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jueves, 28 de mayo de 2026

Reformas al Plan de Ayala, 1913

 


Reformas al Plan de Ayala 


Primero. Se reforma el artículo primero de este plan en los términos que enseguida se expresa: 

Artículo 1° Son aplicables, en lo conducente, los conceptos contenidos en este artículo al usurpador del poder público, general Victoriano Huerta, cuya presencia en la Presidencia de la República acentúa cada día más y más su carácter contrastable con todo lo que significa ley, la justicia, el derecho y la moral, hasta el grado de reputársele mucho peor que Madero; y en consecuencia la Revolución continuará hasta obtener el derrocamiento del pseudo mandatario, por exigirlo la conveniencia pública nacional, de entero acuerdo con los principios consagrados en este Plan; principios que la misma Revolución está dispuesta a sostener con la misma entereza y magnanimidad con que lo ha hecho hasta la fecha, basada en la confianza que le inspira la voluntad suprema nacional. 

Segundo. Se reforma el artículo tercero de este Plan, en los términos siguientes: 

Artículo 3° Se declara indigno al general Pascual Orozco del honor que se le había conferido por los elementos del Sur y del Centro, en el artículo de referencia; puesto que por sus inteligencias y componendas en el ilícito, nefasto, pseudo gobierno de Huerta, ha decaído de la estimación de sus conciudadanos, hasta el grado de quedar en condiciones de un cero social, esto es, sin significación alguna aceptable; como traidor que es a los principios juramentados.

Queda en consecuencia, reconocido como jefe de la Revolución de los principios condensados en este Plan el caudillo del Ejército Libertador Centro-Suriano general Emiliano Zapata. 

El general en jefe, Emiliano Zapata, rúbrica. Generales: ingeniero Ángel barrios, Otilio E. Montaño, Eufemio Zapata, Genovevo de la O, Felipe Neri, Cándido Navarro, Francisco V. Pacheco, Francisco Mendoza, Julio A. Gómez, Amador Salazar, Jesús Capistrán, Mucio Bravo, Lorenzo Vázquez, Bonifacio García, rúbricas. Coroneles: Aurelio Bonilla, Ricardo Torres Cano, José Alfaro, José Hernández, Camilo Duarte, Francisco Alarcón Francisco A. García, Emigdio H. Castrejón, Jesús S. Leiva, Alberto Estrada, Modesto Rangel, rúbricas. Teniente coronel: Trinidad A. Paniagua, rúbrica. Secretario, M. Palafox, rúbrica. 

Es copia auténtica de su original y la certifico: Emiliano Zapata, rúbrica.


(Tomado de: Silva Herzog, Jesús - Breve historia de la revolución mexicana ** La etapa constitucionalista y la lucha de facciones. Colección Popular #17, Fondo de Cultura Económica; México, D.F., 1986).

viernes, 4 de julio de 2025

Emiliano Zapata en Italia

 


CAPÍTULO PRIMERO

Aventuras de los aztecas en el Más Allá.

[…]

Las leyendas de los caudillos prodigiosamente longevos que viven ocultos y pueden volver para salvar a su pueblo o vengar las afrentas padecidas, son de todos los pueblos y de todas las épocas.


EMILIANO ZAPATA EN ITALIA


Aquí, en México, se repite el mito de Quetzalcóatl en pleno siglo xx. El caudillo que se va “por donde el sol sale” y debe regresar para restablecer la justicia, es Emiliano Zapata. El hombre asesinado en Chinameca el 10 de abril de 1919 no era el jefe agrarista, sino otra persona que se le parecía. Por una multitud de pormenores se ha comprobado que el individuo muerto por el coronel Guajardo se diferenciaba bastante de don Emiliano; me especificó varios de estos detalles doña Inés Alfaro Aguilar, que fue esposa del caudillo agrarista y le dio cinco hijos.

Hace algunos años asistía, el 8 de septiembre, a la fiesta del Tepozteco, en la plaza de Tepoztlán. Tres campesinos ancianos, de calzón blanco, me preguntaron de dónde venía. Cuando les dije que de Italia, se iluminaron sus rostros. ¡Italia, donde está viviendo don Emiliano Zapata! Me vieron como a un amigo y me abrazaron; más aún, quisieron que me enterara de los hechos de armas en que acompañaron a “mi general*’, hacía once lustros y más.

La versión de que Zapata vivía en Italia me la confirmaron otras personas en Anenecuilco; estaba difundida, por cierto, entre decenas de millares de campesinos, no sólo de Morelos, sino de Puebla, Guerrero y Oaxaca. Sin embargo, supe en Tlaltizapán, por doña Inés Alfaro, que en realidad don Emiliano se fue mucho más al oriente, hasta Arabia. Ahí se ocupó de distribuir tierras a los pobres.

—¿Todavía vive?

Doña Inés bajó la voz.

—Voy a confiarle un secreto —me contestó—. Ya murió. Fue hace seis años, en 1957. Me dio el dato doña Inés con gran sigilo, porque mucha gente cree que uno de estos días el general Zapata debe volver a México, donde tiene tantas cuentas que saldar. ¿Con quién?

Me lo explicó en Cuernavaca un anciano zapatista del sur de Morelos, que acompañó a su jefe a la toma de la Ciudad de México.

—¿Con quién tiene cuentas que saldar mi general Zapata? ¡Con los traidores de la revolución! ¡No hay bastantes árboles para colgarlos a todos!

No es aquí el lugar para comentar la ingenua virulencia de la invectiva; lo importante es comprobar la existencia, actualmente, del mito de Zapata y su singular analogía con el de Quetzalcóatl.


