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martes, 21 de abril de 2026

Entrevistando a las pirámides 7, Templo Mayor

 


Entrevistando a las pirámides 7 Templo Mayor 


Nuestro entrevistador de pirámides fue también niño y tuvo en su infancia un libro con muchas estampas ,que se llamaban Orbis Pictus. Ahora recuerda que entre ellas había una que representaba el templo de los indios de México, iluminada por él con lápices de colores. Había muchos indios ajetreados por delante del templo. Todo lo demás era incomprensible para él, en aquella estampa. Había, por ejemplo, una escalera. Pero no como las escaleras de las casas que él estaba acostumbrado a ver. Aquella escalera conducía directamente al sol. Había, además, en aquel grabado, casas que no era posible imitar con la caja de construcciones. Una de ellas se parecía a la fábrica de gas situada en el arrabal de la ciudad en que él vivía y de la que entraba siempre en la cocina un tufo desagradable. Había también una escuela de natación, aunque no es seguro que fuera eso. "Sí, seguramente es una escuela de natación; déjame en paz", gruñe el padre del futuro entrevistador de pirámides cuando éste le preguntaba a cada paso lo que era aquello. 

De buena gana echaría una parrafada con la pirámide del Orbis Pictus, si pudiese encontrarla. Pero sabe que no la encontrará. Después de aquel libro de estampas de su infancia ha leído muchos libros, entre ellos obras sobre México, y en todas ellas se asegura sin dejar lugar a dudas que el teocali de la capital fue demolido más concienzudamente que todos los demás templos del país. Que no ha quedado de él piedra sobre piedra ni el menor rastro y que sobre el solar en que antes se alzaba el templo indio levanta ahora su cruz la catedral de la nueva fe.

Y se comprende que los españoles volcaran su furia destructora con especial encono sobre este teocali. El odio y la rabia se unían aquí al celo proselitista de su religión, pues desde esta pirámide del rey y desde esta reina de las pirámides era desde donde se organizaba la resistencia contra los cruzados de la nueva fe y sobre sus altares corría la sangre de los hombres cristianos para aplacar la cólera de los dioses paganos.

El derrotado Hernán Cortés contemplaba impotente y desde lejos, según nos cuenta el poema de Heine, cómo conducían a sus hombres maniatados, escaleras arriba,

Al templo de Vitzlipuxtli, [Huitzilopochtli]

ciudadela para dioses,

hecha de ladrillo rojos,

que recuerda a los egipcios,

babilonios y asirios,

colosal monstruo de piedra 

que nos muestran las estampas 

del inglés Henry Martin.

Son las mismas escaleras,

anchas y formando rampa 

por las que suben y bajan 

millares de mexicanos.

Estas escaleras llevan 

en zigzag hacia lo alto 

hacia una inmensa terraza 

donde se alza el altar. 

El entrevistador recorre toda la catedral, buscando algún rastro del colosal monstruo de piedra", una piedra por lo menos, un ladrillo, con dibujos indios. Nada. Decepcionado, se dirige a la salida.

En este momento, resuena una voz que parece salir de las entrañas de la tierra:

-Aquí estoy -y luego, explicando el sentido de estas dos palabras-: la que tú buscas.

-¿Dónde estás?

-Sal a la calle, sigue la fachada de la catedral hacia el poniente y luego doblas hacia el norte, hasta que llegues a la primera esquina. 

El entrevistador sigue dócilmente la ruta que le marca la misteriosa voz. Al llegar al sitio indicado, en la esquina que forman las calles de la República Argentina y Guatemala, junto a un endeble cercado de alambre, mira primero en derredor suyo y luego hacia lo alto. 

-Mira hacia abajo -dice la voz. 

En efecto, a través del enrejado de alambre ve un solar de construcción, mejor dicho, de destrucción, a unos cuantos metros por debajo del nivel de la calle. Es todo lo que queda libre de lo que fue basamento de la gran pirámide. Restos de los muros sesgados, ángulos de piedra de 45 grados miran hacia arriba como los dientes rotos de la parte de abajo de una gigantesca quijada. Fragmentos de bajo relieves. Escombros de todas las edades. Cabezas de serpientes de plumas. Y un monolito con la figura de Quetzalcóatl. 

El entrevistador da las gracias a la pirámide descuartizada por haberle mostrado el camino de su cementerio. 

-Lo he hecho porque eres un europeo. En tus tierras, en ustedes mismos se está obrando ahora la misma salvación que nos trajeron a nosotros. Sus edificios, sus hombres están viviendo hoy tormentos mucho más espantosos que los que yo viví, a pesar de que su Hernán Cortés no era más que una caricatura ridícula y lamentable del nuestro. Ya va siendo hora de que nosotros enviemos al otro lado del océano a un escritor para que entreviste a sus ruinas.


(Tomado de Kisch, Egon Erwin. Descubrimientos en México. Volumen 1. Prólogo de Elisabeth Siefer. Edición aumentada. Colección ideas, #62. EOSA, Editorial Offset, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1988)

lunes, 9 de marzo de 2026

Entrevistando a las pirámides 6 Cholula



Entrevistando a las pirámides 6 Cholula 


El entrevistador de pirámides recorre, con una vela en la mano, las entrañas de la pirámide de Cholula. Cinco kilómetros de corredores subterráneos han sido desescombrados hasta hoy por los arqueólogos- corredores estrechos que se entrecruzan y ramifican a trechos irregulares formando una red inextricable, como el laberinto del Minotauro que en gloria esté. 

La pirámide de Cholula es también un conglomerado de pirámides. Pero lo que en Tenayuca eran piadosas superposiciones fueron en Cholula demostraciones de poderío y hostilidad. Cada tribu que dominaba a Cholula levantaba una nueva pirámide a lomos de la vencida. Y no contenta con esto, taponaba su interior con piedras, destruía los altares y las estatuas, cubría los frescos con una capa de barro y trastornaba el sistema de los corredores.

El último y más peligroso enemigo que levantó sobre este hacinamiento de templos el suyo propio fue la Iglesia. El santuario de Nuestra Señora de los Remedios se yergue orgulloso sobre la plataforma más alta de la más alta de estas pirámides superpuestas. Nadie sospecharía que este cerro abovedado es obra del hombre; hasta tal punto ha borrado y revestido la naturaleza las paredes piramidales con el verde claro de la vegetación. Al exterior, la pirámide de Cholula, en otro tiempo la más poderosa de la tierra, pues era casi el doble de grande que la de Keops, ya no existe. Pero por dentro sí existe, pues precisamente en este momento recorre su interior el entrevistador de pirámides, marchando a lo largo de los corredores desescombrados y deteniéndose delante de los frescos.

