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lunes, 15 de junio de 2026

El Valle de México, 1844


El Valle de México, 1844 

Figuraos que os hayáis en lo alto de una montaña que se levanta hasta cerca de dos mil pies sobre el nivel del valle y nueve mil sobre el del mar. Sobre vuestra frente se extiende un cielo sin nubes del más acabado azul, y una atmósfera tan pura y diáfana que los objetos situados a muchas leguas de distancia se ven tan nítidamente como si se hallasen al alcance de la mano. De primer intento os impresiona la escala gigantesca: sentís como si estuvieseis contemplando un mundo. Ningún otro panorama de valles y montañas ofrece un conjunto semejante, porque en ninguna otra parte son las montañas tan altas y a la vez el valle tan espacioso y tan colmado de semejante variedad de tierras y aguas. El llano que se dilata a vuestros pies es por extremo liso: circúndalo un cinturón de doscientas millas de montañas prodigiosas, las más de las cuales han sido volcanes activos y que ahora están cubiertas unas de nieve y otras de bosques. Encierra grandes mantos de agua que más parecen mares que lagos; está sembrado de incontables aldeas, granjas y plantíos; de su suelo se levantan eminencias que en cualquier otra parte del mundo se llamarían montañas, pero que, vistas desde aquí, no parecen sino simples montículos fabricados por hormigas. 


(Tomado de: Brantz Mayer, México, lo que fue y lo que es. México, Universidad Nacional Autónoma, 1953. Carta VII. La edición original es de 1844.

Tomado a su vez de: García Martínez, Bernardo - El territorio mexicano de 1940 a 1970. Historia de México, tomo 12 Salvat Mexicana de Ediciones, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1974)

sábado, 17 de septiembre de 2022

Expansión territorial y conquistas siglo XVI, II

  


Fundaciones

Las expediciones militares fundaron en su recorrido villas y fuertes que corrieron diferentes suertes. Unas se conservaron, otras con el tiempo se despoblaron y desaparecieron. Muchas de ellas originaron nuevos centros, que a su vez sirvieron de punto de partida para la penetración en territorios desconocidos.

Una de las principales fuerzas que movieron este avance paulatino a territorios inexplorados fue la misma que empujó a algunas expediciones militares: la búsqueda de metales preciosos. Pequeños grupos de hombres se internaban en tierras de chichimecas, impulsados por alguna vaga noticia acerca de la existencia de vetas. Los poblados fundados a causa de ello eran, a su vez, origen de otros.

Así como la expedición de Francisco de Ibarra tuvo su génesis en la zona minera de Zacatecas, se estimuló la formación de poblaciones en la zona del Bajío; en un principio fueron presidios (lugares donde estaba destacada una fuerza militar) y crecieron gracias al comercio que se efectuaba con la región minera. Tal es el caso de San Miguel el Grande.

Por 1554, los chichimecas comenzaron a asaltar y robar sistemáticamente las carretas que transitaban con mercaderías rumbo a Zacatecas. Al principio se intentó detener estos asaltos mediante una campaña militar, organizada por don Luis de Velasco, quien puso a Francisco de Herrera al frente de numerosos soldados. Pero esta fuerza no consiguió dominar a los indios, los cuales sistemáticamente se refugiaban en sitios inaccesibles ante la presencia de los soldados. Otras campañas militares, como la de Hernán Pérez de Bocanegra, consiguieron el mismo resultado.

Se vio, pues, que era indispensable buscar otra manera de proteger la seguridad de los caminos; la mejor manera de conseguirla sería fundar otras poblaciones además de San Miguel el Grande, que fueron Celaya, Aguascalientes y León. Pero estas fundaciones no bastaron para contener a los chichimecas, los cuales siempre encontraban un lugar o un momento propicio para atacar, de manera que se trató de lograr un acuerdo de paz con ellos. Un mestizo llamado Miguel Caldera estableció conversaciones con los indios y, finalmente, en la época de don Luis de Velasco el segundo, se logró la paz. El virrey comprometióse a darles carne para su sustento. En cambio, ellos aceptaron que se fundaran poblados de indios y de españoles en las regiones que habitaban. Así nacieron San Luis de la Paz, San Miguel Mezquitic y Colotlán.

También la ganadería originó el que se abrieran nuevos territorios a la expansión española. La rápida reproducción del ganado creó grandes problemas a la agricultura en las zonas centrales de Nueva España. Los cultivos de las regiones de Tepeapulco, del valle de Toluca, de Oaxaca y Jilotepec eran destruidos con mucha frecuencia por los rebaños; para evitarlo, el virrey ordenó que se dirigieran a zonas donde había grandes extensiones de tierra despoblada. Así fue como en los años posteriores a 1540 se inició el establecimiento de estancias ganaderas en tierras habitadas por chichimecas. Se introdujo la ganadería en los llanos de San Juan del Río, en la región de Apaseo y en Querétaro. Antes del descubrimiento de las vetas de plata, Guanajuato existía como estancia de ganado, propiedad de Pedro Muñoz. A medida que las regiones fueron aumentando su población, el ganado fue conducido más al norte; y con el tiempo llegó a ser una de las causas del nacimiento de grandes haciendas, como la de Francisco de Urdiñola, gobernador de Nueva Vizcaya, en Coahuila, a principios del siglo XVII.

Fundaciones hechas por indios.

El papel representado por los indios sedentarios en la colonización y población del virreinato de Nueva España es de suma importancia. Ya en las primeras expediciones que se llevaron a cabo para acrecentar el dominio español se encuentran los grandes ejércitos de indios aliados que las acompañaban. Pedro de Alvarado condujo tlaxcaltecas a Guatemala. De Tlaxcala, Huejotzingo y Cholula procedían los indios que auxiliaron a Nuño de Guzmán en la conquista de Nueva Galicia. Ibarra, Carbajal y Oñate utilizaron sus servicios, y cuando se consideró indispensable la colonización de Texas, los tlaxcaltecas fueron llevados también allí.

Pero no sólo se recurrió a ellos en las campañas militares, sino que como pacificadores fueron enviados para fundar en regiones alejadas de sus centros de origen. Se pensaba que ante el ejemplo de su vida, que transcurría en forma pacífica y organizada, los indios nómadas terminarían, a su vez, por aceptar ser reducidos. Así, fray Juan de San Miguel estableció con guamares, otomís y tarascos el pueblo de San Miguel, conocido actualmente como el Viejo para distinguirlo de la población española que se formó años después con el fin de detener los ataques de los chichimecas.

Cuando don Luis de Velasco logró la paz con estos últimos, se llevaron cuatrocientas familias de tlaxcaltecas, que fundaron Tlaxcalilla (muy cerca de San Luis Potosí), San Miguel Mezquitic, San Andrés y Colotlán. Para evitar que Saltillo continuara despoblándose, Francisco de Urdiñola fundó muy cerca San Esteban de la Nueva Tlaxcala.

Las poblaciones establecidas por las autoridades españolas con fines civilizadores tuvieron una organización especial que favorecía el que los indios ofrecieran menos resistencia a abandonar sus lugares de origen. A los habitantes se les dotaba de tierras y agua, se prohibía la proximidad de estancias propiedad de españoles, e incluso se limitaba su paso por ellas. Se les autorizaba tener ganados y poseer caballos, y sus parroquias eran administradas por frailes. No siempre se logró mantener estas condiciones, porque los españoles, que vivían o tenían estancias en las regiones donde estos pueblos se fundaron, trataban de obligarlos a trabajar en su provecho y procuraban apoderarse de las tierras que consideraban buenas, haciendo caso omiso de las disposiciones existentes para la protección de estos poblados. No fue posible conseguir la fusión de los indígenas llevados del centro con los nómadas que aceptaban reducirse, porque los primeros siempre miraron con menosprecio a los segundos.

