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jueves, 23 de junio de 2022

Las Poquianchis


Las hermanas González Valenzuela -Delfina, María de Jesús, Carmen y María Luisa- eran emprendedoras y ambiciosas; además, tenían otra cualidad triunfadora: una absoluta falta de escrúpulos. Establecieron una cantina en El Salto, Jalisco, en la que Delfina, la líder del clan, notó que las muchachas encargadas de llevar los tragos hacían buen dinero por su cuenta al prostituirse con los clientes. Así que decidió mudarse junto con sus hermanas a Lagos de Moreno, donde, gracias a sus buenas relaciones con las autoridades, establecieron una casa de citas llamada Guadalajara de Noche. Comenzaron a reclutar adolescentes de los pueblos cercanos con la promesa de un empleo como trabajadoras domésticas en la ciudad de Guadalajara; pero en lugar de eso, las llevaban a prostituirse en su local bajo condiciones infames.  Luego de tener problemas con la ley -y un enfrentamiento en el que el hijo de Delfina, Ramón Torres, fue acribillado- huyeron a Guanajuato a continuar con el negocio. 

Las Poquianchis, como pasaron a la historia, lograron tener dos prósperas casas de vicio. En ellas mantenían el control por medio de una férrea disciplina que no excluía castigos físicos, abortos clandestinos a las que resultaran embarazadas y ejecuciones a las jóvenes más rebeldes -que iban desde dejarlas morir de hambre hasta despeñarlas-. En la última etapa, la locura de las González Valenzuela llegó al grado de asesinar a las prostitutas que, por su edad, ya no resultaban atractivas a los clientes, para luego inhumarlas en uno de los terrenos de su propiedad. Una de las prisioneras, de nombre Catalina Ortega, logró escapar y hacer la denuncia de los horrores que había vivido. De este modo, las Poquianchis fueron detenidas y condenadas a cuarenta años de prisión.

Su fama creció de tal manera que Jorge Ibargüengoitia, escritor guanajuatense, consignó la historia de las Poquianchis en una de sus mejores novelas: Las muertas.

(Tomado de: Delgado, Omar. Serial Nacional. Las Poquianchis. Muy Interesante. Crimen. Casos en México. Vol. VI. Editorial Znet Televisa, S.A. de C. V. Ciudad de México, 2019)

lunes, 9 de mayo de 2022

La Ogresa de la Roma


Un buen día de 1941, en el edificio ubicado en Salamanca 19 de la colonia Roma, los vecinos comenzaron a tener problemas con el drenaje, por lo que el dueño del inmueble mandó traer a un plomero y varios albañiles para que desasolvaran las alcantarillas. En cuanto retiraron el tapón que conectaba con el drenaje de la ciudad los obreros se llevaron la sorpresa de su vida: en las tuberías encontraron un tapón conformado de trapos sanguinolentos, grasa y pedazos de carne putrefacta. Sin embargo, lo que más les puso la carne de gallina fue que entre todo el amasijo se encontraba un cráneo de bebé.  De inmediato la policía inició sus pesquisas y detuvo a una de las inquilinas, de nombre Felícitas Sánchez Aguillón, mujer de marcada fealdad que se presentó como enfermera. Conforme avanzó la investigación, los agentes de la ley encontraron que Felícitas se dedicaba a interrumpir embarazos no deseados y a traficar con bebés. Más aún, descubrieron que la mujer era una infanticida que por lo menos había asesinado a una docena de recién nacidos. La prensa de inmediato la bautizó con varios motes, pero el que la hizo famosa fue "la Ogresa de la colonia Roma".

Sánchez Aguillón, originaria de Veracruz, se dedicaba a realizar abortos clandestinos a las señoritas bien nacidas de la época, y a llevarse a los niños producto de sus amores ilícitos cuando la interrupción del embarazo ya no era viable. A los bebés que caían bajo su custodia los vendía a buen precio, y de los que no podía deshacerse los sometía a un terrible martirio que consistía en parodiar los cuidados de una madre amorosa: los bañaba con agua helada, los alimentaba con carne descompuesta y los hacía dormir en el piso. Cuando se cansaba de sus juegos, simplemente los apuñalaba, asfixiaba o los quemaba vivos.

Felícitas fue procesada en abril de 1941, únicamente por los delitos de aborto, inhumación ilegal de restos humanos y delitos contra la salud pública, todos cargos que alcanzaban fianza. Se tiene la sospecha de que entre sus clientes había poderosos funcionarios y notables de la época que abogaron por ella ante el temor de sus declaraciones.

De cualquier manera, la mujer no soportó el rechazo social y se suicidó con una dosis mortal de Nembutal el 16 de junio de ese mismo año.

