Mostrando las entradas con la etiqueta conservadores. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta conservadores. Mostrar todas las entradas

jueves, 6 de marzo de 2025

Juárez acelera las operaciones sobre México, 1860

 


Juárez desea se aceleren las operaciones sobre la ciudad de México, 1860 


Teúl, noviembre 13 de 1860.

Excmo. Sr. don Manuel Doblado.

Guanajuato 

Muy señor mío y amigo:

Acabando de recibir la apreciable suya ha llegado también un extraordinario de Guadalajara que trajo varias noticias importantes para todos los jefes que actualmente figuran en beneficio de la actual revolución, una de ellas alarmante por las complicaciones que pueden resultar por el negocio de la ocupación de la conducta de platas y otras muy favorables respecto al giro -que la unidad y energía de los jefes han sabido mostrar- para salvar circunstancias muy críticas, cuyo curso habría desnaturalizado en totalidad los trofeos que nuestro partido ha conseguido por la unidad del Ejército Federal. Las primeras se refieren a que si no se indemnizan las sumas extranjeras de la conducta que se tomó, hay un conflicto, porque sabe que circula la noticia de una junta de Ministros extranjeros en Jalapa para tomar el partido que crean más ventajoso y será probablemente el apoderarse de los puertos de nuestra República. 

El señor Juárez, para evitar tal conflicto, quiere que se aceleren las operaciones de guerra sobre México y que, concluyendo pronto, pueda irse el grueso del Ejército Federal a impedir el golpe que se prepara; también hace una excitativa para impedir en lo moral tal golpe y ésta se refiere a que cada Gobernador se comprometa a satisfacer proporcionalmente al poder monetario de su Estado, un contingente que permita y sea susceptible de indemnizar en compañía las cantidades sustraídas y los daños y perjuicios a que la reclamación de dichos caudales pueda dar lugar. 

Las segundas consisten en que el Excmo. Sr. don Santos (Degollado) quiere sustraerse al ridículo que ha caído sobre él, así como también la censura que ante el Gobierno General y ante la Nación toda, se ha contraído por la ocupación de la conducta como por su malhadado plan que seguramente viene a complicar un tanto la situación; el tal modo consistió en un pronunciamiento que iba a efectuar mandando a Zaragoza, sin tener ya facultades para ello, que toda la fuerza la pusiera a las órdenes del Sr. (López) Uraga, a quien confería sus omnívoras facultades y le hacía observaciones muy exageradas con respecto a personas que si bien deben pagar con sus intereses, había de ser más bien por un conducto adecuado. Usted adivinará el resto, pues no se pueden encomendar a la pluma, cosas que por un extravío puedan interpretarse desfavorablemente. La persona contra que se procedía es Muñoz Ledo, a quien se debían intervenir sus bienes todos, para indemnizar los perjuicios ocasionados…

El Sr. Zaragoza desconoció el mandato de don Santos y respondió a Uraga dignamente lo mismo que a Mirabete, ayudante de don Santos, que venía de orden superior a encargarse de la comisaría. Todos estos golpes, dados en falso, lo han desconcertado a tal grado que no es posible sea capaz de aventurar nada nuevo. 

Se dice vagamente que (López) Uraga estaba en el complot dirigido desde que sé yo qué punto, creo que de México. 

Dos comunicaciones llegaron a la vez para las destitución de don Santos, una por la ocupación de la conducta, otra por el plan Mathew-Degollado. Todo esto es demasiado serio para verlo como un acontecimiento muy pasajero que sea superficial. 

Además ha llegado Francisco Cendejas, como comisionado del Sr. Juárez hacia González Ortega; no sé aún su comisión porque no quiso venir acá. Todo esto lo debe usted saber porque sus agentes son siempre mejores, pero lo informo yo por si usted no tuviere conocimiento de esto.

Muy de la aprobación del señor (González) Ortega ha sido la ejecución del pobre Patrón y desea que si Andrade está en igual caso se le aplique la ley. 

Hágame usted favor de saludar a Doloritas, a mi familia, la de Siliceo, a Prieto, etc. y, agradeciéndole y aceptando sus ofrecimientos, soy de usted su s. s.

José G. Lobato


(Tomado de: Tamayo, Jorge L. - Benito Juárez, documentos, discursos y correspondencia. Tomo 3. Secretaría del Patrimonio Nacional. México, 1965)

martes, 7 de enero de 2025

Proclama de Ignacio Zaragoza a las fuerzas constitucionalistas, 1860

 


Proclama del Gral. Ignacio Zaragoza a las fuerzas constitucionalistas, 1860 


Compañeros:

Con el heroico combate del día 29 del mes anterior (y) la feliz jornada del 1° del presente [se refiere al asalto a Guadalajara y al combate de Zapotlanejo] habéis dado muerte a las últimas esperanzas de la reacción. La traición de Tacubaya queda vencida; los derechos del pueblo quedan garantizados.

Franco tenéis el paso hacia la Capital de la República: sus puertas se os abrirán y si vuestros enemigos, ciegos por sus crímenes, aún hicieren un esfuerzo para oponer resistencia, con otro combate arrancaréis de sus manos las cadenas allí forjadas para oprimir al pueblo mexicano. 

Soldados: paz quieren los habitantes de la República y la paz ha sido conquistada por vuestro valor. Después será necesario consolidarla: tal vez la Patria os volverá a exigir vuestros servicios. Si entonces, como ahora, los prestáis con el mismo entusiasmo, castigaréis a los revoltosos y jamás desaparecerán de nuestro suelo las instituciones republicanas y las bases consignadas en el Código Constitucional de 1857. 

Estad preparados para la última jornada: en ella seréis conducido siempre a la victoria, por vuestro jefe, el activo demócrata que en Peñuelas y Silao arrancó para su frente, en beneficio social, un laurel a la fortuna. Entretanto, recibid las felicitaciones de la Patria: ella saluda a los guerreros que le han dado vida cuando estaba amenazada su nacionalidad: os reconoce por sus buenos hijos y yo recordaré con orgullo que tuve el honor de mandar el ejército de operaciones en los días felices de sus más gloriosos triunfos. 


Guadalajara, noviembre 4 de 1860.

Ignacio Zaragoza


(Tomado de: Tamayo, Jorge L. - Benito Juárez, documentos, discursos y correspondencia. Tomo 3. Secretaría del Patrimonio Nacional. México, 1965)

jueves, 20 de junio de 2024

10 batallas decisivas en México (V)



10 batallas decisivas en la historia de México [V]


Luis A. Salmerón Sanginés


(Maestro en Historia por la UNAM. Cursa el doctorado en Historia en la misma institución y es profesor de la Universidad Pedagógica Nacional. Especialista en investigación iconográfica y divulgación histórica)

5

Batalla de Calpulalpan

22 de diciembre de 1860

Ese día se enfrentaron en las cercanías de Calpulalpan (hoy en Jilotepec, Estado de México) los ejércitos de los partidos liberal y conservador en lo que sería la última batalla de la Guerra de Reforma (1858-1860).

En la primera etapa del conflicto la balanza parecía inclinarse a favor de los conservadores, quienes contaban con el apoyo de la mayoría del ejército formal, pero poco a poco la tendencia fue revirtiéndose hasta que en Calpulalpan el partido conservador se jugó la última carta con su mejor general, Miguel Miramón, al mando de ocho mil soldados, treinta cañones y algunos de los oficiales más experimentados como Leonardo Márquez o Miguel Negrete.

Por su parte, los liberales contaban con once mil hombres, aunque poco menos de la mitad de cañones que los conservadores; su general en jefe, Jesús González Ortega, contaba con oficiales como Ignacio Zaragoza y Leandro Valle. Su ejército estaba formado por las guerrillas republicanas que se habían levantado contra el golpe de Estado tres años atrás y, pese a no tener en su mayoría educación militar, eran soldados curtidos en los campos de batalla.

El combate inició a las ocho de la mañana con la ventaja inicial de los conservadores que, tomando la iniciativa y aprovechando la superioridad de su artillería, atacaron el ala izquierda liberal, pero dos horas después la superioridad numérica del bando enemigo y una serie de movimientos estratégicos para envolver a los conservadores por la retaguardia decidieron la victoria liberal. El ejército conservador quedó completamente destrozado.

