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lunes, 1 de junio de 2026

Jorge Negrete y el cine


 Jorge Negrete 

Guadalajara en un llano,

México en una laguna,

me he de comer esa tuna 

aunque me espine la mano…


Jorge Negrete, uno de los grandes ídolos del público latinoamericano, nació en 1911 en Guanajuato, México. Falleció 42 años después, a consecuencia de una cirrosis hepática, mientras realizaba una gira artística por Los Ángeles, California. Muy joven abandonó la carrera militar para dedicarse a estudiar canto. A los 26 años, como barítono, ya había triunfado en la radio. A la sazón, fue descubierto por el productor Gonzalo Varela, quien lo convirtió en la figura principal de La madrina del diablo (1937), su primera película, dirigida por Ramón Peón.

Desde entonces y hasta 1953, Jorge Negrete, como actor del cine azteca, nunca se bajó del estrellato; siempre encabezó los créditos de sus películas. Sólo en Juan sin miedo (1938) el nombre del torero Juan Silveti apareció antes que el suyo. A pesar de Pedro Infante y otros, todo parece indicar que, como cantante del cine mexicano, no hubo otra figura igual a la suya. En las películas que más fama le dieran, la música y las canciones eran, por lo regular, de la inspiración de Manuel Esperón, con letras de Ernesto Cortázar. 

Sin embargo, en un principio el afamado actor-cantante se mostró renuente a interpretar la música consustancial al ambiente ranchero. Tanto fue así que, a sus espaldas, mientras se hallaba en el exterior, Manuel Esperón compuso las canciones de ¡Ay, Jalisco, no te rajes! (1941). A su regreso, Negrete, colérico, dijo que él no era mariachi; con todo, al ir cantando las composiciones ("¡Ay, Jalisco, no te rajes", "Traigo un amor", "Fue casualidad" y otras), fue entusiasmándose y puso su corazón en ellas. Lo demás es historia. El éxito fue rotundo. En la cinta El mariachi a la fuerza hizo pareja con Gloria Marín, con quién trabajó en varias películas más. 

Libertad Lamarque consideró en su Autobiografía que fue "una gran equivocación" que ella y Negrete, dos mimados del público latinoamericano, no interpretaran tres o cuatro canciones en Gran Casino (1947), una de las películas que Luis Buñuel dirigiera en México, hoy considerada a pesar de no haber gustado en su momento, como un clásico de esta cinematografía. 

En Hollywood, Negrete incursionó solo una vez, sin trascendencia alguna: El rancho de las flores (1941). Años después, en 1950, Rafael Gil lo dirigió en Teatro Apolo, cinta rodada en España. Empero, lo más importante de su carrera, en lo que al cine respecta, sin duda estuvo como escenario a México, desde donde su popularidad se extendió a todo el continente latinoamericano. 

Aprovechándose inteligentemeante del éxito de filmes como El peñón de las ánimas, Me he de comer esa tuna, ambos de Miguel Zacarías, y de tantos otros en los que, además de actuar, cantaba, Negrete realizó giras triunfales por Buenos Aires, Lima, Madrid. En la Habana arrebató al público al cantar "La viuda alegre". Su contacto con la isla posibilitó, además, que grabara una composición antológica de Manuel Corona: “Longina”.

Negrete filmó cerca de 40 películas. En ellas se escucharían, entre muchas otras, canciones como "Caminos de ayer", de Gonzalo Curiel; "Una palabra, una oración", de Alfonso Esparza Oteo; ¡Ay, Jalisco, no te rajes!", "Cocula" y "Me he de comer esa tuna", de Manuel Esperón; "Ojos tapatíos", de Fernando Méndez Velázquez; "Cartas a Eufemia", de Rubén Fuentes, así como "Si tú te enamoraras", de su propia inspiración. 

En Reportaje, Negrete cantó "La que se fue", de José Alfredo Jiménez. Su episodio junto a María Félix -por allí desfilaron las más cotizadas estrellas del cine mexicano de entonces- es lo mejor de esta película, la penúltima que hizo dirigida por Emilio Fernández. En la última El rapto, una comedia ranchera también del Indio, se dejó escuchar en "El jinete" y otras memorables melodías propias del género que tanto cultivo. 

A pesar de la importancia de su voz, puesta al servicio del cine, al hacer un balance de su carrera se reconoce que Negrete tuvo "actuaciones dramáticas muy estimables" en Historia de un gran amor, de Julio Bracho, y en Canaima, de Juan Bustillo Oro, cuyo argumento descansa en la novela de Rómulo Gallegos.

En aquellas películas de los años cuarenta y cincuenta -algunas producidas por él mismo y su hermano David-, por lo regular llenas de canciones, el plato fuerte de la época, Negrete hizo pareja con María Elena Marqués, Amanda Ledezma, Elsa Aguirre, Miroslava, Carmen Sevilla y otras. 

Figura carismática, hombre de recio carácter, hay que decir también que fue fundador de la Asociación Nacional de Actores (ANDA), "una fuerza sindical y política de gran importancia" en México. 

Como homenaje póstumo, en 1955 el realizador Rafael J. Sevilla, con los números musicales de sus películas más importantes, a los que añadió el noticiero de sus funerales, armó el filme El charro inmortal.


(Tomado de: Calderón González, Jorge - Nosotros, la música y el cine. Universidad Veracruzana, Jalapa de Enríquez, Veracruz, 1997)

martes, 31 de marzo de 2026

Pedro Vargas y el cine

 


El tenor de las Américas 

Intérprete oficial del músico-poeta, don Pedro Vargas cantó entre otras muchas canciones de Agustín Lara, aquella que decía: "La palidez de una magnolia invade/ tu rostro de mujer atormentada/ y en tus divinos ojos verde jade/ se adivina que estás enamorada/ se adivina que estás enamorada...". Mas en su vasto repertorio también hubo canciones de Guty Cárdenas, Consuelo Velázquez y de muchos otros notables compositores de su tierra: México. El tenor de las Américas nació en San Miguel de Allende, Guanajuato, el 29 de abril de 1906. Muy joven, junto a Alfonso Ortiz Tirado y Juan Arvizu, comenzó a cultivar su voz con el maestro José Pierson. Estudió, además, piano y solfeo. 

Don Pedro -lo recuerdo muy bien en su disco de larga duración Vargas sings Matamoros, en el que incluyó los boleros del sin par santiaguero-, al concluir sus presentaciones, siempre decía el público: "Muy agradecido, muy agradecido y muy agradecido", palabras con las que remataba una actuación sostenida de punta a cabo, sin inútiles aditamentos, por su melodiosa voz. Parco en el decir, lo único que importaba era precisamente su voz. 

Contratado por la RCA Víctor desde los inicios de su carrera, Pedro Vargas grabó cerca de tres mil canciones, algunas de las cuales tuvieron mayor difusión a través del celuloide, cuando el tenor, en ocasiones interpretándose a sí mismo, otras en breves intervenciones o en destacado papel, las imponía en las películas -más de 60- del cine mexicano que se hizo durante las décadas que fueron de los años treinta a los sesenta.

