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viernes, 14 de julio de 2023

Armando Jiménez y las ánimas en pena

 


Las ánimas en pena

Todos los pueblos han pasado por una etapa de supersticiones en que la gente cree en la existencia de fantasmas. Pocos países se han liberado totalmente de esas supercherías y México, por desgracia, no está entre ellos. Por desgracia, por una parte, pero por fortuna, por otra, pues estas creencias han dado y siguen dando, motivo a muy interesantes leyendas. La más popular era hasta hace pocos años "la Llorona"; antes fue "el Nahual"; en la actualidad han gozado sucesivamente de renombre distintos entes sobrenaturales, inventados por personas poco respetuosas que, aprovechándose del ascendiente que los espectros ejercen sobre las masas, los han utilizado para propaganda -¡hágame usted favor!- de sorteos de la Lotería Nacional.

A esa desatinada publicidad se debe que muchos creyentes hayan perdido el respeto de que los aparecidos gozaban en épocas idas. En efecto, por los incontables relatos de antaño que González Obregón y de Valle-Arizpe consignan en sus libros, tocante a espantosos seres de ultratumba, hemos de inferir que éstos tendrían asustados a nuestros asombradizos predecesores, en grado tal, que suponemos sería punto menos que desconocido, en aquellas épocas, el estreñimiento. Antes bien, con tantas terríficas brujas y ánimas del purgatorio nuestros infelices abuelos cumplirían esa humilde función fisiológica, sin la cual no hay dicha posible en este mundo, con más frecuencia que la estrictamente requerida.

Pero hagamos a un lado las impúdicas cuestiones escatológicas, que a nada bueno conducen, y continuemos con nuestros fantasmas.

las leyendas coloniales relacionadas con aparecidos son, en la gente de pueblo, continuación de las existentes entre los antiguos mexicanos y, en los habitantes de ciudad, reflejo o reproducción de tradiciones españolas. El mito de la Llorona tiene infinidad de versiones; una la relaciona con pronósticos que anunciaron a los aztecas el arribo de Cortés; otra la encarna en la Malinche; Sahagún la remonta a la tradición de la diosa Cihuacóatl. El propio Sahagún dice que unas estantiguas sin pies ni cabeza, que andaban rodando por el suelo y gimiendo como enfermo asustaban a los medrosos, pero que los indígenas valientes se enfrentaban a esos espíritus malignos y aún salían a su encuentro. Si alguno se topaba con el espectro arremetía y lo sujetaba fuertemente; el ánima le pedía libertad y el indio accedía a condición de que le proporcionara púas de maguey que, según nuestros antepasados, traían fortaleza y valor y hacían cautivar tantos adversarios cuantas espinas diese el aparecido. Otro espectro surgía en los tecorrales, en forma de mujer enana y con andar semejante al de un pato. Otro, con apariencia de calavera, saltaba como bola de hule del juego de pelota; uno más, que parecía difunto, tendido, amortajado, sin embargo se quejaba y gemía. Ellos eran hechura del maligno dios Tezcatlipoca, quien merece un voto de censura de todo buen mexicano por haber dejado transcurrir su vida sin provecho para él ni para la patria; carecía totalmente de sentido comercial: con la habilidad de que disponía habría conseguido en los días que corren cuando menos el cargo de jefe de publicidad de la Lotería Nacional y quién sabe si hasta el de gerente.


Ahora dejemos las cosas de la historia en santa paz e incursionemos en una popular narración, hecha en verso, que trata del espeluznante asunto de fantasmas. ¿Adivina usted, culto lector, cuál es? Claro que sí, ¡cómo no lo va a saber!: es la que escribió Margarito Ledesma, poeta ingenuo, con visión muy estrecha del mundo, dado que sólo en dos ocasiones abandonó Chamacuero, "la bendita tierra que lo vio nacer y donde vio la luz primera"; una para dirigirse a Celaya, con motivo de "un negocio del juzgado" y otra para ir a San Juan de los Lagos, a cumplir una manda por haber salido con bien cuando cayó en las profundidades de un excusado de pozo.

Seguramente que usted, culto lector, pensó en ella porque ha tenido gran divulgación.

