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jueves, 3 de octubre de 2024

Daniel Zaragoza, el conocimiento del oficio

 


Daniel Zaragoza el conocimiento del oficio 



Daniel Zaragoza viene de una familia en la que el boxeo ha sido una pasión y una práctica comunes. Su padre, Agustín Zaragoza, fue boxeador profesional cuando la luz que emanaban los grandes ídolos de los años treinta, Casanova, Kid "Azteca" y Conde, oscurecía todo a su alrededor. Don Agustín, comentaría alguna vez, se dio cuenta de que no iba a trascender pero que lo que obtuviera de las tres o cuatro peleas semanales que realizaba en arenas pequeñas le ayudaría para sacar adelante a su familia. 

Después vino su hermano Javier, quien se entusiasmó con la posibilidad de representar a México en la Olimpiada de 1968. Ese espíritu lo llevó a obtener la medalla de bronce en la división de los gallos. Esas dos experiencias sin duda animaron a Daniel a decidirse por la práctica de ese deporte. 

En 1978 decidió asistir a las Olimpiadas y las próximas se realizarían en Moscú 1980. Llegar a los Juegos Olímpicos y ganar una medalla eran las metas que quería cumplir. En el camino de su preparación encontraría tres elementos fundamentales para su carrera: un amigo, Gilberto Román; un maestro, Rafael Beristáin, y -factor determinante- la fortaleza física y psicológica para llegar a ser un grande entre los grandes.

Las expectativas que llevaba a Moscú no se cumplieron. Si la decisión, en los inicios de su carrera, era sólo dedicarse al boxeo amateur, a su regreso y motivado por las buenas bolsas que le prometieron, determinó su entrada al profesionalismo. Debutó el 17 de octubre de 1980. Un día en que se preparaba para una pelea en puerta escuchó los gritos de "¡campeón! ¡campeón!" a la puerta del gimnasio. Eran para Pipino Cuevas, que había llegado. Se acercó a la ventana y vio un Corvette rojo estacionado: de él había bajado Cuevas. Daniel se prometió comprarse uno cuando fuera campeón. Siguió entrenando, ahora con más ganas. 

Para 1982 y con cerca de 15 peleas en su cuenta, se coronó campeón nacional de los pesos gallo. Ya como tal, las buenas bolsas llegaron y las defensas se sucedieron hasta que el 4 de mayo de 1985 enfrentó, como retador al campeonato mundial de los gallos, a Freddy Jackson, en Aruba. Zaragoza recuerda la pelea: "Era como las tachuelas para el águila descalza, tenía un estilo que nunca se me acomodó... pero lo vencí, gracias a que yo ya me sentía campeón mundial y no me iba a quitar el gusto este peleador.”

En su primera defensa perdió por decisión ante el colombiano Miguel Happy Lora; tuvo problemas con la báscula: "Ya no marcaba [el peso y] tuve un error garrafal, tremendo... me metí a la división 15 días antes... es de las peores tonterías que se pueden cometer pues se tiene que seguir corriendo duro, entrenando duro y sin comer... llegué muy debilitado a la pelea.”

Hasta el 29 de febrero de 1988, recibió la revancha, ahora en peso súper gallo. La pelea era ante otro mexicano que había tenido años de mayor Gloria, Carlos Zárate. La pelea se llevó a cabo en California y Zaragoza lo noqueó en diez rounds. Perdió el campeonato después de cinco defensas, frente a Paul Banke, en abril de 1990. 

Recibió su tercera oportunidad a los 34 años, contra el japonés Kyoshi Hatanaka. Daniel triunfó de nuevo y en Oriente el combate fue declarado la mejor pelea de la década. Perdió el título ante Tracy Patterson, el 25 de septiembre de 1993. El retiro estaba cerca. Pero, como Ave Fénix, volvió a ganar un campeonato mundial ante Héctor Acero; lo perdería finalmente ante otro mexicano. Daniel Zaragoza conquistó cuatro campeonatos mundiales, todos a base de disciplina y constancia.



(Tomado de: Maldonado, Marco A., y Zamora, Rubén A. - Cosecha de campeones. Historia del box mexicano II, 1961-1999. Editorial Clío Libros y Videos, S.A. de C.V., México, abril 2000)

lunes, 29 de julio de 2024

Sal(vador) Sánchez, el héroe trágico

 


Sal(vador) Sánchez el héroe trágico 

A principios de los años ochenta, las cabezas de los campeones mexicanos de la década anterior habían rodado por el suelo. Después del fulminante nocaut propinado por Thomas Hearns a Pipino Cuevas, la lista de destronados incluía a Alfonso Zamora, Guti Espadas, Miguel Canto y Carlos Zárate. 

Dos nombres, sólo dos, continuaban asociados a los títulos: Lupe Pintor y Salvador Sánchez. Por la forma en que Pintor se quedó con el título de Zárate, Sánchez era considerado el más sólido de nuestros campeones. 

Pero, a decir verdad, los inicios de la carrera boxística de Sal Sánchez, originario de Santiago Tianguistenco, Estado de México, no fue atendida con tanto entusiasmo ni siquiera cuando se anunció su pelea ante Danny "Coloradito" López por el campeonato mundial pluma para el 2 de febrero de 1980. 

