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lunes, 23 de junio de 2025

Porfirio Díaz en Les Invalides, 1911




 1. Porfirio Díaz


Eran los primeros días de julio de 1911. El expresidente de México, exiliado en París, había cumplido el pasado 16 de septiembre 81 años. Ahora había recibido la visita de un general francés, Gustave Niox gobernador de Los Inválidos, quien lo había invitado a visitar la tumba de Napoleón. Porfirio Díaz se hospedaba en el Hotel Astoria en la suite 102, frente al Arco del Triunfo. 

El 20 de julio una escolta pasó por él y lo llevó a Les Invalides. 

Vestía una levita negra cruzada que en el ojal de la solapa izquierda mostraba la única condecoración extranjera que don Porfirio usaba: el botón rojo de la Legión de Honor, concedido muchos años antes por la República Francesa a su glorioso adversario. Recibió con beneplácito las muestras de deferencia y afecto de los viejos oficiales franceses; el intercambio de frases cordiales, brevemente franco-mexicanas, no duró mucho porque el general Niox invitó a empezar la visita, primero de la tumba de Napoleón, luego de la sala México del Museo Histórico del Ejército. 

Un gesto de Niox cambió el aire majestuoso y prudente de Don Porfirio. El general francés evocó la guerra de intervención. Al hacer un homenaje a los soldados muertos en defensa de su patria, tuvo también palabras para quienes defendieron con sus vidas el pabellón que les había sido confiado. Lo rodeaban algunos soldados más de la guerra de México, entre ellos el general Charles Lanes, que había participado en el sitio de Oaxaca como subteniente de un regimiento de zuavos bajo las órdenes del Mariscal  Bazaine. Don Porfirio respondió a las palabras de Niox evocando algunas anécdotas de la guerra de Intervención. Recordó con admiración el brío del comandante Henri Testard, abatido el 3 de octubre de 1866 en Miahuatlán, y que por instrucciones suyas había sido sepultado con honores en la cañada de los Nogales. Su perro, dijo, no dejaba que nadie se acercara al cadáver de Testard; fue necesario apaciguarlo para recoger la espada, que se mandó después a su familia por conducto de Bazaine. Al terminar los discursos, todos pasaron a la capilla de Los Inválidos. Ahí, en el momento de bajar por uno de los lados, el custodio de la cripta, un inválido condecorado, entregó las llaves al general Díaz para que abriera con su propia mano la puerta de bronce de la tumba de Napoleón. Don Porfirio descendió los escalones hasta llegar a la tumba, frente a la cual inclinó la cabeza por unos instantes. Tal vez en ese momento recordó que durante la batalla de Puebla había vencido a los franceses con los mismos fusiles utilizados por ellos al ser derrotados junto con el Emperador en la batalla de Waterloo. Niox caminó en dirección al general tomando entre sus manos la espada que llevaba consigo Napoleón en Austerlitz. Pronunció algunas palabras en francés para dirigirse después a Díaz en un español arcaico. 

-Mi general -le dijo-, en nombre del ejército francés os ruego que toméis esta espada.

Don Porfirio titubeo antes de aceptar 

-No podría quedar en mejores manos. 

*

El divisionario Gustave Niox (1840-1921) quien organizó la visita de Don Porfirio a la tumba de Napoleón y los encuentros con los veteranos de la Intervención francesa era un capitán de Estado Mayor de 23 años cuando llegó a México en 1862. Sirvió en el Estado Mayor General y en el Servicio Topográfico. Estuvo en los sitios de Puebla y Oaxaca antes de regresar a Francia el otoño de 1965 por una razón muy precisa: una sordera acelerada que le imposibilitaba participar en la guerra. Lo designaron al Servicio Histórico; recibió en 1867 los archivos del Cuerpo Expedicionario y fue encargado de su clasificación, que se ha mantenido tal cual hasta la fecha. Eso le permitió escribir una notable Historia de la expedición de México que no ha sido superada. 

Huérfano, becario, era hijo de un teniente coronel de caballería, y tan pronto regresó de México se casó con una prima de la isla de la Reunión. Con todo y sordera cayó preso en Metz con Bazaine y tuvo una muy brillante carrera. Ya jubilado siguió trabajando como comandante de Les Invalides y director del Museo Histórico del Ejército. Por eso pudo recibir a Don Porfirio. 


Porfirio Díaz: 

“Cuando ustedes empezaron de verdad la guerra, a finales de abril (1862), el general Zaragoza me ordenó tomar posesión de los territorios que ustedes debían desocupar, según lo pactado. Llegué cerca de Orizaba y mandé a mi hermano Félix a observar su retirada; los suyos lo atacaron a él y a sus cincuenta jinetes. Félix quedó preso -no tardó en evadirse- con los que no murieron. Así empezó la guerra. Cuando Lorencez marchó rápidamente sobre Puebla, me tocó atrincherar la tropa en las cumbres de Acultzingo para frenar su progresión; cumplimos y nos retiramos sobre Puebla donde los zuavos nos alcanzaron a los dos días. Me tocó defender la Ladrillera hasta que al final de la tarde los franceses exhaustos se retiraron en buen orden. No volví a pelear contra ustedes sino hasta marzo de 1863. Durante ese terrible sitio de Puebla, defendí la línea de San Agustín sin mayor problema. Nos acabó el hambre. Nos rendimos el 17, una rendición muy digna frente a un enemigo caballeroso. Dos días después tuve la oportunidad de escapar tranquilamente, saliendo por la puerta, confundido entre las visitas. Acompañé al gobierno de Juárez, cubriendo su retirada hacia el norte, hasta que me encargaron la defensa de la ciudad de Oaxaca. 

Recuerdo perfectamente el juego de las tres esquinas; los franceses construían un camino para llevar su artillería pesada a Teotitlán. Mi Ejército de Oriente adoptó entonces la guerra de guerrillas. Brincourt tenía toda la razón en lo que decía a Bazaine cuando le reclamaba libertad de maniobra.

El Ejército de Oriente en Oaxaca era la última gran fuerza organizada de la república, por eso Bazaine decidió hacer una campaña formal contra nosotros. Me preparé para un sitio, dejando fuera de la ciudad las dos brigadas de caballería. 

El 8 de febrero de 1865 hice personalmente la rendición de la ciudad; esa misma noche quedé en el cuartel de Bazaine en calidad de prisionero; habíamos negociado personalmente, cara a cara, la rendición. Ahí nos conocimos y seguimos siempre en muy buenas relaciones. ¿Cómo han podido ver en este hombre un traidor? Me consta que era un militar pundonoroso y un hombre de palabra.”


(Tomado de Meyer, Jean - Yo, el francés. Crónicas de la Intervención francesa en México, 1862-1867, Maxi Tusquets Editores S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 2009)

miércoles, 16 de abril de 2025

Río Blanco, 1907 IV

 



 IV

Se nombra la directiva del Gran Círculo 

Empiezan las persecuciones

Suicidio del presidente Manuel Ávila


Quedó constituido, el lunes 2 de abril de 1906, el Gran Círculo de Obreros Libres de Río Blanco, en la casa del trabajador Andrés Mota y la asamblea nombró la Mesa Directiva, saliendo electos: Manuel Ávila como presidente; José Neira de vicepresidente; Porfirio Meneses Córdoba como secretario y Juan Cabrera Lira en la calidad de tesorero, quienes se comprometen a trabajar activamente para que en breve lapso el Círculo empiece a regir en la forma deseada. 

Debemos aclarar que las juntas de trabajadores se simulaban de carácter religioso u artístico; sin embargo, era ya imposible ocultar cuál era el verdadero fin pues era ya conocido en Nogales y Santa Rosa e inclusive llegaban obreros de las fábricas de esas poblaciones para participar en los debates. De ahí que tan pronto como se formó el Gran Círculo de Obreros Libres de Río Blanco la empresa textil inició sus represalias y persecuciones contra quienes más sobresalían. 

Por principio de cuentas la compañía despojó de su casa al señor Andrés Mota quien pensando en que las cosas fueran a más decidió abandonar a Río Blanco y marchar hacia el puerto de Veracruz.