Pues bien, esa poesía del genial Margarito no es a la que me refiero; no, sino a otra que aunque poco difundida entre gente refinada, tiene la virtud de ser más conocida en nuestro país que las de sor Juana, López Velarde, Amado Nervo y Antonio Plaza. Miles de hombres del pueblo la recitan de memoria, sin haber visto ni el forro de un ejemplar, y lo que es más, a pesar de que algunos no saben leer.

Está usted enterado, culto lector, que nos referimos a El ánima de Sayula, obra de Teófilo Pedroza cuyo original es punto menos que desconocido. Durante casi 13 lustros se han publicado muchas versiones; el autor del presente libro, por no quedarse atrás, ofrece la suya:


El siguiente cuaderno fue editado en 1947 para conmemorar el cincuentenario de la publicación del poema original.


Composición con grabados de José Guadalupe posada ilustraciones interiores de Alberto Beltrán.


En un caserón ruinoso,

de Sayula en el lugar,

vive Apolonio Aguilar,

trapero de profesión.


Hace tiempo que padece 

hambre voraz y canina 

y por eso está que trina 

contra su suerte fatal.


Cuatro tablas, dos petates,

un bacín roto, de barro, 

cuatro cazuelas y un jarro 

son de su casa el ajuar.


Su mujer y sus hijuelos,

macilentos, muy hambreados,

con semblantes demacrados, 

piden pan con triste voz. 


El pobre trapero esconde 

la cara entre la cobija 

por su suerte tan canija 

que el causa tal dolor. 


Y fijando en su consorte 

la penetrante mirada, 

con voz grave y levantada 

de esta manera le habló:


-Es preciso que ya cese 

esta situación horrible, 

vivir así no es posible,

harto estoy de padecer. 


"Me ocurre feliz idea 

que desde luego te explico; 

esta noche me hago rico 

o perezco en la función. 


"Tú sabes que en esta tierra,

entre la gente de seso, 

se cuenta cierto suceso 

que ha causado sensación. 


"Se dice, pues, que de noche, 

al sonar las doce en punto 

sale a penar un difunto 

por la puerta del panteón.


"Esto lo aseguran todos 

y mi compadre José 

me ha jurado por su fe 

que también al muerto vio. 


"Él afirma que ese muerto 

tiene la plata enterrada 

y busca gente templada 

con quien poderse arreglar. 


"Y que yo, me ha sugerido, 

deponiendo todo miedo, 

acometa con denuedo 

la empresa del fantasmón. 


"Pues bien, me siento con bríos 

para encarármele al diablo 

y ese muerto yo le hablo 

aunque fallezca después.


-Por Dios, mi esposo -le dijo 

su mujer muy afligida-, 

no juegues así la vida, 

deja a los muertos en paz. 


"Por tus hijos, Apolonio, 

no hagas caso a tu compadre 

te lo pido por tu madre, 

olvides esa cuestión.


-Aunque mi compadre tenga 

la mala fama que tiene, 

a mí nadie me detiene 

de hacer lo que quiera yo. 


"Señora: no retrocedo, 

es una cosa resuelta,

si pronto no estoy de vuelta, 

prepara mi funeral.


Exclamó, y con veloz paso,

pálido como un difunto 

salió de su casa al punto,

camino para el panteón. 


Muy lóbrega está la noche,

y al soplo del viento frío 

gimen los sauces del río 

con quejumbroso rumor. 


Camina, pues, atrevido, 

aquel hombre de faz yerta, 

y al fin se ve en la puerta 

del tenebroso panteón 


la silueta del trapero, 

que a la aventura de Dios 

va de la fortuna en pos 

hasta vencer o morir.


Por fin de repente suenan  

doce lentas campanadas,

cuyas notas alargadas 

vibran con sordo rumor.


Cruza la puerta el fantasma, 

mudo, rígido y sombrío, 

llenando de escalofrío 

al que lo mira pasar.


Tiene la cara cubierta 

con negro y tupido velo, 

y arrastrando por el suelo 

lleva un sudario también.


Aguilar, de espanto yerto, 

y erizado su cabello, 

con agitado resuello 

tras el ánima se va.


Haciendo un supremo esfuerzo, 

cual si jugara la vida,

con la voz despavorida 

en esta forma le habló:


-En nombre de Dios te pido 

me digas cómo te llamas,

si penas entre las llamas 

o vives aquí entre nos.


"¿Qué buscas en estos sitios 

donde a los vivos espantas?

