Mostrando las entradas con la etiqueta Chapultepec. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Chapultepec. Mostrar todas las entradas

lunes, 17 de agosto de 2026

Orozco y Berra y el suministro de agua, 1854

 


Aguas

De las dos que se gastan en la capital, una lleva el nombre de agua gorda y la otra de agua delgada. Ésta viene de diversos manantiales, de los Leones, del Desierto y de Santa Fe, y abastece al vecindario en los dos tercios de la ciudad comprendidos desde la garita de Peralvillo, hasta la línea que de E. a O. comienza en la Candelaria y termina en la calle de Alconedo. Los vecinos de la parte S. comprendidos entre la línea expresada y las garitas de Belén, la Piedad, San Antonio Abad y la Viga, gastan el agua gorda, cuyas fuentes se encuentran en Chapultepec. La primera, tal como está en las fuentes, no es completamente diáfana, y en tiempo de lluvias es necesario para que sea potable, filtrarla o dejarla que repose para quitarle el barro que tiene en suspensión. El agua delgada es más ligera que la gorda, porque en ésta hay menos aire y mayor cantidad de sales; pero una y otra contienen los mismos cuerpos extraños, en diversas proporciones. Los más notables son aire, gas carbónico libre, carbonato y sulfato de cal, hidroclorato de sosa y muy corta cantidad de magnesia. Algunos creen que hay hidrosulfatos en pequeña cantidad. Las dos aguas enverdecen los colores azules vegetales cuando están concentradas; pero más la gorda que la delgada.

Ya hemos indicado que el agua de Chapultepec servía para la ciudad azteca; que verificada la conquista uno de los primeros trabajos fue adobar los caños y ponerlos en corriente; en el primer libro de cabildo se encuentran además repetidas disposiciones, ya para formar la zanja, ya para repararla y componerla, ya para nombrar guarda que la cuidara; desde entonces sirven los manantiales del bosque que se han conservado inagotables. En el cabildo de 12 de abril de 1527 se hace mención del agua de Churubusco, que si se trajo, fue por poco tiempo. En 1618, describiendo el Dr. Cisneros las aguas, asegura que: "tres fuentes principales tiene esta ciudad de México, de cuyas aguas gozan sus vecinos, la de Chapultepec, la de Santa Fe y la de Azcapotzalco, que viene al monasterio y plaza de Santiago Tlatelolco, desde la huerta de Miguel de Alfaro". De aquí inferiremos, que en el primer siglo se perdió el agua de Churubusco, y que no bastando la de Chapultepec para el consumo de la ciudad, se habían traído las otras dos. La de Azcapotzalco no existe hoy ya; su falta es una de las causas que más han influido en la despoblación del barrio de Tlatelolco. En cuanto a la de Santa Fe, permanece todavía; el ayuntamiento compró la propiedad del bosque al cabildo eclesiástico de Valladolid (Morelia) en la cantidad de seis mil pesos, reconociéndoles sobre el importe del impuesto llamado sisa, de la que se pagan 300 pesos anuales al cura rector del pueblo.