En su primera gira al exterior, en 1933, Pedro Vargas, junto a Agustín Lara, viajó a Cuba; empero, por razones políticas no pudieron hacer presentación alguna en la isla. El binomio regresó a México "en un barco de carga y sin un peso", según apunta Jaime Rico Salazar. 

Tres años después, dirigido por Ramón Peón, Pedro Vargas (su nombre ocupaba el tercer lugar en los créditos) debutó en el cine con Los chicos de la prensa, una película con música de Daniel Pérez Castañeda y canciones de Sergio de Karlo, el autor de "Flores negras". Más tarde, en 1938, a pesar de la presencia de Pedro Armendáriz en el reparto, Vargas devino el principal intérprete -encarnando a un tenor de espectáculo teatral- en Canto a mi tierra o México canta, filme dirigido por José Bohr, con música de José Sabre Marroquín y canciones, entre otros, de Alfonso Esparza Oteo y Pepe Guízar.

Caballería del imperio abre la brecha de los años 40 con Miliza Korjus, la soprano del Metropolitan Opera House que ya había impactado en El gran vals, de Julien Duvivier. Pedro Vargas muestra, en esta cinta mexicana dirigida por Miguel Contreras Torres, "las excelencias de su escuela de canto". Aquel filme fue sólo el inicio de la década. Hubo otros más, entre ellos Soy puro mexicano, de Emilio Fernández; Ojos de juventud de Emilio Gómez Muriel (con música de Manuel Esperón); Un pecado por mes, de Mario Lugones que se rodó en Argentina, así como A la Habana me voy, coproducción cubano-argentina dirigida por Bayón Herrera. 

Especial importancia en la filmografía del tenor tuvieron los años cincuenta, iniciados con La mujer que yo amé, de Tito Davison. En aquel melodrama, que perseguía ilustrar la vida de Agustín Lara con sus propias composiciones, Pedro Vargas -¿quién mejor que él?- canta: "Sabes de los filtros que hay en el amor/ tienes el hechizo de la liviandad...". Así pues, una tras otra se suceden La marquesa del barrio, Del can can al mambo, Caribeña (coproducción mexico-guatemalteca), Reportaje, Espaldas mojadas, Música en la noche, Bodas de oro, Flor de canela (en ella aparecen el tenor y su pianista Alvarito), La vida de Agustín Lara, La vuelta a Cuba en 80 minutos y Las canciones unidas. En esta última, que contó con tres realizadores, entre los muchos intérpretes internacionales, correspondió a Pedro Vargas representar a su país.

Todavía en los años sesenta el Tenor de las Américas era llamado por los directores de cine para aparecer, de cuando en vez, frente a las cámaras. Ese largo ciclo que abarcó sus experiencias cinematográficas iniciado en 1936, parece concluir tres décadas después, con El jibarito Rafael, coproducción mexico-puertorriqueña en la que Julián Soler, su realizador, recrea la vida de Rafael Hernández, "el cantor de la Perla de los Mares”.

En años recientes, cuando incluso ya no puede contarse con la imagen del tenor -falleció en 1989-, en películas más o menos evocadoras, nostálgicas, que se sitúan en la onda retro por exigencias de sus propios argumentos e historias -Modelo antiguo, por ejemplo-, algunos realizadores todavía incluyen, en off, la voz del inolvidable Pedro Vargas.


(Tomado de: Calderón González, Jorge - Nosotros, la música y el cine. Universidad Veracruzana, Jalapa de Enríquez, Veracruz, 1997)

lunes, 17 de noviembre de 2025

Caudillos de la nueva oposición: II Carlos Medina Plascencia

 

Los caudillos de la nueva oposición 


Sección Señoras y Señores



Por Pedro Baca y María Julia Guerra 


II: Carlos Medina Plascencia 


Después del truculento desenlace de las elecciones de Guanajuato, sólo los priístas quedaron más disgustados que los panistas. En cambio, nadie sabe qué pensó exactamente el alcalde panista de León, Carlos Medina Plascencia, cuando le anunciaron que al fin iban a entregarle el cargo por el cual se había negado a competir un año antes, el de gobernador de Guanajuato. 

Educado en colegios de jesuitas y graduado como ingeniero químico administrador en el tecnológico de Monterrey (1980), el leonés Medina, de 36 años de edad, casi tan alto como Fox y padre de tres niños, era antes de 1988 más conocido por su afición a las carreras de automóviles ("Novato del año 1987" de Fórmula K) y por la velocidad con que había hecho florecer su grupo empresarial familiar, dedicado a la exportación de insumos para la Industria del calzado y con ventas anuales por encima de los 4 millones de dólares. 

Medina dice que se inició en la política más por coraje que por ideología, al contemplar impotente, en 1980, 81, 82, cómo el descabellado régimen de José López Portillo jalaba al país hacia el abismo. Primero, afirma, dedicó tres años a la extenuante tarea de estudiar los postulados del PRI, el PDM y el PAN. En 1985, cuando ya veía todo cuadrado, se decidió por el PAN: ingresó, metió turbo y un año más tarde era, ya, regidor del ayuntamiento de León. 

Mano de hierro: en 1988, manejando las finanzas del PAN, fue uno de los estrategos anónimos del decisivo triunfo de su partido en la región de León (3 diputaciones federales de mayoría). Meses después cosechó su recompensa, la alcaldía de León, con ventaja de 3 a 1 sobre el candidato del PRI. Igual que Fox, también Medina sacó valioso rédito político de la visible inquina con que el gobierno estatal trató al ayuntamiento leonés. Asediado por la falta de recursos, las zancadillas burocráticas y las orquestadas embestidas de líderes de paracaidistas y sindicatos de la CTM, el alcalde tuvo que crecerse en el cargo. Sus críticos dicen que recurrió sin piedad al "mayoriteo" aplastando todo síntoma de disidencia; pero admiten que imprimió a la administración municipal cierto dinamismo empresarial: el primer año, los ingresos presupuestados (36,000 millones de pesos) fueron rebasados en 44%; y los egresos fueron más de 6,000 millones menores a lo previsto. 

A ojos del público, el alcalde Medina se convirtió en candidato natural a la gubernatura; pero el hombre se negó a competir por la postulación contra otros panistas y prefirió, en cambio, apadrinar la candidatura de Vicente Fox. Al fin, como se sabe, tuvieron que intervenir las más altas instancias nacionales, para plantearle una de esas proposiciones que, como decía don Corleone, no se pueden rehusar.


