Recordando a Teresa Hernández Antonio
Por Arturo Rivas
La revolucionaria Teresa Hernández Antonio fue una militante destacadísima de la Brigada Roja agrupación, de la Liga Comunista 23 de Septiembre que operó en el Distrito Federal y estados circunvecinos.
A Teresa Hernández la conocí años antes, en el fragor del Movimiento Estudiantil de 1968. Cuando los activistas de la Preparatoria N° 9 de la UNAM forzaron y se posesionaron del taller de impresión de esa escuela y, como pudieron, echaron a funcionar su pequeña imprenta. La mayoría de esa cuadrilla de improvisados impresores era del sexo femenino, y Teresa de las más entusiastas. Sin embargo, la inexperiencia impidió sacar ventaja provechosa de esa máquina y a los pocos días dejó de funcionar. Pero ello no desalentó a estos artífices de Gutenberg y, de inmediato, se coordinaron con los estudiantes de la cercana Unidad de Zacatenco, del instituto Politécnico Nacional. Pronto la Prepa 9 se vio invadida por cuantiosos activistas de las más diversas escuelas; y con ellos, como por arte de magia, también mimeógrafos, tintas y papeles. De ese taller salían diariamente kilos y kilos de octavillas, manifiestos, proclamas, carteles, engomados, pancartas, volantes, etc., etc. Se trabajaba ininterrumpidamente las 24 horas del día; los voluntarios sólo paraban para las necesidades más elementales, dormían pocas horas sobre los montones de papel y continuaban con la faena.
Ese entusiasmo se mantuvo durante el mismo tiempo que duró el Movimiento Estudiantil. Pero el verdadero motor de esa actividad siempre fue ese puñado de muchachas y muchachos idealistas de "la 9". Eran incansables, inteligentes, disciplinados y también muy alegres y bulliciosos. Y Teresa Hernández Antonio, con ellos.
Fue en esos días cuando Teresa inició su noviazgo con David Jiménez Sarmiento, el líder más carismático de esa escuela universitaria. Ese amor de ellos surgió y desarrolló enmedio de los mítines, las lecturas socialistas, los debates, las interminables asambleas, las marchas demandantes de libertades ciudadanas, las consignas pintarrajeadas en las paredes y los cánticos rebeldes. Fue cuando estaba prohibido prohibir.
Después, como es del conocimiento general, las lozanas voces de ese portentoso movimiento estudiantil y popular fueron reprimidas y pisoteadas por el autoritarismo gubernamental. El pueblo mexicano fue burlado y matado por sus propias autoridades, una vez más.
El estudiantado asimiló la derrota y volvió a las aulas. También Teresa y David retomaron sus estudios, pero ahora con una hija recién nacida. Se habían casado -para disgusto de sus propias familias- e iniciaban vida marital, que sólo la muerte interrumpiría.
Ella procedía de una familia de clase media acomodada y pretenciosa; era una güerita modosita y educada, gustaba de tocar piano (había piano en su casa). David, por el contrario, derivaba de una familia proletaria, del arrabal, del mal comer y vivir al día. Tiempos difíciles enfrentaba el matrimonio de Teresa y David. Él consiguió un modesto empleo con el que mantenía dignamente a su nueva familia, y continuaba tozudamente con su formación académica; aspiraba a graduarse como economista. Ella atendía amorosamente a su hija y hogar, y por las tardes asistía a la escuela, sentía el llamado de la sociología. Además, ambos incrementaron también su actividad política.
Para muchos, la represión brutal al Movimiento del 68 y demás movilidades de en esa época (la de los médicos, la de los ferrocarrileros, los copreros, el asesinato de Rubén Jaramillo, etc.) había demostrado el verdadero carácter del Estado mexicano: burgués, reaccionario y represor. Sin ninguna viabilidad para las necesidades democráticas de la sociedad. Entonces la lucha armada fue vista como un camino necesario por mi generación.
