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lunes, 9 de junio de 2025

Huautla, una entre muchas



 Huautla, una entre muchas 

Huautla, un "lugar del águila" más. Conocí hace años la Huautla de Hidalgo, entonces de difícil acceso, donde tuve la sorpresa de encontrar un grupo de gitanos que cautivaban a los vecinos con la exhibición de viejas películas de cine. Supe de la existencia de otras Huautlas en Guerrero, Puebla y Morelos. Son muchos los lugares de México que evocan al águila, nahual del Sol, o a los guerreros consagrados al astro mayor, como lo fue el propio Cuauhtémoc. Huautla de Jiménez, la capital mazateca, es la única población indígena que tiene la dignidad de ciudad. 

Me había enterado, gracias al lingüista George M. Cowan, que en esa Huautla oaxaqueña se conserva un lenguaje silbado el cual permite dialogar holgadamente desde distancias considerables. Ignoraba que Huautla se volvería, por muy otras razones, un lugar célebre en todo el mundo, con el cual me atarían los lazos más imponderables. 

No había, a principios de los cincuentas, más comunicación con la ciudad serrana que los caminos de herradura, largos caminos abruptos. A principios de 1956 supe en Ciudad Alemán, por Raúl Sandoval (uno de los vocales ejecutivos de la Comisión del Papaloapan), que ya existía un campo de aterrizaje y que se estaba construyendo una carretera de Teotitlán del Camino a Huautla. ¿Quería conocer el ritmo con que se trabajaba? Dentro de poco iría a inspeccionarlo y podría acompañarle.


Vuelo de Alemán a Teotitlán


Heme así, una mañana, sentado en el avión que Sandoval conduce con la tranquilidad con que manejaría su coche en el paseo de la Reforma. Raúl Sandoval, ingeniero civil, es hombre joven: tendrá unos treinta y cinco años. Mirada aguda, mentón volitivo.

Atisbo la población de Papaloapan en el culebreo de las aguas y Tuxtepec entre las orillas verdes; ahí está Temascal, con la presa gigantesca, y el nuevo lago formado por el río Tonto. Subimos, subimos, para salvar la enorme joroba del cerro Rabón, la montaña mágica de los mazatecos. Ahí está la cueva inmensa en que veneran -desde hace cuatro siglos, con liturgia católica- a su antiquísimo dios de la lluvia. 

Pasamos a poca distancia de la roca desnuda del Rabón. Cielo intensamente azul; el aire resplandece en este puerto de la sierra. Ahora el avión baja suavemente hacia el valle de Teotitlán. Volamos sobre la imponente fortaleza azteca de Quiotepec -muralla sobre una colina que encierra y domina la cañada- y atisbamos la mancha verde de las arboledas y las huertas del oasis teotitleco. Un fuerte viraje del avión me permite gozar lindas perspectivas calidoscópicas, grises y amarillas. La tonelada alada se posa como pluma en el campo; éste sí es campo, porque hay hierba y maleza. 


Primer ascenso a la Sierra Mazateca 


Sandoval inicia sin perder un instante el ascenso a la sierra. Admiro desde el jeep los trabajos de la carretera Teotitlán-Huautla. Una ladera semidesnuda, continuamente interrumpida por vallecitos y barrancos. En pocos quilómetros se sube de la cálida cañada a tierra fría. Teotitlán ya se pierde en el valle a lo lejos; la vegetación, antes rala, se vuelve más tupida y más verde. Surgen los bosques, ya se respira el aire fresco, ya hay humedad. 

Un grupo de chozas: las primeras que veo desde Teotitlán. Aquí viven mazatecos, como los de la otra vertiente. Una familia -siete adultos y dos niños- siembra maíz en un declive muy empinado. Y tanto, que se tiene miedo de verla perder el equilibrio y precipitarse en el despeñadero. Vestidos blancos, camisas solferino en la luz violenta de la altura. Silenciosos, concentrados, no me miran. La siembra es un rito. 

Llegamos al puerto. 


Los simbiontes 


Más allá, detrás de las lomas grises, está Huautla. Dentro de pocos meses la carretera alcanzará el corazón de la sierra mazateca; y lo afirmo porque han llegado -me parece, milagrosamente- hasta este alto puerto montañoso, los diplodocos y Los mastodontes mecánicos. Arañan las laderas con sus uñas de acero al cromo-níquel, mueven toneladas de tierra, levantan rocas, alisan, aplanan, bufando y echando pesado humo de aceite. Siempre me llena de asombro la perfecta simbiosis entre los megaterios metálicos y el hombrecillo que está adentro, a quien tengo la tentación de llamar simbionte. 

Esa no es una carretera de lujo, ni su propósito es turístico. Se trata de comunicar las dos vertientes, de abaratar los transportes, de infundir una nueva vida económica en una zona rica y secularmente aislada. Así se aviva el ritmo de la amalgamación del México indígena con el México moderno, se abate la discriminación y se unifica a todos los mexicanos por medio del idioma de Castilla. 

