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jueves, 23 de julio de 2026

Secretos y otras hierbas

 


Secretos y otras hierbas 

Ya está arriba, a veces sin permiso del operador, pues no lo pide; su edad indefinida lo mismo puede ser los 18 años, los 25 que los 30; un saco azul de ligera tela entre cazadora antigua y chamarra moderna le da paquete, la camisa blanca de cuello abotonado pero sin corbata, el cabello negro y liso, trigueña cenicienta la piel de la cara; los ojos vivos, el labio ágil, mediana la estatura. Una maleta de nailon, tipo viaje aéreo, lo acompaña, y un folleto bulle inquieto en su mano derecha. 

"Señores pasajeros: disculpen que les distraiga su amable atención, vengo ofreciendo a ustedes El maravilloso antiguo formulario azteca de yerbas medicinales, manual imprescindible de los secretos indígenas". 

Todos soltado de sopetón. En efecto, alcanza a verse y leerse la carátula blanca del folleto, donde en título rojo se anuncia: Antiguo Formulario Azteca de Yerbas Medicinales...

Después de la carátula viene el texto que naturalmente no se puede ver ni leer, pero el de la voz se encarga de acotar:

"Aquí en estas páginas encontrarán los enfermos crónicos el esperado remedio para sus enfermedades, que hasta ahora no han podido curar, porque es bien sabido de los señores pasajeros que nuestros antepasados aztecas encontraron en las hierbas el secreto milagroso de aliviar los padecimientos que tenían, y esto mucho antes de la era moderna en que aparecieron las medicinas de patente que se venden en farmacias y droguerías a precios que la gente pobre y enferma no puede comprar si no es haciendo grandes sacrificios".

Los señores pasajeros unos miran al elocuente orador con ojos maliciosos de a mí no me ves la cara de tarugo, ni creas que me la pegas; otros simplemente lo miran con frialdad; algunos reflexionan que ese hombre habla como un libro abierto, con la pura verdad, pues no hay como las yerbas medicinales; y a los que pudiéramos llamar activos pian pianito les van creciendo las orejas del interés y la complacencia:

-Irene, lo que yo andaba buscando: algo de las hierbas curativas.

-Pos ándale, cómprale uno.

Y como si el vendedor las adivinara:

"Por sólo cinco pesos el antiguo formulario de plantas medicinales que revela los secretos de nuestros antepasados para arrojar las piedras de los riñones, desbaratar los cálculos biliares, hacer que los niños arrojen las lombrices que tanto los debilitan, conocer las propiedades del limón para la debilidad sexual y el derrame de la bilis, y las yerbas extraordinarias que hacen que crezca el pelo para que ya no haya calvos. El guayacán para la tisis, el cuachalalate para las enfermedades de las señoras y todo por sólo cinco pesos".

Las señoras Irene y Clotilde abren sus portamonedas.

"Si ustedes, señores pasajeros, van a las calles de Guatemala entre Argentina y el Carmen, allí se los venderán por el doble o el triple; yo se los vengo ofreciendo en esta mínima cantidad para ayuda a los enfermos, para que sanen rápidamente".

Irene y Clotilde no esperan más.

-Oiga, a ver: denos uno.


Gato por liebre 


Otro, aunque puede ser el mismo -pues la oferta varía a ritmo de la producción y el consumo, o sencillamente por las reservas o "sobrantes" de puestos de periódicos, librerías y editoras-, es el vendedor que apenas pone pie en el estribo del camión y ya está voceando el estribillo automático.

"¡Variedadeess! ¡Varieeeedadsss!"

"La revista que vale cinco pesos llévela usted por un peso. Oferta de propagandaaa. Profusamente ilustrada a todo color, papel de lujooo. Recetas escogidas para la buena mesa. El último grito de la moda. La vida de Elizabeth Taylor y Richard Burton. Oferta por un pesooo. Llévela por un pesooo. Los dos últimos números por uno cincuentaa. Llévese dos por uno cincuentaa. Cada número con una novela completa de Corín Tellado. Una novela completaa!".

El pregonero muestra en lo alto la revista, despliega rápidamente sus páginas para que el pasaje se dé un quemón. El pregonero, lo que se dice un hacha, un lince, un lobo de la mercadotecnia, ha ido mezclando con estrategia digna de director de relaciones públicas los ingredientes de su recitado: páginas a todo color; recetarios de alta cocina; figurines de la última moda y patrón para confeccionarse precioso vestido en casa sin recurrir a la modista cara e informal; y el argumento irresistible: una novela completa de Corín Tellado. 

En cuanto la primera clienta se anima y desata la timidez haciéndole "pst, pst", otras dos seguirán en la demanda. Y ya no importará que los dos ejemplares por 1 peso 50 centavos sean del año del caldo, las recetas para servirse en el real comedor del Palacio de Buckingham, a precio de libras esterlinas, y los vestidos para lucirse en el concurso -vestido- de Miss Universo.

Cuadernos, revistas, folletos, libros.

Subió nuestro hombre, traje y hasta corbata, ambos acabándose de malos tratos y tristeza, desflejándose, desvaneciéndose; pero confiriendo al personaje aire de gravedad y competencia, como conviene a un vendedor de libros. 

"...y lo que cuesta en librería veinticinco pesos yo se los vengo ofreciendo aquí en la mínima cantidad de cinco pesos, como oferta de la Editorial Azteca. Especial para esta época de exámenes en que los estudiantes no tienen a quien recurrir para que los auxililen convenientemente. Cinco pesos solamente lo que en cualquier librería de 5 de Mayo y en la misma Editorial Azteca, que los ofrece ahora como oferta de propaganda, cuesta veinticinco pesos. ¿Quién quiere el suyo? Para ayudarse en los exámenes. Para que no pague veinticinco pesos"...

-Pst, pst -hace una muchacha-, venga señor.

El libro luce en la carátula gris a buenas letras azul rey, el título.

Segundo curso de matemáticas 

Álgebra-Tabla de logaritmos 

Luce encerrado en sobre de plástico que lo ciñe fuertemente; hay necesidad para hojearlo o de un cortapapel o de uñas afiladas; la señora mamá que acompaña a su hija hace uso de este último instrumento. El libro no tiene de matemáticas, álgebra y tabla de logaritmos sino las pastas, porque lo que éstas encierran es el álbum Las Maravillas del Mundo, editado por Pasteles y Bizcochos, S. A.


(Tomado de: Cortés Tamayo, Ricardo (texto) y Alberto Beltrán (Dibujos) – Los Mexicanos se pintan solos. Juego de recuerdos I. El Día en libros. Sociedad Cooperativa Publicaciones Mexicanas S.C.L. México, D. F., 1986)

jueves, 25 de junio de 2026

El indito de los guantes

 


El indito de los guantes 

¡Brrr! ¡Qué frío hace! Llegó el tiempo, o está llegando, de esconder el cuerpo, en casita o bajo los abrigos que lo defiendan. La hora de meter las manos en los bolsillos, alzarse las solapas del saco, hundir el cuello hasta las orejas, usar sombrero, protegerse los huesitos del "carcañal" y los tobillos que cómo duelen cuando hace frío. ¡Brrr!

