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lunes, 29 de abril de 2024

La Noche Triste y otros descalabros

 

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La Noche Triste y otros descalabros 

por Hernán Cortés


A la etapa de amor entre Hernán Cortés y la ciudad de Tenochtitlán siguió una serie de desavenencias que culminan en el episodio conocido con el nombre de la Noche Triste. A los españoles, acosados por todas partes, no les queda otro recurso que abandonar la ciudad. Esa desastrosa retirada es referida por Cortés en sus Cartas de Relación a Carlos V.


[...] Y así quedaron aquella noche con victoria y ganadas las dichas cuatro puentes; y yo dejé en las otras cuatro buen recaudo y fui a la fortaleza e hice hacer una puente de madera que llevaban cuarenta hombres; y viendo el gran peligro en que estábamos y el mucho daño que los indios cada día nos hacían, y temiendo que también deshiciesen aquella calzada como las otras, y deshecha era forzado morir todos, y porque de todos los de mi compañía fue requerido muchas veces que me saliese, y porque todos o los más estaban heridos y tan mal que no podían pelear, acordé de lo hacer aquella noche, y tomé todo el oro y joyas de vuestra majestad que se podían sacar y púselo en una sala y allí lo entregué con ciertos líos a los oficiales de vuestra alteza, que yo en su real nombre tenía señalados, y a los alcaldes y regidores y a toda la gente que allí estaba le rogué y requerí que me ayudase a lo sacar y salvar, y di una yegua mía para ello, en la cual se cargó tanta parte cuanta yo podía llevar; y señalé ciertos españoles, así criados míos como de los otros, que viniese con el dicho oro y yegua, y lo demás lo dichos oficiales y alcaldes y regidores y yo lo dimos y repartimos por los españoles para que lo sacasen.

Desamparada la fortaleza, con mucha riqueza así de vuestra alteza como de los españoles y mía, me salí lo más secreto que yo pude, sacando conmigo un hijo y dos hijas del dicho Muteczuma y Cacamacín, señor de Aculuacán, y al otro su hermano que yo había puesto en su lugar, y a otros señores de provincias y ciudades que allí tenía presos. Y llegando a las puentes que los indios tenían quitadas, a la primera de ellas se echó la puente que yo traía hecha, con poco trabajo, porque no hubo quien la resistiese excepto ciertas velas que en ella estaban, las cuales apellidaban tan recio que antes de llegar a la segunda estaba infinita gente de los contrarios sobre nosotros combatiéndonos por todas partes, así desde el agua como de la tierra; y yo pasé presto con cinco de caballo y cien peones, con los cuales pasé a nado todas las puentes y las gané hasta la tierra firme. Y dejando aquella gente a la delantera, torné a la rezaga donde hallé que peleaban reciamente, y que era sin comparación el daño que los nuestros recibían, así los españoles, como los indios de Tascaltécal que con nosotros estaban, y así a todos los mataron, y muchos naturales de los españoles; y asímismo habían muerto muchos españoles y caballos y perdido todo el oro y joyas y ropa y otras muchas cosas que sacábamos y toda la artillería.

Recogidos los que estaban vivos, échelos adelante, y yo y con tres o cuatro de caballo y hasta veinte peones que osaron quedar conmigo, me fui en la rezaga peleando con los indios hasta llegar a una ciudad que se dice Tacuba, que está fuera de la calzada, de que Dios sabe cuánto trabajo y peligro recibí; porque todas las veces que volvía sobre los contrarios salía lleno de flechas y viras y apedreado, porque como era agua de la una parte y de otra, herían a su salvo sin temor. A los que salían a tierra, luego volvíamos sobre ellos y saltaban al agua, así que recibían muy poco daño si no eran algunos que con los muchos se tropezaban unos con otros y caían y aquellos morían. Y con este trabajo y fatiga llevé toda la gente hasta la dicha ciudad de Tacuba, sin me matar ni herir ningún español ni indio, sino fue uno de los de caballo que iba conmigo en la rezaga; y no menos peleaban así en la delantera como por los lados, aunque la mayor fuerza era en las espaldas por do venía la gente de la gran ciudad.

