Juegos prehispánicos
Los antiguos mexicanos practicaron el aún no extinto juego de pelota, el ollamaliztli, portador de una intensa significación religiosa que, a la vez, se concebía y celebraba, en gran medida, con fines adivinatorios. Se desarrollaba en campos semejantes a una letra H en posición horizontal -llamados tlachtli-, en cuyos muros largos estaban insertos, en sus partes altas, anillos de piedra o de madera.
El ollamaliztli se jugaba los días festivos, comúnmente los domingos, según ciertas reglas que recuerdan las del fútbol actual; la gran pelota de caucho que pesaba alrededor de tres y medio kilogramos, no podía tocarse con las manos, sino sólo con las rodillas, las caderas y los glúteos, para hacerla rebotar en las paredes laterales y después lanzarla hacia los anillos, para que atravesara su centro. Tal práctica, como puede suponerse, entrañaba dificultades casi insalvables, por lo que algunos estudiosos contemporáneos, como George C. Vaillant, coincidieran que es muy posible que hayan existido formas alternativas para obtener puntos, es decir la victoria. Tal triunfo daba derecho al vencedor y a sus partidarios a quitar la ropa a sus rivales. Esto último, como señala Alfredo López Austin, provocó que los conquistadores españoles, afanados en la difusión y en la asunción del catolicismo, emprendieran campañas en contra de esta práctica.
Creadores de una cultura solar, los aztecas representaban en este juego el curso de aquel astro, simbolizado por la pelota, en el que mágicamente intentaban intervenir. Los anillos del tlachtli tenían grabadas imágenes solares y de otros cuerpos celestes. En el mundo maya encontramos referencias en el Popol Vuh, al juego al curso e, incluso, al enfrentamiento de los astros en el cielo, los astros del día y los de la noche, símbolos de los contrarios, de la vida y de la muerte, una oposición constante que remite a imágenes de lucha, de guerra, a una dialéctica interpretada, reproducida, simbolizada en el juego de contrarios, que equivaldría a la vida misma, a la fertilidad de la naturaleza, incesantemente renovada. Los equipos rivales estaban formados por dos o cuatro hombres; jugaban en campos aledaños a los templos. Desde la actual república de Honduras hasta el territorio de Arizona, en los Estados Unidos, se han encontrado vestigios de la práctica de aquel juego.
Cuatro hombres, ataviados como dioses o disfrazados de aves, simulaban (simulan aún hoy, en lugares como Papantla) un vuelo desplegado desde lo alto de un poste, en torno al cual giraban sujetos por cuerdas, en un juego de representación del ascenso y el descenso circulares de un pájaro. Emocionante y colorido, el juego del volador podría significar significar el origen divino, celestial, de los alimentos que proceden del mundo vegetal, reiteradamente buscados.
En el patolli, el tercer gran juego de los antiguos mexicanos, se reduce casi en forma total el movimiento; el vuelo está concentrado en el acto de lanzar, cada uno de los dos equipos competidores, seis pequeñas piedras y dos frijoles o trozos de caña que actúan como dados, sobre un tablero en forma de cruz, con espacio lineales (que prefiguraría el parkasé o parchís de nuestros días). Se trataba de ir avanzando, de pasar por cada una de las "casas" de aquella cruz, que en total eran 104, el doble de los 52 años del ciclo mayor del calendario. Los jugadores intentaban influir en el curso solar, ante la frecuentemente representada imagen de Macuilxóchitl, diosa de todos los juegos.
(Tomado de: Reyes, Juan José - Cuestión de suerte, Editorial Clío, libros y videos S. A. de C. V., México, 1997)

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