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lunes, 24 de noviembre de 2025

Cascada del Chiflón, Coahuila

 


Cascada del Chiflón, Coahuila 


Descripción del lugar.- Para el paseante o turista, visitar El Chiflón en el estado de Coahuila, es encontrar una gama de actividades para todos los gustos, como por ejemplo buscar petroglifos y pinturas rupestres, escuchar historias de la hacienda, tomar fotografías, nadar, caminar, subir las lomas, llegar a lo alto de la cascada, explorar cuevas y hasta emprender una larga caminata hasta Saltillo por todo el lecho del río.

El Chiflón es conocido casi exclusivamente por lugareños y los saltillenses, pues es un lugar obligado para los paseos dominicales y los calurosos días de descanso. 

Cómo llegar.- El acceso al lugar es fácil. De Saltillo hay que tomar la carretera libre núm. 40 en dirección a Torreón (no la de cuota, porque no hay salida para este sitio). Y a 38 km se encuentra una hacienda casi en ruinas, pero todavía habitada por una familia, donde hay que dejar el vehículo. A partir de ahí se entra al mundo de la aventura, que lo llevará a refrescarse en las pozas o albercas de color turquesa, que forman la cascada con sus dos caídas. 

Servicios existentes.- Ahí no existen de ninguna especie, salvo venta de refrescos en la hacienda. Alimentos, gasolinería y hospedaje los puede encontrar en la ciudad de Saltillo. 

Equipo necesario.- Para aquellos que gusten de la aventura, caminando y subiendo lomas, es recomendable que vayan equipados con buenas botas o tenis de tracción, porque las laderas son muy resbaladizas, ropa cómoda, un rompevientos, traje de baño, agua y alimentos. 

Duración de la excursión.- Este recorrido se puede realizar en uno o dos días.


(Tomado de: Guía México Desconocido, edición especial, Guía número 22, lugares para excursionar. Editorial Jilguero, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1995)

Enlace:

https://youtu.be/diki-wYQl9g?si=JIOY5_5UkFHR3RBV

viernes, 12 de septiembre de 2025

Batalla de Santa Isabel, 1866


Muerte en Santa Isabel


El comandante Brian (de Foussieres Fonteneuille) Paul (1828-1866), era un hombre robusto, de barba y bigote cerrados y parecía de más edad que la suya. No tenía familia y manifestaba poca inclinación para las mujeres más allá de las exigencias del cuerpo. Eso sí, tomaba ajenjo y mucho, y se volvía entonces muy platicador. Generalmente bebía con el teniente Liberman. Brian aguantaba muy bien. Linberman no. En esa región de México sobraba el vino local y también el whisky que venía del Norte con los americanos de Juárez. Salido de Saint Cyr entre los últimos de su promoción, había pasado 15 de sus 19 años militares en el regimiento extranjero. Por cierto, no sé por qué la Legión decidió hacer del combate de Camarón otra derrota, algo como su símbolo. El combate de Santa Isabel, el primero de marzo de 1866, no fue menos catastrófico, ni los legionarios menos valientes. Hasta fueron más, bastantes más los que murieron en ese desgraciado encuentro. Pensándolo bien, digo tonterías. El capitán D'Anjou no cometió ningún error, se sacrificó para cubrir el convoy de pólvora sin el cual no se rinde Puebla, mientras que Brian sacrificó a sus hombres para nada, combinando errores y mala suerte y, quizá, ajenjo, a un peso la botella. 

No fue sólo el responsable de su propia muerte, sino de la de 103 hombres. El destacamento francés quedó aniquilado, y todos los sobrevivientes -yo entre ellos- presos. Quizá no fue realmente culpable. A veces en el cuerpo expedicionario soplaba un viento de bravura loca, quizás soplaba para él en esos últimos días de febrero, en esa terrible primera noche de marzo, quizá su destino era llevar a su tropa a la catástrofe. Hacía frío. Lo veo todavía, montado en su caballo, con sus botas anchas y altas, muy altas, sobre su caballo alto, las riendas colgando a lo largo de su brazo, las manos en las bolsas para protegerse del frío, caminando delante de nosotros. Nos empujaba hacia lo desconocido una fuerza tan invisible como el viento en la noche fría. Veo también la cara algo adolescente del subteniente Royiaux, titiritando de frío, y las caras campesinas de nuestros alemanes y polacos, la tropa en su uniforme azul oscuro. Todos, casi todos murieron en esa mañanita, al mismo tiempo. La realidad no podría ser más nítida que mi recuerdo. Todo se me grabó, no olvido nada, no olvidaré, nunca. 

