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viernes, 3 de julio de 2026

Los Panchos y el cine

 


Los Panchos 

Yo siento en el alma tener que decirte 

que mi amor se extingue como una pavesa, 

y poquito a poco se queda sin luz…

Rafael Hernández, 

en las voces del trío Los Panchos 


Su difusión a través de la radio, sus discos Columbia en 78 RPM, sus discos de larga duración, y finalmente su elegante presencia en las películas mexicanas de los años cuarenta impusieron en la preferencia del gusto popular del continente a un trío inigualable -poco importaba que hubiera otros-: Los Panchos. 

Alfredo Gil, Chucho Navarro y Hernando Avilés, los integrantes del trío original, con sus canciones, especialmente los boleros, calaron hondo en la sensibilidad del público latinoamericano de entonces.

Acompañándose a la guitarra, con sus voces y con la fina interpretación de cada composición filtrada por su estilo, nos regalaron versos que ya forman parte del rico cancionero popular de nuestras tierras: "...tú diste luz al sendero/ en mi noche sin fortuna...", o aquellos otros: "...si nomás puedo causarte llanto, hay amor, olvídate de mí…”.

Era aquella, la del cuarenta, una década romántica, en la cual -según el gusto actual, que por un lado censura el kitsch y por el otro lo impone en las películas cursis. Prevalecía el bolero a través de las melodiosas voces de ese trío, siempre tomados en plano general o medio, estáticos, con un único atributo a su favor: su calidad. 

En aquellas películas -Callejera, Hipócrita, No me quieras tanto o Rayito de luna-, simple pretexto para el lucimiento de Marga López, Leticia Palma, Marta Roth o Brenda, por lo regular en un ambiente de falso cabaret, Los Panchos, al decir el bolero de turno, contribuían a redondear un argumento siempre en función en función de esas hermosas mujeres. 

Unos de los integrantes del famoso trío, Chucho Navarro, creó dos boleros que poco después pasaron a hacer películas, Perdida y Rayito de luna, ambas filmadas en 1949. La primera Unió a Ninón Sevilla con el músico-poeta Agustín Lara, en esa ocasión lejos de sus propias canciones, convertido en actor. Rayito de luna formó parte de todo lo hecho por Chano Urueta, cultor de diversos géneros en el cine mexicano, alguien que no desaprovechó oportunidad alguna para incluir en sus películas no sólo boleros, sino también mambos y can can. Alberto Sicardi, pareja de baile de la protagonista, Brenda, fue el coreógrafo de esta película. Ella, si mal no recuerdo, se llamaba Esmeralda en el filme, era disputada por David Silva, el galán, y otros. Y en medio de aquella codicia por la hembra exótica, envuelta en velos en los números bailables, en sets delirantes -tal vez si hoy viéramos la película nos parecería insólita-, aparecían Los Panchos, incongruentes pero auténticos en su interpretación del conocido bolero de Chucho Navarro: 

Como un rayito de luna 

entre la selva dormida,

así la luz de tus ojos 

ha iluminado mi pobre vida. 

Tú diste luz al sendero 

en mi noche sin fortuna, 

iluminando mi cielo 

como un rayito 

claro de luna. 

Rayito de luna blanca 

que iluminas mi camino,

así es tu amor en mi vida, 

la verdad de mi destino. 

Tú diste luz al sendero 

en mi noche sin fortuna,

iluminando mi cielo 

como un rayito 

claro de luna.


(Tomado de: Calderón González, Jorge - Nosotros, la música y el cine. Universidad Veracruzana, Jalapa de Enríquez, Veracruz, 1997)

lunes, 1 de junio de 2026

Jorge Negrete y el cine


 Jorge Negrete 

Guadalajara en un llano,

México en una laguna,

me he de comer esa tuna 

aunque me espine la mano…


Jorge Negrete, uno de los grandes ídolos del público latinoamericano, nació en 1911 en Guanajuato, México. Falleció 42 años después, a consecuencia de una cirrosis hepática, mientras realizaba una gira artística por Los Ángeles, California. Muy joven abandonó la carrera militar para dedicarse a estudiar canto. A los 26 años, como barítono, ya había triunfado en la radio. A la sazón, fue descubierto por el productor Gonzalo Varela, quien lo convirtió en la figura principal de La madrina del diablo (1937), su primera película, dirigida por Ramón Peón.

