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jueves, 9 de julio de 2026

Juegos privados

 


Juegos privados 

Fuera de la plaza pública, fue también común la práctica del juego en la época virreinal y en el México independiente. No se busca aquí el espectáculo, sino el mero placer del ejercicio lúdico, o del despliegue de las destrezas propias. El mayor, y acaso mejor ejemplo de esto se encuentra en competencias de raíz plenamente conocida por los primeros mexicanos: la pelota. El objeto esférico que bota, rebota, se desliza, vuela, golpea, curvea, se detiene, está -como hemos visto- en el centro de las prácticas lúdicas del México prehispánico y de todas las grandes culturas. Los colonizadores españoles introdujeron con éxito la práctica de lo que ahora conocemos como frontón y de las bochas, modo primitivo del actual boliche que -otra vez- divertía a Hernán Cortés, y de un juego análogo: los bolos (cuyo antecedente azteca, el totoloque, fue practicado por Cortés con el emperador Moctezuma, según relata Díaz del Castillo).

También bolas -de marfil en este caso- fueron el principal elemento de dos juegos fundados en la habilidad de los competidores, y a la vez muy cerca de la frontera de los juegos de envite de los que nos ocuparemos más adelante En primer término están los trucos, juegos desplegados sobre una mesa cubierta con un paño cercada por barandas y provista, de trecho en trecho, de bocas (las buchacas que conocemos) que tragaban las bolas de un jugador que el contrincante empujaba con un taco de madera. En ocasiones se empleaban sólo tres esferas, que hacían carambola al chocar. Como puede verse, la práctica de los trucos es un antecedente directo del billar. José Joaquín Fernández de Lizardi en su Periquillo sarniento advierte acerca de sus riesgos: dice que su promoción usualmente sirve como máscara; tras las desvencijadas mesas donde se afanaban los truqueros habría garitos en los que medraban los tahúres. Por ello, en la Nueva España la práctica de los trucos fue prohibida a los trabajadores, con excepción de los días festivos. 

Hacia finales del siglo XVIII comenzó a practicarse en nuestras tierras el billar. Al comienzo, las partidas carecían de espectadores y también de fines de ganancia por parte de los que jugaban. Intentar y lograr carambolas no tardaría en volverse un pasatiempo urbano de poderosa seducción. Al hacer referencia al billar, cuyo esplendor ocurre en el siglo XIX, no será posible soslayar la mirada que tendió el cronista Manuel Gutiérrez Nájera hacia la geometría desplegada sobre el tapete verde. En uno de sus textos, firmado con el seudónimo de Junius, el también altísimo poeta mexicano nos cuenta: "Las bolas de marfil travesean como duendes retozones, corriendo de un extremo al otro de la mesa. Los jugadores siguen impacientes las correrías de la pequeña bola, que ya obedece ciegamente y como esclava la voluntad de su señor, ya se resbala y salta enfurecida, como un corcel que se encabrita. A cada rato, el jugador suaviza con el cosmético el casquillo de su taco. No bastan ya las mesas que hay en el salón para los aficionados a la carambola, ni aun las bancas para ofrecer como de asiento a los curiosos. Los mozos corren del salón a la cantina y cada instante se oye el choque del marfil o el golpe seco de una bola cayendo en la buchaca." Gutiérrez Nájera da cuenta también de cómo "los chicos, menores de veinte años... juegan ranflas, guerra o carambolas". Los llama "prófugos de la escuela"; son los nuevos, y constantes, moradores de los salones donde se desarrolla un juego que ha llegado a nuestros días tal cual fue practicado por nuestros ancestros.


(Tomado de: Reyes, Juan José - Cuestión de suerte, Editorial Clío, libros y videos S. A. de C. V., México 1997)

jueves, 4 de junio de 2026

Juegos públicos

 


Juegos públicos 

Durante los tres siglos del virreinato, todos los estratos de la sociedad novohispana se entregaron a la práctica de juegos muy diversos, traídos a esas tierras por los conquistadores. Como veremos en los próximos capítulos, tales prácticas propiciaron varios excesos y desórdenes, que las autoridades se afanaban en reprimir, sin éxito. A la vez, había juegos que implicaban pura diversión, como las carreras de caballos a tropel (que trajo el virrey Luis de Velasco), en celebración de los patronos de cada lugar donde ocurrían, mediante recorridos reiterados por calles y plazas de la Ciudad de México. Pronto también comenzaron las carreras hípicas de competencia, como registra Bernal Díaz del Castillo: "corrieron caballos desde una plaza, que llaman el Tetelulco, hasta la plaza mayor, y dieron ciertas varas de terciopelo y raso para el caballo que más corriese y primero llegase a la plaza”.

La lidia de toros bravos también llegó pronto a la Nueva España. La primera corrida americana ocurre en 1529, en nuestro territorio, en festejo de la conquista de Tenochtitlan. No mucho después, el hombre que había encabezado aquella empresa se volvió torero: Hernán Cortés, un apasionado del juego, como hemos visto ya, lidió reses bravas en 1538. Prohibidas efímeramente por la Iglesia católica a mediados de aquel siglo XVI, las corridas taurinas pronto dejaron de ser diversiones exclusiva de personas ricas y se convirtieron en un espectáculo popular, para el creciente disfrute de aficionados del pueblo, que no tardarían en participar directamente en la llamada fiesta brava. Tal entusiasmo no declinaría, a pesar de lo efímero de las plazas y de la mudable legalidad de la propia práctica de la tauromaquia. Miguel Hidalgo e Ignacio Allende fueron consumados taurófilos, tanto como su adversario Félix María Calleja, quien buscó allegarse fondos para su causa mediante la promoción de corridas, como tiempo después haría Benito Juárez antes de prohibir, en 1867, la lidia de reses bravas. 

Vinculado directamente con la montura hípica y la lidia taurina está uno de los juegos más populares que trajeron a estas tierras los españoles. Se trata del juego de cañas, descrito por Alfonso el Sabio en Las partidas como un ejercicio que consiste en "cabalgar, cazar e jugar toda manera de juegos e usar toda manera de armas según conviene a hijos de reyes". Podría interpretarse como una esgrima ecuestre en la que, protegidos con escudos y sobre caballos provistos de elegantes arneses, varios caballeros forman dos cuadrillas que se enfrentan entre sí, primero luciendo espadas y después arrojando cañas largas despuntadas. Al final del juego, las cañas romas se trocaban por cañas afiladas, que los caballeros sostenían en sus monturas para dar muerte a los toros que se soltaban en la plaza. Hernán Cortés, nuevamente, en este caso fue jugador, y Torquemada refiere que una vez recibió "un cañazo en un empeine del pie que estuvo malo y cojeaba”.

Junto con el poder virreinal declinaron el juego de cañas y otros también de índole ecuestre, como el de moros y cristianos (de fines didácticos dirigidos a la población indígena) y el de corridas de sortijas o anillos. Eran, todas ellas, prácticas lúdicas espectaculares, es decir, estaban destinadas a ser vistas y disfrutadas por un público que no ganaba más que ratos de necesaria diversión.


