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jueves, 13 de agosto de 2026

El cartel taurino en el siglo XIX

 


El cartel taurino en el siglo XIX 


José Francisco Coello 


¿Quién torea el próximo domingo? ¿Quiénes integrarán la cartelera la siguiente temporada? Esas incógnitas tienen respuesta cuando salen de las imprentas los carteles, en diferentes tamaños, que más tarde van a ser colocados en sitios donde los aficionados puedan enterarse de la participación de las figuras y la presencia de los encierros programados para la tarde de toros más inmediata. Gracias a esta convocatoria, el público se "retrata" inmediatamente en las taquillas de venta de boletos. 

En España los carteles anunciadores de toros surgen en 1737, y en la Nueva España los primeros avisos se publican durante la temporada de 1769; pero no es sino hasta 1815 cuando adquieren la formalidad de carteles. 

El cartel es un documento impreso que se convierte en anticipo del espectáculo taurino. Ilustrado con grabados, pinturas o fotografías, en su modalidad de "tira de mano", ofrece soberbias explicaciones de la futura tarde torera, destacando el nombre del torero de fama o la celebridad del encierro a lidiarse. Al paso de los años este anuncio se entronizó como aliado de la fiesta taurina, ya que se utiliza como instrumento de comunicación masiva para todos los que desean asistir a la plaza, convocados por el efecto fascinante que ejerce las leyendas representadas en ese vehículo de publicidad. 


El cartel taurino en el siglo XIX 

El toreo es un tema inagotable debido a las pasiones que desata. Desde el siglo pasado se ofrecía, a través del cartel, toda la información acerca de los protagonistas de la fiesta. Esta convocatoria era recreada con gran imaginación cada tarde de toros. 

Los autores del cartel taurino decimonónico manejaron un lenguaje coloquial admirable que logró trascender a todas las capas sociales. Dos de las plazas de toros, la de San Pablo, que funcionó de 1788 a 1821 y de 1833 a 1864, y la del Paseo Nuevo, de 1851 a 1867 -año de la prohibición que se impuso a las corridas de toros en la Ciudad de México-, se convirtieron en sitios de reunión muy concurridos. 


las 30 o 40 escenas que se conocen en los carteles realizados de 1855 a 1867, y que aparecen reproducidas en su mayoría sin firma, es muy probable que hayan sido recreadas por el trazo de dibujantes tan reconocidos como Ignacio Cumplido, Alejandro Casarín, Santiago Hernández, Constantino Escalante, José María Villasana, Campillo, iriarte y Luis G. Inclán. Al revisar la hemerografía decimonónica mexicana, verdaderas joyas del arte popular, encontramos gran semejanza entre los rasgos que aparece en dichos carteles con el resto de la obra de los autores mencionados. 

Las obras de José Guadalupe Posada y de Manuel Manilla enriquecieron estéticamente -a su manera- el cartel taurino de finales del XIX y comienzos del XX. Estos artistas populares, después de burilar las gestas taurinas del momento, se encargaron de apresurar en la imprenta de Antonio Vanegas Arroyo la salida de "hojas volantes" donde diestros como Ponciano Díaz o Rodolfo Gaona se convertían en el foco de atención. 


En el cartel taurino del siglo XX fue decisiva la presencia del español universal Carlos Ruano Llopis avecindado en México, que hizo escuela, y su legado es de un valor incuestionable en lo que se refiere a su obra cartelista. Difundir su obra en infinidad de carteles es brindarle un merecido permanente homenaje. Entre sus alumnos más destacados estuvo Antonio Navarrete. Asimismo, Pancho Flores también forma parte del catálogo de los pintores cuyo trabajo es imprescindible para ilustrar el cartel taurino. 

En 1994 el INBA lanzó una convocatoria que dejó como experiencia el legado de Pinturerías, el cual reúne a importantes artistas de talla nacional e internacional. Este trabajo se reproduce actualmente en los también denominados "avisos al público" de la plaza de toros México, con nuevas tendencias plásticas y artísticas además de las tradicionales. 

