Entrevistando a las pirámides 6 Cholula
El entrevistador de pirámides recorre, con una vela en la mano, las entrañas de la pirámide de Cholula. Cinco kilómetros de corredores subterráneos han sido desescombrados hasta hoy por los arqueólogos- corredores estrechos que se entrecruzan y ramifican a trechos irregulares formando una red inextricable, como el laberinto del Minotauro que en gloria esté.
La pirámide de Cholula es también un conglomerado de pirámides. Pero lo que en Tenayuca eran piadosas superposiciones fueron en Cholula demostraciones de poderío y hostilidad. Cada tribu que dominaba a Cholula levantaba una nueva pirámide a lomos de la vencida. Y no contenta con esto, taponaba su interior con piedras, destruía los altares y las estatuas, cubría los frescos con una capa de barro y trastornaba el sistema de los corredores.
El último y más peligroso enemigo que levantó sobre este hacinamiento de templos el suyo propio fue la Iglesia. El santuario de Nuestra Señora de los Remedios se yergue orgulloso sobre la plataforma más alta de la más alta de estas pirámides superpuestas. Nadie sospecharía que este cerro abovedado es obra del hombre; hasta tal punto ha borrado y revestido la naturaleza las paredes piramidales con el verde claro de la vegetación. Al exterior, la pirámide de Cholula, en otro tiempo la más poderosa de la tierra, pues era casi el doble de grande que la de Keops, ya no existe. Pero por dentro sí existe, pues precisamente en este momento recorre su interior el entrevistador de pirámides, marchando a lo largo de los corredores desescombrados y deteniéndose delante de los frescos.
La luz que sostiene su mano se desplaza a toda prisa sobre saltamontes y calaveras, calaveras y saltamontes; el entrevistador advierte con angustia que ya no le queda más que un cabo pequeño de vela, apenas lo necesario para descender el camino andado y encontrar la salida. Pero la curiosidad puede más que el miedo a que los arqueólogos del porvenir descubran aquí su cuerpo convertido en esqueleto. Y penetra en una cámara en cuyo centro se alza una especie de pedestal cuadrangular hecho de barro. Levanta la vela, ya a punto de extinguirse, y ve a un hombre alto de cara pálida y larga barba blanca.
-No se asuste usted -dice el misterioso personaje-; he venido a buscarlo para acompañarlo hasta la salida. Esto fue hace tiempo un altar. Sobre él se ofrendaban a los dioses flores, saltamontes y mariposas. Los sacrificios humanos, aquí, eran considerados un crimen.
-¿Vive usted aquí?- balbucea el entrevistador, por balbucear algo.
-Sí, hace mucho tiempo que vivo aquí -contesta el de la barba blanca-. Pasé fuera de aquí mucho tiempo, pero he vuelto.
-¿Y por qué se fue de esas tierras, si me permite la pregunta?
-El que quiera saber, tiene que preguntar. Se lo contaré. Yo era sacerdote en Tula y enseñaba a mis fieles el cultivo del maíz y de otros frutos, las artes de la cerámica, a tejer cestos y telas. Pero los otros sacerdotes veían esto con malos ojos. Los viejos azuzaban a la gente contra mí porque las artes que yo profesaba eran afeminadas y poco guerreras; los jóvenes consideraban una blasfemia todos nuestros sacrificios religiosos, "En vez de carne humana, nos trae mariposas", clamaban los sacerdotes de los dioses; "en vez de dinero, nos trae saltamontes", gritaban los sacerdotes de la Iglesia.
-¿Y le hicieron a usted daño?
-Para evitar que me mataran me marché de allí, vine a Cholula y aquí me quedé. Veinte años más tarde fui andando hacia el mar, acompañado por amigos y discípulos. En Veracruz tomé un barco y partí para tierras lejanas. Desgraciadamente, con la promesa de volver…
(Tomado de Kisch, Egon Erwin. Descubrimientos en México. Volumen 1. Prólogo de Elisabeth Siefer. Edición aumentada. Colección ideas, #62. EOSA, Editorial Offset, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1988)

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