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jueves, 7 de mayo de 2026

La alcurnia rojinegra

 


La alcurnia rojinegra 

El club Atlas nació como un remedio a la nostalgia. En un café de Guadalajara un grupo de jóvenes de la alta sociedad tapatía añoraba el juego que habían practicado durante sus años de estudiantes en Inglaterra. Ahí decidieron que el único alivio a sus males era formar un equipo de fútbol. 

Algunos de esos jóvenes eran los hermanos Alfonso y Juan José "Lico" Cortina, que habían aprendido a driblar en el Colegio Saint Aloysius; Pedro "Perico" y Carlos Fernández del Valle, que fueron ases del Saint John's; el trío de los Orendáin, que habían pateado el balón en el colegio Ampleforth al norte de Inglaterra, y Federico Collignon, quien a su regreso de Berlín se volvió un jugador famoso con el equipo Rovers de la Ciudad de México. 

El club quedó constituido el verano de 1916 en la casa de campo que la familia Orendáin tenía en San Pedro Tlaquepaque. Fue "Lico" Cortina quien bautizó al equipo como Atlas y también el diseñador del uniforme rojinegro. Para el escudo recurrió a Carlos Sthal, pintor y gran dibujante, quien le sugirió la "A" blanca con un fondo rojinegro. El escenario de su reencuentro con el balón fueron los llanos de La Bajadita, cercanos a San Pedro. Ahí, vistiendo sus pantalones bombachos y con un sombrero de fieltro tipo quesadilla que sólo se quitaban para cabecear, depuraron su técnica inglesa. 

Cuando enfrentaban a los equipos locales resaltaba la superioridad de su juego basado en rápidas triangulaciones y su habilidad para eludir las cargas. Además, mientras sus contrincantes sólo sabían pegarle al balón con la punta del pie, es decir, de "punterazo" o "puñalada", ellos utilizaban el empeine para darle efecto a la trayectoria de la bola. 

Este juego más efectista o preciosista quedó de manifiesto en el primer partido que disputaron contra el Guadalajara. Los atlistas pasearon por el campo a los rojiblancos, que desconcertados no pudieron oponer resistencia. El resultado fue un estrepitoso 18 a 0. Así inició el clásico tapatío. 

Al año siguiente el Club Atlas se mudó a los terrenos de El Paradero, ubicados en el camino de Guadalajara a San Pedro Tlaquepaque, llamados así porque ahí había un jacalón en forma de medio círculo con tejas de barro donde paraban los tranvías que salían de Guadalajara. En esas instalaciones se formó una escuela que comenzó a enseñar un fútbol elegante, calificado más tarde como "académico", que logró mantener su hegemonía en las canchas tapatías hasta 1921.


(Tomado de: Bañuelos Rentería, Javier. Balón a tierra (1896-1932). Crónica del fútbol mexicano. Editorial Clío, libros y videos S.A. de C.V. Segunda edición, México, 1998)

lunes, 27 de abril de 2026

Cuando el balón llegó a Jalisco

 


Cuando el balón llegó a Jalisco 

A Guadalajara el fútbol no llegó de la mano de los ingleses sino de un joven belga que se instaló en esa ciudad en 1904. Aquel muchacho se llamaba Edgar Everaert y tuvo su primer empleo en la casa comercial L. Gas y Cía., donde hizo un grupo de amigos entre los que se encontraban Calixto Gas, acaudalado descendiente de franceses, Max Voog, Gregorio Orozco y su hermano Rafael, quien no trabajaba ahí sino en Las Fábricas de Francia. 

Everaert había practicado el fútbol en el puerto de Brujas, su ciudad natal, y comenzó a motivar a sus compañeros a jugarlo. Así, los convenció de ir a pelotear a los llanos de la colonia Moderna. Un día de 1906, cuando consideró que sus alumnos estaban listos, les propuso formar un club, al que llamaron Unión. Eran, en pocas palabras, un combinado franco-tapatío dirigido por un belga. 

Al momento de escoger uniforme, la mayoría francesa impuso los colores de su bandera: azul, blanco y rojo. Algunos de sus integrantes eran además de Everaert, Calixto Gas, Augusto y Calixto Teissier, Pedro, Pablo y Juan O'Kelard, Luis Pellat, Julio Bidart, Max Voog, Ernesto Caire, los hermanos Orozco, Esteban y Francisco Palomera, Alfonso Cervantes, Ramón Gómez y Ángel Bolumar, casi todos empleados de una casa comercial. 

La unión a la que aludía su nombre no duró mucho tiempo, y en 1909 los mexicanos inconformes con la hegemonía francesa decidieron formar su propio club. El equipo se llamaría Guadalajara y estaría formado únicamente por mexicanos; del antiguo equipo sólo heredaron el uniforme. Instalaron su sede en la casa de doña Nicolasa Sainz, viuda de Orozco, abuela de Gregorio y Rafael Orozco. Este último fue el primer presidente del club. Otro miembro de la familia, el tío don Sabino Orozco, les facilitó el terreno donde pudieron trazar su primera cancha, conocida como Las Bases Chicas. 

