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lunes, 14 de abril de 2025

Suárez y Navarro informa desde Mérida, 1860

 


Suárez y Navarro informa desde Mérida


Mérida, noviembre 17 de 1860 

Excmo. Sr. Presidente de la República 

don Benito Juárez 

Mi señor y amigo que aprecio:


Como adición a última hora de mis dos anteriores, tengo que añadir dos incidentes de bastante gravedad respecto a la cosa pública de este Estado y otro respecto a mi viaje. 

Sea el primero que por comunicaciones llegadas aquí el 10, los capitanes de los indios sublevados han propuesto la paz y aunque ya corría en el público esta especie, yo no quise decir a usted nada en mi carta del 12 hasta no saber auténticamente el hecho; la tira adjunta instruirá a usted de lo sucedido. Creo que usted lo recibirá de oficio así como en el expediente instruido en Campeche sobre los indios cogidos en Sisal; por esto no me extiendo en dar pormenores sobre ambos acontecimientos. 

Parecía que la guerra entre Campeche y Mérida no se efectuaría; pero nuevos incidentes me hacen creer que se realizará esta guerra que juzgo desastrosa para ambas partes. Parece que Campeche ha ministrado armas, gente y dinero a un Sr. Vargas, el cual ha reunido 400 según unos, o 500 según otros, y ha ocupado el Partido de Maxcanú (a) 12 leguas de aquí y que viene sobre esta ciudad. Probablemente dentro de pocos días sucederá algo que complique más los males de este infeliz país. 

Parece que la desgracia me fuerza a hacer alto aquí y no irme, como lo deseaba, en el regreso del vapor. 

Vea usted la carta adjunta y juzgue usted si tendré medios para moverme y recursos con qué vivir; estoy, pues, lleno de miseria porque la paga que recibí en septiembre, me ha sido insuficiente para pagar lo que he consumido en seis meses que hace estoy viviendo de prestado. 

Si usted no ordena que conmigo no habrá la orden que se cita, estoy en la incapacidad de hacer nada; por esto, aquí espero las ulteriores órdenes de usted.

Soy con el mayor afecto su servidor q. b. s. m.

Juan Suárez y Navarro 


P. D. Al pegar mi carta, sé que Sisal ha sido ocupado por las tropas de Campeche y que tropas de Maxcanú avanzan. Creo que sería bueno el que usted se decidiera a nombrar una comisión que mediase y pusiera término a los males que preveo y que veo indudables.


(Tomado de: Tamayo, Jorge L. - Benito Juárez, documentos, discursos y correspondencia. Tomo 3. Secretaría del Patrimonio Nacional. México, 1965)

lunes, 15 de julio de 2024

México, Yucatán y Texas: Relaciones peligrosas y combinaciones explosivas


Relaciones peligrosas y combinaciones explosivas 


En septiembre de 1821 Yucatán se incorporó a México como estado soberano, aunque su lealtad y patriotismo localistas eran mucho más fuertes que su necesidad de dependencia del país. Poco después se daba el primer enfrentamiento violento entre liberales y conservadores, además del inicio del conflicto con el gobierno nacional, pues el arancel aduanal aumentó de 15 a 25%. Laa intervención del emperador Iturbide calmó los ánimos y resolvió momentáneamente el problema político. Poco después, no obstante, al darse el cierre de los puertos mexicanos a las embarcaciones españolas, entre 1822 y 1823, el comercio con Cuba se interrumpió, causando estragos en una de las principales actividades económicas yucatecas. Son los años en los que el país dio el giro, con Santa Ana a la cabeza, hacia la república federada, y en 1823, ya resuelto temporalmente el asunto del comercio con Cuba, Yucatán decide nuevamente unirse a México. 


La primera constitución política yucateca, aparecida en 1825, reflejó el modelo de la nacional de 1824. Las relaciones entre Yucatán y México transcurrieron en armonía durante este periodo federalista del país, especialmente en 1827 cuando la península obtuvo una serie de privilegios sobre sus derechos aduanales. Todo ello cambió abruptamente con el advenimiento del centralismo a partir de 1830, y de ahí en adelante, los vaivenes políticos nacionales entre centralismo y federalismo reflejaron el estado de las relaciones entre Yucatán y México. 


En 1835 el gobierno nacional intentó obligar al yucateco a pagar los mismos derechos aduanales que el resto de los departamentos del país, imponiéndole a la península un nuevo y antiguo sistema a la vez: las alcabalas, o sea, el impuesto interno por el paso de mercancías. Además, se le demandaba a Yucatán el pago de porcentajes por concepto de los productos aduanales y que sus habitantes se sumaran forzosamente a las listas de conscriptos que irían a pelear a Texas. 

La rebeldía yucateca no se hizo esperar y Yucatán empezó a sostener relaciones con "el enemigo" texano, además de exigir la vuelta al federalismo y el respeto a sus prerrogativas económicas. Según Edward Fichten, el verdadero rompimiento entre México y Yucatán sobrevino en los momentos en que México regresó a un centralismo conservador reflejado en la Constitución de 1836: 


En contra de esta Constitución y de las políticas que se desarrollaron a partir de ella tanto Texas como Yucatán optaron por separarse. Con la secesión de Texas el gobierno federal, controlado por Santa Ana, exigió la ayuda de Yucatán mediante el pago de 200,000 pesos de sus ingresos aduanales, violando así las condiciones especiales que la península había establecido para unirse a México. Adicionalmente, 2,500 yucatecos fueron reclutados para pelear contra los texanos (con quienes ya simpatizaban) pero no se tomó ninguna providencia para que luego pudieran regresar a la península. 

 

Ocurrió así la primera separación de Yucatán del resto del país y los ánimos separatistas hablaban ya de independencia como algo beneficioso. En mayo de 1838 Santiago Imán llevó a cabo su primer levantamiento a favor del federalismo, y aunque fue derrotado y encarcelado, organizó una segunda asonada en contra del centralismo exactamente un año después. Entre sus fuerzas se encontraban 150 yucatecos que se habían escapado de un barco que los llevaba a pelear contra Texas. 


Aunque las rencillas económicas entre Mérida y Campeche empezaron aún antes de la independencia de México, a nivel político el año de 1840 marcó un momento importante, pues el partido liberal yucateco se dividió en dos bandos opuestos. Como ya dijimos, la oposición giró no alrededor de las tendencias políticas hacia el federalismo o el centralismo, pues ambos bandos eran declaradamente federalistas, sino que dependió del asunto de la unión o separación con México, y de la manera como estar incorporados o no al país afectaba los intereses productivos y comerciales de los grupos de poder económico de Mérida y de Campeche. 