y llegado a la dicha ciudad de Tacuba hallé toda la gente remolineada en una plaza, que no sabían dónde ir, a los cuales yo di prisa que se saliesen al campo antes de que se recreciese más gente en la dicha ciudad y tomasen las azoteas porque nos harían de ellas mucho daño. Y los que llevaban la delantera dijeron que no sabían por dónde habían de salir, y yo los hice quedar en la rezaga y tomé la delantera hasta los sacar fuera de la dicha ciudad, y esperé en unas labranzas; y cuando llegó la rezaga supe que habían recibido algún daño, y que habían muerto algunos españoles e indios, y que se quedaba por el camino mucho oro perdido, lo cual los indios cogían; y allí estuve hasta que pasó toda la gente peleando con los indios, en tal manera, que los detuve para que los peones tomasen un cerro donde estaba una torre y aposento fuerte, el cual tomaron sin recibir algún daño porque no me partí de allí ni dejé pasar los contrarios hasta haber tomado ellos el cerro, en que Dios sabe el trabajo y fatiga que allí se recibió, porque ya no había caballo, de veinte y cuatro que nos habían quedado, que pudiese correr, ni caballero que pudiese alzar el brazo, ni peón sano que pudiese menearse. Llegados al dicho aposento nos fortalecimos en él, y allí nos cercaron y estuvimos cercados hasta noche, sin nos dejar descansar una hora. En este desbarato se halló por copia, que murieron ciento y cincuenta españoles y cuarenta y cinco yeguas y caballos, y más de dos mil indios que servían a los españoles, entre los cuales mataron al hijo e hijas de Muteczuma, y a todos los otros señores que traíamos presos.

Y aquella noche, a media noche, creyendo no ser sentidos, salimos del dicho aposento muy calladamente, dejando en él hechos muchos fuegos, sin saber camino ninguno ni para dónde íbamos, más de que un indio de los de Tascaltécal nos guiaba diciendo que él nos sacaría a su tierra si el camino no nos impedían. Y muy cerca estaban guardas que nos sintieron y muy presto apellidaron muchas poblaciones que había a la redonda, de las cuales se recogió mucha gente y nos fueron siguiendo hasta el día, que ya que amanecía, cinco de caballo que iban delante por corredores, dieron en unos escuadrones de gente que estaban en el camino y mataron algunos de ellos, los cuales fueron desbaratados creyendo que iba más gente de caballo y de pie.


Y porque vi que de todas partes se recrecía la gente de los contrarios concerté allí la de los nuestros, y de la que había sana para algo, hice escuadrones; y puse en delantera y rezaga y lados, y en medio, los heridos; y asimismo repartí los de caballo, y así fuimos todo aquel día peleando por todas partes, en tanta manera que en toda la noche y día no anduvimos más de tres leguas; y quiso Nuestro Señor que ya que la noche sobrevenía, mostrarnos una torre y buen aposento en un cerro, donde asimismo nos hicimos fuertes. Y por aquella noche nos dejaron, aunque, casi al alba, hubo otro cierto arrebato sin haber de qué, más del temor que ya todos llevábamos de la multitud de gente que a la continua nos seguía al alcance. Otro día me partí a una hora del día por la orden ya dicha, llevando la delantera y rezaga a buen recaudo, y siempre nos seguían de una parte y de otra los enemigos, gritando y apellidando toda aquella tierra, que es muy poblada; y los de caballo, aunque éramos pocos, arremetíamos y hacíamos poco daño en ellos, porque como por allí era la tierra algo fragosa, se nos acogían a los cerros; y de esta manera fuimos aquel día por cerca de unas leguas, hasta que llegamos a una población buena, donde pensamos haber algún reencuentro con los del pueblo, y como llegamos lo desampararon, y se fueron a otras poblaciones que estaban por allí a la redonda.