No bastando con el tiempo estos solos manantiales se unieron los demás, de modo que el agua que por esa parte llega corre un buen espacio. En el monte de los Leones hay una presa donde se recoge el producto de los veneros de ese nombre, con una compuerta para darle salida; se calcula en cuatro surcos el agua que de allí sale, aunque se desperdicia casi la mitad cuando la obra está azolvada. Corre en seguida por un caño descubierto, pasa una barranquilla, el portillo del Lechero, y por un tajo poco profundo va a reunirse con la del Desierto; en el lugar de la pila repartidora hay una toma para la hacienda de San Borja, y poco más allá otra de un surco para el rancho de San José. Los principales veneros del agua del Desierto se nombran el Chicharco, Monarca y el Pretorio, juntándose con la de los Leones a poca distancia de la venta de Cuajimalpa. Desde alli corren unidas por un caño revestido de ladrillo en partes y en otras por la tierra, tapado de trecho en trecho, hasta el edificio del Molino Viejo, arriba del bosque de Santa Fe, adonde viene a reunirse a los últimos manantiales. Según la descripción del Dr. Cisneros, el repetido año 1618 "Nace, pues, el agua que llaman de Santa Fe, cerca del lugar de quien toma nombre esta fuente, en una quebrada que demora de este a oeste... y a un lado de esta quebrada, que mira a la parte meridional, declinando algo al occidente, sale de diferentes partes (aunque todas de una misma consideración), divididas en cinco manantiales, cuyos dos nacen cerca el uno del otro a la falda de un cerro de tierra con gran pujanza, y corren distancias de poco más de un tiro de ballesta, donde son infinitos los manantiales que en la falda del mismo cerro nacen bastantes a aumentar un gran concurso de aguas, y a poca distancia se junta otro que nace del mismo cerro, mirando siempre la parte meridional en lugar más alto que los tres referidos junto a una casa que está en el mismo sitio, y a distancia de diez varas sale el quinto manantial que hay de consideración porque si se hubieran de contar los muchos y pequeños que hay cerca de éstos fuera cosa prolija." Los manantiales de Santa Fe están cercados, las aguas caminan por las lomas de Santo Domingo, llegan al punto nombrado el Reventón de Belén, donde hay un socavón, después a la reposadera del Tinacal, por el Molino del Rey, y entran en la ciudad por el acueducto.

De parte de esta obra nos noticia la Gaceta de México del mes de mayo de 1735. "Hase concluido perfectamente (dice) en el molino de Nuestra Señora de Belén y Buenavista, arriba de la villa de Tacubaya, en el paraje nombrado Coscacuaco, la insigne obra de la conducción del agua, que desde los manantiales de Santa Fe baja a abastecer esta ciudad, y a la cual antes traía su corriente por una zanja descubierta con el peligro de ser hurtada de escaparse por donde hallase brecha, y de coger todas las inmundicias que encontrase nocivas a la salud del público; viene ya encañonada por un socavón o taladro, que corre el espacio de cuatro mil quinientos setenta y nueve varas, fabricado a costa de inmenso trabajo, y de gran cantidad de pesos, en el centro de los cerros, por donde sin desperdiciarse gota, y con toda limpieza purificada por los puros vientos, que por diez lumbreras se le comunican, sigue su manso curso desde los cárcamos del de Santa Fe, haciendo tránsito en los que en las quiebras son precisos, por quince hermosos fornidos arcos, hasta llegar al expresado molino de Belén, etc." Las aguas de los Leones y el Desierto se trajeron en 1786.

Las ordenanzas para el ramo se formaron por el ayuntamiento, y con informe del fiscal fueron aprobadas por el virrey duque de Alburquerque en 27 de octubre de 1710. El marco de agua para la medida por menor ya existía, puesto que había distribución hasta de una paja; mas debía haber en ello mucho desorden supuesto que el conde de Revillagigedo puso en darle organización sumo cuidado. De su orden se encargó al corregidor D. Bernardo Bonavía arreglase las tomas de agua concedidas; para cerciorarse mejor de la cantidad producida por una toma determinada, hizo varios experimentos el 5 de mayo de 1792, por medio del teniente coronel D. Miguel Constanzó, con asistencia del juez de arquerías D. Ignacio Iglesias, y de ello resultó "que la data equivalente a una paja ofrece una libra o cuartillo de agua por minuto, y catorce y medio quintales al día; que otra data de una pulgada de diámetro equivalía por diez y ocho pajas, pues daba diez y ocho libras en el propio término de minuto, algo más de doscientos cincuenta y nueve quintales en veinticuatro horas, cantidad que llenaría una fuente de cuatro y media varas en cuadro y una vara de altura en el discurso de un día natural, la que era más que suficiente al abasto de un molino para el uso de lavar sus trigos". El valor dado a cada merced o cinco pajas, es de 50 pesos al año.