Los dos partidos que surgieron en esos momentos reflejaban los intereses económicos de los grupos que pugnaban por el control de la península. La facción liderada por Santiago Méndez, representante de los intereses comerciales del puerto de Campeche, proponía la separación de Yucatán en tanto el país no regresara al federalismo ni les garantizara su autonomía local y privilegios especiales. El otro grupo, con sede en Mérida y con Miguel Barbachano a la cabeza, representaba los intereses agrícolas de la región y propugnaba por una Independencia total. En las elecciones de abril de 1840, Méndez triunfó como gobernador y Barbachano asumió la vicepresidencia. Luego durante la infructuosa campaña mexicana contra la península en 1842, Méndez regresó a Campeche a participar en su defensa, dejando a Barbachano a cargo de la administración política de la península. 


Antes, sin embargo, para junio de 1840, la rebelión federalista de Imán había triunfado en la península, promulgándose la segunda Constitución Política del estado, el 31 de marzo de 1841, mientras que en otras regiones abundaron otros pronunciamientos federalistas y de apoyo a Texas. Santa Anna intentó valerse de un héroe yucateco de la independencia -Andrés Quintana Roo- para negociar el retorno de Yucatán a la nación. Barbachano y Quintana Roo lograron llegar a un acuerdo, plasmado en los tratados del 28 de diciembre de 1841, que el presidente no firmó ni ratificó. 


Como veremos más adelante con más detalle, los enfrentamientos entre Yucatán y México se dieron en esos años dentro del contexto de la guerra de México contra Texas y de la alianza entre texanos y yucatecos. Intentando dominar Yucatán a toda costa, Santa Ana ordenó el envío de tropas a la península en 1842, mismas que fueron derrotadas por los yucatecos con ayuda raival con la ayuda de los mayas y de la armada texana:


El gobernador D. Juan de Dios Cosgaya, y luego D. Miguel Barbachano, sostuvieron la resistencia más enérgica contra las fuerzas que la administración del general Santa Anna mandó sobre Campeche... Forzoso fue al dictador apelar a una negociación pacífica, aparentando sentimientos humanos y filosóficos para mejor cubrir el desenlace de una campaña mal meditada y peor conducida después de la humillación de Tixpehual. El general Santa Anna celebró un convenio con los disidentes de Yucatán, el cual elevó a rango de ley el 15 de diciembre de 1843. 

 

Por medio de dichos tratados basados en los de 1841, el presidente aceptaba darle Yucatán un trato preferencial en cuestiones arancelarias. No obstante, al decir de los historiadores y políticos yucatecos, Santa Ana no tardó ni un año en violarlos y el intento de unión fracasó, separándose la península de nueva cuenta en 1844 y desconociendo el supremo gobierno en 1845, año en el que Texas se anexó a Estados Unidos. Otros piensan que las estipulaciones de los tratados de diciembre de 1843 no beneficiaban a nadie, incluyendo a los yucatecos: 

Las pasiones, los errores y las falsas apreciaciones ocultaron al pueblo las condiciones de la reincorporación, que más bien dicho, fueron obsequios del gobierno general para hacer desaparecer todo motivo de queja. Este tratado, violado a cada paso por los funcionarios de la Península, al fin fue reprobado por lo perjudicial que hubiera sido su observancia. La Cámara de Diputados de 1845, desechó y reprobó las mencionadas estipulaciones. 

Santa Ana emitió una serie de disposiciones que prohibían la libre importación de productos yucatecos en los puertos mexicanos, e intentó enviar a sus propios representantes para gobernar la península. La reacción yucateca fue inmediata, así como nuevamente la separación y el desconocimiento del gobierno. En enero de 1846 el congreso local hizo formal la escisión de Yucatán de México y nombró a Barbachano gobernador. 

Al estallar la guerra con Estados Unidos y en oposición a la tendencia monárquica de Paredes y Arrillaga, Santa Ana se pronunció a favor del federalismo y le prometió a Barbachano un tratado de reincorporación en los términos del acuerdo de diciembre de 1843, violado por él mismo. El gobernador yucateco inició nuevamente una serie de gestiones para la reincorporación, que el Congreso proclamó el 2 de noviembre de 1846. Sin embargo, ante los posibles efectos nocivos que la guerra con Estados Unidos podía tener en los puertos y comercios mexicanos, el líder de los campechanos, Santiago Méndez, dio un golpe separatista y neutral en Campeche y la unión con México volvió a quedar en el aire. De hecho, al enterarse de la posibilidad de reunificación, los estadounidenses ya habían bloqueado la isla del Carmen y el siguiente paso era Campeche. 

En 1847 encontramos a un Yucatán supuestamente neutral y de facto separado de México. Todavía para esos momentos, la entidad gozaba de una serie de ventajas que le permitían utilizar la unión y el separatismo a su favor. Sin embargo, ningún político yucateco, de ningún bando, contó con una fuerza bélica que, hasta esos momentos, había permanecido tras bambalinas. Y fue el levantamiento maya, conocido como la guerra de Castas, el acontecimiento que robó a Yucatán todo su poder de negociación con México, poniéndolo, a partir de ese momento, en el desventajoso papel de tener que aceptar cualquier arreglo a cambio de la tan necesaria ayuda para detener a los mayas. 

Como hemos visto, el único momento en que Mérida y Campeche unieron sus fuerzas e intereses para pelear contra el enemigo común que era México fue en 1842, logrando derrotar a las fuerzas santanistas y recobrar su soberanía. No obstante, poco duró la armonía yucateca, ya que las rencillas comenzaron nuevamente y llegaron a un punto candente al estallar la guerra entre México y Estados Unidos. Ahí comenzó una de las etapas más negras de estas conflictivas relaciones, lo que Mary Williams denomina "una lucha faccional de incalificable barbarie", pues ambos partidos se hicieron la guerra sin tregua y ambos utilizaron a las huestes mayas con consecuencias tan imprevisibles como nefastas.



(Tomado de: Careaga Viliesid, Lorena - De llaves y cerrojos: Yucatán, Texas y Estados Unidos a mediados del siglo XIX. Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora. México, Distrito Federal, 2000)

jueves, 13 de junio de 2024

Yucatán a mediados del siglo XIX


Antecedentes: Yucatán a mediados del siglo XIX

Una historia muy particular 

[...]

A la llegada de los españoles, la península no sólo no contaba con un poder centralizador como el resto de México, sino que estaba dividida en 16 cacicazgos en lucha unos con otros, lo cual constituyó durante décadas un reto memorable para conquistadores, colonizadores y misioneros. Durante la etapa colonial, Yucatán no constituyó realmente parte del virreinato de Nueva España, sino que su capitán general y gobernador dependía, en lo político, del virrey en lo militar, del rey, y de la Real Audiencia para las cuestiones judiciales. Dicho capitán general era nombrado directamente por la corona y en los casos de un interino por el virrey. Bajo su autoridad estaban los alcaldes mayores y los tenientes de rey, como el que administraba el puerto de Campeche. En el siglo XIX y a raíz de las reformas borbónicas, el capitán general fue sustituido por un intendente con poderes casi absolutos en los ámbitos político, administrativo, judicial y militar. En los inicios del XIX, Yucatán era una intendencia con capital en Mérida, que comprendía las Islas y la alcaldía mayor de Tabasco.

