viernes, 31 de julio de 2020

Quiénes fueron los liberales y los conservadores

(Mural "Juárez Redivivo" José Clemente Orozco)

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¿Quiénes fueron los liberales y los conservadores?


Con estos nombres nos referimos a los dos principales grupos con posiciones ideológicas, bases sociales y proyectos nacionales definidos que protagonizaron la historia política de buena parte del siglo XIX.
Los conservadores nutrían sus filas con miembros del alto clero, los altos jefes militares, los poderosos terratenientes y comerciantes. Pugnaban por un sistema de privilegios, por un poder centralizado, monárquico en el mejor de los casos, una sociedad corporativa e instituciones fuertes, principalmente la Iglesia y el Ejército. Pueden considerarse como una prolongación de los grupos dominantes de la última etapa de la Colonia que no lograron mantenerse en el poder de manera definitiva a través de la contrarrevolución independentista. En los primeros años de la república, cuando las primeras formas de organización política adquirieron forma a través de las logias masónicas, los conservadores alimentaron la logia escosesa que respaldó el proyecto centralista por medio del cual procuraron restablecer su dominio sobre la economía desde la ciudad de México.
Los liberales por su parte concebían que el país debía organizarse de acuerdo con el modelo estadounidense en una república federal con gran autonomía de las regiones, donde tuvieran preponderancia los pequeños y medianos propietarios, quienes se convertirían en la base del desarrollo económico. Para conseguir tales objetivos era necesario desaparecer el sistema de privilegios y las corporaciones de origen colonial, desamortizar los bienes de la Iglesia y las propiedades comunales. Al igual que los conservadores, los liberales tienen su origen en la parte final del virreinato, cuando los criollos y dentro de ellos las clases medias entraron en contacto con las ideas ilustradas y con el pensamiento político que inspiró la independencia estadounidense, la Revolución francesa y la Constitución de Cádiz. Tras el nacimiento de la república se organizaron en torno a la logia yorkina, estimulada interesadamente por el representante estadounidense en México, Joel R. Poinsett, y a través de ella respaldaron el proyecto federal y los planes de modernización económica. A mediados de siglo, el grupo liberal estaba dividido entre moderados, que pensaban que la transformación del país requería reformas lentas para evitar resistencias y por ello defendían el restablecimiento de la Constitución de 1824, y los puros o radicales que se inclinaban por un giro radical que exigía un nuevo ordenamiento político.

(Tomado de: Silva, Carlos - 101 preguntas de historia de México. Todo lo que un mexicano debería saber. Random House Mondadori, S. A. de C. V., México, D. F., 2008)

miércoles, 29 de julio de 2020

Margarito Zuazo

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Margarito Zuazo (¿?-1847)

El fulgor de la batalla era continuo. Durante varias horas, el ejército invasor golpeó a los defensores con el fuego de sus armas. El Molino del Rey, en la entrada de la capital, se convirtió en el escenario de una de las más escalofriantes batallas en la historia del país. La defensa de la edificación, que los estadounidenses creían contenía una fábrica de cañones y pólvora, era resoluta. Sin embargo, no había hombre, de un bando o del otro, que no supiera que era cuestión de tiempo para que las fortificaciones cayeran.
Los invasores estaban mejor armados. Pero del bando defensor estaban la gallardía y el orgullo. Ya los estadounidenses habían sido testigos de la ferocidad con que los mexicanos actuaron en batallas anteriores. Tan sólo unos días antes, el 20 de agosto, habían tenido problemas para tomar el Convento de Churubusco. La batalla del Molino del Rey, aquel 8 de septiembre de 1847, no iba a ser distinta.
La defensa había sido establecida y coordinada por el propio Santa Anna, que esperaba el ataque el día 7. Sin embargo, ante la falta de acciones del enemigo, decidió desguarnecer en la noche parte de la defensa hacia el sur de la Ciudad de México. Al día siguiente, el error sería evidente.
La batalla dio inicio desde temprana hora. El general Antonio León y los coroneles Lucas Balderas y Gregorio Gelati hicieron todo lo posible por contener la fortaleza de los enemigos. Durante varias horas, los hombres de ambos bandos comenzaron a caer. A nadie le quedaba duda que la entrada a la capital le costaría caro a los estadounidenses.
La victoria enemiga comenzó a materializarse en el transcurso del día. Héroes anónimos caían mientras otros continuaban en la lucha sin detenerse un solo instante. Uno de ellos tenía el nombre de Margarito Zuazo, del batallón Mina. "Era un mocetón arrugado y listo -escribió de él Guillermo Prieto-; a la hora de los pujidos, él estaba en primera; él era muy hombre". Y tan lo era que, a pesar de haber sido herido, bañado en sangre se acercó a tomar la bandera de su batallón que estaba a punto de ser tomada por los enemigos. Con la fuerza que le quedó, siguió combatiendo contra los invasores sin soltar un momento el estandarte. El fuego de las armas lo envolvía, y sin embargo logró llegar hacia uno de los edificios cercanos, donde se descubrió el pecho y enredó la bandera contra su cuerpo.
No olvidó su obligación y regresó al combate. Las bayonetas de los estadounidenses encontraron una vez más su cuerpo. Zuazo sólo protegía el pabellón sagrado y con debilidad se arrastró hacia la gloria. Ese héroe desconocido no deberá jamás quedar en el olvido.

(Tomado de: Tapia, Mario - 101 héroes en la historia de México. Random House Mondadori, S.A. de C.V. México, D.F., 2008) 




lunes, 27 de julio de 2020

Exvotos



La palabra "exvoto" proviene del latín y significa "ofrenda que se hace a la divinidad, en recuerdo de algún beneficio".
En México, la tradición de los exvotos ha sido muy difundida y abarca aproximadamente quinientos años. Esta expresión adoptada por los mexicanos después de la Conquista les fue heredada de los españoles y en el transcurso de los años ha sido transformada y enriquecida en el llamado Nuevo Mundo.
Los exvotos, además de ser un muestra de agradecimiento, poseen un gran valor antropológico, puesto que reflejan de una manera clara las formas de vida de los mexicanos a través del tiempo y son un ejemplo más del arte popular.
El uso de nuevas técnicas y el consumismo han puesto en peligro este medio de expresión popular, aunque también resulta factible que no llegue a extinguirse gracias al profundo fervor mexicano.
El Museo de la Basílica de Guadalupe cuenta con más de 1300 exvotos en su acervo, los cuales han sido fotografiados y colocados de manera temática sobre los muros de la sacristía, el salón adjunto y la torre del campanario. Las piezas más sobresalientes corresponden a los siglos XIX y XX.

(Tomado de: Luque Agraz, Elin, y Michele Beltrán: Virgen de Guadalupe como patrona del arte. Virgen de Guadalupe, edición especial. Editorial México Desconocido, S.A. de C.V., México 2001)