(Tomado de: Tibón, Gutierre - Historia del nombre y de la Fundación de México. Fondo de Cultura Económica, México, D.F., 1975)

jueves, 13 de mayo de 2021

El Caracol y el Sable I

 

(Grabado: José Guadalupe Posada)

EL CARACOL Y EL SABLE I

El caracol y el sable es un texto histórico de alta calidad literaria que nos enseña lo que puede ocultarse tras el silencio y la aparente pasividad del pueblo.

Una revolución estalla cuando los oprimidos ya no soportan el régimen imperante, cuando los explotados no pueden continuar más la vida que los ahoga, cuando se han acumulado necesidades profundas que ya no pueden esperar. Toda revolución es una ruptura del orden social vigente, es la expresión más honda de la voluntad de los hombres que empeñan todo, vida y futuro, para construir nuevas formas de convivencia común.

En 1910, los campesinos, comuneros, indígenas, artesanos y obreros transformaron sus agravios en rebeldía construyendo los ejércitos populares y haciendo otra revolución. El caracol y el sable es una narración apasionada que muestra como se incubó, de manera silenciosa, pero persistente, la insurgencia de millones de hombres radicalmente opuestos a la invasión de sus tierras, al robo de sus bosques y aguas, al trabajo mal pagado, a las formas despóticas de la vida pública, a los fraudes electorales, al nulo respeto por la disidencia, a la clausura de las libertades civiles.

 

Gastón García Cantú es uno de los estudiosos más destacados de la Historia Nacional. Editorialista reconocido y narrador de episodios olvidados de la vida pública, es autor de múltiples trabajos, entre los cuales descuellan: El socialismo en el México del Siglo XIX, las invasiones norteamericanas a México, Entrevista con Javier Barrios Sierra y Utopías Mexicanas. De este último libro se ha seleccionado el material que el lector tiene en sus manos.


Ricardo, Emiliano y Doroteo


De 1889 a 1891 tiene lugar algunas huelgas importantes. Al preparase la tercera reelección de Porfirio Díaz no es la clase obrera, sin embargo, la que tiene la dirección de la lucha política: la protesta popular se inicia en los patios de la Escuela de Minería.

-¡Tenemos que suprimir esta farsa que es una tragedia para México!

Uno de los estudiantes preguntó al orador:

-Dinos, Ricardo, ¿qué proyectas? ¿Tienes un plan?

-¡Sí, lo tengo!: Vamos por la ciudad. Digamos al pueblo que tiene derechos, los cuales escupe el dictador. Expliquémosles sus errores y apremiémosles para que barran estas infamias. ¿Cómo? Obligando a Díaz a que abandone su odiosa idea de reelegirse. ¡Marchando al Palacio Nacional si es necesario!

Y empezó la agitación de la “plebe intelectual” –según la designación de Justo Sierra- no conquistada por la burguesía. Trescientos jóvenes arengaron al pueblo en mercados y plazas públicas.

En la reunión más numerosa la gendarmería montada disparó contra aquellos grupos inermes. Fue la señal que despertó a los obreros y a los artesanos. Durante 14 días se combatió en la ciudad. El ejército intervino y las capturas de estudiantes y obreros culminaron, para unos, en los calabozos de la cárcel de Belén; para otros, en Valle Nacional y las haciendas henequeneras de Yucatán. Una cosa se había logrado a pesar de que no había dirección alguna en la agitación política: demostrar al pueblo que el gobierno debía ser derrocado. Es más, en las arengas estudiantiles se dijo que la reelección de Díaz estaba apoyada por empresarios extranjeros. El lenguaje de los jóvenes era claro, directo, comprensible:

-¿Quién –decía en el mitin del zócalo Enrique Flores Magón- vende nuestro país a los industriales franceses, ingleses y norteamericanos, de modo que, además de ser esclavos de la iglesia seamos también esclavos de los países extranjeros?

Un lenguaje así respondía al empleado por Zamacona, Rocha, Bulnes, Sierra y Pineda, quienes en su Manifiesto a la nación, a nombre de un supuesto partido liberal, justificaban la reelección de Díaz calificando la obra del régimen, en ferrocarriles, como la de un factor por el cual México era parte de la civilización y demostraba “con hechos cada día más notorios –decían- que se conoce el valor de esa fuerza mental que se transforma en inconmensurable fuerza física que se llama ‘ciencia’ “.

Y científico llamaría el pueblo, a partir de entonces, al grupo gobernante.

Dos años después de los sucesos en la ciudad de México, un grupo de profesionales y estudiantes editaban El Demócrata, en cuyas páginas se hicieron las primeras denuncias de la condición de servidumbre de campesinos y obreros y de los atropellos de que unos y otros eran víctimas. Cuando el periódico alcanzó un tiraje de 10 mil ejemplares fue confiscado, y los Flores Magón, aprehendidos.

En esos años, otro joven, Emiliano Zapata, al celebrarse una fiesta en su pueblo, Anenecuilco, fue capturado por la policía acusado de rebelde. Atado de codos lo llevaron rumbo a Cuautla, donde les salió al paso su hermano Eufemio y otros campesinos. Desataron a Emiliano y los dos hermanos huyeron al sur del estado de Puebla. Zapata diría más tarde que allí conoció que las desventuras de los campesinos de su tierra eran idénticas a las de otros rumbos. Ya en Anenecuilco demandó, en los tribunales de la ciudad de México, como otras tantas comisiones del pueblo lo hicieran, respeto para los fundos legales del ejido. Nada obtuvo. Días después convoca a los campesinos y empieza su lucha. Los hacendados exigieron su aprehensión y Zapata, derrotado, fue a dar, como soldado, al noveno regimiento de caballería. Era el aprendizaje que le faltaba para saber cómo organizar militarmente a los campesinos.