Aparte los movimientos de población india, a los que nos hemos anteriormente, hubo otros hacia el norte, en que en forma espontánea un gran contingente de indios se dirigió en busca de la libre contratación a las zonas mineras y a las estancias de ganado.

La expansión misional.

A partir del territorio conquistado por Hernán Cortés, las órdenes religiosas extendieron sus labores misionales hasta regiones distantes y desconocidas. Los frailes seguían instaurando nuevos centros para la predicación, sin esperar que nuevos establecimientos de españoles dieran a los lugares una relativa seguridad. En esta actividad son muy conocidos fray Juan de San Miguel, quien predicando recorrió tierras que ahora pertenecen al estado de Guanajuato; fray Bernardo Cosin llegó al actual estado de San Luis Potosí; fray Andrés de Olmos evangelizó la Huasteca; fray Andrés de Segovia y fray Miguel de Bolonia, en 1541, fundaron el pueblo de Juchipila; fray Agustín Rodríguez, en 1581, predicaba en territorios inexplorados, los cuales en la actualidad pertenecen al estado de Chihuahua, y fray Juan de Larios, en 1674, fundó la misión de San Francisco de Coahuila. Los misioneros redujeron a muchos indios, que terminaron por adaptarse a la vida sedentaria, y facilitaron el posterior establecimiento de centros españoles, que encontraban en estos pueblos la mano de obra necesaria para sus estancias y haciendas.

Muchas veces la llegada de hacendados que trataban de obligar a los indios reducidos a que trabajasen en sus propiedades destruyó la labor de los evangelizadores, porque ellos, que habían aceptado paulatinamente la vida en los pueblos y que algunas veces difícilmente se habían sometido a la autoridad de los frailes, se rebelaban ante las exigencias de autoridades y propietarios de tierras, y se volvían a los montes o huían a las sierras, destruyendo las misiones y matando a la población blanca y a los misioneros.

A causa de ello, durante los siglos XVI y XVII, en el norte las misiones estuvieron constantemente expuestas a la destrucción, y el trabajo de los religiosos se vio muchas veces reducido a la nada; entonces volvían a empezar, construyendo nuevas misiones o reconstruyendo las perdidas.

Franciscanos y jesuitas fueron principalmente los encargados de la evangelización en tierras de chichimecas. Los franciscanos ejercieron las misiones principalmente en Zacatecas, Nueva Vizcaya (actualmente los estados de Durango y Chihuahua), Nuevo Reino de León, Coahuila y Texas; es decir, hacia el norte y este de Zacatecas.

Sinaloa (norte del estado que lleva ese nombre) fue punto de partida para los jesuitas; se extendieron hacia el este por la Sierra Madre Occidental, y hacia el norte por las regiones que llamaron Ostimuri, Sonora y Pimerías, en el actual estado mexicano de Sonora y en el norteamericano de California.

Expansión por necesidades de defensa.

Nueva España siempre tuvo problemas de defensa en la región septentrional. La amenaza que representaba el avance de los establecimientos franceses obligó a las autoridades españolas a ocuparse de la colonización de provincias, que no habían presentado atractivos suficientes a fin de mover a su poblamiento espontáneo.

En 1682, Roberto Cavelier, señor de La Salle, partió de Nueva Francia (Canadá) y exploró el río Mississippi de norte a sur hasta llegar a su desembocadura. El gobierno francés consideró que la comunicación fluvial con el golfo de México era de gran trascendencia y ayudó a La Salle para que en una segunda exploración se adentrara por el río en sentido inverso al de la expedición anterior.

Los exploradores llegaron a La Florida en el año 1684; costeando, pasaron frente a la desembocadura del Mississippi, al parecer sin advertirla. Continuaron navegando y desembarcaron en la bahía del Espíritu Santo, donde fundaron el fuerte de San Luis. La Salle exploró la región, siempre en busca del río, que no encontró. Viendo que los bastimentos se habían perdido, decidió ir por tierra en busca de auxilio. En el camino algunos de sus compañeros lo asesinaron y los hombres del fuerte quedaron abandonados a su ventura. Los indios, que advirtieron su precaria situación, los atacaron y mataron.

En la capital del virreinato de Nueva España se tuvo noticias del desembarco de los franceses, porque capturaron a unos piratas que hablaron sobre la fundación del fuerte de San Luis. De Cuba y Veracruz partieron navíos que recorrieron las costas del golfo de México sin encontrar al enemigo, aunque hallaron los restos de una nave.

Mientras tanto, los gobernadores de Nueva Vizcaya y del Nuevo Reino de León recibieron informes de los misioneros y de los indios sobre algunos extranjeros vestidos de hierro, que andaban entre los texas preguntando por las minas de plata, y los aconsejaban en contra de los españoles, a los que decían no debían obedecer porque no eran buenos. El capitán Alonso de León hizo prisionero a un francés, el cual no pudo proporcionar datos sobre el sitio que buscaban porque no había pertenecido a la fuerza de La Salle, sino a un grupo que había salido de Nueva Francia con intenciones de encontrarlo. El indio Juan Xaviata procuró los datos que finalmente permitieron en el año 1689 la localización de las ruinas del fuerte de San Luis en la bahía del Espíritu Santo.

Con el fin de evitar que en lo venidero los franceses pudieran ocupar esa región, en 1690 el rey ordenó que los franciscanos de Santa Cruz de Querétaro se encargaran de fundar misiones entre los texas. La primera fue la de San Francisco y, apoyándose en ella, otras que no tuvieron muy larga vida, ya que se abandonaron en 1694 debido a los problemas que presentaban su abastecimiento y mantenimiento.


(Tomado de: Camelo, Rosa - Expansión territorial y conquistas. Historia de México, tomo 6, México colonial. Salvat Mexicana de Ediciones, S.A. de C.V. México, 1978)

lunes, 27 de diciembre de 2021

Facultades del virrey Mendoza

 


El primer virrey de Nueva España, don Antonio de Mendoza, fue nombrado en 1529, pero hasta 1535 no se trasladó al reino que iba a gobernar. Se le dieron amplias facultades para que pudiera ejercer la representación personal del rey que se le encomendaba. He aquí una parte del documento en que el rey especificaba el alcance y calidad de su autoridad:


"... Por esta nuestra carta mandamos al presidente y oidores que al presente  residen en la ciudad de México... y al nuestro capitán general y capitanes de ella, y a los consejos, justicias e regidores, caballeros y escuderos oficiales e omes buenos de todas las ciudades, villas y lugares de la dicha Nueva España, que al presente están pobladas e se poblaren de aquí adelante, que sin otra larga ni tardanza alguna, e sin más requerir ni consultar... vos hayan, reciban o tengan por nuestro visorrey e gobernador de la dicha Nueva España e sus provincias, e vos dejen y consientan libremente usar y ejercer los dichos oficios por el tiempo que como dicho es, nuestra merced e voluntad fuere, en todas aquellas cosas e cada una de ellas entendáis que a nuestro servicio y buena gobernación, perpetuidad y noblecimiento de la dicha tierra e instrucción de los naturales viéredes que conviene, para usar y ejercer los dichos oficios, todos se conformen con vos y vos obedezcan, y con sus personas y gentes vos den y hagan dar todo el favor y ayuda que les pidiéredes y menester hubiéredes, y en todo vos acaten y obedezcan...

