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martes, 23 de diciembre de 2025

Cañón de Aculco, Estado de México

 


Cañón de Aculco, Estado de México 


Descripción del lugar.- Notable caída de agua de gran caudal durante el verano y cuyo lecho corre por una calzada de columnas basálticas de más de 50 mts y un cañón de curso regular que presenta vegetación de pino, ocote y encino, por lo que hacen de ella un lugar recomendable para visitarla caminando. La cascada se ubica en la bella población de Aculco, cuyo nombre significa "en el lugar del agua torcida", fundada en 1540 y que aún conserva su carácter original de calles empedradas. 

Cómo llegar,- Desde la capital del estado tome la carretera núm. 55 que va a San Juan del Río, Querétaro. Después de recorrer 120 km se encontrará Aculco de Espinoza, en la plaza principal de este poblado (10 minutos) está el camino que conduce a esta hermosa cascada. 

Servicios existentes.- Aculco cuenta con gasolinerías, hoteles y restaurantes. 

Equipo necesario.- Ropa fuerte y cómoda, botas de media montaña o tenis de acercamiento, sombrero o gorra, mochila y lámpara, así como suficiente agua. 

Duración de la excursión.- Como el camino para Aculco es de fácil acceso el recorrido puede realizarse en un día. Si desea realizar esta excursión con gente especializada o mayor información llame a la Asociación de Excursionismo del Instituto Politécnico Nacional.


(Tomado de: Guía México Desconocido, edición especial, Guía número 22, lugares para excursionar. Editorial Jilguero, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1995)


Mira un video de Aculco aquí:


lunes, 18 de mayo de 2020

Leyenda del callejón de López


El callejón de López

[Juan de Dios Peza, 1852-1910]


I

Triste, muy triste, sintiendo

dentro del alma ese dardo

que clava artera la envidia

a todo el que tiene mando:

en una tranquila noche

del voluble mes de marzo,

y bajo la espesa sombra

de un fresno, al borde de un lago,

así Hernán Cortés hablaba

con uno de sus soldados

que de lealtad y bravura

mil pruebas le dio en el campo:

-Después de tantas fatigas

y de sacrificios tantos

la suerte nos es adversa

y es menester hacer algo.

-Señor, en todas las cosas

igual que en todos los casos

disponed de mi persona

porque os sirvo con agrado.

-Martín, me habéis conocido

en los peligros más arduos:

como con Dios siempre cuento

ni vacilo ni desmayo,

pero me encuentro afligido

ya que no desesperado.

-Larga es la lista de muertos.

-Y más larga la de obstáculos.

-Para vos son allanables

cuantos encontréis al paso.

-Nunca llegué a suponerme

que el monarca mexicano

tuviera por valladares

inexpugnables los lagos.

-Son extensos y profundos.

-Y carecemos de barcos.

-Ese argumento no debe

ni un instante preocuparos.

-¿Encontráis manera fácil,

mi buen Martín, de evitarlo?

-¡Fácil! no, señor; segura.

-¿Segura decís? -Es claro;

y permitidme que os abra

mi corazón, siendo franco,

muy mal os juzgué en un tiempo.

-¿Por un hecho? -Y muy extraño.

Al pisar la Villa-Rica,

en el porvenir pensando

cabe un peñón imponente

hicisteis hundir las naos.

-Así lo juzgué preciso,

porque si las dejo en salvo

hubieran sido un refugio

de cobardes y de ingratos.

-Bien hecho está lo que hicisteis,

y yo, al reprobar tal acto,

os vi guardar el velamen

y las anclas y los palos,

y burlé vuestro capricho

que aquí con el alma alabo,

puesclo que llamé torpeza

se ha convertido en milagro.

-¿Milagro decís?

-No hay duda.

Sólo Dios ve los arcanos

que en lo futuro se esconden.

y es Él quien vierte sus rayos

para que pueda sin ojos

el pensamiento mirarlos.

-Explicad vuestras palabras.

-Muy claras son, don Hernando.

¿Quién al tocar esta tierra

y en un puerto tan lejano,

de guardar anclas y velas

os dio consejo tan sabio?

