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lunes, 21 de marzo de 2022

Etelvina Rodríguez

 


A juicio de Manuel Mañón, autor de zarzuelas y de la deleitable Historia del Teatro Principal (1933), tres fueron las figuras señeras de la comicidad a principios del siglo XX; el payaso inglés Ricardo Bell, el español Francisco "Paco" Gavilanes y su paisana Etelvina Rodríguez.

Los tres, "sin lugar a dudas, los artistas que más hicieron reír en México. Su recuerdo perdurará en toda nuestra generación, que fue bañada con las cornucopias de su alegría".

Por su parte, el comediógrafo Carlos M. Ortega considera que nadie ha podido igualar las creaciones de Etelvina Rodríguez, "ni su donaire y sal para interpretar los tipos caricaturescos [...]. Era fea, alta, simpatiquísima, bondadosa, y su gesto era de una elasticidad única. Sabía decir el chiste con naturalidad, sin abusar de lo cómico [...] con una soltura tal [...] que era inevitable no soltar la carcajada al oírla. El público sentía adoración por esta artista".

Nacida en 1866, en España, arribó a México al parecer en 1898, junto con su esposo, el bajo cómico Eduardo Bachiller, apodado cariñosamente "Bachicha", por su costumbre de retener los restos del habano en sus nerviosos labios.

Pronto ambos se aclimataron al cálido ambiente que prevalecía en el Principal con sus inolvidables tandas, en las cuales encarnó a la perfección a pintorescos personajes nacionales: ranchera, criada, etcétera.

Después de una gran temporada ahí, realizaron gira por La Habana, regresando en marzo de 1902 para aparecer en La fiesta de San Antón. Tiempo después, en 1904, participó en la revista Chin-chun-chan, la cual contabilizó durante esa década más de 10 mil representaciones en todo el país, según información revelada por José F. Elizondo, uno de sus autores.

Del escenario a los sets.

Al cabo de una prolongada enfermedad, la española reapareció en mayo de 1905, y en febrero del año siguiente intervino en el estreno en México de la zarzuela La gatita blanca que, interpretada por la joven Prudencia Grifell, posteriormente popularizó la tiple valenciana María Conesa.

A principios de 1909 el periódico El Imparcial informó que la empresa del Principal había ofrecido a la Conesa tres mil pesos al mes, salario exorbitante para la época. Etelvina, "la genial característica", y su esposo Bachiller ganaban juntos sólo 700.

Dos años después, el 10 de junio de 1911, formó, junto con Chole Álvarez, Tere Calvo y Paco Gavilanes, el reparto de la revista México al día que, representada en el María Guerrero, realizó comentarios sobre la reciente renuncia del general Díaz a la presidencia (25 de mayo de 1911).

Su figura robusta y otoñal fueron claves para interpretar a la mamá de Magdalena (María Caballé), y a la recién casada Rosita en El país de la metralla (1913), revista en un acto de José F. Elizondo.

En esta obra anticarrancista, la actriz repitió tan insistentemente a su esposo (Francisco Gavilanes): "¡Qué amigos tienes, Cardoso!", que originó una pieza del mismo título estrenada en el Teatro Apolo.

De 1913 a 1923 su actividad teatral fue desconocida, no así sus incursiones en dos cintas mudas: La tigresa (1917), presuntamente opera prima de Mimí Derba, y La soñadora (1917), codirigida por Eduardo Arozamena y Enrique Rosas. En ambos dramas encarnó a la madre de las heroínas.

Pareja colosal.

En abril de 1924 volvió otra vez al Principal acompañada de Paco Gavilanes en El asomo de Damasco y en La fiesta de San Antón, Manuel Mañón comenta que ésa fue la última ocasión en que actuaron juntos, porque al mes siguiente él falleció en La Habana, cuando pretendía regresar a su patria.