(Tomado de: Delgado, Omar. Serial Nacional. La Ogresa de la Roma. Muy Interesante. Crimen. Casos en México. Vol. VI. Editorial Znet Televisa, S.A. de C. V. Ciudad de México, 2019)

miércoles, 6 de abril de 2022

La Bejarano

 


Guadalupe Bejarano vivió en la época del porfiriato. Fue madre de un muchacho llamado Aurelio y tenía fama de bondadosa, pues acostumbraba adoptar niñas huérfanas para darles cobijo. Sin embargo, en 1892 la policía descubrió que la aparentemente bondadosa mujer era en realidad una depredadora sexual a la que le gustaba torturar a sus entenadas hasta la muerte: desde sentarlas en un comal caliente hasta colgarlas de los brazos y flagelarlas para luego dejarlas morir de hambre. Actuó entre 1885 y 1892 en la ciudad de México y se le atribuyen por lo menos tres víctimas mortales: Casimira Juárez y las hermanas Guadalupe y Crescencia Pineda. Fue denunciada por su propio hijo y murió en la prisión de Belén por causas naturales antes de que iniciara su juicio. Debido a sus andanzas, por mucho tiempo a los robachicos y secuestradores se les apodó "bejaranos".


(Tomado de: Delgado, Omar. Serial Nacional. La Bejarano. Muy Interesante. Crimen. Casos en México. Vol. VI. Editorial Znet Televisa, S.A. de C. V. Ciudad de México, 2019)

jueves, 23 de septiembre de 2021

Cuatro muchachas asesinadas por estudiante, 1942

 


Cuatro muchachas asesinadas por un estudiante de ciencias químicas.

*Enterró los cadáveres en el jardín de su casa.

*Fue preso el asesino; confesó ya.

*La Policía hasta ahora sólo ha podido identificar el cadáver de una de las víctimas.

*El responsable de este caso espeluznante se fingió loco, pero se descubrió su superchería.

(8 de septiembre de 1942)

Un espantoso cuádruple crimen, en el que fueron víctimas cuatro agraciadas jóvenes, de las cuales una era estudiante de la Escuela Nacional Preparatoria, fue descubierto ayer por la mañana por el Servicio Secreto de la Jefatura de Policía. Los cadáveres de tres de las infortunadas víctimas fueron encontrados enterrados casi a flor de tierra en el jardín de la propia casa del victimario, un estudiante de ciencias químicas pensionado por Petróleos Mexicanos, que al decir de varias personas es un joven de gran inteligencia y aprovechado alumno de la Universidad Nacional de México. El cuarto cadáver será desenterrado hoy, y se tuvo conocimiento de él por el propio asesino, que ha confesado ya sus crímenes.

Los móviles de estos horrendos asesinatos, únicos en los anales de la criminología mexicana, no han sido todavía bien puestos en claro, pero a juzgar por las declaraciones hechas por el asesino, son el producto de un espíritu morboso, de un gran sádico, que bien puede constituir la versión mexicana de aquel criminal francés llamado Landrú, o del legendario "Barba Azul".

Hasta estos momentos se tiene como autor de los crímenes, por confesión propia del criminal, al estudiante de primer año de ciencias químicas Gregorio Cárdenas Hernández, de 28 años de edad, quien fue pensionado para estudiar, dado su gran aprovechamiento, por Petróleos Mexicanos. De las víctimas tan sólo ha sido identificada una: la señorita Graciela Arias Ávalos, de 20 años de edad, hija del señor licenciado don Manuel Arias Córdova, que pertenece a una de las más conocidas familias de Morelia, Michoacán. Esta joven estudiaba el Bachillerato de Ciencias Químicas en la Escuela Nacional Preparatoria. De las otras se tienen pocos indicios. Tan sólo de una de ellas se sospecha que se trata de una joven llamada Enedina.

Para la misma Policía fue una sorpresa encontrar los tres cadáveres que halló. Creía encontrar tan sólo el de Graciela Arias, pero no tenía conocimiento alguno de que hubiese más víctimas enterradas.

El criminal estudiante, para eludir la acción de la justicia, después de enterrar el cadáver de la última de sus víctimas en el propio jardín de su casa, se fingió loco, pues temió que sus crímenes fuesen descubiertos, y el jueves pasado, acompañado de la autora de sus días, fue al sanatorio de enfermos mentales del doctor Gregorio Oneto Barenque, ubicado en la avenida Primavera, en Tacubaya, y se internó en el mismo.

Pero en él se le detuvo ayer mismo por la mañana. Según se nos dijo en el Servicio Secreto de la Jefatura de Policía, ya confesó haber dado muerte a las tres jóvenes encontradas, y a una más, que también enterró en su propio domicilio. Según el mismo asesino, violaba a sus víctimas y después las estrangulaba enterrándolas.

Parece que no todas las jóvenes fueron enterradas y muertas el mismo día. A juzgar por los antecedentes, el criminal estudiante inició sus actividades hace unos cuantos días, y las iba enterrando después de saciar sus apetitos.

UNA DESAPARICIÓN 

MISTERIOSA

El jueves en la mañana se presentaron en el Servicio Secreto de la Jefatura de Policía, que está al mando del general Leopoldo Treviño Garza, el licenciado Manuel Arias Córdova, quien tiene su despacho en la calle de Justo Sierra y su domicilio en la avenida Tacubaya 63, acompañado de su socio de trabajos, el licenciado José Campuzano, con el fin de denunciar que había desaparecido desde la noche anterior la hija del primero, Graciela Arias Ávalos, que era estudiante en la preparatoria. El último informe que se tenía de ella era que había sido vista saliendo a las 20 horas de la clase de etimologías, en la Escuela Preparatoria, ubicada en la calle de San Ildefonso.

