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lunes, 18 de agosto de 2025

Instrucciones del virrey Enríquez de Almansa

 


El cuarto virrey que tuvo Nueva España, don Martín Enríquez de Almansa, instruyó a sus sucesores sobre lo que convenía hacer para el buen gobierno. Puede decirse que con este virrey se cierra todo un periodo en la vida de Nueva España, pues los problemas que señala son los mismos que se repiten a lo largo de los siglos siguientes:

"Y comenzando por lo más importante, digo que la mayor seguridad y fuerza que tiene esta tierra, es el virrey que gobierna y la Real Audiencia; y lo que más puede sustentar esta fuerza, es que sustenten ellos entre sí mucha conformidad y paz; y tras esto, que traiga siempre tan sujeta a la república, para que ninguno se atreva con las cabezas a cosa que huela a desacato, so pena de castigo ejemplar, cosa que se ha hecho con algunos en mi tiempo, sin ruido; porque cosa cierta es que no puede haber mucha seguridad donde los mayores no fueran acatados y temidos. Y si quiere Vuestra Señoría saber el medio con que entre ambas cosas se puede conseguir, mayormente en esta tierra, digo que vivan bien los que mandan, porque en esto pueden siempre usar su libertad y entrar y salir con ella en todos casos sin temor...

Después de esto, sabrá Vuestra Señoría que aunque juzgan en España que el virrey es acá muy descansado, y que en tierras nuevas no debe haber mucho a qué acudir, que a mí me ha desengañado de esto la experiencia y el trabajo que he tenido y lo mismo verá Vuestra Señoría, porque yo hallo que sólo el virrey es acá dueño de todas las cosas que allá están repartidas entre muchos, y él solo ha de tener cuidado de lo que cada uno había de tener en su propio oficio, no solamente seglar, sino también eclesiástico... Y fuera de esto, no hay chico ni grande, ni persona de cualquier estado que sea, que no sepa acudir a otro en todo género de negocios, sino al virrey... porque hasta los negocios y niñerías que pasan de enojos entre algunos en sus casas, les parece que si no dan cuenta de ellos al virrey, no puede haber buen suceso. Y visto yo que la tierra pide esto, y que el virrey ha de ser padre para todo, y que para ellos ha de pasar por todo esto y oírlos a todas horas, sufrirlos con paciencia me ha sido forzoso hacerlo. Y esto mismo procure hacer Vuestra Señoría.

"Y en acudir a otras obligaciones que sólo son del virrey, que es el amparo de todos los monasterios y hospitales y mucha gente pobre y desamparada, que hay en esta tierra, huérfanos y viudas, mujeres e hijos de conquistadores y criados de Su Majestad; porque pasarían mucho trabajo si el virrey no mirara por todos. Y en lo de los hospitales conviene acudir al de indios de esta ciudad y al de San Juan de Ulúa, porque como el de los indios de aquí tiene nombre de hospital real, y piensan todos que Su Majestad provee lo necesario, acuden pocos a él, y así padece necesidad. Demás de los españoles, después de servirse de los indios, más cuidado tienen de sus perros que no de ellos, y hubieran muchos perecido, así de esta ciudad como de fuera, si no se les hubiera hecho este recurso...

"Ya traerá Vuestra Señoría entendido que de las dos repúblicas que hay que gobernar en esta tierra, que son indios y españoles, que para lo que principalmente Su Majestad nos envía acá es para lo tocante a los indios y su amparo. Y ello es así, que a éstos se debe acudir con más cuidado, como a parte más flaca, porque son los indios una gente más miserable, que obliga a cualquier pecho cristiano a consolerse de ellos. Y esto ha de hacer el virrey con más cuidado, usando con ellos oficio de propio padre. Que es: por una parte no permitir que ninguno los agravie, y por otra no aguardar a que ellos no acudan a sus cosas porque no lo harán; sino dárselas hechas, habiendo visto lo que conviene, como lo hace el buen padre con sus hijos: y e non esto ha de ser sin costa ni gastos, porque los más de ellos no tienen de dónde sacar un real, si no venden, ni sus negocios son de calidad ni cantidad...

"He querido dejar para la postre el tratar a Vuestra Señoría lo que entiendo más le ha de cansar en los negocios, que son las provisiones de cargos de justicia de esta tierra: porque los que piensan que más derechos a ellas tienen, son los nacidos en ella, hijos y nietos de conquistadores, aunque de éstos entiendo quedan pocos; y en efecto de no les dar a ellos los cargos, hacen tanto ruido, que no falta sino poner el negocio a pleito, porque pedir testimonio para ir a quejarse a España, por ordinario lo hacen... Y lo que Su Majestad me mandó fue, pues yo tenía esto presente, que como lo demás lo gobernase, mirando lo que más convenía al servicio de Dios y suyo y bien de la tierra. Y lo mismo haga Vuestra Señoría, sin reparar en quejas..."