Como ya mencionamos, la península ni siquiera tenía una continuidad territorial con Nueva España. No existía tampoco una similitud cultural en cuanto al grupo indígena que habitaba la península y que era el maya. En general, tenía lazos económicos más fuertes con Cuba que con México y, por lo mismo, mayores y más fuertes lazos sociales y de comunicación. Desde 1814, Yucatán era la única provincia que podía comerciar libremente con otras naciones, incluyendo a otras colonias españolas. Tenía sus propias tropas y navíos de guerra, así como un arancel de aduanas muy favorable, o sea, menor del que pagaban las provincias de Nueva España (15% por mercancías extranjeras y 9% por mercancías cubanas). Es importante recordar todas estas particularidades de Yucatán en los albores del siglo XIX, por la relevancia que más tarde tendrán en sus tendencias políticas y en sus relaciones con el centro de México.

la independencia de México es el mejor ejemplo de un proceso histórico regional, ya que la lucha se concentró en el Bajío, el centro del país y la tierra caliente, y no tocó a Yucatán más que cuando ya había realmente terminado. El triunfo de los grupos de poder criollos realizas encontró un eco favorable en la sociedad yucateca, que se había mantenido conservadoramente al margen del conflicto, y ello se explica por las características tan particulares que tenía Yucatán A fines de la etapa colonial, y que ya mencionamos brevemente.

Resulta interesante conocer la opinión de Juan Suárez y Navarro quien, en 1861, realizó para el presidente Juárez una extensa investigación acerca del acontecer en Yucatán, del por qué de sus particularidades, de las rencillas entre Mérida y Campeche y del estado que guardaba el comercio de esclavos mayas a Cuba. Entre otras cosas, comenta lo siguiente:


Permaneciendo los habitantes de aquel suelo enteramente extraños a la gran lucha iniciada en 1810 hasta 1821, por un acto libre y espontáneo, también calculado como necesario, Yucatán se adhirió al gran todo de la nación, y en aquella época, y muchos años después, fue atendido y considerado por el gobierno nacional. La especie de independencia de que Yucatán disfrutó bajo el gobierno de los virreyes, favoreció el que desde muy temprano se aclimatasen allí las doctrinas y los principios liberales, y no por otro motivo cuando en 1823 fue derrocado el imperio fugaz de Iturbide, el gobierno de la península siguió el impulso de la nación, ratificando el pacto de unión a ella como el más seguro medio de su futuro bienestar.


El país emergió de largo proceso independentista en medio de una gran euforia que no correspondía a una realidad que hablaba a gritos de escasez de recursos, baja demografía, total desorganización social y política, estancamiento del comercio de ultramar, fuga de capitales y deuda externa. Los criollos triunfantes, con Iturbide a la cabeza, se propusieron de inmediato gobernar a México mediante una monarquía constitucional que al poco tiempo fracasó; y así, en 1821, se abre el debate nacional acerca de la naturaleza del gobierno que más le convenía al país, debate que llegó a convertirse en guerra civil y que determinaría el desarrollo de México en esa etapa.

A riesgo de simplificar pavorosamente el acontecer para abreviar en lo posible esta semblanza introductoria y ubicar a Yucatán en los inicios del siglo XIX, diremos que la gran escisión política a nivel nacional se dio entre el grupo de los liberales y el de los conservadores. Estos últimos en general continuaron durante varias décadas favoreciendo al régimen monárquico como el mejor para el país, mientras que los liberales, partidarios del republicanismo, se dividieron a su vez, en dos facciones: los federalistas y los centralistas. Los primeros partidos políticos del país emanados de las logias masónicas en pugna pronto se identificaron con estas tendencias: los yorkinos eran federalistas, mientras que los escoceses optaron por el centralismo.

A partir de 1812, los grupos políticos yucatecos reflejaron el acontecer político nacional con particularidades propias: los sanjuanistas, una curiosa mezcla de liberales católicos, apoyaron resueltamente los cambios propugnados por la constitución de Cádiz. Su lucha se centró en lograr una serie de reformas sociales desde el punto de vista cristiano, que incluían el rescate de la población maya. Paralelamente, el grupo de los liberales compuesto por criollos y mestizos anticlericales, sostenía que el modelo político y económico a seguir era el de Estados Unidos, y de acuerdo con estas ideas, los mayas les parecían un obstáculo en el progreso de la península. Un tercer grupo era el de los rutineros, al que pertenecían las autoridades políticas, el alto clero y numerosos hacendados, todos ellos monárquicos recalcitrantes interesados en mantener el statu quo y continuar dominando y utilizando a los mayas.

Para 1818, los sanjuanistas habían dado lugar a la llamada Confederación Patriótica, a la cual se sumaron también varios liberales y rutineros. Esta agrupación, que no comulgaba con los ideales insurgentes de Independencia, apoyó nuevamente la Constitución de Cádiz y el establecimiento de una monarquía constitucional. Al mismo tiempo, el grupo liberal se empezó a identificar con la logia yorkina, a la cual se sumaron varios sanjuanistas y también rutineros. Los pocos rutineros que permanecieron como tales se convirtieron en un reducido grupo de conservadores monárquicos. Para 1823, este panorama de tendencias y alianzas políticas había evolucionado hasta incluir a tres grupos: la Liga, producto de la unión de la Confederación Patriótica y otros grupos menores, la Camarilla, emanada de la logia yorkina, y el partido liberal como tal. Tanto la Liga como la Camarilla se habían olvidado por completo de la reivindicación de los mayas y sus miembros eran todos republicanos federalistas y liberales; la única diferencia era que los partidarios de la Liga eran católicos y los de la Camarilla, anticlericales. Por su lado, el partido liberal yucateco imprimió un nuevo sello al panorama político de la península -que era el de un republicanismo federalista liberal- al irse polarizando entre Mérida y Campeche. Como bien dice Suárez y Navarro:


Los principios políticos jamás han estado en discusión en la Península; la clase inteligente nunca ha entrado en lucha por esas o las otras teorías de gobierno, porque evidentemente en ningún estado de la Confederación han existido tan de tan antiguo los principios liberales y republicanos como en aquel suelo privilegiado. Las leyes más importantes de reforma que la nación ha sostenido por medio de una lucha sangrienta, estaban ejecutoriadas en Yucatán desde el año de 1782, puesto que bajo el gobierno del obispo Piña se verificó la desamortización de bienes eclesiásticos... el origen de las vicisitudes políticas de aquel país no ha sido la mayor o menor resistencia que hayan podido hacer las clases menos ilustradas ni los intereses de las corporaciones que en el resto de la República han pugnado abiertamente contra las tendencias del siglo... la lucha política en Yucatán se circunscribe a intereses puramente personales…


De esta forma, la lucha política en Yucatán adquirió características muy particulares, pues dependió de los intereses económicos, básicamente comerciales, de estas dos entidades, las cuales eran federalistas separatistas o federalistas prounión con México, según les conviniera. En lo único en lo que siempre estuvieron de acuerdo fue una rotunda negativa al centralismo que implicaba una intervención directa del gobierno mexicano en los asuntos yucatecos. De los intentos centralistas por controlar y doblegar a la península emanan todos los problemas que se generaron entre Yucatán y México, como lo afirmaría cualquier yucateco que se precie de serlo. No obstante, también Yucatán jugó con fuego en momentos cruciales para el país, parapetándose detrás de una pretendida neutralidad y alimentando el fuego de la lucha política interna con funestas consecuencias.