Desde entonces y hasta 1953, Jorge Negrete, como actor del cine azteca, nunca se bajó del estrellato; siempre encabezó los créditos de sus películas. Sólo en Juan sin miedo (1938) el nombre del torero Juan Silveti apareció antes que el suyo. A pesar de Pedro Infante y otros, todo parece indicar que, como cantante del cine mexicano, no hubo otra figura igual a la suya. En las películas que más fama le dieran, la música y las canciones eran, por lo regular, de la inspiración de Manuel Esperón, con letras de Ernesto Cortázar. 

Sin embargo, en un principio el afamado actor-cantante se mostró renuente a interpretar la música consustancial al ambiente ranchero. Tanto fue así que, a sus espaldas, mientras se hallaba en el exterior, Manuel Esperón compuso las canciones de ¡Ay, Jalisco, no te rajes! (1941). A su regreso, Negrete, colérico, dijo que él no era mariachi; con todo, al ir cantando las composiciones ("¡Ay, Jalisco, no te rajes", "Traigo un amor", "Fue casualidad" y otras), fue entusiasmándose y puso su corazón en ellas. Lo demás es historia. El éxito fue rotundo. En la cinta El mariachi a la fuerza hizo pareja con Gloria Marín, con quién trabajó en varias películas más. 

Libertad Lamarque consideró en su Autobiografía que fue "una gran equivocación" que ella y Negrete, dos mimados del público latinoamericano, no interpretaran tres o cuatro canciones en Gran Casino (1947), una de las películas que Luis Buñuel dirigiera en México, hoy considerada a pesar de no haber gustado en su momento, como un clásico de esta cinematografía. 

En Hollywood, Negrete incursionó solo una vez, sin trascendencia alguna: El rancho de las flores (1941). Años después, en 1950, Rafael Gil lo dirigió en Teatro Apolo, cinta rodada en España. Empero, lo más importante de su carrera, en lo que al cine respecta, sin duda estuvo como escenario a México, desde donde su popularidad se extendió a todo el continente latinoamericano. 

Aprovechándose inteligentemeante del éxito de filmes como El peñón de las ánimas, Me he de comer esa tuna, ambos de Miguel Zacarías, y de tantos otros en los que, además de actuar, cantaba, Negrete realizó giras triunfales por Buenos Aires, Lima, Madrid. En la Habana arrebató al público al cantar "La viuda alegre". Su contacto con la isla posibilitó, además, que grabara una composición antológica de Manuel Corona: “Longina”.

Negrete filmó cerca de 40 películas. En ellas se escucharían, entre muchas otras, canciones como "Caminos de ayer", de Gonzalo Curiel; "Una palabra, una oración", de Alfonso Esparza Oteo; ¡Ay, Jalisco, no te rajes!", "Cocula" y "Me he de comer esa tuna", de Manuel Esperón; "Ojos tapatíos", de Fernando Méndez Velázquez; "Cartas a Eufemia", de Rubén Fuentes, así como "Si tú te enamoraras", de su propia inspiración. 

En Reportaje, Negrete cantó "La que se fue", de José Alfredo Jiménez. Su episodio junto a María Félix -por allí desfilaron las más cotizadas estrellas del cine mexicano de entonces- es lo mejor de esta película, la penúltima que hizo dirigida por Emilio Fernández. En la última El rapto, una comedia ranchera también del Indio, se dejó escuchar en "El jinete" y otras memorables melodías propias del género que tanto cultivo. 

A pesar de la importancia de su voz, puesta al servicio del cine, al hacer un balance de su carrera se reconoce que Negrete tuvo "actuaciones dramáticas muy estimables" en Historia de un gran amor, de Julio Bracho, y en Canaima, de Juan Bustillo Oro, cuyo argumento descansa en la novela de Rómulo Gallegos.

En aquellas películas de los años cuarenta y cincuenta -algunas producidas por él mismo y su hermano David-, por lo regular llenas de canciones, el plato fuerte de la época, Negrete hizo pareja con María Elena Marqués, Amanda Ledezma, Elsa Aguirre, Miroslava, Carmen Sevilla y otras. 

Figura carismática, hombre de recio carácter, hay que decir también que fue fundador de la Asociación Nacional de Actores (ANDA), "una fuerza sindical y política de gran importancia" en México. 

Como homenaje póstumo, en 1955 el realizador Rafael J. Sevilla, con los números musicales de sus películas más importantes, a los que añadió el noticiero de sus funerales, armó el filme El charro inmortal.


