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viernes, 27 de febrero de 2026

Frailes de Actopan, Hidalgo


Frailes de Actopan, Hidalgo 


Descripción del lugar.- El viajero no puede menos que admirar, en uno de los cerros más altos, la silueta de unas grandes rocas conocidas como Los Frailes (2,140 msnm), al dirigirse de la ciudad de Pachuca a la población de Actopan.

Este lugar, perfecto para los excursionistas y amantes del alpinismo, está marcado con una pequeña ermita que señala el inicio de la vereda que lleva por todo el filo al pie del macizo, formado por cuatro formas rocosas.

Varias son las rutas para escalar escalar la mayor de las agujas. Una es la de 115 mts por la pared más alta, pero la que se usa frecuentemente, y lleva a la cumbre con 75 mts de escalamiento a 2,805 msnm, fue abierta la primera vez por miembros de la Sierra Club de México en 1934. La región está llena de muchas rocas de diferentes alturas y grados de dificultad, como son otras tres de este macizo. Al oeste está la gran roca de la Catedral o Peña Ancha en cuya base está El Pilón, La Botella y la que hace algunos años fue catalogada como la más difícil El Colmillo. 

Esta sierra tiene la ventaja que el excursionista, si no pretende escalar, puede visitar la zona por cómodas veredas, disfrutando de días de campo, ya que la región desértica queda abajo. Aunque no se trata de un bosque muy espeso, si hay lugares cubiertos de encino y pino. También se puede ascender al cerro de San Jerónimo, que popularmente se conoce como del Oso a 2,610 msnm, cuyas cima se puede alcanzar fácilmente andando en una hora y media al mismo tiempo de disfrutar del majestuoso y extenso panorama. 

Cómo llegar.- Para los Frailes existen dos caminos: el primero, salga de la capital del Estado, por la carretera núm. 85, hacia la población de Actopan, de ahí sale el camino que lleva a San José Tepelmeme y después de recorrer 13 km de terracería, llegará a la población de San Jerónimo. El segundo camino, desde la ciudad de México recorre 90 km hasta la estatua de don Miguel Hidalgo a la entrada de Pachuca. Continúe por la carretera a la población de Actopan, a los 5 km aproximadamente, tome la desviación del lado derecho que va a Tilcuautla. En el rancho La Concepción tome la terracería que conduce al pueblo de Benito Juárez para entroncar con el camino de 18 km que va a San Jerónimo.

Servicios existentes.- En el poblado de Actopan hay hoteles, restaurantes, caminos, gasolinerías y lugares para reparar vehículos. Si se dispone de más tiempo para efectuar varios escalamientos o recorrer la sierra con más calma, en la población de San Jerónimo hay un albergue para 14 personas. 

Equipo necesario.- Arnés, mosquetones, zapatos especiales de escalada en roca, ropa resistente y cómoda, tienda de campaña y saco de dormir, lámpara de mano (si se requiere), alimentos y suficiente agua. 

Duración de la excursión.- Se puede realizar en un día o dos desde la Ciudad de México. La mejor época para hacer esta visita es después del tiempo de aguas, es decir, de septiembre en adelante.

Da click AQUÍ para un video de Los Frailes


(Tomado de: Guía México Desconocido, edición especial, Guía número 22, lugares para excursionar. Editorial Jilguero, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1995)

viernes, 5 de diciembre de 2025

Entrevistando a las pirámides 3 Tula


Entrevistando a las pirámides 3 Tula 


En cambio, es menos conocida y no se ha escrito mucho acerca de la pirámide de Tula, en el Estado de Hidalgo. Pasa con esta pirámide algo así como con la sinagoga de Praga, que según la leyenda brotó de la tierra acabada y completa. La pirámide de Tula, y esto no es leyenda, sino realidad, surgió hace cuatro años. Por eso aparece ahora ante el entrevistador con todo el candor de una novicia. 