viernes, 24 de julio de 2020

Creelman y Don Porfirio, 1908

Creelman y Don Porfirio
Periodista el uno. Presidente de la República el otro. Un régimen a la deriva. Y para salvarlo, ambos, como los necios, quieren tapar el sol con un dedo.
Ambos también ya no tienen oídos para escuchar los tremendos latidos del corazón enardecido de un pueblo a quien a fuerza desean meter en la órbita de un siglo fallecido: el siglo XIX, cuando las manecillas del reloj marcan horas de la centuria veinte.
Porfirio Díaz, osado, soberbio, ha preferido en este momento fúnebre hablar con un periodista extranjero, antes que conceder ya la misma entrevista a cualquier reportero mexicano. Esa ofensa del dictador al periodismo nacional es, según la califican los filósofos prácticos, de aquéllas ofensas que no se borran.
James Creelman es un cincuentón. Tapa la barbilla afilada con una piocha muy solemne, más afilada aún. Largos bigotes dan respetabilidad a su faz. Su cara es de las que al primer golpe de vista no se olvidan. Llega Creelman al Alcázar de Chapultepec. Se le recibe con exagerados protocolos, en tanto que en las bartolinas de la Cárcel de Belén decenas de periodistas sufren insolencias de los esbirros y prolongado ayuno.
Creelman saluda a Porfirio Díaz. Acomódase éste en amplío sillón, cerca de larga mesa, y el "publicista norteamericano muy afamado", representante del Pearson's Magazine, de Nueva York, extiende su libreta y saca su puntiagudo lápiz. "He hecho un viaje de cuatro mil millas para entrevistarlo", afirma cortésmente el reportero. La farsa ha comenzado.
-"Es un error suponer que el porvenir de la democracia en México se haya puesto en peligro por la continua y larga permanencia de un Presidente en el poder."
Tan gran mentira es anotada por el periodista yanqui. Después de cambiar impresiones en torno de la política norteamericana. Porfirio exclama: "¡Varias veces he tratado de renunciar a la Presidencia, pero se me ha exigido que continue en el ejercicio del poder, y lo he hecho en beneficio del pueblo que ha depositado en mí su confianza. El hecho de que los bonos mexicanos bajaran once puntos cuando estuve enfermo en Cuernavaca, es una de las causas que me han hecho vencer la inclinación personal de retirarme a la vida privada."
El carnet de Creelman sigue anotando falacias.
-"Hemos conservado la forma de gobierno republicano y democrático -agrega cínicamente el dictador Díaz-, hemos defendido y mantenido intacta la teoría; pero hemos adoptado en la administración de los negocios nacionales una política patriarcal, guiando y sosteniendo las tendencias populares, en el convencimiento de que bajo una paz forzosa, la educación, la industria y el comercio desarrollarían elementos de estabilidad y unión en un pueblo naturalmente inteligente, sumiso y benévolo."
Al decir paz forzosa, paradójicamente en el escritorio de trabajo del llamado "Pacificador' se encuentran muchos partes de guerra: levantados en el norte, pronunciados en el Bacatete, guerrillas en el sureste, fusilamientos en todos lados.
-"He esperado con paciencia el día en que la República de México -dice sumisamente- esté preparada para escoger y cambiar sus gobernantes en cada periodo sin peligro de guerras, ni daño al crédito y al progreso nacionales. Creo que este día ha llegado..."
Y ahora el periodista engolosina al general Díaz y le habla de política, de partidos, de hombres nuevos. Y el general Díaz, sin ningún recato, echa a volar está monstruosa mentira:
-"Es cierto que no hay partidos de oposición. Tengo tantos amigos en la República, que mis enemigos no se muestran deseosos de identificarse con la minoría. Aprecio la bondad de mis amigos y la confianza que en mí deposita el país; pero una confianza tan absoluta impone responsabilidades y debes que me fatigan más y más cada día. Tengo la firme resolución de separarme del poder al expirar mi periodo, cuando cumpla ochenta años de edad, sin tener en cuenta lo que mis amigos y sostenedores opinen, y no volveré a ejercer la Presidencia."
El general Díaz -nos cuenta el mismo Creelman- contempló un momento el majestuoso paisaje que se extendía al pie del antiguo castillo, y luego, sonriendo ligeramente, se internó por una galería, rozando a su paso una cortina de flores rojas y geranios rosa, amorosamente enlazados, al jardín interior, en cuyo centro una pila rodeada de palmeras y flores lanzaba plumas de agua, de la misma fuente en qué Moctezuma apagó su sed bajo los gigantes cipreses que aún levantan sus ramas alrededor de las rocas que pisábamos.
Porfirio Díaz cruza los brazos y dando muestras evidentes de estar al margen, muy lejos de la realidad, sostiene está inexactitud.
-"Si en la República llegase a surgir un partido de oposición, le miraría yo como una bendición y no como un mal, y si ese partido desarrollara poder, no para explotar, sino para dirigir, yo le acogería, le apoyaría, le aconsejaría, y me consagraría a la inauguración feliz de un gobierno completamente democrático. Por mí, me contento con haber visto a México figurar entre las naciones pacíficas y progresistas. No deseo continuar en la Presidencia. La Nación está bien preparada para entrar definitivamente en la vida libre. Yo me siento satisfecho de gozar a los setenta y siete años, de perfecta salud, beneficio que no pueden proporcionar ni las leyes ni el poder, y el que no cambiaría por todos los millones de vuestro rey del petróleo."
Otras mentiras más y la farsa termina. James Creelman regresó a su país y poco tiempo después húbose de dar cuenta con escepticismo que su entrevistado de Chapultepec no había dicho la verdad. En su propio periódico, el Pearson's Magazine, leyó este titular, a fines de noviembre de 1910: "Estalló la Revolución en México."

(Tomado de: Morales Jiménez, Alberto - 20 encuentros históricos en la Revolución Mexicana. Creelman y Don Porfirio. Colección METROpolitana, #2, Complejo Editorial Mexicano, S.A. de C.V., México, D.F., 1973)

miércoles, 22 de julio de 2020

Porfirio Díaz y Elihu Root, 1907

Don Porfirio y Elihu Root