Entonces nos viene que ni pintado el indito de los guantes. El mismo que aparece por las calles de la orgullosa Ciudad de México, tiende sus "ropas de abrigo" en las aceras y mientras llega el cliente, teje y teje su lana burda en incansable revolotear de manos y gruesas agujas. El inconmovible tejido, indiferente a la fría marejada de los transeúntes, más ardiendo por dentro la lumbre mansa de la paciente oferta. 

El indito que llegó temprano de los cien pueblecillos montaña atrás circundando el valle de México: el ayate al hombro, la mujer el hijo a la espalda: otro ayate de lana tierna, tibia, móvil. 

Llegó a la ciudad arisca, cruzó, aturdido, los rojos amarillos y verdes de los semáforos, se dejó arrastrar por el brusco aluvión del tránsito y "estableció" su tienda en el tropel de una esquina y del clima, o se puso a recorrer calles, la tienda al hombro, la familia al paso y por poco dinero teje y teje entre tanto convida guantes de lana cruda, medias y gorros con el adorno de relampagueantes tintes. Porque no se crea nadie que solo las grandes tiendas venden ropas de abrigo, ni nada más los alpinistas compran al indito de los guantes. 

Estos inditos que venden medias y andan descalzos; gorros de lana y usos y usan sombrero de petate, guantes y no los conocen. 

Ahora que por razones de la vieja costumbre y el alto encargo, hubo un indito que vistió guantes: don Benito Juárez; pero con qué dignidad de Gran señor de la patria; muy al contrario de otros indios que, cursis y rastacueros, usan guantes para no saludar la mano áspera y desnuda de los indios.


(Tomado de: Cortés Tamayo, Ricardo (texto) y Alberto Beltrán (Dibujos) – Los Mexicanos se pintan solos. Juego de recuerdos I. El Día en libros. Sociedad Cooperativa Publicaciones Mexicanas S.C.L. México, D. F., 1986)

lunes, 25 de mayo de 2026

Café con piquete

 

Café con piquete 


Si usted, abstemio lector -de todos modos estimable- nunca se ha echado entre pecho y espalda, a eso de las tres de la mañana y en esquina cualquiera, un café con piquete, no sabe, entonces, lo que es canela. 

Pregúnteselo a los parranderos largos, a los trasnochadores tercos; a quienes trabajan a la intemperie nocturna o a la madrugada húmeda: peones de vía y pavimentos, voceadores, ruleteros, policías.

-Buenas, don Cuco... ¿Qué dice la cruda suerte?... 

-Caray, Meche, usted ni la burla perdona. Echeme un cafecito; pero como que se le va la mano. 

Meche saca de abajo del cajón -opulenta mesa- la botella del refino. A decir verdad la saca apenitas, por aquello de las cochinas dudas. No sea que la autoridá... Pero la autoridad llega en persona gendarmeril:

-¡Mechecita.. a ver una canelita!... ¡Sí: con su piquetito!...

Meche llena los jarros de barro; les echa su piquete: azúcar al gusto; menea el líquido con una cuchara; lo entrega. Bajo el cajón mesa, bien tapada no vaya a darle un resfriado, está la botella del refino; encima los jarros y tazas; las cucharas; al lado el recipiente del agua para lavar los trastos. 

Aunque canten por allí gallos desvelados, es noche cerrada, si acaso el parpadear de los ojitos de Santa Lucía; la lejana luz del arbotante dando traspiés por la mojada acera; y el trasnochador, pobrecito -si lo supiera usted- arrimándose el calor del brasero, donde la olla panzona, o el bote tieso "nomás gorgoritea".

¡Ahhh! -muy aspirada- se siente que vuelve el alma al cuerpo. ¡Ufffff! éstos son sorbos de pura vida. 

¡Si usted, lector, supiera lo que es canela!...


(Tomado de: Cortés Tamayo, Ricardo (texto) y Alberto Beltrán (Dibujos) – Los Mexicanos se pintan solos. Juego de recuerdos I. El Día en libros. Sociedad Cooperativa Publicaciones Mexicanas S.C.L. México, D. F., 1986)

jueves, 23 de abril de 2026

El abonero

 


El abonero 

Pasó a la historia el abonero árabe que recorría vecindades seguido de su tameme: mocetón mexicano que sudaba la gota gorda bajo el pesado fardo de prendas de vestir y colchas. Hoy, aquel mocetón -o su hijo- es el abonero, más sin tameme árabe, que tal fuera la justa reciprocidad de su soberana independencia. Va de puerta en puerta: los espejismos de su crédito prendidos a sendos ganchos que cuelgan de una ligera percha que él mismo carga sobre sus hombros; con la vara de espantar perros. En la barriada humilde es el ama de casa su clientela; en las colonias de medio y pelo entero son las criaditas. 

Antes era: "Baisanita, míralos los refajos, están rechulos. Te quedará como bintados. Lo pagas cuando tú quieras"...

Hoy es: "De veras: suéter te de Dios... Quédese con él. Lana pura y un pesito diario. Siete cada ocho días"... 

La criadita regatea: dice que todo su dinero lo manda al pueblo. Pero él replica que todo será ponérselo y dar el changazo los bailarines de Salón Anáhuac. Entonces ella decide quedarse con el suéter le dará Dios, y con un vestido fluorescente y unas pantaletas rosas. 

A los ocho días llega el abonero con su alto de tarjetas de cuentas por cobrar, apretadas con una liga; pero antes de ver la suya, ella tartamudea: "Pos no voy a poder darli hoy. Hasta dentro di'ocho días. Mi patrona no quiso adelantarme". Y él ataja: "No se apure, chula. Yo le doy la ropa y usted me da su amorcito consentido..." Como la criadita murmura que pos sí está bueno, el domingo entra al Salón Anáhuac con su abonero, su suéter le dé Dios, su vestido fluorescente y sus pantaletas rosas.


(Tomado de: Cortés Tamayo, Ricardo (texto) y Alberto Beltrán (Dibujos) – Los Mexicanos se pintan solos. Juego de recuerdos I. El Día en libros. Sociedad Cooperativa Publicaciones Mexicanas S.C.L. México, D. F., 1986)

viernes, 26 de abril de 2024

El de los algodones

 

El de los algodones

Las nubes nos sacan la lengua, escupen y luego se ríen de nosotros en los charcos del aguacero. Pero como los niños ni los grandes saben de poesía estridentista, las nubes, para ellos, son las que venden los algodoneros de los algodones de azúcar. Unas nubes de color rosa, asidas a estirados palitos, como antes, en los mastodónticos hangares, prendidos a largos mástiles hinchaban su suficiencia los zepelines alemanes. Hasta que los reventó el tiempo.