(Tomado de: Lira, Andrés - El gobierno virreinal. Historia de México, tomo 6, México colonial. Salvat Mexicana de Ediciones, S.A. de C.V. México, 1978)

lunes, 27 de diciembre de 2021

Facultades del virrey Mendoza

 


El primer virrey de Nueva España, don Antonio de Mendoza, fue nombrado en 1529, pero hasta 1535 no se trasladó al reino que iba a gobernar. Se le dieron amplias facultades para que pudiera ejercer la representación personal del rey que se le encomendaba. He aquí una parte del documento en que el rey especificaba el alcance y calidad de su autoridad:


"... Por esta nuestra carta mandamos al presidente y oidores que al presente  residen en la ciudad de México... y al nuestro capitán general y capitanes de ella, y a los consejos, justicias e regidores, caballeros y escuderos oficiales e omes buenos de todas las ciudades, villas y lugares de la dicha Nueva España, que al presente están pobladas e se poblaren de aquí adelante, que sin otra larga ni tardanza alguna, e sin más requerir ni consultar... vos hayan, reciban o tengan por nuestro visorrey e gobernador de la dicha Nueva España e sus provincias, e vos dejen y consientan libremente usar y ejercer los dichos oficios por el tiempo que como dicho es, nuestra merced e voluntad fuere, en todas aquellas cosas e cada una de ellas entendáis que a nuestro servicio y buena gobernación, perpetuidad y noblecimiento de la dicha tierra e instrucción de los naturales viéredes que conviene, para usar y ejercer los dichos oficios, todos se conformen con vos y vos obedezcan, y con sus personas y gentes vos den y hagan dar todo el favor y ayuda que les pidiéredes y menester hubiéredes, y en todo vos acaten y obedezcan...

"E otro si, es vuestra merced, que si vos el dicho don Antonio de Mendoza entendiéredes ser cumplidero a nuestro servicio e a la ejecución, que cualquier persona que ahora está o estuviere en la dicha Nueva España, tierras e provincias della, se salgan y no entren ni estén en ella, les podéis mandar de nuestra parte y lo hagáis de ella salir..."


En las instrucciones que llevaba se le encargó que ejerciera el cargo de capitán general, hasta entonces desempeñado por Hernán Cortés, y recontara los veintitrés mil vasallos que se te habían otorgado al conquistador cuando se le había hecho marqués del valle de Oaxaca. También se le ordenó que vigilara a los encomenderos y redujera las cargas de tributos y servicios que pesaban sobre los indios, según conviniera a su buen tratamiento. Todo esto estaba encaminado a moderar el poder que habían ganado los conquistadores de la tierra.

Por otra parte, se le encomendó que controlara a los eclesiásticos, a los cuales debía dirigirse bajo la forma de ruego y encargo, por el respeto de su fuero; cuidando de que no agraviaran a los habitantes y deshaciendo, como presidente de la Audiencia, aquellos agravios que habían cometido. También se le avisó que las órdenes religiosas no debían recibir tierras ni construir monasterios sin el "pase" del Consejo de Indias.


(Tomado de: Lira, Andrés - El gobierno virreinal. Historia de México, tomo 6, México colonial. Salvat Mexicana de Ediciones, S.A. de C.V. México, 1978)

martes, 22 de junio de 2021

Bernardo de Gálvez

 


49° virrey de la Nueva España (1785-1786), nació en Macharavialla, España, en 1746; murió en la ciudad de México, en 1786. Militar de carrera, conde de Gálvez e hijo de Matías de Gálvez -48° virrey-, llegó al país en 1765, con el cargo de capitán, destinado a las campañas de la frontera norte. En 1772 regresó a España en compañía de su tío José de Gálvez y en 1775 tomó parte en la expedición a Argel; en 1776 regresó a Nueva España con el puesto de coronel de regimiento de Luisiana, provincia que llegó a gobernar en 1777. Durante esta época practicó una política antibritánica, persiguió el contrabando inglés y favoreció el comercio con Francia, estableció el libre tráfico con Cuba y Yucatán, y fomentó la colonización de Nueva Iberia y Gálveston, llamada así en su honor. Se preparó secreta y activamente para la guerra con Gran Bretaña y obtuvo notables triunfos como los de Manchac, Baton Rouge y Panmure, en 1779; de Mobila, en 1780, y de Panzacola, en 1781, que le valieron los grados de mariscal de campo y teniente general de Luisiana y Florida -segregadas de Cuba-, el mando del ejército expedicionario en América y el título de conde de Gálvez (1783). En 1785 se le confió a Gálvez el gobierno de Cuba e inmediatamente el virreinato de México, por fallecimiento de su padre; entró a la capital de Nueva España el 17 de junio de ese mismo año. Su virreinato fue breve y llegó a despertar sospechas en la corte por su popularidad. Durante su gobierno ocurrieron dos grandes calamidades: la helada de 1785 -año del hambre- y su consecuencia, la epidemia de 1786 -año de la peste-.