Tres días después de la batalla, en la Navidad de 1860, González Ortega entró a la capital al frente de treinta mil soldados, marcando el triunfo liberal en la Guerra de Reforma. Así el Estado laico y republicano se afirmó en la historia mexicana al someter a las poderosas corporaciones que influían decisivamente en el rumbo del país: la Iglesia y el Ejército.


(Tomado de: Salmerón, Luis A. - 10 batallas decisivas en la historia de México. Relatos e historias en México. Año VII, número 81, Editorial Raíces, S.A. de C. V., México, D. F., 2015)

jueves, 17 de noviembre de 2022

Carlota de México


Carlota de México

El 9 de julio de 1866, muy temprano, la emperatriz Carlota salió de la Ciudad de México rumbo a Veracruz, donde abordaría un barco con destino a Europa. No iba en viaje de placer, sino a cumplir una misión política: convencer al emperador francés Napoleón III y al papa Pío IX para que ayudaran al tambaleante imperio que 2 años antes una junta de 215 notables decidiera establecer en tierras mexicanas. Su esposo Maximiliano, el archiduque de Austria y emperador de México, la había acompañado hasta Ayotla, en las estribaciones de la Sierra Nevada, donde medio de fragantes naranjales el matrimonio se dio el que sería su último beso.

A partir de ese momento la mala suerte pareció ensañarse con la soberana, de sólo 26 años. Llovía torrencialmente, los caminos estaban casi intransitables y una rueda del carruaje que la transportaba se partió en 2, retrasándola varias horas.

Niña bonita

Nacida en 1840, María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina pasó su niñez en el castillo de Laecken. De tarde en tarde, su padre, el rey Leopoldo I de Bélgica, la sentaba sobre sus piernas y acariciándole los cabellos castaños la llamaba "mi pequeña sílfide". Su madre, la piadosa Luisa María de Orleans, hija de Luis Felipe (rey de Francia entre 1830 y 1848) había muerto cuando Carlota tenía 10 años, pero la niña encontró a diario en los mimos de su progenitor y sus hermanos mayores: Felipe, príncipe de Flandes, y Leopoldo, duque de Brabante, quien más tarde sería rey de Bélgica y del Congo Belga.

Precoz, dotada de fuerte temperamento y notable perseverancia, la chiquilla poseía una figura esbelta y sus ojos color castaño oscuro cambiaban al verde claro cuando les daba la luz del sol. De adolescente,  leía las obras de los santos Alfonso de Ligorio y Francisco de Sales, del historiador griego Plutarco y de Carlos Forbes, Conde de Montalembert y defensor del catolicismo liberal.

Por aquellos tiempos llego a la corte de Bruselas un personaje que marcaría su destino: el archiduque Maximiliano de Habsburgo, hermano de Francisco José, emperador de Austria y Hungría. Al recién llegado le gustaba la buena comida, la danza, la música, la poesía y la literatura (en su castillo de Miramar, a orillas del mar Adriático, guardaba alrededor de 6,000 libros). No tenía una gran fortuna personal, por lo que su familia buscaba cazarlo con alguna acaudalada princesa.

Días de vino y rosas

Carlota, de 17 años, se enamoró profundamente del apuesto noble de 1.85 de altura, ojos azules y larga barba rubia. Él tenía 25 años y no aparentaba quererla con tanta intensidad; de hecho, había negociado con Leopoldo I casarse con ella, a cambio de un millón de francos que requería para terminar de construir su Palacio en Miramar.

El matrimonio se celebró el 27 de julio de 1857 en la catedral de Santa Gúdula. Carlota uso una diadema de brillantes entreverados con flores de naranjo, un velo confeccionado por hilanderas de Bruselas y un manto real bordado en Brujas. Maximiliano, por su parte, lucía el vistoso uniforme del ejército austríaco. Después de la ceremonia viajaron por el río Rhin y, a su paso, los lugareños arrojaban floridas guirnaldas.

Los recién casados fueron comisionados para gobernar las provincias lombardo-venecianas, al norte de Italia. En Milán fueron bien recibidos, pero los conflictos regionales y las intrigas palaciegas los obligaron poco después a dejar los asuntos de Estado y retirarse al castillo de Miramar.

La aventura mexicana

A Maximiliano le faltaban bienes y le sobraban deudas; en cambio la fortuna de Carlota era cuantiosa (algunos historiadores afirman que al morir, en 1927, era la mujer más rica del mundo). Leopoldo I, previendo que al archiduque no lo movía el amor sino la ambición, había incluido en el contrato matrimonial una cláusula según la cual las posesiones de Carlota no podían ser usadas por su consorte. El rey no se equivocaba: cuando Maximiliano aceptó gobernar México se fijó a sí mismo un sueldo de un millón 600,000 al año. En contraste, el presidente Benito Juárez (a quien la lucha contra los conservadores había obligado a asentarse en Paso del Norte, actual Ciudad Juárez) sólo percibió 30,000 pesos  anuales durante su gestión.

El 14 de abril de 1864, a bordo de la fragata Novara, Maximiliano y Carlota enfilaron hacia México, convencidos por los conservadores mexicanos y por Napoleón III de que México entero anhelaba una monarquía y de que el emperador francés apoyaría el Imperio con tropas y recursos económicos. En junio llegaron a Veracruz; y cuando entraron a la Ciudad de México, con gran pompa y circunstancia, fueron seguidos por más de 200 carruajes en los que viajaba lo más lucido de la sociedad capitalina. Al anochecer fueron conducidos a las habitaciones del Palacio Nacional, pero la cama estaba tan llena de chinches que no pudieron dormir. El emperador pasó horas tendido sobre una mesa de billar y su esposa permaneció en un sillón, rascándose furiosamente. Por las ventanas se colaba el ruido ensordecedor de los cohetones y petardos que los partidarios de la monarquía lanzaban para festejar a sus regias majestades.

El principito

Radicados en el castillo de Chapultepec, Maximiliano y Carlota jamás volvieron a dormir juntos ni engendraron hijos. Un pasquín difundido por un por un tal Abate Alleau decía que Maximiliano era estéril debido a una enfermedad venérea que una mulata le contagio en un viaje por Brasil y otros murmuraban que era impotente. Al menos esta última versión era falsa: mientras Carlota se ocupaba de los quehaceres administrativos en México, el emperador solía escaparse a Morelos donde, en la Quinta Borda de Cuernavaca o en su quinta El Olvido, en Acapantzingo, recibía a mujeres como Guadalupe Martínez (la legendaria "India bonita") y Concha Sedano, hija del jardinero que cuidaba la quinta morelense.

Un biógrafo no muy confiable dijo que cuando Carlota partió hacia Europa a solicitar auxilio estaba embarazada del coronel Karl van der Smissen, jefe del cuerpo de voluntarios belgas que custodiaban a los emperadores. En todo caso, para asegurar la sucesión en el trono, Carlota y Maximiliano adoptaron a un nieto del ex gobernante Agustín de Iturbide; llamado igual que su abuelo, tenía 3 años de edad, era hijo de una estadounidense y hablaba con acento "pocho". Por la adopción, los familiares del pequeño fueron nombrados príncipes y princesas, indemnizados con 150,000 pesos cada uno y obligados a establecerse en Europa, con la promesa de no volver sin permiso de Maximiliano.

Momento de decisión

Durante los primeros meses del imperio, una parte del pueblo adoraba a los soberanos, en especial a Carlota, preocupada más por el bienestar de sus gobernados que por las banalidades del protocolo que su marido cumplía con fastidioso rigor. La emperatriz fundó la Casa de la Maternidad e Infancia e impulsó leyes que prohibían el castigo corporal y las jornadas excesivas de trabajo para los indígenas.

