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viernes, 1 de marzo de 2024

El caracol y el sable VII

 


La burguesía, su orden y sus intelectuales

La ideología del porfiriato fue la de la burguesía mexicana. El propósito fundamental de sus expositores: Justo Sierra, Jorge Hammeken Mejía, Santiago Sierra, Justo Benítez y Telésforo García es la enmienda de la Constitución de 1857 y la crítica del liberalismo. En 1878, bajo el patrocinio de Porfirio Díaz, el grupo mencionado funda una revista política: La Libertad, en la que divulgan, tenazmente, las ideas de la nueva dictadura.

La Constitución de 1857 fue el tema principal de la crítica de los porfiristas. La consideraban antigua y utópica. "Sus autores -escribe con juvenil pedantería Justo Sierra- en gran parte estaban imbuidos en las falacias filosóficas ya añejas en 57." Los ideales de los reformadores, afirmaban, habían sido desvanecidos como el humo por la filosofía alemana, la aplicación del método experimental de los ingleses y la escuela positivista de Comte. En realidad, trataban de abolir un código cuyo acatamiento impedía el ejercicio de la tiranía.

La Constitución  de 1857 no era obra acabada. La aspiración de los reformadores no llegó a cumplirse. La guerra de intervención, el exilio y la muerte, hicieron imposible la reforma pacífica de la Constitución. No fue, por tanto, mayor obra la del grupo porfirista abolir las leyes fundamentales de la Constitución. Con el poder en manos de Porfirio Díaz, los soldados apercibidos en los cuarteles, el terror como arma política y las concesiones otorgadas a los empresarios norteamericanos, la burguesía necesitaba de un ideario que la justificara y que impidiera, jurídicamente, la disputa del poder por las clases a las que sometería. "La insensata aspiración de mando a favor de un motín de cuartel, simbolizado por don Porfirio Díaz -escribió Guillermo Prieto en 1877-, escindió en dos partes a los mexicanos: los que buscaban, en la la práctica del derecho, el progreso y la libertad dentro del orden legal, frente a los que pretendían derribarlo todo y erigirse en árbitros del país." La espada de Díaz había de lograr que la nación retrocediera, políticamente,a los días de la dictadura de Santa Anna. De la Reforma habría de conservar la separación de la Iglesia y el Estado -la desamortización, al fin, había servido para el enriquecimiento inicial de la burguesía- el culto retórico por la independencia y la orientación educativa. "La burguesía -dijo Justo Sierra- hace todos los días prosélitos, asimilándose a unos por medio del presupuesto, y a otros por medio de la escuela."

La ideología de la dictadura se sustentaba en un principio fundamental: salvar al país de la absorción por Estados Unidos. No era una idea nueva. Paredes y Arrillaga también la había expuesto a su manera. El grupo porfirista le da otra interpretación, ante la obra de Juárez y Lerdo: evitar la influencia norteamericana y procurar la inversión europea sin excluir el concurso de los burgueses mexicanos. La amenaza norteamericana "obligaba" a los porfiristas al asalto del poder. A partir de entonces, la burguesía amedrentaría al pueblo con la anexión, la conquista militar y la imposición de Estados Unidos. La "penetración pacífica", se pensó, era preferible a la dominación militar y a la pérdida de la nacionalidad. Parecía que la guerra de intervención no hubiera sido ejemplo de cómo un pueblo armado era capaz de derrotar a militares profesionales y hacer imposible la conquista de la República. La enseñanza de Juárez: Fe inquebrantable en el pueblo que lucha por su independencia, fue borrada por los cuentos en que Porfirio Díaz era la fuerza providencial. A partir de entonces la burguesía mexicana, disfrazando sus intenciones de patriotismo, enajena el país a los inversionistas extranjeros, se confabula con ellos para la explotación de los recursos naturales y afirma que lo hace para salvarlo de los generales.

La convicción de que el mestizo era indolente, soñador, romántico, despilfarrador, irreflexivo, favoreció la tendencia a entregar los recursos naturales a los extranjeros. El pueblo era anárquico -aunque en la paz de los días del gobierno de Lerdo de Tejada, precisamente el grupo porfirista haya sido el organizador de revueltas, motines y asonadas- y las libertades individuales perjudiciales a la sociedad. El mexicano, "que mandar no sabe; obedecer no quiere", iba fatalmente a ser absorbido por los norteamericanos; la libertad de expresión, en tales condiciones era temible. A un pueblo anárquico, debía corresponder un gobierno fuerte; la ley debía amoldarse a los dictados de esa fuerza, cuyo poder era una delegación voluntaria de todos los individuos para procurar el orden político dentro de la libertad económica; la evolución impediría la revolución; el partido conservador, redimido por la "ciencia", era parte importante de la sociedad y su concurso indispensable; la paz, por sobre todo, garantizaba la colaboración de las fuerzas vivas del país; los pueblos tienen los gobiernos que merecen; en naciones como México, las tendencias disolventes son más enérgicas que las de cohesión y éstas son las únicas que pueden detener el progreso de la anarquía; los indios son "razas atrasadas", inferiores, que carecen de sentimientos patrióticos y mal pueden, alcoholizados como lo están, reclamar tierras y luchar por ellas; su amor a la tierra es el de los hombres primitivos; como seres inferiores, sin derechos, están incapacitados para sostenerlos; la tierra, por tanto, debe estar en manos de los que la hagan progresar; el beneficio de latifundista es el de la patria; los desórdenes se deben a la renovación frecuente de los funcionarios; la reelección es excepcionalmente recomendable y Díaz -y los gobernadores de los estados- eran hombres excepcionales; solo Díaz podía dar cima -la teoría del hombre necesario- a una obra compleja: la consolidación del crédito, factor de prosperidad; la organización fiscal, garantía de crédito; el progreso material, fuente de fortuna pública y de la potencia financiera. Todos los problemas, afirmaban los ideólogos porfiristas, dependen de uno solo: la paz. Porfirio Díaz explicaría en las siguientes palabras -no estrictamente suyas- el secreto de su gobierno: "No bien comenzaron a tenderse por los campos de la República Los rieles de los ferrocarriles y los alambres de los telégrafos, a mejorarse los puertos, a abrirse canales de riego, a deslindarse y adjudicarse las tierras baldías, la fuerza pública a acudir rápidamente a garantizar la vida y la propiedad y a perseguir y escarmentar el bandidaje; a fundarse colonias, a favorecer la explotación de nuevas culturas y el planteamiento de nuevas industrias; y, en suma, a desenvolverse todos los intereses y abrirse a nuevas perspectivas al trabajo perseverante y honrado, los estados comprendieron la misión del gobierno federal, sintieron su influencia bienhechora, palparon su afán por el bien público, lo reconocieron, no sólo como útil, sino como necesario, y desapareciendo las antiguas rencillas y los añejos antagonismos, se sintieron estimulados a colaborar, como han colaborado, a la conservación del orden. Tal es fundamentalmente, el secreto de la paz que impera en todo el territorio desde hace veinte años."