Hoy al ver estas lagunas

vuestra previsión acato,

y puesto que disponemos

de numerosos esclavos

y que tienen estos bosques

material hermoso y vasto,

nada tamáis ni os arredre,

fabricaré nuevos barcos,

servirá cuanto guardasteis

para bien aparejarlos,

y así que Dios lo disponga

y nos deis vuestra mandato

flotarán sobre estas olas

y a su impulso soberano

ganaréis a vuestra antojo

para el rey nuevos vasallos.

-Mucho hicisteis, Martín López,

por Castilla, y a mi lado,

pero lo que haréis, os juro,

que colmará mi entusiasmo;

ejecutad bien y pronto

lo que me habéis puesto en claro,

y Dios y el Rey darán premio

a tan ejemplar trabajo.

Disponed sin tasa alguna

de recursos y de brazos,

que la gloria de Castilla

Encomiendo en vuestras manos.



Y dichas estas palabras,

aquel alto abandonaron,

siguiendo distintos rumbos

don Martín y don Hernando;

éste volviendo su rostro

hacia un punto muy lejano,

conjunto de pobres chozas

en el confín solitario,

dijo exhalando un suspiro,

lento, profundo y amargo:

"Allí en Coyoacán quisiera

un religioso descanso

donde ajeno a toda pompa

ir a llorar mis pecados,

que en el peso no son leves

y en el número son largos".

Y entróse luego a su tienda,

mientras en el cielo diáfano

brillaba en ella la luna

retratándose en el lago.

II

No se hundió por veinte veces

el indio sol en ocaso

sin mirar a Martín López

dar comienzo a su trabajo.



Mandó Cortés que a Tlaxcala

fuese Sandoval Gonzalo

seguido de escopeteros

con algunos de a caballo;

y con muchos tlaxcaltecastlaxcaltecas

y con doscientos soldados,

llevando en su compañía

a los mancebos de Chalco,

para que a viejos y a niños

pusieran doquier en salvo,

y se trajeran de prisa,

sobre sus hombros cargando,

cuanto menester hubiera

López para hacer los barcos.



Y estas órdenes cumplidas

tales como se mandaron,

vieron se cruzar en breve

por los montes y los campos

más de ocho mil tlaxcaltecas

seguidos por otros tantos,

con madera y tablazones

que en Soltepec levantaron;

y que no bien depusieron

su carga ante don Hernando,

con grande peligro al verse

en tierra de mexicanos,

ofreciéronle gustosos

aportar nuevo recaudo

siempre que los ballesteros

les custodiaran el paso.



Con bastimento tan rico

López comenzó su encargo;

Diego Hernández, Andrés Nuñez

y Ramírez ayudaron

con Aguilar hasta el punto

en que las naves se armaron,

y puestas jarcias y velas

y los mástiles clavados

tres veces ponerles fuego

los de Tenoch intentaron.



Abrióse al fin ancha zanja,

y millares de vasallos

los vistosos bergantines

en la honda cuenca dejaron.



Buscó luego entre los suyos

hombres de mar don Hernando,

gentes que fueran nacidas

en Triana, Moguer o Palos

y mandóles que remasen

por más que fueran hidalgos.

Y diéronle así a las velas

con pompa las nuevas naos,

con banderas, estandartes,

flechas, macanas y arcos,

ente vivas estruendosos

a los reyes castellanos,

que lombardas y arcabuces

con las salvas saludaron.

Las ondas claras y tibias

del virgen hermoso lago

se estremecieron sintiendo

los bergantines hispanos,

y las gotas que en las quillas

como lágrimas temblaron

eran la expresión del duelo

de un imperio conquistado.



Al ver los trece bajeles

sobre las aguas surcando

con las jarcias y el velamen

que Cortés consigo trajo,

cuentan veraces testigos

que el conquistador ufano

le dijo así a Martín López

estrechándolo en su brazos:

"Os deberé la victoria,

porque vos me habéis salvado

negando toda defensa

a los reyes mexicanos".