Entonces no había un campeonato regular y sólo se pactaban duelos entre oncenas formadas en su mayoría por seminaristas y estudiantes de colegios particulares, donde la práctica de los deportes era obligatoria. En el invierno de ese mismo año, 1909, por iniciativa del equipo del Centro Atlético Occidental se celebró el primer torneo oficial. En el participaron, además, el Guadalajara, el Excélsior -formado por estudiantes de un colegio jesuita- y el club del Liceo de Guadalajara. 

Luego se desató la tormenta revolucionaria y no resultaba fácil seguir corriendo en los llanos tras el balón. Durante esos años se formó la base del aguerrido Guadalajara que, en los años veinte, después de encontrar el antídoto que neutralizó el fútbol de salón de los señoritos del Atlas, se convirtió en uno de los símbolos del balompié tapatío.


(Tomado de: Bañuelos Rentería, Javier. Balón a tierra (1896-1932). Crónica del fútbol mexicano. Editorial Clío, libros y videos S.A. de C.V. Segunda edición, México, 1998)

jueves, 16 de abril de 2026

La pasión porteña

 




La pasión porteña


En el puerto de Veracruz el fútbol se convirtió desde 1915 en asunto de orgullo y escándalo. La fundación del Club Iberia ese año interrumpió el dominio que desde principios de siglo ejercía el Veracruz Sporting Club en las canchas porteñas y además despertó una de las rivalidades más enconadas y perdurables que recuerda la historia. En el Sporting alineaban por igual mexicanos y españoles, todos hijos de las familias de mayor alcurnia de la ciudad. Eran muchachos fuertes, apuestos y arrogantes, que acostumbraban llegar al campo acompañados de guapas y distinguidas señoritas. En cambio, los del Iberia eran exclusivamente españoles, gente acomodada pero que no tenía ni la presencia física ni el supuesto refinamiento de sus contrarios. Eran más bien chaparrones, sin embargo garrudos y bien entrenados por su fundador y centro delantero Bernardo Rodríguez, "El futbolista Fenómeno", quien había jugado para el Club España de México. 

Gracias a un fútbol más astuto, el Club Iberia ganó el campeonato 1917-18 de la Liga del Sur, lo que resultó una afrenta para el Sporting. Desde entonces, cada uno de sus duelos se planteaba como una batalla entre la aristocracia jarocha y el pueblo llano por la supremacía futbolística porteña. 

En agosto de 1918, el Iberia cambió su nombre por el de Club España de Veracruz y comenzó a jugar con una camisa azul. Además, inauguró un campo con tribunas de madera muy parecidas a las que tenía en ese momento el parque del España capitalino en el Paseo de la Reforma. Por su parte, el Sporting, siempre con camisa de un rojo tan intenso como su orgullo, dominó la liga durante los años veinte, cuando empezó a jugar un fútbol de más acompañamiento, más cadencioso y menos áspero. En ese entonces alineaban Jorge Pasquel, Miguel Ángel de la Lama, Franyutti y Oliverio Arrieta, entre otros. 

Aquella rivalidad quedó registrada en las originales crónicas de W. H. Lamont, alias "El Gatito Blanco", encargado de la sección de deportes de El Dictamen, quién disfrutó más que nadie esa época en la que el fútbol del puerto se tiñó de azul y rojo.


(Tomado de: Bañuelos Rentería, Javier. Balón a tierra (1896-1932). Crónica del fútbol mexicano. Editorial Clío, libros y videos S.A. de C.V. Segunda edición, México, 1998)

lunes, 6 de abril de 2026

Entre fábricas y cafetos

 


Entre fábricas y cafetos 

Su posición privilegiada de puerto mexicano principal que recibía migrantes y mercancías de Europa puso a Veracruz en contacto con el fútbol desde muy temprano. Por sus muelles entraron los pioneros de ese deporte en México y aunque la mayoría tomó el rumbo del altiplano, hubo otros que prefirieron clavar sus porterías en los verdes llanos de Veracruz. 

La primera colonia futbolística en territorio jarocho se instaló en la húmeda región orizabeña, que a principios del siglo era un importante emporio textil. La formaron los técnicos escoceses contratados por la fábrica El Yute, de Santa Gertrudis. El líder del grupo era Duncan mcComich, experto tintorero y practicante del fútbol, quien dio forma al equipo y lo condujo a la conquista del primer campeonato celebrado en México, en 1902-03. En la temporada siguiente, quizás por el exceso de confianza o de whisky, los llamados Spinner's quedaron en el sótano y el equipo se desintegró. La mayoría regresó a Europa y otros marcharon hacia la capital del país. 

Con ellos el fútbol emigró de Orizaba, hasta que en 1914 hubo un nuevo brote, ahora alentado por el francés Raoul Bouffier, administrador de la factoría de Río Blanco y entusiasta del balompié, quien junto con algunos de sus empleados formó la Unión Deportiva Río Blanco. La llama creció con la aparición del Club Cervantes y la Asociación Deportiva Orizabeña, famosa por sus siglas ADO. De los tres, los adeoínos volaron más alto, sostenidos por las manos protectoras de don José Enrique Soler y del doctor Labardini Cerón. Hacia 1924 sus mejores jugadores viajaron a la capital por razones de estudio y aprovecharon su estancia para jugar con el América y volverse famosos en sus filas.

