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jueves, 9 de julio de 2026

Juegos privados

 


Juegos privados 

Fuera de la plaza pública, fue también común la práctica del juego en la época virreinal y en el México independiente. No se busca aquí el espectáculo, sino el mero placer del ejercicio lúdico, o del despliegue de las destrezas propias. El mayor, y acaso mejor ejemplo de esto se encuentra en competencias de raíz plenamente conocida por los primeros mexicanos: la pelota. El objeto esférico que bota, rebota, se desliza, vuela, golpea, curvea, se detiene, está -como hemos visto- en el centro de las prácticas lúdicas del México prehispánico y de todas las grandes culturas. Los colonizadores españoles introdujeron con éxito la práctica de lo que ahora conocemos como frontón y de las bochas, modo primitivo del actual boliche que -otra vez- divertía a Hernán Cortés, y de un juego análogo: los bolos (cuyo antecedente azteca, el totoloque, fue practicado por Cortés con el emperador Moctezuma, según relata Díaz del Castillo).

También bolas -de marfil en este caso- fueron el principal elemento de dos juegos fundados en la habilidad de los competidores, y a la vez muy cerca de la frontera de los juegos de envite de los que nos ocuparemos más adelante En primer término están los trucos, juegos desplegados sobre una mesa cubierta con un paño cercada por barandas y provista, de trecho en trecho, de bocas (las buchacas que conocemos) que tragaban las bolas de un jugador que el contrincante empujaba con un taco de madera. En ocasiones se empleaban sólo tres esferas, que hacían carambola al chocar. Como puede verse, la práctica de los trucos es un antecedente directo del billar. José Joaquín Fernández de Lizardi en su Periquillo sarniento advierte acerca de sus riesgos: dice que su promoción usualmente sirve como máscara; tras las desvencijadas mesas donde se afanaban los truqueros habría garitos en los que medraban los tahúres. Por ello, en la Nueva España la práctica de los trucos fue prohibida a los trabajadores, con excepción de los días festivos. 

Hacia finales del siglo XVIII comenzó a practicarse en nuestras tierras el billar. Al comienzo, las partidas carecían de espectadores y también de fines de ganancia por parte de los que jugaban. Intentar y lograr carambolas no tardaría en volverse un pasatiempo urbano de poderosa seducción. Al hacer referencia al billar, cuyo esplendor ocurre en el siglo XIX, no será posible soslayar la mirada que tendió el cronista Manuel Gutiérrez Nájera hacia la geometría desplegada sobre el tapete verde. En uno de sus textos, firmado con el seudónimo de Junius, el también altísimo poeta mexicano nos cuenta: "Las bolas de marfil travesean como duendes retozones, corriendo de un extremo al otro de la mesa. Los jugadores siguen impacientes las correrías de la pequeña bola, que ya obedece ciegamente y como esclava la voluntad de su señor, ya se resbala y salta enfurecida, como un corcel que se encabrita. A cada rato, el jugador suaviza con el cosmético el casquillo de su taco. No bastan ya las mesas que hay en el salón para los aficionados a la carambola, ni aun las bancas para ofrecer como de asiento a los curiosos. Los mozos corren del salón a la cantina y cada instante se oye el choque del marfil o el golpe seco de una bola cayendo en la buchaca." Gutiérrez Nájera da cuenta también de cómo "los chicos, menores de veinte años... juegan ranflas, guerra o carambolas". Los llama "prófugos de la escuela"; son los nuevos, y constantes, moradores de los salones donde se desarrolla un juego que ha llegado a nuestros días tal cual fue practicado por nuestros ancestros.


(Tomado de: Reyes, Juan José - Cuestión de suerte, Editorial Clío, libros y videos S. A. de C. V., México 1997)

jueves, 4 de junio de 2026

Juegos públicos

 


Juegos públicos 

Durante los tres siglos del virreinato, todos los estratos de la sociedad novohispana se entregaron a la práctica de juegos muy diversos, traídos a esas tierras por los conquistadores. Como veremos en los próximos capítulos, tales prácticas propiciaron varios excesos y desórdenes, que las autoridades se afanaban en reprimir, sin éxito. A la vez, había juegos que implicaban pura diversión, como las carreras de caballos a tropel (que trajo el virrey Luis de Velasco), en celebración de los patronos de cada lugar donde ocurrían, mediante recorridos reiterados por calles y plazas de la Ciudad de México. Pronto también comenzaron las carreras hípicas de competencia, como registra Bernal Díaz del Castillo: "corrieron caballos desde una plaza, que llaman el Tetelulco, hasta la plaza mayor, y dieron ciertas varas de terciopelo y raso para el caballo que más corriese y primero llegase a la plaza”.

La lidia de toros bravos también llegó pronto a la Nueva España. La primera corrida americana ocurre en 1529, en nuestro territorio, en festejo de la conquista de Tenochtitlan. No mucho después, el hombre que había encabezado aquella empresa se volvió torero: Hernán Cortés, un apasionado del juego, como hemos visto ya, lidió reses bravas en 1538. Prohibidas efímeramente por la Iglesia católica a mediados de aquel siglo XVI, las corridas taurinas pronto dejaron de ser diversiones exclusiva de personas ricas y se convirtieron en un espectáculo popular, para el creciente disfrute de aficionados del pueblo, que no tardarían en participar directamente en la llamada fiesta brava. Tal entusiasmo no declinaría, a pesar de lo efímero de las plazas y de la mudable legalidad de la propia práctica de la tauromaquia. Miguel Hidalgo e Ignacio Allende fueron consumados taurófilos, tanto como su adversario Félix María Calleja, quien buscó allegarse fondos para su causa mediante la promoción de corridas, como tiempo después haría Benito Juárez antes de prohibir, en 1867, la lidia de reses bravas. 

Vinculado directamente con la montura hípica y la lidia taurina está uno de los juegos más populares que trajeron a estas tierras los españoles. Se trata del juego de cañas, descrito por Alfonso el Sabio en Las partidas como un ejercicio que consiste en "cabalgar, cazar e jugar toda manera de juegos e usar toda manera de armas según conviene a hijos de reyes". Podría interpretarse como una esgrima ecuestre en la que, protegidos con escudos y sobre caballos provistos de elegantes arneses, varios caballeros forman dos cuadrillas que se enfrentan entre sí, primero luciendo espadas y después arrojando cañas largas despuntadas. Al final del juego, las cañas romas se trocaban por cañas afiladas, que los caballeros sostenían en sus monturas para dar muerte a los toros que se soltaban en la plaza. Hernán Cortés, nuevamente, en este caso fue jugador, y Torquemada refiere que una vez recibió "un cañazo en un empeine del pie que estuvo malo y cojeaba”.