Las aguas se reparten a la ciudad por medio de cañerías. Los caños se han usado de plomo o de barro, según las circunstancias y las diferentes opiniones de los tiempos. En la Gaceta de México del mes de junio de 1731 se leen los siguientes pormenores: "Deseosa la ciudad de México de obviar los daños que en la salud, casas y empedrados (con la destruida, antigua cañería de plomo) se experimentaban, determinó se recibiese información sobre qué materia sería a propósito para evitarlos, siendo su primaria atención la salud de sus republicanos; y recibida por su corregidor (entonces D. Ramón de Espiguel Dávila) a que concurrieron siete maestros de arquitectura, quienes unánimes declararon ser más seguro, aseado, sólido y permanente el conducto de barro; en esta conformidad, por lo tocante a la salud, se hizo consulta al real tribunal del protomedicato, quien declaró no hallarse en el barro cosa que pudiese contravenir a ella, y deberse conducir el agua por arcaduces de esta materia, de cuya respuesta, habiendo dado cuenta al Excmo. Sr. marqués de Valero, en consulta de 24 de noviembre de 1718, mandó su excelencia por un decreto de 20 de junio de 1719 pasase al señor fiscal, y con su determinación se remitió, por voto consultivo, al real acuerdo, quien lo dio diciendo: nombrase su excelencia un señor ministro que hiciese más diligencias con personas en quienes cesase la sospecha, que en los maestros alarifes por interesados en la obra concurría, con lo que se conformó su excelencia, y por su decreto de 8 de febrero de 1720, mandó: que por hallarse ocupados los señores ministros, ejecutase esta diligencia el regidor D. José Antonio Dávalos y Espinoza, del orden de Santiago (entonces alcalde ordinario), quien recibió nueva información de ocho sujetos capaces, experimentados e inteligentes, y algunos profesores de medicina y matemáticas, cuyas respuestas se presentaron a su excelencia, en consulta que remitió al abogado fiscal, y su respuesta, por voto consultivo, al real acuerdo, quien lo dio aprobando la cañería de barro; con el que conformándose su excelencia por su decreto de 9 de abril de 1720, pasó al ayuntamiento, quien habiendo tomado algunas providencias sobre este negocio, no dio el paso por ciertos inconvenientes, hasta que el año pasado de 1730, su celoso actual corregidor, marqués de Guardiola, hizo instancia sobre que se ejecutasen nuevas diligencias extrajudiciales, y a este fin se tuvieron varios cabildos, de que resultó que se hiciesen las cañerías de barro, y se diese esta comisión al referido D. José Antonio Dávalos, cuya pericia, capacidad, celo y desinterés se han experimentado en otras ocasiones; y habiendo consultado al excelentísimo señor marqués de Casa-Fuerte esta determinación con parecer del señor fiscal, la aprobó; y movido de su gran celo del bien de la república, le mandó al expresado D. José (quien por hallarse quebrantado de salud se excusaba) tomase a cargo esta empresa, en cuyo obedecimiento pasó a las oficinas de alfareros, para hacerse capaz del modo de la maniobra y calidades de la greda, y haciendo fabricar algunos caños que no salieron a gusto por la corta longitud, y muy poco espesor, éste no ser igual, ser fabricado en la rueda a la mano, contener algún agua por ser un diámetro mayor que otro, y ser a macho y hembra, y así cosas difícil si se rompe uno poner en su lugar otro; discurrió el modo de cilindros de cierta composición de greda, arena y plumilla, que después de experimentar el fuego dos veces, una al jagüete y otra al vidrio, quedan de cuarenta y cuatro dedos de longitud, dos de espesor igual en toda la figura, y diez de diámetro, que con poca diferencia hacen cinco pesos o naranjas de agua, dos cortes de dos dedos, uno en cada boca del cilindro, así por la parte cóncava, como por la convexa, para que ajuste uno en otro, unidos con el azulaque, ceñidos con hilo de Campeche, y esta juntura abrazada con una gárgola o anillo de diez dedos de longitud, dos de espesor y quince de diámetro, que puesta a proporción se calafatean por uno y otro lado, con el mismo betún, quedándole seguridad y firmeza admirable. Y principiados a fabricar en esta forma, se dignó la benignidad del excelentísimo señor virrey (con el deseo de la consecución de ese importantísima providencia) de concurrir a ver trabajar, observando las mixturas de greda, arena y plumilla, y proporciones y medidas, y la gran facilidad de la operación en los modelos, aprobando el discreto designio de su científico director, y aplicó dos mil pesos de una multa para esta obra, con lo que se trabajó con esfuerzo, y fabricados los necesarios al destinado tramo desde la caja del agua de Santa Isabel hasta la pila pública, se dio principio a su asiento el día 3 de abril de este año de 1731, abriendo vara y media de profundidad en el terreno, y solidado este con cimiento de mampostería de una vara de latitud y media de alto, cargaron sobre él los caños, que se resguardaron por los lados con piedras de cantería blanda de treinta y seis y de cuarenta dedos de longitud, veintiséis de latitud y ocho de espesor (macizados con lechadas finas y tezontlales, la latitud de veinticuatro dedos) para que la tenayuca de cuatro de espesor, asentada sobre las dos piedras laterales, no cargase sobre el macizo de los caños, y resistiese cualquier peso, sin ofenderles, llenando el resto de la zanja de tierra y su empedrado: toda esta admirable máquina, en que se han gastado seis mil setecientos pesos, cuyo tramo desde la caja hasta la pila tiene mil trescientas cinco varas en que se repartieron seis alcantarillas, y con los que en ella se embebieron (se asentaron mil seiscientos ocho caños), se finalizó el día 23, y a las tres de la tarde se soltó el agua en la magnífica hermosa pila, que se estrenó el día 25 de agosto de 1713, y continúa estos días en abundancia, de donde se conducirá por acueductos de la misma materia a las del real palacio y plaza del Volador."