En los principios de la pacificación, hacia 1878, varias comunidades indígenas del Estado de Hidalgo se opusieron a la apropiación de sus tierras por particulares. Lucharon contra el despojo. Díaz hizo sentir su autoridad con violencia. Los redactores de La Libertad calificaron a los indios de trastornadores del orden público y comunistas. Los indios, que en conjunto eran juzgados como razas inferiores, al demandar la protección de la ley eran alborotadores, y al defender sus tierras, salteadores y comunistas. Francisco Islas, abogado defensor de los indios de Hidalgo, dirigió una carta a los redactores de La Libertad, explicándoles la actitud de las comunidades: "...lo que deseaban los pueblos del estado de Hidalgo no es más que justicia, y piden ante quien únicamente puede impartirla: los jueces de Hidalgo. ¿No creen ustedes, los redactores, que ya se hacen sospechosos los que para defender su causa, desfiguran los hechos y lastiman la honra, no ya de los individuos sino de los pueblos?"

Las respuestas de los redactores de La Libertad fue elaborar la teoría de la inferioridad de los indios y calificar todo acto lesivo a los latifundistas de comunismo.

A los obreros les fue aplicada una teoría semejante. Alcoholizados e ignorantes, era obra lenta, evolutiva, redimirlos por la escuela y la alimentación. 

Al consumar su obra el porfirismo, la burguesía juzgaba, no sin optimismo, ante la represión de las huelgas en Río Blanco y Cananea, que los trabajadores mexicanos eran resignados y sumisos y que, por temperamento, carecían de ambiciones: eran conformes y despreocupados. "¿Prospera el socialismo en México?" preguntaba El Imparcial el 22 de julio de 1906. Y respondiéndose a sí mismo el articulista, afirmaba: "...no puede existir el socialismo sino ahí donde el obrero tiene aspiraciones, en donde la competencia entre trabajadores es muy ruda y en donde la instrucción se ha difundido entre las clases laboriosas a un grado bastante para darles a conocer y hacerles comprender las teorías de los doctrinarios y los sistemas políticos y sociales de los reformadores." No era el caso de los obreros mexicanos. La mano de obra abundaba y no aspiraban a cambio social alguno. Los trabajadores eran vistos por la burguesía en actitud pasiva. "Esa paz de los espíritus -concluían los de El Imparcial- y ese modus vivendi a que hemos llegado entre el capital y el trabajo, deja, delante de nosotros, tiempo bastante para dar cima a nuestra reorganización económica."

El Estado había renunciado a intervenir en las relaciones del trabajo, a ser árbitro en los conflictos derivados de la apropiación de tierras. El sueño dorado de la burguesía: confinar al Estado al papel protector de sus intereses, con exclusión de las otras clases, se aceptó como una de tantas teorías de los redactores de La Libertad. Años más tarde El Imparcial calificaba las peticiones de los trabajadores, de que el gobierno federal interviniera, en estos términos: "Esta forma de intervención -la del arbitraje- de las autoridades en asuntos de esta índole [los del trabajo] sería la fórmula del más estupendo de los socialismos de Estado; sería la absorción de todas las libertades y de todos los derechos del hombre por las autoridades políticas y administrativas..." Los desvelos de Sierra, Hammeken, García, Limantur... habían tenido fruto en la educación de otras generaciones. Su ideología era la de la clase gobernante.

La burguesía fue obra de Porfirio Díaz y éste de la burguesía. La compenetración de uno y otra fue tarea del grupo científico, que hábilmente creó la doctrina indispensable para hacer frente a los problemas derivados de la consolidación de sus intereses. Su visión de la realidad mexicana sostuvo la dictadura. Las teorías descendieron de la redacción de La Libertad a los ministros -los más connotados de sus redactores fueron secretarios de Estado- y de ahí a las escuelas y a las oficinas públicas. Cada una de las teorías elaboradas por los científicos las traducía Porfirio Díaz en apotegmas. En el curso de la dictadura habrían de ser el código político del país. No pudo darse, en verdad, mejor ejemplo de afinidad entre la burguesía y el gobierno. El orden político dentro de la libertad económica se traduce en "Poca política y mucha administración"; los indios, raza inferior, en "El mejor indio es el que está a cuatro metros bajo tierra"; la asociación libre a Estados Unidos, en "Un buen embajador en Washington y los demás, sobran"; la autoridad ilimitada, en "Mátalos en caliente"; la obediencia lograda por el escarmiento, en "No me alboroten la caballada". La certidumbre de que el gobernante era un instrumento lo llevó a afirmar, ante la reiterada petición de que fuera Teodoro Dehesa el candidato a la vicepresidencia y no Ramón Corral, uno de sus epitafios: "En política no siempre puede hacerse lo que se quiere."

