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lunes, 14 de marzo de 2022

Batallones Rojos

 


Batallones Rojos

Col. Constitución de 1917

Del. Iztapalapa,

México, D. F., C. P. 09260


Los Batallones Rojos, que se hicieron famosos en las batallas de Celaya y el Bajío durante la Revolución mexicana, estaban conformados por obreros organizados y armados que se integraron al Ejército Constitucionalista, liderado por Venustiano Carranza, en lo más crudo de la guerra civil entre las facciones revolucionarias que azotó a México en 1915.

El 17 de febrero de ese año, en la ciudad de México, firmaron una trascendental alianza los constitucionalistas y la más activa de las organizaciones obreras del país: la Casa del Obrero Mundial, fundada el 22 de septiembre de 1912 al calor de la Revolución, aprovechando las libertades de asociación de que disfrutaba el país bajo el presidente Francisco I. Madero.

La organización obrera reunía a diversas agrupaciones sindicales y mutualistas de la capital de la República y recogía la experiencia que los trabajadores mexicanos habían acumulado en la defensa de sus derechos. Durante el gobierno de Victoriano Huerta, la Casa del Obrero fue cerrada. Uno de los primeros actos de la revolución que triunfó sobre el huertismo en 1914 fue justo reabrirla.

Mientras la organización obrera reiniciaba sus actividades, los revolucionarios triunfantes se dividieron en dos facciones y en diciembre de 1914 empezó la nueva lucha, esta vez de constitucionalistas contra convencionistas. En el seno de la Casa del Obrero se dieron intensos debates entre quienes rechazaban la participación en la lucha y los que apoyaban a una u otra de las facciones rivales, hasta que los argumentos del general Álvaro Obregón y del pintor Gerardo Murillo -conocido como Dr. Atl- convencieron a la mayoría de los dirigentes del organismo de aliarse con los constitucionalistas.

De esa manera la Casa del Obrero Mundial se comprometía a aportar voluntarios a las filas de los constitucionalistas, y éstos por su parte a convertir en leyes las demandas de los obreros.

Luis A. Salmerón, historiador.

(Tomado de: Salmerón, Luis A. - Cartografía urbana: Batallones Rojos. Relatos e historias en México. Año VII, número 81, Editorial Raíces, S.A. de C. V., México, D. F., 2015)