El frío aquí arriba es polar. Urge volver a tierra templada. ¡Hasta pronto, Huautla! Bajo mil quinientos metros con el jeep. La atrevida e inteligente carretera sabe dónde y cómo serpentear por la falda escarpada. Ya me doy cuenta de por qué atribuyen tanta sabiduría a la serpiente.



(Tomado de: Tibón, Gutierre - La ciudad de los hongos alucinantes. Panorama Editorial, S. A. México, D. F., 1985)

jueves, 2 de septiembre de 2021

Laboratorios vegetales

 

(Foto: Invernadero Quinta Schmoll)

En el extraño mundo vegetal creado por la Naturaleza para vivir del aire y soportar más de cincuenta grados de cambio en la temperatura (del calor del sol en el cenit al frío de la madrugada), sobresale el cacto, asombroso laboratorio químico natural.

Y de los sitios de la Tierra abundantes en estos monstruos amables, sobresale México, aparante lugar de origen, y poseedor del más vasto catálogo de variedades.

Espinosos, grotescos y a veces hostiles, los cactos fueron durante mucho tiempo el patito feo de la jardinería -extraño en cierto modo, pues de cuantas plantas llevó Colón a Europa, éstas fueron las que más impresionaron- hasta que, nadie sabe dónde, empezaron a ser descubiertos los valores estéticos de estas plantas. De a una destacada estima como elemento ornamental sólo hubo un rápido paso.

Las variedades existentes en México parecen no tener límite en su número. Carl Schumann escribió hace tiempo un tratado que los entendidos estiman como obra clásica, y en él consignó seiscientas setenta especies. Pero de entonces a 1973 la lista ha seguido creciendo sin cesar. Helia Bravo, eminencia internacional en esta área científica, descubrió una nueva variedad: la Ferocactus lindayi, en la proximidad de la Presa del Infiernillo, en la costa michoacana, en 1965. Ese mismo año, en la Sierra de la Giganta, Baja California Sur, Anetta Carter descubrió otra especie más de Lophocereus schottii, cuyo tallo lo forman costillas creciendo en forma espiral "como una vela cuadrada que hubiese sido retorcida".

Ha cobrado tal importancia esta rama de la Botánica, que existen diversas organizaciones científicas internacionales consagradas al estudio. En México, por ejemplo, funciona una Sociedad Mexicana de Cactología (calle Juárez No. 14, Col. San Álvaro, México 17, D. F.), dedicada al trabajo -no lucrativo- de promover el estudio científico de estas plantas. Para probar su descomunal interés en el asunto, estos especialistas cactólogos llegan a rifarse entre ellos mismos algunos ejemplares de cactos.

El país que se extiende entre Tehuacán, Pue., y Huajuapan de León, Oax., está considerado por muchas autoridades científicas como "el mayor y más diversificado campo de cactus en todo el mundo".

Ahí, entre las arrugas de la tierra -vieja millonaria en años- y sobre las crestas y valles del inmóvil oleaje que fingen sus descarnados lomeríos, están esparcidos los hermosísimos ejemplares en tales formas y diseños y dimensiones que sorprenden inevitablemente.

El área de Zapotitlán, Chilac, la montaña de Tetitlán y su ladera opuesta, por San Luis Atototitlán, están cerca de Tehuacán y sirven de botón de muestra de lo que guarda la región de más sierra arriba. Chollas (el cacto esférico, sinónimo festivo de la cabeza humana) que alcanzan dos metros de diámetro; biznágas igualmente monstruosas, con frutos que alcanzan la dimensión del plátano dominico. Otros cactos son increíbles miniaturas, y otros más presentan raíces horizontales que miden hasta quince metros. Son verdaderos prodigios de la Naturaleza, máquinas vegetales creadas para vivir y desarrollarse virtualmente sin agua, expuestas al cambio brutal de los cincuenta grados centígrados en el mediodía, hasta varios grados bajo cero en la helada noche. Aferradas angustiosamente a una reseca roca caliza, sin humedad siquiera, sin humus vegetal del cual nutrirse, ¿cómo viven y se multiplican las células de estos gigantes?, ¿cómo -de la nada- producen su pulposa sustancia generosa en almidón, mucílagos, gomas, ácidos orgánicos, cristales de sílice, alcaloides y un sinfín de etcéteras? Algún día los nuevos hombres de ciencia del México nuevo descubrirán y aprovecharán los maravillosos procesos bioquímicos del cacto, prodigioso laboratorio que extrae de la atmósfera los elementos químicos, los transforma, desintegra y recombina a través de la milagrosa fotosíntesis.

Entre tanto, y si usted no quisiera o no pudiera viajar hasta Puebla-Oaxaca para conocer el más variado jardín de espinas en el mundo, entonces tome usted nota de un lugar bastante más cercano: Cadereyta, Qro., a 37 km de San Juan del Río, sobre la carretera que sube hasta Tamazunchale, S.L.P. El lugar se llama "Quinta Schmoll" y queda a cosa de 25 minutos de Tequisquiapan y sus baños termales. En tal lugar, además de contemplar un estupendo escaparate de actividades, puede adquirir, por pocos pesos, una colección de 50 plantas cactáceas, todas distintas, de 2 a 3 años de edad. Y (quién lo sabe) bien pudiera suceder que se uniera usted al más o menos un millón de personas que, en el mundo, están haciendo del cultivo y colección de cactos una de sus más amables diversiones.