y allí estuve aquel día, y otro, porque la gente, así heridos como los sanos, venían muy cansados y fatigados y con mucha hambre y sed. Y los caballos asimismo traíamos bien cansados, y porque allí hallamos algún maíz, que comimos y llevamos por el camino, cocido y tostado; y otro día nos partimos, y siempre acompañados de gente de los contrarios, y por la delantera y rezagada nos acometían gritando y haciendo algunas arremetidas, y seguimos nuestro camino por donde el indio tascaltécal nos guiaba, por el cual llevábamos mucho trabajo y fatiga, porque nos convenía ir muchas veces fuera de camino. Y ya que era tarde, llegamos a un llano donde había unas casas pequeñas donde aquella noche nos aposentamos, con harta necesidad de comida.

Y otro día, luego por la mañana, comenzamos a andar, y aún no éramos salidos al camino, cuando ya la gente de los enemigos nos seguía por la rezaga, y escaramuzando con ellos llegamos a un pueblo grande, que estaba dos leguas de allí, y a la mano derecha de él estaban algunos indios encima de un cerro pequeño; y creyendo de los tomar, porque estaban muy cerca del camino, y también por descubrir si había más gente de lo que parecía, detrás del cerro, me fui con cinco de caballo y diez o doce peones, rodeando el dicho cerro, y detrás de él estaba una gran ciudad de mucha gente, con los cuales peleamos tanto, que por ser la tierra donde estaba algo áspera de piedras, y la gente mucha y nosotros pocos, nos convino retraer al pueblo donde los nuestros estaban; y de allí salí yo muy mal en la cabeza de dos pedradas. Y después de me haber atado las heridas, hice salir los españoles del pueblo porque me pareció que no era aposento seguro para nosotros; y así caminando, siguiéndonos todavía los indios en harta cantidad, los cuales pelearon con nosotros tan reciamente que hirieron a cuatro o cinco españoles y otros tantos caballos, y nos mataron un caballo que aunque Dios sabe cuánta falta nos hizo y cuánta pena recibimos con habérnosle muerto, porque no teníamos después de Dios otra seguridad sino la de los caballos, nos consoló su carne, porque la comimos sin dejar cuero ni otra cosa de él, según la necesidad que traíamos; porque después que de la gran ciudad salimos ninguna otra cosa comimos sino maíz tostado y cocido, y esto no todas veces ni abasto, y hierbas que cogíamos el campo.


Y viendo que de cada día sobrevenía más gente y más recia, y nosotros íbamos enflaqueciendo, hice aquella noche que los heridos y dolientes, que llevábamos a las ancas de los caballos y a cuestas, hiciesen muletas y otra manera de ayudas como se pudiesen sostener y andar, porque los caballos y españoles sanos estuviesen libres para pelear. Y pareció que el Espíritu Santo me alumbró con este aviso, según lo que a otro día siguiente sucedió; que habiendo partido en la mañana de este aposento y siendo apartados legua y media de él, yendo por mi camino, salieron al encuentro mucha cantidad de indios, y tanta, que por la delantera, lados ni rezaga, ninguna cosa de los campos que se podían ver, había de ellos vacía. Los cuales pelearon con nosotros tan fuertemente por todas partes, que casi no nos conocíamos unos a otros, tan revueltos y juntos andaban con nosotros, y cierto creíamos ser aquel el último de nuestros días, según el mucho poder de los indios y la poca resistencia que en nosotros hallaban, por ir, como íbamos, muy cansados y casi todos heridos y desmayados de hambre. Pero quiso Nuestro Señor mostrar su gran poder y misericordia con nosotros, que, con toda nuestra flaqueza, quebrantamos su gran orgullo y soberbia, en que murieron muchos de ellos y muchas personas muy principales y señaladas; porque eran tantos, que los unos a los otros se estorbaban que no podían pelear ni huir. Y con este trabajo fuimos mucha parte del día, hasta que quiso Dios que murió una persona tan principal de ellos, que con su muerte cesó toda aquella guerra.