Junto con el poder virreinal declinaron el juego de cañas y otros también de índole ecuestre, como el de moros y cristianos (de fines didácticos dirigidos a la población indígena) y el de corridas de sortijas o anillos. Eran, todas ellas, prácticas lúdicas espectaculares, es decir, estaban destinadas a ser vistas y disfrutadas por un público que no ganaba más que ratos de necesaria diversión.


(Tomado de: Reyes, Juan José - Cuestión de suerte, Editorial Clío, libros y videos S. A. de C. V., México 1997)

jueves, 7 de mayo de 2026

La alcurnia rojinegra

 


La alcurnia rojinegra 

El club Atlas nació como un remedio a la nostalgia. En un café de Guadalajara un grupo de jóvenes de la alta sociedad tapatía añoraba el juego que habían practicado durante sus años de estudiantes en Inglaterra. Ahí decidieron que el único alivio a sus males era formar un equipo de fútbol. 

Algunos de esos jóvenes eran los hermanos Alfonso y Juan José "Lico" Cortina, que habían aprendido a driblar en el Colegio Saint Aloysius; Pedro "Perico" y Carlos Fernández del Valle, que fueron ases del Saint John's; el trío de los Orendáin, que habían pateado el balón en el colegio Ampleforth al norte de Inglaterra, y Federico Collignon, quien a su regreso de Berlín se volvió un jugador famoso con el equipo Rovers de la Ciudad de México. 

El club quedó constituido el verano de 1916 en la casa de campo que la familia Orendáin tenía en San Pedro Tlaquepaque. Fue "Lico" Cortina quien bautizó al equipo como Atlas y también el diseñador del uniforme rojinegro. Para el escudo recurrió a Carlos Sthal, pintor y gran dibujante, quien le sugirió la "A" blanca con un fondo rojinegro. El escenario de su reencuentro con el balón fueron los llanos de La Bajadita, cercanos a San Pedro. Ahí, vistiendo sus pantalones bombachos y con un sombrero de fieltro tipo quesadilla que sólo se quitaban para cabecear, depuraron su técnica inglesa. 

Cuando enfrentaban a los equipos locales resaltaba la superioridad de su juego basado en rápidas triangulaciones y su habilidad para eludir las cargas. Además, mientras sus contrincantes sólo sabían pegarle al balón con la punta del pie, es decir, de "punterazo" o "puñalada", ellos utilizaban el empeine para darle efecto a la trayectoria de la bola. 

Este juego más efectista o preciosista quedó de manifiesto en el primer partido que disputaron contra el Guadalajara. Los atlistas pasearon por el campo a los rojiblancos, que desconcertados no pudieron oponer resistencia. El resultado fue un estrepitoso 18 a 0. Así inició el clásico tapatío. 

Al año siguiente el Club Atlas se mudó a los terrenos de El Paradero, ubicados en el camino de Guadalajara a San Pedro Tlaquepaque, llamados así porque ahí había un jacalón en forma de medio círculo con tejas de barro donde paraban los tranvías que salían de Guadalajara. En esas instalaciones se formó una escuela que comenzó a enseñar un fútbol elegante, calificado más tarde como "académico", que logró mantener su hegemonía en las canchas tapatías hasta 1921.


(Tomado de: Bañuelos Rentería, Javier. Balón a tierra (1896-1932). Crónica del fútbol mexicano. Editorial Clío, libros y videos S.A. de C.V. Segunda edición, México, 1998)

lunes, 4 de mayo de 2026

Azar y mestizaje

 


Azar y mestizaje 


El primer juego que practicó el conquistador en lo que poco después sería la Nueva España fue un juego azteca, el totoloque, que consistía en lanzar pequeñas piezas de oro hacia el suelo, en un campo de cinco líneas. No dejaría de jugar nunca, mientras duró su empresa guerrera y política. Uno de los suyos -Pedro de Alvarado- le ayudaba a hacer trampas en el marcador. El oponente, nada menos que Moctezuma, río ante la chapuza descubierta. También él y sus soldados lo hicieron de buena gana. 

La anterior, desde luego, es una anécdota de Hernán Cortés. Con él llegaron a esas tierras los naipes, a los que era tan aficionado. Entre sus hombres Hernán Cortés permitió, y aún propició, la práctica de aquel juego y la de los dados, con el fin de ahuyentar el sueño en los campamentos nocturnos y evitar ataques inesperados. Lo cierto es que no todas las embestidas de esa índole podían ser evitadas, como recuerda ante Artemio de Valle-Arizpe, y registró José Luis Martínez: "en una ocasión varios señores nobles convencieron a Cortés de jugar a las barajas en una de sus casas. Era un día de tormenta creciente, y no tardó un rayo en irrumpir en la mesa de los jugadores. Deshizo todo, pero mantuvo con vida a los atemorizados señores. Cortés juró entonces no permitir más juegos en su casa, pero siguió disfrutando de una de sus mayores aficiones en casas de sus amigos.”

Los españoles generalizarían en todo el virreinato el gusto por el juego, lo que ciertamente propició la convivencia y sin duda también inconformidades que terminaban en grescas. Aquella generalización llegó a tanto, que en uno de los patios del palacio real se celebraban, entre gritos, un juego de trucos y uno de baraja, en un desplumadero abierto día y noche, según cuenta el mismo don Artemio. Desde luego que no sólo los españoles entregaban su suerte al azar. Los indígenas que, -como hemos visto- realizaban varias prácticas lúdicas, no tardaron en aficionarse a los naipes y a cruzar apuestas. Era común, por otra parte, que los ibéricos desempleados en el virreinato, errantes con frecuencia y en ocasiones moradores de poblaciones indias, fueran adictos a los juegos de cartas, de dados y a las peleas de gallos. Menudeaban en esas prácticas, hacia su reiterados desenlaces, los hechos violentos. Tampoco establecidos con firmeza en el orden social imperante, los mestizos solían entregarse a toda clase de competencias azarosas, frecuentemente clausuradas de modo cruento. 