(Tomado de: Möller, Harry. México Desconocido. INJUVE, México, D. F., 1973)

martes, 13 de agosto de 2019

La tierra de Nadie



En 1824 fue decretado, por el Acta Constitutiva de la Federación, que se formase el Estado de Occidente, reuniendo a las provincias de Sinaloa y Sonora. Seis años más tarde separaron nuevamente sus destinos. Uno de los menos oscuros motivos de su distanciamiento fue el trazo de límites sobre la laguna o estero de Agiabampo, reclamada por ambas entidades con mucho interés. Finalmente, nadie se ocupó de la región.


Y hoy, ciento cuarenta y nueve años después, los manglares, los bosques y selvas de Agiabampo se encuentran en el mismo estado de jardín olvidado, de gigantesco parque cerrado a todo menos a la fauna silvestre más protegida que pueda imaginarse.


Hacia el mar, entre dos barras arenosas a veces pasables a pie y a veces no (aquí el mar sube o baja de nivel hasta seis metros entre una y otra marea), se halla la llamada isla Basacori, un paraje silencioso e inmóvil bajo el sol derretido que le cae a plomo. Sin embargo, con las primeras luces del amanecer o las últimas de la tarde, en la isla resuenan cantos y voces de aves canoras, veloces chachalacas de colores, adornadas codornices, cómicas perdices “canela” y hasta la singular garza atigrada Tigrisoma mexicanum no existe en ningún otro lugar de la Tierra.


Confesamos aquí nuestra incapacidad para trasladar a la descripción toda la variedad de animales raros o muy poco conocidos, que tienen en el área de Agiabampo el más perfecto santuario de sus especies. Es el tipo de lugar adonde usted pueda llegar provisto de cualquier medio de captación y salir invariablemente henchido de valores ya se trate de cámaras, grabadoras, etc., o simplemente un par de ojos insaciables.


El punto de partida está precisamente sobre el kilómetro 1685 de la carretera México-Nogales (115 kilómetros al norte de Guasave) y luego, hacia el mar, hasta el caserío de Agiabampo, son 14 kilómetros de un infame camino (obviamente, si no fuera infame, estaría el área muy estropeada por la excesiva concurrencia). Es uno de los caminos con mayores y más generosas recompensas para el visitante. (En la vecina Navojoa hay un par de tráiler camps: el Alameda y el Del Río, con lo necesario para una estancia cómoda, segura y grata.)


(Tomado de: Mollër, Harry. México Desconocido. INJUVE, México, D. F., 1973)

miércoles, 26 de junio de 2019

Copra


Se conoce con esta denominación a la almendra de la nuez de coco, utilizada en México desde la época virreinal para producir jabón. Heriberto García Ricas, en su obra Dádivas de México al mundo, refiere al respecto: "Con el empleo de los aceites mexicanos de coco en la elaboración de jabón se obtuvo un producto de calidad superior a los jabones franceses entonces en auge, pues tales jabones, que se llamaron de Castilla por ser hechos en España, eran suavizantes de las pieles ásperas, naturalmente olorosos y en parte neutro. Muy pronto se popularizaron los jabones españoles en Europa y en el mundo entero, y durante mucho tiempo España guardó en secreto la fórmula de su elaboración, que consistía solamente en haber sustituido las grasas animales por los aceites de coco mexicanos". Poco tiempo después se concedieron facilidades para el establecimiento de una fábrica de jabones en la Nueva España. Durante el período independiente se desarrolló su uso, de modo que se extendió su explotación en las regiones donde el clima permitía el cultivo de la palma de coco, que requiere una temperatura mínima de 20°, alturas próximas al nivel del mar y precipitaciones pluviales entre 1 y 2 metros al año. Según José María Pérez Hernández, en 1872 el valor de la producción ascendía a $378,379, con los cuales "pueden sostenerse 1680 familias labradoras; es decir, que este ramo puede mantener 8,400 individuos". Se calculaba que existían 223,702 cocoteros, que producían 22.324,490 cocos. Los principales estados productores eran, en su orden, Veracruz, Oaxaca, Campeche, Guerrero y Tamaulipas, y la producción se dividía casi por mitad entre las costas del Golfo y el Pacífico. Según los datos incluidos en el Anuario Estadístico de Antonio Peñafiel, en 1893 el valor de la producción de coco ascendió a $2.3 millones. Los mayores productores eran entonces Yucatán, Tabasco y Oaxaca.

[...]

(Tomado de: Enciclopedia de México, S. A. México, D.F., 1977, volumen III, Colima - Familia)

miércoles, 12 de junio de 2019

Dos veladas con hongos


La velada vivida por Bernardo (1962)

A las nueve de la noche, acostado en un petate al lado de Miriam, empecé a masticar los hongos que me dio María Sabina. Eran seis pares, y los trague con dificultad. No les tenía confianza, por el completo fracaso en las dos ocasiones precedentes; así que me comí un hongo más, de los de Miriam y otros dos que le pedí a María Sabina. Esperé en la semioscuridad, con escepticismo; me molestaba la risita histérica y el río de palabras inútiles de Miriam que me impedían gozar de los rezos y el canto, severo y armonioso, de la curandera.