La identificación de la burguesía y Díaz fue madurando al paso de los años de su administración. Los estados de la República -imaginó Alfonso Reyes- eran como circunvoluciones de su cerebro. "Me duele Tlaxcala", gemía, llevándose la mano a alguna región de la cabeza, y una hora después, como traído por los aires, el gobernador de Tlaxcala estaba temblando frente a él. Los científicos, al ver consumada su obra, no dudaron al afirmar que Díaz había creado la condición esencial de la organización económica, social y política de la burguesía, como ésta había delegado, en Díaz, la suma de autoridad que permitió el desarrollo de una clase a costa de la miseria, la ignorancia y la muerte de millones de seres humanos.

El derrumbe

Hacia 1912 Dehesa observaba, con zozobra, los hechos políticos del país. Desaparecido el porfirismo había que recopilar los episodios para formarse un juicio sobre el derrumbe. No era el único propósito de Dehesa. Su polémica por carta con Limantour, respecto de las responsabilidades de uno y otro, la inspiraba el deseo de dictar un fallo contra los culpables. Dehesa representó, al fin de sus días de gobierno, al partido tuxtepecano; al porfirismo que calificara de "rojo" Mariano Cuevas; al grupo que no pocos consideraban, ingenuamente, que había corrompido Limantour con sus finanzas. Dehesa era uno de los mexicanos -acaso como disculpa de sus mismos actos de gobernante- que admiten la pureza de los actos de la autoridad y la vileza de quienes le rodean, como si el Estado dependiera de actos iluminados a salvo del acoso de los perversos. En sus cartas a Limantour  le hace reproches y lo inculpa. Limantour da por terminada la discusión en carta del 12 de febrero de 1912. "Se equivoca usted -le escribió- completamente, al creer que la "atmósfera de bienestar" que mis amplios recursos económicos me proporcionan, medios que no adquirí, como otros, después de haber desempeñado un puesto público, me impiden darme cuenta de las consecuencias que la interrupción de la paz puede tener para el progreso del país o de su subsistencia como nación independiente". Dehesa no le contesta y pide por carta a Francisco de P. Sentíes que le relate la conferencia que Díaz tuviera con Huerta y otros colaboradores al caer Ciudad Juárez en poder de las fuerzas revolucionarias de Villa y Orozco, el 10 de mayo de 1911. Sentíes, casi un mes más tarde, responde a Dehesa. Había que verificar cuidadosamente los sucesos y escarbar en la memoria hasta el último detalle. Su carta pertenece por entero a la anecdótica de los desastres políticos.

En la conferencia en casa de Díaz, estaban su hijo Porfirio, Limantour y los generales Huerta y González Cossío. Huerta encuentra al Presidente de la República, "vendado del cráneo a la mandíbula, que le habían fracturado, y visiblemente abatido por Los crueles dolores que sin duda le producía la fractura. Este daño tal parecía que aumentaba la sordera que padece como antiguo soldado acostumbrado al estruendo de los cañones. Indudablemente que el señor general Díaz, sordo y abatido por los crueles dolores que con toda seguridad  le afectaban todo el organismo y especialmente la cabeza, tenía la imperiosa necesidad de entregarse por completo a sus consejeros, observándose que, de éstos, al parecer, el señor Limantour era el que ejercía predominio e influencia decisiva. Y tan esto es así, que fue el señor Limantour quien, haciéndose cabeza, interrogó al general Huerta pidiéndole su opinión, en aquel entonces, sobre los últimos acontecimientos.

"El señor general Huerta, según ratificó, con toda intención se dirigió al señor general Díaz, gritándole al oído, que se auxiliaba acercando su mano al pabellón de la oreja, y le dijo: El señor Limantour me pide mi opinión sobre los últimos acontecimientos, pero yo pregunto: ¿a qué acontecimientos se refiere? El señor Limantour, visiblemente nervioso, respondió: ¿Cómo que a qué acontecimientos? ¡Pues al decisivo, a la caída de Ciudad Juárez!"

Huerta -y en su relato a Sentíes es probable que enalteciera su participación en la conferencia- no consideraba "acontecimiento decisivo" la ocupación de Ciudad Juárez. Como en los días de su bárbara campaña contra los indios mayas, Huerta afirma que si rechazaban una columna se mandaría otra y otra y otra hasta desalojar la plaza y hacer huir a los revolucionarios a Estados Unidos para que allí los capturaran. Según Huerta, Limantour respondió que no había elemento. Huerta le replica si no había dinero; Limantour le responde que había 70 millones de pesos. Huerta insiste, sin ironía alguna, que era mucho dinero "para tan poca cosa". Y así el diálogo, de absurdo en absurdo. No había caballos para el ejército federal en su imaginaria campaña contra la caballería de Villa y Orozco. Huerta, anticipándose a los revolucionarios de Pablo González, le dice que había que requisar todos los caballos, empezando por los de Limantour. También se habló de los zapatistas. Díaz, deteniéndose la mandíbula, pregunto a Huerta si podía salir a batir a los sureños. Salió Huerta, y ya en la zona de Zapata se enteró de que, "a puerta cerrada", había entregado Limantour al gobierno con enseres, dinero, y el propio dictador, a los revolucionarios.