En Córdoba el fútbol tenía sabor a café y acento español. Los dueños del comercio cafetalero de la región eran los hermanos Olavarrieta, quienes se convirtieron en mecenas del Club Iberia, campeón del estado en 1918. Casi todos los integrantes del equipo eran empleados de la Casa Olavarrieta y varios de ellos habían tenido alguna experiencia con el balón en su natal España. El de más talento futbolístico era Daniel Larrazábal, apodado "Pichichi"; los tres palos los vigilaba un mozalbete llamado "Fantomas" y adelante brillaba Chucho Mendieta, un delantero de gran nivel que un día se aburrió de la calma cordobesa y se fue a la capital del país, siguiendo el ejemplo de los orizabeños. 

Córdoba, Orizaba y el puerto jarocho formaron el triángulo que enmarcó la vida futbolística veracruzana hasta los años treinta. Por medio de la Liga del Sur, que realizó puntualmente los campeonatos estatales cada año, el fútbol se quedó atrapado para siempre en Veracruz.


(Tomado de: Bañuelos Rentería, Javier. Balón a tierra (1896-1932). Crónica del fútbol mexicano. Editorial Clío, libros y videos S.A. de C.V. Segunda edición, México, 1998)

lunes, 23 de marzo de 2026

El celo asturiano

 


El celo asturiano 

La historia del Club Asturias arranca en Rivadesella, el pueblo asturiano donde nació Antonio Martínez Cuétara, su futuro artífice. Ya instalado en México, repartía el tiempo libre que le dejaba su empleo entre dos aficiones: una, las lecturas sobre espiritismo, teosofía, masonería y temas afines; la otra, el fútbol. 

En 1914 se hizo socio del Deportivo Español, cuna de resentidos con el Club España, y desde ahí planeó la formación de un club que congregara a todos los residentes asturianos, que entonces conformaban la mitad de la colonia española en México. El 7 de febrero de 1918 reunió a un grupo de paisanos en su casa de la calle de La Amargura 52 y los convenció de la urgencia de formar un club que representara los colores de la patria astur. Constituida la primera mesa directiva, anunciaron su intención de dar apoyo al deporte, "especialmente al emocionante y populoso sport, el foot-ball". 

A fines de julio de 1918 el Club Asturias solicitó entrar a la Liga Mexicana Amateur de Association Foot-Ball (LMAAFB). La liga respondió que de acuerdo con los estatutos deberían disputar tres encuentros con equipos de primera categoría para evaluar su nivel de juego. Los astures obtuvieron buenos resultados: derrotaron al Germania 3-0, empataron con el América 3-3 y vencieron al Tigres 1-0; sin embargo, su solicitud fue rechazada. 

Nunca se aclararon las causas del fallo, pero es muy probable que el Club España se opusiera, al sentir amenazados los privilegios de que gozaba como único representante de la colonia española. En respuesta, los asturianos, encabezados por Antonio Martínez Cuétara, mejor conocido como "Chicorro", quizás por su baja estatura y su aspecto de niño calvo, se lanzaron a la aventura de formar su propia liga. 

En una junta celebrada en el Orfeón Catalán quedó constituida la Unión Nacional de Association Foot-Ball, en la que participarían equipos como ABC, Blanco y Negro, San Cosme, Cataluña y Águila de Pachuca. Construyeron su campo en el Paseo de la Reforma, justo frente a la casa de don Venustiano Carranza, y anunciaron la entrada gratuita a sus juegos. Tal medida afectó los bolsillos de los dirigentes de la Liga Mexicana, especialmente del España, dueño del parque oficial. Ante esta presión, tuvieron que ceder. Aceptaron al equipo azul y blanco, que debutó en el torneo 1919-20.

Obsesionados con la idea de ganarle al España, contrataron de Escocia a míster Gerald Brown, un excelente entrenador que trajo a los pastos mexicanos lo mejor del estilo escocés. Lo acertado de esa medida se reflejó en la participación del Club Asturias en la Copa del Centenario, en 1921, donde deslumbraron al público con un fútbol nuevo, de fulminantes combinaciones, calificados de matemático y científico, en el que las cargas violentas no existían, ni tampoco los pelotazos sin más. Ese mismo año los asturianos le arrebataron a España la Copa Covadonga y al siguiente le ganaron el campeonato de liga. Sus deseos se cumplieron, pero a partir de entonces el fútbol ya no tuvo el mismo sabor para ellos.