De repente, sin ninguna transición, me encontré en una tumba egipcia. Miriam, Lucy, María Sabina, y María Aurora su hija, eran momias; yacían todas en grandes sarcófagos dorados y policromos. Ahí donde se colaba la tenue claridad de las ventanas, vi las majestuosas columnas de un templo a orillas del Nilo.

-Miriam, Miriam, éste es Egipto. ¡Qué maravilla!

Traté de acariciarle la mano. Estaba helada y húmeda. La retiró con gesto brusco. Al recordar mis sensaciones después de la noche alucinada, me extrañó que esta actitud no hubiera suscitado en mí sentimientos de rencor.

Las imágenes esplendorosas -sarcófagos, columnas, templos- se difuminaron y desaparecieron completamente, sustituidas por sonidos y ritmos. La música se adueñó de mí penetrando en cada una de mis fibras, primero tersa y suave como un concierto angélico; luego se agigantó en una inmensa polifonía. Era yo un hombre hecho música; mejor dicho, me identificaba con toda una orquesta sinfónica, y me puse a dirigirla desde el podium, acompañando con mi voz los ríos de sonidos. Cantaba fuerte: era yo el violín concertino, no, todos los violines, todos los violonchelos y los contrabajos. Un instante -¿o fue una hora?- me volví arpa; luego oboe, y flauta; era yo todos los instrumentos de cuerda y de viento y otra vez, la orquesta completa en u crescendo sin fin, que me transportaba a esferas de gozo espiritual nunca imaginadas.

Con todo, me sentía solitario y con una añoranza inexpresable; tal vez porque Miriam había rechazado mi caricia.

No crean que soy músico. Me gusta, claro está, un concierto sinfónico, pero al cerrar los ojos no sé distinguir los varios instrumentos de la orquesta. En el trance ya no existía para mí el mundo de formas, colores, imágenes y palabras: todo era música, un océano de música, y yo estaba en su centro.

William, el marido de Lucy, se había quedado sin comer hongos, para ayudarnos en caso de necesidad. Yo oía la voz de Miriam que le suplicaba: -Ayude a Bernardo. Es demasiado fuerte para él. Dele agua azucarada. Ayúdele.

William se presentó con un halo de luz intensa. (Ahora sé que era la de su lamparita eléctrica). Su estatura era imponente. Lo vi como si fuera un santo; habló con voz armoniosa que llenó todo el ámbito. Venía de otro mundo; me parecía que había bajado del cielo. Rehusé tomar la bebida. "Es usted mi enemigo", le dije. Los santos me caen pesados también en la vida real. Además me molestaba la preocupación maternal que tenía por mí Miriam. Me acuerdo cómo repetí, sarcásticamente, la palabra azúcar, azúcar, azúcar.

El espacio y el tiempo había adquirido nuevas proporciones inconmensurables. El cuarto de la ceremonia era infinito; los ruidos se oían agigantados. Cada segundo era una hora; cada hora una vida. Lucy lanzaba de vez en cuando exclamaciones de asombro y de júbilo. El palmoteo rítmico de María Sabina parecía llegar desde una enorme lejanía; en realidad la maga estaba a pocos metros de mi petate.

Sería la presencia de María Sabina o el proceso natural de la alucinación; lo cierto es que, antes de salir del cuarto, no tuve ninguna sensación de angustia. Sólo sentía resonar en mí esa música inefable, ultraterrena; estaba mágica y totalmente envuelto en su embeleso. 

Cuando William me pidió que fuera a acostarme, me opuse decididamente. No quería, por nada del mundo, volver a la realidad. Insistió tanto, y con tan buena gracia, que por fin accedí. No tengo el más vago recuerdo de cómo me llevó a mi cuarto, ni de cómo me echó a la cama. Sólo sé que empezó una terrible lucha para volver en mí, que duró horas -o más bien, siglos-. No sabía dónde estaba. También ese cuarto era infinito; empecé a temer que nunca lograría "volver". Me di cuenta de que mi mujer estaba conmigo, cariñosa y preocupada por mí. A las cinco de la mañana (sé la hora porque Miriam se la preguntó a William), nuestro ángel guardián me dio un vaso de agua. Todavía lo vi como a un ser de otro mundo. Cuando, con la claridad del alba, bajé de la cama, tuve la clara sensación de que se abría delante de mí un abismo. Sólo con un supremo esfuerzo de voluntad pude volver al lado de Miriam.

Ella sufría no menos que yo en la sorda lucha para salir del encantamiento que ya era más bien pesadilla y agonía. Las seis, las siete, las ocho, las nueve. En el cuarto brillaba la luz del sol, pero nuestra angustia persistía, con los ojos abiertos o cerrados. Sólo a las doce volvimos a la realidad completa.