"E otro si, es vuestra merced, que si vos el dicho don Antonio de Mendoza entendiéredes ser cumplidero a nuestro servicio e a la ejecución, que cualquier persona que ahora está o estuviere en la dicha Nueva España, tierras e provincias della, se salgan y no entren ni estén en ella, les podéis mandar de nuestra parte y lo hagáis de ella salir..."


En las instrucciones que llevaba se le encargó que ejerciera el cargo de capitán general, hasta entonces desempeñado por Hernán Cortés, y recontara los veintitrés mil vasallos que se te habían otorgado al conquistador cuando se le había hecho marqués del valle de Oaxaca. También se le ordenó que vigilara a los encomenderos y redujera las cargas de tributos y servicios que pesaban sobre los indios, según conviniera a su buen tratamiento. Todo esto estaba encaminado a moderar el poder que habían ganado los conquistadores de la tierra.

Por otra parte, se le encomendó que controlara a los eclesiásticos, a los cuales debía dirigirse bajo la forma de ruego y encargo, por el respeto de su fuero; cuidando de que no agraviaran a los habitantes y deshaciendo, como presidente de la Audiencia, aquellos agravios que habían cometido. También se le avisó que las órdenes religiosas no debían recibir tierras ni construir monasterios sin el "pase" del Consejo de Indias.


(Tomado de: Lira, Andrés - El gobierno virreinal. Historia de México, tomo 6, México colonial. Salvat Mexicana de Ediciones, S.A. de C.V. México, 1978)

miércoles, 29 de enero de 2020

Sebastián Lerdo de Tejada

Hijo de don Antonio Lerdo de Tejada, español, y de doña Concepción Corral y Bustillos, criolla. Nació en Jalapa, Ver., el 25 de abril de 1820. 
Estudió en el Seminario Palafoxiano de Puebla, en donde recibió las órdenes menores. Renunció a la vida eclesiástica y continuó sus estudios en el colegio de San Ildefonso en México, recibiendo en 1851 el título de abogado; fue profesor de Artes en San Ildefonso desde 1849 y rector del mismo plantel de 1852 a 1863.
Participó en todos los acontecimientos que agitaron a México desde 1850, principalmente en la época de la intervención francesa. Perteneció a la Academia Interior de Buen Gusto y Bellas Artes. Fue magistrado del Tribunal de Justicia en 1855, miembro de la Junta Electoral del 30 de diciembre de 1858, que nombró jefe provisional del Ejecutivo; presidente de la Cámara de Diputados en 1861. Formó parte de la Comisión de Relaciones que dictaminó en contra del tratado Wyke-Zamacona. Poseía gran talento, vasta instrucción y energía, y una gran habilidad política. 
Fue un estadista consumado por su talento, cultura y experiencia. Acompañó a Juárez hasta Paso del Norte. En septiembre de 1863 Juárez lo nombró ministro de Justicia, y el 11 del mismo mes pasó al ministerio de Relaciones y Gobernación, desde donde emitió los decretos de noviembre de 1865 que prorrogaron el período presidencial de Benito Juárez hasta la terminación de la guerra, eliminando con ello a Jesús González Ortega, que pretendía asumir la presidencia en su carácter de presidente de la Suprema Corte de Justicia.
Lerdo fue el director de la política del país y el iniciador de grandes cuestiones internacionales que cristalizaron en el fortalecimiento del Derecho Internacional mexicano. Ocupó la presidencia de la Suprema Corte de Justicia. Candidato a la presidencia de la República en las elecciones de 1871, fue derrotado y retornó a su cargo de presidente de la Corte. A la muerte de Juárez, asumió la presidencia interinamente por ministerio de ley. Convocó a elecciones para el periodo constitucional de 1872-1876, presentándose como candidato en contra del general Porfirio Díaz, al que derrotó, tomando posesión el 1 de diciembre de 1872.
Durante su administración hubo paz relativa, pues las luchas de carácter religioso la alteraron. En 1873 dispuso la expulsión de 15 jesuitas extranjeros, y en 1874 fueron desterradas las Hermanas de la Caridad. En septiembre de 1873 elevó a la categoría de constitucionales las Leyes de Reforma. Reforzó la marina nacional, para lo que adquirió los pequeños vapores de guerra: “Independencia”, “Libertad”, “México” y “Demócrata”. Sometió al cantón de Tepic, en donde se encontraba levantado Manuel Lozada, el “tigre de Alica”, a quien derrotó el general Ramón Corona en la batalla de la Mojonera en 1873. Inauguró el primer ferrocarril de México a Veracruz en enero de 1873 y trató de unir los distintos partidos políticos. Dignificó la administración de justicia y auspició la educación.
En 1874 reformó la Constitución, estableciendo nuevamente la Cámara de Senadores.
Trató de reelegirse en 1876, pero en contra de ello, Díaz proclamó en enero de ese año el Plan de Tuxtepec. Los generales donato Guerra, de Jalisco; Méndez y Carrillo, en Puebla; Couttolenc, en Veracruz; Treviño y Naranjo, en Nuevo León, y otros secundaron el movimiento. Lerdo envió fuerzas contra los sublevados. El general Porfirio Díaz en su Plan desconocía al presidente de la República y a todos los funcionarios y convocaba a elecciones.
José María Iglesias, presidente de la suprema Corte, también se enfrentó al gobierno por razones jurídicas. El 16 de noviembre el general Díaz derrotó a las fuerzas del gobierno en Tecoac, entró en México y Lerdo tuvo que abandonar la capital. Salió por Acapulco el 25 de enero de 1877 rumbo a San Francisco, California y luego hacia Nueva York, en donde falleció el 21 de abril de 1889.
Su cadáver fue trasladado posteriormente a México y se le sepultó en la Rotonda de los Hombres Ilustres. Con Iglesias y Juárez, Lerdo representó la legalidad, defendió la República y forjó la conciencia nacional.

(Tomado de: Navarro A., Ramiro - Sebastián Lerdo de Tejada. Historia de México, tomo 10, Reforma, Imperio, República. Salvat Mexicana de Ediciones, S.A. de C.V. México, 1978)