(Tomado de: Reyes, Juan José - Cuestión de suerte, Editorial Clío, libros y videos S. A. de C. V., México 1997)

lunes, 4 de mayo de 2026

Azar y mestizaje

 


Azar y mestizaje 


El primer juego que practicó el conquistador en lo que poco después sería la Nueva España fue un juego azteca, el totoloque, que consistía en lanzar pequeñas piezas de oro hacia el suelo, en un campo de cinco líneas. No dejaría de jugar nunca, mientras duró su empresa guerrera y política. Uno de los suyos -Pedro de Alvarado- le ayudaba a hacer trampas en el marcador. El oponente, nada menos que Moctezuma, río ante la chapuza descubierta. También él y sus soldados lo hicieron de buena gana. 

La anterior, desde luego, es una anécdota de Hernán Cortés. Con él llegaron a esas tierras los naipes, a los que era tan aficionado. Entre sus hombres Hernán Cortés permitió, y aún propició, la práctica de aquel juego y la de los dados, con el fin de ahuyentar el sueño en los campamentos nocturnos y evitar ataques inesperados. Lo cierto es que no todas las embestidas de esa índole podían ser evitadas, como recuerda ante Artemio de Valle-Arizpe, y registró José Luis Martínez: "en una ocasión varios señores nobles convencieron a Cortés de jugar a las barajas en una de sus casas. Era un día de tormenta creciente, y no tardó un rayo en irrumpir en la mesa de los jugadores. Deshizo todo, pero mantuvo con vida a los atemorizados señores. Cortés juró entonces no permitir más juegos en su casa, pero siguió disfrutando de una de sus mayores aficiones en casas de sus amigos.”

Los españoles generalizarían en todo el virreinato el gusto por el juego, lo que ciertamente propició la convivencia y sin duda también inconformidades que terminaban en grescas. Aquella generalización llegó a tanto, que en uno de los patios del palacio real se celebraban, entre gritos, un juego de trucos y uno de baraja, en un desplumadero abierto día y noche, según cuenta el mismo don Artemio. Desde luego que no sólo los españoles entregaban su suerte al azar. Los indígenas que, -como hemos visto- realizaban varias prácticas lúdicas, no tardaron en aficionarse a los naipes y a cruzar apuestas. Era común, por otra parte, que los ibéricos desempleados en el virreinato, errantes con frecuencia y en ocasiones moradores de poblaciones indias, fueran adictos a los juegos de cartas, de dados y a las peleas de gallos. Menudeaban en esas prácticas, hacia su reiterados desenlaces, los hechos violentos. Tampoco establecidos con firmeza en el orden social imperante, los mestizos solían entregarse a toda clase de competencias azarosas, frecuentemente clausuradas de modo cruento. 

La disposición lúdica del azar no se observaba sólo en los jolgorios populares. Las cartas de la suerte serían también vías expeditas de la exposición de valores que habrían de ser compartidas por los colonizadores y los dueños originales de esta tierra. En el diseño de los naipes puede verse, según ha registrado puntualmente María Isabel Grañén Porrúa, una enorme variedad de procedencias, diseños, significados e intenciones alegóricas. En este terreno el juego azaroso ha abandonado su campo circunscrito en una esperanzada distensión para acceder al lenguaje esotérico del tarot, a la irrupción de imágenes que requieren de interpretación especial; en estos naipes se intentaba una didáctica, se hacían convivir de manera central la fuerza inevitable del azar con las imágenes mismas de personajes y figuras míticas en las cartas. El mestizaje no se alejaría en ningún sentido de la reiterada búsqueda del azar. Incluso en su proceso de evolución hizo coincidir -en una carta correspondiente a un juego de 1583- una escena de juego del volador mexicano con la embestida de dos toros españoles. El juego había comenzado.


(Tomado de: Reyes, Juan José - Cuestión de suerte, Editorial Clío, libros y videos S. A. de C. V., México 1997)

martes, 21 de abril de 2026

Entrevistando a las pirámides 7, Templo Mayor

 


Entrevistando a las pirámides 7 Templo Mayor 


Nuestro entrevistador de pirámides fue también niño y tuvo en su infancia un libro con muchas estampas ,que se llamaban Orbis Pictus. Ahora recuerda que entre ellas había una que representaba el templo de los indios de México, iluminada por él con lápices de colores. Había muchos indios ajetreados por delante del templo. Todo lo demás era incomprensible para él, en aquella estampa. Había, por ejemplo, una escalera. Pero no como las escaleras de las casas que él estaba acostumbrado a ver. Aquella escalera conducía directamente al sol. Había, además, en aquel grabado, casas que no era posible imitar con la caja de construcciones. Una de ellas se parecía a la fábrica de gas situada en el arrabal de la ciudad en que él vivía y de la que entraba siempre en la cocina un tufo desagradable. Había también una escuela de natación, aunque no es seguro que fuera eso. "Sí, seguramente es una escuela de natación; déjame en paz", gruñe el padre del futuro entrevistador de pirámides cuando éste le preguntaba a cada paso lo que era aquello. 

De buena gana echaría una parrafada con la pirámide del Orbis Pictus, si pudiese encontrarla. Pero sabe que no la encontrará. Después de aquel libro de estampas de su infancia ha leído muchos libros, entre ellos obras sobre México, y en todas ellas se asegura sin dejar lugar a dudas que el teocali de la capital fue demolido más concienzudamente que todos los demás templos del país. Que no ha quedado de él piedra sobre piedra ni el menor rastro y que sobre el solar en que antes se alzaba el templo indio levanta ahora su cruz la catedral de la nueva fe.

Y se comprende que los españoles volcaran su furia destructora con especial encono sobre este teocali. El odio y la rabia se unían aquí al celo proselitista de su religión, pues desde esta pirámide del rey y desde esta reina de las pirámides era desde donde se organizaba la resistencia contra los cruzados de la nueva fe y sobre sus altares corría la sangre de los hombres cristianos para aplacar la cólera de los dioses paganos.

El derrotado Hernán Cortés contemplaba impotente y desde lejos, según nos cuenta el poema de Heine, cómo conducían a sus hombres maniatados, escaleras arriba,

Al templo de Vitzlipuxtli, [Huitzilopochtli]

ciudadela para dioses,

hecha de ladrillo rojos,

que recuerda a los egipcios,

babilonios y asirios,

colosal monstruo de piedra 

que nos muestran las estampas 

del inglés Henry Martin.

Son las mismas escaleras,

anchas y formando rampa 

por las que suben y bajan 

millares de mexicanos.

Estas escaleras llevan 

en zigzag hacia lo alto 

hacia una inmensa terraza 

donde se alza el altar. 

El entrevistador recorre toda la catedral, buscando algún rastro del colosal monstruo de piedra", una piedra por lo menos, un ladrillo, con dibujos indios. Nada. Decepcionado, se dirige a la salida.