El cartel taurino es pues un testimonio histórico que nos permite acercarnos anticipadamente a la corrida venidera, pero también es una evocación del pasado que no sólo se limita a informar quiénes participaron en tal o cual evento, sino que permanece como evidencia de las hazañas y cúmulo de las añoranzas para los amantes de la fiesta brava. 


José Francisco Coello Ugalde, maestro en historia de México por la UNAM, es investigador del acontecer histórico de la fiesta taurina en México.


(Tomado de: Coello Ugalde, José Francisco: El cartel taurino en el siglo XIX. México en el Tiempo. Revista de historia y conservación. Año 5 número 32, Editorial México Desconocido, S. A. de C. V. México, D. F., 1999)

jueves, 11 de diciembre de 2025

Los almanaques de Jesús Helguera


 

Los almanaques de Jesús Helguera.


Ricardo Torres Martínez 


Jesús Enrique Helguera nació en Chihuahua el 28 de mayo de 1910. Hijo de español y mexicana fue un genio del oficio pictórico; de su vida se conoce poco, pues siendo aún muy pequeño su familia se trasladó a la capital del país, dos años después a Córdoba, Veracruz, para emigrar a España cuando él apenas contaba con cinco años de edad.


Su infancia y juventud, al decir de don Álvaro Mondragón quien por muchos años fue su fiel compañero, las pasó en la población española Ciudad Real primero, donde cursó sus estudios elementales y en Madrid donde a los 12 años ingresó a la Escuela de Artes y Oficios, para de allí pasar a la famosa Academia de San Fernando y completar su formación. 


Trabajó afanosamente en Madrid y Barcelona como ilustrador, hasta que consiguió una plaza de maestro de artes plásticas en Bilbao. Regresó a México ya casado con una dama madrileña, dos años después del estallamiento de la guerra civil española, arribando por barco a Veracruz hacia finales del año 1938. 


Casi desde entonces y hasta su muerte, ocurrida el 5 de diciembre de 1971, trabajó como artista exclusivo de Cigarrera La Moderna S.A. de C.V., empresa regiomontana que realizaba en la imprenta de don Santiago Galas los famosos calendarios anuales que tanta fama cobraron durante el México de los cuarenta y los cincuenta. En efecto, no había ferretería, fonda, consultorio médico, taller, cantina, hogar o despacho que no tuviese alguna pared ornamentada con un calendario de Jesús Helguera. 


Admirador fiel de los muralistas mexicanos Rivera, Orozco y Siqueiros, así como del Doctor Atl y de Rufino Tamayo, helguera fue poseedor de una gran cultura visual que plasmó en cada uno de sus lienzos: "el detallismo". Modesto siempre en su manera de ser, pues jamás se sintió artista ni pretendió exhibir sus originales, recibía cada año un guión literario por parte de La Moderna en el que se le especificaba el tema, el lugar, los personajes a representar y los elementos componentes del cuadro; una vez que se discutía y se aprobaba él lo interpretaba y le imponía su propio sello. 


Helguera viajaba a los lugares indicados por el guión con su equipo de trabajo, compuesto por dos camarógrafos, un guionista y un auxiliar, se realizaban las tomas fotográficas necesarias de la escena, particularmente de la  arquitectura, la flora y la fauna propias del sitio escogido, y una vez en su taller trazaba a lápiz los bocetos que darían lugar al original. Así surgieron sus personajes mestizos e idealizados que recordaban a las damas y galanes del cine y de la canción ranchera de la época como Gloria Marín, María Elena Márquez, Tito Guízar, Pedro Infante y Pedro Armendáriz, quiénes en "El rebozo", "El mes de María", "La oración de la tarde", "Orquídeas para ti", "La Despedida", entre otros, dieron vida a lugares como las huastecas potosina y tamaulipeca, los campos chicleros de Quintana Roo, las montañas de Guerrero o Michoacán y los remansos fluviales de Veracruz, Tabasco y Chiapas. 


