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sábado, 30 de marzo de 2024

Hermila Galindo

 


Hermila Galindo 

Sufragio efectivo 

(1886-1954)


Una de las habilidades de Venustiano Carranza fue la de allegarse a colaboradores adscritos a distintos frentes ideológicos personajes tan diversos como Luis Cabrera, Félix F. Palavicini, Salvador Alvarado e Isidro Fabela llegaron a ser integrantes de su círculo más cercano también lo fue Hermila Galindo Acosta acérrima defensora de los derechos de la mujer y teórica del carrancismo.

Nació el 2 de junio de 1886 en Ciudad Lerdo, Durango, hija de Rosario Galindo y Hermila Acosta no conoció a su madre pues falleció a los pocos días de dar a luz su padre que tenía otra familia la dejó a la guarda de una de sus hermanas Hermila agradecería siempre a su tía Ángela por el amor, el apoyo y la comprensión que le brindó.

Cursó la educación básica en su estado natal y posteriormente viajó a Chihuahua donde estudió en el instituto industrial para señoritas donde aprendió taquimecanografía e inglés conocimientos que le permitieron valerse por sí misma a la muerte de su padre acaecida cuando apenas tenía 16 años.

Para sostenerse se inició en la docencia en colegios de Torreón y trabajó como mecanógrafa en bufetes jurídicos poco a poco su profesionalismo la llevó a ser contratada por personajes de mayor relevancia.

Sus vínculos con la política comercial del ingeniero Eduardo Hay, funcionario maderista que la invitó a la Ciudad de México y con quien compartió la experiencia de laborar en el Congreso de la Unión, donde conoció a detalle los procesos legislativos.

La muerte de Madero y la marcha de Hay a Sonora le produjeron un declive moral y económico, del que pudo resarcirse gracias a su adhesión a la causa constitucionalista, en la que llegaría a ocupar el puesto de secretaria particular de Carranza. A partir de entonces se convirtió en una de las principales estudiosas del feminismo a través de la lectura y difusión de La mujer en el pasado, en el presente y en el porvenir de Augusto Bebel y La educación femenina de John Stuart Mill.

En la fragua de la Revolución, destacó por su templanza y por la velocidad vertiginosa con la que ganó el protagonismo como periodista, conferencista e ideóloga. Viajó con Carranza a Veracruz a finales de 1914 participó en la elaboración de la Ley del Divorcio, que permitió por primera vez la disolución del vínculo matrimonial. A partir de ese momento, Hermila refrendó su compromiso con la igualdad de género.

En marzo de 1915 escribió su primera conferencia feminista, misma que tituló La reivindicación de la mujer mexicana. Poco después, El Pueblo inauguró una sección escrita por mujeres, de la que fue colaboradora recurrente. En su primer artículo refirió la necesidad de que las mexicanas participaran de lleno en la vida pública: "Yo creo que en compensación de la parte activísima que la mujer [...] ha tomado en todas las etapas de la revolución, los revolucionarios están obligados a darle [...] facilidades para que desarrolle sus facultades intelectuales [...] y pueda participar en la gran obra de emancipación política y reconstrucción nacional que se está efectuando." Con ese propósito, recorrió la República invitándolas a sumarse en pro de la democratización del país.

el 16 de septiembre vio cumplido uno de sus grandes anhelos periodísticos con la publicación del primer número de La mujer moderna, semanario del que fue directora y cuya meta fue explorar diversas formas de participación femenina en el espacio público. Estructurada por secciones, la revista incluía opiniones sobre el acontecer nacional, textos tocantes a la salud, higiene y nutrición, anécdotas históricas y lugares de interés, páginas de interacción lúdica que ofrecían premios a las lectoras por resolver acertijos, espacio para preguntas y respuestas, así como un apartado de literatura.

Desde esa tribuna, Hermila llevó a cabo fuertes críticas a la iglesia católica, a la que acusaba de haber encasillado a la mujer en el papel de sexo débil, valiéndose del fanatismo sostenido y fomentado por la curia. Desde su punto de vista, el sesgo anacrónico de ese discurso era aprovechado por las instituciones androcéntricas para mantener inalteradas sus jerarquías y privilegios.

A diferencia de los modelos femeninos avalados por la mayoría de los medios, el semanario dirigido por Hermila asignaba el epíteto de modernas a mujeres alejadas del espectáculo y la moda, es decir, ensalzaba a las profesionistas, profesoras y enfermeras, también revaloraba la vida y obras de las independentistas -como Josefa Ortiz de Domínguez y Leona Vicario- y de las soldaderas.

En el cenit de su fama, fue invitada al Primer Congreso Feminista celebrado en Yucatán el 13 de enero de 1916. El centro de la discusión se fundó en cuatro preguntas formuladas por el gobernador Salvador Alvarado, político que desarraigó el acendrado feudalismo local, promovió la educación sin distinción de clase y reflexionó sobre la realidad política femenina: "¿Cuáles son los medios sociales que deben emplearse para manumitir a la mujer del yugo de las tradiciones? ¿Cuál es el papel que corresponde a la escuela primaria en la reivindicación femenina, ya que aquella tiene como finalidad preparar para la vida? ¿Cuáles son las artes y ocupaciones que debe fomentar y sostener el Estado, y cuya tendencia sea preparar a la mujer para la vida intensa del progreso? ¿Cuáles son las funciones públicas que puede y debe desempeñar la mujer a fin de que no solamente sea elemento dirigido, sino también dirigentes de la sociedad?”.

Escenario de los ponencias fue el teatro Peón Contreras, espacio que se convirtió en el centro neurálgico desde el que se trazaron los primeros esbozos del feminismo en México. Hermila presentó La mujer y el porvenir y las ideas en ella expuestas fueron consideradas radicales por gran parte del público asistente, incluso hubo quienes la acusaron de inmoral.

Para entonces era reconocida por haber "recorrido desde 1908 el camino [...] de muchos revolucionarios: primero fue reyista, después maderista, y por último constitucionalista, siempre trabajando [...] para altos oficiales de las facciones políticas". Gracias a su fama impuso su voz en contra del realce que había adquirido la maternidad después de 1821, pues consideraba que era un recurso que pretendía devolver a la mujer al hogar y limitar su valía al cuidado de los hijos. Sin embargo, para escándalo de las feministas más ortodoxas, ponderaba la maternidad responsable, que tenía como más alto principio la educación en la virtud de los futuros hijos de la patria.

también le preocupó que la mujer mexicana concibiera el matrimonio como una vocación que, de no cumplirse, la condenaría a una existencia marginal y ominosa. Quizás su propuesta más polémica fue la de una educación que permitiera la exploración de la sexualidad femenina libre de tabúes. Estas opiniones le ganaron duras críticas, incluso de los sectores progresistas. Hermila defendió su postura desde las páginas de La mujer moderna y pidió que la doctora Matilde Montoya evaluara, desde un punto de vista científico, la pertinencia de sus observaciones.

Cumplida su labor en México, la continuó fuera del país:


Preciso es que se sepa en el extranjero cuáles son nuestras ideas sobre la liberación de la mujer, cuáles son nuestros pensamientos sobre la necesidad de la unión entre todos los pueblos de alma española; es indispensable que se sepa la bondad del régimen político implantado en la República Mexicana por el señor Carranza. Si estas tres ideas son comprendidas en su verdadera significación en naciones extrañas, nuestro país tendrá necesariamente que le revelarse ante ellas como un país culto, y entonces será más factible estrechar los lazos de amistad con pueblos hermanos, base sobre la que se sentará más tarde la verdadera autonomía de la América Española.


Arribó a Cuba donde sumó seis intervenciones y advirtió: "El pequeño esfuerzo que [...] he hecho en pro del bienestar de mi país, esfuerzo débil, pero empapado de buena voluntad que espero no será estéril, porque en toda semilla, por minúscula que parezca a la vista, siempre se encuentra la génesis de un árbol.”

El 12 de diciembre de 1916 envió un documento al Congreso Constituyente en el que proponía el derecho al voto de la mujer, pero no como una concesión sino como un acto de estricta justicia. Un argumento que se esgrimió en contra fue que la mujer requería educación electoral. Desde el punto de vista de Hermila, la instrucción debía correr paralela a la conquista de sus derechos: "Es de estricta justicia que la mujer tenga el voto en las elecciones de las autoridades, porque si ella tiene obligaciones con el grupo social, razonable es, que no carezca de derechos. Las leyes aplican por igual a hombres y mujeres: la mujer paga contribuciones, la mujer, especialmente la independiente, ayuda a los gastos de la comunidad, obedece las disposiciones gubernativas y, por si acaso delinque, sufre las mismas penas que el hombre culpado. Así pues, para las obligaciones, la ley la considera igual que al hombre, solamente al tratarse de prerrogativas, la desconoce y no le concede ninguna de las que goza el varón.”

A pesar de contar con el apoyo de Carranza, la iniciativa no prosperó, pues los constituyentes consideraron que los movimientos a favor del sufragio femenino apenas emergían.

En ese mismo periodo intervino en el Segundo Congreso Feminista, celebrado nuevamente en Yucatán. En aquella oportunidad declaró: "La esfera de la mujer está en todas partes porque la mujer representa más de la mitad del género humano, y su vida está íntimamente ligada con la de la otra mitad. Los intereses de las mujeres y de los hombres no pueden separarse. La esfera de la mujer está, por lo tanto, donde quiera que esté la del hombre; es decir, en el mundo entero.”

En febrero de 1917, contra todos los usos de la época, se postuló para una diputación en la Ciudad de México. En entrevista con El Universal, explicó que su arrojo estuvo motivado por una carta que le envió un grupo de partidarias sugiriendo su postulación, no obstante la preeminencia de los candidatos varones. No encontrando un impedimento explícito a ejercer su derecho, decidió participar.

El programa de trabajo que propuso fue muy cercano a la recién aprobada Ley sobre Relaciones Familiares, influida por sus perspectivas. Las propuestas de Hermila "incluían la defensa de los intereses de madres y niños con relación al tiempo excesivo de trabajo; la exigencia de leyes que garantizaran la higiene matrimonial para defender a la mujer de las contaminaciones que degeneraban la especie, que la mujer fuera tratada en las leyes como mayor de edad pudiendo heredar bienes y administrarlos, etcétera”.

