Mostrando las entradas con la etiqueta acueducto. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta acueducto. Mostrar todas las entradas

lunes, 17 de agosto de 2026

Orozco y Berra y el suministro de agua, 1854

 


Aguas

De las dos que se gastan en la capital, una lleva el nombre de agua gorda y la otra de agua delgada. Ésta viene de diversos manantiales, de los Leones, del Desierto y de Santa Fe, y abastece al vecindario en los dos tercios de la ciudad comprendidos desde la garita de Peralvillo, hasta la línea que de E. a O. comienza en la Candelaria y termina en la calle de Alconedo. Los vecinos de la parte S. comprendidos entre la línea expresada y las garitas de Belén, la Piedad, San Antonio Abad y la Viga, gastan el agua gorda, cuyas fuentes se encuentran en Chapultepec. La primera, tal como está en las fuentes, no es completamente diáfana, y en tiempo de lluvias es necesario para que sea potable, filtrarla o dejarla que repose para quitarle el barro que tiene en suspensión. El agua delgada es más ligera que la gorda, porque en ésta hay menos aire y mayor cantidad de sales; pero una y otra contienen los mismos cuerpos extraños, en diversas proporciones. Los más notables son aire, gas carbónico libre, carbonato y sulfato de cal, hidroclorato de sosa y muy corta cantidad de magnesia. Algunos creen que hay hidrosulfatos en pequeña cantidad. Las dos aguas enverdecen los colores azules vegetales cuando están concentradas; pero más la gorda que la delgada.

Ya hemos indicado que el agua de Chapultepec servía para la ciudad azteca; que verificada la conquista uno de los primeros trabajos fue adobar los caños y ponerlos en corriente; en el primer libro de cabildo se encuentran además repetidas disposiciones, ya para formar la zanja, ya para repararla y componerla, ya para nombrar guarda que la cuidara; desde entonces sirven los manantiales del bosque que se han conservado inagotables. En el cabildo de 12 de abril de 1527 se hace mención del agua de Churubusco, que si se trajo, fue por poco tiempo. En 1618, describiendo el Dr. Cisneros las aguas, asegura que: "tres fuentes principales tiene esta ciudad de México, de cuyas aguas gozan sus vecinos, la de Chapultepec, la de Santa Fe y la de Azcapotzalco, que viene al monasterio y plaza de Santiago Tlatelolco, desde la huerta de Miguel de Alfaro". De aquí inferiremos, que en el primer siglo se perdió el agua de Churubusco, y que no bastando la de Chapultepec para el consumo de la ciudad, se habían traído las otras dos. La de Azcapotzalco no existe hoy ya; su falta es una de las causas que más han influido en la despoblación del barrio de Tlatelolco. En cuanto a la de Santa Fe, permanece todavía; el ayuntamiento compró la propiedad del bosque al cabildo eclesiástico de Valladolid (Morelia) en la cantidad de seis mil pesos, reconociéndoles sobre el importe del impuesto llamado sisa, de la que se pagan 300 pesos anuales al cura rector del pueblo.

