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viernes, 25 de enero de 2019

Códice de Huichapan

 
El manuscrito tiene cuatro secciones. La primera, de siete páginas, consta de los anales de Huichapan, de 1539 a 1618 y de 1629 a 1632, escritos alfabéticamente, en otomí. La segunda, de dos páginas, es una nómina de los pueblos de la provincia de Xilotépec, con doce signos pictóricos acompañados con glosas en otomí. La tercera, también de dos páginas, expone los calendarios europeo y mesoamericano, con textos alfabéticos en otomí, náhuatl, castellano y latín. La cuarta es de 55 páginas; narra la historia del señorío de Xilotépec, del año 2 caña (1403) hasta 10 pedernal (1528), con signos pictóricos acompañados por glosas amplias en otomí y algunas glosas cortas en náhuatl. La mayoría de los signos pictóricos pueden leerse en otomí, náhuatl o cualquier otra lengua del Centro de México. La historia se centra en los gobernantes de Tenochtitlan, Xilotépec y otros señoríos: sus ascensiones, muertes, guerras, etcétera. Al final, se registra la conquista de Tenochtitlan y la construcción de una iglesia cristiana en Xilotépec. De esta manera la historia de este señorío se inserta en un contexto regional.
 

 

El manuscrito consta de 68 páginas en 34 folios de papel europeo de 30 por 21 cm. El análisis de la/información calendárica muestra que faltan por lo menos ocho páginas. Dos páginas están en blanco. Las orillas se encuentran deterioradas, hay manchas de humedad y hongos, y hay zonas faltantes en algunos folios. La forma del libro y el formato de los textos alfabéticos son europeos. Éstos fueron escritos con pluma y tinta café. La letra es menuda pero disciplinada, bastante legible. Las secciones segunda y cuarta incluyen signos pictóricos de tradición indígena, adaptando su disposición al formato del libro, con algunas influencias estilísticas europeas. Estos signos se pintaron con tinta negra, al parecer con pincel. En la segunda sección sólo se usó tinta negra para delinear y rellenar los signos pictóricos; en la cuarta los contornos fueron rellenados con pintura de varios colores. La mayoría de las glosas alfabéticas parecen ser de la misma mano, aunque es evidente la intervención de dos amanuenses más, al menos.
 
(Tomado de: David Charles Wright Carr - Códice de Huichapan. Arqueológica Mexicana, edición especial #42, La colección de códices de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia. Editorial Raíces, México, D.F., 2012)

viernes, 11 de enero de 2019

Fundación de Querétaro

 
(Templo de Santa Rosa de Viterbo)
 
Mientras Zacatecas subía y bajaba en importancia como centro urbano, Querétaro conservó hasta bien entrado el siglo XIX el título de tercera ciudad del virreinato que le adjudicó en 1680 el erudito Carlos de Sigüenza y Góngora. El despegue inicial se debió a la fertilidad de las tierras queretanas y sobre todo al hecho de ser paso obligado para las caravanas de carretas que iban a Zacatecas, primero, y poco después a Guanajuato, con lo cual el comercio alcanzó enorme desarrollo.

Hacia el siglo XII hubo en la comarca de Querétaro un puesto avanzado de los toltecas. Tras la caída de Tula la tierra cayó en manos de los chichimecas bárbaros, y pocos años después de la caída de Tenochtitlan fue ocupada por grupos otomíes a quienes jefaturaba un caudillo llamado Conín. En 1532 llegó a tierras queretanas una corta expedición integrada por algunos españoles y muchos aliados tarascos; Conín se sometió a los recién llegados y por tal motivo el poblado que se fundó poco después fue llamado Querétaro, una palabra derivada de voces tarascas que significan "en el juego de pelota", lo mismo que Nda-maxei, como le llamaba Conín en otomí. El primer asiento resultó demasiado cenagoso, por lo que en 1550 la ciudad fue trasladada al sitio que ocupa hoy en día.