A decir del historiador teatral, esta "pareja de colosales artistas" compartieron durante algunos lustros "en los escenarios de México, y especialmente en el del Teatro Principal, las continuas ovaciones que cariñosamente y con loco entusiasmo les prodigaba el público, a quien tanto hicieron gozar".

Si, como dice Mañón, ambos compartieron éxitos y desbordantes aplausos en el Teatro Principal, en el terreno cinematográfico no ocurrió lo mismo, ya que ella no fue tan afortunada para protagonizar una vista (imágenes cinematográficas) similar a la de Gavilanes aplastados por una aplanadora (1904), filmada con fines publicitarios por el ingeniero Salvador Toscano, y tal vez de ni siquiera aparecer en algún corto.

Amor por México.

Con respecto a doña Etelvina, tuvo que esperar hasta 1917 para incorporarse a la incipiente industria cinematográfica mexicana -en las cintas antes mencionadas- y, desgraciadamente, su incursión fue ajena a la comicidad.

Otro rol materno le fue asignado en Tras las bambalinas del Ba-Ta-Clán (1925), filme silente que, dirigido por William P. S. Earle, fue estelarizado por la estadounidense Bonnie May y el mexicano César Palacio, primo hermano del famoso Ramón Novarro.

En la etapa sonora la actriz intervino en el documental Recordar es vivir (1940), de Fernando A. Rivero -donde posiblemente fueron incluidas secuencias suyas de La tigresa-, y Hasta que llovió en Sayula (Suerte te dé Dios, 1940), de Miguel Contreras Torres.

Para este último filme realizado en los Estudios Azteca se convocó a varias generaciones de cómicos, como Carlos López "Chaflán", Leopoldo "El Cuatezón" Beristáin, Eusebio Torres "Pirrín", Amparo Arozamena y Max García "Alpiste". Sólo que el cineasta trabajó con escaso tiempo y presupuesto, por lo que la cinta se estrenó en cines de segunda el 27 de junio de 1941.

Fue tanto el amor por nuestro país que Etelvina Rodríguez determinó quedarse a radicar definitivamente en la ciudad de México, donde falleció a mediados del siglo pasado.


(Tomado de: Ceballos, Edgar - Somos Uno, especial de colección, Las reinas de la risa. Año 12, núm. 216. Editorial Televisa, S.A. de C.V., México, D.F., 2002)

viernes, 22 de octubre de 2021

Figuras señeras del espectáculo, inicio del siglo XX

 


La llegada del siglo XX trajo aparejados para México cambios en todos los aspectos, principalmente en el social y económico, mismos que repercutieron en muchos otros.

Sustituido únicamente por la gestión del tamaulipeco Manuel González (diciembre de 1880 a noviembre de 1884), el general Porfirio Díaz se mantuvo en la presidencia del país de noviembre de 1876 a mayo de 1911.

Se conjuntaron así más de 30 años de modernidad -abundaron grandes obras materiales- de fiestas elitistas de oropel, de un Congreso y gobiernos estatales serviles, de una prensa aduladora y de férrea represión y aplastamiento contra disidentes políticos.

Esas autoridades -como las de Europa y Estados Unidos- celebraron el arribo de una nueva centuria el 1 de enero de 1901. El escritor Federico Gamboa redactó en su diario que, al fenecer la última noche del siglo XIX, comenzaron a escucharse cohetes, dianas, repiques de campanas de templos y silbatos de máquinas para saludar "a este primer año del siglo XX".

Este cambio, sin embargo, no tuvo mayor repercusión en los escenarios teatrales como se desprende de lo consignado por el historiador Enrique de Olavarría y Ferrari en su monumental Reseña histórica del teatro en México.

"Sin traer consigo novedad alguna -sostuvo-, dio principio el Siglo Veinte (.) y brilló el sol del martes 1 de enero de 1901: no vale la pena [...] decir más acerca de ello."

Figuras señeras

El medio del espectáculo vivía entonces una enorme crisis. En el caso de la incipiente industria fílmica, 20 de los 22 locales cinematográficos de la ciudad de México cerraron sus puertas, debido a los continuos escándalos generados por el público, inconforme por la repetición de películas.