En la contienda electoral se enfrentó al general Ernesto Aguirre Colorado. En los periódicos se dijo: "Por esta señorita han aparecido en diferentes casillas más de quince votos firmados por las señoritas que se presentaron a votar." Cuando supo de su derrota, prometió al ganador que estaría pendiente de todas sus actuaciones, así lo hizo y reprochó públicamente sus intervenciones: "Como hemos dicho en nuestros números anteriores, Hermila [...] no se conforma con su derrota y todos los días embiste contra del candidato triunfante. Unas veces le censura su silencio, otra su fealdad y últimamente su cobardía. -"El puesto de usted está en la línea de fuego combatiendo a los zapatistas" -le dice en la última carta abierta que le ha dirigido.”

A mediados de año viajó a Durango, donde explicó las dificultades de su campaña en pro de la mujer: "La labor que yo me he echado sobre los hombros, es dificilísima, demasiado ardua, y he tenido que luchar contra lo que parecía muralla infranqueable de prejuicios y preocupaciones que daban margen a un estancamiento en la corriente de ideas relativas a la dignificación de la mujer: sobre mi personalidad, han caído comentarios y críticas que he sabido contrarrestar con altivez y con profunda fe en mi causa.”

En 1919 publicó su obra más ambiciosa, La doctrina de Carranza y el acercamiento indolatino. Los aspectos que ponderó a lo largo de las páginas fueron la soberanía nacional frente a la presión extranjera durante la Revolución, así como la promulgación de la ley del divorcio y su similar agraria. También moldeó a Carranza como un promotor de latinoamericanismo basado en el mutuo apoyo entre las naciones poco desarrolladas para hacer frente a la amenaza imperialista. Del mismo modo, describió cómo fue que, a raíz de su simpatías por el Primer Jefe, tomó la decisión de "abandonar la lucha meramente ideológica para lanzarme a la brega práctica, la que produce resultados efectivos, a la que de hecho tendrá que traer el mejoramiento político de nuestra patria”.

A sus ideas liberales se opusieron los consabidos prejuicios que dejaban en duda su capacidad para estudiar los problemas por los que atravesaba el país. Llena de incertidumbre, llegó a preguntarse por la autenticidad de sus convicciones, sin embargo, "la palabra VOLUNTAD, grabándose en mi cerebro, me impulsó a no desistir”.

El último ejemplar de La mujer moderna vio la luz el 16 de septiembre de ese año. Artemisa Sanz Arroyo refirió el carácter de Hermila, quien luchó "propugnando por [...] el sufragio femenino, del que fue un paladín incansable, como un legítimo galardón que la misma revolución triunfante otorgara a la mujer por sus meritísimos servicios a la causa constitucionalista. La causa feminista fue uno de sus más grandes anhelos y por lograr su triunfo, su constante batallar”.

La violenta muerte de Carranza fue una de sus mayores decepciones, pues con ella se diluían sus esperanzas de ver consumada la dignificación de la mujer. En 1923 se casó con Miguel Topete Guerra, con quien procreó a Hermila del Rosario el 8 de mayo de 1929. Al paso del tiempo se dedicó a la pintura y escribió un puñado de artículos que se publicaron esporádicamente. En 1939 se le reconoció como veterana de la Revolución y se le concedió una precaria pensión.

No participó en los movimientos feministas de medio siglo y falleció el 19 de agosto de 1954, un año después de que la mujer mexicana pudiera por fin ejercer el voto. Su lucha apasionada en favor del feminismo, el sufragismo y la democracia inauguró un sendero cuyos pasos han recorrido las insignes luchadoras sociales de México y América Latina.



(Tomado de: Adame, Ángel Gilberto - De armas tomar. Feministas y luchadoras sociales de la Revolución Mexicana. Aguilar/Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. de C. V. Ciudad de México, 2017)

lunes, 25 de marzo de 2024

La espinosa historia del chayote

 


La espinosa historia del chayote

Corrupción entre la prensa y el poder político en el siglo XX

Marco A. Villa | Historiador


Era aún la época dorada priísta, entre los sexenios de Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz, cuando la práctica del "chayote" comenzó a institucionalizarse, dado que llevaba ya tiempo fluyendo entre algunas tintas de la prensa corrompida. Fuera "chayotito" cuando era poco o "doña Rosario" cuando era una cantidad mayor, el chayo o chayote era -o es, mejor dicho- la compensación generalmente económica que un periodista recibe de algún político, empresario u otro personaje con poder. ¿Las razones? Favorecer alguna movida chueca (adulterio, delito...) o sacar de la jugada a un candidato con serias posibilidades electorales y capaz de hacer sombra a su contraparte del partido en el poder, por mencionar las más comunes.

Sobre el origen del término, la versión más extendida involucra a Julio Scherer García -el legendario director de Excélsior y apodado el Mirlo Blanco por mantener sin manchas su plumaje al no aceptar dinero de políticos- quien a su vez encargó a Elías Chávez, reportero de Proceso, escribir sobre esta práctica que incluiría en su libro Los presidentes. Chávez cuenta: "Mientras el entonces Presidente de la República pronunciaba un día de 1966 el discurso inaugural de un sistema de riego en el estado de Tlaxcala, entre los reporteros corría la voz: ¿ves aquel chayote? Están echándole agua. Ve allá". Resultaba que, atrás de la planta, un representante de presidencia repartía el soborno. Desde entonces, su entrega se convirtió en un secreto a voces, con reporteros que representaban un cúmulo cada vez mayor.


¿El padre del chayo?

En la búsqueda de las raíces del chayote, invariablemente nos encontramos de frente con Carlos Denegri (1910-1970), "el mejor reportero de su tiempo, el peor periodista de la historia', a decir del escritor Enrique Serna, autor de la novela biográfica El vendedor de silencio. Este personaje destacó por su preparación y contactos: hablaba alemán, francés e inglés y se defendía en portugués e italiano; colaboró en Time, Life y otras publicaciones extranjeras que lo buscaban cuando necesitaban corroborar datos o informar sobre México; contaba con una extensa red de contactos nacionales e internacionales que participaban tanto en su reportajes como en sus corruptelas. Era hábil para obtener información, diestro en el arte de las relaciones públicas y sobre todo en la obtención de exclusivas, entre otras cualidades que puso al servicio de sus embutes.

De negri fue hijastro de Ramón Pérez Denegri, político prominente que formara parte de los gabinetes presidenciales de Álvaro Obregón y Emilio Portes Gil. Con los años, sacó maliciosamente provecho de su trabajo, a la sombra y resguardo de un régimen que tenía la costumbre de seducir a los periodistas destacados y mantener un férreo control sobre la prensa.

Carlos tocó la cima de la fama con su serie de entregas reporteriles en las que informó desde Londres varios momentos de la Segunda Guerra Mundial. Era 1942 cuando cruzó el Atlántico para cumplir su misión. Reunidos después en el libro Luces rojas sobre el Canal, estos textos eran enviados por teletipo (telex) a la redacción de Excélsior y publicados a cinco columnas en la primera plana. Línea a línea, cautivaba a los lectores por la emoción y el suspenso que imprimía a sus entregas. En ellos se pintaba como un gran "ligador": lo mismo un aristócrata inglesa que una sudamericana o la recepcionista de un hotel.

Pero quizás el clímax llegó cuando dejó de enviar notas durante varios días luego de informar que las embarcaciones nazis estaban torpedeando a los Aliados. La gente pensó que había muerto. Otro golpe de talento que se tradujo en temprano éxito mediático lo dio en 1945, cuando escribió: "Hoy, los Estados Unidos detonaron en Hiroshima y Nagasaki la primera bomba atómica en la historia de la humanidad", y a continuación reprodujo el Padre Nuestro completito.

Se convirtió en una celebridad... y también empezó a encumbrarse como el periodista más poderoso, impune y rico gracias al chayote, mismo que obtuvo de la élite política y empresarial durante cerca de veinte años. El mismo gabinete presidencial asistía a sus cumpleaños. Destaca un hecho que refleja su proclividad a esta práctica: la plana que compraba a Excélsior por cincuenta mil pesos para después vender las menciones a políticos, ya fueran a favor o en contra; en este último caso, pagado por un tercero. Vino después su columna "El fichero político", en donde aquellos que no eran favorecidos pasaban "una temporada en el infierno", como escribiera Carlos Monsiváis. Pionero de la televisión, transmitió por décadas un programa que cerraba invitando a los televidentes a encontrarse en la próxima emisión, seguida de la frase "Dios mediante". Porque además era creyente. El mismo Scherer contó que Denegri "alguna vez entrevistó a Dios".

Se ha dicho que los tiempos cambian y que el chayote ya se ha "secado" y desaparecido. ¿Será?