La textura, colorido, realismo y disposición de los personajes de la obra de Helguera, ejercían un gran atractivo en el gusto popular. De ahí que como dice Carlos Monsiváis en El encanto de las utopías dentro del Catálogo de la Exposición Identidades mexicanas, fue "un pintor de cabecera de las multitudes, que vivió siempre un doble reconocimiento, la admiración de la mayoría y la referencia irónica de la minoría”.


Y es que la producción artística de Helguera, con sus paisajes paradisíacos, su gran capacidad fabuladora, su arte popular que nos remonta a principios de siglo, y sus escenarios tan dulcemente artificiales, fue descalificada por los amantes del arte puro con el despectivo calificativo de kitsch; lo redujeron a un simple pintor de almanaques, denominación que aceptó sin dificultades, sin afectación ninguna, consciente siempre y, sin falsa modestia, de que el grueso de la población y de sus múltiples admiradores, no sólo adquirían las reproducciones de sus obras, sino que las exigían y las disfrutaban con gusto verdadero. En una época de muy escasos afectos culturales en materia de artes plásticas, de pocos museos y de ausencia de bibliotecas, Jesús Helguera supo encarnar en su obra artística las sensaciones placenteras de “lo bonito”.


Revalorada en 1980 con una gran exposición en el Museo de Bellas Artes, inaugurada por el presidente Miguel De la Madrid, la presente obra pictórica de Jesús Helguera pertenece al patrimonio del grupo Pulsar Internacional cuyas oficinas se engalanan muy a menudo con todo o parte de sus 26 óleos originales. Con frecuencia la muestra viaja al extranjero. Gracias a esa aceptación internacional, España, Francia, Holanda, Estados Unidos, Canadá, Rusia y otros grandes países y ciudades del mundo, han sabido del estilo único de Jesús Helguera y de las tradiciones mexicanas. 


El profesor Ricardo Torres Martínez, licenciado en ciencias de la educación, es maestro universitario, promotor cultural y gerente de relaciones públicas del Grupo Pulsar Internacional, S.A. de C.V.


(Tomado de: Torres Martínez, Ricardo: Los almanaques de Jesús Helguera. México en el Tiempo. Revista de historia y conservación. Año 5 número 32, Editorial México Desconocido, S. A. de C. V. México, D. F., 1999)

jueves, 9 de octubre de 2025

El Taller de Gráfica Popular

 


El Taller de Gráfica Popular 


Sección: Remedios para el olvido


Texto: Alma Lilia Roura. Fotos: Carolina Cañas


Era mediados de 1937, el tercer año de Lázaro Cárdenas en el gobierno, cuando menos de una docena de jóvenes entusiastas discutían sobre trabajo artístico y compromiso político en un local de una calle de prostitutas. Con dos prensas de mano y un viejo litógrafo dispuesto a compartir experiencias, hablaban de un colectivo de trabajo con una inscripción de 15 pesos. Menos de un año después, el flamante Taller de Gráfica Popular (TGP) estrenaba estatutos, logotipos, una vieja pero útil prensa litográfica y un nuevo local en Belisario Domínguez, con tres cuartos: uno para imprimir, otro para grabar y el tercero para vender y hacer asambleas. De este humilde origen saldría una producción gráfica que dio al grabado mexicano una fisonomía propia y reconocida en el mundo. 


Pero la generación espontánea no existe. Muchos de los miembros del TGP habían participado en la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios, la LEAR, surgida a raíz de la campaña presidencial de Cárdenas. Por medio del trabajo en equipo, los miembros de la LEAR, muchos de ellos miembros del Partido Comunista, organizaron congresos, mesas redondas, conferencias ilustradas, obras de teatro, conciertos y talleres para obreros. En la Sección de Artes Plásticas, los pintores, escultores y grabadores publicaron Frente a frente, revista de propaganda; elaboraron carteles, volantes, murales transportables y otros en escuelas y mercados, así como enormes telones de papel (hasta 15 x 20 m) para las asambleas de organizaciones populares y sindicatos, que implicaban a veces sesiones ininterrumpidas de 20 horas de trabajo para el grupo responsable de tenerlos a tiempo. 