La civilización o lo que presume de serlo, aventó al algodonero como a otros vendedores ambulantes de los primeros cuadros de la ciudad, para no ofender al tránsito y al qué dirán de nosotros las naciones extranjeras; pero el algodonero, como los otros, ha ido a refugiar la feérica y ferial belleza de su colorido, que nadie podrá quitarnos, en los rumbos que frecuentan las gentes sin mancha, como los niños y los grandes que se parecen a los niños. Y aquí está el algodonero con sus copos sedosos, pizcando su cosecha dulce, para almohadas deleitosas; inflando sus globos de Cantolla que se quedaron lamiendo l'olla. Y los niños deshilando, desbaratando, reventando nubes a dentelladas felices. Creciéndose y rasurándose barbas color del alba o atardecer de octubre.

Aquí están el algodonero y su aparato elemental: un gran cazo que gira al calor de mínimo horno de petróleo, con su varita mágica naciendo alrededor del cono que centra interiormente este caso los aéreos y ¡ay! pasajeros azúcares.

El algodonero que amontona las nubes, como Zeus.


(Tomado de: Cortés Tamayo, Ricardo (texto) y Alberto Beltrán (Dibujos) – Los Mexicanos se pintan solos. Juego de recuerdos I. El Día en libros. Sociedad Cooperativa Publicaciones Mexicanas S.C.L. México, D. F., 1986)

lunes, 18 de diciembre de 2023

La lucha libre mexicana

 


Respetable público: 

lucharaaaaaaaaaán, dos a tres caídaaaaaaaas, 

sin límite de tiempooooo.

En esta esquinaaaa el Santo y Cavernario; 

y en esta otraaaaa Blue Demon y el Bulldog.


La lucha libre mexicana 

por Francisco Correa y Selynda Pérez Argueta


¿Quién no ha oído esa canción del Conjunto África? La letra es emblema de una de las manifestaciones culturales más representativas del país y, en particular, del entorno urbano. Nos introduce al universo de los héroes populares que no tienen relación con los cómics o el cine hollywoodense. Frente a ésos, los de los gringos -extravagantes seres superdotados o multimillonarios que "regalan su tiempo libre" a la caza de villanos con resentimiento social- los mexicanos oponemos el héroe enmascarado, surgido de los barrios marginales de Tepito, la Doctores o Peralvillo; el luchador que esconde su identidad tras una colorida máscara y no con unos lentes y un copete envaselinado -que sólo engaña a aquellos con miopía intelectual.


¿Qué puede Batman contra Blue Demon? ¿Qué Hulk contra Psicosis?¿Cuál de todos los Ironman sería capaz de derrotar al Huracán Ramírez?¿Qué miembro de la Liga de la Justicia le haría frente a los Perros del Mal? ¿Podría Spider-man ganarle al Rayo de Jalisco? ¿Derrotaría Superman al Santo?


Preguntas hipotéticas que tienen por respuesta una sola certeza: los héroes mexicanos siempre saldrán vencedores por la sencilla razón que ellos sí existieron -y siguen vigentes-. Cada fin de semana se materializan en el ring -de la Arena México o la Coliseo- pero no se esfuman al terminar la función. Los encontramos inmortalizados en el llamado Cine de Oro, pero también en las calles de las colonias Doctores, Obrera y Bondojto, como parte inherente de la gráfica popular y recientemente de la publicidad de otros productos que "se cuelgan" de la fama de estos personajes; los vemos en orfanatos u hospitales dando ánimos a los niños con leucemia o en funciones públicas que son parte de las ferias regionales o en la carpa improvisada de cualquier plaza del país.

La lucha libre mexicana es el espacio del desahogo colectivo, de la catarsis social, donde el chingón -ése que describió Octavio Paz en El laberinto de la soledad-, se encarna con musculatura de hierro en un ring de seis por seis metros, donde el hombre marginal condenado al ostracismo económico tiene la oportunidad de renacer como héroe de las arenas de concreto -el gladiador redivivo que pelea por algo más que su libertad- y se gana la admiración y el aplauso de la gente, hasta alcanzar su propia estatua en el barrio o el pueblo que lo vio nacer".

Deporte y disciplina, pasión y sufrimiento, donde la violencia, a decir de Carlos Monsiváis, se vuelve estética y refleja la eterna lucha entre el bien y el mal: los técnicos contra los rudos, la máscara contra la cabellera, en un duelo de dos a tres caídas -con límite de espacio, sin límite de tiempo- hasta que el derrotado salga entre un bullicio de chiflidos -cubriéndose el rostro- y el puño del vencedor sea levantado por El Tirantes [uno de los referís más polémicos y reconocidos que lleva casi treinta años en activo], y cual efigie de guerrero helénico, se corone su victoria con un cinturón de fino metal labrado.


Emulando a los griegos 


la arena estaba de bote en bote,

la gente loca de la emoción 

en el ring luchaban los cuatro rudos 

ídolos de la afición.


La lucha libre mexicana nace como un espectáculo ideado por extranjeros que se aventuraron con una osada propuesta: inventar un deporte que combinara el catch europeo y el wrestling americano. Presentaron a los primeros luchadores -entre los que se encontraban Conde Koma, León Navarro y Kawamula- emulando a los atletas griegos que, en tiempos de Heracles, se batían para demostrar quién era, no sólo el mejor luchador, sino "digno de la gracia de los dioses".

En la década de 1920 Giovanni Relesevitch, Antonio Fournier y Constant Le Marin organizaron los primeros espectáculos. Pero no fue sino hasta 1933 cuando se fundó la Empresa Mexicana de lucha libre hoy como hoy conocida como el consejo mundial de Lucha Libre, hoy conocida como el Consejo Mundial de Lucha Libre -CMLL-, por Salvador Lutteroth, quien es considerado como el "padre de la lucha libre mexicana".

La fusión entre la lucha y la identidad desconocida -combinar el deporte con la teatralidad y emparentarlo con la "eterna lucha del bien contra el mal"- comenzó con Ciclón Mackey, el primer enmascarado en pisar una arena en el país. Antes de la Arena México hubo otros escenarios como la Coliseo -también llamado El Embudo de Perú 77-, sede de históricas batallas donde se forjaron los cimientos de, además de uno de los deportes más populares, un emblema de la mexicanidad ante el mundo.

Desde la década de 1950 hasta los años 70, la lucha libre vivió su época de oro: se definieron los personajes más relevantes dentro del ring y de la pantalla grande; se volvieron ídolos internacionales mientras combatían a los más estrafalarios maleantes, reales o imaginarios: momias, brujas, vampiros, hombre lobo, científicos desquiciados, magnates del mal, villanos del absurdo. Ahí Santo y Blue Demon forjaron sus leyendas.