(Tomado de: Villa, Marco A.. La espinosa historia del chayote. Corrupción entre la prensa y el poder político en el siglo XX. Relatos e historias en México, año 12, número 135. Ciudad de México 2019)

jueves, 5 de octubre de 2023

El Caracol y el Sable VI

 



Las cárceles

Federico Gamboa, siendo subsecretario de Relaciones Exteriores, hizo un viaje a Veracruz en febrero de 1909. Su afán era conocer la prisión de San Juan de Ulúa para escribir algunas páginas de su novela La llaga. Gamboa, víctima del "documento humano" de los escritores naturalistas, pretendía encerrarse con los presos unas horas. Comunicó su propósito al director de la prisión, general José María Hernández, y éste le respondió en lenguaje llano:

-No se lo aconsejo, mi estimado subsecretario, pues correría usted el riesgo de que estos bárbaros, me lo violaran…

Gamboa, conducido por el propio Hernández, vio los calabozos y las tinajas de Ulúa. Escribió en su Diario: "...me enseñó los no menos espantables calabozos que apellidan, respectivamente, el "infierno", el "purgatorio", el "limbo" y la "gloria", que yo necesitaba ver con mis ojos para describirlos en mi libro. Todos ellos tenían inquilinos, y quiso mi mala estrella que en el "limbo" llevarse más de un año de estar aislado, incomunicado, el rebelde don Juan Sarabia, quien en las sombras de aquella especie de cisterna cálida y oliente a sudor y a mariscos, en camiseta y calzoncillos, se levantó del asiento que ocupaba para responder a nuestros buenos días. Me horroricé por dentro..." a pesar de su horror, Gamboa -así lo recordaría año y medio después Juan Sarabia- comentó: "Qué fresco, parece que estamos en la playa…"

Cuando visitó Gamboa San Juan de Ulúa, estaban prisioneros los líderes de la huelga de Cananea y los participantes en el asalto a Ciudad Juárez en 1906, a quienes se les acusaba, a  más del delito de rebelión, de "ultrajes al Presidente de la República", homicidio, robo de valores y destrucción de edificios. El trato a los presidiarios era cruel, inhumano. Había cantina y a los ebrios los perseguían los carceleros -así lo describió Esteban Baca Calderón- nervio de toro en mano, para golpearlos. No pocos murieron a palos. Periodistas y obreros -contados líderes de los trabajadores; casi todos los acusados de sedición morían en Valle Nacional o Quintana Roo- descargaban carbón de los transportes a los buques de guerra. De los testimonios de San Juan de Ulúa, el de Enrique Novoa, capturado en la rebelión de 1906 en Acayucan, es imborrable: "Las paredes se tocan y están frías, como hielo, pero es un frío húmedo y terrible que penetra hasta los huesos, que cala, por decirlo así. A la vez el calor es insoportable, hay un bochorno asfixiante; jamás entra una ráfaga de aire, aunque haya norte afuera. Las ratas y otros bichos pasan por mi cuerpo, habiéndose dado el caso de que me roan los dedos... Procuro dejarles en el suelo migas de pan para que se entretengan. Hay noches que despierto asfixiándome, un minuto más y tal vez moriría, me siento, me enjugo el sudor, me quitó la ropa encharcada y me visto otra vez para volver a empezar. Cuando esto sucede, rechino los dientes y digo con amargura ¡oh pueblo! ¡oh patria mía!" Los prisioneros que sobrevivieron reanudaron la lucha emprendida.  Veintisiete años después de las reformas a los artículos 6° y 7°, de las subvenciones a los periódicos, de la clausura de los diarios independientes, de las penas corporales, del acoso y el hambre, la prensa de oposición era invencible. Rafael de Zayas Enríquez, en sus Apuntes confidenciales para Porfirio Díaz verdadero informe de la situación nacional hacia 1906 y cuyas páginas recuerdan las de los visitadores de la Nueva España, porque a más de su veracidad no carecían de advertencias- había escrito de la tenacidad de los no pocos periodistas, de su conducta sincera y de la influencia que ejercían en el país. "Creer -escribió- que la persecución puede destruirla [a la prensa] o siquiera enfrenarla, es error más craso, porque se da a cada escritor perseguido la aureola de un mártir de la libertad, y el héroe de calabozo suele convertirse en héroe de barricada." Zayas entregó sus Apuntes en agosto. Un mes antes los lectores de regeneración habían leído el Programa y Manifiesto del Partido Liberal. La batalla contra la dictadura había empezado en un periódico.


(Tomado de: García Cantú, Gastón - El Caracol y el Sable. Cuadernos Mexicanos, año II, número 56. Coedición SEP/Conasupo. México, D.F., s/f)

lunes, 18 de septiembre de 2023

Juana B. Gutiérrez

 


La insurrección y la palabra

Juana B. Gutiérrez

(1875-1942)


Juana Belén Gutiérrez Chávez nació en San Juan del Río, Durango, el 27 de enero de 1875. "Este dato debe ser importante importantísimo, porque lo han anotado con minuciosa escrupulosidad en los registros de la cárcel, cada vez que he estado ahí".

Procedente de una familia de escasos recursos, fue hija de Santiago Gutiérrez y Porfiria Chávez. Su padre ejercía oficios de campo y orfebrería según lo demandara la población, a fin de ganar algunos centavos que le permitieran sostener la casa.

A pesar de la precariedad en que creció, logró acercarse a la lectura en forma autodidacta. Su condición de clase la hizo consciente, a muy temprana edad, de la explotación e injusticias de que era víctima el grueso de los trabajadores.

Se casó a los 17 años con Cirilo Mendoza, un obrero analfabeta a quien enseñó a leer y escribir. Sin embargo, "la muerte prematura de su esposo la dejó desde muy joven en estado de viudez y con tres hijos que alimentar: los pequeños Santiago, Julia y Laura Mendoza Gutiérrez". Santiago murió a corta edad, apenas unos años después que su padre, lo que significó un duro golpe para Juana.

su vocación contestataria la aproximó al pensamiento liberal en su vertiente federalista y anticlerical. Para difundir sus perspectivas, se sirvió de su pluma y se convirtió en periodista: "A sus 22 años empezó a colaborar como corresponsal en periódico liberales y opositores al régimen porfirista: en El Diario del Hogar, fundado por Filomeno Mata y en El Hijo del Ahuizote dirigido por Daniel Cabrera.

A pocos meses de su incursión en la prensa publicó un reportaje denunciando las condiciones de trabajo de los mineros de Coahuila, mismo que fue interpretado por el gobierno como un desafío y provocó su primer encarcelamiento. Mientras purgaba su condena, gente de la localidad suplicó por su excarcelación:


A la señora Mendoza la estimamos por su abnegación y su virtud irreprochable como esposa y madre, por su inquebrantable energía y por su claro talento que será mañana gloria de nuestras letras. Si la virtud y el talento merecen consideración, deseamos que esta vez se le guarden cumplidas a la señora Mendoza en atención a la desgracia que le aflige, pues no hace aún ni un mes que se murió su padre, y en atención a la estimación que le profesamos [...] No pedimos más que sin demora se le admita la fianza.


Apenas quedó en libertad reafirmó sus opiniones pasadas y se involucró con mayor brillo en la oposición ideológica a Porfirio Díaz. Viajó a Guanajuato en 1901 y desde ahí fundó el semanario Vésper, nombre que dedicó a su hijo fallecido, quien disfrutaba observando una estrella vespertina. El lema bajo el que se rigió la publicación fue ¡Justicia y Libertad!:


Y el periódico se publicó con gran regocijo del impresor que en muy poco tiempo se había llevado todos mis ahorros. Cuando estos hubieron concluido hice vender las cabras. ¡Mis cabras! Confieso que cuando llegó ese trance tuve el impulso de volverme a la montaña, un deseo desesperado de abrazar a la "Sancha", mi cabra favorita, de remontar a las cumbres, de ver el sol; aquel sol ardiente que reverberaba en las lomas y quemaba la frente... Sí, volver a la montaña... No, decididamente yo no me volvería a la montaña mientras Porfirio Díaz fuera Presidente.


Juana marcó un parteaguas en la historia de México, pues fue de las primeras mujeres en dirigir una publicación. Desde su primer número, Vésper contó con el respaldo de los Flores Magón:


La señora Juana de Gutiérrez de Mendoza, acaba de fundar en Guanajuato un periódico liberal, Vésper, destinado a la defensa de las instituciones liberales y democráticas. Los dos primeros números que tenemos a la vista desbordan entusiasmo y fe por la sagrada causa de la libertad. Vésper, está destinado a desempeñar importante papel en este momento en que los buenos mexicanos luchan contra el personalismo entronizado, para preparar el advenimiento de una era de progreso para nuestra Patria.


La sagacidad e ironía que esgrimía Juana en sus artículos dedicados al clero y al Estado provocaron la rabia del gobernador, quien ordenó incautar la imprenta y detener a la autora de los textos que consideraba oprobiosos. Gracias a la advertencia de un amigo, la joven logró burlar a sus captores.

Se trasladó a la Ciudad de México y reanudó la edición de Vésper en 1903, a pesar de sus dificultades económicas y de que ya era identificada como subversiva por los agentes de Díaz. Desde sus páginas, reprochó a los hombres omisos su tibieza ante el yugo que los despojaba de sus derechos:


Porque sois incapaces de defender a vuestros conciudadanos, por eso lo hacemos nosotras, porque soy incapaces de defender vuestra libertad, por eso hemos venido a defenderla para nuestros hijos, para la posteridad a quien no queremos legar sólo la mancha de nuestra ignominiosa cobardía. Porque no usáis de vuestros derechos, venimos a usar de los nuestros, para que al menos conste que no todo era abyección y servilismo en nuestra época.


En el mismo año figuró como primera vocal del Club Liberal "Ponciano Arriaga", puesto desde el que firmó una protesta por el cierre de publicaciones y el encarcelamiento de periodistas liberales, gracias a ello entró en contacto con Santiago de la Hoz, Elisa Acuña y Rosetti, Antonio Díaz Soto y Gama y Camilo Arriaga. A pesar de que su labor era más que visible, nunca fue avalada por asociaciones como la Prensa Asociada de México, integrada en su mayoría por hombres cercanos al régimen.

La agitación social generada por las reuniones entre los grupos disidentes derivó en la aprensión de sus cabezas más notorias -entre ellos los Flores Magón- bajo el cargo de sedición. Juana fue a visitarlos mientras purgaban su condena y descubrió la monstruosa desigualdad que insensibilizaba a los hombres y los arrojaba al abismo del crimen.

Ella también fue encarcelada al poco tiempo, cuando Díaz sintió que había erradicado los diarios de mayor circulación y decidió encargarse de los de menor tiraje. "Vésper, que hasta entonces había sido respetado, fustigó con indignación a la tiranía, y la tiranía llena de odio se despojó del último resto de pudor y arrojó a las galeras de Belém a la Sra. Gutiérrez de Mendoza [...] y a la Srita. Acuña y Rosetti de la misma publicación."