(Tomado de: Bañuelos Rentería, Javier. Balón a tierra (1896-1932). Crónica del fútbol mexicano. Editorial Clío, libros y videos S.A. de C.V. Segunda edición, México, 1998)

jueves, 12 de marzo de 2026

La dinastía azulcrema

 


La dinastía azulcrema 

En 1918 existía preocupación en el medio futbolístico por la falta de equipos que ofrecieran mayor oposición al Club España. El inglés Percy C. Clifford, figura central de la etapa pionera, pensaba que la gente terminaría alejándose de los campos, aburrida de ver ganar siempre y con tanta facilidad a los españoles. Lo que mister Clifford no imaginaba era que el equipo que iba a romper la hegemonía españolista acababa de debutar en la liga: el Club América

Para 1916, en los colegios particulares de la capital la práctica del balompié era un asunto cotidiano. De esos ambientes escolares surgió el Club América, resultado de la fusión de dos equipos ligados al Colegio Francés de los hermanos maristas. Uno era el Récord, encabezado por los alumnos Germán Núñez Cortina y Rafael Garza Gutiérrez, quien habría de heredar como apodo el nombre del equipo; el segundo era el Colón, que entrenaba el profesor Eusebio Cenoz, quien sugirió la formación de un solo conjunto. Para ello se convocó a una junta en los llanos de la Condesa el 12 de octubre de 1916 y ahí reunidos los 22 jugadores, sin pensarlo demasiado, eligieron el nombre de América para el nuevo club. 

La liga los aceptó en la temporada 1917-18, luego de que consiguieron un inesperado empate frente al España. Quedaron en último lugar. Influidos por el profesor Cenoz, y otros miembros del Colegio Francés, decidieron llamar Unión al equipo. Las cosas no mejoraron y al finalizar la campaña 1919-20, un grupo de jugadores rompe con sus tutores franceses y decide regresar al nombre original. Inicia entonces la fama de los muchachos azulcrema. 

A partir de 1920 empezó a formarse el cuadro base que les permitiría aspirar al campeonato. Las primeras adquisiciones fueron Enrique "La matona" Esquivel y Horacio Ortiz, que venían del extinto Pachuca. Después recibieron a un grupo de orizabeños muy experimentados que estudiaban en la capital. El primero de ellos en ponerse la camiseta crema fue Firpo Nadal, que llegó en 1923. Luego le siguieron Ernesto Sota, Juan Terrazas y los hermanos Cerrilla. El equipo había ganado en fortaleza física y velocidad. La falta de técnica la suplían con empuje y agobio al contrario que, por lo general, acababa siendo arrollado. 

Entonces comenzó el verdadero despegue del club, que conquistó cuatro títulos de manera consecutiva, empezando por el de 1924-25. Por fin un cuadro formado exclusivamente por mexicanos se imponía a los orgullosos españoles y además los mantenía alejados del título por cuatro años. Eso le dio un nuevo interés al fútbol y permitió que las tribunas volvieran a llenarse.


(Tomado de: Bañuelos Rentería, Javier. Balón a tierra (1896-1932). Crónica del fútbol mexicano. Editorial Clío, libros y videos S.A. de C.V. Segunda edición, México, 1998)

lunes, 2 de marzo de 2026

Dominio hispano

 


Dominio hispano 

El entusiasmo que despertó el Club España se vio reflejado en la cantidad de equipos formados por hispanos que comenzaron a proliferar por toda la ciudad. El club los adoptó y abrió sucursales en distintas zonas de la capital. En 1916 había uno en San Antonio Abad, otro en la colonia Guerrero, en Santa María la Ribera, en San Cosme y una más en la prolongación de las calles de Bolívar. 

Ese efervescencia futbolística se extendió a otras ciudades del país con fuerte presencia ibérica, como Tampico, Torreón, Tuxpan, Veracruz, Villahermosa, Oaxaca, Puebla y Pachuca, donde los residentes españoles formaron sus propias oncenas, integrando en 1918 una Confederación Deportiva, comandada por el Club España de la capital. 

De su fuerza deportiva hablan los nueve campeonatos que lograron entre 1912 y 1922, jugando un fútbol simple, nada vistoso pero muy efectivo, basado en la fortaleza física y en la valentía para entrar a rematar los centros que enviaban los extremos, conocidos en aquellos tiempos como alas. Intentaban pocas combinaciones y preferían el rápido pelotazo al área enemiga; con ellos el balón permanecía poco tiempo pegado al pasto. 

Entonces se decía que el Club España jugaba "feo, pero ganaba" y que sus triunfos se debían antes que nada "al nervio de la raza, coraje y amor propio". Entre los más destacados jugadores de aquellos años se recuerda a Enrique Gavaldá, "El Portero Caballero", a Lázaro Ibarreche, "El Chuteador As del Fútbol Mexicano", a Eladio Olarra, "El Jugador Ardilla", por su gran rapidez y astucia para buscar el gol, y Antonio y Jaime Arrechederra, "Los Hermanos Terremoto", por más de diez años el mejor dueto defensivo de México. 

La pérdida del título de la temporada 1922-23 ante el Asturias fue la primera señal de que la era del dominio españista estaba llegando a su fin. Dos años más tarde cedieron para siempre su trono ante un grupo de jóvenes impetuosos que fundó la primera dinastía futbolera mexicana

El Club España tardó en aceptar que su fútbol había envejecido y por ello vivió una larga decadencia, hasta que en 1934 resurgió con jovencitos de su cantera que dominaban las claves modernas del balompié. 