En esos años, otro joven, Doroteo Arango, hacía su aprendizaje de bandolero con uno de los hombres más famosos del rumbo de Canatlán: Ignacio Parra:

Mucha guerra Parra dio,

era valiente y cabal,

perteneció a la cuadrilla

del gran Heraclio Bernal.

Cuando Doroteo Arango abandonó al valiente Parra, al trote de su caballo, por las llanuras de Chihuahua, se va haciendo Pancho Villa. El “corrido” popular desaparece también en la leyenda del guerrillero. Pancho Villa regresaba a los dominios de los hacendados. Ellos, según sus propias palabras, lo devolverían al camino de sus sufrimientos. El móvil para la lucha habría de dárselo don Abraham González. Después, nadie lo contuvo. Él y sus caballerías destruirían al ejército de la dictadura.

En aquel entonces, un hombre de 35 años, Venustiano Carranza, era elegido presidente municipal de un pueblecito de Coahuila: Cuatrociénegas. Veinte años antes, Carranza había sido un alumno distinguido de la Escuela Nacional Preparatoria. Llegaba a la presidencia municipal después de una larga contienda contra el gobernador García Galán; de protestar por la brutalidad policiaca y de andar por la sierra, con el rifle “venadero” bajo el brazo, defendiéndose de la cacería desatada en contra suya. Fue una de tantas pequeñas rebeliones la de aquel ranchero acosado por un gobernador; pero, de todas las que ocurrieron, fue la de mayor trascendencia en la educación de un revolucionario.

(Tomado de: García Cantú, Gastón - El Caracol y el Sable. Cuadernos Mexicanos, año II, número 56. Coedición SEP/Conasupo. México, D.F., s/f).


lunes, 1 de junio de 2020

Renovación del concejo, Anenecuilco 1909

Situada a unos cuantos kilómetros al sur de Cuautla, en el rico Plan de Amilpas, del estado de Morelos, con sus casas de adobe y sus chozas sobre el río Ayala, Anenecuilco era, en 1909, una aldea tranquila, entristecida, de menos de 400 habitantes. Era un pueblo que estaba al borde del colapso, y su crisis era tanto la consecuencia de una historia particular, que tenía 700 años de antigüedad, como el resultado de luchas específicas. Pero era también, destacándose entre los detalles singulares, un paradigma de la crisis que sufrían muchos otros pueblos de Morelos y de toda la República.
Durante treinta años, los grandes terratenientes cultivadores de caña de azúcar le habían disputado a Anenecuilco los derechos sobre las tierras y las aguas de la comarca. En los campos, a lo largo de las acequias de riego y en los tribunales, los de Anenecuilco habían luchado por sus derechos a los recursos locales. Pero, por lo general, gracias a que los hacendados influían poderosamente en el gobierno federal de la ciudad de México, a que dominaban el gobierno de Morelos y tenían sujetos a los funcionarios de las cabeceras de distrito, los campesinos perdieron sus pleitos. En 1909, la presión que se ejercía sobre ellos se había vuelto especialmente pesada. En esa primavera, los hacendados de Morelos se apoderaron por completo del gobierno del estado e impusieron la elección de un miembro de su propia banda, notablemente complaciente, como gobernador. Ese verano, el nuevo gobernador decretó una nueva ley de bienes raíces, que reformó los impuestos y los derechos a tierras todavía más en beneficio de los hacendados. Este golpe se sintió duramente en todos los pueblos del estado. En Anenecuilco descorazonó por completo a los viejos que eran los regentes establecidos del pueblo.
Los cuatro ancianos que componían el consejo regente de Anenecuilco reconocieron públicamente que no se sentían capaces de dirigir al pueblo hasta que se sortease la crisis. No hay testimonios de que hubiesen fracasado por falta de valor o por negligencia. Por lo que se sabía, seguían siendo hombres de carácter firme y leal. Uno de los concejales, Carmen Quintero, había participado activamente en la política local desde 1884, y su carrera había comenzado antes de que muchos de los hombres adultos de la aldea hubiesen nacido. Otro, Antonio Pérez, había cargado su rifle para defender las tierras del pueblo desde 1887. Los otros dos, Andrés Montes y José Merino (presidente del consejo), habían cumplido sus deberes firme y fielmente durante más de una década. Tampoco se sabe que los concejales hayan fracasado por no contar con la confianza de las personas a las que representaban. Por lo que se sabe, los aldeanos todavía los respetaban. Por lo menos, los concejales disfrutaban de una confianza "familiar", en la acepción literal del término, puesto que, probablemente, casi todos los de Anenecuilco podían considerar a uno de los cuatro ancianos regentes como tío, tío abuelo, primo, hermano, cuñado, padre, suegro, padrino o abuelo. A lo largo de toda su difícil historia, la aldea había vivido gracias a la fuerza de voluntad de hombres cono ellos, y ahora no contaba con una fuerza mejor en la que apoyarse. Lo que anonadaba a los concejales y los hacía sentirse desvalidos era, simplemente, un sentimiento de incapacidad física. Eran, como dijo su presidente (que tenía más de setenta años), demasiado viejos. Antes, la fatiga no los había extenuado. Pero ahora, por la nueva fuerza del influjo de los hacendados, la defensa de la aldea exigía una energía que ellos ya podían generar. El tener que tratar con los administradores y los capataces de los hacendados, en los términos de la nueva legislación, el enfrentarse al jefe político de Cuautla, el andar contratando abogados, el desplazarse para ir a hablar con el nuevo gobernador en Cuernavaca, el tener que que hacer viaje hasta la ciudad de México, inclusive, resultó, de pronto, ser demasiado para hombres viejos. Precisamente porque los concejales eran personas con sentido de responsabilidad, por tradición y por carácter, decidieron traspasar su autoridad a otros que pudiesen dirigir a la gente de la aldea.
En la tarde del 12 de septiembre de 1909, los hombres de Anenecuilco se reunieron a la sombra de las arcadas que se levantaban detrás de la iglesia del pueblo. Sabían que la reunión tenía que ser importante. Para que todo el mundo pudiese acudir, los ancianos la habían convocado para este día, que era domingo. Y para que no se enteraran los capataces de la hacienda no había hecho sonar, como acostumbraban, la campana, sino que se habían pasado el aviso de boca a boca. Se encontraba allí la mayoría de los que eran cabeza de familia y casi toda los demás hombres adultos, pero solteros. Llegaron de 75 a 80 hombres, parientes, amigos, parientes políticos, rivales. El presidente del concejo, Merino, les explicó las razones por las que ya no podían seguir haciéndose cargo de los asuntos del pueblo. Los ancianos habían servido al pueblo lo mejor que habían podido durante años, y el mejor servicio que ahora le podían hacer era el de renunciar. Los tiempos estaban cambiando tan rápidamente que la aldea necesitaba algo más que la prudencia de edad. Era necesario elegir hombres nuevos, más jóvenes, para que los representaran. Luego, Merino pidió candidaturas para su propio cargo.
Modesto González fue el primero en ser propuesto. Luego, Bartolo Parral propuso a Emiliano Zapata y éste, a su vez, propuso a Parral, se hizo la votación y Zapata ganó fácilmente.
A nadie sorprendió. Zapata era joven, pues apenas en el mes anterior había cumplido los treinta años, pero los hombres que votaron lo conocían y conocían a su familia; y consideraron que si querían que un hombre joven los dirigiese, no podrían encontrar a ningún otro que poseyese un sentido más claro y verdadero de lo que era ser responsable del pueblo. Había tenido problemas con las autoridades del distrito, la primera vez cuando sólo tenía diecisiete años, un año o dos después de la muerte de sus padres. Entonces había tenido que salir del estado durante varios meses y esconderse en el rancho de un amigo de su familia, en el sur de Puebla. Pero nadie se lo tomaba a mal: en el campo, los líos con la policía eran casi un grito de libertad. De todas maneras, en los últimos trece años había sido uno de los dirigentes del grupo de hombres jóvenes que habían partipado activamente en la defensa del pueblo, firmando protestas, formando parte, como jóvenes, de las delegaciones enviadas ante el jefe político, y ayudando en general a mantener elevada la moral del pueblo. Recientemente, había ayudado a organizar la campaña local de un candidato a gobernador de la oposición; y aunque su partido había sufrido una desastrosa derrota (se había intimidado a los votantes, se habían escamoteado votos, se había detenido a los dirigentes y se los había deportado a los campos de trabajo forzado de Yucatán), había establecido relaciones con políticos de todo el estado. Después de la promulgación de la nueva Ley de Bienes Raíces, había comenzado a trabajar regularmente, con el consejo.