(Tomado de: Lafragua, José María, y Orozco y Berra, Manuel - La Ciudad de México. Prólogo de Ernesto de la Torre Villar, colaboración de Ramiro Navarro de Anda. Editorial Porrúa, S. A. Colección “Sepan Cuantos…” #520. México, 2014)

viernes, 26 de diciembre de 2025

José Zorrilla y Maximiliano

 


José Zorrilla y Maximiliano 


En el empinado castillo azteca de Chapultepec, allí comimos en una galería, desde la cual veíamos el indescriptible panorama del valle de Anáhuac, en cuyo centro la capital parece una ciudad de marfil de un abanico chino, destacándose sobre el fondo azul de la laguna de Texcoco

Quien no ha visto a México desde Chapultepec, no ha visto la tierra desde un balcón del paraíso: Maximiliano se saciaba contemplando aquel fragante y gigantesco canastillo de flores, puesto al pie de los nevados picos de la Sierra Madre que le devuelve por el aroma fresco de sus jardines de Iztapalapa, el cedrineo perfume de sus alerces, cimbradores y de su retorcidos enebros. Allí, en aquella galería, exclamó una tarde el infeliz príncipe austríaco, respirando a pleno pulmón aquel aire salubre, y dilatando sus pupilas azules a aquella luz tibia y transparente: "Así deseo yo que me dé Dios luz y aire, para morir bendiciéndole". ¡Y Dios le oyó! 

Aquella tarde en que yo le acompañaba, comenzaba ya confundir su luz con la neblina parda del crepúsculo; teníamos ya vacías las tazas del café y fumaba Maximiliano, no comprendiendo que yo le despreciara sus elegidos vegueros, y entreteníale yo con el relato de cuentos y pormenores de costumbres del país, sin darnos ni él ni yo cuenta ni de quiénes éramos ni de cómo el tiempo se nos pasaba, cuando nos interrumpió la señal de su telégrafo particular, que la hizo de atención. 

Maximiliano no podía menos de apercibirse, por más que a nadie pudiera confesar sus recelos, de que su Imperio no tenía aún, ni podría tener nunca, sólido fundamento. Él no había ido nunca por su gusto, ni menos por ambición de mando ni de riqueza, a ocupar el carcomido trono de los aztecas: una voz misteriosa, la de la poesía del pueblo, le había dicho que por la pluma de un italiano aún hoy desconocido como la voz de una Sibila, que: 

Il trono fracido de Moctezuma 

è nappo Gallico colmo di spuma, 

Y aquellos tres pareados, esculpidos en su memoria, le cosquilleaban alguna vez en el fondo de la conciencia; aunque no creyera posible la predicción del último, que él interpretaba cuando más por una lejana y tan digna como necesaria abdicación. Maximiliano era cristiano sincero y  católico sin restricciones; pero como alemán era también un tanto supersticioso, y no reunía nunca trece a su mesa, ni le gustaba que cayera en martes el santo de su mujer, o que se hiciera en tal día a la mar el buque en que partía una persona estimada; no era, pues, posible que la fatídica predicción de los tres pareados italianos se borraran de su memoria ni desertaran de su conciencia; él mismo me los recitó una vez, después de hacerme yo el ignorante de ellos; y si en ellos no hubiera él pensado, no me lo citara, por más que lo hiciese en tono de broma y afectando no darles importancia.”