El 28 de febrero, al atardecer, Brian, comandante de las fuerzas de Parras, cuatro compañías del segundo batallón del regimiento extranjero, fue informado de que los liberales se encontraban a tres leguas de la ciudad, en la hacienda de Santa Isabel. Contra la opinión de todos los oficiales, decidió salir a medianoche con tres compañías y 400 mexicanos de las fuerzas rurales, entre ellos 90 jinetes, pero todos mal armados, con un solo cartucho en la bolsa y menos de 15 días de servicio. 

A paso rápido llegamos en 3 horas a la primera vanguardia del enemigo, quien se retiró a la primera descarga, y poco después nos topamos con el grueso de sus fuerzas, parapetadas en un peñón de unos sesenta metros de altura, arriba de la hacienda de mampostería, con terrazas. Tardamos una hora en reconocer la posición y los liberales no dejaron de disparar. Les sobraba parque. Éramos 185 legionarios, contando a los ocho oficiales, y 400 mexicanos contra dos mil hombres. Recuerdo el viento, ligero, ligero, y el olor que llevaba consigo, un olor a cuartos sin ventilación o a fogata, y de repente se me ocurrió que ese olor era el de la muerte o que el olor de la muerte debería ser algo semejante. Era de noche todavía. Brian decidió atacar. ¿Irresponsabilidad? Eso dijeron después: que no había esperado al despuntar del día para reconocer mejor el terreno y apreciar la fuerza adversa. Pero sabíamos que eran muchos, muchos más que nosotros, y Brian quería esconder nuestra inferioridad numérica y atacar protegido por los últimos momentos de oscuridad. En otras ocasiones habíamos hecho lo mismo y la sorpresa había derrotado a un enemigo tres o cuatro veces más numeroso. Pero no hubo sorpresa. Nos esperaban bien protegidos en las terrazas y detrás de los bancos de roca; además, nos disparaban desde arriba. 

La noche ya era más clara. Un perro aulló, otro le respondió y varios más. Cuando el capitán Moulinier menciona la posibilidad de retirarnos, Brian montó en cólera. Dicen que había tomado bastante, pero no me consta y además aguantaba demasiado bien. Eso sí, regañó fuertemente a Moulinier. Dijo que jamás había huido, que los mexicanos no eran tantos y que nos íbamos a tumbar tranquilamente con una buena carga de bayoneta, y que la caballería aliada terminaría su derrota. Dio la orden, gritó ¡La France!, grito que repetimos todos con entusiasmo, olvidando las tres horas de marcha forzada, y ¡a la carga! Corrimos, corrimos bajo una lluvia de balas, detrás de nuestro comandante, que había dejado su caballo y desenvainado su espada. Nos disparaban por delante, por atrás, por los lados, desde la hacienda y desde el cerro. Tres veces intentamos con esfuerzo sobrehumanos tomar la posición, tres veces fuimos rechazados con pérdidas crecientes. Los auxiliares mexicanos, ¿qué podían hacer sin parque y sin práctica? Nos abandonaron al inicio de la carga, menos el jefe Campos, prefecto de Parras, quién atacó una vez con 50 de sus hombres. Logró escapar en su buen caballo y no hay nada que reprocharle, bueno, sí, algo se le debió reprochar: se habían equivocado sobre la distancia y por eso Brian lanzó el ataque desde muy lejos; tampoco nos había dicho que una barranca cruzaba el camino antes de llegar a los muros de la hacienda, la cual nos impidió amenazar el flanco enemigo. Nuestra ala tuvo que replegarse al centro de nuestra línea de frente y nos encabestramos unos a otros. Perdí a mis hombres o mis hombres me perdieron a mí y llegamos en grupo compacto y desordenado, con la respiración cortada después de una carrera de 800 metros. Normalmente uno va al paso de carga durante 200 metros nada más. Sin embargo, tratamos de escalar tres veces el cerro.