La paz es un mito. En todo el país, desde los remotos tiempos del cuartelazo de Tuxtepec hasta septiembre de 1907, el silencio ha sido alterado por el estallido de balas subversivas, por el ir y venir de caballerías federales, por el marchar de agresivos pelotones de fusilamiento y por el grito de los inconformes encerrados en Belén y en San Juan de Ulúa.
Nuestros vecinos dudan ya de esa paz tan contada, tan traída y tan llevada. Y envían a extravagantes personas a recorrer el territorio con el agradable pretexto de cazar venados o liebres o de estudiar arqueología o etnografía. Bajo los atavíos inofensivos del turista, estos ciudadanos llevan en la cartera los documentos que los acreditan como funcionarios al servicio confidencial de sus respectivos gobiernos. Es importante para las naciones extranjeras salvaguardar los intereses de sus compatriotas radicados en tierra mexicana. Urge saber en las grandes capitales europeas y americanas la verdad acerca de este gobernante a quien llaman Caudillo de la paz.
Se vive, al despuntar el siglo XX, la tremenda época de la expansión imperialista. Y México es un punto del globo terrestre que concentra la mirada de los poderosos.
Nos ven, atentos, los señores de allí enfrente. Porfirio Díaz advierte este hecho y, para disipar recelos, dudas, malos entendimientos, el 7 de junio de 1907, por conducto del embajador mexicano en Washington, Creel invita a Elihu Root, Secretario de Estado norteamericano, a visitar México. Root, dicen los panegiristas de aquel tiempo, "uno de los abogados más notables del foro de Nueva York. Pero no es eso tan sólo; es, además, el colaborador eficaz del Presidente Teodoro A. Roosevelt."
El señor Root acepta la invitación y a mediados de septiembre del mismo año, acompañado por su familia, inicia el viaje. Entra por Nuevo Laredo. Aborda el tren presidencial. Pasa por Monterrey, Saltillo, San Luis Potosí y Querétaro. Y se le recibe pomposamente en la estación ferroviaria del Nacional Mexicano. Le abrazan efusivos Limantour, Ignacio Mariscal, de Landa y Escandón, Enrique C. Creel y otros altos representantes oficiales.
Root no traía ojos de turista. Sus miradas eran escudriñadoras. Deseaba percatarse personalmente del estado de cosas prevaleciente. Así lo estimaron ciertos periódicos antiporfiristas.
Root viose obligado a desmentir tales rumores. "He negado más de cuarenta veces que haya venido a este país con miras políticas de las que estoy muy distante; pero hay ciertos periodistas que piensan que la mejor manera de proceder es la de no creer lo que se les dice. Hacen muy mal observando está conducta, pero en esta ocasión es peor todavía", comentó el Secretario de Estado norteamericano.
-"Deseo ver cuánto antes al señor Presidente de la República, para estrechar su mano, pues tengo de él altísima idea por haber logrado, como sabio estadista, engrandecer y hacer progresar a la nación mexicana, haciéndola respetable y respetada."
Cómo a las 11 de la mañana, míster Root abandona sus habitaciones del Castillo de Chapultepec y se dirige al Palacio Nacional, a bordo de magnífico landau, en compañía de Mariscal y numerosos diplomáticos. Cómo es tradicional en estos casos, el Jefe del Estado Mayor recibe al visitante al pie de escalera principal, y lo conduce al Salón Verde. Allí están ya el Presidente Díaz y todo su Gabinete.
Con las formalidades protocolarias, Mariscal presenta a Porfirio Díaz con Elihu Root. Afectuosas palabras brotan de los labios de ambos personajes después de efusivo apretón de manos. Mariscal desempeña el papel de intérprete. En honor de su anfitrión, míster Root afirma que "es digno, en verdad, de elogios al pueblo mexicano por haber buscado en el trabajo su prosperidad; mas para trabajar con éxito se necesitan el orden y la paz y vos se los habéis dado." Se deslizan corteses alusiones a la Conferencia de Washington que trabaja en favor de la paz centroamericana. Quizá, muy en el fondo, Root desea decirle, sin palabras, a Díaz: "Evita el artillamiento de Salina Cruz."
Porfirio Díaz manifiesta a su visitante que él es digno de las mayores atenciones, porque "no sólo eran al estadística de talento sino al amigo y al político que se afana por afianzar las relaciones internacionales por medio de la paz continental."
En la noche de ese mismo día, Root y el Presidente se sientan a la mesa en que se sirve estupenda cena, en el Palacio Nacional. Uno y otro pronuncian discursos oficiales, abundantes en retórica y buenos deseos. Se exaltan a la paz y al progreso porfiriana. Se dice que México es el Edén.
En el Arbeu, la orquesta del Conservatorio Nacional de música deleita, días más tarde, a Root y al Primer Magistrado. Se suceden otras actividades: visita a las obras de construcción del Teatro Nacional, al nuevo edificio de Correos, la Escuela Nacional de Ingeniería, la Catedral, el Colegio de las Vizcaínas, Chapultepec y hace breves viajes, a Cuernavaca, Tlaxcala, Puebla, Veracruz, Jalisco y Estado de México.
Trata el régimen tuxtepecano de mostrar al diplomático yanqui un México pacífico, constructor, trabajador. En el "Garden Party" que se ofrece en Chapultepec a Root, un invitado exclama: "¡Con el solo champaña de está fiesta, habría habido el suficiente para servir dos veces el memorable banquete de los diez mil alcaldes de París!"
Continúan las visitas a los establecimientos oficiales. En la Cámara de Diputados se le recibe con extraordinaria formalidad. Calero pronuncia un discurso de paz y de amistad. Root contesta en idénticos términos.
Root, después de 15 días de estancia en México, se despide del general Díaz, con quien charla tres horas en el Palacio Nacional. Retorna a los Estados Unidos con el cerebro pletórico de imágenes que describen el trabajo, la paz, el progreso.
Por allí anda un iluso: Francisco I. Madero. El no cree en la traída y llevada paz porfiriana, ni en el falso panorama mostrado a Root. El demostrará, a su hora, todo lo contrario. En Cananea, en Río Blanco, en El Yaqui, en Quintana Roo, en todos lados la sangre ya ha corrido. El 18 de noviembre de 1810 correrá más, pero México seguirá por nuevos senderos. Y las falacias de la entrevista Root-Díaz se vendrá por tierra, como el gigante de los pies de barro.