Tomado de: Baca, Pedro, y Guerra, María Julia: Los caudillos de la nueva oposición. II Carlos Medina Plascencia. Contenido, noviembre de 1991, número 341. Editorial Contenido, S. A. de C. V., México, Distrito Federal, 1991)

lunes, 1 de septiembre de 2025

Caudillos de la nueva oposición: I Vicente Fox




 Los caudillos de la nueva oposición 


Sección: Señoras y Señores


Por Pedro Baca y María Julia Guerra 


I: Vicente Fox 


Nacido en la Ciudad de México y radicado en León, Gto., desde el tercer día de su vida, Vicente Fox Quesada -el segundo de los nueve hijos de un agricultor agricultor leonés y una inmigrante española, de 49 años de edad, casado y padre de 4 hijos adoptivos-, pasó la primera mitad de su vida cultivando 2 errores, y la segunda mitad, tratando de rectificarlos. Primorosamente educado por los jesuitas, en la niñez y adolescencia que creyó estar destinado al sacerdocio y sólo cuando sus padres lo obligaron a estudiar administración de empresas (en la universidad Iberoamericana en el D.F.) descubrió el sabor de afanes más terrenales, como la mercadotecnia y la programación por el camino crítico. Segundo, pensaba que la política era un juego indigno de gente bien nacida ahora lleva tres años actuando en ese campo, y cree que en política también pueden ganar los buenos, cuando son más que los malos. 

Apenas salido de la universidad, Fox Quesada se lanzó en desenfrenada carrera: en menos de 10 años avanzó de simple empleado a presidente de Coca-Cola para México y Centroamérica, no tanto por su excepcional talento, cree él, sino porque durante ese lapso nunca trabajó menos de 10 horas por día. En una de sus giras de trabajo por Centroamérica, le tocó ver unas elecciones en Costa Rica. Le impresionó el clima de festividad en las calles de San José, la capital del pequeño país. Después de votar, los costarricenses se veían tan contentos como si hubieran ganado la copa mundial de fútbol. A Fox le dio envidia y tristeza, pero, preocupado como andaba por los enredos dupolísticos (Coca-Cola y Pepsi) de la industria refresquera, ni le pasó por la cabeza la idea de regresar a México en el primer vuelo y encabezar una revolución.

Regreso al terruño: A principios de los 80, le sobrevino la crisis de los 40. La parda atmósfera del D.F. se le volvió irrespirable. Añoraba el calor del clan familiar. Extrañaba el ciclismo y la charrería, sus deportes preferidos, que aún practica. Las gaseosas empezaron a provocarle acidez. Una mañana se miró al espejo, enfundado en un traje de impecable corte inglés, y se vio ridículo. Ese día fue a la oficina en pantalón de mezclilla, botas de pico y sombrero tipo Stetson, y le dio gusto la mirada estandarizada de los yuppies. Al fin renunció graciosamente, y emprendió, tarareando por lo bajo, el camino de Guanajuato

Los siguientes 9 años los dedicó a sembrar fresas en el rancho de su familia, el San Cristóbal, cerca de León, y a organizar con computadoras el Grupo Fox, dedicado a la agroindustria, exportación de verduras congeladas, elaboración de alimentos para ganado y fabricación de calzado y botas vaqueras para la exportación (utilidades de 1989: 1.1 millones de dólares).

Podría haber seguido así por tiempo indefinido, respirando oxígeno campirano y ganando cada año su millón de dólares, de no haber surgido en 1987 el sinaloense Manuel Clouthier como candidato del PAN a la presidencia. Fox conocía y respetaba a Clouthier de años atrás. ¿Cómo podía un hombre así, meterse en un juego tan sucio? El de Guanajuato fue a preguntarle, y el de Sinaloa contestó que lo hacía para ser libre: -¿Cómo vas a ser empresario, es decir, emprendedor, si no eres libre? -dice Fox que dijo Clouthier-. ¿Y si no luchas para ser libre, de que te quejas? 

Las palabras de Clouthier trajeron a la mente de Fox el recuerdo de aquel día de elecciones en Costa Rica. Sólo la gente libre, pensó el ranchero de Guanajuato, anda por la calle tan contenta después de ir a votar. Empezó a concurrir a mítines opositores. 

Sin almidón: Los panistas de León dicen que Fox destacó desde el primer día, por sus casi dos metros de estatura y porque llegaba a las reuniones a caballo o en bicicleta. En la tribuna, el ranchero no se andaba con rodeos: -La oposición pierde no sólo por las marranadas del PRI -repetía machaconamente-, sino por bruta, por no saber defenderse. 

Tanta franqueza le granjeó la simpatía de miles de leoneses hartos del almidón de los políticos, y la candidatura del PAN a una diputación federal. En las elecciones de 1988 ganó por holgada mayoría. En el Congreso de la Unión se convirtió con facilidad en el especialista en temas agropecuarios de la diputación panista.

En 3 años como legislador Fox no logró gran cosa, ya que su partido, a pesar de contar en ese lapso con un centenar de diputados, no destacó por lo emprendedor y agresivo; pero se desprestigió menos que algunos de sus compañeros de bloque, gracias a la torpeza del gobierno de Guanajuato, que con actos intimidatorios hinchó las velas políticas del opositor: primero, se ordenó el cierre de una congeladora de los Fox; después, hordas de invasores se lanzaron sobre el rancho San Cristóbal; enseguida, los auditores de Hacienda se abatieron sobre el Grupo Fox; y con ese talante seudoamistoso que enchina la piel, diferentes emisarios empezaron a hostigar al priísta José Luis Fox, líder regional de los pequeños propietarios y hermano del diputado, para convencer a Vicente de la conveniencia de abandonar el PAN. La presión fue tan ominosa, dicen los Fox, que muchos antiguos amigos, empresarios obligados a andar de buenas con el gobierno, comenzaron a negarles el saludo.

Amigos de Fox: Dicen que tras la muerte de Clouthier en septiembre de 1989, el de Guanajuato sintió que tenía el deber moral de recoger la estafeta. No confiando plenamente en su partido, Fox optó por crear su propia organización para iniciar la lucha para conquistar el gobierno de su entidad. Fundó la OLE, Organización para la Liberación del Estado, encargada de reunir (por medio de rifas, boteos y eventos especiales) los 5,000 millones de pesos que requeriría la campaña, y reclutar a los 25,000 simpatizantes (porcicultores, los llamaban) que vigilarían a los priistas el día de la elección.

La campaña de Fox duró 250 días. Mientras los candidatos del PRI, Ramón Aguirre Velázquez, y del PRD, Porfirio Muñoz Ledo, se encarnizaban uno contra el otro como gallos furiosos, el panista se esforzaba por sobrevolarlos, apelando inclusive a las potencias celestiales (solía insistir en que la religión es uno de los ejes del proyecto nacional). No trató de nadar contra la corriente neoliberal del gobierno federal: más bien, subrayó a cada paso que, con tanta marranada, no hay modelo que valga, y que para salvar no sólo la economía sino también el alma, primero hay que limpiar a fondo los establos. Según se vio en agosto en las urnas, a un alto porcentaje de guanajuatenses les encantó escucharlo. 