Se le tenía como un peleador joven con ansias de conseguir el cetro y, a pesar de su potente pegada, los triunfos que había hilvanado eran considerados "nada del otro mundo". En 1977 fracasó en su intento por obtener el título nacional de la división de los gallos ante Antonio Becerra, quien además le quitó lo invicto. 

Danny López era un rival de cuidado. Ante Sánchez expondría por novena vez su corona. La juventud y la dinamita estaban del lado de Salvador, sólo era cuestión -se decía- de aguantarle los toletazos al "Coloradito". 

La pelea no fue nada fácil para Sánchez. Pero había estado estudiando a su oponente, quien no pudo conectar su dinamita sobre el cuerpo de Salvador. El mexicano dominó la pelea desde el principio. Se mostró impetuoso y combativo. Para el round número 13 aquello era una carnicería. Sánchez golpeaba casi a placer a López. El réferi detuvo la pelea. El de Santiago Tianguistenco era campeón del mundo y apenas contaba 21 años. 

Sánchez se convirtió en el hijo predilecto del boxeo mexicano. Su personalidad introvertida permitía que su sonrisa descubriera un rostro casi infantil. Jovial, sencillo y de vida tranquila, Sal Sánchez se convirtió rápidamente en modelo del deportista y de la juventud. 

Su estilo y su poderío -aún cuando su esmirriada figura lo ocultase- pronto lo colocaron como uno de los mejores boxeadores del mundo, al lado de Sugar Ray Leonard, Larry Holmes y Wilfrido Benítez. 

 Una de las mayores satisfacciones para Sal Sánchez y de seguro para todos los mexicanos, fue el nocaut que le propinó a Wilfrido Benítez cuando este osó disputarle la corona. El puertorriqueño llegó como favorito. Se le consideraba uno de los mejores boxeadores kilo por kilo. O Sánchez no lo sabía o no le importó. 

Desde el primer round el campeón impuso condiciones, administró su pelea, parecía que su propósito era castigar lo más posible al verdugo de los mexicanos. Benítez no encontró tregua. En el octavo asalto, el boricua cayó a la lona completamente destrozado. El nativo de Santiago Tianguistenco salió victorioso de una de las batallas más difíciles y decisivas de su meteórica carrera. 

Cuando se preparaba para su siguiente defensa, que sería la décima Sal Sánchez encontró la muerte en la carretera durante las primeras horas del 12 de agosto de 1982. Su Porsche alcanzó un camión y el impacto le quitó la vida. En la cúspide de su carrera, moría uno de los boxeadores más disciplinados, inteligentes y sólidos que ha conocido el pugilismo mexicano.


(Tomado de: Maldonado, Marco A., y Zamora, Rubén A. - Cosecha de campeones. Historia del box mexicano II, 1961-1999. Editorial Clío Libros y Videos, S.A. de C.V., México, abril 2000)

jueves, 30 de marzo de 2023

Lupe Pintor, una izquierda bien educada


Lupe Pintor: una izquierda "bien educada"

No fue quizá la mejor manera de llegar a una pelea de campeonato. Guadalupe Pintor, el noqueador de Cuajimalpa, se enfrentó al campeón gallo del Consejo Mundial de Boxeo, su compatriota y compañero de establo, Carlos "Flaco" Zárate.

Zárate era considerado uno de los noqueadores más temibles de los últimos tiempos y, con la experiencia que dan los años, había pulido su técnica boxística. La historia se volvía a repetir: de nuevo frente a frente madurez y juventud.

Las apuestas favorecían al "Cañas" y la afición mexicana se inclinaba, en su mayoría, por el de Tepito. Aunque el historial de Pintor no era tan contundente como el de su adversario, sí era para preocuparse: de sus últimas 22 salidas, en 18 había acabado con sus oponentes por el método del cloroformo.

Zárate contra Pintor, una misma escuela, una misma izquierda fulminante. Cara o cruz. Y lo que tanto temía Zárate aconteció: la pelea llegó hasta el límite. Los jueces vieron ganar a Pintor y, de alguna manera, mandaron a Carlos al retiro. Toda la prensa coincidió en que Zárate había sido despojado de su corona. Sin embargo, la verdad fue que no pudo contra Pintor en la única pelea de su carrera boxística en la que hubo 15 campanadas.

El reinado de Pintor no fue tan prolongado como el de su antecesor. Defendió con éxito ocho veces el título entre nocauts, victorias por decisión y un empate.

Lupe Pintor, conocido también como "El Grillo de Cuajimalpa", enfrentó cierta indiferencia por parte de la afición. Sólo en su lugar de origen tenía calidad de ídolo. En 1982 tuvo poca actividad, apenas y defendió una vez el título e intento infructuosamente obtener la corona de los supergallos antes del campeón, y verdugo acérrimo de los mexicanos, Wilfredo Gómez.

Parecía que la carrera de Pintor iba en franco declive. El Consejo llegó a desconocerlo en 1983 y para el mes de agosto de 1985 volvió a disputar el título supergallo, ahora ante el mexicano Juan Meza. Era su última oportunidad para obtener la corona en esa división ya que muchos consideraban que los mejores tiempos del de Cuajimalpa había pasado.