Cuando salió de prisión siguió los pasos de sus colegas y partió rumbo a Laredo, ya que el gobierno había amenazado con clausurar al medio que le permitiera escribir a cualquiera del grupo. Llegó a territorio estadounidense, acompañada por Elisa Acuña, gracias al apoyo incesante de su amigo Santiago de la Hoz

Ya reunidos en el exilio, los periodistas relataron sus peripecias:


Hace más de 3 años que se nos persigue, pero sin resultado. Los inicuos procesos contra periódicos independientes como Regeneración, Renacimiento, Excélsior, El Hijo del Ahuizote, Vésper, El Demófilo y tantos otros en que tuvimos parte, no nos desconcertaron y tampoco nos hicieron vacilar las vejaciones personales... Efectuando una violación a la ley como nunca antes se había visto ni aún en México, el autócrata Díaz ordenó al juez de la causa contra El Hijo del Ahuizote, Excélsior y Vésper que prohibieran la publicación de nuestros periódicos.


En Estados Unidos hubo una división en el grupo de liberales mexicanos. Camilo Arriaga -hijo de Ponciano Arriaga, constituyente de 1857- había asumido un liderazgo que ponderaba la negociación con Díaz por la vía democrática, mientras que Ricardo Flores Magón promovía luchar contra él por conducto del anarquismo. La facción encabezada por Arriaga, de la que Juana formaba parte, se trasladó a San Antonio para evitar que las fricciones trascendieran. Desde esa nueva sede operativa, Vésper volvió a editarse.

la ruptura definitiva de Juana y los Flores Magón se consumó en marzo de 1904, tras la muerte de Santiago de la Hoz. De acuerdo con Enrique Flores Magón, él y de la Hoz fueron a bañarse al río Bravo e, inesperadamente, un torbellino atrapó al segundo hasta que se ahogó. Sin embargo, otras voces acusaron al sobreviviente de haber asesinado a su compañero por rencillas ideológicas. Juana, entristecida por la suerte de su amigo, suscribió la versión del homicidio y se distanció de los anarquistas.

A principios de 1906, Regeneración saludó el regreso de Vésper, pero al poco tiempo de lo acusó de obstruir el crecimiento del Partido Liberal y a Juana de difamar a sus miembros más importantes:


Reconocemos a la Sra. de Mendoza el derecho de juzgarnos como mejor le plazca y hacer esfuerzos por arrebatarnos la confianza de los liberales en provecho de ella y de Camilo Arriaga, que quisieran estar en nuestro lugar. Desgraciadamente para ellos, nuestros correligionarios están probando que prefieren estar con los que hacemos trabajos prácticos [...] que con los que sólo saben criticar, sembrar divisiones y declararse a sí mismos los más aptos, los más honrados y los más dignos de confianza.


Juana reaccionó y emprendió una campaña de denuncia en contra de los excesos de los Flores Magón, a quienes acusó de manejar los fondos de las asociaciones liberales en su beneficio y de cobrar por las conferencias que impartían. Ricardo Flores Magón hizo todo cuanto pudo por desprestigiarla profesional y moralmente:


Cuando estábamos en San Antonio supimos, eso es asquerosísimo, que Doña Juana y Elisa Acuña y Rosetti se entregaban a un safismo pútrido que nos repugnó. Pudimos comprobarlo de muchas maneras, y descubrimos que en la capital de la República no se hablaba de otra cosa entre los que conocían a las señoras "liberales" que de sus asquerosos placeres.

[...]

Nosotros pensamos que era indecoroso que se nos viera unidos a esas mujeres y procuramos alejarnos de ellas, pero sin darles a entender que nos daban asco. Doña Juana estaba acostumbrada a que yo la mantuviera y cuando vio que no le daba más dinero se volvió enemiga mía y del grupo. Ahora ha visto que los correligionarios están con nosotros y nos ayudan en nuestros trabajos y eso le ha llenado de despecho y por eso ataca. Si a ella le ayudaran los correligionarios no haría tal. Pero cómo le han de ayudar si ya muchos están enterados de sus porquerías.


El encono aumentó cuando Juana puso en duda las intenciones altruistas de los que habían sido sus compañeros:


Cuando llegamos a Laredo, el primer proyecto que [los Flores Magón] nos expusieron fue... ¡Oh! Dios de las libertades, el matemático proyecto de dar en el Teatro de aquella ciudad CONFERENCIAS POLÍTICAS SOBRE NUESTRO PAÍS A PESETA LA ENTRADA [...] esos son los REDENTORES!(?) estos son los patriotas, estos son los miembros de la Junta Organizadora, estos son, en fin, los insultadores de mujeres que rugen de rabia y despecho porque hemos sido bastante dignas y amamos bastante a nuestra patria para no llevar sus desdichas al mercado, para no vender por una peseta sus infortunios [...] Creo que antes que ser socialistas debemos ser mexicanos y entiéndase bien, por los vericuetos que pretende guiar Regeneración, ni llegaremos a ser socialistas y dejaremos de ser mexicanos.


La división involucró incluso a Madero, quien era uno de los principales apoyos económicos de los opositores y tomó partido por el grupo de Juana. Los siguientes años fueron para ella de intenso activismo, pues además de su labor periodística se dedicó a fortalecer las filas del Partido a Liberal en la lucha antirreeleccionista. Por entonces hizo amistad con Dolores Jiménez y Muro, con quien promovió la creación de distintas agrupaciones dedicadas a la difusión de ideas reformistas en contra de Díaz. También se preocupó por la participación de la mujer en la vida social y política, lo que la llevó a fundar el Club Femenil Antirreeleccionista Hijas de Cuauhtémoc.

En 1910 apoyó la candidatura de Madero y dio a conocer "la visión que entonces ella tenía de sí y la independencia de carácter que sostendría a lo largo de su vida. Afirmaba estar en posesión de su libertad, en pleno uso de sus derechos y de su soberanía, sin yugos ni cadenas, sin preocupaciones ni prejuicios, desconociendo temores y abominando cobardías, para 'nosotros no hay tiranía posible y con ser así nos basta para ser inmensamente libres'".

La oposición fue nuevamente perseguida por los esbirros de un Díaz temeroso de perder la elección presidencial. Entre encarcelamientos y homicidios, Juana siguió en pie de guerra contra el gobierno generador de la desigualdad que tanto abominaba. Cuando estalló la Revolución, la periodista demostró ser una luchadora tenaz, participó en distintas sublevaciones y, cuando al fin Madero se alzó con la victoria, abogó por quienes habían caído presos en los distintos frentes.


Con la esperanza de presenciar la transformación social que se auguraba tras la caída de Díaz, Juana recorrió las regiones campesinas del centro del país. Acompañada por Dolores Jiménez, Gildardo Magaña, Santiago Orozco y Camilo Arriaga, descubrió que la precariedad y la explotación seguían vigentes, por lo que decidió apoyar la naciente lucha de Emiliano Zapata. La tensa situación de Morelos provocó fusilamientos sumarios de los simpatizantes del zapatismo, entre los que se hallaba Orozco. Para salvar la vida de su joven amigo y alertar de las atrocidades que ocurrían en Cuautla, Juana escribió una extensa carta dirigida a Madero:


La segunda vez que vine me encontré esta desgraciada Ciudad hecha un dolor de una sola pieza, horrorizada y atemorizada ante la amenaza de ser matada por el asesino Figueroa. El crimen se consumó; Figueroa fue Gobernador y el terror comenzó a reinar en Morelos. Los habitantes de ésta emprendieron la fuga y era doloroso contemplar el éxodo sombrío de este desgraciado pueblo que se marchaba qué sé yo a dónde en defensa de la vida.

Hicimos circular unas hojas sueltas invitando al pueblo para que se preparara para las elecciones de gobernador, a fin de que en ellas hiciera triunfar a su favorito Emiliano Zapata. Esto bastó para que la persecución se recrudeciera y fueran perseguidas hasta las señoritas en cuya casa yo me había alojado. A mí misma me llamó el presidente municipal [...] y me dijo que: "Como autoridad me prohibía que hiciera propaganda electoral en favor de Zapata." Yo me reí de él y continué mi trabajo porque esa es la voluntad de este pueblo y la mía. Los vecinos quisieron que viniera Santiago Orozco, mi hijo, y lo mandé llamar inmediatamente, tocándole estar aquí el día de las elecciones secundarias. Al terminar éstas, el presidente del Colegio Electoral invitó a los concurrentes a que hicieran una manifestación para dar cuenta al pueblo del resultado de las elecciones. Los manifestantes comenzaron a vitorear a Zapata y el tal Presidente que es un Sr. Balbuena, se dirigió al pueblo diciéndole que no aclamara Zapata porque la autoridad no quería. A su vez habló Santiago y dijo que el pueblo era soberano y estaba en su derecho al aclamar a Zapata. Después, y en un lugar privado, se reunió el pueblo y Santiago les habló de la convivencia de guardar un orden absoluto para evitar que los enemigos tuvieran pretextos para perseguirlos, pero que no desmayaran; que el presidente municipal le había dicho que este era un pueblo de ladrones y asesinos, de bandidos e incendiarios, pero él que sabía lo contrario, estaría siempre al lado de ese pueblo, aunque también le llamaran bandido, ladrón e "incendiario". [...] Al martes siguiente llegaron fuerzas de Figueroa al mando de Federico Morales, y a las 5 de la tarde aprehendieron a un hombre del pueblo, fusilándolo una hora después. En la madrugada de ese día yo salí para México, a caballo, acompañándome Santiago hasta Ozumba, de donde se regresó a ésta a instancia de los mismos vecinos.

En el mismo momento en que Santiago se disponía a ponerme un mensaje a México avisándome que sacaban a Marino, fue aprendido él. Un amigo me dio aviso por telégrafo de la aprehensión de Santiago, y me dirigí al Ministerio de Gobernación y al Procurador General en demanda de garantías. Debido a esto se suspendió la ejecución de Santiago que había ordenado Figueroa, quien ya imposibilitado para consumar ese asesinato más, lo mandó poner a disposición del juez de letras de esta Ciudad. Y aquí está, preso, sin que el juez de ni un paso en el proceso, ni haya medio alguno de ponerlo en libertad. Esto es sencillamente abominable y no se nota la ausencia de dn. Porfirio Díaz.

