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lunes, 31 de marzo de 2025

Música de trinchera


 

Música de trinchera 

Mientras empezaban a confluir en la ciudad de México los primeros miembros de una bohemia magnífica que haría historia en la música mexicana, la Revolución desataba un intenso nacionalismo musical que era también expresión de rebeldía contra el exagerado afrancesamiento de la estirada sociedad porfiriana. 

Allá en la ensangrentada campiña los "Dorados", los "Pelones" y las soldaderas llenaban sus ocios y ahuyentaban el temor con canciones frescas y alegres como Cielito lindo, satíricas como La cucaracha, apasionadas como La Valentina y La Adelita o profundamente nostálgicas como la Canción Mixteca, que empezó a difundirse hacia el fin de la lucha. 

Asimismo, al quedar por fin relegadas las modas europeizantes, saltaron al primer plano algunas tonadas ya viejas para entonces, como Las tres pelonas, compuestas en 1893, y La barca de oro, cuyo autor había muerto en 1892. No menos extraordinario fue el resurgimiento "revolucionario" de la marcha Zacatecas estrenada en 1893. 

Pero su majestad el vals se negaba a rendirse y contraatacó con obras tan inspiradas como Río Rosa y Alborada, del duranguense Alberto Alvarado; Club verde de Rodolfo Campodónico; y sobre todo Ojos de juventud, con música de Arturo Tolentino y letra de Gus Águila. 

Fueron estos los últimos fulgores del vals, único género en el que los músicos mexicanos habrían logrado descollar.

Para divertir a Villa 

Las tres pelonas fue obra de Isaac Calderón, a quien le pareció muy gracioso el aspecto de sus tres hijitas que habían perdido el pelo a consecuencia de la epidemia de tifo que azotó al país en 1892. 

Nacido en 1860 en tierras michoacanas, Calderón era un hombre de aspecto enfermizo y suaves modales. Sin embargo, no vaciló en tomar las armas y participar en varios combates de la Revolución, aunque al iniciarse el conflicto ya pasaba de los 50 años y poseía un sólido prestigio como compositor y director orquestal. 

Varios cronistas de la época refieren que Las tres pelonas se cantaba con gran frecuencia entre los revolucionarios; más aún, el máximo admirador de la canción era Pancho Villa, quien gustaba de alegrarse haciéndola tocar una y otra vez, en ocasiones por espacio de horas enteras. Y entre sus "Dorados" era una de las tonadas más populares. 

Ingratas fueron, paradójicamente, las regalías que pagaron los villistas a Calderón. En 1915 una partida de ellos lo capturó y lo fusiló sumariamente en un pueblo de Guanajuato, sin imaginar siquiera que se trataba del compositor favorito de su jefe. Calderón murió sin pedir clemencia. Y -piensa uno- tal vez habría podido salvar su vida con solo identificarse como autor de Las tres pelonas

Periodista y trovador 

En 1892, al morir Arcadio Zúñiga en un pleito callejero, como correspondía a su existencia tormentosa, solo tenía un par de años de haberse dedicado en ratos de ocio a componer canciones. Tenía a su muerte apenas 34 años de edad y su actividad principal era el periodismo de batalla, que le había acarreado incontables persecuciones y sobresaltos. 

Tanto en Guadalajara como en Colima fundó diversos periódicos de tono vitriólico y vida breve. En esta última ciudad empezó a desarrollar sus dotes musicales, alternando la pluma mordaz con la guitarra de canto siempre suave y melancólico. 

Como si supiera que le quedaba poco tiempo, en los últimos dos años de su vida compuso un buen número de canciones y alcanzó a ver cómo varias de ellas se hacían populares en la región. Pero su triunfo máximo lo obtuvo casi 20 años después de muerto, cuando su obra cumbre, La barca de oro, se difundió por todo el país y mantuvo su popularidad durante varias décadas. 

Luces y sombras del "Cielito Lindo"

-¿El Cielito Lindo muy mexicano? Ni pensarlo. ¡Es andaluz! -expresó la investigadora Margit Frenk Alatorre hace varios años en una entrevista periodística. Y agregó-: Si no, dígame, ¿dónde está la Sierra Morena? Ese cantar vino de España y es del siglo XVIII o posiblemente de antes. ¡Quién lo sabe!

Y para corroborar su dicho, extrajo de su archivo una tarjeta con una sorprendente estrofa: 

Por el Andalucía vienen bajando 

dos ojuelos negros de contrabando…

Desde que el Cielito lindo empezó a correr de boca en boca durante la Revolución hasta popularizarse en todo el país y lograr después una extraordinaria difusión mundial, la polémica en torno a la canción fue constante. Por un lado, hay quien asegura, como Margit Frenk Alatorre, que se trata de un viejo cantar español anónimo. Abundan también quiénes opinan que es, efectivamente, un antiguo cantar anónimo, pero nacido en México. En Alemania hay un buen número de musicólogos que juran que la canción es de algún ignorado compatriota suyo. Y todas estas "facciones" tienen pruebas o al menos argumentos que se antojan válidos. 

Lo cierto es que Cielito Lindo está registrada a nombre de Quirino Mendoza con el número 45701 en la Sociedad de Autores y Compositores, entidad que durante años recibió regalías de todo el mundo por su explotación comercial. Hasta que la melodía pasó al dominio público. Estas regalías permitieron a Mendoza una cierta holgura económica en sus últimos años de vida y aún después de su muerte representaron un considerable beneficio para sus descendientes. 

Hace tiempo, en una entrevista, su nieta, Gloria Mendoza de Moreno, declaró en su calidad de beneficiaria de las regalías: -El Cielito Lindo lindo era la canción de mi abuelo que más producía; algunas veces llegué a cobrar hasta 5,000 pesos cada cuatro meses en la Sociedad de Autores y Compositores. Después la pasaron al dominio público y las liquidaciones se redujeron a dos o trescientos pesos.

En cuanto al probable origen español del Cielito lindo, exclamó airadamente: -Mi abuelito no se refería a ninguna "Sierra Morena", sino a su esposa, que era de tez morena y que le inspiró la canción. 

Según estas palabras, la estrofa no decía en realidad: 


De la Sierra Morena, vienen bajando 

un par de ojitos negros, cielito lindo, de contrabando


Sino más bien: 


De la sierra, morena, vienen bajando…


Lo cual, decididamente, parece un tanto absurdo. 

Mendoza nació en el seno de una familia muy humilde en Tulyehualco, D. F., el 10 de mayo de 1858. Aunque su destino parecía estar en la agricultura, él se dedicó a la música y aprendió a tocar varios instrumentos. Sus primeros trabajos musicales fueron como organista de las iglesias de la región. Después ingresó al ejército y más tarde al magisterio. Según la narración de su nieta Gloria, era maestro rural cuando se enamoró de una maestra llamada Catalina Martínez, quien tenía un lunar cerca de la boca. Así, Quirino le cantaba: 


Ese lunar que tienes, cielito lindo, junto a la boca 

no se lo des a nadie, cielito lindo, que a mí me toca. 


Un mar de partituras y silencio


Quirino y Catalina se casaron y tuvieron tres hijos. Mendoza sostuvo trabajosamente a la familia enseñando solfeo y componiendo música "sobre pedido". Produjo una gran cantidad de piezas: 73 himnos, 102 canciones, pasodobles, foxes y marchas, 57 cantos escolares, 50 huapangos, polcas, mazurcas y chotises, y dos cantos religiosos. Sólo dos o tres de ellos llegarían a popularizarse. 

Según sus descendientes, Mendoza se mantuvo hasta su muerte inmerso en un mar de partituras, sin hacer nunca el menor comentario escrito o verbal acerca de las constantes acusaciones de plagio que se le lanzaban. Sin embargo, se dice que lo mató una broma al respecto. Cuenta su nieta Gloria: 

-El 10 de noviembre de 1957 exactamente 6 meses antes de cumplir un siglo de vida mi abuelito recibió la visita de un amigo suyo quien le dijo en broma: "Quirino, dicen que te van a meter a la cárcel porque te apropiaste del Cielito lindo, de Jesusita en Chihuahua y de Honor y gloria." Mi abuelo, aunque sabía que era broma, se enfureció. Trató de levantarse de su asiento y no pudo. En ese mismo momento una embolia cerebral le cortó la vida, lo enterramos poco después. 