No bastando con el tiempo estos solos manantiales se unieron los demás, de modo que el agua que por esa parte llega corre un buen espacio. En el monte de los Leones hay una presa donde se recoge el producto de los veneros de ese nombre, con una compuerta para darle salida; se calcula en cuatro surcos el agua que de allí sale, aunque se desperdicia casi la mitad cuando la obra está azolvada. Corre en seguida por un caño descubierto, pasa una barranquilla, el portillo del Lechero, y por un tajo poco profundo va a reunirse con la del Desierto; en el lugar de la pila repartidora hay una toma para la hacienda de San Borja, y poco más allá otra de un surco para el rancho de San José. Los principales veneros del agua del Desierto se nombran el Chicharco, Monarca y el Pretorio, juntándose con la de los Leones a poca distancia de la venta de Cuajimalpa. Desde alli corren unidas por un caño revestido de ladrillo en partes y en otras por la tierra, tapado de trecho en trecho, hasta el edificio del Molino Viejo, arriba del bosque de Santa Fe, adonde viene a reunirse a los últimos manantiales. Según la descripción del Dr. Cisneros, el repetido año 1618 "Nace, pues, el agua que llaman de Santa Fe, cerca del lugar de quien toma nombre esta fuente, en una quebrada que demora de este a oeste... y a un lado de esta quebrada, que mira a la parte meridional, declinando algo al occidente, sale de diferentes partes (aunque todas de una misma consideración), divididas en cinco manantiales, cuyos dos nacen cerca el uno del otro a la falda de un cerro de tierra con gran pujanza, y corren distancias de poco más de un tiro de ballesta, donde son infinitos los manantiales que en la falda del mismo cerro nacen bastantes a aumentar un gran concurso de aguas, y a poca distancia se junta otro que nace del mismo cerro, mirando siempre la parte meridional en lugar más alto que los tres referidos junto a una casa que está en el mismo sitio, y a distancia de diez varas sale el quinto manantial que hay de consideración porque si se hubieran de contar los muchos y pequeños que hay cerca de éstos fuera cosa prolija." Los manantiales de Santa Fe están cercados, las aguas caminan por las lomas de Santo Domingo, llegan al punto nombrado el Reventón de Belén, donde hay un socavón, después a la reposadera del Tinacal, por el Molino del Rey, y entran en la ciudad por el acueducto.

De parte de esta obra nos noticia la Gaceta de México del mes de mayo de 1735. "Hase concluido perfectamente (dice) en el molino de Nuestra Señora de Belén y Buenavista, arriba de la villa de Tacubaya, en el paraje nombrado Coscacuaco, la insigne obra de la conducción del agua, que desde los manantiales de Santa Fe baja a abastecer esta ciudad, y a la cual antes traía su corriente por una zanja descubierta con el peligro de ser hurtada de escaparse por donde hallase brecha, y de coger todas las inmundicias que encontrase nocivas a la salud del público; viene ya encañonada por un socavón o taladro, que corre el espacio de cuatro mil quinientos setenta y nueve varas, fabricado a costa de inmenso trabajo, y de gran cantidad de pesos, en el centro de los cerros, por donde sin desperdiciarse gota, y con toda limpieza purificada por los puros vientos, que por diez lumbreras se le comunican, sigue su manso curso desde los cárcamos del de Santa Fe, haciendo tránsito en los que en las quiebras son precisos, por quince hermosos fornidos arcos, hasta llegar al expresado molino de Belén, etc." Las aguas de los Leones y el Desierto se trajeron en 1786.

Las ordenanzas para el ramo se formaron por el ayuntamiento, y con informe del fiscal fueron aprobadas por el virrey duque de Alburquerque en 27 de octubre de 1710. El marco de agua para la medida por menor ya existía, puesto que había distribución hasta de una paja; mas debía haber en ello mucho desorden supuesto que el conde de Revillagigedo puso en darle organización sumo cuidado. De su orden se encargó al corregidor D. Bernardo Bonavía arreglase las tomas de agua concedidas; para cerciorarse mejor de la cantidad producida por una toma determinada, hizo varios experimentos el 5 de mayo de 1792, por medio del teniente coronel D. Miguel Constanzó, con asistencia del juez de arquerías D. Ignacio Iglesias, y de ello resultó "que la data equivalente a una paja ofrece una libra o cuartillo de agua por minuto, y catorce y medio quintales al día; que otra data de una pulgada de diámetro equivalía por diez y ocho pajas, pues daba diez y ocho libras en el propio término de minuto, algo más de doscientos cincuenta y nueve quintales en veinticuatro horas, cantidad que llenaría una fuente de cuatro y media varas en cuadro y una vara de altura en el discurso de un día natural, la que era más que suficiente al abasto de un molino para el uso de lavar sus trigos". El valor dado a cada merced o cinco pajas, es de 50 pesos al año.