De suerte que, en los momentos en que lea Ud. esta carta, habrá llegado ya al puesto para cuya conquista contribuimos, y nosotros, los que hemos gastado todos nuestros elementos y toda nuestra existencia por conquistar la libertad, no podemos disfrutar ni de la libertad material, lo cual no deja de hacernos reír un poco.

Le ruego a Ud. que si le es posible, se sirva decirme qué puedo esperar de Ud. en este asunto, en la inteligencia de que la libertad de Santiago me importa más que mi propia vida.


Juana volvió a Morelos y se alegró de encontrar a Orozco con vida. Hacia finales de 1912 integró el "Comité Femenil Pacificador", que tenía como finalidad informar a las mujeres sobre los inconvenientes de nuevos levantamientos armados, para que ellas difundieran ese mensaje entre sus familiares y amigos.

Cuando ya había asumido mayor protagonismo en el movimiento de Zapata, la sorprendió la noticia del asesinato de Madero a manos de los golpistas encabezados por Huerta. Para entonces ya ostentaba un grado militar y era famosa entre la tropa por haber mandado fusilar a un soldado que violó a una joven después de una batalla.

En septiembre de 1913 cayó presa acusada de conspirar contra el gobierno En complicidad con el mismísimo jefe del Ejército del Sur. En la prensa, se difundió que pasaría poco tiempo en la cárcel de Belém, pues purgaría su condena en las Islas Marías. Su hija Laura guardó fiel recuerdo de los días aciagos de la detención de Juana, de la angustia que le atormentó hasta que supo de su paradero y de los rumores que la misma autoridad hizo circular asegurando que había delatado a sus compañeros de lucha.

Sus captores la sometieron a interrogatorios, amenazas y maltratos creyendo que lograrían doblegarla y obtener información invaluable para desarticular el movimiento de Zapata, pero ella mantuvo la entereza y logró engañarlos dándoles datos y nombres falsificados:


Urrutia creía que yo estaba haciendo las grandes revelaciones y habló con Chávez y Pita de tratar este asunto con Huerta. Aquello acabó por divertirme pero mi diversión duró poco. Urrutia ordenó que me deportaran a Quintana Roo. A las 2 de la mañana Urrutia volvió, insistiendo que revelara quiénes ayudaban a los rebeldes. Era muy tonto y muy aparatoso y trató de impresionarme presentándome un papel y lápiz para que "por última vez" escribiera a mis familiares. Y se retiró a otra pieza. Por una ventana del piso alto, vi llegar a los soldados de la gendarmería montada. Aquello sí no era broma. O tal vez lo sería, pero como las deportaciones eran muy acostumbradas, yo creí en mi inmediata deportación y una verdadera angustia me encogió el estómago. "Pues ahora sí que desintegré el gabinete de Victoriano Huerta" dije para mí sola. Pero aquella triste broma me sugirió una idea que traté de poner en orden inmediatamente. Como un rayo, con esa rapidez del pensamiento y de la necesidad apremiante, imaginé los sucesos. Todo se reducía a que salieran como yo me los imaginaba. Esperé, fumando desesperadamente, pero con una apariencia tan tranquila como me era posible simular. Media hora después volvió Urrutia, insistiendo en obtener revelaciones. -Bueno, respondí simulando enojo, ¿por qué me pregunta usted a mí?, si ustedes lo saben mejor, si ustedes mismos son los que ayudan a los rebeldes... -¿Qué está usted diciendo? gritó Urrutia en el colmo de su furia. -Eso mismo. -¿A quién se refiere usted?... dígalo enseguida. -No creo que usted ignore las actividades del Sr. Lic. Calero y sus amigos. No acababa de pronunciar esas palabras, cuando Urrutia gritó llamando a Chávez y a Pita, ordenándoles que inmediatamente aprendieran a Calero, que según recuerdo era senador o no sé qué. Urrutia dio una patada en el suelo y reiteró la orden con feos modos. Los esbirros salieron contristados. Urrutia dio varias vueltas por la estancia haciendo preguntas. Yo había recobrado todo el aplomo de que me era posible disponer ante una fiera como aquélla, regocijada por el magnífico resultado. Si aquello continuaba así, Atenor Sala me pagaría la trastada de poner sobre mi pista a la policía, y de más a más con la aprehensión de Calero, la gente del gobierno de Huerta se enredaria entre sí, y por el momento no me deportarían, dándome tiempo para intentar otro recurso... Calero fue detenido a aquellas horas Atenor Sala también, Palacios y otro señor que no reconocía yo, igualmente, y el lío estaba ya, entre ellos mismos... La culpa de esta lenidad la eché sobre el licenciado Rodolfo Reyes, que había ordenado al juez que favoreciera a Sala y socios. No aseguro que así haya ocurrido, pero sí creo que aquel lío influyó poderosamente en la caída de Urrutia, Reyes, etc. Teniendo la seguridad absoluta de que el general Robles dejó el Estado de Morelos a causa de mi revelaciones. En parte estaba logrado el objeto de mi viaje.


La estrategia de Juana dio resultado y causó confusión entre los mandos huertistas. Estuvo diez meses en prisión haciéndose pasar por delatora, gracias a lo cual quedó libre y pudo trasladarse de nuevo a territorio morelense. Retomó la actividad periodística en Vésper y fundó La Reforma, desde el cual escribió sobre la problemática de los indígenas en cuestiones de tenencia de la tierra, salud y educación.

La victoria de Venustiano Carranza sobre Huerta conllevó un intento de pacificación, sin embargo, la causa constitucionalista no reconoció a Zapata como líder revolucionario y lo tachó de bandido, al tiempo que zapatistas y villistas se aliaron al advertir que no tenían cabida en la nuevo proyecto de nación.

Juana, a través de sus publicaciones, fue artífice de la resistencia zapatista y una de las principales detractoras de Carranza, por lo que pisó nuevamente la cárcel en 1916, en esta ocasión acompañada por su hija Laura, quien era su asistente.

Después de pasar casi un año en la penitenciaría, Juana fundó la Colonia Agrícola Experimental Santiago Orozco, uno de los primeros proyectos autosustentables que se emprendieron en México. El objetivo era instalar una comunidad constituida fundamentalmente por indígenas que se dedicaran a producir sus propios alimentos sin intermediarios. Aunque se les otorgaron subsidios para la compra de instrumentos de labranza, no recibieron apoyo suficiente para convertir el experimento en una forma de vida.

En 1922 Juana se incorporó a la primera campaña de alfabetización nacional promovida por José Vasconcelos. Desempeñó su labor docente en Jalisco y Zacatecas, entidades por las que viajó sin descanso impartiendo clase incluso en los poblados de más difícil acceso. "Como reconocimiento a su desempeño como maestra misionera, en 1926 se le nombró inspectora de escuelas rurales en Zacatecas. [...] Además de sus funciones [...] funda y forma parte de una agrupación de indígenas llamada Consejo de los Caxcanes, cuya finalidad fue el rescate de los valores y la dignidad de la raza y la cultura indígena."

Al margen de sus trabajos como profesora, en 1924 publicó el libro Por la tierra y por la raza, en el que denunciaba la marginación indígena propiciada por el clero y proponía la adopción de modelos autóctonos para el desarrollo social. Los comunistas criticaron su acendrado nacionalismo. Posteriormente editó y distribuyó algunos folletos en los que opinaba acerca de la realidad política después de la Revolución. En el transcurso de la guerra cristera recibió el nombramiento de directora del Hospital Civil de Zacatecas y mantuvo intacta su vocación de servicio.

Para 1932 reapareció Vésper en la que sería su última etapa. Juana redactó un texto a modo de recapitulación de todo lo que esa pequeña publicación había significado para ella y en la lucha por la construcción de un país democrático, en el que la libertad de expresión fuera un derecho:


Fue en 1901, alborada de este siglo tormentoso, cuando Vésper surgió a la vida con firmezas de roca y rebeldías montaraces que nada ni nadie pudo quebrantar, porque Vésper no surgió de los invernaderos de la civilización, surgió de las montañas, entre la aspereza del monte y la inmensidad azul, a donde no pueden llegar las fragilidades de la civilización. Abriéndose paso por entre un breñal de dificultades, Vésper vivió quince años, quince años de una vida agitada, intermitente, viendo la luz casi siempre a hurtadillas, desde el escondite sitiado por sus perseguidores, desde las prisiones por sobre el hombro de los carceleros, desde el rincón sombrío, en la tierra extraña, allí donde alumbra apenas el triste sol de los expatriados... Hoy, la sementera está cubierta de brotes, no importa si apenas se advierten perdidos entre el espeso matorral; están allí demandando cultivo, y hay que darse a la tarea de cultivar la fecunda sementera. Este trabajo es duro, laborioso, difícil, pero no imposible. Vésper es de estirpe de labradores y hará a conciencia su tarea en el campo que ayer se regó con sangre de los suyos. Después de tres lustros de luchas más intensas mientras más calladas, Vésper vuelve ya con mañaneros fueros en la misma cumbre: ¡Justicia y Libertad!


A finales de esa década, Gildardo Magaña, su antiguo compañero de batalla, la invitó a participar en el gobierno de Michoacán como directora de la Escuela Industrial para Señoritas, en la que organizó cooperativas y estudió las condiciones de trabajo de los obreros. La vida aventurera y desafiante que llevó le impidió seguir trabajando, por lo que el gobierno le ofreció una pequeña pensión por los servicios que prestó a la patria. La escritora, revolucionaria y activista Juana B. Gutiérrez de Mendoza falleció el 13 de Julio de 1942, dejando tras de sí un ejemplo de insurrección y dignidad ante la pobreza y la injusticia.


