un refugio en Florida, entonces posesión de la Corona española. Se acogían al decreto real de 1699, el cual ofrecía protección a esclavos evadidos. Buen número de estos fueron bien recibidos en la Florida por los seminolas que allí habitaban.

Indios y exesclavos convivieron en paz, produciéndose un intercambio cultural tan estrecho que los negros acabaron llamándose a sí mismos "mascogos", castellanización de mascogee, nombres de algunas familias lingüísticas, entre ellas la creek y la seminola.

La pacífica convivencia terminó bruscamente cuando Estados Unidos se adueñó de Florida, poniendo punto final a la azarosa historia de esa península, utilizada en ocasiones como moneda de cambio entre las naciones europeas.


Española, inglesa, francesa, estadounidense

En 1513, Juan Ponce de León, quien según la tradición buscaba la fuente de la eterna juventud, fue el primer europeo en poner el pie en Florida, la cual nominalmente pasó a formar parte del virreinato de la Nueva España y ser dependiente de la capitanía de Cuba.

Exploraciones posteriores enriquecieron el conocimiento sobre el territorio, pero fue hasta 1565 cuando se fundó San Agustín, el primer asentamiento de español perdurable. Casi dos siglos después, en 1763, concluyó el dominio hispano al ceder Florida a Gran Bretaña mediante el Tratado de París que puso fin a la Guerra de los Siete Años. La presencia británica fue efímera. Al consumarse la independencia de Estados Unidos en 1783, España recuperó la península, sólo para enfrentar la agresiva presión expansionista norteamericana.

En un esfuerzo tan inútil como desastroso, igual como se hizo en Texas, España promovió la colonización de la península y, lo mismo que ocurrió en Texas, el incremento demográfico cargó la balanza a favor de angloamericanos e ingleses poco afectos a España, qué pronto se vería envuelta en la invasión napoleónica iniciada en 1808. Con el rey Fernando VII en el destierro y la sede del imperio ocupada por las tropas de Napoleón, la debilidad de España incitó a colonos angloamericanos a proclamar el establecimiento de la República de Florida Occidental el 23 de septiembre de 1810.

Fue el principio del fin. Las incursiones del ejército estadounidense llegaron hasta tierras de los seminolas. El robo de ganado y las atrocidades cometidas por la soldadesca detonaron una guerra con inocultable trasfondo genocida.

Luego de que los norteamericanos destruyeran el Fuerte Negro, dice un autor, "siguió un periodo de asesinatos y robo de ganado que encolerizó a los nativos y llevaron a la Primera Guerra Seminola (1817-1818), conflicto que ofreció un casus belli a los estadounidenses para poner en jaque la permanencia de la titularidad de España en las Floridas".

Con cuatro mil hombres, Andrew Jackson coronó la completa dominación norteamericana de la península mediante la llamada Segunda Guerra Seminola (1835-1842). La frase atribuida a Jackson: "El mejor indio es el indio muerto", revela la ausencia total de límites éticos en la ocupación.

Sin embargo, no fue tarea sencilla. Seminolas y descendientes de africanos iniciaron una contraofensiva que acabó por convertirse en la rebelión esclavista más importante de las registradas en la historia de Estados Unidos. Fincas dedicadas al cultivo de la caña de azúcar fueron arrasadas, afectando seriamente a la región agrícola más desarrollada del país.


México: tierra de libertad 

Acosados por los estadounidenses, esclavos negros que lograron salvarse de la furia genocida de Jackson iniciaron un peregrinar que lo llevó hasta el Río Bravo, al sur del cual estaba la ansiada libertad, pues México había abolido la esclavitud años atrás.

El Supremo Gobierno brindó buena acogida a los migrantes. Para dotarlos de tierra, adquirió cuatro sitios de ganado mayor (alrededor de 68,000 hectáreas) pertenecientes al latifundio de la familia Sánchez Navarro, que repartió entre kikapúes, mascogos y seminolas. Estos últimos tiempos después abandonarían el país. Mascogos y kikapúes permanecen hasta ahora en El Nacimiento, llamado así por encontrarse en las cercanías del manantial donde nace el río Sabinas, el más caudaloso del interior de Coahuila.

También las autoridades coahuilenses vieron con buenos ojos a los recién llegados. El estado vivía momentos críticos a causas de los constantes ataques de apaches y lipanes que cruzaban el Bravo para arrasar pueblos y ranchos, robar ganado y raptar a mujeres y niños. La escasa población de Coahuila era una limitante para combatir con éxito a los depredadores venidos allende la frontera. Indios kikapúes y negros mascogos eran aliados potenciales, como lo demostraron posteriormente. Con base en el diario de operaciones del coronel Juan José Galán, quien participó en una de las decenas de campañas para perseguir a los "indios bárbaros", en 1851 el subinspector en Coahuila, Juan Manuel Maldonado, encomió el comportamiento de aquellos:

Los señores, oficiales, tropas y voluntarios son también acreedores a la consideración [...], pero singularmente el jefe Gato del Monte, los capitanes Nicusimalda, Manuel Flores y John Johos, sus demás oficiales y tropa, seminoles y moscogos [sic]; cuya lealtad, sufrimiento y conducta bélica es digna de imitarse y merece consideración del Supremo Gobierno de La Unión [...] La conducta noble y leal del Gato del Monte, de sus jefes y seminoles, el capitán John Johs [sic] con los negros que mandaron en esta jornada de sufrimientos, ha probado que su adhesión a México es digna de que el Supremo Gobierno de la Unión y los poderes generales del Estado protejan sus inclinaciones hacia la civilización y los hagan provechosos a la frontera.


La generosa disposición del gobierno mexicano al abrir las puertas a los grupos perseguidos en el vecino país resultó, a fin de cuentas, beneficiosa. Trajo paz a una región coahuilense constantemente castigada por apaches y lipanes. Así lo reconoció el gobernador Victoriano Cepeda en su informe leído ante el Congreso estatal el 2 de enero de 1869:

Existe en la Antigua hacienda de Nacimiento, jurisdicción de la municipalidad de Múzquiz, varias tribus de indios pacíficos [...] emigrados de Estados Unidos hace algunos años [...] Desde que han radicado en aquel punto, han evitado por allí las incursiones de los indos bárbaros antes tan funestas a los habitantes de aquella villa [Múzquiz] y demás puntos inmediatos: muchas veces han salido a largas y provechosas campañas contra ese enemigo.