Manuel Ávila fue acusado ante las autoridades municipales y optó por dejar el trabajo en la fábrica Río Blanco y ponerse a trabajar en la de Santa Rosa, pero sin abandonar su cometido; y de inmediato la mesa directiva nombró a su cuerpo de vocales y colectores encargados de cobrar cuotas, entre esos nueve representantes estaban los siguientes: Pablo Gallardo, Zenón Díaz, Manuel Bueno, Genaro Guerrero, José Huerta, Marciano Hernández, Miguel Pavón, Platón Aguilar, Arnulfo Salazar, Refugio Guadarrama, Primo Toriz, Ignacio Hidalgo Juan Vázquez. 

José Neira, vicepresidente del Gran Círculo, fue más allá, con voz candente y convincente arengó a los trabajadores a que no desmayaran en la lucha y a que, para contar con un arma de enlace y combate nada mejor que editar un periódico, por lo que proponía que se hiciera uno y que se llamara Revolución Social. Ese nombre, esas dos palabras, hicieron temblar a muchos de los presentes, pero al final se votó en forma favorable y se nombró como director del mismo al propio José Neira y como colaborador como colaboradores le asignaron a Porfirio Meneses y Juan Olivares. 

Los trabajadores dentro del Gran Círculo lucharían por la implantación de la jornada diaria de ocho horas de trabajo, mejores salarios, servicios médicos en el interior de la fábrica y respeto a su condición humana de trabajadores. Además, en el caso de que algún miembro del Gran Círculo fuera reducido a prisión, encontraría la solidaridad del caso entre sus compañeros.

Los directivos convocaron a nuevas juntas en Nogales, a las que concurrieron obreros de ese lugar y de Santa Rosa, para unirse a los ideales de sus compañeros ríoblanquenses, comprometiéndose a unificar a los trabajadores en sus respectivas fábricas.

El domingo 13 de mayo de 1906 se daba forma a la primera sucursal del Gran Círculo de Obreros Libres de Río Blanco en Nogales, integrada con trabajadores de la factoría de San Lorenzo. 

Empezaban a convertirse en realidad los anhelos de Manuel Ávila, Rumbia y Neira. Los trabajadores textiles despertaban de su letargo, de su apatía y con decisión y valor se unificaban para emprender la lucha en pro de sus intereses. 

La directiva de la sucursal Nogales fue nombrada: presidente Francisco Romero Sánchez; vicepresidente, Mariano Castillo; secretario, Jesús Aguilar y tesorero, Calixto Echeverría. Ellos tomaron posesión inmediatamente de su cargo manifestando su más amplio respaldo a la directiva del Gran Círculo.

Incansables laboraban hasta altas horas de la noche Ávila, Neira, Meneses y demás representantes, preparando cuidadosamente sus planes de expansión y defensa y evitando ser sorprendidos por los esbirros al servicio de autoridades y empresa, que ya se alarmaban con los rumores existentes sobre el Círculo de Obreros Libres. 

Los trabajadores de la región se conmovieron aquella mañana del sábado 19 de mayo de 1906 al conocer la trágica noticia, Manuel Ávila, su guía, el apóstol de su causa, amaneció muerto. Se había suicidado. 

Era natural que la muerte de Ávila despertara los más diversos comentarios. Muchos supusieron que lo habían asesinado por ser cabeza visible de la naciente organización obrera, sin embargo, personas allegadas a él dijeron que con su propia mano se había dado muerte a causa de una decepción amorosa. 

Es de imaginarse la manifestación de duelo que acompañó hasta su última morada a Manuel Ávila, que había sido el más fuerte pilar para constituir el Gran Círculo de Obreros Libres de Río Blanco en ese año de 1906. Ahí estaba, sin vida, ese hombre que hasta cierta que hasta hacía unas cuantas horas era activo elemento, el precursor de la lucha y cuyo nombre debe tener sitio muy especial en la historia del movimiento obrero mexicano.


(Tomado de: Peña Samaniego, Heriberto - Río Blanco. El Gran Círculo de Obreros Libres y los sucesos del 7 de enero de 1907. Centro de Estudios Históricos del Movimiento Obrero Mexicano, México, 1975)

jueves, 27 de febrero de 2025

Río Blanco, 1907 III


 

III


El trabajador fuera de la fábrica 

Los domingos se reúnen y discuten 

Manuel Ávila y José Neira, los guías 


Amarga era en verdad la situación que privaba para el obrero mexicano en los principios del siglo actual [XX] y bajo la dictadura del general Porfirio Díaz, Presidente de la república. 

No solamente en el interior de la fábrica sino aún fuera de ella el trabajador no era del todo libre en sus actos. De hecho no existía la libertad de asociación ni de expresión del pensamiento y aquel que se reunía con fines de protestar por las injusticias o que manifestaba sus ideas en contra del sistema de gobierno y la conducta de los patrones, era perseguido y encarcelado o bien enviado al ejército con los "pelones" como castigo a su osadía de querer ser libre en su país y formar Uniones Obreras para la defensa de los trabajadores. 

En las villas fabriles la policía montada ejercía odiosa vigilancia que era aún más severa en la noche pues cuando se encontraban grupos de trabajadores después de que sonaban las diez eran llevados a la comandancia para ser multados por andar deambulando o conversando más allá de esa hora. 

Más infames aún en sus procedimientos eran los rurales, hombres a caballo encargados de vigilar a los trabajadores y proteger a las empresas, cuidando las puertas de las fábricas cuando entraban y salían los obreros y se daban gusto echando sus cabalgaduras sobre la gente indemne que iba en grupos. 

En el caso de elecciones para gobernantes, representantes legislativos o municipales, en las direcciones de los departamentos se llenaban las boletas de elección y se llamaba a uno por uno de los trabajadores para que fueran a firmarlas o estampar en ellas su huella digital. En esa forma, los patrones extranjeros cooperaban a la continuidad del régimen porfirista que para ellos era símbolo de riqueza y para el obrero símbolo de explotación y miseria. 

Todo eso, aunado a las imperantes órdenes en la fábrica de no conversar con nadie, no llevar cigarrillos ni usar cerillos, desenvolverse en un ambiente donde se era víctima de insultos, golpes, multas, jornadas excesivas de labores, de los fatídicos vales de la tienda de raya y una vigilancia que se extendía hasta sus propios domicilios, fueron creando una atmósfera de repudio hacia el capitalismo extranjero, por parte de los trabajadores que sentían la necesidad de unirse para exigir mejor trato y respeto a su condición de seres humanos. Y así, sin temor al peligro que para ellos representaba el hacer reuniones, los obreros de la fábrica de Río Blanco empezaron, en pequeños grupos, a darse cita en la casa del señor Andrés Mota, los días domingo, para deliberar sobre la conveniencia de formar un frente de defensa. 

Las juntas de los trabajadores ríoblanquenses era cada día más numerosas y las discusiones más apasionadas y prolongadas. En el espíritu de esos hombres flameaba ya el ansia de libertad y derecho a que les daba la Constitución. Se iba formando conciencia en la clase trabajadora para unificarse y ofrecer resistencia contra sus explotadores y quienes los amparaban. 

Destacaban en las juntas, como paladines del incipiente movimiento de unidad, las figuras del profesor José Rumbia, el obrero Manuel Ávila y José Neira, que había arribado a Río Blanco a principios de 1906 y quien tan pronto empezó a elaborar en la fábrica hizo contacto con los antes señalados para ayudar a la causa exponiendo que él estaba en contacto con los hermanos Flores Magón acérrimos enemigos de la dictadura porfirista. 

La asamblea que marcó la ruta de lucha fue la efectuada el 2 de abril de 1906. Manuel Ávila y José Rumbia con voz calmada, llena de fervor en sus ideales, pedían que se organizara una Sociedad Mutualista que actuara en forma moderada, sin precipitaciones, ya que resultaría expuesto lanzarse abiertamente contra capital y dictadura que tenían todo el poder en sus manos. 

Muchos trabajadores rubricaron con aplausos entusiastas la idea de Ávila y Rumbia; pero José Neira se levantó de su asiento y "rugió" su desacuerdo con ese plan explicando que se debía proceder con energía pues obrando con suavidad solamente harían el ridículo y nulo sería el caso que les hicieran autoridades y patrones, por eso proponía que se formara una Mesa de Resistencia que actuara abierta y resueltamente.