(Tomado de: Adame, Ángel Gilberto - De armas tomar. Feministas y luchadoras sociales de la Revolución Mexicana. Aguilar/Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. de C. V. Ciudad de México, 2017)

miércoles, 21 de agosto de 2019

El primer sismo, 1985



Sala 1


El primer sismo


Bostezando, con piyama y bata salgo de mi recámara a la terraza descubierta (cielo nubloso), abro la puerta del baño y entro. Descubro en un rincón a mi nieta Belit sentada en su baciniquita.
Dentro de tres meses cumplirá tres años. Me sonríe y me acerco a ella.
-Buenos días, mi niña.
Afuera el aire está un poco frío.
-Tito -vuelve a sonreír y agita su melena rubia.
Me inclino a besarla y precisamente entonces, a las 7 y 19 del jueves 19 de septiembre de 1985 (el desastre de San Juan Ixhuatepec ocurrió también en un 19, el 19 de noviembre de 1984), se inició el balanceo. “Es un temblor”, me digo de inmediato, apoyando la mano izquierda sobre la pared y tomando con la derecha un brazo de la niña, para que no se derrumbe: “Eso resultaría desastroso”, pienso.
En principio, divierte a Belit el extraño movimiento. Pero el mismo, aumentando segundo a segundo de intensidad, se alarga. Ella me mira con sus azorados ojos garzos, nota en mi rostro una angustia creciente y entonces gime y rompe en llanto. Dificultosamente trato de calmarla, sin pasar por alto que estoy en una situación tan ridícula como peligrosa. Ya luego, cuando el sacudimiento amaina y se desvanece, más o menos a los cinco minutos, logro por fin besar la frente de Belit y ella deja de llorar.
-No ha pasado nada, chiquita.
Así lo deduzco cuando, tras de enderezarme un poco aturdido, recorro el resto del segundo piso de mi casa, ya con medio siglo de antigüedad, mirando paredes y techos. Bajo al primero: cocina, pasillo comedor, estudio, baño, sala zaguán, covacha… Toda la construcción está intacta y ni siquiera una leve fisura ha dejado atrás el temblor. Reviso los muros del patio y también la fachada: nada han sufrido.
Sin embargo me sorprende que, aparte del corte de la corriente eléctrica, se ha suspendido el servicio de agua potable: ni una gota viene de la calle. No había ocurrido esto al concluir pasados temblores (posteriormente me enteraré de que a la red de tuberías la afectan tremendos destrozos -y tantos, que las deficiencias de ese servicio durarán meses en las zonas más castigadas por los sismos, mientras en las intactas los ricos derrocharán agua lavando a sus caballos y a sus autos, a la vez que van llenando sus albercas donde se meterán con juguetonas putas-).


(Instalaciones del Centro Médico, tras derrumbarse varios edificios, 1985)

Suena el teléfono.
-¿Cómo están tú y tu familia?
-Sin novedad -respondo. Y añado: -¿Te das cuenta? Es el temblor oscilatorio más prolongado y fuerte del siglo.
-No -replica mi interlocutor-, acuérdate del de 1957. Yo no podía levantarme de la cama, estuvo durísimo… Por eso se cayó el Angelito.
La posición de la escultura dorada, en la cima de la columna de la Independencia (no un ángel, sino la representación de la Niké griega: la victoria alada), se había vuelto insegura al elevarse los cimientos de la columna, junto con ésta, por la presión de las nuevas casas construidas en torno de la glorieta respectiva y las vibraciones que en el pavimento inmediato del Paseo de la Reforma causaba el paso constante de vehículos. Lo cierto es que aquella estatua, casi roto su equilibrio y fuera de su punto ideal de estabilidad, prácticamente se encontraba bailando en la punta de la columna al producirse el movimiento telúrico que la hizo caer de cabeza abajo. Hubo quien lloró viendo al Angelito maltrecho en el suelo, tras de estrellarse.
También con el temblor de 1957 se derrumbó el edificio de departamentos que un arquitecto judío les levantó a unos paisanos suyos, a los que, por no cimentar eficazmente la construcción, por dotarla de una mala estructura y por emplear en ella materiales de pésima calidad, envió al Panteón Israelita. Algo semejante sucedió aquella vez con otros edificios que cayeron o resultaron muy dañados, sin que la culpa fundamental del desastre pudiera achacarse al sismo, sino a constructores maletas o bribones… y a las autoridades sobornables, que les dieron licencia para cometer verdaderas fechorías arquitectónicas e ingenieriles.
A diferencia del temblor de 1985, el de 29 años atrás fue trepidatorio, más violento y riesgoso. Pero hay que hacer una salvedad referida al subsuelo del Distrito Federal: en 1957 no había sufrido tantas alteraciones como las que padece actualmente. Además: apenas tres millones y medio de personas se asentaban entonces en el territorio de esa división política, mientras que el número de sus moradores actuales anda por los 20 millones.

(Edificio Multifamiliar, colonia Roma, 1985)

Seguía siendo acuoso el terreno soterraño del núcleo de esa célula de población, un lecho que es parte del fondo de la cuenca lacustre del valle de México. Era jefe del Departamento del Distrito Federal don Ernesto P. Uruchurtu, quien dependía del presidente Adolfo Ruiz Cortines y, no sin ciertas fallas, lo gobernaba con talento y eficacia (un millón de veces mejor que el enano que lo precedió en el puesto: Casitas, el primo de Miguel Alemán). Uruchurtu emprendió, entre otras muchas tareas admirables, la regeneración del Distrito Federal. En cuanto a su cogollo, eliminó, por ejemplo, a los mercaderes del Portal de Mercaderes, frente al Zócalo, que convertían aquel pasaje en muladar; y a las filas de puestos, prácticamente barracas, que invadían (bajo el desastroso mando de don Ramoncito han vuelto a invadir) las calles de Correo Mayor y vecinas, por lo que en ellas no era posible la circulación de vehículos. Uruchurtu levantó mercados a los que caracterizaron su orden y su limpieza (como los antiguos tianguis aztecas admirados por Bernal Díaz del Castillo), junto con escuelas y otras edificaciones públicas puestas al servicio del pueblo. Además, cuidó del subsuelo oponiéndose al establecimiento de nuevos fraccionamientos y evitando la perforación de pozos y demás formas de succión de enormes volúmenes de agua.

(Conjunto Pino Suárez, 1985)

Los expertos en mecánica de suelos entendieron sin dificultad a qué se debió el grave deterioro sufrido por la fachada, principalmente, del Sagrario, la iglesia anexa a la Catedral Metropolitana, cuando hace más de medio siglo se rajó. La causa fue muy simple: para instalar unos excusados en plano muy inferior al de la plaza de la Constitución hubo que abrir una zanja, hacia el oriente del Sagrario. Tenía que bombearse el agua que brotó en tal agujero, pero se fue más allá y se extrajo también la que constituía el subsuelo, debajo del edificio colonial. Fracturada su estructura hídrica, aquel lecho se comprimió, dañando los cimientos, hundiendo un poco al templo y, de rebote, cuarteando su fachada y parte de su interior.


Me baño con agua lodosa: la hizo rebotar el sismo en el tinaco y baja del mismo a la regadera como si fuera chocolate.

(Clasificación y remoción de escombros, café "Super Leche", Eje Central Lázaro Cárdenas, 1985)

Salgo a la callecita de la colonia Roma Sur donde se ubica mi domicilio, a eso de las diez. Brilla el sol. No advierto nada intranquilizante, pero no tardo en oír contar a un vecino que la vieja verja de la entrada del Panteón Francés se cayó, al derrumbarse sus apoyos y bases de piedras y cemento. Por la calle de Bajío me dirijo al cementerio. Al llegar a la avenida Cuauhtémoc empieza a parecerme excesiva la cantidad de ambulancias que van y vienen -ya llevo un rato de oírlas aullar enloquecedoramente-. Veo los primeros brazos que, sosteniendo palos con flameantes trapos rojos, salen de ventanillas de automóviles y camionetas que se entreveran precipitadamente con las ambulancias. Silbatazos incesantes, repetidos claxonazos. Siento que estoy desambientado, no capto el por qué de tanto jaleo.
Cruzo la avenida y llego a la reja caída; allí están sus soportes despedazados. Entro en el panteón por la ancha calzada que termina en la capilla. A cada lado, jacarandas y, más Allá, filas también laterales de monumentos mortuorios. Un policía me detiene y le muestro mi credencial de periodista; cede y me deja en paz. Al azar tuerzo al sur por una de las vías angostas y ante mí se va dibujando la representación de las zonas urbanas maltratadas por el temblor. (El panteón al que ha lastimado ese movimiento telúrico, cuya vibración no se disuelve prontamente en la memoria, termina por resultar efectivamente un espejo del centro del Distrito Federal, que en parte voy a recorrer.)
Hay muchos sepulcros sin daños pero, entre ellos, otros que se han vuelto montones de escombros. No tardo en darme cuenta del por qué de tal incongruencia: ¿cómo es posible que algunos monumentos se destrozaran, hallándose junto a un gran número de otros que permanecen intactos, erectos? Examino las porciones desperdigadas de lo que era una alta cruz de tallo cilíndrico: la inferior estuvo clavada en el pedestal con un pedazo de varilla no mayor de cinco centímetros de largo, sin que tuviera el refuerzo suficiente de cemento. En el centro del círculo superior de ese primer eslabón surge otro cacho metálico: se encajaba en ese hueco central, no muy profundo, de la base del siguiente segmento igualmente cilíndrico, a su vez con el correspondiente fierrito, arriba, que se unía a la tercera sección del tallo de la cruz. Y así sucesivamente, hasta llegar a los brazos y al fin de la parte superior.
-Mire no más, señor -me llama la atención un enterrador, que sostiene con una mano un balde vacío y con la otra una pala-: esta cruz pudo ser tirada de un empujón por cualquiera. Y ahí tiene, varios pedazos suyos cayeron sobre la tumba vecina, jodiendo al angelito que estaba encima,
Mueve el viejo la cabeza de pelo canoso y se retira.
Hay esculturas demolidas porque sus bases resultaron perjudicadas -y las causas son varias-, más los culpables de que se derrumbaran la mayoría de las que así acabaron fueron, sin duda, sus constructores. Colocaron figuras pesadas sobre columnas débiles en ciertos sepulcros; y usaron materiales de baja calidad, cuando no indebidos, en otras. No fueron la fatalidad ni Dios los que decretaron la ruina de los grupos escultóricos. Tampoco cayeron exclusivamente por la energía del sismo, sino debido a que estaban débiles y expuestos a infinidad de contratiempos.