En Sedán, después de quemar las banderas, ya preso con su emperador, Pierron tuvo todo el tiempo de recordar al otro, al difunto Maximiliano en su último encuentro, al momento de la despedida: 

"Y a las 5 de la tarde del miércoles concluíamos de comer y entrábamos en su despacho de la torre del mediodía del palacio de los Virreyes, donde con la cordialidad de un amigo y el cariño de un hermano me entregó un paquete de notas. 

A las seis menos cuarto se levantó de la silla para despedirme, y me abrazó; él era de aventajadísima estatura, y mi frente llegaba apenas al lugar en que latía su corazón, contra el cual me estrechaba: sentí que los ojos se me inundaban de lágrimas; y cuando me condujo hasta la puerta, yo no pude articular palabra; apretóme la mano, y diciéndome: "Hasta la vuelta, y puede usted escribirme por mi gabinete civil", me despidió. Atravesé el inmenso salón vacío en que la puerta de su gabinete se abría, y al llegar a la puerta de aquel, sintiendo yo que aún me esperaba en la del este, me volví a hacerle el último saludo. Estaba efectivamente sonriéndome bajo el dintel de aquella puerta; los rayos del sol poniente, que por el balcón del gabinete que tras ella y sobre la plaza se abría, iluminaban por detrás su figura inmóvil, que destacaba sobre aquel fondo de resplandor de incendio: su cabeza rubia parecía cercada de una aureola de luz purpúrea, y nunca he podido olvidar esta coincidencia supersticiosa. 

La primera vez que le vi, entrando en la capital, bajo su manto rojo de púrpura y escoltado por su guardia palatina de uniforme rojo, me pareció que tras de sí dejaba un rastro de sangre; y la última me dejó la impresión de haberle visto circundado de fuego como si saliera o cayera en un volcán.”


(Tomado de Meyer, Jean - Yo, el francés. Crónicas de la Intervención francesa en México, 1862-1867, Maxi Tusquets Editores S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 2009)

lunes, 8 de julio de 2019

Nezahualcóyotl



(1402-1472) Tenía apenas 16 años cuando, desde su escondite, cubierto por la sombra de un capulín, vio a su padre Ixtlixóchitl, rey de Texcoco, pelear y morir. Aún retumbaban en sus oídos las últimas palabras que le había dicho antes de que le ordenara esconderse: “Lo que te encargo y te ruego es que no desampares a nuestros súbditos y vasallos, ni eches en olvido que eres chichimeca; debes recobrar el trono que tan injustamente Tezozómoc -rey de Azcapotzalco- nos arrebata y vengar la muerte de tu afligido padre”. Ese día, mientras incineraba el cuerpo de su padre, auxiliado por súbditos leales, el príncipe Alcomiztli Nezahualcóyotl juró no olvidar su promesa.  

Había nacido el 28 de abril de 1402 en la ciudad de Texcoco. Su educación, como la de todo miembro real, fue severa pero efectiva. En su adolescencia ingresó a la escuela de la nobleza, cocida como Calmécac. Ahí aprendió a realizar cada uno de los deberes sociales. Aprendió los códices, pero muy en especial, encontró gusto por la memorización de poemas y cantos sagrados. Quizás eran éstos y los que él mismo escribió, los que repertía en los días y meses que siguieron a la muerte de su padre, mientras estaba escondido de los guerreros de Tezozómoc, quienes tenían instrucciones de hallarlo darle muerte para que no hubiera quien pudiera reclamar el trono de Acolhuacan.