(Tomado de: Calderón González, Jorge - Nosotros, la música y el cine. Universidad Veracruzana, Jalapa de Enríquez, Veracruz, 1997)

sábado, 2 de mayo de 2026

Toña La Negra y el cine


Toña La Negra 

No sé porque con la distancia 

todos los pensamientos se avivan más,

será tal vez esa fragancia 

que dejan en el alma 

las cosas que se van.

Agustín Lara,

en la voz de Toña La Negra 


Con toda la magia del Caribe, despojada de artificios, sólo con la fuerza de lo natural-profundo, la voz de Toña La Negra crecía y llenaba su entorno al decir, mientras el músico poeta la acompañaba al piano: "Por qué negar que fue la vida/ la que a nuestras almas vino a separar/ y por qué mentir/ si es imposible/ que el corazón pueda sin amor vivir…”.

María Antonia del Carmen Peregrino Álvarez, artísticamente conocida como Toña La Negra (1912-1982) y don Agustín se conocieron en la capital mexicana, en 1932, cuando ambos asistían a una fiesta particular. Toña tenía entonces 20 años y en medio de aquellas personas se expresó del único y mejor modo en que sabía hacerlo: con su voz. Nomás la escuchó, el maestro, "pasmado" -así lo diría en sus memorias-, inquirió: "¿De dónde ha salido usted?", a lo que la joven, tal vez un poco azorada, solo atinó a responder: "Nadie, soy nadie, señor Lara”.

Sin embargo, a fines de aquel mismo año, Toña y Agustín -para ella especialmente escribió la canción "Lamento jarocho"- comenzaron a actuar juntos en una revista musical del teatro Esperanza Iris. Y esa unión, maravillosa complicidad artística, se mantuvo a través de los años en la radio, los escenarios, los discos y las películas. 

Muchos años después de aquel feliz encuentro que unió al autor y a una de sus mejores intérpretes, un profundo conocedor del cine mexicano, Emilio García Riera, escribió: "Para que el pecado se luzca en su cabaretera plenitud, debe llevar, como fondo, canciones de Agustín Lara en la voz de Toña La Negra". Las palabras del acucioso investigador expresan de algún modo lo que fue el paso de la cantante veracruzana por el cine mexicano a través de un largo periodo, iniciado en 1934 y que se extendió, según todo parece indicar, hasta fines de los años cincuenta. 

Pero en aquellas películas -muchas, es verdad, asociadas al cabaret que había inventado el cine mexicano de la época- es justo señalar que Toña La Negra también interpretó a otros compositores, mexicanos o no. 

La aventura cinematográfica de la cantante comenzó con Payasadas de la vida, filme de Miguel Zacarías en el que interpreta canciones de Ernesto Lecuona y Gonzalo Curiel. A esa película se sumaron otras dos: Así es mi tierra y Águila o sol, ambas de 1937, con música y canciones de Ignacio Fernández Esperón (Tata Nacho) y Rafael Hernández. Entretanto, también apareció, al lado de Agustín Lara en un corto musical dirigido por Arcady Boytler. 

Los años cuarenta exigieron una mayor participación suya en el cine mexicano, sin que por eso desatendiera sus compromisos con la RCA Víctor. A dicho decenio corresponden, entre otras películas, Amor de la calle, María Eugenia y Konga roja inspirada una y otras, respectivamente, en El bolero de Fernando Zensido Maldonado y la música de Manuel Esperón. Por su parte, Humo en los ojos, Cortesana, Revancha y Mujeres en mi vida, de la misma década, contienen, como es fácil inferir, música y canciones del maestro Agustín Lara. 

En 1950, en La mujer que yo amé, Toña, interpretándose a sí misma, dialoga con el inspirado autor con el que estaba tan plenamente identificada. Ese mismo año, apenas sin pausa, la vemos en planos que duran lo que una canción en Víctimas del pecado, Amor vendido, Pecado, En carne viva y Una gallega baila mambo

Sin embargo a partir de 1951 su incursión al cine disminuyó ostensiblemente; tanto, que sólo se hará patente, según nuestras fuentes, en Los enredos de una gallega, Música de siempre y Bolero inmortal, título con el que parece concluir su relación con el cine. 

Hay que añadir que, simultáneamente a su labor cinematográfica, en ese otro mundo apasionante que es el de las grabaciones -dejó 75 discos de larga duración-, a través de los años, Toña La Negra, con su voz inconfundible que tantas cosas dijo a los enamorados, se impuso en cientos de composiciones. Bástenos mencionar, porque ellas son las condensación de su estilo único, "Cenizas", de Wello Rivas; "Este amor salvaje", de Miguel Valladares; "La gloria eres tú", de José Antonio Méndez, o "Si me pudieras querer", de Ignacio Villa (Bola de Nieve).