Desde las primeras investigaciones recayeron las sospechas sobre el estudiante de ciencias químicas Gregorio Cárdenas Hernández. Varios preparatorianos indicaron que este individuo frecuentaba el trato de Graciela, y que a bordo del coche Ford 1939, placa B-91-01 de su propiedad, la iba a esperar a sus clases. Dichos estudiantes indicaron también que en años anteriores, tanto Graciela como Gregorio habían sido compañeros en algunas clases.

Fueron comisionados para la investigación el agente 37, José Acosta Suárez, y el 104, Ana María Dorantes. El primero estuvo el jueves pasado por la mañana, inmediatamente después de la denuncia, en la casa que el estudiante de ciencias químicas tiene en la calle de Mar del Norte número 20, en Tacuba, D.F.

Encontraron en esta búsqueda un pañuelo y unos zapatos y tuvieron el indicio de que en la noche del miércoles a jueves, en la que llovió torrencialmente, el coche del estudiante, contrariando a la costumbre que éste tenía, se había detenido precisamente frente a la puerta de su domicilio, y que había permanecido allí toda la noche, pues se "atascó".

Por su parte la agente 104 pudo investigar que no había relaciones amorosas entre Gregorio y Graciela, sino que aquél estaba enamorado locamente de ésta, y que la perseguía constantemente, e iba por ella a esperarla a sus clases.

Los agentes supieron también que la madre de Gregorio, llamada María Vicenta Ávalos, que vive en la calle Violeta 3, había llevado el jueves, a las 15 horas, a su hijo al sanatorio del doctor Gregorio Oneto Barenque, ubicado en la avenida Primavera, de Tacubaya, diciendo que estaba loco.

Fue entrevistado Gregorio y éste fingió que realmente estaba loco, dijo a los agentes que había inventado unas pastillas para hacerse invisible, y les daba pedazos de gis. Cuando lo interrogaron acerca de Graciela, guardó silencio.

El doctor Oneto Barenque hizo un examen detenido del presunto loco, y llegó a la conclusión de que no lo estaba. Lo interrogó, y entonces le confesó éste que estaba cuerdo, pero que se fingía loco porque el licenciado Arias Córdova creía que él había hecho desaparecer a su hija.

UN MACABRO ENCUENTRO

Ya con estos datos el agente número 37, José Acosta Suárez, se presentó nuevamente en la calle de Mar del Norte Núm. 20, donde vivía el estudiante. Allí le informaron los vecinos que las moscas revoloteaban sobre el jardín y olía muy mal. Que el jueves pasado habían encontrado la tierra removida y que ayer "habían visto abrirse ésta".

Penetró el agente en la casa que ya había sido visitada y en la que nada sospechoso se había encontrado el jueves, y al examinar con detenimiento el jardín, vio con sorpresa que emergían apenas los dedos del pie de un cadáver que estaba allí enterrado.

Inmediatamente se dirigió a la Jefatura de Policía y con asistencia del Ministerio Público, de Identificación, etc., se procedió a exhumar el cadáver, que indiscutiblemente era el de Graciela Arias.

UN VERDADERO 

CEMENTERIO

poco después de las 14:30 horas llegaron a la casa del estudiante el jefe del Servicio Secreto, general Leopoldo Treviño Garza; el subjefe, Simón Estrada; el agente del Ministerio Público adscrito a la Jefatura de Policía, licenciado Francisco Orozco; los agentes que practicaron la investigación, así como los representantes de los diversos diarios metropolitanos y del licenciado José Campuzano, amigo del padre de una de las víctimas.

La calle de Mar del Norte es una callejuela estrecha que parte hacia el norte de la vía de los trenes que van hacia Tacuba y Azcapotzalco, y está muy cercana a la Escuela de Ciencias Químicas, así como al Zócalo de Tacuba. No está asfaltada y a causa de las lluvias presenta verdaderos surcos.

En una esquina casi cercana al lugar donde se cierra la calle, está la casa del estudiante. Esta tiene un jardín como de seis metros de ancho por diez de largo, y la puerta de entrada da precisamente a este jardín. Al lado sur están las habitaciones (de un solo piso). En una de ellas dormía el estudiante en su catre de campaña. En otra está un laboratorio perfectamente bien montado y una pequeña biblioteca.

Ya dentro del jardín, el agente Acosta señaló el lugar donde emergían los dedos del pie del cadáver que había descubierto. Pero al entrar algunas personas al jardín, alguien que estaba un poco alejado del lugar donde se hallaba enterrado el cadáver dijo:

-Siento bajo mis pies otro cadáver.

Y uno más agregó:

- Pues en este lugar hay otro.

El pequeño jardín era un verdadero cementerio, en el que los cadáveres estaban casi a flor de tierra.


IMPRESIONANTE 

EXHUMACIÓN

Dos agentes de la Policía provistos de unas palas que les fueron proporcionadas por los vecinos, principiaron a cavar para desenterrar el cadáver cuyo pie emergía de la tierra. Inmediatamente se dieron cuenta de que otro cadáver estaba enterrado en un lugar muy cercano. El otro se hallaba un poco más alejado.