Nombres como el Huracán Ramírez, célebre por su "huracarrana", el Perro Aguayo y sus peludas botas; la Parka derrotando a Pierrot en un duelo de máscaras; Octagón y su cinta roja en la frente a imitación de los guerreros ninja; Mil Máscaras y el Matemático en los tiempos de la Legión de los Villanos; Cavernario Galindo gritando su bramido salvaje; el Rayo de Jalisco aplicando por última vez la desnucadora, Tinieblas y su inseparable amigo Alushe; Dos Caras ganando los campeonatos en los EE. UU.; Lismarck sin nunca haber perdido su máscara; Psicosis y su característica mezcla de cabellera-máscara-cuernos; el Negro Casas y su gusto por Juan Luis Guerra y su 440 -de ahí su apodo-; Máscara Sagrada y su disputa con la AAA; y Atlantis rivalizando con el tiempo, uno de los más longevos y que hasta la fecha sigue vigente en el ring.

En los últimos años peleadores como Dr. Wagner, Shoker el Hijo del Perro Aguayo, Místico o Rey Misterio le han dado otro matiz a las arenas, desarrollando una lucha de acrobacia y espectáculo más cercana a la WWE estadounidense que a la lucha tradicional mexicana. No obstante, también son responsables que este deporte sea muy admirado y respetado en todo el mundo; ni los gringos han podido con el entrenamiento la disciplina y la agilidad que se requieren y más de uno ha salido con un brazo roto o decepcionado por "no dar el ancho" ante las exigencias del público mexicano.


La tragedia nacional 


Y la gente comenzaba a gritar 

se sentía enardecida sin cesar:

"¡Métele la Wilson, métele la Nelson,

la quebradora y el tirabuzón…!"


Todo caos puede ser derrotado por una sobrecarga de tensión: la inseguridad, la corrupción , las injusticias, los desaparecidos, la pobreza o el desempleo. En nuestro país sobran miles de razones por las que un mexicano necesita gritar. Alaridos que reconfortan y desahogan, que exasperan y relajan, que se hacen indispensables -y presentes- en cualquier festejo, pero que cobran especial fuerza en las esquinas de los cuadriláteros.

El colectivo inconsciente se ve constantemente amedrentado, la insatisfacción social amenaza con estallar en cualquier momento, lo que genera la imperiosa necesidad de encontrar válvulas de escape. En su obra El Malestar en la Cultura, Sigmund Freud señala que es necesario que las sociedades tengan medios para liberarse del hartazgo y así no desencadenar algún tipo de histeria colectiva. En México hay varias válvulas de escape y una de las más efectivas -junto con el fútbol- ha sido la lucha libre.

Semejante a un juego ancestral, este deporte puede conceder su origen al pueblo grecorromano. Por un lado nos remonta a las luchas cuerpo a cuerpo que se desarrollaban en el imponente coliseo como preparación física para los gladiadores. Por otro, rememora las tragedias griegas, las cuales asumían la función de caja de resonancia de las ideas y las principales problemáticas de los pueblos que habitaban las polis de la hélade.

Con el tenis término κάθαρση/kátharsis, Aristóteles describió la práctica liberadora de hechos traumáticos que producía la tragedia: sacar a la luz cuanto está en el fondo del ser y que constituye un obstáculo para alcanzar la purificación mental y espiritual. De esta manera se presenta la construcción del escenario idóneo para la puesta en escena de cuanto aqueja al mexicano, como representación teatral contenida en la lucha libre. Arriba del ring los luchadores representan la eterna dualidad de la Hybris y la Némesis griegos, manteniendo un vínculo por medio de la violencia como instinto humano y hermanados por el riesgo a la muerte.

La lucha libre es pues, la catarsis de las energías contenidas en hombres y mujeres de todas las edades, es un fenómeno surgido del barrio y de las colonias populares y que ha logrado permear todos los estratos sociales. Al ser uno partícipe de la batalla en la arena, la imaginación se desborda por el audaz juego de acrobacias y saltos mortales desde la tercera cuerda. El cuadrilátero iluminado es el escenario donde los titanes se enfrentan; reflejo a su vez de la lucha diaria por la supervivencia, de la que todos somos parte aún de forma involuntaria.

El santuario de las pasiones urbanas abre sus puertas a la comunión masiva. Los vestuarios y las coreografías son el preámbulo para el rito místico que congrega a las masas. El grito de: "¡Lucharaaaán de dos a tres caídaaaas... sin límite de tiempoooo!" desata a las fuerzas universales, las cuales se enfrentan hasta alcanzar el punto en el que las máscaras son emblemas del día y la noche, de la dualidad que impera también en nosotros.

Todo sucede en un ambiente donde convergen la música surf con gritos a favor o en contra de tal o cual luchador; en donde los personajes que se encuentran sobre el ring trasladan su protagonismo a los espectadores, quienes, envalentonados con unos tragos de cerveza, son capaces de arrojar toda su ira en un vaso de cartón.

con cada golpe, con cada llave, con cada salto, se desahoga el hartazgo social y es posible posible liberarse de la frustración. Un pancracio [combate gimnico de origen griego, que estuvo de moda entre los romanos, en el que la lucha, el pugilato y toda clase de medios, como la zancadilla y los puntapiés, eran lícitos para derribar o vencer al contrario] que simula la batalla entre colosos, con patadas voladoras, candados asesinos y aterrizajes violentos; la interacción entre el público y los luchadores, se convierte en una especie de comunión, un rito catártico en el que todos desahogan sus miedos y frustraciones. Así, entre silbidos, gritos y mentadas, nos unificamos en una sola voz, somos iguales... excepto en un pequeño detalle: unos son técnicos y otros rudos.


De máscaras y artilugios 


"¡Quítale el candado , pícale los ojos,

jálale los pelos, sácalo del ring…!"


La máscara y la personalidad son vocablos griegos que resultaron fundamentales para la representación dramática de la realidad. Al enmascararse, el luchador se vuelve una abstracción, su historia y su origen se transforman en un signo en forma de glifo mexica o maya, en ángel o demonio, héroe o villano; es una encarnación del misterio. Los elementos inspiradores para la creación de máscaras y personajes en la lucha libre son infinitos. Entidades metafísicas, fenómenos meteorológicos, adjetivos heroicos o en ocasiones despectivos, atributos puros, objetos vivos o inanimados, constituyen la fuente para la conformación del personaje.

La máscara se vuelve un elemento definitorio de su historia, sin importar la tela o el color con que se confeccione: es su tarjeta de presentación y el símbolo de inmortalidad para quien la porta. El valor de la máscara se mide en función del sudor, del estilo y de las maniobras aplicadas sobre el cuadrilátero. Sólo aquellos luchadores que sean capaces de despojarse de sí mismos y convertirse en el personaje -querido u odiado por el público- podrán convertirse en leyendas. Por ello los duelos en los que se apuesta la máscara -o la cabellera-, conllevan la lucha no sólo por un elemento decorativo del disfraz, sino por la identidad y el honor mismo. El luchador que pierde la máscara, pierde su nombre, su trayectoria, su misma existencia. Podría ser su último combate ser borrado de la memoria y sumarse al polvo del olvido; o puede reinventarse y transformar su derrota en el dintel de una nueva historia como lo hizo el mítico Blue Panther.