Las aguas se reparten a la ciudad por medio de cañerías. Los caños se han usado de plomo o de barro, según las circunstancias y las diferentes opiniones de los tiempos. En la Gaceta de México del mes de junio de 1731 se leen los siguientes pormenores: "Deseosa la ciudad de México de obviar los daños que en la salud, casas y empedrados (con la destruida, antigua cañería de plomo) se experimentaban, determinó se recibiese información sobre qué materia sería a propósito para evitarlos, siendo su primaria atención la salud de sus republicanos; y recibida por su corregidor (entonces D. Ramón de Espiguel Dávila) a que concurrieron siete maestros de arquitectura, quienes unánimes declararon ser más seguro, aseado, sólido y permanente el conducto de barro; en esta conformidad, por lo tocante a la salud, se hizo consulta al real tribunal del protomedicato, quien declaró no hallarse en el barro cosa que pudiese contravenir a ella, y deberse conducir el agua por arcaduces de esta materia, de cuya respuesta, habiendo dado cuenta al Excmo. Sr. marqués de Valero, en consulta de 24 de noviembre de 1718, mandó su excelencia por un decreto de 20 de junio de 1719 pasase al señor fiscal, y con su determinación se remitió, por voto consultivo, al real acuerdo, quien lo dio diciendo: nombrase su excelencia un señor ministro que hiciese más diligencias con personas en quienes cesase la sospecha, que en los maestros alarifes por interesados en la obra concurría, con lo que se conformó su excelencia, y por su decreto de 8 de febrero de 1720, mandó: que por hallarse ocupados los señores ministros, ejecutase esta diligencia el regidor D. José Antonio Dávalos y Espinoza, del orden de Santiago (entonces alcalde ordinario), quien recibió nueva información de ocho sujetos capaces, experimentados e inteligentes, y algunos profesores de medicina y matemáticas, cuyas respuestas se presentaron a su excelencia, en consulta que remitió al abogado fiscal, y su respuesta, por voto consultivo, al real acuerdo, quien lo dio aprobando la cañería de barro; con el que conformándose su excelencia por su decreto de 9 de abril de 1720, pasó al ayuntamiento, quien habiendo tomado algunas providencias sobre este negocio, no dio el paso por ciertos inconvenientes, hasta que el año pasado de 1730, su celoso actual corregidor, marqués de Guardiola, hizo instancia sobre que se ejecutasen nuevas diligencias extrajudiciales, y a este fin se tuvieron varios cabildos, de que resultó que se hiciesen las cañerías de barro, y se diese esta comisión al referido D. José Antonio Dávalos, cuya pericia, capacidad, celo y desinterés se han experimentado en otras ocasiones; y habiendo consultado al excelentísimo señor marqués de Casa-Fuerte esta determinación con parecer del señor fiscal, la aprobó; y movido de su gran celo del bien de la república, le mandó al expresado D. José (quien por hallarse quebrantado de salud se excusaba) tomase a cargo esta empresa, en cuyo obedecimiento pasó a las oficinas de alfareros, para hacerse capaz del modo de la maniobra y calidades de la greda, y haciendo fabricar algunos caños que no salieron a gusto por la corta longitud, y muy poco espesor, éste no ser igual, ser fabricado en la rueda a la mano, contener algún agua por ser un diámetro mayor que otro, y ser a macho y hembra, y así cosas difícil si se rompe uno poner en su lugar otro; discurrió el modo de cilindros de cierta composición de greda, arena y plumilla, que después de experimentar el fuego dos veces, una al jagüete y otra al vidrio, quedan de cuarenta y cuatro dedos de longitud, dos de espesor igual en toda la figura, y diez de diámetro, que con poca diferencia hacen cinco pesos o naranjas de agua, dos cortes de dos dedos, uno en cada boca del cilindro, así por la parte cóncava, como por la convexa, para que ajuste uno en otro, unidos con el azulaque, ceñidos con hilo de Campeche, y esta juntura abrazada con una gárgola o anillo de diez dedos de longitud, dos de espesor y quince de diámetro, que puesta a proporción se calafatean por uno y otro lado, con el mismo betún, quedándole seguridad y firmeza admirable. Y principiados a fabricar en esta forma, se dignó la benignidad del excelentísimo señor virrey (con el deseo de la consecución de ese importantísima providencia) de concurrir a ver trabajar, observando las mixturas de greda, arena y plumilla, y proporciones y medidas, y la gran facilidad de la operación en los modelos, aprobando el discreto designio de su científico director, y aplicó dos mil pesos de una multa para esta obra, con lo que se trabajó con esfuerzo, y fabricados los necesarios al destinado tramo desde la caja del agua de Santa Isabel hasta la pila pública, se dio principio a su asiento el día 3 de abril de este año de 1731, abriendo vara y media de profundidad en el terreno, y solidado este con cimiento de mampostería de una vara de latitud y media de alto, cargaron sobre él los caños, que se resguardaron por los lados con piedras de cantería blanda de treinta y seis y de cuarenta dedos de longitud, veintiséis de latitud y ocho de espesor (macizados con lechadas finas y tezontlales, la latitud de veinticuatro dedos) para que la tenayuca de cuatro de espesor, asentada sobre las dos piedras laterales, no cargase sobre el macizo de los caños, y resistiese cualquier peso, sin ofenderles, llenando el resto de la zanja de tierra y su empedrado: toda esta admirable máquina, en que se han gastado seis mil setecientos pesos, cuyo tramo desde la caja hasta la pila tiene mil trescientas cinco varas en que se repartieron seis alcantarillas, y con los que en ella se embebieron (se asentaron mil seiscientos ocho caños), se finalizó el día 23, y a las tres de la tarde se soltó el agua en la magnífica hermosa pila, que se estrenó el día 25 de agosto de 1713, y continúa estos días en abundancia, de donde se conducirá por acueductos de la misma materia a las del real palacio y plaza del Volador."