-Yo -empieza diciendo- era el santuario de la ciudad de Tula, del estado de Tollan y de la nación tolteca. Creo que esto fue, según vuestro cómputo del tiempo, desde el año 648 hasta el siglo XI. Mi construcción era magnífica, la gente me adoraba y todos los días se inmolaban unas cuantas víctimas humanas sobre mi cuerpo. Mis toltecas eran gentes buenas y muy capaces, arquitectos, mecánicos y astrónomos que ayudaban a los sacerdotes a proclamar desde mi cima las cosas venideras. Lo único malo que tenían los toltecas era que les gustaba demasiado el pulque.

Hacia el año 1000 de nuestra de vuestra era, me abandonaron y se fueron a Yucatán. Allí encontraron las huellas en sus propias dotes artísticas en medio de las construcciones de los mayas, cuando aún se discutía mi existencia.”

En seguida, la pirámide se queja de los tiempos en que vivió abandonada: 

-Nuestra ciudad solitaria pasó luego a manos de otro pueblo. Esto debió ser allá por el año 1170. Los nuevos pobladores se llamaban chichimecas, "los del país de los perros", y eran verdaderamente gente perruna, bárbaros. Lo que no se había desmoronado por sí mismo después de la marcha de los toltecas, fue destruido por éstos perros humanos, los cuales devastaron el país, de modo que no dejaron rastro de mí.

En esto se equivoca la pirámide. Había quedado rastro de ella en los códices, en las crónicas y en la tradición. Este rastro fue el que siguieron los eruditos del siglo XVI. Entre otros historiadores dedicados a estudiar la era prehispánica figuraba el príncipe indio bautizado Fernando de Alva Ixtlixóchitl, que escribió acerca de Tula, de la vida de la corte, el gobierno, el pueblo, las calles y la industria que allí tenían su centro. Y esa ciudad había de ser su perdición como hombre de ciencia. 

La República de los eruditos decidió, en efecto, en el siglo siguiente, que no existía, no había existido jamás ni podía existir semejante Tula. Por mucho que se le había buscado y por muchas antiguas ciudades que sin que nadie las buscara emergían de la tierra mexicana, había sido imposible dar con ella. Iba afianzándose cada vez más la idea de que Tula era algo así como la Ultima Tule de Virgilio o la Ciudad del Sol del utopista Campanella: un lugar legendario, pues la palabra Tula significa también "Estado del Sol". Algunos arqueólogos sostenían que Tula no era sino Teotihuacán, ciudad sagrada cuyo nombre, a pesar de su grandeza y esplendor mayestáticos, no aparece mencionado en ningún códice. Otros consideraban Tula como sinónimo de Cholula; otros, finalmente, opinaban que la ciudad de los toltecas era la actual aldea de Tule, cercana a la famosa pirámide de Mitla

El historiador Alva Ixtlixóchitl fue sacado del panteón de los eruditos y arrojado al ghetto de los poetas; se le acusaban de haberse dejado cegar por su amor propio nacional, que le había hecho tomar la leyenda de Tula tan al pie de la letra como los historiadores europeos la leyenda de Troya, fruto de la imaginación poética de Homero. Pero esa comparación tuvo que retirarse después que Schliemann, en sus excavaciones, sacó a la luz las ruinas de Troya. Sin embargo, los recalcitrantes siguieron negando la existencia de Tula aún después de 1885, año en que fue desenterrada, o mejor dicho, enterrada una pirámide cerca de la pequeña Villa de Tula de Allende en el Estado de Hidalgo.