¡De modo que la mandíbula, la firme mandíbula de don Porfirio, que parecía, como todo él, una parte de la geografía política del país, fue la causa, rota y doliente, del derrumbe de su dictadura! La conferencia evocada por Sentíes parece un grabado de Posada. El viejo dictador, vendado, sordo, quejoso, no oye lo que se le dice; le gritan y no entiende. ¿Caballos? ¿Villa? ¿Zapata? ¿Panchito? Acaso ya se iba cayendo desde la piel al alma.

Al subir por la escalerilla del Ipiranga alguien, contenido por la escolta militar, lo vio llorar. "¡Lágrimas de cocodrilo!", le gritó. Gimió Porfirio Díaz. Su mandíbula estaba rota.


(Tomado de: García Cantú, Gastón - El Caracol y el Sable. Cuadernos Mexicanos, año II, número 56. Coedición SEP/Conasupo. México, D.F., s/f)

jueves, 12 de enero de 2023

Dios omnipotente, y don Porfirio presidente... (II)

 


Un millón, los visitantes. Las festividades que el porfirismo auspiciaba año con año para conmemorar la iniciación de la independencia combinaron en 1910 con esplendor y entusiasmo inusitados. Desde los comienzos mismos del año se hicieron los cálculos más optimistas sobre el aluvión de visitantes que inundaría la capital: 100,000 extranjeros y 900,00 nacionales; total: un millón (¡) A fin de hospedar a los visitantes distinguidos algunos de los más conspicuos oligarcas del momento pronto ofrecieron sus residencias. el Club Político Patria propuso que a la Ciudad de México se trajeran indígenas de todos los rincones del país "para hacerlos partícipes de esa gloria, y mostrarles los grandes adelantos de la capital, encauzando de esta manera sus aspiraciones".


Un cronista del periódico El Imperial relata que:

Nunca había experimentado el reportero una impresión tan honda y emoción tan fuerte como la que lo sacudió ayer por la noche en la Plaza de la Constitución, a la hora solemne en que el primer Magistrado de la República, conmemorando el Grito de Dolores, repitió las palabras del Cura Hidalgo. El aspecto de la plaza era hermosísimo, inusitado, sorprendente ante el espectáculo deslumbrador de la plaza, iluminada por 200,000 focos incandescentes... Era increíble el número de gentes que de todas las clases sociales llenaban aquel inmenso recinto, encaramadas en los árboles, trepadas en las azoteas, los balcones, en las torres, en las cornisas de Palacio, en los salientes de los edificios... Exclamaciones de júbilo, gritos de protesta, olas humanas que se atropellaban en el Zócalo eran otros tantos caudalosos ríos cuyas corrientes se desenvolvían por el propio cauce en la imposibilidad de desembocar en aquel mar pleno hasta los bordes…


El 15 de septiembre, más de 10,000 personas desfilaron ante las urnas de los héroes de la Independencia. Ese mismo día, a las 11 de la mañana, el Presidente apareció en el balcón principal del Palacio Nacional acompañado de los representantes diplomáticos de EE.UU., Japón, Inglaterra, España y China.


Se inició entonces el desfile histórico, en el que no faltaron Moctezuma, Cortés, la Malinche y otros personajes de la Conquista. Frente a Palacio Nacional se representó el encuentro de Cortés con Moctezuma y, después, escenas del virreinato -Jura del Pendón, la Audiencia- y de la Independencia: la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México.


España devuelve banderas.- Medio millón de personas contempló regocijadamente este desfile. El entusiasmo llegó al delirio al paso de las reliquias y banderas devueltas por España. Se vitoreó a Hidalgo, a Morelos, a España y a la Virgen de Guadalupe.


No menos lucido fue el desfile militar del día 16: al lado de los soldados mexicanos participaron marinos y cadetes alemanes, franceses, argentinos y brasileños. El Batallón de Zapadores portó los fusiles Porfirio Díaz, con marrazo-cuchara invento -naturalmente- del señor Presidente Díaz. La tropa uso, por vez primera, saracoff y los rurales cerraron la columna. La prensa, emocionada, comentó que, "según opiniones extranjeras", el Colegio Militar y la Escuela de Aspirantes podrían figurar dignamente en una gran parada (desfile) europea. En la noche hubo una serenata en el Zócalo a cargo de las Bandas de Artillería y del Estado Mayor; se quemaron castillos con la imagen de Hidalgo, Héroe Inmortal, y de Morelos, Estratégico (sic) sagaz.


Ahora el Baile del Centenario.- Ningún festejo del porfiriato alcanzó tanto esplendor como el baile celebrado en Palacio Nacional durante las fiestas del centenario. No lo hubo más lujoso en el "Imperio" de Maximiliano.


Se repartieron 5,000 invitaciones con un plano anexo e instrucciones para la circulación. Los criados vestían calzón corto y casaca de color; 40,000 focos iluminaban, en espectáculo nunca visto, el alambicado plafond de seda instalado en Palacio.


A las 10 de la noche empezó el baile, después de que el general Díaz y la marquesa de Bugnano dieron una vuelta al salón. Esta fiesta, comentaba orgullosa y satisfecha la prensa oficiosa, manifestaba alto grado de cultura y buen gusto social, al mismo tiempo que los "vívidos deseos de la clase rica y media para relacionarse con las personalidades de otros países". Para el diario El Imparcial, dos aspectos fueron los más atractivos y sobresalientes: la abdicación a "nuestra personalidad en exaltación de la ajena", y "el enriquecimiento gradual de nuestra sociedad". En efecto, decía ebrio de euforia, 25 años antes no se habría dado una fiesta cómo ésta, en la que "alhajas y toilettes se valuaron en centenares de miles de pesos".