La opinión de los trabajadores se dividió y mientras unos estaban con la idea de que se procediera con cautela, por temor a las persecuciones, cárcel o pérdida del trabajo, otros se pronunciaron a favor del Plan Neira que era el explosivo y algunos más optaron por retirarse para no comprometerse. 

De cualquier modo se llegó a un acuerdo: Formar la directiva y darle nombre al grupo y, por aclamación unánime, se aprobó el propuesto por José Neira, "Gran Círculo de Obreros Libres de Río Blanco". Así nacía la resistencia de la clase obrera contra el capital, escribiendo páginas rojas con su sangre de lo que sería el movimiento precursor de la Revolución Mexicana. Los trabajadores se habían unido y en su ejemplo cundiría en toda la región y en todas las fábricas textiles.


(Tomado de: Peña Samaniego, Heriberto - Río Blanco. El Gran Círculo de Obreros Libres y los sucesos del 7 de enero de 1907. Centro de Estudios Históricos del Movimiento Obrero Mexicano, México, 1975)

jueves, 30 de enero de 2025

Río Blanco, 1907 II

 



II


Las tiendas de raya 

Aumentan horas de trabajo 

Primer pliego de peticiones 

Huelga en mayo de 1907


A los ya miserables sueldos que obtenía el trabajador en las fábricas textiles Santa Rosa, San Lorenzo, Mirafuentes, Río Blanco, Cocolapan, Cerritos y El Yute a fines del siglo pasado y principios del presente se les hacían otros descuentos como el de los famosos vales que las tiendas de raya les extendían a cuenta de sus rayas. Los obreros estaban en la inopia con tanta explotación, ahora ya no solamente del patrón sino también de un monopolista extranjero que controlaba las tiendas de raya en la región y que les proporcionaba víveres y aguardiente a precios exorbitantes o les vendía vales con un 25% de rédito en una semana. Era inicua la forma en que se trataba al obrero que sumiso se resignaba a vivir de esa manera y para desahogar sus penas lo que hacía era irse a embriagar a la tienda de raya de Víctor Garcín.

Calladamente el obrero soportaba todo, pero ya en su espíritu se iba forjando una idea de rebelión contra tanta injusticia. En el año de 1896 un buen día en forma inesperada en la fábrica de Río Blanco se les hace saber a los tejedores que todos los martes y jueves tendrían que trabajar hasta las 12 de la noche; el acabóse, a las de por sí inhumanas jornadas diarias ahora les aumentaban más horas de trabajo los martes y jueves porque a los patrones les urgía la producción de telas para satisfacer los pedidos que les hacían. Los tejedores no soportaron más y estallaron en cólera ante las pretensiones de la empresa. Desafiando cualquier represalia o separación en el trabajo los obreros acordaron no aceptar la monstruosa disposición que acabaría con sus vidas en poco tiempo y después de la hora acostumbrada a salir nadie quiso seguir laborando, abandonando la factoría hasta el día siguiente en que a la hora de entrada se presentaron a su trabajo. Al ver la empresa que el movimiento fue colectivo y había el peligro de que los obreros tomaran medidas más drásticas optó mejor por desistir de sus propósitos de aumentar el número de horas de trabajo, sistema que sí se llevaba a cabo a efecto en fábricas de Puebla y Tlaxcala. Los obreros seguirían con sus jornadas ordinarias de 12 y 14 horas diarias de labores agotadoras. 

La fábrica de Río Blanco se expandía y un nuevo departamento de telares se ponía en marcha gracias al trabajo de los obreros, sin embargo la empresa lejos de considerarlos, se volvió más drástica y aumentó en forma escandalosa el cobro de multas por ropa defectuosa. Los trabajadores no pudieron reprimir su ira y en masa fueron a protestar ante el director de tejidos, exigiendo que las multas fueran a conciencia y no solo para perjudicar los salarios del trabajador. El director no hizo caso y a gritos los mandó que regresaran a sus lugares; pero los tejedores no se amilanaron por las amenazas del director Stadelman y sabiendo que estaban pidiendo algo justo, decidieron dejar las máquinas e irse a la calle. Al saber lo sucedido, los tejedores del otro departamento hicieron causa común y también abandonaron el trabajo. A orillas del Río Blanco se reunió la mayoría para nombrar una comisión que se encargara de entrevistar al administrador. La cosa no era sencilla, los designados no ignoraban la situación difícil en que se colocaban pues podían ir a la cárcel a petición de los patrones, por agitadores o enemigos del gobierno. Los comisionados fueron a hablar con la empresa y ante la sorpresa general de sus compañeros obtuvieron que fueran abolidas las multas por producción defectuosa y también lograron un pequeño aumento de 3 y 5 centavos en algunas marcas de telas. Explosión de júbilo fue la que estalló entre los tejedores que empezaron a comprender que la fuerza dependía de la unión de los obreros. Por vez primera habían presentado un pliego de peticiones ante la compañía y habían obtenido resultados favorables. Eso ocurría en el transcurso del año de 1898. 

El nuevo siglo llegaba, 1900 era recibido con entusiasmo en todas partes. Se vivía una aparente calma en la patria gobernadas desde hacía cuatro lustros por el viejo militar y héroe del 2 de abril, Porfirio Díaz. La nación se industrializaba con capitales extranjeros que pretendían hacer fortunas cuantiosas en poco tiempo aprovechando la explotación que se podía hacer, y se permitía, del obrero, obligándolo a trabajar más de doce horas diarias por un sueldo miserable, ejemplo de ello lo teníamos en las fábricas textiles de la región, en donde los obreros estaban sometidos a jornadas que principiaban al salir el sol y se prolongaban más allá de cuando se ocultaba y además se les trataba rudamente de parte del personal de confianza. Cansados de ser víctimas del mal humor y estallidos coléricos de cabos, correiteros y maestros, un día los trabajadores se impacientaron y se lanzaron a una huelga. Eso sucedió en mayo de 1903 en la fábrica de Río Blanco. El motivo fue provocado por el nombramiento como correitero para esa factoría de Vicente Linares, hombre de mala fama que era el terror de los obreros de San Lorenzo. Por vez primera se registró ese movimiento y la palabra huelga hizo conmocionarse a patrones y autoridades que de inmediato, amenazaron a los trabajadores y los presionaron para que regresaran a sus labores, porque los obreros no estaban organizados ni contaban con medios económicos para hacerle frente a una situación de huelga por lo que tuvieron que poner fin a su gesto rebelde.


(Tomado de Peña Samaniego, Heriberto - Río Blanco. El Gran Círculo de Obreros Libres y los sucesos del 7 de enero de 1907. Centro de Estudios Históricos del Movimiento Obrero Mexicano, México, 1975)

lunes, 23 de diciembre de 2024

Río Blanco, 1907 I

 


I


Orizaba, emporio industrial 

Se levantan enormes factorías textiles 

La vida del obrero en la fábrica 


La región de Orizaba era paraíso perdido. Sus manantiales de agua, de los más abundantes, formaban ríos cuyos caudales no solo deberían apreciarse por la belleza que daban al paisaje, sino que deberían aprovecharse para convertirlos en fuerza motriz. La zona era excelente para la industria, principalmente para la textil que requería humedad y agua, mucha agua. Capitalistas extranjeros posaron por vez primera sus ojos en Orizaba y sin mucho meditar decidieron hacer de la región la "Manchester mexicana". Los franceses se dirigieron al presidente Díaz y compraron, si así se le puede llamar, hectáreas y más hectáreas de tierra, a precios irrisorios en Orizaba, Tenango, Nogales y Necoxtla.

En unos cuantos años, ante los asombrados ojos de los pobladores, se levantaron inmensas instalaciones fabriles para la industria textil, principalmente esa fábrica Río Blanco en terrenos de Santa Catarina del municipio de Tenango y luego la de Santa Rosa, también muy grande, en Necoxtla. La de San Lorenzo en Nogales. En Orizaba desde hacía mucho tiempo existía la de Cocolapan, pero vinieron la de Cerritos y la de Santa Gertrudis para El Yute. 

