martes, 21 de abril de 2026

Entrevistando a las pirámides 7, Templo Mayor

 


Entrevistando a las pirámides 7 Templo Mayor 


Nuestro entrevistador de pirámides fue también niño y tuvo en su infancia un libro con muchas estampas ,que se llamaban Orbis Pictus. Ahora recuerda que entre ellas había una que representaba el templo de los indios de México, iluminada por él con lápices de colores. Había muchos indios ajetreados por delante del templo. Todo lo demás era incomprensible para él, en aquella estampa. Había, por ejemplo, una escalera. Pero no como las escaleras de las casas que él estaba acostumbrado a ver. Aquella escalera conducía directamente al sol. Había, además, en aquel grabado, casas que no era posible imitar con la caja de construcciones. Una de ellas se parecía a la fábrica de gas situada en el arrabal de la ciudad en que él vivía y de la que entraba siempre en la cocina un tufo desagradable. Había también una escuela de natación, aunque no es seguro que fuera eso. "Sí, seguramente es una escuela de natación; déjame en paz", gruñe el padre del futuro entrevistador de pirámides cuando éste le preguntaba a cada paso lo que era aquello. 

De buena gana echaría una parrafada con la pirámide del Orbis Pictus, si pudiese encontrarla. Pero sabe que no la encontrará. Después de aquel libro de estampas de su infancia ha leído muchos libros, entre ellos obras sobre México, y en todas ellas se asegura sin dejar lugar a dudas que el teocali de la capital fue demolido más concienzudamente que todos los demás templos del país. Que no ha quedado de él piedra sobre piedra ni el menor rastro y que sobre el solar en que antes se alzaba el templo indio levanta ahora su cruz la catedral de la nueva fe.

Y se comprende que los españoles volcaran su furia destructora con especial encono sobre este teocali. El odio y la rabia se unían aquí al celo proselitista de su religión, pues desde esta pirámide del rey y desde esta reina de las pirámides era desde donde se organizaba la resistencia contra los cruzados de la nueva fe y sobre sus altares corría la sangre de los hombres cristianos para aplacar la cólera de los dioses paganos.

El derrotado Hernán Cortés contemplaba impotente y desde lejos, según nos cuenta el poema de Heine, cómo conducían a sus hombres maniatados, escaleras arriba,

Al templo de Vitzlipuxtli, [Huitzilopochtli]

ciudadela para dioses,

hecha de ladrillo rojos,

que recuerda a los egipcios,

babilonios y asirios,

colosal monstruo de piedra 

que nos muestran las estampas 

del inglés Henry Martin.

Son las mismas escaleras,

anchas y formando rampa 

por las que suben y bajan 

millares de mexicanos.

Estas escaleras llevan 

en zigzag hacia lo alto 

hacia una inmensa terraza 

donde se alza el altar. 

El entrevistador recorre toda la catedral, buscando algún rastro del colosal monstruo de piedra", una piedra por lo menos, un ladrillo, con dibujos indios. Nada. Decepcionado, se dirige a la salida.

En este momento, resuena una voz que parece salir de las entrañas de la tierra:

-Aquí estoy -y luego, explicando el sentido de estas dos palabras-: la que tú buscas.

-¿Dónde estás?

-Sal a la calle, sigue la fachada de la catedral hacia el poniente y luego doblas hacia el norte, hasta que llegues a la primera esquina. 

El entrevistador sigue dócilmente la ruta que le marca la misteriosa voz. Al llegar al sitio indicado, en la esquina que forman las calles de la República Argentina y Guatemala, junto a un endeble cercado de alambre, mira primero en derredor suyo y luego hacia lo alto. 

-Mira hacia abajo -dice la voz. 

En efecto, a través del enrejado de alambre ve un solar de construcción, mejor dicho, de destrucción, a unos cuantos metros por debajo del nivel de la calle. Es todo lo que queda libre de lo que fue basamento de la gran pirámide. Restos de los muros sesgados, ángulos de piedra de 45 grados miran hacia arriba como los dientes rotos de la parte de abajo de una gigantesca quijada. Fragmentos de bajo relieves. Escombros de todas las edades. Cabezas de serpientes de plumas. Y un monolito con la figura de Quetzalcóatl. 

El entrevistador da las gracias a la pirámide descuartizada por haberle mostrado el camino de su cementerio. 

-Lo he hecho porque eres un europeo. En tus tierras, en ustedes mismos se está obrando ahora la misma salvación que nos trajeron a nosotros. Sus edificios, sus hombres están viviendo hoy tormentos mucho más espantosos que los que yo viví, a pesar de que su Hernán Cortés no era más que una caricatura ridícula y lamentable del nuestro. Ya va siendo hora de que nosotros enviemos al otro lado del océano a un escritor para que entreviste a sus ruinas.


(Tomado de Kisch, Egon Erwin. Descubrimientos en México. Volumen 1. Prólogo de Elisabeth Siefer. Edición aumentada. Colección ideas, #62. EOSA, Editorial Offset, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1988)

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