El enigma de Juan Diego
Por siglos, el misterio de su existencia originó enconadas disputas entre historiadores y teólogos y feroces polémicas, traiciones y zancadillas entre los más altos prelados. El veredicto final está hoy en la mente del papa.
Por Alejandro León
-Tenía que ser otro alemán -dicen que refunfuñó el arzobispo primado de México, cardenal Norberto Rivera Carrera, cuando hace 3 años se reveló por primera vez que el abad de la basílica de Guadalupe, Guillermo Schulenburg, ponía en tela de juicio la existencia del indio Juan Diego y su milagroso encuentro con la virgen en el Tepeyac. El segundo alemán a quien aludía el jefe de los católicos mexicanos es Martín Lutero, el sacerdote cuyas críticas y denuncias desencadenaron en el siglo XVI la mayor crisis en la historia de la Iglesia. Se trataba de una exageración, porque las dudas de Schulenburg -vagamente expresadas y compartidas por muy pocos- jamás llegarían a provocar un cisma, ni siquiera una crisis. Aún así, Rivera se lanzó con tal denuedo contra el disidente que en pocas semanas el abad de 77 años de edad y que por 3 décadas había reinado en la basílica con sus tesoros, se vio obligado a retirarse debido a lo que el derecho canónico denomina odium plebis, odio del pueblo, escándalo de la multitud.
Por lo pronto, sin embargo, Schulenburg siguió como poder tras el trono -con el título de abad emérito- y 2 de sus más fieles colaboradores, al frente de la basílica: el arcipreste Carlos Warnholtz (otro descendiente de alemanes, de 74 años de edad y 50 de sacerdocio) y el bibliotecario Esteban Martínez de la Serna.
Las aguas sólo volvieron a agitarse a fines del año pasado, cuando trascendió en el Vaticano que la congregación de las Causas de los Santos se disponía a recomendar, tras 14 años de análisis jurídicos y teológicos, la canonización de Juan Diego; y que tal vez el papa retornará ese año a México para elevar a los altares al indio en cuya existencia Schulenburg no logra creer.
Juan Diego fue beatificado por Juan Pablo II en 1990, pero ello no desesperó a Schulenburg porque un beato es sólo un siervo de Dios exhibido ante los creyentes como buen ejemplo, para fortalecer la fe, sin por ello atribuirle milagros ni erigirlo en intermediario entre los hombres y la divinidad.
Santa indignación
Santificar, en cambio, implica declarar por la infalible voz del papa que el ungido fue perfecto, libre de toda culpa, capaz de hacer milagros y merecedor de culto en todos los altares. Esta perspectiva escandalizó al ex abad Schulenburg, el arcipreste Warnholtz y el bibliotecario Martínez de la Serna, quienes vertieron todas sus objeciones en una carta al cardenal Ángelo Sodano, secretario de Estado de la Santa Sede, con copias para monseñor Tarsicio Bertone, secretario de la Congregación de la Doctrina de la Fe y monseñor José Saraiva Martins, prefecto de la congregación de las Causas de los Santos:
"El papa se pondría en ridículo si canonizara a una persona antes de que quede clara su existencia", clamaba la misiva, que tal vez habría pasado a dormir un sueño eterno en algún archivo del Vaticano sin manos anónimas (amigos vaticanos del cardenal Rivera Carrera, creen los schulenburguistas) no hubieran filtrado una copia al periodista italiano Andrea Tornelli, del diario milanés Il giornale y la influyente revista mensual 30 giorni: el mismo columnista que con su revelaciones de 1996 había provocado la primera caída de Schulenburg.
La reacción de la alta jerarquía fue fulminante. Los más altos prelados amenazaron a Schulenburg con la excomunión, algo terrible para un católico que vive sus últimos días; el obispo de Ecatepec Onésimo Cepeda, presidente de la Comisión Episcopal de Comunicación Social, declaró a la prensa que no se debe tomar en serio al anciano abad, porque "ya está mal de la chiluca"; y el nuncio apostólico Justo Mullor, representante diplomático de un Estado extranjero, decidió invadir la jurisdicción de la Iglesia católica mexicana y ordenó una auditoría a la basílica de Guadalupe, acusando implícitamente al ex abad de haber hecho fortuna robando por décadas las limosnas de los pobres.