(Tomado de: Careaga Viliesid, Lorena - De llaves y cerrojos: Yucatán, Texas y Estados Unidos a mediados del siglo XIX. Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora. México, Distrito Federal, 2000)

lunes, 8 de mayo de 2023

Relación de las cosas de Yucatán I, La tierra de Yucatán

 


(El Castillo de Chichén Itzá, por Frederik Catherwood)

Relación de las Cosas de Yucatán


Fray Diego de Landa


MDLXVI


Capítulo Primero


La tierra de Yucatán


Que Yucatán no es isla ni punta que entra en la mar como algunos pensaron, sino tierra firme, y que se engañaron por la punta de Cotoch que hace la mar entrando por la bahía de la Ascensión hacia Golfo Dulce, y por la punta que por esta otra parte, hacia México, hace la Desconocida antes de llegar a Campeche, o por el extendimiento de las lagunas que hace la mar entrando por Puerto Real y Dos Bocas.

Que es tierra muy llana y limpia de sierras, y que por esto no se descubre desde los navíos hasta muy cerca salvo entre Campeche y Champotón donde se miran unas serrezetas y un Morro de ellas que llaman de los diablos.

Que viniendo de Veracruz por parte de la punta de Cotoch está en menos de 20 grados, y por la boca de Puerto Real en más de 23, y que bien tiene de un cabo al otro 130 leguas de largo camino derecho.

Que su costa es baja, y por esto los navíos grandes van algo apartados de tierra.

Que la costa es muy sucia de peñas y pizarrales ásperos que gastan mucho los cables de los navíos y que tienen mucha lama, por lo cual aunque los navíos den a la costa, se pierde poca gente.

Que es tan grande la menguante de la mar, en especial en la Bahía de Campeche, que muchas veces queda media legua en seco por algunas partes.

Que con esas grandes menguantes se quedan en las ovas, y lama y charcos, muchos pescados pequeños de que se mantiene mucha gente.

Que atraviesa a Yucatán de esquina a esquina una sierra pequeña que comienza cerca de Champotón y va hasta la villa de Salamanca que es el cornijal contrario al de Champotón.

Que esta sierra divide a Yucatán en dos partes, y que la parte de mediodía hacia Lacandón y Taiza, está despoblada por falta de agua, que no la hay sino cuando llueve. La otra que es al norte, está poblada.

Que esta tierra es muy caliente y el sol quema mucho aunque no faltan aires frescos como brisa o solano que allí reina mucho, y por las tardes la virazón de la mar.

Que en esta tierra vive mucho la gente, y que se ha hallado hombre de ciento cuarenta años.

Que comienza el invierno desde San Francisco y dura hasta fin de marzo, porque en este tiempo corren los nortes y causan catarros recios y calenturas por estar la gente mal vestida.

Que por fin de enero y febrero hay un veranillo de recios soles y no llueve en ese tiempo sino a las entradas de las lunas.

Que las aguas comienzan desde abril hasta fin de septiembre, y que en ese tiempo siembran todas sus cosas y vienen a maduración aunque siempre llueva; y que siembran cierto género de maíz por San Francisco que se coge brevemente.

Que esta provincia se llama en lengua de los indios Ulumil cutz yetelceb, que quiere decir tierra de pavos y venados, y que también la llamaron Petén que quiere decir isla, engañados por las ensenadas y bahías dichas.

Que cuando Francisco Hernández de Córdoba llegó a esta tierra saltando en la punta que él llamó cabo de Cotoch, halló ciertos pescadores indios y les preguntó qué tierra era aquella y que le respondieron Cotoch, que quiere decir nuestras casas y nuestra patria, y que por eso se puso este nombre a aquella punta, y que preguntándoles más por señas que cómo era suya aquella tierra, respondieron ciuthan que quiere decir, dícenlo; y que los españoles la llamaron Yucatán, y que esto se entendió de uno de los conquistadores viejos llamado Blas Hernández que fue con el Adelantado la primera vez.

Que Yucatán, a la parte del mediodía, tiene los ríos de Taiza y las sierras de Lacandón, y que entre mediodía y poniente cae la provincia de Chiapa, y que para pasar a ella se habían atravesar los cuatro ríos que descienden de las sierras que con otros se viene a hacer San Pedro y San Pablo, río que descubrió en Tabasco Grijalva; que al poniente está Xicalango y Tabasco, que son una misma provincia.

Que entre esta provincia de Tabasco y Yucatán están las dos bocas que rompe la mar, y que la mayor de éstas tiene una legua grande de abertura y que la otra no es muy grande.

Que entra la mar por estas bocas con tanta furia que se hace una gran laguna abundante de todos pescados y tan llenas de isletas, que los indios ponen señales en los árboles para acertar el camino para ir o venir navegando de Tabasco a Yucatán; y que estas Islas y sus playas y arenales están llenos de tanta diversidad de aves marinas que es cosa de admiración y hermosura; y que también hay infinita caza de venados, conejos, puercos de los de aquella tierra, y monos, que no los hay en Yucatán.

Que hay muchas iguanas que espanta, y en una de (las isletas) está un pueblo que llaman Tixchel.

Que al norte tiene la isla de Cuba, y a 60 leguas muy enfrente la Habana, y algo adelante una islilla de Cuba, que dicen de Pinos.

Que al Oriente tiene a Honduras y que entre Honduras y Yucatán se hace una muy gran ensenada de mar la cual llamó Grijalva Bahía de la Ascensión, y que está tan llena de isletas y que se pierden en ellas navíos, principalmente los de la contratación de Yucatán a Honduras; y que hará 15 años que se perdió una barca con mucha gente y ropa, y al zozobrar el navío se ahogaron todos salvo un (tal) Majuelas y otros cuatro que se abrazaron a un gran pedazo de árbol del navío y anduvieron así tres o cuatro días sin poder llegar a ninguna de las islillas, y que se ahogaron faltándoles las fuerzas, menos Majuelas que salió medio muerto y tornó en sí comiendo caracolejos y almejas; y que desde la islilla pasó a tierra en una balsa que hizo de ramas como mejor pudo; y pasado a tierra firme, buscando de comer en la ribera, topó con un cangrejo que le cortó el dedo pulgar por la primera coyuntura con gravísimo dolor. Y tomó a tiento la derrota por un áspero monte para la villa de Salamanca, y que anochecido se subió a un árbol y que desde allí vio un gran tigre que se puso en asechanza de una cierva y se la vio matar y que la mañana (siguiente) él comió de lo que había quedado.