Tomado de: Baca, Pedro, y Guerra, María Julia: Los caudillos de la nueva oposición. I Vicente Fox. Contenido, noviembre de 1991, número 341. Editorial Contenido, S. A. de C. V., México, Distrito Federal, 1991)

lunes, 11 de agosto de 2025

Llanto de piedra; grutas de Bernalejo


Llanto de piedra 

En el país menos conocido de Guanajuato, el que se extiende desde San Luis de la Paz hasta el oriente de San Luis Potosí, hay una región bella como pocas. Comprende tupidos bosques de pinos con paisajes deliciosos y, hacia las tierras bajas, las selvas semitropicales menos exploradas. 

Se trata de una panorámica nueva, fresca, e interesante por sobre la alfombra arbolada y las formaciones rocosas, pero también bajo tierra. Sus entrañas son huecas en muchos sitios y corren aguas subterráneas tan negadas en otras superficies. 

Pocas gentes, aún entre los mismos guanajuatenses, han recorrido esta región en sus extraordinarias catedrales bajo tierra que son las Grutas de Bernalejo, particularmente apreciadas por los espeleólogos

Ciertamente se necesita de algún guía o conocedor (uno de los amables lugareños de la Mesa o de El Vergel, caseríos cercanos), porque la entrada a los palacios subterráneos es muy pequeña, más baja que la estatura de un hombre. A partir de la abertura visible, a gatas se avanza por unos cinco m y de pronto se abre el espacio dando lugar al desfile de los asombros. De la alta bóveda cuelgan los llantos lacrimosos de la piedra, de los óxidos y de las sales disueltas que bajan, gota a gota, hasta convertirse, estalactitas y estalacmitas, en una sola pieza: columnas de blanco ultrabrillante. 

Son varias cámaras subterráneas y en cada una de ellas las formaciones son diferentes, habiendo en algunas partes el increíble fenómeno de estalactitas que no siguen la vertical sino que se curvan hacia arriba. "Esto no puede ser; es imposible", suele ser la primera exclamación. Y sin embargo, además de que sí es posible, es abundante. 

Los nombres de los salones son los normales en todas las grutas: "Laberinto", "Las columnas", "Paso de las Agujas", "La Piñata", etc., pero, con ser tan comunes, no participan en la descripción. 

Hasta donde sabemos, las Grutas de Bernalejo no han sido totalmente exploradas hasta la fecha. Es un territorio subterráneo abundante en pasajes, grietas y pozos verticales sobre los cuales no existen referencias fidedignas. Cualquier intento informal que se haga por profundizar más en esta gruta, invariablemente conduce a la conclusión de que hacen falta equipo y adiestramiento especiales. Son los oscuros, atemorizantes dominios de lo desconocido, las verdaderas fronteras de lo incógnito. 

Y donde quiera que la luz de los reflectores horada esa noche eterna de las grutas, se refleja en blancas formas que no podrían reproducir Dante ni en sus peores delirios. 

Un día, cuando Guanajuato ensanche su visión universal del turismo, encontrará que las grutas de bernalejo le darán fama mundial. 

Entre tanto, si usted quiere internarse en el misterio negro de estas profundidades, la ruta se inicia en San Luis de la Paz (110 km al norte de Querétaro, o 94 al norte de Guanajuato), con rumbo a la que fuera Hacienda de Jofre (33 km) y diez kilómetros más hasta la Mesa de Jesús, casi en el límite con el Estado de San Luis Potosí; finalmente, 10 kilómetros hacia El Vergel. El camino es brecha practicable sólo a bordo de carro chico, pero sumamente hermoso, e incluye la vista de un puente natural que el paso de un río abrió horadando una gran roca.


(Tomado de: Möller, Harry. México Desconocido. INJUVE, México, D. F., 1973)

viernes, 27 de septiembre de 2024

El Bajío, cuna de la insurgencia

 


Cuna de la insurgencia 

La fértil región que se extiende al norte de Michoacán y Querétaro se le llama el Bajío. Es una zona de llanuras templadas, donde a una primavera seca sigue un verano de fuertes lluvias. Estas características, y sus fértiles tierras negras, permitieron el desarrollo de los cultivos de maíz, trigo, cebada y grandes pastizales para la ganadería. Durante su viaje por la Nueva España, en 1803, Humboldt quedó admirado ante la fertilidad de las tierras de Silao, León y Celaya, que le recordaron "los campos más atractivos de Francia”.

A mediados del siglo XVIII, el Bajío era ya una próspera frontera entre la ganadería y la minería del norte del país y las grandes haciendas de los valles centrales. Esta condición de zona intermedia aceleró el mestizaje, introdujo formas más complejas de propiedad y propició actividades económicas diversas: agricultura, ganadería, industria textil, minería. El impulso en estas áreas desató un proceso de relativa urbanización y aumento de la población a mediados del siglo. En 1790, en Guanajuato, donde se hallaba la mina de la Valenciana, la producción de plata sobrepasó los cinco millones de pesos, mientras que los habitantes de la ciudad y sus alrededores sumaban ya unas 55,000 personas. 

La agricultura del Bajío presentaba una gran complejidad en las formas de posesión de la tierra. A diferencia del norte de la Nueva España, las haciendas coexistían con ranchos, estancias y pueblos de indios. La mayoría de las haciendas eran trabajadas por peones, arrendatarios, aparceros y precaristas. En 1793, en la región había 1,076 ranchos y unas 448 haciendas, de manera que a fines del siglo XVIII el rancho era la forma de propiedad agraria más común. Sus pequeños propietarios, los rancheros, como la mayoría de los arrendatarios, eran mestizos o criollos, constituían un grupo social sumamente dinámico. Luis González ha señalado que esos rancheros sentían "la idolatría de la tierra", un regionalismo muy acentuado. 

La riqueza, la variedad económica y la integración racial y cultural hicieron de esta región un modelo del nuevo medio social que se estaba formando en la Nueva España: más mestizo que criollo. Sin embargo, ese dinamismo fue afectado por los fenómenos climáticos que en 1785-86, 1789 y 1790 provocaron carestías y escasez de granos muy severas. Por ese motivo, tan sólo en 1786 murieron 85,495 personas en la intendencia de Guanajuato. Rancheros independientes y jornaleros tuvieron que abandonar sus cultivos y trabajar como aparceros o peones en las haciendas cercanas. En Charco de Araujo, una hacienda próxima al pueblo de Dolores el número de labradores arrendatarios aumentó bruscamente hacia 1795. La inseguridad, la dependencia y la pobreza condujo a esos campesinos a rebelarse, unos años más tarde, en contra del poder colonial. Muchos de ellos, siguiendo la voz del cura Hidalgo, gritaron: ¡Viva el rey Fernando VII! ¡Viva la Virgen de Guadalupe! ¡Muera el mal gobierno!