(Edificio de costureras, San Antonio Abad, Tlalpan, 1985)

Es falso que las normas mexicanas de construcción ya resulten obsoletas. Si se obedecen, los edificios que se erijan resistirán temblores y no perderán el equilibrio. Los que se derrumbaron durante el temblor en el Distrito Federal no fueron construidos obedeciendo a aquellas normas. Nuestra burocracia sucia, mediante sobornos, aprueba el incumplimiento de las leyes de la construcción. Muchos burócratas vendibles, junto con los que ponen el dinero a regañadientes y no aceptan gastar en medidas de seguridad, además de los contratistas que emprenden obras deleznables (más que las levantadas con arena en la playa), son culpables de las edificaciones derruidas y no precisamente por el temblor. El movimiento de la tierra nada les hubiera hecho a aquellas, de haber sido construidas con propiedad.
La permanencia del 95 por ciento de los sepulcros del panteón que ninguna avería muestran prueba que lo fabricado con tino soporta perfectamente el embate de un temblor, siempre y cuando, por otra parte, nada posterior a su edificación haya lesionado sus cimientos al atentar contra el subsuelo en que se asientan.
Por la abertura de una lápida rota descubro la calavera del muerto enterrado en la fosa respectiva, no sé hace cuánto tiempo. ¿Alguien se ocupará de reconstruir la tumba, para que su huésped quede a salvo de miradas indiscretas y, en la oscuridad, recobre la paz?


(Calle de Humboldt; al fondo, el cine Palacio Chino, 1985)

Regreso a la avenida Cuauhtémoc. Crece el estrépito de las ambulancias correlonas. Vuelvo a la esquina de Bajío para seguir hacia su paralela: Tehuantepec. Ya un montón de gente se ha apostado en la bocacalle. Un poco más al fondo, el horrible espectáculo me impresiona: a los montones de tierra que motivan las excavaciones, relacionadas con un túnel de desviación de aguas negras y que son obras anexas a las inmediatas de la línea 9 del metro, emprendidas en la cercana avenida Baja California o eje 3 Sur, se añaden ahora los súbitos cerros de escombros de lo que fue un edificio de condominios, el número 12 de Tehuantepec, de nueve pisos, y de otra construcción frontera. Muy a menudo había pasado, yendo a mi casa, frente a esos condominios, y ahora veo comprimida su altura al nivel de una casa de tres pisos. Cierta conocida me informó que había pensado mudarse allí… Siento frío al recordarlo.
El temblor acaba de quebrar en segundo la estructura de una edificación que no se levantó con las suficientes defensas para enfrentársele exitosamente. Sólo se salvaron, hasta cierto punto, la planta baja y el primer piso: el resto se encogió en forma brutal. Cayeron uno sobre otro los pisos superiores como tapas de emparedados monstruosos, entre las que murieron apachurradas, trituradas alrededor de 80 personas. Por el estilo fue el destino del edificio levantado en la acera opuesta: se diría que en estos momentos resulta la carga de un enorme bote de basura vertida en forma violenta hacia el arroyo…
Grupos de hombrecillos, salidos de quién sabe dónde, hormiguean angustiosamente sobre el par de derrumbes, medio resbalándose al subir por las superficies inclinadas de las enormes losas.
Me acerco más y tomo nota de ciertos detalles: el alambrón reemplaza a la varilla en castillos y columnas, se usaron viguetas endebles donde se requerían trabes poderosas, y el escaso cemento y la arena excesiva volvieron polvorón al relleno.
Sin dificultad imagino el origen de la catástrofe. Algún caradura adinerado llamó a un constructor corruptible y le encargó la obra, recomendándole que escatimara lo más posible en materiales, sin gastar en elementales medidas de seguridad, sobre todo antisísmicas. Terminados los condominios fueron vendidos a otras tantas familias, sin que las mismas se percataran de los riesgos internos. Luego los responsables de su pésima construcción se fueron con la música a otra parte (¿cuántas muertes más habrán causado?), mientras los propietarios y ocupantes de aquellos departamentos lujosos, ignorantes, repito, de que se habían metido en una pila de ratoneras, llenos de confianza las habitaron. Muchos de sus miembros, unos segundos antes de las 7 y 19 del 19 de septiembre, estaban seguros de poder gozar de un porvenir agradable. ¿Cómo podían vislumbrar la proximidad de una tragedia espantosa? Instantes después, la mayor parte habían dejado de existir y otros se hundían en un horrendo estado agónico. Los cadáveres destrozados de varios de ellos se rescatarán horas o días después  del temblor, en tanto que los restos de otros y el cascajo forman una mezcla repulsiva, que se irá haciendo más y más maloliente.
Es el primer edificio derruido, éste de Tehuantepec 12, que veo durante mi caminata de diez horas en la trágica mañana.


La señora Judit García, que habitaba uno de aquellos condominios, habló con Elena Poniatowska. Sus palabras las transcribe esta gran señora de la literatura periodística de primera calidad en uno de sus magníficos cuadros vivos de los días sísmicos.


El día 19 de septiembre a las 7:19 murieron mi esposo y mis tres hijos por la mala construcción del edificio de Tehuantepec 12. A mi familia no la mató el fenómeno natural, la mató el fraude y la corrupción que auspicia el gobierno de México… Quiero decir que la gente que murió no murió por el sismo, eso es mentira; la gente murió por la mala construcción, por el fraude, por culpa de la incapacidad y la ineficiencia de un gobierno corrupto… El 90% de los habitantes de Tehuantepec 12 quedó muerto… Que quede bien claro que no fue un problema sísmico, sino un problema de asesinos que están en el poder y no les interesa la vida de los niños… A la gente que perdió a sus seres queridos -yo perdí a mis tres niños y a mi esposo- les pido que tengan fuerza y se indignen, acusen, se organicen, porque es un escarnio, una burla que en un momento dado, un asesino como Guillermo Carrillo Arena esté al lado del Presidente encabezando pomposamente un Fondo de Reconstrucción.


Otro habitante de la trampa mortal de Tehuantepec 12, el ingeniero Raúl Pérez Pereyda, que ahí perdió a su esposa, a su hija y a dos nietos suyos, también fue escuchado por Elena: 


Durante los tres días que duró el rescate de mi familia, nunca vi a un solo zapador, un solo pico, una sola pala verde del ejército o de la policía. Toda la ayuda fue exclusivamente de voluntarios. El ejército llegó, es cierto, a acordonar la zona, a estorbar, a robar. Delante de mis ojos robaron dinero y joyas. Puedo testificarlo en cualquier momento, porque lo considero un acto de valor civil. Tengo nombres de personas del ejército que se robaron vilmente y delante de nuestros ojos joyas y pertenencias de todos los condominios y que impidieron que voluntarios que iban gentil, bondadosa, valerosamente a ayudar al rescate, subieran.

(Hotel Regis, y voluntarios; 1985)

Pero el buenazo de Juan Arévalo Gardoqui, secretario de la Defensa Nacional, declara: “Sé perfectamente que las medidas de seguridad y orden no son del agrado de muchas personas, máxime si están afectadas sentimental y emocionalmente por las tragedias, en especial cuando sus parientes están muertos o en peligro de fallecer… ¿Qué es preferible, salvar vidas o causar más muertes? Si no se hubieran aplicado las medidas disciplinarias, muchas personas hubieran intentado ingresar en los edificios dañados y con toda seguridad la mayoría de ellas, debido a su desesperación, no hubieran salido de ellos.” (18-X-85.)
Lo cierto es que, en la mayoría de los casos, la tropa estorbó las labores civiles de rescate, importándole poco que se perdieran miles de vidas. Amenazando a quienes podían, nacionales o extranjeros, muchos soldados querían dedicarse en santa paz al pillaje dentro de las ruinas o los edificios averiados, en torno de los cuales se extendieron mecatitos horizontales. Ocurrió, sí, en tal forma: los soldados, en general, utilizaron armas de alto poder para amedrentar a pacíficos ciudadanos (de cuyo trabajo e impuestos dependen), cuando que debieron echar mano de herramientas adecuadas, descombrar y arrancar seres vivos de la muerte. Algunos lo hicieron.


Habré de establecer mi paseo, durante la mañana del 19 de septiembre, varias constantes. Tal como la citada estafa arquitectónica del judío, que se despanzurró en 1957, muchos de los edificios caídos entre las 7 y 19 y las 7 y 25 se distinguían por no estar cimentados debidamente (sus pilotes eran enclenques), por su mala armazón metálica (en los escombros se descubre, entre otras anomalías, que se emplearon vigas de tres octavos para sostener plantas en que se acumularon grandes pesos) y porque en ellos hubo muchos materiales deleznables o que no eran los indicados. Llegó el temblor e hizo que se desplomara lo que por fuerza tenía que desplomarse. ¿Por qué a los edificios más altos, situados precisamente en la zona sísmica por excelencia del Distrito Federal, nada les hizo; por qué, después del temblor, siguen en perfectas condiciones la Torre Latinoamericana, la de Pemex, el Hotel de México [actualmente World Trade Center], la sede de la Compañía Mexicana de Aviación y otras construcciones similares? Pues porque fueron fabricadas a consciencia, sujetas a las normas más rígidas de seguridad.
Segunda constante: un crecido número de los edificios derrumbados hospedaban oficinas de gobierno, escuelas públicas (en las que tuvo que ver el distinguido arquitecto Francisco Artigas, multibillonario), hospitales y edificaciones erigidas por el gobierno o por mafias de líderes sindicales para “el bienestar de la gran familia de los trabajadores” (tantán). Tampoco se puede culpar a la temblona madre tierra de esas desgracias, en rigor causadas por la ineptitud y la corrupción: las peores y más victoriosas enemigas de México. Los encargados de levantar todo aquello que luego el sismo derrumbaría son cuatitos de los influyentes o contratistas ladrones, con fondos para cubrir la mordida necesaria que les permita construir edificios gubernamentales, con el temblor vueltos acordeones mal cerrados y desbordantes de caliche, ladrillos rotos, viguetitas torcidas, alambrones engarruñados y nubes colosales de polvo.
Tercera constante: además de edificios de condominios, no son pocos los hoteles a los que el temblor hizo mierda o dejó muy maltratados interiormente, como el California, casi en la esquina de Baja California y Cuauhtémoc; el Benidorm, en Cuauhtémoc cerca de San Luis Potosí, o el hotel del Prado (que, gracias a la millonaria compra de un peritaje balín, favorable a la construcción, será reparado para volver a funcionar y caerse totalmente en el próximo sismo). En la edificación de éstos y otros elefantes se evitó gastar en elementos indispensables, prefiriéndose el acabado de relumbrón. La seguridad quedó en entredicho.
Téngase en cuenta que el cuerpo principal del hotel Regis, el del centro, resistió el temblor (aunque no al incendio que estalló en sus calderas, por lo que finalmente se procedió a demolerlo). En cambio, sus anexos laterales, de factura mucho más reciente que aquella parte antigua,la de las columnas, se desmoronaron durante el movimiento telúrico. No hay que olvidar, además, que los cimientos de todo el conjunto fueron dañados por las obras de la línea del metro Indios Verdes-Universidad.