(Tomado de: Calderón González, Jorge - Nosotros, la música y el cine. Universidad Veracruzana, Jalapa de Enríquez, Veracruz, 1997)

martes, 31 de marzo de 2026

Pedro Vargas y el cine

 


El tenor de las Américas 

Intérprete oficial del músico-poeta, don Pedro Vargas cantó entre otras muchas canciones de Agustín Lara, aquella que decía: "La palidez de una magnolia invade/ tu rostro de mujer atormentada/ y en tus divinos ojos verde jade/ se adivina que estás enamorada/ se adivina que estás enamorada...". Mas en su vasto repertorio también hubo canciones de Guty Cárdenas, Consuelo Velázquez y de muchos otros notables compositores de su tierra: México. El tenor de las Américas nació en San Miguel de Allende, Guanajuato, el 29 de abril de 1906. Muy joven, junto a Alfonso Ortiz Tirado y Juan Arvizu, comenzó a cultivar su voz con el maestro José Pierson. Estudió, además, piano y solfeo. 

Don Pedro -lo recuerdo muy bien en su disco de larga duración Vargas sings Matamoros, en el que incluyó los boleros del sin par santiaguero-, al concluir sus presentaciones, siempre decía el público: "Muy agradecido, muy agradecido y muy agradecido", palabras con las que remataba una actuación sostenida de punta a cabo, sin inútiles aditamentos, por su melodiosa voz. Parco en el decir, lo único que importaba era precisamente su voz. 

Contratado por la RCA Víctor desde los inicios de su carrera, Pedro Vargas grabó cerca de tres mil canciones, algunas de las cuales tuvieron mayor difusión a través del celuloide, cuando el tenor, en ocasiones interpretándose a sí mismo, otras en breves intervenciones o en destacado papel, las imponía en las películas -más de 60- del cine mexicano que se hizo durante las décadas que fueron de los años treinta a los sesenta.

En su primera gira al exterior, en 1933, Pedro Vargas, junto a Agustín Lara, viajó a Cuba; empero, por razones políticas no pudieron hacer presentación alguna en la isla. El binomio regresó a México "en un barco de carga y sin un peso", según apunta Jaime Rico Salazar. 

Tres años después, dirigido por Ramón Peón, Pedro Vargas (su nombre ocupaba el tercer lugar en los créditos) debutó en el cine con Los chicos de la prensa, una película con música de Daniel Pérez Castañeda y canciones de Sergio de Karlo, el autor de "Flores negras". Más tarde, en 1938, a pesar de la presencia de Pedro Armendáriz en el reparto, Vargas devino el principal intérprete -encarnando a un tenor de espectáculo teatral- en Canto a mi tierra o México canta, filme dirigido por José Bohr, con música de José Sabre Marroquín y canciones, entre otros, de Alfonso Esparza Oteo y Pepe Guízar.

Caballería del imperio abre la brecha de los años 40 con Miliza Korjus, la soprano del Metropolitan Opera House que ya había impactado en El gran vals, de Julien Duvivier. Pedro Vargas muestra, en esta cinta mexicana dirigida por Miguel Contreras Torres, "las excelencias de su escuela de canto". Aquel filme fue sólo el inicio de la década. Hubo otros más, entre ellos Soy puro mexicano, de Emilio Fernández; Ojos de juventud de Emilio Gómez Muriel (con música de Manuel Esperón); Un pecado por mes, de Mario Lugones que se rodó en Argentina, así como A la Habana me voy, coproducción cubano-argentina dirigida por Bayón Herrera. 

Especial importancia en la filmografía del tenor tuvieron los años cincuenta, iniciados con La mujer que yo amé, de Tito Davison. En aquel melodrama, que perseguía ilustrar la vida de Agustín Lara con sus propias composiciones, Pedro Vargas -¿quién mejor que él?- canta: "Sabes de los filtros que hay en el amor/ tienes el hechizo de la liviandad...". Así pues, una tras otra se suceden La marquesa del barrio, Del can can al mambo, Caribeña (coproducción mexico-guatemalteca), Reportaje, Espaldas mojadas, Música en la noche, Bodas de oro, Flor de canela (en ella aparecen el tenor y su pianista Alvarito), La vida de Agustín Lara, La vuelta a Cuba en 80 minutos y Las canciones unidas. En esta última, que contó con tres realizadores, entre los muchos intérpretes internacionales, correspondió a Pedro Vargas representar a su país.