(Tomado de: Florescano, Enrique y Rojas, Rafael - El ocaso de la Nueva España. Serie La antorcha encendida. Editorial Clío Libros y Videos, S.A. de C.V. 1a. edición, México, 1996)

lunes, 1 de abril de 2024

El imperio del León

 


El imperio del León

Diego Mosqueda, hombre de negocios y gran impulsor del fútbol en Irapuato, se mudó en 1920 a la Ciudad de León. Dos años después, fundó el equipo León Atlético, que un poco más tarde se convirtió en el Unión de Curtidores. En poco tiempo, el Unión fue, con mucho, el mejor equipo de Guanajuato.

En 1940, la liga se abrió a la participación de la provincia en el torneo regular, y tres años después el Curtidores fue invitado a gestionar su ingreso. Armando Baqueiro, Pilar Ramírez y Francisco González fueron los encargados de promoverlo. En 1944, el equipo fue aceptado bajo su nuevo nombre: León Fútbol Club, que debutó en la campaña 1944-45.

El León se convirtió en el equipo de la década. En su primera campaña concluyó en el cuarto lugar, la temporada siguiente ocupó el tercero y un año después el segundo. Al fin, en la 1947-48 resultó campeón de Liga y en 1948-49 obtuvo el título de Copa y, automáticamente, el de Campeón de Campeones.

Una trayectoria de veras ascendente. Por si fuera poco, uno de sus delanteros, Adalberto "El Dumbo" López, obtuvo el liderato de goleo durante tres temporadas consecutivas.

Cuando el equipo argentino Independiente de Avellaneda visitó México, el León fue la única escuadra que pudo derrotar a los pamperos, y lo hizo con un contundente 4-0.

El cuadro titular era imponente: Arenaza, Varela y Bataglia; Montemayor, Costa y Conrado; Flores, Marco Aurelio, "El Dumbo" López, Manzotti y "Chancharras" Pérez. Su entrenador era Casullo, un profesional en toda la extensión de la palabra que le dio el conjunto una fisonomía definida y un estilo completamente armónico.

"Pioquinto", gran cronista y político de la época, que más tarde ganó la gubernatura de San Luis Potosí, dijo de aquel conjunto felino: "Este cuadro demuestra que una organización seria en cualquier ámbito logra siempre triunfar. Si hubiera diez equipos como el León, México sería una verdadera potencia en el fútbol."

Tenía razón. El conjunto leonés pudo haberse tomado como punto de partida para organizar el balompié mexicano en la década de los años cincuenta. Pero la historia fue muy distinta…


(Tomado de: Calderón Cardoso, Carlos - Por el amor a la camiseta. (1933-1950). Editorial Clío, Libros y Videos, S.A. de C.V., México, 1998)

sábado, 17 de septiembre de 2022

Expansión territorial y conquistas siglo XVI, II

  


Fundaciones

Las expediciones militares fundaron en su recorrido villas y fuertes que corrieron diferentes suertes. Unas se conservaron, otras con el tiempo se despoblaron y desaparecieron. Muchas de ellas originaron nuevos centros, que a su vez sirvieron de punto de partida para la penetración en territorios desconocidos.

Una de las principales fuerzas que movieron este avance paulatino a territorios inexplorados fue la misma que empujó a algunas expediciones militares: la búsqueda de metales preciosos. Pequeños grupos de hombres se internaban en tierras de chichimecas, impulsados por alguna vaga noticia acerca de la existencia de vetas. Los poblados fundados a causa de ello eran, a su vez, origen de otros.

Así como la expedición de Francisco de Ibarra tuvo su génesis en la zona minera de Zacatecas, se estimuló la formación de poblaciones en la zona del Bajío; en un principio fueron presidios (lugares donde estaba destacada una fuerza militar) y crecieron gracias al comercio que se efectuaba con la región minera. Tal es el caso de San Miguel el Grande.

Por 1554, los chichimecas comenzaron a asaltar y robar sistemáticamente las carretas que transitaban con mercaderías rumbo a Zacatecas. Al principio se intentó detener estos asaltos mediante una campaña militar, organizada por don Luis de Velasco, quien puso a Francisco de Herrera al frente de numerosos soldados. Pero esta fuerza no consiguió dominar a los indios, los cuales sistemáticamente se refugiaban en sitios inaccesibles ante la presencia de los soldados. Otras campañas militares, como la de Hernán Pérez de Bocanegra, consiguieron el mismo resultado.

Se vio, pues, que era indispensable buscar otra manera de proteger la seguridad de los caminos; la mejor manera de conseguirla sería fundar otras poblaciones además de San Miguel el Grande, que fueron Celaya, Aguascalientes y León. Pero estas fundaciones no bastaron para contener a los chichimecas, los cuales siempre encontraban un lugar o un momento propicio para atacar, de manera que se trató de lograr un acuerdo de paz con ellos. Un mestizo llamado Miguel Caldera estableció conversaciones con los indios y, finalmente, en la época de don Luis de Velasco el segundo, se logró la paz. El virrey comprometióse a darles carne para su sustento. En cambio, ellos aceptaron que se fundaran poblados de indios y de españoles en las regiones que habitaban. Así nacieron San Luis de la Paz, San Miguel Mezquitic y Colotlán.

También la ganadería originó el que se abrieran nuevos territorios a la expansión española. La rápida reproducción del ganado creó grandes problemas a la agricultura en las zonas centrales de Nueva España. Los cultivos de las regiones de Tepeapulco, del valle de Toluca, de Oaxaca y Jilotepec eran destruidos con mucha frecuencia por los rebaños; para evitarlo, el virrey ordenó que se dirigieran a zonas donde había grandes extensiones de tierra despoblada. Así fue como en los años posteriores a 1540 se inició el establecimiento de estancias ganaderas en tierras habitadas por chichimecas. Se introdujo la ganadería en los llanos de San Juan del Río, en la región de Apaseo y en Querétaro. Antes del descubrimiento de las vetas de plata, Guanajuato existía como estancia de ganado, propiedad de Pedro Muñoz. A medida que las regiones fueron aumentando su población, el ganado fue conducido más al norte; y con el tiempo llegó a ser una de las causas del nacimiento de grandes haciendas, como la de Francisco de Urdiñola, gobernador de Nueva Vizcaya, en Coahuila, a principios del siglo XVII.

Fundaciones hechas por indios.

El papel representado por los indios sedentarios en la colonización y población del virreinato de Nueva España es de suma importancia. Ya en las primeras expediciones que se llevaron a cabo para acrecentar el dominio español se encuentran los grandes ejércitos de indios aliados que las acompañaban. Pedro de Alvarado condujo tlaxcaltecas a Guatemala. De Tlaxcala, Huejotzingo y Cholula procedían los indios que auxiliaron a Nuño de Guzmán en la conquista de Nueva Galicia. Ibarra, Carbajal y Oñate utilizaron sus servicios, y cuando se consideró indispensable la colonización de Texas, los tlaxcaltecas fueron llevados también allí.