(Tomado de: Morales Jiménez, Alberto - 20 encuentros históricos en la Revolución Mexicana. Don Porfirio y Elihu Root. Colección METROpolitana, #2, Complejo Editorial Mexicano, S.A. de C.V., México, D.F., 1973)

lunes, 20 de julio de 2020

Porfirio Díaz Mori III 1867-1915 2a parte


Fuera de dos amagos de guerra con Guatemala, el primero por las pretensiones de ese país sobre el Soconusco y el segundo por el asesinato en México de un presidente guatemalteco derrocado, la política internacional de Porfirio Díaz fue pacífica y amigable con todas las naciones, inclusive con Francia, con cuyo gobierno firmó la paz. A propuesta de Estados Unidos, la capital mexicana fue sede de la Segunda Conferencia Internacional Americana, reunida en el Palacio Nacional del 23 de octubre de 1901 al 31 de enero de 1902, sin resultados importantes, excepto la firma de un tratado por el cual las naciones del continente se sujetaban en sus controversias al arbitraje. Inmediatamente después, Estados Unidos, como representante de la Iglesia Católica de California, reclamó a México el pago de los intereses vencidos del fondo piadoso de las Californias; el asunto se sometió a arbitraje y México fue condenado a pagar $1.420,682 y una anualidad perpetua. En 1902 las fuerzas norteamericanas que habían peleado en Cuba contra España abandonaron la isla, ésta se constituyó en nación soberana y México estableció relaciones con la nueva república. En 1903 el gobierno norteamericano, con el propósito de obtener el dominio sobre el canal interoceánico que pensaba abrir en el Istmo de Panamá, provocó la segregación de este departamento, que lo era de Colombia; el gobierno de Díaz tardó en reconocer la independencia de Panamá, pero al fin lo hizo el 1° de marzo de 1904. En ocasión del conflicto bélico de Guatemala contra El Salvador y Honduras, Estados Unidos y México actuaron como árbitros y lograron armonizar a los contendientes en julio de 1906. A poco estalló otra contienda entre Honduras y Nicaragua; México fue nuevamente invitado por Estados Unidos como socio en el arbitraje, pero como el presidente Teodoro Roosevelt deseaba que el fallo fuera apoyado con la fuerza de las armas, Porfirio Díaz se rehusó. Sin embargo, en una reunión de los estados centroamericanos celebrada en Washington y convocada por los gobiernos de Estados Unidos y México, se llegó a un tratado de paz entre ambas naciones. A principios del siglo XX ocurrieron varios hechos que incomodaron al gobierno de Washington: la Suprema Corte de Justicia mexicana falló contra los reclamantes norteamericanos de la empresa de Tlahualillo; el gobierno mexicano solicitó la devolución de las tierras de El Chamizal, incorporadas a Estados Unidos por desviación del río Bravo; México dio asilo al presidente de Nicaragua, José Santos Zelaya, derrocado por una revuelta apoyada por Estados Unidos, cuyo gobierno pretendía que el exmandatario fuera enviado a Washington para ser juzgado por la muerte de dos filibusteros norteamericanos; el gobierno de Díaz contrató con la casa inglesa de Pearson la administración del ferrocarril de Tehuantepec, artilló el istmo defensivamente y, por último, se negó a prorrogar el arrendamiento de la Bahía Magdalena.
La obra educativa del régimen porfirista fue modesta en relación con el tiempo en que se realizó, pero apreciable en cuanto a sus logros. En 1887 se fundaron escuelas normales de maestros en Jalapa y en México. En 1891 se creó el Consejo Superior de Instrucción Pública, elevado en 1905 al rango de Secretaría. Justo Sierra, su primer titular, reunió las escuelas de especialidades (medicina, leyes, minería y otras) y en 1910 las organizó en una Universidad Nacional, con lo cual restauró la antigua Real y Pontificia, suprimida en 1833 por Valentín Gómez Farías. En 1878 había 4,498 escuelas primarias oficiales y 696 particulares. Treinta años después, las del gobierno se habían duplicado (9,541) y las privadas, triplicado (2,527), dando un total de 12,068. Sin embargo, se carecía de maestros, pues era un oficio mal remunerado.
La obra principal del porfirismo fue el impulso económico, basado en el capitalismo liberal. Desde su primer período presidencial, Díaz fomentó los transportes por ferrocarril. Ante la mezquindad de los inversionistas mexicanos, recurrió a los extranjeros, a quienes otorgó ventajosas concesiones para construir vías férreas. Los contratos más importantes se firmaron con compañías norteamericanas: James, Sullivan, Symons y Camacho y David Ferguson. Se concedieron subvenciones de $6,500 (México-Laredo) a $9,500 (México-El Paso) por kilómetro. En 1897 se habían tendido 13,584 kilómetros de vía, en comparación con los 578 que existían cuando Díaz asumió el poder. México era entonces el primer país de Latinoamérica en comunicaciones ferroviarias. En 1898, a instancias del ministro de Hacienda, José Ives Limantour, se pensó nacionalizar los ferrocarriles, cesaron las concesiones y el gobierno procuró adquirir el mayor número de acciones de las compañías. El 28 de febrero de 1908 se consolidaron las propiedades ferrocarrileras en una sola empresa constituida y ubicada en el país y 3 meses después se crearon los Ferrocarriles Nacionales de México, con participación preponderante del Estado. Al término del porfirismo (mayo de 1911) había en la República 50 líneas de vía ancha y 49 de vía angosta, con un total de 19,748 kilómetros de jurisdicción federal aparte otros 4,840 de líneas estatales y particulares. La minería (no el petróleo, que apenas comenzaba a explotarse en el mundo) era la principal fuente de riqueza de México. Gracias a las vías férreas, las compañías fundidoras norteamericanas se establecieron en México e introdujeron técnicas modernas para el tratamiento de los metales. Contribuyó a acelerar este fenómeno la energía eléctrica y la mayor producción de cobre.
De las 1,030 compañías mineras que operaban en el país en 1910, 840 eran norteamericanas; 148, mexicanas; y el resto, inglesas o francesas. En 1877 Porfirio Díaz llegó a la Presidencia en una situación financiera de completa bancarrota. La paz impuesta dio seguridades al capital extranjero. El prestamista más pródigo fue Inglaterra, cuya moneda era la más fuerte en aquel tiempo. En las postrimerías del porfirismo la deuda exterior ascendía a 22.700,000 libras esterlinas, pero el país tenía una capacidad de pago muy superior a esa cifra. El ministro de Hacienda más notable que tuvo el presidente Díaz fue José Ives Limantour, hijo de francesa, pero mexicano por nacimiento. Para superar el presupuesto deficitario, agregó a los impuestos ya existentes gravámenes sobre bebidas alcohólicas, tabaco y herencias; rebajó los sueldos de los empleados públicos y redujo el número de plazas; y suprimió los derechos que imponían al comercio los estados.
Con estas medidas el presupuesto gubernamental de 1895 tuvo ya un supéravit de $2 millones, que llegó a 10 en 1897. Con tales excedentes se emprendieron obras en toda la República y particularmente en la Ciudad de México, como el gran canal del desagüe y el Hospital General. El Teatro Nacional (hoy Palacio de las Bellas Artes), el Palacio de Correos y el Ministerio de Comunicaciones. Se inició la construcción de un Palacio Legislativo, a imitación del Capitolio de Washington, parte de cuya estructura se convirtió posteriormente en el Monumento a la Revolución. Con apoyo en la inversión extranjera, se introdujo la energía eléctrica. Cuando se terminó la presa de Necaxa, era la más grande del mundo. Primero en los estados y luego en la capital, se estableció el servicio de tranvías eléctricos. El alumbrado público se renovó para utilizar la nueva energía. La Ciudad de México rivalizaba con las mejores de Europa.
Las principales leyes porfiristas en materia de propiedad territorial fueron las de Colonización (1883), de Aprovechamiento de aguas (1888), y de Enajenación y Ocupación de Terrenos Baldíos (1894), todas las cuales contribuyeron a incrementar el latifundismo. A este fenómeno estuvieron vinculadas las compañías deslindadoras, que recibían en pago de su trabajo una tercera parte de las superficies mesuradas. Hacia 1890, cuando ya se habían deslindado 32 millones de hectáreas, 28 de ellos (14% de la superficie total de la República) estaban en poder de 27 compañías. Este proceso de concentración de la propiedad en el campo llegó a su máximo en 1910, cuando las haciendas, en manos de 830 terratenientes, comprendían el 97% de la superficie rural; el 2% correspondía a los pequeños propietarios y el 1% a los pueblos.
La producción de maíz siempre fue deficitaria; se obtuvieron, en cambio, grandes excedentes de azúcar. Los peones agrícolas ganaban de 8 a 25 centavos diarios, lo mismo que en 1810, y se les proveía de lo indispensable en las tiendas de raya, mediante un sistema de crédito que los mantenía sujetos al amo hasta la redención de las deudas, que nunca podían pagar. Esta situación propició las rebeliones agrarias. Los obreros, a su vez, percibían salarios irrisorios a cambio de jornadas de 16 horas, sin disponer de un día de descanso en todo el año. Esto dio motivo a que fructificaran las prédicas socialistas y a que apareciera el sindicalismo en las circunstancias más adversas. En ocasiones desesperadas los trabajadores recurrieron a la huelga, considerada entonces como un delito, según ocurrió en Cananea (1° de junio de 1906) y Río Blanco (1907), movimientos que fueron reprimidos con crueldad.
En 1903, cuando Porfirio Díaz contaba ya con 73 años de edad, se reformó la Constitución para alargar a 6 años el periodo presidencial. Al año siguiente Díaz fue reelegido por sexta vez. En 1908 concedió una entrevista al periodista norteamericano James Creelman, que fue publicada en el Pearson's Magazine, en el cual anunció sus deseos de retirarse del poder y el agrado con que vería la formación de partidos políticos que contendieran en las elecciones de 1910. Estás declaraciones estimularon a la juventud ansiosa de entrar en política, pero estaba ya tan consagrada la figura de Díaz, que los partidos se conformaron con disputarse la vicepresidencia. El Reeleccionista sostenía la fórmula Díaz-Corral; el Nacional Democrático, la planilla Díaz-Bernardo Reyes, hasta que éste manifestó su decisión de apoyar el binomio propuesto por los reeleccionistas; y el Antireeleccionista, que acabó postulando a Madero  y Emilio Vázquez Gómez. 
Mientras tanto, se celebró con gran pompa el primer centenario de la Independencia nacional. El 27 de septiembre de 1910 el Congreso declaró reelectos a Porfirio Díaz y Ramón Corral, y el 1° de diciembre tomaron posesión de su cargo para el siguiente sexenio. El descontento era ya general y los barruntos de revolución, evidentes. Madero expidió el Plan de San Luis el 5 de octubre de 1910, por el cual desconocía al gobierno e invitaba a la rebelión para el día 20 de noviembre. La revolución iniciada en Chihuahua, cundió rápidamente por todo el país. Ciudad Juárez se rindió a los revolucionarios el 10 de mayo de 1911; Colima, el 20; Acapulco y Chilpancingo, el 21; Tehuacán, Torreón y Cuernavaca, el 22. El 21 de mayo se firmó un convenio de paz por el cual Porfirio Díaz y Corral renunciarían a sus puestos. El primero tardó en hacerlo y el pueblo n la Ciudad de México se amotinó ante la casa del caudillo tuxtepecano. El 31 de mayo Díaz embarcó rumbo a Europa en el vapor alemán Ipiranga, acompañado de su familia y otras personas. Había cumplido 80 años y 30 de haber gobernado con poderes absolutos. Residió en París, Francia, donde murió el 2 de julio de 1915, a los 84 años cumplidos.