Una cucaracha de padre desconocido 


Investigaciones infructuosas y discusiones acaloradas tampoco han aclarado el origen de otras canciones que alcanzaron gran popularidad entre los revolucionarios. Así, por ejemplo, de la famosísima La cucaracha se ha dicho que es originaria lo mismo de Tamaulipas que de Morelos, Campeche o Yucatán. 

Lo único que se sabe a ciencia cierta es que los carrancistas la conocieron en 1914, a poco de haber tomado la ciudad de Monterrey, y la difundieron por toda la nación. Pronto se convirtió en una de las tonadas favoritas de los villistas. Quien dio a conocer La cucaracha a los revolucionarios fue un periodista desempleado que se ganaba la vida tocando el piano en las cantinas regiomontanas. Rafael Sánchez Escobar se llamaba y refería que su madre -quien a su vez la había aprendido de una tía- le cantaba la curiosa canción cuando era niño. 


La canción de Valentina Gatica 


También en 1914 saltó a la fama La Valentina, de la que por vagas referencias se piensa que nació en Sinaloa hacia 1909, de autor anónimo. Unos cinco años más tarde se aplicó a una muchacha llamada Valentina Gatica, quien parecía hecha a la medida de la canción, o viceversa. 

Valentina era la guapa hija de un asistente del general Álvaro Obregón que, al morir su padre en la lucha, tomó el fusil y combatió como parte de la tropa durante varios años, con lo cual se convirtió pronto en una figura muy popular. Relatan los cronistas de la época que era una rara combinación de belleza y valentía, y que la asediaban desde generales hasta reclutas. Uno de tales cronistas comenta: "De no ser porque su nombre coincidía con el de la canción, habríasele aplicado con mayor acierto La Adelita, pues no solo era una "moza valiente" y "popular entre la tropa", sino que también "el mismo general la respetaba" y acaso aspiraba a sus favores.”


¿Quién fue La Adelita?


En cuanto a La Adelita, las discusiones y las dudas no son menores. Hay quienes sostienen que la canción fue escrita en Tampico, en 1915, por un capitán carrancista llamado Elías Cortázar, en honor de una joven del lugar que nunca correspondió a su amor. Se afirma que el capitán murió en combate y que la canción, tras sufrir algunas modificaciones, se popularizó entre los combatientes de las diversas facciones revolucionarias. 

Hay una segunda versión según la cual el autor fue el sargento carrancista Antonio del Río Armenta y la inspiración una enfermera llamada Adela Velarde Pérez. 

Adela Velarde murió en 1971, y hasta el último de sus días aseguró que la auténtica Adelita era ella. Para apoyar su aseveración mostraba una carta autógrafa del finado arzobispo metropolitano Luis María Martínez, que dice: "Para la auténtica Adelita, con mi bendición." O bien un decreto presidencial de 1963 en el que se le concedía una pensión por sus servicios prestados a la Revolución y una nota periodística en la que se decía que el Senado la había reconocido como la verdadera Adelita. Las pruebas, por supuesto, distan mucho de ser irrefutables. Con todo, si no era la auténtica Adelita, merecía serlo. A los 71 años de edad seguía siendo una mujer muy bien puesta, con rastros aún de la belleza de su juventud. Animada, sonriente, bien maquillada y con aretes de Adelita según la versión de José G. Cruz, parecía no conceder importancia al hecho de que padecía cáncer incurable. Era hija de una acaudalado comerciante de Ciudad Juárez, y entre sus ancestros se contaban varios revolucionarios españoles y el célebre luchador juarista Rafael Dondé. Todavía no cumplía 14 años cuando "le entraron unas ganas locas de irse a la Revolución", después de charlar con una exmaestra de escuela que había fundado el cuerpo de enfermeras de la Cruz Blanca. Y como el padre le negó airadamente el permiso ella, se fugó del hogar. El 7 de febrero de 1913 Adelita quedó incorporada a las tropas carrancistas del Coronel Alfredo Breceda. 

Aprendió a curar heridos y le tocó presenciar muchos combates: Camargo, Torreón, Parral, Santa Rosalía...

Adela decía haber conocido a Antonio del Río Armenta en plan de amigo y compañero, y afirmaba haberlo oído tocar en su organillo de boca una canción cuyo título y letra sólo conocería tiempo después: La Adelita. Según Adela, Antonio murió cuando corría al río en medio de una balacera para llevar agua a un herido. Ella corrió a auxiliarlo y él le dijo: -Ya me tocó a mí, Adelita. Estoy peor que coladera. Busque en mi mochila. Ahí tengo música escrita... para usted.

-Minutos antes de morir me declaró su amor. Murió en mis brazos. Sólo entonces supe que me había convertido en protagonista del corrido más popular de la Revolución -narraba Adela, sin advertir el fuerte olor a telenovela que despedían sus palabras. Tras el asesinato de Carranza, Adela Velarde regresó a Ciudad Juárez con un niño de la mano "a tragarme el platillo fuerte de pedir perdón a mi padre", según decía. Luego se trasladó a la ciudad de México, donde trabajó 32 años en la oscuridad de un puesto burocrático en la Secretaría de Industria y Comercio. En 1965 contrajo matrimonio con el coronel Alfredo Villegas, que tenía a la sazón 75 años y vivía en Del Río, Texas, a donde se llevó a vivir a Adela. Ésta murió en un hospital de San Antonio, Texas, tres días antes de cumplir los 71 años. 

Otras melodías revolucionarias 

Lo mismo que Arcadio Zúñiga, autor de La barca de oro, el músico zacatecano Genaro Codina alcanzó la fama nacional después de muerto y con una sola pieza: la marcha Zacatecas. Codina, que murió en 1901, estrenó esta marcha en 1893. Aunque al poco tiempo los zacatecanos la adoptaron entusiastamente como su himno, sólo después de 1910 ganó popularidad gracias a los revolucionarios, en particular los villistas. 

Una vez pasada la ola revolucionaria, gozo de enorme popularidad la fina canción de Marcos Jiménez: Adiós, Mariquita Linda. Y en 1917 empezó a difundirse por todo México una melodía hondamente nostálgica: La Canción mixteca, del oaxaqueño José López Alavés, con sus estrofas:

¡Oh, tierra del sol!

Suspiro por verte, ahora que, lejos 

yo vivo sin luz, sin amor 

y al verme tan solo y triste 

cuál hoja el viento 

quisiera llorar, quisiera morir 

de sentimiento. 

La canción que completa el grupo de las más populares en aquellos años es La pajarera, tomada de autor desconocido que transcribiera Manuel M. Ponce, el músico a quien se considera ampliamente como el creador de la canción mexicana moderna.


(Tomado de: Morales, Salvador y los redactores de CONTENIDO - Auge y ocaso de la música mexicana. Editorial Contenido, S.A. México, 1975)

lunes, 16 de mayo de 2022

La Expedición Punitiva II

 


Las alas de la Punitiva.

La gran flota aérea de los Estados Unidos, bandada de pájaros de guerra que cubren el cielo y permiten a las escuadras y a los ejércitos maniobrar a la sombra, nació en los desiertos y en las montañas de Chihuahua hace cincuenta años, cuando la Expedición Punitiva trataba de capturar, vivo o muerto, a Pancho Villa, el locamente audaz asaltante de Columbus. Fueron los trabajos y penalidades, los éxitos y los fracasos, los vuelos entre la nieve y la lluvia, los aterrizajes forzados, las travesías rozando los árboles de las montañas, de once pilotos ahora olvidados, los que dieron tal caudal de experiencia, que la flota aérea americana lo está aprovechando todavía, desde los tiempos anteriores a la participación de Estados Unidos en la primera Guerra Mundial.