(Tomado de: Enciclopedia de México, Enciclopedia de México, S. A. México D.F. 1977, volumen V, - Gabinetes - Guadalajara)

viernes, 18 de septiembre de 2020

El alumbrado público y el servicio de rondas colonial

Sereno, litografía por Claudio Linati.

La ciudad de México presentaba durante la época de la colonia un aspecto lúgubre, las calles parecían boca de lobo, oscuras y con hoyancos llenos de lodo en tiempos de lluvias, los robos eran frecuentes, las riñas más y los autores quedaban impunes.
Desde 1585, se dictó un auto acordando la institución de rondas alguaciliscas y portación de armas de los vecinos que tenían la necesidad de salir de sus casas durante la noche, después del toque de queda que daba la iglesia Catedral.
Las justicias, el Corregidor y el Alcalde, autorizaban a sus lugartenientes los Alguaciles Mayores, para que acompañaran a las personas que deseaban trasladarse dentro y fuera de la capital.
No obstante todas estas medidas de precaución, los robos eran frecuentes, las riñas se sucedían casi a diario y las aventuras callejeras se efectúan al amparo de la oscuridad.
En 1762 el virrey por conducto del Corregidor don Tomás de Rivera Santa Cruz, mandó publicar un bando en el cual se mandaba a los habitantes de la ciudad, colocaran un farol de vidrio en el balcón y puerta de cada casa, con suficiente luz que durara hasta las once de la noche. Muy pocos cumplieron con el bando y los que aceptaron llevarlo a efecto, se notó entre otras cosas, la desigualdad de los faroles y la escasez del alumbrado.
No faltaron proyectos para alumbrar la ciudad, entre estos, don Pedro José Cortés propuso se colocaran teas en las calles y como no fue aceptada su proposición, después dijo que se compraran faroles de cristal mediante una contribución impuesta a las mercancías que entraban a la capital.
Llegó el segundo conde de Revillagigedo y estableció el servicio de alumbrado con un Guarda Mayor, un teniente y un Guardia Farolero, por cada doce faroles, los cuales habían de estar provistos de chuzo, pito, linterna, escalera, alcuza y paños con la obligación de "pasar la palabra" o lo que es lo mismo anunciar la hora y reunirse cuando necesitaran auxilio.
Así nació el sereno, guarda o gendarme, tipo popular que resistía estoicamente el frío, el calor, la lluvia, las impertinencias de los borrachos y útil para los enamorados que ofrecían su escalera para llegar al balcón de su amada.
Los habitantes hubieron de acostumbrarse al grito monótono y necesario: "¡las doce y sereno!" "¡las doce y media y lloviendo!".
El 15 de abril de 1790 se publicó un bando en el cual se prevenía al que rompiera un farol lo pagaría o sufriría la pena de trabajos forzados; el que atentara contra el sereno, doscientos azotes y cinco años de prisión y si el delincuente era español, la pena de tres años en Ulúa o destierro veinte leguas de la ciudad.
A fines del año, el alumbrado se puso por cuenta del Ayuntamiento, sin que los habitantes pagaran contribución. Para el año siguiente, la capital del virreinato contaba con noventa y tres serenos y el costo del alumbrado establecido por Revillagigedo fue de 35,429 pesos más seis reales.

Tomado de: Casasola, Gustavo – 6 Siglos de Historia Gráfica de México 1325-1976. Vol. 2. Editorial Gustavo Casasola, S.A. México, 1978)

viernes, 11 de septiembre de 2020

Nueva España dividida en Intendencias, 1786

Nueva España dividida en Intendencias (imagen de Wikipedia)