El autor de este descubrimiento era, ciertamente, un hombre sospechoso y poco grato para los mexicanos. Se llamaba Desirée Charnay y había rondado por el país, antes de la intervención francesa, con misteriosos encargos de Napoleón III. Veinte años después, retornó a México para emprender excavaciones por cuenta del millonario franco-estadounidense Lorillard. Para adular al hombre que lo subvencionaba bautizó con el nombre de Lorillard una ruinas descubiertas por él en los dominios de los indios lacandones, a pesar de tratarse de un lugar ya conocido y que tenía su propio nombre: Yachtli. En sus excavaciones de Tula de Allende, que emprendió probablemente guiado por la ambición de descubrir aureos tesoros, Charnay aplicó unos métodos más propios para estropear las ruinas que para descubrirlas. Es posible que su aventura a la que se lanzó sin consultar para nada a los sabios mexicanos, sólo sirviera para afianzar a éstos en su escepticismo respecto a la existencia de la ciudad de Tula. 

Hace muy poco tiempo, en 1940, algunos arqueólogos mexicanos volvieron a agitar la teoría de que había existido una capital llamada Tula, situada en el lugar en que ahora se levanta la pequeña Villa de Tula de Allende, en el Estado de Hidalgo. En la Sociedad Mexicana de Antropología este tema provocó violentas discusiones, algunos aspectos de las cuales trascendieron a la opinión pública. Por fin, el gobierno concedió los créditos necesarios para emprender excavaciones en esta Tula a la que el entrevistador de pirámides ha venido desde la Ciudad de México por ferrocarril: hora y media de tren, según la guía.

Nuestro hombre recorre las calles y la plaza del pueblo, entra en la iglesia. Y aunque se esfuerza en hacer de sus ojos verdaderos aparatos de rayos X y saber más de lo que busca que lo que sabían los habitantes y visitantes de Tula anteriores a 1940, no logra descubrir en esta villa de dos mil habitantes más que eso: una villa de dos mil habitantes. Ni su trazado ni las piedras y figuras talladas de sus alrededores podían bastar para sospechar detrás de esta Tula, la Tula de otros tiempos. La zona arqueológica queda al margen de todos los caminos, lejos de todas las casas habitadas por los tulenses de hoy.

El entrevistador, acompañado por unos cuantos muchachos del pueblo, deja atrás la pequeña villa, sale al campo, camina primero por entre plantaciones de maguey, marcha luego sobre tierras quebradizas y polvorientas cubiertas de cactus y llega por último a un paraje en que no existe siquiera nada de esto. De pronto, inesperadamente, ve erguirse frente a él una pirámide alta y magníficamente proporcionada, un segundo antes invisible. No ve, en cambio, otra pirámide situada junto a ésta; mejor dicho, no se fija en ella, pues la toma por un cerro como otro cualquiera, cubierto de hierbajos. 

La pirámide no desenterrada estaba consagrada al sol; la otra, la que se levantaba libre y airosa a los dioses de la luna. Esta pirámide justifica por sí sola las excavaciones, basta por sí sola para fallar un pleito de eruditos que ha durado siglos enteros. Pero a la par con ella salieron a la luz toda una serie de tesoros que habrán causado el asombro del mundo, si el mundo no hubiese estado durante estos cuatro años entregado a la tarea de desenterrarse a sí mismo y de tomar precauciones para que nadie volviera a sepultarlo.

Desplegados en un ancho arco ante la pirámide, aparecen los tesoros de piedra descubiertos junto a ella. Al entrevistador, prisionero de las ideas y modos asimilados en Europa y en Estados Unidos, tiene por un momento la sospecha de si estas esculturas, por ejemplo las figuras de los bajo relieves, no serán tal vez falsificadas. Su integridad es muy sospechosa. Y lo mismo los meandros. ¡Qué claridad y nitidez, las de estos adornos escultóricos! Otro tanto acontece con las columnas, los llamados atlantes, que tienen casi 5 metros de alto. Su rostros, sus cuerpos y hasta sus vestiduras, parecen esculpidos por un escultor de hoy que se hubiera inspirado en modelos egipcios. Los indios de los monolitos ostentan sus adornos de plumas de un modo completamente distinto que los esculpidos en los bajos relieves. 