(Tomado de: Enciclopedia de México, Enciclopedia de México, S.A. México, D.F. 1977, volumen III, Colima-Familia)

sábado, 18 de julio de 2020

Porfirio Díaz Mori III 1867-1915 1a parte

Al triunfo de la República, Benito Juárez propuso su reelección en la Presidencia, la cual obtuvo fácilmente; pretendió aumentar sus poderes ejecutivos e intentó que los eclesiásticos gozaran del derecho de voto y elección. Estos hechos, y el retiro hizo de varios jefes relevantes del ejército, provocaron serio disgusto entre los radicales del partido liberal. Porfirio Díaz, que había sido designado jefe de la segunda división, con sede en Tehuacán, expresó su disgusto y solicitó su retiro definitivo, el cual le fue concedido. Pasó a Oaxaca y se dedicó a la agricultura, pero no se alejó de la política, pues en 1870 fue elegido miembro del Congreso Federal. La segunda reelección de Juárez en 1872 hizo crecer el descontento de la oposición y se produjo el levantamiento que tuvo como bandera el Plan de la Noria; pero muerto el presidente el 18 de julio de ese año, la rebelión perdió su razón de ser. Lo sucedió el presidente de la Suprema Corte, Sebastián Lerdo de Tejada, quien al declararse reelecto en septiembre de 1875, exacerbó nuevamente a la oposición. Porfirio Díaz se levantó en armas, conforme al Plan de Tuxtepec, y al triunfar el movimiento, Lerdo abandonó la capital (20 de noviembre de 1876) y se refugió en Estados Unidos. El vencedor convocó a elecciones y fue electo presidente en mayo de 1877. El lema de Tuxtepec había sido la no reelección; así, en 1880 entregó el gobierno al general Manuel González. Sin embargo, nada le impedía ser reelecto para el periodo 1884 a 1888. Tras el tormentoso período de González, promovió su candidatura y volvió al poder. Se restituyó el texto constitucional a su forma primitiva, que nada decía de la reelección y Díaz ya no abandonó la presidencia sino hasta 26 años más tarde, en que tuvo que renunciar ante la revolución acaudillada por Francisco I. Madero. Poco antes de las elecciones enviudó de su primera esposa y contrajo segundas nupcias con una joven de 19 años (Porfirio tenía 54), Carmen Romero Castelló, hija de Manuel Romero Rubio, que fuera su enemigo político durante la presidencia de Lerdo.
Desde su primera gestión presidencial (1876-1880), el principal cuidado de Porfirio Díaz fue consolidarse en el poder. En el orden político, procuró dominar al Poder Legislativo, que hasta los tiempos de Juárez había sido poderoso opositor del Ejecutivo. Para ello manejó las elecciones de senadores y diputados de manera que sólo tuvieron acceso a las cámaras quienes le eran incondicionales. Se recurrió al fraude electoral por la violencia, la impostura de cajas electorales o la múltiple votación de las mismas personas. El Congreso decayó completamente y se convirtió en apéndice del Ejecutivo, sin otro fin que dar al régimen una apariencia de legalidad y democracia. La misma política fue ejercida en los Estados: se impusieron gobernadores adictos al presidente, de manera que la federación desapareció de hecho y se instauró un centralismo presidencial absoluto. El Poder Judicial se acomodó fácilmente a las circunstancias. Díaz sofocó toda rebelión aun en sus principios. En 1879, como le llegara la noticia de un complot revolucionario que se fraguaba en Veracruz, ordenó al gobernador Terán la aprehensión de los sospechosos y luego que los ejecutara, lo cual hizo con 9 de ellos sin formación alguna de causa (25 de junio). A esta política se le llamó de "Mátalos en caliente", por el texto de las instrucciones telegráficas que envió al mandatario local. Es muy larga la lista de las personas que fueron sacrificadas a causa de su rebeldía. Una de las más conspicuas fue el general Trinidad García de la Cadena, quien al aproximarse las elecciones para el cuatrienio 1888-1892, pretendió disputar la presidencia de Díaz: al internarse al norte del país, donde tenía sus partidarios, fue asesinado. Cuando la oposición provenía, no de caudillos particulares, sino de grupos, se les exterminaba igualmente, como ocurrió en el pueblo de Tomochic, en Chihuahua, cuyos habitantes fueron pasados por las armas, hasta el último, pues hasta los heridos fueron rematados en el paredón de fusilamiento (29 de octubre de 1892). Sin embargo, esta despiadada energía impidió la sucesión de revoluciones que con frecuencia estallaban en México por la disputa del poder, y se consolidó una paz muy grata a los habitantes de la nación, cansados de más de 60 años de guerra civil. Así se explica que a Porfirio Díaz se le llamara "héroe de la paz", y que sus opositores calificaran la situación de "paz sepulcral". La oposición de la letra impresa fue reprimida mediante la compra o la persecución de los editores de periódicos, hasta lograr su completo sometimiento. Hubo quienes resistieron heroicamente el soborno, la cárcel y la hostilidad, como los directores de La Voz de México y El Hijo del Ahuizote, El Tiempo, periódico católico, acabó por aceptar una subvención del gobierno, de manera que sus textos eran tolerados para dar la impresión de la existencia de una prensa libre. En los estados de la República la persecución contra la prensa libre fue aún más atroz, pues se llegó al asesinato de los directores de periódicos. La consecuencia de está política de represión, en lo cívico y en lo editorial, fue la absoluta indiferencia electoral del pueblo mexicano, que acabó por dejar desiertas las urnas, a las cuales sólo asistían por obligación los empleados públicos con la consigna de votar por los candidatos oficiales para las cámaras y por Díaz para la Presidencia.
En el orden religioso, no obstante el triunfo del liberarismo sobre la Iglesia Católica, el presidente Díaz optó por una política de completa reconciliación. Sin derogar las Leyes de Reforma, pues lo contrario hubiera sido otorgar un triunfo póstumo al partido conservador, tomó el más fácil camino de no observarlas. El pueblo se acostumbró así al desprecio y violación de la ley, aún por las mismas autoridades. Al amparo de este disimulo, la Iglesia volvió a ocupar un sitio determinante en el destino de la nación, pero sin responsabilidad alguna, pues oficialmente estaba separada del Estado. Las diócesis aumentaron en 8, los conventos de hombres y mujeres renacieron y aún se fundaron otros; y las escuelas confesionales funcionaban libremente, en especial las de los jesuitas a las cuales asistían los hijos de quienes fueron próceres liberales. Los bienes eclesiásticos, respetados y protegidos, aumentaron con donaciones y combinaciones financieras. Díaz hizo pública ostentación de su credo católico, al mismo tiempo que era miembro prominente de la masonería. El las bodas de oro del Arzobispo de México, el antiguo intervencionista Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, el presidente le regaló un lujoso bastón de carey y plata, que se exhibió por las calles de México. La Basílica de Guadalupe fue remozada a gran costo y el 12 de octubre de 1895 la imagen fue coronada solemne y espectacularmente.
El ejército había sido otra fuente de inestabilidad, a causa del poder que daba a los generales ambiciosos. Al principio de su gobierno, Porfirio Díaz no licenció a las tropas porque su cesantía las hacía propensas a seguir a los caudillos revolucionarios, pero las tuvo en constante movimiento por toda la República y las desarraigó de sus localidades nativas, con lo cual impidió las rebeliones locales. A quienes fueron guerrilleros liberales y republicanos los agrupó en cuerpos de policía rural y les encargó la persecución de los bandoleros y la seguridad de los caminos. Posteriormente, conforme consolidaba su poder, otorgaba de una parte grandes beneficios a los militares de alta graduación, y de la otra iba reduciendo los efectivos de tropa, de manera que no existiera una fuerza bélica que alguien pudiera encabezar en su contra. Al asumir la secretaria de Hacienda, José Ives Limantour redujo en todo lo posible las partidas destinadas al ejército con el fin de hacer ahorros y nivelar el presupuesto. Llegó la ocasión en qué prácticamente los generales no tenían a quién mandar y se les ocupaba en comisiones de estudio en México y en el extranjero. Sólo los muy adictos al presidente manejaban tropas, formadas por medio de la leva que arrancaba a los campesinos de sus hogares. Díaz no temía una agresión por parte de Estados Unidos, nación con la cual estaba en excelentes términos por su política de concesiones al capital norteamericano, cuyos intereses en México impedirían una nueva intervención europea como la francesa. Al ejército lo mantuvo ocupado en sofocar aún los más insignificantes brotes rebeldes y también en dos guerras contra los indios yaquis y mayos, en el norte, y mayas, en el sur.
Las tribus de yaquis y mayos vivían prácticamente independientes del gobierno y consideraban al hombre blanco, fuese norteamericano o mexicano, como su peor enemigo, lo cual las mantenía en constante pie de guerra. Díaz pretendió incorporarlos a la vida nacional, con el propósito de aprovechar sus tierras, pero el jefe Cajeme (José María Leyva) encabezó un levantamiento general (1885-1886) y libró sangrientos combates con las tropas federales hasta que fue vencido en Buatachive (12 de mayo de 1886). Huyó, pero denunciado por una india, se le aprehendió y fue muerto. Lo sucedió Tetabiate (Juan Maldonado), quien durante 10 años (1887-1897) acosó al gobierno con sus guerrillas hasta que se firmó el tratado de paz del 15 de mayo de 1897. Más adelante estalló nuevamente el conflicto, por incumplimiento del tratado, y Tetabiate fue derrotado, perseguido y asesinado por otro indio el 10 de julio de 1901. Los indios mayas en Yucatán, que se mantenían sublevados desde la primera mitad del siglo XIX, se habían hecho fuertes en Quintana Roo. El general Ignacio A. Bravo los redujo en 1901 y en 1905 se rindieron los últimos cabecillas. En las postrimerías del porfirismo, el general Bernardo Reyes organizó el servicio militar obligatorio con excelentes resultados, y acaso fue ésta la razón por la que Díaz se apresuró a alejarlo del mando y aun de la República. Aunque el Colegio Militar fue bien atendido, de ahí sólo salían oficiales destinados principalmente a los estados mayores...

(Tomado de: Enciclopedia de México, Enciclopedia de México, S.A. México, D.F. 1977, volumen III, Colima-Familia)