La velada vivida por Miriam

Al cabo de media hora de haber ingerido los hongos, súbitamente se presentaron ante mis ojos abiertos en la semioscuridad, manchas de colores y minúsculos decorados; arabescos, florecitas cursis como de bomboneras, pequeños adornos meticulosos pero de lo más convencional. "¡Ajá, son éstas las famosas alucinaciones!". Risas, me dieron. Los diseños cambiaban, se renovaban continuamente, como en el caleidoscopio. "Este dibujo también lo conozco", me decía para mis adentros, con cierto desencanto. Diminutas formas geométricas se alternaban con dibujos de telas, alfombras, vitrales de iglesias.

-Estoy en Egipto- oí que me decía Bernardo. Quiso acariciarme. Sentí una mano enorme, descomunal. No soporté su contacto, y retiré mi brazo. Quería estar sola.

Ya no reía. Las pequeñas formas geométricas crecían en tamaño, adquirían bulto; sus colores eran más vívidos. Como esbeltos rollos policromos avanzaban en sentido oblicuo, se deshacían en miríadas de gotas de todos los tintes, volvían a unirse y a desunirse. Me preguntaba de dónde venían esos colores, alternativamente tiernos y violentos, y deploraba que nunca los podría reproducir, ya que, por mi desdicha, no sé pintar.

Esta reflexión prueba que algo en mi conciencia había quedado despierto. También me di cuenta de que Lucy lanzaba unos pequeños gritos de asombro y que Bernardo se había puesto a tararear y canturrear.

(Pierdo la noción del tiempo, en tanto que el cuarto se ensancha, se vuelve infinito). Los ruidos -hasta un rechinido del petate o un susurro- se agigantan. Parece que llegan de muy lejos y sólo se apagan después de múltiples ecos. El palmoteo intermitente de María Sabina, un clac, clac, clac sordo y seco contribuye a producir una obsesión que crece como un alud: me voy, me voy, me salgo de mí misma. Concentro lo que queda de mi voluntad y grito: " William, ayuda a Bernardo. Dale agua azucarada. Es demasiado fuerte para él. No lo aguantará". Siento que nos estamos perdiendo todos. No sabíamos a dónde íbamos, no sabíamos, no sabíamos. (Otra vez estoy en trance, completamente sumida en el mundo de luces y formas).

Veo nuevos cuadros, nuevos colores, reflejos y matices nunca imaginados. Son obras de un grandísimo pintor; su hermosura es tal que no puedo tolerarla; me corta el aliento. Quiero que la visión se detenga, pero sigue implacable y siempre más bella: las figuras son ahora de mayor tamaño, sin simetría, y los colores más tenues. Ya no es decoración, es arte puro. ¿Son peces de plata que bullen en un mar de oro, o peces de oro que se agitan en un mar de plata?

Me encuentro en un ambiente nuevo y distinto. He vuelto al mundo de mi infancia, el de los cuentos de hadas, imaginario y real al mismo tiempo. Estoy en el bosque encantado de la Bella Durmiente, de Caperucita, de Pulgarcito. Cosa extraña: no es un severo bosque de mi país natal, sino una selva virgen con cantos de pájaros y gritos de monos y zumbidos de insectos, que el eco carga de misterio e inquietud. ¡Qué indecible alegría para mí, ver ese mundo hadado, y al mismo tiempo qué ansiedad, qué miedo de encontrarme sola en medio de él! Me miran venaditos de grandes ojos húmedos y conejos blancos; ahí está la casa de pan de miel de la bruja. ¡Qué precioso palacio! ¡Y esa fuente, qué linda! ¿Qué quiere de mí la rana? No, es el rey de las ranas, tiene una coronita de oro. Le tengo un terror pánico, que no me mire así, quiero cubrirme.

¡Cuántas espinas! Estoy en medio de rosales en flor: las rosas son espléndidas, blancas, amarillas, rojas. Pero ¿podré salir de aquí, con todas esas espinas, podré volver? Volver, sí, pero ¿a dónde?

Otra vez la selva; estoy como muerta, con una debilidad infinita. No importa. Todo a mi alrededor es tan primoroso, tan lleno de colores, y los enanitos bailando, jugando con el eco. Cada enano elige un tono y el eco lo repite, ite, ite, ite.

Todo es exactamente como me lo había figurado de niña. Pero ¿qué hace aquí Puck? Me acecha un grave peligro. Tal vez no podré irme nunca de aquí, ¡qué angustia! Mira quién me mira: Pulgarcito en persona, muy pequeña persona. Ya no está. Tengo que buscar en la oreja de mi caballo, tal vez se ha ocultado ahí. 

En este momento se abrió una pequeña ventana a la realidad. Sentí una terrible congoja por Bernardo. Estaba a mi derecha, y sin embargo, me separaba de él una incolmable distancia. Bernardo gritaba y cantaba y exultaba. "William, ayúdele!" supliqué, y otra vez me sentí arrastrada hacia el otro mundo.

