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viernes, 26 de junio de 2020

Xantolo, el día de muertos en la Huasteca

Xantolo, el día de muertos en la Huasteca

Uno nunca la espera tan pronto. Siempre es sorpresiva. Pero ahí está, acechando, seduciendo, llamando, escondiéndose detrás de las apariencias, y mostrándose disfrazada en las múltiples máscaras sonrientes que enseñan y ocultan, como las que se pone uno para bailar en los días de fiesta.
Una tarde me tomó desprevenido, justo cuando estaba entretenido en desordenar la rutina; distraído. Siempre sucede lo mismo cuando ocurren cosas importantes: a uno lo pillan; como cuando te enamoras que te rodea de golpe una luz vibrante y sopla un viento vigoroso, y no puedes dejar de verlo y sientes como te rechinan los cimientos... y empiezas a vivir de otra manera: empiezas a vivir y a morir.
Mi error fue no reconocerla a tiempo. Te atrae y te rechaza, te sonríe y te cachondea el alma. Ya estás perdido, no podrás evitarla: empiezas a morir y a vivir.
En ese momento recordé las ocasiones en qué vi la luna ponerse tras las montañas, las noches que me abandoné a la plenitud suprema, los días que gocé hasta el límite un plato bien servido y sabroso... ¿Logré robarle a la vida sus placeres?
Son regalos divinos que se ofrecen ocasionalmente, y fue lo único que pude empacar para el cambio de domicilio, con la esperanza de que no fuera alta la tarifa por exceso de equipaje.
Cuando llegó ese momento tuve la visión de escoger el lugar adecuado: Tianguistengo, cerca de Tlahuelompa, la capital de las campanas. Fue un acierto el insistir. En lo alto de una montaña de la Huasteca hidalguense, frontera indescifrable con la sierra, en la cima de un nudo volcánico dónde el tiempo es húmedo, fresco, con el rocío en las alas de los insectos. En ese cementerio multicolor desde el que, en los días claros y luminosos, se pueden ver a un costado las montañas con nieve, y cuando me atrevo a mirar al cielo lo tengo más cerca y eso me permite volar y flotar de vez en cuando.
Tengo una ventaja extra. Cada trece lunas llegan danzantes un poco atolondrados pero siempre respetuosos a despertarme para cruzar al otro lado. La nostalgia es canija.
Las mujeres hilan flores para colgarlas junto al papel picado, preparan la comida para servirla en ollitas de barro recién cocidas, adornan los altares con frutas tropicales y prenden las velas y el copal. 
Preparan la fiesta con esmero. Reciben primero a los chiquitos, a los angelitos, y les dan sólo tamales de ajonjolí y dulces mientras les cantan las mañanitas: "...hoy por ser día de los muertos te las cantamos así...".
Después llegamos los mayores puntualmente. El camino fosforescente está tapizado de hojas amarillas de cempasuchitl, de manera que uno no se extravíe... la memoria se debilita y necesita de referencias que la refresquen. Además, la vista empieza a dejar de deslumbrarse con la luz... uno camina, flota, siguiendo el brillo de la polar, el reflejo de siete colores pandeados a punto de desvanecerse, la luz plateada de los sueños y fantasías y la transparencia de la lluvia cuando es fina y no se siente.
Hay otro gran auxilio: las voces que cantan sin temor las melodías que penetran suavemente con alegría y tesón. ¡Qué placer escucharlas! Es cuando uno empieza a flaquear con la nostalgia. Voces seductoras que uno finalmente no acaba de olvidar. ¿Para qué? ¿Por qué tendría que hacerlo?, son del pasado, son carnales, son insistentes, son bocanadas de otra vida. La música es irresistible, la banda de metales y tambores que llaman y llaman y acaban por prender... la fiesta está preparada y es un gozo acudir con los otros, los que se han quedado sin sentirlo.
Regresar y comer esos tamales, esos inmensos, gloriosos, voluptuosos tamales (zacahuil), acompañados de chocolate con agua... Y después unos tragos de sotol o pulque... y meterse en la fiesta, ver el recuerdo de facciones casi desconocidas, hurgar en eso que llamaba amor y dejar que las sombras de las nubes tracen por momentos los rasgos verdaderos sobre esas máscaras inmutables, los accidentes del viento que danzan disfrazados y no paran hasta el día de San Andrés, a finales de noviembre.
Cuando acabamos agotados por el baile, la danza, la música que hipnotiza, y las ollas de comida empiezan a aparecer con menos frecuencia, la charla empieza a navegar por cauces más rápidos y traicioneros, aunque más excitantes y sorpresivos. Me preguntan con frecuencia y de soslayo ¿Y, cómo es la vida aquí tan cerca de Dios y tan lejos aún de los gringos? Es un tiempo continuo, sincronizado y armónico con la sonrisa de los niños y con la mirada de los chamanes. Es una espiral hacía afuera, amplia, vasta; una visión panorámica sobre la selva tropical, los ríos, las grutas, las antenas de los insectos y las orejas de las liebres.
Es una delicia platicar sin prisas y sobresaltos mayores del sabor de la tierra, del color de la penumbra, del eco sordo de las pisadas del ganado, de los anhelos jóvenes y desbocados, viejos y claridosos. Volver y nunca acabar de sorprenderse de las resquebrajaduras, crujidos y sopetones que esconden las arrugas y cicatrices... como la tierra que nos empapa de cuando en vez.