El teatro no era la excepción. Como su precio de entrada era relativamente barato, los artistas -la mayoría de ellos improvisados- enfrentaban abiertamente las agresiones del populacho.

Demolido el Gran Teatro Nacional -ubicado en la calle de Vergara, hoy Bolívar- los foros que funcionaron en la capital durante 1901 fueron, entre otros, el Principal -que se consolidó en "La Catedral de la Tanda"-, el Renacimiento -de moda y que más tarde se convertiría en el Virginia Fábregas- y el vetusto Arbeu (inaugurado en 1875). También estaban el Hidalgo, el María Guerrero y varios jacalones. El único circo que llevaba variedades diversas a los citadinos era el de los hermanos Orrín.

Las zarzuelas españolas tenían gran arraigo en esos espacios. En el Principal, dos tiples del género se disputaban los aplausos de los encendidos tandófilos: la española Rosario Soler, apodada "La Patita", y la mexicana Luisa Obregón.

En una lista, dada a conocer en 1899 por la Agencia Teatral de Manuel Castro y Compañía de México, aparecen registrados 217 artistas que se presentaban en la ciudad de México. Entre los 15 tenores sólo destaca José Vigil y Robles, quien después descolló como compositor del teatro de revista.

En cuanto a tenores cómicos figuran Eduardo Bachiller, Carlos Obregón, Anastasio Otero y Ricardo Pardavé. Ninguno de los 15 barítonos y de los 19 bajos alcanzaron la fama, a excepción de Eduardo "El Nanche" Arozamena -después director de cine mudo y actor incidental en numerosas cintas en la etapa sonora-, y el español Francisco Paco Gavilanes, toda una leyenda en el teatro ligero.

Un solo actor figura en la relación: Miguel Inclán, padre de la tiple Guadalupe Inclán y del célebre histrión del mismo nombre que caracterizó villanos en la época dorada del cine mexicano.

De las 26 tiples de zarzuela citadas por la mencionada agencia, actualmente reconocemos a Delfina Arce, madre de Joaquín Pardavé; Esperanza Iris, quien se consagraría después como la Reina de la Opereta, y a la hermosa Elena Ureña.

De las 11 características -es decir, cantantes y actrices que interpretaban papeles de personas de edad-, sobresalió la española Etelvina Rodríguez, quien noche a noche hizo reír a los tandófilos del Principal.

Tomado de: Ceballos, Edgar - Somos Uno, especial de colección, Las reinas de la risa. Año 12, núm. 216. Editorial Televisa, S.A. de C.V., México, D.F., 2002)


miércoles, 12 de febrero de 2020

Lupe Rivas Cacho


Nacida en la ciudad de México en 1894, desde los 13 años de edad asistió al Teatro Apolo donde participó en zarzuelas y operetas. Meses después huyó de su casa para incorporarse a la compañía de Manuel Castro, padre del empresario y músico del mismo nombre.
Realizó giras por Guadalajara, Monterrey y Mérida, y el 19 de julio de 1916 debutó en el Principal de la ciudad de México, interpretando un personaje cómico en la pieza española El bueno de Guzmán.
El repentino éxito explica su ingreso al cine mudo, vía el "hermoso" cinedrama La muerte civil (1917), de Domingo de Mezzi, y su ascenso a primera figura en el Teatro Lírico (1920), donde, al frente de su propia compañía, fue iniciadora de la revista mexicana de la sátira política.
Recorrió varios países del continente, así como barrios bajos de la ciudad de México: La Candelaria, Tepito, la calle de Manzanares y La Merced, de donde se inspiró para crear personajes populares e, incluso, adquirir su vestimenta, la cual -previa desinfección-, empleaba en el escenario.
En La ciudad de los camiones, La República lírica, La tierra de los volcanes y La rifa galante encarnó a la borracha Petronila y a doña Grifa, quien alegremente cantaba la popular copla: 

"Por aquí pasó
por aquí pasaba
la mariguanita
y se las aventaba
con doña Juanita
que era su hermanita..."