(Tomado de: González, Luis. El entuerto de la Conquista. Sesenta testimonios. Prólogo, selección y notas de Luis González. Colección Cien de México. SEP. D. F., 1984)

jueves, 23 de septiembre de 2021

Cuatro muchachas asesinadas por estudiante, 1942

 


Cuatro muchachas asesinadas por un estudiante de ciencias químicas.

*Enterró los cadáveres en el jardín de su casa.

*Fue preso el asesino; confesó ya.

*La Policía hasta ahora sólo ha podido identificar el cadáver de una de las víctimas.

*El responsable de este caso espeluznante se fingió loco, pero se descubrió su superchería.

(8 de septiembre de 1942)

Un espantoso cuádruple crimen, en el que fueron víctimas cuatro agraciadas jóvenes, de las cuales una era estudiante de la Escuela Nacional Preparatoria, fue descubierto ayer por la mañana por el Servicio Secreto de la Jefatura de Policía. Los cadáveres de tres de las infortunadas víctimas fueron encontrados enterrados casi a flor de tierra en el jardín de la propia casa del victimario, un estudiante de ciencias químicas pensionado por Petróleos Mexicanos, que al decir de varias personas es un joven de gran inteligencia y aprovechado alumno de la Universidad Nacional de México. El cuarto cadáver será desenterrado hoy, y se tuvo conocimiento de él por el propio asesino, que ha confesado ya sus crímenes.

Los móviles de estos horrendos asesinatos, únicos en los anales de la criminología mexicana, no han sido todavía bien puestos en claro, pero a juzgar por las declaraciones hechas por el asesino, son el producto de un espíritu morboso, de un gran sádico, que bien puede constituir la versión mexicana de aquel criminal francés llamado Landrú, o del legendario "Barba Azul".

Hasta estos momentos se tiene como autor de los crímenes, por confesión propia del criminal, al estudiante de primer año de ciencias químicas Gregorio Cárdenas Hernández, de 28 años de edad, quien fue pensionado para estudiar, dado su gran aprovechamiento, por Petróleos Mexicanos. De las víctimas tan sólo ha sido identificada una: la señorita Graciela Arias Ávalos, de 20 años de edad, hija del señor licenciado don Manuel Arias Córdova, que pertenece a una de las más conocidas familias de Morelia, Michoacán. Esta joven estudiaba el Bachillerato de Ciencias Químicas en la Escuela Nacional Preparatoria. De las otras se tienen pocos indicios. Tan sólo de una de ellas se sospecha que se trata de una joven llamada Enedina.

Para la misma Policía fue una sorpresa encontrar los tres cadáveres que halló. Creía encontrar tan sólo el de Graciela Arias, pero no tenía conocimiento alguno de que hubiese más víctimas enterradas.

El criminal estudiante, para eludir la acción de la justicia, después de enterrar el cadáver de la última de sus víctimas en el propio jardín de su casa, se fingió loco, pues temió que sus crímenes fuesen descubiertos, y el jueves pasado, acompañado de la autora de sus días, fue al sanatorio de enfermos mentales del doctor Gregorio Oneto Barenque, ubicado en la avenida Primavera, en Tacubaya, y se internó en el mismo.

Pero en él se le detuvo ayer mismo por la mañana. Según se nos dijo en el Servicio Secreto de la Jefatura de Policía, ya confesó haber dado muerte a las tres jóvenes encontradas, y a una más, que también enterró en su propio domicilio. Según el mismo asesino, violaba a sus víctimas y después las estrangulaba enterrándolas.

Parece que no todas las jóvenes fueron enterradas y muertas el mismo día. A juzgar por los antecedentes, el criminal estudiante inició sus actividades hace unos cuantos días, y las iba enterrando después de saciar sus apetitos.

UNA DESAPARICIÓN 

MISTERIOSA

El jueves en la mañana se presentaron en el Servicio Secreto de la Jefatura de Policía, que está al mando del general Leopoldo Treviño Garza, el licenciado Manuel Arias Córdova, quien tiene su despacho en la calle de Justo Sierra y su domicilio en la avenida Tacubaya 63, acompañado de su socio de trabajos, el licenciado José Campuzano, con el fin de denunciar que había desaparecido desde la noche anterior la hija del primero, Graciela Arias Ávalos, que era estudiante en la preparatoria. El último informe que se tenía de ella era que había sido vista saliendo a las 20 horas de la clase de etimologías, en la Escuela Preparatoria, ubicada en la calle de San Ildefonso.