Ahí cayó herido el comandante y muerto a su lado el teniente Roiyaux.  Brian gritó y agitó su sable como si fuera a hablar a la columna, pero era tan fuerte el ruido de los disparos que no se oyó una sola palabra. ¿Se habría dado cuenta de que nos conducía a una muerte segura? Nadie lo sabrá porque en ese momento explotó una granada a su derecha y unas esquirlas dejaron su corazón al descubierto. El sable se le cayó de la mano, pero su brazo derecho seguía en alto; luego Brian se derrumbó y no volvía a ver ni su cadáver. 

Todos nuestros esfuerzos, 150 contra 2000, fracasaron; entre los liberales bien protegidos, unos 100 tenían el famoso rifle yanqui de ocho tiros ¡una maravilla! Nos retiramos después de haber perdido a más de la mitad de lo nuestros, ya no había caballería para protegernos y nos vimos rodeados por 600 jinetes; el teniente Schmidt, valiente entre los valientes, cayó en la bajada, acribillado, alentando aún a los soldados con su voz debilitada; tenía los dos brazos rotos cuando un balazo en la cabeza acabó con él. El capitán Cazes también. El capitán Moulinier, ya sin caballo, tomó el mando con la ayuda del teniente Rabix y la mía, los tres sin heridas. Varias veces intentamos formar el cuadrado pero era imposible, eran demasiado numerosos, como dijo un viejo soldado de Waterloo. Moulinier, al brincar una barranca, recibió quince balazos y lo remataron a sablazos. Quedamos Rabix y yo, intentando formar una línea de tiradores, pero el enemigo venía más y más; caímos en una tercera barranca, ya protegidos contra los sables de la caballería, pero ahora llegaba la infantería y nosotros adentro de la barranca y ellos fusilándonos desde arriba, por todos lados. Mataron a Rabix. Armé mi pistola para acabar pronto y no ser masacrado, hice una breve oración y de repente me acordé de mis padres. Entonces me levanté, preferí sufrir y sobrevivir por ellos. En ese instante se presentó un oficial enemigo que me pidió cortésmente mis armas. Sobrevivimos 82, 37 de los cuales heridos. Habían muerto 97 soldados y seis oficiales. Entre las filas liberales había un francés, un tal Albert, no sé si era su nombre o su apellido, un desertor del 62° de línea. Brian había sido capitán el regimiento 62° de 1861 a 1864. Dicen que Albert mutiló su cadáver. Sé que remató a nuestro médico, el buen Rustegho, herido, recogido por los mexicanos, en su ambulancia. Espero que el diablo se haya llevado al tal Albert. Los liberales, ellos se portaron bien, nos trataron como se trata a presos de guerra y no me quejaré nunca de ellos. 

Atravesamos a pie el desierto del Bolsón de Mapimí, sufriendo como ellos sed y hambre, pero siempre nos trataron bien. Los generales Treviño y Viesca nos perdonaron la vida cuando pudieron fusilarnos, puesto que desde el abominable decreto de Maximiliano teníamos instrucciones de no tomar prisioneros, de fusilar a los oficiales y soltar a los soldados. Quisieron hacer matones de nosotros. Duré preso nueve meses, libre bajo palabra en la ciudad de Monterrey, con oficiales austríacos; terminé de aprender el español a fondo, aprendí algo de alemán y de inglés. De no ser tan francés, me hubiera quedado en Monterrey con esas mexicanas tan bonitas. Y es todo lo que le puede contar Ernest Moutiez, en aquel entonces subteniente en el regimiento extranjero.

(Tomado de Meyer, Jean - Yo, el francés. Crónicas de la Intervención francesa en México, 1862-1867, Maxi Tusquets Editores S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 2009)

viernes, 13 de diciembre de 2024

Miguel Ramos Arizpe

 


Ramos Arizpe (Miguel).- Nació en lo que entonces se llamaba Valle de San Nicolás, en Coahuila, y hoy tiene su nombre, el 15 de febrero de 1775. Comenzó sus estudios en el seminario de Monterrey y los terminó en Guadalajara, donde recibió el grado de bachiller en filosofía, cánones y leyes. En 1803 se ordenó sacerdote en México, y fue nombrado capellán familiar y sinodal del obispado de Monterrey; más tarde fue promotor fiscal, defensor de obras pías y catedrático de derecho civil y canónico en el seminario de esa ciudad. En 1807 pasó a Guadalajara, donde obtuvo el grado de licenciado y doctor en cánones, alcanzó un curato y fue propuesto para una canonjía. En septiembre de 1810 fue electo diputado a las Cortes de Cádiz, donde brilló por su talento y se distinguió por su ardiente patriotismo. Por eso fue puesto en la cárcel de Madrid y enseguida desterrado por cuatro años a la Cartuja de Arachristi, en Valencia, donde permaneció hasta 1820, en que fue nuevamente electo diputado a las Cortes españolas. En el mismo año fue nombrado chantre de la catedral de México. Consumada la independencia, volvió a México. Fue presidente de la comisión de Constitución del Congreso de 1823, de modo que contribuyó en gran parte a formar la Constitución federal de 1824. Después fue sucesivamente ministro de Justicia y Negocios Eclesiásticos, ministro plenipotenciario para arreglar los tratados con la República de Chile deán de la catedral y nuevamente ministro de Negocios Eclesiásticos; diputado a los congresos de 1841 y 1842. Murió en México el 28 de abril de 1843. 