El 19 de marzo, una semana después de que las tropas de caballería al mando del general John J. Pershing cruzasen la frontera entre Nuevo México y Chihuahua, tras las huellas aún visibles de los corceles de Pancho Villa, salieron de Columbus ocho aeroplanos del ejército norteamericano con dirección al sur. La invasión es ya no sólo por la tierra, sobre la arena del desierto, sino por el aire, entre las nubes de tempestad. Sabiendo que el escuadrón estaba listo, Pershing telegrafió desde Nuevo Casas Grandes, ordenando que los ocho aeroplanos salieran a incorporársele. Pasaban diez minutos de las cinco de la tarde, cuando el octavo aparato se desprendió de la tierra en el campo de aviación de Columbus. El primero había traspasado ya la red invisible que debe existir marcando la frontera, y en formación, los ocho aparatos enfilaron abiertamente hacia el sur. Era la primera vez que Estados Unidos, en su historia militar, utilizaba la aviación como arma de combate. Eran ocho aviones lentos, carentes de los aparatos de precisión que ahora se usan, mal acoplados, mal inspeccionados. A la media hora de vuelo, uno da media vuelta y enfila proa nuevamente hacia Columbus, por haberse dado cuenta el piloto de que uno de los cilindros del motor no funcionaba. Pronto llegó la noche, pues eran los últimos días del invierno los que iban pasando. Siete aviones vuelan sobre territorio desconocido y se dispersan. Cuatro de ellos, entre sombras, llegan al pueblo de La Ascención y aterrizan en campo raso. Los otros tres se han perdido y nada se sabe de ellos sino hasta la mañana siguiente: uno aterrizó cerca de Janos, otro en Ojo Caliente, y el tercero, tratando de poner término a su vuelo en las inmediaciones de la estación de Pearson, se destroza las ruedas, capotea y queda en condiciones de no poder elevarse más. Es el marcado con el número 41. El piloto emprende la marcha a pie rumbo a Casas Grandes, y se envía un destacamento para recoger las partes del aeroplano que puedan ser aprovechables, pero encuentra villistas en el camino, se tirotea con ellos y se devuelve. Al día siguiente, un escuadrón más fuerte intenta de nuevo llegar hasta el aparato caído; nadie lo hostiliza ya, y puede recoger varias piezas, abandonando el resto, y cuando está a dos o tres kilómetros, ve una columna de humo: los villistas que han seguido a la columna, queman los restos del avión enemigo.

La escuadrilla comienza con mala fortuna. Vientos terribles hacen perder la ruta a los aviones y los precipitan sobre las montañas, donde corren el riesgo de estrellarse. El teniente T. S. Bowen, cogido en un remolino, cae con su aparato, que se destroza, y tiene que marchar a pie a rendir el parte de su desgracia.

Las funciones de la escuadrilla eran mantener comunicaciones entre las tres columnas volantes destacadas por Pershing hacia el sur y las bases de operaciones, y también, las de avisar de la presencia de cualquier grupo armado, no americano, que vieren en sus travesías. Con esa finalidad, los aeroplanos volaban todos los días, sobre montañas y valles, desiertos y ríos. Cuando dos aviones intentan pasar la Sierra de Cumbre, a través de la cual pasa un túnel del Ferrocarril Noroeste de México, las máquinas apenas pueden levantarse lo suficiente para pasar rozando con las ruedas las copas de los árboles.

Otro avión, el 44, es destruido al aterrizar en San Jerónimo. Se incendia. Y el 52, que hacía un reconocimiento entre Satevó y Parral, cayó cerca de Ojito, destrozándose en gran parte. A cien millas de distancia de la próxima base, el teniente I. A. Rader abandona su máquina y se marcha a pie por el desierto. El 42, después de varios vuelos, está de tal manera inservible, que se le desmantela y se le incendia en San Jerónimo.

Sin duda el más interesante incidente de la aviación americana en esos días, fue el vuelo hacia la ciudad de Chihuahua. En territorio que les era hostil, los americanos encontraban grandes dificultades para proveerse de alimentos. Y se decide pedir al cónsul de la ciudad de Chihuahua, Mr. Marion Letcher, que los adquiera ahí y los envíe por ferrocarril hacia el oeste. Dos aeroplanos llevarán por duplicado las comunicaciones al cónsul, por si uno fracasa. El número 43, piloteado por el capitán Benjamín D. Faulois y el teniente Herbert A. Dargue, debe aterrizar al sur de la ciudad, mientras el 45, en el que van el capitán T. F. Dood y el teniente Joseph E. Carberry, debe aterrizar al norte. Los dos llegan a su destino, al mediodía del 6 de abril. La población se da cuenta, comprende que los aviones han tocado tierra, y grandes grupos de gente indignada emprenden la marcha rumbo a los probables sitios de aterrizaje. Del 43, que está en el llano al sur, baja el capitán Faulois, y emprende la marcha rumbo al consulado americano mientras el avión se eleva de nuevo para reunirse con el que ha aterrizado en el lado norte, en las inmediaciones del pueblo de Nombre de Dios. Apenas tiene tiempo de elevarse antes de que cuatro soldados, que le han visto, le hagan fuego. El capitán Faulois es capturado y la policía se encamina con él hacia la Penitenciaría. Se ha juntado ya alrededor del grupo una gran multitud, hombres y muchachos, que gritan contra los americanos. Son los brazos abiertos que el general Pershing esperaba encontrar en Chihuahua. El coronel Miranda, jefe del estado mayor del general Luis Gutiérrez, interviene y consigue la libertad del prisionero, quien entonces pide a las tropas mexicanas protección contra el pueblo, temeroso de que algo les haya ocurrido a los dos aeroplanos y los demás tripulantes. En efecto, cuando llegan a Nombre de Dios, encuentran solamente un aeroplano, el del teniente Dargue. Él les informa que, cuando el otro aeroplano había tocado tierra, el capitán Dood se marchó a entregar sus despachos, pero el avión había sido rodeado por una multitud hostil que lanzaba gritos contra los invasores y procuraba dañar el aparato, quemando la tela con los cigarros o rasgándola con las navajas. Temerosos de que sus aviones fueran destruidos por la multitud que engrosaba de momento en momento, los dos pilotos decidieron emprender el vuelo, hacia el lado sur, donde esperarían a los capitanes. Carberry pudo despegar, mas en cuanto Dargue echó a andar su motor, una lluvia de pedradas cayó sobre el aparato unos cuantos metros corrió sobre el suelo y comenzó a elevarse, pero el estabilizador estaba roto por las pedradas, y tuvo que aterrizar inmediatamente. En cuanto lo vieron caído, los indignados habitantes se calmaron, y al día siguiente, arreglados los desperfectos, Dargue pude elevarse para informar a la Expedición Punitiva que ya el cónsul Letcher enviaba a los soldados la comida que les estaba haciendo falta.

Pocos días después, el 19 de abril, el teniente Dargue y el capitán Robert H. Willis, que estaban tomando fotografías de los caminos que conducen a Chihuahua (lo que no era precisamente perseguir a Pancho Villa), se estrellan al occidente de la ciudad. Willis queda bajo el fuselaje roto, y sale todo cubierto de heridas. Incendian el aparato y en dos días de marcha, sin alimento ni agua, caminan los cien kilómetros que los separan de su base.

En un mes se han perdido seis aviones, las tres cuartas partes de la fuerza aérea de la Expedición. El resto de la escuadrilla se retira hacia Columbus, en espera de nuevos aparatos.

Villa, escondido en su cueva de la sierra de Santa Ana, herido en una pierna, inmovilizado, poseído por la calentura, oye los motores de los aviones americanos zumbar sobre la montaña y sobre la cañada. Él y sus fieles, Marcos Torres y Bernabé Cifuentes, desafían el peligro por la curiosidad y asoman la cabeza por la cueva para ver pasar a los aeroplanos. Varias veces sienten la vigilancia que sus enemigos ejercen desde las nubes. Pero lentos como son los aviones, son todavía demasiado veloces para darse cuenta de los seis ojos que los miran desde la gota negra de una cueva en el flanco de la montaña. Y pasan y vuelven a pasar, sin darse cuenta de que las hélices le hacen fresco en la cara a Pancho Villa. El teniente Rader, que se ha estrellado cerca de Ojito, está ahí nada más, al pie de la montaña, viendo su aeroplano inútil. Se encuentra más cerca de Villa que de su base, más cerca de Villa que ningún otro americano, pero no lo sabe, y quizá si lo supiera marcharía más de prisa para unirse con los suyos. Los villistas no lo molestan, porque sería dar señas de su presencia. Y no vuelven más aeroplanos por ahí, porque no quieren que les mire la mala estrella que cegó a Rader.