La luz que sostiene su mano se desplaza a toda prisa sobre saltamontes y calaveras, calaveras y saltamontes; el entrevistador advierte con angustia que ya no le queda más que un cabo pequeño de vela, apenas lo necesario para descender el camino andado y encontrar la salida. Pero la curiosidad puede más que el miedo a que los arqueólogos del porvenir descubran aquí su cuerpo convertido en esqueleto. Y penetra en una cámara en cuyo centro se alza una especie de pedestal cuadrangular hecho de barro. Levanta la vela, ya a punto de extinguirse, y ve a un hombre alto de cara pálida y larga barba blanca. 

-No se asuste usted -dice el misterioso personaje-; he venido a buscarlo para acompañarlo hasta la salida. Esto fue hace tiempo un altar. Sobre él se ofrendaban a los dioses flores, saltamontes y mariposas. Los sacrificios humanos, aquí, eran considerados un crimen. 

-¿Vive usted aquí?- balbucea el entrevistador, por balbucear algo. 

-Sí, hace mucho tiempo que vivo aquí -contesta el de la barba blanca-. Pasé fuera de aquí mucho tiempo, pero he vuelto. 

-¿Y por qué se fue de esas tierras, si me permite la pregunta? 

-El que quiera saber, tiene que preguntar. Se lo contaré. Yo era sacerdote en Tula y enseñaba a mis fieles el cultivo del maíz y de otros frutos, las artes de la cerámica, a tejer cestos y telas. Pero los otros sacerdotes veían esto con malos ojos. Los viejos azuzaban a la gente contra mí porque las artes que yo profesaba eran afeminadas y poco guerreras; los jóvenes consideraban una blasfemia todos nuestros sacrificios religiosos, "En vez de carne humana, nos trae mariposas", clamaban los sacerdotes de los dioses; "en vez de dinero, nos trae saltamontes", gritaban los sacerdotes de la Iglesia. 

-¿Y le hicieron a usted daño? 

-Para evitar que me mataran me marché de allí, vine a Cholula y aquí me quedé. Veinte años más tarde fui andando hacia el mar, acompañado por amigos y discípulos. En Veracruz tomé un barco y partí para tierras lejanas. Desgraciadamente, con la promesa de volver…


(Tomado de Kisch, Egon Erwin. Descubrimientos en México. Volumen 1. Prólogo de Elisabeth Siefer. Edición aumentada. Colección ideas, #62. EOSA, Editorial Offset, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1988)

lunes, 2 de febrero de 2026

Entrevistando a las pirámides 5 Tenayuca


Entrevistando a las pirámides 5 Tenayuca 


La pirámide de Tenayuca o de las Serpientes, situada al borde noroccidental de la Ciudad de México, emplea cuando habla en primera persona o de sí misma el pluralis majestatis, con gran asombro de su entrevistador. 

-¿Quiere saber lo más curioso en lo que a nosotras se refiere? -dice la pirámide-. Aunque los conquistadores pasaron en su campaña por delante de nosotras y el soldado Bernal Díaz nos menciona en su libro, pasaron largos siglos antes de que volvieran a descubrirnos. Cuatrocientos años emplearon, primero los devotos y luego los investigadores, buscando nuestro emplazamiento, a pesar de encontrarnos al borde mismo de la capital. Fuimos redescubiertas en 1925. 

El entrevistador preguntó a la pétrea majestad cómo se explicaba esto. 

-Nada de lo que los dioses hacen es explicable. Ordenaron a la naturaleza que tendiera un velo sobre nuestra guardia. Esta se hallaba formada en los buenos tiempos por ochocientos centinelas…

Ahora la guardia ha quedado reducida, si el entrevistador no ha contado mal, a 138 soldados, que forman todavía un cordón bastante respetable de seguridad en torno a la pirámide; 138 robustos y temibles centinelas, 138 rollizas serpientes de cascabel talladas en granito. 

-Después del ocaso de los dioses, siguieron montando guardia, con el mismo silencio de piedra de antes. Era necesario desviar la atención de nosotras hasta el día en que nos devolviera a la finalidad de nuestra vida. 

El entrevistador preguntó a la pirámide cuál era aquella finalidad de su vida a que se refería.

-No somos una sola pirámide, aunque por fuera lo parezca. Somos ocho. Cada uno de nosotras prestaba durante cincuenta y dos años el servicio para que fueron construidas todas las pirámides: arrojar dardos y honrar a los dioses. Desde nuestra altura lanzaron muchos de aquéllos contra el enemigo. Y nuestros escalones estaban dispuestos de tal modo, que podía dispararse contra un enemigo muy próximo, que estuviese trepando ya por nuestro lomo, sin herir a los nuestros emplazados en otros pisos. El honrar a los dioses era función cotidiana de nuestro altar. 

Al cumplir cincuenta y dos años, la finalidad de nuestra existencia era otra, mucho más importante. El mundo duraba entonces exactamente cincuenta y dos años, a menos que los dioses se dignasen prorrogar su vida. Nadie en la tierra sabía si los dioses concederían o no la prórroga; la señal se daba a última hora del último año desde el altar de las serpientes situado en nuestra cima. En torno a nosotras todo eran sombras, pues se habían extinguido todas las luces del mundo. Una tensión indescriptible contenía el aliento de la multitud cuando los sacerdotes frotaban dos piedras, una contra otra. Si los dioses eran clementes, saltaban chispas. Un griterío inmenso de júbilo saludaba el signo de la gracia divina: ¡el mundo seguía viviendo! En acción de gracias por esta merced, se construía sobre la vieja pirámide de la vieja era y en torno a ella, la nueva pirámide de la nueva era. Esto quiere decir que nuestro ciclo de construcción duró ocho veces cincuenta y dos años, o sea, según vuestro cómputo, desde el siglo XII hasta el siglo XVI.”