Que Yucatán tiene algo más abajo y enfrente de la punta de Cotoch a Cuzmil, 5 leguas de una canal de muy grande corriente, que hace la mar entre ella y la Isla.

Que Cuzmil es isla de quince leguas de largo y cinco de ancho, en que hay pocos indios y son de la lengua y costumbres de los de Yucatán y está en 20 grados a esta parte de equinoccial.

Que la isla de las Mujeres está a trece leguas abajo de la punta de Cotoch y a dos leguas de tierra enfrente de Ekab.



(Tomado de: Landa, Diego de: Relación de las cosas de Yucatán. Edición de Miguel Rivera Dorado. Crónicas de América. Dastin, S.L., España, 2003)

lunes, 30 de enero de 2023

El día que asesinaron a Cuauhtémoc, 1525

 

(Códice Vaticano A)

El día que asesinaron a Cuauhtémoc

Una historia de traición e intriga


Daniel Díaz

(Estudió Antropología Social y Arqueología en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Es investigador iconográfico de la revista Arqueología Mexicana).

No sabemos cuándo nació Cuauhtémoc -algunos señalan que alrededor de 1500- ni exactamente qué edad tenía el 1521. Tampoco se conoce con certeza quiénes fueron sus padres. Lo que sí se sabe es que era de linaje noble, que fue tlatoani de México-Tenochtitlan, que realizó rituales para tomar el gobierno de su pueblo, que no nació en Ixcateopan (Guerrero) como se ha dicho y, lo más relevante, que defendió su ciudad del embate de los conquistadores españoles y sus aliados mesoamericanos.

Se sabe que tuvo una esposa y por lo menos un descendiente de quien se conoce su nombre, Diego de Mendoza Austria y Moctezuma, porque está escrito en los documentos coloniales en los que reclama a la Corona española el otorgamiento de beneficios por ser descendiente de la nobleza mexica; entre otras peticiones solicita que le sean devueltas las tierras y edificios que su padre tuvo porque fue gobernante militar de Tlatelolco, la ciudad gemela de Tenochtitlán y donde vivían los comerciantes.

Difícil de rastrear

No hay ningún documento prehispánico que pueda avalar con certeza los datos genealógicos de Cuauhtémoc. Y no los hay porque seguramente se perdieron durante los combates para derrocar al imperio mexica, en los que se peleó tan duro que los edificios que rodeaban al recinto sagrado de Tenochtitlan, donde estaba "el gran Cu" -como llamaban los españoles al Templo Mayor-, fueron derrumbados por los proyectiles de los cañones de los bergantines y de los arcabuces. A ello se sumó, probablemente, la labor de zapa de los aliados mesoamericanos, es decir, su avance sobre la ciudad resguardados por las edificaciones del lugar, parte principal en la estrategia de sitio que empleo Hernán Cortés para derrotar a los mexicas.

En Tenochtitlan, como se relata en las crónicas, durante la guerra de conquista los extranjeros y sus huestes tomaron edificio por edificio, los cuales derrumbaban casi hasta los cimientos, aparte de que rellenaban los canales que los rodeaban. Por otra parte, sus aliados mesoamericanos, sobre todos los tlaxcaltecas, saqueaban e incendiaban las construcciones. En las crónicas también se habla de que había muchos libros "pintados a su modo" (los códices) que se resguardaban en edificios y fueron sometidos a las llamas.

La defensa de Tenochtitlan

Tras la muerte de Cuitláhuac, Cuauhtémoc fue nombrado tlatoani en 1521 y se encargó de la defensa militar de Tenochtitlan. Una de sus primeras instrucciones fue rodear la ciudad con estacas con punta afilada, pues ya estaba sitiada por agua y tierra. Los bergantines, armados y botados en el lago de Texcoco, impedían el paso de las canoas con guerreros defensores, pero estás finalmente desembarcaban en las calzadas que comunicaban a la isla donde estaba Tenochtitlan con la tierra firme y hacían retroceder a las tropas españolas y sus aliados.

los combates eran duros y los enemigos no podían avanzar. En la ciudad sitiada el agua dulce era escasa, pues los españoles cortaron la que llegaba desde los manantiales del cerro de Chapultepec y el lago de Chalco; de tal modo la que entraba era salina, pues los mexicas habían cortado el dique que impedía que el agua salobre se mezclara con la dulce, con la intención de que los españoles se ahogaran, lo que no ocurrió. Los alimentos también escaseaban.

Ante esta situación, Cuauhtémoc se reunió con sus capitanes de guerra y dijo que sería mejor hacer la paz, dado el sufrimiento de la población por la sed y el hambre. La petición no encontró eco entre sus hombres, quienes pensaron que sí claudicaban serían vasallos de los europeos y sus aliados, por lo que decidieron combatir hasta vencer o morir. El tlatoani contestó que, si más tarde alguno de ellos le pedía que capitularan, lo haría matar. Entonces decidieron, a finales de junio de 1521, ir a Tlatelolco y ahí resistir.

La captura del tlatoani

Los mexicas peleaban a diario e incluso se burlaban de los españoles, a quienes llegaron a ver como gente inculta y salvaje. De los aliados de los conquistadores, principalmente los tlaxcaltecas, decían que estaban perdidos, pues si los derrotaban los harían reconstruir la ciudad, y si resultaban vencedores los españoles, también los harían servirlos y construir casas para ellos.

Los combates continuaron, pero los mexicas estaban hambrientos y enfermos por beber el agua salina del lago, ahora putrefacta por los cadáveres que flotaban en ella. La situación era desesperada e incluso las mujeres pelearon, pero finalmente fueron derrotados y Cuauhtémoc hecho prisionero cuando intentaba salir de Tlatelolco acompañado por otros nobles para reorganizar la lucha, pues aún podía hacerlo, como lo sabían los aliados de los conquistadores. Por eso, cuando entraron finalmente a Tlatelolco, se distinguieron por su crueldad y dureza con los vencidos y mataban lo mismo a las mujeres y niños que a los guerreros que pese a estar debilitados por el hambre y la enfermedad, aún defendían la ciudad.

Los hombres de Cortés, al mando de Pedro de Alvarado, entraron a Tlatelolco el 13 de agosto de 1521 sin encontrar resistencia. Un bergantín, capitaneado por el español García Olguín, dio alcance a la canoa en donde navegaba Cuauhtémoc y la detuvo. Entonces el tlatoani fue llevado ante Cortés y, luego de un discurso pidió ser sacrificado como correspondía a todo guerrero mesoamericano que sabía que su destino sería acompañar diariamente al Sol cuando por las tardes se ocultara, a ese Sol dador de la vida y de todo lo bueno que había en el plano de la tierra, que era el primero de los 13 cielos y también el primero de los infiernos de esa gran construcción que era el universo.