Pero el recelo se suma sin dejar rastro. ¿Falsificaciones? ¿A quién iba a ocurrírsele aquí falsificar esculturas indias, y con qué fin? Todas estas maravillas están esparcidas sobre un lejano cerro, sin que nadie se ocupe de custodiarlas. Cualquiera podría venir, cargarlas en unos camiones y llevárselas tranquilamente. ¿A quién iba a ocurrírsele falsificar todo un estadio con graderías de piedra, construir y enterrar, para luego desenterrarlas, dos enormes pirámides? 

Lo primero que hace la pirámide es llamar la atención del entrevistador hacia su friso: 

-¿Se ha fijado usted bien en los jaguares, en las mariposas, en las calaveras talladas sobre la serpiente-dragón? En mis buenos tiempos era el último grito de la moda. Hoy estos adornos ya no se llevan ni se construyen pirámides. ¿Ha visitado otras pirámides? Dígame con toda sinceridad si he encontrado alguna mejor construida que yo... Es usted muy amable... ¡Si me hubiera visto en otro tiempo. Hoy no soy más que una ruina de lo que fui. ¿Ve usted de esta cicatriz? Es la reliquia de la operación que me hizo con el pico un cirujano-curandero. Estaba empeñado en que, a fuerza de cavar, encontraría en mis entrañas una campana de oro. 

Mientras la pirámide habla con su entrevistador asoma por la plataforma la cara escueta de un indio, atento a sus palabras. ¿Habrá emergido de la Tierra al mismo tiempo que la pirámide su cantor Fernando de Alva Ixtlixóchitl, para exigir después de cuatro siglos de destierro y de condena la reparación de su honor científico agraviado?


(Tomado de Kisch, Egon Erwin. Descubrimientos en México. Volumen 1. Prólogo de Elisabeth Siefer. Edición aumentada. Colección ideas, #62. EOSA, Editorial Offset, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1988)

lunes, 4 de diciembre de 2023

Antonio Badú Nahez

 


Antonio Badú Nahez 

(actor 1914-1993 Hidalgo, México)


Parecía que se dedicaría a los negocios de su familia, pero este artista de ascendencia libanesa prefirió primero el canto y luego la actuación con mucho éxito. Dueño de un estilo original fue ídolo de la radio antes de entrar al cine. Su primera película estelar fue La feria de las flores, en 1942, dirigida por José Benavides. Interpretó a uno de los enamorados de María Félix en La mujer sin alma (1943). Entre los melodramas de mayor éxito en su carrera, se encuentra Hipócrita, con Leticia Palma, en 1949. También fue figura importante en teatros de revista y conductor de televisión. Estuvo casado con la desaparecida actriz Esther Fernández.


Mauricio Peña.


(Tomado de: Peña, Mauricio. La época de oro del cine mexicano, de la A a la Z. Somos uno, 10 aniversario. Abril de 2000, año 11 núm. 194. Editorial Televisa, S. A. de C. V. México, D. F., 2000)

