lunes, 29 de junio de 2020

La calle de Puente de Alvarado

Calle de Puente de Alvarado

El origen del nombre de la calle que ocupa hoy nuestra atención, data de los primeros años de la Conquista.
La tradición se refería por los mismos conquistadores, y después fue arraigándose de tal modo, que unánimamente poetas y cronistas la repitieron por más de tres centurias, teniendo por una verdad incontrovertible lo que no fue sino falsa leyenda.
El caso no es único ni excepcional. La Historia abunda en muchos sucesos fabulosos; pero principalmente la historia de la Conquista de México está llena de cuentos y concejas. Falso es, entre otras cosas, que Cortés quemara sus naves, falso también que llorara bajo el famoso ahuehuete de Popotla, y falsísimo que Motecuhzoma sucumbiera víctima de una pedrada. Cortés barrenó sus naves, no tuvo tiempo de derramar lágrimas en su fuga de la ciudad, y antes de abandonarla ordenó la muerte de Motecuhzoma.
Dice la leyenda, que en la célebre retirada de los españoles, Pedro de Alvarado, al llegar a la tercera cortadura de la calzada de Tlacopan, "clavó su lanza en los objetos que asomaban sobre las aguas, se echó hacia adelante con todo el impulso posible, y de un salto salvó el foso".
Hecho tan inexacto como admirable, impuso el nombre a una de nuestras principales avenidas que todavía se llama del Puente de Alvarado, y en la que se conservó por muchos años un puente y una zanja que corría de Sur a Norte. El señor Orozco y Berra, que la vio en 1834, dice que estaba cubierta "a uno y otro lado de la calle", y que por el lado Sur presentaba Hacia 1847 un jardín y casa de baños, que después fue Tívoli del Elíseo -donde se descubría parte de la acequia- y que hacia el Norte existía un portillo que se tapó en seguida por una pared y reja que correspondían a la casa marcada con el número 5, y ahora sin número, frente a la calle del Elíseo.
Agrega, que el antiguo acueducto pasaba por la calle y que el puente estaba cerca del que fue Tívoli.
Ahora no hay rastros de Puente ni de acueducto; pero subsiste el título que se dio a la calle, y con él, la tradición que venimos desmintiendo.
Y para que pueda apreciarse la verdad del suceso, vamos a recordar el interesante episodio conocido en la historia por la Noche Triste.

Hernán Cortés, de común acuerdo con sus capitanes, resolvió dejar la ciudad en la cual no podría sostenerse por más tiempo, por los continuos y repetidos ataques de los mexicanos. Asegurando el quinto del Rey, lo que a él tocaba, y abandonados cerca de setecientos mil pesos que no era posible llevar -todo provenía de los tesoros indígenas- dio la orden de marcha
Fue a la media noche del 30 de junio de 1520. La oscuridad era profunda y fuerte aguacero caía. La columna de retirada comenzó a salir del cuartel de los españoles, que había sido palacio del Rey Axayacatl, y que estuvo situado en la esquina de las calles de Santa Teresa y 2a. del Indio Triste. Marchaban a la vanguardia Gonzalo de Sandoval, con los capitanes Antonio Quiñones, Francisco de Acevedo, Francisco de Lugo, Diego de Ordaz, Andrés de Tapia y otros que habían llegado con Narváez, acompañados de doscientos infantes y veinte caballos. En esta vanguardia, cuatrocientos tlaxcaltecas conducían un puente portátil de madera, que emplearían para atravesar las cortaduras, y cincuenta soldados bajo las órdenes del capitán Magarino, le servían de custodia. En medio, rigiendo la batalla, iban Cortés, Alonso de Ávila, Cristóbal de Olid y Bernardino Vázquez de Tapia; los cañones arrastrados por doscientos cincuenta tlaxcaltecas y cincuenta rodeleros que los escoltaban; el fardaje en hombros de los indios; los caballos conduciendo el quinto del oro que pertenecía al Rey, y la yegua que llevaba la parte correspondiente a Don Hernando; los macehuales que cargaban en sus espaldas el oro de los capitanes y soldados, las mujeres del ejército, las sirvientas y mancebas, Doña Marina y dos hijas de Motecuhzoma, todas defendidas por treinta españoles y trescientos indios; los prisioneros que no habían sucumbido, de los que eran principales Chimalpopoca y Tlaltecatzin, hijos del citado Motecuhzoma, el señor de Acolhuacán y otros muchos. Atrás y a la retaguardi, que venía a las órdenes de Pedro de Alvarado y Juan Velázquez de León caminaba un competente número de peones y un pelotón de caballería. Siete mil aliados, por último, se habían repartido en las tres secciones [Historia antigua y de la Conquista de México, por don Manuel Orozco y Berra. México, 1888. Tomo IV, págs. 445 y 446].
Tan extraña comitiva, semejante a una negra serpiente, atravesó en silencio pavoroso las calles de Tacuba, Santa Clara y San Andrés.
Llovía a torrentes, y el piso estaba lleno de lodo y encharcado. A las dificultades del terreno se unía el peso de las armas y de los tesoros con que la codicia había cargado a los conquistadores. Se llegó a la primera cortadura, situada en la esquina de Santa Isabel, y colocado el puente, se hundió bajo el peso formidable de aquella multitud.
De repente, una mujer que iba a sacar agua, a la luz de un tizón encendido, contempla a los fugitivos: arroja la tea con que se alumbra a las aguas del canal, y anuncia a gritos la fuga de los castellanos. Ya no era necesario: los centinelas mexicanos habían corrido la voz de alerta.
En un instante los que huían se encontraron acometidos por todas partes. La lucha comenzó en medio de negrísimas tinieblas, y a la luz de los relámpagos se podían ver millares de canoas, henchidas de guerreros, a la vez que se escuchaba el lúgubre sonido del caracol sagrado, que allá en el Teocalli mayor convocaba para la guerra.
Parte del ejército fugitivo de castellanos y tlaxcaltecas aceleró el paso y logró atravesar el puente; pero la otra quedó incomunicada.
Entonces cundió el pánico, reinó el desorden; todos gritaban, todos combatían, y cada cual trataba de ponerse a salvo.
Frente a San Hipólito, en la segunda cortadura, muchos pasaron por infinidad de cadáveres, que habían obstruido el paso.
Más allí fue la mayor confusión y lo más recio de la pelea. Los guerreros aztecas atacaban a los castellanos con furia, sin tregua y cuerpo a cuerpo. 
Silbaban las flechas disparadas por los arcos, caían piedras de las azoteas y resbalaban los caballos en el lodo o bajo el golpe mortal de las macanas. Las espadas chocaban contra los escudos, las lanzas abrían hondas heridas, la artillería no funcionaba y la pólvora de los mosquetes no daba fuego, humedecida por la lluvia torrencial.
Espantables eran las voces de las víctimas. Aquí pedía alguien socorro, allá se ahogaba un castellano y acullá un tercero imploraba a gritos piedad y perdón por sus pecados. Los ayes de los moribundos se mezclaban al ronco son producido por los huehuetin y caracoles aztecas.
En la tercera cortadura, junto al Tívoli del Elíseo, hoy calle del mismo nombre, la derrota de los castellanos fue completa. El relámpago con su luz fosforescente, alumbraba a la muchedumbre que huía, a los montones de cadáveres -entre los que podían distinguirse cabezas ensangrentadas, brazos que aún empuñaban la lanza o el escudo- y las aguas tintas en sangre, por las que surcaban las canoas victoriosas de los valientes defensores de la patria, quienes a grandes voces vitoreaban a Cuitláhuac y Cuauhtémoc, héroes gloriosos de aquella tremenda lucha.
En aquel momento, Pedro de Alvarado aparece en la tercera cortadura. Su yegua alazana ha caído muerta. Viene a pie, solo, cubierto de barro, chorreando sangre y defendiéndose hasta la desesperación de sus perseguidores. Encuentra una viga atravesada en la acequia, la pasa, y una vez en el otro lado, monta en las ancas del caballo de un t,al Gamboa, que lo pone fuera de peligro.
Cómo se ve, el famoso capitán, no saltó ningún foso, ni sé apoyó en lanza alguna, sino que pasó por una viga.
Y así fue, en efecto, pues según dice un testigo ocular, el salto hubiera sido imposible por lo ancho y profundo de la zanja.
Por otra parte, en el proceso de Alvarado, contestó éste al capítulo en qué se le acusaba de haber abandonado a sus compañeros, con estás frases:
"Solo e mal herido, e el caballo muerto e viéndome desta manera, pasé el dicho paso: e no me lo habían de tener a mal ni dármelo por cargo, pues fue milagro poderme escapar, e no lo pudiera hacer su no fuera porque uno de cavallo estaba de la otra parte, que era Cristóbal Martín de Gamboa, que me tomó a las ancas de su cavallo e me salvó." [Proceso de residencia contra Pedro de Alvarado. México. 1847. Pág. 68]
¿Pero, cuál fue el verdadero origen de la leyenda que dio nombre a la calle? El fidelísimo Bernal Díaz del Castillo, testigo ocular de aquellos sucesos, lo refiere en las siguientes palabras:
"Y porque los lectores sepan que en México hubo un soldado que se decía fulano de Ocampo, que fue de los que vinieron con Garay, hombre muy práctico y que se apreciaba de hacer libelos infamatorios y otras cosas a manera de masepasquines, y puso en ciertos libelos a muchos de nuestros capitanes cosas feas, que no son de decir, no siendo verdad; y entre ellos, demás de otras cosas dijo de Pedro de Alvarado: que había dejado morir a su compañero Juan Velázquez de León con más de 200 soldados y los de a caballo que les dejamos en la retaguardia, y se escapó él, y por escaparse dio aquel gran salto, como suele decir el refrán: "Saltó y Escapó la Vida." [Historia verdadera de la Conquista de Nueva España. México. 1854. Tomo II, cap. XXXVIII, pág. 212. Por testimonios de otros historiadores, consta que no murió en aquella jornada Velázquez de León.]
No fue, pues, más que un "sangriento epigrama" -como lo ha dicho un entendido escritor- lo que dio motivo a qué se le atribuyera a Pedro de Alvarado un salto prodigioso, que por lo demás, a ser cierto, hubiera dejado "más encarecida su ligereza, que acreditado su valor".