El cuarto era un recinto monumental con altísimas columnas doradas. Un vapor neblinoso envolvía todo, y surcaban el espacio figuras fantasmáticas. Miré a la derecha, donde estaba Bernardo. Vi, espeluznada, una calavera con anteojos, suspendida en el humo. No pude seguir mirando. Otra vez me asaltó la congoja. Mi Bernardo se muere, y no puedo ayudarle. "William, William, ayudamos a volver, danos agua azucarada".

William se acercó con una luz. Bajaba de las alturas, como un redentor. Nos ayudó a incorporarnos y a beber. Era la salvación. Tuve la sensación de que, desde mi más tierna infancia, sólo había recibido beneficios de mi prójimo, y el buen William era el símbolo, la quintaesencia de toda esa bondad, de toda la caridad humana.

Oí cómo sacaban a Bernardo del cuarto. ¿Vivía aún o estaba muerto? Luego me sacaron a mí. Me apoye en el barandal, vencida por una aguda náusea. Estaba yo en el fondo del mar, veía la ondulación de las plantas acuáticas, y más lejos, los riscos. En verdad era el patio de la Posada Rosaura, en Huautla de Jiménez: lo reconocí la mañana siguiente.

El ángel guardián, no sé cómo, me hizo acostar. En la cama yacía mi Bernardo -¿muerto? Mi corazón cesó de latir, el terror me heló toda. Me acerqué. Su cuerpo estaba caliente, ¡vivía! Nunca podré describir el sentimiento de profundísima dicha que sentí entonces.

Sin embargo, al hundirme otra vez en el sueño, ya no vi los aspectos amables de los cuentos de Grimm y Andersen, sino monstruos, dragones, salamandras, el lobo feroz y varias brujas feísimas. Luego vi ciertos raros personajes que se licuaban y caían en gotas y otros, de los cuales no sabía si eran más personas o más hongos.

Las visiones ahora se habían vuelto un tormento. Era otra realidad, porque lo veía con estos mismos ojos, y también tenía tres dimensiones, y colores y olores, pero yo quería salir, quería volver, y ya no me era posible. Nunca más saldré de aquí. Ya no respiraba; mi corazón se paró, no podía ni pensar ni moverme. Morí lentísimamente, sin dolor, sin pesadumbre. Todo se había acabado. 

Después de todo no estaba tan muerta ya que oí cómo Bernardo llamaba a William. Tenía sed. También me di cuenta de la hora. Eran las cinco: lo dijo William.

-¿Dónde estamos, Bernardo? ¿En Japón, verdad?
-No, en Egipto.
-¿Crees que saldremos de esto, quiero decir, que saldremos con vida?
-Claro que saldremos. Ahora descansa, duerme.

Fácil decirlo: dormir. No, durante interminables horas -hasta muy entrado el día- siguieron luchando en mí las dos realidades, hasta que triunfó la de la cordura. La lucha terrible me dejó, literalmente, exhausta.

Dicen que viajé en el paraíso y en el infierno de mi subconsciente. Tal vez sea así; pero creo que con una dosis menor de hongos me hubiera ahorrado el infierno. No repetiré la experiencia; me alegro, de todos modos, de haber pasado por ella. Ha sido una de las más fuertes de mi vida.

(Tomado de: Tibón, Gutierre - La ciudad de los hongos alucinantes. Panorama Editorial, S. A. México, D. F., 1985)



martes, 12 de marzo de 2019

Rafael Landívar




Oriundo de Guatemala, (1734-1789), hizo estudios en México, donde estuvo diez años, y demostró hacia el país su gratitud al recordarlo durante el destierro en su Rusticatio mexicana, obra que le sitúa con honor en la literatura nacional, sin que por eso deje de pertenecer a la del país donde nació. Como rector del seminario de San F. de Borja, obedeció la orden de expulsión y marchó a Italia con los demás jesuitas.

En 1781 se publicó en Módena la primera edición de la Rusticatio, que se reimprimió en Bolonia al año siguiente. Landívar describe en ese poema aspectos de la naturaleza en México y Guatemala. Lo escribió en latín porque lo destinaba a lectores cultos y para librarse del prosaísmo con que se reaccionó contra los excesos del siglo precedente.

Fallecido Landívar en Bolonia, el 27 de septiembre de 1793, se le sepultó en la iglesia de Santa María Muratelli, de la cual fueron exhumados sus restos en 1950, para trasladarlos a Guatemala, en donde se erigió un monumento digno del poeta.



(Tomado de: Francisco Monterde – Literatura mexicana durante el siglo XVIII. Historia de México, tomo 7. El Despertar Ilustrado. Salvat Mexicana de Ediciones, S.A. de C.V. México. D.F., 1978)

martes, 11 de diciembre de 2018

Tatsugoro Matsumoto


Jacarandas en Ciudad Universitaria.
 
(1868-1955) Jardinero imperial e ingeniero paisajista japonés. Después de realizar un jardín en la ciudad de Pachuca, viajó a su patria a visitar a su esposa, pero con la firme idea de regresar a vivir a México. En 1896, durante el porfiriato, se convirtió en el experto favorito de las familias adineradas para embellecer sus jardines. A lo largo de la presidencia de Álvaro Obregón, entre 1920 y 1924, propuso al gobierno plantar en las principales avenidas de la Ciudad de México árboles de jacarandas, un ejemplar que introdujo desde Brasil, el cual reprodujo en sus viveros. Su propuesta fue aceptada y hoy día esta especie coronada por flores color azul violáceo es una señal inequívoca de que llegó la primavera.
 