(Tomado de: Lafragua, José María, y Orozco y Berra, Manuel - La Ciudad de México. Prólogo de Ernesto de la Torre Villar, colaboración de Ramiro Navarro de Anda. Editorial Porrúa, S. A. Colección “Sepan Cuantos…” #520. México, 2014)

jueves, 28 de agosto de 2025

El salto que saltó: D F

 


El salto que saltó: D. F.


Está y no está, es y no es. Y no se trata de las premisas filosóficas que un día escribiera Shakespeare en su inmortal Hamlet, sino del salto saltarín. 

Lo apodan "El Salto del Agua" y era la terminal del acueducto de Belem, que traía el vital líquido desde los manantiales del lago de Chapultepec hasta la Ciudad de México desde el año 1779, cuando el virrey Antonio María Bucareli lo mandó construir e instalar en el barrio de Niño Perdido.

El autor del Salto del Agua es anónimo. El salto es conocido y hoy en día se le puede admirar en la esquina del Eje Lázaro Cárdenas y la calle arcos de Belem. Allí está y no está porque, en realidad, es y no es, todos lo pueden ver pero pocos saben que sí es. Para algunos no se trata del original, para otro sí lo es, y los más no saben dónde se encuentra. 

La gente lo ve y no lo ve, por eso es mágica la fuente del Salto del Agua. Unos creen que está en el extranjero, en Nueva York, y otros dicen haber escuchado versiones de que se encuentra en el patio de la casa de un ex funcionario de México. Pero esto último no es verídico, pues si bien la fuente que se admira en el Eje Lázaro Cárdenas no es la original, ésta se encuentra en el Estado de México, en el Museo Nacional del Virreinato de la población de Tepozotlán

El Salto del Agua, saltó, dejó la Ciudad de México por causa de las obras del Metro y se fue a Coyoacán, de allí su fama de saltarín. Según el bibliotecario del Museo Nacional del Virreinato de Tepozotlán, la fuente "había sido desmontada por protección de Arcos de Belem y sustituida por la que actualmente está, que es enteramente nueva. Para no perder estas piezas se llevaron a Churubusco y de Churubusco se trajeron aquí”.

La razón por la cual fue desmontado el original Salto del Agua surge a simple vista, pues aunque estaba deteriorado, siempre hay gente poco respetuosa que no se tienta el corazón para grabar su nombre en una obra de arte colonial. 