Otra se instaló en Nogales, la de Mirafuentes. Todas, excepto la de Cerritos, quedaron instaladas cerca de la vía del ferrocarril, que era el único medio rápido, muy rápido para aquellos tiempos, que enlazaba a Orizaba con la capital de la República, con Puebla y con Veracruz. La inauguración de la fábrica Río Blanco el 9 de octubre de 1892 constituyó un gran acontecimiento de resonancia internacional, estando presente el señor Presidente Porfirio Díaz, sus ministros y delegaciones extranjeras, que fueron recibidos en forma apoteótica y colmados de atenciones y regalos de los nuevos productos textiles. Casi igual aconteció en la apertura de la factoría Santa Rosa. 

De los estados de Oaxaca, Puebla, Tlaxcala, Hidalgo, México, Querétaro, Guanajuato y otros, arribaron infinidad de trabajadores atraídos por las nuevas plantas textiles y casi todos encontraron acomodo. También infinidad de mujeres trabajaban; sin embargo, la vida fabril era dura y mal pagada. Los obreros laboraban 14 y más horas diariamente. Entraban a las seis de la mañana y salían a las 8:30 de la noche, disponiendo tan solo de una hora en la jornada para tomar para tomar sus alimentos. Recibían pésimo trato de parte de directores, correiteros maestros, cabos y empleados de confianza, que hasta se daban el lujo de propinarles coscorrones y puntapiés si tenían alguna falla o abandonaban momentáneamente el lugar y en esos momentos llegaba a pasar uno de los antes señalados. Los salarios eran de hambre considerando el alto rendimiento que se exigía al obrero. Un mudador ganaba 25 centavos diarios y un tejedor, que era el mejor pagado, obtenía hasta diez pesos a la semana. Claro, se dirá, que la vida en aquellos tiempos era muy barata, pero aún así esos sueldos no cubrían las necesidades de la familia pues de la raya tenía que salir para comer, para vestir y para ver al "curandero" cuando alguien enfermaba. 

Por si esto fuera poco al trabajador se le aplicaba en las fábricas sendas multas por distintas causas, aunque él no fuera culpable, digamos, por ejemplo, por el deterioro del material causado por el constante uso. Así, había hasta una tarifa para las multas. Por una lanzadera rota le quitaban cincuenta centavos al tejedor. Por una canilla que estuviera tirada en el suelo, multaban con diez centavos al oficial más próximo. Por una libreta mal cuidada un tostón. Por un pasatrama roto una peseta. Y a aquél que era sorprendido fumando en el excusado, además de llevarse un regaño Y respectivo puntapié, le quitaban de su raya un tostón Y si alguien se dormía y no entraba el día lunes, aparte de que no le pagaban el día, todavía lo multaban con un peso y amenazaban con degradarlo en el trabajo o separarlo. 

Eso no es todo, existía otra clase de exacciones, que los empresarios llamaban indemnizaciones por producción defectuosa y por las cuales mermaban los salarios de los tejedores, sea por un hilo corrido, una marra, un hilo doble o cualquier otro defecto visible, que al tejedor se le pasaba es su preocupación de dar mayor producción pues eso siempre han exigido los señores industriales, producción harta y buena aunque las máquinas estén fallando y castigo a los oficiales que no la hagan. 

Pero todavía no acabamos con la larga fila de pagos que tenía que hacer un tejedor. A todo lo anterior, le cargamos la obligación de pagar de su propio sueldo al peón cargador de telas. 

He ahí parte de lo que sufría el trabajador en el interior de la fábrica. Agotadoras jornadas diarias. Mal trato, multas o indemnizaciones que le quitaban de su raquítico sueldo y así encontramos que si el tejedor ganaba el "elevado" sueldo de $10 a la semana, con lo que le quitaba el patrón por retardos, multas, indemnizaciones por ropa defectuosa y pago del peón cargador de telas, no le quedaba ni siquiera la mitad de su raya.

Parece increíble eso en nuestros tiempos; sin embargo, a fines del siglo pasado [siglo XIX] y principios del presente [siglo XX], así era la vida del obrero en la fábrica. 


(Tomado de: Peña Samaniego, Heriberto - Río Blanco. El Gran Círculo de Obreros Libres y los sucesos del 7 de enero de 1907. Centro de Estudios Históricos del Movimiento Obrero Mexicano, México, 1975)

viernes, 1 de marzo de 2024

El caracol y el sable VII

 


La burguesía, su orden y sus intelectuales

La ideología del porfiriato fue la de la burguesía mexicana. El propósito fundamental de sus expositores: Justo Sierra, Jorge Hammeken Mejía, Santiago Sierra, Justo Benítez y Telésforo García es la enmienda de la Constitución de 1857 y la crítica del liberalismo. En 1878, bajo el patrocinio de Porfirio Díaz, el grupo mencionado funda una revista política: La Libertad, en la que divulgan, tenazmente, las ideas de la nueva dictadura.

La Constitución de 1857 fue el tema principal de la crítica de los porfiristas. La consideraban antigua y utópica. "Sus autores -escribe con juvenil pedantería Justo Sierra- en gran parte estaban imbuidos en las falacias filosóficas ya añejas en 57." Los ideales de los reformadores, afirmaban, habían sido desvanecidos como el humo por la filosofía alemana, la aplicación del método experimental de los ingleses y la escuela positivista de Comte. En realidad, trataban de abolir un código cuyo acatamiento impedía el ejercicio de la tiranía.

La Constitución  de 1857 no era obra acabada. La aspiración de los reformadores no llegó a cumplirse. La guerra de intervención, el exilio y la muerte, hicieron imposible la reforma pacífica de la Constitución. No fue, por tanto, mayor obra la del grupo porfirista abolir las leyes fundamentales de la Constitución. Con el poder en manos de Porfirio Díaz, los soldados apercibidos en los cuarteles, el terror como arma política y las concesiones otorgadas a los empresarios norteamericanos, la burguesía necesitaba de un ideario que la justificara y que impidiera, jurídicamente, la disputa del poder por las clases a las que sometería. "La insensata aspiración de mando a favor de un motín de cuartel, simbolizado por don Porfirio Díaz -escribió Guillermo Prieto en 1877-, escindió en dos partes a los mexicanos: los que buscaban, en la la práctica del derecho, el progreso y la libertad dentro del orden legal, frente a los que pretendían derribarlo todo y erigirse en árbitros del país." La espada de Díaz había de lograr que la nación retrocediera, políticamente,a los días de la dictadura de Santa Anna. De la Reforma habría de conservar la separación de la Iglesia y el Estado -la desamortización, al fin, había servido para el enriquecimiento inicial de la burguesía- el culto retórico por la independencia y la orientación educativa. "La burguesía -dijo Justo Sierra- hace todos los días prosélitos, asimilándose a unos por medio del presupuesto, y a otros por medio de la escuela."

La ideología de la dictadura se sustentaba en un principio fundamental: salvar al país de la absorción por Estados Unidos. No era una idea nueva. Paredes y Arrillaga también la había expuesto a su manera. El grupo porfirista le da otra interpretación, ante la obra de Juárez y Lerdo: evitar la influencia norteamericana y procurar la inversión europea sin excluir el concurso de los burgueses mexicanos. La amenaza norteamericana "obligaba" a los porfiristas al asalto del poder. A partir de entonces, la burguesía amedrentaría al pueblo con la anexión, la conquista militar y la imposición de Estados Unidos. La "penetración pacífica", se pensó, era preferible a la dominación militar y a la pérdida de la nacionalidad. Parecía que la guerra de intervención no hubiera sido ejemplo de cómo un pueblo armado era capaz de derrotar a militares profesionales y hacer imposible la conquista de la República. La enseñanza de Juárez: Fe inquebrantable en el pueblo que lucha por su independencia, fue borrada por los cuentos en que Porfirio Díaz era la fuerza providencial. A partir de entonces la burguesía mexicana, disfrazando sus intenciones de patriotismo, enajena el país a los inversionistas extranjeros, se confabula con ellos para la explotación de los recursos naturales y afirma que lo hace para salvarlo de los generales.