(Tomado de: Muy Interesante, septiembre de 2018, no. 09. 100 Extranjeros que amaron México)



sábado, 4 de agosto de 2018

Los zapotes

Los zapotes


Todas las frutas comprendidas por los mexicanos bajo el nombre genérico de tzapotl o zapote, como dicen los españoles, son redondas o se acercan a esa figura, y todas tienen el hueso duro.



El zapote prieto tiene la cáscara verde, sutil, lisa y suave, y la pulpa negra, blanda y de bellísimo gusto. Su magnitud es varia, desde una pulgada y media hasta cuatro o cinco de diámetro. Entre la pulpa tiene su semilla en varios huesecillos de color de castaña, aplastados y largos de un dedo. Su pulpa helada y condimentada con azúcar y canela es de un gusto exquisito. Dase esta fruta en árbol mediano de hojas redondas.



El zapote blanco, al cual por su virtud narcótica llaman los mexicanos cochitzapotl (fruta soporífera) es algo semejante al negro en la magnitud y figura y en el color de la corteza, aunque en la del blanco es el verde más claro, pero su pulpa es blanca y muy gustosa. Su hueso, que es grande y duro, se tiene por venenoso. Dase esta fruta en árboles grandes y muy copados.




El chicozapote (en mexicano chitzapotl) tiene por lo común de una y media a dos pulgadas de diámetro; su corteza es parda y su carne de un blanco que tira a rojo, aunque se hallan de color más encendido; sus pepitas son negras, duras y puntiagudas. De esta fruta cuando está verde se extrae una leche glutinosa y fácil a condensarse, que llaman los mexicanos chictli y los españoles chicle, la cual mascan por antojo las mujeres y sirve de materia a algunas estatuas curiosas en Colima. El chicozapote tomado en su debida sazón es de un gusto excelente, y al paladar de muchos muy superior a cuantas frutas se conocen en Europa. El árbol es mediano y de buena madera, su hoja redonda y del color y consistencia de la del naranjo. Dase sin cultivo en las tierras calientes y hay bosques de estos frutales de cuatro a cinco leguas en la Mixteca, en la Huaxteca y en Michuacán.



(Tomado de: Francisco Javier Clavijero - Historia antigua de México)




sábado, 21 de abril de 2018

José Mariano Mociño Suárez Losada




Nació en Temascaltepec, estado de México.
Hizo sus estudios en el Seminario Tridentino de México, sobresaliendo entre sus condiscípulos por su talento extraordinario. Cursó teología con singular aprovechamiento, y habría sucedido lo mismo en todas las ciencias, dice Beristáin, si como emprendió el estudio de ellas hubiese seguido cultivándolas; pero su afición le hizo dedicarse con especialidad a la medicina, y para poseerla con perfección, se consagró a la física experimental, a las matemáticas, a la botánica y a la química.
Discípulo sobresaliente de Cervantes en 1789, fue dos años después acompañando a [Martín] Sessé en la expedición científica de la entonces Nueva España, y por orden de Carlos IV dio principio a más extensos viajes en 1795, bajo la dirección del mismo Sessé, para examinar las producciones naturales de nuestra patria. En los ocho años corridos desde 1795 a 1804, anduvieron Sessé y Mociño más de tres mil leguas. Cervantes, que contribuyó a esas investigaciones, quedó en el Jardín Botánico de esta capital y la expedición se retiró, transportando a España preciosas colecciones que consistían principalmente en un considerable herbario y gran número de dibujos iluminados, hechos por Anastasio Echeverría, mexicano también, y por Juan de Dios Cerda, diestros artistas.
Había muerto Sessé en 1809, o poco antes, y tanto el herbario como los manuscritos destinados a la Flora mexicana, fueron a parar, en 1820, al Jardín Botánico de Madrid que desde 1815 poseía algunos; pero no así la colección de dibujos, siendo muy pocos los existentes en aquel establecimiento. Mociño conservaba la colección completa de los manuscritos, cuando vicisitudes políticas le hicieron abandonar España y refugiarse en Montpellier.
Allí los  vio [Agustín Pyrame de] Candolle, director a la sazón de aquél Jardín Botánico, y formó de su importancia la más alta idea. Esto, y las pocas esperanzas que Mociño tenía de volver a su patria, y más aún el creer que poco tiempo le quedaba de vida, le moviera a confiar aquel tesoro científico a De Candolle, quien debía publicar las láminas en su obra, como en parte lo hizo. Según una noticia que el sabio francés dejó manuscrita, el número de plantas dibujadas se acercaba a mil cuatrocientas, y había además otros tantos dibujos de animales, siendo muy considerable la cifra de géneros y especies nuevas, a pesar de no tener Mociño en su poder todos los frutos de la expedición. Cuando en 1816 trató De Candolle de retirarse a Ginebra, quiso devolver a Mociño  los dibujos y manuscritos que le había confiado, pero el naturalista mexicano se negó, a recogerlos, diciéndole, según él mismo De Candolle dejó anotado:

No, yo estoy demasiado viejo y enfermo; yo soy demasiado desgraciado; llevadlos a Ginebra; yo os los doy y os confío para el porvenir el cuidado de mi gloria.”