(Tomado de: Womack Jr., John - Zapata y la Revolución Mexicana. Traducción de Francisco González Aramburo. Siglo XXI Editores, S.A. de C.V./SEP. México, D.F., 1985)

miércoles, 15 de abril de 2020

Villa y Zapata entraron a ciudad de México, 1914


El Monitor, diario de la mañana. Domingo 6 de diciembre de 1914.


Los generales Villa y Zapata entraron a la capital
***
Los Ejércitos del Norte y del Sur se unirán en la calzada de la Verónica
***
Ya juntos marcharán por la avenida principal hasta pasar por palacio, en donde el señor Presidente Provisional de la República presenciará el desfile
***
En el público metropolitano hay una gran ansiedad porque llegue el día en que hagan su entrada a esta capital los veinticinco mil soldados que se encuentran en las afueras de la población pertenecientes al Cuerpo del Ejército del Norte.
En las avenidas principales de la urbe es donde se nota mayor animación, y gran número de familias, anticipadamente, ha estado alquilando balcones para presenciar de la manera más cómoda el desfile que se prepara.
Entrevistamos a varios jefes de la División del Norte, y todos ellos nos aseguraron que la entrada de sus tropas estaba dispuesto que fuera para el día de hoy, y que no habían recibido hasta esa hora orden en contrario. También nos dijeron que el general Francisco Villa haría su entrada al par que sus tropas.
Como decimos en otro lugar, en la ciudad de Cuernavaca se reunió la junta de generales surianos, presidida por el señor general Emiliano Zapata, el jueves y viernes de la semana pasada.
Varios señores generales surianos que entrevistamos, nos manifestaron que el general Emiliano Zapata, jefe de la División de Oriente, llegaría a esta capital el día de hoy, sin precisarse la hora, aunque se cree que la entrada del jefe del Ejército del Sur sea al mismo tiempo que la del general Villa.
Como una exhalación, pasó ante los ojos del reportero la vanguardia de esa extraña caravana, y cuál no sería su sorpresa, al ver que en el grupo que seguía después, rodeado de un gran número de generales y jefes surianos, iba el general Emiliano Zapata, jefe de la División de Oriente.
La recepción en el Palacio Municipal
El destacamento perteneciente a la División del Norte, que está de guarnición en ese pueblo, desde la entrada de la población hasta el Palacio Municipal, formó valla de honor, para hacer los honores de ordenanza al jefe suriano.
En el salón de Cabildos del Ayuntamiento, anexo al citado edificio municipal, fue donde tuvo lugar la recepción del general Zapata.
El jefe de la División de Oriente se presentó acompañado de los generales Montaño, Palafox, Pacheco y Navarro; de coronel Zabala, y los miembros de su Estado Mayor y otros muchos jefes, cuyos nombres se nos escapan de la memoria.
El general Emiliano Zapata, lucía el típico traje del "charro" mexicano, con una chaqueta de gamuza, color "beige", con bordados de oro viejo y una águila que abarcada toda la espalda; pantalón ajustado, negro, con botonadura de plata y sombrero galoneado, haciendo "pendant" con la chaquetilla.
Conferencian por teléfono los generales Villa y Zapata
Por personas bien enteradas, tenemos conocimiento de que el señor general Francisco Villa, acompañado de los miembros de su Estado Mayor, se dirigió en automóvil a la poblaciónpoblación de Mixcoac, desde donde sostuvo una interesante conversación telefónica con el general Emiliano Zapata, que fue en extremo cordial, y en ella se convino que el día de hoy ambos habían de hacer su entrada en la capital de la República, en señal de la unión que existe entre los soldados del norte y del sur.
                                        Desde Coyoacán a Xochimilco
La mancha oscura que se extendía en el camino hasta el horizonte, perdiéndose a través de los montes que vio el reportero, era una poderosa columna militar, según pudo después averiguar.
Eran dieciocho mil soldados surianos que han estado llegando procedentes del Estado de Morelos y otros puntos a Xochimilco, donde se organizaron y esperaron la llegada de su jefe, para proseguir su marcha con dirección a San Ángel.
Personas que acompañaron a la columna, nos dicen que era tan grande y tan numerosa, que cuando las avanzadas surianas hacían su entrada en el pueblo de Coyoacán, la retaguardia de la columna aún no se movilizaba en Xochimilco, y el camino entre ambas poblaciones era ocupado por el grueso de la fuerza.