Todavía en los años sesenta el Tenor de las Américas era llamado por los directores de cine para aparecer, de cuando en vez, frente a las cámaras. Ese largo ciclo que abarcó sus experiencias cinematográficas iniciado en 1936, parece concluir tres décadas después, con El jibarito Rafael, coproducción mexico-puertorriqueña en la que Julián Soler, su realizador, recrea la vida de Rafael Hernández, "el cantor de la Perla de los Mares”.

En años recientes, cuando incluso ya no puede contarse con la imagen del tenor -falleció en 1989-, en películas más o menos evocadoras, nostálgicas, que se sitúan en la onda retro por exigencias de sus propios argumentos e historias -Modelo antiguo, por ejemplo-, algunos realizadores todavía incluyen, en off, la voz del inolvidable Pedro Vargas.


(Tomado de: Calderón González, Jorge - Nosotros, la música y el cine. Universidad Veracruzana, Jalapa de Enríquez, Veracruz, 1997)

miércoles, 25 de febrero de 2026

Tito Guízar y el cine



 Tito Guízar

En un cine en el que lo musical era la clave del éxito -los guiones se elaboraban alrededor de las canciones y éstas se intercalaban escena tras escena-, resultó natural que, antes que Jorge Negrete y Pedro Infante, una figura como Tito Guízar (Guadalajara, Jalisco, 1908), actor, cantante y compositor, fotogénico y carismático además, aunque su físico no correspondiera al del mexicano típico, hallase fácil acomodo. 

Sin embargo, antes de su entrada al cine, el astro triunfó en los Estados Unidos, a través del disco, como singing latin lover y, contratado por la Columbia Broadcasting, actuó en un programa radial, Tito Guízar y su guitarra, que se transmitía, con una hora de duración, dos veces por semana. 

Guízar, una de las voces que diera el cine mexicano -más tarde asimilado por la "fábrica de sueños"-, interrumpió sus estudios de medicina para dedicarse al canto. Una vez en el terreno que más le interesaba, recibió clases en Italia del barítono Mario Sanmarco, y posteriormente, cuando su carrera ya había alcanzado notable desarrollo, se perfeccionó con el tenor Tito Schipa

Con este background, considero que resultaba lógico que se pensara en él a la hora de decidir el rodaje de Allá en el Rancho Grande, producción llena de canciones compuestas por Lorenzo Barcelata ("Amanecer ranchero", "Por ti aprendí a querer", "Lucha María", "Coplas", "Presumida), José López Alavés ("Canción mixteca), y Silvano R. Ramos (Allá en el Rancho Grande"). Este último aseguró ser el autor de la pieza, hasta entonces anónima, que dio título a película tan notoria. 

Allá en el Rancho Grande (1936), la primera cinta protagonizada por Tito Guízar -su pareja fue la bella Esther Fernández-, "sentó las bases para que el cine mexicano se convirtiera en una verdadera industria", como ha apuntado García Riera. Paradójicamente, tuvo mayor aceptación en el mercado exterior que en el interno. Inauguró el subtitulaje en inglés, con vistas a una mayor distribución, y significó el primer premio internacional para el cine mexicano, concretamente para la fotografía de Gabriel Figueroa, en el Festival de Venecia. Todo ello, como es natural, contribuyó a la enorme popularidad del actor-cantante. Se dice que cuando estuvo en Cuba enloqueció a las mujeres. Sus fans, apasionadas, desbordaron el entusiasmo. 

El Guízar compositor afloró desde sus primeras películas. Si ya en Amapola del camino (1937) se escucharon "El nuevo procedimiento" y "Una vez más", en ¡Como México no hay dos! (1944), comedia folclórica auspiciada por la Federación Nacional de Charros, varias canciones suyas, entre ellas "Qué rechulo es el amor", "Mentiras" y "Arrepentido" se insertaron a la banda sonora. 

Al amparo de su espectacular inicio, desde 1936 hasta 1956 -año en que parece concluir su actividad cinematográfica-, Tito Guízar filmó más de 30 películas. Entre las más notables podemos mencionar El trovador de la radio, ¡Qué lindo es Michoacán!, junto a Gloria Marín, y Adiós, Mariquita linda, con música de Alfonso Esparza Oteo y canciones de Chucho Monge, Marcos Jiménez ("Adiós Mariquita linda") y del propio actor ("Por no estar correspondido"). 