El paso de los siglos ha dañado las esculturas originales y por desgracia, la intemperie lo sigue haciendo en El Salto original y en la réplica. Las únicas piezas originales que existen actualmente en el Salto del Agua que se encuentra en la Ciudad de México son los letreros de advertencia, la base de cantera negra y, si acaso, alguna de las copas que coronan la fuente. 

El Salto del Agua ha sido testigo del progreso de México, del paso de los años, de su historia y está lleno de recuerdos, por lo que si sus piedras pudieran hablar nos contarían muchas cosas tanto de aquí, de México, como de allá, de Tepotzotlán, su nueva casa.


(Tomado de: Sendel, Virginia - México Mágico. Editorial Diana, S.A. de C.V., México, D.F., 1991)

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Los arcos del amor, Querétaro



El amor llevó el agua a los queretanos… y los abasteció durante más de doscientos años.
Fue el amor lo que provocó se construyeran los que serían el símbolo del Estado queretano: los arcos.
Mil doscientos ochenta metros de arcos… 74 que se empezaron a construir hace 260 años y se terminaron doce años después… de entonces a la fecha han resistido el paso del tiempo, imperios, revoluciones y no dudamos que todo se deba al amor: El del protagonista y creador de la obra hacia una joven monja… Don Juan Antonio de Urrutia y Arana vivía en la capital, donde se enamoró de la joven a quien sus padres mandaron al convento capuchino en Querétaro… todo para alejarla de las tentaciones que el marqués, hombre casado, le provocaba.
El Romeo mexicano, al saber del traslado de su dama a Querétaro, la sigue y se instala junto con su familia a dos casas del convento capuchino… y dicen las malas lenguas que visitaba a su Julieta con frecuencia… no quería que nada le faltara, y como en aquel entonces le faltaba el agua, prometió dota a su amada del preciado líquido.
Una promesa ambiciosa, pero que el marqués cumpliría… Encontró a 19 kilómetros de la ciudad una fuente natural de agua y mandó construir un drenaje de cantera desde allí hasta el sitio en donde quedarían sus arcos para llevar el agua a su amada… Le llevó doce años para que los arcos funcionaran como acueducto, pero cumplió su palabra, la novia recibió el agua, lo mismo que toda la ciudad de Querétaro. Y no sólo eso, sino que los arcos que se iniciaron por la magia del amor continúan ahí, ya no surtiendo agua, pero sí como símbolo inconfundible de Querétaro… Arcos de 23 metros de alto y de dos metros los más bajos, todos de cantera y mampostería, se encuentran prácticamente como cuando fueron construidos… y todo ello lo agradecen los queretanos, sobre todo los del pueblo de La Cañada, que le mandaron hacer una estatua al marqués… Años después la estatua fue llevada a Querétaro para restaurarla y a su vuelta fue recibida con todos los honores. “Como si se tratara de la procesión de un santo”, dicen, acompañaron a la estatua con flores, cohetes y música. Un justo reconocimiento para quien dio tanto por amor… ¿Y a cambio qué? podríamos preguntar. Pues a cambio de nada, se supone, porque dicen que fue un amor platónico el del marqués por la monja y viceversa… Lo cierto y lo mágico es que los arcos permanecen como recuerdo del agua que llegó por amor.


(Tomado de: Sendel, Virginia - México Mágico. Editorial Diana, S.A. de C.V., México, D.F., 1991)



lunes, 8 de julio de 2019

Nezahualcóyotl



(1402-1472) Tenía apenas 16 años cuando, desde su escondite, cubierto por la sombra de un capulín, vio a su padre Ixtlixóchitl, rey de Texcoco, pelear y morir. Aún retumbaban en sus oídos las últimas palabras que le había dicho antes de que le ordenara esconderse: “Lo que te encargo y te ruego es que no desampares a nuestros súbditos y vasallos, ni eches en olvido que eres chichimeca; debes recobrar el trono que tan injustamente Tezozómoc -rey de Azcapotzalco- nos arrebata y vengar la muerte de tu afligido padre”. Ese día, mientras incineraba el cuerpo de su padre, auxiliado por súbditos leales, el príncipe Alcomiztli Nezahualcóyotl juró no olvidar su promesa.  