(Tomado de: México en las Cortes de Cádiz (Documentos). El liberalismo mexicano en pensamiento y en acción. Colección dirigida por Martín Luis Guzmán. Empresas Editoriales, S. A. México, D. F. 1949)

viernes, 23 de agosto de 2024

El ritual funerario entre las Culturas del Desierto

 


El ritual funerario entre las Culturas del Desierto 


José Luis Rojas Martínez


El extenso territorio del Norte de México presenta diferentes condiciones geográficas delimitadas por las grandes formaciones de las sierras madre, Occidental y Oriental, y por el Golfo de México y el océano Pacífico, en ambos extremos; en este escenario, y no obstante las condiciones climáticas adversas, se desarrollaron numerosos grupos humanos que lograron expresar a través de diversas manifestaciones culturales, el entorno árido y hostil que los rodeaba. Varios de esos grupos dieron origen a las llamadas "Culturas del Desierto", cuya característica principal fue la de tener una forma de subsistencia basada en la caza, la pesca y la recolección; eran grupos nómadas en constante movilidad que buscaban su sustento, ya que desconocían las bases de la agricultura y la domesticación de animales que pudieran servirles de alimento. Tenían una sencilla cultura material que estaba de acuerdo con el grado de aprovechamiento de los recursos que su medio les ofrecía. 

Uno de los grupos integrantes de las Culturas del Desierto, que ha sido ampliamente estudiado por la arqueología mexicana, se asentó en el área conocida como la Comarca Lagunera, situada en la parte suroeste del estado de Coahuila y una pequeña porción del norte del estado de Durango. Se trata de una inmensa planicie cercana a la moderna ciudad de Torreón, rodeada de grandes macizos orográficos; en su superficie crece la típica vegetación de las zonas áridas, formada por agaves, yucas, lechuguillas, etcétera, cuyas fibras fueron aprovechadas por aquellos grupos laguneros para elaborar su vestimenta, sus adornos y sus utensilios cotidianos. 

Fue precisamente en la Comarca Lagunera donde se realizó uno de los más importantes hallazgos en la historia de la arqueología del norte de México, cuando entre 1953 y 1954 los arqueólogos adscritos al entonces Departamento de Prehistoria del INAH, Manuel Maldonado-Koerdell, Pablo Martínez del Río, y Luis Aveleyra Arroyo de Anda, dedicaron tres temporadas de campo para rescatar una importante cantidad de restos humanos y sus ofrendas, depositados en forma de bultos mortuorios dentro de dos cuevas conocidas como la Candelaria y la Paila, las cuales mostraban, a través de los materiales arqueológicos rescatados, cómo se desarrollaban la vida cotidiana y los rituales de este grupo que habitó la región por más de tres mil años, desde el 2000 a. C. hasta el 1600 d. C. Dicha cronología, basada en los fechamientos obtenidos por el material lítico rescatado, además del estudio científico de los objetos de concha, huesos de animales, madera, textiles y restos óseos humanos, entre otros, nos permiten reconstruir fragmentos de la historia de la ocupación humana en la Comarca Lagunera. 