miércoles, 15 de julio de 2020

Porfirio Díaz Mori II 1861-1867

Arribaron entonces a Veracruz los barcos de guerra de la triple alianza formada por Inglaterra, España y Francia, dispuestos a invadir México si no se satisfacían sus reclamaciones presentadas al gobierno de Juárez. A causa del clima pestífero del puerto, las tropas europeas obtuvieron la concesión de avanzar hasta La Soledad, a donde no llegaba la epidemia de fiebre amarilla, mas con el compromiso solemne de retirarse si se llegaba a un acuerdo satisfactorio. El gobierno mexicano desplegó sus fuerzas -entre ellas las de Porfirio Díaz- en puntos de observación. Los emisarios de España e Inglaterra llegaron a un acuerdo y se retiraron; pero no así los de Francia, cuyos soldados, violando su compromiso, avanzaron sobre el punto de observación donde estaba Díaz y lo atacaron por sorpresa. El general Ignacio Zaragoza ordenó la retirada hacia Puebla y Porfirio Díaz cubrió la retaguardia, para lo cual hubo de resistir a los franceses en las cumbres de Acultzingo, de manera que fue su tropa la que cambió los primeros disparos con los invasores. En Puebla, a Porfirio Díaz se le apostó en la Ladrillera de Azcárate. El 5 de mayo de 1862, rechazados los invasores en los fuertes de Loreto y Guadalupe, cargaron duramente sobre la línea de Díaz, quien logró detenerlos y los obligó a retirarse persiguiéndolos luego hasta el anochecer. En esta acción su iniciativa fue más allá de las órdenes de Zaragoza. Los franceses se acantonaron en Orizaba.
El ejército mexicano estableció líneas de ataque, pero Ignacio Zaragoza murió al poco tiempo, víctima del tifo, y fue sustituido por Manuel González Ortega, quien fue batido por los invasores en el cerro del Borrego. Los franceses consolidaron su estancia en Orizaba, donde permanecieron 10 meses, durante los cuales se reorganizaron y recibieron cuantiosos refuerzos de Francia para proseguir la campaña. Debido a esto la victoria del 5 de mayo se redujo a un mero incidente de guerra. El 18 de marzo de 1863 los franceses tomaron nuevamente la iniciativa. Esta vez despreciaron los fuertes de Loreto y Guadalupe y pusieron sitio a Puebla. Se desplazaron para circunvalar la ciudad y lo hicieron con tan poco cálculo que en breve sus destacamentos quedaron muy alejados entre sí. El general Porfirio Díaz, que observaba la maniobra, propuso un ataque masivo sobre alguno de ellos, con el fin de quebrantar al enemigo y romper sus comunicaciones; pero González Ortega rechazó la proposición y los franceses pudieron establecer el cerco. Díaz mandaba la línea de San Agustín, que el enemigo escogió para abrirse paso. Del 1° al 3 de abril resistió victoriosamente y allí mismo fue ascendido a general de Brigada. La defensa de Díaz convenció al enemigo de que no podría tomar la plaza por asalto. Se decidió entonces rendirla por hambre, durante un sitio que se prolongó por más de un mes, hasta que el 18 de mayo, en que González Ortega, falto de municiones de guerra y de boca, y sin esperanzas de recibir auxilios del exterior, decidió rendirse incondicionalmente. Los jefes y oficiales fueron hechos prisioneros y se dispuso embarcarlos a Francia. Porfirio Díaz, al igual que otros, logró escaparse con relativa facilidad y acudió a la Ciudad de México, donde Juárez le propuso el ministerio de guerra, que él rehusó. Ante el avance francés, apoyado por los conservadores y el clero, el gobierno abandonó la capital y se estableció en San Luís Potosí. Díaz, al mando de una brigada, tomó parte en aquella retirada desastrosa, en la cual a punto estuvo de desaparecer el ejército mexicano a causa de la falta de pagos, las deserciones y el desaliento. En Querétaro, del general Felipe Berriozábal, nombrado desde San Luis general en jefe del ejército republicano, se dedicó de inmediato a reorganizar aquella masa informe de hombres y material. Porfirio Díaz fue designado jefe del ejército de oriente, con mando en los estados de Oaxaca, Veracruz, Chiapas, Tabasco, Yucatán y Campeche. Para penetrar a territorio de Oaxaca, con su ejército de 2 mil hombres, Díaz tuvo que marchar desde Acámbaro por territorios en poder de los franceses y sus aliados mexicanos. Sin embargo, pudo llegar a la antigua Antequera a fines de noviembre de 1863. Destituyó al gobernador, que estaba en tratos con el enemigo; asumió el poder civil, que delegó inmediatamente en el general José María Ballesteros; y se dedicó a aumentar su fuerza para resistir a los invasores, que ya lo amenazaban desde Tehuacán. Aislado del gobierno federal, que se retiraba cada vez más al norte, todo cuanto hacía era a su discreción. El 19 de agosto de 1864 atacó San Antonio Nanhuatipan, pero fue rechazado. Maximiliano, recién llegado a México, pretendió atraerlo por medio de un pariente de Juárez, el licenciado Manuel Dublán, y le propuso dejarle el mando militar en los puntos que la República había puesto a su cargo. El emperador insistió por conducto del general Uraga, antiguo liberal que se había pasado al bando de los imperiales. Díaz rechazó nuevamente la oferta y mandó advertir a Maximiliano que fusilaría a cualquier otro emisario. Los franceses decidieron entonces aplastarlo.
El propio general Bazaine acudió a territorio de Oaxaca y tomó el mando de las operaciones el 1° de enero de 1865. Díaz pensó adelantarse en el ataque, pero la defección de su caballería y el consejo de sus oficiales lo decidieron a resistir en la ciudad, a la que los franceses pusieron sitio. Las tropas de Díaz, muy inferiores en número y armamento, y minadas por la labor de los conservadores, empezaron a defeccionar y a pasarse al lado de los invasores, de suerte que el número de defensores se redujo de 2,800 a menos de mil, frente a los 9 mil franceses y mil imperialistas mexicanos. Díaz se rindió el 8 de febrero y quedó en calidad de prisionero de guerra. Conducido a Puebla, se le encarceló en el fuerte de Loreto, luego en el convento de Santa Catarina y por último en la Compañía, de dónde logró fugarse después de 10 meses de encierro.
Halló refugio en el rancho del coronel republicano Bernardino García, quien se le unió con 14 hombres, los cuales fueron el pie veterano del nuevo ejército de oriente que se proponía crear. Se internó en el Estado de Guerrero y emprendió la guerra de guerrillas. En cada asalto a las partidas francesas e imperialistas, obtenía armas, dinero y nuevos soldados.
Al cabo de una serie de acciones venturosas, el 3 de octubre de 1866 triunfó en Miahuatlán contra el imperialista Oronoz y avanzó sobre la ciudad de Oaxaca ante la cual acampó el 8 de octubre. Levantó el campo para detener a un poderoso refuerzo imperial en La Carbonera, al que derrotó completamente; y tras esa victoria, volvió a Oaxaca, cuyo comandante, ya sin esperanza de recibir auxilios, se rindió incondicionalmente el 31 de octubre.
Porfirio Díaz, dueño del sur de la República y jefe de un poderoso ejército que había hecho surgir de la nada, se sintió capaz de emprender el avance hacia el norte, cuya meta final sería la capital de la República. Atacó primero Tehuantepec y marchó hacia Puebla de modo de no encontrarse con las tropas que regresaban a Francia, pero tan cerca de ellas que pudo ir recogiendo el armamento y los pertrechos que abandonaron. Bazaine quiso aproximarlo a Maximiliano, para no dejar en total desamparo al archiduque, y le propuso venderle a precio irrisorio el armamento que le sobraba; y el propio emperador le ofreció entregarle la Ciudad de México, todo lo cual rechazó Díaz con violencia. Puso sitio a Puebla el 9 de marzo de 1867 y ante la noticia de la proximidad de Leonardo Márquez, que había salido de Querétaro, apresuró el asalto y la plaza se le rindió el 2 de abril, junto con los fuertes de Loreto y Guadalupe. Márquez retrocedió hacia la Ciudad de México; fue alcanzado y derrotado por los republicanos en las haciendas de San Lorenzo y San Cristóbal, y luego perseguido hasta Texcoco (10 de abril). Díaz se detuvo en ese lugar para organizar el sitio a la Ciudad de México; circunvaló la plaza y fue cerrando cada vez más el cerco, sin que Márquez pudiera evitarlo; en esas circunstancias llegó la noticia de la caída de Querétaro y de la prisión de Maximiliano; las tropas auxiliares austriacas se negaron a seguir luchando; Márquez huyó de la capital y el general Tavares, que lo sucedió al mando, se rindió el 20 de junio. Porfirio Díaz tomó posesión de la capital; sus tropas no cometieron saqueo ni atropello alguno; no hubo represalias contra los imperialistas distinguidos y éstos se entregaron pacíficamente; sólo se fusiló al general Santiago Vidaurri, viejo liberal que defeccionó en favor del Imperio. El gobierno republicano, presidido por Benito Juárez, regresó a la capital el 15 de julio.
Al iniciarse el asedio a la Ciudad de México, Porfirio Díaz contrajo matrimonio por poder con su sobrina carnal Delfina Ortega Díaz, que residía en Oaxaca, hija de su hermana Manuela. Con ella tuvo 5 hijos, pero a excepción de Porfirio y Luz, todos murieron en la infancia...

(Tomado de: Enciclopedia de México, Enciclopedia de México, S.A. México, D.F. 1977, volumen III, Colima-Familia)