En este momento, resuena una voz que parece salir de las entrañas de la tierra:

-Aquí estoy -y luego, explicando el sentido de estas dos palabras-: la que tú buscas.

-¿Dónde estás?

-Sal a la calle, sigue la fachada de la catedral hacia el poniente y luego doblas hacia el norte, hasta que llegues a la primera esquina. 

El entrevistador sigue dócilmente la ruta que le marca la misteriosa voz. Al llegar al sitio indicado, en la esquina que forman las calles de la República Argentina y Guatemala, junto a un endeble cercado de alambre, mira primero en derredor suyo y luego hacia lo alto. 

-Mira hacia abajo -dice la voz. 

En efecto, a través del enrejado de alambre ve un solar de construcción, mejor dicho, de destrucción, a unos cuantos metros por debajo del nivel de la calle. Es todo lo que queda libre de lo que fue basamento de la gran pirámide. Restos de los muros sesgados, ángulos de piedra de 45 grados miran hacia arriba como los dientes rotos de la parte de abajo de una gigantesca quijada. Fragmentos de bajo relieves. Escombros de todas las edades. Cabezas de serpientes de plumas. Y un monolito con la figura de Quetzalcóatl. 

El entrevistador da las gracias a la pirámide descuartizada por haberle mostrado el camino de su cementerio. 

-Lo he hecho porque eres un europeo. En tus tierras, en ustedes mismos se está obrando ahora la misma salvación que nos trajeron a nosotros. Sus edificios, sus hombres están viviendo hoy tormentos mucho más espantosos que los que yo viví, a pesar de que su Hernán Cortés no era más que una caricatura ridícula y lamentable del nuestro. Ya va siendo hora de que nosotros enviemos al otro lado del océano a un escritor para que entreviste a sus ruinas.


(Tomado de Kisch, Egon Erwin. Descubrimientos en México. Volumen 1. Prólogo de Elisabeth Siefer. Edición aumentada. Colección ideas, #62. EOSA, Editorial Offset, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1988)

lunes, 10 de febrero de 2025

La caída de Tenochtitlan, 1521

 

15

La caída de Tenochtitlan 

por Hernán Cortés 


Cortés no se dejó abatir por las derrota de la Noche Triste. Desde la tierra amiga de Tlaxcala prepara la vuelta a la metrópoli Imperial. La segunda marcha sobre México-Tenochtitlan y su caída constan en la tercera de las Cartas de relación del Capitán, de la cual se entresacan los siguientes párrafos.


Quiso nuestro señor dar tanto esfuerzo a los suyos que les entramos hasta los meter por el agua, a las veces a los pechos, y les tomamos muchas casas de las que están en el agua; y murieron de ellos más de seis mil ánimas entre hombres y mujeres y niños, porque los indios nuestros amigos, vista la victoria que Dios nos daba, no entendían en otra cosa sino en matar a diestro y a siniestro [...]

Aquel día se mataron y prendieron más de cuarenta mil ánimas. Y era tanta la grita y lloro de los niños y mujeres, que no había persona a quien no quebrantase el corazón. E ya nosotros teníamos más que hacer en estorbar a nuestros amigos que no matasen ni hiciesen tanta crueldad, que no en pelear con los indios. La cual crueldad nunca en generación tan recia se vio ni tan fuera de toda orden de naturaleza como en los naturales de estas partes. Nuestros amigos hubieron este día muy gran despojo, el cual en ninguna manera les podíamos resistir, porque nosotros éramos obra de novecientos españoles, y ellos más de ciento y cincuenta mil hombres, y ningún recaudo ni diligencia bastaba para los estorbar que no robasen aunque de nuestra parte se hacía todo lo posible [...]

Viendo que estos de la ciudad estaban rebeldes y mostraban tanta determinación de morir o defenderse, colegí dos cosas: la una, que habíamos de haber poca o ninguna de las riqueza que nos habían tomado; y la otra, que daban ocasión y nos forzaban a que totalmente los destruyésemos. De esta postrera tenía más sentimiento, y me pesaba en el alma, y pensaba qué forma tenía para los atemorizar de manera que viniesen en conocimiento de su yerro y del daño que podían recibir de nosotros, y no hacía sino quemalles y derrocalles las torres de sus ídolos y sus casas. E porque lo sintiesen más, este día hice poner fuego a estas casas grandes de la plaza, donde, la otra vez que nos echaron de la ciudad, los españoles y yo estábamos aposentados, que eran tan grandes, que un príncipe con más de seiscientas personas de su casa y servicio se podía aposentar en ellas; y otras que estaban junto a ellas, que, aunque algo menores, eran muy más frescas y gentiles, y tenían en ellas Muteczuma todos los linajes de aves que en estas partes había; y aunque a mí me pesó mucho, porque a ellos les pesaba mucho más, determiné de las quemar, de que los enemigos mostraron harto pesar, y también los otros sus aliados de la laguna, porque éstos ni otros nunca pensaron que nuestra fuerza bastase a les entrar tanto en la ciudad, y esto les puso harto desmayo [...]

Miré [desde una torre] lo que teníamos ganado de la ciudad, que sin duda de ocho partes teníamos ganado las siete; e viendo que tanto número de gente de los enemigos no era posible sufrirse en tanta angostura, mayormente que aquellas casas que les quedaban eran pequeñas, y puesta cada una sobre sí en el agua y sobre todo la grandísima hambre que entre ellos había, y que por las calles hallábamos roídas las raíces y cortezas de los árboles, acordé de los dejar de combatir por algún día, y movelles algún partido por donde no pereciese tanta multitud de gente; que cierto me ponían en mucha lástima y dolor el daño que en ellos se hacía, y continuamente les hacía acometer con la paz; y ellos decían que en ninguna manera se habían de dar, y que uno solo que quedase había de morir peleando, y que de todo lo que teníamos no habíamos de haber ninguna cosa, y que lo habían de quemar y echar al agua, donde nunca pareciese. Y yo, por no dar mal por mal, disimulaba el no les dar combate.

Otro día siguiente tornamos a la ciudad, y mandé que no peleasen ni hiciesen mal a los enemigos. Y como ellos veían tanta multitud de gente sobre ellos y conocían que los venían a matar sus vasallos y los que solían mandar, y veían su extrema necesidad, y como no tenían donde estar sino sobre los cuerpos muertos de los suyos, con deseo de verse fuera de tanta desventura, decían que por qué no los acabábamos ya de matar; y a mucha priesa dijeron que me llamasen, que me querían hablar. E como todos los españoles deseaban que ya esta guerra se concluyese, y habían lástima de tanto mal como hacian, holgaron mucho, pensando que los indios querían paz. Con mucho placer viniéronme a llamar y a importunar que me llegase a una albarrada donde estaban ciertos principales, porque querían hablar conmigo. Aunque yo sabía que había de aprovechar poco mi ida, determiné de ir, como quien quiera que bien sabía que no darse estaba solamente en el señor y otros tres o cuatro principales de la ciudad, porque la otra gente, muertos o vivos, deseaban ya verse fuera de allí. Y llegado al albarrada, dijéronme que pues ellos me tenían por hijo del sol, y el sol en tanta brevedad como era en un día y una noche daba vuelta a todo el mundo, que por qué yo así brevemente no los acababa de matar y los quitaba de penar tanto, porque ya ellos tenían deseos de morir y irse al cielo para su Ochilobus que los estaba esperando para descansar; y este ídolo es el que en más veneración ellos tienen. Yo les respondí muchas cosas para los atraer a que se diesen, y ninguna cosa aprovechaba, aunque en nosotros veían más muestras y señales de paz que jamás a ningunos vencidos se mostraron, siendo nosotros, con el ayuda de Nuestro Señor, los vencedores.