La disposición lúdica del azar no se observaba sólo en los jolgorios populares. Las cartas de la suerte serían también vías expeditas de la exposición de valores que habrían de ser compartidas por los colonizadores y los dueños originales de esta tierra. En el diseño de los naipes puede verse, según ha registrado puntualmente María Isabel Grañén Porrúa, una enorme variedad de procedencias, diseños, significados e intenciones alegóricas. En este terreno el juego azaroso ha abandonado su campo circunscrito en una esperanzada distensión para acceder al lenguaje esotérico del tarot, a la irrupción de imágenes que requieren de interpretación especial; en estos naipes se intentaba una didáctica, se hacían convivir de manera central la fuerza inevitable del azar con las imágenes mismas de personajes y figuras míticas en las cartas. El mestizaje no se alejaría en ningún sentido de la reiterada búsqueda del azar. Incluso en su proceso de evolución hizo coincidir -en una carta correspondiente a un juego de 1583- una escena de juego del volador mexicano con la embestida de dos toros españoles. El juego había comenzado.


(Tomado de: Reyes, Juan José - Cuestión de suerte, Editorial Clío, libros y videos S. A. de C. V., México 1997)

lunes, 27 de abril de 2026

Cuando el balón llegó a Jalisco

 


Cuando el balón llegó a Jalisco 

A Guadalajara el fútbol no llegó de la mano de los ingleses sino de un joven belga que se instaló en esa ciudad en 1904. Aquel muchacho se llamaba Edgar Everaert y tuvo su primer empleo en la casa comercial L. Gas y Cía., donde hizo un grupo de amigos entre los que se encontraban Calixto Gas, acaudalado descendiente de franceses, Max Voog, Gregorio Orozco y su hermano Rafael, quien no trabajaba ahí sino en Las Fábricas de Francia. 

Everaert había practicado el fútbol en el puerto de Brujas, su ciudad natal, y comenzó a motivar a sus compañeros a jugarlo. Así, los convenció de ir a pelotear a los llanos de la colonia Moderna. Un día de 1906, cuando consideró que sus alumnos estaban listos, les propuso formar un club, al que llamaron Unión. Eran, en pocas palabras, un combinado franco-tapatío dirigido por un belga. 

Al momento de escoger uniforme, la mayoría francesa impuso los colores de su bandera: azul, blanco y rojo. Algunos de sus integrantes eran además de Everaert, Calixto Gas, Augusto y Calixto Teissier, Pedro, Pablo y Juan O'Kelard, Luis Pellat, Julio Bidart, Max Voog, Ernesto Caire, los hermanos Orozco, Esteban y Francisco Palomera, Alfonso Cervantes, Ramón Gómez y Ángel Bolumar, casi todos empleados de una casa comercial. 

La unión a la que aludía su nombre no duró mucho tiempo, y en 1909 los mexicanos inconformes con la hegemonía francesa decidieron formar su propio club. El equipo se llamaría Guadalajara y estaría formado únicamente por mexicanos; del antiguo equipo sólo heredaron el uniforme. Instalaron su sede en la casa de doña Nicolasa Sainz, viuda de Orozco, abuela de Gregorio y Rafael Orozco. Este último fue el primer presidente del club. Otro miembro de la familia, el tío don Sabino Orozco, les facilitó el terreno donde pudieron trazar su primera cancha, conocida como Las Bases Chicas. 

Entonces no había un campeonato regular y sólo se pactaban duelos entre oncenas formadas en su mayoría por seminaristas y estudiantes de colegios particulares, donde la práctica de los deportes era obligatoria. En el invierno de ese mismo año, 1909, por iniciativa del equipo del Centro Atlético Occidental se celebró el primer torneo oficial. En el participaron, además, el Guadalajara, el Excélsior -formado por estudiantes de un colegio jesuita- y el club del Liceo de Guadalajara. 

Luego se desató la tormenta revolucionaria y no resultaba fácil seguir corriendo en los llanos tras el balón. Durante esos años se formó la base del aguerrido Guadalajara que, en los años veinte, después de encontrar el antídoto que neutralizó el fútbol de salón de los señoritos del Atlas, se convirtió en uno de los símbolos del balompié tapatío.


(Tomado de: Bañuelos Rentería, Javier. Balón a tierra (1896-1932). Crónica del fútbol mexicano. Editorial Clío, libros y videos S.A. de C.V. Segunda edición, México, 1998)

jueves, 16 de abril de 2026

La pasión porteña

 




La pasión porteña


En el puerto de Veracruz el fútbol se convirtió desde 1915 en asunto de orgullo y escándalo. La fundación del Club Iberia ese año interrumpió el dominio que desde principios de siglo ejercía el Veracruz Sporting Club en las canchas porteñas y además despertó una de las rivalidades más enconadas y perdurables que recuerda la historia. En el Sporting alineaban por igual mexicanos y españoles, todos hijos de las familias de mayor alcurnia de la ciudad. Eran muchachos fuertes, apuestos y arrogantes, que acostumbraban llegar al campo acompañados de guapas y distinguidas señoritas. En cambio, los del Iberia eran exclusivamente españoles, gente acomodada pero que no tenía ni la presencia física ni el supuesto refinamiento de sus contrarios. Eran más bien chaparrones, sin embargo garrudos y bien entrenados por su fundador y centro delantero Bernardo Rodríguez, "El futbolista Fenómeno", quien había jugado para el Club España de México. 

Gracias a un fútbol más astuto, el Club Iberia ganó el campeonato 1917-18 de la Liga del Sur, lo que resultó una afrenta para el Sporting. Desde entonces, cada uno de sus duelos se planteaba como una batalla entre la aristocracia jarocha y el pueblo llano por la supremacía futbolística porteña. 

En agosto de 1918, el Iberia cambió su nombre por el de Club España de Veracruz y comenzó a jugar con una camisa azul. Además, inauguró un campo con tribunas de madera muy parecidas a las que tenía en ese momento el parque del España capitalino en el Paseo de la Reforma. Por su parte, el Sporting, siempre con camisa de un rojo tan intenso como su orgullo, dominó la liga durante los años veinte, cuando empezó a jugar un fútbol de más acompañamiento, más cadencioso y menos áspero. En ese entonces alineaban Jorge Pasquel, Miguel Ángel de la Lama, Franyutti y Oliverio Arrieta, entre otros. 

Aquella rivalidad quedó registrada en las originales crónicas de W. H. Lamont, alias "El Gatito Blanco", encargado de la sección de deportes de El Dictamen, quién disfrutó más que nadie esa época en la que el fútbol del puerto se tiñó de azul y rojo.