Su permanencia en territorio mexicano no fue fácil. Bandas de norteamericanos se internaban con la intención de aprender a esclavos fugados y devolverlos a sus amos. El 2 de enero de 1855, el gobierno de Coahuila informaba al ministro de gobernación de la invasión del medio millar de "filibusteros" estadounidenses, "los cuales -agrega el comunicado- se dirigen al Distrito de Río Grande [colindante con el Bravo ], con el pretexto de llevarse a los negros que allí residen".

También la codicia de autoridades y particulares amenazaba la existencia de las colonias. Santiago Vidaurri, el gobernador que anexó Coahuila a Nuevo León, despojó de tierras a los kikapúes y mascogos. Una comisión de estos viajó a México a entrevistarse con el emperador Maximiliano en marzo de 1865, solicitando se respetaran los acuerdos existentes con el gobierno. El encuentro lo inmortalizó el pintor Jean Adolphe Beaucé. A los indios, apunta Willhelm Knetchel, jardinero oficial de la residencia Imperial del Castillo de Chapultepec, los acompañaban tres negros -seguramente mascogos- que sirvieron de intérpretes traduciendo al inglés la conversación.

Los descendientes de aquellos antiguos esclavos ocupan hasta hoy las tierras entregadas por el gobierno y, no obstante el mestizaje, varios de ellos conservan rasgos que son herencia de sus antepasados africanos, e incluso los que tienen tez más clara se siguen identificando a sí mismos como negros.


Kikapúes, seminolas y mascogos: de Florida a Coahuila


1513. Juan Ponce de León descubre la Florida, que pasa a formar parte de la Nueva España

1763. España cede Florida a la Gran Bretaña, como parte del tratado que pone fin a la Guerra de los Siete Años.

1783. Estados Unidos se independiza de Gran Bretaña. Florida vuelve a ser de dominio español.

1810. Estadounidenses proclaman el establecimiento de la República de la Florida Occidental.

1812. Nace John Horse, futuro líder de los mascogos, hijo de una esclava negra y un seminola.

1817-1818. Primera Guerra Seminola. Conflicto entre EUA y España por la posesión de las Floridas.

1835-1842. Segunda Guerra Seminola. Andrew Jackson expresa: "El mejor indio es el indio muerto".

1845. Florida se convierte formalmente en parte de Estados Unidos.

1850. Grupos de indios seminolas y exesclavos llegan a Guerrero y Zaragoza, en Coahuila.

1853. El gobierno de México dota de tierras a kikapúes, seminolas y mascogos en el lugar conocido como El Nacimiento.

1855. Medio millar de filibusteros estadounidenses penetra en territorio de Coahuila para capturar exesclavos y devolverlos a sus dueños.

1855-1858. Tercera Guerra Seminola. Los seminolas son derrotados y la mayoría son obligados a dejar la Florida.

1865. Kikapúes y mascogos se entrevistan con el emperador Maximiliano reclamando respeto a sus tratados con el gobierno mexicano.


(Tomado de: Villarreal Lozano, Javier. Peregrinos por la libertad. Los exesclavos negros que llegaron al norte de México en el siglo XIX. Relatos e historias en México, año 12, número 135. Ciudad de México, 2019)

lunes, 22 de abril de 2024

La rebelión de los colgados (1954)



La rebelión de los colgados

México, 1954


Basada en una obra de Bruno Traven, este filme recrea la explotación de los campesinos en los campos madereros chiapanecos, así como su lucha por mejorar sus condiciones de vida. Es el inicio de la Revolución…


Marco Villa | Historiador


"En un ranchito que formaba parte de la colonia agrícola libre de Cuishin, en los alrededores de Chalchihuistán, vivía Cándido Castro, indio tzotzil, en compañía de su mujer, Marcelina de las Casas, y de sus hijitos, Angelino y Pedrito. Su propiedad alcanzaba más o menos dos hectáreas de un suelo pedregoso, seco, calcinado, que exigía un trabajo durísimo a fin de obtener de él el alimento necesario para los suyos", escribe Bruno Traven al inicio del cuento "La rebelión de los colgados", en que está basada la película aquí presentada.

Un día, Cándido (interpretado por el joven Pedro Armendáriz) se apresta a llevar a Marcelina a la ciudad más cercana porque ha enfermado. El doctor le diagnostica una posible apendicitis y por la operación le cobra doscientos pesos, que necesitará conseguir. Don Gabriel le presta el dinero a cambio de firmar un contrato que más que establecer el pago de la deuda, manda a Cándido a la montería de caoba de la que Félix Montellano (Carlos López Moctezuma) y sus hermanos Severo y Arcadio son los contratistas, pues el lugar es propiedad de manos extranjeras. Ahí será explotado con otros indígenas, quienes soportan los drásticos castigos y trabajan de sol a sol bajo el agobiante clima de la selva chiapaneca.

Es el tiempo en el que convergen el ocaso del Porfiriato y el estallido de la Revolución mexicana. También cuando las voces insurgentes encabezadas por Francisco I. Madero llamaron a sus filas a los sectores campesinos e indígenas, por décadas asolados por los abusos económicos y laborales, así como por la violencia. Y el campo maderero de los Montellano no es la excepción: los peones que cometen faltas son colgados de las manos toda la noche. Pero estos hacendados confían en que don Porfirio estabilizará al país luego de encarcelar A Madero. "Todo el país está en crisis [pero] nuestra respuesta debe ser caoba, caoba y más caoba. Mañana abriremos un nuevo campo cerca del río. Y sacaremos toda la madera, así tengamos que colgar a todos los indios de Chiapas por el cuello", dice don Severo, entre risas y sorbos de licor.

Filmada a partir de febrero de 1954 en los estudios Churubusco y en Chiapas y estrenada el siguiente noviembre en el cine Chapultepec de Ciudad de México, La rebelión de los colgados fue la segunda adaptación de una obra de Bruno Traven -la primera fue El tesoro de la Sierra Madre (EUA, 1947)-. Se cuenta que, durante el rodaje, los desacuerdos entre el productor José Kohn y el Indio Fernández terminaron con la renuncia de este y la llegada de Alfredo B. Crevenna a la dirección; sin embargo, el nuevo realizador no estuvo a la altura y "mucho fue salvado" por Gabriel Figueroa, a decir de la editora Gloria Schoemann. "Gracias a su maravillosa fotografía -añade- pudimos resolver el problema con una secuencia en la que faltaba una balacera que no se filmó. De su negativo pudimos sacar una escena de noche".