martes, 10 de diciembre de 2019

José Clemente Orozco, Páginas Autobiográficas II

Fabrés
Al tiempo de ingresar a la Academia de Bellas Artes para hacer estudios formales de pintura, la institución estaba en el apogeo de su eficiencia y buena organización. Había recibido un gran impulso de don Antonio Fabrés, un gran pintor académico español traído a México me parece que por don Justo Sierra, ministro de Instrucción Pública, para hacerse cargo de la Sección de Pintura como maestro supremo.
Al llegar de Europa hizo una gran exposición de sus numerosas obras en las salas de la Academia, habiendo causado tal exposición una gran sensación entre los artistas e intelectuales de México, pues mostraba profundos conocimientos de la técnica pictórica y una habilidad excepcional. Los temas de sus pinturas eran en su mayoría religiosos y de costumbres. Pintura muy influenciada por Velázquez y otros pintores semejantes, españoles. Inmediatamente fue rodeado por un grupo numeroso de discípulos y empezó a trabajar él mismo en un gran estudio que le fue proporcionado en la misma Academia.
Los salones de clases nocturnos fueron reconstruidos por Fabrés, instalando muebles y enseres especiales, muy propios para el trabajo de los alumnos. La iluminación eléctrica era perfecta y había la posibilidad de colocar un modelo vivo o de yeso en cualquier posición o iluminación por medio de ingeniosa maquinaria parecida a la del escenario de un teatro moderno.
Para los modelos vestidos trajo de Europa una gran cantidad de vestimentas, armaduras, plumajes, chambergos, capas y otras prendas algo carnavalescas, muy a la moda entonces en los estudios de pintores académicos. Con esta colección de disfraces era posible pintar del natural mosqueteros, toreros, pajes, odaliscas, manolas, ninfas, bandidos, chulos y otra infinidad de tipos pintorescos a que tan afectos eran los artistas y los públicos del siglo pasado.
Entre los discípulos predilectos del maestro Fabrés, hay que mencionar a Saturnino Herrán, una verdadera promesa para la pintura mexicana y que hubiera llegado a ser un artista notable en el México de hoy.
Otros discípulos o simples asistentes a las clases de Fabrés fueron Diego Rivera, Benjamín Coria, los hermanos Garduño, Ramón López, Francisco de la Torre, Francisco Romano Guillemín, Miguel Ángel Fernández y otros muchos.
Las enseñanzas de Fabrés fueron más bien de entrenamiento intenso y disciplina rigurosa, según las normas de las academias de Europa. Se trataba de copiar la naturaleza fotográficamente con la mayor exactitud, no importando el tiempo ni el esfuerzo empleado en ello. Un mismo modelo, en la misma posición, duraba semanas y aun meses frente a los estudiantes, sin variación alguna. Hasta las sombras eran trazadas con gis para que no variara la iluminación. Al terminar de copiar un modelo determinado durante varias semanas, un fotógrafo tomaba una fotografía del modelo a fin de que los estudiantes compararan sus trabajos con la fotografía.
Otro ejercicio muy frecuente era copiar un modelo de yeso, puesto de cabeza, la Venus de Milo, por ejemplo.
Por todos estos medios y trabajando de día y de noche durante años, los futuros artistas aprendían a dibujar, a dibujar de veras, sin lugar a duda.
Mi entrada en la Academia fue unos seis meses antes de que el maestro Fabrés regresara a Europa. Asistí a sus talleres sin llegar a ser propiamente su discípulo, pero sí lo suficiente para darme cuenta de lo que había que hacer para aprender a pintar, y me puse a hacerlo con tenacidad, con verdadero encarnizamiento, con la determinación de quien quiere alcanzar un fin sin importarle el precio y así fue por varios años.
En la Academia había modelo gratis, tarde y noche, había materiales para pintar, había una soberbia colección de obras de maestros antiguos, había una gran biblioteca de arte, había buenos maestros de pintura, de anatomía, de historia del arte, de perspectiva y, sobre todo, había un entusiasmo sin igual. ¿Qué más podía desear?

El Doctor Atl
La primera noticia que recuerdo haber tenido del Doctor Atl fue con motivo de una controversia pública muy aguda entre él y los amigos de Julio Ruelas. Parece que fue uno de tantos choques entre los románticos y los modernistas. Ruelas era un pintor de cadáveres, sátiros, ahogados, fantasmas de amantes suicidas, mientras que el Doctor Atl traía en las manos el arco iris de los impresionistas y todas las audacias de la Escuela de París. Ruelas había hecho un magistral autorretrato al aguafuerte y encima de la cabeza se había grabado un insecto monstruoso que le clavaba en el cráneo un aguijón colosal: era la crítica. Y otros grabados que representaban demonios bajo la apariencia de súcubos sorbiendo los sesos de un pobre hombre. Pero la época que se aproximaba ya no iba a ser de súcubos, sino de violencia y canalladas.
Poco después encontré a Atl en la Academia; tenía ahí un estudio y asistía con nosotros a los talleres de pintura y de dibujo nocturno; mientras trabajábamos, él nos contaba con su palabra fácil, insinuante y entusiasta, sus correrías por Europa y su vida en Roma; nos hablaba con mucho fuego de la Capilla Sixtina y de Leonardo. ¡Las grandes pinturas murales! ¡Los inmensos frescos renacentistas, algo increíble y tan misterioso como las pirámides faraónicas, y cuya técnica se había perdido por cuatrocientos años!
Los dibujos que hacía Atl eran de gigantes musculosos en actitudes violentas como los de la Sixtina. Los modelos que copiábamos eran obligados a parecerse a los condenados del Juicio Final.
Ya por entonces había inventado Atl sus colores secos a la resina, que se trabajaban como el pastel, pero sin tener la fragilidad de éste. La idea era, según nos decía, tener colores que lo mismo sirvieran para pintar sobre un papel o sobre tela, que sobre una roca del Popocatépetl; lo mismo en pequeño que en grande y sobre cualquier material, así fuera metálico, al interior o a la intemperie. Unos colores así serían ciertamente cosa de maravilla y los que ya usaba, si no eran todavía perfectos, representaban un paso considerable hacia el fin deseado. Con ellos pintó unos cuadros muy grandes sobre tela, que representaban los volcanes y que decoraban  un café muy espacioso que hubo en la calle del 16 de Septiembre en la acera sur, cerca de San Juan de Letrán. Con los mismos colores pintó también un gran friso de figuras femeninas como ninfas o musas conduciendo una guirnalda hacia un retrato de Olavarrieta, un filántropo de Puebla que donó una valiosa colección de cuadros antiguos a la Academia. este friso estaba colocado sobre los mismos cuadros, que eran exhibidos por primera vez,
La técnica de aprendizaje que dejó Fabrés fue bastante modificada por nosotros. Los modelos ya no duraban en la misma posición días y más días. El dibujo era muy concienzudo, pero hecho con más rapidez para adiestrar más la mano y el ojo. Los nuevos ejercicios consistían en disminuir poco a poco el tiempo de copia de un modelo vivo hasta hacer croquis rapidísimos, en fracciones de minuto y más tarde llegamos a dibujar y pintar de un modelo en movimiento. Ya no había fotografía con la cual comparar los trabajos, y la simplificación forzosa del trazo instantáneo hacía aparecer el estilo personal de cada estudiante.