Algo ensombrecida su estrella por la aparición de otro galán cantante, Jorge Negrete, hay que decir sin embargo que Tito Guízar no sólo hizo cine en México. En Hollywood, con más éxito que Negrete, contratado por la Paramount (en exclusiva) y más tarde por la Columbia y Republic, rodó varias películas, entre ellas St. Louis Blues (1939), comedia musical de Raoul Walsh en la que figurara en un tercer papel, junto a Dorothy Lamour y Lloyd Nolan. En esta etapa norteamericana Guízar fue el toque latino y estereotipado que aquellas películas caprichosamente imponían. En Argentina formó pareja con Amanda Ledesma en De México llegó el amor (1940). 

Al menos cuantitativamente, lo que no descarta la calidad de algunos títulos, los años cuarenta fueron los más importantes para Tito Guízar como actor cinematográfico. En este periodo volvió a trabajar con Esther Fernández en una versión costeña de su éxito inicial, ahora titulado Allá en el trópico. Asímismo, productos interesantes de aquellos años serían Marina, inspirado en la zarzuela, y El gallero, con canciones de Guty Cárdenas. 

En el decenio siguiente, sin embargo, aunque todavía lo veríamos en Música en la noche y Los hijos de Rancho Grande (nuevamente junto a Esther Fernández), comenzó a decrecer su popularidad. Se dice que El plagiario apenas llevó público a las salas. El pecado de ser mujer(1) anunció su ocaso. No obstante, en la memoria colectiva Tito Guízar quedará como el actor de la época dorada de Allá en el Rancho Grande, la película que abrió un nuevo camino al cine mexicano. 

(1) El pecado de ser mujer, dirigida por Zacarías Gómez Urquiza, se rodó en 1954. Guízar, coproductor, argumentista y actor principal del filme, fue secundado por Alma Rosa Aguirre y su hijo. Con música de Antonio Díaz Conde, contó, además, con dos canciones del autor: "Vida de mi vida" y "Tu vida y mi vida".


(Tomado de: Calderón González, Jorge - Nosotros, la música y el cine. Universidad Veracruzana, Jalapa de Enríquez, Veracruz, 1997)

viernes, 23 de enero de 2026

Silvestre Revueltas y el cine


Silvestre Revueltas 


¡Ah!, pero de tu nombre sale música, 

y de tu música como de un mercado, 

salen coronas de laurel fragante 

y manzanas de olor y simetría. 

Pablo Neruda 


Violinista, director y compositor, Silvestre Revueltas (1899-1940) está considerado como uno de los músicos más importantes de la primera mitad del siglo XX en nuestro continente. El maestro Erich Kleiver (a quien Revueltas debió mucho de su gloria), durante sus conciertos, no solía pasar por alto el "frenesí rítmico y la dinámica percutiente de algunas partituras" del gran compositor mexicano. 

En su autobiografía, Revueltas escribió: 

En la mayor parte de mis obras he procurado expresar el carácter algo indiferente, sentimental tal vez, pero siempre enérgico, alegre y muy definitivamente sarcástico, del pueblo de mi país. Nunca he usado temas populares o folclóricos, pero la mayor parte de los temas, o más bien motivos que he usado tienen un carácter popular. 

Sus ritmos, como el mismo señalara, son pujantes, dinámicos, fáciles y "visuales". No es sorprendente, pues, que durante los años treinta e inicios de la siguiente década, él también haya hecho música para cine. 

Alejo Carpentier afirmó:

Redes, su partitura para una película, sin ser de las más importantes de Silvestre Revueltas, está marcada, en todos momentos, por la garra de su vigorosa personalidad. 

Al destacar sus valores, el escritor señaló muy especialmente a "Funeral", segundo segmento de la suite. Dirigida en 1934 por Fred Zinneman y Emilio Gómez Muriel, a Redes -tuvo como escenario el pueblo de pescadores de Alvarado, Veracruz- se le atribuye haber sido la primera película en nuestro continente en abordar la temática obrera. Cinta ejemplar, bella por su música y sus imágenes, obra plena en cuanto a calidad, poesía y mensaje, Redes, según opinión de Juan Marinello, constituye "una gran fecha en el cine americano”.

Un año después, en ¡Vámonos con Pancho Villa!, junto al realizador Fernando de Fuentes, Revueltas abordó su siguiente trabajo para cine. La película con Antonio R. Fraustro y Domingo Soler (Pancho Villa) como protagonistas, fue, en esencia, la "saga de seis campesinos, su incorporación al villismo y su muerte violenta”.