(Tomado de: Bañuelos Rentería, Javier. Balón a tierra (1896-1932). Crónica del fútbol mexicano. Editorial Clío, libros y videos S.A. de C.V. Segunda edición, México, 1998)

lunes, 6 de abril de 2026

Entre fábricas y cafetos

 


Entre fábricas y cafetos 

Su posición privilegiada de puerto mexicano principal que recibía migrantes y mercancías de Europa puso a Veracruz en contacto con el fútbol desde muy temprano. Por sus muelles entraron los pioneros de ese deporte en México y aunque la mayoría tomó el rumbo del altiplano, hubo otros que prefirieron clavar sus porterías en los verdes llanos de Veracruz. 

La primera colonia futbolística en territorio jarocho se instaló en la húmeda región orizabeña, que a principios del siglo era un importante emporio textil. La formaron los técnicos escoceses contratados por la fábrica El Yute, de Santa Gertrudis. El líder del grupo era Duncan mcComich, experto tintorero y practicante del fútbol, quien dio forma al equipo y lo condujo a la conquista del primer campeonato celebrado en México, en 1902-03. En la temporada siguiente, quizás por el exceso de confianza o de whisky, los llamados Spinner's quedaron en el sótano y el equipo se desintegró. La mayoría regresó a Europa y otros marcharon hacia la capital del país. 

Con ellos el fútbol emigró de Orizaba, hasta que en 1914 hubo un nuevo brote, ahora alentado por el francés Raoul Bouffier, administrador de la factoría de Río Blanco y entusiasta del balompié, quien junto con algunos de sus empleados formó la Unión Deportiva Río Blanco. La llama creció con la aparición del Club Cervantes y la Asociación Deportiva Orizabeña, famosa por sus siglas ADO. De los tres, los adeoínos volaron más alto, sostenidos por las manos protectoras de don José Enrique Soler y del doctor Labardini Cerón. Hacia 1924 sus mejores jugadores viajaron a la capital por razones de estudio y aprovecharon su estancia para jugar con el América y volverse famosos en sus filas.

En Córdoba el fútbol tenía sabor a café y acento español. Los dueños del comercio cafetalero de la región eran los hermanos Olavarrieta, quienes se convirtieron en mecenas del Club Iberia, campeón del estado en 1918. Casi todos los integrantes del equipo eran empleados de la Casa Olavarrieta y varios de ellos habían tenido alguna experiencia con el balón en su natal España. El de más talento futbolístico era Daniel Larrazábal, apodado "Pichichi"; los tres palos los vigilaba un mozalbete llamado "Fantomas" y adelante brillaba Chucho Mendieta, un delantero de gran nivel que un día se aburrió de la calma cordobesa y se fue a la capital del país, siguiendo el ejemplo de los orizabeños. 

Córdoba, Orizaba y el puerto jarocho formaron el triángulo que enmarcó la vida futbolística veracruzana hasta los años treinta. Por medio de la Liga del Sur, que realizó puntualmente los campeonatos estatales cada año, el fútbol se quedó atrapado para siempre en Veracruz.


(Tomado de: Bañuelos Rentería, Javier. Balón a tierra (1896-1932). Crónica del fútbol mexicano. Editorial Clío, libros y videos S.A. de C.V. Segunda edición, México, 1998)

jueves, 26 de marzo de 2026

Juegos prehispánicos

 


Juegos prehispánicos 


Los antiguos mexicanos practicaron el aún no extinto juego de pelota, el ollamaliztli, portador de una intensa significación religiosa que, a la vez, se concebía y celebraba, en gran medida, con fines adivinatorios. Se desarrollaba en campos semejantes a una letra H en posición horizontal -llamados tlachtli-, en cuyos muros largos estaban insertos, en sus partes altas, anillos de piedra o de madera. 

El ollamaliztli se jugaba los días festivos, comúnmente los domingos, según ciertas reglas que recuerdan las del fútbol actual; la gran pelota de caucho que pesaba alrededor de tres y medio kilogramos, no podía tocarse con las manos, sino sólo con las rodillas, las caderas y los glúteos, para hacerla rebotar en las paredes laterales y después lanzarla hacia los anillos, para que atravesara su centro. Tal práctica, como puede suponerse, entrañaba dificultades casi insalvables, por lo que algunos estudiosos contemporáneos, como George C. Vaillant, coincidieran que es muy posible que hayan existido formas alternativas para obtener puntos, es decir la victoria. Tal triunfo daba derecho al vencedor y a sus partidarios a quitar la ropa a sus rivales. Esto último, como señala Alfredo López Austin, provocó que los conquistadores españoles, afanados en la difusión y en la asunción del catolicismo, emprendieran campañas en contra de esta práctica. 

Creadores de una cultura solar, los aztecas representaban en este juego el curso de aquel astro, simbolizado por la pelota, en el que mágicamente intentaban intervenir. Los anillos del tlachtli tenían grabadas imágenes solares y de otros cuerpos celestes. En el mundo maya encontramos referencias en el Popol Vuh, al juego al curso e, incluso, al enfrentamiento de los astros en el cielo, los astros del día y los de la noche, símbolos de los contrarios, de la vida y de la muerte, una oposición constante que remite a imágenes de lucha, de guerra, a una dialéctica interpretada, reproducida, simbolizada en el juego de contrarios, que equivaldría a la vida misma, a la fertilidad de la naturaleza, incesantemente renovada. Los equipos rivales estaban formados por dos o cuatro hombres; jugaban en campos aledaños a los templos. Desde la actual república de Honduras hasta el territorio de Arizona, en los Estados Unidos, se han encontrado vestigios de la práctica de aquel juego. 


Cuatro hombres, ataviados como dioses o disfrazados de aves, simulaban (simulan aún hoy, en lugares como Papantla) un vuelo desplegado desde lo alto de un poste, en torno al cual giraban sujetos por cuerdas, en un juego de representación del ascenso y el descenso circulares de un pájaro. Emocionante y colorido, el juego del volador podría significar significar el origen divino, celestial, de los alimentos que proceden del mundo vegetal, reiteradamente buscados. 