En febrero de 1866 Napoleón III a anuncio Maximiliano el retiro de las tropas francesas de México (porque su mantenimiento era muy costoso); sólo dejaría al servicio del mandatario a 10,000 integrantes de la Legión Extranjera. Desconsolado, el emperador decidió renunciar a su cargo y largarse del país, pero Carlota, en una elocuente carta, le hizo ver que abdicar era como extenderse un certificado de incapacidad. "Mientras en México haya un emperador, habrá un imperio", sentenció la archiduquesa.

Cinco meses después se embarca rumbo a Europa, donde la aguardaba un triste destino: la locura.

Diplomacia dudosa 

Respecto a la pérdida de sus facultades mentales se ha contado numerosas historias. Unos dicen que la archiduquesa fue víctima de hechizos del culto vudú; otros, que le dieron ciertas yerbas de origen prehispánico capaces de enloquecer a quien las ingiere, como el toloache o el ololiuque ("hongo de los ojos desorbitados" que causa "visiones o cosas espantables"). 

En todo caso, la emperatriz se trastornó a partir del desdeñoso recibimiento que tuvo en Europa. En Francia, Napoleón III y su consorte se negaron a verla y la hospedaron en un hotel y no en el Palacio de las Tullerías, como correspondería a su cargo imperial. Cuando por fin logró ver al monarca francés, lo acusó a gritos de traidor, advenedizo, desleal y carente de palabra. Como réplica, el aludido convocó a un consejo de ministros que decidió dejar a su suerte a Maximiliano frente a sus enemigos.

Tampoco tuvo éxito con el papa Pío IX. El 2 de octubre llegó al Vaticano pero el pontífice (que estaba desayunando cuando la exaltada emperatriz, vestida de negro, irrumpió en sus aposentos) le dijo de mal talante que nada podía hacer por ella ni por su marido. Colérica, Carlota metió los dedos en la taza de chocolate de Pío IX; decía no haber bebido o comido nada tras el intento de Luis Napoleón y su mujer de envenenarla y calificó el emperador de "Satanás disfrazado". Luego se negó a salir de la residencia papal, asegurando que espías de Napoleón III la esperaban afuera para matarla, y tanto lloró y gritó que el papá se resignó a dejarla dormir en la biblioteca del edificio.

Paranoia

Al día siguiente, para lograr sacarla del Vaticano, inventaron una visita al orfanatorio de San Vicente de Paul donde, sedienta, Carlota metió la mano en un puchero hirviente y se desmayó. Los guardias vaticanos aprovecharon esta circunstancia para ponerle una camisa de fuerza y depositarla en el Grand Hotel de Roma.

De allí se escapaba regularmente para tomar agua de las fuentes y exigía que antes de probar bocado una tal señora Kruchacsévic y su gato cataran los alimentos. La camarera particular de la emperatriz, Matilde Doblinger, puso en las habitaciones de su ama un brasero y unas gallinas, porque la hija del rey Leopoldo solo accedía a comer los huevos que las aves ponían ante sus ojos.

Su hermano Felipe fue por ella a Roma y se la llevó a Miramar, donde la mantuvo enclaustrada por espacio de varios meses. Algunos biógrafos sostienen que allí vino al mundo el hijo de Carlota e identifican a ese vástago con el general Máximo Wygand, quien, nacido en 1867, fue sucesivamente gobernador de Argelia, ministro de guerra francés y jefe militar en África del Norte.

La hora final

Maximiliano se enteró de la locura de su esposa desde octubre de 1866, al recibir un telegrama del Vaticano y otro de Miramar. La noticia lo desmoronó por completo. Acosado por los liberales, inició una descontrolada huída, hasta que fue apresado, encerrado en el convento queretano de Las Capuchinas y fusilado el 19 de junio de 1867 en el cerro de las Campanas, junto con sus aliados conservadores Tomás Mejía y Miguel Miramón.

Carlota no solo sobrevivió a su marido sino a casi todos sus contemporáneos. Conservaba como reliquia una caja de palo de rosa que, según ella, contenía un fragmento del corazón de Maximiliano, órgano que presuntamente le habían arrancado después de fusilarlo. Como jamás soltaba la caja, sus damas de compañía tenían que darle de comer en la boca.

Durante sus últimos años quedó casi calva, tullida y semiciega, además de padecer cáncer de mama. Comía hilos de colchas, alfombras y cortinas, insectos, el jabón con que la bañaban y hasta sus propios y escasos cabellos.

Finalmente, murió el 19 de enero de 1927, a los 86 años de edad. En sus manos cruzadas fue colocado un rosario, en su cabeza, un gorro de encaje blanco (cuyas cintas le sostenían la mandíbula) y sobre su cuerpo docenas de rosas. Una helada tarde prolífica y nieve y ventiscas fue enterrada en la capilla del castillo de Laecken, donde había transcurrido su infancia, junto al lugar en que yacía el cuerpo de su madre.


(Tomado de: Estrada, Elsa R. de - Carlota de México. Contenido ¡Extra! Mujeres que han dejado huella. Segunda serie, segundo tomo. Editorial Contenido, S. A. de C. V. México, D. F., 1999)

jueves, 7 de octubre de 2021

Plan de Tacubaya 1857

 


Félix Zuloaga: Plan de Tacubaya 1857

La reacción conservadora sobre las novedades liberales no se hizo esperar. A fines de 1857, Félix Zuloaga encabezó un movimiento contrario al liberalismo mexicano y propició la guerra de los tres años. Aunque legalmente el poder seguía en manos de los liberales en la persona de Benito Juárez, los conservadores lo ejercieron de facto. México se dividió en dos grandes tendencias.


Considerando: que la mayoría de los pueblos no ha quedado satisfecha con la carta fundamental que le dieran sus mandatarios, porque ella no ha sabido hermanar el progreso con el orden y la libertad, y porque la oscuridad en muchas de sus disposiciones ha sido el germen de la guerra civil:

Considerando: Que la República necesita de instituciones análogas a sus usos y costumbres y al desarrollo de sus elementos de riqueza y prosperidad, fuente verdadera de la paz pública y del engrandecimiento y respetabilidad de que es tan digna en el interior y en el extranjero:

Considerando: Que la fuerza armada no debe sostener lo que la nación no quiere, y sí ser el apoyo y la defensa de la voluntad pública, bien expresada ya de todas maneras, se declara:

Artículo 1°. Desde esta fecha cesará de regir en la República la Constitución de 1857.

Artículo 2°. Acatando el voto unánime de los pueblos, expresado en la libre elección que hicieron del Excmo. Sr. presidente D. Ignacio Comonfort, para presidente de la República, continuará encargado del mando Supremo con facultades omnímodas, para pacificar a la nación, promover sus adelantos y progreso, y arreglar los diversos ramos de la administración pública.

Artículo 3°. A los tres meses de adoptado este plan por los Estados en que actualmente se halla dividida la República, el encargado del Poder Ejecutivo convocará un Congreso extraordinario, sin más objeto que el de formar una constitución que sea conforme con la voluntad nacional y garantice los verdaderos intereses de los pueblos. Dicha constitución, antes de promulgarse, se sujetará por el gobierno al voto de los habitantes de la República.

Artículo 4°. Sancionada con este voto se promulgará, expidiendo en seguida por el Congreso la ley para la elección de presidente constitucional de la República. En el caso en que dicha constitución no fuere aprobada por la mayoría de los habitantes de la República, volverá al Congreso para que sea reformada en el sentido del voto de esa mayoría.

Artículo 5°. Mientras tanto se expida la constitución, el Excmo. Sr. presidente procederá a formar un Consejo, compuesto de un propietario y un suplente por cada uno de los Estados, que tendrá las atribuciones que demarcará una ley especial.

Artículo 6°. Cesarán en el ejercicio de sus funciones las autoridades que no secunden el presente plan.

Tacubaya, diciembre 17 de 1857.

Félix Zuloaga.


(Tomado de: Matute, Álvaro - Antología. México en el siglo XIX. Fuentes e interpretaciones históricas. Lecturas Universitarias #12. Universidad Nacional Autónoma de México, Dirección General de Publicaciones, México, D.F., 1981)

viernes, 31 de julio de 2020

Quiénes fueron los liberales y los conservadores

(Mural "Juárez Redivivo" José Clemente Orozco)

50
¿Quiénes fueron los liberales y los conservadores?