En quiebra total
En 1922 Diego Rivera la tomó como modelo para representar a "la comedia", en un mural ubicado en el anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria. La actriz aparece caracterizada como una mujer de pueblo, con rebozo rojo, blusa deshilada y falda azul. Luce largas trenzas, enorme sonrisa y brillantes ojos.
A juicio de muralista, la Rivas Cacho resultaba en escena "el equivalente exacto, en belleza siniestra y en alta calidad estética, de los mejores dibujos de Orozco". De su actuación, dijo, "era decididamente genial".
De 1923 a 1926 realizó gira con su compañía por España, Brasil, Uruguay, Argentina y Colombia. En un teatro de Armería, ciudad colombiana, fue asesinado su esposo Juan Arozamena, hijo mayor de Eduardo "El Nanche" Arozamena y autor, entre otras canciones, de "Las chiapanecas", casi himno de aquel estado del sureste.
A su regreso a la ciudad de México -eclipsada por Celia Montalván, Lupe Vélez y la nueva estrella Delia Magaña-, se presentó en foros como el Principal (1928), y María Guerrero (1929). En este último escenificó Otro que se va a La...redo, Miss Mexico, Miss chilena, La peseta del Tepache, The Pingüica Follies, Se necesitan cueros, Tostón dejada, En la boca no, Nos viene Wilson, Chico, chicote; Al Tepache, manito; El fresco de Goya, Adiós Lupe y otras piezas ligeras.
Luego de una gira artística por América Latina, Europa y norte de África, quedó sin dinero en Londres, donde liquidó a su compañía y viajó a España.

Atrapada en la guerra
Sobre su estancia en Madrid, el franquista y libertino Álvaro Retana comenta en su Historia del arte frívolo (1964) que Lupe Ricas Cacho presentó un atrayente espectáculo de folclor mexicano, con atuendos típicos, "sin sofisticaciones". Después retornó, sufriendo la contrariedad de que la "sorprende en Madrid la subversión marxista".
Acompañada sólo por Conchita, su fiel ama de llaves, comenzó a sufrir los embates de la Guerra Civil Española.
El 2 de abril de 1937 se publicó una nota en el picante semanario Vea, donde se informó sobre el destino de la reina del teatro de revista y de su sobrina: "Al fin parece un hecho el regreso de Lupe Ricas Cacho. La célebre tiple cómica mexicana vivía hasta hace unos días en Madrid, en la casa que había comprado en una de sus calles céntricas, pero una bomba rebelde la destruyó, y [...] tuvo que cambiar de domicilio, teniéndose que refugiar en "La Casa de Villanueva" (,) a donde ha estado hasta últimas fechas en que se trasladó a Barcelona, para preparar su vuelta al patrio solar. Su sobrina estaba en Sevilla y también está haciendo gestiones para ir a Barcelona y regresarse a México con su tía".

Grandeza escénica
Antes de comenzar la Segunda Guerra Mundial, regresó a México para reaparecer en diciembre de 1939 en el Lírico. Después se retiró de los escenarios pero, en una temporada del recuerdo -de julio a septiembre de 1948-, se presentó al lado de María Conesa en el Teatro Arbeu y luego en el Fábregas, donde meses más tarde escenificó Lupelele.
En octubre de ese mismo año irrumpió en el cine sonoro con Comisario en turno, donde, bajo la dirección de Raúl de Anda, interpretó a una teporocha chillona. En tan sólo unos minutos se advertía la grandeza escénica de la recordable "Pingüica".
También actuó en Mariachis, de Adolfo Fernández Bustamante; El charro y la dama (ambas de 1949), de Fernando Cortés; Qué bravas son las costeñas y La culpa es de los hombres (las dos de 1954), y dirigidas por Roberto Rodríguez; Club de señoritas, de Gilberto Martínez Solares; ¡Viva la juventud!, de Fernando Cortés, y Mi canción eres tú (las tres de 1955), de Roberto Rodríguez.
En agosto de 1957 actuó en el teatro Gante en la obra Se solicita amante con referencias, de Maurice Dekobra. Después de largo receso, reapareció en los sets en 1964 para intervenir en la película Los hermanos muerte, de Rafael Baledón.
La Asociación Nacional de Actores (ANDA), le otorgó la medalla "Eduardo Arozamena" en 1970, y cinco años después falleció. Sus restos fueron inhumados en el panteón civil de Dolores.