Villa duerme tranquilo, sin que le moleste más el zumbido de los motores.

En cuanto se da cuenta de que Pancho ha ocupado la ciudad de Chihuahua, el general Pershing se inquieta y pide permiso para atacar. Varios meses lleva ya la Punitiva sin desarrollar actividad alguna, y al sentir que nuevamente el atacante de Columbus ha puesto en pie de guerra un ejército de seis mil hombres, el jefe de la Expedición considera que ha llegado el momento de procurar su desbandada. He aquí lo que dice al general Funston, jefe del sector militar: "Debido a la audacia de Villa y a la ineficacia de las tropas carrancistas, el poder de aquél va creciendo. Informes que considero auténticos, señalan su fuerza en seis mil hombres. Cuatro trenes cargados de mercancía, capturada en Chihuahua, llegaron a San Isidro el día 5 del presente. Debe dársele un golpe rápido. Nuestro prestigio en México aumentaría en el momento. Tomando en cuenta las actividades de Villa en las últimas dos semanas, la pasividad de la Expedición a mi mando no es de desearse. Como lo he informado en anteriores comunicaciones, la ofensiva de nuestra parte no encontraría quizá resistencia por parte de las fuerzas carrancistas, y debe recibirse aprobación; el elemento civil nos recibirá bien, pues ahora se sorprende de nuestra inacción."

Y al transcribir el anterior mensaje al Departamento de Guerra, el general Funston se muestra de acuerdo: "Yo apruebo la anterior recomendación -dice-. Los éxitos de Villa lo están colocando rápidamente en el control de una gran parte del estado de Chihuahua. Los carrancistas que se le han opuesto han fracasado, habiendo sido seria y decisivamente derrotados varias veces en el curso del mes pasado. Y no veo la razón para creer que tendrán más fortuna en los meses próximos, pues Villa está adquiriendo mayor fuerza a cada momento y mayor influencia y está extendiendo la zona sobre la que tiene completa autoridad. Los informes del servicio secreto dicen que hay fuertes simpatías para Villa en Coahuila y Nuevo León, y yo creo que si se le permite seguir su carrera sin obstáculos, en el curso de pocos meses controlará todo el norte de México. Un rápido y decisivo golpe que le dirija ahora John J. Pershing detendrá su creciente poder, y si se le permite continuar hasta que Villa sea capturado, pondrá fin a su movimiento, beneficiando grandemente al gobierno de facto. John J. Pershing declara que tal esfuerzo no encontrará resistencia por parte de los carrancistas. Yo ciertamente veo que contará no sólo con su aprobación, sino con su ayuda. Ésta comprenderá el permiso para usar el Ferrocarril Central o el Noreste de Ciudad Juárez al sur, ya que Pershing necesita alguno de ellos para sus comunicaciones, pues no se podría asegurar el éxito completo en la persecución de Villa sin la posibilidad de seguirlo hasta el estado de Durango."

Una vez más, los jefes americanos demuestran su error en interpretar la situación, y hacen augurios que el tiempo se encargará de echar al viento. Funston asegura que Villa podrá controlar en pocos meses todo el norte de México, pues no creyó que las tropas carrancistas puedan tener mejor fortuna que la que tuvieron hasta el momento de la caída de Chihuahua. Ignora qué clase de gente es Francisco Murguía, quien avanza al galope de Santa Rosalía hacia Chihuahua. Ignora que en los momentos en que dicta su mensaje, en los llanos de Horcasitas Villa y Murguía, al frente de cuatro o cinco mil jinetes cada uno, se encuentran, cargan uno contra el otro, se mezclan, se hacen fuego con sus pistolas, se golpean con sus sables, se encrespan, se echan los caballos encima, caen en la tierra revueltos, y luchan ferozmente por cuatro horas hasta que Villa se retira rumbo a Chihuahua. Ciertamente no ha sido la fortuna la que decidió este encuentro, sino el valor, la decisión, el coraje, la fuerza. Francisco Villa ha encontrado un adversario de su categoría. No es ya José Cavazos quien lo combate, ni Jacinto B. Treviño ni Gabriel González Cuéllar. Es Francisco Murguía, a quien siguen Eduardo Hernández, Heliodoro Pérez, Pablo González el Güero y otros generales que usan la ropa bien apretada. Son los que van a asestarle los golpes definitivos en plena quijada. Primero en Horcasitas, después en muchos otros encuentros. Villa ganará alguno, pero cuando Murguía deja el mando de las tropas carrancistas en Chihuahua, ya Pancho va perdiendo la confianza en que algún día la División del Norte volverá a pasear victoriosa por la República. Por lo pronto, abandona la ciudad de Chihuahua y se encamina hacia la sierra, aproximándose hacia la Expedición Punitiva. Sabe que no corre peligro, pues a las instancias de Pershing para que se le permita atacar, Woodrow Wilson, presidente de los Estados Unidos, contesta que se están desarrollando pláticas para el retiro de la Expedición y que ésta no debe dar un paso hacia adelante, ni disparar un solo tiro, si no es atacada en sus posiciones.

Villa se guarda mucho de atacarlas. Y los soldados vestidos de caqui lo ven pasar, casi frente a sus posiciones, llevándose los trenes cargados con el producto del saqueo de Chihuahua.


(Tomado de: F. Muñoz, Rafael - La Expedición Punitiva. Cuadernos Mexicanos, año I, número 19. Coedición SEP/Conasupo. México, D.F., s/f) 

viernes, 11 de marzo de 2022

Corrido de la persecución de Villa, 1916

 


De la persecución de Villa


Patria México, febrero veintitrés,

dejó Carranza pasar americanos:

dos mil soldados, doscientos aeroplanos,

buscando a Villa, queriéndolo matar.


Después Carranza les dijo afanoso:

-Si son valientes y lo quieren combatir,

concedido, les doy el permiso,

para que así se enseñen a morir.


Comenzaron a echar expediciones,

los aeroplanos comenzaron a volar,

por distintas y varias direcciones,

buscando a Villa, queriéndolo matar.


Los soldados que vinieron desde Texas

a Pancho Villa no podían encontrar,

muy fastidiados de ocho horas de camino,

los pobrecitos se querían regresar.


Los de a caballo ya no se podían sentar,

mas los de a pie no podían caminar;

entonces Villa les pasa en su aeroplano

y desde arriba les dijo: -Gud bay.


Cuando supieron que Villa ya era muerto,

todos gritaban henchidos de furor:

-Ahora sí, queridos compañeros,

vamos a Texas cubiertos con honor.


Mas no sabían que Villa estaba vivo

y que con él nunca iban a poder;

si querían hacer una visita

hasta la sierra lo podían ir a ver.


Comenzaron a lanzar sus aeroplanos,

entonces Villa un buen plan les estudió:

se vistió de soldado americano

y a sus tropas también los transformó.


Mas cuando vieron los gringos las banderas

con muchas barras que Villa les pintó,

se bajaron con todo y aeroplanos

y Pancho Villa prisioneros los tomó.


Toda la gente de Chihuahua y Ciudad Juárez

muy asombrada y asustada se quedó,

sólo de ver tanto gringo y carrancista

que Pancho Villa sin orejas los dejó.


Qué pensarán los "bolillos" tan patones

que con cañones nos iban a asustar;

si ellos tienen aviones de a montones

aquí tenemos lo mero principal.


Todos los gringos pensaban en su alteza

que combatir era un baile de carquís,

y con su cara llena de vergüenza

se regresaron en bolón a su país.


(Tomado de: Mendoza, Vicente T. – Corridos mexicanos. Lecturas Mexicanas #71; 1a serie. Fondo de Cultura Económica, México, D.F., 1985)




jueves, 9 de diciembre de 2021

La Expedición Punitiva I

 


Una nerviosidad callada, pero tirante como la rienda que detiene al caballo en pleno galope, mantenía alerta el espíritu de todos los mexicanos en aquellos días de la Expedición Punitiva. Cualquier incidente trocaba la inquietud en agresividad, y nuevos incidentes, que por fortuna fueron de menor importancia que el de Columbus, parecían agravar la situación internacional.