viernes, 26 de junio de 2020

Xantolo, el día de muertos en la Huasteca

Xantolo, el día de muertos en la Huasteca

Uno nunca la espera tan pronto. Siempre es sorpresiva. Pero ahí está, acechando, seduciendo, llamando, escondiéndose detrás de las apariencias, y mostrándose disfrazada en las múltiples máscaras sonrientes que enseñan y ocultan, como las que se pone uno para bailar en los días de fiesta.
Una tarde me tomó desprevenido, justo cuando estaba entretenido en desordenar la rutina; distraído. Siempre sucede lo mismo cuando ocurren cosas importantes: a uno lo pillan; como cuando te enamoras que te rodea de golpe una luz vibrante y sopla un viento vigoroso, y no puedes dejar de verlo y sientes como te rechinan los cimientos... y empiezas a vivir de otra manera: empiezas a vivir y a morir.
Mi error fue no reconocerla a tiempo. Te atrae y te rechaza, te sonríe y te cachondea el alma. Ya estás perdido, no podrás evitarla: empiezas a morir y a vivir.
En ese momento recordé las ocasiones en qué vi la luna ponerse tras las montañas, las noches que me abandoné a la plenitud suprema, los días que gocé hasta el límite un plato bien servido y sabroso... ¿Logré robarle a la vida sus placeres?
Son regalos divinos que se ofrecen ocasionalmente, y fue lo único que pude empacar para el cambio de domicilio, con la esperanza de que no fuera alta la tarifa por exceso de equipaje.
Cuando llegó ese momento tuve la visión de escoger el lugar adecuado: Tianguistengo, cerca de Tlahuelompa, la capital de las campanas. Fue un acierto el insistir. En lo alto de una montaña de la Huasteca hidalguense, frontera indescifrable con la sierra, en la cima de un nudo volcánico dónde el tiempo es húmedo, fresco, con el rocío en las alas de los insectos. En ese cementerio multicolor desde el que, en los días claros y luminosos, se pueden ver a un costado las montañas con nieve, y cuando me atrevo a mirar al cielo lo tengo más cerca y eso me permite volar y flotar de vez en cuando.
Tengo una ventaja extra. Cada trece lunas llegan danzantes un poco atolondrados pero siempre respetuosos a despertarme para cruzar al otro lado. La nostalgia es canija.
Las mujeres hilan flores para colgarlas junto al papel picado, preparan la comida para servirla en ollitas de barro recién cocidas, adornan los altares con frutas tropicales y prenden las velas y el copal. 
Preparan la fiesta con esmero. Reciben primero a los chiquitos, a los angelitos, y les dan sólo tamales de ajonjolí y dulces mientras les cantan las mañanitas: "...hoy por ser día de los muertos te las cantamos así...".
Después llegamos los mayores puntualmente. El camino fosforescente está tapizado de hojas amarillas de cempasuchitl, de manera que uno no se extravíe... la memoria se debilita y necesita de referencias que la refresquen. Además, la vista empieza a dejar de deslumbrarse con la luz... uno camina, flota, siguiendo el brillo de la polar, el reflejo de siete colores pandeados a punto de desvanecerse, la luz plateada de los sueños y fantasías y la transparencia de la lluvia cuando es fina y no se siente.
Hay otro gran auxilio: las voces que cantan sin temor las melodías que penetran suavemente con alegría y tesón. ¡Qué placer escucharlas! Es cuando uno empieza a flaquear con la nostalgia. Voces seductoras que uno finalmente no acaba de olvidar. ¿Para qué? ¿Por qué tendría que hacerlo?, son del pasado, son carnales, son insistentes, son bocanadas de otra vida. La música es irresistible, la banda de metales y tambores que llaman y llaman y acaban por prender... la fiesta está preparada y es un gozo acudir con los otros, los que se han quedado sin sentirlo.
Regresar y comer esos tamales, esos inmensos, gloriosos, voluptuosos tamales (zacahuil), acompañados de chocolate con agua... Y después unos tragos de sotol o pulque... y meterse en la fiesta, ver el recuerdo de facciones casi desconocidas, hurgar en eso que llamaba amor y dejar que las sombras de las nubes tracen por momentos los rasgos verdaderos sobre esas máscaras inmutables, los accidentes del viento que danzan disfrazados y no paran hasta el día de San Andrés, a finales de noviembre.
Cuando acabamos agotados por el baile, la danza, la música que hipnotiza, y las ollas de comida empiezan a aparecer con menos frecuencia, la charla empieza a navegar por cauces más rápidos y traicioneros, aunque más excitantes y sorpresivos. Me preguntan con frecuencia y de soslayo ¿Y, cómo es la vida aquí tan cerca de Dios y tan lejos aún de los gringos? Es un tiempo continuo, sincronizado y armónico con la sonrisa de los niños y con la mirada de los chamanes. Es una espiral hacía afuera, amplia, vasta; una visión panorámica sobre la selva tropical, los ríos, las grutas, las antenas de los insectos y las orejas de las liebres.
Es una delicia platicar sin prisas y sobresaltos mayores del sabor de la tierra, del color de la penumbra, del eco sordo de las pisadas del ganado, de los anhelos jóvenes y desbocados, viejos y claridosos. Volver y nunca acabar de sorprenderse de las resquebrajaduras, crujidos y sopetones que esconden las arrugas y cicatrices... como la tierra que nos empapa de cuando en vez.