Pero esa es otra historia.


(Tomado de: Bañuelos Rentería, Javier. Balón a tierra (1896-1932). Crónica del fútbol mexicano. Editorial Clío, libros y videos S.A. de C.V. Segunda edición, México, 1998)

jueves, 19 de febrero de 2026

Del mostrador a la realeza

 


Del mostrador a la realeza 


El ascenso del Club España marcó una nueva época, en la que el fútbol rompió de manera definitiva el aristocrático cascarón inglés y se convirtió en un asunto de la calle. La comunidad española, mucho más integrada a la sociedad mexicana, se encargó de difundir el nuevo juego por todos los vecindarios de la Ciudad de México. 

La idea de un equipo formado únicamente por españoles surgió dentro del Club México de San Pedro de los Pinos. Ahí jugaban Francisco Arias, Ramón Lanza, Pedro Bargay, Francisco Gómez Alonso y Rafael Hernández, cinco jóvenes hispanos empleados de distintas casas comerciales de la capital, quienes el 20 de marzo de 1912 levantaron el acta constitutiva del Club España. Su capital no ascendía a más de 20 pesos, dinero que les permitió adquirir su primer balón y unos palos para las porterías que plantaron en un terreno de Santa María la Ribera, en las calles de Fresno y La Rosa. 

Ese mismo año, 1912, entran a la liga y consiguen, una tarde gris de noviembre, su primer triunfo nada menos que contra el poderoso Club Reforma. Se mudan a un campo de la Condesa, ubicado donde hoy se encuentra el Parque España, que adornan con una sencilla caseta en la que los jugadores se cambiaban de atuendo. 

Casi al año de la fundación del club eligen a su primera mesa directiva formal, la cual encabeza don Julio Alarcón, un comerciante vasco que logra aumentar el número de socios de 20, en 1913, a 83, en 1914. También en esa época llegan jugadores que se convertirán en pilares del equipo, ayudándolo a alcanzar su primer título. 

En noviembre de 1914 conquistan el bicampeonato al derrotar 2-0 al Pachuca en el campo del Club Reforma, ante una asistencia de cinco mil espectadores, algo que nunca se había visto en un partido de fútbol. La oncena se mete en el ánimo y las conversaciones de toda la colonia hispana. Llega la popularidad, los jugadores salen en hombros de la cancha y la gente los saluda en la calle. Españoles de todos los estratos, desde el mozo de cantina hasta el dueño de los almacenes Fábricas de Londres, se afilian al club, que logra una membresía de 1500 socios. 

La racha de títulos continuó. Para 1918 algunos reconocían que el ejemplo de los éxitos deportivos del equipo había influido en el cambio de hábitos de los muchachos españoles, cuyos "espíritus maltrechos y envilecidos por las duras tablas del mostrador" obtenían con el deporte un estímulo positivo que los alejaba de "tabernas y prostíbulos, de plazas de toros y juegos de toda clase". Ahora, decían, el centro de sus intereses era el campo de fútbol. 

Gracias a ese reconocimiento, el Club España ganó no solo las simpatías de los hombres ricos de la colonia sino también su apoyo económico, el cual les permitió inaugurar el 17 de mayo de 1919 su lujoso casino en la calle de Bolívar. Su fama llegó, incluso, a oídos del Rey don Alfonso XIII, quien le concedió el título de "Real" el 3 de diciembre de 1919. La colonia española vivía una euforia futbolística que no tardaría en contagiar al resto de la sociedad.


(Tomado de: Bañuelos Rentería, Javier. Balón a tierra (1896-1932). Crónica del fútbol mexicano. Editorial Clío, libros y videos S.A. de C.V. Segunda edición, México, 1998)

lunes, 9 de febrero de 2026

La retirada británica

 


La retirada británica 


Conforme avanzó el siglo XX el fútbol fue dejando de ser monopolio inglés. El gusto por el balón saltó las cercas de los exclusivos clubes británicos y apareció lentamente en otros rincones de la ciudad. Los patios de la Escuela Normal, del Colegio de Mascarones, del Instituto Williams, del Colegio Alfonso XIII de Tacubaya y del Colegio Francés de Puente de Alvarado, fueron los escenarios donde cientos de muchachos mexicanos, y algunos extranjeros, recibieron sus primeros rudimentos futbolísticos, en algunos casos ayudados por profesores religiosos que se remangaban la sotana para enseñarles los secretos del dribling. Este deporte era visto como un ejercicio que ayudaba a templar el carácter de los estudiantes y que además estimulaba su espíritu de grupo. De estas escuelas egresaron generaciones enteras de aficionados y practicantes del balompié. 

Entre los jóvenes de otras colonias extranjeras fue creciendo también el interés por formar sus clubes. Tal fue el caso de los franceses Emilio Spitallier, Lucien Dubernard y Charles Tardan, quienes en 1911 fundaron L'Amicale Française

Cinco chavales españoles cambiaron el rumbo del fútbol mexicano, en marzo de 1912, cuando crearon el Club España. Tres años más tarde, en el Casino Alemán se formó el Club Germania, cuyos miembros usaban, por cierto, un uniforme oscuro, por el que fueron apodados "Los Fúnebres”.