En 1638, un cronista dejó escrito que Querétaro tenía 480 vecinos españoles, todos ellos propietarios "de casas muy cumplidas... Todas tiene agua de pie, huertas y viñas.. (en el campo) tienen dos molinos grandiosos y otro en el mismo pueblo... Hay más de un millón de cabezas de ganado menor y gran abundancia de ganado mayor".

Durante el siglo XVI se hicieron algunas construcciones modestas, todas las cuales fueron demolidas en el siglo siguiente para sustituirlas por otras mejores. De 1698 data el monumental convento franciscano, que abarca cuatro manzanas. La fachada de la iglesia de Santa Clara de Jesús se terminó en 1633 y en 1629 el templo del convento de San Antonio.
 
 

En el siglo XVIII se terminó de construir el acueducto y surgieron edificios como el convento a iglesia de San Agustín, el hospicio de Nuestra Señora de la Merced, los colegios jesuitas de San Ignacio y San Francisco Javier, además de mansiones particulares como la llamada Casa de los Perros y los palacios de Hecala, de los condes de Sierra Gorda y de Francisco Antonio de Aldai. Desde Querétaro se impulsó la construcción de una serie de misiones en la Sierra Gorda. Al despuntar el siglo XIX Querétaro no sólo era una de las ciudades más prósperas y hermosas de la Nueva España, sino que a su gran actividad agrícola y comercial añadía gran número de molinos, telares, talleres industriales y la Real Fábrica de Tabacos, en la que laboraban cientos de trabajadores. Sus habitantes sumaban más de 40,000.
 
(Tomado de: Armando Ayala Anguiano - ¡Extra! Contenido. México de carne y Hueso III. Tercer tomo: La Nueva España (1). Editorial Contenido, S.A. de C.V., México, D.F., 1997) 
 
 
 

lunes, 24 de diciembre de 2018

Apellidos en México

 
 
La enorme mayoría de los apellidos de México es de origen español: castellano (González, Moreno), vasco (Ibarra, Garay), gallego o portugués (Bassols, Formentí). Sólo en muy pocos casos se ha modificado la grafía: Chaves se ha vuelto Chávez, por atracción de patronímicos como López y Sánchez, en tanto que Flórez, que así lo es, se ha convertido en Flores, por considerarlo plural de flor. Desde los primeros años de la conquista los vencidos adoptaron el apellido español; en muchos casos les fue impuesto, junto con el nombre de pila, al momento del bautismo, o vendido por los funcionarios del registro civil. Centenares de millares de indígenas monolingües lucen los apellidos más clásicos del mundo hispano; éstos, a veces, tienen en su idioma correspondencias irreconocibles. Así, en popoluca, lengua de la familia zoqueana, los Gutiérrez son llamados Moho; los González, Maca (estrella); los Rodríguez, To’och; los Hernández, Uo’oshi, Ho’o, Tonjuan y Tuki (tortuga); los Ramírez, Uan (cuerno) y Lamun (Ben Elson, 1948). En Yucatán existe la tendencia a castellanizar el apellido maya, ya sea asimilándolo con uno español, cuando existe homofonía (Kantún, “piedra amarilla”, se vuelve Cantón; Celiz, Celis; Bas, Baz) o traduciéndolo: los Ek de ayer son los estrella de hoy; los Dzib se han vuelto Escribano y los Dzul, Caballero.
 
Apellidos indígenas
 
Gran parte de la población rural yucateca y campechana conserva los apellidos mayas: alrededor de 300 “apellidos de familia con gratísimo sabor eminentemente nacional” (obispo Carrillo y Ancona, 1875). En los estados de Tlaxcala y Puebla el apellido náhuatl se conserva vigoroso; los Moctezuma de Olinalá, Gro., y San Luis Potosí pretenden descender del último monarca azteca.

En Michoacán algunos centenares de familias lucen todavía apellidos tarascos.