Shulenburg quedó moralmente tan maltrecho que se encerró en su mansión de las Lomas de Chapultepec y se niega a hablar con extraños. Dicen que está sumido en la depresión y temen por su vida.
Aparicionistas vs. antiaparicionistas
La discusión sobre la existencia de Juan Diego y la realidad de su encuentro con la virgen, es cosa añeja: ya en septiembre de 1556 (25 años después de la supuesta aparición) fray Francisco de Bustamante (1485-1562), provincial de los franciscanos en la Nueva España, puso ambas cosas en duda en un sermón pronunciado como respuesta a la prédica que en alabanza de la guadalupana realizara poco antes fray Alonso de Montúfar (1498-1573), arzobispo de México entre 1551 y 1573 y primer impulsor del culto a la virgen del Tepeyac. El padre Bustamante creía que la imagen del ayate era obra de Marcos de Aquino, un indio famoso por su habilidad como pintor y calificaba la creencia en esta aparición, como "idolatría " (ver la guadalupana en el cincuentenario de un atentado; Contenido, Ene. 1972).
En años siguientes (1575-77 y 1585) fray Bernardino de Sahagún (1499?-1590) calificó esa devoción como un grave error de evangelización, pues, según él, los indios adoraban en realidad a Tonantzin, deidad femenina de la maternidad y la fertilidad.
También se asoció el culto a la Guadalupe mexicana (nombre de origen árabe cuyo significado preciso se ignora: los etimólogos lo traducen por "río de lobos", "río de corazón", "río escondido" o "río de luz") con el de su homónima española de Extremadura, de la que muchos conquistadores eran devotos.
En aquella región de España se rendía adoración desde el siglo XII y con ese apelativo a una imagen encontrada en el monte por el pastor Gil Cordero, cuya aventura guarda asombroso paralelismo con la de Juan Diego: ambos episodios ocurren en un cerro, los protagonistas son pobres; suceden sendos milagros (en el caso español, una vaca resucita) y en los 2 la virgen solicita que se levante un templo en su honor (el peninsular, en la villa de Cáceres, a 500 km de Madrid).
En México, el culto cobró irresistible fuerza a partir de 1648, gracias a la publicación del libro Imagen de la virgen María Madre de Dios de Guadalupe, del padre Miguel Sánchez, que narra con detalle las apariciones aunque reconoce la inexistencia de documentos históricos que las prueben. Inclusive, al final del libro se incluyó una carta del bachiller Luis Lasso de la Vega, vicario de la ermita de Guadalupe, en la cual admite que ni él ni sus antecesores habían tenido referencia del origen milagroso de la imagen que allí se veneraba.
Tan dolido quedó el bachiller Lasso por la exhibición de su ignorancia que un año después publicó el Hueitlamahuizoltica, una compilación de textos en náhuatl y español sobre las apariciones y prodigios de la virgen en el Tepeyac. Interesó especialmente a los "aparicionistas" la parte titulada Nican mopohua, atribuida a un indígena hispanizado de estirpe noble llamado Antonio Valerian, que narra los hechos con minucia.
Un Schulenburg del siglo XIX
La circulación de los textos aparicionistas no amilanó a los negadores el milagro. El 12 de diciembre de 1794 fray Servando Teresa de Mier (1765-1827) se mofó del milagro en un sermón pronunciado en plena basílica de Guadalupe y lo asoció con la supuesta evangelización de los mexicanos por Santo Tomás-Quetzalcóatl, lo que le valió ser desterrado 10 años a España, inhabilitado como sacerdote.
Casi un siglo después, en enero de 1884, se realizó en la basílica de Guadalupe la apertura del proceso canónico para la beatificación y Canonización de Juan Diego; el juicio duró 2 años, tuvo lugar en la iglesia de la Profesa en el DF y al cabo la causa fue desechada por falta de pruebas. Diez años más tarde, en 1896, el arzobispo de México, Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos (1816-1891), solicitó al prestigiado historiador Joaquín García Icazbalceta (1825-1894) buscar pruebas fehacientes de la existencia de Juan Diego para promover la canonización del indígena.