La mejor arma de los dos era de izquierda -considerada la mano buena en el boxeo-. La de Pintor estaba mejor educada, pero la de Meza era más explosiva.

El combate fue feroz -el Consejo lo consideró el mejor del año. Pintor tumbó tres veces a su rival para acreditarse una victoria por decisión unánime, en una pelea pactada a 12 rounds, según lo mandaba el recién modificado reglamento del Consejo para peleas de campeonato del mundo.

La victoria, escenificada en el Palacio de los Deportes en la Ciudad de México, provocó una locura colectiva entre los 15 mil espectadores presentes. Pintor por fin era un ídolo pero su carrera estaba por llegar a su ocaso. Cinco meses después, Smart Payakaroon le arrebata el título en Tailandia.


(Tomado de: Maldonado, Marco A., y Zamora, Rubén A. - Cosecha de campeones. Historia del box mexicano II, 1961-1999. Editorial Clío Libros y Vídeos, S.A. de C.V., México, abril 2000)

jueves, 16 de febrero de 2023

Carlos Zárate, un flaco de mucho peso

 


Carlos Zárate: un flaco de mucho peso

Los tiempos de "Mantequilla" se habían ido y las glorias del gran "Púas" formaban parte ya de la nostalgia. Nuevos nombres sin embargo incursionaban en el ambiente boxístico. Se hablaba de Miguel Canto, Pipino Cuevas, Alfonso Zamora y Carlos Zárate, muy jóvenes todos ellos.

Para Carlos Zárate, el boxeo representó una excelente oportunidad para dejar los pleitos callejeros que, según se cuenta, era de uno o dos por noche. "El boxeo para mí es menos peligroso -dijo en una ocasión-. La pelea dura es en la calle, cuando te tunden a patadas o agarran una piedra y ¡zas!, te dan con ella, o traen un fierro para enterrártelo."

En la calle templó su puño y en los cuadriláteros se manifestó como lo que fue durante su carrera, un peleador espectacular. Desde que el "Púas" Olivares conquistó el título mundial de peso gallo, esta división estuvo monopolizada por mexicanos. Rafael Herrera, Jesús Castillo y Rodolfo Martínez fueron los pugilistas que, después de Rubén Olivares, acapararon el cetro de los gallos.

Carlos "Flaco" Zárate, también apodado el "Cañas", empezó en el box de renta allá por 1970. Fueron cinco años dando golpes como profesional antes de arribar a su pelea de campeonato frente al púgil más técnico del momento, Rodolfo Martínez.

Zárate no sólo llegaba invicto al combate por el título, sino que promediaba 3.4 rounds por pelea. La prensa comentaba que Martínez pondría a prueba la resistencia de Zárate, pero pobre de él si lo alcanzaba un sólido puñetazo. Los 22 años del "Cañas" se medirían con los 29 de Martínez; en el box, la edad tiene su peso: juventud contra experiencia, como se dice.

Momentos antes de la pelea, Zárate le comento a su amigo el "Púas": "No dejaré que los jueces hagan cuentas. En cuanto sienta mi mano... ¡abajo!" Esa fue su filosofía. Martínez lo supo en el noveno round cuando, con un salvaje derechazo del "Flaco", visitó la lona. Y eso fue todo.

Zárate no sólo se convirtió en el nuevo ídolo de su barrio, Tepito, sino de toda la afición boxística del país. Carlos se volvió también uno de los consentidos de la prensa deportiva. Su golpe explosivo revivía los tiempos de ese box mexicano que descuidaba un poco la técnica para poner el acento en ese "gran tónico de la hazaña": el nocaut.

Cómo campeón, Zárate tuvo dos peleas de gran taquilla. Una, frente a Alfonso Zamora, el campeón gallo de la AMB, a quien noqueó en el cuarto asalto pero donde no estaba en disputa el título, y la otra, frente a Wilfredo Gómez, campeón mundial supergallo. El puertorriqueño Gómez le dio una tunda a Zárate, le quitó lo invicto y de paso lo mandó a saborear la lona: nocaut en el quinto.

El "Cañas" hizo nueve defensas en la división de los pesos gallo, todas ganadas por la vía rápida. Nunca dejó, pues, que los jueces determinaran al ganador. Sus puños eran el mejor e inapelable árbitro. El 3 de junio de 1979 en las Vegas, Nevada, Zárate se enfrentó a su compañero de establo -ambos eran manejados por "Cuyo" Hernández- Guadalupe Pintor. Esta pelea se esperaba desde mucho tiempo atrás, pero que el vedetismo del "Cañas" y de su mánager la habían pospuesto a placer. Pintor se quejaba de que el preferido del "Cuyo" fuera a Zárate. Presiones y dinero se unieron para que se concretara la cita.