Digno colofón de las Fiestas del Centenario fue el baile celebrado en el Casino Español en honor de Porfirio Díaz. El elegante salón de las calles de Isabel la Católica lo iluminaban 9,000 focos eléctricos.



(Tomado de: Romero, Héctor Manuel. - "Dios omnipotente, y Don Porfirio presidente..." -La Ciudad de México (Delegación Cuauhtémoc) en 1910/1911-. Ediciones de la Delegación Cuauhtémoc, México, D. F., 1982.)

jueves, 8 de julio de 2021

El Caracol y el Sable III

(Grabado: José Guadalupe Posada)

EL CARACOL Y EL SABLE III

La larga marcha del periodismo libre

En 1883, bajo el gobierno de Manuel González, se reforman los artículos 6° y 7° de la Constitución. El primero de los artículos: “La manifestación de las ideas no puede ser objeto de ninguna inquisición judicial o administrativa...” y el segundo de ellos: “Es inviolable la libertad de escribir y publicar escritos sobre cualquier materia...” contenían, sólo en parte, los ideales de los reformadores. El artículo 7° establecía los límites legales de la libertad en cuanto su ejercicio se refería a la vida privada, la moral y la paz pública. “¡La paz pública! –dijo Zarco el 25 de julio de 1856, señalando el peligro del concepto-. Esto es lo mismo que el orden público. El orden público, es una frase que inspira horror; el orden público reinaba en nuestro país cuando lo oprimían Santa Anna y los conservadores, cuando el orden consistía en destierros y proscripciones. El orden público... el reinado tranquilo de todas las tiranías.” Y tal orden había de ser invocado, en 1883, para restringir las libertades de expresión, suprimiendo los jurados de imprenta e instaurando los procedimientos santanistas promulgados en la ley Lares del 25 de abril de 1854. los jueces podían, como entonces, multar a los editores, imponer penas corporales a los periodistas, ordenar la confiscación de las imprentas –los útiles de trabajo señalados como reos del supuesto delito- y clausurar periódicos. No era coincidencia la reforma porfiriana. En los días de Santa Anna la persecución a los periodistas –más de 52 diarios y semanarios fueron cerrados- concurrió con el decreto sobre “Los anexionistas”. Las bocas oficiales hablaban del delito de traición a la patria mientras el gobierno vendía el territorio de La Mesilla –109 574 km2 – a Estados Unidos.

El porfiriato hace otro tanto con las reformas constitucionales de la libertad de expresión, la reelección y las concesiones mineras y ferrocarrileras. Dos años después de expedidos los decretos sobre los artículos 6° y 7°, ante la elección de personas adictas al grupo porfirista, desaparecen los primeros periódicos. Algunos editores buscan asilo en Estados Unidos. En Brownsville y San Francisco se imprimen, por breve tiempo, El Mundo y La República. La persecución, en México, era implacable. En los estados los periodistas eran asesinados impunemente o enviados a San Juan de Ulúa. La prensa nacional, una conquista lograda con esfuerzos y sacrificios incontables, era suprimida.

Desaparecen El Federalista, de Trejo; El Correo del Lunes, de Carrillo; El Socialista, de Mata y Rivera; y El Siglo XIX, el gran periódico de Ignacio Cumplido que divulgara la doctrina liberal. Según el Diario Oficial, en 1883 había en México 300 periódicos. Ocho años después eran doscientos. El gobierno, mediante subsidios, mantenía la apariencia de libertad de expresión a través de una tolerancia ante críticas tímidas –ninguna alusión a errores del Presidente de la República- a funcionarios o gobernadores, en El Demócrata, El Diario del Hogar, La República Mexicana, La Opinión, El Monitor Republicano, El Tiempo, El Nacional y La Voz de México, en cuyas páginas se divulgaron los argumentos de los conservadores contra la Reforma y el liberalismo mexicano. Unos y otros periódicos tenían sus horas contadas, al aparecer, en 1896, El Imparcial de Rafael Reyes Espíndola, quien absorbería todas las subvenciones. Reyes Espíndola, en su periódico, se ufanaba de haber contribuido a abolir la libertad de prensa en México. Una de sus campañas más constantes había sido contra el “fuero del periodismo, viejo lobo del jacobinismo”; en realidad, los restos constitucionales de la dignidad del periodista ante el poder público. El premio a Espíndola fue la organización de una empresa para el aniquilamiento de la prensa independiente, la defensa y el prestigio del grupo gobernante. Luis Cabrera, en el Primer capítulo de los cargos concretos –publicado en El Partido Democrático el 4 de septiembre de 1909- señaló la cantidad de 50 mil pesos anuales como subsidio a El Imparcial. En once años, Reyes Espíndola había comprado dieciocho casas, los terrenos de la colonia El Mundo y El Imparcial y su residencia en Azcapotzalco. La empresa había logrado editar, además, El Mundo Ilustrado, El Heraldo, El Debate y La Revista Universal. En las columnas de sus periódicos colaboraban los adictos al régimen: Bulnes, Díaz Dufoo, Peña Idiáquez, Flores, Etcétera, quienes, a más de canonjías oficiales, eran catedráticos o diputados. En las columnas de El Imparcial se hacía una defensa periódica de los ideales de la Reforma –el mismo culto que dio origen al Hemiciclo de Juárez: retórica liberal y violación de la Constitución-; se discutía sobre la veracidad de episodios nacionales del pasado pero, como lo describió Heriberto Frías, el procedimiento era la falsificación de la verdad para que nadie supiera lo que había ocurrido. “Los noticieros –escribió en su peculiar estilo- que conocían en camisa y aun en cueros vivos, en toda su anatomía patológica, a personajes de la triste política nacional; los pobres diablos de reporteros, que tan saturados estaban del fango en que arrastrábanse rutilantes todas las avideces victoriosas: ministros, senadores, financieros, y sus hijos, y sus esposas, y sus queridas, y sus secretarios, y sus cortesanos, y sus criados, cuya vida íntima conocían tan bien ellos, los despreciados, los irresponsables noticieros tenían que llamarlos con algún calificativo honorífico, con algún título más que nobiliario; imprescindiblemente, sabían la verdad y la referían a sus jefes, pero bien se cuidaban de decirla en el periódico...”