(Tomado de: González, Luis. El entuerto de la Conquista. Sesenta testimonios. Prólogo, selección y notas de Luis González. Colección Cien de México. SEP. D. F., 1984)

lunes, 30 de septiembre de 2024

Eulalia Guzmán

 


Eulalia Guzmán 

(1890-1985)


Reivindicar el mundo prehispánico


El patrimonio material y simbólico que ha sobrevivido como testimonio del México prehispánico ha sido motivo de disputas de toda índole. La exploración, los descubrimientos, la interpretación documental, incluso el saqueo dieron pauta al desarrollo de la arqueología, sin embargo, esta disciplina fue predominantemente masculino hasta la irrupción de Eulalia Guzmán.

Hija de Julián Guzmán Pacheco y Antonia Barrón Calvillo, nació el 19 de febrero de 1890 en San Pedro Piedra Gorda, Zacatecas. Concluida su educación básica, optó por inscribirse en la Normal en la que hizo amistad con María Arias Bernal. Un relato sitúa a Eulalia como una de las personas que estaban con la intrépida profesora cuando corrió la noticia de la aprehensión de Madero. Enteradas del hecho, ambas acudieron a Palacio Nacional y solicitaron audiencia con Huerta para pedir que se protegiera la vida del presidente, pero no fueron recibidas.


Cuando iban rumbo al elevador, uno de los empleados de intendencia les dijo: "Señoritas, vengan a este pasillo para que vean, quizá por última vez, al señor Madero." Así lo hicieron, alcanzando a contemplar a través de los cristales opacos [...] la silueta a contra luz de aquel hombre que estaba en los umbrales del cadalso. Madero se paseaba, recuerda doña Eulalia, con las manos hacia atrás y la cabeza inclinada hacia adelante.

 

Una vez consumado el magnicidio, y cuando era más que necesario negar las filiaciones maderistas, Eulalia acudió con su mentora a las puertas de la penitenciaría de Lecumberri a exigir la entrega del cadáver, y "fue de las pocas personas que fueron testigos de que el caudillo de la Revolución de 1910 se le dio por mortaja una sábana de la expulsaban los delincuentes”.

A partir de ese incidente fue despedida y se le impidió ejercer. La situación cambió con la llegada de Carranza a la capital, pues la persecución terminó y pudo dedicarse al aprendizaje de la historia y la arqueología, mismo que cultivó en la Escuela de Altos Estudios.

Con el apoyo del gobierno constitucionalista viajó a Estados Unidos a continuar su especialización. A su vuelta, fungió como directora durante año y medio de una primaria rural ubicada en Sonora.

En 1921 fue profesora interina de lengua castellana en la Nacional Preparatoria y en 1922 se integró a la plantilla docente de su alma mater, para luego acudir como observadora pedagógica a las escuelas experimentales recién fundadas en Brasil, Suiza, Bélgica y Alemania. Cuando regresó, se incorporó a la campaña educativa de Vasconcelos. De 1926 a 1929, el gobierno mexicano la becó para que se radicara en Berlín y en Jena, dedicándose al perfeccionamiento de sus estudios en ciencias de la educación.

En 1930 se convirtió en una de las pioneras en el campo de la arqueología mexicana y acompañó a Alfonso Caso, máximo representante en la materia, a las excavaciones de Monte Albán, entonces las más importantes del país. Para 1934 obtuvo el grado de maestra por la UNAM, mismo que le fue concedido por su tesis Caracteres esenciales del Arte antiguo mexicano.

Entre 1936 y 1940 regresó a Europa para documentar la historia del México precolombino. Aprovechó su estancia para trasladarse a Egipto a distintos congresos de actualización. También en ese periodo se pronunció a favor del nombramiento de Alfonso Caso como catalogador de tesoros arqueológicos: "Yo sé lo que le digo: el Lic. Caso es gente de mente para la ciencia, es autoridad en arqueología de México, [...] es incansable investigador y ama la arqueología, a tal punto que ha abandonado toda otra clase de actividades profesionales [...] y tiene además una reputación internacional muy alta. [...] si se quiere el avance de la ciencia en México: ¿por qué no poner en los lugares precisos a las personas precisas?”

En 1942 fue nombrada presidenta del Servicio Civil Femenino, un movimiento que tenía como propósito preparar a las mexicanas ante un posible escenario bélico en paralelo al servicio militar varonil, dadas las circunstancias de la Segunda Guerra, en la que México se involucró después de un ataque alemán que resultó en el hundimiento de dos buques petroleros. El cargo de Eulalia fue simbólico y se le otorgó debido a su estatuto de científica eminente, sin embargo, su trabajo arqueológico le exigió viajar a California a continuar con la catalogación de códices.

Al año siguiente fue invitada al programa radiofónico La Hora Nacional, en el cual elogió la labor histórica de Sor Juana Inés de la Cruz, Leona Vicario y Josefa Ortiz de Domínguez; también dirigió un discurso sobre el deber moral de la mujer en el marco del conflicto:


En la historia tormentosa de nuestra vida independiente, la mujer mexicana, en su enorme mayoría, ha continuado siendo lo que fue en las horas decisivas de México: colaboradora enérgica y desinteresada al lado del hombre patriota, siempre a favor de aquello que significa justicia y bien social. Ahora henos aquí ante una nueva situación [...] puesto que se trata de los destinos de la humanidad. A los males terribles que la guerra armada ha desatado, se agregan conceptos equivocados, dogmas y abusos que en nombre de falsos derechos de grupos que quisieron ser privilegiados, se predicaron como bandera de combat, y que ahora en estos momentos de confusión han ahondado sus raíces por todas partes bajo diversas formas. Males morales por un lado y desequilibrios económicos por el otro, forman ya un séquito de calamidades cuyo aumento se presiente. Puesto que México ha entrado a la contienda, es de urgencia inmediata que, al igual que lo que acontece en otros pueblos, en esta vez, como en el pasado, la mujer cumpla con su deber [...] Ninguna mujer, cualquiera que sea su situación, debe de permanecer inactiva o indiferente. Una era llena de calamidades toca a su fin, pero es forzoso que la mujer ponga su contribución moral y material en las labores que han de preparar un mundo mejor.