La convicción de que el mestizo era indolente, soñador, romántico, despilfarrador, irreflexivo, favoreció la tendencia a entregar los recursos naturales a los extranjeros. El pueblo era anárquico -aunque en la paz de los días del gobierno de Lerdo de Tejada, precisamente el grupo porfirista haya sido el organizador de revueltas, motines y asonadas- y las libertades individuales perjudiciales a la sociedad. El mexicano, "que mandar no sabe; obedecer no quiere", iba fatalmente a ser absorbido por los norteamericanos; la libertad de expresión, en tales condiciones era temible. A un pueblo anárquico, debía corresponder un gobierno fuerte; la ley debía amoldarse a los dictados de esa fuerza, cuyo poder era una delegación voluntaria de todos los individuos para procurar el orden político dentro de la libertad económica; la evolución impediría la revolución; el partido conservador, redimido por la "ciencia", era parte importante de la sociedad y su concurso indispensable; la paz, por sobre todo, garantizaba la colaboración de las fuerzas vivas del país; los pueblos tienen los gobiernos que merecen; en naciones como México, las tendencias disolventes son más enérgicas que las de cohesión y éstas son las únicas que pueden detener el progreso de la anarquía; los indios son "razas atrasadas", inferiores, que carecen de sentimientos patrióticos y mal pueden, alcoholizados como lo están, reclamar tierras y luchar por ellas; su amor a la tierra es el de los hombres primitivos; como seres inferiores, sin derechos, están incapacitados para sostenerlos; la tierra, por tanto, debe estar en manos de los que la hagan progresar; el beneficio de latifundista es el de la patria; los desórdenes se deben a la renovación frecuente de los funcionarios; la reelección es excepcionalmente recomendable y Díaz -y los gobernadores de los estados- eran hombres excepcionales; solo Díaz podía dar cima -la teoría del hombre necesario- a una obra compleja: la consolidación del crédito, factor de prosperidad; la organización fiscal, garantía de crédito; el progreso material, fuente de fortuna pública y de la potencia financiera. Todos los problemas, afirmaban los ideólogos porfiristas, dependen de uno solo: la paz. Porfirio Díaz explicaría en las siguientes palabras -no estrictamente suyas- el secreto de su gobierno: "No bien comenzaron a tenderse por los campos de la República Los rieles de los ferrocarriles y los alambres de los telégrafos, a mejorarse los puertos, a abrirse canales de riego, a deslindarse y adjudicarse las tierras baldías, la fuerza pública a acudir rápidamente a garantizar la vida y la propiedad y a perseguir y escarmentar el bandidaje; a fundarse colonias, a favorecer la explotación de nuevas culturas y el planteamiento de nuevas industrias; y, en suma, a desenvolverse todos los intereses y abrirse a nuevas perspectivas al trabajo perseverante y honrado, los estados comprendieron la misión del gobierno federal, sintieron su influencia bienhechora, palparon su afán por el bien público, lo reconocieron, no sólo como útil, sino como necesario, y desapareciendo las antiguas rencillas y los añejos antagonismos, se sintieron estimulados a colaborar, como han colaborado, a la conservación del orden. Tal es fundamentalmente, el secreto de la paz que impera en todo el territorio desde hace veinte años."

En los principios de la pacificación, hacia 1878, varias comunidades indígenas del Estado de Hidalgo se opusieron a la apropiación de sus tierras por particulares. Lucharon contra el despojo. Díaz hizo sentir su autoridad con violencia. Los redactores de La Libertad calificaron a los indios de trastornadores del orden público y comunistas. Los indios, que en conjunto eran juzgados como razas inferiores, al demandar la protección de la ley eran alborotadores, y al defender sus tierras, salteadores y comunistas. Francisco Islas, abogado defensor de los indios de Hidalgo, dirigió una carta a los redactores de La Libertad, explicándoles la actitud de las comunidades: "...lo que deseaban los pueblos del estado de Hidalgo no es más que justicia, y piden ante quien únicamente puede impartirla: los jueces de Hidalgo. ¿No creen ustedes, los redactores, que ya se hacen sospechosos los que para defender su causa, desfiguran los hechos y lastiman la honra, no ya de los individuos sino de los pueblos?"

Las respuestas de los redactores de La Libertad fue elaborar la teoría de la inferioridad de los indios y calificar todo acto lesivo a los latifundistas de comunismo.

A los obreros les fue aplicada una teoría semejante. Alcoholizados e ignorantes, era obra lenta, evolutiva, redimirlos por la escuela y la alimentación. 

Al consumar su obra el porfirismo, la burguesía juzgaba, no sin optimismo, ante la represión de las huelgas en Río Blanco y Cananea, que los trabajadores mexicanos eran resignados y sumisos y que, por temperamento, carecían de ambiciones: eran conformes y despreocupados. "¿Prospera el socialismo en México?" preguntaba El Imparcial el 22 de julio de 1906. Y respondiéndose a sí mismo el articulista, afirmaba: "...no puede existir el socialismo sino ahí donde el obrero tiene aspiraciones, en donde la competencia entre trabajadores es muy ruda y en donde la instrucción se ha difundido entre las clases laboriosas a un grado bastante para darles a conocer y hacerles comprender las teorías de los doctrinarios y los sistemas políticos y sociales de los reformadores." No era el caso de los obreros mexicanos. La mano de obra abundaba y no aspiraban a cambio social alguno. Los trabajadores eran vistos por la burguesía en actitud pasiva. "Esa paz de los espíritus -concluían los de El Imparcial- y ese modus vivendi a que hemos llegado entre el capital y el trabajo, deja, delante de nosotros, tiempo bastante para dar cima a nuestra reorganización económica."

El Estado había renunciado a intervenir en las relaciones del trabajo, a ser árbitro en los conflictos derivados de la apropiación de tierras. El sueño dorado de la burguesía: confinar al Estado al papel protector de sus intereses, con exclusión de las otras clases, se aceptó como una de tantas teorías de los redactores de La Libertad. Años más tarde El Imparcial calificaba las peticiones de los trabajadores, de que el gobierno federal interviniera, en estos términos: "Esta forma de intervención -la del arbitraje- de las autoridades en asuntos de esta índole [los del trabajo] sería la fórmula del más estupendo de los socialismos de Estado; sería la absorción de todas las libertades y de todos los derechos del hombre por las autoridades políticas y administrativas..." Los desvelos de Sierra, Hammeken, García, Limantur... habían tenido fruto en la educación de otras generaciones. Su ideología era la de la clase gobernante.

La burguesía fue obra de Porfirio Díaz y éste de la burguesía. La compenetración de uno y otra fue tarea del grupo científico, que hábilmente creó la doctrina indispensable para hacer frente a los problemas derivados de la consolidación de sus intereses. Su visión de la realidad mexicana sostuvo la dictadura. Las teorías descendieron de la redacción de La Libertad a los ministros -los más connotados de sus redactores fueron secretarios de Estado- y de ahí a las escuelas y a las oficinas públicas. Cada una de las teorías elaboradas por los científicos las traducía Porfirio Díaz en apotegmas. En el curso de la dictadura habrían de ser el código político del país. No pudo darse, en verdad, mejor ejemplo de afinidad entre la burguesía y el gobierno. El orden político dentro de la libertad económica se traduce en "Poca política y mucha administración"; los indios, raza inferior, en "El mejor indio es el que está a cuatro metros bajo tierra"; la asociación libre a Estados Unidos, en "Un buen embajador en Washington y los demás, sobran"; la autoridad ilimitada, en "Mátalos en caliente"; la obediencia lograda por el escarmiento, en "No me alboroten la caballada". La certidumbre de que el gobernante era un instrumento lo llevó a afirmar, ante la reiterada petición de que fuera Teodoro Dehesa el candidato a la vicepresidencia y no Ramón Corral, uno de sus epitafios: "En política no siempre puede hacerse lo que se quiere."

La identificación de la burguesía y Díaz fue madurando al paso de los años de su administración. Los estados de la República -imaginó Alfonso Reyes- eran como circunvoluciones de su cerebro. "Me duele Tlaxcala", gemía, llevándose la mano a alguna región de la cabeza, y una hora después, como traído por los aires, el gobernador de Tlaxcala estaba temblando frente a él. Los científicos, al ver consumada su obra, no dudaron al afirmar que Díaz había creado la condición esencial de la organización económica, social y política de la burguesía, como ésta había delegado, en Díaz, la suma de autoridad que permitió el desarrollo de una clase a costa de la miseria, la ignorancia y la muerte de millones de seres humanos.