lunes, 20 de enero de 2020

José María Iglesias

Abogado y político mexicano, nació en México, D. F., el 5 de enero de 1823. sus padres fueron don Juan N. Iglesias y Castro y doña Mariana Inzaurraga y Carrillo. Estudió la carrera de abogado, terminándola en el año de 1845. Fue asimismo catedrático del primer curso de Artes en el Colegio de San Gregorio, cargo que desempeñó antes de obtener el título de abogado.
Maestro de física en 1845 y de Derecho en 1846, munícipe del Ayuntamiento de México en 1847. Ministro del Supremo Tribunal de la guerra cuando se encontraba el gobierno de México en Querétaro, durante la invasión americana.
Contrajo matrimonio con la señorita Juana Calderón Tapia en 1849. Diputado en 1852, obtuvo triunfos parlamentarios por su talento e ilustración. En 1857, Comonfort lo nombró ministro de justicia, Negocios Eclesiásticos e Instrucción Pública. Fue magistrado de la Suprema Corte de Justicia en 1858, cuando era presidente de ella don Benito Juárez.
En 1860 se le nombró Administrador General de Rentas y después de la Aduana de México.
Durante la invasión francesa acompañó al señor Juárez, habiendo sido designado ministro de Justicia, Fomento e Instrucción Pública. En 1864 fue nombrado ministro de Hacienda hasta julio de 1867, en que el gobierno nacional regresó a México. En 1868 fue diputado al Congreso Federal; después ocupó los ministerios de Gobernación, Justicia e Instrucción, hasta 1871.
Siendo presidente de la República el licenciado Sebastián Lerdo de Tejada, Iglesias fue designado presidente de la Suprema Corte de Justicia de la nación. Debido a la ley de 18 de mayo de 1875, que restringía la actuación de la Suprema Corte, presentó su renuncia, pero no le fue aceptada. Con la reelección de Lerdo, estalló en su contra la revolución porfirista. Iglesias como presidente de la Suprema Corte de Justicia asumió la presidencia, declarando por medio de un manifiesto que Lerdo había roto sus títulos legales y que por ministerio de ley, como presidente de la Corte, le correspondía dicho cargo.
En Salamanca lanzó un manifiesto y fue reconocido por los gobernadores de los estados de Guanajuato, Querétaro, Aguascalientes, San Luis Potosí y Jalisco. Ante el triunfo de Díaz, Iglesias marchó a Guadalajara, después a Colima y Manzanillo, embarcándose rumbo a Mazatlán, hasta llegar a San Francisco, California. Regresó en 1877 a México, en donde murió el 17 de diciembre de 1891.
Es uno de los autores de los Apuntes para la historia de la guerra entre México y los Estados Unidos, México, 1850. Colaboró en El Siglo XIX, de Ignacio Cumplido. Escribió un Estudio constitucional sobre las facultades de la corte de Justicia. En Nueva York escribió para justificar su actitud política La cuestión presidencial en 1876 y la Autobiografía del señor licenciado don José María Iglesias.
Publicó a partir de 1862-1866 la Revista histórica sobre la Intervención Francesa, con profundas y atinadas reflexiones acerca de ese hecho.

(Tomado de: Navarro A., Ramiro - Sebastián Lerdo de Tejada. Historia de México, tomo 10, Reforma, Imperio, República. Salvat Mexicana de Ediciones, S.A. de C.V. México, 1978)





miércoles, 14 de agosto de 2019

Lerdo de Tejada y los indígenas, 1872-1876



Los indígenas bajo la administración de Lerdo de Tejada


Los grupos indígenas del país produjeron en los años que nos ocupan [1872-1876] varias alteraciones. En el norte, comanches y apaches, que escapaban de la cacería que el general norteamericano Sheridan había decretado contra ellos, asolaban ranchos y aldeas, asesinaban hombres y niños, raptaban a las mujeres, robaban el ganado y hacían imposible la vida desde Sonora a Tamaulipas. Destacamentos militares establecidos en los estados fronterizos, así como también en Yucatán, trataron de detener los avances, latrocinios y homicidios que los indios cometían. Hombres influyentes, como los Terrazas de Chihuahua y García Morales en Sonora, hicieron frente a la situación, organizando grupos de milicias, a los que dotaron de armas e implementos para la persecución de los malhechores. El mejor aliado que por entonces se tuvo para combatir ese flagelo lo representaron otros grupos indígenas, como el de los kikapoos, que llegó en 1859, dio guerra a los comanches y logró contenerlos. El gobierno les otorgó tierras en Chihuahua y más tarde ante el acoso de los texanos al mando de McKencie a esos indios, se les trasladó a Durango en donde todavía habitan consagrados a la agricultura.


En el noroeste fueron los pápagos, los opatas y pimas quienes resistieron a los apaches, más la situación de peligro no cesó del todo y la tranquilidad de Sonora, Sinaloa y Baja California no era muy efectiva. En el occidente Manuel Lozada, el 17 de enero de 1873, lanzó su Plan Libertador de los pueblos unidos de Nayarit, se declaró en franca rebeldía contra el gobierno de Lerdo, rebelión que sólo termina con la muerte de Lozada el mes de julio de ese mismo año.


Por el sur, alejados de todo centro cultural, sin ninguna vía de comunicación, dentro de selvas oscuras y primarias, indios esclavizados, sometidos a todos los vejámenes de hacendados, funcionarios y militares mantenían un nivel de vida infrahumano.


En Chiapas los chamulas practicaban aún el sacrificio humano copiando la crucifixión como forma de holocausto. El castigo que se les impuso provocó la guerra de castas que se contuvo en 1873 con resultados sangrientos muy crecidos. San Cristóbal, Simojovel y Chilón sufrieron durante largos meses la furia incontenible de los indios que en ese momento volcaban su odio concentrado de siglos sobre sus opresores, blancos y ladinos. En Yucatán, aunque la guerra de castas surgida dos décadas atrás había cesado, aún no se extinguían los rescoldos de la misma. Buena parte de los indios sublevados, para escapar de la muerte o de su venta como esclavos a Cuba, prefirió internarse en la selva y vivir en una rebelión latente. Chan Santa Cruz, la capital de los rebeldes, no fue sujeta ni por liberales ni por los imperiales y en 1872 produjo nueva explosión rebelde que puso en peligro a Valladolid y alertó al gobierno que destacó fuerzas para contenerlos.


Los indios llamados cruzoob, apoyados por los ingleses de Belice, quienes les dotaban de parque y armas, asaltaban haciendas y pequeños poblados robando y matando sin cesar. La República Restaurada no pudo dominar ese foco de rebeldías y de inseguridad. Correspondió al régimen de Porfirio Díaz acabar con dureza y en forma definitiva con ese problema.


(Tomado de: Torre Villar, Ernesto de la - La administración de Lerdo de Tejada (1872-1876). Historia de México, tomo 10, Reforma, Imperio, República. Salvat Mexicana de Ediciones, S.A. de C.V. México, 1978)

sábado, 29 de junio de 2019

Chiapas y Soconusco, 1881



En el campo de la política exterior, tenemos la controversia suscitada con Guatemala. Gobernaba a la República de Guatemala Justo Rufino Barrios, de ingrata memoria, quien, como todo tiranuelo, desviaba el descontento que producía su mala administración con actitudes expansionistas y demagógicas.


Ansioso de poder y popularidad y mal aconsejado por grupos antimexicanos, trataba de afianzar su dictadura con el apoyo del gobierno norteamericano. Justo Rufino Barrios reclama a México, a base de una interpretación absurda de la historia de las relaciones entre los dos países, y con una argumentación jurídica totalmente inválida, la devolución de las provincias de Chiapas y Soconusco que desde el mes de septiembre de 1824 habían declarado, a base del libre principio de autodeterminación de los pueblos, anexarse a México y formar parte de la República mexicana como un estado más de nuestra federación, deseo que ratificaron con posterioridad a 1838, cuando se disolvió la República de Centroamérica, habiendo en 1840 pedido Soconusco su reincorporación a Chiapas y por tanto a México, lo cual fue aceptado por el Congreso. Más aún, en los años 1877 y 1879, Guatemala se comprometió a que comisionados de los dos países realizaran una serie de trabajos destinados a fijar con exactitud los límites entre las dos repúblicas, evitar el paso ilegal de uno a otro país, evitar la comisión de delitos en esa zona fronteriza, principalmente el paso de grupos armados merodeadores que ocasionaban frecuentes daños en las poblaciones mexicanas. México estaba interesado en contener también la intromisión de ingleses por el territorio de Belice y evitar que Gran Bretaña siguiera incitando a los indios de Yucatán y Quintana Roo a la rebelión.