La LEAR fue un espléndido espacio de aprendizaje y una valiosísima posibilidad de dar al arte un nuevo sentido por su contacto con las masas. Sin embargo, este espacio de compromiso cultural, sin duda el mejor de su tiempo en México, se diluyó hacia principios de 1937 por el burocratismo de muchos miembros que, de manera oportunista, se integraron sólo para obtener un trabajo pagado por el gobierno. En contraposición a tal postura los fundadores de TGP sí mantuvieron su militancia revolucionaria por medio del arte. 


El primer cartel realizado en el Taller de Gráfica Popular fue para felicitar a la Confederación de Trabajadores de México; a ese siguieron otros en apoyo a la República española y contra el franquismo, con figuras caricaturizadas del generalísimo. Durante la expropiación petrolera llevada a cabo por Cárdenas (1938), hubo una generosa producción de carteles, llamando al pueblo a colaborar y criticando a los Estados Unidos mediante la emblemática figura del Tío Sam. Conforme la producción se incrementaba, los artistas fueron depurando sus formas, integrándolas cada vez con mayor eficacia y sin perder la creatividad. 

En esta década de los treinta, todo México se sacudía con la política; por todos lados vibraba la necesidad de hacer cumplir las promesas que la Revolución había dejado pendientes y que Cárdenas se proponía concretar. Las organizaciones de masas apostaban, una vez más, a que su voz fuera escuchada. Pero el país no sólo miraba hacia adentro, sino que compartía la preocupación por una confrontación mundial que se veía venir irremediablemente. 

Numerosas agrupaciones de artistas y escritores democráticos e izquierda en diversas partes del mundo, unieron esfuerzos para enfrentar al nazifascismo haciendo del arte un arma más. En México, primero la LEAR y después el TGP, se unieron a la consigna de frente único establecida por la Unión Soviética, con lo que se dispusieron a combatir al imperialismo, al nazismo y a la guerra. Las obras del taller abordaron esa doble vertiente que trataba, tanto temas nacionales como internacionales. 


Otro encargo temprano, por ejemplo, fue precisamente una serie de carteles para Liga Pro Cultura Alemana, organización del exilio alemán que combatía el nazismo de su país. Los 18 carteles de esta serie son un magnífico ejemplo del tipo de trabajo que se proponía esta organización, y que mantuvo hasta principios de los años cincuenta, la representación realista en carteles, volantes, hojas volante, calaveras e ilustraciones, es decir, todo aquello que tuviera posibilidad de llegar a un público amplio. Los carteles realizados en blanco y negro se pegaban en las calles de ciudades como México o Guadalajara dónde, a pesar de su pequeño formato competían por su calidad en forma ventajosa con los de los espectáculos como peleas de box y corridas de toros.