Si tienes talegas, ¿cuántas 

me puedes proporcionar?"


-Me llamo Perico Surres 

-dijo el fantasma en secreto-, 

fui en la tierra buen sujeto,

mayate mientras viví.


"El favor que yo te pido 

es un favor muy sencillo: 

que me prestes el anillo 

tras el que ando siempre en pos. 


"Esas talegas soñadas 

aquí las traigo y son dos, 

y dale gracias a Dios 

que las cargo para ti." 


Al escucharlo Apolonio, 

lleva la mano al cuchillo, 

sin desatender su anillo 

que siempre cuidando está.


Al momento huyó el fantasma,

tan rápido como el viento,

tras las tapias del convento,

y allí desapareció.


Mudo de sorpresa queda 

el pobrecito trapero, 

y echando al suelo el sombrero, 

de esta manera exclamó:


-Por vida del Rey Clarión 

y por la madre de Gestas, 

¿qué chingaderas son estas 

las que me pasan a mí?


"Vengo lleno de esperanza 

a buscar aquí la vida, 

y la suerte maldecida 

me depara un lance atroz.


"No tengo yo más alhaja 

que la alhaja del fundillo,

¡y que me la pida un pillo 

que viene del más allá!


"Yo no sé lo que me pasa, 

pues ignoro con quién hablo, 

ese cabrón es el diablo 

o es mi compadre José.


"Esto que a mí me sucede 

es para perder el seso: 

si los muertos piden eso, 

los vivos ¿qué pedirán?"


Así se dijo el trapero

muy pensativo y mohino 

del pueblo tomó el camino 

y en sus calles se perdió.


Y es fama que cuando oía 

hablar del aparecido, 

receloso y precavido 

se ponía la mano atrás.


MORALEJA 

¡Ay!, lector, si alguna noche 

y por artes del demonio 

te vieres como Apolonio, 

en crítica situación,


y tropezares, acaso 

con algún ánima en pena,

aunque te diga que es buena, 

no te descuides lector, 


y para tu garantía 

pon el cuchillo delante 

y sin perder un instante 

repliégate a la pared.



Impreso por tipográfica mercantil, 1947.


(Tomado de: Jiménez, Armando - Picardía mexicana. Las ánimas en pena. Editorial Diana, S.A. de C.V. México, D. F., 2000)

martes, 15 de enero de 2019

Fantasmas Mayas


Manuel Orozco y Berra recogió en el T. II de Apéndice al Diccionario Universal de Historia y de Geografía (México, 1856), la siguiente relación de fantasmas en cuya existencia creían a mediados del siglo XIX los indígenas de Yucatán:

Balam. Los indios temen y respetan a un ser que llaman con este nombre; dicen que es el señor del campo, y que no pueden labrarse sin peligro de la vida, si no se le hacen ciertas ofrendas, como son la horchata de maíz, sacá, un guiso que se hace con maíz y pavo llamado kool, la tortillla con frijol, buli-huah, el vino hecho con miel, agua y la corteza de un árbol que llaman balché, y el humo del copal en lugar de incienso; de suerte que puede decirse que le adoran como a un dios, pero siempre cautelándose de los blancos, sin duda por el temor de ser mirados como idólatras. Dicen también que Balam no sólo castiga con las enfermedades que manda a los que tocan los campos si antes no le hacen sus ofrendas, sino que también aterroriza a los habitantes del campo apareciéndoseles en figura de un viejo muy barbado, y tan horrible que es capaz de dar miedo al más valeroso; atribúyenle igualmente la circunstancia de pasearse por el aire, desde donde prorrumpe en prolongados silbidos, que lo hacen más respetable y temible. Profieren los indios su nombre con veneración, y muchas veces le llaman Yum Balam, esto es, padre y señor.