 

Reafirmó su compromiso con la educación en 1946, año en que aceptó escribir el primer curso de Historia universal para maestros rurales, al tiempo que impartía clases durante los talleres de verano organizados por la Normal.

El 26 de septiembre de 1949, después de meses de investigación a cargo de un equipo de trabajo, Eulalia hizo público su hallazgo más importante: el de los restos de Cuauhtémoc, último gobernante azteca, quien según sus investigaciones había sido enterrado en una pequeña población del estado de Guerrero. La noticia provocó revuelo internacional, pero también el escepticismo de buena parte de su gremio. Caso fue de los primeros en felicitarla. Eulalia refirió que ese día "los pobladores [...] esperaron la noticia en el atrio de la iglesia y las campanas se echaron a vuelo para llamar a los indígenas de los pueblos vecinos, quienes dieron gracias al cielo por haber comprobado lo que se venía diciendo de generación en generación”.

Las dudas sobre la autenticidad de la osamenta derivaron en que el grupo opositor creara una comisión dedicada a desmentirla. En medio de la controversia, el historiador José Mancisidor escribió un artículo en defensa del trabajo de Eulalia, al tiempo que criticó con dureza a sus detractores:

 

Tenaz, con la persistencia del mezquite sobre la arena, [...] pertenece a ese tipo de seres humanos capaces de forjarse, pese a las más empecinadas dificultades, su propio destino. El azar, la suerte, la de buenas o la de malas no significan nada para ella. [...] ¿Qué de raro tiene, pues, que una mujer de tales condiciones haya sido predestinada para sacar del fondo de su tierra los restos de Cuauhtémoc? [...] Eulalia Guzmán ha tocado con sus manos constructivas una parte de esa verdad tan buscada por ella misma. La ha tocado en [...] los sagrados huesos de Cuauhtémoc, cuyo recuerdo no han podido destruir, ni siquiera opacar, quienes [...] ante Hitler y Francisco Franco, se arrodillan, en el día y en la noche, ante el recuerdo de Cortés, Eulalia Guzmán ha comenzado a caminar en los senderos de la inmortalidad ahora que sus detractores, impotentes, se arrastran a ras de suelo.


El gobierno de Guerrero organizó, el 23 de abril de 1950, un homenaje nacional a Cuauhtémoc en Ixcateopan. La prensa aprovechó la ocasión para reconocer la valía de los descubrimientos de Eulalia:



No basta la opinión de unos cuantos [...] hispanófilos para destruir el sentimiento patrio que con entusiasmo desbordante se ha exaltado, y mucho menos la pretensión de las autoridades para oscurecer la gloria que ella [Eulalia] ha conquistado al realizar los descubrimientos que, por su significación, han traspasado las fronteras de México mostrando una vez más, que amamos lo nuestro y que las libertades defendidas por los hombres íntegros del ayer, sabremos defenderlas también, en todos los tiempos, aun a costa de nuestra propia vida.


Sus oponentes emitieron un dictamen adverso que fue duramente refutado por Eulalia. La arqueóloga inició su defensa cuestionando sus credenciales, para después interrogar los procedimientos que llevaron a cabo, pues de acuerdo con su versión nadie había tenido acceso a las piezas pictóricas y artesanales que, además de los restos, legitimaban la identidad del tlatoani.

En 1951 fue investigada por la policía secreta de Miguel Alemán por su supuesta filiación comunista. En su expediente de la Dirección de Seguridad se lee un fragmento de un discurso que pronunció con motivo del secuestro y expulsión del país del estadounidense Gus Hall:


Quiero hacer hincapié en este mensaje en mi convicción de que de ninguna manera se trata en esta asamblea de defender ideologías comunistas simplemente porque el señor Hall sea comunista ni de cualquier otro color político o religioso, pues hay muchos que reprochamos por el hecho por el cual se protesta que, como en el caso mío, no somos comunistas, ni de izquierdas ni de derechas, sino que tenemos nuestro propio modo de pensar y de actuar, y en lo que concierne a la cosa pública simplemente profesamos ideas liberales y de obediencia y respeto a las leyes que nos rigen y defendemos nuestra dignidad de pueblo independiente, cosas que en este caso pedimos que se respeten.


Diego Rivera y Emma Hurtado difundieron los esfuerzos de Eulalia en la antigua URSS: "No hemos logrado tener noticias exactas de tus gestiones en pro de nuestro gran señor Cuauhtémoc, sólo rumores de que fue oficialmente reconocida la autenticidad de tu formidable descubrimiento y además supimos [...] que ya se está construyendo [el camino] de Taxco a Ixcateopan, todo lo cual nos hace pensar que tu triunfo ya abarcó todos los aspectos.”

Congruente con su amor a lo indígena, Eulalia refutó la figura de Hernán Cortés ya que, desde su perspectiva analítica, fue la mezquindad del español la que dio pie a la tergiversación de la historia de México, pues en sus cartas caricaturizó a los líderes prehispánicos, por lo que ella consideraba necesario reivindicar el mundo azteca a través de las biografías de Moctezuma y de Cuauhtémoc.

En 1958 publicó Relaciones de Hernán Cortés a Carlos V sobre la invasión de Anáhuac. Rectificaciones y aclaraciones, en el que, con una fiera exposición nacionalista, 'arranca ante el mundo la careta de hidalguía, bondad y santidad con que se había cubierto 'aquel satánico cristiano, el pirómano Cortés', y con ese espíritu, justiciera y veraz proclama en este libro al pueblo mexicano: la necesidad de pública reparación y reivindicación obligada de exaltar la noble [...] figura de Moctezuma Xocoyotzin”.

El libro de Eulalia fue recibido con recelo por buena parte de los estudiosos de la historia precolombina. Nemesio García Naranjo comentó: "Sigo creyendo que sobre nuestra raza cayó lo mejor de los insectos, o lo menos malo: los españoles, porque el porvenir nuestro era peor. Acuérdese usted de lo que hicieron otros con las demás razas aborígenes. Quiero ver un día en la Casa Blanca a un piel roja como presidente, como en México tuvimos [...] a un gran indio: Benito Juárez.”

En medio de la controversia, Eulalia conminó a sus adversarios a dejar el terreno del descrédito personal y a limitarse a criticar su publicación, ya que ella no basaba su trabajo en opiniones personales, pues "las rectificaciones grandes y pequeñas a los relatos de Hernán Cortés sobre la Conquista de México, no las hago yo, sino sus contemporáneos, que fueron testigos de aquélla; es decir, sus compañeros, sus víctimas, sus aliados, los simples espectadores y los que después, dentro de la misma época, consultaron a unos y a otros y escribieron sobre el mismo asunto”.

Como reconocimiento a su trayectoria, recibió el premio bienal de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. En el acto de entrega criticó los errores de contenido en los libros de texto de su materia. Habló también acerca de una concepción equívoca de la civilizaciones de Anáhuac, pues aseguró que eran comunidades pacíficas que fueron calificadas con alevosía por los invasores de bárbaras.