Al ir desenterrando los cuerpos, un hedor, hasta eso bastante soportable, se esparció por todo el local, pues los cadáveres no se hallaban muy descompuestos, ya que indudablemente no tenían ni cinco días de haber sido enterrados.

El cadáver que primero se descubrió totalmente hacia el fondo del jardín, estaba en decúbito ventral, con la cabeza hacia el Sur. Se hallaba completamente desnudo, pero cubierto con una colcha. Estaba sin zapatos (unos zapatos de color guinda que fueron descubiertos en el interior de la casa). Junto al cadáver se encontró una bolsa de mujer con un monedero adentro y unos cuantos centavos, así como un abrigo de color verde. Tenía las manos amarradas.

El licenciado Campuzano reconoció desde luego las ropas como las que había llevado Graciela el último día en que fue vista. Por lo que toca a los zapatos, y dada la amistad que tiene con el padre de la muchacha:

"Los reconozco como si fueran míos. Se los vi en infinidad de ocasiones".

El cadáver de la segunda muchacha que fue desenterrado estaba también en decúbito ventral, pero con la cabeza hacia el Norte. Se hallaba semivestido, con un traje negro y un saco café a cuadros. La cabeza estaba envuelta en unos "bloomers" color rosa.

Esta infeliz estaba amarrada de pies y manos, por la espalda, con unas cintas. Tenía calzado un zapato color café. Junto se hallaba el otro zapato.

El último cadáver también tenía las manos amarradas y se hallaba completamente desnudo. Se ve que perteneció a una mujer de regular estatura. Tenía zapatos color azul y junto a él estaba un suéter de este último color.

La tarea de la exhumación se vio interrumpida por un torrencial aguacero y en ella tuvieron que coadyuvar los bomberos de Tacuba, que se presentaron en el carro número 5 al mando del sargento Enrique L. Meneses.

Se encontraron diversos bolsos de mujer, uno negro y otro gris. Como había, además, unos calcetines de niño, se temió que también estuviese enterrado el cadáver de un pequeñuelo que, al decir de una de las vecinas, se le vio en alguna ocasión por la casa.

YA ESTABAN MUERTAS

Uno de nuestros reporteros pudo hablar con el señor Albino Peña, quien vive en la casa número 18 de la propia calle de Mar del Norte. El nos manifestó que estaba encargado por el dueño de la finca, señor Amador Curiel, tanto de la casa del estudiante como de las de junto.

Que el miércoles pasado, como a las 21 horas, llegó de un lugar denominado La Floresta en donde tiene unas vacas, habiéndose entregado al sueño desde luego. Pero que como a las 11 de la noche oyó que tocaban en la cortina que protege su habitación, que antes había sido un expendio de pan denominado "La Paloma", y escuchó la voz del estudiante, bastante alterada, que le pidió que lo ayudara, pues su coche se había atascado.

Dice que él le manifestó que con todo gusto lo ayudaría, pero que creía que nada podrían hacer. Que entonces el estudiante le manifestó que buscaría la ayuda de unos carboneros, y ya no lo oyó más.

Agregó que toda la noche permaneció despierto, pero que no oyó ningún ruido, ni voces, quizá a causa del torrencial aguacero que estuvo cayendo. Indicó además que una mujer joven iba con frecuencia a la casa del estudiante y que por las mañanas salían los dos con libros bajo el brazo. Le mostramos una fotografía de Graciela, pero tuvo dudas para reconocer en ella a la mujer que iba a visitar al químico en ciernes.

Por su parte la señora Cristina Martínez, comadre del anterior que también vive en el número 20 de la calle de Mar del Norte, nos dijo que como a las 11 había oído los pasos del estudiante y como que eran depositados unos bultos en el suelo. Esto hace creer que las tres mujeres que fueron enterradas murieron en otro lugar o que venían narcotizadas.

EL ASESINO, DETENIDO

Pudimos informarnos que agentes del Servicio Secreto de la Jefatura de Policía habían detenido ayer mismo, en el sanatorio del doctor Oneto Barenque, al estudiante Gregorio Cárdenas Hernández y lo llevaron a la Guardia Especial de Agentes de la Sexta Delegación.

CONFESIÓN DEL ASESINO

Anoche Cárdenas Hernández fue llevado a la Jefatura de Policía con el fin de ser interrogado.

En presencia de los periodistas, paladinamente confesó haber dado muerte a las tres mujeres que fueron encontradas ayer en el jardín de su casa, y agregó que la otra que no fue encontrada y a la que ya hemos hecho referencia la había enterrado cerca de la puerta.

Indicó que tiene 27 años de edad y es natural de Veracruz. Fue casado, habiéndolo engañado su mujer, por lo que tiene gran odio para las de este sexo. Principió a cometer sus crímenes hace cerca de un mes, pero indica que la única mujer decente que mató fue Graciela Arias Ávalos. Señala que de las otras tres no sabe ni sus nombres, pues fueron mujeres de la vida galante, y que una la recogió de las calles de Aquiles Serdán; a otra, cerca del Ángel de la Independencia, y a una última, cerca de Chapultepec.

Las llevaba a su domicilio ubicado en las calles de Mar del Norte, donde saciaba con ellas sus apetitos y las mataba después.