Alux. Nombre que se da a unos fantasmas en quienes generalmente creen los indios y aun los que no lo son, que hay en las ruinas y los cerros. Cuentan que desde que oscurece empiezan a pasearse alrededor de las casas, tiran piedras, silban a los perros y algunas veces les dan de latigazos, de cuya estropeada queda con tos y mueren; cuentan que corren más que un hombre, y con la particularidad de ser tan violentos en la carrera, así de frente como de espaldas; no causan terror a quienes los miran; no temen a la luz; suelen entrar en las casa y cargar a los que están acostados en sus hamacas, de modo que no los dejan dormir; en los ranchos de caña, cuando está armado el trapiche, le dan vueltas, y si los torcedores dejan al caballo, le echan y azotan para poner en movimiento la máquina; dicen que son del tamaño de un indito de cuatro o cinco años, desnudo y con un sombrerito en la cabeza. Es incalculable el perjuicio que ésta fatal preocupación causa a los anticuarios, y la razón es que se cree comúnmente que las figuras de barro que se hallan siempre en los cerros y los subterráneos, son las que por la noche se animan y salen a pasear, y no es otro el motivo que tienen para despedazar sin piedad cualquier figura que encuentran, aun ofreciéndose pagársela bien. Atribuyen al Alux el origen de las enfermedades que se padecen en el campo, porque dicen que su contacto es maligno, y que cuando hallan a alguno durmiendo y le pasan tan suavemente la mano en la cara que no lo siente, indudablemente le da una calentura que lo arrulla por mucho tiempo.

Xbolonthoroch. Este es el fantasma casero que no hace mal, espanta nomás a los que se desvelan, sin embargo no es visible; tiene, como el eco, la propiedad de volver los sonidos, y los ruidos que se han hecho en el día los repite por la noche; en las casa en que se hila, que es en todas las de los indígenas, ser oye sonar el huso como si se estuviera hilando, y este ruido hecho por el  Xbolonthoroch, les causa inexplicable terror.

Bokolhahoch. Se dice que en algunos lugares se oye un ruido debajo de la tierra, semejante al que se hace con el batidor cuando se bate el chocolate; y como este ruido dicen que lo oyen siempre de noche, lo atribuyen al diablo, a quien dan el nombre que queda dicho, y que en figura de zorro hace aquel ruido por sólo el placer de espantar a quienes lo escuchan.

Xtabai. En los lugares más solitarios de las poblaciones, refieren muchos que han visto a una mujer vestida de mestiza, peinando su bella cabellera con la fruta de una planta que llaman xaché xtabai, muy conocida de los naturales, y que huye luego que se le acerca alguno, pero aligerando o retardando el paso, o desaparece o se deja alcanzar; y como el que comúnmente la sigue es algún enamorado. Luego la abraza, da con un bulto lleno de espinas, y con los pies tan delgados como los de un pavo. Del gran terror que ocasiona tan inesperada transformación, resultan privaciones y calenturas con delirio.

Huahuapach. Es un gigante que se suele ver en el silencio de la media noche en ciertas calles; es tan elevado, que un hombre apenas le llega a las rodillas, y lo que hace para impedir el tránsito es abrir las piernas, colocando un pie en cada lado de la calle; y si alguno sin advertir en este fantasma, intenta pasar debajo, junta prontamente las piernas y aprieta con ellas la garganta hasta ahogar al infeliz paseante.

Prudencio Moscoso Pastrana, en su ensayo El complejo ladino en los Altos de Chiapas (Boletín 194 de la Memoria de la Academia Nacional de Historia y Geografía, 1963), aportó los siguientes datos sobre las visiones quiméricas más comunes en el área de San Cristóbal:

La Yegualcíhuatl es una mujer muy bella, vestida de blanco y con muchas alhajas de oro. Tiene la facultad de aparecer a los ojos del hombre que la mira con el tipo y aspecto de la mujer que a éste le agrada o de quien se encuentra enamorado. Únicamente atrae a los hombres, de conducirlos hasta hacerlos llegar a pantanos en los que siempre perecen. Los atrae llamándolos y haciéndoles señas de que se acerquen a ella, pero siempre ocurre que, cuando el hombre trata de caminar hacia la Yegualcíhuatl, ésta se aleja insistiendo en sus llamadas hasta conducirlo a Ciénegas. En algunas ocasiones ha ofrecido parte de sus alhajas a su probable víctima. Se considera que uno de sus lugares predilectos es la Laguna de Chapultepec, que se encuentra en las inmediaciones de San Cristóbal.