El derrumbe

Hacia 1912 Dehesa observaba, con zozobra, los hechos políticos del país. Desaparecido el porfirismo había que recopilar los episodios para formarse un juicio sobre el derrumbe. No era el único propósito de Dehesa. Su polémica por carta con Limantour, respecto de las responsabilidades de uno y otro, la inspiraba el deseo de dictar un fallo contra los culpables. Dehesa representó, al fin de sus días de gobierno, al partido tuxtepecano; al porfirismo que calificara de "rojo" Mariano Cuevas; al grupo que no pocos consideraban, ingenuamente, que había corrompido Limantour con sus finanzas. Dehesa era uno de los mexicanos -acaso como disculpa de sus mismos actos de gobernante- que admiten la pureza de los actos de la autoridad y la vileza de quienes le rodean, como si el Estado dependiera de actos iluminados a salvo del acoso de los perversos. En sus cartas a Limantour  le hace reproches y lo inculpa. Limantour da por terminada la discusión en carta del 12 de febrero de 1912. "Se equivoca usted -le escribió- completamente, al creer que la "atmósfera de bienestar" que mis amplios recursos económicos me proporcionan, medios que no adquirí, como otros, después de haber desempeñado un puesto público, me impiden darme cuenta de las consecuencias que la interrupción de la paz puede tener para el progreso del país o de su subsistencia como nación independiente". Dehesa no le contesta y pide por carta a Francisco de P. Sentíes que le relate la conferencia que Díaz tuviera con Huerta y otros colaboradores al caer Ciudad Juárez en poder de las fuerzas revolucionarias de Villa y Orozco, el 10 de mayo de 1911. Sentíes, casi un mes más tarde, responde a Dehesa. Había que verificar cuidadosamente los sucesos y escarbar en la memoria hasta el último detalle. Su carta pertenece por entero a la anecdótica de los desastres políticos.

En la conferencia en casa de Díaz, estaban su hijo Porfirio, Limantour y los generales Huerta y González Cossío. Huerta encuentra al Presidente de la República, "vendado del cráneo a la mandíbula, que le habían fracturado, y visiblemente abatido por Los crueles dolores que sin duda le producía la fractura. Este daño tal parecía que aumentaba la sordera que padece como antiguo soldado acostumbrado al estruendo de los cañones. Indudablemente que el señor general Díaz, sordo y abatido por los crueles dolores que con toda seguridad  le afectaban todo el organismo y especialmente la cabeza, tenía la imperiosa necesidad de entregarse por completo a sus consejeros, observándose que, de éstos, al parecer, el señor Limantour era el que ejercía predominio e influencia decisiva. Y tan esto es así, que fue el señor Limantour quien, haciéndose cabeza, interrogó al general Huerta pidiéndole su opinión, en aquel entonces, sobre los últimos acontecimientos.

"El señor general Huerta, según ratificó, con toda intención se dirigió al señor general Díaz, gritándole al oído, que se auxiliaba acercando su mano al pabellón de la oreja, y le dijo: El señor Limantour me pide mi opinión sobre los últimos acontecimientos, pero yo pregunto: ¿a qué acontecimientos se refiere? El señor Limantour, visiblemente nervioso, respondió: ¿Cómo que a qué acontecimientos? ¡Pues al decisivo, a la caída de Ciudad Juárez!"

Huerta -y en su relato a Sentíes es probable que enalteciera su participación en la conferencia- no consideraba "acontecimiento decisivo" la ocupación de Ciudad Juárez. Como en los días de su bárbara campaña contra los indios mayas, Huerta afirma que si rechazaban una columna se mandaría otra y otra y otra hasta desalojar la plaza y hacer huir a los revolucionarios a Estados Unidos para que allí los capturaran. Según Huerta, Limantour respondió que no había elemento. Huerta le replica si no había dinero; Limantour le responde que había 70 millones de pesos. Huerta insiste, sin ironía alguna, que era mucho dinero "para tan poca cosa". Y así el diálogo, de absurdo en absurdo. No había caballos para el ejército federal en su imaginaria campaña contra la caballería de Villa y Orozco. Huerta, anticipándose a los revolucionarios de Pablo González, le dice que había que requisar todos los caballos, empezando por los de Limantour. También se habló de los zapatistas. Díaz, deteniéndose la mandíbula, pregunto a Huerta si podía salir a batir a los sureños. Salió Huerta, y ya en la zona de Zapata se enteró de que, "a puerta cerrada", había entregado Limantour al gobierno con enseres, dinero, y el propio dictador, a los revolucionarios.

¡De modo que la mandíbula, la firme mandíbula de don Porfirio, que parecía, como todo él, una parte de la geografía política del país, fue la causa, rota y doliente, del derrumbe de su dictadura! La conferencia evocada por Sentíes parece un grabado de Posada. El viejo dictador, vendado, sordo, quejoso, no oye lo que se le dice; le gritan y no entiende. ¿Caballos? ¿Villa? ¿Zapata? ¿Panchito? Acaso ya se iba cayendo desde la piel al alma.

Al subir por la escalerilla del Ipiranga alguien, contenido por la escolta militar, lo vio llorar. "¡Lágrimas de cocodrilo!", le gritó. Gimió Porfirio Díaz. Su mandíbula estaba rota.


(Tomado de: García Cantú, Gastón - El Caracol y el Sable. Cuadernos Mexicanos, año II, número 56. Coedición SEP/Conasupo. México, D.F., s/f)

lunes, 19 de junio de 2023

Dios omnipotente, y don Porfirio presidente... (III)

 


Una ciudad maquillada.- El gran circo que fue la Ciudad de México durante las Fiestas del Centenario, opíparamente manipuladas por Porfirio Díaz, operaba como el bello rostro -rostro que de continuo retocado, maquillado- de una ciudad enferma de tuberculosis política cuyo padecimiento, larvado en los pulmones, pronto provocaría la gran crisis.

Los afeites con los que a la ciudad se le simularon las arrugas y las llagas de la enfermedad social y política que había invadido la intimidad orgánica del país, no impidieron que ocho semanas después (18 de noviembre, 1910) aflorara caudalosamente el malestar nacional en Puebla.

Meses atrás el volcán había empezado a despertar, encolerizado. Las huelgas de Cananea, Son., y la de Río Blanco, Ver., fueron algunos de los primeros síntomas que ya no captó la otrora fina sensibilidad política de Díaz, envejecido y atrofiado por el lacayismo envilecedor de la oligarquía que medraba al amparo de su sombra y de la brutalidad de la represión institucionalizada.

Desatado el movimiento armado en el norte del país, la Ciudad de México, de momento, se vio a salvo de combates. Poco duraría este compás de espera para la metrópoli, cuyas calles empero, ya alojaban manifestaciones públicas de descontento, una de ellas, particularmente violenta, ocurrida el 25 de abril de 1911: frente a la Cámara de Diputados, un grupo de estudiantes, acompañado por gente del pueblo encabezado por dos modestos empleados de la tienda La Gran Sedería de la Ciudad de México, Juan García Rosas y Atanasio Villarino Ceceña, este último nativo de San José del Cabo, Baja California Sur, pidieron tumultuosamente la renuncia del Gral. Díaz. Obviamente esta manifestación fue disuelta con los sables de la caballería.


Una ciudad sin clase media. Las fotografías de la Ciudad de México de la época constituyen elocuentes testimonios que permiten identificar las clases sociales que el sistema había fosilizado. Por una parte, vemos indígenas ataviados miserablemente con ropas de campo: manta y sombrero de palma los hombres; grandes enaguas y rebozos humildes las mujeres; y por otra, jaquets, sombreros altos de seda o bombines, corbatas de plastrón con su inevitable fistol, fracs, crinolinas, sombrillas de lujo, como en París; hipódromos, carruajes soberbiamente engalanados... Y el Dictador con apariencia inconmovible de monolito, con aplomo de eternidad y con los destellos de las numerosas condecoraciones que le hinchan el tórax. ¿Clase media en las fotografías? Prácticamente ausencia de ellas y en general, de la vida y de la estructura socioeconómica del país.