Los mexicanos comenzaron a asomar la cabeza en el fútbol capitalino a partir de 1910, cuando Alberto Sierra y el reconocido sportsman Alfredo B. Cuéllar fundaron el club México de San Pedro de los Pinos. Montaron su cancha en un terreno de la Condesa, que formaba parte del peculio de Jorge Gómez de Parada, un jovencito de la élite porfiriana, graduado en Inglaterra, que en 1909 había tenido el honor de alinear con el Club Reforma

Reforzado por algunos ingleses, el Club México ganó el campeonato de liga de 1912-13. Ya con la Revolución encima, el club de mexicanizó por completo; además integró a jugadores de extracción popular, como el delantero Serafín Cerón, el mediocampista "Borolas" Estrada y sobre todo el pintoresco portero Cirilo Roa. Su estilo duro y su actuar irreverente y pendenciero los convirtieron en el equipo del escándalo, algo que les valió el apoyo de la nueva afición que surgía en los barrios más pobres de la ciudad. 

No sólo el nombre de México y la camiseta roja atraían a la porra colorada, sino la posibilidad de que en cualquier juego se desatara la gresca, el relajo. Esa actitud no era extraña en un país que vivía desde 1910 el gran borlote nacional. 

Con el estallido de la primera guerra mundial se inició la retirada de los británicos de las canchas mexicanas. Muchos jugadores se alistaron y partieron al frente de batalla, dejando atrás los días de juego. El poderoso Club Reforma se desintegró en 1914; luego el Rovers, heredero del British Club, lo hizo en 1915.

El fin de la época británica puede verse ejemplificado en el destino de Arthur Hammond, el fino delantero inglés de quien la prensa mexicana dio noticia en julio de 1915: “todos Los amantes del fútbol recuerdan al inmenso jugador Hammond, aquel delantero admirable sin hipérbole, el mejor jugador que hemos tenido en México... no lo volveremos a admirar más; una terrible desgracia le ha sucedido en Europa. Se encontraba en las trincheras cumpliendo con su deber cuando una granada estalló a poca distancia de donde él se encontraba.”


(Tomado de: Bañuelos Rentería, Javier. Balón a tierra (1896-1932). Crónica del fútbol mexicano. Editorial Clío, libros y videos S.A. de C.V. Segunda edición, México, 1998)

viernes, 30 de enero de 2026

Té, whisky y foot-ball

 


Té, whisky y foot-ball 


En 1900 los técnicos ingleses que trabajaban en las minas de Pachuca y Real del Monte dieron el primer paso en la historia del fútbol organizado en México cuando fundaron el Pachuca Athletic Club. Al año siguiente, sus paisanos de la capital los imitaron y pusieron en pie dos equipos, el del Reforma  Athletic Club y el British Club, el cual dependía del Casino Inglés

También por esas fechas, en Orizaba, un grupo de escoceses empleados en la fábrica textil El Yute organizó su escuadra. Dentro de los círculos británicos el gusto por el fútbol crecía, y desde 1900 hubo encuentros amistosos en la capital; el más celebrado de todos fue uno en el que escoceses e ingleses se enfrentaron en la cancha del Club Reforma. 

El fútbol comenzó a robarle aficionados al tenis y al criquet, y la idea de organizar un campeonato no tardó demasiado. En septiembre de 1902 hubo una junta en los salones del British Club. Ahí se fundó la Liga Amateur de Futbol Asociación y se anunció el comienzo de un torneo con la participación de los equipos del México Cricket Club, de los mineros de Pachuca y de los textileros de Orizaba, a quienes se envió invitaciones. 

El domingo 19 de octubre de 1902 la colonia británica, incluyendo el embajador George Greville, se dio cita en el campo que el México Cricket Club tenía en el Paseo de la Reforma para presenciar el silbatazo del referee S. H. Pope, iniciándose el primer juego oficial en México. El resultado favoreció al British Club sobre los de casa. Al final se escucharon muchos ¡hurra! y un grupo de hermosas ladies ofreció a los sofocados players deliciosas tazas de té.

Ahí arrancó la época inglesa del fútbol organizado en México. Durante los siguientes diez años todos los equipos participantes, nunca más de cinco, serían de extracción británica. Se jugaba por lo regular los domingos por la tarde y cada tiempo era de 35 minutos, porque se pensaba que en la altura de la Ciudad de México era imposible cubrir los 45 que marcaba el reglamento. 

Cada partido se volvió un acto social rodeado de rígidas reglas de cortesía y gentileza, que anteponían siempre el espíritu deportivo a cualquier desacuerdo dentro y fuera de la cancha. Cuando las escuadras capitalinas viajaban en tren a Pachuca u Orizaba, eran recibidas por una delegación del equipo anfitrión que les conducía al campo. Al acabar el encuentro se realizaba un convivio en el que había whisky y discursos a discreción. 