(Tomado de: Labrandero Iñigo, Magdalena, et al, (coordinadores) - Nuestro México #5, La ocupación de la Ciudad de México, 1915. UNAM, México, D. F., 1983)

miércoles, 30 de octubre de 2019

Muerte de Zapata, 1919


Continúan las noticias sobre la muerte de Zapata; su cadáver será expuesto en Cuautla


*Carranza felicita a González
*El rebelde será sepultado en el mausoleo de los firmantes del Plan de Ayala
*Fotografía del cadáver e ilustración del momento de su muerte
*Toda la información es servicio exclusivo de EL UNIVERSAL; es la más veraz y completa
*El señor Presidente felicita al general González


Únicamente para EL UNIVERSAL


Cuautla, Morelos, 11 de abril.- El señor Presidente de la República envió al señor general don Pablo González, jefe de las operaciones en esta región, el siguiente mensaje:


“Del Palacio Nacional de México, el 11 de abril de 1919.- Señor general de División don Pablo González .- Cuautla, Morelos.- Con satisfacción me enteré del parte que me rinde usted en su mensaje de anoche, comunicándome la muerte del cabecilla Emiliano Zapata, como resultado del plan que llevó a cabo con todo efecto el coronel Jesús M. Guajardo. Lo felicito por el importante triunfo que ha obtenido el Gobierno de la República con la caída del jefe de la revuelta del Sur y, por su conducto, al coronel Guajardo y a los demás jefes, oficiales y tropa que tomaron participación en ese combate, los felicito por el mismo hecho de armas, y atendiendo a la solicitud de usted, he dictado acuerdo a la Secretaría de Guerra y Marina para que sean ascendidos al grado inmediato el coronel Jesús M. Guajardo y los demás jefes y oficiales que a sus órdenes operaron en este encuentro, y cuya lista deberá usted remitir a la propia Secretaría de Estado. Salúdolo afectuosamente.- V. CARRANZA.”


El Enviado Especial
JOSE GONZALEZ M.


LA MUERTE DE ZAPATA, PLENAMENTE CONFIRMADA


(Únicamente para EL UNIVERSAL)


Cuartel General de Cuautla, Morelos, 11 de abril.- (Recibido a las 5 p.m.).- De manera plena fue confirmada la muerte del cabecilla Zapata. Durante todo el día de hoy desfilaron frente al palacio municipal, en donde se exhibe el cadáver, los habitantes de esta población y de los alrededores.
Por disposición del general González, los más honorables ciudadanos de la localidad dieron fe del cadáver, certificando satisfactoriamente su identificación.
El teatro de los acontecimientos fue la hacienda de Chinameca, ayer a las 2 de la tarde.


CUAL FUE EL ARDID QUE SE PUSO A ZAPATA


Los detalles que hasta ahora se tienen del suceso, son los siguientes: el coronel Guajardo llegó con sus hombres a conferenciar con Zapata, quien invitó a aquél a comer en su casa el día anterior; mas Guajardo, fingiéndose enfermo de cólico, no asistió a la invitación, ofreciendo que la reunión la tendrían ayer. Antes del mediodía se reunieron los jefes mencionados, con sus respectivas escoltas, en cierta cantina, en donde Guajardo invitó a Zapata a tomar la copa y a cuya invitación se negó el cabecilla; pero Guajardo insistió, diciéndole que tomaran la copa él y sus hombres a su salud. Entre tanto, la señal convenida para proceder a la captura de Zapata era el primer toque de clarín indicando atención, para que las tropas de Guajardo le presentaran armas al jefe rebelde, como una demostración de respeto. La acción se ejecutó rapidísima, porque las tropas leales comprendieron que Zapata empezaba a darse cuenta del ardid. Una vez que hubo llegado Zapata, el toque de clarín rompió los aires y las tropas dispararon sus armas.
Como consecuencia del bien tramado plan, se entabló reñidísimo tiroteo entre ambas escoltas y poco después el vértigo segó a las hordas surianas y a los soldados de la República, confundiéndose en la lucha todo el resto de las fuerzas contendientes.
Resultaron muertos Emiliano Zapata y los “divisionarios” Gil Muñoz y Feliciano Palacio, secretario este último de Emiliano Zapata; Ceferino Ortega y Castejón, el coronel Lucio Castida y herido el “general” Capistrani, que huyó después. Hubo cerca de cuarenta muertos, que fueron sepultados en Chinameca, a excepción de Zapata, cuyo cadáver se retuvo aquí, en donde permanecerá por espacio de cuatro días.