¿Dónde está el oro?

Luego de la derrota de Tenochtitlan, los españoles se retiraron a Coyoacán. Llevaban consigo a Cuauhtémoc y a los nobles con quienes había sido capturado. El hedor de los muertos en la batalla y la destrucción de la ciudad no les permitieron la estancia. Ya en Coyoacán, Cortés se dio cuenta de que el tlatoani seguía mandando y sus órdenes aún se cumplían, además de que su situación como capitán general y conquistador no estaba todavía bien definida ante las autoridades españolas.

De inmediato se iniciaron las obras para la demolición de lo que quedaba en pie de Tenochtitlan para que pudiera hacerse una nueva traza de la ciudad. Mientras tanto, el ejército conquistador comenzó a pedir su parte de las riquezas tomadas como botín de guerra, a lo que Cortés daba largas; en demanda de la cantidad de oro que suponían había en Tenochtitlan, presionaron a su jefe, quien entonces consintió que se torturara a Cuauhtémoc junto con Tetlelpanquétzal, el rey de Tlacopan, (Tacuba).

Los españoles metieron los pies y las manos de los mandatarios en aceite caliente, pero ellos no dijeron lo que se les requería. Hubo la versión de que el oro ya lo habían tomado de las casas de Moctezuma II y que el requisado en la canoa de Cuauhtémoc era todo el que había. Se dice que este último dijo después a Cortés que había hecho que una parte del supuesto oro fuera arrojado en el sumidero de Pantitlán, un lugar del lago en donde se formaba un remolino y en el cual se hacían ofrendas al dios del agua, las cuales se creía eran recibidas por un mítico animal llamado ahuízotl, quién además era el encargado de ahogar a los niños que se ofrendaban y a quiénes pasaban cerca del lugar para que llegaran ante la deidad.

Cómo sea que fuere, la mayor parte de los estudiosos coinciden en que Cortés se quedó con gran parte del oro sin declararlo ante las autoridades. La cantidad de este metal que repartió entre su tropa fue tan poca que los hombres rechazaron lo que les correspondía. Entonces, para mantenerlos activos y evitar una rebelión, los mandó a explorar y colonizar otras regiones de Mesoamérica. Pese a ello, Cortés siempre se dijo pobre -incluso cuando vivía en España, tras la conquista- y se dolía de que el monarca no lo reconociera como el conquistador de una gran extensión de tierra que había puesto bajo su reinado.

La muerte sospechosa

En 1524 el conquistador español Cristóbal de Olid, que había sido enviado a Las Hibueras (Honduras), se rebeló a la autoridad de Cortés. Para someterlo, éste organizó una expedición a lo que llama la provincia de Acallan (en el actual Campeche) en sus Cartas de relación y también obligó a varios de sus antiguos compañeros de armas a que fueran con él. En ese viaje hizo que lo acompañaran Marina -la famosa mujer que la había dado como esclava cuando inició la guerra de conquista-, Cuauhtémoc y Tetlelpanquétzal, entre otros. A estos últimos los llevo porque sabía que, en su ausencia, el otrora tlatoani podia organizar una rebelión y matar a los españoles.

Marcharon el 12 de octubre de ese año. Atravesaron un territorio desconocido para ellos y quizá también para los mexicas, pues no se menciona en las crónicas que los acompañara algún antiguo pochteca o comerciante, personaje que debido a su actividad mercantil podía conocer los caminos hasta el actual territorio de Chiapas. La travesía debió haber sido muy penosa, ya que muchos de los expedicionarios murieron de hambre y -se dice- varios más mordidos por animales ponzoñosos o por las dificultades causadas por lo abrupto del terreno. Si hubiera ido un pochteca con la expedición, quizá no se hubieran perdido en la selva, ante el río Usumacinta, a su paso por el actual Tabasco.

La expedición logró reencontrar la ruta y arribar al pueblo de Tizatépetl, el primero de la provincia de Acallan. Más tarde llegaron a la localidad maya llamada Itzamkánac donde Pax Bolom Acha, hijo del gobernante del lugar, recibió a los españoles. Ahí les construyeron refugios en donde pudiesen descansar los poco más de cien hombres que viajaban con Cortés.

Las crónicas, entre las que está Papeles de Pax-Bolon-Maldonado -éste descendiente de los señores mayas de Itzamkánac-, así como los estudiosos, mencionan que en este pueblo o en uno cercano se dio muerte a Cuauhtémoc y al tlatoani de Tlacopan. Cortés, por su parte, dice que los ahorcaron el 28 de febrero de 1525. En los Papeles se menciona que se les dio muerte por decapitación, se les colgó por los pies de una ceiba y se clavó la cabeza de los dos en uno de los muros de la "casa principal de los ídolos" del lugar.

La decapitación ritual entre los mayas está documentada desde los tiempos del auge de esa civilización. Los indígenas que conocieron los españoles en Itzamkánac eran los descendientes de aquella grandeza, aunque para esta época era una cultura muy cambiada. Por otra parte, la ceiba entre los mayas era la representación del axis mundi, el eje del mundo por el que podían tener comunicación con los dioses del cielo y los del inframundo.

La muerte de Cuauhtémoc está representada en algunos códices. Por ejemplo, en la Tira de Tepechpan se le ve decapitado y amortajado, colgando de una ceiba; arriba de esta escena se ve su cuerpo amarrado como bulto mortuorio, tiene inscrito un grifo con su nombre y consigna el año 1525. En el Códice Vaticano A se le ve colgado, sin decapitar, junto al tlatoani de Tlacopan.

Por qué se dio muerte a Cuauhtémoc y Tetlepanquétzal no está muy claro. Hay versiones de que iban a tradicional a los españoles y, al saberse esto, se les ejecutó. Sin embargo, es muy probable que sólo fuera un pretexto para dar muerte al único hombre que podía organizar una rebelión para vencer o expulsar a los invasores europeos.

Luego de cuatro años de convivencia es muy probable que el tlatoani y los pocos guerreros mexicas sobrevivientes hubieran intuido y aprendido el modo de combatir de sus enemigos: quizá supieron muy pronto que lo álgido de la lucha retrocedían y se escondían entre "el fardaje" (el equipaje militar), pues incluso, cuando la toma de Tenochtitlán, Cortés había proclamado una ordenanza de que habría pena de muerte para quien se escondiera y no diera batalla.

En cambio, los guerreros mexicas habían hecho votos de no retroceder nunca y pelear hasta sucumbir en batalla, o bien, ser sacrificados en honor al Sol, lo cual era la muerte por excelencia para alguien educado en una sociedad que había sobrevivido luchando siempre. Por ello, bien podían ahora organizar un ataque, cuando los aliados de los españoles estaban ya en sus lugares de origen y entregados a la labores agrícolas, como la habían hecho por siglos.