"¡Uno, dos...tres!"


De entre toda la parafernalia que rodea el espectáculo de la lucha libre mexicana: los carteles anunciando el siguiente encuentro, las arenas repletas de gente, las máscaras, cabelleras y disfraces, la música estridente y el lenguaje del público, se suman las incontables figurillas de plástico que representan a los luchadores en pseudoposición de combate: la mano izquierda levantada con la palma al enfrente, la derecha hacia abajo y las rodillas semiflexionadas. A esas figuras se suman "rines" -cuadriláteros y hexadriláteros- de madera u acolchonados con cuerdas de ligas juguetes tradicionales que han hecho la diversión de varias generaciones.

Finalmente, la lucha libre mexicana es una pelea por ser auténtico. Juan Villoro ha dicho al respecto: "Póngale una máscara a un hombre y dirá la verdad". Los luchadores son la encarnación viva de ello, sus cuerpos son el testimonio vivo de esta mezcla de teatralidad y rito que, por medio del dolor y el esfuerzo -del sudor y las lágrimas- logra su apoteosis. Alegoría de las batallas a que nos enfrentamos a diario, éste deporte se ha convertido en un emblema de nuestra mexicanidad -como los grabados de Posada, Frida Kahlo o el muralismo-, un entretenimiento que también nos remite a nuestras emociones más básicas, a nuestra infancia y, por lo mismo, a nuestra esencia como individuos y que nos anima a levantarnos cada día, sin importar que tanto nos hayan "dejado en la lona".


(Tomado de: Correa, Francisco, y Pérez Argueta, Selynda - La lucha libre mexicana. Algarabía #157, Año XVII, Especial Tragedia y Comedia, Editorial Otras Inquisiciones, S.A. de C.V. México, D.F. 2017)

jueves, 18 de mayo de 2023

Tacos de carnitas

 

Tacos de carnitas

¡Fuchi!, exclaman aquellos como el del cuento -que puro pollo y vino blanco y traía los hollejos de los frijoles entre los dientes- cuando ven las fritangas de carnitas de cerdo; esas que olerlas atrofian cuatro sentidos en favor de uno solo: el gusto; porque así como el de los hollejos desfallecía por comer pollo, estos del ¡fuchi! qué darían por, a pesar de la pretensión, sanos hijos de vecino, llegar hasta el umbral de "El Tentempié", frente a la vitrina cuadrada que medio encierra, sobre una plancha que alimenta lumbre oculta, las odoríferas carnitas "gordas y coloradas" a las que la luz de un foquito relumbra el espejismo voluptuoso, la grasa abundante.

Que en tal lugar, tras la vitrina, está esa segunda versión del vendedor de tacos al que la buena gente aldeana llama "carnitero" cortando a la frita calculados trozos que luego coloca en la tablita o segmento de tronco, para tasajearlos con donaire y primor dignos de clientela de tan privilegiado gusto, como que nomás es verlo trabajar y ya está haciéndose lenguas.

Formadas las tortillas calientitas, chiquitas, van recibiendo de mano del orfebre ésta su porción de "gordito", la otra de "maciza", aquella de "nana", y la de más allá hígado, sin faltar la costura del palillo para evitar reventones prematuros.

"¿Le pongo salsa?", -Y usted, o yo, en Soto, Santa María la Redonda, el Carmen, aquí en Bucareli, de los muy afamados en el cubo del zaguán, muy sentados en la escalera, contando los peldaños de nuestra más lisonjera beatitud.


(Tomado de: Cortés Tamayo, Ricardo (texto) y Alberto Beltrán (Dibujos) – Los Mexicanos se pintan solos. Juego de recuerdos I. El Día en libros. Sociedad Cooperativa Publicaciones Mexicanas S.C.L. México, D. F., 1986)


jueves, 6 de abril de 2023

Acá las tortas

 

Acá las tortas

Rótulo o letrero en la pared, en San Cosme, en Palma, en Santa María la Redonda, o Justo Sierra con Correo Mayor, el reclamo, Acá las tortas quiso indicar eso: que allí las tortas, vamos: que ese expendio presumía de vender las insuperables. Hay acá las poderosas en amor, en trabajo, en pelea.

Tortero y tortera hay en México para competir en el más rumboso concurso internacional, pues 500 o mil tortas al día es récord olímpico. Aquí y en Melbourne. Mover manos prodigiosamente, en un santiamén, en menos que canta un gallo; de rebanar teleras, quitarles el migajón, untarles tapas de crema o mostaza, ponerles la vianda indicada entre veinte que se exhiben en otras tantas cazuelas de peltre; freírlas o calentarlas si se requiere; aderezarles chipotle, chilitos verdes, lechuga, cebolla, aguacate; atender veinte manos que se alargan, es ser campeonísimo

"¡Quiero una de pulpo! ¡Tres para llevar! Usted, de qué me dijo?..."

Y él, o ella, rebanando, juntando, rellenando, tapando, envolviendo, haciendo cuentas. Y frente a ellos cien bocas, cada boca con 32 dientes que no se aguantan y una lengua pidiendo tortas a Dios dar; de acuerdo con el hambre, el antojo y el bolsillo.

Al fin de la jornada el tortero queda hecho tortilla, pues aunque en una torta se haya ido el picante del requiebro y en otra la mostaza de una cita, no todo para él son tortas y pan pintado…


(Tomado de: Cortés Tamayo, Ricardo (texto) y Alberto Beltrán (Dibujos) – Los Mexicanos se pintan solos. Juego de recuerdos I. El Día en libros. Sociedad Cooperativa Publicaciones Mexicanas S.C.L. México, D. F., 1986)

jueves, 23 de febrero de 2023

La tamalera

 



La tamalera

"¡Verdes y colorados los tamales! ¡De dulce y de manteca! ¡Lleve los tamales! ¿Cuántos le servimos, marchantita?..."

Está envuelta en su rebozo, manto de sus mayores; sobre el fuego lento del anafre, el bote de los tamales. Destapa el bote, quita el lienzo que cubre su calor propicio; a pellizcos rápidos, porque el vapor quema, va sacándolos y poniéndolos en el plato de peltre. Una nube de incienso oloroso cosquillea el olfato del apetito.

Verde, blanco y colorado, la bandera del soldado. Estos tamales mexicanos hasta las cachas, envueltos en hojas de maíz como la superficie de la patria suave. El goce supremo de los tamales es comérselos a mordida ansiosa y trago de atole; este atole que hierve y chorrea en la olla de barro, panzona; champurrado o de cáscara, blanco, de fresa…

"¡Ay, marchantita! ¡Si no están caros! ¡Si nos han subido todo: la masa, la manteca, el azúcar, la hoja, la carne ni se diga! Por eso le pongo poquita! ¡Yo qué más quisiera!..."