En 1893 se imprimió, a pesar de todo, El Demócrata, dirigido por Joaquín Clausell. “Una consecuencia de la época”, se decía en el editorial del 1° de febrero de aquel año, y en verdad lo era. Sus redactores, estudiantes de leyes e ingeniería, Gabriel González Mier, José Ferrel, Francisco O´Reilly, Francisco J. Mascareñas, José Antonio Rivera, Querido Moheno –quien después sería “ministro” de Victoriano Huerta- y Jesús, Ricardo y Enrique Flores Magón procedían de manera distinta a los noticieros descritos por Heriberto Frías.

Una mañana llegó a las oficinas de El Demócrata un compañero de los Flores Magón. “Dice mi padre –confesó aquel joven estudiante- que el Presidente recibe muchas quejas de funcionarios a quienes exhiben ustedes hasta el escarnio. Le dicen que a través de ellos están pegándole a él...”

-Nosotros estamos publicando la verdad –repuso Jesús Flores Magón.

-Si Porfirio Díaz decide que están ustedes interponiéndose en su camino, les irá mal.

-Él es la rata más grande de todas –bromeó Enrique Flores Magón-. Así, puede él dar la mordida más grande.

Sonó, aquel día, un golpe en la puerta. Enrique Flores Magón evocaría, años después, la figura del inspector de Policía, Miguel Cabrera, gritar a los redactores: “¡Manos arriba!” Los gendarmes inquirían por Ricardo, el cual, simulando ser impresor, mandil en mano abandonó el taller con los obreros. Jesús fue encarcelado el Belén. Desaparecido El Demócrata, los Flores Magón compran una imprenta –seis años de privaciones- y fundan Regeneración. El primer número aparece el 7 de agosto de 1900. las persecuciones, el ensañamiento policiaco y el acoso que padecían, no lograron impedir que el tiraje del periódico fuera de unos 30 mil ejemplares. El pueblo se hacía leer los artículos en los que se exhibía el sistema político del país; los crímenes y despojos de los funcionarios. La tarea de Flores Magón les acarreó la ayuda monetaria de muchos lectores. Nuevamente la policía irrumpe en los talleres; aprehende a Ricardo y a Jesús y los lleva a la cárcel de Belén. Los padecimientos de los Flores Magón no parecían terminar. Muere su madre. Durante su breve agonía, recibe a un emisario del gobierno, el cual la conmina a que haga jurar a sus hijos que desistirán de atacar a Porfirio Díaz. “...prefiero verlos –le respondió doña Margarita Flores- colgados de un árbol o en la horca, y no que se retracten, o arrepientan...” ¿No había dicho su esposo, antes de morir, a sus hijos,: “Que no les robe el tirano su hombría”?

De la cárcel de Belén, aquel año de 1900, salía don Daniel Cabrera. Como director de El Hijo de El Ahuizote habrían de encarcelarlo trescientas veces. El administrador de su periódico, Manuel Domínguez, diría que al abrirse las celdas, los carceleros les arrojaban “un dedal con piojos” para infectarles el tifo. Belén, con su patio de arcos, su pileta de agua cenagosa, sus galeras pestilentes, sus calabozos húmedos, sus celdas en que apaleaban a los reos, era el sitio organizado por el gobierno para quebrarles la hombría a los rebeldes. Ángel de Campo –el dulce Micrós- vio una mañana, desde la azotea de la prisión, cómo se despiojaban las mujeres; pasear, acorralados, a los hombres; ir y venir a unos y otros entre frazadas de colores, cobijas deshilachadas, harapos y petates amarillentos. El vaivén, el vocerío, le pareció –y así lo fue siempre- el pueblo mismo reunido para no se sabía qué propósito. Pasos adelante, Micrós lo descubriría al ver un patio recubierto de hierbas anémicas en que dormitaban soldados. En la pared, dibujada en azul una cruz, el musgo no había borrado los rastros de los disparos. Era el paredón. Día tras día llevaban atado a un prisionero. Los galeros anticipaban la sentencia: “Fulano de tal... ¡sale a su destino!” Los reos acompañaban al sentenciado, durante largos, inimaginables minutos, cantando el Alabado, el canto de Fray Margil de Jesús para dar gracias al Creador en los campos cristianizados. La descarga apagaba las voces. Tal era el destino.

Don Daniel Cabrera resistió todas las humillaciones. Al salir de Belén, volvía a denunciar los actos de Díaz, sus ministros, sus gobernadores, sus militares y sus jefes políticos. Sin embargo, El Hijo de El Ahuizote había venido a menos: se vendían 250 ejemplares. Ricardo y Enrique Flores Magón –Jesús abandonó la lucha para siempre- acudieron a don Daniel. Parecía repetirse la escena de la juventud de Cabrera, cuando pidió permiso a Vicente Riva Palacio para titular a su periódico El Hijo del Ahuizote, recogiendo la lección liberal que Riva Palacio divulgara en El Ahuizote; “Voy a concederte –le contestó a Cabrera- el permiso que me pides con esta condición: que seas honrado y que seas valiente.” Don Daniel alquiló su periódico a los Flores Magón. Poco después se les unirían, con idéntico fervor, Juan Sarabia y Librado Rivera.