Barrios deseaba reconstituir la unidad centroamericana a base de anexiones y para ello quería ocupar Chiapas y Soconusco como principio de anexarse después Costa Rica y El Salvador, que se opusieron a sus designios. Para realizarlo, pulsó al gobierno norteamericano, encabezado por el presidente J. A. Garfield, quien tenía como encargado del Departamento de Estado a James Blaine, que favorecía una política expansionista. Los Estados Unidos vieron con buenos ojos los deseos de Barrios, que solicitaba su ayuda, pues eso le permitía intervenir más hondamente en Centroamérica.


Fue en su mensaje presidencial del 16 de septiembre de 1881 cuando el presidente [Manuel] González dio a conocer a la nación las dificultades con el vecino país, acerca de lo cual encontró apoyo en el Congreso, que declaró por boca de su presidente: “La Representación Nacional aprueba los esfuerzos que el Poder Ejecutivo ha hecho para llevar a buen término y procurar solución honrosa a situación tan punible y puede estar seguro de que en ese sentido, así como en el sentido de la dignidad y del derecho de la República, contará siempre con el decidido apoyo del Poder Legislativo”.


Ignacio Mariscal, quien dirigía las relaciones exteriores, recibió de parte del ministro de los Estados Unidos en México, Philip H. Morgan, una comunicación en la que éste le informaba que su gobierno, atendiendo la petición guatemalteca, había creído conveniente actuar como consejero desinteresado en la diputa con Guatemala, pues estaba convencido “de los peligros que correrían los principios que México ha defendido tan señaladamente y con tan buen éxito, si viera con desprecio los límites que la separan con sus vecinas más débiles, o si se recurriera al uso de la fuerza para ejercer derechos sobre un territorio en disputa, sin la debida justificación de títulos legítimos…” El secretario [Ignacio] Mariscal, al informarse de las pretensiones norteamericanas, respondió que México no aceptaba ni siquiera discutir los derechos que tenía sobre Chiapas y Soconusco, los cuales integraban libremente la federación y que tampoco creía aceptable admitir la actuación de un árbitro en ese asunto que no lo requería.


Como al poco tiempo el presidente Garfield fue asesinado, le sucedió Chester Arthur quien nombró como secretario de Estado a Frederick Frelinhuysen, llevando ambos una política más conciliatoria. México, por otra parte, destacó a Marías Romero, hombre que gozaba de influencia y estima en los Estados Unidos y el cual, ligado por amplia amistad con el general Grant, convenció tanto a la opinión pública cuanto a los políticos yankis, de la justicia de México y de las desmedidas ambiciones de Barrios. Este, pese al envío de su canciller, Lorenzo Montúfar, y del viaje que él mismo hizo a Washington, no logró que los Estados Unidos impusiesen a México su intervención como árbitro en una disputa improcedente. Más aún, aceptó, no del todo convencido, pues más tarde crearía nuevas dificultades, firmar con Romero, quien estuvo debidamente acreditado, una convención preliminar en la que se indicaba que “la República de Guatemala prescinde de la discusión que ha sostenido acerca de los derechos que le asistan al territorio de Chiapas y su departamento de Soconusco”. México evitaba así no sólo perder una porción de su territorio, sino también someterse a la intervención de un extraño en una disputa injusta. La posición de México quedó bien sentada y el gobierno de [Manuel] González obtuvo por ello el apoyo de la opinión pública.



(Tomado de: Torre Villar, Ernesto de la - Inicio del porfirismo. Historia de México, tomo 10, Reforma, Imperio, República. Salvat Mexicana de Ediciones, S.A. de C.V. México, 1978)

jueves, 14 de marzo de 2019

Lienzo de Tlaxcala





Características físicas. 

La referencia que nos acerca más a las dimensiones del lienzo es de Alfredo Chavero, quien menciona que era una tira de tela de algodón que medía "cinco varas y cinco sesmas de largo por dos varas y media de ancho", lo cual equivaldría a 4.87 por 2.08 m de acuerdo con Martínez Marín. Chavero también menciona que "la pintura es a la aguada, y ejecutada por los pintores indígenas tlacuilos". La aguada es una técnica que permite combinar diferentes niveles de agua con pintura.



Contenido. 

Este documento contiene elementos tanto de origen prehispánico como colonial. Se compone de una escena principal que se encuentra en la parte superior central y 87 escenas más pequeñas que se leen de manera horizontal, comenzando desde el extremo superior izquierdo. La escena principal representa la estructura política de Tlaxcala. Las escenas más pequeñas se dividen en varias secciones temáticas que aluden a las fases históricas de la conquista, desde la llegada de los emisarios de Cortés a Tlaxcala, su recibimiento y la alianza que hicieron con los tlaxcaltecas, la matanza de Cholula y la derrota de Cuauhtémoc. A partir de la lámina 49 se pintó la participación tlaxcalteca en la guerra de conquista y las expediciones al occidente. Tras la descripción de la forma en la cual la provincia de Tlaxcala colaboró con Hernán Cortés y sus tropas en la conquista de Tenochtitlan, se deja ver el esfuerzo de las autoridades tlaxcaltecas por demostrar a la corona española el derecho que les asistía de hacer peticiones y ser acreedores de indulgencias.


(Tomado de: Sandra Amelia Cruz Rivera - Lienzo de Tlaxcala. Arqueológica Mexicana, edición especial #42, La colección de códices de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia. Editorial Raíces, México, D.F., 2012)

martes, 12 de marzo de 2019

Rafael Landívar




Oriundo de Guatemala, (1734-1789), hizo estudios en México, donde estuvo diez años, y demostró hacia el país su gratitud al recordarlo durante el destierro en su Rusticatio mexicana, obra que le sitúa con honor en la literatura nacional, sin que por eso deje de pertenecer a la del país donde nació. Como rector del seminario de San F. de Borja, obedeció la orden de expulsión y marchó a Italia con los demás jesuitas.

En 1781 se publicó en Módena la primera edición de la Rusticatio, que se reimprimió en Bolonia al año siguiente. Landívar describe en ese poema aspectos de la naturaleza en México y Guatemala. Lo escribió en latín porque lo destinaba a lectores cultos y para librarse del prosaísmo con que se reaccionó contra los excesos del siglo precedente.

Fallecido Landívar en Bolonia, el 27 de septiembre de 1793, se le sepultó en la iglesia de Santa María Muratelli, de la cual fueron exhumados sus restos en 1950, para trasladarlos a Guatemala, en donde se erigió un monumento digno del poeta.



(Tomado de: Francisco Monterde – Literatura mexicana durante el siglo XVIII. Historia de México, tomo 7. El Despertar Ilustrado. Salvat Mexicana de Ediciones, S.A. de C.V. México. D.F., 1978)

lunes, 25 de febrero de 2019

Andanzas de Lorenzo Boturini




La historia de las andanzas de Lorenzo Boturini Benaduci en Nueva España parece ser el resultado del modo de sentir de muchos novohispanos de las clases altas y de los patrones de gobierno de las autoridades virreinales. Este caballero Boturini, nacido en Italia, vivió en Viena por algún tiempo y, debido a que la corte de España ordenó, por guerra entre España y Austria, que todos los italianos saliesen de los dominios austríacos, pasó por Portugal y luego a España. Sin arraigo en ésta, aceptó venir a Nueva España, en 1735, a gestionar el pago que la condesa de Santibáñez cobraba en México como descendiente del emperador Moctezuma.

No se sabe por que razones el pasaporte y la licencia para viajar al virreinato no cumplían todos los requisitos que exigían las autoridades metropolitanas. Para salir de España no tuvo mayores dificultades; éstas vendrían después. Llegó a México en febrero de 1736.

