Orozco critica el “Manifiesto” del sindicato de pintores, 1945.
Las ideas que proponía el Manifiesto del Sindicato de Pintores y Escultores Revolucionarios dieron la base teórica para que la pintura mural pudiera arrancar en 1922. Sin embargo, cada artista entendió a su manera los postulados de ese texto, redactado fundamentalmente por Siqueiros. Y encaminó su pintura por el rumbo que sus propias cualidades y su propio talento le dictaban. De ahí que "hija" del mismo texto fundamental, la pintura de los muralistas haya sido tan diferente como diferente era el genio de cada uno de ellos.
En 1940 la situación artística había cambiado en muchos aspectos, y el texto de 1922 sonaba lejano y extraño. José Clemente Orozco, el gran pintor y uno de los firmantes del Manifiesto ("Siqueiros redactó y nosotros aprobamos y firmamos...", dice), criticaría aquel texto con la actitud, ironía destructiva y agudeza que caracteriza su Autobiografía de 1945. Su crítica, a veces exagerada es, sin embargo, claro ejemplo de la postura de un pintor de su talla a más de veinte años de iniciado el movimiento muralista.
"Por ese camino se llegó al llamado arte proletario", hijo legítimo del Manifiesto del Sindicato de Pintores y Escultores. El arte proletario consistía en pinturas que representaban obreros trabajando y que se suponían destinadas a los obreros. Pero eso fue un error, porque a un obrero que ha trabajado ocho horas en el taller no le resulta agradable volver a encontrar en su casa obreros trabajando, sino algo diferente que no tenga que ver con el trabajo y que le sirva de descanso. Pero lo sorprendente es que el arte proletario fue comprado a muy buenos precios por los burgueses, contra los cuales se suponía iba dirigido, y los proletarios comprarían con todo gusto un arte burgués si tuvieran dinero para ello, y no teniéndolo se deleitan surtiéndose de cromos de calendario que representan doncellas indolentemente reclinadas en pieles de oso o un caballero elegantísimo besando a la marquesa a la luz de la luna en la terraza del castillo. Las salas de las casas burguesas están llenas de muebles y objetos proletarios, como petates, sillas de tule, ollas de barro y candeleros de hojalata, mientras que un obrero, en cuanto tiene dinero para amueblar su casa, compra un pullman forrado con gruesos terciopelos, un breakfast o desayunador o un juego de muebles rarísimos construidos con tubo de fierro niquelado, gruesos cristales y espejo biselado…
"La avenida Madero y la avenida Juárez están llenas de tiendas con objetos proletarios. Para comprar telas de seda hay que ir a La Lagunilla…
"En la época del indigenismo agudo se identificó al indio con el proletario, sin tener en cuenta que no todos los indios son proletarios ni todos los proletarios son indios. Y entonces vinieron los cuadros indo proletarios, también hijos del Manifiesto del Sindicato. Todos estos cuadros fueron a dar a los Estados Unidos, a manos de gente de raza blanca. Ni los indios de aquí ni los de allá tuvieron nunca la menor noticia sobre tales cuadros en los cuales se exaltaba su raza…”.
Después, refiriéndose a la relación entre el artista y la colectividad, dice:
"El arte interesa a todos y desgraciadamente también el no arte interesa por igual y a veces más... Las peores películas son las que duran más en la pantalla…”.
"El problema puede plantearse en otra forma: es el artista el que crea una obra que va a imponerse a la colectividad... o es la colectividad la que tiene que imponer al artista su gusto y sus preferencias. Hay que saber primero de cuál colectividad se trata, de cuál clase social, de cuál raza, de cuál edad, de cuál grado de educación. También sería interesante saber si es la colectividad misma la que va a imponer su gusto al artista o lo hará por medio de representantes, y entonces se complican las cosas, porque ¿quiénes son los representantes de la colectividad y cómo podrían interpretar fielmente los gustos de su representados? Antes que nada habría que averiguar si las colectividades tienen realmente un gusto ya formado. Desde luego, sí lo tienen: a la mayoría le gusta mucho el azúcar, la miel y el caramelo. El arte diabético. A mayor cantidad de azúcar, mayor éxito... comercial.”
(De J. C. Orozco, Autobiografía, México, 1970.)
(Tomado de: Manrique, Jorge Alberto - El arte contemporáneo. Historia de México, tomo 12. Salvat Mexicana de Ediciones, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1974)

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