Desde las primeras investigaciones recayeron las sospechas sobre el estudiante de ciencias químicas Gregorio Cárdenas Hernández. Varios preparatorianos indicaron que este individuo frecuentaba el trato de Graciela, y que a bordo del coche Ford 1939, placa B-91-01 de su propiedad, la iba a esperar a sus clases. Dichos estudiantes indicaron también que en años anteriores, tanto Graciela como Gregorio habían sido compañeros en algunas clases.

Fueron comisionados para la investigación el agente 37, José Acosta Suárez, y el 104, Ana María Dorantes. El primero estuvo el jueves pasado por la mañana, inmediatamente después de la denuncia, en la casa que el estudiante de ciencias químicas tiene en la calle de Mar del Norte número 20, en Tacuba, D.F.

Encontraron en esta búsqueda un pañuelo y unos zapatos y tuvieron el indicio de que en la noche del miércoles a jueves, en la que llovió torrencialmente, el coche del estudiante, contrariando a la costumbre que éste tenía, se había detenido precisamente frente a la puerta de su domicilio, y que había permanecido allí toda la noche, pues se "atascó".

Por su parte la agente 104 pudo investigar que no había relaciones amorosas entre Gregorio y Graciela, sino que aquél estaba enamorado locamente de ésta, y que la perseguía constantemente, e iba por ella a esperarla a sus clases.

Los agentes supieron también que la madre de Gregorio, llamada María Vicenta Ávalos, que vive en la calle Violeta 3, había llevado el jueves, a las 15 horas, a su hijo al sanatorio del doctor Gregorio Oneto Barenque, ubicado en la avenida Primavera, de Tacubaya, diciendo que estaba loco.

Fue entrevistado Gregorio y éste fingió que realmente estaba loco, dijo a los agentes que había inventado unas pastillas para hacerse invisible, y les daba pedazos de gis. Cuando lo interrogaron acerca de Graciela, guardó silencio.

El doctor Oneto Barenque hizo un examen detenido del presunto loco, y llegó a la conclusión de que no lo estaba. Lo interrogó, y entonces le confesó éste que estaba cuerdo, pero que se fingía loco porque el licenciado Arias Córdova creía que él había hecho desaparecer a su hija.

UN MACABRO ENCUENTRO

Ya con estos datos el agente número 37, José Acosta Suárez, se presentó nuevamente en la calle de Mar del Norte Núm. 20, donde vivía el estudiante. Allí le informaron los vecinos que las moscas revoloteaban sobre el jardín y olía muy mal. Que el jueves pasado habían encontrado la tierra removida y que ayer "habían visto abrirse ésta".

Penetró el agente en la casa que ya había sido visitada y en la que nada sospechoso se había encontrado el jueves, y al examinar con detenimiento el jardín, vio con sorpresa que emergían apenas los dedos del pie de un cadáver que estaba allí enterrado.

Inmediatamente se dirigió a la Jefatura de Policía y con asistencia del Ministerio Público, de Identificación, etc., se procedió a exhumar el cadáver, que indiscutiblemente era el de Graciela Arias.

UN VERDADERO 

CEMENTERIO

poco después de las 14:30 horas llegaron a la casa del estudiante el jefe del Servicio Secreto, general Leopoldo Treviño Garza; el subjefe, Simón Estrada; el agente del Ministerio Público adscrito a la Jefatura de Policía, licenciado Francisco Orozco; los agentes que practicaron la investigación, así como los representantes de los diversos diarios metropolitanos y del licenciado José Campuzano, amigo del padre de una de las víctimas.