(Tomado de: González Obregón, Luis – Las calles de México. Leyendas y sucedidos, vida y costumbres de otros tiempos. Prólogos de Carlos G. Peña y Luis G. Urbina. Editorial Porrúa, S.A. Colección “Sepan cuantos…”, #568, México, D.F., 1994)

viernes, 26 de junio de 2020

Xantolo, el día de muertos en la Huasteca

Xantolo, el día de muertos en la Huasteca

Uno nunca la espera tan pronto. Siempre es sorpresiva. Pero ahí está, acechando, seduciendo, llamando, escondiéndose detrás de las apariencias, y mostrándose disfrazada en las múltiples máscaras sonrientes que enseñan y ocultan, como las que se pone uno para bailar en los días de fiesta.
Una tarde me tomó desprevenido, justo cuando estaba entretenido en desordenar la rutina; distraído. Siempre sucede lo mismo cuando ocurren cosas importantes: a uno lo pillan; como cuando te enamoras que te rodea de golpe una luz vibrante y sopla un viento vigoroso, y no puedes dejar de verlo y sientes como te rechinan los cimientos... y empiezas a vivir de otra manera: empiezas a vivir y a morir.
Mi error fue no reconocerla a tiempo. Te atrae y te rechaza, te sonríe y te cachondea el alma. Ya estás perdido, no podrás evitarla: empiezas a morir y a vivir.
En ese momento recordé las ocasiones en qué vi la luna ponerse tras las montañas, las noches que me abandoné a la plenitud suprema, los días que gocé hasta el límite un plato bien servido y sabroso... ¿Logré robarle a la vida sus placeres?
Son regalos divinos que se ofrecen ocasionalmente, y fue lo único que pude empacar para el cambio de domicilio, con la esperanza de que no fuera alta la tarifa por exceso de equipaje.
Cuando llegó ese momento tuve la visión de escoger el lugar adecuado: Tianguistengo, cerca de Tlahuelompa, la capital de las campanas. Fue un acierto el insistir. En lo alto de una montaña de la Huasteca hidalguense, frontera indescifrable con la sierra, en la cima de un nudo volcánico dónde el tiempo es húmedo, fresco, con el rocío en las alas de los insectos. En ese cementerio multicolor desde el que, en los días claros y luminosos, se pueden ver a un costado las montañas con nieve, y cuando me atrevo a mirar al cielo lo tengo más cerca y eso me permite volar y flotar de vez en cuando.
Tengo una ventaja extra. Cada trece lunas llegan danzantes un poco atolondrados pero siempre respetuosos a despertarme para cruzar al otro lado. La nostalgia es canija.
Las mujeres hilan flores para colgarlas junto al papel picado, preparan la comida para servirla en ollitas de barro recién cocidas, adornan los altares con frutas tropicales y prenden las velas y el copal. 
Preparan la fiesta con esmero. Reciben primero a los chiquitos, a los angelitos, y les dan sólo tamales de ajonjolí y dulces mientras les cantan las mañanitas: "...hoy por ser día de los muertos te las cantamos así...".
Después llegamos los mayores puntualmente. El camino fosforescente está tapizado de hojas amarillas de cempasuchitl, de manera que uno no se extravíe... la memoria se debilita y necesita de referencias que la refresquen. Además, la vista empieza a dejar de deslumbrarse con la luz... uno camina, flota, siguiendo el brillo de la polar, el reflejo de siete colores pandeados a punto de desvanecerse, la luz plateada de los sueños y fantasías y la transparencia de la lluvia cuando es fina y no se siente.
Hay otro gran auxilio: las voces que cantan sin temor las melodías que penetran suavemente con alegría y tesón. ¡Qué placer escucharlas! Es cuando uno empieza a flaquear con la nostalgia. Voces seductoras que uno finalmente no acaba de olvidar. ¿Para qué? ¿Por qué tendría que hacerlo?, son del pasado, son carnales, son insistentes, son bocanadas de otra vida. La música es irresistible, la banda de metales y tambores que llaman y llaman y acaban por prender... la fiesta está preparada y es un gozo acudir con los otros, los que se han quedado sin sentirlo.
Regresar y comer esos tamales, esos inmensos, gloriosos, voluptuosos tamales (zacahuil), acompañados de chocolate con agua... Y después unos tragos de sotol o pulque... y meterse en la fiesta, ver el recuerdo de facciones casi desconocidas, hurgar en eso que llamaba amor y dejar que las sombras de las nubes tracen por momentos los rasgos verdaderos sobre esas máscaras inmutables, los accidentes del viento que danzan disfrazados y no paran hasta el día de San Andrés, a finales de noviembre.
Cuando acabamos agotados por el baile, la danza, la música que hipnotiza, y las ollas de comida empiezan a aparecer con menos frecuencia, la charla empieza a navegar por cauces más rápidos y traicioneros, aunque más excitantes y sorpresivos. Me preguntan con frecuencia y de soslayo ¿Y, cómo es la vida aquí tan cerca de Dios y tan lejos aún de los gringos? Es un tiempo continuo, sincronizado y armónico con la sonrisa de los niños y con la mirada de los chamanes. Es una espiral hacía afuera, amplia, vasta; una visión panorámica sobre la selva tropical, los ríos, las grutas, las antenas de los insectos y las orejas de las liebres.
Es una delicia platicar sin prisas y sobresaltos mayores del sabor de la tierra, del color de la penumbra, del eco sordo de las pisadas del ganado, de los anhelos jóvenes y desbocados, viejos y claridosos. Volver y nunca acabar de sorprenderse de las resquebrajaduras, crujidos y sopetones que esconden las arrugas y cicatrices... como la tierra que nos empapa de cuando en vez.