El mercado por la mañana; las puertas del cine y las esquinas por las noches son altar de su oficio. Y este pueblo nuestro que hace mesa de la calle y al cochinito del ahorro prefiere la barriga llena para el corazón contento.

"¡Los tamales! ¡De chile y de dulce los tamales!"

Aquí está la tamalera, mientras la noche crece. Corte de caja y balance es el montón de hojas de maíz junto al asiento de ocote. Mientras el frío crece, envuelta en su rebozo, su rescoldo y su vapor, aquí está la tamalera: mal y vendiendo.


(Tomado de: Cortés Tamayo, Ricardo (texto) y Alberto Beltrán (Dibujos) – Los Mexicanos se pintan solos. Juego de recuerdos I. El Día en libros. Sociedad Cooperativa Publicaciones Mexicanas S.C.L. México, D. F., 1986)

lunes, 15 de junio de 2020

Temor a la muerte, angustia de vivir

TEMOR A LA MUERTE. ANGUSTIA DE VIVIR

¿Dónde es, corazón mío, el sitio de mi vida?
¿Dónde es mi verdadera casa?
¿Dó mi mansión precisa está?
¡Yo sufro aquí en la tierra!


Cantares mexicanos
Trad. de Ángel María Garibay K.


LA CALAVERA como motivo plástico, una fantasía popular que desde hace milenios se deleita en la representación de la muerte, como el Renacimiento y el barroco en la de los angelillos y cupidos: esto fue una tremenda sorpresa y casi un trauma para los visitantes de la Exposición del Arte Mexicano en París. Se paraban ante la estatua de Coatlicue, diosa de la tierra y de la vida, que lleva la máscara de la muerte; contemplaban el cráneo de cristal de roca -uno de los minerales más duros-, tallado por un artista azteca, en innumerables horas de trabajo, con un asombroso dominio del oficio; miraban los grabados de los dibujantes populares, Manilla y Posada, que recurrían a esqueletos para comentar los sucesos sociales y políticos de su tiempo. Se enteraban de que en México hay padres que el 2 de noviembre regalan a sus niños calaveras de azúcar y chocolate en las cuales está escrito con letras de azúcar el nombre de la criatura, y que ésta se come encantada el dulce macabro, como si fuera la cosa más natural del mundo. Les fascinaba un arte popular que confeccionaba con materiales muy humildes, con tela, madera, barro y hasta con chicle, unos muñecos en forma de esqueletos, ataviados con abigarradas prendas, juguetes muy comunes y queridos por el pueblo… Paul Rivet, en una crónica sobre la exposición, habla de “motivos inesperados” y pregunta: “¿Qué decir de esos muñecos que representan una pareja de recién casados en traje de boda y son en realidad una pareja de esqueletos?” Pregunta en la que se vislumbra, además de asombro, un dejo de espanto. El europeo, para quien es una pesadilla pensar en la muerte y que no quiere que le recuerden la caducidad de la vida, se ve de pronto frente a un mundo que parece libre de esta angustia, que juega con la muerte y hasta se burla de ella… ¡Extraño mundo, actitud inconcebible!

El México antiguo no conocía el concepto del infierno. Es posible y hasta probable que en el subconsciente del pueblo, sobre todo del pueblo indígena, siga viviendo todavía el oscuro recuerdo de un más allá abierto aun al pecador. El hecho en sí es el mismo en todas partes, pero la concepción de la muerte es otra. La imagen del esqueleto con la guadaña y el reloj de arena, símbolo de lo perecedero, es en México de importación: en los casos en que se la acoge -por ejemplo, en las representaciones de la danza macabra-, se adapta, en seguida, y se aclimata, se mexicaniza, como lo vemos en Manilla y Posada. Xavier Villaurrutia, cuya poesía gira, casi enteramente, en torno a la muerte, escribió alguna vez: “Aquí se tiene una gran facilidad para morir, que es más fuerte en su atracción conforme mayor cantidad de sangre india tenemos en las venas. Mientras más criollo se es, mayor temor tenemos por la muerte, puesto que eso es lo que se nos enseña”. La carga psíquica que da un tinte trágico a la existencia del mexicano, hoy como hace dos y tres mil años, no es el temor a la muerte, sino la angustia ante la vida, la conciencia de estar expuesto, y con insuficientes medios de defensa, a una vida llena de peligros, llena de esencia demoníaca.

La íntima convicción del indio de que la vida es sufrimiento, de que el sumiso y débil es víctima de la brutalidad del fuerte -aquello que Roualt expresó al poner debajo de uno de los grabados de Miserere et Guerre la sentencia de Plauto “El hombre es el lobo del hombre”- hizo que el arte religioso del México colonial adoptara con verdadera pasión y tratara en mil conmovedoras variantes el tema del cristo martirizado, cuyo cuerpo, fustigado por inhumanos verdugos, chorrea sangre de mil pavorosas heridas. Es significativo que estas representaciones abunden en el siglo XVIII, siglo en que el indio y el mestizo, ejecutantes casi siempre anónimos, empiezan a imprimir al arte religioso su carácter y mentalidad. Y el hecho de encontrarse estas esculturas y pinturas sobre todo en las humildes iglesias pueblerinas, en aldeas de población indígena al margen de las influencias de la civilización urbana, admite la conclusión de que el martirio que el hombre inflige al hombre es una experiencia honda y primordialmente arraigada en el mundo sentimental del indio; y que el Cristo torturado es tan particularmente adorable para él porque siente su tortura como algo muy suyo. No cabe duda de que tal “patetismo del dolor material” -permítaseme citar esta frase de Werner Weisbach (El arte del barroco)- procede del realismo, o más bien, del verismo español, que se complace “en recargar la idea de la vida con imágenes de lo sangriento, terrible y espantoso”. Pero tampoco hay duda de que México se apoderó del tema con intenso fervor -comparable al fervor con el que se adueñó del estilo churrigueresco para dotarlo de la pompa y exuberancia que corresponde a su propia idiosincracia- y que el Nazareno colonial no es una simple variante del español, sino creación independiente, obra de una sensibilidad específicamente mexicana. “En los Cristos misérrimos de aullidos, de sudor y de sangre, encontramos, con la puntualidad infalible de lo extraordinario, gran parte de la dramática mitología indígena anidando, con forzado confort, en la exigua y lamentable imagen de la aldea”, dice Cardoza y Aragón, (Pintura mexicana contemporánea).

Angustia de vivir. Recordemos las palabras que el padre nahua decía a su hijita cuando ésta llegaba a la edad de seis o siete años: “...Aquí en la tierra es lugar de mucho llanto, lugar donde… es bien conocida la amargura y el abatimiento. Un viento como de obsidianas sopla y se desliza sobre nosotros… no es lugar de bienestar en la tierra, no hay alegría, no hay felicidad” (Códice Florentino, lib. VI, trad. de Miguel León-Portilla).