Con estos nombres nos referimos a los dos principales grupos con posiciones ideológicas, bases sociales y proyectos nacionales definidos que protagonizaron la historia política de buena parte del siglo XIX.
Los conservadores nutrían sus filas con miembros del alto clero, los altos jefes militares, los poderosos terratenientes y comerciantes. Pugnaban por un sistema de privilegios, por un poder centralizado, monárquico en el mejor de los casos, una sociedad corporativa e instituciones fuertes, principalmente la Iglesia y el Ejército. Pueden considerarse como una prolongación de los grupos dominantes de la última etapa de la Colonia que no lograron mantenerse en el poder de manera definitiva a través de la contrarrevolución independentista. En los primeros años de la república, cuando las primeras formas de organización política adquirieron forma a través de las logias masónicas, los conservadores alimentaron la logia escosesa que respaldó el proyecto centralista por medio del cual procuraron restablecer su dominio sobre la economía desde la ciudad de México.
Los liberales por su parte concebían que el país debía organizarse de acuerdo con el modelo estadounidense en una república federal con gran autonomía de las regiones, donde tuvieran preponderancia los pequeños y medianos propietarios, quienes se convertirían en la base del desarrollo económico. Para conseguir tales objetivos era necesario desaparecer el sistema de privilegios y las corporaciones de origen colonial, desamortizar los bienes de la Iglesia y las propiedades comunales. Al igual que los conservadores, los liberales tienen su origen en la parte final del virreinato, cuando los criollos y dentro de ellos las clases medias entraron en contacto con las ideas ilustradas y con el pensamiento político que inspiró la independencia estadounidense, la Revolución francesa y la Constitución de Cádiz. Tras el nacimiento de la república se organizaron en torno a la logia yorkina, estimulada interesadamente por el representante estadounidense en México, Joel R. Poinsett, y a través de ella respaldaron el proyecto federal y los planes de modernización económica. A mediados de siglo, el grupo liberal estaba dividido entre moderados, que pensaban que la transformación del país requería reformas lentas para evitar resistencias y por ello defendían el restablecimiento de la Constitución de 1824, y los puros o radicales que se inclinaban por un giro radical que exigía un nuevo ordenamiento político.

(Tomado de: Silva, Carlos - 101 preguntas de historia de México. Todo lo que un mexicano debería saber. Random House Mondadori, S. A. de C. V., México, D. F., 2008)

martes, 14 de julio de 2020

Porfirio Díaz Mori I 1830-1861


Nació en la ciudad de Oaxaca el 15 de septiembre de 1830; murió en París, Francia, el 2 de julio de 1915. Fueron sus padres José Faustino Díaz y Petrona Mori. Fue el penúltimo de 7 hijos, de los cuales sobrevivieron 5: 3 mujeres y 2 varones. Todavía no cumplía años 3 años de edad, cuando quedó huérfano de padre, a consecuencia de la epidemia de cólera morbus que asoló a México en 1833. Su madre asumió la manutención y educación de sus 5 hijos, para lo cual administró por un tiempo el mesón de La Soledad, que había regenteado su esposo y posteriormente tuvo que vender gradualmente las propiedades que había heredado. 
A los 6 años de edad, Porfirio fue enviado a una escuela de primeras letras llamada Amiga, y después a la municipal, donde aprendió a leer y escribir. Su tío y padrino, el canónigo José Agustín Domínguez, que después llegó a ser Obispo de Oaxaca, lo tomó bajo su cuidado a condición de que ingresase al Seminario Conciliar de Oaxaca para seguir la carrera sacerdotal. Se le prometió hacer valer sus derechos a una capillanía que disfrutaba otro pariente suyo, también sacerdote. A los 13 años de edad, Porfirio ingresó al seminario en calidad de alumno externo y estudió latín y filosofía; y para allegarse fondos adicionales, aceptó dar clases privadas de latín al hijo del abogado Marcos Pérez, amigo de Benito Juárez. Las conversaciones con Marcos Pérez le despertaron, a la par que la repugnancia por el sacerdocio, las primeras convicciones liberales. Dejó el seminario e ingresó al Instituto de Ciencias y Artes del Estado, para seguir allí la carrera de leyes. El canónigo Domínguez, al conocer la decisión de su protegido, le retiró toda ayuda y aún le pidió que le devolviera los libros que le había regalado. Así, Porfirio perdió la capellanía, la beca en el seminario y aún la amistad de su tío.
Hizo amistad con Benito Juárez, quien entonces dirigía el Instituto. La precaria situación económica de su familia lo obligó a dar clases particulares y a aprender los oficios de zapatero y carpintero. Más tarde consiguió el empleo de bibliotecario del Instituto, con un salario de 25 pesos mensuales, e hizo prácticas forenses, como pasante de derecho, en el bufete de Pérez. Se habría recibido de abogado, pero lo impidieron las vicisitudes políticas del país.
Durante la dictadura de Antonio López de Santa Anna, el abogado Pérez fue encarcelado. El 1° de diciembre de 1854 el presidente convocó a un plebiscito para afirmarse en el poder. Porfirio Díaz, entonces catedrático del Instituto, se negó a votar; pero como se le tachase de cobarde, fue el único que se pronunció porque se entregara la presidencia a Juan Álvarez, entonces en rebelión contra el gobierno. Con ese motivo sufrió persecuciones y buscó refugio entre las guerrillas adictas al Plan de Ayutla. Un ataque por sorpresa a una partida de soldados que descansaba en el aguaje de la cañada de Teotongo fue el primer hecho de armas del joven Díaz, aunque con poco lustre, pues se dispersaron al mismo tiempo ambos contendientes. Al triunfo de la revolución, Porfirio Díaz fue nombrado jefe político del Distrito de Ixtan. Era muy aficionado a la milicia, y ya desde antes, con motivo de la invasión norteamericana en 1847, había formado parte de un cuerpo de voluntarios, aunque no llegó a entrar en combate. Siendo estudiante del Instituto, asistió a una cátedra de estrategia y táctica, creada por Benito Juárez e impartida por el teniente coronel Ignacio Uría. 
Como jefe político de Ixtan, organizó la Guardia Nacional de su distrito, y la puso en tan buen estado, que con ella salvó al gobernador de Villa Alta, amenazado por los indios juchitecas sublevados, los cuales se dieron a la fuga al presentarse los milicianos de Porfirio Díaz. Esto valió que el gobernador de Oaxaca, Benito Juárez, le otorgara implementos de guerra para armar a sus hombres. Después de servir un año como jefe político, Díaz entró al servicio activo del ejército con el grado de capitán de granaderos adscrito a la Guardia Nacional de Oaxaca. En 1857 ocurrió la rebelión de los conservadores contra la Constitución promulgada ese año; en Oaxaca se pronunció a favor de éstos el coronel José María Salado; el capitán Porfirio Díaz, que estaba a las órdenes del teniente coronel Manuel Velasco, salió a batirlo; en Ixcapa los rebeldes sorprendieron a las guardias nacionales, pero el capitán Díaz tomó la iniciativa del ataque y, seguido de las demás fuerzas gobiernistas, derrotó por completo a Salado, quien resultó muerto en el combate. A su vez, Díaz fue gravemente herido de bala y sufrió una peritonitis, de la cual se salvó por lo excelente de su constitución física. El 28 de diciembre de 1857 Oaxaca fue tomada parcialmente por el general conservador José María Cobos. A Porfirio Díaz, que aún convalecía, se le confió la defensa del convento de Santa Catarina, improvisado en fuerte. Durante el sitio, intentó un asalto, que resultó fallido, a la fortificación de los conservadores establecida en la esquina del Cura Uría (8 de enero de 1858). Al fin, las fuerzas liberales asaltaron y lograron capturar por entero a Oaxaca (día 16) aunque el general reaccionario pudo ponerse a salvo y establecerse en Tehuantepec. Bajo las órdenes del coronel Ignacio Mejía, el capitán Díaz salió a perseguirlo. Mejía hubo de salir de Tehuantepec en auxilio de Juárez, quien se proponía establecer su gobierno en Veracruz. Díaz quedó entonces como gobernador y comandante militar de Tehuantepec, aunque con fuerzas muy escasas, lo cual aprovecharon los conservadores para atacarlo. Este los derrotó en Las Jícaras (13 de abril de 1858), por cuyo triunfo ascendió a mayor de infantería. Sin embargo, su posición era muy precaria, pues los habitantes de Tehuantepec eran profundamente adictos a la Iglesia, la cual patrocinaba a los conservadores. Para sostenerse tuvo que recurrir a toda clase de medios, inclusive la crueldad, pues al igual que sus adversarios fusilaba sin misericordia a todos los prisioneros que caían en sus manos. Recibió y custodió hasta la Ventosa, para embarcarlo allí rumbo a Zihuatanejo, un cargamento de municiones y explosivos comprado en Estados Unidos para el general Juan Álvarez. Todo esto pudo conseguirlo a pesar del duro acoso de las tropas que pretendían capturarlo.
La ciudad de Oaxaca fue nuevamente tomada por los conservadores y el gobierno liberal del Estado hubo de retirarse a Ixtlán. Camino de esa población, Díaz fue interceptado y derrotado, pues los cuerpos de juchitecos y chiapanecos que mandaba huyeron ante el enemigo; logró, sin embargo, incorporarse a las fuerzas del gobierno en Tlalixtac. Con ellas avanzó sobre Oaxaca, a la que pusieron sitio del 1° de febrero al 11 de mayo de 1859, pero tuvieron que levantarlo ante la superioridad de los conservadores. Perseguidos por éstos, Díaz les hizo frente en Ixtepexi (15 de mayo) y les infligió severa derrota. Pudo así el ejército de Díaz establecerse en la sierra durante largo tiempo sin ser molestado. Una vez reorganizadas sus fuerzas, tomó Oaxaca el 15 de mayo de 1860. En premio, el presidente Juárez lo ascendió a coronel efectivo. Tras la toma de Oaxaca, el general conservador Miguel Miramón fue derrotado definitivamente en Calpulalpan y Juárez regresó a la Ciudad de México. Por ese tiempo Díaz enfermó de tifo y se vio a las puertas de la muerte. Al recuperarse, fue elegido diputado al Congreso de la Unión por el distrito oaxaqueño de Ocotlán, por lo cual pasó a residir en la capital de la República. 
El 24 de junio de 1861, mientras el Congreso sesionaba, se supo que el general Leonardo Márquez amenazaba caer sobre la capital. Los diputados acordaron no moverse de sus curules para que Márquez, en ese caso, los encontrase allí cumpliendo con su función legislativa; pero Porfirio Díaz pidió permiso para unirse al ejército y enfrentarse al enemigo. Al mando de una fuerza, rechazó y persiguió a Márquez hasta la Tlaxpana. Al día siguiente se le nombró jefe de la brigada de Oaxaca, por enfermedad del titular, y pudo así participar en la campaña contra los conservadores, bajo las órdenes de Jesús González Ortega. Díaz alcanzó a Márquez en Jalatlaco y antes de que se presentara el grueso de la división, logró derrotarlo. Por ésta acción fue ascendido a general de brigada (13 de agosto de 1861). Dos meses después (20 de octubre) volvió a derrotar a Márquez en Pachuca.
Arribaron entonces a Veracruz los barcos de guerra de la triple alianza formada por Inglaterra, España y Francia, dispuestos a invadir México si no se satisfacían sus reclamaciones presentadas al gobierno de Juárez...