(Tomado de: Ávila, Jorge - Xantolo, el día de muertos en la Huasteca. México Desconocido, noviembre 1991, número 177, Año XV. Editorial Jilguero, S.A. de C.V.)




miércoles, 24 de junio de 2020

Fray Bernardino de Sahagún

Fray Bernardino de Sahagún era Ribeira por su verdadero apellido, y usó en religión el nombre de su natal villa de Sahagún, en el reino de León, en la cual vio la luz hacia el último año del siglo XV.
Estudió en Salamanca. Era de gallarda apostura; su retrato, existente en el Museo Nacional, nos lo revela  como un tipo de fina belleza ascética. muy joven aún, tomó el hábito en el convento de San Francisco de la vieja ciudad universitaria. Vino a la Nueva España en 1529 con otros diecinueve frailes que trajo Fr. Antonio de Ciudad Rodrigo. Consagróse al estudio de la lengua mexicana con ardor y sapiencia. Habiendo comenzado a aprenderla durante la travesía misma, con los indios que por orden del Emperador, y tras de haber sido llevados a España por Cortés, regresaban a su patria; continuó, ya en México, el estudio de aquel idioma que hubo de poseer con absoluta perfección.
Los primeros años de su residencia los pasó en el convento de Tlalmanalco, y por ese tiempo emprendió una expedición al Popocatépetl y al Ixtaccíhuatl. Entregado a los menesteres de su orden anduvo por el valle de Puebla y por Michoacán, y fue, a lo que se conjetura, guardián del convento de Xochimilco. Pero el periodo más largo, no interrumpido y, acaso por fecundo, el mejor de su vida, lo pasó en el colegio de Sangra Cruz de Tlatelolco. A poco de fundado éste, en 1536, se encargó de dar la cátedra de latinidad a los jóvenes indios de familias principales que allí acudían, puesto en el que duró hasta 1540. Al propio colegio volvió hacia 1570 y, consagrado a la enseñanza tanto como a la administración del establecimiento y a sus trabajos históricos, permaneció hasta el fin de sus días. Falleció en el convento de San Francisco de México el 5 de febrero de 1590.
La obra de Sahagún es gigantesca y dificilísima de establecer su bibliografía. "Ocupado casi cincuenta años en escribir -expresa García Icazbalceta- no solamente trabajó muchas obras, sino que a estas mismas dio diversas formas, corrigiéndolas, ampliándolas, redactándolas de nuevo y sacando de ellas extractos o tratados sueltos que corrían como libros distintos. Ya escribía en español, ya en mexicano, ya agregaba el latín o daba dos formas al mexicano." Evangelizador, filólogo e historiador, la obra de Sahagún sigue estas tres direcciones de su actividad. En el género religioso escribió: Epístolas y evangelios de las domínicas en mexicano, Sermonario, Evangeliarum, Epistolarium et lectionarium; una Vida de San Bernardino de Sena según se escribe en las Crónicas de la Orden, traducida al mexicano; Ejercicios cuotidianos en lengua mexicana, Manual del Cristiano, Doctrina Cristiana en mexicano, Tratado de las Virtudes Teologales en mexicano, Libro de la venida de los primeros padres y las pláticas que tuvieron con los sacerdotes de los ídolos, Catecismo de la Doctrina Cristiana, Psalmodia Cristiana, y muchos tratados sueltos sobre diversas cuestiones, tales como: Pláticas para después del bautismo de los niños, Lumbre espiritual, Bordón espiritual, Regla de los casados, Impedimento del matrimonio, Doctrina para los médicos, etc., etc. En materia filológica se registran las siguientes: un Arte de la lengua mexicana, un Vocabulario triligüe: en castellano, latín y mexicano, y el llamado Calepino, que nadie vio y forma probablemente parte de la Historia.
Toda esa enorme producción es en cierto modo, incógnita. De sus libros, el único publicado en vida de Sahagún, es la Psalmodia Cristiana. De los demás, unos existen manuscritos, otros se hallan perdidos, y no faltan los que sólo se conocen por referencias de los historiadores.
Es la Historia general de las cosas de Nueva España la obra sobresaliente del franciscano. Prodigioso cuadro de las coastiumbres, creencias y artes de los antiguos mexicanos, más que una historia propiamente dicha, considérasela una enciclopedia, "tesoro inagotable de noticias" - como dice García Icazbalceta- acerca de la principal de las razas aborígenes.
Gran parte de la vida de su autor ocupó este libro. Una vez trazado el plan del mismo, Sahagún se trasladó al pueblo de Tepeapulco, en 1557, y allí, de boca de ancianos indios, a los que se agregaron cuatro estudiantes de los que él había enseñado en Tlatelolco, tomó las noticias que deseaba consignar. Con esto se constituyó el primer manuscrito de la Historia, para elaborar en él sus largos años de estudio. Habiendo venido a México para asistir al Capítulo de su Orden en 1560, reunió en Santiago de Tlatelolco a ocho o diez indios principales "muy hábiles en su lengua y en las cosas de sus antiguallas", y con ellos y cuatro o cinco colegiales trilingües se encerró en el colegio y por espacio de más de un año corrigió y adicionó lo escrito en Tepeapulco, sacándose copia de todo, "aunque de ruin letra, porque se escribió con mucha prisa". Fue éste el segundo manuscrito de la obra. Trasladóse después Sahagún a su convento de México y allí, durante tres años, pasó y repasó las escrituras, las corrigió, dividiólas en doce libros, cada libro en capítulos y algunos de éstos en párrafos. Se hizo la copia correspondiente, a la que añadieron y enmendaron muchas cosas los indios mexicanos, y éste fue el tercer manuscrito o texto. Acabáronlo los escribientes indios en 1569, y -añade García Icazbalceta- "parece ser el definitivo, y el que contenía el texto mexicano de la obra, tal a lo menos como su autor le aceptaba".
Concluida la obra, el laborioso fraile solicitó que se designara a algunos religiosos la que la examinasen. Los censores opinaron que era de mucha estimación y que debería acabarse la versión española de ella, quizá ya empezada. Opúsose alguien en el definitorio a que se siguiera gastando en amanuenses, por ser contrario al voto de pobreza de la Orden, y se mandó al autor despidiese a "los escribanos", dejándolo en libertad de escribir por sí mismo cuanto quisiera. Mas como Fr. Bernardino pasaba entonces de los setenta años, y sus manos, de tan temblorosas, no le permitían escribir, el trabajo quedó en suspenso por más de un lustro. Deseoso de darle fin, sacó Sahagún un sumario de su Historia, que envió a España en 1570 con Fr. Miguel Navarro y Fr. Jerónimo de Mendieta. En una Advertencia al lector, que figura en uno de los prólogos añadidos al sumario susodicho, se lee: "Lo de la lengua española y las escolias no está hecho, por no haber podido más por falta de ayuda y de favor: si se me diese la ayuda necesaria, en un año o poco más se acabaría todo; y cierto que, si se acabase, sería un tesoro para saber muchas cosas dignas de ser sabidas, y para con facilidad saber esta lengua con todos sus secretos, y sería cosa de mucha estima de la nueva y vieja España."
Entretanto, y si no por la imprenta, fueron conocidos de muchos religiosos los libros de la Historia, en virtud de haberlos "tomado y esparcido por toda la provincia" en el mismo año de 1570 el provincial Fr. Alonso de Escalona. ¡Milagro que no se perdieran entonces, y que tres años más tarde, al tornar a México como Comisario Fr. Miguel Navarro, y proceder a recogerlos conforme al deseo de Sahagún, volvieron todos a manos de éste en 1574! Por fin, al año siguiente o principios del 76, habiendo llegado a México el nuevo Comisario Fr. Rodrigo de Sequera, quien traía encargo del Presidente del Consejo de Indias licenciado Juan de Ovando, de remitirle copia de la obra, de la cual le había interesado mucho el Sumario, mandó al autor que acabase de traducirla, y que se escribiese de nuevo en dos columnas, una en mexicano y en castellano la otra. Fue éste el primer manuscrito en ambas lenguas y el cuarto de la Historia.
Tan azarosa como su composición misma, sería la suerte que, ya terminada, corriera. Muerto Ovando el mismo año de 1575, el Consejo de Indias dio orden para que se recogiesen y enviaran a España todos los originales y copias de la Historia. Reiteró la orden el Rey en julio de 1578. Sahagún, enternecido, pensando quizá que le pedían su libro para imprimirlo, había escrito al monarca en 26 de marzo del propio año, informándole tenía entendido que el Virrey, tanto como el Comisario de la Orden, le habían enviado ya los cuatro volúmenes de la obra; pero, "si no los envían -agregaba- suplico a V.M. humildemente sea servido de mandar que sea avisado, para que se torne a trasladar de nuevo, y no se pierda esta coyuntura, y queden en el olvido las cosas memorables de este Nuevo Mundo".
¡Pobre Sahagún! La coyuntura se perdió; el olvido duró más de de dos siglos... ¡y aun, en parte, subsiste!
Felipe II pasó la carta al Consejo, y éste ordenó secamente el 18 de septiembre: "Dése cédula para que el Virrey tome lo que allá queda, traslados y originales, y lo envía todo, sin que allá quede ningún traslado."
¿Qué fue lo que motivó tan radical, violenta y absurda decisión?¿Qué sucedió con los manuscritos de Sahagún? ¿Qué se hicieron las sucesivas y diferentes versiones de la obra? La copia enviada por el Virrey en 1578, llegó a su destino; pero ¿qué pasó con ella? También parece evidente -según García Icazbalceta- que la copia en castellano y mexicano sacada por orden del P. Sequera en 1575-77, se la llevó éste mismo. Mas como Ovando, que se la encargó, había ya muerto, y por tanto no era posible que se la entregase, ¿qué ocurrió con este manuscrito?
He aquí varios enigmas de nuestra historia literaria que no han llegado todavía a aclararse.
Dos siglos permaneció ignorada la obra de Sahagún. En 1779, habiendo sido nombrado historiógrafo de las Indias D. Juan Bautista Muñoz, con la comisión de escribir la "Historia general de América", se dio a investigar su paradero, y supo después que existía un ejemplar de ella en el convento de franciscanos de Tolosa, en la provincia de Cantabria. Provisto de una real orden se presentó allí en abril de 1753 y recogió el códice: era éste un tomo en folio que contenía únicamente el texto castellano de los doce libros. No corresponde a ninguno de los manuscritos mencionados por Sahagún, ni tiene su firma; y, en opinión de García Icazbalceta, "el original de que se copió esta parte castellana bien pudo ser el manuscrito del P. Sequera, que según toda probabilidad es el mismo que hoy está en la Biblioteca Laurenziana de Florencia".
De esa copia de Tolosa proceden las tres únicas ediciones hasta ayer hechas de la Historia de Sahagún: la de D. Carlos María de Bustamante, publicada en México en 1829-30; la que lord Kingsborough incluyó en su colección ya citada, y la de D. Ireneo Paz (1890-95), que reproduce la de Bustamante. Ambas son defectuosas. Bustamante cometió el error de publicar por separado y primeramente el libro XII en 1829,en un volumen en 4°, y los once restantes después, reunidos en tres volúmenes. Hizo alteraciones y supresiones graves, y sembró el libro de comentarios pueriles. Cábele la gloria, sin embargo, de haber sido el primero en dar a la estampa la magna producción de Sahagún, de la cual está aún por hacer, de acuerdo con los códices, una edición crítica definitiva. Con todo, excelente versión de la Historia general de las cosas de Nueva España se ha dado últimamente a la estampa, y es la que, enmendando errores y lagunas de Bustamante y Kingsborough, y aprovechando los trabajos de Paso y Troncoso, Jourdanet, Rémi Siméon, y Seler, publicó D. Pedro Robledo en cinco espléndidos volúmenes (México, 1938). La Editorial Porrúa, S.A., publicó en 1956 en cuatro volúmenes una nueva edición de la Historia general del P. Sahagún, confiada al P. Ángel Ma. Garibay K., quien hizo una revisión del texto sobre el Códice Florentino; corrigió la mala grafía de las palabras nahuas, dividió las partes de la Historia en párrafos marginales para facilitar la localización de materias, y compuso el cuarto tomo con ricos materiales que amplían las proporciones y alcances, hasta ahora conocidos, de la obra sahaguniana.