III

De tan memorables hechos

transcurridos unos años,

sólo vivió Martín López

en un solar apartado;

mirábanle con respeto

por ser hombre de trabajo

y porque no trató nunca

a los indios como esclavos.

Algunos de los caciques

que lo encontraban al paso

murmuraban con tristeza

en sus desgracias pensando:

"Sin tan hábil marinero

Cortés no hubiera ganado,

que más que los arcabuces,

las lanzas y los caballos

el triste fin del imperio

López logró con sus barcos".

El marinero ausentóse,

pero jamás lo olvidaron,

que al sitio donde habitara

sin honores y sin rangos

bautizaron con su nombre

los propios y los extraños.


(Tomado de: Peza, Juan de Dios – Leyendas históricas, tradicionales y fantásticas de las calles de la Ciudad de México. Prólogo de Isabel Quiñonez. Editorial Porrúa, S.A. Colección “Sepan cuantos…”, #557, México, D.F., 2006)

lunes, 24 de febrero de 2020

Leyenda de la calle de La Perpetua


La calle de la Perpetua

[Juan de Dios Peza, 1852-1910]

Una eterna soledad;
una ancha plaza desierta
y una casa que en verdad
revela que por su puerta
da entrada a la eternidad.

Casa terrible y sombría
que corona un esquilón
que en la noche y en el día
lanza el toque de agonía
de la Santa Inquisición.

A pobres encarcelados
ninguno asomar los ve,
pues tan sólo enmascarados
salen, para ser quemados
en algún auto de fe.

Los muros que azota el viento
no le permiten salir
ni al desgarrador lamento
del que en medio del tormento
miente para no sufrir.

En la noche más serena
un rumor que da sonrojo
parte el corazón de pena:
¡Siempre cruje una cadena!
!Siempre rechina un cerrojo!

Siempre está la pared muda;
y el antro en silencio eterno;
la puerta pesada y ruda
es negra como la duda
y horrible como el infierno.

Todo repugna y espanta;
todo da miedo y pavor
y se anuda la garganta
al llamarle casa santa
a la casa del dolor.

La calle está abandonada;
quien por ella cruza, reza,
y por triste y por odiada
es por el pueblo llamada
de la Perpetua Tristeza.

Hasta en nuestra alegre edad
como triste le da fama
su constante soledad,
y el pueblo en nuestra ciudad,
de la Perpetua le llama.

En ella surge y domina
la inolvidable mansión
que hoy el saber ilumina...
¡Se tornó la Inquisición
Escuela de Medicina!



(Tomado de: Peza, Juan de Dios – Leyendas históricas, tradicionales y fantásticas de las calles de la Ciudad de México. Prólogo de Isabel Quiñonez. Editorial Porrúa, S.A. Colección “Sepan cuantos…”, #557, México, D.F., 2006)

viernes, 29 de noviembre de 2019

El lépero, criminal en potencia

Lépero (Litografía de Claudio Linati)

El lépero, criminal en potencia

Uno de los personajes a quien la sociedad tolera y teme, que se pasea impunemente por las calles sin que nadie sepa a ciencia cierta de qué vive, qué quiere o qué piensa, es el lépero. Es gente conocida que deambula por todos los barrios y es producto, sin duda, de la crisis social y económica que padece nuestro país.
El lépero también es conocido como pelado, por las veces que caía en la cárcel, o porque no tenía camisa ni forma honrada de vida. En la época virreinal eran conocidos como ensabanados porque apenas cubrían un poco su desnudez, pelados, con una sábana o manta. Un viajero norteamericano, Franz Mayer lo describe así:

Ennegrezcamos a un hombre al sol; dejemos que el pelo se le ponga largo y enmarañado, o que se le llene de sabandijas; que se empuerque con todas las inmundicias de la calle durante años sin que jamás sepa de toallas o de cepillos, ni lo toque el agua, salvo cuando hay tempestades; que a los veinte años se ponga un par de bragas de cuero y las lleve hasta los cuarenta, sin cambiárselas ni lavarlas nunca; encima de todo eso coloquemos un sombrero ennegrecido y agujereado y una blusa harapienta, manchada de abominaciones; añadamos ojos feroces, dientes brillantes y rostros aguzados por el hambre, pechos desnudos y bronceados, y (si son hembras) dos o tres miniaturas de la misma ralea que trotan en pos, y, de seguro, otra liada con correas a la espalda; combinemos todas estas cosas con la imaginación y tendremos la verdadera efigie del lépero mexicano [...]. Allí, en los canales, por los mercados y en las pulquerías, se pasan el día entero los indios y estos parias abyectos comiendo desperdicios, riñendo, bebiendo, robando y durmiendo la mona en el suelo, mientras en torno a él sus hijos gritan de hambre. Por la noche se escabullen para meterse en estos arrabales y se acurrucan en los suelos húmedos de sus madrigueras, para dormir los efectos de la bebida y despertarse a la mañana siguiente para dar comienzo a otro día de miseria y de crimen. ¿Será cosa para asombrarse el que en una ciudad en que tan inmensa proporción de los habitantes son gente de esta calaña (sin esperanza en lo presente ni en lo porvenir) ocurran asesinatos y robos?


(Tomado de: Sánchez González, Agustín - Terribilísimas historias de crímenes y horrores en la ciudad de México en el siglo XIX. Ediciones B, S.A. de C.V., México, D.F., 2006)

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Los arcos del amor, Querétaro



El amor llevó el agua a los queretanos… y los abasteció durante más de doscientos años.
Fue el amor lo que provocó se construyeran los que serían el símbolo del Estado queretano: los arcos.
Mil doscientos ochenta metros de arcos… 74 que se empezaron a construir hace 260 años y se terminaron doce años después… de entonces a la fecha han resistido el paso del tiempo, imperios, revoluciones y no dudamos que todo se deba al amor: El del protagonista y creador de la obra hacia una joven monja… Don Juan Antonio de Urrutia y Arana vivía en la capital, donde se enamoró de la joven a quien sus padres mandaron al convento capuchino en Querétaro… todo para alejarla de las tentaciones que el marqués, hombre casado, le provocaba.
El Romeo mexicano, al saber del traslado de su dama a Querétaro, la sigue y se instala junto con su familia a dos casas del convento capuchino… y dicen las malas lenguas que visitaba a su Julieta con frecuencia… no quería que nada le faltara, y como en aquel entonces le faltaba el agua, prometió dota a su amada del preciado líquido.
Una promesa ambiciosa, pero que el marqués cumpliría… Encontró a 19 kilómetros de la ciudad una fuente natural de agua y mandó construir un drenaje de cantera desde allí hasta el sitio en donde quedarían sus arcos para llevar el agua a su amada… Le llevó doce años para que los arcos funcionaran como acueducto, pero cumplió su palabra, la novia recibió el agua, lo mismo que toda la ciudad de Querétaro. Y no sólo eso, sino que los arcos que se iniciaron por la magia del amor continúan ahí, ya no surtiendo agua, pero sí como símbolo inconfundible de Querétaro… Arcos de 23 metros de alto y de dos metros los más bajos, todos de cantera y mampostería, se encuentran prácticamente como cuando fueron construidos… y todo ello lo agradecen los queretanos, sobre todo los del pueblo de La Cañada, que le mandaron hacer una estatua al marqués… Años después la estatua fue llevada a Querétaro para restaurarla y a su vuelta fue recibida con todos los honores. “Como si se tratara de la procesión de un santo”, dicen, acompañaron a la estatua con flores, cohetes y música. Un justo reconocimiento para quien dio tanto por amor… ¿Y a cambio qué? podríamos preguntar. Pues a cambio de nada, se supone, porque dicen que fue un amor platónico el del marqués por la monja y viceversa… Lo cierto y lo mágico es que los arcos permanecen como recuerdo del agua que llegó por amor.