En 1548 había en la Nueva España dos Reales Audiencias: la de México y la de Guadalajara.
Las atribuciones de estas Audiencias eran las de vigilar la recaudación de las rentas, promover expediciones de descubrimientos, nombrar gobernadores de las provincias, alcaldes mayores, conocer todas las causas y apelación contra los actos del virrey. Los fallos de la Audiencia eran inapelables, solamente el Consejo de Indias los resolvía.
Por la conquista de nuevos territorios, la Nueva España estaba dividida así: Reino de México, con la jurisdicción (de lo que hoy son Estados) de México, Querétaro, Hidalgo, Tlaxcala, Oaxaca, Morelos, Guerrero, Veracruz, Tabasco, Yucatán, Michoacán, Guanajuato, parte de San Luis Potosí, Jalisco y Colima. Reino de Nueva Galicia con la jurisdicción territorial de Jalisco, Aguascalientes, Zacatecas y parte de San Luis Potosí.
Nuevo Reino de León; colonia Nuevo Santander (Tamaulipas); provincia de Texas, provincia de Nueva Extremadura (Coahuila; Nueva Vizcaya (Durango); y la provincia de Chihuahua; provincia de Sonora, hasta Sinaloa; provincia de Nuevo México; provincia de California la Alta y la Baja. Cada provincia o Reino estaba dividido en alcaldías mayores y menores.
Los municipios eran controlados por los ayuntamientos o cabildos, los regidores, unos eran electos y otros hereditarios.
En 1786, el virrey conde de Gálvez dividió al país en Intendencias con mando político y hacienda. La Intendencia de México, tenía como jurisdicción territorial lo que son hoy los Estados de México, Querétaro, Hidalgo, Morelos y Guerrero. Intendencia de Puebla con la provincia de Tlaxcala. Intendencia de Guanajuato. Intendencia de Valladolid (Michoacán), Intendencia de Guadalajara con las provincias de Aguascalientes, Colima y casi todo Jalisco, Intendencia de Zacatecas, Intendencia de Oaxaca, Intendencia de Mérida con la provincia de Campeche, Intendencia de Veracruz con la provincia de Tabasco. Intendencia de Potosí con las provincias de Nuevo León, Tamaulipas, Coahuila y Texas. Intendencia de Durango con la provincia de Chihuahua, Intendencia de Sonora con la provincia de Sinaloa, provincia de Nuevo México, y las provincias de la Vieja y la Nueva California.
Cada Intendencia se dividía en Partidos y cada Partido en Municipalidades. En el nuevo régimen político, los gobernadores eran sustituidos por los intendentes y los alcaldes por los subdelegados.
En 1795, durante el virreinato de Branciforte, se formalizó el arreglo de los límites entre México [sic] y la Nueva Nación independiente de los Estados Unidos de Norte América.

(Tomado de: Casasola, Gustavo – 6 Siglos de Historia Gráfica de México 1325-1976. Vol. 2. Editorial Gustavo Casasola, S.A. México, 1978)

viernes, 14 de agosto de 2020

Leyenda de la Plazuela de Santo Domingo


EL VIRREY EN LA INQUISICIÓN
Leyenda de la plazuela de Santo Domingo

En los más favorecidos
y más populosos centros
de la muy rica, famosa
y noble ciudad de México

corren ya de boca en boca
los más infundados cuentos
que a pisaverdes y ociosos
están de pasto sirviendo;

en los portales, de noche,
por la mañana en los templos
y por la tarde en las calles
del Refugio y de Plateros,

escúchanse las consejas,
las fábulas, los enredos
que componen y entretejen
al par los nobles y el pueblo.

Con razón a tales sitios,
la gente que tiene seso,
en toda ocasión les llama
corrales del Mentidero.

Gobierna con gran pericia,
de la Nueva España el reino,
un militar aguerrido,
inteligente y enérgico.

El marqués de Croix, famoso,
hombre de origen flamenco,
y que brilla y sobresale
por elegante y apuesto.

el año sesenta y seis,
del siglo anterior al nuestro,
tomó el veintitrés de agosto
en Otompan el gobierno.

Y con previsión y tacto
quiso imponer desde luego
la disciplina que entonces
faltaba tanto al ejército.

Enemigo de la leva,
pronto decretó el sorteo
y señaló los jornales
debidos a los mineros.

Oponiéndose a esas leyes
nuevos disturbios surgieron
y en Valladolid y Pátzcuaro
hubo motines muy serios.

Quejóse el virrey al trono
con humildad exponiendo,
que necesitaba tropas
para no mirarse en riesgo.

Ya en el Mineral del Monte
un alboroto tremendo
había orillado a la muerte
a don Pedro de Terreros.

A rico tan bondadoso,
tan filántropo y tan tierno,
que cifraba su ventura
en curar males ajenos,

salió don Ramón de Coca
a defenderle, y fue muerto,
causando luto a Pachuca
dónde era alcalde primero.

El Rey, sabedor de todo,
del Marqués cedió al deseo
y mandó en respuesta infantes
y dragones y artilleros.

Guadalajara y Castilla,
Granada y Zamora dieron
lo más útil de sus tropas
para guarnecer a México.

La expulsión de los jesuitas,
preparada en el misterio,
y en toda la Nueva España
hecha en un mismo momento,

inquietó todos los ánimos, 
encendió todos los pechos
y al Marqués le fue preciso
ser con todos muy discreto.

Al comentarse en el vulgo
tan alarmante suceso,
no faltó quien acusara 
de hereje a Carlos Tercero,

ni quien sin temor dijera
que por Dios, pedazos hecho,
iba a derrumbarse el trono
en que tanto ofendió al cielo.