La película dividió opiniones de la crítica en nuestro país. Pese a ello, fue seleccionada para participar en el Festival de Venecia, donde la prensa publicó que "fueron plenamente merecidas las ovaciones finales de la numerosísima concurrencia que sobrepasó el cupo de la gran sala del Palazzo del Cinema y de la vasta Arena (Il Gazzetino)."


La rebelión de los colgados 

Dirección: Emilio Fernández y Alfredo B. Crevenna. 

Música: Antonio Díaz Conde. 

Protagonistas: Pedro Armendáriz, Ariadna Welter, Carlos López Moctezuma, Víctor Junco, Amanda del Llano, Tito Junco, Ismael Pérez Poncianito, Álvaro Matute.

Duración: 85 minutos.


(Tomado de: Villa, Marco. Vamos al cine: La rebelión de los colgados. Relatos e historias en México, año 12, número 135. Ciudad de México, 2019)

lunes, 25 de marzo de 2024

La espinosa historia del chayote

 


La espinosa historia del chayote

Corrupción entre la prensa y el poder político en el siglo XX

Marco A. Villa | Historiador


Era aún la época dorada priísta, entre los sexenios de Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz, cuando la práctica del "chayote" comenzó a institucionalizarse, dado que llevaba ya tiempo fluyendo entre algunas tintas de la prensa corrompida. Fuera "chayotito" cuando era poco o "doña Rosario" cuando era una cantidad mayor, el chayo o chayote era -o es, mejor dicho- la compensación generalmente económica que un periodista recibe de algún político, empresario u otro personaje con poder. ¿Las razones? Favorecer alguna movida chueca (adulterio, delito...) o sacar de la jugada a un candidato con serias posibilidades electorales y capaz de hacer sombra a su contraparte del partido en el poder, por mencionar las más comunes.

Sobre el origen del término, la versión más extendida involucra a Julio Scherer García -el legendario director de Excélsior y apodado el Mirlo Blanco por mantener sin manchas su plumaje al no aceptar dinero de políticos- quien a su vez encargó a Elías Chávez, reportero de Proceso, escribir sobre esta práctica que incluiría en su libro Los presidentes. Chávez cuenta: "Mientras el entonces Presidente de la República pronunciaba un día de 1966 el discurso inaugural de un sistema de riego en el estado de Tlaxcala, entre los reporteros corría la voz: ¿ves aquel chayote? Están echándole agua. Ve allá". Resultaba que, atrás de la planta, un representante de presidencia repartía el soborno. Desde entonces, su entrega se convirtió en un secreto a voces, con reporteros que representaban un cúmulo cada vez mayor.


¿El padre del chayo?

En la búsqueda de las raíces del chayote, invariablemente nos encontramos de frente con Carlos Denegri (1910-1970), "el mejor reportero de su tiempo, el peor periodista de la historia', a decir del escritor Enrique Serna, autor de la novela biográfica El vendedor de silencio. Este personaje destacó por su preparación y contactos: hablaba alemán, francés e inglés y se defendía en portugués e italiano; colaboró en Time, Life y otras publicaciones extranjeras que lo buscaban cuando necesitaban corroborar datos o informar sobre México; contaba con una extensa red de contactos nacionales e internacionales que participaban tanto en su reportajes como en sus corruptelas. Era hábil para obtener información, diestro en el arte de las relaciones públicas y sobre todo en la obtención de exclusivas, entre otras cualidades que puso al servicio de sus embutes.

De negri fue hijastro de Ramón Pérez Denegri, político prominente que formara parte de los gabinetes presidenciales de Álvaro Obregón y Emilio Portes Gil. Con los años, sacó maliciosamente provecho de su trabajo, a la sombra y resguardo de un régimen que tenía la costumbre de seducir a los periodistas destacados y mantener un férreo control sobre la prensa.

Carlos tocó la cima de la fama con su serie de entregas reporteriles en las que informó desde Londres varios momentos de la Segunda Guerra Mundial. Era 1942 cuando cruzó el Atlántico para cumplir su misión. Reunidos después en el libro Luces rojas sobre el Canal, estos textos eran enviados por teletipo (telex) a la redacción de Excélsior y publicados a cinco columnas en la primera plana. Línea a línea, cautivaba a los lectores por la emoción y el suspenso que imprimía a sus entregas. En ellos se pintaba como un gran "ligador": lo mismo un aristócrata inglesa que una sudamericana o la recepcionista de un hotel.

Pero quizás el clímax llegó cuando dejó de enviar notas durante varios días luego de informar que las embarcaciones nazis estaban torpedeando a los Aliados. La gente pensó que había muerto. Otro golpe de talento que se tradujo en temprano éxito mediático lo dio en 1945, cuando escribió: "Hoy, los Estados Unidos detonaron en Hiroshima y Nagasaki la primera bomba atómica en la historia de la humanidad", y a continuación reprodujo el Padre Nuestro completito.

Se convirtió en una celebridad... y también empezó a encumbrarse como el periodista más poderoso, impune y rico gracias al chayote, mismo que obtuvo de la élite política y empresarial durante cerca de veinte años. El mismo gabinete presidencial asistía a sus cumpleaños. Destaca un hecho que refleja su proclividad a esta práctica: la plana que compraba a Excélsior por cincuenta mil pesos para después vender las menciones a políticos, ya fueran a favor o en contra; en este último caso, pagado por un tercero. Vino después su columna "El fichero político", en donde aquellos que no eran favorecidos pasaban "una temporada en el infierno", como escribiera Carlos Monsiváis. Pionero de la televisión, transmitió por décadas un programa que cerraba invitando a los televidentes a encontrarse en la próxima emisión, seguida de la frase "Dios mediante". Porque además era creyente. El mismo Scherer contó que Denegri "alguna vez entrevistó a Dios".

Se ha dicho que los tiempos cambian y que el chayote ya se ha "secado" y desaparecido. ¿Será?