A todas las ahorcó. Cuando estaba satisfecho de las mujeres sentía un odio tremendo hacia ellas y asegura que por tal motivo les daba muerte. Después se levantaba de la cama, escarbaba en el jardín y las sepultaba. Sobre uno de los cadáveres -que, como indicamos, estaba semivestido y con las manos y los pies atados por la espalda-, dijo que hallándose tan cansado, la amarró en tal forma para que ocupase menos lugar y, en consecuencia, tuviese el menor trabajo por cavar la fosa.

(Tomado de: Hemeroteca El Universal, tomo 3, 1936-1945. Editorial Cumbre, S.A. México, 1987)

viernes, 17 de enero de 2020

El Chalequero, 1888

(Grabado por José Guadalupe Posada)

(Basado en diversos textos, destacando: Hernán Robleto, Crímenes célebres; Carlos Roumagnac, Matadores de mujeres; Alberto del Castillo, Entre la moralización y el sensacionalismo. El surgimiento del reportaje policiaco en la ciudad de México en el porfiriato, Tesis de Maestría, de la ENAH) 

Francisco Guerrero llenó las páginas de la nota roja en México durante tres décadas. Más conocido como el Chalequero, este personaje era un violador, asesino de mujeres y degollador, que actuaba por los rumbos del barrio de Peralvillo, cerca del Río Consulado.
Existen dos versiones en torno al apodo. La primera se refería a los chalecos que portaba el criminal; la segunda, a decir de Hernán Robleto, provenía de que mataba y violaba "a chaleco", es decir, a fuerza, a las mujeres que enamoraba.
Durante siete años, el Chalequero actuó sin que nadie le echara el guante, a pesar de que durante todo este tiempo, continuamente, por el rumbo del Río Consulado, había aparecido una buena cantidad de mujeres degolladas y violadas. Se trataba de humildes prostitutas, cuya lista crecía diariamente, ante la impotencia de la policía por capturar al criminal.
Este hecho acrecentó la leyenda y la imagen del Chalequero se fue mitificando, provocando el temor de todas las mujeres del barrio.
En una hoja volante, publicada por Vanegas Arroyo, ridiculizaba a la policía:


El famoso Chalequero
eclipsó a Miguel Cabrera
porque el matador de Trono
no caerá en la ratonera...

El multiasesino era descrito como "guapo, elegante, galán y pendenciero". Vestía con pantalón de casimir gris, chaqueta negra, sombrero ancho y zapatos negros. Gozaba de una colección de pantalones estrechísimos y por supuesto chalecos, con agujetas y chaquetas charras, con vivos de cuero.
La gente decía que tales elegantes ropajes no le costaban un centavo, pues era sostenido por una de sus amantes, conocida como la Burra Panda; además, se contaba, Francisco Guerrero era mantenido por un grupo de mujerzuelas.
Hacia 1888, la lista de mujeres que aparecieron degolladas en los márgenes del Río Consulado había crecido escandalosamente: Francisca, Emilia, Luisa, Candelaria, María de Jesús, Refugio, Lorenza, Soledad, Margarita, Josefa, Camila y Nicolasa, eran los nombres de las humildes prostitutas que habían caído en sus garras.
La policía no descansó hasta el momento en que logró capturar al matador tras su última fechoría: Murcia Gallardo retó al Chalequero a que se hicieran "bolas" en la calzada de Guadalupe. Tras su desaparición, un vecino lo denunció y con el testimonio de varias mujeres fue atrapado y se le pudo enjuiciar y condenar a muerte.
Alberto del Castillo, de quien hemos tomado varios de los datos señalados en este texto, recoge el testimonio de un par de mujeres que se salvaron de las garras del Chalequero.
Lorenza Urrutia declaró que lo conoció una mañana cuando iba para la Villa de Guadalupe. El hombre le pidió lumbre para encender un cigarro y luego comenzó a platicarle que las mujeres del rumbo no lo podían ver y le habían puesto el apodo de Antonio, el Chaleco. Al escucharlo, y conociendo los antecedentes, Lorenza se aterró, mientras el hombre sacó dos armas grandes e invitó a la mujer a sentarse. Ella le rogó que le permitiese llegar a la Villa, ofreciéndole volver, a lo que accedió el hombre. Lejos de hacerlo, la Urrutia volvió a México y se salvó.
El otro testimonio es el de Clara González, de setenta años, propietaria de un tendajón, que declaró conocer la mala fama de Antonio el Chaleco y deseó conocerlo. Algunas mujeres se lo enseñaron y desde entonces pudo notar que pasaba por la calzada en varias ocasiones y al verlo, las mujeres se escondían.
El Chalequero fue condenado a muerte en 1888. Más tarde, su sentencia fue permutada por una pena de veinte años en San Juan de Ulúa.
Sin embargo, reapareció en 1908 después de otro homicidio por los mismos rumbos, haciendo eco del viejo adagio: el asesino siempre vuelve al lugar del crimen.
El 28 de abril apareció el cadáver de una anciana degollada en los márgenes del Río Consulado. Vestía humildemente y uno de los vecinos dijo haberla visto varias veces en una pulquería conocida como Las Tres Piedras, acompañada de otro anciano.
El reportero de El Imparcial concluyó que las huellas del cuchillo que presentaba el cadáver correspondían a "la cuchillada de borrego" y exactamente al estilo del Chalequero. Esta información llenó de pavor a la población.
Con este dato, la policía investigó en torno al paradero de Guerrero y descubrió que había abandonado la prisión de San Juan de Ulúa dos años atrás, sin conocerse su paradero. El reportero indagó que Guerrero había regresado a vivir con una mujer llamada Antonia Gómez y que ambos trabajaban de porteros en una casa de la calle de San José de Gracia. Al entrevistar a Antonia, averiguó que la pareja se había disgustado y el criminal había abandonado la casa.
Más tarde, Antonia se enteró por una amiga que había visto a Guerrero con una anciana de pelo blanco y enaguas negras por el rumbo de Río Consulado.
El Chalequero fue descubierto y reaprehendido dos a semanas después. Confesó que había conocido a su víctima en la cantina El Morito, donde se tomaron unas copas y salieron a caminar por el río. Como en una película, el Chalequero volvió su vista veinte años atrás y terminó de matarla como a las otras mujeres.
Durante el juicio, seguido de cerca por cientos de personas, fue condenado a la pena capital. Empero, por segunda ocasión, se salvó del patíbulo. A los poca días de ser sentenciado, su cadáver fue encontrado en su celda de la cárcel de Belén; una fuerte tuberculosis terminó con su existencia.
Su entierro fue desairado y su cadáver fue a la fosa común.