martes, 14 de julio de 2020

Porfirio Díaz Mori I 1830-1861


Nació en la ciudad de Oaxaca el 15 de septiembre de 1830; murió en París, Francia, el 2 de julio de 1915. Fueron sus padres José Faustino Díaz y Petrona Mori. Fue el penúltimo de 7 hijos, de los cuales sobrevivieron 5: 3 mujeres y 2 varones. Todavía no cumplía años 3 años de edad, cuando quedó huérfano de padre, a consecuencia de la epidemia de cólera morbus que asoló a México en 1833. Su madre asumió la manutención y educación de sus 5 hijos, para lo cual administró por un tiempo el mesón de La Soledad, que había regenteado su esposo y posteriormente tuvo que vender gradualmente las propiedades que había heredado. 
A los 6 años de edad, Porfirio fue enviado a una escuela de primeras letras llamada Amiga, y después a la municipal, donde aprendió a leer y escribir. Su tío y padrino, el canónigo José Agustín Domínguez, que después llegó a ser Obispo de Oaxaca, lo tomó bajo su cuidado a condición de que ingresase al Seminario Conciliar de Oaxaca para seguir la carrera sacerdotal. Se le prometió hacer valer sus derechos a una capillanía que disfrutaba otro pariente suyo, también sacerdote. A los 13 años de edad, Porfirio ingresó al seminario en calidad de alumno externo y estudió latín y filosofía; y para allegarse fondos adicionales, aceptó dar clases privadas de latín al hijo del abogado Marcos Pérez, amigo de Benito Juárez. Las conversaciones con Marcos Pérez le despertaron, a la par que la repugnancia por el sacerdocio, las primeras convicciones liberales. Dejó el seminario e ingresó al Instituto de Ciencias y Artes del Estado, para seguir allí la carrera de leyes. El canónigo Domínguez, al conocer la decisión de su protegido, le retiró toda ayuda y aún le pidió que le devolviera los libros que le había regalado. Así, Porfirio perdió la capellanía, la beca en el seminario y aún la amistad de su tío.
Hizo amistad con Benito Juárez, quien entonces dirigía el Instituto. La precaria situación económica de su familia lo obligó a dar clases particulares y a aprender los oficios de zapatero y carpintero. Más tarde consiguió el empleo de bibliotecario del Instituto, con un salario de 25 pesos mensuales, e hizo prácticas forenses, como pasante de derecho, en el bufete de Pérez. Se habría recibido de abogado, pero lo impidieron las vicisitudes políticas del país.
Durante la dictadura de Antonio López de Santa Anna, el abogado Pérez fue encarcelado. El 1° de diciembre de 1854 el presidente convocó a un plebiscito para afirmarse en el poder. Porfirio Díaz, entonces catedrático del Instituto, se negó a votar; pero como se le tachase de cobarde, fue el único que se pronunció porque se entregara la presidencia a Juan Álvarez, entonces en rebelión contra el gobierno. Con ese motivo sufrió persecuciones y buscó refugio entre las guerrillas adictas al Plan de Ayutla. Un ataque por sorpresa a una partida de soldados que descansaba en el aguaje de la cañada de Teotongo fue el primer hecho de armas del joven Díaz, aunque con poco lustre, pues se dispersaron al mismo tiempo ambos contendientes. Al triunfo de la revolución, Porfirio Díaz fue nombrado jefe político del Distrito de Ixtan. Era muy aficionado a la milicia, y ya desde antes, con motivo de la invasión norteamericana en 1847, había formado parte de un cuerpo de voluntarios, aunque no llegó a entrar en combate. Siendo estudiante del Instituto, asistió a una cátedra de estrategia y táctica, creada por Benito Juárez e impartida por el teniente coronel Ignacio Uría. 
Como jefe político de Ixtan, organizó la Guardia Nacional de su distrito, y la puso en tan buen estado, que con ella salvó al gobernador de Villa Alta, amenazado por los indios juchitecas sublevados, los cuales se dieron a la fuga al presentarse los milicianos de Porfirio Díaz. Esto valió que el gobernador de Oaxaca, Benito Juárez, le otorgara implementos de guerra para armar a sus hombres. Después de servir un año como jefe político, Díaz entró al servicio activo del ejército con el grado de capitán de granaderos adscrito a la Guardia Nacional de Oaxaca. En 1857 ocurrió la rebelión de los conservadores contra la Constitución promulgada ese año; en Oaxaca se pronunció a favor de éstos el coronel José María Salado; el capitán Porfirio Díaz, que estaba a las órdenes del teniente coronel Manuel Velasco, salió a batirlo; en Ixcapa los rebeldes sorprendieron a las guardias nacionales, pero el capitán Díaz tomó la iniciativa del ataque y, seguido de las demás fuerzas gobiernistas, derrotó por completo a Salado, quien resultó muerto en el combate. A su vez, Díaz fue gravemente herido de bala y sufrió una peritonitis, de la cual se salvó por lo excelente de su constitución física. El 28 de diciembre de 1857 Oaxaca fue tomada parcialmente por el general conservador José María Cobos. A Porfirio Díaz, que aún convalecía, se le confió la defensa del convento de Santa Catarina, improvisado en fuerte. Durante el sitio, intentó un asalto, que resultó fallido, a la fortificación de los conservadores establecida en la esquina del Cura Uría (8 de enero de 1858). Al fin, las fuerzas liberales asaltaron y lograron capturar por entero a Oaxaca (día 16) aunque el general reaccionario pudo ponerse a salvo y establecerse en Tehuantepec. Bajo las órdenes del coronel Ignacio Mejía, el capitán Díaz salió a perseguirlo. Mejía hubo de salir de Tehuantepec en auxilio de Juárez, quien se proponía establecer su gobierno en Veracruz. Díaz quedó entonces como gobernador y comandante militar de Tehuantepec, aunque con fuerzas muy escasas, lo cual aprovecharon los conservadores para atacarlo. Este los derrotó en Las Jícaras (13 de abril de 1858), por cuyo triunfo ascendió a mayor de infantería. Sin embargo, su posición era muy precaria, pues los habitantes de Tehuantepec eran profundamente adictos a la Iglesia, la cual patrocinaba a los conservadores. Para sostenerse tuvo que recurrir a toda clase de medios, inclusive la crueldad, pues al igual que sus adversarios fusilaba sin misericordia a todos los prisioneros que caían en sus manos. Recibió y custodió hasta la Ventosa, para embarcarlo allí rumbo a Zihuatanejo, un cargamento de municiones y explosivos comprado en Estados Unidos para el general Juan Álvarez. Todo esto pudo conseguirlo a pesar del duro acoso de las tropas que pretendían capturarlo.
La ciudad de Oaxaca fue nuevamente tomada por los conservadores y el gobierno liberal del Estado hubo de retirarse a Ixtlán. Camino de esa población, Díaz fue interceptado y derrotado, pues los cuerpos de juchitecos y chiapanecos que mandaba huyeron ante el enemigo; logró, sin embargo, incorporarse a las fuerzas del gobierno en Tlalixtac. Con ellas avanzó sobre Oaxaca, a la que pusieron sitio del 1° de febrero al 11 de mayo de 1859, pero tuvieron que levantarlo ante la superioridad de los conservadores. Perseguidos por éstos, Díaz les hizo frente en Ixtepexi (15 de mayo) y les infligió severa derrota. Pudo así el ejército de Díaz establecerse en la sierra durante largo tiempo sin ser molestado. Una vez reorganizadas sus fuerzas, tomó Oaxaca el 15 de mayo de 1860. En premio, el presidente Juárez lo ascendió a coronel efectivo. Tras la toma de Oaxaca, el general conservador Miguel Miramón fue derrotado definitivamente en Calpulalpan y Juárez regresó a la Ciudad de México. Por ese tiempo Díaz enfermó de tifo y se vio a las puertas de la muerte. Al recuperarse, fue elegido diputado al Congreso de la Unión por el distrito oaxaqueño de Ocotlán, por lo cual pasó a residir en la capital de la República. 
El 24 de junio de 1861, mientras el Congreso sesionaba, se supo que el general Leonardo Márquez amenazaba caer sobre la capital. Los diputados acordaron no moverse de sus curules para que Márquez, en ese caso, los encontrase allí cumpliendo con su función legislativa; pero Porfirio Díaz pidió permiso para unirse al ejército y enfrentarse al enemigo. Al mando de una fuerza, rechazó y persiguió a Márquez hasta la Tlaxpana. Al día siguiente se le nombró jefe de la brigada de Oaxaca, por enfermedad del titular, y pudo así participar en la campaña contra los conservadores, bajo las órdenes de Jesús González Ortega. Díaz alcanzó a Márquez en Jalatlaco y antes de que se presentara el grueso de la división, logró derrotarlo. Por ésta acción fue ascendido a general de brigada (13 de agosto de 1861). Dos meses después (20 de octubre) volvió a derrotar a Márquez en Pachuca.
Arribaron entonces a Veracruz los barcos de guerra de la triple alianza formada por Inglaterra, España y Francia, dispuestos a invadir México si no se satisfacían sus reclamaciones presentadas al gobierno de Juárez...

(Tomado de: Enciclopedia de México, Enciclopedia de México, S.A. México, D.F. 1977, volumen III, Colima-Familia)

sábado, 11 de julio de 2020

Chinkultic

(Del maya tzetzal: chin, pequeño; kul, alófono de ch'ul, santo; y tic, sufijo generalizador del poseedor: "el pequeño santuario"). Extensas ruinas arqueológicas al oeste del lago de Tepancuapan, cerca de la finca El Rincón, en el Estado de Chiapas. Hay edificios poco explorados, monumentos esculpidos, terrazas y estelas mayas con personajes e inscripciones jeroglíficas a las que se refiere ampliamente Morley (1938). Seler las visitó en 1901. El hermoso disco de piedra encontrado allí se conserva en el Museo Nacional de Antropología. La población se halla en las tierras altas al suroeste de Yucatán. Allí se encontró una estela fechada en el baktún 9 (628 d. de C.).

(Tomado de: Enciclopedia de México, Enciclopedia de México, S.A. México, D.F. 1977, volumen III, Colima-Familia)

miércoles, 8 de julio de 2020

Paco Malgesto


El hombre de la radio en México
Un hombre que nació con "estrella". Su carisma y perseverancia, el amor por la vida y las ganas de superarse lo llevaron a ser el pionero de la radio en México. Hijo de madre mexicana y padre español, Paco Malgesto nace un 22 de febrero en la ciudad de México. Siendo apenas un bebé su padre lo abandona, por lo que a los 9 años comienza a trabajar para mantener a su madre, doña Lupita, cargando maletas, lavando excusados, vendiendo zapatos y hasta estropajos. Paco Malgesto siempre buscó superarse. Se lanza a vender seguros, tocando de puerta en puerta y es así como conoce a Enrique Contel, gerente de la XEW y descubridor de estrellas; al oírlo hablar le propone que a cambio de comprarle el seguro, acepte narrar una corrida de toros, él sin pensarlo acepta, pues era una de sus pasiones. Su primer intento fue un fracaso debido a su falta de experiencia; pero no se dio por vencido y a través de artimañas es el único que logra entrevistar a Manolete en una visita que hizo a México. Esto le abriría la puerta grande a la XEW.
Del radio pasó a la televisión, como pionero de programas de entretenimiento: Visitando a las estrellas, Adivine mi chamba, Sábados P.M., entre otros; y narrador de sucesos históricos importantes como la llegada del hombre a la Luna, la primera visita del Papa a México, y los Juegos Olímpicos del 68.
Apasionado de los toros, el violín y las mujeres; cronista, karateca y charro, Paco Malgesto simplemente nació para triunfar.

(Tomado de: Segura, Katia - Somos Uno, especial de colección, Las 100 estrellas del siglo XX. Año 7, núm. 1. Editorial Eres, S.A. de C.V., México, D.F., 1997)



lunes, 6 de julio de 2020

Qué es el nacionalismo criollo

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¿Qué es el nacionalismo criollo?