(Tomado de: Villa, Marco A.. La espinosa historia del chayote. Corrupción entre la prensa y el poder político en el siglo XX. Relatos e historias en México, año 12, número 135. Ciudad de México 2019)

lunes, 11 de marzo de 2024

Valente Quintana, el Sherlock Holmes mexicano

 


El Sherlock Holmes mexicano

El extraordinario detective Valente Quintana


Berta Hernández | Historiadora

Era un auténtico perro de caza. Valente Quintana fue la gran figura detectivesca policial de México de los años veinte del siglo pasado. Su tenacidad, la variedad de sus recursos y la mente analítica que leía los indicios que un criminal deja tras de sí, lo convirtieron en la encarnación de la eficacia policiaca.

Tamaulipeco nacido en 1889, se contaba que, apenas con la primaria terminada, había cruzado la frontera. En Brownsville (Texas) fue acusado de robo por un estadounidense, dueño de la tienda de abarrotes donde trabajaba. Para probar su inocencia, investigó y señaló al verdadero ladrón. Así, limpió su nombre y encontró su destino.

La leyenda lo ubica como alumno de la Detectives School of America. También había trabajado con las autoridades estadounidenses. Para nombrarlo comandante de grupo, se requería que renunciara a su nacionalidad mexicana. Entonces decidió volver a su patria. Era 1917.


De gendarme a detective

Solicitó empleo en la Inspección General de Policía y, al principio, fue policía de crucero. Solicitó su cambio a la Comisión de Seguridad que, con los años, se convirtió en el Servicio Secreto. Allí pudo desplegar sus habilidades.

Cuatro años después de su ingreso, detuvo a los autores del atraco de un tren que iba a Laredo, notorio por el enorme botín -nada menos que cien mil pesos en oro y plata- y por la gran violencia con que se había cometido. Resolver el caso le valió a Quintana ascender a la jefatura de la Comisión de Seguridad de la Inspección General de Policía del Distrito Federal.

Algunos casos sonados, como el robo al hogar de los descendientes del marqués de Jaral de Berrio; el de los "Corta Mechas", banda de violadoras que atacaba en Otatitlán, Veracruz, o la captura del banquero J. L. Armfield, culpable de un fraude por trescientos mil dólares, hicieron crecer su fama en ambos lados de la frontera: ya era el Sherlock Holmes mexicano.


"Balmoreado"

Quintana se enfrentó a los más extraños criminales. Incluso tuvo un insólito "mano a mano" con la anciana señorita Concepción Jurado, creadora del rico y majadero Carlos Balmori, engañador de políticos, artistas y generales, a los que tendía crueles trampas, tentándolos con dinero. A sus pesadísimas bromas se les llamaba "balmoreadas", y a las víctimas, balmoreados".

El detective se convirtió en un "balmoreado" al no poder identificar, en una fiesta, a una mujer "disfrazada de hombre", quien robaba al falso millonario. Al verlo derrotado, Balmori lo regañó a gritos, mientras se despojaba del sombrero, la gabardina y el mostacho: apareció ante Quintana una viejecita muerta de risa que celebraba su victoria.


Asesinatos políticos

En 1926 dejó la policía para establecer su despacho privado: el Bufete Nacional de Investigaciones, con oficinas en la céntrica avenida San Juan de Letrán. Muchas veces fue llamado para colaborar en casos importantes, como el asesinato del revolucionario cubano Julio Antonio Mella, o el atentado contra Álvaro Obregón en 1927, del cual hizo una investigación paralela a la de la policía y no halló pruebas de la responsabilidad del jesuita Miguel Agustín Pro.

Al año siguiente, cuando asesinaron a Obregón, el presidente Plutarco Elías Calles solicitó que participara en la investigación. Disfrazado como un preso más, Quintana permaneció horas junto a José de León Toral y logró que confesara su nombre y los de sus "inspiradores".

A veces polémico, su eficacia nunca estuvo en duda. Creó el primer cuerpo policial femenil y hasta poco antes de su muerte, en 1969, seguía resolviendo crímenes y era una leyenda viviente, tanto como su contemporáneo, el médico y criminólogo Alfonso Quiroz Cuarón.


(Tomado de: Hernández, Bertha. El Sherlock Holmes mexicano. El extraordinario detective Valente Quintana. Relatos e historias en México. Año XII, número 137. Ciudad de México, 2020)

lunes, 22 de enero de 2024

Un hombre llamado Juan Caballo

 


Un hombre llamado Juan Caballo

Hijo de un esclava negra y un indio seminola, John Horse nació en 1812 en la Florida, cuando la península era colonia española. Desde muy joven se distinguió por su bravura al combatir al ejército norteamericano al lado del jefe Osceola. Cayó prisionero y fue confinado en el antiguo Castillo de San Marcos, rebautizado por los estadounidenses como Fuerte Marion.

Allí conoció al joven guerrero seminola Wild Cat. Ambos lograron escapar y continuaron peleando hasta que John Horse firmó la paz con el general Thomas Jesup, del ejército norteamericano, quien lo emancipó. Sin embargo, a la muerte de Jesup, el gobierno desconoció el tratado de paz Horse fue conducido junto a cientos de seminolas y exesclavos a la reserva en el Territorio Indio (hoy Oklahoma).

Allí compartían espacio con sus enemigos ancestrales, los creek, menudeando las fricciones. En uno de los encuentros armados, el futuro Juan Caballo fue herido de bala. Entonces él, Gato del Monte y un jefe llamado Micanopy viajaron a Washington para gestionar tierras separadas de los creek. Su petición fue rechazada.

Muerto Micanopy, Juan Caballo y Gato del Monte huyeron a Texas, donde fueron atacados por los rangers. Unidos a los kikapúes, lograron finalmente cruzar el Bravo e internarse en México, obteniendo tierras en el sitio conocido como El Nacimiento, donde hasta hoy subsisten las dos comunidades Nacimiento de los Indios y Nacimiento de los Negros.

Juan Caballo murió de más de setenta años durante un viaje a Ciudad de México. Iba a defender las tierras otorgadas por el gobierno que algunos particulares amenazaban con invadir.