Así el porfirismo había venido castrando el surgimiento de una cabal clase media. Y la ciudad, entonces, era morada que sin comunicación, diálogo y relación, en la que habitaba la pseudoaristocracia criolla y latifundista asociada con el ejército y con el alto clero; y con una densa capa social de desheredados, muchos de ellos provenientes de las áreas rurales y que, en la capital -en sus suburbios sórdidos- procuraban asilo y trabajo.

La naciente y balbuceante clase media que empezaba a germinar, en el país desempeño dos funciones históricas contradictorias -y en la ciudad se advirtió el fenómeno con evidencias y claridades de fotografía muchas veces amplificada-: un grupo, más politizado y más impaciente que culto, que formó los cuadros directivos del movimiento revolucionario; otro, más numeroso y no menos impaciente, quizá más culto pero menos politizado, que optó por la "neutralidad" -si así puede denominarse la conducta pasiva, acomodaticia, mimética-, grupo que en secreto admiraba el oropel porfirista y que anhelaba filtrarse dentro de él, aunque fuese en calidad de polizón o de lacayo.


Durante los días 23 y 24 y 25 de mayo de 1911, la capital fue escenario de manifestaciones y motines de multitudes que exigían la renuncia del general Díaz.


(Tomado de: Romero, Héctor Manuel. - "Dios omnipotente, y Don Porfirio presidente..." -La Ciudad de México (Delegación Cuauhtémoc) en 1910/1911-. Ediciones de la Delegación Cuauhtémoc, México, D. F., 1982.)

jueves, 12 de enero de 2023

Dios omnipotente, y don Porfirio presidente... (II)

 


Un millón, los visitantes. Las festividades que el porfirismo auspiciaba año con año para conmemorar la iniciación de la independencia combinaron en 1910 con esplendor y entusiasmo inusitados. Desde los comienzos mismos del año se hicieron los cálculos más optimistas sobre el aluvión de visitantes que inundaría la capital: 100,000 extranjeros y 900,00 nacionales; total: un millón (¡) A fin de hospedar a los visitantes distinguidos algunos de los más conspicuos oligarcas del momento pronto ofrecieron sus residencias. el Club Político Patria propuso que a la Ciudad de México se trajeran indígenas de todos los rincones del país "para hacerlos partícipes de esa gloria, y mostrarles los grandes adelantos de la capital, encauzando de esta manera sus aspiraciones".


Un cronista del periódico El Imperial relata que:

Nunca había experimentado el reportero una impresión tan honda y emoción tan fuerte como la que lo sacudió ayer por la noche en la Plaza de la Constitución, a la hora solemne en que el primer Magistrado de la República, conmemorando el Grito de Dolores, repitió las palabras del Cura Hidalgo. El aspecto de la plaza era hermosísimo, inusitado, sorprendente ante el espectáculo deslumbrador de la plaza, iluminada por 200,000 focos incandescentes... Era increíble el número de gentes que de todas las clases sociales llenaban aquel inmenso recinto, encaramadas en los árboles, trepadas en las azoteas, los balcones, en las torres, en las cornisas de Palacio, en los salientes de los edificios... Exclamaciones de júbilo, gritos de protesta, olas humanas que se atropellaban en el Zócalo eran otros tantos caudalosos ríos cuyas corrientes se desenvolvían por el propio cauce en la imposibilidad de desembocar en aquel mar pleno hasta los bordes…


El 15 de septiembre, más de 10,000 personas desfilaron ante las urnas de los héroes de la Independencia. Ese mismo día, a las 11 de la mañana, el Presidente apareció en el balcón principal del Palacio Nacional acompañado de los representantes diplomáticos de EE.UU., Japón, Inglaterra, España y China.


Se inició entonces el desfile histórico, en el que no faltaron Moctezuma, Cortés, la Malinche y otros personajes de la Conquista. Frente a Palacio Nacional se representó el encuentro de Cortés con Moctezuma y, después, escenas del virreinato -Jura del Pendón, la Audiencia- y de la Independencia: la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México.


España devuelve banderas.- Medio millón de personas contempló regocijadamente este desfile. El entusiasmo llegó al delirio al paso de las reliquias y banderas devueltas por España. Se vitoreó a Hidalgo, a Morelos, a España y a la Virgen de Guadalupe.


No menos lucido fue el desfile militar del día 16: al lado de los soldados mexicanos participaron marinos y cadetes alemanes, franceses, argentinos y brasileños. El Batallón de Zapadores portó los fusiles Porfirio Díaz, con marrazo-cuchara invento -naturalmente- del señor Presidente Díaz. La tropa uso, por vez primera, saracoff y los rurales cerraron la columna. La prensa, emocionada, comentó que, "según opiniones extranjeras", el Colegio Militar y la Escuela de Aspirantes podrían figurar dignamente en una gran parada (desfile) europea. En la noche hubo una serenata en el Zócalo a cargo de las Bandas de Artillería y del Estado Mayor; se quemaron castillos con la imagen de Hidalgo, Héroe Inmortal, y de Morelos, Estratégico (sic) sagaz.


Ahora el Baile del Centenario.- Ningún festejo del porfiriato alcanzó tanto esplendor como el baile celebrado en Palacio Nacional durante las fiestas del centenario. No lo hubo más lujoso en el "Imperio" de Maximiliano.


Se repartieron 5,000 invitaciones con un plano anexo e instrucciones para la circulación. Los criados vestían calzón corto y casaca de color; 40,000 focos iluminaban, en espectáculo nunca visto, el alambicado plafond de seda instalado en Palacio.


A las 10 de la noche empezó el baile, después de que el general Díaz y la marquesa de Bugnano dieron una vuelta al salón. Esta fiesta, comentaba orgullosa y satisfecha la prensa oficiosa, manifestaba alto grado de cultura y buen gusto social, al mismo tiempo que los "vívidos deseos de la clase rica y media para relacionarse con las personalidades de otros países". Para el diario El Imparcial, dos aspectos fueron los más atractivos y sobresalientes: la abdicación a "nuestra personalidad en exaltación de la ajena", y "el enriquecimiento gradual de nuestra sociedad". En efecto, decía ebrio de euforia, 25 años antes no se habría dado una fiesta cómo ésta, en la que "alhajas y toilettes se valuaron en centenares de miles de pesos".


Digno colofón de las Fiestas del Centenario fue el baile celebrado en el Casino Español en honor de Porfirio Díaz. El elegante salón de las calles de Isabel la Católica lo iluminaban 9,000 focos eléctricos.



(Tomado de: Romero, Héctor Manuel. - "Dios omnipotente, y Don Porfirio presidente..." -La Ciudad de México (Delegación Cuauhtémoc) en 1910/1911-. Ediciones de la Delegación Cuauhtémoc, México, D. F., 1982.)

lunes, 21 de noviembre de 2022

Dios omnipotente, y don Porfirio presidente... (I)


Al cumplirse en 1910 el primer centenario de la iniciación del movimiento de Independencia de México, Porfirio Díaz se exhibía en la cúspide de su prepotencia política. Así, los festejos organizados para celebrar ese primer centenario expresan, con elocuencia, la tendencia, la sustancia, la modalidad imperante en materia de gobierno: Poca política y mucha administración, como el propio Díaz definió la fórmula de su personalísimo estilo de gobierno.

En verdad, pocas épocas, como entonces, contemplaron en la Ciudad de México un despliegue tan espectacular y rico de obras nuevas e inauguraciones. El calendario de festejos llevados a cabo entre septiembre y diciembre de 1910 es por demás expresivo para conocer la dosis de renovación urbana que Porfirio Díaz entregaba a la metrópoli a pocos meses de que dejase la presidencia, expulsado por una Revolución Social que aspiraba a mucha administración pero, también, a mucha política.