Que la pelea no llegaría al límite programado, era evidente; ya se preveía nocaut seguro, viniera de cualquiera de las dos esquinas. Si la pelea se prolongaba hasta el round 15, ahí estarían, por fin, los jueces como protagonistas…


(Tomado de: Maldonado, Marco A., y Zamora, Rubén A. - Cosecha de campeones. Historia del box mexicano II, 1961-1999. Editorial Clío Libros y Vídeos, S.A. de C.V., México, abril 2000)


miércoles, 17 de marzo de 2021

Rubén el "Púas" Olivares

 


Rubén Olivares: "voy a ser campeón del mundo"

Cuando Rubén Olivares, joven menudo de la Colonia Bondojo, se paró frente al tormentoso "Cuyo" Hernández para, más que pedirle, exigirle que lo entrenara porque quería ser campeón, la determinación y el hambre no lo dejaban en paz. Nadie esperaba que aquel muchacho de cara picada y dientes irregulares llegaría a ser uno de los mejores campeones de todos los tiempos.

"Cuando yo descubrí quién era -cuenta el propio Olivares- y qué cosa me iba a justificar en el mundo, o sea, que me encantaban los madrazos y que iba a vivir de ello, el "Chilero" Carrillo me mandó a adquirir mi equipo y luego, ya con mi equipo de boxeo, me fui directo a ver al "Cuyo" Hernández para decirle que yo iba a ser campeón del mundo, y [él] se cagó de risa; [...] el "Chilero" [...] me tomó por su cuenta y me empezó a enseñar los secretos del boxeo. Lo primero que hice fue sombra. El "Chilero" me decía: "siéntate", "muévete" [...] luego me dijo: "Vamos a empezar por el escalafón", o sea a caminar lento, muy lento, con tu expresión corporal bonita; nada de parecer un pinche Cuasimodo".

Rubén entró al boxeo en el año de 1963 y el "Chilero" lo entrenó para las Olimpiadas de Tokio, de lo cual el "Cuyo" ni siquiera se preocupaba. Ingresó a la selección y de los cuatro contrincantes con los que se eliminó , noqueó a tres pero Fernando Blanco le ganó, gracias a la viveza y la experiencia ganadas a través de mucho tiempo dedicado al boxeo amateur. Las cosas en el Comité Olímpico se resolvieron, como siempre, en la trastienda y por recomendación. Un tanto descorazonado, Rubén le preguntó al "Chilero" qué iba a pasar ahora. Carrillo lo inscribió en el Torneo de los Guantes de Oro de 1964. Ganó el torneo sorprendiendo a propios y extraños; los nocauts le creaban fama de destructor y aguantador. Llegó a la final con la mandíbula fracturada, pero aun así derrotó a Juan Mancilla.

La opinión de todo el mundo es que Rubén Olivares nació para ser campeón. Lo cierto es que sin haber ganado ningún campeonato nacional lo presentaron rápidamente como contendiente al campeonato mundial de los pesos gallos. El primer título que disputó fue contra Lionel Rosse, el 22 de agosto de 1969. Este australiano, llamado "El Canguro de Melbourne", era conocido como verdugo de mexicanos. George Parnassus fue quien concertó el encuentro en el Forum de Inglewood, en Los Ángeles, California, y causó mucha expectación entre los mexicano norteamericanos y los aficionados latinos radicados en Estados Unidos.

El resultado de este combate sorprendió a los expertos pues Olivares venció a Rosse en el quinto round con una bella combinación de golpes, cinco para ser exactos: un jab, un gancho izquierdo arriba, un gancho de derecha a la mandíbula, castigó al hígado con otro gancho izquierdo para rematarlo con la derecha a la quijada. El "Canguro" cayó como regla. En ese momento había nuevo campeón mundial de peso gallo. Rubén había cumplido su primer sueño y el hambre había amainado.

Las diabluras del "Púas"

Una vez alcanzado el campeonato ante Lionel Rosse, el "Púas" saltó a la categoría de ídolo nacional. La prensa lo acosaba. La televisión no dejaba de apuntarle con las cámaras. Los dueños de cantinas donde pasaba a"echar la copa" se anunciaban como amigos del campeón. Su hablar cantado y cantinflesco lo parodiaron los cómicos de la época hasta el cansancio. Nadie podía dejar de notar las "diabluras" del campeón. La prensa lo seguía en sus desmanes y sus declaraciones podían hacer que se vendiera una buena tirada de los matutinos deportivos.

Vinieron las primeras defensas y los nocauts se sucedían uno tras otro. A la par que su fama crecía, el gimnasio lo cansaba. Como resultado, el 16 de octubre de 1970 perdió el campeonato mundial a manos del aguerrido guanajuatense Chucho Castillo, a quien ya había vencido meses antes, en lo que sería la primera victoria por decisión de su carrera. La pelea por el campeonato fue cansada; se trabó en un toma y daca del que salió perdiendo el "Púas".

Se concertó la revancha. La decisión se la dieron al de la Bondojo, quien volvió a lucir el gran fajín de campeón. Defendió su título varias veces y de nuevo lo perdería contra el mexicano Rafael Herrera. La báscula empezó a girar al ritmo de su fama. Decidió entonces trasladarse a la división inmediata superior. Se eliminó con Art Haffey para disputar el campeonato pluma, que conseguiría venciendo al japonés Zensuke Utagawa. La fortuna le sonreía de nuevo pero sus correrías y pachangas no dejaban de aparecer en la prensa deportiva. Los líos con su manager, Arturo "Cuyo" Hernández, se hicieron públicos y las declaraciones fueron cada vez más fuertes.