(Tomado de: Villarreal Lozano, Javier. Peregrinos por la libertad. Los exesclavos negros que llegaron al norte de México en el siglo XIX. Relatos e historias en México, año 12, número 135. Ciudad de México, 2019)

domingo, 7 de enero de 2024

Rosario Castellanos

 


Rosario Castellanos

Intelectual feminista y gran escritora


Las protagonistas 


Ricardo Cruz García | Historiador


"Cáite cadáver", suelta emocionada Rosario al escribirle a su futuro esposo, Ricardo Guerra, para contarle que conoció en París, gracias a Octavio Paz, a la voz viva del feminismo en el mundo occidental, Simone de Beauvoir, y al padre de la existencialismo, el filósofo Jean-Paul Sartre. Era 1951 y una de las más reconocidas feministas mexicanas del siglo XX, aparte de grandiosa escritora, se encontraba frente a frente con dos de los más célebres intelectuales franceses de la época.

Ese encuentro marcaría a Rosario de por vida, pues sus trabajos estarían influidos por la obra de Beauvoir, autora del famoso ensayo El segundo sexo (publicado por la prestigiosa editorial Gallimard en 1949), del que aún hoy resuena la frase que resume la visión de la francesa: "No se nace mujer: llega una a serlo."

Rosario Castellanos Figueroa nació en Ciudad de México el 25 de mayo de 1925, aunque su infancia y parte de su adolescencia las pasó en la hacienda de su familia en Comitán, Chiapas, un pueblo cerca de la frontera con Guatemala en donde atestiguó las condiciones de vida de los indígenas de la región, así como su arraigada cultura.

En 1941, con apenas dieciséis años, la encontramos de nuevo en la capital mexicana. Aquí continuó su educación y más tarde estudió derecho, carrera que luego abandonó para adentrarse en la literatura y la filosofía. De acuerdo con la historiadora Gabriela Cano, en 1948 Castellanos empezó a trabajar en su tesis para obtener el grado de maestra en Filosofía, la cual llevaría el título Sobre cultura femenina, un luminoso ensayo sobre la marginación de la mujer en la cultura occidental que, pese a su valiosa aportación al debate intelectual de la época en torno a la condición femenina, se mantuvo casi en el olvido por más de medio siglo, hasta que el Fondo de Cultura Económica lo rescató en 2005.

Casualmente, justo en ese año en que Rosario inició su trabajo de tesis Simone de Beauvoir estaba de viaje en México, acompañada de su amante, el escritor estadounidense Nelson Algren, con quien entre mayo y julio visitó ruinas arqueológicas, sitios históricos y museos, además de ciudades como Mérida, Morelia, Puebla y la capital del país. Seguramente ninguna de las dos imaginaba que pocos años después se saludarían en París.

En 1950 Castellanos se tituló como maestra en Filosofía y después regresó a Chiapas. Tras una estancia como becaria en la Universidad Complutense de Madrid, España, volvió a México y se convirtió en promotora cultural del Instituto de Ciencias y Artes chiapaneco, con sede en Tuxtla Gutiérrez. Más tarde se estableció en San Cristóbal de las Casas e ingresó como docente a la Universidad Autónoma de Chiapas, al tiempo que colaboraba en el Instituto Nacional Indigenista.

El año de 1957 marcó el despegue de Rosario como escritora reconocida, luego de la publicación de su primera novela Balún Canán (que alude al nombre maya de Comitán), una obra con tintes autobiográficos que retrata un mundo dividido por el conflicto entre los terratenientes blancos y los indígenas explotados.

Rn 1958 se casó con el filósofo Ricardo Guerra y se estableció en Ciudad de México. En los sesenta hizo de la Universidad Nacional su centro de estudio, reflexión y trabajo. Bajo el rectorado de Ignacio Chávez, se encargó de la jefatura de Información y Prensa de dicha casa de estudios, aparte de impartir cátedra en la Facultad de Filosofía y Letras y redactar semanalmente su artículo para el Excélsior.

En 1960 salió a la luz su colección de cuentos Ciudad Real; en 1962, su segunda novela, Oficio de tinieblas, y dos años más tarde su libro de relatos Los convidados de agosto. Asimismo, en esa década fue invitada como profesora huésped a universidades de Estados Unidos. A su regreso a México en 1967, fue designada Mujer del Año. En ese tiempo también se divorció de Guerra.

En 1971 tuvo que dejar la UNAM para cumplir con el cargo de embajadora de México en Israel. Establecida en Tel Aviv, llevaba a cabo su labor diplomática, daba cátedra en la Universidad Hebrea de Jerusalén y continuaba con la publicación de sus obras, entre ellas Poesía no eres tú y Mujer que sabe latín..., así como con sus colaboraciones para Excélsior. Sin embargo, nunca volvería a pisar suelo mexicano, pues un trágico accidente derivado de una descarga eléctrica terminó con su vida el 7 de agosto de 1974.

Intelectual comprometida, gran representante de una visión del feminismo mexicano del siglo XX, magnífica escritora, sus restos descansan en la Rotonda de las Personas Ilustres de la capital del país.



(Tomado de: Cruz García, Ricardo. Las protagonistas: Rosario Castellanos. Relatos e historias en México, año 12, número 135. Ciudad de México, 2019)

jueves, 30 de noviembre de 2023

La increíble historia de la China Poblana

 


Catalina de San Juan 

La increíble historia de la china poblana 


Antonio Rubial García

Doctor en Historia de México por la UNAM y doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de Sevilla (España). Se ha especializado en historia social y cultural de la Nueva España (siglos XVI y XVII), así como en cultura en la Edad Media. Entre sus publicaciones destacan: La Justicia de Dios. La violencia física y simbólica de los santos en la historia del cristianismo. (Ediciones de Educación y Cultura/Trama Editorial, 2011). El paraíso de los elegidos. Una lectura de la historia cultural de Nueva España (1521-1804). (FCE/UNAM, 2010), Monjas, cortesanos y plebeyos. La vida cotidiana en la época de sor Juana (Taurus, 2005), La santidad controvertida (FCE/UNAM, 1999), La plaza, el palacio y el convento. La Ciudad de México en el siglo XVII (Conaculta, 1998).

[Este estudio fue elaborado en el Seminario de Historia de la Vida Cotidiana del Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México, dirigido por la Dra. Pilar Gonzalbo Aizpuru]


En 1621, llegaba a Acapulco en la Nao de China una joven esclava vestida de hombre que no hablaba ni una palabra de castellano. Como todos los años por el mes de enero, los barcos de la flota que la traía venían cargados con productos y con esclavos del Asia, los cuales habían salido de Manila cuatro meses antes. Desde hacía medio siglo, este puerto se había convertido en la entrada del comercio español en el "Lejano Oriente" y en el punto estratégico desde donde se esperaba que el cristianismo se expandiría hacia China, Japón, indochina y todo el sureste de Asia. Manila, además, tenía comercio con las ciudades portuguesas de Macao en China y de Goa y Kochi en la India, donde la esclavita había sido comprada.