(Francisco Goitia: Tata Jesucristo)

Y recordemos también la obra maestra de un pintor de nuestros días, Tata Jesucristo de Francisco Goitia, quien, hablando de las dos mujeres representadas en su cuadro, dice: “Están llorando lágrimas de nuestra raza, penas y lágrimas nuestras, diferentes de las de los otros. Toda la congoja de México está en ellas”. Lo que las hace sollozar es la vida, el dolor de la vida, la incertidumbre que es la vida del hombre en la tierra.

El México antiguo no temblaba ante Mictlantecuhtli, el dios de la muerte; temblaba ante esa incertidumbre que es la vida del hombre. La llamaban Tezcatlipoca.

(Tomado de: Westheim, Paul - La Calavera. Traducción de Mariana Frenk. Lecturas Mexicanas #91, primera serie. Fondo de Cultura Económica, México, 1985)

viernes, 29 de noviembre de 2019

El lépero, criminal en potencia

Lépero (Litografía de Claudio Linati)

El lépero, criminal en potencia

Uno de los personajes a quien la sociedad tolera y teme, que se pasea impunemente por las calles sin que nadie sepa a ciencia cierta de qué vive, qué quiere o qué piensa, es el lépero. Es gente conocida que deambula por todos los barrios y es producto, sin duda, de la crisis social y económica que padece nuestro país.
El lépero también es conocido como pelado, por las veces que caía en la cárcel, o porque no tenía camisa ni forma honrada de vida. En la época virreinal eran conocidos como ensabanados porque apenas cubrían un poco su desnudez, pelados, con una sábana o manta. Un viajero norteamericano, Franz Mayer lo describe así:

Ennegrezcamos a un hombre al sol; dejemos que el pelo se le ponga largo y enmarañado, o que se le llene de sabandijas; que se empuerque con todas las inmundicias de la calle durante años sin que jamás sepa de toallas o de cepillos, ni lo toque el agua, salvo cuando hay tempestades; que a los veinte años se ponga un par de bragas de cuero y las lleve hasta los cuarenta, sin cambiárselas ni lavarlas nunca; encima de todo eso coloquemos un sombrero ennegrecido y agujereado y una blusa harapienta, manchada de abominaciones; añadamos ojos feroces, dientes brillantes y rostros aguzados por el hambre, pechos desnudos y bronceados, y (si son hembras) dos o tres miniaturas de la misma ralea que trotan en pos, y, de seguro, otra liada con correas a la espalda; combinemos todas estas cosas con la imaginación y tendremos la verdadera efigie del lépero mexicano [...]. Allí, en los canales, por los mercados y en las pulquerías, se pasan el día entero los indios y estos parias abyectos comiendo desperdicios, riñendo, bebiendo, robando y durmiendo la mona en el suelo, mientras en torno a él sus hijos gritan de hambre. Por la noche se escabullen para meterse en estos arrabales y se acurrucan en los suelos húmedos de sus madrigueras, para dormir los efectos de la bebida y despertarse a la mañana siguiente para dar comienzo a otro día de miseria y de crimen. ¿Será cosa para asombrarse el que en una ciudad en que tan inmensa proporción de los habitantes son gente de esta calaña (sin esperanza en lo presente ni en lo porvenir) ocurran asesinatos y robos?


(Tomado de: Sánchez González, Agustín - Terribilísimas historias de crímenes y horrores en la ciudad de México en el siglo XIX. Ediciones B, S.A. de C.V., México, D.F., 2006)

viernes, 23 de agosto de 2019

La venta del amor, DF


Es un mercado de amor, de ilusión, de fe, de esperanza o de remedios. Un mercado difícil de encontrar en todo el mundo porque, generalmente, todo esto no se vende. Pero aquí sí. Se vende todo eso y más, se venden recetas para curar los males de amor, se venden oraciones para quien no lo conoce, se venden ilusiones y se venden los medios para que el amor llegue.
Y no sólo se venden,  sino que también se compran, y se compran mucho. En este mercado de Sonora, que se encuentra en el mercado en la Merced de la Ciudad de México, y en muchos otros, en diferentes partes de la República, se vende el amor; se vende en pastillas y en palabras. Ahora que mucho depende de qué clase de amor se compre. Puede ser un amor pasajero o duradero, el que termina en matrimonio, o quizá lo que se necesite sea una cura contra el mal de amor; no importa, también la hay.
Los productos amorosos de este mercado son muchos, cientos, y se presentan en diferentes formas. Si se quiere resultar irresistible a un galán, entonces conviene adquirir un jabón atrayente, que según dice en las indicaciones, no es un jabón cualquiera, sino un jabón protector de los enamorados que con su exquisito aroma atrae al sexo opuesto, ya que está elaborado con esencia de flores exóticas.
Pero no se usa así nada más. Para que haga efecto hay que decir estas palabras mágicas: “Jabón atrayente, te pido, por la virtud que tienes, me ayudes a conquistar a fulano de tal que de día y de noche ocupa mis pensamientos”.
Parece un jabón cualquiera y huele como un jabón cualquiera, pero no, es el jabón “atrayente”, y para lograr un mejor efecto, se debe pensar en el ser amado mientras se usa. Ahora que si no le hace efecto el jabón con todo y la oración, el pensamiento, y el baño, no importa, para eso están los polvos. Éstos son llamado “polvos de San Antonio”, y para que resulten, hay que espolvorearlos sobre el cuerpo después del baño y decir “San Antonio, traedme novio y pronto matrimonio”.
Se dice que, por lo regular, las instrucciones garantizan su efectividad, la cual se debe a que están hechos con legítimo polvo de arroz y perfume de virgen de azahar, y es muy difícil que fallen. Pero si esto tampoco resulta, entonces se puede recurrir a las veladoras o a las velas, que en este caso tienen que ser 9. Además hay que rezar:
Estas velas que enciendo, en 9 días se consumirán, y las almas que invoco cuanto les pida me concederán. Almas, moved el corazón de fulanito o zutanita, para que su corazón lleno de amor hacia mí se acuerde, y todo cuanto tenga me lo venga a dar.
Esta oración es muy importante, sobre todo cuando de amor desinteresado se trata. Pero todavía hay más remedios o más esperanzas, y no sólo para el sexo femenino; también hay talismanes y oraciones para los hombres.
El del coyote dice así: “Coyote hermoso, con tu talismán poderoso, que cargas en la cabeza, préstamelo para que con él haga lo que yo quiera, y que se enamore de mí cuanta mujer yo viera”.
La piedra imán también es importante en el mercado de amor, como lo son los perfumes, las flores y los ajos. Las más discretas se venden en forma de polvo molido, pero todas con la oración al chupamirto o chuparrosa, siempre presente, que debe rezarse toda los viernes con una vela y frente a la imagen del ser amado (aunque sea una foto).
Polvo de chuparrosa disecada, molida y pulverizada en luna llena para espolvorear en todo el cuerpo, para obtener la gracia del amor.
El chupamirto para atraer al novio, la chuparrosa para atraer a la novia, polvos para que no se olviden, oraciones para que se atormenten, velas para que repartan lo que tienen, jabones para que no se alejen. Remedios para todo y para todos, esperanzas a la venta por unos cuantos pesos y unas muchas ilusiones, todo como parte del México Mágico que encontramos en el mercado de Sonora de la Ciudad de México,