El 7 de mayo, doscientos villistas, al mando de Plácido Villanueva, que venían operando en la región de Chihuahua, frontera de Coahuila, cruzan a caballo el Río Bravo en las inmediaciones de Ojinaga e invaden el distrito de Big Ben. En su marcha hacia la población de Glenn Springs pasan por el rancho de un tal Deemer, y lo incendian. Después encuentran una patrulla de nueve soldados americanos con los que se baten, dando muerte a cuatro y haciendo dispersarse al quinteto restante. Combaten en Glenn Springs y en Boquillas con fuerzas irregulares de Texas, en poder de las cuales dejan prisioneros a Natividad Álvarez, dorado villista, y a otros dos. Y nuevamente sus caballos baten las aguas bullentes y lodosas del río internacional. Están otra vez en México, pero como Pershing tras Villa, ha entrado tras ellos a territorio nuestro una columna de caballería del ejército regular, al mando del coronel Langhorne. Sigue hasta Cerro Blanco las huellas aún frescas de los invasores de Big Ben, y se detiene y retorna a su base al saber que su compañero, el coronel Sibley, ha dado alcance a Villanueva y lo ha castigado. No hay el interés de llevar al rebelde preso en exhibición. Langhorne considera que el honor está satisfecho y abandona territorio mexicano.

Poco después, el 17 de junio, otra partida de villistas, al mando de De la Rosa y Pedro Vino, penetra en San Benito, Texas, incendiando y matando. Es la tercera vez que los villistas invaden territorio de los Estados Unidos, y tras ellos pasa el río una caballería al mando del general Parker. Citados para reunirse en algún lugar secreto muchos kilómetros adelante, los asaltantes se dispersan y las tropas americanas se devuelven a su base sin haber encontrado enemigo.

No son solamente los villistas los que se enfrentan con los americanos; en todas partes se siente un agresivo malestar. El 18 de junio tira sus anclas frente a Mazatlán el crucero norteamericano Annapolis. Una lancha con oficiales y soldados se acerca a tierra para hacer la acostumbrada visita de cortesía. Pero una masa de pueblo que se ha reunido en el muelle da voces intimando a los marinos a que no desembarquen. Sus palabras no son comprendidas y los americanos tocan tierra. Inmediatamente se oyen varios disparos por diferentes partes. Es el pueblo, que está haciendo fuego contra los que considera compañeros de aquellos hombres que cubren una parte del territorio nacional, allá por Chihuahua. Dos marineros mueren, tocados por las balas. Y los oficiales y el resto de la marinería, que han llegado con buena voluntad y sin armas, se rinden. Con gran prudencia procedieron las autoridades mazatlecas poniendo inmediatamente en libertad a los prisioneros, y atribuyendo la responsabilidad del incidente a un japonés ebrio de quien se afirma que hizo los disparos. El Annapolis, que pudo haber destruido medio Mazatlán con el fuego de sus enormes cañones, levanta sus anclas y se va en silencio.

Esa misma noche, el cabo de resguardo de la Aduana de Ciudad Juárez, Enrique Gallardo, estaba de vigilancia frente a un vado que hay cerca de Isleta. Ve venir a un sargento americano montado en su caballo frisón, armado y ebrio. Ya está dentro de territorio mexicano, cuando Gallardo le pregunta qué deseaba allí... El sargento contesta con palabras groseras que le dicta el alcohol. Afirmándolas, de su pistola parten dos disparos sin rumbo. Gallardo echa mano a su arma y hace fuego tres veces. El sargento quedó muerto.

Esto hubiera bastado, quizá, para que un Teodoro Roosevelt hubiera invadido México, declarando la guerra. Pero el pacifista Woodrow Wilson media y comprende que México no tiene la culpa de todo lo que está pasando. Es un estado de ánimo que él mismo ha provocado con el envío de la Expedición Punitiva. Y lejos de llevar las cosas a terreno más peligroso, acepta la celebración de nuevas pláticas que concierten el retiro de Pershing y sus soldados. En Atlantic City, la guerra entre las dos naciones es evitada definitivamente.

Gloria auténtica

El 21 de junio, mexicanos y americanos se baten en Carrizal. Félix U. Gómez, hombre del pueblo, humilde y hasta entonces ignorado a pesar de su grado de general, riega la tierra con su sangre. Balas americanas le han atravesado el pecho y muere obedeciendo la orden de no dejar pasar a las tropas expedicionarias de la línea que marcan las guarniciones mexicanas. Bella muerte que le trae la gloria, gloria auténtica y limpia, brillante y eterna del soldado que defiende su patria. Sacrificio modesto, sin desplantes teatrales ni frases huecas. Félix U. Gómez, casi desconocido para medio México y casi olvidado por el otro medio, contempla, desde su pedestal de héroe clásico, cómo sus compatriotas cantan loas a muchos que tuvieron menos méritos que él. Y vuelve la tristeza de su mirada de indio al desierto chihuahuense, claro, lleno de sol, donde ya no levantan polvo los caballos de la Punitiva.

El primero de junio, montado en burro, seguido de nueve hombres a pie, Francisco Villa atraviesa las calles de San Juan Bautista, Durango. Ahí le están esperando Francisco Beltrán, el general yaqui de cara rojiza y brillante como un perol de cobre Nicolás Fernández y Ernesto Ríos y Gorgonio Beltrán, y todos los demás dorados que, comandando cada uno su columna, han cruzado disparos con los americanos.

Candelario Cervantes no llega. Un día, con veinte hombres, asaltó una tropa americana que patrullaba el camino al sur de Namiquipa, haciéndola retirarse. Pero una sección mayor salió luego a perseguirle. Y Cervantes quedó en tierra, ensangrentado y rígido.


(Tomado de: F. Muñoz, Rafael - La Expedición Punitiva. Cuadernos Mexicanos, año I, número 19. Coedición SEP/Conasupo. México, D.F., s/f) 

jueves, 13 de mayo de 2021

El Caracol y el Sable I

 

(Grabado: José Guadalupe Posada)

EL CARACOL Y EL SABLE I

El caracol y el sable es un texto histórico de alta calidad literaria que nos enseña lo que puede ocultarse tras el silencio y la aparente pasividad del pueblo.

Una revolución estalla cuando los oprimidos ya no soportan el régimen imperante, cuando los explotados no pueden continuar más la vida que los ahoga, cuando se han acumulado necesidades profundas que ya no pueden esperar. Toda revolución es una ruptura del orden social vigente, es la expresión más honda de la voluntad de los hombres que empeñan todo, vida y futuro, para construir nuevas formas de convivencia común.

En 1910, los campesinos, comuneros, indígenas, artesanos y obreros transformaron sus agravios en rebeldía construyendo los ejércitos populares y haciendo otra revolución. El caracol y el sable es una narración apasionada que muestra como se incubó, de manera silenciosa, pero persistente, la insurgencia de millones de hombres radicalmente opuestos a la invasión de sus tierras, al robo de sus bosques y aguas, al trabajo mal pagado, a las formas despóticas de la vida pública, a los fraudes electorales, al nulo respeto por la disidencia, a la clausura de las libertades civiles.

 

Gastón García Cantú es uno de los estudiosos más destacados de la Historia Nacional. Editorialista reconocido y narrador de episodios olvidados de la vida pública, es autor de múltiples trabajos, entre los cuales descuellan: El socialismo en el México del Siglo XIX, las invasiones norteamericanas a México, Entrevista con Javier Barrios Sierra y Utopías Mexicanas. De este último libro se ha seleccionado el material que el lector tiene en sus manos.


Ricardo, Emiliano y Doroteo


De 1889 a 1891 tiene lugar algunas huelgas importantes. Al preparase la tercera reelección de Porfirio Díaz no es la clase obrera, sin embargo, la que tiene la dirección de la lucha política: la protesta popular se inicia en los patios de la Escuela de Minería.

-¡Tenemos que suprimir esta farsa que es una tragedia para México!

Uno de los estudiantes preguntó al orador:

-Dinos, Ricardo, ¿qué proyectas? ¿Tienes un plan?