(Tomado de: Enciclopedia de México, Enciclopedia de México, S.A. México, D.F. 1977, volumen III, Colima-Familia)

sábado, 21 de septiembre de 2019

Ley de Nacionalización de los Bienes de la Iglesia, 1859



El Clero utilizaba para fomentar la guerra los recursos que obtenía de la venta de sus bienes raíces, en lugar de invertirlos en acciones de empresas agrícolas e industriales como indicaba la Ley de 25 de junio. Entonces el Gobierno liberal de Benito Juárez, obligado por las circunstancias, expidió la Ley de Nacionalización de los Bienes de la Iglesia, el 12 de julio de 1859. En consecuencia, desde esa fecha el producto de los inmuebles de “manos muertas” debía ser entregado a las oficinas recaudadoras del Gobierno. No era posible ni razonable continuar permitiendo que el adversario, el Clero en abierta rebelión, empleara el dinero proveniente de los efectos de una ley para combatir a la autoridad legítima que la había expedido.
Lo peor de todo consistió, al fin de cuentas, en que los resultados de las leyes referidas fueron contrarios a los propósitos de sus autores, quienes pensaron que al desamortizar las propiedades eclesiásticas se crearía la pequeña propiedad y se estimularía el desarrollo agrícola e industrial de la República. Por desgracia no fue así; lo que sucedió puede resumirse en la forma siguiente:


1° Las propiedades rústicas y urbanas del Clero fueron efectivamente nacionalizadas.


2° Las propiedades no fueron a dar a manos de los arrendatarios, sino a las de los denunciantes, en su mayor parte ricos propietarios territoriales, que de esa manera agrandaron sus ranchos y haciendas.


3° Las tierras comunales y los ejidos fueron en buen número de casos fraccionados, entregando las parcelas a los indígenas en plena propiedad; pero como éstos no estaban preparados por su grado evolutivo para ser propietarios, bien pronto vendieron sus predios a vil precio a los ricos hacendados vecinos.


En resumen, se fortaleció el latifundismo en México y en consecuencia se llevó a cabo una mayor concentración de la propiedad territorial.


(Tomado de: Silva Herzog, Jesús - Breve historia de la Revolución Mexicana. *Los antecedentes y la etapa maderista. Colección Popular #17, Fondo de Cultura Económica; México, D.F., 1986)

martes, 3 de septiembre de 2019

La Constitución de 1857


La Constitución de 1857, de corte liberal, ratificó los principios de la Ley de Desamortización [de 1856]. Los que participaron en las discusiones y redacción de la Carta Fundamental de la República conocían bien el serio problema de la miseria de los campesinos y la conducta orgullosa y el inmenso poder de los grandes terratenientes. Ponciano Arriaga decía que en el aspecto material la sociedad mexicana no había adelantado, puesto que la tierra continuaba en pocas manos, los capitales acumulados y la circulación estancada. Decía también que en su concepto los miserables sirvientes del campo, especialmente los indios, se hallaban enajenados por toda su vida, porque el amo les regulaba el salario, les daba el alimento y el vestido que quería y al precio que deseaba, so pena de encarcelarlos, atormentarlos e infamarlos si no se sometían a su voluntad; y en otro momento de su disertación en la tribuna del Constituyente, agregaba que el fruto del trabajo no pertenecía al trabajador, sino a los señores.
En las mismas sesiones del memorable Congreso, el jurista Vallarta opinaba que el propietario cometía abusos al disminuir la tasa del salario; al pagar con signos convencionales que no habían sido creados por la ley; al obligar al jornalero a un trabajo forzado por deudas anteriores y al vejarlo con tareas humillantes. Agregaba que la Constitución democrática que se estaba discutiendo sería una mentira; más todavía, un sarcasmo, si no se garantizaban los derechos de los pobres; si no se les aseguraba protección contra esos numerosos e improvisados señores feudales, dignos de haber vivido bajo un Felipe II o un Carlos IX.
La guerra civil continuó más encarnizada que nunca después de haberse promulgado la nueva Constitución; lucha sin tregua, lucha a muerte entre conservadores y liberales. Aquéllos contaban con la ayuda moral y financiera del Clero, de buena parte de los soldados de carrera, de los hacendados, de la inmensa mayoría de los ricos; éstos, los liberales, se apoyaban en una minoría de hombres cultos, progresistas y amantes de su patria, y en numerosos grupos representativos de la clase económicamente más débil de la sociedad. Los unos trataban a toda costa de que no hubiera cambios sustanciales en el país; los otros luchaban exactamente por lo contrario; querían que la nación se transformara marchando hacia adelante, querían constituir un México distinto y mejor, un México nuevo cimentado en principios de justicia y de libertad.