En el patolliel tercer gran juego de los antiguos mexicanos, se reduce casi en forma total el movimiento; el vuelo está concentrado en el acto de lanzar, cada uno de los dos equipos competidores, seis pequeñas piedras y dos frijoles o trozos de caña que actúan como dados, sobre un tablero en forma de cruz, con espacio lineales (que prefiguraría el parkasé o parchís de nuestros días). Se trataba de ir avanzando, de pasar por cada una de las "casas" de aquella cruz, que en total eran 104, el doble de los 52 años del ciclo mayor del calendario. Los jugadores intentaban influir en el curso solar, ante la frecuentemente representada imagen de Macuilxóchitl, diosa de todos los juegos.


(Tomado de: Reyes, Juan José - Cuestión de suerte, Editorial Clío, libros y videos S. A. de C. V., México, 1997)

lunes, 23 de marzo de 2026

El celo asturiano

 


El celo asturiano 

La historia del Club Asturias arranca en Rivadesella, el pueblo asturiano donde nació Antonio Martínez Cuétara, su futuro artífice. Ya instalado en México, repartía el tiempo libre que le dejaba su empleo entre dos aficiones: una, las lecturas sobre espiritismo, teosofía, masonería y temas afines; la otra, el fútbol. 

En 1914 se hizo socio del Deportivo Español, cuna de resentidos con el Club España, y desde ahí planeó la formación de un club que congregara a todos los residentes asturianos, que entonces conformaban la mitad de la colonia española en México. El 7 de febrero de 1918 reunió a un grupo de paisanos en su casa de la calle de La Amargura 52 y los convenció de la urgencia de formar un club que representara los colores de la patria astur. Constituida la primera mesa directiva, anunciaron su intención de dar apoyo al deporte, "especialmente al emocionante y populoso sport, el foot-ball". 

A fines de julio de 1918 el Club Asturias solicitó entrar a la Liga Mexicana Amateur de Association Foot-Ball (LMAAFB). La liga respondió que de acuerdo con los estatutos deberían disputar tres encuentros con equipos de primera categoría para evaluar su nivel de juego. Los astures obtuvieron buenos resultados: derrotaron al Germania 3-0, empataron con el América 3-3 y vencieron al Tigres 1-0; sin embargo, su solicitud fue rechazada. 

Nunca se aclararon las causas del fallo, pero es muy probable que el Club España se opusiera, al sentir amenazados los privilegios de que gozaba como único representante de la colonia española. En respuesta, los asturianos, encabezados por Antonio Martínez Cuétara, mejor conocido como "Chicorro", quizás por su baja estatura y su aspecto de niño calvo, se lanzaron a la aventura de formar su propia liga. 

En una junta celebrada en el Orfeón Catalán quedó constituida la Unión Nacional de Association Foot-Ball, en la que participarían equipos como ABC, Blanco y Negro, San Cosme, Cataluña y Águila de Pachuca. Construyeron su campo en el Paseo de la Reforma, justo frente a la casa de don Venustiano Carranza, y anunciaron la entrada gratuita a sus juegos. Tal medida afectó los bolsillos de los dirigentes de la Liga Mexicana, especialmente del España, dueño del parque oficial. Ante esta presión, tuvieron que ceder. Aceptaron al equipo azul y blanco, que debutó en el torneo 1919-20.

Obsesionados con la idea de ganarle al España, contrataron de Escocia a míster Gerald Brown, un excelente entrenador que trajo a los pastos mexicanos lo mejor del estilo escocés. Lo acertado de esa medida se reflejó en la participación del Club Asturias en la Copa del Centenario, en 1921, donde deslumbraron al público con un fútbol nuevo, de fulminantes combinaciones, calificados de matemático y científico, en el que las cargas violentas no existían, ni tampoco los pelotazos sin más. Ese mismo año los asturianos le arrebataron a España la Copa Covadonga y al siguiente le ganaron el campeonato de liga. Sus deseos se cumplieron, pero a partir de entonces el fútbol ya no tuvo el mismo sabor para ellos.


(Tomado de: Bañuelos Rentería, Javier. Balón a tierra (1896-1932). Crónica del fútbol mexicano. Editorial Clío, libros y videos S.A. de C.V. Segunda edición, México, 1998)

jueves, 12 de marzo de 2026

La dinastía azulcrema

 


La dinastía azulcrema 

En 1918 existía preocupación en el medio futbolístico por la falta de equipos que ofrecieran mayor oposición al Club España. El inglés Percy C. Clifford, figura central de la etapa pionera, pensaba que la gente terminaría alejándose de los campos, aburrida de ver ganar siempre y con tanta facilidad a los españoles. Lo que mister Clifford no imaginaba era que el equipo que iba a romper la hegemonía españolista acababa de debutar en la liga: el Club América

Para 1916, en los colegios particulares de la capital la práctica del balompié era un asunto cotidiano. De esos ambientes escolares surgió el Club América, resultado de la fusión de dos equipos ligados al Colegio Francés de los hermanos maristas. Uno era el Récord, encabezado por los alumnos Germán Núñez Cortina y Rafael Garza Gutiérrez, quien habría de heredar como apodo el nombre del equipo; el segundo era el Colón, que entrenaba el profesor Eusebio Cenoz, quien sugirió la formación de un solo conjunto. Para ello se convocó a una junta en los llanos de la Condesa el 12 de octubre de 1916 y ahí reunidos los 22 jugadores, sin pensarlo demasiado, eligieron el nombre de América para el nuevo club. 

La liga los aceptó en la temporada 1917-18, luego de que consiguieron un inesperado empate frente al España. Quedaron en último lugar. Influidos por el profesor Cenoz, y otros miembros del Colegio Francés, decidieron llamar Unión al equipo. Las cosas no mejoraron y al finalizar la campaña 1919-20, un grupo de jugadores rompe con sus tutores franceses y decide regresar al nombre original. Inicia entonces la fama de los muchachos azulcrema. 

A partir de 1920 empezó a formarse el cuadro base que les permitiría aspirar al campeonato. Las primeras adquisiciones fueron Enrique "La matona" Esquivel y Horacio Ortiz, que venían del extinto Pachuca. Después recibieron a un grupo de orizabeños muy experimentados que estudiaban en la capital. El primero de ellos en ponerse la camiseta crema fue Firpo Nadal, que llegó en 1923. Luego le siguieron Ernesto Sota, Juan Terrazas y los hermanos Cerrilla. El equipo había ganado en fortaleza física y velocidad. La falta de técnica la suplían con empuje y agobio al contrario que, por lo general, acababa siendo arrollado. 