Más tarde, peleó contra el nicaragüense Alexis Argüello. El combate se llevó a cabo en el patio preferido de Olivares, California. La pelea empezó con un "Púas" decidido a satisfacer a su público. Inteligente, se movía de aquí para allá, sin presentarle al nicaragüense un blanco fijo. Pero la porfía de Argüello y la confianza de Olivares llevaron el combate a un final inesperado. En el round 13 un gancho de izquierda del retador pescó al campeón, dejándolo derribado en la lona para recibir la cuenta fatídica.

Olivares volvió a hacer campaña entre los plumas para disputar, el 20 de junio de 1975 en California, el campeonato a Bobby Chacón. La pelea sólo duró dos rounds; en el primero pelearon cabeza con cabeza, golpe por golpe, sin marrullerías. Al comenzar el segundo round, la expectación creció entre el público: los jabs de Olivares laceraban la cara del campeón; se retiraron hacia las cuerdas, donde siguieron combatiendo tozudamente. Un cruzado de derecha depositó en la lona al campeón. Éste se levantó lentamente a la cuenta de ocho. El de la Bondojo se le fue encima con una andanada de golpes hasta derribarlo definitivamente.

Sin embargo, la carrera del famoso "Púas" había entrado en picada definitiva. En la primera defensa perdió contra el africano David Cottey por decisión dividida. 

Después de esto su trayectoria continuó en zigzag, con más bajas que altas. Ya no sería nunca el mismo muchacho que empezó con el deseo de"comer con manteca", como había declarado a un periodista sorprendido por la franqueza y la seguridad del ídolo en ciernes.

(Tomado de: Maldonado, Marco A., y Zamora, Rubén A. - Cosecha de campeones. Historia del box mexicano II, 1961-1999. Editorial Clío Libros y Vídeos, S.A. de C.V., México, abril 2000)

jueves, 25 de julio de 2019

José Joe Becerra; otro mexicano en la antesala



El declive del "Toluco" ofreció la oportunidad a otro boxeador de convertirse en un grande del ring. Era de Guadalajara y Medel no pudo vencerlo en las dos ocasiones que lo enfrentó, en 1957. Más tarde fue campeón del mundo y el "Huitlacoche" dejó escapar la oportunidad de disputarle el cetro. Se trataba de José Becerra, el primer campeón universal de nuestro país hecho cien por ciento en estos suelos.
Becerra se ciñó la corona de los gallos de manera un tanto inesperada. La afición mexicana mantenía vivo el recuerdo de la triste derrota del "Ratón" Macías ante el francés Halimi, y veía con suspicacia el ascenso y el puño noqueador del tapatío. Lo mismo pasaba con la prensa. Sin negar las capacidades de Becerra -veloz, disciplinado, fajador, y de una izquierda demoledora-, comentaba cautelosamente cada una de sus peleas. Un miedo a "inflar" al púgil, tal y como sucedió con Macías, flotaba en el ambiente de la crónica deportiva.
José Becerra ingresó al profesionalismo en 1953. En sus primeros cuatro años, el tapatío sostuvo encuentros exclusivamente en provincia, sobre todo en su natal Guadalajara. En la ciudad de México, debutó ante José Medel -en marzo de 1957- y los capitalinos vieron a un peleador defensivo que se movía sobre la punta de los pies, pero efectivo a la hora de colocar los puños. A las arenas internacionales llegó al cabo de unos meses. En junio sostuvo un combate contra Johnny Ortega en San Francisco y peleó en aquel trágico 6 de noviembre de 1957, cuando el "Ratón" desilusionó a los miles de mexicanos que fueron a verlo ganar la corona mundial de los gallos. En esa ocasión, Joe Becerra subió al ring desmoralizado por la derrota de su compatriota y su rival, Dwghit Hawkins, lo noqueó en el cuarto episodio.
El año de 1958 esperaba a Becerra con algo más que victorias. En 11 meses sostuvo 11 peleas, diez ganadas por nocaut. Se vengó de Dwight Hawkins en su natal Guadalajara, donde estuvo grandioso. En la capital del país se enfrentó a Miguel Lassus, a quien dejó fuera de combate en el séptimo asalto. Fue a Los Ángeles y enfrentó al duro Willie Parker -quien ya había derrotado al "Toluco"- y lo ablandó a la segunda campanada. 20 días después, en esa misma tierra, derrotó al filipino Little César con poderoso nocaut en el cuarto.
Y así se fue perfilando hacia el objetivo mayor de cualquier boxeador: el título mundial. Becerra sabía que la única forma de convencer a la renuente afición y a la cautelosa prensa de su excelente boxeo. La propia Comisión de Box no quiso reconocerlo como el mejor boxeador de 1958, y sólo le otorgó el crédito de "mejor estelarista".
Su camino hacia el campeonato mundial sólo estaba obstaculizado por el italiano Mario d'Agata. La pelea se concertó para principios de enero de 1959. El reportero de Box y Lucha veía así el escenario antes del combate: " El viejo caserón Olimpic donde Bolaños dejó en la lona el estilo y la gracia ante Aragón; donde pulverizaron al "Pajarito" Moreno, donde las marchas eran brillantes y el futuro ilimitado, ha sido cortado a raíz." ¿Temor o ganas de conjurar los demonios de Los Ángeles? Becerra ganó por nocaut en diez asaltos y México tenía a un boxeador otra vez en la antesala del cetro mundial.