El tema era siempre político, social o de denuncia, apoyando a los sindicatos y a organizaciones populares, agrarias o de obreros y maestros, gremios que la mayoría de las veces, tenían una escasísima capacidad de pago. El alma del TGP era llevar el arte a las masas, por lo que, a fin de cumplir con los encargos, se optó por el moderno linóleo -de fácil reproducción y menos caro que el zinc o la madera- material que supieron explotar al máximo; un miembro recuerda que con 10 pesos de linóleo podían hacer hasta ocho grabados, la forma de trabajo consistía en investigar el tema a fin de contar con los elementos esenciales. Después se hacía una propuesta colectiva o individual que se discutía en grupo y, por último, se realizaba el grabado. Parece sencillo, pero muchas veces se tenía el tiempo encima, a lo que debe agregarse que en el grabado hay poca posibilidad de corregir y la mano debe ser firme y decidida. Aún así, el gran oficio de Leopoldo Méndez (director y cabeza del taller desde su fundación hasta 1952), Luis Arenal, Pablo O'Higgins, José Chávez Morado, Alfredo Zalce, Ángel Bracho Francisco Dosamantes, Everardo Ramírez, Alberto Beltrán, Mariana Yampolski, y muchos otros que pasaron temporalmente por el TGP, evidencia la excelente calidad que alcanzaron, a pesar de que la producción en el taller no implicaba ganancias; había que mantener las máquinas, las gubias y buriles, y pagar el alquiler de los sucesivos locales. Si se hacían obras individuales, cada quien costeaba los gastos de los materiales y de la impresión, y a veces, no faltaba alguien a quien había que prestarle para el camión. 

Si la obra estaba en función de un asunto concreto y se proponía llegar a amplias capas de la población, el lenguaje estético elegido era el del realismo para que las figuras y objetos representados fueran fácilmente identificables. 

Al referirse a esta forma de expresión Leopoldo Méndez expuso más de una vez que el gran maestro del TGP fue José Guadalupe Posada, ya que las formas plásticas de este precursor de la modernidad en México, de enorme simplicidad expresiva, siempre estuvieron entretejidas con las aspiraciones, alegrías y temores de las clases populares, vocación con la que se identificaban plenamente los miembros del taller. 

La llegada de artistas españoles exiliados introdujo algunas novedades en el viejo lenguaje soviético y alemán, que aunque enriquecieron el trabajo de los grabadores del taller no los apartó del desarrollo de un estilo propio y reconocible. 

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial en el otoño de 1939, el taller realizó varias series de carteles pro soviéticos, tanto en la capital como en provincia.

Mientras duró el conflicto, alternaron la temática bélica -soldados, botas, bayonetas, pueblos masacrados, la amenaza de la bomba- con problemas mexicanos como el alza de precios, críticas al gobierno, etc., y al final de la conflagración, se hicieron carteles exaltando la victoria. 

A muy poco de su inicio, la labor desarrollada en el creativo espacio del TGP atrajo artistas extranjeros, hombres y mujeres como el boliviano Roberto Berdecio o el ecuatoriano Galo Galecio. Entre los estadounidenses destacaron Elizabeth Catlett y sobre todo Pablo O'Higgins, quien adoptaría a México como su patria. Mención especial merece Hannes Meyer, arquitecto de origen suizo y maestro de la Bauhaus quien al integrarse al taller en 1942 dio un fructífero impulso a la editorial La Estampa Mexicana, encargada de publicar varios álbumes y libros del TGP que han perdurado, a diferencia de los carteles y volantes que muchas veces se perdieron. Los intercambios establecidos con estos visitantes también tuvieron eco fuera de México. En Los Ángeles, por ejemplo, Gloria y Jules Heller crearon el Graphic Arts Workshop, que funcionó de manera semejante a su contraparte mexicana. 

A través de estos contactos con otros países, además de exposiciones en México, la obra del TGP fue presentada en varias muestras en el extranjero, donde obtuvo amplio reconocimiento. Después de la de Posada, la gráfica realista del TGP fue la que consolidó una imagen del grabado mexicano, tanto en el país como fuera de sus fronteras, por su fuerza expresiva y el carácter pasional de su propaganda política y social. 

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Alma Lilia Roura. Es licenciada en Historia por la UNAM, ha trabajado para varios museos del INBA. Actualmente es la coordinadora de investigación del Centro Nacional de Investigación Documental e Información de Artes Plásticas (CENIDIAP) del INBA. 


(Tomado de: Roura, Alma Lilia (texto) y Cañas, Carolina (foto). El Taller de Gráfica Popular. México en el Tiempo. Revista de historia y conservación. Año 5 número 32, Editorial México Desconocido, S. A. de C. V. México, D. F., 1999)