lunes, 6 de abril de 2026

Entre fábricas y cafetos

 


Entre fábricas y cafetos 

Su posición privilegiada de puerto mexicano principal que recibía migrantes y mercancías de Europa puso a Veracruz en contacto con el fútbol desde muy temprano. Por sus muelles entraron los pioneros de ese deporte en México y aunque la mayoría tomó el rumbo del altiplano, hubo otros que prefirieron clavar sus porterías en los verdes llanos de Veracruz. 

La primera colonia futbolística en territorio jarocho se instaló en la húmeda región orizabeña, que a principios del siglo era un importante emporio textil. La formaron los técnicos escoceses contratados por la fábrica El Yute, de Santa Gertrudis. El líder del grupo era Duncan mcComich, experto tintorero y practicante del fútbol, quien dio forma al equipo y lo condujo a la conquista del primer campeonato celebrado en México, en 1902-03. En la temporada siguiente, quizás por el exceso de confianza o de whisky, los llamados Spinner's quedaron en el sótano y el equipo se desintegró. La mayoría regresó a Europa y otros marcharon hacia la capital del país. 

Con ellos el fútbol emigró de Orizaba, hasta que en 1914 hubo un nuevo brote, ahora alentado por el francés Raoul Bouffier, administrador de la factoría de Río Blanco y entusiasta del balompié, quien junto con algunos de sus empleados formó la Unión Deportiva Río Blanco. La llama creció con la aparición del Club Cervantes y la Asociación Deportiva Orizabeña, famosa por sus siglas ADO. De los tres, los adeoínos volaron más alto, sostenidos por las manos protectoras de don José Enrique Soler y del doctor Labardini Cerón. Hacia 1924 sus mejores jugadores viajaron a la capital por razones de estudio y aprovecharon su estancia para jugar con el América y volverse famosos en sus filas.

En Córdoba el fútbol tenía sabor a café y acento español. Los dueños del comercio cafetalero de la región eran los hermanos Olavarrieta, quienes se convirtieron en mecenas del Club Iberia, campeón del estado en 1918. Casi todos los integrantes del equipo eran empleados de la Casa Olavarrieta y varios de ellos habían tenido alguna experiencia con el balón en su natal España. El de más talento futbolístico era Daniel Larrazábal, apodado "Pichichi"; los tres palos los vigilaba un mozalbete llamado "Fantomas" y adelante brillaba Chucho Mendieta, un delantero de gran nivel que un día se aburrió de la calma cordobesa y se fue a la capital del país, siguiendo el ejemplo de los orizabeños. 

Córdoba, Orizaba y el puerto jarocho formaron el triángulo que enmarcó la vida futbolística veracruzana hasta los años treinta. Por medio de la Liga del Sur, que realizó puntualmente los campeonatos estatales cada año, el fútbol se quedó atrapado para siempre en Veracruz.


(Tomado de: Bañuelos Rentería, Javier. Balón a tierra (1896-1932). Crónica del fútbol mexicano. Editorial Clío, libros y videos S.A. de C.V. Segunda edición, México, 1998)

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