El Negro es un ser pequeño; le suponen una estatura de aproximadamente 40 centímetros; muchas veces jinetea a las cabalgaduras que encuentra en el campo: tal cosa se conoce por las carreras de caballos que se oyen en altas horas de la noche. Este ser imaginario va montado en el pescuezo del corcel y, como no usa montura, utiliza las crines del animal, formando con ellas sus estribos al enredar dichas crines o bien al unirlas desordenadamente por medio de semillas erizadas de pequeñas puntas, que se conocen con el nombre de “mosate”, Cenchrus echinatus. El Negro, durante la noche, saca las mulas de los potreros cercanos a san Cristóbal y las extravía en los montes y lugares apartados.

El Cadejo es un animal parecido a un perro, pero de mayor tamaño. Tiene crines como caballo y de los ojos y la boca le salen chispas. Este ser maligno busca exclusivamente a los borrachos y a personas que no son verdaderamente católicas. Se les presenta con ese aspecto terrífico que le dan su cuerpo y las chispas que arroja, hasta hoy, ninguno de los que ha tenido en su presencia este ser ha sobrevivido, pues se le considera como la encarnación del diablo.

El Duende es un ser con apariencia humana y que lo mismo hace su aparición en el día que en la noche. Su traje es como el de un indígena y consiste en pantalón y camisa de manta, un pequeño cotón y un sombrero de petate. Tiene la particularidad de que se presenta únicamente en las casa de prostitución o donde hay libros de magia negra. Nunca penetra en las casa de las personas que llevan vida cristiana, al entrar en una casa se dirige inmediatamente a la cocina y se mea en los trastos donde se está guisando, para en seguida arrojarlos al suelo. La forma de ahuyentarlo es cantar con voz fuerte y por tres veces seguidas el Ave María.

El Sombrerón vive en la cueva de un cerro inmediato al pueblecillo de San Felipe, a 5 kilómetros al S.O. de San Cristóbal. Comparte su morada con otros seres maléficos, en especial naguales. Es creencia generalizada que El Sombrerón sale a secuestrar a los ebrios que no han pagado sus deudas, los toma por la cintura, los carga y junto con su víctima va a la cueva y se precipita en un pozo que al parecer no tiene fondo.

Los “Yalám-Bequet” siempre vagan por las noches y son mujeres desprovistas de su envoltura carnal; es decir, son esqueletos de cuerpos femeninos que, haciendo un ruido de huesos que chocan, vuelan por las noches, produciendo el consiguiente asombro y temor a los humanos. Yalam bequet significa en lengua tzotzil: baja carne. Estos seres, según la opinión popular, tienen la particularidad de una vida limitada, equivalente a los años que les habrían correspondido en la tierra.

(Tomado de: Enciclopedia de México, Tomo IV, Familia - Futbol)


jueves, 13 de diciembre de 2018

Del mal agüero, estantiguas


 LIBRO QUINTO 

Que trata de los agüeros y pronósticos, que estos naturales tomaban de algunas aves, animales y sabandijas para adivinar las cosas futuras.


[...]

Capítulo XI
Que trata del agüero que tomaban cuando de noche veían estantiguas

Cuando de noche alguno veía alguna Estantigua, con saber que eran ilusiones de Tezcatlipoca, también tomaba mal agüero en pensar que aquello significaba que el que la veía había de ser muerto en la guerra, o cautivo;

-y cuando acontecía que algún soldado valiente y esforzado veía estas visiones, no temía sino asía fuertemente de la estantigua y demandábala que le diese espinas de maguey, que son señas de fortaleza y valentía, y que había de cautivar en la guerra tantos cautivos cuantas espinas le diese; y cuando acontecía que algún hombre simple y de poco saber veía las tales visiones, luego las escupía o apedreaba con alguna suciedad.

A ese tal ningún bien le venía, más antes le venía algún desdichado infortunio; y si algún medroso o pusilánime veía estas estantiguas, luego se cortaba, luego se le quitaban las fuerzas y luego se le secaba la boca, que no podía hablar, y poco a poco se apartaba de la estantigua para esconderse donde no la viese.

Y cuando iba por el camino, pensaba que iba tras él la estantigua, para tomarle, y en llegando a su casa abría de pronto la puerta y entraba de presto, y cerraba la puerta de su casa y pasaba a gatas por encima de los que estaban durmiendo, todo espantado y pavoroso.

(Tomado de: Sahagún, fray Bernardino de - Historia General de cosas de Nueva España. Numeración, anotaciones y apéndices de Ángel María Garibay K. Editorial Porrúa, S. A. Colección “Sepan Cuantos…” #300. México, D.F. 1982)