Meses más tarde, Revueltas creó la música de El Indio, filme dirigido por Armando Vargas de la Maza, que contó además con canciones y coros de Manuel Castro Padilla. Sin embargo, fue con Chano Urueta, cineasta que recorrió todos los géneros del cine mexicano, con quien el compositor realizó una labor mucho más extensa. La primera obra en común fue El signo de la muerte. A ésta siguieron La noche de los mayas, basada en una historia del poeta yucateco Antonio Médiz Bolio; ¡Que viene mi marido! y Los de abajo, inspirada en la novela del mismo título de Mariano Azuela. Estas películas se filmaron en 1939. 

Un año después su filmografía concluye con Mala hierba, de Gabriel Soria. Sin embargo, de todas sus composiciones para cine, la más difundida en salas de concierto ha sido Redes. Según señaló Carpentier en 1952, 

Esta partitura servirá de excelente introducción al conocimiento de la obra de un músico que los compositores de nuestro continente sitúan ya con razón entre sus clásicos. 


(Tomado de: Calderón González, Jorge - Nosotros, la música y el cine. Universidad Veracruzana, Jalapa de Enríquez, Veracruz, 1997)

Escucha Redes AQUÍ

viernes, 11 de octubre de 2024

Viento negro (1964)

 



Viento negro 

México, 1964 

Marco Villa | Historiador 

Filmada en el desierto de Altar, esta cinta recrea la trágica historia de una quinteta de trabajadores enviados ahí en 1937 para rectificar el trazo de la línea por la que correría el tren que comunicará a Mexicali con el resto del país. 


"Tengo tres razones para vivir: mi hijo, partir este maldito desierto y tu amistad", le responde el capataz Manuel Iglesias a Lorenzo Montes, luego de que este intentara agredirlo mientras le reclamaba por los golpes que dio a su propio hijo, así como por su rudo carácter para con sus subordinados. Cierto es que los une una gran amistad, pero Montes, envalentonado por la ebriedad, no repara en calificarlo de "ogro malencarado". Y es que además de su incansable tesón en el trabajo, al temerario Manuel lo distingue el inflexible trato que da a los rieleros, quienes se fajan de sol a sol para cumplir con la encomienda de montar las vías del ferrocarril Sonora-Baja California que atravesará el gran desierto de Altar. 

Es la década de 1930. Los años del esfuerzo cardenista por dar a México renovadas señales de progreso, como extender la red ferroviaria. A decir de la mesa directiva de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas (SCOP), la empresa luce imposible y solo un hombre de la talla de Manuel (interpretado por David Reynoso) podría intentar sacarla adelante. Para los funcionarios, el inclemente clima, las limitaciones técnicas y de recursos podrían poner en riesgo la misión, pero la prestigiosa dirección del Mayor les significa una gran esperanza y por ello lo ha nombrado primer jefe de cuadrilla de la División del Sur. 

Manuel sabe que la vida no está exenta del caos y la angustia cuando se pasan largas temporadas en el desierto, "un tigre dormido que en cualquier momento puede despertar". Por si fuera poco, la súbita presencia del viento negro (tormenta de arena que acarrea con fuerza las cenizas y el polvo de roca volcánica negra del Pinacate) realza el drama y la posibilidad de la muerte cuando, en una misión de exploración, su hijo (Enrique Lizalde) se extravía junto con don Lorenzo (José Elías Moreno) y otros tres trabajadores. El hijo de Iglesias, ingeniero del IPN, tendrá que sacar lo mejor de sí para no sucumbir e incluso es quien anota las anheladas coordenadas que serán la referencia más importante para partir el desierto en dos, como tanto quería el Mayor. 

Esta película rememora los trabajos avalados por la administración de Lázaro Cárdenas, a través de la SCOP, para realizar el trazo y tendido de las vías férreas que conectarán la península bajacaliforniana con Sonora y otros territorios. La tarea, que supuso un gran reto para el gobierno, logró cumplirse al cabo de varios años contra todo pronóstico y pese a la tragedia de los desaparecidos contada en el filme y otras vicisitudes. Aparte, cuando por fin corrió el tren, comenzó una inmigración masiva hacia Mexicali, que pasó de ser una localidad de menor población e infraestructura a una importante ciudad del norte mexicano. Se ha dicho, además, que esta importante obra de las comunicaciones evitó que la península de Baja California terminara anexada a Estados Unidos. 

Con argumento de Mario Martini, el cineasta Servando González Hernández (1923-2008) no solo presenta una visión introspectiva de la industria del riel en los años treinta del siglo pasado, sino también una sensible descripción social y antropológica de los personajes.