(Voluntarios en Tlatelolco, 1985)

Jamás la Secretaría de Turismo, ni la de antier ni la de ayer, dirigida en el sexenio de su todopoderoso amiguín por la señora que intentó dárselas de periodista, fracasando rotundamente (muchas majaderías más cabe esperar de tamaña rorra); ni la de ahora, manejada por un ingenuo que anuncia en el extranjero a México, señalando con alborozo la debilidad patológica, siempre creciente, de su moneda; jamás la Secretaría de Turismo se ha ocupado de vigilar la erección de hoteles, para así garantizar a los turistas su resistencia antisísmica.
Tampoco sufrió con el temblor la tienda de Salinas y Rocha, pegada al Regis, cuyo fuego resultó el origen de su destrucción.
Cuarta constante: la serie continuada de derrumbes en las cercanías de cada línea del metro (en la antigua región lacustre y, a la vez, de notable carácter sísmico). Los edificios víctimas no fueron manifestaciones de arquitectura de alta categoría, pero varios pudieron mantenerse en pie, pese al temblor, si encima no los hubieran debilitado los trabajos requeridos en la instalación de tales caminos con sus estaciones, vías, túneles… Los taladros neumáticos que día y noche rompieron el pavimento de la calle, haciendo vibrar las bases de las construcciones próximas; las máquinas brontosáuricas que, sacudiendo ferozmente el terreno abrieron anchas y profundas zanjas, y los sistemas de bombeo de agua que no sólo echaron fuera a la de las excavaciones, sino asimismo a la del subsuelo de zonas aledañas, se comportaron como enemigos acérrimos de la estabilidad de las construcciones erguidas frente a la avenida bombardeada bajo la cual, además, empezaron a correr trenes subterráneos que, durante 18 horas diarias, hicieron cimbrarse los alrededores con todo y sus edificios -y ese traqueteo, por supuesto, sigue y seguirá-.


He hablado de edificios tumbados, sin olvidar a los seres vivos que entre sus ruinas quedaron presos, o a las mujeres y hombres, grandes y pequeños, que murieron inmediatamente dentro de ellos, a menos que perdieran la vida afuera al caerles encima la fachada de alguna construcción, como los pasajeros de un autobús que aplastó al venirse abajo la fachada y parte de los pisos del hotel de Carlo, en la Plaza de la República.
Según es usual, el gobierno reduce el número de víctimas al mínimo, como ya señalé. ¿Remordimiento de conciencia? Quizá. Aunque más bien se trata de adaptar el dato para que sea digno de exhibirse en el escaparate de mentiras públicas: pocos muertos, pocos lesionados, pocos desaparecidos. Las naciones extranjeras nos vigilan. Sonriamos, no pongamos rostros fúnebres. Recordémosles que somos fuertes. (A México los temblores le pelan los dientes.)
Procedió así el gobierno al ocurrir el desastre de San jUan Ixhuatepec. ¿Por qué? Porque en el mismo, mediante Pemex, el gobierno tuvo enorme culpa. Y gran culpa ha tenido en la terrible desventura que a partir del 19 de septiembre de 1985 aqueja al pueblo del Distrito Federal.
Naturalmente, en las acciones del gobierno la congruencia siempre está ausente. Podría esperarse que, si lo avergonzó la catástrofe de San Juanico, trataría después de evitar una más en lo futuro. Pues no es así. Aquel pueblo infeliz se encuentra ahora en la misma situación de inseguridad que antes del 19 de noviembre de 1984. El gobierno federal no ha puesto reparos a que Petróleos Mexicanos mantenga, en el inmediato derredor de San Juan Ixhuatepec, gigantescos depósitos de combustible; ni que a un tiro de piedra del parque de San juanico funcionen las instalaciones de las gaseras privadas: Vel-A-Gas, Bello Gas, Uni Gas, Gas y Servicio… Un dirigente de los damnificados comenta: “Aquí cambió el paisaje, pero sólo en el centro y en los lugares donde eran más visibles los efectos del desastre. Fuera del jardín y de la escenografía que aquí se instaló, el drama persiste; el temor y la zozobra son permanentes entre el vecindario; y es que seguimos rodeados de peligros.”
Lo mismo ocurrió y ocurrirá en el Distrito Federal: ablandados con sobornos, diversos funcionarios gubernamentales expidieron licencias de construcción de matamoscas, y esos mismos o sus herederos otorgan dictámenes periciales en favor de la rehabilitación de construcciones muy dañadas y que más bien deberían demolerse.

(Parque Deportivo "Delta", del IMSS, usado como morgue, 1985)

Era lógico, debo insistir, que un sismo más o menos intenso, como el del 19 de septiembre de 1985 (si etimológicamente fue un terremoto: movimiento de tierra, semánticamente no tuvo las características cataclísmicas de un terremoto verdadero), hiciera trizas a castillos de naipes, a palacios de arena. Mucha  culpa ha tenido igualmente el gobierno en la conformación acuanosa del subsuelo del Distrito Federal cavándolo, perforándolo, abriéndole pozos y permitiendo que en otras formas se le saque el agua necesarísima para mantener el equilibrio interno de un territorio consolidado sobre los antiguos lagos del Anáhuac. Construidas sobre el soterraño lecho acolchonado por la humedad, las joyas coloniales soportan sin mella el paso de los siglos. Pero si ese fondo lodoso se reseca al quitársele su agua, tiende a encogerse y a perjudicar indirectamente las cimentaciones de las casas que sobre él se han levantado, restándoles vigor y haciéndolas presas fáciles de un sacudimiento telúrico.


Decía que el número oficial de víctimas del fenómeno -muertos, heridos, gente que se queda sin casa de un día a otro, huérfanos abandonados a su suerte- no corresponde a la realidad. De cualquier manera, hayan sido sólo decenas o hayan sido miles de los que murieron, piénsese en la segunda división de los mismos. A la primera la forman aquellos que instantáneamente fallecieron -golpeados, prensados por muros o techos de sus habitaciones, de los despachos a donde acababan de llegar, de las fábricas clandestinas de ropa en las que trabajaban, de las aulas escolares donde abrían libros y cuadernos o de los cuartos moteleros en cuyas camas se daban los últimos besos-. La segunda división corresponde a la de quienes sufrieron una larga agonía antes de morir. Hundidos en escombros de los que no pudieron salir, sus quejumbres tristísimos escuchados en el exterior no les sirvieron de nada. Y al cabo de horas o días la muerte los acalló. 

(Voluntarios en la Cd. de México, 1985)

Hay que insistir que el gobierno tuvo una abrumadora responsabilidad en todas las muertes, en todas las heridas, en todas las desgracias que, por inercia, se atribuyen exclusivamente al sismo del 19 de septiembre. Muchas niñas, muchos muchachos (como los de la secundaria 3, de la avenida Chapultepec, horriblemente destrozada); muchos veladores, intendentes, mozos, personal de limpieza y demás empleados que se hallaban en la Secretaría del Trabajo y en diversos edificios oficiales derrumbados de golpe al ocurrir el movimiento oscilatorio que padeció el Distrito Federal aquel jueves 19, no hubiera muerto si no padeciésemos autoridades amorales y constructores canallas. (Como se descubrió en el caso de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social -¡!-, su edificación de siete pisos contaba con cimientos destinados a soportar el peso de sólo tres.)
-Cuando un edificio se cae, al primero que quieren culpar es al arquitecto -refunfuña Mario Pani, autor de los proyectos del multifamiliar Juárez donde los derrumbes mataron a mil personas y dejaron sin vivienda a cientos de sobrevivientes. -Yo no creo que haya culpables -replica otro arquitecto: Enrique Yáñez, a quien se deben el Centro Médico del IMSS y 17 hospitales (parte de los cuales se desplomaron, mientras casi todo el resto quedó para demolerse). Añadió este cínico carcamal: -Mi labor es ajena a las consecuencias sísmicas. ¡Carajo!, yo no soy calculista.
El pueblo debería lapidar a tales genocidas. Genocidas son, entre otros, los responsables de la erección de construcciones derrumbadas por el temblor o que tras de éste sólo quedan para la piqueta, en el multifamiliar Juárez, en el Centro Médico, en Tlatelolco, (por cierto que el perito antisísmico Emilio Rosenblueth tuvo a su cargo calcular las estructuras de las construcciones tlatelolcas que el temblor tiró o dejó muy dañadas).
Sí, a todos esos se les debería castigar matándolos a pedradas.


(Tomado de: Nikito Nipongo (Raúl Prieto Río de la Loza) - Museo Nacional de Horrores. Ediciones Océano, S. A. México, D.F., 1986)