(Tomado de: Orozco, José Clemente - Páginas autobiográficas. Cuadernos Mexicanos, año II, número 97. Coedición SEP/Conasupo. México, D.F. s/f)



sábado, 23 de junio de 2018

Gerardo Murillo (Dr. Atl)

Gerardo Murillo (Dr. Atl)



Nació en Guadalajara, Jal. En 1875; murió en la Ciudad de México en 1964. En su ciudad natal estudió pintura con Felipe Castro (hacia 1890); pasó a la de México y fue alumno de las escuelas de Bellas Artes y Preparatoria. Cuando terminó ésta, el presidente Porfirio Díaz lo pensionó para estudiar pintura en Europa, pero en lugar de esa especialidad tomó clases en la Universidad de Roma con el filósofo Antonio Labriola y el sociólogo y penalista Enrico Ferri. Colaboró con el Partido Socialista italiano y escribió en su órgano periodístico, el diario L’Avanti. Viajó a pie de Roma a París y asistió como oyente a las cátedras de sociología de Emilio Durkheim y de psicología y teoría del arte de Henri Bergson, en la Facultad de Altos Estudios. En 1902, en París, Leopoldo Lugones lo bautizó con el nombre de Dr. Atl (agua, en náhuatl). Hizo otra caminata de París a Madrid con fines deportivos.

 Regresó a México en 1904 y en 1906 organizó la exposición de pintura Savia Moderna, exhibiendo por vez primera la obra de Ponce de León, Francisco de la Torre y Diego Rivera, provocando el interés por el impresionismo y la muerte del estilo pompier. En 1910 promovió el Centro Artístico, cuyo objeto era conseguir muros en los edificios públicos para pintar en ellos. Esta iniciativa no prosperó porque sobrevino la Revolución armada.



Volvió a Europa en 1911. En París fundó el periódico Action d’Art, en el que difundió sus teorías pictóricas y el sentido social de la Revolución Mexicana. En sus libros autobiográficos Gentes profanas en el convento y Apuntes inéditos para un diario habla de sus colaboraciones para L’Humanité, bajo la égida de Jean Jaurés. El poeta Carlos Barrera, diplomático mexicano en Francia, cuenta que el pintor publicó durante varios meses el periódico La Revolution au Mexiqué y que realizó varias gestiones en favor de la facción constitucionalista, aprovechando la asistencia de Clemanceau y del ministro de Finanzas Dumont a las exposiciones de pintura. En esta empresa fue apoyado por el ministro de México Miguel Díaz Lombardo.