(Tomado de: Villa, Marco. Viento negro. Relatos e historias en México. Año XII, número 137. Ciudad de México, 2020)

lunes, 22 de abril de 2024

La rebelión de los colgados (1954)



La rebelión de los colgados

México, 1954


Basada en una obra de Bruno Traven, este filme recrea la explotación de los campesinos en los campos madereros chiapanecos, así como su lucha por mejorar sus condiciones de vida. Es el inicio de la Revolución…


Marco Villa | Historiador


"En un ranchito que formaba parte de la colonia agrícola libre de Cuishin, en los alrededores de Chalchihuistán, vivía Cándido Castro, indio tzotzil, en compañía de su mujer, Marcelina de las Casas, y de sus hijitos, Angelino y Pedrito. Su propiedad alcanzaba más o menos dos hectáreas de un suelo pedregoso, seco, calcinado, que exigía un trabajo durísimo a fin de obtener de él el alimento necesario para los suyos", escribe Bruno Traven al inicio del cuento "La rebelión de los colgados", en que está basada la película aquí presentada.

Un día, Cándido (interpretado por el joven Pedro Armendáriz) se apresta a llevar a Marcelina a la ciudad más cercana porque ha enfermado. El doctor le diagnostica una posible apendicitis y por la operación le cobra doscientos pesos, que necesitará conseguir. Don Gabriel le presta el dinero a cambio de firmar un contrato que más que establecer el pago de la deuda, manda a Cándido a la montería de caoba de la que Félix Montellano (Carlos López Moctezuma) y sus hermanos Severo y Arcadio son los contratistas, pues el lugar es propiedad de manos extranjeras. Ahí será explotado con otros indígenas, quienes soportan los drásticos castigos y trabajan de sol a sol bajo el agobiante clima de la selva chiapaneca.

Es el tiempo en el que convergen el ocaso del Porfiriato y el estallido de la Revolución mexicana. También cuando las voces insurgentes encabezadas por Francisco I. Madero llamaron a sus filas a los sectores campesinos e indígenas, por décadas asolados por los abusos económicos y laborales, así como por la violencia. Y el campo maderero de los Montellano no es la excepción: los peones que cometen faltas son colgados de las manos toda la noche. Pero estos hacendados confían en que don Porfirio estabilizará al país luego de encarcelar A Madero. "Todo el país está en crisis [pero] nuestra respuesta debe ser caoba, caoba y más caoba. Mañana abriremos un nuevo campo cerca del río. Y sacaremos toda la madera, así tengamos que colgar a todos los indios de Chiapas por el cuello", dice don Severo, entre risas y sorbos de licor.

Filmada a partir de febrero de 1954 en los estudios Churubusco y en Chiapas y estrenada el siguiente noviembre en el cine Chapultepec de Ciudad de México, La rebelión de los colgados fue la segunda adaptación de una obra de Bruno Traven -la primera fue El tesoro de la Sierra Madre (EUA, 1947)-. Se cuenta que, durante el rodaje, los desacuerdos entre el productor José Kohn y el Indio Fernández terminaron con la renuncia de este y la llegada de Alfredo B. Crevenna a la dirección; sin embargo, el nuevo realizador no estuvo a la altura y "mucho fue salvado" por Gabriel Figueroa, a decir de la editora Gloria Schoemann. "Gracias a su maravillosa fotografía -añade- pudimos resolver el problema con una secuencia en la que faltaba una balacera que no se filmó. De su negativo pudimos sacar una escena de noche".

La película dividió opiniones de la crítica en nuestro país. Pese a ello, fue seleccionada para participar en el Festival de Venecia, donde la prensa publicó que "fueron plenamente merecidas las ovaciones finales de la numerosísima concurrencia que sobrepasó el cupo de la gran sala del Palazzo del Cinema y de la vasta Arena (Il Gazzetino)."


La rebelión de los colgados 

Dirección: Emilio Fernández y Alfredo B. Crevenna. 

Música: Antonio Díaz Conde. 

Protagonistas: Pedro Armendáriz, Ariadna Welter, Carlos López Moctezuma, Víctor Junco, Amanda del Llano, Tito Junco, Ismael Pérez Poncianito, Álvaro Matute.

Duración: 85 minutos.


(Tomado de: Villa, Marco. Vamos al cine: La rebelión de los colgados. Relatos e historias en México, año 12, número 135. Ciudad de México, 2019)