Algunos vieron en el proyecto de Eulalia la intención subrepticia de caricaturizar a Cortés, por lo que enarbolaron la bandera de la hispanidad como respuesta histórica al fenómeno de la Conquista. Alfonso de la Serna, en una carta abierta, escribió: "Usted no ha comprendido a su propio país, en donde España realizó una de las operaciones más difíciles y audaces de la historia: fundir la sangre de los hidalgos de Castilla con la morena sangre de los príncipes de Anáhuac, [...] hacer que se entendieran, a través de las edades, dos pueblos tan distintos. [...] Esta grandeza y servidumbre, que recaen directamente sobre México, haciendo de él uno de los países más originales y fascinantes del mundo, no las ha comprendido usted.”

A pesar de su renuncia a la participación política, David Alfaro Siqueiros la invitó a formar parte de un frente patriótico nacional, que estaría integrado por "personalidades no reaccionarias", con la finalidad de presentar un bloque unido de candidatos al Congreso. Eulalia se negó a participar en el proyecto y continuó con sus investigaciones.

Durante la década de los sesenta reflexionó sobre la importancia de las lenguas nativas o indígenas, e insistió en su preservación:


Nuestras instituciones enseñantes superiores no tienen en sus planes de estudio cursos completos de lenguas nativas, ni siquiera de la principal que se hable en la región (náhuatl, maya, mixteca, zapoteca, purépecha, otomí) para leer lo que los nativos escribieron en su lengua, ya en caracteres latinos. Tal parece que no nos importa conocer nuestro pasado ni entender nuestro presente; hay una especie de vergüenza, repulsión o menosprecio, formas claras del malinchismo consciente o inconsciente que padecemos.


Tras catorce años de haberse hallado la osamenta del último gobernante de Tenochtitlán, el Senado organizó una celebración en Ixcateopan que constituyó un reconocimiento tácito al trabajo de Eulalia Guzmán.

Poco después, pidió que se recogieran las medallas otorgadas con motivo de la celebración del Día de la Raza de 1963, ya que en una de sus caras tenían la imagen de Cuauhtémoc y en la otra la de Cortés, desde su punto de vista, los metales así acuñados constituían una afrenta: "Si se permite la circulación de esa medalla conmemorativa [...] pediremos que se acuñen otras con las efigies de Hidalgo y Elizondo; de Morelos y de Calleja, de Guerrero y Picaluga, y de Madero y Victoriano Huerta; el equivalente de vergüenza será el mismo.

Vinculada al instituto Nacional de Antropología e Historia, exigió apoyo del gobierno para evitar los saqueos al patrimonio nacional y que se crearan sistemas de vigilancia en los perímetros de las zonas arqueológicas. Su dedicación al trabajo sin la mediación de ambiciones económicas le ganó admiración, pues su temperamento no se permitía "egoísmos" o "codicias" de ningún tipo.

El 23 de febrero de 1968 se le rindió un homenaje con motivo de su jubilación, después de 58 años de servicio. Durante el evento se le felicitó por ser "la primera figura que abiertamente se ha pronunciado por la defensa del mundo indígena en México,. Antes de ella, los investigadores de la época precortesiana se basaban en las obras de autores hispanos y no se atrevían a contradecirlos". También se dijo que la profesora había sido víctima de una gran injusticia, ya que no había recibido financiamiento suficiente durante su trayectoria.

Después de su retiro, continuó su campaña de cambiar la imagen heroica y aventurera de Cortés. Ya había logrado que Rivera lo pintara como un individuo de notoria debilidad física y mental, sin embargo, aprovechaba cualquiera de sus apariciones públicas para reiterar su desprecio por él, mismo que volvió a estar en boca de la prensa cuando un vecino de Popotla se apoyó en las opiniones de Eulalia para exigir que se cambiara el nombre del Árbol de la Noche Triste por el de la Noche Alegre, considerando que los únicos que podían lamentarse por lo ocurrido aquella fecha eran los españoles. La iniciativa no prosperó.

La década de los setenta vio el renacimiento de la polémica sobre la osamenta de Ixcateopan. Con nuevos procedimientos, Eulalia pidió la exhumación, pues las dudas lastimaban su prestigio. Sin embargo, ya no logró participar personalmente debido a su estado de salud.

En 1975 se impuso su nombre a una de las calles de la colonia Atlampa, en la que tenía su domicilio. Aquejada por una arterioesclerosis cerebral, pasó sus últimos días enclaustrada en su casa y dedicada a la lectura, al cuidado de María y Elvira Luján. Falleció el 1° de enero de 1985 en la Ciudad de México.

Su legado más importante fue el rescate de la riqueza ancestral de México y la sistematización de una disciplina que no había sido explorada con la pasión y la firmeza con que ella lo hizo, aún cuando fue atacada por la defensa férrea de sus convicciones.



(Tomado de: Adame, Ángel Gilberto - De armas tomar. Feministas y luchadoras sociales de la Revolución Mexicana. Aguilar/Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. de C. V. Ciudad de México, 2017)

domingo, 12 de mayo de 2024

Historia cultural del cactus V Manufactura


 

Historia cultural del cactus


5. Manufactura


Y se apoderan del país con todo lo que repta por su suelo, vuela por su cielo y nada en sus aguas. Entre lo que reptaba por su suelo estaba la cochinilla, animal diminuto llamado a adquirir gran importancia. Cortés envió varias muestras a España, "simplemente por razones de ciencia", como hubo de manifestar disculpando el envío. Los españoles, que de primera intención desdeñaron como inútiles los granos de maíz y de cacao, el tomate y la vainilla y los trozos del jade más precioso, comprendieron inmediatamente el valor potencial de aquel colorante para la manufactura de tejidos de lana de Barcelona y la fabricación de telas de seda de Valencia.


Se plantaron a toda prisa las supuestas semillas, viendo con asombro que no retoñaban. Las autoridades en vista de ello pidieron a la Nueva España vástagos para plantar, tubérculos o raíces y les fueron enviados los de la Opuntia cochinellifera. De ellos surgieron en los territorios cálidos de la corona de España, en Argelia y en las Canarias, las chumberas, cuyas hojas se llenaron de bolitas diminutas, abarrotadas del ansiado colorante.


Ya existían grandes plantaciones de las que se obtenían ricas ganancias y aún no se había descubierto que las semillas vegetales no tenían nada de semillas vegetales. Cuando en 1703, Mynheer Ruyscher vio moverse a la cochinilla a través del microscopio que Leuwenhook acababa de inventar, todo el mundo meneó la cabeza escépticamente. ¿Un piojo? No era posible ¿Cómo iba a salir de un vulgar piojo un colorante tan precioso como éste?