(Tomado de: González Peña, Carlos - Historia de la literatura mexicana. Desde los orígenes hasta nuestros días. Editorial Porrúa, Colección "Sepan cuantos..." #44, México, D.F., 1990)

lunes, 22 de junio de 2020

Acuerdos de San Andrés Larráinzar, 1996


Documento firmado entre los representantes del EZLN [Ejército Zapatista de Liberación Nacional] y el gobierno federal el 16 de febrero de 1996, que sienta las bases para poner fin al conflicto armado en Chiapas y establecer una nueva relación entre el Estado y los pueblos indígenas.
Las mesas de trabajo se celebraron del 20 de abril de 1995 al 16 de febrero de 16 de febrero de 1996. El Acuerdo estuvo atestiguado por la CONAI [Comisión Nacional de Intermediación], los medios de comunicación (nacionales y extranjeros) y miembros de la sociedad civil.
Los Acuerdos son un paquete de cuatro documentos en donde las partes fijan una serie de principios para establecer una nueva relación entre los pueblos indígenas y el Estado.

¿Cuáles son los principales compromisos de los Acuerdos?
-Reconocer a los pueblos indígenas en la Constitución el derecho a la autodeterminación en su modalidad de autonomía.
-Impulsar cambios jurídicos que amplíen su participación y representación jurídica.
-Garantizar el pleno acceso a la jurisdicción del Estado y reconocer la aplicación de sus sistemas normativos.
-Promover sus manifestaciones culturales.
-Asegurar su educación y capacitación y garantizar la satisfacción de sus necesidades básicas.
-Impulsar la base económica de los pueblos indígenas.
-Proteger a los indígenas migrantes.
-Garantizar el acceso de los pueblos a los medios de comunicación, su propiedad y administración.
-Reconocer la facultad de los municipios indígenas para asociarse libremente con el fin de promover su propio desarrollo.
-Elegir a sus autoridades y ejercer sus formas de gobierno interno de acuerdo con sus normas internas.
-Acceder de manera colectiva al uso y disfrute de los recursos naturales en sus territorios.

(Tomado de: Roldán Quiñones, Luis Fernando. Diccionario irreverente de Política mexicana. Con ilustraciones de Helguera. Grijalbo/Random House Mondadori, S.A. de C.V. México, D.F., 2006)

viernes, 19 de junio de 2020

Benito Juárez, acta de bautismo 1806


ACTA DE BAUTISMO

Don Juan Francisco Filio y Loaiza, cura coadjutor de la parroquia de Santo Tomás de Ixtlán, certifica que en los libros de mi cargo se halla uno forrado en badana colorada, titulado Libro de Bautismo de Ixtlán, Santa María Yahuichi, San Pablo Guelatao y Santa María Xaltianguis, comenzado en el año de 1696, en el cual a fojas 165 se halla una partida que, a la letra, es del tenor siguiente:

"En la iglesia parroquial de Santo Tomás Ixtlán, en 22 días del mes de marzo de 1806: yo, don Ambrosio Puche, Vicario de está Doctrina bauticé solemnemente a un niño que nació un día antes a quien nombré Benito Pablo, hijo legítimo de Marcelino Juárez y de Brígida García, indios del pueblo de San Pablo Guelatao, cuyos abuelos son Pedro Juárez y Justa López, y los maternos Pablo García y María García; fue su madrina Apolonia García, india casada con Francisco García, a quien advertí su obligación y parentesco espiritual y para que conste lo firmo con el señor Cura.