(Tomado de: Ávila, Jorge - Xantolo, el día de muertos en la Huasteca. México Desconocido, noviembre 1991, número 177, Año XV. Editorial Jilguero, S.A. de C.V.)




sábado, 11 de mayo de 2019

Cuáles fueron las principales culturas mesoamericanas?


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¿Cuáles fueron las principales culturas mesoamericanas?

Para responder se debe establecer que el lapso que va de la aparición de las primeras comunidades agrícolas hasta la conquista por parte de los españoles se ha dividido en tres grandes períodos:

  1. Preclásico (2500 a.C. a 200 a.C.). Se caracteriza por la aparición de la vida sedentaria y, con ello, el establecimiento de comunidades agrícolas, así como por el desarrollo de la primera civilización mesoamericana: la olmeca.  
El núcleo de la cultura olmeca se encuentra en la actual frontera de los estados de Veracruz y Tabasco, desde allí irradió un conjunto de características culturales compartidas por otros grupos contemporáneos suyos en diversas áreas de Mesoamérica ( el Altiplano, Oaxaca, las tierras bajas centrales del área Maya, etc.) pero que también pervivieron para constituir buena parte de los rasgos que Kirchhoff enumeró como la agricultura del maíz, la construcción de centros ceremoniales, la escultura monumental, la escritura y el calendario, entre los más importantes. Por ello, la olmeca es considerada la “cultura madre”.


  1. Clásico (200 a.C. a 800 d.C.). Este periodo se caracteriza por la organización gradual de asentamientos humanos en torno de complejos político-religiosos, por el desarrollo de la vida urbana a la cual se supeditaba la vida rural y por una clara diferenciación social de carácter teocrático.
En el Altiplano central dominó la cultura teotihuacana durante la mayor parte del período; Teotihuacan se convirtió en el núcleo religioso, político y económico más importante de Mesoamérica y de allí nacieron los modelos estéticos del arte indígena clásico.
La cultura maya vivió en estos momentos su mayor esplendor en ciudades como Uaxantún, Tikal, Palenque, Piedras Negras, Yaxchilán y Copán.
En los valles centrales de Oaxaca se desarrolló la cultura zapoteca que tuvo su capital en Monte Albán.
En el  golfo de México tuvieron gran importancia hacia el final del período la cultura totonaca (Remojadas, Yohualinchan y El Tajín)  y la huasteca (El Ébano, Tancanhuitz y Tamuín).