(Tomado de: Ceballos, Edgar - Somos Uno, especial de colección, Las reinas de la risa. Año 12, núm. 216. Editorial Eres, S.A. de C.V., México, D.F., 2002)

lunes, 16 de diciembre de 2019

Lupe Inclán


En segundas nupcias, el actor Miguel Inclán procreó con María de Jesús Delgado a la tiple Guadalupe Inclán (1898-1956), y a Miguel Inclán (1900-1956), el despiadado villano de la Época de Oro del cine mexicano.
La actriz debutó en el teatro de revista como tiple cómica el miércoles 31 de diciembre de 1919 en la obra 19-20, de José F. Elizondo y Eduardo Vigil y Robles, estrenada en el Teatro Principal.
Sin embargo, esta experiencia compartida con Rosario Soler y Adelina Vehi, entre otras, resultó poco afortunada, ya que uno de sus cuadros -donde se exaltaba la figura de Porfirio Díaz como "héroe de la paz"-, derivó una noche en lluvia de proyectiles que culminó con la clausura del teatro-foro, y el arresto del director Eduardo Pastor.
En 1920 tuvo dos hijas gemelas: Gloria Alicia (fallecida en 1992) y Elena. Ambas debutaron en 1936 en el Teatro de la Tanda de Cuernavaca, estado de Morelos, bajo el sobrenombre artístico de Las Cuatitas. Gloria Alicia y el bailarín excéntrico Alfonso Jiménez "El Kilómetro" son los padres del cómico Rafael (Jiménez) Inclán.
En 1924 trabajó al lado de María Conesa en la revista Trapitos al sol, estrenada en el Teatro Regis.
Entre una veintena de participaciones en el cine sonoro, cabe resaltar sus actuaciones como la chismosa en María Candelaria (1943), de Emilio "Indio" Fernández; la mujer de Ponciano ("El Chicote") en Los maderos de San Juan (1946), de Juan Bustillo Oro; la criada Segunda en el tintanesco filme El niño perdido (1947); de Humberto Gómez Landero; Nicolasa en Las tandas del Principal (1949); de Juan Bustillo Oro; la portera doña Trini en El revoltoso (1951) de Gilberto Martínez Solares, y Chencha en Los hijos de María Morales (1952), de Fernando de Fuentes.
Mención especial merece su actuación en Capullito de alhelí (1944) que, bajo la dirección de Fernando Soler, le reportó ser nominada en 1946 al Ariel en la categoría de papel de Cuadro Femenino.

(Tomado de: Ceballos, Edgar - Somos Uno, especial de colección, Las reinas de la risa. Año 12, núm. 216. Editorial Eres, S.A. de C.V., México, D.F., 2002)

viernes, 15 de noviembre de 2019

El teatro en ciudad de México, de 1824 a 1826

(Teatro Principal)