Como se recordará, en 1737 la Virgen de Guadalupe fue proclamada patrona de la Ciudad de México, y la curiosidad de Boturini se despertaría ante esta manifestación de fe popular. Se interesó por averiguar el origen del culto a la imagen conservada en el Tepeyac. Dicen sus biógrafos que anduvo buscando testimonios que documentaran la aparición a Juan Diego. Durante ese tiempo no sólo recogió la tradición oral de la historia prehispánica, sino también muchos otros documentos que han sido considerados muy valiosos para conocer el pasado de México.

Mientras todo fue afán de satisfacer su curiosidad de anticuario parece que no tuvo dificultades. Según los catálogos o inventarios que existe de su colección, pudo reunir una considerable cantidad de manuscritos y pinturas antiguas. Pero no paró allí su interés por las cosas de Nueva España. Poseído de fervor guadalupano, quiso contribuir al mayor esplendor de la Virgen, gestionando su coronación, para lo cual se acogía a la gracia que concedía la basílica vaticana de Roma de que fueran coronadas públicamente las imágenes "taumaturgas". Aquí ya entraba en terrenos ajenos y no iba a poder actuar con independencia de los órganos de gobierno colonial. La Audiencia de México pasó por alto la licencia que debía expedir el Consejo de Indias para llevar a cabo la coronación, se mostró anuente a los deseos de Boturini y le permitió seguir adelante con los preparativos. Estaba Boturini recogiendo limosnas o donativos para costear la ceremonia cuando llegó a Nueva España el virrey Fuenclara. Antes de llegar a la capital, en Jalapa se enteró de lo que se proponía don Lorenzo. La desconfianza con que se miraba a los extranjeros hizo que el virrey pidiera un amplio informe sobre la estancia del italo-español. Inmediatamente fue llamado a comparecer ante el alcalde del crimen y se le procesó. Fue acusado de ser extranjero y hallarse en el país sin la debida licencia, de haber recogido donativos sin permiso, de haberse atrevido a promover el culto de Nuestra Señora de Guadalupe siendo extranjero y de haber tratado de poner en la corona de la Virgen otras armas que las del rey. Fue puesto en prisión en febrero de 1743. Papeles, ropa y dinero le fueron embargados y de todo el asunto se dio cuenta al rey.

Boturini se defendió enérgicamente durante su proceso y logró demostrar su inocencia, pero el virrey juzgó que era mejor alejarlo de Nueva España y dio orden para que saliera hacia España a principios de 1744. Con trabajos llegó a Madrid, pues unos corsarios ingleses apresaron el navío en que viajaba, le quitaron su equipaje y lo desembarcaron en Gibraltar. De allí, a pie, se fue a España. Se presentó ante el Consejo de Indias pidiendo que se le hiciera justicia y reclamando sus papeles. El rey había mandado amonestar a los oidores de México por no cumplir con todos los trámites en los negocios de Boturini, pero no encontró reprensible su interés de anticuario. Accedió a recompensarlo por el trabajo que había realizado al juntar los documentos y aprovechar sus conocimientos para que escribiera una historia de los indios. Le concedió licencia de volver a México y le nombró historiógrafo de Indias. Pero Boturini no vivió lo suficiente para gozar del favor del rey. Se quedó en España y allá murió en 1751. Su famosa colección, llamada Museo, quedó depositada en la secretaría de Cámara del virreinato.

Esos papeles, a los que se refieren posteriores historiadores lamentándose de su pérdida, fueron utilizados por don Mariano Veytia (Mariano José Fernández de Echevarría y Orcolaga, Alonso Linage Veytia), criollo distinguido, abogado e historiador, nacido en Puebla de los Ángeles en 1720. Su padre fue José de Veytia, oidor decano de la Real Audiencia y primer superintendente de la Casa de la Moneda, y un tío abuelo, don José Veytia Linage, autor de la célebre obra Norte de la Contratación de Indias. Estudió en México, en donde obtuvo los grados de bachiller en artes, en 1733, y en leyes, en 1736, y el título de abogado en 1737. Viajó extensamente por Europa y visitó Jerusalém y Marruecos. Después de servir al rey en la península, volvió a su patria, a la muerte de su padre, para ponerse al frente de los negocios de la familia.

En Madrid tuvo estrecha amistad con Boturini, a quien alojó en su casa. Allí escribió Lorenzo su libro Idea de una nueva historia de la América septentrional y también allí fue donde Veytia recibió las primeras ideas de las antigüedades mexicanas, que más tarde habían de servirle para redactar su libro Historia Antigua de México.

Veytia dejó varios escritos inéditos, entre otros una pequeña obra llamada Baluartes de México, en la que da noticia de cuatro santas imágenes de Nuestra Señora, que se veneraban en cuatro santuarios, a los cuatro vientos de México. De las cuatro, " la más prodigiosa y que verdaderamente se lleva la admiración y asombro... es la de Guadalupe ". Si se desconociera el lugar y la fecha de su nacimiento, leyendo sus obras advertiríamos su amor y preferencia por la historia de los indios, y podríamos determinar la época en que vivió y su nacionalidad.

(Tomado de: María del Carmen Velázquez - El despertar Ilustrado. Historia de México, tomo 7, El despertar Ilustrado, Salvat Mexicana de ediciones, S.A. de C.V., México,D.F., 1978)

lunes, 18 de febrero de 2019

La lucha por la Libertad


(Grabado por Adolfo Mexiac)

Todo el siglo anterior lo hemos pasado luchando por la libertad.

Luchamos por ella cuando el dominio español hincaba sus garras en esta joven América. Sacudido su yugo, vino un tirano, audaz y de odiosa memoria: Iturbide. Hizo traición a los españoles para después hacer traición a los mexicanos. Con su vida pagó su audacia.

Después, en lucha siempre por la libertad, se regaron los campos con sangre hermana. El clero, por medio de sus mercenarios, quería imponerse, pero las ideas democráticas y republicanas se lo impedían: la fresca savia de este pueblo tan befado y hostigado repudiaba las tenebrosidades del claustro y por naturaleza odiaba las opresiones vergonzosas.

Con vertiginosidad pasmosa sucedían presidentes a los presidentes. Sus administraciones efímeras no eran más que el reflejo de ese ir y venir de ideas que se encontraban, y después de una corta lucha decidían una situación.

La patria sangraba. La República era un inmenso campo de batalla. El hambre hacía víctima y la peste asolaba las comarcas, y los campos fecundos se convertían en yermos.
Y continuaba la pugna.

Al anglosajón le correspondía representar su papel: sangrando, la patria tuvo que sufrir una dolorosa amputación, quedando sus miembros amputados en poder del cirujano. Muchos lloramos esa pérdida, pero el dolor se olvidó con nuevos dolores.

El enemigo irreconciliable del progreso volvió a atentar contra las libertades públicas, y el mismo déspota que vendió por un puñado de dólares la integridad de la patria, siempre afiliado a su partido tenebroso, porque siempre han hermanado la soldadesca y el fraile, removió el rescoldo y se avivaron los odios, y la sangre hermana continuó empapando los campos.

Pero vino la mejor época para las instituciones democráticas. Una época que había de decidir la suerte de los dos partidos antagonistas: la de la Reforma. No obstante que la patria sangraba, tuvo vigor para sostenerla, porque ese era el remedio de sus males porque con la Reforma habían de recibir libertad sus hijos y con ellos asegurarían sus derechos y podrían reclamar sus prerrogativas. Ya no habría esclavos en el territorio mexicano; todos seríamos iguales; todos podrían abrazar el oficio o profesión que tuvieran por conveniente; a nadie se juzgaría sino por ley expresa; las ideas podrían ser emitidas libremente; ya no habría prisión por deudas, ni penas infamantes ni trascendentales, etcétera, etcétera. Pero esas libertades no convencían al enemigo de la libertad, y volvieron a ensangrentarse los campos y la patria volvió a sangrar.