Entonces comenzó el verdadero despegue del club, que conquistó cuatro títulos de manera consecutiva, empezando por el de 1924-25. Por fin un cuadro formado exclusivamente por mexicanos se imponía a los orgullosos españoles y además los mantenía alejados del título por cuatro años. Eso le dio un nuevo interés al fútbol y permitió que las tribunas volvieran a llenarse.


(Tomado de: Bañuelos Rentería, Javier. Balón a tierra (1896-1932). Crónica del fútbol mexicano. Editorial Clío, libros y videos S.A. de C.V. Segunda edición, México, 1998)

lunes, 2 de marzo de 2026

Dominio hispano

 


Dominio hispano 

El entusiasmo que despertó el Club España se vio reflejado en la cantidad de equipos formados por hispanos que comenzaron a proliferar por toda la ciudad. El club los adoptó y abrió sucursales en distintas zonas de la capital. En 1916 había uno en San Antonio Abad, otro en la colonia Guerrero, en Santa María la Ribera, en San Cosme y una más en la prolongación de las calles de Bolívar. 

Ese efervescencia futbolística se extendió a otras ciudades del país con fuerte presencia ibérica, como Tampico, Torreón, Tuxpan, Veracruz, Villahermosa, Oaxaca, Puebla y Pachuca, donde los residentes españoles formaron sus propias oncenas, integrando en 1918 una Confederación Deportiva, comandada por el Club España de la capital. 

De su fuerza deportiva hablan los nueve campeonatos que lograron entre 1912 y 1922, jugando un fútbol simple, nada vistoso pero muy efectivo, basado en la fortaleza física y en la valentía para entrar a rematar los centros que enviaban los extremos, conocidos en aquellos tiempos como alas. Intentaban pocas combinaciones y preferían el rápido pelotazo al área enemiga; con ellos el balón permanecía poco tiempo pegado al pasto. 

Entonces se decía que el Club España jugaba "feo, pero ganaba" y que sus triunfos se debían antes que nada "al nervio de la raza, coraje y amor propio". Entre los más destacados jugadores de aquellos años se recuerda a Enrique Gavaldá, "El Portero Caballero", a Lázaro Ibarreche, "El Chuteador As del Fútbol Mexicano", a Eladio Olarra, "El Jugador Ardilla", por su gran rapidez y astucia para buscar el gol, y Antonio y Jaime Arrechederra, "Los Hermanos Terremoto", por más de diez años el mejor dueto defensivo de México. 

La pérdida del título de la temporada 1922-23 ante el Asturias fue la primera señal de que la era del dominio españista estaba llegando a su fin. Dos años más tarde cedieron para siempre su trono ante un grupo de jóvenes impetuosos que fundó la primera dinastía futbolera mexicana

El Club España tardó en aceptar que su fútbol había envejecido y por ello vivió una larga decadencia, hasta que en 1934 resurgió con jovencitos de su cantera que dominaban las claves modernas del balompié. 

Pero esa es otra historia.


(Tomado de: Bañuelos Rentería, Javier. Balón a tierra (1896-1932). Crónica del fútbol mexicano. Editorial Clío, libros y videos S.A. de C.V. Segunda edición, México, 1998)

jueves, 19 de febrero de 2026

Del mostrador a la realeza

 


Del mostrador a la realeza 


El ascenso del Club España marcó una nueva época, en la que el fútbol rompió de manera definitiva el aristocrático cascarón inglés y se convirtió en un asunto de la calle. La comunidad española, mucho más integrada a la sociedad mexicana, se encargó de difundir el nuevo juego por todos los vecindarios de la Ciudad de México. 

La idea de un equipo formado únicamente por españoles surgió dentro del Club México de San Pedro de los Pinos. Ahí jugaban Francisco Arias, Ramón Lanza, Pedro Bargay, Francisco Gómez Alonso y Rafael Hernández, cinco jóvenes hispanos empleados de distintas casas comerciales de la capital, quienes el 20 de marzo de 1912 levantaron el acta constitutiva del Club España. Su capital no ascendía a más de 20 pesos, dinero que les permitió adquirir su primer balón y unos palos para las porterías que plantaron en un terreno de Santa María la Ribera, en las calles de Fresno y La Rosa. 

Ese mismo año, 1912, entran a la liga y consiguen, una tarde gris de noviembre, su primer triunfo nada menos que contra el poderoso Club Reforma. Se mudan a un campo de la Condesa, ubicado donde hoy se encuentra el Parque España, que adornan con una sencilla caseta en la que los jugadores se cambiaban de atuendo. 

Casi al año de la fundación del club eligen a su primera mesa directiva formal, la cual encabeza don Julio Alarcón, un comerciante vasco que logra aumentar el número de socios de 20, en 1913, a 83, en 1914. También en esa época llegan jugadores que se convertirán en pilares del equipo, ayudándolo a alcanzar su primer título. 

En noviembre de 1914 conquistan el bicampeonato al derrotar 2-0 al Pachuca en el campo del Club Reforma, ante una asistencia de cinco mil espectadores, algo que nunca se había visto en un partido de fútbol. La oncena se mete en el ánimo y las conversaciones de toda la colonia hispana. Llega la popularidad, los jugadores salen en hombros de la cancha y la gente los saluda en la calle. Españoles de todos los estratos, desde el mozo de cantina hasta el dueño de los almacenes Fábricas de Londres, se afilian al club, que logra una membresía de 1500 socios. 

La racha de títulos continuó. Para 1918 algunos reconocían que el ejemplo de los éxitos deportivos del equipo había influido en el cambio de hábitos de los muchachos españoles, cuyos "espíritus maltrechos y envilecidos por las duras tablas del mostrador" obtenían con el deporte un estímulo positivo que los alejaba de "tabernas y prostíbulos, de plazas de toros y juegos de toda clase". Ahora, decían, el centro de sus intereses era el campo de fútbol. 

Gracias a ese reconocimiento, el Club España ganó no solo las simpatías de los hombres ricos de la colonia sino también su apoyo económico, el cual les permitió inaugurar el 17 de mayo de 1919 su lujoso casino en la calle de Bolívar. Su fama llegó, incluso, a oídos del Rey don Alfonso XIII, quien le concedió el título de "Real" el 3 de diciembre de 1919. La colonia española vivía una euforia futbolística que no tardaría en contagiar al resto de la sociedad.