(Tomado de Kisch, Egon Erwin. Descubrimientos en México. Volumen 1. Prólogo de Elisabeth Siefer. Edición aumentada. Colección ideas, #62. EOSA, Editorial Offset, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1988)

lunes, 5 de enero de 2026

Entrevistando a las pirámides 4 Xochicalco


Entrevistando a las pirámides 4 Xochicalco 


Le toca el turno ahora a la pirámide de Xochicalco. Para llegar a Tula, el entrevistador ha recorrido ochenta kilómetros desde la capital en dirección norte; ahora tiene que volver a la capital y recorrer ochenta kilómetros hacia el sur. ¿Es que no hay otras pirámides más cercanas a la Ciudad de México

Sí, las hay. Y dos de ellas, la de Cholula y la pirámide de las Serpientes, son, incluso, las más importantes después de las que ya conocemos. Pero un buen entrevistador de pirámides debe proceder por estricto orden cronológico. 

la era precortesiana no conoce cifras de años, ni esos conceptos nuestros de Antigüedad Clásica, Edad Media, Renacimiento, etc. La historia y la evolución histórica de la cultura se clasifica y denominan con arreglo a los sitios de los descubrimientos arqueológicos. Lo único que se conoce con mayor o menor claridad es la sucesión de las culturas dentro de una determinada zona, lo que nos permite hacer, en México, un recorrido a través de las diversas edades, desde la más remota antigüedad hasta los tiempos presentes. Esta ruta es la que sigue nuestro entrevistador de pirámides. No quiere que les ocurra a sus lectores lo que a los turistas de Roma, que se asombran de encontrar el Coliseo en un estado mucho más ruidoso que la basílica de San Pedro, a pesar de haber visitado ésta antes de ver aquél. 

Después de Tula le llega el turno a Xochicalco, pues ambas pirámides tienen, poco más o menos, la misma edad. La de Xochicalco declara a su entrevistador que no es, por su origen, una auténtica pirámide aunque lo es en sentido estereométrico, pues no fue construida con fines religiosos, sino con miras puramente estratégicas, como una ciudadela o fortificación para defenderse del enemigo. 

A pesar de ello, no hay en toda la meseta central de México ninguna otra tan ricamente esculpida. Los ornamentos y el friso de esta pirámide no son precisamente estilizados: las serpientes y las lenguas de fuego se retuercen aquí sobre un caballete de piedra con el mismo salvaje realismo que la cosa que quieren representar; la lava ardiente vomitada en otro tiempo por las montañas divinas que escupían fuego sobre los hombres de la tierra. 

-A mí -cuenta la pirámide de Xochicalco- me hizo célebre un alemán, el profesor Eduardo Seler, de Berlín, y yo, en justo pago, le hice famoso a él. Era en realidad filólogo y solo había venido a México a estudiar los dialectos de la Huasteca. Nos conocimos casualmente, un día en que vino a verme un arqueólogo mexicano que invitó al alemán a acompañarlo. Seler publicó algunas cosas acerca de mí; al principio, nadie quiso creerle ni dar crédito siquiera a las ilustraciones. Más tarde, hacia fines del siglo pasado, me puse de moda y era una verdadera peregrinación la que desfilaba por aquí constantemente. Ahora, me han dejado más tranquila, aunque la ciudad de Cuernavaca que se extienda mis pies se ha convertido en uno de los centros vacacionales y turísticos más visitados.


(Tomado de Kisch, Egon Erwin. Descubrimientos en México. Volumen 1. Prólogo de Elisabeth Siefer. Edición aumentada. Colección ideas, #62. EOSA, Editorial Offset, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1988)

viernes, 5 de diciembre de 2025

Entrevistando a las pirámides 3 Tula


Entrevistando a las pirámides 3 Tula 


En cambio, es menos conocida y no se ha escrito mucho acerca de la pirámide de Tula, en el Estado de Hidalgo. Pasa con esta pirámide algo así como con la sinagoga de Praga, que según la leyenda brotó de la tierra acabada y completa. La pirámide de Tula, y esto no es leyenda, sino realidad, surgió hace cuatro años. Por eso aparece ahora ante el entrevistador con todo el candor de una novicia. 

-Yo -empieza diciendo- era el santuario de la ciudad de Tula, del estado de Tollan y de la nación tolteca. Creo que esto fue, según vuestro cómputo del tiempo, desde el año 648 hasta el siglo XI. Mi construcción era magnífica, la gente me adoraba y todos los días se inmolaban unas cuantas víctimas humanas sobre mi cuerpo. Mis toltecas eran gentes buenas y muy capaces, arquitectos, mecánicos y astrónomos que ayudaban a los sacerdotes a proclamar desde mi cima las cosas venideras. Lo único malo que tenían los toltecas era que les gustaba demasiado el pulque.

Hacia el año 1000 de nuestra de vuestra era, me abandonaron y se fueron a Yucatán. Allí encontraron las huellas en sus propias dotes artísticas en medio de las construcciones de los mayas, cuando aún se discutía mi existencia.”

En seguida, la pirámide se queja de los tiempos en que vivió abandonada: 

-Nuestra ciudad solitaria pasó luego a manos de otro pueblo. Esto debió ser allá por el año 1170. Los nuevos pobladores se llamaban chichimecas, "los del país de los perros", y eran verdaderamente gente perruna, bárbaros. Lo que no se había desmoronado por sí mismo después de la marcha de los toltecas, fue destruido por éstos perros humanos, los cuales devastaron el país, de modo que no dejaron rastro de mí.

En esto se equivoca la pirámide. Había quedado rastro de ella en los códices, en las crónicas y en la tradición. Este rastro fue el que siguieron los eruditos del siglo XVI. Entre otros historiadores dedicados a estudiar la era prehispánica figuraba el príncipe indio bautizado Fernando de Alva Ixtlixóchitl, que escribió acerca de Tula, de la vida de la corte, el gobierno, el pueblo, las calles y la industria que allí tenían su centro. Y esa ciudad había de ser su perdición como hombre de ciencia. 

La República de los eruditos decidió, en efecto, en el siglo siguiente, que no existía, no había existido jamás ni podía existir semejante Tula. Por mucho que se le había buscado y por muchas antiguas ciudades que sin que nadie las buscara emergían de la tierra mexicana, había sido imposible dar con ella. Iba afianzándose cada vez más la idea de que Tula era algo así como la Ultima Tule de Virgilio o la Ciudad del Sol del utopista Campanella: un lugar legendario, pues la palabra Tula significa también "Estado del Sol". Algunos arqueólogos sostenían que Tula no era sino Teotihuacán, ciudad sagrada cuyo nombre, a pesar de su grandeza y esplendor mayestáticos, no aparece mencionado en ningún códice. Otros consideraban Tula como sinónimo de Cholula; otros, finalmente, opinaban que la ciudad de los toltecas era la actual aldea de Tule, cercana a la famosa pirámide de Mitla

El historiador Alva Ixtlixóchitl fue sacado del panteón de los eruditos y arrojado al ghetto de los poetas; se le acusaban de haberse dejado cegar por su amor propio nacional, que le había hecho tomar la leyenda de Tula tan al pie de la letra como los historiadores europeos la leyenda de Troya, fruto de la imaginación poética de Homero. Pero esa comparación tuvo que retirarse después que Schliemann, en sus excavaciones, sacó a la luz las ruinas de Troya. Sin embargo, los recalcitrantes siguieron negando la existencia de Tula aún después de 1885, año en que fue desenterrada, o mejor dicho, enterrada una pirámide cerca de la pequeña Villa de Tula de Allende en el Estado de Hidalgo.