Raros son los yaquis Suboquí (codorniz) y Omocol (tortolita), el cahita y coca Sengua (flor), el mayo Yocupicio (agua menuda), y el cora Cánare (cardador). Entre los otomís de Itzmiquilpan se encuentran los apellidos Bhifi (acocote), Nzabí (jagüey), Nxuní (gavilán) y Xáxní (una de gato), alusión a las espinas encorvadas de ciertas plantas.

Entre los tarahumares se encuentran los nombres totémicos Chumarí (venado) y Maguyaca (león), o inspirados en las plantas como Muraca (espiga de maíz). También los apellidos se vuelven apodo: Warínamo (ligero), Chiti-Chate (feo por flaco), y Lowíame (loco).

En el Istmo de Tehuantepec sobreviven algunos apellidos zapotecos: Chiñas (dulce), Yú (tierra, y por extensión barro y loza), Charis (derivación de Charé, o sea Che-reu, “voy a Reu”, barrio de Tehuantepec) y Vete (zorrrillo).

En Chiapas se han perpetuado en algunos apellidos voces de un idioma recientemente muerto: el chiapaneco, emparentado con el mangue de Nicaragua y perteneciente al gran grupo linguistico oto-mangue. Ejemplos: Nucamendi (corral de piedra) y Nandayapa (río verde).

Del tarasco, en Michoacán, proceden Ireta (poblado), Huacuja (de huacos, “águila”), Equihua (de ekiua, “disgústate”, “enójate”), Huato (de huata, “cerro”), Pitacua (flecha), Cuara (velador de milpas) y Ziranda (ceiba).

Entre los de origen náhuatl, los hay híbridos, derivados de gentilicios: Mexicanos, en Malinalco y la Mixteca; Tezcucano, en Atlixco y Cholula; y Xalpeño y Amozoqueño, en Puebla. Son de origen calendárico: Zepactle, en Tequila, Ver,, que se refiere a cipactli, el primer día de la veintena; Cóatl (serpiente), en la región de Cholula; Mazahua (el del venado), en Zongolica, Ver., que evoca el séptimo día; Atlime (las aguas), el noveno, en Huejotzingo; Aca (caña), el decimotercero, en Cholula; Cuautle (Águila), el decimonoveno, en Tlaxcala; Xóchitl (flor), el vigésimo, en Veracruz, Puebla, Tlaxcala e Hidalgo.

Derivan de nombres de animales: Cocotle (tórtola), Coyote, Michi (pez), Chapuli (chapulín) y Cólotl (alacrán); de las plantas (fitónimos): Ahuatl (encino) y Xílotl (mazorca tierna); de los minerales: Tepuz (cobre); y de los oficios: Tlacuilo (escriba) y Nahuatlato (intérprete). Chimalpopoca (escudo humeante) se conserva también en sus elementos separados: Chimal y Popoca.

Entre los mayas, Xiú evoca la dinastía tolteca que llegó a Yucatán en el siglo X y es “casi con seguridad” de origen náhuatl (Morley); significa “yerba”, “turquesa” y “año” (xíhuitl). Desde su salida de Nonoalco hasta la actualidad se han sucedido 46 generaciones de Xiúes: jefes toltecas, reyes mayas, hidalgos españoles (el primero fue Ah Kukun Xiú, que tomó el nombre de Francisco de Montejo Xiú) y ahora humildes milperos.

Son de probable origen totémico maya: Cutz (pavo silvestre), Ceh (venado), Balam (jaguar), Muy (conejo), Miz (gato), Tzul y Bil (perro), Och (zorro), Vech (armadillo), Coba (chachalaca), Cot (águila) Mo (guacamaya), Hu y Tzel (iguana), Mac (tortuga), Can y Chan (serpiente), Pat (cazón), Mex (peje araña), Cab (abeja), Pech (garrapata), Maz (grillo), y Zak (langosta). El reino mineral está representado por Couoh (piedra fina de la miel), tal vez el ámbar; Chuc (carbón) y Kantun (Piedra amarilla); y el vegetal por Nic (flor), Batun (cierta planta comestible) y Aban (una mata). Otros son Canul (guardián), Ek (estrella), Ku (Dios o templo), Nabte (dardo) Noh (grande).