En 1824 llega a México un buen actor español, Diego María Garay, quien forma la primera compañía seria de teatro que funcionó en la capital, es decir, sujetos los actores a una disciplina, a un sueldo fijo y a una dirección escénica. Garay, que era hombre hábil, de inmediato se enteró de las ideas liberales privativas de la ciudad, y para congraciarse con el público anunció en sus primeras representaciones el drama intitulado La virtud perseguida por la superstición y el vicio, que era una diatriba en contra de la Inquisición y de los inquisidores. La publicidad que hizo Garay fue tan directa en contra del clero, que las familias protestaron y las autoridades mandaron prohibir la representación. ¡A los tres años escasos de la proclamación de la Independencia y cuando no se hablaba de otra cosa en toda la República que no fuesen la libertad y los derechos del hombre! La censura teatral nació, pues, con la libertad de expresión. México ha hecho siempre honor a su fama de país de contrastes y de paradojas.
Pero no sólo las autoridades andaban un tanto atrasadas y sin hacer caso a las nuevas ideas de progreso: también el público seguía viviendo en pleno oscurantismo, como pudo darse cuenta un pobre italiano que recorría el mundo con su espectáculo de prestidigitación. El el mes de agosto de 1824 se presenta Castelli en el Coliseo Nuevo y los espectadores se santiguan horrorizados al ver cómo aquel hombre hace desaparecer los objetos, convierte el agua en vino y resucita a un pajarillo. ¿Prestidigitación? ¿Juego de manos? El público no conocía el significado de tales palabras; sólo daba crédito a sus ojos y aquello no era otra cosa que brujería. ¿Por qué habrá desaparecido la santa Inquisición?, se preguntaban, y decidieron convertirse ellos mismos en inquisidores y quemar en leña verde a aquel hechicero. El pobre de Castelli tuvo que abandonar el teatro a toda prisa, y la capital, y el país. José Joaquín Fernández de Lizardi, “El Pensador Mexicano”, lamenta la ignorancia y el fanatismo de sus conciudadanos desde las páginas del diario El Sol.
El estado del teatro Principal en 1825 era lamentable. Por desidia de los empresarios hacía muchos años que se le había abandonado y apenas si diariamente los mozos lo barrían con desgano. Los sanitarios despedían tales emanaciones, que los espectadores desde sus palcos y lunetas se veían obligados a llevarse a la nariz constantemente sus pañuelos empapados en perfume; pero en cambio, existía una pequeña capilla en la entrada que estaba siempre muy limpia, y a veces el santo que la ocupaba se veía iluminado por veladoras. El público, como ya se ha visto, tampoco era muy escrupuloso ni ilustrado, y las tertulias proseguían en voz alta una vez que ya había comenzado la representación, y en ciertas ocasiones una discusión entablada en un palco tenía un volumen mayor que el de la voz de los actores, de manera que el público se olvidaba de éstos y seguía con interés lo que se hablaba en el palco. Cuando terminaba un acto de la comedia o drama, en el intermedio aparecían cantantes a entonar coplas de actualidad, o bailarinas a ejecutar “sonecitos del país”, como se llamaba entonces a nuestro folklore. Entre bastidores se agolpaba un heterogéneo conjunto de petimetres que iban en pos de las cómicas, de criadas y vestidoras, de tramoyistas y de amigos, y todos comentaban en voz alta lo que les venía en gana y sus carcajadas se escuchaban por todo el teatro, así como la voz del apuntador, quien desde su concha dejaba escapar todo el torrente de su voz y todo el humo de su pestilente cigarro. Las decoraciones eran ya hilachos llenos de remiendos y de manchas, y el vestuario era el mismo para una tragedia de corte griego que para una comedia de Fernández de Moratín. A todo esto debe añadirse el desagradable olor que despedían las lámparas de aceite con que se iluminaba el escenario y el salón, y casi siempre las que estaban colgadas sobre los espectadores dejaban gotear incesantemente su viscoso líquido que manchaba los vestidos de las señoras. Este estado del teatro perduró por mucho tiempo, puesto que quince años después, en 1840, cuando llegó la marquesa Calderón de la Barca como esposa del embajador de España en México, en sus deliciosas cartas sobre La vida en México nos lo confirma.