El enemigo de la libertad, en su despecho, echó un lazo al cuello de la nación y la sujetó a los pies de un déspota europeo.

La patria, indignada, rompió sus cadenas y ensució con la sangre del déspota el Cerro de las Campanas.

Volvimos a aspirar un soplo de libertad, bajo el gobierno del Benemérito de las Américas pero murió el coloso, el que encarnaba las aspiraciones nacionales, porque él había sostenido nuestra bandera en la época de prueba, la bandera de la libertad que tanto amamos y que tanto se nos arrebata.

Otro coloso, de enorme talento y de firmes convicciones, ocupó el puesto del anterior; pero la revolución, so pretexto de un plan regenerador, lo derrocó.

Triunfó Tuxtepec; su programa de regeneración política lo acreditó y le abrió los brazos de todos los mexicanos.

No reelección, moralidad administrativa, sufragio libre, libertad de prensa, supresión de las alcabalas, supresión del timbre, etcétera, etcétera, formaban ese halagador programa.

La República se conmovió hondamente ante tales promesas, y como joven, se entregó a la voluntad del iniciador de tan simpáticas ideas.

Veinticuatro años llevamos de esperar a que se cumpla el programa y en balde hemos esperado. Las cosas siguen como antes, con el agravante de haber perdido la libertad de sufragio, la libertad de prensa, la libre manifestación de las ideas, en lo que se refiere a asuntos políticos, y de haber reformado la Constitución en el sentido de que haya reelección indefinida y de haber dado cabida, en un programa que se decía liberal y regenerador, a ese odioso espectro que se llama política de conciliación. De modo que una administración que comenzó liberal termina conservadora y que las instituciones democráticas y federales han sido desalojadas por el centralismo y la autocracia.

Por lo que se ve, habiendo luchado por la libertad todo el siglo XIX, estamos condenados a seguir luchando por ella en el presente.

No obstante, no debemos desmayar, que las debilidades políticas se quedan para espíritus medrosos y voluntades nulas; no debemos encontrar en la decepción un pretexto para huir de la refriega, sino un estímulo para procurar que en lo de adelante sean un hecho, y no una quimera, las libertades públicas.

Regeneración, n. 21. 7 de enero de 1901.

(Tomado de: Armando Bartra (Selección) - Ricardo Flores Magón, et al: Regeneración, 1900-1918. Secretaría de Educación Pública, Lecturas Mexicanas #88, Segunda Serie, México, D.F., 1987)

jueves, 31 de enero de 2019

Luis Cabrera, La Revolución de entonces y la de ahora

En el año de 1937 apareció un libro de título homónimo al de Alejandro Dumas: Veinte años después. Se hacía en él un balance de lo acontecido veinte años después de que Huerta usurpara el poder tras el asesinato de Madero, y veinte años después de haber sido promulgada la constitución de 1917. Su autor era el ya sexagenario Luis Cabrera, quien a partir de 1908 se distinguiría como periodista de oposición al régimen de Porfirio Díaz; en 1911 como ideólogo  de la revolución naciente; en 1912 como parlamentario revolucionario y, años más tarde, al lado de Venustiano Carranza, como ideólogo de la reforma agraria y hacendista notable. Cabrera, después de la tragedia de Tlaxcalantongo, decidió retirarse al ejercicio de su profesión de abogado.

Su reaparición en los medios políticos causó revuelo. Dictó una conferencia en la biblioteca Nacional titulada “El balance de la Revolución”. En ella hacía un análisis sociológico de lo que debe ser una revolución y aplicó sus criterios al caso mexicano. Mostró a quienes lo escucharon y a los lectores de El Universal, diario en que se publicó el texto político de la conferencia, que la “revolución hecha gobierno” no había satisfecho las demandas económicas, políticas y sociales que impulsaron a las masas a luchar por sus reivindicaciones. Tal cosa fue entendida en los círculos oficiales como un ataque al gobierno del presidente Pascual Ortiz Rubio, quien, en los discursos de un banquete celebrado en Texcoco, tachó a Cabrera junto con Antonio Díaz Soto y Gama, antiguo ideólogo zapatista y agrarista, de “tránsfugas de la Revolución”.

La reprimenda a Cabrera –el viejo “Blas Urrea”- no quedó en discursos. También le costó “un viaje a Guatemala sin boleto de regreso”. Y el presidente Ortiz Rubio no sólo se dedicaría a responder a los conceptos de Cabrera, sino que lo hicieron también altos funcionarios del Partido Nacional Revolucionario, como Lázaro Cárdenas y Manlio Fabio Altamirano, que señalaron los aspectos negativos de la administración carrancista.

Hicieron ver que el Primer Jefe no puso atención en el problema agrario ni ofreció reformas sociales, sino que fue Obregón quien realmente emprendió un programa de acción tendente a hacer efectivos los principios consagrados por la Constitución de 1917. Asimismo recordaron que Carranza obstruyó el proceso democrático cuando trató de imponer como candidato oficial al ingeniero Ignacio Bonillas frente a Obregón, quien contaba con el apoyo popular.

Estos señalamientos trataban de descalificar a Cabrera como autoridad para juzgar lo que se había hecho en el proceso revolucionario. Pero el hecho de que fuera deportado del país implicaba inseguridad por parte del gobierno ortizrubista.

Cabrera siguió criticando a la administración pública mexicana, en especial a la de Lázaro Cárdenas. El viejo ideólogo agrarista reaccionó frente a las ideas y acciones de Cárdenas, particularmente en materia agraria. Cárdenas repartió grandes extensiones de tierra cultivable en regiones como La Laguna, el valle del Yaqui y la Nueva Italia en Michoacán, terrenos henequeneros en Yucatán. No lo hizo para fraccionar terrenos otorgando pequeñas propiedades privadas, sino ejidos colectivos. En una mentalidad liberal como la de Cabrera, esto se le antojaba como “un ensayo comunista en México” aduciendo que el ejido colectivo era una imitación del koljos soviético.
Posteriormente, ideólogos cardenistas como Luis Chávez Orozco han tomado argumentos del propio Cabrera para explicar que, en realidad, Cárdenas estaba reviviendo instituciones que habían dado buen resultado en Nueva España y que el ejido colectivo no era imitación de instituciones extranjeras.

El problema, en realidad, era la vieja polémica entre liberales y radicales, que tuvo su mayor enfrentamiento en el seno del Congreso Constituyente  de 1916-1917. Para los liberales, el Estado sólo debía regular y no intervenir, mientras que para los radicales el Estado debía ser el medio propulsor y efectivo de las nuevas reformas. De ahí su fuerza y su participación legalmente sancionada.

En suma, se trata de dos maneras de entender la revolución. La del viejo precursor que contempla hechos que no previó, frente a la del nuevo revolucionario, que busca nuevas fórmulas para acelerar el proceso social de una revolución que amenazaba estancarse bajo la política del maximato. De ahí que el lector de la polémica encuentre razones fundamentadas en ambos bandos. Todo estriba en comprender las diferentes ideologías.

Por otra parte, la cada vez mayor participación del Estado en los aspectos economicosociales no es un fenómeno privativo del México de los años treinta. En la Unión Soviética se forjaba un estado socialista; los Estados Unidos, con el new deal de Roosevelt, dejaban atrás al liberalismo clásico, y Alemania, Italia y Japón se organizaban bajo la guía del nacionalsocialismo. La política del laissez-faire se antojaba por entonces como una cosa del pasado.