Ambrosio Puche=Mariano Cortabarría=."

La cual va fielmente sacada, corregida y constatada con su original a qué me remito y para que conste la firmo a 5 días del mes de julio de 1821.
Juan Francisco Filio

 (Tomado de:  Tamayo, Jorge L. (Introducción, selección y notas) - Antología de Benito Juárez. Biblioteca del Estudiante Universitario #99. Dirección General de Publicaciones, UNAM, México, D. F. 1993)

miércoles, 17 de junio de 2020

Ezequiel Montes


Nació en Cadereyta, Querétaro, el 26 de noviembre de 1820. A pesar de haber iniciado sus estudios tardíamente, los hizo con brillantez y alcanzó el título de abogado en 1852. Desde 1848 fue profesor en el Colegio de San Ildefonso. Incorporado al partido liberal en noviembre de 1855, fue nombrado oficial mayor de Relaciones Exteriores. En diciembre de ese mismo año, al ocupar la presidencia el general Ignacio Comonfort, sustituye a Juárez en el Ministerio de Justicia, Negocios Eclesiásticos e Instrucción Pública. En abril de 1857 se le nombra Ministro Plenipotenciario ante la Santa Sede. A su regreso fue designado diputado por Zumpango, México. Se negó a servir al Imperio y por ello sufrió prisión y destierro. Al triunfo de la República fue elegido diputado varias veces y finalmente secretario de Justicia e Instrucción Pública por segunda vez. Falleció el 5 de enero de 1883.

(Tomado de:  Tamayo, Jorge L. (Introducción, selección y notas) - Antología de Benito Juárez. Biblioteca del Estudiante Universitario #99. Dirección General de Publicaciones, UNAM, México, D. F. 1993)

lunes, 15 de junio de 2020

Temor a la muerte, angustia de vivir

TEMOR A LA MUERTE. ANGUSTIA DE VIVIR

¿Dónde es, corazón mío, el sitio de mi vida?
¿Dónde es mi verdadera casa?
¿Dó mi mansión precisa está?
¡Yo sufro aquí en la tierra!


Cantares mexicanos
Trad. de Ángel María Garibay K.


LA CALAVERA como motivo plástico, una fantasía popular que desde hace milenios se deleita en la representación de la muerte, como el Renacimiento y el barroco en la de los angelillos y cupidos: esto fue una tremenda sorpresa y casi un trauma para los visitantes de la Exposición del Arte Mexicano en París. Se paraban ante la estatua de Coatlicue, diosa de la tierra y de la vida, que lleva la máscara de la muerte; contemplaban el cráneo de cristal de roca -uno de los minerales más duros-, tallado por un artista azteca, en innumerables horas de trabajo, con un asombroso dominio del oficio; miraban los grabados de los dibujantes populares, Manilla y Posada, que recurrían a esqueletos para comentar los sucesos sociales y políticos de su tiempo. Se enteraban de que en México hay padres que el 2 de noviembre regalan a sus niños calaveras de azúcar y chocolate en las cuales está escrito con letras de azúcar el nombre de la criatura, y que ésta se come encantada el dulce macabro, como si fuera la cosa más natural del mundo. Les fascinaba un arte popular que confeccionaba con materiales muy humildes, con tela, madera, barro y hasta con chicle, unos muñecos en forma de esqueletos, ataviados con abigarradas prendas, juguetes muy comunes y queridos por el pueblo… Paul Rivet, en una crónica sobre la exposición, habla de “motivos inesperados” y pregunta: “¿Qué decir de esos muñecos que representan una pareja de recién casados en traje de boda y son en realidad una pareja de esqueletos?” Pregunta en la que se vislumbra, además de asombro, un dejo de espanto. El europeo, para quien es una pesadilla pensar en la muerte y que no quiere que le recuerden la caducidad de la vida, se ve de pronto frente a un mundo que parece libre de esta angustia, que juega con la muerte y hasta se burla de ella… ¡Extraño mundo, actitud inconcebible!

El México antiguo no conocía el concepto del infierno. Es posible y hasta probable que en el subconsciente del pueblo, sobre todo del pueblo indígena, siga viviendo todavía el oscuro recuerdo de un más allá abierto aun al pecador. El hecho en sí es el mismo en todas partes, pero la concepción de la muerte es otra. La imagen del esqueleto con la guadaña y el reloj de arena, símbolo de lo perecedero, es en México de importación: en los casos en que se la acoge -por ejemplo, en las representaciones de la danza macabra-, se adapta, en seguida, y se aclimata, se mexicaniza, como lo vemos en Manilla y Posada. Xavier Villaurrutia, cuya poesía gira, casi enteramente, en torno a la muerte, escribió alguna vez: “Aquí se tiene una gran facilidad para morir, que es más fuerte en su atracción conforme mayor cantidad de sangre india tenemos en las venas. Mientras más criollo se es, mayor temor tenemos por la muerte, puesto que eso es lo que se nos enseña”. La carga psíquica que da un tinte trágico a la existencia del mexicano, hoy como hace dos y tres mil años, no es el temor a la muerte, sino la angustia ante la vida, la conciencia de estar expuesto, y con insuficientes medios de defensa, a una vida llena de peligros, llena de esencia demoníaca.

La íntima convicción del indio de que la vida es sufrimiento, de que el sumiso y débil es víctima de la brutalidad del fuerte -aquello que Roualt expresó al poner debajo de uno de los grabados de Miserere et Guerre la sentencia de Plauto “El hombre es el lobo del hombre”- hizo que el arte religioso del México colonial adoptara con verdadera pasión y tratara en mil conmovedoras variantes el tema del cristo martirizado, cuyo cuerpo, fustigado por inhumanos verdugos, chorrea sangre de mil pavorosas heridas. Es significativo que estas representaciones abunden en el siglo XVIII, siglo en que el indio y el mestizo, ejecutantes casi siempre anónimos, empiezan a imprimir al arte religioso su carácter y mentalidad. Y el hecho de encontrarse estas esculturas y pinturas sobre todo en las humildes iglesias pueblerinas, en aldeas de población indígena al margen de las influencias de la civilización urbana, admite la conclusión de que el martirio que el hombre inflige al hombre es una experiencia honda y primordialmente arraigada en el mundo sentimental del indio; y que el Cristo torturado es tan particularmente adorable para él porque siente su tortura como algo muy suyo. No cabe duda de que tal “patetismo del dolor material” -permítaseme citar esta frase de Werner Weisbach (El arte del barroco)- procede del realismo, o más bien, del verismo español, que se complace “en recargar la idea de la vida con imágenes de lo sangriento, terrible y espantoso”. Pero tampoco hay duda de que México se apoderó del tema con intenso fervor -comparable al fervor con el que se adueñó del estilo churrigueresco para dotarlo de la pompa y exuberancia que corresponde a su propia idiosincracia- y que el Nazareno colonial no es una simple variante del español, sino creación independiente, obra de una sensibilidad específicamente mexicana. “En los Cristos misérrimos de aullidos, de sudor y de sangre, encontramos, con la puntualidad infalible de lo extraordinario, gran parte de la dramática mitología indígena anidando, con forzado confort, en la exigua y lamentable imagen de la aldea”, dice Cardoza y Aragón, (Pintura mexicana contemporánea).

Angustia de vivir. Recordemos las palabras que el padre nahua decía a su hijita cuando ésta llegaba a la edad de seis o siete años: “...Aquí en la tierra es lugar de mucho llanto, lugar donde… es bien conocida la amargura y el abatimiento. Un viento como de obsidianas sopla y se desliza sobre nosotros… no es lugar de bienestar en la tierra, no hay alegría, no hay felicidad” (Códice Florentino, lib. VI, trad. de Miguel León-Portilla).