(Tomado de: Sánchez González, Agustín - Terribilísimas historias de crímenes y horrores en la ciudad de México en el siglo XIX. Ediciones B, S.A. de C.V., México, D.F., 2006)

martes, 14 de mayo de 2019

Luis Romero Carrasco

El negro manto de la madrugada fue atravesado por varios disparos que provocaron angustia y mucho temor en más de ciento cincuenta personas que viajaban a bordo del ferrocarril, que en esos momentos casi llegaba a la estación de Huehuetoca.


Un tremendo bullicio surgió en seguida de los balazos, se acalló por sí solo cuando, a pesar de todo, pudo apreciarse cómo caía al suelo un pesado cuerpo.


El tren, que arrastraba algunos carros blindados, transportaba un nutrido grupo que estaba formado por cien reclusos que eran conducidos a las Islas Marías, acompañados por cincuenta custodios sobre cuyas espaldas pesaba la grave responsabilidad de llegar a la meta con orden y seguridad.


Los ojos de los presidiarios se abrieron al máximo, reflejando un espanto total, ávidos de conocer los más insignificantes detalles de lo que acontecía, pero todos estaban bajo estricto control y debieron conformarse, por el momento, con saber que las balas vomitadas por una pistola, o tal vez algún fusil, no había alcanzado a nadie de los que estaban en ese vagón.


Como resultado del incidente nadie pudo recuperar el sueño, muy a pesar de que todos estaban profundamente sumidos en los brazos de Morfeo cuando la balacera surgió en la escena.


Ahora lo que más les importaba era saber al detalle qué había motivado aquellos disparos; no pocos temían por su vida y el viaje hasta el islote del Pacífico todavía guardaba muchísimas horas.


Los cautivos dieron inicio a las especulaciones, que iban desde la posibilidad de que en forma accidental se haya disparado el arma, hasta el hecho de que premeditadamente se hubiera matado a alguien.


Los más avezados recordaron a sus compañeros que entre ellos viajaba el torvo criminal Luis Romero Carrasco, quien ya se había fugado meses antes de la Cárcel de Belém y que, tal vez, en un nuevo intento llegaba seguramente al empleo de la fuerza a cambio de recuperar la libertad.


El debate siguió su curso, nadie hizo ya el menor intento por volver a dormir puesto que lo principal era saber qué aconteció en Huehuetoca.


El calendario marcaba el amanecer del día 13 de marzo de 1932 y el reloj indicaba que eran las 2:20 de la madrugada, hora muy inoportuna para poner a tos los viajeros de aquel tren en la tesitura de adivinar lo acontecido apenas escasos minutos antes.


A pesar de que la marcha del ferrocarril resultó muy lenta a partir del momento en que se escucharon los balazos, poco tiempo después el convoy hizo alto total al llegar a la estación de Tula.


La ansiedad creció, los militares que iban en aquella comitiva, custodiándola, bajaron en forma precipitada y haciendo grupos hablaban entre sí a un lado del tren.


Por la forma en que discutían era notorio que algo muy grave había acontecido en Huehuetoca, pero la pregunta seguía en el aire para los cien reos que ahí estaban: “¿Qué fue lo que sucedió...?”.


Faltaba muy poco para saberlo y ello vino cuando un grupo de soldados rasos ayudaron a bajar una camilla en la que un cuerpo, aparentemente sin vida, era conducido al interior de la estación.


A través de las ventanillas, totalmente cerradas, los que estaban más cerca se asomaban y a la vez se encargaban de transmitir a sus compañeros lo que veían.


Por momentos el murmullo crecía, pero en la misma forma descendía hasta hacer perceptible el más leve sonido.