Durante cuatro años, Nezahualcóyotl se ocultó en bosques y montañas. En más de una ocasión estuvo cerca de caer prisionero; sin embargo, el pueblo, que lo veía cono el verdadero rey -mientras que a Tezozómoc se le consideraba un usurpador-, le auxilió en diversas ocasiones para escapar de sus verdugos, hasta que llegó con los tlaxcaltecas y encontró un refugio donde descansar.


Con paciencia fue tejiendo su venganza. Consiguió que su tío Chimalpopoca enviara a un grupo de mujeres nobles a pedir a Tezozómoc que permitiera a Nezahualcóyotl ingresar a Tenochtitlan, en donde viviría pacíficamente. El encanto de las damas auspició la aceptación. Dos años más habrían de pasar para que Tezozómoc le permitiera ingresar a Texcoco.


Pero el tiempo venció a la venganza. Corría el año de 1427 cuando Azcapotzalco amaneció sin rey. Tezozómoc había vivido más de cien años. Antes de dar su último suspiro, pidió a sus hijos asesinar lo más pronto posible a Nezahualcóyotl, a quien había soñado destruyendo su reino y convertido en águila y en león.


El encargo recayó en Maxtla, su hijo mayor y nuevo rey de Azcapotzalco. Sin embargo, Nezahualcóyotl había aprovechado el tiempo para hacer alianzas con los señores de Tenochtitlan y Tlatelolco. Los ejércitos de Tlaxcala, Cempoala, Cholula y Huejotzingo se unieron a él y, reunidos en los llanos de Apan, esperaron el momento exacto para entrar a Texcoco.


Las guarniciones de Maxtla, aquel 5 de agosto de 1427, no pudieron resistir el embate y, en menos de un día, Nezahualcóyotl recuperó el reino de su padre y de inmediato comenzó a reorganizar el gobierno. Aquel joven poeta que cargaba con una promesa parecía haber quedado atrás. El gobernante emergía del guerrero. Pero antes de que eso ocurriera por completo, fue por Maxtla hasta Azcapotzalco, en la que fue una de las guerras más atroces del mundo prehispánico y de la cual salió vencedor el rey poeta. Cerró ese capítulo de su vida dando muerte a Maxtla y esparciendo su sangre a los cuatro puntos del universo. Tenía 25 años y su promesa había sido cumplida.


Durante los 45 años que duró su reinado, Nezahualcóyotl logró consumar la toma de Xochimilco (1429) gracias a su alianza con Tenochtitlan y Tlatelolco; y gracias a la Triple Alianza que formó con el emperador mexica, Itzcóatl, y el señor de Tacubaya, Totoquihauhtzin, pudo consolidar el imperio más grande del mundo prehispánico. A él se debe el balneario de Chapultepec, así como el acueducto que dotó de agua a Tenochtitlan. De forma especial promovió la educación, la justicia, la recaudación de tributos y las artes. Nunca un gobernante tan supremo como aquél, que había comenzado desde varios años atrás a forjar su propio destino a pesar de las contrariedades que pudo encontrar en su camino. Su fortaleza le permitió vengar a su padre, pero su sabiduría y nobleza lo convirtieron en un hombre mejor: en el líder que la gente confiaba para seguir hacia la creación de un imperio insuperable. El joven poeta nunca dejó de escribir, aun cuando la muerte le afligiera: “Allá donde no hay muerte/allá donde ella es conquistada/que allá vaya yo”.


(Tomado de: Tapia, Mario - 101 héroes en la historia de México. Random House Mondadori, S.A. de C.V. México, D.F., 2008)

sábado, 6 de octubre de 2018

Axolohua

Axolohua

Fundación de México (Códice Aubin)


Sacerdote azteca que con otro compañero encontró "el nopal sobre el cual está parada el águila" (Anales Mexicanos, no. 3), y de repente "se sumió en el hondo del agua verde". Veinticuatro horas después apareció en Chapultepec, donde estaban los aztecas, y les contó su aventura: en el fondo del lago había visto a Tláloc, quien le dijo: "Este es el lugar que han de poblar y hacer la cabeza de su señorío".  (Torquemada I).


(Tomado de: Enciclopedia de México)