La joven iba destinada a la casa de una familia de Puebla y, cuando aprendió un poco de castellano, les contó que se llamaba Catalina de San Juan, que era una princesa del Gran Mogor y que había sido raptada por unos piratas en las costas de su tierra natal. Narró como había sido bautizada por los jesuitas en Kochi y vendida como esclava en Manila. Relató también como Dios le había librado de ser violada por los piratas que la capturaron y cómo había transformado su atractiva belleza en fealdad para protegerla. No sabemos qué partes de esa narración fueron verídicas y cuáles inventadas, pero sin duda sus relatos despertaron en los oyentes una gran compasión que la esclava supo usufructuar muy bien.

Cuando su amo murió, su ama entró al convento de las carmelitas descalzas de Puebla y su nuevo dueño, el clérigo Pedro Suárez, desposó a Catalina con un esclavo chino, quien nunca pudo consumar el matrimonio pues, como contaba ella misma, una fuerza celestial se lo impedía. Su marido murió y una vez viuda consiguió que su amo le diera la libertad, lo cual le permitió dedicarse al servicio del templo de la Compañía de Jesús en Puebla. En ese tiempo, Catalina se pasaba muchas horas de oración en las iglesias y se vio influida por los sermones de los jesuitas, en los cuales los predicadores pintaban escenas de las almas torturadas en el infierno por feroces demonios y de los sufrimientos de aquellos que penaban en el fuego del purgatorio y que pedían ser rescatadas por medio de misas y oraciones.

En los retablos cuajados de oro pudo admirar a los santos y santas con sus miradas extasiadas y sus ricos vestidos y escenas donde Cristo y la Virgen se manifestaban cubiertos de luz en medio de nubes luminosas y coros de ángeles. En las procesiones observó las imágenes de Cristo cubierto de llagas sangrantes y cargando con una cruz, que se paseaban por las calles rodeadas de dolorosos lamentos, cirios y olor a incienso. Esa religión de contrastes unida a una poderosa imaginación y a un pasado lleno de sufrimiento forjaron en la joven hindú una serie de visiones exaltadas. Según contaba, tenía tiernos coloquios con Cristo, quien la trataba como esposa, y con la Virgen que le prestaba al niño Dios para que lo cargara. También se le mostraba el Demonio de distintas maneras para hacerla caer en pecado.

A su muerte en 1688, tres de sus confesores, dos de ellos jesuitas, escribieron su vida con los materiales que la "beata" les facilitó. En estas biografías, Catarina (como también ha sido llamada) era presentada como una persona contradictoria. Despreciándose y humillándose a sí misma, se mostraba siempre como la elegida predilecta de Cristo y de la Virgen. Esclava y princesa, virgen y casada, hermosa y fea, analfabeta y sabia, Catalina era un producto de la cultura barroca que exaltaba los opuestos. La sociedad que la acogió, amante de lo exótico y de lo contrastante, debió estar fascinada al escuchar que estos hechos prodigiosos ocurrían en su tierra.

La prodigiosa vida de Catalina de San Juan estuvo marcada por los cambios y movilidades que se produjeron cuando Nueva España se convirtió en el centro de las rutas que comenzaron a rodear el planeta desde Europa, Asia y África. Como Catalina, a este territorio llegaron personas y productos procedentes de todo el mundo: mercaderes y esclavos, piratas y religiosos, obispos, virreyes y mendigos, hombres y mujeres de todos los estados y condiciones se movieron atravesando los mares y arribaron a destinos que hacía cien años nadie hubiera siquiera soñado.


(Tomado de: Ruibal García, Antonio. Catalina de San Juan. La increíble historia de la China Poblana. Relatos e historias en México, año 12, número 135. Ciudad de México, 2019)

lunes, 30 de enero de 2023

El día que asesinaron a Cuauhtémoc, 1525

 

(Códice Vaticano A)

El día que asesinaron a Cuauhtémoc

Una historia de traición e intriga


Daniel Díaz

(Estudió Antropología Social y Arqueología en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Es investigador iconográfico de la revista Arqueología Mexicana).

No sabemos cuándo nació Cuauhtémoc -algunos señalan que alrededor de 1500- ni exactamente qué edad tenía el 1521. Tampoco se conoce con certeza quiénes fueron sus padres. Lo que sí se sabe es que era de linaje noble, que fue tlatoani de México-Tenochtitlan, que realizó rituales para tomar el gobierno de su pueblo, que no nació en Ixcateopan (Guerrero) como se ha dicho y, lo más relevante, que defendió su ciudad del embate de los conquistadores españoles y sus aliados mesoamericanos.

Se sabe que tuvo una esposa y por lo menos un descendiente de quien se conoce su nombre, Diego de Mendoza Austria y Moctezuma, porque está escrito en los documentos coloniales en los que reclama a la Corona española el otorgamiento de beneficios por ser descendiente de la nobleza mexica; entre otras peticiones solicita que le sean devueltas las tierras y edificios que su padre tuvo porque fue gobernante militar de Tlatelolco, la ciudad gemela de Tenochtitlán y donde vivían los comerciantes.

Difícil de rastrear

No hay ningún documento prehispánico que pueda avalar con certeza los datos genealógicos de Cuauhtémoc. Y no los hay porque seguramente se perdieron durante los combates para derrocar al imperio mexica, en los que se peleó tan duro que los edificios que rodeaban al recinto sagrado de Tenochtitlan, donde estaba "el gran Cu" -como llamaban los españoles al Templo Mayor-, fueron derrumbados por los proyectiles de los cañones de los bergantines y de los arcabuces. A ello se sumó, probablemente, la labor de zapa de los aliados mesoamericanos, es decir, su avance sobre la ciudad resguardados por las edificaciones del lugar, parte principal en la estrategia de sitio que empleo Hernán Cortés para derrotar a los mexicas.