Así comenzó a desarrollarse el fútbol en México, hasta que otros temperamentos y otras costumbres llegaron a la liga. Para entonces los británicos ya habían sembrado la semilla del balompié.


(Tomado de: Bañuelos Rentería, Javier. Balón a tierra (1896-1932). Crónica del fútbol mexicano. Editorial Clío, libros y videos S.A. de C.V. Segunda edición, México, 1998)

miércoles, 21 de enero de 2026

El sport porfiriano

 


El sport porfiriano 


Nadie sabe con exactitud cuándo desembarcó el fútbol en México y tampoco en qué momento pasaron los primeros balones de cuero por la aduana de Veracruz Lo cierto es que el viejo deporte inglés se arraigó en tierras nacionales durante la última década del siglo XIX.

En aquellos años se respiraba en México cierto clima de optimismo producto de la paz construida por el general Porfirio Díaz y de la creencia de que por fin el país parecía tomar la ruta de un progreso cuyo emblema eran las modernas locomotoras. Empeñado en lograr la prosperidad económica, el régimen porfiriano abrió las fronteras y atrajo de todo el mundo hombres ansiosos por hacer fortuna, quienes además de su ambición venían cargados de todas las novedades de la época.

Una de las prácticas que más llamaron la atención, difundida en especial por británicos y estadounidenses, fue el deporte. Para entonces, en muchos países, los deportes formaban parte de la educación impartida en los colegios e incluso en algunos se habían convertido en espectáculos públicos, como el association foot-ball en Inglaterra. 

Los mexicanos de la clase alta, ávidos por imitar aquello que pudiera ser catalogado como moderno, no tardaron en adoptar el sport como parte de su vida diaria, pues lo consideraron una de las "señales de progreso" que distinguían a las más civilizadas capitales del mundo. 

La mejor manera de hacer sport, tanto para los extranjeros como para los nacionales, era afiliarse a alguno de los clubes atléticos que en esa época comenzaron a fundarse. Los ingleses residentes en la capital mexicana inauguraron en marzo de 1894 el Reforma Athletic Club, donde inicialmente sólo se practicaban lawn tennis y cricket. Por su parte, los estadounidenses crearon en Churubusco el Country Club, punto de reunión de los aficionados al golf, y el Reforma Country Club, donde había espacio para el béisbol. 

Otros sitios similares eran el Mexican National Athletic Club y el Olympic Athletic Club, que promovía su skating hall de la calle de San Juan de Letrán. Mientras, un norteamericano de apellido Roberts difundía el gusto por la bicicleta en la Bicycle Riding School, que se ubicaba en el Paseo de la Reforma

Este furor alentó la aparición, en septiembre de 1896, de The Mexican Sportsman, quizá la primera revista especializada en deportes editada en México. En su edición bilingüe, afirmaba que el país vivía en plena efervescencia deportiva y consideraba el béisbol, el tenis, el ciclismo y el patinaje como los más populares. 

Al hablar del fútbol señalaba que no era el "estilo rugby" sino el "estilo asociación" el que podría ser adoptado más fácilmente en México. Al referirse a su práctica en la capital, decía: "Aunque nunca ha alcanzado buen éxito aquí, hay, sin embargo, un buen número de amigos de ese sport en la ciudad. De tiempo en tiempo los muchachos de los colegios ingleses hacen esfuerzos por organizar un partido, pero tales esfuerzos no han dado fruto, principalmente porque no ha habido competencia que levante entusiasmo.”

Meses más tarde, la revista calculaba que había en la ciudad entre 30 o 40 jugadores y que algunos de ellos lo practicaban con buen nivel antes de venir a México. Esos datos la animaron a lanzar la convocatoria para formar el primer club capitalino, lo cual sólo sería posible años después. 


(Tomado de: Bañuelos Rentería, Javier. Balón a tierra (1896-1932). Crónica del fútbol mexicano. Editorial Clío, libros y videos S.A. de C.V.  Segunda edición, México, 1998)