-¡Sí, lo tengo!: Vamos por la ciudad. Digamos al pueblo que tiene derechos, los cuales escupe el dictador. Expliquémosles sus errores y apremiémosles para que barran estas infamias. ¿Cómo? Obligando a Díaz a que abandone su odiosa idea de reelegirse. ¡Marchando al Palacio Nacional si es necesario!

Y empezó la agitación de la “plebe intelectual” –según la designación de Justo Sierra- no conquistada por la burguesía. Trescientos jóvenes arengaron al pueblo en mercados y plazas públicas.

En la reunión más numerosa la gendarmería montada disparó contra aquellos grupos inermes. Fue la señal que despertó a los obreros y a los artesanos. Durante 14 días se combatió en la ciudad. El ejército intervino y las capturas de estudiantes y obreros culminaron, para unos, en los calabozos de la cárcel de Belén; para otros, en Valle Nacional y las haciendas henequeneras de Yucatán. Una cosa se había logrado a pesar de que no había dirección alguna en la agitación política: demostrar al pueblo que el gobierno debía ser derrocado. Es más, en las arengas estudiantiles se dijo que la reelección de Díaz estaba apoyada por empresarios extranjeros. El lenguaje de los jóvenes era claro, directo, comprensible:

-¿Quién –decía en el mitin del zócalo Enrique Flores Magón- vende nuestro país a los industriales franceses, ingleses y norteamericanos, de modo que, además de ser esclavos de la iglesia seamos también esclavos de los países extranjeros?

Un lenguaje así respondía al empleado por Zamacona, Rocha, Bulnes, Sierra y Pineda, quienes en su Manifiesto a la nación, a nombre de un supuesto partido liberal, justificaban la reelección de Díaz calificando la obra del régimen, en ferrocarriles, como la de un factor por el cual México era parte de la civilización y demostraba “con hechos cada día más notorios –decían- que se conoce el valor de esa fuerza mental que se transforma en inconmensurable fuerza física que se llama ‘ciencia’ “.

Y científico llamaría el pueblo, a partir de entonces, al grupo gobernante.

Dos años después de los sucesos en la ciudad de México, un grupo de profesionales y estudiantes editaban El Demócrata, en cuyas páginas se hicieron las primeras denuncias de la condición de servidumbre de campesinos y obreros y de los atropellos de que unos y otros eran víctimas. Cuando el periódico alcanzó un tiraje de 10 mil ejemplares fue confiscado, y los Flores Magón, aprehendidos.

En esos años, otro joven, Emiliano Zapata, al celebrarse una fiesta en su pueblo, Anenecuilco, fue capturado por la policía acusado de rebelde. Atado de codos lo llevaron rumbo a Cuautla, donde les salió al paso su hermano Eufemio y otros campesinos. Desataron a Emiliano y los dos hermanos huyeron al sur del estado de Puebla. Zapata diría más tarde que allí conoció que las desventuras de los campesinos de su tierra eran idénticas a las de otros rumbos. Ya en Anenecuilco demandó, en los tribunales de la ciudad de México, como otras tantas comisiones del pueblo lo hicieran, respeto para los fundos legales del ejido. Nada obtuvo. Días después convoca a los campesinos y empieza su lucha. Los hacendados exigieron su aprehensión y Zapata, derrotado, fue a dar, como soldado, al noveno regimiento de caballería. Era el aprendizaje que le faltaba para saber cómo organizar militarmente a los campesinos.

En esos años, otro joven, Doroteo Arango, hacía su aprendizaje de bandolero con uno de los hombres más famosos del rumbo de Canatlán: Ignacio Parra:

Mucha guerra Parra dio,

era valiente y cabal,

perteneció a la cuadrilla

del gran Heraclio Bernal.

Cuando Doroteo Arango abandonó al valiente Parra, al trote de su caballo, por las llanuras de Chihuahua, se va haciendo Pancho Villa. El “corrido” popular desaparece también en la leyenda del guerrillero. Pancho Villa regresaba a los dominios de los hacendados. Ellos, según sus propias palabras, lo devolverían al camino de sus sufrimientos. El móvil para la lucha habría de dárselo don Abraham González. Después, nadie lo contuvo. Él y sus caballerías destruirían al ejército de la dictadura.

En aquel entonces, un hombre de 35 años, Venustiano Carranza, era elegido presidente municipal de un pueblecito de Coahuila: Cuatrociénegas. Veinte años antes, Carranza había sido un alumno distinguido de la Escuela Nacional Preparatoria. Llegaba a la presidencia municipal después de una larga contienda contra el gobernador García Galán; de protestar por la brutalidad policiaca y de andar por la sierra, con el rifle “venadero” bajo el brazo, defendiéndose de la cacería desatada en contra suya. Fue una de tantas pequeñas rebeliones la de aquel ranchero acosado por un gobernador; pero, de todas las que ocurrieron, fue la de mayor trascendencia en la educación de un revolucionario.

(Tomado de: García Cantú, Gastón - El Caracol y el Sable. Cuadernos Mexicanos, año II, número 56. Coedición SEP/Conasupo. México, D.F., s/f).


viernes, 11 de diciembre de 2020

Ataque a Santa Isabel y Columbus, 1916

 

Santa Isabel y Columbus

Alberto Salinas Carranza

[Salinas Carranza, Alberto. La expedición punitiva. Prol. Luis Cabrera; Juicio crítico: Isidro Fabela. México, Ediciones Botas, 1936. 430p. p. 80-81, 101-104]

(Villa)... siguiendo la táctica que tan buenos resultados le diera más tarde, dispersó sus tropas, señalándoles fecha y lugar lejanos para volver a reunirse. "Las pequeñas columnas al mando de jefes valientes y leales a Villa, incursionaron por diferentes rumbos mientras se llegaba la fecha fijada por su jefe. Sorprendían pequeños destacamentos, asaltaban trenes, ocupaban puntos alejados de las vías férreas y descansaban en sitios conocidos por ellos, para luego volver a operar en mayor escala, hasta que nuevamente derrotados volvían a desbandarse.

En uno de los asaltos a los trenes de pasajeros, encontraron a 18 extranjeros de los cuales 15 eran ciudadanos americanos; mineros que se dirigían a la región de Cusihuiriáchic, estado de Chihuahua, región en donde los villistas habían estado alejados y que el gobierno no suponía en tranquilidad. Los villistas en realidad estaban a muchas leguas del sitio del asalto, pero conociendo el horario de los trenes, sabían a qué hora pasaba tal o cual convoy por determinado punto. El día anterior (9 de enero, 1916), Rafael Castro y Pablo López, dos de los más leales lugartenientes de Villa, a trote y galope, sin descansar un instante, caminaron toda la tarde y toda la noche. El alba encontró a los dos lugartenientes cabalgando aún a la cabeza de los suyos, hasta que por fin llegaron a la vía férrea con la caballada casi destrozada y la tropa llena de fatiga. Casi al mismo tiempo se dejó ver a lo lejos el humo de una locomotora.

Los mineros americanos habían obtenido el siguiente salvoconducto del gobernador de Chihuahua. Está fechado este documento en la capital de aquel estado, el día 3 de enero de 1916, y dice así: 

"He de merecer a las autoridades civiles y militares respeten en sus personas e intereses, al señor C. R. Watton, persona conocida y honorable, y desligada de toda participación política en el país."

Los villistas detuvieron el tren y abordaron el convoy enseguida, pasando por las armas a los extranjeros, cosa que hicieron frente al resto del pasaje, advirtiendo, además, que aquello no era sino el principio de su venganza.

Este incidente lamentable es conocido con el nombre de caso de Santa Isabel, por haber sido cerca de dicho punto en donde se cometió el atentado...

... Villa reunió sus efectivos en Las Cruces, Chih., en donde arengó a las tropas y les anunció que se acercaba a la frontera para atacar algún poblado americano, pero sin especificarles el punto preciso.

Los jefes subalternos que mandaban las diferentes columnas , Candelario Cervantes, Pablo López, Francisco Beltrán y Martín López, estuvieron de acuerdo y acogieron con entusiasmo el anuncio.