(Tomado de: Ávila, Jorge - Xantolo, el día de muertos en la Huasteca. México Desconocido, noviembre 1991, número 177, Año XV. Editorial Jilguero, S.A. de C.V.)




lunes, 24 de junio de 2019

La montaña de vidrio



"Cuando hallemos las canteras negras donde se surte de pedernal el mexicano, le habremos puesto un nudo a sus terribles armas." en estos términos se refería Diego de Ordaz a la importancia de los yacimientos de obsidiana. Sus investigaciones, extensas y pacientes, pusieron en claro que la obsidiana no abundaba en este país, que no habían pequeñas vetas sino que debía localizarse una enorme "tepetizla" (montaña de vidrio) y a fuerza de no hallarla nunca se fue convirtiendo en una leyenda. Tiempo después, sometido ya el país, la búsqueda quedó extinguida.

Pero la montaña de vidrio existía, era tan real como hermosa.

Von Humboldt halló una pista en la Barranca de Iztla, en cuyo fondo un río arrastra brillantes trozos de obsidiana que después despule el roce contra otras rocas; pero el rastro parecía desvanecerse en el cerro Navajas, 20 kilómetros al sur de Huasca, Hidalgo. La limitación del tiempo impidió al sabio alemán añadir a su brillante trayectoria el descubrimiento de la mítica montaña.

Y fueron anónimos sus descubridores. Gentes de una época en que ¿para qué habría de servir el vidrio volcánico, tan frágil, difícil de trabajar y tan pesado? 

Acabamos de estar en la fantástica montaña. Los cerros y montes que la forman brillan al sol de la mañana. Resplandecen con un inmenso sembradío de cristales negros, y hay lugares en que hasta el camino mismo está revestido de obsidiana molida. Mojoneras, se llama uno de los lugares donde la obsidiana surge de entre la vegetación, y está a unos cinco kilómetros del entronque Zacualtipán, Tlahuelompa, rumbo a esta última población.

Examinada en una carta aérea, esta montaña resulta ser la misma que concluye su ubicación en el cerro Navajas; una línea recta trazada entre ambos puntos mide escasamente 30 kilómetros. ¡Si Humboldt lo hubiera sabido!

Y, en esta séptima década del siglo XX, de tecnologías inauditas, ¿de qué puede servir la obsidiana? Algún uso, utilitario u ornamental debe de tener aunque... ¿dónde están los geniales lapidarios que, como los antiguos mexicanos, tallarían en mil formas este caprichoso, quebradizo material, vidrio fabricado en las fraguas telúricas? Imaginamos que hoy día el precio de un espejo de obsidiana sería estratosférico, y quizá también lo fue en su época, como ese portentoso espejo de obsidiana, que nada envidia al mejor de la actualidad, hallado en las costas de Veracruz y que se exhibe como propiedad del Museo Americano de Historia Natural, en Nueva York.

En algo sí tuvieron razón los españoles a quienes tanto pavor infundían las macanas revestidas de obsidiana que atravesaba las corazas de hierro como si fueran de papel; no abundan los yacimientos de obsidiana, parecen ser exclusivos del centro de México, y, hasta la fecha, sólo se conocen el ya mencionado, otro menor en Tepayo, Otumba, Estado de México, y otro menor aún, en Zinapécuaro, Michoacán.