(Tomado de: Álvaro Matute – La Revolución de entonces y la de ahora. Historia de México, tomo 11, Etapa La Revolución Mexicana; Salvat Mexicana de Ediciones, S.A. de C.V. México, D.F., 1978)

miércoles, 9 de enero de 2019

Los hermanos Flores Magón y Baja California


Los hermanos Ricardo y Enrique Flores Magón iniciaron desde muy jóvenes una tenaz oposición a Porfirio Díaz, por lo que en diversas ocasiones fueron encarcelados junto con otros liberales enemigos de la dictadura.

 La represión del régimen obligó a los Flores Magón a trasladarse en 1904 a los Estados Unidos, en donde se les unieron otros expatriados, entre los que figuraban Juan Sarabia, Antonio I. Villarreal, Praxedis Guerrero y Antonio de P. Araujo. Aún allí continuarían luchando, especialmente por medio de su periódico Regeneración.


en el año 1906 formularon el Programa y Manifiesto de la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano, redactados personalmente por Ricardo, y en el que por primera vez se señalaron con claridad los objetivos de justicia social que, con el tiempo, la revolución haría suyos.

La lectura de las obras de Proudhon, Bakunin y Kropotkin tanto como la convivencia en California con miembros de la Organización de Trabajadores Industriales del Mundo, Industrial Workers of the World (I.W.W.), de ideología anarquista, hicieron que los Flores Magón, y en especial Ricardo, cabeza del grupo, evolucionaran del liberalismo al anarquismo. A medida que sus pensamientos se radicalizaban consideraban contrarias a la libertad del hombre todas las formas de autoridad estatal, así como artificiosos los nacionalismos tradicionales. Llegaron, como puede esperarse, a una doctrina social universalista que pensaba sólo en función de la humanidad y pugnaba por la liberación de los trabajadores, sin tener en cuenta la nacionalidad que tuvieran. Su nuevo programa se sintetizaba en la lucha contra el Estado, el capital y el clero.

Por estas razones divergían de Madero y se comprende que en noviembre de 1910, cuando se inició la Revolución, actuaran separadamente de él.

En aquella época residían en los Ángeles. Desde allí organizaron una expedición dirigida a Baja California, escasamente poblada. De dos mil habitantes con que contaba el Distrito Norte, la mayor parte vivían en Ensenada, la capital. En la frontera sólo había pequeños poblados: Mexicali, con trescientos vecinos; Tijuana, con doscientos, y Tecate, con menos todavía.

Los rebeldes tomaron Mexicali el día 29 de enero de 1911, bajo las órdenes de José María Leyva y Simón Berthold. Aumentó el contingente con miembros de la I.W.W., algunos de ellos norteamericanos. En el mes de mayo quedaron bajo su control las localidades de Tecate, Los Algodones y Tijuana.

A pesar de que las autoridades de Estados Unidos, en acatamiento a la Ley de Neutralidad, impedían el paso a Baja California a quienes querían sumarse al movimiento, buen número de componentes de San Diego logró introducirse, en especial algunos miembros de la I.W.W. de diversas nacionalidades, de tal manera que la mitad de los que participaban eran mexicanos y el resto extranjeros. Entre éstos hubo algunos de verdaderas convicciones revolucionarias, como Jack Mosby, y otros simples aventureros, tal como el general Carl Rhy Price, que desapareció con los fondos recaudados.

Mientras tanto, en el resto del país triunfaba la revolución encabezada por Madero. A consecuencia de los Tratados de Ciudad Juárez, Díaz renunciaría a la presidencia el 25 de mayo. A pesar de ello, los floresmagonistas decidieron continuar su lucha, pues consideraban que aquél, en realidad, no mejoraría a los obreros ni a los campesinos.

En tales circunstancias intervino Dick Ferris, publicista y actor cómico norteamericano, quien por medio de la prensa de San Diego proclamó el 2 de junio la República de Baja California, autodesignándose presidente. Además, en sus declaraciones a los periódicos simuló que se entendía con los Flores Magón por motivos separatistas. Estos y sus correligionarios desmintieron categóricamente la noticia.

Este personaje, que proclamaba estar en contacto con capitalistas norteamericanos, estuvo vendiendo bonos de la “Republic of Lower California” y, subrepticiamente logró que por un momento se izara en Tijuana una bandera semejante a la de los Estados Unidos, pero con una sola estrella, que pretendía ser la de la nueva república. Los revolucionarios la quemaron y continuaron usando la bandera roja del anarquismo.

A principios del mes de junio, Madero envió delegados de paz a fin de convencer a los floresmagonistas para que depusieran las armas. Ricardo se negó, pero sus seguidores de Mexicali accedieron. Un arreglo similar se pretendía con los de Tijuana, cuando llegaron a ésta, procedentes de Ensenada, tropas federales ya incorporadas por decreto al ejército revolucionario maderista. A ellas se sumó buen número de civiles voluntarios; después de algunas horas de combate lograron recuperar la plaza, haciendo que los ocupantes se retiraran hacia los Estados Unidos, en donde fueron detenidos por las autoridades norteamericanas.

Estos sucesos, descritos aquí brevemente, han sido conceptuados de muy distintas maneras, de tal forma que el asunto se ofrece con carácter sumamente polémico.

Por una parte hay quienes los han considerado actos de filibusterismo, calificando a los Flores Magón de traidores a la patria, por abrigar el propósito de separar a la península de Baja California para anexionarla después a los Estados Unidos. En sentido contrario se ha llegado a afirmar que su avanzada ideología revolucionaria hace inverosímil tal acusación y que los que pelearon contra ellos eran militares y elementos porfiristas.

Estas son lo que podríamos considerar posiciones extremas e irreconciliables, debatidas enconadamente, incluso hasta el punto de poner en predicamentos a las autoridades locales, pues no ha faltado ocasión en que el mismo día y a la misma hora un bando organizara una ceremonia en el monumento erigido a los defensores de 1911 y el otro un acto en honor de Ricardo Flores Magón, solicitando ambos la presencia de las autoridades.

Existen otros criterios que no pretender ver tajantemente las cosas, separadas en héroes y traidores, en blanco y en negro, sino que tienen en cuenta la compleja situación, en la que hay que distinguir diversos aspectos. Desde esta perspectiva, algunos consideran que podría hablarse de filibusterismo en el caso de Dick Ferris y de algunos otros aventureros, pero nunca en el de los hermanos Flores Magón y sus correligionarios. Otros, poniendo a salvo la honestidad de éstos, reconocen que por sus utópicas ideas anarquistas crearon impensadamente una peligrosa situación para la integridad territorial del país. En fin, los hay que exaltan la integridad incorruptible de los Flores Magón, precursores de la revolución, a la vez que reconocen que los bajacalifornianos, combatiendo en aquellos días contra los floresmagonistas, al ver que aquéllos llegaban del otro lado de la frontera y que muchos de ellos eran extranjeros, obviamente pensaron que eran filibusteros, por lo que tuvieron plena conciencia de que entonces peleaban en defensa de la patria.

Pero hasta hoy no han dejado de aflorar las posiciones extremistas, por lo que la cuestión sigue siendo polémica.
 
(Tomado de: D.P. [¿David Piñera?] – Los hermanos Flores Magón y Baja California. Historia de México, tomo 11, Etapa La Revolución Mexicana; Salvat Mexicana de Ediciones, S.A. de C.V. México, D.F., 1978)