Primer campeón mundial hecho en México

El horno para la pelea entre Becerra y Halimi se fue calentando. La función se pospuso tres veces. Primero se anunció para fines de abril, luego para el 13 de mayo y, finalmente, para el 3 de junio -fecha que también se cambió. El alargamiento del encuentro de campeonato, señalaban los editoriales de la prensa deportiva, quizá acarrearía funestas consecuencias. Becerra podría perder en la báscula, advertía uno de ellos, y, a manera de conclusión, añadía: el "aplazamiento puede ser un sarcófago para Becerra".
La fecha se fijó para el 8 de julio. Entonces sí, hizo su aparición la incertidumbre. " Pero… ¿podrá con Halimi?", "¿Logrará lo que no pudieron el "Ratón" y el "Pájaro?"; titulares como éstos se encontraban a lo largo de la prensa escrita. En cambio, con Halimi todo era certeza: que llegaría al combate como "un verdadero roble" que "usa camisas con cuello 40 y tiene una musculatura de 'Cavernario' Galindo" que "es un atleta consumado y un auténtico profesional del ring"... ¿Se estaba preparando a la afición mexicana para la derrota de la "Esfinge" de Guadalajara?
Para despejar la duda estaba Becerra, y para ver el resultado, 14 mil espectadores en la nueva Arena Deportiva de Los Ángeles. Las apuestas favorecían al francés en proporción de dos a uno. Desde que sonó el primer gong, ambos boxeadores salieron decididos a dejarlo todo en el cuadrilátero. Halimi se fue sobre retador los dos primeros rounds y con un tremendo derechazo consiguió que Becerra se tambaleara. El mexicano, a partir del tercero, se lanzó a la ofensiva. Y para restarle efectividad a las ágiles piernas de Halimi, Joe buscó sobre todo el cuerpo del campeón para ablandarlo. Los ganchos izquierdos al hígado y al plexus del francés hicieron mella en éste. Para el quinto episodio, Halimi dejó de buscar el cuerpo a cuerpo y prefirió huirle al retador. Para entonces, Joe Becerra era el amo del ring.
La campana del octavo levantó de su esquina a un Halimi visiblemente dañado por las descargas de su oponente. Becerra decidió, entonces, terminar la pelea. Se fue sobre el campeón con una combinación de golpes que selló con un sólido gancho de izquierda a la mandíbula y ¡hasta luego, campeón! El francés cayó a la lona, mas logró ponerse en pie a la cuenta de cuatro, sólo para que Becerra le soltara una andanada de golpes. A los dos minutos y dos segundos del octavo asalto, Halimi cayó de nuevo y escuchó en la lona la cuenta de diez. México tenía su primer campeón mundial nacido y hecho en nuestras tierras.
El recibimiento en la capital fue apoteósico. Cien mil personas lo esperaron en el aeropuerto. El presidente Adolfo López Mateos no sólo lo recibió sino que le entregó su reloj como un presente. Becerra le había prometido el cinturón mundial de los gallos y había cumplido. Por órdenes del Ejecutivo, el nuevo campeón fue internado para su recuperación en el Hospital Central Militar.
El tapatío retuvo dos veces el título. Su primera defensa la hizo ante el mismo Halimi, en febrero de 1960, y la segunda ante el japonés Kenji Yonekura, en Tokio, en mayo del mismo año.
Un extraño nocaut que le propinó Eloy Sánchez en el cuarto round, en agosto de 1960,  lo motivó para anunciar su retiro. Muchos dijeron que la inconsistencia de Becerra mermaba su calidad de campeón. De su retiro, su manejador Pancho Rosales comentó que lo decidió para someterse a una operación quirúrgica, pues el boxeador tenía un problema que le ocasionaba serios dolores: tres testículos -uno de los cuales quizá ya no le hacía falta.

(Tomado de: Maldonado, Marco A., y Zamora, Rubén A. - Cosecha de campeones. Historia del box mexicano II, 1961-1999. Editorial Clío Libros y Vídeos, S.A. de C.V., México, abril 2000)

viernes, 31 de mayo de 2019

José “Huitlacoche” Medel



José “Huitlacoche” Medel fue un peleador hábil, rápido y de puños poderosos. Su manejo de la técnica era una cualidad que pocos boxeadores, en aquellos años, llegaban a desarrollar. Pero carecía de esa atracción que convierte a un buen púgil en objeto de idolatría. Aunque el escaso apoyo popular tuvo también otra razón: su inconsistencia. Cuando se trataba de defender el cetro lo hacía como un verdadero campeón; en cambio, en otras peleas, se comportaba como un bufón. El público no hacía concesiones ante la falta de entrega de Medel.


Pero había algo más, difícil de explicar pero bien digerido por la fanaticada: la afición nunca le perdonó a José Medel haber derrotado al ídolo del momento, José “Toluco” López y, además, ponerlo a un paso del retiro.