Reintegrado a México en 1914, Venustiano Carranza lo comisionó para tratar con Zapata la unificación de las fuerzas revolucionarias; pero fracasó en su gestión y estuvo a punto de ser fusilado (existe la correspondencia entre Zapata y el Dr. Atl relativa a sus conferencias y disputas). Durante la permanencia del Primer Jefe en Veracruz, el Dr. Atl fundó La Vanguardia, en cuyas páginas se publicaron caricaturas e ilustraciones de José Clemente Orozco. Organizó la confederación Revolucionaria, integrada por 10 militares y 10 civiles, entre ellos los generales Álvaro Obregón y Benjamín Hill, Jesús Urueta y Rafael Zubarán Campany, al fin disuelta por la notable preponderancia que llegó a tener. De esa agrupación surgió más tarde el Bloque de Obreros Intelectuales, presidido por Juan de Dios Bojórquez. Parece que también intervino en el pacto que suscribieron, el 17 de febrero de 1915, el secretario de Gobernación de Carranza y la Casa del Obrero Mundial, aunque no firmó el documento. Fue en esa época director de la Academia de San Carlos, tesorero general de las Fuerzas Constitucionalistas y jefe del Departamento de Bellas Artes.


Terminado el movimiento armado, se dedicó de lleno a pintar, a promover el conocimiento del arte popular, a estudiar vulcanología y a escribir.



En el período de 1920 a 1964 destacan su lucha en favor de las potencias del Eje, su controversia con Lázaro Cárdenas y su gran amistad con Adolfo López Mateos, a quien le debe estar sepultado en la Rotonda de los Hombres Ilustres. Designado miembro del Colegio Nacional, renunció a la distinción porque se le había otorgado a Gerado Murillo y no al Dr. Atl.




Su obra escrita comprende:


1.- Folletos: Palabras de un hombre al pueblo americano (traducido al inglés), Paz germana o paz judáico-británica, ¿La victoria de Alemania y la situación de la América Latina?, Paz, neutralidad o guerra, El futuro del mundo y La carroña de Ginebra.


2.- Libros de arte: La sinfonía del Popocatépetl, Artes Populares (2 vols.; 1921, 2ª. Ed., 1922), Las iglesias de México (6 vols.), Cómo nace y muere un volcán (sobre el Paricutín), Historia del paisaje y Los volcanes de México.


3.- Crítica de arte; el catálogo de la colección Pani y un articulo contra el capítulo “Las artes plásticas” de Antonio Luna Arroyo, en México, 50 años de Revolución (t.IV, 1962).


4.- Literatura: Cuentos bárbaros, Cuentos de todos colores, Carmen (versos) y De la vida alegre y peligrosa y Gentes profanas en el convento (novelas).


5.- Ciencia: Petróleo en el valle de México, Oro más oro, Un hombre más allá del universo y El grito en la Atlántida.


6.- Política: La Revolución Mexicana defiende derechos humanos y Los judíos sobre México.


Inventó, además, las modificaciones a la encáustica, el fresco al óleo y los atlcolors. Estos son secos, a la resina, y se trabajan como el pastel, sin la fragilidad de éste, e igual sirven, al decir de su creador, para pintar sobre papel, tela o roca.




Explorador y caminante, instalado en el ex convento de La Merced, pintó ahí buena parte de su obra, sobre todo los grandes cuadros del valle de México. En 1943 asistió al nacimiento del volcán Paricutín, de cuyo fenómeno tomó apuntes y realizó cuadros que exhibió en el Palacio de Bellas Artes en 1944. Hizo algunos retratos, dibujos de arquitectura y bocetos para murales, pero sobre todo cientos de dibujos y gran número de pinturas de paisaje. Adoptó la perspectiva curvilínea propuesta por Luis G. Serrano, circunstancia que añadió a su obra una constante de monumentalidad. En sus últimos años pasó largas temporadas en Pihuamo, Tepoztlán y la barranca del río Santiago, recreando el paisaje y proyectando Olinca, la ciudad mundial de la cultura, una de sus mayores ilusiones que nunca vio realizada; e inició el género del aeropaisaje, o sean las grandes visiones de conjuntos geográficos desde la perspectiva de los aviones. Entre las decenas de autorretratos,  pintados a menudo en el primer término de sus apuntes o cuadros destaca el que lo muestra entre las nieves, hecho en 1938. En Dr. Atl donó a las galerías del Instituto de Bellas Artes una rica colección de su obra.




Tomado de: Enciclopedia de México, Tomo 1)