En su equilibrada respuesta el erudito admitía que la ausencia de textos anteriores a 1648 (año de publicación de la Imagen del padre Sánchez); la anula mención del suceso en los documentos del obispo fray Juan de Zumárraga (1468-1548) -segundo personaje en importancia después de Juan Diego-; la imposibilidad de los indios de pronunciar el nombre "Guadalupe" por carecer su alfabeto de la letra "g" y el sospechoso parecido de la imagen mexicana con la española de Extremadura, habían convertido sus dudas en "certeza de la falsedad del hecho". "Y no he sido el único -proseguía-. Por eso juzgo que es cosa muy delicada seguir defendiendo la historia" (ver Un historiador niega la existencia de Juan Diego; Contenido, Jul. 1990).
En ese mismo año el obispo de Tamaulipas, Eduardo Sánchez Camacho (1838-1920) se opuso a la coronación de la virgen de Guadalupe como patrona de México, aunque se vio obligado a asistir a las festividades. Al cabo, al igual que Schulenburg, tuvo que dejar su obispado debido al escándalo que provocaron sus afirmaciones. Algunos dicen que desde Roma le ordenaron dimitir y se retiró a su quinta El olvido, donde pronto murió, según se dijo, de tristeza.
Oscuro final
En este siglo se hicieron esfuerzos para disipar tantas dudas. En los años 60, a petición del entonces flamante abad Schulenburg, arqueólogos del INAH [Instituto Nacional de Antropología e Historia] excavaron en la antigua capilla de indios a la búsqueda de los restos de Juan Diego. No los hallaron.
Otro golpe para los "aparicionistas" fue la nueva disposición que el papa Paulo VI hizo en la carta apostólica Motu Proprio, de febrero de 1969, en la que ordenó revisar el calendario litúrgico para dar de baja a los santos que nunca existieron. Un mes más tarde quienes no pasaron la prueba de la historia fueron borrados del santoral católico; entre otros san Jorge, el matadragones, patrono de Inglaterra; san Cristóbal, patrono de los camioneros; san Juan Nepomuceno, patrono de los confesores y de la buena fama; y santa Filomena patrona de los hijos de María. Para evitar suspicacias posteriores, el pontífice estableció que era requisito indispensable comprobar la existencia histórica de los candidatos a beatos o santos.
Sólo tras la llegada del cardenal Ernesto Corripio Ahumada a la Arquidiócesis de México en 1977 se impulsó seriamente la beatificación de Juan Diego. Corripio consiguió que en 1981 el indígena fuera nombrado siervo de Dios (si bien lo mencionan como beato, el papa Juan Pablo II ha omitido hasta la fecha hacer el pronunciamiento formal: sólo otorgó permiso en mayo de 1990 para que se le rindiera culto público, lo que el derecho canónico califica como "beatificación equivalente" o de facto).
Ante la presión de Corripio de desechar reticencias y al menos beatificar formalmente a Juan Diego, el Vaticano admitió la entrada de la causa y se nombró al historiador y sacerdote José Luis Guerrero "postulador nacional" con la responsabilidad de probar la existencia real de Juan Diego.
En sólo 17 años Guerrero logró lo que en 450 había sido imposible. Según sus investigaciones, Juan Diego nació en 1474, se llamaba Cuauhtlactoatzin ("la venerable águila que habla", en náhuatl), tenía un Palacio en Cuautitlán y había realizado casi 40 milagros. -Es imposible dudar que efectivamente vivió en el siglo XVI un indígena llamado Juan Diego y que se le apareció la virgen -afirma Guerrero- inclusive, Zumárraga llegó a mencionarlo en una carta, hoy desgraciadamente perdida.
Según el estudioso, la primera noticia del documento extraviado la dio el padre Miguel Sánchez en el siglo XVII, cuando aseguró que la carta en cuestión estuvo en poder de otro clérigo hasta que le fue robada. -Suena ridículo -acepta Guerrero- pero entonces el papel era escaso en México y muchos archivos fueron saqueados, principalmente para fabricar cohetes.
Otra versión sobre la hipotética carta -también investigada por Guerrero- refiere un relato del franciscano Pedro de Mezquia que data del siglo XVIII, quien afirmó que el documento estuvo en el convento de Vitoria, España, hasta 1715, cuando desapareció en un incendio. -Viajé a Europa para comprobar los hechos y descubrí que eran ciertos y que Mezquia sí había estado en ese lugar -asevera Guerrero-, lo que certifica, así sea circunstancialmente , a verdad de sus afirmaciones.