(Tomado de: Silva Herzog, Jesús - Breve historia de la Revolución Mexicana. *Los antecedentes y la etapa maderista. Colección Popular #17, Fondo de Cultura Económica; México, D.F., 1986)

viernes, 7 de junio de 2019

Plan de Tacubaya, 1857

(Retrato de Félix Zuloaga)

Félix Zuloaga: Plan de Tacubaya


La reacción conservadora sobre las novedades liberales no se hizo esperar. A fines de 1857, Félix Zuloaga encabezó un movimiento contrario al liberalismo mexicano y propició la guerra de los tres años. Aunque legalmente el poder seguía en manos de los liberales en la persona de Benito Juárez, los conservadores lo ejercieron de facto. México se dividió en dos grandes tendencias.


Considerando: Que la mayoría de los pueblos no ha quedado satisfecha con la carta fundamental que le dieran sus mandatarios, porque ella no ha sabido hermanar el progreso con el orden y la libertad, y porque la oscuridad en muchas de sus disposiciones ha sido el germen de la guerra civil:


Considerando: Que la República necesita de instituciones análogas a sus usos y costumbres y al desarrollo de sus elementos de riqueza y prosperidad, fuente verdadera de la paz pública y del engrandecimiento y respetabilidad de que es tan digna en el interior y en el extranjero:


Considerando: Que la fuerza armada no debe sostener lo que la nación no quiere, y sí ser el apoyo y la defensa de la voluntad pública, bien expresada ya de todas maneras, se declara:


Artículo 1° Desde esta fecha cesará de regir en la República la Constitución de 1857.


Artículo 2° Acatando el voto unánime de los pueblos expresado en la libre elección que hicieron del Excmo. Sr. presidente D. Ignacio Comonfort, para presidente de la República, continuará encargado del mando Supremo con facultades omnímodas, para pacificar a la nación, promover sus adelantos y progreso, y arreglar los diversos ramos de la administración pública.


Artículo 3° A los tres meses de adoptado este plan por los Estados en que actualmente se halla dividida la República, el encargado del Poder Ejecutivo convocará un Congreso extraordinario, sin más objeto que el de formar una constitución que sea conforme con la voluntad nacional y garantice los verdaderos intereses de los pueblos. Dicha constitución, antes de promulgarse, se sujetará por el gobierno al voto de los habitantes de la República.


Artículo 4° Sancionada con este voto se promulgará, expidiendo en seguida por el Congreso la ley para la elección de presidente constitucional de la República. En el caso en que dicha constitución no fuere aprobada por la mayoría de los habitantes de la República, volverá al Congreso para que sea reformada en el sentido del voto de esa mayoría.


Artículo 5° Mientras tanto se expida la constitución, el Excmo. Sr. presidente procederá a formar un Consejo, compuesto de un propietario y un suplente por cada uno de los Estados, que tendrá las atribuciones que demarcará una ley especial.


Artículo 6° Cesarán en el ejercicio de sus funciones las autoridades que no secunden el presente plan.


Tacubaya, septiembre 17 de 1857.
Feliz Zuloaga


(Tomado de: Matute, Álvaro – Antología. México en el siglo XIX. Lecturas Universitarias #12. Universidad Nacional Autónoma de México, Dirección General de Publicaciones, México, D.F., 1981)

martes, 29 de enero de 2019

Plan de Zacapoaxtla I, 1855


Juan Álvarez seguía en Tlalpan, un poco fatigado por la carga que llevaba sobre los hombros y con la cual no sabía qué hacer. Nunca pudo superar esa situación y como las molestias, planes y levantamientos crecían a ojos vistas, el 10 de diciembre, usando las “facultades omnímodas”, nombró sucesor a Ignacio Comonfort y se fue con sus “pintos” a la costa del Pacífico.

Exaltados escándalos en la capital de la República anuncian la salida del presidente Álvarez, el más destacado de los cuales es el que frente a la Universidad promueve un Miguel Buenrostro –que cooperó con la intervención americana-, quien se dirige a las puertas de la Diputación para apoderarse de las armas y poner en prisión al gobernador del Distrito, Juan José Baz, en medio de grandes gritos contra el nuevo presidente, contra el clero, contra los americanos y contra los cantos y misterios de la Iglesia. Juan José Baz tomó enérgicas medidas contra los alborotadores y gracias a éstas no alcanzó proporciones sangrientas el motín.  Al día siguiente, 11 de diciembre, Comonfort ocupa por delegación la Presidencia omnímoda de la República.

Si esto acontecía en la ciudad Capital, en los Estados de la Federación las arbitrariedades, las medidas irritantes, los excesos jacobinos, los salteadores en despoblado, son las plagas que acosan a los ciudadanos. Hay lugares en los que, siguiendo la antigua tradición municipal, se unen los pueblos a deliberar sobre el estado de cosas que los aflige, y se pronuncian por fórmulas que publican en forma de planes. Para nuestra historia y para la vida de nuestro héroe [Miguel Miramón], el más significativo es el Plan de Zacapoaxtla.
Escasamente conocido, apodado de religión y fueros, para así ocultar con frases polémicas la justicia de la causa reclamada, dice así:
“En la Villa de Zacapoaxtla, a los doce días del mes de diciembre de mil ochocientos cincuenta y cinco, reunidos en las casas consistoriales, los señores cura párroco, sub-prefecto, jueces de la Villa y los de todos los pueblos inmediatos, y los vecinos principales, después de una indicación que dirigió el señor Cura a la multitud de los concurrentes, todos acordaron que, cuando abandonó el poder el general Santa-Anna, se temió que una acefalía produjera el destrozo de nuestra sociedad, y la nación para salvarse, de tamaño mal, abrazó con entusiasmo el Plan de Ayutla, reconoció a sus jefes y depositó en sus manos con poder absoluto la suerte de la patria. Debió esperarse en consecuencia que haciendo cesar el estado de guerra en que nos encontrábamos, se procurara la unión y se hicieran efectivas las garantías que ofreció el mencionado Plan de Ayutla; pero nada menos que eso, aun antes de establecerse el gobierno del general Álvarez, hemos visto que poniendo en práctica principios disolventes y desplegándose una persecución encarnizada a todos los buenos ciudadanos que prestaron con fidelidad sus servicios a la administración anterior, el gobierno actual después de tres meses de existencia, siguiendo el camino que el propio ha trazado, se ha enajenado las simpatías de los verdaderos libertadores y de todo ciudadano que profese amor a su Patria, puesto que el relacionado Plan de Ayutla en sus manos, no sólo ha destrozado, sino que le ha dado un sentido completamente contrario. En lugar de garantías sociales ha producido la persecución de las dos clases más respetables de la sociedad, el clero y el ejército, sin tener presente que atacando al primero se destierra de una vez del suelo mexicano la poca moralidad que existe, y persiguiendo al segundo, hoy que el enemigo de nuestra nacionalidad lo tenemos en el seno de la República, sin duda perderemos nuestra independencia que nuestros padres compraron con su sangre. En lugar de garantías individuales, sólo tenemos prisiones, destierros y confiscaciones; y en lugar de conservar nuestro territorio, se faculta al gobierno para poder vender, cuyas arbitrariedades no han podido sufrir ni aun los mismos que fueron caudillos de la revolución y se han separado. ¿En qué hemos mejorado entonces? ¿No estos mismos hechos nos hizo sufrir la administración anterior? –El Plan de Ayutla, por tanto, no ha servido más que de pretexto para el triunfo de un partido débil. La revolución que acaba de operar no ha tenido por objeto más que las personas, y nada más lejos de ella, que la felicidad de los pueblos y la seguridad de la Patria. Triste, muy triste es este cuadro, pero verdadero; la República entera está mirando con escándalo que mientras el enemigo del exterior se presenta en la frontera del norte disfrazado con el nombre de ejército libertador, a las órdenes del traidor Vidaurri, la parodia de gobierno que tenemos, sólo se ocupa de remover empleados, sin cuidar de la seguridad de los pueblos, porque los salteadores con entera libertad cometen sus depredaciones, no sólo en los caminos, sino aun en el corazón de nuestras más populosas ciudades. –Por lo tanto, para conjurar este estado de males, y poner con oportunidad el debido remedio, desconocemos y rehusamos con toda energía las odiosas denominaciones de los partidos que dividen a los mexicanos: nosotros invitamos a todos los que tengan amor a su Patria, sea cual fuere su fe política, a que reunidos bajo una bandera nacional, concurran con sus luces a salvar nuestra nacionalidad y religión, porque primero es tener asegurada nuestra herencia, y como para esto sea necesario poner el gobierno en manos de personas que reuniendo el patriotismo, la inteligencia y moralidad, obtengan la confianza de los pueblos, invitamos a nuestros conciudadanos para que sostengan como lo hacen los que firman, el siguiente
PLAN:

Art. 1°-Se desconoce el actual gobierno de la República y en consecuencia todos sus actos.