El autor de este descubrimiento era, ciertamente, un hombre sospechoso y poco grato para los mexicanos. Se llamaba Desirée Charnay y había rondado por el país, antes de la intervención francesa, con misteriosos encargos de Napoleón III. Veinte años después, retornó a México para emprender excavaciones por cuenta del millonario franco-estadounidense Lorillard. Para adular al hombre que lo subvencionaba bautizó con el nombre de Lorillard una ruinas descubiertas por él en los dominios de los indios lacandones, a pesar de tratarse de un lugar ya conocido y que tenía su propio nombre: Yachtli. En sus excavaciones de Tula de Allende, que emprendió probablemente guiado por la ambición de descubrir aureos tesoros, Charnay aplicó unos métodos más propios para estropear las ruinas que para descubrirlas. Es posible que su aventura a la que se lanzó sin consultar para nada a los sabios mexicanos, sólo sirviera para afianzar a éstos en su escepticismo respecto a la existencia de la ciudad de Tula. 

Hace muy poco tiempo, en 1940, algunos arqueólogos mexicanos volvieron a agitar la teoría de que había existido una capital llamada Tula, situada en el lugar en que ahora se levanta la pequeña Villa de Tula de Allende, en el Estado de Hidalgo. En la Sociedad Mexicana de Antropología este tema provocó violentas discusiones, algunos aspectos de las cuales trascendieron a la opinión pública. Por fin, el gobierno concedió los créditos necesarios para emprender excavaciones en esta Tula a la que el entrevistador de pirámides ha venido desde la Ciudad de México por ferrocarril: hora y media de tren, según la guía.

Nuestro hombre recorre las calles y la plaza del pueblo, entra en la iglesia. Y aunque se esfuerza en hacer de sus ojos verdaderos aparatos de rayos X y saber más de lo que busca que lo que sabían los habitantes y visitantes de Tula anteriores a 1940, no logra descubrir en esta villa de dos mil habitantes más que eso: una villa de dos mil habitantes. Ni su trazado ni las piedras y figuras talladas de sus alrededores podían bastar para sospechar detrás de esta Tula, la Tula de otros tiempos. La zona arqueológica queda al margen de todos los caminos, lejos de todas las casas habitadas por los tulenses de hoy.

El entrevistador, acompañado por unos cuantos muchachos del pueblo, deja atrás la pequeña villa, sale al campo, camina primero por entre plantaciones de maguey, marcha luego sobre tierras quebradizas y polvorientas cubiertas de cactus y llega por último a un paraje en que no existe siquiera nada de esto. De pronto, inesperadamente, ve erguirse frente a él una pirámide alta y magníficamente proporcionada, un segundo antes invisible. No ve, en cambio, otra pirámide situada junto a ésta; mejor dicho, no se fija en ella, pues la toma por un cerro como otro cualquiera, cubierto de hierbajos. 

La pirámide no desenterrada estaba consagrada al sol; la otra, la que se levantaba libre y airosa a los dioses de la luna. Esta pirámide justifica por sí sola las excavaciones, basta por sí sola para fallar un pleito de eruditos que ha durado siglos enteros. Pero a la par con ella salieron a la luz toda una serie de tesoros que habrán causado el asombro del mundo, si el mundo no hubiese estado durante estos cuatro años entregado a la tarea de desenterrarse a sí mismo y de tomar precauciones para que nadie volviera a sepultarlo.

Desplegados en un ancho arco ante la pirámide, aparecen los tesoros de piedra descubiertos junto a ella. Al entrevistador, prisionero de las ideas y modos asimilados en Europa y en Estados Unidos, tiene por un momento la sospecha de si estas esculturas, por ejemplo las figuras de los bajo relieves, no serán tal vez falsificadas. Su integridad es muy sospechosa. Y lo mismo los meandros. ¡Qué claridad y nitidez, las de estos adornos escultóricos! Otro tanto acontece con las columnas, los llamados atlantes, que tienen casi 5 metros de alto. Su rostros, sus cuerpos y hasta sus vestiduras, parecen esculpidos por un escultor de hoy que se hubiera inspirado en modelos egipcios. Los indios de los monolitos ostentan sus adornos de plumas de un modo completamente distinto que los esculpidos en los bajos relieves. 

Pero el recelo se suma sin dejar rastro. ¿Falsificaciones? ¿A quién iba a ocurrírsele aquí falsificar esculturas indias, y con qué fin? Todas estas maravillas están esparcidas sobre un lejano cerro, sin que nadie se ocupe de custodiarlas. Cualquiera podría venir, cargarlas en unos camiones y llevárselas tranquilamente. ¿A quién iba a ocurrírsele falsificar todo un estadio con graderías de piedra, construir y enterrar, para luego desenterrarlas, dos enormes pirámides? 

Lo primero que hace la pirámide es llamar la atención del entrevistador hacia su friso: 

-¿Se ha fijado usted bien en los jaguares, en las mariposas, en las calaveras talladas sobre la serpiente-dragón? En mis buenos tiempos era el último grito de la moda. Hoy estos adornos ya no se llevan ni se construyen pirámides. ¿Ha visitado otras pirámides? Dígame con toda sinceridad si he encontrado alguna mejor construida que yo... Es usted muy amable... ¡Si me hubiera visto en otro tiempo. Hoy no soy más que una ruina de lo que fui. ¿Ve usted de esta cicatriz? Es la reliquia de la operación que me hizo con el pico un cirujano-curandero. Estaba empeñado en que, a fuerza de cavar, encontraría en mis entrañas una campana de oro. 

Mientras la pirámide habla con su entrevistador asoma por la plataforma la cara escueta de un indio, atento a sus palabras. ¿Habrá emergido de la Tierra al mismo tiempo que la pirámide su cantor Fernando de Alva Ixtlixóchitl, para exigir después de cuatro siglos de destierro y de condena la reparación de su honor científico agraviado?


(Tomado de Kisch, Egon Erwin. Descubrimientos en México. Volumen 1. Prólogo de Elisabeth Siefer. Edición aumentada. Colección ideas, #62. EOSA, Editorial Offset, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1988)

lunes, 20 de octubre de 2025

Entrevistando a las pirámides 2 Teotihuacán


Entrevistando a las pirámides 2 Teotihuacán 


El entrevistador de pirámides se dirige enseguida a la de Teotihuacán, que sigue en antigüedad a la de Cuicuilco, aunque la diferencia de edad sea de muchos cientos de años. Teotihuacán fue centro religioso desde el año 250 hasta el año 750 después de Cristo, según ha podido averiguarse mediante el cotejo del calendario de los mayas con el de Occidente. Teotihuacán es hoy un centro de atracción para el turismo, y eso explica, tal vez, la acogida mundana y cordial que aquí encuentra el entrevistador. 