Apellidos extras

Entre los ingleses e irlandeses: Hill (colina), Hay (heno, seto), Bay (de pelo castaño rojizo), Cox (de Cocks, insignia de los gallos) y Healy; O’Gorman (vástagos del hombre azul), O’Farril (supervalientes), O’Higgins (hijos de Ricardito), O’Horan (descendientes del guerrero) y O’Really (nieto del atleta); Burns (que mora a orillas de un torrente), Buchanam (el que vino de Both Chanaim, el asiento de Canon, en Stirlingshire), Lancaster Jones (castro romano del río Lune en Lancanshire, hijo de Juan), Graham (casa solariega gris), Brown (pardo), Turnbull (fuerte, audaz), Macdonald (hijo del que gobierna el mundo), Cruikshank (que mora al pie de un cerro cortado), Mac Gregor (hijo de Gregorio, el vigilante), Sherwell (fuente límpida), Johnson (hijo de Juan), y Keith (morador de la región de Keith, “bosque” de Escocia). Entre los compuestos anglomexicanos: Noriega Hope (esperanza), Díaz Todd (zorro), Álvarez Morphy (guerrero de mar), y Guajardo Davis (hijo de David). Entre los alemanes: Uthoff (fuera del cortijo), Freyman (hombre libre), von Borstel (de la cerda), Schulemburg (castillo de las escuelas), Rosenblueth (flor de rosas), Schaufelberger (morador de un monte en forma de pala), y Stierle (torito). Entre los compuestos germanomexicanos: Rosenzweig (rama de rosas), Herzog (duque), Tielmans hombre del pueblo), Weber (tejedor), Weckmann (panadero), Scherer (tundidor de paños), Christlieb (el que ama a Cristo), Fisher (pescador), Hank (Enriquito), Graef (el que preside un tribunal, conde), Lengerke (lanza del país), Schubert (zapatero) y Kunhardt (el hombre temerario de la tribu). Entre los franceses: Betancourt (cortijo de Beto), Rouaix ((topónimo derivado de rouet, rieco), Jacques (Jacobo), Porte Petit (puerta-chico), Rolland (Roldán), Trouyet (prensador de aceite), Coquet (gallito), Broissin (de Broisser, correr por los jarros), Leduc (el duque), Foucher (atrevido en el pueblo), Bouquet (chivito), Mallard (de malo, Maclovio), Dupré (del prado), Fournier (panadero), Levy (adhesión), Lacroix (la cruz), y Manautou (de manaud, gobierno del hombre). Entre los italianos: Lombardini (diminutivo de Lombardo), Attolini (padrecito), y Torri (torres); Usigli (Zama, Ghigliazza, Spota, Spíndola, Cusi y Parodi, nombres de lugares; Brambila (tal vez “el que quita el cascabillo del arroz”), Pani (panes, Denegri (de los negros), Caffarel (matronímico: mujer del ejército), Ferrari (herreros), Stampa (imprenta), Foglio (hoja), Sodi (duro, sólido, gallardo), Alessio (alejo), Marini (marinos) y Coen (sacerdote).

Liekens tiene un patronímico neerlandés, derivado de Leud, pueblo; Zeevaert (navegación marítima, Seefahrt en alemán), también es de extracción flamenca; Zabludovsky es polaco; Arai (pozo nuevo), Matsumoto (pino principal) y Murayama (aldea-monte) son japoneses; Wong (amarillo) y Chong (henchido) son chinos; Levi o Levy (de la tribu de Levy), Cohen (sacerdote), Sarfati (francés) y Azkenazi (alemán) son netamente hebreos; y libaneses Kawage (cafetero), Ramia (Jeremías), Henaine (trascripción de Huanaina, Juanita), Nahum (consuelo), Abdelnur (siervo de la luz) y Kuri.
 

(Tomado de: Enciclopedia de México, tomo I)