Había nacido el 28 de abril de 1402 en la ciudad de Texcoco. Su educación, como la de todo miembro real, fue severa pero efectiva. En su adolescencia ingresó a la escuela de la nobleza, cocida como Calmécac. Ahí aprendió a realizar cada uno de los deberes sociales. Aprendió los códices, pero muy en especial, encontró gusto por la memorización de poemas y cantos sagrados. Quizás eran éstos y los que él mismo escribió, los que repertía en los días y meses que siguieron a la muerte de su padre, mientras estaba escondido de los guerreros de Tezozómoc, quienes tenían instrucciones de hallarlo darle muerte para que no hubiera quien pudiera reclamar el trono de Acolhuacan.


Durante cuatro años, Nezahualcóyotl se ocultó en bosques y montañas. En más de una ocasión estuvo cerca de caer prisionero; sin embargo, el pueblo, que lo veía cono el verdadero rey -mientras que a Tezozómoc se le consideraba un usurpador-, le auxilió en diversas ocasiones para escapar de sus verdugos, hasta que llegó con los tlaxcaltecas y encontró un refugio donde descansar.


Con paciencia fue tejiendo su venganza. Consiguió que su tío Chimalpopoca enviara a un grupo de mujeres nobles a pedir a Tezozómoc que permitiera a Nezahualcóyotl ingresar a Tenochtitlan, en donde viviría pacíficamente. El encanto de las damas auspició la aceptación. Dos años más habrían de pasar para que Tezozómoc le permitiera ingresar a Texcoco.


Pero el tiempo venció a la venganza. Corría el año de 1427 cuando Azcapotzalco amaneció sin rey. Tezozómoc había vivido más de cien años. Antes de dar su último suspiro, pidió a sus hijos asesinar lo más pronto posible a Nezahualcóyotl, a quien había soñado destruyendo su reino y convertido en águila y en león.


El encargo recayó en Maxtla, su hijo mayor y nuevo rey de Azcapotzalco. Sin embargo, Nezahualcóyotl había aprovechado el tiempo para hacer alianzas con los señores de Tenochtitlan y Tlatelolco. Los ejércitos de Tlaxcala, Cempoala, Cholula y Huejotzingo se unieron a él y, reunidos en los llanos de Apan, esperaron el momento exacto para entrar a Texcoco.


Las guarniciones de Maxtla, aquel 5 de agosto de 1427, no pudieron resistir el embate y, en menos de un día, Nezahualcóyotl recuperó el reino de su padre y de inmediato comenzó a reorganizar el gobierno. Aquel joven poeta que cargaba con una promesa parecía haber quedado atrás. El gobernante emergía del guerrero. Pero antes de que eso ocurriera por completo, fue por Maxtla hasta Azcapotzalco, en la que fue una de las guerras más atroces del mundo prehispánico y de la cual salió vencedor el rey poeta. Cerró ese capítulo de su vida dando muerte a Maxtla y esparciendo su sangre a los cuatro puntos del universo. Tenía 25 años y su promesa había sido cumplida.


Durante los 45 años que duró su reinado, Nezahualcóyotl logró consumar la toma de Xochimilco (1429) gracias a su alianza con Tenochtitlan y Tlatelolco; y gracias a la Triple Alianza que formó con el emperador mexica, Itzcóatl, y el señor de Tacubaya, Totoquihauhtzin, pudo consolidar el imperio más grande del mundo prehispánico. A él se debe el balneario de Chapultepec, así como el acueducto que dotó de agua a Tenochtitlan. De forma especial promovió la educación, la justicia, la recaudación de tributos y las artes. Nunca un gobernante tan supremo como aquél, que había comenzado desde varios años atrás a forjar su propio destino a pesar de las contrariedades que pudo encontrar en su camino. Su fortaleza le permitió vengar a su padre, pero su sabiduría y nobleza lo convirtieron en un hombre mejor: en el líder que la gente confiaba para seguir hacia la creación de un imperio insuperable. El joven poeta nunca dejó de escribir, aun cuando la muerte le afligiera: “Allá donde no hay muerte/allá donde ella es conquistada/que allá vaya yo”.