Más nada pasó al monarca,
quedó en paz su vasto imperio
y al marqués de Croix ninguno
lo vio débil y con miedo.

Entretanto, de este modo
se hablaba en el mentidero
por los ricos y los pobres, 
los nobles y los plebeyos:

-Ya tiene muchos soldados
el desalmado extranjero.
-Quien no respeta a la iglesia,
no ha de respetar al pueblo.

-Dicen que su soberano
le tiene cariño inmenso.
-Como que ha de acompañarle
alguna vez al infierno.

-Eso es tan claro y seguro
cómo el sol
-Ya lo veremos
si no llama a los jesuitas
llegando a su último extremo.

-Pero señor, quién diría,
y todos lo estamos viendo,
que se mandara a un hereje
a gobernarnos en México.

-En San Luis y en Guanajuato
están las cosas ardiendo.
-Hubo un motín en Uruapam.
-Y en Valladolid no menos.
San Luis de la Paz ya tiene
sobre las armas...
-¡Silencio!
allí vienen dos esbirros
que también irán al fuego.

-Dicen que el marqués no gusta
de hacer visitas al templo.
-Con razón; se le aparece
en cada altar un espectro.

Ojalá lo trasladaran
a otra parte...
-No está lejos
el instante de ordenarle
que a alguno le deje el puesto.

-Un gran escándalo ha habido
en el palacio.
-Sabremos.
-Hoy, miércoles de ceniza
temprano al palacio fueron

dos canónigos llevando
a su excelencia el memento.
-Y bien...
-Los tuvo dos horas 
esperando...
-¿Será cierto?

-Dos horas lo han esperado
cómo si fueran dos legos.
-Algún asunto muy grave.
-¡Qué asunto ni niño muerto!

-¿No recibió la ceniza?
-De mal talante y mal gesto.
-Pero ya lo han castigado.
-¿Lo han castigado?
-Y bien presto.

-Ya lo citó el Santo Oficio.
Y hoy mismo allí lo veremos.
. . . . . . . . . . . 
Con semejantes rumores
de que el Virrey era un reo
que la Inquisición llamaba
como al más triste perchero,

acudió en masa la gente
llenando en muy poco tiempo
la plaza y calles vecinas
del edificio siniestro.

No se dejó esperar mucho
el Virrey; todos oyeron
los toques que eran anuncio
de su salida, y contentos

se dijeron en voz baja:
-"¡Ya viene! lo pondrán preso
o tal vez arda en la hoguera
de sus pecados en premio".

Llegó el marqués escoltado
por dragones y artilleros,
que abocaron los cañones
en determinados puestos;

y entró el de Croix al edificio,
alegre, altivo, sereno,
y subió a la oscura sala
do juzgaban a los reos.

Halló en torno de una mesa
a los oidores severos,
con dos velas frente a un Cristo
y todo entre paños negros.

-Señores, vengo a la cita
y no he de robaría tiempo,
pues bastarán diez minutos
para que todo arreglemos.

-Es que es largo...
-Nada importa;
diez minutos... ya he dispuesto
que si al pasar ese plazo
a mí palacio no he vuelto,

los cañones que he traído,
sobre está casa hagan fuego
hasta derribar los muros
y sepultarnos en ellos.

-Si Excelencia obró con juicio.
-¿Qué me queréis?
-Gran acierto
tiene en todo su Excelencia...
-Hablad...

-Os agradecemos 
que hayáis venido, y sois libre
de retirados...

-Yo tengo
que saber a qué me llaman.
---Pues... por el gusto de veros.

-Es decir,cqué ha terminado 
la audiencia...
-Desde el momento,
señor, en que habéis venido
con abogados tan buenos.

Les volvió el Marqués la espalda,
ganó la calle ligero
y se regresó a palacio
tranquilo, sano y risueño.

Cuentan que al subir al coche
encontró a sus artilleros
con las mechas preparadas
para comenzar el fuego.

Tanta burla al Santo Oficio
llenó de placer al pueblo,
que vio al Marqués desde entonces
con cariño y con respeto.

Y que más tarde su nombre
repitió con leal afecto,
pues el de Croix fue tan hábil
cómo honrado y como enérgico.