La pirámide del Sol, alta y airosa, pregunta al visitante qué desea de ella, aunque añade que no podrá hacerle grandes revelaciones, pues los arqueólogos se han encargado ya de arrancarle todos los secretos. 

-...Mejor dicho -se corrige-, casi todos. Constantemente salen a relucir cosas nuevas, muchas de ellas olvidadas por mí misma desde hacía largo tiempo. Por ejemplo, hace algunas semanas se descubrieron aquí unos frescos con cientos de figuras realistas del mundo de Tláloc. Seguramente sabe usted que Tláloc no era solamente el hacedor de la lluvia, sino el señor de todas las aguas. Gobernaba los océanos y las nubes, la hidropesía y el peligro de morir ahogado, la sed y el sudor, los ríos y las fuentes, los canales y los acueductos, el rocío y la tempestad, los peces y las ostras, las barcas y los nadadores, las plantas y aves acuáticas. 

"Quien moría bajo los auspicios de este dios, podía considerarse afortunado, pues Tlaloc reinaba sobre un paraíso propio, el más delicioso Edén que pueda usted imaginarse. Nada de angelotes mofletudos, nada de almas aladas y modosas con las manos reverentemente cruzadas, nada de tocar de trompeta y rasguear de arpas; no, un verdadero paraíso para gente indolentes y haraganas. Entre cuatro almas, por ejemplo, cogen por los brazos y las piernas a otra y se entretienen en mantearla. ¿Ha visto usted alguna vez a los difuntos divirtiéndose en pasatiempos tan poco serios? La principal ocupación de estos bienaventurados consiste en dedicarse al juego, con una raqueta en la mano. Y siempre se están riendo. Si alguien cae al suelo,  se ríe; si se baña o se lanza el agua de cabeza, se ríe todavía de mejor gana. Y todas las canciones que se cantan en este paraíso son alegres y un poco petulantes, como corresponde a la euforia de quienes moran en él. 

"El único el que no verá usted reír en este reino de los muertos es el más gracioso de todos. Es el que, con una rama de muerto en la mano, cruza el umbral; acaba de llegar de su entierro y viene todavía sollozando ante el dolor de su muerte. Eche usted un vistazo a los frescos; le aseguro que no los olvidará mientras viva aunque llegue a ser tan viejo como yo."

Dicho esto, hace ademán de retirarse o, mejor dicho, de dar licencia para que se retire el entrevistador, pues una pirámide, aunque sea una pirámide parlante, jamás puede separarse de su base. Pero al entrevistador le gustaría que le dijera algo acerca de ella misma. Se apoya en sus últimas palabras sobre su vejez para preguntarle acerca de su vida. 

-Le parecerá a usted tal vez paradójico si le digo -me contesta- que una pirámide, mejor dicho, el tronco de una pirámide, es de todos los cuerpos el que menos puede verse a sí mismo. Desde los primeros años de mi vida maldije mi figura piramidal y desee haber nacido con cuerpo prismático, de torre por ejemplo. Todo lo que sé acerca de mí lo sé solamente de oídas. Tengo entendido que sobre mi cabeza se levanta una figura representando el sol con un inmenso corazón de oro puro. No puedo confirmarlo ni desmentirlo. Sí, he visto subir por los escalones de mis costillas grandes bloques de pórfido, pero no sabría decir lo que han hecho con ellos en lo alto de la plataforma. Sobre mi cima comienza el reino del aire, que no es ya de mi jurisdicción. 

"Es cierto que en cambio he podido observar durante bastante tiempo los acontecimientos que se producían frente a mí en los dominios de mi hermana, la pirámide de la Luna. Es probable que lo que ocurría sobre mi cuerpo a la dorada luz del sol, no se diferenciara gran cosa de lo que a la pálida luz de la luna ocurría sobre el cuerpo de mi hermana. Las víctimas destinadas a los sacrificios humanos subían las escaleras adornadas con flores, y después de arrancarles el corazón las precipitaban al fondo, poseídas ya de una noble rigidez. Hoy sólo los turistas trepan por nuestras escaleras, siempre con prisa y con ojos de curiosidad. Pero al bajar, casi todos sienten el vértigo. Conmovidos todavía por los relatos espeluznantes del guía, tienen la sensación de que es a ellos a quienes les han arrancado el corazón y de que su envoltura mortal baja rodando en macabras volteretas. Pero, por favor, no escriba usted esto. Podría perjudicar nuestro turismo. Tiene usted muchas otras cosas que contar de nosotras. Nuestro recinto era la ciudad sagrada en que los muertos se convertían en dioses, como indica el mismo nombre de Teotihuacán. (La voz teo significa dios, como en griego: curiosa coincidencia.) Cientos de miles de personas venían aquí en peregrinación; a nuestros pies se celebraban grandes fiestas religiosas y se alzaban templos y palacios de proporciones inimaginables, y de una belleza cuyas huellas encontrará todavía usted entre las ruinas. Pero todo esto es muy conocido, pues se ha escrito mucho acerca de ello."


(Tomado de Kisch, Egon Erwin. Descubrimientos en México. Volumen 1. Prólogo de Elisabeth Siefer. Edición aumentada. Colección ideas, #62. EOSA, Editorial Offset, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1988)

lunes, 22 de septiembre de 2025

Entrevistando a las pirámides 1 Cuicuilco

 


Entrevistando a las pirámides. 1 Cuicuilco 


En general, es difícil, por no decir que imposible, mantener una conversación con pirámides. Pero quien decida abrazar la profesión de entrevistador de pirámides, no debe arriesgarse ante esta imposibilidad, sino pensar que una pirámide siempre tiene algo que decir, unas veces porque acaba de hacerse un descubrimiento en su interior, otras porque es ella misma, la pirámide, la que acaba de ser descubierta. 

En Egipto, país que hace la competencia a México en materia de pirámides, no puede darse el caso de que se descubran pirámides enteras. Las pirámides egipcias emergen sin cambios sobre el desierto y no pueden meter la cabeza entre la arena, a pesar de tenerla tan cerca. No pueden, ni quieren. Al fin y al cabo, su razón de ser no es otra cosa que la de destacarse sobre la infinita línea horizontal, elevándose de la superficie al espacio.