Pero no sólo se recurrió a ellos en las campañas militares, sino que como pacificadores fueron enviados para fundar en regiones alejadas de sus centros de origen. Se pensaba que ante el ejemplo de su vida, que transcurría en forma pacífica y organizada, los indios nómadas terminarían, a su vez, por aceptar ser reducidos. Así, fray Juan de San Miguel estableció con guamares, otomís y tarascos el pueblo de San Miguel, conocido actualmente como el Viejo para distinguirlo de la población española que se formó años después con el fin de detener los ataques de los chichimecas.

Cuando don Luis de Velasco logró la paz con estos últimos, se llevaron cuatrocientas familias de tlaxcaltecas, que fundaron Tlaxcalilla (muy cerca de San Luis Potosí), San Miguel Mezquitic, San Andrés y Colotlán. Para evitar que Saltillo continuara despoblándose, Francisco de Urdiñola fundó muy cerca San Esteban de la Nueva Tlaxcala.

Las poblaciones establecidas por las autoridades españolas con fines civilizadores tuvieron una organización especial que favorecía el que los indios ofrecieran menos resistencia a abandonar sus lugares de origen. A los habitantes se les dotaba de tierras y agua, se prohibía la proximidad de estancias propiedad de españoles, e incluso se limitaba su paso por ellas. Se les autorizaba tener ganados y poseer caballos, y sus parroquias eran administradas por frailes. No siempre se logró mantener estas condiciones, porque los españoles, que vivían o tenían estancias en las regiones donde estos pueblos se fundaron, trataban de obligarlos a trabajar en su provecho y procuraban apoderarse de las tierras que consideraban buenas, haciendo caso omiso de las disposiciones existentes para la protección de estos poblados. No fue posible conseguir la fusión de los indígenas llevados del centro con los nómadas que aceptaban reducirse, porque los primeros siempre miraron con menosprecio a los segundos.

Aparte los movimientos de población india, a los que nos hemos anteriormente, hubo otros hacia el norte, en que en forma espontánea un gran contingente de indios se dirigió en busca de la libre contratación a las zonas mineras y a las estancias de ganado.

La expansión misional.

A partir del territorio conquistado por Hernán Cortés, las órdenes religiosas extendieron sus labores misionales hasta regiones distantes y desconocidas. Los frailes seguían instaurando nuevos centros para la predicación, sin esperar que nuevos establecimientos de españoles dieran a los lugares una relativa seguridad. En esta actividad son muy conocidos fray Juan de San Miguel, quien predicando recorrió tierras que ahora pertenecen al estado de Guanajuato; fray Bernardo Cosin llegó al actual estado de San Luis Potosí; fray Andrés de Olmos evangelizó la Huasteca; fray Andrés de Segovia y fray Miguel de Bolonia, en 1541, fundaron el pueblo de Juchipila; fray Agustín Rodríguez, en 1581, predicaba en territorios inexplorados, los cuales en la actualidad pertenecen al estado de Chihuahua, y fray Juan de Larios, en 1674, fundó la misión de San Francisco de Coahuila. Los misioneros redujeron a muchos indios, que terminaron por adaptarse a la vida sedentaria, y facilitaron el posterior establecimiento de centros españoles, que encontraban en estos pueblos la mano de obra necesaria para sus estancias y haciendas.

Muchas veces la llegada de hacendados que trataban de obligar a los indios reducidos a que trabajasen en sus propiedades destruyó la labor de los evangelizadores, porque ellos, que habían aceptado paulatinamente la vida en los pueblos y que algunas veces difícilmente se habían sometido a la autoridad de los frailes, se rebelaban ante las exigencias de autoridades y propietarios de tierras, y se volvían a los montes o huían a las sierras, destruyendo las misiones y matando a la población blanca y a los misioneros.

A causa de ello, durante los siglos XVI y XVII, en el norte las misiones estuvieron constantemente expuestas a la destrucción, y el trabajo de los religiosos se vio muchas veces reducido a la nada; entonces volvían a empezar, construyendo nuevas misiones o reconstruyendo las perdidas.

Franciscanos y jesuitas fueron principalmente los encargados de la evangelización en tierras de chichimecas. Los franciscanos ejercieron las misiones principalmente en Zacatecas, Nueva Vizcaya (actualmente los estados de Durango y Chihuahua), Nuevo Reino de León, Coahuila y Texas; es decir, hacia el norte y este de Zacatecas.

Sinaloa (norte del estado que lleva ese nombre) fue punto de partida para los jesuitas; se extendieron hacia el este por la Sierra Madre Occidental, y hacia el norte por las regiones que llamaron Ostimuri, Sonora y Pimerías, en el actual estado mexicano de Sonora y en el norteamericano de California.

Expansión por necesidades de defensa.

Nueva España siempre tuvo problemas de defensa en la región septentrional. La amenaza que representaba el avance de los establecimientos franceses obligó a las autoridades españolas a ocuparse de la colonización de provincias, que no habían presentado atractivos suficientes a fin de mover a su poblamiento espontáneo.

En 1682, Roberto Cavelier, señor de La Salle, partió de Nueva Francia (Canadá) y exploró el río Mississippi de norte a sur hasta llegar a su desembocadura. El gobierno francés consideró que la comunicación fluvial con el golfo de México era de gran trascendencia y ayudó a La Salle para que en una segunda exploración se adentrara por el río en sentido inverso al de la expedición anterior.

Los exploradores llegaron a La Florida en el año 1684; costeando, pasaron frente a la desembocadura del Mississippi, al parecer sin advertirla. Continuaron navegando y desembarcaron en la bahía del Espíritu Santo, donde fundaron el fuerte de San Luis. La Salle exploró la región, siempre en busca del río, que no encontró. Viendo que los bastimentos se habían perdido, decidió ir por tierra en busca de auxilio. En el camino algunos de sus compañeros lo asesinaron y los hombres del fuerte quedaron abandonados a su ventura. Los indios, que advirtieron su precaria situación, los atacaron y mataron.

En la capital del virreinato de Nueva España se tuvo noticias del desembarco de los franceses, porque capturaron a unos piratas que hablaron sobre la fundación del fuerte de San Luis. De Cuba y Veracruz partieron navíos que recorrieron las costas del golfo de México sin encontrar al enemigo, aunque hallaron los restos de una nave.

Mientras tanto, los gobernadores de Nueva Vizcaya y del Nuevo Reino de León recibieron informes de los misioneros y de los indios sobre algunos extranjeros vestidos de hierro, que andaban entre los texas preguntando por las minas de plata, y los aconsejaban en contra de los españoles, a los que decían no debían obedecer porque no eran buenos. El capitán Alonso de León hizo prisionero a un francés, el cual no pudo proporcionar datos sobre el sitio que buscaban porque no había pertenecido a la fuerza de La Salle, sino a un grupo que había salido de Nueva Francia con intenciones de encontrarlo. El indio Juan Xaviata procuró los datos que finalmente permitieron en el año 1689 la localización de las ruinas del fuerte de San Luis en la bahía del Espíritu Santo.