(Tomado de: Sendel, Virginia - México Mágico. Editorial Diana, S.A. de C.V., México, D.F., 1991)



sábado, 22 de junio de 2019

Xilófono de lengüeta, teponaxtli



Ampliamente difundido con el nombre náhuatl de "teponaztli". Consiste en un tronco de madera ahuecado longitudinalmente en su parte interior, con una o dos lengüetas en la parte superior, practicadas por medio de incisiones que atraviesan la capa que queda después de excavado. El ahuecado, en configuración longitudinal, rara vez traspasa los cabezales, en los que en ocasiones son tallados motivos ornamentales. Las longitudes de estos instrumentos variaban entre un metro y veinticinco centímetros.

Existen comentarios de investigadores acerca de instrumentos con más de dos lengüetas, pero aún no se ha demostrado si existieron, ni su uso se generalizó tanto como los de dos lengüetas, las que encontradas por sus extremos libres configuran una "H", característica que hace identificable al instrumento y su representación.

La forma de las lengüetas, por lo general rectangular, tiene en la mayoría de los casos secciones de diferente grosor, mayor hacia la punta -para dar masa y obtener con ello sonidos más graves- y menor en la base- para dar mayor elasticidad a los movimientos de la lengüeta y con ello mayor sonoridad-. En ocasiones el grosor en las lengüetas era modificado por una especie de bajo relieve en plano, en la superficie exterior cerca del área de empotramiento, por ello las lengüetas parecen realzadas en sus puntas en forma rectangular; este aparente realzado cumple dos funciones: señala el área de percusión más favorable para una óptima sonoridad y ofrece una tapa más gruesa en las lengüetas al inevitable desgaste por la ejecución.

Los xilófonos precortesianos de percusión con dos lengüetas aparecen afinados con mayor frecuencia, en intervalos de tercera menor o quinta justa; en menor número, en tercera mayor, cuarta justa, segunda mayor o sexta mayor, de este último sólo se conocen dos casos.

Muchos de los términos empleados por culturas precortesianas e indígenas para conceptuar a este tipo de instrumentos, hacen referencia a un tipo de madera, sin que ésta sea la misma para todos los casos; los hay construidos en nogal, tepeguaje, chicozapote y roble, aunque existen otros de palo de rosa, sabino y mezquite; estas culturas variaron el material para la elaboración de estos xilófonos, de acuerdo con posibilidades y alternativas regionales.

Representaciones y referencias documentales informan que la ejecución de estos instrumentos se hacía a partir de la percusión en lengüetas con una o dos baquetas de madera, por lo general, con sus áreas de impacto recubiertas con una resina vegetal conocida como hule. El modo de sujeción de las baquetas observado en códices y culturas indígenas de la actualidad, se presenta en dos formas principales: una, la baqueta sujeta entre el dedo índice y pulgar, casi suspendida del extremo más alto, dejando caer diagonalmente el extremo inferior; y otra, aprisionada por el dedo pulgar contra los demás, para golpear como con un martillo. Cada una de estas maneras de ejecución debió tener especial significado, a tal grado que, actualmente, ambas se usan en algunas comunidades indígenas, cada una según el acto de que se trate.

La caja de resonancia surgida del ahuecamiento en el tronco, varía su sonoridad según la forma en que se les sujete o apoye, debido a que se tapa en menor o mayor grado la boca resultante de la excavación.

Representaciones ideográficas precortesianas y de las primeras épocas de la Colonia ilustran las formas en que se apoyaban y sujetaban estos xilófonos para su ejecución. Una, donde el instrumento se apoya sobre un rodete en el piso, con lo que la cavidad del instrumento casi obstruida propicia una mejor resonancia; esta posición permitía independencia en el manejo de las baquetas del ejecutante, que permanecía en cuclillas o sentado en algún tipo de taburete. Otra forma es con el instrumento apoyado en un atril, que lo mantiene a la altura de la cadera del ejecutante, de tal manera que en posición de pie podía percutir libremente las lengüetas. Una tercera, el ejecutante sostiene el instrumento, de pequeñas dimensiones, en el antebrazo, casi pegado al torso, para percutirlo con una baqueta que acciona libremente con la otra mano. Otra última, ilustrada en pinturas de la Colonia, muestra al instrumento suspendido a cuestas por una persona para que otra, colocada atrás, pueda ejecutarlo libremente, más o menos a la altura de la cintura.

Es posible que la experiencia de ejecutar este tipo de instrumentos con la boca de la excavación del tronco tapada al apoyarlos en el suelo y destapada al suspenderlos en el aire, haya inducido a algunas culturas precortesianas a ponerles una tapa que garantizara una determinada resonancia, independientemente de la forma en que estuvieran colocados o apoyados.

Aunque entre los instrumentos precortesianos de este tipo que se encuentran en la actualidad, por razones ignoradas, ninguno conserva su tapa original, es verificable su existencia en un escalonamiento en los dos extremos de la boca de la cavidad, que servía para recibir y sujetar la tapa; además, porque este sistema constructivo aún está vigente en algunas regiones de los estados de Guerrero y Guanajuato.

Esta forma de tapar la cavidad del tronco por medio de una tabla pudo haber hecho suponer a cronistas de la Colonia la existencia de un instrumento diferente -el Tecomapiloa-, el que describe Sahagún en su Historia General de las Cosas de la Nueva España, libro LX capítulo XXVIII, artículos 48 y 49: "...a las mujeres íbánlas tañendo con un teponaztli que no tenía más que una lengua encima y otra debajo, y en la de abajo llevaba colgada una jícara en que suelen beber agua, y así suenan mucho más que los que tienen dos lenguas en la parte de arriba y ninguna debajo... A este teponaztli llamaban tecomapiloa; llevábale uno debajo del sobaco, tañéndole, por ser de esta manera hecho". Es posible que lo descrito por Sahagún como una lengüeta en la parte inferior haya sido en realidad la tapa de la caja de resonancia o cámara que, con capacidades inherentes a su función, podían condicionar las vibraciones generadas por la lengüeta.

(Tomado de: Contreras Arias, Juan Guillermo. Atlas Cultural de México. Música. SEP, INAH y Grupo Editorial Planeta. México, 1988)