(Tomado de: Sendel, Virginia - México Mágico. Editorial Diana, S.A. de C.V., México, D.F., 1991)



martes, 19 de febrero de 2019

Las calles de Tasco



Imposible imaginar seres más caprichosos, más locos que las calles de Tasco. Odian la línea recta por su fealdad matemática; detestan la horizontal por su falta de espíritu. Aquí, en Tasco, las calles avanzan, suben, descienden, tuercen a la izquierda, después a la derecha; de pronto se encabritan en una barranca, o se arrepienten y regresan al punto de partida. ¿Quién dijo que las calles fueron inventadas para ir de un sitio a otro, o para dar salida a las casas? Las calles de Tasco existen como entes de sinrazón, lo cual justifica su existencia más que si lo fuesen de razón. Algunas son puramente decorativas como el espacio que se abre, hacia algo desconocido, entre los bastidores de una trascendental decoración de teatro. Otras quieren ceñir a la población, viboras rellenas de plata alrededor del abdomen excesivo, y renuncian, desmayan lánguidas y se pierden en la ladera de un cerro. Después inventan un pretexto para reanudarse, pero no donde debieran, sino en el sitio que a su pereza conviene.

Las calles de Tasco llevan una ventaja sobre las de otros reales de minas, como Guanajuato o Zacatecas, y es que no hay en ellas esas odiosas escaleras; todas son en forma de rampa, aunque tengan cuarenta y cinco grados de pendiente y los tacones se claven, como garras, en los intersticios del empedrado. ¡Qué románticas, de noche, con su vetustez, su silencio y su farol colonial en la esquina! Cale hay que no tiene en su ámbito una sola puerta o ventana; admirable para un idilio de sordomudos, sería como si estuviesen en el país de los ciegos sin serlo ellos.



Pero hablemos de algunas calles cuya historia o tradición llega a nosotros.

La calle más importante es la Antigua Calle Real. Atraviesa la población entrando por el Norte y sale por el Sur para seguir la ruta de Acapulco. Pero serpea a su antojo; procura cruzar por sitios cuyo paisaje encanta; es una buena propagandista de Tasco. Los nombres de sus tramos variaban con el sitio que recorrían: Calle Real de San Bernardino de Siena; Calle Real de los Mercaderes; Calle Real de San Nicolás y que hoy ha cambiado y son: del coronel Agustín Tolsá, de la Libertad y de Porfirio Díaz.

La Calle del Arco, acaso la más característica, parece que antaño se llamó de San Sebastián. La Calle de Pineda debió sin duda su nombre a algún minero prominente que llevaba ese apellido. La Calle de la Muerte se designó así por el esqueleto de piedra que, roído de años y amarillecido de intemperies, gesticula sobre la puerta que da acceso a la escalera de la torre sur del templo. La Calle de la Veracruz nos lleva a la capilla de su nombre y la de Guadalupe trepa –calvario cotidiano, coronado por la riqueza del paisaje- hasta el templo de igual designación. El Callejón del Nogal, más que cerrado, ciego, con un recodo a su entrada para que nadie pueda inspeccionarlo atrevido, se indigna porque lo usan como letrina…

Algunas tradiciones se relacionan con las calles. Dicen que doña Elena de Añorga, dueña que fue de la riquísima mina del Espíritu Santo, mandaba peones que alfombraban con barras de plata las calles por donde tenía que pasar cuando venía a Tasco. La Calle de las Estacas que cruza la barranca así llamada, debe su nombre a unas estacas que había en la parte más baja; todavía muestran allí unos grandes bloques de piedra con el hueco que sostenía las estacas. Servían éstas para clavar en ellas a las mujeres que hacían torpe o ilícito comercio de su cuerpo.

La rebeldía de las calles de Tasco, al no querer seguir un plan definido, ha hecho que, sin pensarlo, se formen entre ellas huecos que no ha sido posible llenar de casas: entonces se realizó el prodigio de las plazas de Tasco.


(Tomado de: Manuel Toussaint (texto) y Francisco Díaz de León (grabados) - Oaxaca y Tasco)


miércoles, 12 de diciembre de 2018

Tasco


Tasco, ciudad altiva, encaramada sobre tu barroco basamento de plata, como orgullosa virgen de retablo. ¿Eres tan estimada por tu esquivez, o las dificultades que amontonas entre tu serenidad reposada y el sediento caminante que te anhela te hacen aparecer más bella?