(Tomado de: Peza, Juan de Dios – Leyendas históricas, tradicionales y fantásticas de las calles de la Ciudad de México. Prólogo de Isabel Quiñonez. Editorial Porrúa, S.A. Colección “Sepan cuantos…”, #557, México, D.F., 2006)

miércoles, 9 de octubre de 2019

El teatro en ciudad de México, de 1812 a 1821


Teatro del Coliseo nuevo (actualmente calle de Bolívar) Cambió de nombre a Teatro Principal el 1° de marzo de 1931
En ese año de 1812 se ofrecen magnas funciones en el Coliseo de comedias para honrar al triunfador de las batallas de Aculco y Calderón, al general que había diezmado los ejércitos insurgentes: Félix María Calleja del Rey, héroe popular en la capital al que le hicieron tantos homenajes de admiración y lambisconería, que el virrey Francisco Javier Venegas furioso y celoso, se negó a asistir a las funciones teatrales que fuesen en honor de Calleja, presintiendo seguramente que aquel hombre cubierto de gloria lo iba a destronar un año después, en 1813, cuando surge en el ambiente teatral de la aún llamada Nueva España la segunda figura artística de la que tenemos noticia en cuanto a popularidad y cariño del público. La primera fue Antonia de San Martín, hermosa y escandalosa primera actriz de finales del siglo XVIII y la segunda fue Inés García, graciosa y joven cantante que enloquecía a los espectadores. He aquí cómo nos la describe Enrique de Olavarría y Ferrari en su Reseña histórica del teatro en México: “El óvalo de su rostro, tenuemente apiñonado, se encerraba graciosamente en un marco de suavísimos cabellos negros, artificialmente rizados; negros y grandes sus ojos, miraban al medroso ante su hermosura con graciosa picardía; la boca era un canastillo de verdaderas gracias; pequeños y encendidos los labios, diminutos y blancos los dientes, embriagador y aromático el aliento…” Después de esta descripción, no es de extrañar que la noche de su beneficio en el citado año de 1813, Calleja ordenase a sus ayudantes que arrojaran al escenario, en el momento de aparecer la Inesilla, como era conocida cariñosamente por el público, más de cien onzas de oro, por lo que aquella noche la artista ganó 3,500 pesos entre lo que recaudó a la entrada y lo que le fue arrojado al escenario, sin contar las alhajas que le fueron enviadas a su camerino. En realidad debe haber sido muy hermosa la Inesilla, pero no se explica uno cómo Enrique de Olavarría, quien llegó a México en 1865, o sea cuando ya no vivía la Inesilla, puede asegurar tan enfáticamente que tenía “embriagador y aromático el aliento”. Licencias de romántico.


(Tomado de: Reyes de la Maza, Luis - Cien años de teatro en México. Colección ¿Ya LEISSSTE?. Biblioteca del ISSSTE. México, 1999)

jueves, 15 de agosto de 2019

Martín Enríquez de Almansa

El nuevo virrey, don Martín Enríquez de Almansa, toma posesión de su cargo el 5 de noviembre de 1568. Su gestión administrativa se distinguió por su constante empeño en edificar nuevos edificios religiosos y de carácter cultural. Se establecieron, durante su mandato, los hospitales de San Hipólito, de la Compañía de Jesús. También se crearon colegios como el de Santa María de Todos los Santos y la Parroquia de San Pablo, así como el Convento de Santa Clara, el Santuario de los Remedios, dándose comienzo, en este periodo, a la edificación de la Catedral. En este aspecto, es indudable que su gobierno representó serias medidas de progreso para el país. Sin embargo, es de significarse que bajo su gobierno se fundó el Tribunal de la Inquisición [en 1571], cuyo significado es de todos conocido. El tribunal de la Inquisición de México extendía su jurisdicción, no sólo a todo el Virreinato de Nueva España -dice Lucas Alamán-, sino también a la Capitanía general de Guatemala, islas de Barlovento y Filipinas.
[...]
Entre los sucesos y acontecimientos más notables sucedidos durante la referida administración, se cuenta la muerte de Fray Pedro de Gante, quien fue sepultado el 20 de abril de 1572, uno de los principales sostenedores de la Iglesia; en el año siguiente -1573-, se fundan los Colegios San Pedro y San Pablo (hoy San Ildefonso y Escuela Preparatoria), y también por esta fecha se acomete la construcción de la Catedral de México, y tres años más tarde, en 1576, se funda San Luis Potosí. Un año después abandona el poder el virrey don Martín Enríquez de Almansa, quien salió para el Perú el 4 de octubre de 1580. Entra a gobernar la Audiencia, y se inaugura en la Universidad de México la cátedra de Medicina.


(Tomado de: Soler Alonso, Pedro - Virreyes de la Nueva España. Biblioteca Enciclopédica Popular, #63, Secretaría de Educación Pública, México, D. F., 1945)

jueves, 4 de julio de 2019

Carlos Francisco de Croix

Nació en Lille, Francia, en 1699; murió en Valencia, España, en 1786. Sirvió en el ejército español, del que fue general. Nombrado cuadragésimo quinto virrey de Nueva España, gobernó del 25 de agosto de 1766 al 22 de septiembre de 1771. Su único principio fue la obediencia absoluta al rey, a quien siempre llamó “mi amo”.