En el taller de la calle de Santa Teresa número 1, José Guadalupe Posada –el más grande artista de su tiempo- hacía estampas para la Gaceta Callejera y otras hojas de Antonio Vanegas Arroyo. En sus grabados –más de veinte mil- ha dejado el testimonio de lo que fue el porfiriato: captura de indios, de obreros y “alborotadores” para servir en el ejército, “enganchados” que habrían de morir en Valle Nacional; condenados a muerte que pasan bajo escolta militar, ante la mirada compasiva de los curiosos; infelices que reciben descargas en los paredones de la Escuela de Tiro; hombres ateridos, envueltos en sus cobijas, ajenos a cuanto ocurría en torno suyo; jefes políticos ventrudos; rurales implacables; niños y perros husmeando en las aceras; madres que claman por la desaparición de sus hijos; desfiles del ejército; soldados que eran campesinos y obreros; sus pies, con guaraches, lo demostraban; mujeres que disputan ante los comerciantes; indios lapidados en las calles; gente vestida de percal, harapos, cobijas, fraques, casacas, crinolinas, levitas, paletós o dragonas, se vuelven calaveras que corren, huyen, se hieren, saltan, fusilan, claman al cielo y buscan, ágiles, un rincón para ponerse a salvo de las cargas de caballería de los gendarmes. Es el mundo que ve una mañana a un enorme caracol –el país de Liliput- en la Plaza de la Constitución, lento, adormilado, dejar una estela viscosa que desaparece en Palacio Nacional. Pero no es el caracol el que gobierna sino la muerte; la calavera catrina, la calavera campesina, la calavera burocrática, la calavera científica, la calavera militar; la muerte que enseñorea todo; la danza de la muerte que es la imagen fiel del disloque que reinaba; niños enajenados para venderlos como esclavos, jóvenes capturados para servir en el ejército; campesinos extenuados; obreros hambrientos, empleados tuberculosos. Muerte, sólo muerte. No había otra cosa sobre México que un sable afilado que segaba vidas y ese caracol que nadie podía mover del centro del país.


 Tomado de: García Cantú, Gastón - El Caracol y el Sable. Cuadernos Mexicanos, año II, número 56. Coedición SEP/Conasupo. México, D.F., s/f)


miércoles, 24 de abril de 2019

Fue suprimida la subvención, 1911



Fue suprimida la subvención


Triste notificación que reciben al efectuar su cobro anterior


El Diario, jueves 8 de junio de 1911


“El Demócrata Mexicano”  de fecha de ayer dice lo siguiente que nos parece la mejor defensa a los burdos ataques que algunos periódicos, entre ellos el mismo Demócrata Mexicano han dirigido a El Diario imputándole arteramente que recibía subvención del pasado gobierno.


“Desde el día 1° del mes actual han quedado suprimidas las subvenciones que el gobierno les tenía otorgadas a la prensa. Al presentar los directores de periódicos su recibo por la subvención de mayo, se les notificó que no debían esperase seguir cobrando del nuevo gobierno ninguna cantidad de dinero en pago de su amistad.


Las subvenciones suprimidas son las siguientes, que pagaba cada mes el Tesoro Público.


El Imparcial                        $4,200
Mexican Herald                 $1,100
El Tiempo                              $400
La Iberia                                 $400
Gil Blas                                   $300
La Política de los Estados  $150


Fue suprimida la subvención a varios otros periódicos de menor importancia, así como también a otros periódicos del extranjero.


Se ha hecho con esto una economía como de $100,000 anuales.


El público puede, ahora, apreciar lo que vale en efectivo, la opinión de esos periódicos, estimando, con exactitud, su conducta presente, ya sea que continúen su programa de adoración al sol que nace, o ya sea que se pongan a gruñir”.


(Tomado de: Labrandero Iñigo, Magdalena, et al, (coordinadores) - Nuestro México #3, La Revolución Maderista, 1910-1911. UNAM, México, D. F., 1983)

sábado, 6 de abril de 2019

Escándalos huelguistas en Cananea, 1906

Escándalos huelguistas en Cananea


Muertos y heridos


Incendio de depósitos de maderería


Los trabajadores mexicanos apedrean a sus capataces americanos


El gobernador Izábal en el lugar de los sucesos, y el general Torres, jefe de las armas en marcha con fuerzas bastantes para restablecer el orden y garantizar la vida y la propiedad


El Imparcial, domingo 3 de junio de 1906


Desde anteayer por la noche, y la madrugada de ayer, se estuvieron recibiendo en esta capital noticias de graves desórdenes ocurridos en Cananea, importante centro minero del Estado de Sonora. En posesión de datos fidedignos sobre el asunto, podemos relatar los hechos en la forma siguiente:


Desde hace varios días, un grupo de obreros mexicanos,de los que trabajan en la gran empresa minera allí establecida, sabedores de que su jornal, que juzgan inferior al que ganan sus compañeros americanos, iba a ser disminuido aún, venían preparando una huelga, a la que no faltaron iniciadores de mala fe, con es común en esta clase de conflictos.


No habiendo podido obtener el aumento de salario que deseaban, resolvieron, por fin, antes de ayer, declararse formalmente en huelga. Los organizadores de la huelga fueron de preferencia los mineros, quienes suspendieron sus trabajos. Pero los operarios de otros talleres, que no simpatizaban con el movimiento huelguista, continuaron sus labores como de costumbre. Los huelguistas decidieron entonces presentarse en los talleres, especialmente en la maderería, que es muy vasto, para hacer que sus compañeros abandonaran el trabajo.