Otra cosa es el Anáhuac, el valle de la meseta de México. Aquí no se construyó sobre arena ni sobre solares lisos y llanos. Al lado de los cerros y montañas artificiales, que son las pirámides, se levantan las pirámides naturales, que son los cerros y montañas. Esta vecindad salvó la vida a muchas pirámides artificiales cuando los hombres de la cruzada antipiramidal se echaron al campo en su busca para demolerlas. En muchos sitios, los volcanes se adelantaron a camuflarlas antes de que llegaran al euro al país los europeos destructores de templos, enterrándolas entre lava.

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Tal fue el caso de la pirámide circular de Cuicuilco, que es el edificio más antiguo de América de que hasta hoy se tiene noticia. Por eso es la primera que va a visitar el entrevistador en su extensa y extraña finca formada por bloques basálticos y piedras de lava, el Pedregal, paraje situado en la periferia de la Ciudad de México, por el lado sur. 

lo primero que hacemos es preguntar a la pirámide cuántos años tiene. Ella no despega los labios. Pero el vigilante cuya choza se recuesta a la sombra del coloso, me asegura que su pirámide tiene ocho mil años. Los geólogos han estudiado las capas volcánicas sobre las que se asienta y sus conclusiones corroboran el dato patriótico-local del vigilante: ¡8,000 años!

-¿Cuánto quedó usted enterrada bajo la erupción del Ajusco? -pregunta el entrevistador, mirando hacia arriba. 

-No fue el Ajusco -brama una voz desde lo alto. 

El Ajusco es el gigante montañoso que se yergue en uno de los bordes del Valle de México, meta dominguera de los alpinistas (que en Latinoamérica debieran llamarse más bien andenistas, ya que los Andes son los Alpes de este continente). Fue en otro tiempo un volcán muy activo y, según declaran a los periódicos los montañistas que a veces lo visitan, parece dar leves señales de vida de cuando en cuando. Con este motivo se trae a colación el pasado volcánico del Ajusco. Ya destruyó una vez la capital, emplazada entonces al sur del sitio que hoy ocupa. Lo único que se conserva de ella es el mar de piedras bajo el que quedó sepultada, el Pedregal y el autor de la hazaña: el Ajusco. 

-No fue el Ajusco -dice quien lo sabe al entrevistador 

-¿No fue El Ajusco? ¿Quién fue, entonces?

-El Xitle.

El Xitle es aquella montañita que se alza con traza inofensiva al otro lado de la carretera. Su copia hecha por la mano del hombre, la pirámide, lo acusa con voz tonante y cargada de odio de haber querido sepultarla hace muchos siglos entre lava ardiente. 

En su ataque de furia, el Xitle vomitó mucha bilis contra la falsa montaña situada debajo de él: el campo de lava que rodea a la pirámide tiene un espesor de diez metros. La pirámide se salvó de perecer ahogada gracias a que había sido construida sobre un cerro de siete metros de alto; la lava sólo le llegó a las rodillas. 

Tal vez los habitantes de la comarca y fieles de su templo, si hubiera quedado alguno vivo, habrían podido librarla de este pétreo grillete. Perecieron todo sepultados bajo una lápida de diez metros de espesor. Algunos fueron a refugiarse a la pirámide, intentaron escalarla hasta lo alto, pero las emanaciones del azufre y la humareda de la piedra en fusión lo envolvía todo. Y aún suponiendo que alguno hubiese podido sobrevivir a la lluvia de fuego, habría perecido de hambre y de sed, pues, ¿quién hubiera podido atravesar el mar de lava ardiente para ir en su auxilio? 

Antes de que las oleadas de lava se enfriaran y se convirtieran en estos negros círculos concéntricos de piedra sobre los que hoy nos movemos, pasaron siglos, tal vez milenios. ¿Cuántos? La pirámide lo sabe, pero después de haber lanzado su acusación contra el Xitle, su asesino, se encierra de nuevo en un pétreo y ceñudo silencio.


(Tomado de Kisch, Egon Erwin. Descubrimientos en México. Volumen 1. Prólogo de Elisabeth Siefer. Edición aumentada. Colección ideas, #62. EOSA, Editorial Offset, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1988)

martes, 6 de agosto de 2024

Historia cultural del cactus VI Historia revolucionaria

 


Historia cultural del cactus 

6 Historia revolucionaria


España conservó durante dos siglos y medio el monopolio de la cochinilla, vigilándo celosamente todos los barcos que zarpaban de las costas mexicanas. El menor intento de exportar el piojo colorante era castigado con la pena de muerte. Sin embargo, un francés, Thierry de Menonville, desafió la terrible pena para procurar a su patria, recién convertida en república, la preciosa materia tintorera. Registró por la noche, cautelosamente, algunas de las mejores plantas-criaderos de cochinilla en el estado de Oaxaca ("Juaxaca", escribe él) y consiguió un puñado de piojos purpúreos. Logró llegar felizmente con su botín a Santo Domingo, donde la cochinilla se crió y se multiplicó, y pronto pudo enviarse a París un barril del precioso colorante.

La cochinilla llega ahora al momento culminante de su historia. El polvo obtenido de ella fue empleada para teñir con el rojo de la libertad la bandera de la República francesa, el glorioso tricolor con que se abanderó a la Convención Nacional en 1793. Los animalillos sustraídos de la Nueva España, fueron los encargados de ungir la nueva bandera de la Revolución.

Desgraciadamente, también el destructor de la república se adornó con la sangre de la cochinilla: el nuevo colorante rindió su tributo al tinte del que surgió la casaca roja del primer cónsul. Más tarde, un cactus mexicano vuelve a aparecer enlazado aunque solo anecdóticamente, con el nombre de Napoleón.

A comienzos del siglo XIX, un capitán inglés llamado Sidney Longwood trasplantó los grandes cactus candelabros de México a la isla de Santa Elena, carente todavía de historia. Ninguna ley española se oponía a esta operación de trasplante, pues las plantas de adorno quedaban todavía, por aquel entonces, al margen de la industria y el comercio. En Santa Elena las nuevas plantas cobraron gran altura y se ramificaron formando sobre la columna recta del tronco candelabros de muchos brazos, como en su tierra natal de México, con la única diferencia de que no florecían. La primera vez que se encendieron en ellos cientos de llamas, formadas por flores verdes y amarillas con puntas rojas, fue en la tarde del mes de mayo en que murió Napoleón. Parecía como si unos espíritus escondidos detrás de las rocas hubiesen esperado esta hora para aprender sus antorchas. A la vista de aquellos sirios encendidos de pronto, los barcos que cruzaban a lo lejos, susurraban: “Ha muerto”.