Le tocó ejecutar la expulsión de los jesuitas (25 de junio de 1767) y practicar el secuestro de los bienes de la Compañía, contando con la eficaz ayuda del visitador Gálvez; y recibir las tropas que envió España a causa de su guerra con Inglaterra: los regimientos de infantería de Saboya, Flandes y Ultonia, que llegaron a Veracruz el 18 de junio de 1768, y la de Zamora, Guadalajara, Castilla y Granada, que arribaron más tarde, haciendo un total de 10 mil hombres. A causa de sus uniformes blancos, a estos soldados se les llamó blanquillos, todos los cuales regresaron a la postre a la metrópoli. Los oficiales del regimiento de Zamora organizaron los cuerpos de milicias. Durante la administración de Croix se construyó el castillo de Perote, se amplió al doble el espacio de la Alameda de la Ciudad de México y se quitó de la vista pública el quemadero de la Inquisición.


En las postrimerías de su mandato (13 de enero de 1771) comenzó el IV Concilio Mexicano, cuyas deliberaciones no fueron aprobadas por el Consejo de Indias ni por el Papa. Croix pidió y obtuvo que el sueldo del virrey se aumentara de 40 mil a 60 mil pesos anuales. Introdujo la comida y las modas francesas. Al retirarse del virreinato, Carlos III lo nombró capitán general de Valencia.


(Tomado de: Enciclopedia de México, Enciclopedia de México, S. A. de C. V. D. F., 1977 tomo III, Colima - Familia)

jueves, 6 de junio de 2019

Gastón de Peralta

Al morir don Luis de Velasco [1564], se hizo cargo del Gobierno la autoridad de la Audiencia, integrada por los doctores Pedro Villalobos, Jerónimo de Orozco, Puga y Villanueva, cuya administración provisional estaba representada en la persona del Lic. Zeinos. Dicha administración tenía un poder transitorio y limitado, ya que no podía obrar con la libertad debida, cosa que sólo podía hacer el virrey, persona nombrada por los gobernantes españoles. La Audiencia entregaba después el poder en manos del nuevo gobernante, quien entraba poco después en función de su cargo. Gastón de Peralta llega a México el 17 de septiembre de 1566.
***
En verdad, muy breve fue el periodo de este Virrey, Gastón de Peralta, marqués de Falces. Celoso velador de su deber como gobernante interesado en el mejoramiento del país que se le confiriera para regir, tuvo el laudable gesto de fundar un hospital para ancianos, inválidos y niños, dotándolo de todos los adelantos y mejoras posibles, de acuerdo con su época. Felipe II le había encomendado vigilase que los frailes que salieran para España no llevasen consigo alhajas y joyas con las cuales comerciaban después de pisar tierras españolas, proporcionándose, en esta forma, grandes utilidades. Estas órdenes fueron cumplidas por el virrey, estrictamente. La vigilancia que, en tal sentido ejerciera, trajo consigo que dicho comercio se viera restado de las facilidades que al principio tenía. Por órdenes del propio Felipe II trasladóse de nuevo a España, abandonando el poder en 1568. Su gestión administrativa se distinguió, no obstante de su breve periodo, por su interés en impulsar el progreso del país.


(Tomado de: Soler Alonso, Pedro - Virreyes de la Nueva España. Biblioteca Enciclopédica Popular, #63, Secretaría de Educación Pública, México, D. F., 1945)

viernes, 3 de mayo de 2019

Luis de Velasco (padre)


Al suceder en el mando a Antonio de Mendoza el nuevo virrey don Luis de Velasco, los proyectos de mejorar rápidamente las condiciones de las ciudades ya edificadas, tomaron gran incremento. El primer hecho notable de su gobierno, que le atrajo la simpatía total de los indios, fue la orden de libertad que dictó a 160,000 mineros.


Más importa la libertad de los indios -decía este virrey- que todas las minas del mundo; y las rentas que percibe la Corona no son de tal naturaleza que por ellas se deba atropellar las leyes divinas y humanas”. Estas palabras suyas nos revelan el gran carácter y el gran espíritu de su persona. Este año memorable en que liberta a los indios de tan penosos y arduos trabajos, marca un momento en la conciencia del dominio español de entonces. En el período de su mandato ocurrieron algunos hechos, que por su trascendencia en los destinos de la época, merecen significarse. Ellos son: el padre Francisco de Gómara publica su famoso libro Historia General de las Indias, y da comienzo el acueducto de Zempoala; el propio virrey, don Luis de Velasco inaugura la Universidad; y tiene lugar la queja que el padre Motolinía hiciera a Carlos V, sobre el comportamiento que fray Bartolomé de las Casas observaba en bien de los indios, para quienes tuvo siempre una política de provecho. En 1556, Carlos V abdica, y Bernardino de Sahagún escribe su gran obra Historia General de las cosas de Nueva España, dándole mucho prestigio a su autor. Poco después -en 1556- muere, en el convento de Atocha, el bondadoso padre Bartolomé de las Casas. De su espíritu humanitario y liberal, hablan muy alto estos conceptos suyos sobre el estado de vida que observaban los indios entonces. Hombre magnánimo, y alma abierta a todas las bondades, su posición era combatir las condiciones deprimentes que vivían en su época los nativos. Su valentía y sincera abnegación lo llevaron a manifestar a cada momento su modo de sentir y de pensar respecto al trato que los españoles daban a los indios. Una demostración de sus elevados sentimientos y de su amplia visión de los problemas de su época queda claramente demostrada en estas frases suyas sobre la esclavitud, a la cual se opuso siempre, sin importarle las consecuencias que tan digna postura trajera de desagradable a su persona.