Cuando yo decidí incorporarme a la guerrilla, mi primera alegría fue constatar allí la amplia presencia del sexo femenino. Mi segunda sorpresa agradable fue reencontrarme también allí a Teresa Hernández Antonio, siempre con su inseparable esposo David Jiménez.
En la Liga Comunista 23 de Septiembre, la presencia de las mujeres era cotidiana. Esa presencia femenil, natural y militante, le confería a la Liga unas maneras, un vocabulario y un olor distintivos que impedía la vulgaridad y los desplantes machistas, que muchos de nosotros pretendíamos justificar por la clandestinidad y actividad militar. ¡Qué orgullo concurrir a la utopía juntamente con estos seres! No sólo su belleza e inteligencia, sino por su característico pensamiento, sinuoso, perspicaz, alegre y malicioso para llegar a conclusiones sorprendentes. Ellas siempre nos regalaron nuevos argumentos más angelicales, y también más endemoniadamente atravesados. Igual de disciplinadas, igual de valientes, igual el temple y la entereza. Estas guerrilleras le dieron a la palabra compañera otra connotación.
Era tan amplia la comparecencia femenina, que existieron en la Liga comandos integrados exclusivamente por mujeres. Y no pocas de ellas figuraron en las diligencias regionales y nacional.
Teresa Hernández Antonio, con una bebita de dos o tres años y, además, con un nuevo bebé recién nacido, participó en varias acciones -expropiaciones, les decíamos-, primero con el comando "Lacandones" y luego en la Liga. Este tipo de acciones demandaron siempre de un alto grado de sorpresa, brevedad y contundencia por lo que se requirió previamente de investigaciones y preparación minuciosas. Era en la planeación de estos operativos donde la mente calculadora, curiosa y observadora de Teresa se desplegaba en toda su magnitud, y siempre fueron exitosos.
Pocos con la capacidad, energía, disciplina y entrega a la Revolución como Teresa Hernández Antonio. Ella llegó a comandar simultáneamente a varias células de la Brigada Roja; y téngase en cuenta que capitanear cualquier célula de esta Brigada Roja era tarea más que dificultosa ¡Allí, hasta el más chimuelo mascaba rieles!
Años después, preso yo en la cárcel de Lecumberri, me enteré de la trágica muerte de esta admirable revolucionaria. Que cayó en combate contra las fuerzas gubernamentales; que Teresa junto con el también dirigente Adolfo Lozano Pérez, Mariano, cayeron en una emboscada -ella, tan precavida y ducha-; que se suscitó el enfrentamiento en Ciudad Universitaria, durante una exposición canina; que los camaradas usaron sus armas de fuego, pero la desventaja fue abrumadora; que sus cuerpos mostraban el tiro de gracia. En fin, ¡Qué pérdida!
Quiero terminar la evocación a Teresa Hernández Antonio con estas líneas, que son de la autoría de Fernando Pineda Ochoa, camarada del Movimiento de Acción Revolucionaria:
¿Cómo imaginarte antes
compañera?
¿Eras buena?
Eres mejor ahora
Tus manos
de madre
de hermana
de hija
de novia
Recogieron el fusil
del comandante Guevara.
La ternura atesorada mezquinamente
para el macho se derrama...
Amorosamente se diluye
repartida para todo aquel que lucha.
Estás presente
Mujer
Camarada
Compañera.
La miel de tu palabra
la silvestre fruta de tu boca
Cuerpo frágil ceñido
al arma
Una granada de adorno
una gorra de campaña
Te entrego todo mi amor
Compañera
Proletaria.
Muchas gracias por su atención.
(Tomado de: Aguilar Terrés, María de la Luz (compiladora) - Guerrilleras. Antología de testimonios y textos sobre la participación de las mujeres en los movimientos armados socialistas en México, segunda mitad del siglo XX. Ciudad de México, 2014).

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