Cuando preparaba en mi casa los apuntes para esta catedrática lección, abrí sobre la mesa un librote encuadernado en piel de cerdo que apenas me dejaba sitio libre para escribir. El título de esta obra, reducido a proporciones humanas, reza así: Museum Museorum o panorama de todas las materias y especias... desplegado ante la vista del doctor Michael B. Valentini; Francfort sobre el Mayn, Anno Domini MDCCXIV. (Largos años pasé por Europa buscando inútilmente esta obra alemana, que es, además de muchas otras cosas, una tecnología completa del período de la manufactura, para venir a dar con ella -¡oh milagros del exilio!- en la ciudad de México.) Todavía en 1714, el autor de este mamotreto lleno de erudición se resistía a dejarse convencer del todo por el microscopio:


Aún no está claro si la cochinilla debe considerarse como semilla o como otra cosa, y acerca de ello existen diversas opiniones -dice el infolio en su lenguaje arcaico-. Algunos la consideran como una semilla, razón por la cual la mayoría de los boticarios la clasifican entre las demás semillas y la incluyen en sus catálogos bajo el nombre de Sem. Coccinillae; otros, opinan que la cochinilla procede del coco, dándose ese nombre entre los españoles a un grano pequeño; otros, como Wilhelmus Piso en su Historia de las plantas brasileñas, describe minuciosamente una especie de higuera India en la que crecen, según ellos, las cochinillas.


Valentini enumera los muchos empleos que se dan a este diminuto y problemático cuerpo colorante en la manufactura de la época y apunta el hecho de que Italia debe a la cochinilla de la Nueva España la coloración roja de su vidrio.


(Continuará)


(Tomado de Kisch, Egon Erwin. Descubrimientos en México. Volumen 1. Prólogo de Elisabeth Siefer. Edición aumentada. Colección ideas, #62. EOSA, Editorial Offset, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1988)

viernes, 19 de abril de 2024

Historia cultural del cactus IV Historia antigua

  


Historia cultural del cactus 

4. Historia antigua


La planta que ven ustedes aquí, señores, es la Opuntia cochinellifera y fue cogida por mí en la Pirámide de las Serpientes que se alza no lejos de la Ciudad de México [en Tenayuca, Edo. de México]. Un muchachito indio que vendía ídolos junto a la pirámide, metió el dedo en la axila de la planta, sacó una cosita diminuta, rojiza, como espolvoreada de harina, me la alargó y me dijo: "Una cochinilla". La aplastó contra la planta y salió sangre, en tal cantidad, que una de las paletas del nopal, teñida por ella, parecía un pedazo de carne cruda. Del animalito no quedó nada.


Esta planta se cultivó antaño para fomentar la cochinilla que vive en ella. En tiempos de los aztecas, se juntaba toda la sangre de estas pulgas purpúreas para entregarla al erario imperial: los príncipes de las tribus y los héroes guerreros eran recompensados con vasijas llenas de esta especie de carmín. La clase más preciosa de todas, la sangre de las cochinillas vírgenes o, por lo menos, de las hembras no embarazadas, solo podía emplearse para teñir túnicas del propio emperador y el manto del supremo sacerdote. En aquel México todavía no descubierto, el emperador y el verdugo vestían ropa del mismo color, como en el Sacro imperio Romano de la nación germánica. Pues en realidad el supremo sacerdote sacerdote de los aztecas era, al mismo tiempo, el supremo verdugo y tenía por trono y por altar el patíbulo, como nos lo relata Heine: 


Sobre las gradas de mármol del altar 


Se encuclilla un hombrecillo de cien años 


Sin un pelo en la cabeza ni en la barba, 


Revestidos de una roja camisola. 


Es el supremo sacerdote


Y está afilando su cuchillo…


De nada le sirvió afilar el cuchillo, de nada sirvieron los sacrificios humanos. El invasor avanzaba sobre la capital de los aztecas para arrancar el manto púrpura de los hombros del emperador y la camisola escarlata de los hombros del sacerdote-verdugo. Y los dioses no lo impidieron.


Pero lo que no pudieron impedir los dioses, por poco lo impide un modesto cactus, un nopal de la región de Cholula. En Cholula, Hernán Cortés pasó a cuchillo a la población; en tres horas amontonaron seis mil muertos. El Nuevo Mundo no había visto jamás, hasta entonces, una matanza semejante. Consumada esta hazaña, los españoles avanzaron sobre la capital, precedidos por el estandarte de la caballería. Era un día caluroso; los caballeros chupaban afanosamente, para apagar la sed, los frutos rojos de los nopales de Cholula.


Por el camino se ordena hacer alto: "¡Desmonten! ¡Rompan filas!" Pero, ¿Qué es esto, Dios del Cielo? ¡Sangre, es sangre! ¡Los soldados de Cortés orinan sangre! No cabe duda, sus venas han reventado: es un castigo de la Providencia por los crímenes horrorosos cometidos por ellos contra los indios. Los jinetes se apiñan temblorosos, caen de rodillas, elevan sus oraciones a Santiago de Compostela, hacen voto de enmienda y se niegan a seguir bajo las armas.


Poco después llegan a pie las tropas auxiliares de los indios. También ellas orinan rojo, pero la cosa no parece inquietarlas poco ni mucho. Los pecadores arrepentidos averiguan por los naturales del país que aquella "sangre" es, simplemente, la orina teñida por el zumo de las tunas de Cholula. No hay, pues, tal castigo del cielo ni motivo para arrepentirse. Descargada su conciencia de escrúpulos, los católicos caballeros prosiguen sus crueles hazañas guerreras.


(Continuará)


Tomado de Kisch, Egon Erwin. Descubrimientos en México. Volumen 1. Prólogo de Elisabeth Siefer. Edición aumentada. Colección ideas, #62. EOSA, Editorial Offset, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1988)

jueves, 4 de abril de 2024

Cortés da con los navíos al través

 


XLII

CORTES DA CON LOS NAVÍOS AL TRAVÉS


Propuso Cortés de ir a México, y encubríalo a los soldados, porque no rehusasen la ida con los inconvenientes que Teudilli con otros ponía, especialmente por estar sobre agua, que lo imaginaban por fortísimo, como en efecto lo era. Y para que le siguiesen todos aunque no quisiesen, acordó quebrar los navíos; cosa recia y peligrosa y de gran pérdida; a cuya causa tuvo bien que pensar, y no porque le doliesen los navíos; sino porque no se lo estorbasen los compañeros; ca sin duda se lo estorbaran y aún se amotinaran de veras si lo entendieran. Determinado pues de quebrarlos, negoció con algunos maestros que secretamente barrenasen sus navíos, de suerte que se hundiesen, sin los poder agotar ni atapar; y rogó a otros pilotos que echasen fama cómo los navíos no estaban para más navegar de cascados y roídos de broma, y que llegasen todos a él, estando con muchos, a se lo decir así, como que le daban cuenta dello, para que después no les echase culpa. Ellos lo hicieron, así como él ordenó, y le dijeron delante de todos cómo los navíos no podían más navegar por hacer mucha agua y estar muy abromados; por eso, que viese lo que mandaba. Todos lo creyeron, por haber estado allí más de tres meses, tiempo para estar comidos de la broma. Y después de haber platicado mucho en ello mandó Cortés que aprovechasen dellos lo que más pudiesen, y los dejasen hundir o dar al través, haciendo sentimiento de tanta pérdida y falta.