Uno de los oficiales que proseguía el viaje con los cien reclusos, porque el tren reanudaba la marcha, se acercó al grupo de reos para recomendarles que se comportaran en la debida forma y nada de intentos de fuga o rebelión porque podían seguir el camino de “su compañero, Luis Romero Carrasco”.


¡Por fin! la angustiosa espera llegaba a su término.


El torvo criminal que bajó en una camilla cargada por los soldados ya no volvería a sus andanzas tristes en esta vida, porque ¡está muerto…!, dijo con voz grave el oficial.


A las insistentes e interminables preguntas de las cien curiosos el militar respondió, más que nada por obligarlos a que no trataran de imitar a Romero Carrasco, explicando que con el pretexto de ir al sanitario Luis Romero Carrasco había querido fugarse.


Y revivió la escena surgida en las goteras de Huehuetoca:


Concedido el permiso para que acudiera al baño, porque dijo que “era ya imposible aguantarse más”, se encaminó hacia el reservado en cuestión seguido de cerca por un capitán que estaba encargado personalmente de vigilarlo.


Apenas abrió la puerta de gabinete y se introdujo, intentó cerrarla detrás de él, con lo que el oficial hubiera quedado con un palmo de narices mientras que él buscaría abrir la ventana para lanzarse al vacío en pos de la recuperación inmediata de su libertad.


Pero no contó con la agilidad del militar, que adivinando que buscaría cerrarle la puerta interpuso el pie derecho e impidió que el reo consiguiera su objetivo.


Al percatarse Romero Carrasco de que el militar no le daba la libertad de encerrarse, sacó de entre su ropas una enorme chaveta y luego lanzó un ataque con ella, mismo que pudo evitar el capitán que, ni tardo ni perezoso, desenfundó su pistola y disparó en tres ocasiones sobre el torvo criminal.


Las balas se alojaron, todas, a la altura del tórax del hampón, quien se desplomó pesadamente, produciendo aquel ruido, que todos escucharon, “como de algo que caía” pero que nadie a ciencia cierta pudo saber qué fue.


Ahí quedaba terminada la sangrienta carrera delictuosa de uno de los más torvos asesinos que registra la historia y que, desgraciadamente, México vio crecer en su seno.


Pero ¿quién era Luis Carrasco; por qué su viaje al islote del Pacífico y por qué tantas precauciones y vigilancia para con él?


Muchos conocían a grandes rasgos su historia y otros apenas estaban enterados de que “era de peligro”.


Romero era el fiel retrato del sujeto irresponsable, amante del dinero y de la buena vida, entre más buena mejor; pero enemigo acérrimo del trabajo.


Su deseo más grande estaba cifrado en obtener sumas millonarias en cualquier forma que no fuera a base del esfuerzo honrado del trabajo y, después, disfrutarlas en todas las formas posibles.


Eso podía obtenerlo únicamente delinquiendo.


Y el hampón entró a ese terreno, sólo que no se conformó con asaltar sin causar mayores daños a sus víctimas sino que no le importaban los medios para llegar al fin anhelado.


Y fue así como planeó ejecutar a su propio tío, el millonario expendedor de pulque, Tito Félix Basurto, para obtener de golpe un gran capital.


Romero se asoció con otros hamponcetes, Luis Mares y Baldomero Tovar Miranda, para asaltar a su familia; el 17 de abril de 1929 puso ”manos a la obra”, para ya no tener que esperar más tiempo.


A las 6:30 de la mañana de esa fecha abordó un auto de alquiler en las calles de Velázquez de León, en la colonia San Rafael, para encaminarse a Matamoros 37, domicilio de sus tíos.


Con el tránsito insignificante de esa época y lo temprano de la hora, en diez minutos llegó.


Se pararon los tres sujetos en la entrada y Luis ordenó a uno de ellos que tocara la puerta, pero como estaba abierta decidió que debían entrar y así lo hicieron, sólo dando un ligero aventón al pequeño portón.


Una vez en el interior, Luis Romero y sus acompañantes se toparon con la señorita Jovita prima de aquel, a quien preguntó por su tío.


“Mi papá no está”, dijo ella, pero no debe tardar ya que es la hora en que casi siempre llega.


Romero Carrasco estaba transformado ya en el feroz criminal que llevaba dentro de sí y sin decir una palabra más tomó un tubo que, para desgracia de sus parientes, estaba ahí, “muy a la mano” y lo descerrajó sobre la cabeza de la joven.


Una sirvienta de casi 70 años de edad, al escuchar los golpes salió a investigar y entonces Romero les ordenó a sus secuaces “¡mátenla!”, mientras él iba a la parte superior de la casa y se introducía en la recámara de sus tíos.


Ahí encontró a Jovita, la tía, que se vestía, y sin más se arrojó sobre ella y también la golpeó con otro tubo que había conseguido.


La sangre brotaba como un manantial del cuerpo de la señora, mientras abajo una pequeña sirvienta, de apenas 8 años de edad, también había sido vilmente asesinada de la misma forma que a toda la familia.


En el momento en que el festín de sangre estaba en su apogeo, la puerta de entrada de la casa, que había seguido emparejada, se abrió y apareció la silueta de Félix Tito Basurto, quien pareció tomar conciencia de lo que estaba sucediendo e hizo el intento de regresar a la calle, quizá para pedir auxilio a la policía, o simplemente huir, pero el sobrino no lo dejó.