jueves, 11 de julio de 2019

El estilo del futbol mexicano


Hacia febrero de 1961, un jovencito de apenas 20 años, llegó con el poderoso Santos de Brasil para jugar en México uno de aquellos Torneos Pentagonales que desbordaron con la calidad de sus exponentes las canchas aztecas. El nombre de aquel muchacho negro, que había saltado hasta la cima de la admiración universal tras su actuación en el Mundial de Suecia, importaba menos que la magia de su corto apodo: "Pelé'.
Un reportero de El Nacional lo abordó para averiguar qué pensaba del fútbol mexicano: "Me ha impresionado -dijo cortésmente Pelé- su sentido para llevar el balón hasta el área, como lo hacen en pocos países, pero desgraciadamente -cosa que no sólo digo yo, sino que he escuchado en muchas partes- carecen de efectividad."
¿De dónde vengo, quién soy, hacia dónde voy? ¿Quién es mi padre, quién es mi madre? ¿Es esta mi cara, o mi máscara? Lo que Octavio Paz dijo de la cultura nacional en El laberinto de la soledad, lo ha dicho Manuel Seyde del futbol mexicano en La fiesta del alarido: el futbol nacional, como la cultura misma de nuestro país, autocelebratoria en sus ínfimos triunfos y autodestructiva tras sus más comunes decepciones, ha estado siempre pendiente de todos los espejos y atenazada por sus inseguridades. A la espera de que, por fin, la certidumbre de lo que se es despeje la falacia de tantas imágenes contradictorias.
Dividida nuestra admiración entre el glamour sudamericano, con su gambeta y su alta densidad creativa, y la frontalidad, precisión y rapidez de los europeos, los mexicanos se preguntaron en muchas ocasiones cuál era el estilo futbolístico de la tierra azteca.
En los comentarios, artículos y narraciones de los años cincuenta y sesenta los datos sobresalientes son: un juego relativamente ordenado, de pases cortos y al pie, pero falto de imaginación para destroncar a las defensas rivales, y de profundidad en sus avances, todo coronado con una increíble habilidad para fallar ante la meta enemiga.
El gran técnico argentino Guillermo Stábile, al observar asombrado el partido que México perdió ante Perú por 2-0 en el II Campeonato Panamericano de 1956, dijo: "¡Pero, che!... han dominado todo el tiempo y han realizado las jugadas más peligrosas, y van perdiendo… México debería ir ganando dos goles arriba cuando menos." Al finalizar el partido, volvió a comentar: "Es la derrota más injusta que he visto. Perú no ganó; México perdió."
Un cronista deportivo definió lo que por mucho tiempo había sido la esencia del futbolista mexicano, con este encabezado a un reportaje sobre Pedro Nájera en 1963: "PEDRO NAJERA, EL SIETE PULMONES. SUS CUALIDADES: LE QUITA LA PELOTA AL MISMÍSIMO PELÉ. SU DEFECTO… LUEGO DE QUITÁRSELA A PELÉ, ¡SE LA ENTREGA A COUTINHO!"


(Tomado de: Sotelo, Greco - Crónica del futbol mexicano: el oficio de las canchas (1950-1970). Editorial Clío, Libros y Videos, S.A. de C.V., México, 1998)

lunes, 3 de junio de 2019

Las derrotas corteses

Hacia los meses finales de 1949 y los primeros de 1950, la leyenda viviente del fútbol mexicano, Rafael Garza, “Récord”, y el incipiente entrenador Octavio Vial, se reunieron con frecuencia y trataron de desactivar la tremenda bomba que el destino les había deparado.

“Récord” era técnico del cuadro crema, y era tal su fama que de pronto se vio preso del mayor tormento: ser el entrenador de la selección nacional. “La Pulga” Vial lo sustituyó en la dirección del América, y fungió como su asistente en la selección, que ya pensaba en la próxima Copa del Mundo en Brasil [1950]. Hacia la Navidad de 1949, la selección que “Récord” había armado en sus ratos libres fue goleada en España por el Real Madrid (7-1) y el Atlético de Bilbao (6-3). La crítica no se hizo esperar, y el apesadumbrado “Récord” tuvo que delegar el cargo en Vial.

Sin embargo, cuando la selección de Vial fue derrotada, días antes del Mundial, por el Botafogo y éste a su vez por un improvisado Combinado Tapatío, el diario El Nacional dictaminó: “Nuestra selección perdió y no debe ir a Brasil. Nada más van a poner en ridículo el nombre de México.” así las cosas, una selección nacional con escasos 15 días de preparación partió a hacerle frente al mejor equipo del momento, en la inauguración del estadio más grande del mundo.

El 24 de junio de 1950, ante las tribunas inacabables del Maracaná, disputando el primer partido de Copa del Mundo tras su interrupción en 1938, México no estuvo a la altura del compromiso. Ante un sistema ultradefensivo que apenas dejaba aire suficiente para respirar al portero Carbajal, Brasil, caminando, aplastó 4-0 a un equipo de profesionales a la mexicana.

El 28 de junio, en Porto Alegre, Yugoslavia planchó otra vez las camisas nacionales al ritmo de 4-1, el gol mexicano a cargo de Héctor Ortiz. Y el 2 de julio, en su despedida del Mundial carioca, México cayó vencido ante los suizos por 2-1, con el solitario tanto anotado por el veterano Casarín.

En aquel último partido ocurrió un detalle interesante. Al confundirse la casaca nacional suiza con la mexicana que se usaba entonces -de un rojo tirando a guinda- se decidió echar mano del clásico volado para resolver el problema. Esa fue la única victoria mexicana en el Mundial de Brasil: Suiza debía cambiar de uniforme. Pero no. La tradicional cortesía mexicana dijo que “de ninguna manera, no faltaba más, pase usted primero”... y los seleccionados nacionales jugaron con el uniforme de pantalón oscuro y camiseta a rayas azules del Gremio de Porto Alegre. México había perdido sin tocar el balón.

(Tomado de: Sotelo, Greco - Crónica del futbol mexicano: el oficio de las canchas (1950-1970). Editorial Clío, Libros y Videos, S.A. de C.V., México, 1998)