Todos los indios que se han hecho esclavos en las Indias del mar Océano -dice fray Bartolomé de las Casas- desde que se descubrieron hasta hoy, han sido injustamente hechos esclavos, y los españoles poseen a los que hoy son vivos por la mayor parte con mala conciencia, aunque sean de los que hubieron de los indios”.


La primera parte de esta conclusión se prueba por esta razón generalmente: porque la menor y menos fea e injusta causa que los españoles pudieron haber tenido para hacer a los indios esclavos era moviendo contra ellos injustas guerras; pues por esta causa de injustas guerras no pudieron justamente hacer uno ni ningún esclavo; luego todos los esclavos que se han hecho en las Indias desde que se descubrieron hasta hoy, han sido hecho injustamente esclavos.


Que la menos mala y menos fea e injusta causa que los españoles pudieron haber tenido y tuvieron para ver los indios esclavos que hicieron, era y fue moviendo contra ellos injustas guerras, fueron llenas al menos de mayor nequicia y deformidad, pruébase por resta manera: porque todas las otras causas y vías que han tenido los españoles sin las de las guerras para hacer a los indios esclavos, tales fraudes, tales dolosas maquinaciones y exquisitas invenciones, y novedades de maldad, para poner en admiración a toda los hombres”.


Conocida es la carta que don Luis de Velasco dirigió al rey Felipe II, en la que le dice: “ Los mestizos van en gran aumento y todos salen mal inclinados y tan osados para las maldades que a éstos y a los negros se ha de temer. Son tantos que no basta corrección ni castigo ni hacerse en ellos ordinariamente justicia. No veo por el presente mejor remedio que enviar a V. A. a mandar que se lleven a España en cada navío quince o veinte para soldados, que traspuestos allá será buena gente para la guerra, y éstos habían de llevar capitanes y pagarles sueldo y proveerlos de mataloje. Con esto y con darles a entender que S. M. quiere servirse de ellos, creo irán de buena voluntad”. En tal concepto tenía el virrey don Luis de Velasco la rebeldía y bravura de los indios mexicanos, cuyo desacato a las normas de gobierno español, no era sino una manifestación independentista de su espíritu y de encendido decoro. Eran renuentes a ser dominados por gentes extrañas; querían el libre desarrollo de su personalidad, sin coacciones y modos opresivos. Sean cuales fueren las normas generales de su gobierno, dejó a su paso por el mismo, huellas inolvidables en la historia inicial de la Colonia. “Don Luis de Velasco, de la casa de los condestables de Castilla, fue íntegro, justiciero, amigo y protector de los indios -dice Manuel Orozco y Berra-. A sus esfuerzos se debió la abolición de la esclavitud que pesaba sobre los vencidos; y si sus disposiciones no lograron ponerlos en la condición de hombres libres, al menos delante de la ley no eran siervos, activo y trabajador, dio lustre y ensanche a la colonia, ya adelantando algunos ramos de la industria, ya avanzando sobre los bárbaros los límites de la frontera. Castellanos e indios le dieron el glorioso nombre de Padre de la Patria, título que explica por sí solo las virtudes que le adornaban. Su muerte fue mirada con un mal público, vistiendo tos a porfía luto en señal de sentimiento. Sus funerales fueron suntuosos: cuatro obispos de los que estaban reuniéndose para el segundo concilio provincial le llevaron en hombros. Seguían el ataúd la Audiencia, los tribunales, el regimiento de la ciudad y un concurso inmenso, cerrando la marcha las tropas reclutadas para ir a las Islas. El cadáver fue sepultado en la Iglesia vieja de Santo Domingo, y cuando se construyó la nueva se transportaron sus huesos a un suntuoso sepulcro al lado del altar mayor de orden de don Luis de Velasco el segundo, hijo de ese benemérito ciudadano”.


La muerte de este ilustre virrey acaeció el 31 de julio de 1564.


(Tomado de: Soler Alonso, Pedro - Virreyes de la Nueva España. Biblioteca Enciclopédica Popular, #63, Secretaría de Educación Pública, México, D. F., 1945)