En un encuentro que la Comisión de Box organizó para definir al retador del “Toluco”, Medel y Lalo Guerrero se midieron en una memorable pelea, en octubre de 1958, que ganó el primero. Desde entonces, el “Huitlacoche” se declaró listo para compartir el ring en pelea titular contra el “Indio” de El Oro. Después de una serie de vicisitudes, en México y en el extranjero, “Toluco” cumplió con su compromiso de “recuperar” el cinturón que los comisionados le habían retirado por no defenderlo en los tiempos reglamentarios.


La pelea, como era de esperarse, levantó una gran expectación, y no sólo por el magnetismo del “Toluco” sino por la consolidación de Medel como un buen peleador de peso gallo. La cita fue en la Arena México, el 1° de agosto de 1959. Dos veces cayó “Toluco” a la lona, cuatro rounds le duró la condición física, ocho episodios más estuvo en el cuadrilátero sin atinar, falto de piernas, lento de reflejos. Luego, la decisión esperada: Medel era el nuevo campeón.


Fue una victoria merecida, tanto por la forma en que llevó la pelea esa noche, como por la trayectoria que fabricó durante años. Medel, originario de Tepito, fue otro de los que fracasaron en los Guantes de Oro cuando quedó eliminado en 1956. Ese mismo año debutó como profesional. Los dos siguientes fueron de incertidumbre y vaivenes entre derrotas, buenas peleas y pésimos combates.


Después de vencer al “Toluco”, se midió con el campeón mundial de los gallos, el brasileño Eder Jofre, quien lo sorprendió con un nocaut en el décimo asalto. Luego vino la pelea de revancha contra “Toluco”. De nuevo la afición ocupó todos los espacios de la Arena México, en noviembre de 1960, “fecha triste en la historia del boxeo mexicano”, apuntarían algunos. “Toluco” López -quien a principios de ese año parecía que entraba en su segundo aire- recibió la paliza de su vida. Desde el quinto round “Toluco” ya ni levantaba la cabeza; dos más y el mexiquense cayó a la lona. La grandeza de Medel se originó en la decadencia del gran ídolo de El Oro.


La carrera del “Huitlacoche” continuó entre vaivenes. “Incertidumbre, inconsistencia y fracaso cuando más necesario era el éxito. Excelente peleador, pero repudiado por las multitudes.” así describía Deporte Ilustrado, en 1965, la carrera de José Medel. Los años que duró como campeón portó la corona sin mayor lucimiento. La gente lo odiaba y sólo los de Tepito, su barrio, lo seguían con particular devoción.


(Tomado de: Maldonado, Marco A., y Zamora, Rubén A. - Cosecha de campeones. Historia del box mexicano II, 1961-1999. Editorial Clío Libros y Vídeos, S.A. de C.V., México, abril 2000)



jueves, 16 de mayo de 2019

José “Toluco” López


¡Cuántos nombres tienen los dioses!


José López nació el 21 de junio de 1932 en un pueblito minero llamado El Oro, en el Estado de México. Que creciera en el barrio bravo La Retama, en Toluca, pasara hambre junto a su familia, quedara huérfano a los siete años y con inclinaciones de buscapleitos a la menor provocación fueron, tal vez, señales de que su destino se dibujaba con claridad: boxeador o albañil, como sus hermanos. Ésa fue la disyuntiva para Pepe López.


Aunque, a decir verdad, la idea de ser boxeador se la sugirió Marcelo Reyes, campeón mexiquense en aquel tiempo. Según cuentan, Reyes observó casualmente a un muchachito desgarbado y flacucho en un pleito callejero, y vio cómo le atizaba golpes de derecha a su espontáneo oponente. Ahí mismo, Marcelo le dijo: “¿Por qué no te dedicas al boxeo? ¡Tienes pasta!” A la respuesta afirmativa de José, el boxeador respondió: “Entonces, desde mañana me cargas la maleta.


En 1953, Pepe entró al profesionalismo, y al cabo de un año, cuando buscaba la licencia para pelear con Babe Ruiz, el médico de la Comisión de Box, Bolaños Cacho, al llamarle gritó: “¡Que pase ese “Toluco”!” La invocada estrella de José “Toluco” López iniciaba el ascenso hacia el cielo del boxeo mexicano y mundial.


Dos años más tarde, en una excitante pelea tanto para el retador como para el campeón, “Toluco” López se quedaba con el título de la división de los gallos venciendo al experimentado Fili Nava. El nuevo monarca se convirtió de inmediato en un ídolo de la afición capitalina. Sus peleas garantizaban llenos en las plazas. La popularidad del pugilista mexiquense no tenía parangón. La gente se arremolinaba en el gimnasio donde entrenaba y lo cargaba en hombros después de cada pelea.


Lo llamaban "Indio” o “Aborigen” por las facciones de su rostro, y se referían a él como el “Volátil”, “Ave Tempestuosa”, el “Niño de la Botella”... vaya usted a saber cuántos epítetos tenía en cada casa el “Toluco”. Esto no significaba más que el deseo de cada persona o grupo por apropiarse del ídolo, invocandolo de maneras diversas e íntimas. ¡Cuántos nombres tienen los dioses! ¡Cuántos rostros! El “Toluco” estaba hecho con el material de las frustraciones y ambiciones del pueblo.