EL ENVIADO ESPECIAL, José González M.


(Tomado de: Hemeroteca El Universal, tomo 1, 1916-1925. Editorial Cumbre, S.A. México, 1987)

sábado, 26 de octubre de 2019

Victoriano Huerta


Nació el 23 de marzo de 1845 en Colotlán, Jalisco.
Estudió las primeras letras en Guadalajara, ingresó al H. Colegio Militar y en 1894 era coronel del tercer Batallón de Línea. En 1903 hizo la campaña de Yucatán y Quintana Roo a las órdenes del Gral. Ignacio A. Bravo y durante cinco años radicó en Monterrey como Jefe de Obras Públicas en el gobierno del Gral. Bernardo Reyes.
Jefe de la campaña contra Zapata, (1911); al fracaso del Gral. González Salas recibió la comisión de batir a Pascual Orozco. El 9 de febrero de 1913, al ser herido el Gral. Villar, fue nombrado Comandante Militar de la Plaza de México. Traicionó a Madero, se apoderó de la Presidencia y gobernó asesinando y encarcelando. Huyó al extranjero; estuvo 11 meses en Europa y el 28 de junio de 1915 fue aprehendido por policías de los EE.UU. Sus hijos decían que lo envenenaron en Fort Bliss.
Su llamado gobierno fue dictatorial; estuvo al margen de la ley y la justicia. Militarizó hasta a sus secretarios de Estado y al cansarse de expedir despachos de generales, creó dos jerarquías superiores a los divisionarios: general de cuerpo de ejército y general de ejército.
Murió el 13 de enero de 1916 en el Paso, Texas, EE.UU.

(Tomado de: Covarrubias, Ricardo - Los 67 gobernantes del México independiente. Publicaciones del Partido Revolucionario Institucional. Publicaciones mexicanas, S.C.L., México, 1968)

jueves, 8 de agosto de 2019

Historia del Pronunciamiento del General Emiliano Zapata, 1911




Historia del Pronunciamiento del General Emiliano Zapata

El día 30 de agosto de 1911

Marciano Silva

Atención pido, público sensato,
 voy a dar mi explicación,
aquí en esta historia que yo les redacto
en mi mal pronunciación.

Voy a dar un pormenor
citando lo positivo,
porque ya estoy enterado
como también persuadido.

El jefe Zapata no estando conforme
después de haber conquistado,
se salió de Cuautla según los informes
pensando en los resultados.

Se fue rumbo a Anenecuilco 
que era su tierra natal.
porque conoció el peligro,
pues lo iban a traicionar.

Estando en su casa aunque no tranquilo
pensando en lo que sería
el nuevo gobierno quiso perseguirlo
por su grande bizarría.

Porque era un hombre valiente 
nuestro general suriano,
querían políticamente
por completo exterminarlo.

Llegó la noticia, según se declara,
al pueblo de Anenecuilco,
que luego al momento él se retirara
que iban a formarle sitio.

Mandó tocar las campanas
nuestro invicto general
Vamos de nuevo a campaña
la defensa es natural”.

En aquel momento se reunió su pueblo
para ver lo que pasaba,
y les dio a saber que el nuevo gobierno
asesinarlo trataba.

“Yo no ambiciono la silla
ni tampoco un alto puesto,
siento a mi patria querida
verla en tan cruel sufrimiento”.

Hablóle a su hermano con toda firmeza
y le dijo en el momento:
Rendir yo mis armas sería una tristeza,
sólo ya después de muerto”.

Esta política es falsa,
la tengo bien conocida,
quieren que entregue las armas
para quitarnos la vida”.

Respondió don Eufemio con acento fijo
y un valor sin segundo,
Ya no condesciendas, bajo el armisticio,
ya ves los pagos del mundo”.

Levantémonos en armas
vamos de nuevo a sufrir,
las conferencias dejarlas
hasta vencer o morir”.

Hoy lo que interesa es otra providencia
a lo que el tiempo depare,
para recibir de la Omnipotencia
lo que del cielo mandare”.

Saldremos, después veremos,
qué descubra el firmamento,
al fin después volveremos
si nos da lugar el tiempo”.

Día treinta de agosto dieron ese grito,
todos en conformidad,
¡Viva nuestra patria y este requisito
de paz, tierra y libertad!

Vámonos a padecer
vamos de nuevo a sufrir,
traidor nunca lo he de ser
por mi patria he de morir.

Salieron de Ayala rumbo a Chinameca
donde se reunieron todos
pidieron permiso con toda presteza
para jugar unos toros.

Dos días de toros jugaron 
nos quedan como recuerdos
y un hombre vil por trasmano
mandó un parte a Morelos.

Aquí en esta hacienda se encuentra Zapata
si lo quieren agarrar,
tiene cuarenta hombres, pero mal armados
ahora se han de aprovechar”.

Fórmenle una entretenida
sin dársela a maliciar,
denle todo lo que él pida
que su día se va a llegar”.

Pusieron violento el parte a Morales
puesto por la presidencia:
A traerme a Zapata se va usted al momento,
se halla en San Juan chinameca”.

Con mucho gusto lo haré,
ahora sí no se me escapa,
hoy mismo le traigo a usted
la cabeza de Zapata”.

Con seiscientos hombres marchó entusiasmado
queriendo igualar al viento
pero sólo Dios, que es dueño de lo creado
no le concedió su intento.

Como a las once del día
por Santa Rita pasaron,
dos hombres iban de guía
al punto donde llegaron.