(Francisco Goitia: Tata Jesucristo)

Y recordemos también la obra maestra de un pintor de nuestros días, Tata Jesucristo de Francisco Goitia, quien, hablando de las dos mujeres representadas en su cuadro, dice: “Están llorando lágrimas de nuestra raza, penas y lágrimas nuestras, diferentes de las de los otros. Toda la congoja de México está en ellas”. Lo que las hace sollozar es la vida, el dolor de la vida, la incertidumbre que es la vida del hombre en la tierra.

El México antiguo no temblaba ante Mictlantecuhtli, el dios de la muerte; temblaba ante esa incertidumbre que es la vida del hombre. La llamaban Tezcatlipoca.

(Tomado de: Westheim, Paul - La Calavera. Traducción de Mariana Frenk. Lecturas Mexicanas #91, primera serie. Fondo de Cultura Económica, México, 1985)

viernes, 12 de junio de 2020

Consecuencias de las reformas borbónicas

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¿Cuáles fueron las consecuencias de las reformas borbónicas en la Nueva España?

Cómo las reformas atacaron muchos aspectos de la sociedad fueron también múltiples sus consecuencias, algunas de corta y otras de larga duración, y de impacto diferenciado de región a región. En general lograron lo que en principio se proponían: debilitar el poder de los sectores coloniales en beneficio de la Corona. Las nuevas autoridades españolas parecían garantizar eficiencia y lealtad al rey, en esa transformación muchos criollos fueron relegados a un segundo término, lo que produjo un constante y creciente malestar entre el sector colonial más educado y organizado. Las reformas también combatieron las formas tradicionales de pactar entre los distintos grupos sociales en el virreinato pues los funcionarios reales, con quienes se podía llegar a componendas, habían sido tradicionalmente intermediarios entre las corporaciones y la Corona, mientras que la nueva relación suponía un trato directo sin lugar a negociaciones.
En términos económicos las consecuencias fueron dispares también. En general la economía novohispana de la segunda mitad del siglo XVIII ofrecía una aparente bonanza, sin embargo, el hecho de que la Corona ejerciera un mayor control sobre la Iglesia, la mayor proveedora de crédito, puso en riesgo la disponibilidad de circulante. Por su parte, la apertura comercial terminó con el monopolio de los comerciantes de Sevilla y de sus socios de la Ciudad de México, con lo que se rompió el equilibrio de las cadenas de producción e intercambio dentro del virreinato y hacia el exterior; inmediatamente el poder económico y político de los miembros del consulado de comerciantes de la Ciudad de México se vio afectado, a lo que se sumó la creación de nuevos consulados independientes como los de Veracruz, Guadalajara y Mérida. El fomento de cultivos comerciales ya existentes, como la caña de azúcar, y la introducción de otros nuevos como el cacao, el tabaco o el café, impulsaron la creación de enclaves de economía de plantación, sobre todo en las regiones tropicales, vinculadas al mercado exterior lo que a la larga las haría dependientes de su producción especializada, además de crear una competencia por la tierra con las comunidades indígenas. La exploración del norte y el desarrollo de una minería que privilegiaba la extracción de plata pero también de nuevos minerales para la industria, favoreció el establecimiento de una forma novedosa de poblamiento con mano de obra libre y cotizada debido a su poca abundancia. Este último par de circunstancias terminó por definir los modelos de desarrollo de las distintas regiones del país hasta el presente.

(Tomado de: Silva, Carlos - 101 preguntas de historia de México. Todo lo que un mexicano debería saber. Random House Mondadori, S. A. de C. V., México, D. F., 2008)

miércoles, 10 de junio de 2020

Francisco Díaz Covarrubias


Nació en Jalapa, Ver., en 1833; murió en París Francia, en 1889. Ingeniero (1853) por el Colegio de Minería, enseñó topografía y astronomía en ese plantel; en 1855 presidió la comisión encargada de levantar la carta geográfica del valle de México, para lo cual él mismo construyó los aparatos; fijó la posición geográfica de la capital de la República, corrigiendo a Humboldt; calculó el eclipse de sol que ocurrió el 25 de marzo de 1857, visible en México; emigró a Tamaulipas en ocasión de la Intervención Francesa, para no servir al imperio de Maximiliano; en 1867, al triunfo de la República, se hizo cargo de la oficialía mayor del ministerio de Fomento; colaboró en el establecimiento de la Escuela Nacional Preparatoria; en 1874 presidió la comisión mexicana que viajó al Japón para observar el paso de Venus por el disco del sol; y en 1884 pasó a Francia como cónsul general en París. Publicó: Nuevos métodos astronómicos (1867), Determinación de la posición geográfica de México, Sistema métrico decimal, Tratado de topografía, geodesia y astronomía (1870), Elemento de análisis trascendente (1874) y Viaje de la comisión mexicana al Japón... (1874).

(Tomado de: Enciclopedia de México, Enciclopedia de México, S.A. México, D.F. 1977, volumen III, Colima-Familia)

lunes, 8 de junio de 2020

Levantamiento guerrillero en Chiapas IV

El Boletín número 1, con fecha de 2 de enero de 1994, documenta lo poco preparada para comunicar acontecimientos de guerra que estaba la oficina de comunicación social de la Secretaría de la Defensa Nacional.
Varios pasos atrás de lo que había mostrado ya la televisión, tanto nacional como internacional, los militares pusieron título (contra las más elementales reglas al respecto) al comunicado: 
"Grupo de agresores asalta campo militar en Chiapas".
Su manejo, tan deficiente en lo informativo, asienta sin embargo la manera en que los soldados entraron a la guerra. Al menos en lo oficial: "se ordenó que el personal militar jurisdiccionado a la VII Región Militar permanecieran en el interior de sus instalaciones esperando un posible diálogo a cargo del gobierno estatal, que permitiera que los integrantes de los grupos agresores armados retornaran a la legalidad". (sic).
En otros párrafos se afirma que a partir de las siete de la mañana de ese día, lunes, "efectivos no precisados" cercaron y asaltaron el campo militar sede de la 31a. Zona Militar.
Informa, asimismo, que a las 13:00 horas de ese día, continuaba la agresión "por parte de grupos armados". Y el fantasma de Tlalixcoyan apareció, en sus boletines por primera vez: "Se procedió a convocar al agente del Ministerio Público Federal con el fin de dar de de los hechos en cuanto esto sea posible". (sic).
En esa misma fecha, como continuación de telenovela mexicana donde todo transcurre con desesperante lentitud, un segundo boletín se tituló: "El ejército repele a los agresores de la zona militar de San Cristóbal de las Casas" 
***
Aquí hay muchas versiones encontradas y contradictorias.
La verdad es que efectivos militares recibieron la orden de actuar, es decir, de comenzar el operativo militar, de responder a la declaración de guerra con las armas, en la madrugada del día dos de enero. Es decir, 24 horas, tiempo largo y contrario a cualquier estrategia militar, después de que el EZLN había ocupado las ciudades de San Cristóbal de las Casas, Ocosingo, Las Margaritas, Altamirano y Chanal. A Comitán, que quedó en medio del fuego cruzado, no la invadieron por problemas de comunicación internos, según admitieron sus voceros semanas después.
Así grupos de comando militar, conocidos como la "GAFE", que se traduce en algo así como Grupo Aéreo de Fuerzas Especiales que están, en el organigrama castrense, bajo la orden directa del titular de la Sedena, entraron a la población de San Cristóbal de las Casas al clarear el día dos.
No hubo resistencia.
Los guerrilleros, con todo y el Subcomandante Marcos -ya famoso en todo el mundo- se retiraron rumbo a la zona militar de Rancho Nuevo donde intensificaron el ataque de sus compañeros, al tiempo que se escondían en las proximidades, sobre todo en la población cercana de El Corralito.
Las bajas de las fuerzas armadas fueron muchas, demasiadas pese a la falta de costumbre del combate, para lo que era esperado por el alto mando. Sólo de una compañía que llegaba procedente de Tlaxcala, los guerrilleros mataron a 14 soldados, igualmente fue muerto en batalla un teniente coronel (se desconoce el nombre porque no ha sido reconocida oficialmente su muerte) que era el segundo comandante, es decir, el segundo jefe en importancia del 24° Regimiento de Caballería con sede en Comitán, cuyos efectivos llegaron a colaborar en la defensa del cuartel militar de Rancho Nuevo.
A partir del primer combate, y hasta el cese al fuego el día 12 de enero, en esa zona de Chiapas se sucederían los tiroteos, las batallas más continuas entre el Ejército y los "transgresores". Casi cada noche el ruido de mortero fue rutinario.