Su primera defensa del título nacional la hizo frente a Emilio de la Rosa en la Coliseo, el 25 de febrero de 1956. Fue un triunfo rotundo del campeón. Meses después se proyectó un gran encuentro: “Toluco” López contra “Pajarito” Moreno. Se hizo la promoción y los manejadores de ambos boxeadores firmaron el contrato debido. Pero el “Toluco” se había comprometido a sostener un pleito en el Toreo de Cuatro Caminos por esas fechas, con el argumento de que Pepe Hernández no era más su mánager, y por lo tanto, el contrato carecía de validez. No hubo pelea. La Comisión resolvió inhabilitar al “Toluco” -por incumplimiento de contrato- durante seis meses.


Con su nuevo mánager, el tormentoso “Cuyo” Hernández, decidió probar fortuna en el extranjero. Pero Los Ángeles todavía no estaba lista para él, y se percató de que su popularidad descendía en las regiones del nopal. Regresó a México en 1957 y fue declarado el mejor boxeador de ese año. Derrotó al campeón gallo de Cuba, “Lagartija” Reyes, y el público de nuevo se le entregó. No se había visto un ídolo así desde la época de Rodolfo “Chango” Casanova.


Ahora sí, se declaró listo para conquistar el campeonato mundial.


¡Ese mi “Toluco”!


El primero de abril de 1958, los fanáticos cumplieron con su papel de hacedores de ídolos. Los mexicanos que asistieron esa noche al Wrigley Field de Los Ángeles, California, tenían todas las esperanzas puestas en la victoria de Ricardo “Pajarito” Moreno y terminaron por llevarle serenata a José “Toluco” López. El “Pajarito” perdió en aquella fecha las aspiraciones para coronarse campeón mundial ante Kid Bassey. El “Toluco”, en cambio, dio el gran salto de su carrera al derrotar, en 11 dramáticos episodios, a Billy Peacock.


Nunca se había presentado el caso -comentaría la prensa días después- en que se dejara de lado a un ídolo y se fuera a ensalzar a un nuevo elegido, en la misma función. El “Toluco” se encontraba ante la oportunidad de su vida: la disputa por el título mundial gallo. Pero “¡ése mi Toluco!” la dejó ir.


Después de la victoria vinieron las exigencias: que el “Indio” de El Oro no se dejara seducir por Parnassus; que se arreglara de inmediato la pelea contra el campeón gallo, el francés Alphonse Halimi; que el “Toluco” no estaba para pelear por pescado frito; que él y el “Cuyo” cobrarían 30,000 dólares por la pelea. En fin, el ambiente estaba de ensueño para el boxeador del Estado de México.


Luego vino la calma de la incruenta realidad donde trabajan el negocio y la espera. El griego Parnassus puso como condición para la pelea “Toluco”-Halimi que el ídolo mexicano enfrentara primero a Mario D’Agata. Esta función se proyectó para septiembre de 1958 en San Francisco, California. Pero el “Toluco” no estaba para esperas largas que lo obligaran a meterse al sacrificio del gimnasio. Prefirió, entonces, pegarle a la botella con verdadero entusiasmo. El “Toluco”, en esa época, se “tiró a la bartola sabrosamente”, tuvo algunas peleas en provincia, cayó vencido en unas, salió triunfante en otras… y así repitió la misma cantaleta de siempre: los mexicanos no llegan a campeonato alguno, se quedan en el “ya merito”.


Aun antes de su pelea contra Peacock, el semanario Box y Lucha enjuiciaba duramente al púgil: “Las francachelas, los días sin huella, las correrías de “Toluco” López, desentonan en la actualidad, y hasta su propio mánager, “ Cuyo” Hernández, no ha titubeado en decir a los cuatro vientos que el chico con la buena mano derecha, es un irresponsable y nosotros agregamos, un tonto con la cabeza llena de estopa.


Pero los problemas del “Toluco” no se limitaron a sus parrandas frecuentes. Por no defender la corona nacional de los gallos en los tiempos estipulados, la Comisión de Box lo suspendió y luego le quitó el fajín por negarse a pelear contra José Medel, el retador, que ya tenía tiempo en sala de espera. Y hubo más. Se peleó con su mánager, “Cuyo” Hernández -aunque éste siguió cobrando su comisión por pelea sostenida de su discípulo-, y medio lo dirigió su compadre Babe González. Por todos lados le llovía al “Toluco”.


Finalmente, José López se declaró listo para enfrentar a Medel. Empresa, Comisión, mánager y boxeador llegaron a un acuerdo y se programó la gran función para el primero de agosto de 1959. “¿En qué round caerá Medel a la lona?”, se preguntaban los fanáticos. La respuesta la tenía Medel en sus puños y en su preparación física.


(Tomado de: Maldonado, Marco A., y Zamora, Rubén A. - Cosecha de campeones. Historia del box mexicano II, 1961-1999. Editorial Clío Libros y Vídeos, S.A. de C.V., México, abril 2000)