(Tomado de Kisch, Egon Erwin. Descubrimientos en México. Volumen 1. Prólogo de Elisabeth Siefer. Edición aumentada. Colección ideas, #62. EOSA, Editorial Offset, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1988)

domingo, 12 de mayo de 2024

Historia cultural del cactus V Manufactura


 

Historia cultural del cactus


5. Manufactura


Y se apoderan del país con todo lo que repta por su suelo, vuela por su cielo y nada en sus aguas. Entre lo que reptaba por su suelo estaba la cochinilla, animal diminuto llamado a adquirir gran importancia. Cortés envió varias muestras a España, "simplemente por razones de ciencia", como hubo de manifestar disculpando el envío. Los españoles, que de primera intención desdeñaron como inútiles los granos de maíz y de cacao, el tomate y la vainilla y los trozos del jade más precioso, comprendieron inmediatamente el valor potencial de aquel colorante para la manufactura de tejidos de lana de Barcelona y la fabricación de telas de seda de Valencia.


Se plantaron a toda prisa las supuestas semillas, viendo con asombro que no retoñaban. Las autoridades en vista de ello pidieron a la Nueva España vástagos para plantar, tubérculos o raíces y les fueron enviados los de la Opuntia cochinellifera. De ellos surgieron en los territorios cálidos de la corona de España, en Argelia y en las Canarias, las chumberas, cuyas hojas se llenaron de bolitas diminutas, abarrotadas del ansiado colorante.


Ya existían grandes plantaciones de las que se obtenían ricas ganancias y aún no se había descubierto que las semillas vegetales no tenían nada de semillas vegetales. Cuando en 1703, Mynheer Ruyscher vio moverse a la cochinilla a través del microscopio que Leuwenhook acababa de inventar, todo el mundo meneó la cabeza escépticamente. ¿Un piojo? No era posible ¿Cómo iba a salir de un vulgar piojo un colorante tan precioso como éste?


Cuando preparaba en mi casa los apuntes para esta catedrática lección, abrí sobre la mesa un librote encuadernado en piel de cerdo que apenas me dejaba sitio libre para escribir. El título de esta obra, reducido a proporciones humanas, reza así: Museum Museorum o panorama de todas las materias y especias... desplegado ante la vista del doctor Michael B. Valentini; Francfort sobre el Mayn, Anno Domini MDCCXIV. (Largos años pasé por Europa buscando inútilmente esta obra alemana, que es, además de muchas otras cosas, una tecnología completa del período de la manufactura, para venir a dar con ella -¡oh milagros del exilio!- en la ciudad de México.) Todavía en 1714, el autor de este mamotreto lleno de erudición se resistía a dejarse convencer del todo por el microscopio:


Aún no está claro si la cochinilla debe considerarse como semilla o como otra cosa, y acerca de ello existen diversas opiniones -dice el infolio en su lenguaje arcaico-. Algunos la consideran como una semilla, razón por la cual la mayoría de los boticarios la clasifican entre las demás semillas y la incluyen en sus catálogos bajo el nombre de Sem. Coccinillae; otros, opinan que la cochinilla procede del coco, dándose ese nombre entre los españoles a un grano pequeño; otros, como Wilhelmus Piso en su Historia de las plantas brasileñas, describe minuciosamente una especie de higuera India en la que crecen, según ellos, las cochinillas.


Valentini enumera los muchos empleos que se dan a este diminuto y problemático cuerpo colorante en la manufactura de la época y apunta el hecho de que Italia debe a la cochinilla de la Nueva España la coloración roja de su vidrio.


(Continuará)


(Tomado de Kisch, Egon Erwin. Descubrimientos en México. Volumen 1. Prólogo de Elisabeth Siefer. Edición aumentada. Colección ideas, #62. EOSA, Editorial Offset, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1988)

viernes, 19 de abril de 2024

Historia cultural del cactus IV Historia antigua

  


Historia cultural del cactus 

4. Historia antigua


La planta que ven ustedes aquí, señores, es la Opuntia cochinellifera y fue cogida por mí en la Pirámide de las Serpientes que se alza no lejos de la Ciudad de México [en Tenayuca, Edo. de México]. Un muchachito indio que vendía ídolos junto a la pirámide, metió el dedo en la axila de la planta, sacó una cosita diminuta, rojiza, como espolvoreada de harina, me la alargó y me dijo: "Una cochinilla". La aplastó contra la planta y salió sangre, en tal cantidad, que una de las paletas del nopal, teñida por ella, parecía un pedazo de carne cruda. Del animalito no quedó nada.


Esta planta se cultivó antaño para fomentar la cochinilla que vive en ella. En tiempos de los aztecas, se juntaba toda la sangre de estas pulgas purpúreas para entregarla al erario imperial: los príncipes de las tribus y los héroes guerreros eran recompensados con vasijas llenas de esta especie de carmín. La clase más preciosa de todas, la sangre de las cochinillas vírgenes o, por lo menos, de las hembras no embarazadas, solo podía emplearse para teñir túnicas del propio emperador y el manto del supremo sacerdote. En aquel México todavía no descubierto, el emperador y el verdugo vestían ropa del mismo color, como en el Sacro imperio Romano de la nación germánica. Pues en realidad el supremo sacerdote sacerdote de los aztecas era, al mismo tiempo, el supremo verdugo y tenía por trono y por altar el patíbulo, como nos lo relata Heine: 


Sobre las gradas de mármol del altar 


Se encuclilla un hombrecillo de cien años 


Sin un pelo en la cabeza ni en la barba, 


Revestidos de una roja camisola. 


Es el supremo sacerdote


Y está afilando su cuchillo…


De nada le sirvió afilar el cuchillo, de nada sirvieron los sacrificios humanos. El invasor avanzaba sobre la capital de los aztecas para arrancar el manto púrpura de los hombros del emperador y la camisola escarlata de los hombros del sacerdote-verdugo. Y los dioses no lo impidieron.


Pero lo que no pudieron impedir los dioses, por poco lo impide un modesto cactus, un nopal de la región de Cholula. En Cholula, Hernán Cortés pasó a cuchillo a la población; en tres horas amontonaron seis mil muertos. El Nuevo Mundo no había visto jamás, hasta entonces, una matanza semejante. Consumada esta hazaña, los españoles avanzaron sobre la capital, precedidos por el estandarte de la caballería. Era un día caluroso; los caballeros chupaban afanosamente, para apagar la sed, los frutos rojos de los nopales de Cholula.


Por el camino se ordena hacer alto: "¡Desmonten! ¡Rompan filas!" Pero, ¿Qué es esto, Dios del Cielo? ¡Sangre, es sangre! ¡Los soldados de Cortés orinan sangre! No cabe duda, sus venas han reventado: es un castigo de la Providencia por los crímenes horrorosos cometidos por ellos contra los indios. Los jinetes se apiñan temblorosos, caen de rodillas, elevan sus oraciones a Santiago de Compostela, hacen voto de enmienda y se niegan a seguir bajo las armas.