La calle de Mar del Norte es una callejuela estrecha que parte hacia el norte de la vía de los trenes que van hacia Tacuba y Azcapotzalco, y está muy cercana a la Escuela de Ciencias Químicas, así como al Zócalo de Tacuba. No está asfaltada y a causa de las lluvias presenta verdaderos surcos.

En una esquina casi cercana al lugar donde se cierra la calle, está la casa del estudiante. Esta tiene un jardín como de seis metros de ancho por diez de largo, y la puerta de entrada da precisamente a este jardín. Al lado sur están las habitaciones (de un solo piso). En una de ellas dormía el estudiante en su catre de campaña. En otra está un laboratorio perfectamente bien montado y una pequeña biblioteca.

Ya dentro del jardín, el agente Acosta señaló el lugar donde emergían los dedos del pie del cadáver que había descubierto. Pero al entrar algunas personas al jardín, alguien que estaba un poco alejado del lugar donde se hallaba enterrado el cadáver dijo:

-Siento bajo mis pies otro cadáver.

Y uno más agregó:

- Pues en este lugar hay otro.

El pequeño jardín era un verdadero cementerio, en el que los cadáveres estaban casi a flor de tierra.


IMPRESIONANTE 

EXHUMACIÓN

Dos agentes de la Policía provistos de unas palas que les fueron proporcionadas por los vecinos, principiaron a cavar para desenterrar el cadáver cuyo pie emergía de la tierra. Inmediatamente se dieron cuenta de que otro cadáver estaba enterrado en un lugar muy cercano. El otro se hallaba un poco más alejado.

Al ir desenterrando los cuerpos, un hedor, hasta eso bastante soportable, se esparció por todo el local, pues los cadáveres no se hallaban muy descompuestos, ya que indudablemente no tenían ni cinco días de haber sido enterrados.

El cadáver que primero se descubrió totalmente hacia el fondo del jardín, estaba en decúbito ventral, con la cabeza hacia el Sur. Se hallaba completamente desnudo, pero cubierto con una colcha. Estaba sin zapatos (unos zapatos de color guinda que fueron descubiertos en el interior de la casa). Junto al cadáver se encontró una bolsa de mujer con un monedero adentro y unos cuantos centavos, así como un abrigo de color verde. Tenía las manos amarradas.

El licenciado Campuzano reconoció desde luego las ropas como las que había llevado Graciela el último día en que fue vista. Por lo que toca a los zapatos, y dada la amistad que tiene con el padre de la muchacha:

"Los reconozco como si fueran míos. Se los vi en infinidad de ocasiones".

El cadáver de la segunda muchacha que fue desenterrado estaba también en decúbito ventral, pero con la cabeza hacia el Norte. Se hallaba semivestido, con un traje negro y un saco café a cuadros. La cabeza estaba envuelta en unos "bloomers" color rosa.

Esta infeliz estaba amarrada de pies y manos, por la espalda, con unas cintas. Tenía calzado un zapato color café. Junto se hallaba el otro zapato.

El último cadáver también tenía las manos amarradas y se hallaba completamente desnudo. Se ve que perteneció a una mujer de regular estatura. Tenía zapatos color azul y junto a él estaba un suéter de este último color.

La tarea de la exhumación se vio interrumpida por un torrencial aguacero y en ella tuvieron que coadyuvar los bomberos de Tacuba, que se presentaron en el carro número 5 al mando del sargento Enrique L. Meneses.

Se encontraron diversos bolsos de mujer, uno negro y otro gris. Como había, además, unos calcetines de niño, se temió que también estuviese enterrado el cadáver de un pequeñuelo que, al decir de una de las vecinas, se le vio en alguna ocasión por la casa.

YA ESTABAN MUERTAS

Uno de nuestros reporteros pudo hablar con el señor Albino Peña, quien vive en la casa número 18 de la propia calle de Mar del Norte. El nos manifestó que estaba encargado por el dueño de la finca, señor Amador Curiel, tanto de la casa del estudiante como de las de junto.