Y así, dieron luego al través en la costa con los mejores cinco navíos, sacando primero los tiros, armas, vituallas, velas, sogas, áncoras y todas las otras jarcias que podían aprovechar. Dende a poco quebraron otros cuatro; pero ya entonces se hizo con alguna dificultad, porque la gente entendió el trato y el propósito de Cortés, y decían que los quería meter en el matadero. Él los aplacó diciendo que los que no quisiesen seguir la guerra en tan rica tierra ni su compañía, se podían volver a Cuba en el navío que para eso quedaba; lo cual fue para saber cuántos y cuáles eran los cobardes y contrarios, y no les fiar ni confiarse dellos. Muchos le pidieron licencia descaradamente para tornarse a Cuba; mas eran marineros los medios, y querían antes marinear que guerrear. Otros muchos hubo con el mesmo deseo, viendo la grandeza de la tierra y muchedumbre de la gente; pero tuvieron vergüenza de mostrar cobardía en público. Cortés, que supo esto, mandó quebrar aquel navío, y así quedaron todos sin esperanza de salir de allí por entonces, ensalzando mucho a Cortés por tal hecho; hazaña por cierto necesaria para el tiempo, y hecha con juicio de animoso capitán, pero de muy confiado, y cuál convenía para su propósito, aunque perdía mucho en los navíos, y quedaba sin la fuerza y servicio de mar.

Pocos ejemplos destos hay, y aquellos son de grandes hombres, como fue Omich Barbarroja, del brazo cortado, que pocos años antes desto quebró siete galeotas y fustas por tomar a Bujía, según largamente yo lo escribo en las batallas de mar de nuestros tiempos.


(Tomado de: López de Gómara, Francisco. Historia de la conquista de México. Estudio preliminar y apéndices de Silvia L. Cuesy. Editorial Océano de México, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 2003).

lunes, 12 de febrero de 2024

Del río de Alvarado que los indios llaman Papaloapan

 


XXIV

DEL RÍO DE ALVARADO QUE LOS INDIOS LLAMAN PAPALOAPAN

Después que salió Cortés de Potonchan, entró en un río que llaman de Alvarado, por haber entrado primero que todos en él aquel capitán. Mas los que moran en sus riberas le dicen Papaloapan, y nace en Aticpan, cerca de la Sierra de Culhuacan. La fuente mana al pie de unos serrejones. Tiene encima un hermoso peñól redondo, ahusado, y alto cien estados, y cubierto de árboles, donde hacían los indios muchos sacrificios de sangre. Es muy honda, clara, llena de buenos peces, ancha más de cien pasadas. Entran en este río Quiyotepec, Vivilla, Chimantlan, Cuauhcuezpaltepec, y Tuztlan, Teyuciyocan, y otros menores ríos, que todos llevan oro. Cae a la mar por tres canales, uno de arena, otro de lama, otro de peña. Corre por buena tierra, tiene gentil ribera, y hace grandes esteros con sus muchas y ordinarias crescidas. Uno dellos está entre Otlatitlan y Cuauhcuezpaltepec, dos buenos pueblos. Bulle de peces aquel estero o laguna. Hay muchos sábalos del tamaño de toñinas, muchas sierpes, que llaman en las islas iguanas, y en esta tierra cuauhcuezpaltepec. Paresce lagarto de los muy pintados, tiene la cabeza chica y redonda, el cuerpo gordo, el cerro erizado con cerdas, la cola larga, delgada, y que la tuerce y arrolla como galgo; cuatro pedazuelos de a cuatro dedos, y con uñas de ave; los dientes agudos, más no muerde, aunque hace ruido con ellos: el color es pardo, sufre mucho la hambre, pone huevos como gallina, que tienen yema y clara y cáscara; son pequeños y redondos y buenos de comer. La carne sabe a conejo, y es mejor. Cómenla en cuaresma por pescado, y en carnal por carne, diciendo ser de dos elementos, y por consiguiente, de entrambos tiempos. Es dañosa para bubosos. Salen estos animales del agua, y suben a los árboles y andan por tierra. Asombran a quien los mira, aunque los conozca: tan fiera catadura tienen. Engordan mucho fregándoles la barriga en arena, que es nuevo secreto.

Hay también manatís, tortugas, y otros peces muy grandes que acá no conoscemos; tiburones y lobos marinos, que salen a tierra a dormir y roncan muy recio. Paren las hembras cada dos lobos y críanlos con leche, ca tienen dos tetas al pecho entre los brazos. Hay perpetua enemiga entre los tiburones y lobos marinos, y pelean reciamente, el tiburón por comer y el lobo por no ser comido. Empero siempre son muchos tiburones para un lobo. Hay muchas aves pequeñas y grandes, de nueva color y talle para nosotros. Patos negros con alas blancas, que se precian mucho para pluma, y que se venden cada uno, en la tierra donde no los hay, por un esclavo. Garcetas blancas, muy estimadas para plumajes. Otras aves que llaman teuquechul o avedios, como gallos, de que hacen ricas cosas con oro; y si la obra desta pluma fuese durable, no había más que pedir. Hay unas aves como torcazas, blancas y pardas, que parescen ánades en el pico, y que tienen un pie de pata y otro de uñas como gavilán; y así, pescan nadando y cazan volando. Andan también por allí muchas aves de rapiña, como decir gavilanes, azores y halcones de diversas maneras, que se ceban y mantienen de las mansas. Cuervos marinos que pescan a maravilla, y unas que parecen cigüeñas en el cuello y pico, sino que lo tienen mucho más largo y extraño. Hay muchos alcatraces y de muchos colores, que se sustentan de peces: son como ansarones en el tamaño, y en el pico, que será dos palmos; y no mandan el de arriba, sino el bajero. Tienen un papo desde el pico al pecho, en que meten y engullen diez libras de peces y un cántaro de agua. Tornan fácilmente lo que comen. Ca decir que se tragó uno de estos pájaros un negrillo de pocos meses nacido; mas no puedo volar con él; y así, lo tomaron.

Al rededor de aquella laguna se crían infinitas liebres, conejos, monillos o gatillos de muchos tamaños; puercos, venados, leones y tigres, y un animal dicho aiotochtli, no mayor que el gato; el cual tiene rostro de anadon, pies de puercoespín o erizo, y cola larga. Está cubierto de conchas, que se encogen como escarcelas, donde se mete como galápago, y que parescen mucho cubiertas de caballo. Tiene la  cola de conchuelas, y la cabeza de una testera de lo mesmo, quedando fuera las orejas. Es, en fin, ni más ni menos que caballo encubertado, y por eso lo llaman españoles el encubertado o el armado y los indios aiotochtli, que suena conejo de calabaza.


(Tomado de: López de Gómara, Francisco. Historia de la conquista de México. Estudio preliminar y apéndices de Silvia L. Cuesy. Editorial Océano de México, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 2003).