En Tenochtitlan, como se relata en las crónicas, durante la guerra de conquista los extranjeros y sus huestes tomaron edificio por edificio, los cuales derrumbaban casi hasta los cimientos, aparte de que rellenaban los canales que los rodeaban. Por otra parte, sus aliados mesoamericanos, sobre todos los tlaxcaltecas, saqueaban e incendiaban las construcciones. En las crónicas también se habla de que había muchos libros "pintados a su modo" (los códices) que se resguardaban en edificios y fueron sometidos a las llamas.

La defensa de Tenochtitlan

Tras la muerte de Cuitláhuac, Cuauhtémoc fue nombrado tlatoani en 1521 y se encargó de la defensa militar de Tenochtitlan. Una de sus primeras instrucciones fue rodear la ciudad con estacas con punta afilada, pues ya estaba sitiada por agua y tierra. Los bergantines, armados y botados en el lago de Texcoco, impedían el paso de las canoas con guerreros defensores, pero estás finalmente desembarcaban en las calzadas que comunicaban a la isla donde estaba Tenochtitlan con la tierra firme y hacían retroceder a las tropas españolas y sus aliados.

los combates eran duros y los enemigos no podían avanzar. En la ciudad sitiada el agua dulce era escasa, pues los españoles cortaron la que llegaba desde los manantiales del cerro de Chapultepec y el lago de Chalco; de tal modo la que entraba era salina, pues los mexicas habían cortado el dique que impedía que el agua salobre se mezclara con la dulce, con la intención de que los españoles se ahogaran, lo que no ocurrió. Los alimentos también escaseaban.

Ante esta situación, Cuauhtémoc se reunió con sus capitanes de guerra y dijo que sería mejor hacer la paz, dado el sufrimiento de la población por la sed y el hambre. La petición no encontró eco entre sus hombres, quienes pensaron que sí claudicaban serían vasallos de los europeos y sus aliados, por lo que decidieron combatir hasta vencer o morir. El tlatoani contestó que, si más tarde alguno de ellos le pedía que capitularan, lo haría matar. Entonces decidieron, a finales de junio de 1521, ir a Tlatelolco y ahí resistir.

La captura del tlatoani

Los mexicas peleaban a diario e incluso se burlaban de los españoles, a quienes llegaron a ver como gente inculta y salvaje. De los aliados de los conquistadores, principalmente los tlaxcaltecas, decían que estaban perdidos, pues si los derrotaban los harían reconstruir la ciudad, y si resultaban vencedores los españoles, también los harían servirlos y construir casas para ellos.

Los combates continuaron, pero los mexicas estaban hambrientos y enfermos por beber el agua salina del lago, ahora putrefacta por los cadáveres que flotaban en ella. La situación era desesperada e incluso las mujeres pelearon, pero finalmente fueron derrotados y Cuauhtémoc hecho prisionero cuando intentaba salir de Tlatelolco acompañado por otros nobles para reorganizar la lucha, pues aún podía hacerlo, como lo sabían los aliados de los conquistadores. Por eso, cuando entraron finalmente a Tlatelolco, se distinguieron por su crueldad y dureza con los vencidos y mataban lo mismo a las mujeres y niños que a los guerreros que pese a estar debilitados por el hambre y la enfermedad, aún defendían la ciudad.

Los hombres de Cortés, al mando de Pedro de Alvarado, entraron a Tlatelolco el 13 de agosto de 1521 sin encontrar resistencia. Un bergantín, capitaneado por el español García Olguín, dio alcance a la canoa en donde navegaba Cuauhtémoc y la detuvo. Entonces el tlatoani fue llevado ante Cortés y, luego de un discurso pidió ser sacrificado como correspondía a todo guerrero mesoamericano que sabía que su destino sería acompañar diariamente al Sol cuando por las tardes se ocultara, a ese Sol dador de la vida y de todo lo bueno que había en el plano de la tierra, que era el primero de los 13 cielos y también el primero de los infiernos de esa gran construcción que era el universo.

¿Dónde está el oro?

Luego de la derrota de Tenochtitlan, los españoles se retiraron a Coyoacán. Llevaban consigo a Cuauhtémoc y a los nobles con quienes había sido capturado. El hedor de los muertos en la batalla y la destrucción de la ciudad no les permitieron la estancia. Ya en Coyoacán, Cortés se dio cuenta de que el tlatoani seguía mandando y sus órdenes aún se cumplían, además de que su situación como capitán general y conquistador no estaba todavía bien definida ante las autoridades españolas.

De inmediato se iniciaron las obras para la demolición de lo que quedaba en pie de Tenochtitlan para que pudiera hacerse una nueva traza de la ciudad. Mientras tanto, el ejército conquistador comenzó a pedir su parte de las riquezas tomadas como botín de guerra, a lo que Cortés daba largas; en demanda de la cantidad de oro que suponían había en Tenochtitlan, presionaron a su jefe, quien entonces consintió que se torturara a Cuauhtémoc junto con Tetlelpanquétzal, el rey de Tlacopan, (Tacuba).

Los españoles metieron los pies y las manos de los mandatarios en aceite caliente, pero ellos no dijeron lo que se les requería. Hubo la versión de que el oro ya lo habían tomado de las casas de Moctezuma II y que el requisado en la canoa de Cuauhtémoc era todo el que había. Se dice que este último dijo después a Cortés que había hecho que una parte del supuesto oro fuera arrojado en el sumidero de Pantitlán, un lugar del lago en donde se formaba un remolino y en el cual se hacían ofrendas al dios del agua, las cuales se creía eran recibidas por un mítico animal llamado ahuízotl, quién además era el encargado de ahogar a los niños que se ofrendaban y a quiénes pasaban cerca del lugar para que llegaran ante la deidad.

Cómo sea que fuere, la mayor parte de los estudiosos coinciden en que Cortés se quedó con gran parte del oro sin declararlo ante las autoridades. La cantidad de este metal que repartió entre su tropa fue tan poca que los hombres rechazaron lo que les correspondía. Entonces, para mantenerlos activos y evitar una rebelión, los mandó a explorar y colonizar otras regiones de Mesoamérica. Pese a ello, Cortés siempre se dijo pobre -incluso cuando vivía en España, tras la conquista- y se dolía de que el monarca no lo reconociera como el conquistador de una gran extensión de tierra que había puesto bajo su reinado.