Maratón urbano.- La dinámica urbana y el embellecimiento de la Ciudad de México que alcanzaron dimensión de maratón durante 1910 (470,679 Habs.), llegaba precedida por antecedentes que expresaban el interés de Díaz en favor de la modernización y el enriquecimiento urbano de la ciudad: ya desde agosto de 1877, en el Paseo de la Reforma se había inaugurado el monumento a Cristóbal Colón, donado por Antonio Escandón; el monumento a la memoria de Cuauhtémoc en el propio Paseo de la Reforma; la estatua del Gral. Vicente Guerrero en el Jardín de San Fernando; el Monumento Hipsográfico, en la Plaza del Seminario, al norte de la Plaza de la Constitución; y la estatua de doña Josefa Ortiz de Domínguez en la Plaza de Santo Domingo; el edificio de la Aduana Nacional de Santiago, en Tlatelolco; dos estaciones de los FF.CC., el Hospital General, de ambiciosas dimensiones para la época: 32 pabellones, 67 recintos, 170,000 metros cuadrados; la Biblioteca Nacional de México, en la actual esquina de la Av. Isabel la Católica y República de Uruguay; el alumbrado público de la Ciudad; el Gran Canal del Desagüe del Valle de México, obra titánica para su tiempo (se dice metafóricamente que fue hecha a "lomo de indio" aludiendo a que careciéndose de maquinaria y de fuerza eléctrica, se construyó a base de mano de obra. Se le puede comparar con la realización de los 63 km del Canal de Panamá, construido con máximo despliegue de recursos tecnológicos y económicos. El de México -47 kms de canal abierto, 10 kms de túnel de Tequixquiác y 2.5 kms del Tajo de Nochistongo- se construyó cuando el presupuesto del país era de $60 millones); el Palacio de Correos aún hoy en funcionamiento; la Escuela de Jurisprudencia en la esquina de San Ildefonso y Av. República de Argentina, etc.


Así, en septiembre de 1910 se alcanzó la culminación con el gigante acorde sinfónico de obras públicas que a la Ciudad de México le imprimieron dimensión sin precedente:


*Inauguración del Manicomio General -2,600 pacientes - (en la que fue hacienda de La Castañeda, en Mixcoac, en sustitución del hospital de San Hipólito -derribado- y del Hospital de la Canoa -hoy casa Núm. 39 de la segunda de Donceles). Este edificio empezó a ser demolido en 1966 para construir, en ese mismo sitio, una gigantesca unidad habitacional: Lomas de Plateros. La demolición se iniciaba cuando Arturo Quintana -según el mismo narra- "consulté con el ingeniero encargado de la obra si me podría vender algunas piezas y me contestó: Si usted quiere le vendemos el edificio entero. Lo pensé unos momentos y acepté la proposición. Así, en vez de demolerlo, se pusieron a clasificar piedra por piedra que fueron trasladadas hasta mi pequeño paraíso, como yo le llamo a Coapexco (Edo. de México). Tiempo después y durante 2 largos años nos pusimos a armar el edificio, como si se tratara de un gigantesco rompecabezas..."

En los mismos terrenos de Coapexco, Quintana descubrió -y ha restaurado- las ruinas de la que fuese la primera cervecería de América Latina, la cual funcionaba ahí hasta la Primera Guerra Mundial (1918/1922).   


*Colocación de la primera piedra de la que sería cárcel de la ciudad (Lecumberri, hoy hogar del Archivo General de la Nación).


*Inauguración del Palacio de Relaciones Exteriores (en la hoy Av. Juárez, en el área que actualmente ocupa el nuevo edificio de la Lotería Nacional).


*Inauguración del edificio de la YMCA (Asociación Cristiana de Jóvenes) en la esquina de la actual calle de Balderas y avenida Morelos (hoy edificio del periódico "Novedades"), y que hasta entonces funcionaba en un modesto local ubicado en la calle Patoni hoy avenida Juárez, en el tramo comprendido entre las calles de Iturbide y Humboldt.


*Inauguración de la Escuela Correccional para Varones, en la entonces población de Tlalpan.


*Inauguración de la Escuela Normal para Maestros, en San Jacinto, sobre Czda. México-Tacuba en un terreno llamado Tabla del Rosario, edificio ocupado por el Colegio Militar.


*Inauguración de la Columna de la Independencia, en el Paseo de la Reforma, proyectada por el Arq. Antonio Rivas Mercado.


*Inauguración del Hemiciclo a Benito Juárez, en la hoy Av. Juárez.


*Colocación de la primera piedra del Palacio Legislativo, posteriormente transformado en Monumento a la Revolución.


*Inauguración de las obras del túnel de Tequixquiác.


*Inauguración de las obras de ampliación de la antigua Penitenciaría en las calles de Belén (hoy Centro Escolar Revolución).


*Inauguración del Monumento a George Washington, donado por el gobierno de los EE UU., en la Plaza de Dinamarca, en la Colonia Roma (actualmente en el bosque de Chapultepec).


*Inauguración del Monumento a Humboldt, donado por el gobierno de Alemania, en los jardines de la Biblioteca Nacional.


*Inauguración del Monumento a Luis Pasteur, donado por el gobierno de Francia, en el Paseo de la Reforma y Plaza de los Ferrocarriles.


*Inauguración de la estatua de San Jorge, reproducción de la esculpida por Donatello, donada por el rey de Italia, ubicada en una hornacina de la fachada de la Academia de San Carlos.


*Inauguración de la Universidad Nacional de México, en la actual esquina de las calles de Rep. de Guatemala y Lic. Verdad (hasta entonces la vida de la Universidad transcurrió salpicada de accidentes. Fundada en 1553 en la actual esquina de las calles de Seminario y Moneda, en 1554 se trasladó a los solares que, originalmente propiedad de Cortés, se encontraban situados en la Plaza del Volador (área hoy ocupada por la Suprema Corte de Justicia), dando origen a la denominada calle de la Universidad, hoy Erasmo Castellanos Quinto. En 1833 fue clausurada por Gómez Farías; en 1834 la restauró Santa Anna. En 1857 fue vuelta a cerrar por Comonfort. En 1858 nuevamente fue restablecida por Zuloaga y Juárez la clausuró en 1861. La Intervención Francesa la abrió y Maximiliano la clausuró en 1864. El 25 de septiembre de 1910 justo Sierra la reinstaló).


*Inauguración del Monumento a Garibaldi, donado por el residente italiano Augusto Volpi, en la esquina de las actuales calles de Guaymas y Av. Chapultepec.


*Colocación de la primera piedra de un monumento -que nunca se construyó- dedicado a Isabel la Católica.


*Inauguración del Parque Popular Balbuena.


*Inauguración del monumento, rematado por un reloj, donado a la ciudad por la Colonia Turca, en la esquina de las actuales calles de Bolívar y Av. Venustiano Carranza.


*Inauguración de la Estación Sismológica Central en los terrenos del Observatorio Astronómico de Tacubaya.


*Inauguración del Instituto Tecnológico, en la Alameda de Santa María de la Ribera.


*Inauguración de la Escuela Corregidora Josefa Ortiz de Domínguez en la hoy Plaza Aquiles Serdán.


*Inauguración del Instituto Médico, en la esquina de las hoy calles de Balderas y Ayuntamiento.


*Inauguración de la gran tienda El Centro Mercantil. Su fundador fue don Nicolás de Teresa, visionario más metido a diplomático que a comerciante quien, inspirado en las Galerías Lafayette de París, quiso darle a México su símil.

Su cercano parentesco con Porfirio Díaz no impidió que sus competidores, particularmente españoles y franceses, lo pusieran en mil aprietos. Muerto en Austria cuando fungía como embajador de México, su viuda, María Luisa Romero Rubio, vendió El Centro Mercantil a dos habilidosos comerciantes de la casta empresarial mexicana de la época: Santiago Erechederra, español; y Santiago Roberts, francés.

Su bella cúpula de cristal, ordenada a Francia y construida por herreros y forjadores italianos, tuvo un costo de $1 millón. Hoy aloja al Gran Hotel de México y está valuada en $13 millones.


Una de las aportaciones más importantes de Díaz para el embellecimiento de la Ciudad de México, realizada como uno de los preliminares a las Fiestas del Centenario de 1910, fue la colocación en el Paseo de la Reforma, de las estatuas de próceres de la historia de México. Esta tarea se inició en 1889. Para ella, se obtuvo el concurso de los gobiernos de los estados. En 1896, ya estaban colocadas todas las estatuas.



(Tomado de: Romero, Héctor Manuel. - "Dios omnipotente, y Don Porfirio presidente..." -La Ciudad de México (Delegación Cuauhtémoc) en 1910/1911-. Ediciones de la Delegación Cuauhtémoc, México, D. F., 1982.)