El regreso de Cuauhtémoc

Hoy, en muchos lugares, lo mismo en el sur de México que en el Altiplano Central, hay personas que hacen eco de la tradición oral y afirman que el cuerpo amortajado de Cuauhtémoc estuvo por su pueblo y que se le rindieron honores. Quizá este recuerdo se deba a que los mayas preparaban así el cuerpo de sus gobernantes para honrarlos por varios días; los envolvían en lienzos y cubrían con de esencias y resinas aromáticas para evitar el hedor del cuerpo de quien, se afirmaba, era inmortal.

Asimismo, Cuauhtémoc era de cultura nahua, que acostumbraba incinerar a sus gobernantes y a quienes se habían distinguido en combate. Su cuerpo (si no estaba éste porque el guerrero había sido capturado, sacrificado y comido por el enemigo, se le hacía una representación en madera) se ataba como un bulto, el cual se adornaba con las posesiones de valor del difunto. Luego se le prendía fuego al conjunto y las cenizas se depositaban en una delicada urna, que luego se sepultaba en el arranque y las escalinatas de algún edificio importante, como el templo mayor del lugar.

Si el cuerpo del antiguo tlatoani recibió alguno de esos tratamientos mortuorios y quedó sepultado en una gran cripta maya, o sus cenizas terminaron dentro de un hermoso vaso depositado en un edificio de la zona arqueológica El Tigre, en Campeche -que se ha identificado como el Itzamkánac donde estuvo la mencionada expedición- no es muy relevante. Tampoco si su cuerpo fue llevado hasta Ixcateopan (en el actual estado de Guerrero), el remoto pueblo tepaneca, enemigo de los tenochcas, que además había sido sojuzgado y rendido tributo desde la época del tlatoani Itzcóatl (1427-1440), cuando la nación mexica se convirtió en un verdadero imperio. Lo importante es que tengamos memoria de los personajes que forman parte de la historia de nuestro país.


(Tomado de: Díaz, Daniel. El día que asesinaron a Cuauhtémoc. Relatos e historias en México. Año VIII, número 95, Editorial Raíces, S.A. de C. V., México, D. F., 2016)

jueves, 28 de octubre de 2021

Alejandro García

 


General, nació y murió en Campeche, Camp. (1818-1872). Estuvo en el servicio de las armas del 30 de marzo de 1836 al 28 de junio de 1863. En 1847, bajo las órdenes del general Domingo Echegaray, combatió a los invasores norteamericanos en el Estado de Tabasco; en 1861 fue comandante militar de Perote y jefe de la segunda brigada de la División Llave; en 1862, siendo encargado de la Mayoría del Ejército de Oriente, luchó contra los franceses, y en 1863 estuvo en la caída de Puebla. En marzo de ese año fue nombrado general en jefe de las fuerzas de Veracruz y gobernador del Estado, y cuando el ejército francés ocupó la ciudad de Oaxaca convocó a varias entidades para unir sus fuerzas. Asumió entonces la jefatura del Ejército de Oriente y el mando de los estados de Chiapas, Tabasco, Tlaxcala, Puebla y Oaxaca. De noviembre de 1866 a marzo de 1867 fue gobernador y comandante militar de Oaxaca, puesto al que renunció para marchar a la costa y ocupar la plaza de Veracruz. Era comandante del Distrito Federal en 1871 cuando se pronunciaron los generales Cosío, Carrillo, Toledo y Negrete, a quienes persiguió y derrotó en Puebla. A la muerte de Juárez, ya fuera del servicio militar, se retiró a vivir a Campeche.


(Tomado de: Enciclopedia de México, Enciclopedia de México, S. A. México D.F. 1977, volumen V, - Gabinetes - Guadalajara)

jueves, 3 de junio de 2021

Plaza fuerte de Campeche

Por la riqueza que encerraba el puerto de Campeche, debido a la exportación maderera, durante la época virreinal constituyó un objetivo para los piratas, quienes en el curso del s. XVII, lo ocuparon y saquearon 5 veces.

La primera obra fortificada que existió en Campeche fue una torre que al poco tiempo se convirtió en el Castillo de San Benito, lugar que defendió heroicamente el capitán Alcalá en 1597. Nuevos ataques piratas obligaron al gobierno a fortificar debidamente la ciudad, según proyecto del Ing. Martín de la Torre. Para finales del s. XVIII la organización defensiva comprendía: un recinto fortificado constituido por una muralla de trazo hexagonal irregular que rodeaba al caserío (muro de unos 6 m de altura media y de 2 m de espesor), con un desarrollo aproximado de 2,500 m; contenía 8 baluartes (3 en el frente de mar y el resto en los tres frentes de tierra) en cuyo interior había almacenes de pólvora y municiones. La muralla estaba coronada por un adarve que servía de camino de ronda, con un parapeto para el tiro de la fusilería. El recinto tenía una puerta en el frente del mar, que daba acceso al muelle de carga y descarga y 3 puertas en los frentes de tierra, una en cada frente (la más interesante es la llamada Puerta de Tierra, pues tenía un rediente y otras obras defensivas). La construcción de esta muralla se inició en 1686 y se terminó en 1704. Además, a fines del s. XVIII, para ampliar el radio de acción de la plaza, se construyeron en la costa, a unos 1,500 m de la plaza, una batería baja al norte y otra al sur y también, a unos 3 mil de la plaza, dos baterías más al norte y otras tantas al sur (una alta y otra baja).

El primer asedio que sufrieron estas defensas ocurrió en 1824, durante la llamada Guerra sin Lágrimas; el segundo en 1839, cuando la plaza fue tomada por los federalistas tras un asedio de más de 40 días.

En 1842 los separatistas no lograron ocupar la plaza fuerte.

Para permitir el crecimiento de la ciudad, en 1893 se derribó parte de la muralla, pero actualmente quedan en pie todos los baluartes y algunos lienzos, así como la Puerta de Tierra.

(Tomado de: Enciclopedia de México, Enciclopedia de México, S. A. México D.F. 1977, volumen IV, - Familia - Futbol).

lunes, 20 de mayo de 2019

La enigmática Jaina



"Yo vengo de la Isla de los Muertos. De un mundo dulce donde todo lo que termina vuelve a empezar. Y sólo he vuelto para decir adiós, para ver ojos que no miraré más. Pronto me iré de nuevo a la Isla de los Muertos y empezaré a vivir."

Un verde mar mediterráneo rodea a la isla mencionada por el poeta del año 1447 aproximadamente, misma época en que el primer Dalai-Lama fundaba su monasterio en el Tibet para retirarse del mundo. Medio planeta separaba a ambos personajes, pero una misma idea los incendiaba por dentro. Hoy, quinientos años después, el fruto del Tibet sigue prisionero entre muros de roca batidos por las ventiscas de los Himalayas. El fruto de Jaina, la "isla de los muertos", sigue brotando de entre el islote artificial que acarician las tibias languideces del Mar Caribe. Y en efecto, las figurillas de Jaina viajan por el mundo entero y hablan por boca de quienes las ven y admiran.