(Tomado de: Reyes de la Maza, Luis - Cien años de teatro en México. Colección ¿Ya LEISSSTE?. Biblioteca del ISSSTE. México, 1999)

miércoles, 9 de octubre de 2019

El teatro en ciudad de México, de 1812 a 1821


Teatro del Coliseo nuevo (actualmente calle de Bolívar) Cambió de nombre a Teatro Principal el 1° de marzo de 1931
En ese año de 1812 se ofrecen magnas funciones en el Coliseo de comedias para honrar al triunfador de las batallas de Aculco y Calderón, al general que había diezmado los ejércitos insurgentes: Félix María Calleja del Rey, héroe popular en la capital al que le hicieron tantos homenajes de admiración y lambisconería, que el virrey Francisco Javier Venegas furioso y celoso, se negó a asistir a las funciones teatrales que fuesen en honor de Calleja, presintiendo seguramente que aquel hombre cubierto de gloria lo iba a destronar un año después, en 1813, cuando surge en el ambiente teatral de la aún llamada Nueva España la segunda figura artística de la que tenemos noticia en cuanto a popularidad y cariño del público. La primera fue Antonia de San Martín, hermosa y escandalosa primera actriz de finales del siglo XVIII y la segunda fue Inés García, graciosa y joven cantante que enloquecía a los espectadores. He aquí cómo nos la describe Enrique de Olavarría y Ferrari en su Reseña histórica del teatro en México: “El óvalo de su rostro, tenuemente apiñonado, se encerraba graciosamente en un marco de suavísimos cabellos negros, artificialmente rizados; negros y grandes sus ojos, miraban al medroso ante su hermosura con graciosa picardía; la boca era un canastillo de verdaderas gracias; pequeños y encendidos los labios, diminutos y blancos los dientes, embriagador y aromático el aliento…” Después de esta descripción, no es de extrañar que la noche de su beneficio en el citado año de 1813, Calleja ordenase a sus ayudantes que arrojaran al escenario, en el momento de aparecer la Inesilla, como era conocida cariñosamente por el público, más de cien onzas de oro, por lo que aquella noche la artista ganó 3,500 pesos entre lo que recaudó a la entrada y lo que le fue arrojado al escenario, sin contar las alhajas que le fueron enviadas a su camerino. En realidad debe haber sido muy hermosa la Inesilla, pero no se explica uno cómo Enrique de Olavarría, quien llegó a México en 1865, o sea cuando ya no vivía la Inesilla, puede asegurar tan enfáticamente que tenía “embriagador y aromático el aliento”. Licencias de romántico.


(Tomado de: Reyes de la Maza, Luis - Cien años de teatro en México. Colección ¿Ya LEISSSTE?. Biblioteca del ISSSTE. México, 1999)

martes, 5 de febrero de 2019

Julián Carrillo

 
Nació en Ahualulco, San Luis Potosí, en 1875; murió en la ciudad de México en 1964. Fue el último de los 19 hijos de Nabor Carrillo y Antonia Trujillo, ambos de origen indígena. A los 10 años de edad fue llevado por su madre a San Luis Potosí, donde estudió música con el maestro Flavio F. Carlos; aprendió a tocar primero los timbales y después el violín; en las mañanas ejecutaba responsos fúnebres en la catedral y por las noches actuaba en fiestas.
 
En 1895 compuso una misa a petición del párroco de San Juan de Dios. Ese año pasó a la Ciudad de México e ingresó al Conservatorio Nacional de Música; entre sus maestros se contaban José Rivera y Melesio Morales. El 23 de marzo de 1899, en una ceremonia en el Teatro Iturbide, se reveló como un virtuoso del violín, frente al presidente Díaz; becado por éste, marchó al Conservatorio Real de Leipzing, para estudiar composición con Salomón Jadasshon y violín en la orquesta de la Gewanghauss, bajo la dirección de Arthur Nikisch.
 
Un año después alternaba con Paderewsky, Camile Saint-Saëns y Puccini. En 1901 estrenó una obra y en 1904 ganó el primer premio en un concurso internacional de violín.
 
En 1905, al regresar a México, el general Porfirio Díaz le regaló un Amati.