(Tomado de: Harry Möller - México Desconocido. Injuve, México, D. F., 1973)


miércoles, 8 de mayo de 2019

Pachuca, de los revolucionarios, 1911

Pachuca cayó ayer noche en poder de los revolucionarios


Los barreteros unidos a las fuerzas de Castrejón se apoderaron de la ciudad e incendiaron la cárcel pública


La comunicación quedó interrumpida cuando “El Diario” recogía los detalles


El Diario, 16 de mayo de 1911


Pachuca, 15 de mayo.- (Por teléfono) - Hoy por la mañana entró a esta población, acompañado de varios hombres, el cabecilla Castrejón, quien desde luego se ha dirigido al gobernador del Estado pidiéndole presente su dimisión y ordene sea entregada la plaza a las fuerzas insurrectas.

Se sabe que el señor Rodríguez esta dispuesto a acceder a la petición de los rebeldes, y se rumora que hoy en la tarde dimitirá.

Se me informa que la partida de Castrejón está en las goteras de la ciudad, y que en caso de que el gobernador del Estado no cumpla su promesa, hoy por la tarde emprenderán el ataque. Los hombres a las órdenes del citado cabecilla son cerca de mil, y no sería posible oponer resistencia, pues la guarnición que hay aquí es de rurales en número de veinticinco o treinta.

Seguiré informando.


Se levantan los barreteros


Pachuca, 15 de mayo.- Por teléfono, ocho de la noche). - Hoy a las seis y media de la tarde, los barreteros que trabajan en las minas cercanas se reunieron en esta ciudad para hacer una manifestación en contra de las autoridades constituidas, las cuales, en vista de que no hay fuerzas suficientes para defender la plaza, están dispuestas a entregarla en manos de los rebeldes.


A las siete y media de la noche, cuando todavía celebraban los trabajadores la manifestación antes dicha, se presentaron las fuerzas rebeldes de Castrejón, apoderándose de la ciudad sin resistencia de ninguna clase, rumorándose que hubo un convenio entre las autoridades y los jefes insurrectos para rendir la población sin que hubiera efusión de sangre.


Luego que los rebeldes fueron dueños de la ciudad, dieron libertad a los presos de la cárcel pública, e incendiaron el edificio.


Las familias que viven cerca de la prisión han abandonado sus casas, y huyen en busca de refugio por diferentes partes de la ciudad.


En señal de triunfo, los insurrectos han hecho numerosos disparos al aire libre, y hasta estos momentos no se sabe de perjuicios ocasionados a particulares; tampoco se han registrado víctimas.


La alarma que existe en la población es espantosa. Sigo informando.


Pretenden incendiar el banco


Pachuca, mayo 15,- (Por teléfono, nueve de la noche).- El cuadro que presenta la ciudad es el más completo desorden; los insurrectos invaden las calles y con sus gritos y los disparos que hacen al aire siembran la alarma entre los habitantes.


El edificio de la cárcel que como comuniqué en mi mensaje anterior había sido incendiado, es presa por completo del fuego que amenaza extenderse a las casas contiguas.


En estos momentos se me informa que los rebeldes se dirigen al Banco de Hidalgo, con el propósito de incendiarlo.


Todas las familias que viven por ese rumbo han abandonado sus hogares y se refugian en las casas de sus amigos.


Se interrumpe la comunicación


Pachuca, 15 de mayo.- (Por teléfono, diez de la noche).- La calma empieza a restablecerse; los disparos que hace los rebeldes ya no son tan frecuentes y sólo aisladamente se escucha uno que otro.


Se teme de un momento a otro quede interrumpida la comunicación telefónica, pues la oficina de los teléfonos se halla muy cerca del edificio de la Cárcel que continúa envuelto entre las llamas, esto no obstante las señoritas empleadas han permanecido en sus puestos y dicen que no se retirarán si los alambres no son destruidos. Hasta mí llega el calor del incendio.