El día 3 de marzo salió la fuerza villista, efectuando una marcha nocturna, hacia San Miguel de Babícora. En este punto permanecieron los villistas en descanso durante todo el día 4 y por la noche emprendieron la marcha hacia Chahuichupa, a donde llegaron la madrugada del 5. También descansó la fuerza durante el día, emprendiendo por la noche la marcha a un rancho perteneciente a Ojitos a donde llegaron el día 6, y por último el día 8 descansaron en Boca Grande, habiendo emprendido la marcha hacia Columbus al anochecer. Cerca de este punto capturaron a un negro llamado Tomás, que les sirvió como guía hasta las propias goteras de Columbus.

El pueblo de Columbus se encuentra situado a unos cuatro kilómetros al Norte de la línea internacional. Una vía de ferrocarril y un camino carretero se cruzan perpendicularmente en pleno pueblo, dividiéndolo en cuatro sectores. La línea férrea corre de Oriente a Poniente; el camino carretero sigue en dirección de Norte a Sur. La mayor parte de las casas habitación y comerciales, quedan en el sector Noroeste; las construcciones militares en el Sureste.

Habiendo marchado Villa toda la noche, pasó la línea a unos cuatro kilómetros al Oeste de la garita internacional, sabedor que en ella había un corto destacamento de soldados federales mexicanos. Una vez en suelo americano, siguió rumbo al Este, deteniéndose en un punto conveniente, desde donde dividió a su gente en dos grupos: uno que debería atacar al pueblo de Oeste a Este, y otro, al campamento militar, siguiendo la dirección Noroeste.

Villa personalmente con 40 hombres, permaneció en las afueras de la ciudad cuidando la caballada encadenada, pues el ataque se llevó a cabo pie a tierra, por órdenes expresas del guerrillero.

Villa no intentaba posesionarse de Columbus; sabía que estaba defendida por unos 300 hombres, que constituían un efectivo más o menos igual al suyo. Su fin era provocar, con un albazo, un conflicto internacional, y luego huir; nada más.

Encontró la situación más fácil de lo que había supuesto y sus tropas penetraron hasta el corazón del pueblo, prendiendo fuego a dos manzanas.

Villa intentaba también detener el tren que corre entre Douglas, Arizona y El Paso, Texas, tren que sabía pasaba en la madrugada por la ciudad de Columbus, habiéndose escapado por mera casualidad, pues las tropas villistas vieron pasar dos trenes a corta distancia, momentos antes de que llegaran a la vía.

En uno de los tres, viajaban don Luis Cabrera, ministro de Hacienda del gobierno del señor Carranza y don Roberto Pesqueira. El licenciado Cabrera, unas cuantas semanas antes se había embarcado en Manzanillo, hasta donde lo acompañó el señor Carranza, y luego se dirigió a Hermosillo para asistir al matrimonio del general Obregón. Cabrera estuvo en el matrimonio del general citado, en Hermosillo, lo mismo que en el de Aarón Sáenz, que se llevó a cabo en Culiacán, Sin. Visitó el estado de Sonora, acompañado por el general Calles, y habiendo terminado su jira, se dirigía hacia El Paso, para luego volver a la ciudad de México.

Cuando Cabrera y Pesqueira llegaron a El Paso, tuvieron conocimiento de los acontecimientos de Columbus, sorprendiéndose por supuesto grandemente, pues hacía apenas unas cuantas horas habían pasado por dicho punto sin haber notado novedad alguna.

Los americanos se defendieron primero con fuego de fusilería y casi al último con ametralladoras, hasta que los asaltantes se retiraron sin ser perseguidos. En el encuentro murieron siete soldados americanos y siete civiles, habiendo sido mayor el número de heridos.

Los villistas tuvieron también pocas bajas, puesto que no asaltaron posición alguna, sino que se concretaron a entrar al pueblo, hasta donde encontraron resistencia.

La mayor parte de las bajas villistas fueron ocasionadas por el resplandor del incendio, pues teniendo que operar precisamente en la parte de la ciudad iluminada por las llamas, ofreció esta circunstancia un magnífico blanco a las tropas defensoras.

Algunos villistas que estuvieron en el asalto, están de acuerdo en afirmar que ellos no incendiaron aquella parte de la población, precisamente por considerar poco estratégica tal medida. En cambio, hacen notar que los incendios se iniciaron todos en la parte interior de los establecimientos comerciales, con lo que quieren decir que los propietarios mismos, aprovechándose de la ocasión, incendiaron sus establecimientos a fin de poder cobrar el seguro.

Pablo López, el asaltante de Santa Isabel, salió herido de ambas piernas.

El primer soldado americano muerto, fue uno que estaba de centinela en la propia comandancia del 13°. regimiento de caballería.

El coronel Slocum dice que, según confesión del propio Villa, sus pérdidas fueron de 190 hombres. Esto no es cierto; pero si realmente hubo ese número de mexicanos muertos, deben haber sido pobres gentes del pueblo, en quienes se vengaron los americanos.

Cuando los habitantes de Columbus, en su mayor parte mexicanos, se dieron cuenta del asalto, comprendieron que al cesar el fuego, las autoridades americanas podrían hacerlos responsables, suponiéndolos cómplices. Por está razón, al retirarse los villistas, muchos vecinos, casi todos a pie, se agregaron a los villistas.

De un contingente de 400 combatientes, no pudo haber jamás 190 bajas. Es tan absurda la versión, que no merece la pena ocuparse de ello. Además, no hubo precisamente combate, ni asalto, ni contra-ataque, ni toma o defensa de zona o edificio alguno.

Cuando amaneció, los villistas permanecían a la vista del pueblo, sin gran prisa por huir. Desde la colina Coots, situada al Oeste de Columbus, estuvieron cambiando algunos disparos con las tropas defensoras al mando personal del coronel Slocum.

Si Villa se hubiera visto en situación difícil, en la madrugada, o hubiera creído peligroso para sus fuerzas el movimiento que durante el día se organizara para perseguirlo, habría huído a toda prisa desde el amanecer.


(Tomado de: Contreras, Mario, y Jesús Tamayo - Antología. México en el siglo XX, 1913-1920, textos y documentos. Tomo 2. Lecturas Universitarias #22. Dirección General de Publicaciones UNAM, 1983)

miércoles, 15 de abril de 2020

Villa y Zapata entraron a ciudad de México, 1914


El Monitor, diario de la mañana. Domingo 6 de diciembre de 1914.