La muerte sospechosa

En 1524 el conquistador español Cristóbal de Olid, que había sido enviado a Las Hibueras (Honduras), se rebeló a la autoridad de Cortés. Para someterlo, éste organizó una expedición a lo que llama la provincia de Acallan (en el actual Campeche) en sus Cartas de relación y también obligó a varios de sus antiguos compañeros de armas a que fueran con él. En ese viaje hizo que lo acompañaran Marina -la famosa mujer que la había dado como esclava cuando inició la guerra de conquista-, Cuauhtémoc y Tetlelpanquétzal, entre otros. A estos últimos los llevo porque sabía que, en su ausencia, el otrora tlatoani podia organizar una rebelión y matar a los españoles.

Marcharon el 12 de octubre de ese año. Atravesaron un territorio desconocido para ellos y quizá también para los mexicas, pues no se menciona en las crónicas que los acompañara algún antiguo pochteca o comerciante, personaje que debido a su actividad mercantil podía conocer los caminos hasta el actual territorio de Chiapas. La travesía debió haber sido muy penosa, ya que muchos de los expedicionarios murieron de hambre y -se dice- varios más mordidos por animales ponzoñosos o por las dificultades causadas por lo abrupto del terreno. Si hubiera ido un pochteca con la expedición, quizá no se hubieran perdido en la selva, ante el río Usumacinta, a su paso por el actual Tabasco.

La expedición logró reencontrar la ruta y arribar al pueblo de Tizatépetl, el primero de la provincia de Acallan. Más tarde llegaron a la localidad maya llamada Itzamkánac donde Pax Bolom Acha, hijo del gobernante del lugar, recibió a los españoles. Ahí les construyeron refugios en donde pudiesen descansar los poco más de cien hombres que viajaban con Cortés.

Las crónicas, entre las que está Papeles de Pax-Bolon-Maldonado -éste descendiente de los señores mayas de Itzamkánac-, así como los estudiosos, mencionan que en este pueblo o en uno cercano se dio muerte a Cuauhtémoc y al tlatoani de Tlacopan. Cortés, por su parte, dice que los ahorcaron el 28 de febrero de 1525. En los Papeles se menciona que se les dio muerte por decapitación, se les colgó por los pies de una ceiba y se clavó la cabeza de los dos en uno de los muros de la "casa principal de los ídolos" del lugar.

La decapitación ritual entre los mayas está documentada desde los tiempos del auge de esa civilización. Los indígenas que conocieron los españoles en Itzamkánac eran los descendientes de aquella grandeza, aunque para esta época era una cultura muy cambiada. Por otra parte, la ceiba entre los mayas era la representación del axis mundi, el eje del mundo por el que podían tener comunicación con los dioses del cielo y los del inframundo.

La muerte de Cuauhtémoc está representada en algunos códices. Por ejemplo, en la Tira de Tepechpan se le ve decapitado y amortajado, colgando de una ceiba; arriba de esta escena se ve su cuerpo amarrado como bulto mortuorio, tiene inscrito un grifo con su nombre y consigna el año 1525. En el Códice Vaticano A se le ve colgado, sin decapitar, junto al tlatoani de Tlacopan.

Por qué se dio muerte a Cuauhtémoc y Tetlepanquétzal no está muy claro. Hay versiones de que iban a tradicional a los españoles y, al saberse esto, se les ejecutó. Sin embargo, es muy probable que sólo fuera un pretexto para dar muerte al único hombre que podía organizar una rebelión para vencer o expulsar a los invasores europeos.

Luego de cuatro años de convivencia es muy probable que el tlatoani y los pocos guerreros mexicas sobrevivientes hubieran intuido y aprendido el modo de combatir de sus enemigos: quizá supieron muy pronto que lo álgido de la lucha retrocedían y se escondían entre "el fardaje" (el equipaje militar), pues incluso, cuando la toma de Tenochtitlán, Cortés había proclamado una ordenanza de que habría pena de muerte para quien se escondiera y no diera batalla.

En cambio, los guerreros mexicas habían hecho votos de no retroceder nunca y pelear hasta sucumbir en batalla, o bien, ser sacrificados en honor al Sol, lo cual era la muerte por excelencia para alguien educado en una sociedad que había sobrevivido luchando siempre. Por ello, bien podían ahora organizar un ataque, cuando los aliados de los españoles estaban ya en sus lugares de origen y entregados a la labores agrícolas, como la habían hecho por siglos.

El regreso de Cuauhtémoc

Hoy, en muchos lugares, lo mismo en el sur de México que en el Altiplano Central, hay personas que hacen eco de la tradición oral y afirman que el cuerpo amortajado de Cuauhtémoc estuvo por su pueblo y que se le rindieron honores. Quizá este recuerdo se deba a que los mayas preparaban así el cuerpo de sus gobernantes para honrarlos por varios días; los envolvían en lienzos y cubrían con de esencias y resinas aromáticas para evitar el hedor del cuerpo de quien, se afirmaba, era inmortal.

Asimismo, Cuauhtémoc era de cultura nahua, que acostumbraba incinerar a sus gobernantes y a quienes se habían distinguido en combate. Su cuerpo (si no estaba éste porque el guerrero había sido capturado, sacrificado y comido por el enemigo, se le hacía una representación en madera) se ataba como un bulto, el cual se adornaba con las posesiones de valor del difunto. Luego se le prendía fuego al conjunto y las cenizas se depositaban en una delicada urna, que luego se sepultaba en el arranque y las escalinatas de algún edificio importante, como el templo mayor del lugar.

Si el cuerpo del antiguo tlatoani recibió alguno de esos tratamientos mortuorios y quedó sepultado en una gran cripta maya, o sus cenizas terminaron dentro de un hermoso vaso depositado en un edificio de la zona arqueológica El Tigre, en Campeche -que se ha identificado como el Itzamkánac donde estuvo la mencionada expedición- no es muy relevante. Tampoco si su cuerpo fue llevado hasta Ixcateopan (en el actual estado de Guerrero), el remoto pueblo tepaneca, enemigo de los tenochcas, que además había sido sojuzgado y rendido tributo desde la época del tlatoani Itzcóatl (1427-1440), cuando la nación mexica se convirtió en un verdadero imperio. Lo importante es que tengamos memoria de los personajes que forman parte de la historia de nuestro país.


(Tomado de: Díaz, Daniel. El día que asesinaron a Cuauhtémoc. Relatos e historias en México. Año VIII, número 95, Editorial Raíces, S.A. de C. V., México, D. F., 2016)