Con el fin de evitar que en lo venidero los franceses pudieran ocupar esa región, en 1690 el rey ordenó que los franciscanos de Santa Cruz de Querétaro se encargaran de fundar misiones entre los texas. La primera fue la de San Francisco y, apoyándose en ella, otras que no tuvieron muy larga vida, ya que se abandonaron en 1694 debido a los problemas que presentaban su abastecimiento y mantenimiento.


(Tomado de: Camelo, Rosa - Expansión territorial y conquistas. Historia de México, tomo 6, México colonial. Salvat Mexicana de Ediciones, S.A. de C.V. México, 1978)

lunes, 26 de julio de 2021

Rodolfo Gaona

 


El Califa, torero, nació en León de los Aldamas, Gto., en 1888 [murió el 20 de mayo de 1975]. Fue discípulo de Saturnino Frutos, Ojitos, en el propio León. El 1° de octubre de 1905 hizo su presentación en la plaza El Toreo, de la Ciudad de México. El 31 de mayo de 1907 recibió la alternativa española de manos de Manuel Lara, Jerezano, en la plaza de Tetuán de las Victorias, en Madrid; el 5 de julio siguiente, en una plaza de la carretera de Aragón, Juan González Nandín le confirmó la alternativa. Después de varias temporadas en el país y en España se retiró de los ruedos el 12 de abril de 1925, en la plaza El Toreo. Destacó por su personalidad y elegancia, sobre todo con la capa. Un lance del toreo se llama gaonera en honor suyo.


(Tomado de: Enciclopedia de México, Enciclopedia de México, S. A. México D.F. 1977, volumen V, - Gabinetes - Guadalajara)


jueves, 26 de diciembre de 2019

Manuel Doblado


Nació en San Pedro Piedra Gorda, Guanajuato, el 12 de junio de 1818. Profesor del Colegio de Guanajuato. Diputado Federal en 1847, se opuso a los tratados de paz con los Estados Unidos. Desempeñó varias veces el cargo de gobernador del Estado de Guanajuato. Se opuso al golpe de Estado de Comonfort y apoyó, reconociendo la legalidad al régimen sustituto de Juárez. Nombrado ministro de Relaciones Exteriores en diciembre de 1861, tuvo a su cargo las negociaciones con los representantes de España, Gran Bretaña y Francia, y firmó los Preliminares de la Soledad en 19 de febrero de 1862. Renunció el 13 de agosto de 1862. Continuó la lucha como militar y se le designó gobernador de Jalisco. No acompañó a Juárez en su éxodo hasta Paso del Norte. Se internó en Estados Unidos muriendo en Nueva York en 1865. 


(Tomado de:  Tamayo, Jorge L. (Introducción, selección y notas) - Antología de Benito Juárez. Biblioteca del Estudiante Universitario #99. Dirección General de Publicaciones, UNAM, México, D. F. 1993)

viernes, 13 de diciembre de 2019

Santos Degollado

Nació en la ciudad de Guanajuato en 1811. En 1828 llegó a Morelia, donde trabajó de escribiente en la Haceduría de la Catedral. Autodidacto ejemplar, llegó a formarse una vasta cultura. En 1835 se suma al movimiento liberal. Siendo gobernador de Michoacán don Melchor Ocampo (1846), fue designado secretario de la Dirección de Estudios del Estado; también había sido presidente de la Junta Directiva de Fomento de Artesanos; al reabrirse el Colegio de San Nicolás fue nombrado secretario del plantel, al que dio gran prestigio.  
Actuó en el Bajío, como uno de los principales sostenedores de la Revolución de Ayutla. Por riguroso escalafón pasó de soldado raso a general. Al triunfo del movimiento liberal, Comonfort le nombró gobernador y comandante general de Jalisco; participó en el Congreso Constituyente de 1856; en marzo de 1858 fue nombrado ministro de Guerra y Marina y general del Ejército Federal. Fue uno de los más esforzados paladines de la causa progresista; participó en múltiples batallas con espíritu denodado, aunque casi siempre con suerte desafortunada, por lo que se le llamó el Héroe de las derrotas y el Santo de la Reforma.
Destituido de su alto cargo, en 1860, y sometido a proceso, por entablar pláticas para pacificar el país, con el encargado de negocios de Inglaterra, George W. Mathew, en las que se planteó el reemplazo de Juárez como presidente y la reunión de un nuevo congreso.
Al ser fusilado Melchor Ocampo en Tepeji del Río, el 4 de junio de 1861, solicitó y obtuvo de la Cámara de Diputados que se le permitiera, a fin de salir al mando de una columna militar a batir a los conservadores y vengar la muerte de su hermano, el ilustre reformador. El 15 de junio de 1861, en el Monte de las Cruces, al trabar el primer combate con las fuerzas de Márquez, halló la muerte.

(Tomado de:  Tamayo, Jorge L. (Introducción, selección y notas) - Antología de Benito Juárez. Biblioteca del Estudiante Universitario #99. Dirección General de Publicaciones, UNAM, México, D. F. 1993)


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(Tomado de: Enciclopedia de México, Enciclopedia de México, S.A. México, D.F. 1977, volumen III, Colima-Familia)

lunes, 30 de septiembre de 2019

Menonitas



Para 1921 ya se habían formalizado las gestiones para la inmigración menonita. Procedentes de Canadá, obtuvieron una fracción del latifundio de Bustillos y un Pliego de garantías del presidente Álvaro Obregón:

1.- No estarán obligados al servicio militar.

2.- En ningún caso se les obligará a prestar juramento.
3.- Tendrán el más amplio derecho de ejercitar sus principios religiosos y practicar las reglas de su iglesia, sin que se les moleste o restrinja para nada.
4.- Quedan ampliamente autorizados para fundar sus escuelas con sus propios maestros, sin que el gobierno los obstruccione para nada.
5.- Podrán disponer de sus bienes en la forma que estimen más conveniente y el gobierno no presentará objeción alguna a que los colonos establezcan entre ellos el régimen económico que voluntariamente se proponen adoptar.
Pertenecen a la secta protestante encabezada por Simón Menon, sacerdote católico que originalmente abrazó el luteranismo y más tarde se aproximó a los anabaptistas, rechazando lo que de ofensivo hubiera para las demás comunidades cristianas.
Los primeros colonos llegaron a la jurisdicción de Cusihuiriachi a partir de febrero de 1922. Se organizaron en dos colonias, Manitoba y Swint Curent, subdivididas en campos numerados desde el 1 en la primera y desde el 101 en la segunda. 
Cada colonia está gobernada por un obispo y en los asuntos generales los dos obran conjuntamente. Desde entonces se han multiplicado considerablemente; de las colonias chihuahuenses se han desprendido otros núcleos que se han establecido en Durango y Guanajuato, y en Belice y Bolivia. Muy trabajadores, no crean problemas a las autoridades, pero son reacios a mezclarse con la población nativa. El Art. 30 de la Constitución previene: “Son mexicanos los que nazcan en el territorio de la República, sea cual fuere la nacionalidad de sus padres.” Sin embargo, los inmigrantes menonitas de 1922 consideran que el Pliego de garantías se extiende a sus descendientes.