Los empleados principales de la maderería, que son, en su mayor parte, americanos, al ver acercarse al grupo de los huelguistas, hicieron fuego sobre ellos, e hirieron a dos, entablándose un combate entre los americanos y los huelguistas, quienes no iban armados, y se proveyeron de piedras, con las que atacaron a los empleados americanos que sobre ellos habían disparado. Resultaron muertos en este conflicto, dos empleados americanos, los hermanos Metcalf, que recibieron una verdadera lluvia de piedras. Hubo también otros heridos y contusos, cuyo número se ignora.


Después de este incidente, los huelguistas, rechazados a balazos, se dispersaron por la población sin abandonar su actitud, ya francamente agresiva, y procuraron armarse. Los americanos se reunieron y persiguieron a los huelguistas por las calles. Según se sabe, hubo como diez muertos y muchos heridos. Los huelguistas, al retirarse, prendieron fuego a unos depósitos de madera situados al norte de Cananea, y el incendio fue tan aparatoso, que pudo ser visto a larga distancia y causó alarma, pues se creyó en Douglas, Arizona y en otras poblaciones cercanas, que todo Cananea estaba ardiendo.


Desde los primeros momentos, las autoridades de Cananea, que no tenían fuerza suficiente para reprimir el desorden, pidieron auxilio a la capital del Estado. El señor gobernador Izábal organizó inmediatamente una fuerza de infantería y caballería que marchara al lugar de los hechos.


Desde otro lado de la frontera, en Douglas, Arizona, donde se tuvo noticia desde luego de los acontecimientos, se reunieron voluntarios que ofrecieron sus servicios a las autoridades mexicanas, creyendo que se trataba de una calamidad más seria o de un conflicto más grave. Estos servicios, naturalmente, no fueron aceptados por el Gobierno local.


Por su parte, el general Luis E. Torres, jefe de las armas en Sonora, organizó también fuerzas de auxilio, que están ya en camino.




Nuestro corresponsal nos ha remitido lo siguiente:


Cananea, junio 2.


Ayer la multitud de trabajadores fueron a la maderería, pidiendo la salida de los que trabajaban allí; recibió por contestación tiroteo de los americanos, donde hubo los primeros dos heridos. Allí resultaron muertos a pedradas dos jefes Metcalf, hermanos, porque ningún mexicano tenía arma; al seguir los huelguistas por las calles y en el centro de población, sobre casas de familias mexicanas, andando en automóviles y a caballo muchos americanos armados, disparaban a todos los rumbos. Hasta esta hora hay quince muertos mexicanos y algunos heridos, entre ellos un niño, que salía de la escuela. Se teme habrá más novedad esta noche, pues los mexicanos, indignados por asesinatos cometidos, se dice han sacado todas las pistolas  de los montepíos y procuran armarse.”



En la Secretaría de Gobernación se recibió el siguiente mensaje:


“De Cananea, el 2 de junio de 1906
Señor ministro Ramón Corral
México


Alarmantísimas noticias que recibí en Naco me hicieron continuar lo más pronto posible, y encontré a todo mundo excitado y revoltosos que pasan de dos mil. Desde que supieron que venían se dividieron en seis grupos sin necesidad de fuerza, acompañado de Mr. Greene, Perfecto Aguilar, Comisario Rubio y cuatro policías. En su mayoría, pues solo tuve que mandar cuatro a la cárcel, se han mostrado obedientes a la autoridad; pero bastante alterados, y puede decirse, muchos de ellos irreconciliables con americanos. Los que vinieron conmigo de Naco, sólo bajaron para comer y regresan inmediatamente en el mismo tren. El alboroto fue provocado por algunos sediciosos que aprovecharon ignorancia de gente de trabajo, y ya están presos. Los principales serán cincuenta.


Resultado acontecimiento de ayer: diez muertos de los huelguistas y dos americanos, un mexicano de la otra parte, y ocho heridos. Incendiaron cinco almacenes de madera, semillas y pasturas y una carpintería. Se robaron 24 cajas de dinamita, y de dos montepíos sacáronse más de 300 armas. Espero fuerza despache anoche de Imuris para reconocer los otros dos grupos, que, dicen se compone de la gente peor, sobre todo, uno que está en un cerro difícil de ascender y en el que hay muchas casas. No podré hacerlo, antes porque aquí en las tres leguas de población no hay más de 30 policías. La demás gente armada se compone de empleados americanos, que se ocupan de cuidar los establecimientos de más interés”


Rafael Izábal


(Tomado de: Labrandero Iñigo, Magdalena, et al, (coordinadores) - Nuestro México #2, Las huelgas de Cananea y Río Blanco, 1906-1907. UNAM, México, D. F., 1983)




martes, 4 de septiembre de 2018

Andrés Audifred


Andrés Audifred

Audifred: antes y después del Apagón


Audifred: Los amigos, según la belleza de la esposa

Audifred: Autorretrato

Nació y murió en la Ciudad de México. (1895-1958) estudió dibujo y pintura en la antigua Academia de San Carlos y en las Escuelas al Aire Libre de Churubusco y Coyoacán. Fue ayudante de Carlos Alcalde en El Imparcial y más tarde, ya convertido en experto caricaturista, trabajó en los periódicos El Globo (vespertino) y El Universal, y en las revistas Zig-Zag y El Universal Ilustrado. Sus dibujos se inspiran en tipos populares. V. Rafael Carrasco Puente: La caricatura en México (1953).

(Tomado de: Enciclopedia de México)