Hacia una rendija donde dispusieron
dividirse por la altura,
y por La Cañada, doscientos se fueron,
los demás por La Herradura.

Sin saber que el general
había puesto su avanzada,
al pie de un buen tecorral
les preparó su emboscada.

Cuando les mandaron el: “¡Alto, quién vive!”,
Figueroa”, todos gritaron,
con un par de bombas, luego los reciben
para comenzar la loa.

Diez eran los zapatistas
contrarios seiscientos fueron,
pero sus grandes conquistas
con valor las defendieron.

De cada descarga de los zapatistas
diez o doce se tumbaron,
porque ya su gente estaba bien lista
y bien muertos los dejaron.

Los bombazos resonaban
sin cesar cada momento,
los zapatistas peleaban
haciéndoles muchos muertos.

Cuando el general se hallaba gustando
con don Santiago Posadas,
llegó la noticia que el gobierno había dado
y a la hacienda se acercaban.

Se montó en su buen caballo
paso a paso se fue yendo,
con unos cinco soldados
se quedó reconociendo.

Cuando el general divisó el gobierno
que se acercaba al poniente,
echó mano al rifle, se apeó muy sereno,
con cinco les hizo frente.

Lo rodearon cuatrocientos
pero no se acobardó,
le hicieron fuego al momento
y entre ellos se revolvió.

A pocos momentos de que tirotearon
Zapata se despidió,
haciéndoles fuego con tres que quedaron
a los cerros se internó.

Dicen que los derrotaron
porque así corrió la voz,
pero sólo a tres mataron
 contrarios sesenta y dos.

De testigo pongo aquí al siglo veinte
como certero y seguro,
para que nadie noticie el hecho presente
de lo pasado y futuro.

De Zapata estos recuerdos
quedaron siempre grabados,
en todo el plan de Morelos
y los pechos mexicanos.

***
Al triunfo de los maderistas, el presidente interino Francisco León de la Barra inició el licenciamiento de las tropas revolucionarias en el país. 
En el estado de Morelos, las presiones de los hacendados locales, obligaban al licenciamiento de las tropas de Emiliano Zapata, mientras éste se obstinaba en la exigencia del cumplimiento del artículo tercero del Plan de San Luis.
Luego de algunas conferencias entre Francisco I. Madero y Emiliano Zapata, se inició el licenciamiento de las fuerzas en junio de 1911 y se dio a Zapata, de manera no oficial, el cargo de Comandante de Policía Federal del estado de Morelos; cargo que, de hecho, Zapata nunca ejerció.
Al no licenciarse el total de las partidas zapatistas del estado de Morelos, los ataques de la prensa de la ciudad de México se incrementaron, mientras Francisco León de la Barra enviaba al Trigésimo segundo Batallón de Infantería bajo las órdenes de Victoriano Huerta para hacer campaña contra los jefes zapatistas no licenciados de Morelos; de la misma manera, el 11 de agosto, de la Barra suspendió la soberanía del estado.
Por su parte, Zapata, tratando de regresar a su vida comunitaria, contrajo matrimonio en julio, pero fue atosigado por sus enemigos locales, quienes veían en él, luego de la toma de Cuautla, al principal y más peligroso jefe revolucionario de Morelos.
Con la promesa del retiro de tropas federales del estado de Morelos, Zapata logró convencer a los jefes insumisos a deponer las armas para el 22 de agosto; sin embargo, las tropas federales de Huerta y las auxiliares guerrerenses de Ambrosio Figueroa, siguieron ocupando posiciones en Morelos y Zapata se vio obligado a huir a Anenecuilco.
El 30 de agosto, en Villa de Ayala y Chinameca, Zapata sufrió el ataque de las tropas irregulares guerrerenses de Federico Morales y Silvestre Mariscal, “Federico Morales, agente de Figueroa, lo había hecho mal y lo había dejado escapar. Tratando de atrapar a Zapata dentro de los muros de la hacienda de Chinameca, estúpidamente había ordenado una carga contra la guardia de la puerta del frente. Zapata había oído los disparos, y como conocía el terreno de la hacienda, se había escapado del edificio principal y había echado a correr por los cañaverales que quedaban atrás del mismo” [Womack, John. Zapata y la Revolución Mexicana. p. 118].
De la hacienda de Chinameca, Zapata huyó aparentemente al estado de Puebla, sin embargo se remontó a la sierra de Morelos y recomenzó su forzada rebelión.
Los gobiernistas guerrerenses de Ambrosio Figueroa fueron conocidos por los zapatistas como Los Colorados.



(Tomado de: Avitia Hernández, Antonio - Corrido Histórico mexicano (1910-1916) Tomo II. Editorial Porrúa, colección “Sepan cuántos…” #676. México, D.F. 1997)

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sábado, 23 de junio de 2018

Gerardo Murillo (Dr. Atl)

Gerardo Murillo (Dr. Atl)



Nació en Guadalajara, Jal. En 1875; murió en la Ciudad de México en 1964. En su ciudad natal estudió pintura con Felipe Castro (hacia 1890); pasó a la de México y fue alumno de las escuelas de Bellas Artes y Preparatoria. Cuando terminó ésta, el presidente Porfirio Díaz lo pensionó para estudiar pintura en Europa, pero en lugar de esa especialidad tomó clases en la Universidad de Roma con el filósofo Antonio Labriola y el sociólogo y penalista Enrico Ferri. Colaboró con el Partido Socialista italiano y escribió en su órgano periodístico, el diario L’Avanti. Viajó a pie de Roma a París y asistió como oyente a las cátedras de sociología de Emilio Durkheim y de psicología y teoría del arte de Henri Bergson, en la Facultad de Altos Estudios. En 1902, en París, Leopoldo Lugones lo bautizó con el nombre de Dr. Atl (agua, en náhuatl). Hizo otra caminata de París a Madrid con fines deportivos.