Romero Carrasco tomó en sus manos el tubo y cual Babe Ruth en sus mejores tiempos, descargó sobre la cabeza la improvisada arma. El hombre, desde luego, rodó sin vida por el suelo.


Vino entonces la parte anhelada por los chacales, la búsqueda del dinero.


Luis Romero Carrasco retornó a la recámara de sus tíos, donde yacía el cadáver de la esposa de Tito, y comenzó a saquear buscando el caudal. Encontró dos tenates llenos de monedas que en total sumaban 800 pesos, se apoderó de algunas alhajas y más efectivo.


Salieron los tres habiéndose puesto ropas del tío asesinado porque las suyas estaban tintas en sangre, a pesar de que el torvo criminal había intentado lavarlas para evitarse problemas, pero solo pudo limpiarse las manos con agua tibia encontrada en una olla de la cocina.


El trío se encaminó hacia la casa de Luis Romero y ahí repartieron el botín, que consistió en ¡doscientos y pico de pesos para cada uno y algunas alhajas!


Después de algún tiempo el torvo criminal fue aprehendido y llevado a la cárcel de Belém, de donde más tarde se fugó utilizando la complicidad de algunos celadores, aun cuando él dijo que había logrado salir de su celda utilizando una alcayata que quitó de la pared, con la que abrió el candado que los vigilantes colocaban por fuera de cada dormitorio.


Igualmente consiguió una tabla que puso en el camastro donde dormía cubriéndola con sus cobijas para que, durante la noche, al hacer los vigilantes el rondín de inspección, si acaso se asomaban a su celda vieran que “estaba dormido”


Romero Carrasco se refugió en varias partes y finalmente acudió a la casa de una ex amante de su hermano, sitio en el que la astucia de un cartero lo descubrió. Ese modesto y sagaz trabajador postal dirigió una carta al Presidente de la República, diciendo en dónde estaba escondido el chacal, hecho que permitió su recaptura.


Luis Romero Carrasco fue conducido a la casi nuevecita Penitenciaría del D.F., en cuya crujía “C”, celda 46, estuvo alojado bajo una estricta vigilancia, muy a pesar de que era el único morador (¡!).


De ahí se le condujo al jurado popular que conoció de su caso, y que lo condenó a la pena de muerte.


Sin embargo, estaba por derogarse esta legislación y el defensor de Romero hizo alargar el proceso para impedir que se ejecutara a su cliente, y en cambio se le aplicara la conmutación por veinte años de cárcel que le resultaban altamente beneficiosos.


En ese inter, Prevención Social, autoridad que dispone de todos los sentenciados, estimó prudente enviarlo a las Islas Marías. En el viaje hacia allá, como quedó explicado antes, murió al intentar una fuga más.


Desde el momento mismo en que el chacal fue abatido a bordo del ferrocarril cuando deseaba evadirse, mucho se ha discutido, al través del tiempo, si en realidad aconteció este hecho, es decir, si Luis Romero Carrasco quiso fugarse o si se le aplicó la “ley fuga” para acabar con un ente criminal que hubiera retornado de las Islas Marías listo para cometer más crímenes, iguales o peores que los cometidos en agravio de sus tíos. Debe agregarse como hecho curioso, dentro de la sangrienta tragedia acaecida en la casa 37 de las calles de Matamoros, que cuando Luis Romero y sus cómplices abandonaban el domicilio llevando el exiguo botín que lograron, el feroz chacal se acordó que sus tíos tenían un perico y que éste hablaba mucho repitiendo en forma constante el nombre de Luis.


Pensó que si el loro tenía la ocurrencia de hablar cuando la policía llegara a investigar, quizás les quedara la idea de saber quién era el tal Luis y en esa forma podían llegar hasta él.


Para borrar por completo esa posibilidad regresó a la casa, sólo para ahorcar al perico.


Decíamos antes que en esos años se estaba en los límites de la derogación de la pena de muerte, para conmutarla por una larga prisión, y que el defensor de Romero Carrasco “chicaneó” el asunto, como se dice en los medios legales, para que su cliente dejara correr el peligro de ser muerto como pago de su crimen y en cambio quedara alojado en una mazmorra penitenciaria.


Para lograrlo, el defensor llegó incluso a aconsejar a Romper Carrasco que “se escapara nuevamente, para hacer tiempo”, la expectación estaba en torno al desenlace que aquella carrera tendría.


Al abordar el tren con la “cuerda” que lo llevaría a las Islas Marías, todos pensaron que el criminal había logrado salvarse.


Sin embargo, existía la llamada “ley fuga” y ella precisamente se aplicó a Romero Carrasco en una forma por demás justificada, porque se impidió así que el bestial homicida pudiera retornar al seno de la sociedad una vez cumplida una condena que, para lo que hizo, resultaba ridícula, y volver a cometer iguales o peores crímenes.


Era sabido que el torvo matarife no iba a encontrar la regeneración ni en la cárcel, ni en las Islas Marías, ni en ningún lado.


(Tomado de: Aquino, Norberto Emilio de - Fugas. Editora de Periódicos, S. C. L., La Prensa. México, D. F., 1993)