Que el miércoles pasado, como a las 21 horas, llegó de un lugar denominado La Floresta en donde tiene unas vacas, habiéndose entregado al sueño desde luego. Pero que como a las 11 de la noche oyó que tocaban en la cortina que protege su habitación, que antes había sido un expendio de pan denominado "La Paloma", y escuchó la voz del estudiante, bastante alterada, que le pidió que lo ayudara, pues su coche se había atascado.

Dice que él le manifestó que con todo gusto lo ayudaría, pero que creía que nada podrían hacer. Que entonces el estudiante le manifestó que buscaría la ayuda de unos carboneros, y ya no lo oyó más.

Agregó que toda la noche permaneció despierto, pero que no oyó ningún ruido, ni voces, quizá a causa del torrencial aguacero que estuvo cayendo. Indicó además que una mujer joven iba con frecuencia a la casa del estudiante y que por las mañanas salían los dos con libros bajo el brazo. Le mostramos una fotografía de Graciela, pero tuvo dudas para reconocer en ella a la mujer que iba a visitar al químico en ciernes.

Por su parte la señora Cristina Martínez, comadre del anterior que también vive en el número 20 de la calle de Mar del Norte, nos dijo que como a las 11 había oído los pasos del estudiante y como que eran depositados unos bultos en el suelo. Esto hace creer que las tres mujeres que fueron enterradas murieron en otro lugar o que venían narcotizadas.

EL ASESINO, DETENIDO

Pudimos informarnos que agentes del Servicio Secreto de la Jefatura de Policía habían detenido ayer mismo, en el sanatorio del doctor Oneto Barenque, al estudiante Gregorio Cárdenas Hernández y lo llevaron a la Guardia Especial de Agentes de la Sexta Delegación.

CONFESIÓN DEL ASESINO

Anoche Cárdenas Hernández fue llevado a la Jefatura de Policía con el fin de ser interrogado.

En presencia de los periodistas, paladinamente confesó haber dado muerte a las tres mujeres que fueron encontradas ayer en el jardín de su casa, y agregó que la otra que no fue encontrada y a la que ya hemos hecho referencia la había enterrado cerca de la puerta.

Indicó que tiene 27 años de edad y es natural de Veracruz. Fue casado, habiéndolo engañado su mujer, por lo que tiene gran odio para las de este sexo. Principió a cometer sus crímenes hace cerca de un mes, pero indica que la única mujer decente que mató fue Graciela Arias Ávalos. Señala que de las otras tres no sabe ni sus nombres, pues fueron mujeres de la vida galante, y que una la recogió de las calles de Aquiles Serdán; a otra, cerca del Ángel de la Independencia, y a una última, cerca de Chapultepec.

Las llevaba a su domicilio ubicado en las calles de Mar del Norte, donde saciaba con ellas sus apetitos y las mataba después.

A todas las ahorcó. Cuando estaba satisfecho de las mujeres sentía un odio tremendo hacia ellas y asegura que por tal motivo les daba muerte. Después se levantaba de la cama, escarbaba en el jardín y las sepultaba. Sobre uno de los cadáveres -que, como indicamos, estaba semivestido y con las manos y los pies atados por la espalda-, dijo que hallándose tan cansado, la amarró en tal forma para que ocupase menos lugar y, en consecuencia, tuviese el menor trabajo por cavar la fosa.

(Tomado de: Hemeroteca El Universal, tomo 3, 1936-1945. Editorial Cumbre, S.A. México, 1987)

miércoles, 3 de julio de 2019

La ciudad de México y el agua, 1939


  • Para que haya agua suficiente hay que gastar 34 millones.