(Tomado de: Bañuelos Rentería, Javier. Balón a tierra (1896-1932). Crónica del fútbol mexicano. Editorial Clío, libros y videos S.A. de C.V. Segunda edición, México, 1998)

lunes, 9 de febrero de 2026

La retirada británica

 


La retirada británica 


Conforme avanzó el siglo XX el fútbol fue dejando de ser monopolio inglés. El gusto por el balón saltó las cercas de los exclusivos clubes británicos y apareció lentamente en otros rincones de la ciudad. Los patios de la Escuela Normal, del Colegio de Mascarones, del Instituto Williams, del Colegio Alfonso XIII de Tacubaya y del Colegio Francés de Puente de Alvarado, fueron los escenarios donde cientos de muchachos mexicanos, y algunos extranjeros, recibieron sus primeros rudimentos futbolísticos, en algunos casos ayudados por profesores religiosos que se remangaban la sotana para enseñarles los secretos del dribling. Este deporte era visto como un ejercicio que ayudaba a templar el carácter de los estudiantes y que además estimulaba su espíritu de grupo. De estas escuelas egresaron generaciones enteras de aficionados y practicantes del balompié. 

Entre los jóvenes de otras colonias extranjeras fue creciendo también el interés por formar sus clubes. Tal fue el caso de los franceses Emilio Spitallier, Lucien Dubernard y Charles Tardan, quienes en 1911 fundaron L'Amicale Française

Cinco chavales españoles cambiaron el rumbo del fútbol mexicano, en marzo de 1912, cuando crearon el Club España. Tres años más tarde, en el Casino Alemán se formó el Club Germania, cuyos miembros usaban, por cierto, un uniforme oscuro, por el que fueron apodados "Los Fúnebres”.

Los mexicanos comenzaron a asomar la cabeza en el fútbol capitalino a partir de 1910, cuando Alberto Sierra y el reconocido sportsman Alfredo B. Cuéllar fundaron el club México de San Pedro de los Pinos. Montaron su cancha en un terreno de la Condesa, que formaba parte del peculio de Jorge Gómez de Parada, un jovencito de la élite porfiriana, graduado en Inglaterra, que en 1909 había tenido el honor de alinear con el Club Reforma

Reforzado por algunos ingleses, el Club México ganó el campeonato de liga de 1912-13. Ya con la Revolución encima, el club de mexicanizó por completo; además integró a jugadores de extracción popular, como el delantero Serafín Cerón, el mediocampista "Borolas" Estrada y sobre todo el pintoresco portero Cirilo Roa. Su estilo duro y su actuar irreverente y pendenciero los convirtieron en el equipo del escándalo, algo que les valió el apoyo de la nueva afición que surgía en los barrios más pobres de la ciudad. 

No sólo el nombre de México y la camiseta roja atraían a la porra colorada, sino la posibilidad de que en cualquier juego se desatara la gresca, el relajo. Esa actitud no era extraña en un país que vivía desde 1910 el gran borlote nacional. 

Con el estallido de la primera guerra mundial se inició la retirada de los británicos de las canchas mexicanas. Muchos jugadores se alistaron y partieron al frente de batalla, dejando atrás los días de juego. El poderoso Club Reforma se desintegró en 1914; luego el Rovers, heredero del British Club, lo hizo en 1915.

El fin de la época británica puede verse ejemplificado en el destino de Arthur Hammond, el fino delantero inglés de quien la prensa mexicana dio noticia en julio de 1915: “todos Los amantes del fútbol recuerdan al inmenso jugador Hammond, aquel delantero admirable sin hipérbole, el mejor jugador que hemos tenido en México... no lo volveremos a admirar más; una terrible desgracia le ha sucedido en Europa. Se encontraba en las trincheras cumpliendo con su deber cuando una granada estalló a poca distancia de donde él se encontraba.”


(Tomado de: Bañuelos Rentería, Javier. Balón a tierra (1896-1932). Crónica del fútbol mexicano. Editorial Clío, libros y videos S.A. de C.V. Segunda edición, México, 1998)

viernes, 30 de enero de 2026

Té, whisky y foot-ball

 


Té, whisky y foot-ball 


En 1900 los técnicos ingleses que trabajaban en las minas de Pachuca y Real del Monte dieron el primer paso en la historia del fútbol organizado en México cuando fundaron el Pachuca Athletic Club. Al año siguiente, sus paisanos de la capital los imitaron y pusieron en pie dos equipos, el del Reforma  Athletic Club y el British Club, el cual dependía del Casino Inglés

También por esas fechas, en Orizaba, un grupo de escoceses empleados en la fábrica textil El Yute organizó su escuadra. Dentro de los círculos británicos el gusto por el fútbol crecía, y desde 1900 hubo encuentros amistosos en la capital; el más celebrado de todos fue uno en el que escoceses e ingleses se enfrentaron en la cancha del Club Reforma. 

El fútbol comenzó a robarle aficionados al tenis y al criquet, y la idea de organizar un campeonato no tardó demasiado. En septiembre de 1902 hubo una junta en los salones del British Club. Ahí se fundó la Liga Amateur de Futbol Asociación y se anunció el comienzo de un torneo con la participación de los equipos del México Cricket Club, de los mineros de Pachuca y de los textileros de Orizaba, a quienes se envió invitaciones. 

El domingo 19 de octubre de 1902 la colonia británica, incluyendo el embajador George Greville, se dio cita en el campo que el México Cricket Club tenía en el Paseo de la Reforma para presenciar el silbatazo del referee S. H. Pope, iniciándose el primer juego oficial en México. El resultado favoreció al British Club sobre los de casa. Al final se escucharon muchos ¡hurra! y un grupo de hermosas ladies ofreció a los sofocados players deliciosas tazas de té.

Ahí arrancó la época inglesa del fútbol organizado en México. Durante los siguientes diez años todos los equipos participantes, nunca más de cinco, serían de extracción británica. Se jugaba por lo regular los domingos por la tarde y cada tiempo era de 35 minutos, porque se pensaba que en la altura de la Ciudad de México era imposible cubrir los 45 que marcaba el reglamento. 

Cada partido se volvió un acto social rodeado de rígidas reglas de cortesía y gentileza, que anteponían siempre el espíritu deportivo a cualquier desacuerdo dentro y fuera de la cancha. Cuando las escuadras capitalinas viajaban en tren a Pachuca u Orizaba, eran recibidas por una delegación del equipo anfitrión que les conducía al campo. Al acabar el encuentro se realizaba un convivio en el que había whisky y discursos a discreción. 

Así comenzó a desarrollarse el fútbol en México, hasta que otros temperamentos y otras costumbres llegaron a la liga. Para entonces los británicos ya habían sembrado la semilla del balompié.