  1. Posclásico (siglos IX d.C. a XVI d.C.). La estabilidad política y económica con el consecuente florecimiento de las artes que vivió Mesoamérica durante el periodo clásico llegó a su fin alrededor del siglo IX de nuestra era. Son varias las hipótesis que se han adelantado para explicar este fenómeno, pero posiblemente haya sido la conjunción de un aumento demográfico combinado con una crisis de producción, así como la invasión de grupos venidos del norte. En la primera parte del posclásico se nota un dinamismo inusual en los movimientos migratorios que favorece la mezcla de rasgos culturales y étnicos; particularmente son significativas las migraciones de cazadores nómadas provenientes del norte (llamados genéricamente chichimecas) que penetran al territorio mesoamericano y producen ciertos modelos culturales caracterizados por la mezcla de tradiciones del clásico y prácticas militaristas propias de los invasores, al tiempo que se hace más complejo el catálogo de dioses y cultos. Se produce el establecimiento de pequeños señoríos independientes y emergen caudillos militares que favorecen la expansión de los grupos militarmente más poderosos.
(Tula, Hidalgo)
En el altiplano, la cultura tolteca, con su capital en Tula, se desarrolla en estas circunstancias al igual que la maya-tolteca itzáe en la península de Yucatán fundamentalmente en ciudades como Chichén Itzá y Mayapán, y la mixteca en Oaxaca con su capital en Mitla.
(Mayapán)



(Mitla, Oaxaca)
Conforme se acentúan tales características surgen otros grupos que las heredarán y las desarrollarán, tal es el caso de los mexicas o aztecas en el Altiplano en Tenochtitlan.
(Templo Mayor, Ciudad de México)
(Yácatas, Tzinzunzan, Michoacán)
En occidente, durante este período se consolida la cultura tarasca o purépecha en torno al lago de Pátzcuaro, mientras que en Oaxaca la mezcla de grupos nos permite hablar del desarrollo de la cultura mixteco-zapoteca. Este último será el escenario cultural que encontrarán los españoles a su llegada a estas tierras.


(Tomado de: Silva, Carlos - 101 preguntas de historia de México. Todo lo que un mexicano debería saber. Random House Mondadori, S. A. de C. V., México, D. F., 2008)


lunes, 11 de junio de 2018

Axayácatl

Axayácatl


Sexto señor de los aztecas, sucedió a su padre, Moctezuma I, en 1469; murió en 1483. Su nombre significa Máscara de agua.

Bajo su reinado se amplió el dominio tenochca. De temperamento guerrero y audaz, atacó ante todo el vecino reino de Tlatelolco, famoso por su gran mercado y rival de Tenochtitlan por sus pretensiones religiosas, que lo llevaron al intento de edificar un gran santuario a Huitzilopochtli, dios de la guerra. Axayácatl mató con su propia mano a Moquihuix, último rey de los tlatelolcas, en el Templo Mayor de la ciudad (1473). Pretendió, sin éxito, dominar a Tlaxcala. En una expedición guerrera a los Altos de Toluca, participó personalmente en la batalla, pero un guerrero matlatzinca le hirió tan gravemente una pierna, que el rey quedó cojo. Posteriormente realizó otras expediciones que afirmaron el dominio azteca en la región de los huastecos; reunió riquísimo botín en oro, plata y joyas de todas clases, que habían de caer en manos de los soldados de Cortés. Murió a la edad de 30 años. Le sucedió su hermano Tizoc.

Bajo Axayácatl las artes religiosas llegaron a su máximo desarrollo. En esa época se labró la gran Piedra del Calendario, que pesa más de 20 toneladas y tiene un diámetro de 4 metros. Durán (Historia I), Torquemada (Monarquía Indiana I), Tezozómoc (Crónica Mexicana) y otros historiadores ofrecen numerosos datos sobre el reinado de Axayácatl. Su nombre tiene las variantes de Axayaca, Axayacatzin, (Mendieta), Axáyatl (Sahagún), Jayacazi (Relación de Ichcateopan) y formas similares. Se atribuye a Axayácatl un poema elegíaco en celebración de Itzcóatl. He aquí la traducción del doctor Ángel María Garibay K.:


Tú festejado eres, divinos hechos hiciste.
Pero quedaste muerto donde el camino se tuerce.
Hechos desoladores hiciste.
No sin razón, dijo un hombre:
“El que persiste llega a cansarse:
ya a nadie sostiene en vida el que da la vida.”
Día de llanto, día de lágrimas:
triste está tu corazón.

(Tomado de: Enciclopedia de México)