Llevóselos De Candolle, en efecto, y guardólos durante seis meses. Al cabo de ellos pudo Mociño regresar a España, y en abril de 1817 pidió a De Candolle la devolución de las colecciones, temiendo morir antes de que fuese permitido el paso de los Pirineos. La demanda debió haber sido hecha con urgencia, porque deseando De Candolle quedarse con copias de los dibujos, se vio precisado a recurrir a todos los dibujantes de Ginebra, quienes correspondieron con tal eficacia a sus deseos, que no dejó de concurrir ninguno, contándose muchas señoras y otras personas aficionadas. Doscientos fueron los individuos de uno y otro sexo que tomaron parte en este trabajo, logrando concluir en ocho o diez días más de 800 dibujos, dejando 109 delineados. En Montpellier habían sido copiados 71, y duplicados en la colección original que había cedido Mociño a De Candolle 305.

Con todos ellos formó el mismo De Candolle varios volúmenes, a cuya cabeza se haya una nota explicativa del origen e historia de aquellos dibujos, escrita de la propia mano de aquel sabio y de la cual proceden las noticias anteriores. “De Candolle nunca contaba, dice Dunal, este rasgo afectuoso de sus conciudadanos sin que sus ojos se llenasen de lágrimas de ternura”.

Para un sabio y entusiasta por la ciencia, era un grande obsequio y servicio de inapreciable valor, el empeño que tomaron sus compatriotas con sólo manifestarles el sentimiento que le causaba desprenderse de tan preciosa colección “que iba a perderse en algún rincón oscuro de España.” No se equivocó en su predicción, por desgracia.

¡Qué pena para De Candolle, dice Lacegue, ver que se escapaban de sus manos tantos materiales preciosos que se iban a perder quizá para la ciencia. “A esta nueva, dice Flourens, toda Ginebra se conmovió.” Mister De Candolle sólo pensaba hacer copiar algunas especies de las más raras; pero se resuelve copiarle la flora entera; más de cien señoras tomaron parte en este trabajo, y en diez días la Flora de México quedó copiada.



La importancia que los sabios extranjeros dieron a los trabajos preparados para la Flora mexicana, hacen inútiles todos los elogios que de Mociño pudiéramos hacer. Nuestro compatriota pudo por fin entrar a España con las colecciones devueltas por De Candolle, pero bien pronto se realizaron sus presentimientos y los de sus amigos, pues falleció el 12 de junio de 1819, según alguno de sus biógrafos, o de 1922 según otro; en Barcelona como afirman aquéllos, o en Madrid, como dicen éstos.
No se sabe a punto fijo quién se apoderó de sus manuscritos en aquel momento, más se cree que fue el médico que le asistió en su enfermedad, pues cierto pariente próximo de dicho médico los poseía en Barcelona en 1846.

La Flora mexicana, manuscrito que existe en el Jardín Botánico de Madrid, se compone de tres tomos en folio, y hay además el manuscrito de la Flora de Guatemala, formada por Mociño exclusivamente, y multitud de descripciones, índices, apuntes, listas y memorias sueltas que sería largo enumerar aquí y que pertenecen a la expedición de que en su lugar hablamos.

En la Gaceta de Literatura de México, se encuentra el discurso que Mociño pronunció en 1801 al abrirse las lecciones de botánica, discurso en que trató de las plantas medicinales del país. En los Anales de ciencias naturales de Madrid (1804) se halla un extracto de ese notable discurso, las Observaciones sobre la resina del hule, y un artículo intitulado De la Polygola mexicana.

Beristáin cita además: Descripción del volcán del Jorullo, en versos latinos, Impunidad de la Margileida de Larrañaga, Cartas y sátiras contra los aristotélicos y escolásticos, que fueron publicados con el nombre de José Velázquez.

En la obra intitulada La botánica y los botánicos de la península hispano-lusitana, impresa en Madrid en 1858 por el gobierno español y en la que se contienen los estudios bibliográficos y biográficos de Miguel Colmeneiro, se hacen de Mociño los más cumplidos elogios. Para que el lector aprecie más esto, preciso es decir que el señor Colmeneiro no sólo era doctor en medicina, cirugía y ciencias, sino también catedrático de orografía y fisiología en el museo de ciencias naturales de la coronada villa, habiéndolo sido antes de Barcelona y Sevilla. Agregaremos igualmente que la obra que citamos fue premiada en concurso público en enero de 1858.

Mociño es entre los naturalistas mexicanos el que mayor renombre ha alcanzado en el extranjero.


(Tomado de: Francisco Sosa: Biografías de mexicanos distinguidos. Editorial Porrúa, S.A. de C.V., Colección "Sepan Cuántos")