Desde 1895, siendo alumno de física, acústica y matemáticas del doctor Francisco Ortega Fonseca, advirtió que al doblar cada cuerda por la mitad, ésta daba cada vez un octavo superior. Dividió después, ya no una cuerda completa, sino la distancia entre las notas la y sol, y encontró en ese intervalo 16 sonidos distintos. En los años siguientes logró 4,640 sonidos nuevos en la octava, de donde resultaron 37,120 en las 8 conocidas. A este descubrimiento le llamó Sonido 13, pues hasta entonces sólo se manejaban 12. Sobre estas bases, anunció el infinito musical, afirmando que pueden existir tantos sistemas musicales cuantos números hay. En 1911 viajó a Roma como delegado de México al Congreso Internacional de Música, donde presentó la ponencia Reforma a las formas clásicas de la composición. En 1913, al volver al país, fue nombrado director del Conservatorio Nacional. En 1914 marchó a Nueva York y fundó allí la Orquesta América.
 
 En 1925, en el Teatro Principal, ofreció un recital con obras basadas en los dieciseisavos de tono, y al año siguiente se presentó en el Town Hall de Nueva York con las mismas composiciones. En 1929 Leopold Stokoswky ejecutó en el Carnegie Hall un Concertino de Carrillo. En 1931 ambos dirigieron la Orquesta Sinfónica del Sonido 13. En 1950 Carrillo viajó a Europa llevando consigo un piano transformado, en el cual su hija Dolores tocó varias obras de la nueva música. En 1952 escribió Horizontes, para orquesta, en Sonido 13. Más tarde formó una colección de 15 pianos especiales, dio conciertos con ellos en el extranjero y los donó al Museo Nacional de Historia, junto con el manuscrito de su teoría.
 
Escribió 28 libros sobre temas musicales, y en uno de ellos presentó 13,300 escalas basadas en semitonos. Su Primera Sinfonía la compuso al comenzar el siglo XX. Es autor de numerosas composiciones, desde piezas ligeras para piano y violín, hasta sinfonías y óperas, como la titulada Matilde.
 
(Tomado de: Enciclopedia de México, Enciclopedia de México, S. A. México D.F. 1977, volumen II, Bajos-Colima)
 



jueves, 12 de abril de 2018

Luis Alcaráz Torras

Luis Alcaráz Torras



Nació en la Ciudad de México en 1910 (en los altos del Teatro Principal, propiedad de sus padres); murió en San Luis Potosí, S.L.P. en 1963. Estudió ingeniería mecánica, fue bibliotecario y matador de toros, y en forma autodidacta aprendió a tocar el piano. En 1928 formó su primera orquesta, debutando en el Teatro Palma de Tampico. Posteriormente se presentó por radio en el programa “Por la cultura y el arte” de la XEG. en unión de Agustín Lara y Gonzalo Curiel, contribuyó a crear lo que se llamó la “Época de oro de la canción mexicana” en el Teatro Politeama. Su primera canción (Quiero) la compuso en 1932, y posteriormente: As de corazones rojos,



Mentira, Distancia, Sortilegio, Prisionero del mar,


Viajera,


Bonita,



Antifaz y Quinto patio.


Fue uno de los primeros en grabar en México en sistema acústico. Su estilo, mezcla de la música de Glenn Miller y Harry James, lo llevó a ocupar el cuarto lugar en el mundo, según encuesta del Down Beat de Estados Unidos (1955). Recorrió con su orquesta Cuba, Puerto Rico, Panamá, Colombia, Venezuela, y República Dominicana. En Estados Unidos fueron los primeros mexicanos que actuaron en todo el territorio. Compuso la música para 24 películas, actuando en 10 de ellas. Está considerado como uno de los primeros organizadores de agrupaciones musicales. Perteneció además al sindicato de los grandes músicos de Estados Unidos.

(Tomado de: Moreno Rivas, Yolanda - Historia de la Música Popular Mexicana. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes/Alianza Editorial Mexicana. México, D.F., 1989)