(Tomado de: Bañuelos Rentería, Javier. Balón a tierra (1896-1932). Crónica del fútbol mexicano. Editorial Clío, libros y videos S.A. de C.V. Segunda edición, México, 1998)

miércoles, 21 de enero de 2026

El sport porfiriano

 


El sport porfiriano 


Nadie sabe con exactitud cuándo desembarcó el fútbol en México y tampoco en qué momento pasaron los primeros balones de cuero por la aduana de Veracruz Lo cierto es que el viejo deporte inglés se arraigó en tierras nacionales durante la última década del siglo XIX.

En aquellos años se respiraba en México cierto clima de optimismo producto de la paz construida por el general Porfirio Díaz y de la creencia de que por fin el país parecía tomar la ruta de un progreso cuyo emblema eran las modernas locomotoras. Empeñado en lograr la prosperidad económica, el régimen porfiriano abrió las fronteras y atrajo de todo el mundo hombres ansiosos por hacer fortuna, quienes además de su ambición venían cargados de todas las novedades de la época.

Una de las prácticas que más llamaron la atención, difundida en especial por británicos y estadounidenses, fue el deporte. Para entonces, en muchos países, los deportes formaban parte de la educación impartida en los colegios e incluso en algunos se habían convertido en espectáculos públicos, como el association foot-ball en Inglaterra. 

Los mexicanos de la clase alta, ávidos por imitar aquello que pudiera ser catalogado como moderno, no tardaron en adoptar el sport como parte de su vida diaria, pues lo consideraron una de las "señales de progreso" que distinguían a las más civilizadas capitales del mundo. 

La mejor manera de hacer sport, tanto para los extranjeros como para los nacionales, era afiliarse a alguno de los clubes atléticos que en esa época comenzaron a fundarse. Los ingleses residentes en la capital mexicana inauguraron en marzo de 1894 el Reforma Athletic Club, donde inicialmente sólo se practicaban lawn tennis y cricket. Por su parte, los estadounidenses crearon en Churubusco el Country Club, punto de reunión de los aficionados al golf, y el Reforma Country Club, donde había espacio para el béisbol. 

Otros sitios similares eran el Mexican National Athletic Club y el Olympic Athletic Club, que promovía su skating hall de la calle de San Juan de Letrán. Mientras, un norteamericano de apellido Roberts difundía el gusto por la bicicleta en la Bicycle Riding School, que se ubicaba en el Paseo de la Reforma

Este furor alentó la aparición, en septiembre de 1896, de The Mexican Sportsman, quizá la primera revista especializada en deportes editada en México. En su edición bilingüe, afirmaba que el país vivía en plena efervescencia deportiva y consideraba el béisbol, el tenis, el ciclismo y el patinaje como los más populares. 

Al hablar del fútbol señalaba que no era el "estilo rugby" sino el "estilo asociación" el que podría ser adoptado más fácilmente en México. Al referirse a su práctica en la capital, decía: "Aunque nunca ha alcanzado buen éxito aquí, hay, sin embargo, un buen número de amigos de ese sport en la ciudad. De tiempo en tiempo los muchachos de los colegios ingleses hacen esfuerzos por organizar un partido, pero tales esfuerzos no han dado fruto, principalmente porque no ha habido competencia que levante entusiasmo.”

Meses más tarde, la revista calculaba que había en la ciudad entre 30 o 40 jugadores y que algunos de ellos lo practicaban con buen nivel antes de venir a México. Esos datos la animaron a lanzar la convocatoria para formar el primer club capitalino, lo cual sólo sería posible años después. 


(Tomado de: Bañuelos Rentería, Javier. Balón a tierra (1896-1932). Crónica del fútbol mexicano. Editorial Clío, libros y videos S.A. de C.V.  Segunda edición, México, 1998)

jueves, 18 de septiembre de 2025

Telenovelas X Las reinas del sufrimiento, Silvia Derbez



Las reinas del sufrimiento: Silvia Derbez 


Así como el cine mexicano de los años treinta y cuarenta alcanzó muy rápidamente un alto grado de calidad gracias a que la mayor parte de sus actores venían de una sólida tradición teatral (ya fuera la carpa o el teatro serio), la telenovela se benefició de la formación cinematográfica y teatral de sus actores. Para los años cincuenta la actividad teatral en la Ciudad de México era impresionante, e iba de los grandes montajes en Bellas Artes o en el Insurgentes al teatro universitario más experimental y austero (el Teatro en Atril de Juan José Arreola). Actores y actrices llegaban a la pantalla chica afilados como navajas en lo referente a caracterización; además, no mostraban ninguna dificultad para pasar de uno a otro género. 

La reina de la telenovela es sin duda la potosina de ascendencia francesa Silvia Derbez, quien llegó a Senda prohibida tras diez años como heroína del cine mexicano. De la mano del director Roberto Rodríguez actuó en películas como El seminarista y Dicen que soy mujeriego, con Pedro Infante, y en Las dos huerfanitas, amparando a Evita Muñoz y a María Eugenia Llamas "la Tucita". Para Emilio Fernández era la representación de la mexicana positiva que se casaría con un veterano del Escuadrón 201 en Salón México; era la novia popular de muchos cinéfilos. Después de su éxito como villana en la primera telenovela, dio un giro diametral en su siguiente trabajo: Un paso al abismo (1959) donde interpretó el papel de una joven desesperada, con una capacidad de mostrar sufrimiento que le labró una figura para el resto de su carrera. 

La versatilidad es el rasgo común de los actores de esta primera etapa de la telenovela; Silvia Derbez emergió con papeles que hubieran condenado a otros a repetirlos eternamente. En 1966 caracterizó a la campesina "María Isabel" con una gracia, un humor propio y una dignidad poco comunes en la idea que se suele tener del personaje. Pese (o quizás gracias) a que sus ojazos y sus sonrisa eran muy francos, desprovisto de las idealizaciones hollywoodescas de la "María Isabel" de la historieta, consiguió una cercanía inmediata con el público. Logró el mismo efecto con los sufrimientos de su "negra Mercé" en Angelitos negros o con la serie de telenovelas didácticas que realizó con Miguel Sabido en los años ochenta.


(Tomado de: Reyes de la Maza, Luis - Crónica de la Telenovela I. México sentimental. Editorial Clío, Libros y Videos, S.A. de C.V., México, 1999)