Se me dice que el gobierno entró en tratos con los rebeldes para rendir la plaza, pues no se pudo oponer resistencia por la falta de soldados, los cuales deben ser muy pocos pues el día 5 de los corrientes sólo formaron 25 hombres.


Se dice que Castrejón, el cabecilla insurrecto ha tomado posesión del gobierno y que se ha dirigido a los clubes políticos de la localidad, excitándolos para que se preparen a nuevas elecciones a fin de que cuanto antes se retire con sus fuerzas para atacar otras plazas.


Castrejón ha venido a Pachuca después de haber atacado a…


N de la R.- Al llegar a este punto nuestro corresponsal, la comunicación quedó interrumpida; es de presumir que el fuego reventó los alambres conductores.



(Tomado de: Labrandero Iñigo, Magdalena, et al, (coordinadores) - Nuestro México #3, La Revolución Maderista, 1910-1911. UNAM, México, D. F., 1983)

jueves, 24 de mayo de 2018

Pedro María Anaya

Pedro María Anaya


Nace en Huichapan, Hidalgo, en 1795; muere en la ciudad de México en 1854. Nacido en el seno de una familia criolla de recursos, inició a los 16 años su carrera militar en el ejército realista, sentando plaza de cadete en el regimiento de Tres Villas. Ya siendo capitán, se adhirió al bando insurgente en junio de 1821, después de que Iturbide había proclamado el Plan de Iguala. En 1822 formó parte del ejército, comandado por Vicente Filisola, que fue a Guatemala para supervisar el plebiscito en que se resolvería la anexión de Centroamérica a México. Ascendió a general en 1833 y fue ministro de Guerra durante la presidencia de José Joaquín de Herrera (de agosto a diciembre de 1845). Fue electo diputado y presidente del Congreso y ocupó dos veces en forma interina la Presidencia de la República (del 2 de abril al 30 de mayo de 1847 y del 8 de noviembre de 1847 al 8 de enero de 1848). Junto al general Manuel E. Rincón, dirigió la defensa del puente y del convento de Churubusco durante la invasión norteamericana y cayó prisionero en dicha acción (20 de agosto de 1847). En esa oportunidad pronunció la frase que se hizo histórica, al ser requerido por el general norteamericano Twiggs para que entregara las municiones: "Si hubiera parque, no estarían ustedes aquí". Fue libertado al firmarse el armisticio entre Santa Anna y Scott. En el gobierno de Mariano Arista fue nuevamente ministro de Guerra y Marina (22 de septiembre de 1852 a 5 de enero de 1853) y murió un año más tarde, siendo director general de correos. Hay un importante monumento a su memoria en el jardín frontero al es convento de Churubusco, en la ciudad de México, sobre la calle que lleva su nombre.


(Tomado de: Enciclopedia de México)

domingo, 25 de marzo de 2018

Juan Pablo y Eduardo Aldasoro

Juan Pablo y Eduardo Aldasoro





(De izquierda a derecha: Alberto Salinas Carranza, Gustavo Salinas C., Juan Pablo Aldasoro Suárez, Horacio Ruiz Gaviño y Eduardo Aldasoro)

Nacieron en Real del Monte, Hidalgo. En 1908 y 1909, todavía adolescentes, hicieron pruebas con planeadores en distintas partes del país. Ataban su aparato a una gran estaca fija en el suelo y esperaban que el viento los favoreciera. En 1911 instalaron en un avión, construido por ellos, un motor de 2 cilindros que desarrollaba 60 caballos. El general Ángel García Peña, ministro de la guerra del presidente Madero, determinó que antes de probar su aparato, los hermanos Aldasoro aprendieran pilotaje en Estados Unidos. Algunos meses más tarde la prensa comentaba sus vuelos en las cercanías de Nueva York.

(Tomado de: Enciclopedia de México)