Un manuscrito dudoso
Otra prueba esgrimida por el postulador Guerrero es el Códice Escalada o Códice 1548 (por el año de su redacción), descubierto hace 3 años por el jesuita Xavier Escalada en la biblioteca de un coleccionista privado que prefiere el anonimato. Aunque el investigador de la causa para la colonización de Juan Diego asevera que el manuscrito fue sometido a estudios grafológicos y químicos que validan su autenticidad, historiadores como Xavier Noguez (autor del libro Documentos guadalupanos) y Ángel T. Gutiérrez Zamora -del libro El guadalupanismo- lo ponen en entredicho y aun afirman que su falsedad sería evidente si se le sometiera a la prueba del carbono 14.
Aunque poco difundido aún, el Códice Escalada -firmado por fray Bernardino de Sahagún y el juez Antonio Valeriano, el mismo que habría redactado el Nican mopohua- da cuenta precisa de la existencia de Juan Diego e incluso documenta su muerte, en 1548, mismo año que la de fray Juan de Zumárraga.
Para el historiador Guerrero y coautor del libro El encuentro de la virgen de Guadalupe y Juan Diego, muy preciado por la iglesia, la historia científica no se basa en una prueba, sino en una convergencia de pruebas: -En el caso de Juan Diego -ilustra-, su existencia se confirma con pruebas documentales (los códices Escalada y Nican mopohua), iconográficas (la imagen misma), jurídicas (Bartolomé López, conquistador y vecino de Colima, ordenó en 1537 que se le dijeran misas en el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe en el Tepeyac; lo mismo hizo en 1939 una señora María Gómez); arqueológicas (las ruinas de la que habría sido casa de Juan Diego, conocida desde el siglo XVI); y testimonios orales dados por testigos que datan de 1666 y que rindieron informes sobre Juan Diego ante ante las autoridades eclesiásticas de Cuautitlán.
Para el investigador Guerrero todo esto redondea una "prueba plena": -Cada cosa por separado puede discutirse, pero el conjunto, no -concluye.
Cosa juzgada
Acerca del testimonio de Joaquín García Icazbalceta, en apariencia tan apabullante para los creyentes en Juan Diego, el padre Guerrero dice que un amigo del historiador, el obispo de Yucatán, Crescencio Carrillo y Ancona, publicó en el Diario de México en agosto de 1896 (dos años después de la muerte de Icazbalceta) una carta fechada en diciembre de 1888 en la que el propio don Joaquín manifestaba que ya había cambiado de parecer.
Todo lo cual no acabó ni acabará con la polémica en torno a Juan Diego, porque el milagro del Tepeyac y sus protagonistas se volvieron políticamente indispensables: haya existido o no Juan Diego, lo cierto es que, cuando se generalizó el culto a la virgen de Guadalupe, que cautivó la imaginación del pueblo, los indígenas que antes habían rehuido la conversión al catolicismo, corrieron por millares a bautizarse; y que los primeros insurgentes de 1810 tuvieron que enarbolar el estandarte guadalupano para arrastrar a la guerra a un pueblo al que sólo unía la fe en la virgen del Tepeyac.
A pesar del escándalo y la eventual demora en el proceso de canonización es muy probable que Juan Diego se convertirá en el segundo santo mexicano. Para su canonización solo resta que los teólogos de la congregación den su último veredicto a favor y que el papa dé lectura al decreto y fije la fecha de ceremonia.
Por fin, un alicaído Schulenburg se reunió el 9 de diciembre con el nuncio Mullor, sin que se informara sobre lo tratado. El arcipreste Carlos Warnholtz, a su turno, reconoció ante este reportero el 14 de diciembre pasado: "Me temo que estábamos equivocados". Aunque insistió en que consideradas aisladamente, todas y cada una de las pruebas de la existencia de Juan Diego son débiles, sumadas, no dejan lugar a dudas:
-El conjunto es tan "denso" que se puede proceder con certeza moral a canonizar a Juan Diego -concluyó con voz ahogada.
Un alto prelado que se niega a decir si cree o no en el milagro del Tepeyac, sintetizó así la situación: -Si Juan Diego no hubiera existido, por el bien de México, habría que inventarlo; y eso hará el papa, que ama a este país.
(Tomado de: León, Alejandro - El enigma de Juan Diego. Contenido #440, Contenido, S. A. de C. V., México, D. F., febrero del 2000)



.jpeg)




.jpeg)