El automóvil ruge, piafante de caballos opresos; las ruedas se encabritan, el agua hierve, la gasolina suda. Dicen que van a construir una carretera para ir a Tasco. Hoy existe un sendero de cabras por el cual, milagrosamente, pueden transitar automóviles.

¡Los carriles de Borda! ¡Qué felicidad siento al encontrarme en vosotros!: ¡Ya estamos cerca! Por aquí pasaron largas filas de mulas cargadas de plata. Por aquí pasó Borda, gran señor de la Colonia, en su litera dieciochesca o en fogoso caballo. Su cortejo brillaba al sol, movido reguero de colores, pero nadie sospechaba las emociones del prócer gambusino. Protegido de Dios, vio bonanzas que llenaban sus arcas de tesoros, pero dábale las espaldas la Fortuna, para probarlo, y tenía que volver a empezar.

Mas ¿qué mucho si la grandeza de su espíritu superaba a la enormidad de su caudal? Borda sobrevive en sus obras; la mayor de las obras de Borda fue Tasco.

Desde luego el nombre
Tasco y no Taxco. ¿Por qué esa extemporánea X? si el nombre indígena fue Tlachco (lugar del juego de pelota), tan impropia es la X como la S. sigamos entonces la costumbre colonial y escribamos Tasco, puesto que así se pronuncia. (Una eminencia indiscutible en lingüística náhuatl escribe Tasco igual que yo: don Francisco del Paso y Troncoso.)

Figúraseme que aquellas personas que usan letras exóticas en su escritura han comido una terrible sopa de letras que se les ha indigestado: tienen indigestión de letras. Unos cambian letras sencillas por otras que lo son menos: Taxco, por Tasco; Baltazar, por Baltasar; Amacuzac por Amacusac; Tlálpam, por Tlalpan. Otros dejan en medio de una palabra una letra inútil, o inarmónica. Tepotzotlán, en vez de Teposotlán; Atzcapotzalco, cuando podría ser Ascaposalco. ¿Qué se ve muy feo? Todo depende de la costumbre. Otros acostumbran erizar su apellido con letras aisladas que son como baluartes inexpugnables a la pronunciación; otros… ¿a qué seguir enumerando a estos maniáticos?

Necesitan arrojar una buena cantidad de letras que tienen en el cuerpo y volver a aprender el silabario, con cautela, sin atracarse y, sobre todo, digiriendo lo que comen con su espíritu; es la única manera de que no se les indigesten las letras, es decir, de que no sean pedantes.

(Tomado de: Toussaint, Manuel - Oaxaca y Tasco. Grabados de Francisco Díaz de León. Lecturas mexicanas, primera serie, #80. Fondo de Cultura Económica, México, D. F., 1985)


miércoles, 28 de noviembre de 2018

Cuando llueve Oaxaca toma una coloración verde

 
Es la coloración de los edificios que con la humedad acentúa ese matiz. Entonces, Oaxaca es una ciudad de jade. Ahora Oaxaca es gris como las ciudades castellanas. Cada ciudad tiene su color inconfundible como tiene su espíritu: Querétaro es rosa, Puebla policromada con predominio de los azules y rojos; Cuautla verde; Zacatecas roja…

La plaza mayor, en Oaxaca, es de una exuberancia tropical. La sombra que dan sus árboles espesos es negra en la resolana, fresca en el calor, helada en el frío. El ornato principal de la plaza son las chicas que noche con noche gozan de la frescura paseando en grupos alrededor de las cuatro bandas. La vida de la provincia es así, con sencillez edénica, con regularidad cronométrica que vienen sólo a interrumpir las fiestas anuales o los acontecimientos políticos, temidos y odiados.

Fuera de eso, la santa paz reina en Oaxaca.

(Tomado de: Toussaint, Manuel - Oaxaca y Tasco. Grabados de Francisco Díaz de León. Lecturas mexicanas, primera serie, #80. Fondo de Cultura Económica, México, D. F., 1985)