 Regresó a México en 1904 y en 1906 organizó la exposición de pintura Savia Moderna, exhibiendo por vez primera la obra de Ponce de León, Francisco de la Torre y Diego Rivera, provocando el interés por el impresionismo y la muerte del estilo pompier. En 1910 promovió el Centro Artístico, cuyo objeto era conseguir muros en los edificios públicos para pintar en ellos. Esta iniciativa no prosperó porque sobrevino la Revolución armada.



Volvió a Europa en 1911. En París fundó el periódico Action d’Art, en el que difundió sus teorías pictóricas y el sentido social de la Revolución Mexicana. En sus libros autobiográficos Gentes profanas en el convento y Apuntes inéditos para un diario habla de sus colaboraciones para L’Humanité, bajo la égida de Jean Jaurés. El poeta Carlos Barrera, diplomático mexicano en Francia, cuenta que el pintor publicó durante varios meses el periódico La Revolution au Mexiqué y que realizó varias gestiones en favor de la facción constitucionalista, aprovechando la asistencia de Clemanceau y del ministro de Finanzas Dumont a las exposiciones de pintura. En esta empresa fue apoyado por el ministro de México Miguel Díaz Lombardo.




Reintegrado a México en 1914, Venustiano Carranza lo comisionó para tratar con Zapata la unificación de las fuerzas revolucionarias; pero fracasó en su gestión y estuvo a punto de ser fusilado (existe la correspondencia entre Zapata y el Dr. Atl relativa a sus conferencias y disputas). Durante la permanencia del Primer Jefe en Veracruz, el Dr. Atl fundó La Vanguardia, en cuyas páginas se publicaron caricaturas e ilustraciones de José Clemente Orozco. Organizó la confederación Revolucionaria, integrada por 10 militares y 10 civiles, entre ellos los generales Álvaro Obregón y Benjamín Hill, Jesús Urueta y Rafael Zubarán Campany, al fin disuelta por la notable preponderancia que llegó a tener. De esa agrupación surgió más tarde el Bloque de Obreros Intelectuales, presidido por Juan de Dios Bojórquez. Parece que también intervino en el pacto que suscribieron, el 17 de febrero de 1915, el secretario de Gobernación de Carranza y la Casa del Obrero Mundial, aunque no firmó el documento. Fue en esa época director de la Academia de San Carlos, tesorero general de las Fuerzas Constitucionalistas y jefe del Departamento de Bellas Artes.


Terminado el movimiento armado, se dedicó de lleno a pintar, a promover el conocimiento del arte popular, a estudiar vulcanología y a escribir.



En el período de 1920 a 1964 destacan su lucha en favor de las potencias del Eje, su controversia con Lázaro Cárdenas y su gran amistad con Adolfo López Mateos, a quien le debe estar sepultado en la Rotonda de los Hombres Ilustres. Designado miembro del Colegio Nacional, renunció a la distinción porque se le había otorgado a Gerado Murillo y no al Dr. Atl.




Su obra escrita comprende:


1.- Folletos: Palabras de un hombre al pueblo americano (traducido al inglés), Paz germana o paz judáico-británica, ¿La victoria de Alemania y la situación de la América Latina?, Paz, neutralidad o guerra, El futuro del mundo y La carroña de Ginebra.


2.- Libros de arte: La sinfonía del Popocatépetl, Artes Populares (2 vols.; 1921, 2ª. Ed., 1922), Las iglesias de México (6 vols.), Cómo nace y muere un volcán (sobre el Paricutín), Historia del paisaje y Los volcanes de México.


3.- Crítica de arte; el catálogo de la colección Pani y un articulo contra el capítulo “Las artes plásticas” de Antonio Luna Arroyo, en México, 50 años de Revolución (t.IV, 1962).


4.- Literatura: Cuentos bárbaros, Cuentos de todos colores, Carmen (versos) y De la vida alegre y peligrosa y Gentes profanas en el convento (novelas).


5.- Ciencia: Petróleo en el valle de México, Oro más oro, Un hombre más allá del universo y El grito en la Atlántida.


6.- Política: La Revolución Mexicana defiende derechos humanos y Los judíos sobre México.


Inventó, además, las modificaciones a la encáustica, el fresco al óleo y los atlcolors. Estos son secos, a la resina, y se trabajan como el pastel, sin la fragilidad de éste, e igual sirven, al decir de su creador, para pintar sobre papel, tela o roca.




Explorador y caminante, instalado en el ex convento de La Merced, pintó ahí buena parte de su obra, sobre todo los grandes cuadros del valle de México. En 1943 asistió al nacimiento del volcán Paricutín, de cuyo fenómeno tomó apuntes y realizó cuadros que exhibió en el Palacio de Bellas Artes en 1944. Hizo algunos retratos, dibujos de arquitectura y bocetos para murales, pero sobre todo cientos de dibujos y gran número de pinturas de paisaje. Adoptó la perspectiva curvilínea propuesta por Luis G. Serrano, circunstancia que añadió a su obra una constante de monumentalidad. En sus últimos años pasó largas temporadas en Pihuamo, Tepoztlán y la barranca del río Santiago, recreando el paisaje y proyectando Olinca, la ciudad mundial de la cultura, una de sus mayores ilusiones que nunca vio realizada; e inició el género del aeropaisaje, o sean las grandes visiones de conjuntos geográficos desde la perspectiva de los aviones. Entre las decenas de autorretratos,  pintados a menudo en el primer término de sus apuntes o cuadros destaca el que lo muestra entre las nieves, hecho en 1938. En Dr. Atl donó a las galerías del Instituto de Bellas Artes una rica colección de su obra.




Tomado de: Enciclopedia de México, Tomo 1)