(Tomado de: Enciclopedia de México, Tomo III, Colima-Familia; art. Cuauhtémoc (Municipio del Edo. De Chihuahua). México, D.F. 1977.)

martes, 7 de mayo de 2019

Juventino Rosas


(1868-1894) Nació en Santa Cruz, Guanajuato, el 25 de enero de 1868; su padre, que era músico lo enseñó a tocar el violín. Desde pequeño tocan en bailes y festividades de su pueblo. En 1875 toda la familia se trasladó a México, donde comenzaron a ganarse la vida trabajando de músicos en una escoleta. Unos años después Juventino entró al Conservatorio Nacional, donde siguió estudiando violín, piano y algunos instrumentos de viento. En 1885 ejecutó un solo de violín en el Teatro Nacional, en una función a la que asistió el presidente Porfirio Díaz y miembros de su gabinete, quienes elogiaron mucho al joven violinista. En 1888 compuso una marcha de guerra que dedicó a Cuauhtémoc, y varias romanzas. También a esa época corresponden Te volví a ver, Sueño de las flores, Seductora y Ensueño. Fue director de la orquesta que tocaba en la Alberca Pani y en los baños del Factor, frecuentados por la alta sociedad. Dedicó a la señora Calixta Gutiérrez de Alfaro su famoso vals Sobre las olas. Compuso también otro vals titulado Carmen en honor a la esposa de don Porfirio Díaz. En 1894 emprendió una gira en barco con una compañía italiana y al enfermar gravemente, fue desembarcado en Batabanó, Cuba, donde falleció el 13 de julio de 1894.


(Tomado de: Moreno Rivas, Yolanda - Historia de la Música Popular Mexicana. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes/Alianza Editorial Mexicana. México, D. F., 1989)



miércoles, 23 de enero de 2019

Fundación de Guanajuato

 (Vista desde el Mirador, Guanajuato)
 
El desarrollo de Guanajuato fue similar al de Zacatecas. Hacia 1557 se difundió la noticia de que se habían descubierto ricos yacimientos de plata y se volcaron en sus terrenos multitud de españoles atraídos por la posibilidad de enriquecerse, cosa que rara vez lograban. Espontáneamente se creó en el sitio un desordenado caserío y sólo en 1557 se fundó oficialmente lo que con el tiempo llegaría a ser la joya urbana de la Nueva España.

Durante 1558 fue descubierta la famosa veta madre, que con sus treinta kilómetros de extensión constituye una de las más ricas del mundo. Pero todavía a fines del siglo XVI la futura ciudad era un poblacho insalubre y violento, cuya “plebe minera, de condición indomable y altiva, promovía frecuentemente y por las más leves causas, alborotos y tumultos terribles”, según escribieron al virrey los notables del poblado. Para colmo de males, en 1599 “se emborrascó” la mina principal: el hambre y el desempleo cundieron y la población de la localidad se redujo a escasos cuatro mil habitantes.

En 1610 se concluyeron los primeros edificios públicos y se inició la construcción de algunos templos; apenas en 1671 se comenzó a levantar la actual parroquia. Pero la actividad minera mejoró en grado modesto y para fines del siglo XVII Guanajuato ya contaba 16,000 habitantes diseminados a lo largo de la cañada donde se asienta la población. Salvo algunas casonas que se alzaban en los alrededores del convento de San Diego y otros templos, la mayor parte de las casas eran de adobe y entre ellas abundaban las chozas de paja. Las únicas placitas eran las de La Paz, la de San Diego y la de San Roque.

En el siglo XVIII hubo cambio de dinastía, los nuevos reyes borbones sumieron a España en la miseria y la abyección, pero decidieron promover la actividad económica en las colonias, para así poder cobrarles más impuestos, y como reordenaron hábilmente la restrictiva política fiscal, Guanajuato tuvo un nuevo despegue espectacular. En los primeros años del siglo se construyeron varios edificios públicos, las calles principales fueron realineadas y empedradas y en 1749 se terminó de construir la presa de la Olla, que resolvió el problema de abastecimiento de agua potable. Sobre todo, en 1760 se descubrió la potencialidad de la fabulosa mina de La Valenciana y a partir de entonces Guanajuato ascendió a la cúspide. Las calles principales fueron adoquinadas y los magnates como Antonio Obregón y Alcocer, el marqués de Rayas, el conde de Pérez Gálvez y Diego Rul mandaron construir sus fastuosas residencias.
 
 
(Mina El Nopal, Guanajuato)

Guanajuato ascendió al rango de intendencia. En 1792 llegó a ella como intendente el general Juan Antonio de Riaño y Bárcenas, un hombre extraordinariamente dinámico que desde el momento de su toma de posesión empezó a embellecer las “casas reales” (edificios públicos), trazó nuevas y coquetas plazuelas, dotó de magnífico atrio a la parroquia, no dejó calle sin empedrar o adoquinar y en 1798 colocó la primera piedra de la alhóndiga, un imponente edificio que, más que almacén de granos, parecía un suntuoso palacio. Fue terminado en 1809, apenas a tiempo para servir de escenario a uno de los episodios más importantes de la historia de México.
 
 
(Alhóndiga de Granaditas, Guanajuato)

Al iniciarse el siglo XIX se asignaba a Guanajuato una población de 68,000 habitantes, o sea que rivalizaba con Puebla. Los mineros de la localidad ganaban los salarios más altos del virreinato y quizá del mundo y los gastaban en constantes fiestas y borracheras. Luego en septiembre de 1810 resonó el Grito de Dolores y Guanajuato fue tomada por los insurgentes. En el caos resultante las minas fueron abandonadas y sus instalaciones destruidas o descuidadas, por lo que la gente huyó en masa de la ciudad, hasta que sólo quedaron en ella unos 6,000 habitantes. La maleza cubrió las calles y hasta las mejores casas se ofrecían gratis a quien quisiera cuidarlas.

De Guanajuato y sus alrededores partió el gentío llegado a San Luis Potosí a partir de 1592, cuando fueron descubiertas otras minas en esa comarca. En 1608 se hundieron las minas y el caserío surgido a raíz del auge casi se despobló, pero a mediados del siglo XVII se descubrieron nuevos yacimientos y la actividad retornó. En el siglo XVIII fueron construidos los principales edificios de la ciudad que en vísperas de la independencia contaba 11,000 habitantes. Luego partieron de San Luis y sus cercanías los pobladores de Real de Catorce, otro centro minero que conoció la opulencia durante algunos años y al cabo decayó, reducida a pueblo fantasma.
 

(Tomado de: Armando Ayala Anguiano - ¡Extra! Contenido. México de carne y Hueso III. Tercer tomo: La Nueva España (1). Editorial Contenido, S.A. de C.V., México, D.F., 1997)