La afirmación de que ahí "todo lo que termina vuelve a empezar" se ha venido cumpliendo por lo menos para las exquisitas esculturas mayas que un día fueron enterradas en Jaina sólo para empezar a vivir, de mano en mano, hasta nuestros días. Y algo muy particular debe haber habido ahí, que tan eficazmente movió a sus habitantes a crear un arte que no se parece a ningún otro en el mundo.

¿Qué hubo en Jaina tan importante para que durante trescientos años los nativos acarrearan desde las playas de Campeche tierra para rellenar los manglares y formar una isla? ¿Qué estirpe de artistas decidió aislarse ahí? Bien poco es lo que se sabe porque casi nada se ha investigado profundamente.



Si usted es buscador de misterios tiene una cita con la isla de Jaina que, por supuesto, no figura en los mapas comunes. Está a unas tres horas de Campeche, en lancha, hacia el Norte aproximadamente a la altura del río Sayosal, entre bellísimos arrecifes de coral y densos manglares en los que jamás ha andado humano alguno.

(Tomado de: Harry Möller - México Desconocido. Injuve, México, D. F., 1973)

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Escritura de esclavitud de indios, 1848

 
 
 
Escritura

De contrata que sirvió para los primeros indios que fueron expulsados para la Habana, en beneficio de varios propietarios, mediante una indemnización al Gobierno del Estado [de Yucatán]
 
Yo, _____________ natural del Estado de Yucatán en la República mejicana, de edad de ____ años, de oficio, _________ declaro que me he contratado libre y voluntariamente con el Sr. D. __________ agente de _________ para embarcarme en el buque ______________ y pasar a la isla de Cuba, obligándome desde mi llegada a dedicarme en ella a la orden de los referidos Sres. por el término de diez años en los períodos y divisiones que establezcan (no pasando de dicho tiempo) y para servir a la persona o personas que designen en los trabajos de campo, ya sean ingenios, cafetales, potreros, vegas y cualesquiera otra clase de fincas, o en algún otro trabajo de caminos, fábricas, talleres o servicio doméstico, pues me comprometo a trabajar en todo aquello a que se me destine y pueda ejecutar en las horas del día que son de costumbre, y en aquellas faenas extraordinarias que estén establecidas en los campos de aquella isla. –Si yo llevase mujer que se contrate libremente, se ocupará en el campo en mi cuidado y asistencia y además en las faenas ordinarias de su sexo, como cocinar, lavar o asistir enfermos, etc. y en las ciudades o pueblos en el servicio doméstico. Nuestros hijos estarán bajo nuestro especial abrigo y protección hasta la edad de nueve años sin estar obligados a ninguna clase de trabajo; pero pasada esa edad hasta la de 14, aunque seguirán bajo nuestro abrigo podrán ocuparse en aquellas cosas ligeras que puedan desempeñar ya sea en el campo, en las fábricas o servicio doméstico.
 
El tiempo de diez años de mi contrata empezará a contarse desde el día de mi llegada a cualquier punto de la isla a donde se me conduzca; bien entendido, que por vía de gratificación, o enganche deberá pagárseme el pasaje y mantención a bordo, gastos de desembarque, traslación, etc., etc., sea cual sea la suma que esto importe; y sin que en ningún tiempo pueda deducirse por cuenta de mi salario o raciones ninguna cosa de estos gastos.
 
En retribución de mi trabajo se me darán mensualmente dos pesos fuertes en moneda corriente, y además ración semanal de tres almudes de maíz siendo soltero, y seis siendo casado, y diariamente una taza de café o atole endulzado para el desayuno, ocho onzas de carne salada, doce onzas en plátanos u otras raíces alimenticias, (o algún frijol en lugar de estas raíces) todo cocinado con sal, al uso de la isla o al de mi país; y si el trabajo fuese en pueblo o ciudad, la carne, arroz y frijol que sea costumbre, o bien la ración señalada para los empleados en el campo si yo la prefiriese. Se me darán también, gratis, así como a mi mujer e hijos, si los tuviese, ganen o no salario, dos mudas de ropa de algodón al año, una chaqueta o chamarra de abrigo, un sombrero y un par de sandalias o alpargatas de cuero. Si yo quisiese hacer uso de algún aguardiente, se me dará en corta cantidad el que desee, deduciendo su importe de mi salario mensual.

Si cayésemos enfermos, mis hijos, mi mujer o yo, nos curará un facultativo y tendremos toda la asistencia médica que éste prescriba y requiera la enfermedad. No debiendo ser de nuestra cuenta los gastos que en ella se eroguen, sino por la de nuestro patrón, quien no podrá obligarnos a trabajar hasta después de estar enteramente buenos y recobrados.
Los domingos y días clásicos, después de cumplir con los preceptos de la iglesia, podremos emplearlos, si queremos en trabajar en nuestro propio provecho dándonos al efecto algún pedazo de tierra donde poder sembrar, siempre que no estemos destinados al servicio doméstico, y estándolo, no tendremos derecho a esas ventajas, pero se nos dará en cambio toda la ropa y calzado que necesitemos, según a lo que se nos destine.

Si yo falleciese o alguno de mis hijos, o mujer, los gastos del entierro religioso serán por cuenta del patrón a quien sirva, y nada por la mía.

Si llegase yo a inutilizarme en el servicio, quedará a mi arbitrio y voluntad retirarme a mi país o a donde mejor me convenga, o bien seguir trabajando en lo que pueda; debiendo entenderse por inútil, quedar ciego, baldado o en cualquier otro estado que imposibilite un trabajo regular.

Si mi mujer, o hijas mayores, se empleasen en el servicio del establecimiento a donde se me destine, ganarán sin perjuicio de mi asistencia, el salario mensual de un peso fuerte, lo mismo que nuestros hijos varones en la edad arriba indicada de nueve hasta catorce años; pero pasando de esta edad, ganarán lo mismo que yo en todas sus partes.

Durante el expresado tiempo de mi contrata, no podré ausentarme ni variar de amo sin justas y legales causas, ni dejar de prestar mis servicios a la persona con quien me he ajustado o a la que éste me designe a quien deberé respeto y obediencia absoluta, y a los agentes encargados del trabajo, pudiendo legalmente obligárseme al cumplimiento de mi contrato, quedando sujeto en los delitos que pueda cometer, a las leyes del país y a sus autoridades constituidas.

Espirado el tiempo de mi contrato, quedaré en plena libertad de regresar a mi país natal con toda mi familia, o de hacer nuevo contrato bajo las condiciones que tenga a bien estipular.

En fe de lo cual, y para debida constancia hacemos dos de un tenor en los idiomas castellano y maya, siendo testigos D. __________ y ____________ vecinos de esta ciudad.
 

(Tomado de: Lorena Careaga Viliesid (comp.) – Lecturas básicas para la historia de Quintana Roo. Antología, Tomo II, La guerra de Castas)