(Tomado de: Tapia, Mario - 101 héroes en la historia de México. Random House Mondadori, S.A. de C.V. México, D.F., 2008)

viernes, 11 de enero de 2019

Fundación de Querétaro

 
(Templo de Santa Rosa de Viterbo)
 
Mientras Zacatecas subía y bajaba en importancia como centro urbano, Querétaro conservó hasta bien entrado el siglo XIX el título de tercera ciudad del virreinato que le adjudicó en 1680 el erudito Carlos de Sigüenza y Góngora. El despegue inicial se debió a la fertilidad de las tierras queretanas y sobre todo al hecho de ser paso obligado para las caravanas de carretas que iban a Zacatecas, primero, y poco después a Guanajuato, con lo cual el comercio alcanzó enorme desarrollo.

Hacia el siglo XII hubo en la comarca de Querétaro un puesto avanzado de los toltecas. Tras la caída de Tula la tierra cayó en manos de los chichimecas bárbaros, y pocos años después de la caída de Tenochtitlan fue ocupada por grupos otomíes a quienes jefaturaba un caudillo llamado Conín. En 1532 llegó a tierras queretanas una corta expedición integrada por algunos españoles y muchos aliados tarascos; Conín se sometió a los recién llegados y por tal motivo el poblado que se fundó poco después fue llamado Querétaro, una palabra derivada de voces tarascas que significan "en el juego de pelota", lo mismo que Nda-maxei, como le llamaba Conín en otomí. El primer asiento resultó demasiado cenagoso, por lo que en 1550 la ciudad fue trasladada al sitio que ocupa hoy en día.

En 1638, un cronista dejó escrito que Querétaro tenía 480 vecinos españoles, todos ellos propietarios "de casas muy cumplidas... Todas tiene agua de pie, huertas y viñas.. (en el campo) tienen dos molinos grandiosos y otro en el mismo pueblo... Hay más de un millón de cabezas de ganado menor y gran abundancia de ganado mayor".

Durante el siglo XVI se hicieron algunas construcciones modestas, todas las cuales fueron demolidas en el siglo siguiente para sustituirlas por otras mejores. De 1698 data el monumental convento franciscano, que abarca cuatro manzanas. La fachada de la iglesia de Santa Clara de Jesús se terminó en 1633 y en 1629 el templo del convento de San Antonio.
 
 

En el siglo XVIII se terminó de construir el acueducto y surgieron edificios como el convento a iglesia de San Agustín, el hospicio de Nuestra Señora de la Merced, los colegios jesuitas de San Ignacio y San Francisco Javier, además de mansiones particulares como la llamada Casa de los Perros y los palacios de Hecala, de los condes de Sierra Gorda y de Francisco Antonio de Aldai. Desde Querétaro se impulsó la construcción de una serie de misiones en la Sierra Gorda. Al despuntar el siglo XIX Querétaro no sólo era una de las ciudades más prósperas y hermosas de la Nueva España, sino que a su gran actividad agrícola y comercial añadía gran número de molinos, telares, talleres industriales y la Real Fábrica de Tabacos, en la que laboraban cientos de trabajadores. Sus habitantes sumaban más de 40,000.
 
(Tomado de: Armando Ayala Anguiano - ¡Extra! Contenido. México de carne y Hueso III. Tercer tomo: La Nueva España (1). Editorial Contenido, S.A. de C.V., México, D.F., 1997) 
 
 
 

martes, 31 de julio de 2018

Iglesia del Salto del Agua



El 19 de marzo de 1750 fue colocada la primera piedra para edificar la iglesia del Salto del Agua, en el barrio de los indios por don Francisco Navarijo.

En el año de 1761 fue destinada para auxiliar a la parroquia de la Santa Veracruz, por estar en su jurisdicción bajo el nombre de iglesia parroquial de la Purísima.


Después el arzobispo Lorenzana hizo en el año de 1772 la división de 14 parroquias quedando ésta como independiente.




(Tomado de: Casasola, Gustavo – 6 Siglos de Historia Gráfica de México 1325-1976. Vol. 2. Editorial Gustavo Casasola, S.A. México, 1978)