Como nacionalismo criollo llamamos a la toma de conciencia por parte de los españoles americanos de pertenecer a una sociedad distinta de la española y con características específicas americanas y particularmente novohispanas.
Esta toma de conciencia fue producto de la larga convivencia de los criollos a lo largo de generaciones con esta tierra, pero también respondió a la racionalización de dicho sentimiento gracias a la educación que recibieron y que se vio perfeccionada precisamente en la parte final del periodo gracias a la introducción de instituciones modernas entre las que destacan los mencionados Tribunal y Colegio de Minería, pero también la Academia de Bellas Artes de San Carlos, fundada en 1785. Las grandes creaciones del barroco americano durante el siglo XVIII constituyen ejemplos notables de lo que podía ser realizado en América; los criollos se dieron cuenta de ello y comenzaron a elogiar las bondades de su tierra y sus habitantes. SorJuana lo hizo de manera magistral, pero también otros coterráneos que además comenzaron a ver con interés el pasado prehispánico para explicar su propia realidad: la conciencia criolla, como toda conciencia, comenzó por una conciencia histórica. Tuvo un lugar destacado en este proceso la labor educativa de los jesuitas que consiguieron hacer de sus alumnos estudiosos críticos y eruditos, de entre los cuales surgieron los más connotados intelectuales de la Colonia como Rafael Campoy, Francisco Javier Alegre, Diego de Abad y Francisco Javier Clavijero, autor de la Historia antigua de México, escrita en 1780 y ejemplo notable de la defensa de lo americano.
Los criollos educados fueron conformando un conjunto de ideas de unidad novohispana. El culto a la virgen de Guadalupe, extendido entre todos los grupos sociales, fue un factor importante de identidad. Junto a las ambiciones de identidad creció un sentimiento de desconfianza y separación ante lo español peninsular, más aún cuando fueron desplazados por funcionarios metropolitanos como consecuencia de las reformas borbónicas o cuando los jesuitas fueron expulsados. Contribuía a ese sentimiento la ineficiencia de la Corona para mantenerse ella misma firme ante los ataques de las otras potencias europeas y al convertir a sus colonias en meras fuentes de tributos. Así también alimentaban al pensamiento criollo las nuevas corrientes intelectuales representadas en los ideales ilustrados y después en el liberalismo, con lo que a los sentimientos de unidad se sumaban también aspiraciones de igualdad con la metrópoli y en algunos casos de libertad.

(Tomado de: Silva, Carlos - 101 preguntas de historia de México. Todo lo que un mexicano debería saber. Random House Mondadori, S. A. de C. V., México, D. F., 2008)

viernes, 3 de julio de 2020

Ocupación de Veracruz, 1914

La ocupación de Veracruz
Justino Palomares

A las once y veinte minutos de la mañana del memorable día 21 de abril, las alarmantes noticias que desde días atrás venían circulando en la ciudad de Veracruz, respecto a la intervención armada de los Estados Unidos de Norteamérica, cristalizando en un formal desembarco de fuerzas de dicha nación en el puerto.
En efecto, a la hora indicada los habitantes que pululaban por los diversos muelles pudieron advertir que del cañonero Praire descendían con gran rapidez soldados de infantería yanqui, ocupando once espaciosos botes de gasolina, los cuales fueron remolcados inmediatamente rumbo al muelle Porfirio Díaz, donde desembarcaron.
Habían transcurrido unos cuantos minutos, cuando una porción de botes tripulados por la marinería del Florida y del Utah arribaron al propio muelle, efectuando el desembarque respectivo. El pánico que se apoderó de la pacífica muchedumbre expectante hízose desde luego indescriptible. Con rostros pálidos, nerviosos, locuaces otros, pronto se eliminaron los curiosos del lugar invadido.
Tras un breve preparativo, el contingente de la fuerza yanqui inició su marcha hacia la población y en derechura a la calle de Montesinos. Un pelotón de sesenta hombres del Florida se desprendió del grupo, dirigiéndose al edificio de correos y telégrafos, del que tomaron posesión sin encontrar resistencia e instalando un servicio de vigilancia en el exterior e interior del edificio.
El resto de la fuerza invasora, fragmentada en grupos de cincuenta hombres se colocó formando ángulo en las bocacalles siguientes: Morelos y Benito Juárez, Morelos y Emparan, Morelos y Pastora, Montesinos e Independencia, Montesinos y Cortés, Montesinos y Bravo, y Montesinos e Hidalgo.
Al presentarse la fuerza invasora en la esquina de Morelos y Emparan fue recibida por la descarga de un pequeño grupo de voluntarios comandados por el teniente coronel Manuel Contreras, los que pecho a tierra esperaban a la fuerza enemiga en la esquina de Independencia y Emparan. Desde ese momento los invasores rompieron el fuego cubriendo con sus disparos de fusilería y ametralladoras toda la trayectoria de las calles que dominaban, y aunque de manera muy débil e intermitente, por falta de jefes y oficiales federales, el fuego continuó incesante.
Como a las tres de la tarde fue desembarcada una pieza de artillería de montaña de medio calibre, la que fue colocada en batería, haciendo sus primeros disparos sobre la torre del antiguo faro Benito Juárez al que causaron terribles desperfectos, habiéndolo tomado como blanco por haber notado el incesante fuego que desde aquel lugar hacían algunos voluntarios...
Cerca de las cinco de la tarde una fuerza del Utah avanzó sobre la aduana acribillando a balazos el caserío comprendido entre el Hotel México y el Hotel Oriente, desde donde algunos individuos vestidos de paisanos... denodadamente trataban de detener su avance, disparándoles con rifles y pistolas... Tras de una media hora de fuego mortífero, la fuerza yanqui no se no se posesionó del edificio de la aduana... sino de la esquina de Lerdo y Morelos, que, desgraciadamente para los heroicos veracruzanos, les sirvió para tirotear con éxito a los voluntarios y contados federales que hacían resistencia desde las alturas y columnas de los portales Diligencias, Universal y Águila de Oro. Esta fuerza fue sin duda la que causó mayor número de muertos entre los combatientes pacíficos que se hallaban con los federales, cosa fácilmente explicable, dado que dirigían sus fuegos sobre el lugar de la población donde la rapidez del conflicto había aglomerado mayor número de personas.
Tenida por los principales jefes de la fuerza invasora, la idea de hacer en las bocacalles trincheras, procedió el pelotón destacado en la esquina de Emparán y Morelos a destruir la puerta de la bodega del comerciante Barquín, de nacionalidad española, de donde tomaron en abundancia sacos de maíz, café y frijol, con los cuales formaron las trincheras que se habían propuesto construir provisionalmente. En esta misma bodega los invasores paladearon varias clases de comestibles y escanciaron de los diversos licores hasta embriagarse.
De las seis de la tarde en adelante, el fuego se hizo menos intenso, disparándose, sin embargo, tiros de fusil y de ametralladoras sobre los sospechosos que atravesaban las calles vigiladas por los invasores.
Los yanquis establecieron un servicio sanitario en la estación terminal y vivaquearon en sus posiciones, no dejando con vida a los transeúntes que por su presencia pasaban.
El cañonero Praire, que fue el primero en proporcionar fuerzas, durante la tarde efectuó disparos sobre la gente pacífica, que huyendo de la irrupción invasora se dirigía rumbo a los Médanos.
Todos los norteamericanos de la ciudad, a quienes les sorprendió (?) la invasión en el puerto, se refugiaron en el Consulado, desde donde, bien armados y municionados, hacían fuego a los mexicanos que transitaban por la acera.
La ciudad heroica sostenía el empuje del bárbado enemigo con un valor espartano, mientras que el general Gustavo Adolfo Maas, comandante militar del puerto, con inmenso júbilo acataba las órdenes de retirarse a lugar seguro, por "no contar con suficiente fuerza, ni estar la ciudad preparada para resistir el ataque."

(Tomado de: Contreras, Mario, y Jesús Tamayo - Antología. México en el siglo XX, 1913-1920, textos y documentos. Tomo 2. Lecturas Universitarias #22. Dirección General de Publicaciones UNAM, 1983)

miércoles, 1 de julio de 2020

Magda Donato

(Carmen Nelken Masberger), nació en Madrid, España, en 1902; murió en la Ciudad de México en 1966. Hija de alemán y francesa, se hizo famosa por sus reportajes, pues llegó a introducirse a la cárcel de mujeres y al manicomio para dar cuenta de la situación que ahí privaba. Escribió también cuentos e historietas infantiles, junto con su esposo el dibujante Salvador Bartolozzi. Se inició como actriz bajo la dirección de Azorín. En 1940 llegó a México, donde organizó un teatro para niños. Después, unida al grupo de la Maison de France, se dedicó a la escena, actuando en idioma francés. Tradujo al español, entre otras obras, Las sillas, de Ionesco, que representó, interpretando el papel de La Vieja, lo cual le valió ser designada la mejor actriz de 1960. Actuó también en la televisión. Poco antes de morir, instituyó el Premio Magda Donato con el que quiso estimular el quehacer artístico.

(Tomado de: Enciclopedia de México, Enciclopedia de México, S.A. México, D.F. 1977, volumen III, Colima-Familia)