Los generales Villa y Zapata entraron a la capital
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Los Ejércitos del Norte y del Sur se unirán en la calzada de la Verónica
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Ya juntos marcharán por la avenida principal hasta pasar por palacio, en donde el señor Presidente Provisional de la República presenciará el desfile
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En el público metropolitano hay una gran ansiedad porque llegue el día en que hagan su entrada a esta capital los veinticinco mil soldados que se encuentran en las afueras de la población pertenecientes al Cuerpo del Ejército del Norte.
En las avenidas principales de la urbe es donde se nota mayor animación, y gran número de familias, anticipadamente, ha estado alquilando balcones para presenciar de la manera más cómoda el desfile que se prepara.
Entrevistamos a varios jefes de la División del Norte, y todos ellos nos aseguraron que la entrada de sus tropas estaba dispuesto que fuera para el día de hoy, y que no habían recibido hasta esa hora orden en contrario. También nos dijeron que el general Francisco Villa haría su entrada al par que sus tropas.
Como decimos en otro lugar, en la ciudad de Cuernavaca se reunió la junta de generales surianos, presidida por el señor general Emiliano Zapata, el jueves y viernes de la semana pasada.
Varios señores generales surianos que entrevistamos, nos manifestaron que el general Emiliano Zapata, jefe de la División de Oriente, llegaría a esta capital el día de hoy, sin precisarse la hora, aunque se cree que la entrada del jefe del Ejército del Sur sea al mismo tiempo que la del general Villa.
Como una exhalación, pasó ante los ojos del reportero la vanguardia de esa extraña caravana, y cuál no sería su sorpresa, al ver que en el grupo que seguía después, rodeado de un gran número de generales y jefes surianos, iba el general Emiliano Zapata, jefe de la División de Oriente.
La recepción en el Palacio Municipal
El destacamento perteneciente a la División del Norte, que está de guarnición en ese pueblo, desde la entrada de la población hasta el Palacio Municipal, formó valla de honor, para hacer los honores de ordenanza al jefe suriano.
En el salón de Cabildos del Ayuntamiento, anexo al citado edificio municipal, fue donde tuvo lugar la recepción del general Zapata.
El jefe de la División de Oriente se presentó acompañado de los generales Montaño, Palafox, Pacheco y Navarro; de coronel Zabala, y los miembros de su Estado Mayor y otros muchos jefes, cuyos nombres se nos escapan de la memoria.
El general Emiliano Zapata, lucía el típico traje del "charro" mexicano, con una chaqueta de gamuza, color "beige", con bordados de oro viejo y una águila que abarcada toda la espalda; pantalón ajustado, negro, con botonadura de plata y sombrero galoneado, haciendo "pendant" con la chaquetilla.
Conferencian por teléfono los generales Villa y Zapata
Por personas bien enteradas, tenemos conocimiento de que el señor general Francisco Villa, acompañado de los miembros de su Estado Mayor, se dirigió en automóvil a la poblaciónpoblación de Mixcoac, desde donde sostuvo una interesante conversación telefónica con el general Emiliano Zapata, que fue en extremo cordial, y en ella se convino que el día de hoy ambos habían de hacer su entrada en la capital de la República, en señal de la unión que existe entre los soldados del norte y del sur.
                                        Desde Coyoacán a Xochimilco
La mancha oscura que se extendía en el camino hasta el horizonte, perdiéndose a través de los montes que vio el reportero, era una poderosa columna militar, según pudo después averiguar.
Eran dieciocho mil soldados surianos que han estado llegando procedentes del Estado de Morelos y otros puntos a Xochimilco, donde se organizaron y esperaron la llegada de su jefe, para proseguir su marcha con dirección a San Ángel.
Personas que acompañaron a la columna, nos dicen que era tan grande y tan numerosa, que cuando las avanzadas surianas hacían su entrada en el pueblo de Coyoacán, la retaguardia de la columna aún no se movilizaba en Xochimilco, y el camino entre ambas poblaciones era ocupado por el grueso de la fuerza.

(Tomado de: Labrandero Iñigo, Magdalena, et al, (coordinadores) - Nuestro México #5, La ocupación de la Ciudad de México, 1915. UNAM, México, D. F., 1983)

miércoles, 4 de marzo de 2020

Villa, Carranza y la Convención, 1914


Los convencionistas sabrán si escriben su nombre con letras de oro o lo rubrican con sangre de hermanos

El Demócrata, Diario Constitucionalista, viernes 6 de noviembre de 1914
***
Es ya un hecho comprobado que la actitud asumida por el general Francisco Villa no obedece a otra causa que a su deseo insistente de que sea eliminado, a todo trance, el señor Carranza.
Entre otras de las argumentaciones en que abundaba su manifesto, pretendieron justificar su actitud al desconocer al señor Carranza como Primer Jefe del Ejército y Encargado del Poder Ejecutivo, exponía como razón poderosísima, que el país debía de salir ya del tutelaje militar, para ser gobernado solamente por elementos civiles.
Pero ahora nos preguntamos: ¿cómo es que el general Villa acata sumisamente el acuerdo de la Convención, por el cual se designa Presidente Provisional de la República a UN MILITAR, como lo es el general Eulalio Gutiérrez?
Y no se halla sino esta respuesta:
No importa el substituto; queda eliminado el señor Carranza, y el general Villa mira de esta manera colmado su deseo.
La página está en blanco todavía. Los convencionalistas sabrán si escriben su nombre con letras de oro o la rubrican con sangre.
La salvación o el hundimiento de la Patria están en sus manos.
Como soldados, deben saber que un minuto de vacilación, a la hora del combate, da el triunfo al enemigo.
Como políticos, es preciso que sepan que un instante de reflexión salva las situaciones más difíciles.
¿Puede evitarse el conflicto? Sí, si la Convención, percatada de que en nombre de su soberanía, legítima o ilegal, ha cometido una arbitrariedad, ha dado un cuartelazo disfrazado de golpe de Estado, que pudiéramos decir, al desconocer como Jefe Supremo del Ejército y Encargado del Poder Ejecutivo al señor don Venustiano Carranza, reparando su error, espera que presente su renuncia y, para aceptarla, llena las condiciones que en ella se estipulen.
Y si esas condiciones se inspiran, como sabemos, en los fines más altos y patrióticos, ¿por qué no acceder a ellas?
¿Son objeto de estudio?
Que se estudien. La Convención ha gastado hasta quince días, debatiendo cuestiones que nada han significado: debátase este asunto, de cuya resolución depende la perdurabilidad de la obra de la Revolución y el porvenir feliz de nuestra Patria.
La premura con que se tomó el acuerdo de retirar ambos cargos al señor Carranza, es la que nos ha creado estas dificultades y nos precipitará en un conflicto desastroso.
Pero un instante de reflexión, repetimos, salva las situaciones más difíciles.
Reflexionad.
De lo contrario, iremos al conflicto; la Revolución al fracaso, la Patria al hundimiento, todos a la pérdida de nuestro crédito como hombres sensatos y cultos políticos.
El señor Carranza no puede ni debe retirarse en semejantes condiciones. Si lo hiciera, sentaría el precedente más funesto, sancionaría la Comisión de arbitrariedades sin nombre, dejaría relajado, perdido para siempre, el principio de autoridad indispensable para el mantenimiento de las sociedades.
Persuádanse de todo esto los convencionalistas. La salvación o el hundimiento de la Patria están en sus manos.
La página está en blanco todavía. Ellos sabrán si escriben sus nombres con letras de oro, o la rubrican con sangre.

(Tomado de: Labrandero Iñigo, Magdalena, et al, (coordinadores) - Nuestro México #5, La ocupación de la Ciudad de México, 1915. UNAM, México, D. F., 1983)

martes, 19 de noviembre de 2019

Manuel Chao


Nació en Tuxpan, Veracruz, en 1883; murió fusilado en Ciudad Jiménez, Chihuahua, en 1924. Aunque dedicado a las faenas del campo, en 1900 pasó a Durango y se dedicó a trabajar como profesor de primeras letras. En 1903 se mudó a Chihuahua y dio clases en la escuela Núm. 138 de esa capital y en la región de Balleza. Afiliado al maderismo, en noviembre de 1910 se levantó en armas en Baqueteros y llegó a obtener el grado de teniente coronel. En 1912 combatió a Orozco y en 1913 al huertismo. Participó en las acciones de Santa Bárbara, Ciudad Camargo e Hidalgo del Parral. En esta población recibió a Venustiano Carranza, quien lo ascendió a general. Organizó una de las brigadas de la División del Norte. Gobernó el Estado de Chihuahua, con el carácter de jefe militar, del 8 de enero al 13 de mayo de 1914. A pesar de sus diferencias con Villa, quien estuvo a punto de fusilarlo, repudió al primer jefe del constitucionalismo y asistió, por derecho propio, a la Convención de Aguascalientes. Por resolución de esta asamblea gobernó el Distrito Federal del 3 de diciembre de 1914 al 2 de enero de 1915. Ascendido a divisionario, Villa lo designó, junto con el general Felipe Ángeles, delegado a las conferencias internacionales que se propusieron, sin éxito, organizar un gobierno que unificara a las distintas facciones. Derrotados los convencionistas, se exilió en España y luego radicó en Costa Rica. Amigo del presidente Carlos González Flores, encabezó el movimiento armado que derrocó al general Felipe Tinoco (1919), quien había depuesto a las autoridades constitucionales. Rehusó el ministerio de Guerra de aquel país para no perder su nacionalidad mexicana. en 1921 aceptó el mando de una columna costarricense en ocasión del conflicto con Panamá por la jurisdicción de Bocas del Toro. Vuelto a la vida privada, en 1923 regresó a México y en diciembre se unió a la rebelión delahuertista, como segundo jefe de ese movimiento en Chihuahua. El 24 de junio fue aprehendido en Estanzuela y fusilado el 26, en Ciudad Jiménez, tras el juicio sumario de un consejo de guerra.


(Tomado de: Enciclopedia de México, Enciclopedia de México, S. A. México D.F. 1977, volumen III, Colima - Familia)