Poco después llegan a pie las tropas auxiliares de los indios. También ellas orinan rojo, pero la cosa no parece inquietarlas poco ni mucho. Los pecadores arrepentidos averiguan por los naturales del país que aquella "sangre" es, simplemente, la orina teñida por el zumo de las tunas de Cholula. No hay, pues, tal castigo del cielo ni motivo para arrepentirse. Descargada su conciencia de escrúpulos, los católicos caballeros prosiguen sus crueles hazañas guerreras.


(Continuará)


Tomado de Kisch, Egon Erwin. Descubrimientos en México. Volumen 1. Prólogo de Elisabeth Siefer. Edición aumentada. Colección ideas, #62. EOSA, Editorial Offset, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1988)

viernes, 26 de enero de 2024

Historia cultural del cactus I Heráldica

 


Historia cultural del cactus 

(una catedrática lección)


1. Heráldica


No crean ustedes, señores, que el cactus figura en el escudo de México porque sea una planta nativa de este país. No; el emblema existía ya antes de que los aztecas conocieran la tierra que habría de ser la suya. Vinieron desde el remoto norte, desde las selvas hiperbóreas de América, por decirlo así, en busca de una patria, aquella patria que el oráculo les había anunciado. Se pasaron años y años recorriendo valles y montañas en todas direcciones y luchando con otras tribus, hasta que por fin, en el año 1325, encontraron la tierra prometida. No podía caberles la menor duda, pues la meta había sido señalada con toda precisión por la profecía: el signo indicado era un nopal de tres palas coronado por dos flores abiertas, sobre una roca rodeada por las aguas y, posada en lo alto, un águila real con una serpiente en el pico.

Sobre las aguas remansadas en el fondo de este valle, en las lagunas, las lenguas de tierra, las riberas y las islas, establecieron sus moradas aquellos indios cansados de largos siglos de vida nómada y dieron a su nueva sede el nombre con que ya la habían bautizado en los sueños de su largo peregrinar: Tenochtitlán, que quiere decir "donde está el nopal silvestre". La ciudad fundada por los aztecas se llama hoy México. La serpiente y el águila no abundan ya tanto como entonces, pero el cactus sigue dominando como entonces el paisaje mexicano.

México ostentaba el cactus como símbolo en sus banderas, en sus velas y en el cuño de sus monedas. Cuando alguna familia de sangre India solicitaba del virrey la merced de la nobleza, le presentaba su árbol genealógico, en que el árbol no era tal árbol, sino un nopal. Cuando visita uno la sala de códices del Museo Nacional, se convence de que las paletas ovales del nopal, con su forma de escudo o blasón, se prestan mucho más para inscribir nombres de personas y fechas que las hojas de roble o de tilo de los árboles genealógicos europeos.


(Continuará)


Tomado de Kisch, Egon Erwin. Descubrimientos en México. Volumen 1. Prólogo de Elisabeth Siefer. Edición aumentada. Colección ideas, #62. EOSA, Editorial Offset, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1988)

lunes, 30 de octubre de 2023

Manuel Buendía: lo público y lo privado

 


Manuel Buendía: lo público y lo privado

El 30 de mayo de 1984, al salir de su oficina, Manuel Buendía columnista de Excélsior, es asesinado por la espalda. La foto de portada de Impacto es despiadada: el cadáver de Buendía en la calle, de bruces, cubierto por su gabardina. En el momento de su muerte, Buendía, probablemente el periodista más leído del país, investiga diversos vínculos entre política y delito: los asesinatos de grupos ultraderechistas en Guadalajara, los negocios turbios del sindicato petrolero, el tráfico clandestino de armas, las "irregularidades" del aparato judicial y, tal vez, el narcotráfico. Nada se encuentra en sus archivos, presumiblemente saqueados.

El crimen, determinante en la historia de la libertad de expresión, da lugar a protestas, promesas y búsquedas policiales tan costosas como inútiles. Se habla de la CIA y se investiga (o eso se dice) a la extrema derecha de Guadalajara (los "tecos"), a un traficante de armas alemán, a los dirigentes petroleros. (Se manejan 298 hipótesis de las causas del atentado). Se insinúa que la orden vino de José Antonio Zorrilla Pérez, jefe de la Dirección Federal de Seguridad y amigo de Buendía. Nada sucede, salvo el hostigamiento a las amistades del periodista y un rechazo categórico de los procuradores: "No hubo motivos políticos en el crimen." Por último, el 20 de junio de 1989 la Procuraduría de Justicia del D. F. arresta a Zorrilla Pérez y a Rafael Moro Ávila por el crimen. En ese coro de voces sin destinatario que es también la opinión pública, la convicción generalizada acerca de los autores intelectuales del asesinato apunta "hacia arriba" y ven en Zorrilla a un segundón.


(Tomado de: Carlos Monsiváis – Los mil y un velorios (Crónica de la Nota Roja). Alianza Editorial y CNCA, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. México, D.F., 1994) 

jueves, 7 de septiembre de 2023

Juan de Dios Arias

 

Juan de Dios Arias

1828-1886

Periodista, militar y poeta poblano que nació en 1828. Desde adolescente se ganó la vida por medio de ocupaciones mercantiles, las cuales no le privaron de escribir artículos llenos de ingenio e ironía. Ocupó uno de los primeros puestos en el periodismo mexicano al iniciarse en 1844, escribiendo para El Centinela y otros periódicos liberales. En 1856 publicó el periódico satírico La Pata de Cabra. Luego colaboró en La Orquesta y en La Sombra. Su participación en la política como liberal lo llevó a ocupar una curul como diputado varias veces, incluso en el Congreso Constituyente de 1856-1857.

Ingresó al ejército y alcanzó el grado de coronel. En la campaña contra los franceses fue secretario del general Mariano Escobedo durante el sitio de Querétaro. Sirvió en los cargos de oficial mayor de la Secretaría de Relaciones y desempeñó la Secretaría de la Legación Mexicana en los Estados Unidos. Después fue subsecretario de Estado en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Escribió la Reseña Histórica del Ejército del Norte durante la Intervención Francesa, publicada en México en 1867. Colaboró en la magna obra México a Través de los Siglos. Murió en la Ciudad de México. 


(Tomado de: de Lara, María Eugenia, y Amparo Gómez Tepexicoapan - Liberales mexicanos del siglo XIX. Álbum fotográfico. Varía Gráfica y Comunicación, S. A. de C. V. México, D. F., 2000)