(Tomado de: Arvide, Isabel - Crónica de una guerra anunciada. Grupo Editorial Siete, S.A. de C.V. México, 1994)

viernes, 5 de junio de 2020

Tratado de límites México - Estados Unidos, 1828



TRATADO DE LÍMITES ENTRE LOS ESTADOS UNIDOS DE MÉXICO Y LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA

Habiéndose fijado y designado los límites de los Estados Unidos de América con los territorios limítrofes de México por un Tratado solemne concluido y firmado en Washington a 22 de febrero de 1819 entre los Plenipotenciarios respectivos del Gobierno de los Estados Unidos por una parte, y de España por la otra; por tanto, y en consideración a que dicho Tratado recibió su sanción en una época en qué México formulaba una parte de la Monarquía española, se ha creído necesario al presente, declarar y confirmar la validez de dicho Tratado considerándolo vigente y obligatorio entre los Estados Unidos de México y de los Estados Unidos de América; en consecuencia, han sido nombrados los respectivos Plenipotenciarios; a saber.
El Presidente de los Estados Unidos de México a sus Excelencias los Sres. Sebastián Camacho y José Ignacio Esteva y el Presidente de los Estados Unidos de América al Sr. Joel Roberts Poinsett, su Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario cerca del Gobierno de los Estados Unidos de México. Los que después de haber cambiado sus plenos poderes y hallados en buena y debida forma, han convenido y concluido los artículos siguientes:

Artículo Primero

Siendo los límites divisorios de los Estados Unidos de México y de los Estados Unidos de América en los terrenos colindantes de ambas Repúblicas los mismos que se acordaron y fijaron en el dicho Tratado de Washington fechado a 22 de febrero de 1819, se procederá inmediatamente a poner en ejecución entre las dos dichas partes contratantes los artículos tercero y cuarto de dicho Tratado, que a continuación se insertan.


Artículo Segundo

La línea divisoria entre los dos países, al occidente del Mississippi, arrancarrá del seno mexicano en la embocadura del río Sabina en el mar, seguirá al norte, por la orilla occidental de este río hasta el grado 32, de latitud; desde allí, por una línea recta al norte hasta el grado de latitud, en que entra en el río Rojo de Natchitoche, Red river, y continuará por el curso del río Rojo al oeste hasta el grado 100, de longitud occidental de Londres y 23 de Washington, en que cortará este río y seguirá, porcina línea recta al norte, por el mismo grado hasta el río Arkansas, cuya orilla meridional seguirá hasta su nacimiento en el grado 42 de latitud septentrional y desde dicho punto se tirará una línea recta por el mismo paralelo de latitud, hasta el Mar del Sur [Océano Pacífico]; todo según el mapa de los Estados Unidos de Melish, publicado en Filadelfia y perfeccionado en 1818. Pero si el nacimiento del río Arkansas se hallase al norte o sur de dicho grado 42 de latitud, seguirá la línea dese el origen de dicho río recta al sur o norte, según fuese necesario, hasta que encuentre el expresado grado 42 de latitud y, desde allí por el mismo paralelo, hasta el Mar del Sur. Pertenecerán a los Estados Unidos todas las islas de los ríos Sabina, Rojo de Natchitoche y Arkansas, en la extensión de todo el curso descrito; pero el uso de las aguas y la navegación del Sabina, hasta el mar, y de los expresados ríos Rojo y Arkansas, en toda la extensión de sus mencionados límites en sus respectivas orillas, será común a los habitantes de las dos Naciones.
Las dos altas partes contratantes convienen en ceder y renunciar todos sus derechos, reclamaciones y pretensiones sobre los territorios que se describen en esta línea, a saber, los Estados Unidos de América ceden a S.M.C. y renuncian para siempre todos sus derechos, reclamaciones y pretensiones, a cualesquiera territorios situados al oeste y al sur de dicha línea; y S.M.C., en igual forma, renuncia y cede para siempre, por sí y a nombre de sus herederos y sucesores, todos los derechos que tiene sobre los territorios al este y al norte de la misma línea arriba descrita.


Artículo Tercero

Para fijar está línea con más precisión y restablecer los mojones que señalen con exactitud los límites de ambas Naciones, nombrará cada una de ellas un comisario y un geómetra que se juntarán antes del término de un año contado desde la fecha de la ratificación de este Tratado, en Natchitoche, en las orillas del río Rojo y procederán a señalar y demarcar dicha línea, desde la embocadura del Sabina hasta el río Rojo, y de éste hasta el río Arkansas y averiguar con certidumbre el origen del expresado río Arkansas y fijar, según queda estipulado y convenido en este Tratado, la línea que debe seguir desde el grado 42 de latitud hasta el mar Pacífico. Llevarán diarios y levantarán planos de sus operaciones y el resultado convenido por ellos se tendrá por parte de este Tratado y tendrá la misma fuerza que si estuviese inserto en él, debiendo convenir amistosamente los dos Gobiernos, en el arreglo de cuanto necesiten estos individuos y en la escolta respectiva que deban llevar siempre que se crea necesario.


Artículo Cuarto

El presente Tratado será ratificado y las ratificaciones serán cambiadas en Washington en el término de cuatro meses o antes, si posible fuere.
En fe de lo cual, los respectivos Plenipotenciarios han firmado el presente, sellándolo con sus respectivos sellos.
Hecho en México, a los doce días del mes de enero, del año del Señor 1828, octavo de la Independencia de los Estados Unidos de México y 52° de la de los Estados Unidos de América.


S. Camacho                             J. R. Poinsett                        J. I. Esteva

(Tomado de: Tamayo, Jorge L. - Benito Juárez, documentos, discursos y correspondencia. Tomo 3. Secretaría del Patrimonio Nacional. México, 1965)

miércoles, 3 de junio de 2020

Juvencio Robles

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Juvencio Robles ¿?-1920

Dios te perdone Juvencio Robles
tanta barbarie, tanta maldad
tanta ignominia, tantos horrores
que has cometido en nuestra entidad.

De un pueblo inerme los hombres corren
muy después de eso vas a incendiar
qué culpa tienen sus moradores
que tú no puedas al fin triunfar.

Corrido popular.

Para 1912, el estado de Morelos era un polvorín debido a la lentitud del gobierno maderista para la restitución de tierras. Los zapatistas respondían con violencia a la violencia del gobierno, que los llamaba "bandidos feroces y contumaces asesinos". Al general Juvencio Robles, quien antes había combatido a las tribus apaches en la frontera norte del país, se le encargó restablecer la paz en la entidad.
"Todo Morelos, según tengo entendido, es zapatista y no hay un solo habitante que no crea en las falsas doctrinas del bandolero Emiliano Zapata. En un lapso de tiempo relativamente corto reduciré a esa falange de bandoleros que actualmente asolan el estado de Morelos con sus crímenes y robos dignos de salvajes", comentó el general, y para ello empleó el método de la "recolonización": evacuaba los pueblos, encerraba a la gente en campos de concentración e incendiaba el lugar.
Durante varios meses, Robles quemó pueblos enteros, reconcentró a sus habitantes, realizó fusilamientos en masa y permitió la rapiña de sus hombres. Los excesos llegaron a su cumbre el 15 de febrero de 1912, cuando "recolonizó" el pueblo de Naxpa: las tropas federales lo saquearon, asesinaron a los habitantes y prendieron fuego al lugar, cuya población era apenas de ciento treinta y un niños y mujeres y cinco hombres.
En los primeros días de agosto, al enterarse Madero de estos horrores, removió a Robles y puso en su lugar al general Felipe Ángeles, quien vio con repugnancia los excesos cometidos por su antecesor: "¿Tiene derecho la sociedad que permite el asesinato, por los jefes militares, de los humildes indios, víctimas de bajas y viles intrigas? [...] No tiene derecho [...] Es justificada la actitud de los zapatistas".
Tras la caída de Madero, Robles volvió a Morelos y continuó aplicando sus violentos métodos antizapatistas: depuso al gobernador, disolvió la legislatura local, encarceló a sus integrantes. Cómo premio, fue designado por Huerta gobernador provisional. Cuando la revolución constitucionalista triunfó, huyó al exilió.