2°.-Inter tanto la nación se constituye de una manera libre y legal, las autoridades civiles y eclesiásticas de esta villa, su guarnición y vecindario en general, proclaman para el gobierno de la República las Bases Orgánicas adoptadas en el año de 1836.

3°.-Para la elección de los supremos poderes de la Nación, las mismas autoridades, guarnición y vecindario, se reservan hacer una declaración posterior, de manera que satisfaga los intereses nacionales.

4°.-Mientras no se presente jefe de confianza y de más graduación, se reconoce por jefe de las fuerzas pronunciadas, al teniente coronel del ejército, ciudadano Lorenzo Bulnes. Siguen tres mil seiscientas setenta y ocho firmas, que han puesto los pueblos de este partido y fuerzas pronunciadas de este rumbo hasta ahora. –Es copia del original a que me remito. –Zacapoaxtla, diciembre 12 de 1855. –Francisco Ortega y García. –Lorenzo Bulnes.”
(Tomado de: Luis Islas García – Miramón, caballero del infortunio. Editorial Jus, México, D.F., 1989)

miércoles, 18 de julio de 2018

Arizona

Arizona



Por decreto del 3 de mayo de 1865, Maximiliano creó el departamento de este nombre, uno de los cincuenta en que se dividió el Imperio. Tenía la siguiente demarcación: “Confina al norte con los estados Unidos de América; al este y al sur con el departamento de Sonora y al oeste con el mar de Cortés y el departamento de California, del cual está dividido por la corriente del río Colorado. Su capital: El Altar”.

(Tomado de: Enciclopedia de México)

lunes, 9 de julio de 2018

Alejandro Arango y Escandón

Alejandro Arango y Escandón
 


Nació en Puebla, Pue., en 1821; murió en la Ciudad de México en 1883. Estudió en el Real Colegio de Humanidades de Madrid (1831), pasando en 1836 a París a continuar sus estudios. Vuelto a México, hizo la carrera de abogado. Fue síndico y presidente del Ayuntamiento de la capital y magistrado del Tribunal de Justicia. Afiliado al partido conservador, formó parte del Consejo de Estado durante el tiempo de Maximiliano y se opuso a su abdicación. Políglota, sabía griego, griego, latín, hebreo, francés, inglés, italiano y alemán. Fue un inspirado poeta, miembro de la Academia Mexicana de Letrán y segundo director  de la Academia Mexicana de la Lengua.



En compañía de su primo Antonio Escandón, obsequió a la ciudad de México el monumento de Cristóbal Colón que se conserva en el Paseo de la Reforma. Escribió: Proceso del maestro Fr. Luis de León (1854; 2da. Ed., 1856; 3ª. Ed., 1866); Officium parvum Beatae Mariae Virginis-Hebraice, Grece, Latine, Hispanice, Anglice, Germanice, Italice. Virgo Guadalupensis Mater Mexicanorum, Sedes sapientae, ora pro nobis. Cum Facultati Ordinarii (1870); “En la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora”, en Memorias de la Academia Mexicana, correspondiente de la Española (1876); “Invocación a la bondad divina”, en Memorias…; Algunos versos (México, S/a); “Don Martín Enríquez de Almanza, 4º virrey, de 1568 a 1580”, en El Liceo Mexicano, y “Seis sonetos Inéditos”, en Ábside (1941), publicados por Jesús García Gutiérrez. Tradujo el Cid, de Corneille, y La Conjuración de los Pazzi, de Alfieri.v. Alberto María Carreño: La Obra personal de los miembros de la Academia Mexicana, correspondiente de la Española (1946).


(Tomado de: Enciclopedia de México)

lunes, 2 de abril de 2018

Santiago Vidaurri (Monterrey, 1864)



Don Santiago Vidaurri se hallaba en su casa, que también era el palacio del Estado de Nuevo León y Coahuila, que por cierto le pareció al matrimonio un caserón sin el decoro y la importancia que hacían presagiar su nombre. Don Santiago se hallaba sentado en un sillón de cuero que no pecaba de limpio ni de nuevo; un butaque como se decía entonces.

Se puso en pie al ver a las visitas y éstas pudieron contemplar a sus anchas aquel cuerpazo que parecía los de esos cirqueros que suelen treparse en los hombros de otros para simular gigantes. Era cargado de hombros, de talle corto, de piernas larguísimas y de brazos de mono. Vestía pantalón y chaqueta de buen trigo negro, llevaba el chaleco desabrochado y usaba zapatones de gamuza negruzca sujetos con correhuelas, dejando ver los calcetines enormes y bastos, aunque limpios, y las pantorrillas flacas, semejantes a uno de esos palos que ahora usan para jugar no sé qué juego americano. La piel de la cara era amarillenta, la nariz grande y mal hecha, la frente calva y con una furia de pelo que te bajaba desde el occipucio, la barbilla menguada y tirando a separse del resto de la cara, las orejas grandes, la voz bronca y sin inflexiones.


Luego que las visitas se instalaron en sendos sillones de vaqueta don Santiago se restituyó a su butaque, no sin pedir permiso a los recién llegados para acabar de firmar.

-Es cosa de un instante; no me tardo nadita; ahora verán ustedes.

Y cruzó la pierna izquierda sobre la derecha, le dio dos vueltas alrededor de la espinilla, se colocó los papeles en el muslo y siguió firmando las cartas que le presentaba un escribiente mientras otro las retiraba y vertía arenilla sobre el charco de tinta negrísima, del más puro huizache, que habían dejado la cursiva con que don Santiago ponía su nombre y la engarabitaba rúbrica con que la remataba.


Sacó el general un pañuelo de olancillo, grandote y teñido de azul, se sonó a dos manos y cogiendo una gorra que yacía sobre la silla inmediata llamó con dos palmadas. Una mujer insignificante apareció en la puerta y saludó de mala gana a las visitas.


-Juana, hija, di que me traigan el chocolate; ya tengo en el estómago tanto agujero así -y señaló un círculo del tamaño de un asiento de silla.


-Dispénsenme; en este momento soy con ustedes -dijo mientras la criada llevaba un diminuto pocillo de chocolate con su correspondiente escolta de panes de manteca...


-¿Ustedes gustan? Los viejos tenemos estas servidumbres, ¿verdad? -y sopesó con un bizcocho el negro Caracas, coronado con un copetito de irisada espuma.


-Conque usted es hija de mi querido amigo don Canuto Delgado, y el señor, a lo que parece, yerno del dicho amigo... Bien, bien.


Se enjugó la jeta pelona y huérfana de barbas con la servil levita atestada de embutidos y relindos y lanzó un regüeldo que inútilmente trató de sofocar con el trapo...


-Por aquí – le dijo a la muchacha, que conducía tintineando un vaso lleno de agua limpísima  y un botellón de barro poroso.