  • No basta ya el canal de Xochimilco para satisfacer las necesidades de la ciudad - Un serio problema


(4 de abril de 1939)


La resolución del problema del abastecimiento de agua potable cuesta (o costará) a la ciudad, treinta y cuatro millones de pesos, suma a que ascienden los presupuestos de las obras de captación de agua de Almoloya, en los manantiales que dan origen al río Lerma, en el Estado de México; pero como no hay dinero tendremos que seguir con un servicio que sólo cubre una parte del día, y con el peligro de que cada vez sea menor, a medida que las necesidades urbanas sigan, como es natural, creciendo.
Lo anterior sintetiza una conversación tenida con funcionarios del Departamento Central, especializados en el ramo de aguas potables, y quienes conocen el problema en todos sus aspectos y detalles. Ahora bien, el peligro que existe para la ciudad de México con la creciente restricción del agua -cuestión no imputable ciertamente a las autoridades- es asunto de Salubridad Pública, porque a medida que el agua "toca a menos" como diría un profesor de aritmética, las condiciones de ciudad sucia de México, empeoran en vez de disminuir a pesar de los esfuerzos que se hagan y de las propagandas que se sostienen proclamando la necesidad de adoptar ciertos hábitos de higiene como el baño diario, beber agua pura, etc.


AUMENTO DE LA CIUDAD


En primer lugar, durante la conversación aludida pudimos obtener algunos datos como los que siguen: cuando se terminaron las obras de Xochimilco se contaba un número reducido de conexiones. Era que entonces se consideraba como pueblos, Tacuba, Tacubaya, la Villa, etc., y el casco de la ciudad era muy reducido. Poco  poco fue creciendo la urbe y hará unos seis o siete años había en total trescientos cincuenta kilómetros de tubería para la distribución de agua. Actualmente hay mil seiscientos kilómetros y la ciudad tiene plena necesidad de aumentarlos por las diarias exigencias del vecindario.


DEL CENTRO A LOS SUBURBIOS


El caso actual es curioso. Cuando la Revolución obligó a muchas familias de los estados a concentrarse en la capital de la República, subió sensiblemente la población urbana pero ahora se ha observado que las familias salen de la capital rumbo a las poblaciones cercanas, se establecen colonias, se densifica la población diariamente en ellas, se construyen casas (la mayor parte de ellas en jardinillos) y se ha extendido por tanto la red de tubería en la proporción anunciada sin que aumente (por el contrario, disminuye proporcionalmente) la cantidad de agua que a diario se consume en la ciudad. A decir de los conversadores, en la actualidad llegan a la capital dos mil cuatrocientos litros de agua por segundo.
Las plantas de bombas de Xochimilco están trabajando a toda su potencialidad y el departamento ha buscado otros recursos para aumentar el agua. Parece que se trabaja con toda actividad en una nueva planta de bombas, en Xotepingo, las cuales al ponerse en servicio aumentarán su caudal, pero sin que con esto se pueda resolver el problema íntegramente.
La situación de sequía es más o menos así: hay colonias en las que el agua se acaba a las cinco de la tarde y en otras a las seis. Naturalmente que quienes sufren las consecuencias (esto hasta parece redundante decirlo) son las clases pobres, que no tienen medios de almacenar agua para las necesidades nocturnas. El número de conexiones que actualmente tiene el Departamento del Distrito para el agua, pasan de sesenta y siete mil.


SE AGOTARON LOS POZOS DE TACUBA


Anteriormente y antes de que se fundaran las colonias del rumbo de Tacuba y Azcapotzalco, por ejemplo,aquellos lugares que estaban considerados como pueblos, se abastecían de agua de pozos; pero a medida que la población fue creciendo y que hubo más pozos, muchos de ellos grandes, los pequeños mantos de agua se fueron acabando y la sequía de los pozos de Tacuba es cosa vieja ya; de manera que sólo se cuenta con el agua de Xochimilco.
Los jardincillos que, casi sin excepción, rodean las casas de los colonos, consumen parte del agua, por razón natural; es necesario regar el pradito, el pequeño sembradío, las macetas, etc. Y en esta época el agua se acaba más temprano porque las evaporaciones son muy intensas, y si no se riega el prado inmediatamente se seca y languidecen las plantas. Esta parte mínima del problema es transitoria, porque ya para mediados de mayo en que comienza a llover el regadío de los jardines y sementeras particulares disminuye, porque la tierra está suficientemente húmeda por el agua de lluvia.


(Tomado de: Hemeroteca El Universal, tomo 3, 1936-1945. Editorial Cumbre, S.A. México, 1987)