(Tomado de: Molina, Sandra – 101 villanos en la historia de México. Grijalbo, Random House Mondadori, S.A. de C.V., México, D.F. 2008)

lunes, 1 de junio de 2020

Renovación del concejo, Anenecuilco 1909

Situada a unos cuantos kilómetros al sur de Cuautla, en el rico Plan de Amilpas, del estado de Morelos, con sus casas de adobe y sus chozas sobre el río Ayala, Anenecuilco era, en 1909, una aldea tranquila, entristecida, de menos de 400 habitantes. Era un pueblo que estaba al borde del colapso, y su crisis era tanto la consecuencia de una historia particular, que tenía 700 años de antigüedad, como el resultado de luchas específicas. Pero era también, destacándose entre los detalles singulares, un paradigma de la crisis que sufrían muchos otros pueblos de Morelos y de toda la República.
Durante treinta años, los grandes terratenientes cultivadores de caña de azúcar le habían disputado a Anenecuilco los derechos sobre las tierras y las aguas de la comarca. En los campos, a lo largo de las acequias de riego y en los tribunales, los de Anenecuilco habían luchado por sus derechos a los recursos locales. Pero, por lo general, gracias a que los hacendados influían poderosamente en el gobierno federal de la ciudad de México, a que dominaban el gobierno de Morelos y tenían sujetos a los funcionarios de las cabeceras de distrito, los campesinos perdieron sus pleitos. En 1909, la presión que se ejercía sobre ellos se había vuelto especialmente pesada. En esa primavera, los hacendados de Morelos se apoderaron por completo del gobierno del estado e impusieron la elección de un miembro de su propia banda, notablemente complaciente, como gobernador. Ese verano, el nuevo gobernador decretó una nueva ley de bienes raíces, que reformó los impuestos y los derechos a tierras todavía más en beneficio de los hacendados. Este golpe se sintió duramente en todos los pueblos del estado. En Anenecuilco descorazonó por completo a los viejos que eran los regentes establecidos del pueblo.
Los cuatro ancianos que componían el consejo regente de Anenecuilco reconocieron públicamente que no se sentían capaces de dirigir al pueblo hasta que se sortease la crisis. No hay testimonios de que hubiesen fracasado por falta de valor o por negligencia. Por lo que se sabía, seguían siendo hombres de carácter firme y leal. Uno de los concejales, Carmen Quintero, había participado activamente en la política local desde 1884, y su carrera había comenzado antes de que muchos de los hombres adultos de la aldea hubiesen nacido. Otro, Antonio Pérez, había cargado su rifle para defender las tierras del pueblo desde 1887. Los otros dos, Andrés Montes y José Merino (presidente del consejo), habían cumplido sus deberes firme y fielmente durante más de una década. Tampoco se sabe que los concejales hayan fracasado por no contar con la confianza de las personas a las que representaban. Por lo que se sabe, los aldeanos todavía los respetaban. Por lo menos, los concejales disfrutaban de una confianza "familiar", en la acepción literal del término, puesto que, probablemente, casi todos los de Anenecuilco podían considerar a uno de los cuatro ancianos regentes como tío, tío abuelo, primo, hermano, cuñado, padre, suegro, padrino o abuelo. A lo largo de toda su difícil historia, la aldea había vivido gracias a la fuerza de voluntad de hombres cono ellos, y ahora no contaba con una fuerza mejor en la que apoyarse. Lo que anonadaba a los concejales y los hacía sentirse desvalidos era, simplemente, un sentimiento de incapacidad física. Eran, como dijo su presidente (que tenía más de setenta años), demasiado viejos. Antes, la fatiga no los había extenuado. Pero ahora, por la nueva fuerza del influjo de los hacendados, la defensa de la aldea exigía una energía que ellos ya podían generar. El tener que tratar con los administradores y los capataces de los hacendados, en los términos de la nueva legislación, el enfrentarse al jefe político de Cuautla, el andar contratando abogados, el desplazarse para ir a hablar con el nuevo gobernador en Cuernavaca, el tener que que hacer viaje hasta la ciudad de México, inclusive, resultó, de pronto, ser demasiado para hombres viejos. Precisamente porque los concejales eran personas con sentido de responsabilidad, por tradición y por carácter, decidieron traspasar su autoridad a otros que pudiesen dirigir a la gente de la aldea.
En la tarde del 12 de septiembre de 1909, los hombres de Anenecuilco se reunieron a la sombra de las arcadas que se levantaban detrás de la iglesia del pueblo. Sabían que la reunión tenía que ser importante. Para que todo el mundo pudiese acudir, los ancianos la habían convocado para este día, que era domingo. Y para que no se enteraran los capataces de la hacienda no había hecho sonar, como acostumbraban, la campana, sino que se habían pasado el aviso de boca a boca. Se encontraba allí la mayoría de los que eran cabeza de familia y casi toda los demás hombres adultos, pero solteros. Llegaron de 75 a 80 hombres, parientes, amigos, parientes políticos, rivales. El presidente del concejo, Merino, les explicó las razones por las que ya no podían seguir haciéndose cargo de los asuntos del pueblo. Los ancianos habían servido al pueblo lo mejor que habían podido durante años, y el mejor servicio que ahora le podían hacer era el de renunciar. Los tiempos estaban cambiando tan rápidamente que la aldea necesitaba algo más que la prudencia de edad. Era necesario elegir hombres nuevos, más jóvenes, para que los representaran. Luego, Merino pidió candidaturas para su propio cargo.
Modesto González fue el primero en ser propuesto. Luego, Bartolo Parral propuso a Emiliano Zapata y éste, a su vez, propuso a Parral, se hizo la votación y Zapata ganó fácilmente.
A nadie sorprendió. Zapata era joven, pues apenas en el mes anterior había cumplido los treinta años, pero los hombres que votaron lo conocían y conocían a su familia; y consideraron que si querían que un hombre joven los dirigiese, no podrían encontrar a ningún otro que poseyese un sentido más claro y verdadero de lo que era ser responsable del pueblo. Había tenido problemas con las autoridades del distrito, la primera vez cuando sólo tenía diecisiete años, un año o dos después de la muerte de sus padres. Entonces había tenido que salir del estado durante varios meses y esconderse en el rancho de un amigo de su familia, en el sur de Puebla. Pero nadie se lo tomaba a mal: en el campo, los líos con la policía eran casi un grito de libertad. De todas maneras, en los últimos trece años había sido uno de los dirigentes del grupo de hombres jóvenes que habían partipado activamente en la defensa del pueblo, firmando protestas, formando parte, como jóvenes, de las delegaciones enviadas ante el jefe político, y ayudando en general a mantener elevada la moral del pueblo. Recientemente, había ayudado a organizar la campaña local de un candidato a gobernador de la oposición; y aunque su partido había sufrido una desastrosa derrota (se había intimidado a los votantes, se habían escamoteado votos, se había detenido a los dirigentes y se los había deportado a los campos de trabajo forzado de Yucatán), había establecido relaciones con políticos de todo el estado. Después de la promulgación de la nueva Ley de Bienes Raíces, había comenzado a trabajar regularmente, con el consejo.

(Tomado de: Womack Jr., John - Zapata y la Revolución Mexicana. Traducción de Francisco González Aramburo. Siglo XXI Editores, S.A. de C.V./SEP. México, D.F., 1985)