Bebió el agua del vaso, acercó éste para que le echaran del cangilón, y poniendo la mano como abanico lanzó otro eructo más ruidoso que el primero. Luego extendió las piernas cuan largas eran, se caló la gorra, y conservando  tras de la oreja derecha la pluma de barbas azules, tiró de una hoja de maíz que se asomaba por el intersticio de la gorra y la frente, cogió tabaco de la tagarna, sacó yesca y eslabón y con el cigarrote entre los labios interrogó a los sujetos que estaban de visita:


-Conque vienen de Saltillo, ¿eh? Y qué tal, ¿cómo se portan los saltilleros? Yo he querido ir a ver a don Benito, he querido ir a verle; pero en éstas y en las otras se me ha ido pasando…


Dió un chupote al cigarro y continuó viendo ascender el humo por la espesa atmósfera del cuarto.


-Me dice aquí el licenciado que está resuelto a separarse del Gobierno y que ya no aguanta aquello; es natural, una persona de verguenza… yo soy liberal, soy La espada del Congreso, como me llamó El Nigromante, y la verdad es que se lo he demostrado al país.


Cuando todo estaba perdido, de esta tierra salieron los que le dieron el golpe a la reacción: Zaragoza, Zuazua y Quiroga estuvieron criados a mis pechos, y Escobedo, Treviño y Aramberri son como mis hijos; a todos los he mantenido a mis órdenes… bueno, pues tiene usted que yo estoy resuelto a que ésta palomilla que ha sacado de México don Benito no nos caiga aquí para arruinarnos… porque, ¿qué quiere usted? A mí mi trabajo me ha costado mantener esto en paz, y hasta ahora, gracias a Dios, en tan linda hora lo diga, vamos bien hasta donde es posible…  yo no digo nada del Presidente; sera un ángel, tendrá rositas; pero trae una percha de malosos  que da horror. Nada menos vienen con él unos cubanos, unos tales Quesadas, que son como las tres de la tarde. Ya, ya empezaron por aquí y francamente creo que no volverán a meterse en otra… en el rancho del Borrego quedó muerto un pelado llamado Villanueva, Francisco Villanueva, coronel y diz que gobernador de San Luis; yo no sé nada; no sé sino que mi compadre Santos Pinilla supo que venían echando el gato a retozar y les dio una zacateada como era su deber; a mí me avisó todo cuando ya estaba hecho, y cuando las cosas están así, ya ni llorar es bueno… y la verdad es que si no se aplican esos remedies todo se lo lleva Cristo: de la hacienda del Potosí se sacaron los mañosos una barbaridad de yeguas, y a la de Raíces llegó un coronel, Adolfo Garza , y cargó con no sé cuántas bestias… figúrese no más;  haberme costado tantísimo fundar el orden y la paz, que son los bienes que la divina Providencia nos ha concedido guarder por una especial distinción, y ahora exponernos a perderles… es cuanto se pueda ver… y lo que es mientras yo viva no ha de suceder que caigan sobre nosotros los hambreados de México, toda esa gentuza que con una mano atrás y otra delante viene a ver qué pepena, a ver qué se lleva… ¿No le parece, que hago bien?

-¿De manera, señor general, que usted piensa someterse a la intervención? –dijo María como queriendo sondear al viejo marrullero.

Vidaurri dió un chupetón al cigarro, sumió aún más las mejillas, echo humo por la boca y narices, quitó la ceniza con el dedo meñique, se repatingó en el asiento y dijo con socarronería:

-Eso, mi señora doña María, eso es mucho cuento. Aquí necesitamos la adopción de un pensamiento salvador, otros hombres y otras obras… si Juárez no se empeña en quitarle al Estado sus recursos, si no trata de arruinar a estos pueblos, que bastante sufren ya con la sequía, yo me pondré de su parte, pero en otro caso, ¡caramba!, puede creerme que… yo no sé, no sé qué hacer ni cómo averiguármelas.

-¿Y lo sabe don Benito?

-A don Benito ya se lo he dicho y puedo decírselo a usted, porque no es un secreto: anda ya de estampa en los papeles públicos. Si el Gobierno despide a su camarilla, todo está listo; si la conserva, no hay arreglo ni hay nada… ¿Qué quiere usted? Yo soy fronterizo y me pongo nervioso al ver que vienen los pisaverdes de la calle de Plateros a comerse lo que nosotros hemos ahorrado con tantísimo trabajo… pero que vengan, que vengan; ya sabré responderles como se lo merezcan.

-Entonces usted está contra Juárez –aventuró Brambila.

-¡Ave María Purísima…, sin pecado concebida! ¡Cómo había de estar contra don Benito! Es el Presidente legítimo y ya usted sabe que yo soy muy liberal: la espada del Congreso me llamó Nacho Ramírez, El Nigromante, ya le conoce… bueno, pues quien manda manda y cartucheras al canon, quepan o no quepan, ¿no le parece? Yo a don Benito le creo impecable, y por cierto que no todos tienen de él esa opinión…


-De modo que usted es juarista.

-Juarista soy, señora mía; pero eso no quiere decir que quiera hacer ronda con los tulices que acompañan al don Benito… Trae a un tal Quesadas, ése el cubano, el mismo de que le hablaba, que es más ladrón que las ardillas, y al tal Lerdo, que es un tinterillo más canalla… En fin, que no sé.

-Los franceses vienen dando garantías, tratan bien a las poblaciones, implantan Gobiernos duraderos y llaman a su lado a los hombres honrados en cada localidad. ¿Se inclinaría usted a los franceses?

-Hija mía; ¿pero qué voy a saber? Ya le he dicho que soy muy liberal, muy demócrata. Bueno; pues si el pueblo quiere defenderse yo me pongo a su frente y puede contar con que no queda un francés para remedio. Pero si el pueblo tiene ganas de franceses, pues no hay mas que hacerle su santísimo gusto, no hay más que darle francesitos hasta hartarle… Al enfermo, lo que pida.

-¿Y qué le parece a usted de la idea de mi padre de marcharse a la capital?

-Hija –respondió el Viejo echando yescas y guardando debajo de la camisa la bolsa con las herramientas-, hija, en eso no es posible dar consejos; su corazón, su carpintero.

-Pero ¿usted qué haría en su lugar?

-¡Ay, mi señora doña María! ¡Qué difícil es ponerse uno en el pellejo del otro!... Pero, en fin, yo haría esto que no me compromete a nada: me largaba a México, seguía diciendo que era muy liberal y muy republican, y no aceptaba ningún destino del Imperio mientras no tuviera seguridad de que aquello estaba más firme que las quijadas de arriba, y a vivir… ¿Que triunfaban los intervencionistas? Pues yo me conservaría en mi apartamiento, con la seguridad de que me guardarían mis frijoles los tales; a nadie se mima más que a un enemigo… ¿Que triunfaban los republicanos? –lo cual pongo más en duda que la venida del Anticristo-. Yo sostenía que estaba en México para servir a la causa y que, no contando con recursos para seguir a don Benito, me iba a la capital a ejercer mi profesión con entera independencia… ¿Qué es su padre de usted? ¿Diputado? Pues de diputados está llena la capital. ¿No se han tapado las narices ministros, generales, adjudicatarios, parientes de Juárez y hasta amigos suyos, uña y carne como quien dice? Si quiere un mal consejo dígale que se vaya, que se marche. Al fin nadie le ha de pedir cuentas, y si se las piden, con no darlas es bastante. Que se vaya por donde se fueron Zarco, Zamacona, Berriozábal, el mundo entero; que no haga el papel de loco buscando lo que no ha perdido. Pero eso, allá él, allá él; yo cumplo con darle mi opinion de amigo. ¿Qué dice?

-Pues digo que cuanto usted nos acaba de comunicar se lo transmitiremos fielmente, y que estoy segura que mi padre lo aceptará al pie de la letra.

-¡Pero, por María Santísima, que no suene mi nombre, que yo no figure en eso! Ni una palabra, señora mía, ni una palabra, pico de cera.

-Pierda cuidado el señor Vidaurri, que en cuanto a secreto…

Y salió el matrimonio del cuarto del gobernador, que con su cigarrote entre los labios y envuelto en su sarape les despidió en la puerta deseándoles muy buen viaje.

El mismo día se restituyeron a Saltillo.


(Tomado de: Victoriano Salado Álvarez – Episodios Nacionales: La Emigración. Editorial Porrúa, S.A. Colección “Sepan Cuántos…” #471, México, D.F. 1985)