Todos los integrantes de una pequeña banda de cazadores-recolectores, formada por unos treinta miembros, realizaban sus actividades cotidianas tal como lo habían aprendido durante numerosas generaciones; para sobrevivir en una región desértica como El Bolsón de las Delicias, área ocupada por este pequeño grupo, desarrollaron diversas técnicas que les permitían aprovechar al máximo los recursos naturales a su alcance. Los niños eran adiestrados en el arte de la cacería, y tenían que estar siempre atentos a las indicaciones y enseñanzas de sus padres, ya que de ellas dependía la sobrevivencia del grupo. Uno de los adultos, considerado el más experimentado cazador de venados y conejos en la región de la Comarca Lagunera, de nombre Coyote Blanco, desde pequeño había dado muestras de sus aptitudes para la fabricación de los implementos de caza; sus hábiles manos podían cortar y pulir con destreza excelentes puntas de proyectil e incrustarlos en duros mangos de madera que previamente había preparado. Coyote Blanco se distinguió por su pericia en el uso del arco y la flecha, además del lanzadardos, o átlatl, instrumentos que lo acompañarían a lo largo de su vida por todos los recorridos en busca de presas. 

A Coyote Blanco se le admiraba porque con frecuencia regresaba al campamento con grandes venados cola blanca, conejos y otros mamíferos pequeños, de los que se utilizaba inmediatamente su carne y se llevaba a las fogatas que ya habían encendido previamente las mujeres; mientras tanto las pieles de sus presas se preparaban para cubrirse con ellas durante las épocas más frías. Coyote Blanco era consciente de que su núcleo familiar podía sobrevivir a las duras condiciones de vida del desierto gracias a su experiencia y a sus habilidades. 

Una vez separada la piel del venado, Coyote Blanco se acercó al lugar del desplazamiento y observó detenidamente la cabeza del animal, examinó con sumo cuidado sus astas, que resaltaban por su gran belleza y tamaño, y luego separó la cabeza del animal -para él era importante no dañar las astas-, tomó sus instrumentos de piedra para cortar hueso y con ellos seccionó el cráneo, y enseguida separó cuidadosamente las astas. Después buscó entre la madera que tenía a su disposición y encontró algunas varas que le serviría para su propósito. Tomó entonces las dos astas y las unió con las varas que había seleccionado, sujetándolas con finas cuerdas de fibras vegetales; de esa manera fabricó un amuleto que le sería indispensable para realizar los rituales propiciatorios que le garantizarían seguir obteniendo presas y así asegurar la sobrevivencia de su grupo. 

No sólo las habilidades de Coyote Blanco eran imprescindibles para la existencia de su grupo, también las actividades realizadas por las mujeres eran muy importantes. Ellas iniciaban su instrucción desde muy pequeñas; aprendían a recolectar frutos, semillas y otros alimentos que complementaban su dieta. De la escasa vegetación que crecía en un medio árido, tales como las yucas y las lechuguillas, sabían usar sus fibras para elaborar una vestimenta sencilla: mantas, faldellines, tocados o enredos, bandas con motivos geométricos en rojo, negro, blanco y amarillo, bolsas y otros implementos de uso doméstico. 

Coyote Blanco murió antes de cumplir los cuarenta años, suceso que provocó una gran conmoción entre los miembros de su grupo, quienes prepararon con gran esmero los rituales mortuorios dignos del personaje. De acuerdo con las centenarias tradiciones que exigía este rito, el cuerpo fue flexionado hasta lograr una posición fetal; posteriormente se le colocaron todas sus pertenencias, incluyendo, por supuesto, sus preciados instrumentos de caza. Como una manera de reconocer el prestigio de gran cazador que adquirió en vida, se le colocó en el brazo izquierdo una gran punta de proyectil adherida con resina vegetal a un mango de madera. Después, el cuerpo fue cubierto con una gran manta y amarrado con varias tiras de fibras vegetales, y se le colocó sobre un arnés de varas, amarradas también con fibras, para luego ser transportado hacia la cueva mortuoria, en cuyo interior yacían los cuerpos de varias generaciones de laguneros. Entrar por la boca de la cueva fue extremadamente complicado, ya que el tamaño y el peso del cuerpo dificultaba las maniobras, pero por fin lograron acceder al área principal y en un espacio adecuado pusieron una cama de pencas de nopal sobre la que depositaron el arnés y el envoltorio con los restos mortales de Coyote Blanco. 


(Tomado de Rojas Martínez, José Luis. El ritual funerario entre las culturas del desierto. Los guerreros de las llanuras norteñas. Pasajes de la Historia IX. México Desconocido, Editorial México Desconocido, S.A. de C.V. México, Distrito Federal, 2003)

jueves, 30 de mayo de 2024

Peregrinos por la libertad: mascogos y kikapúes

 


Peregrinos por la libertad 

Los exesclavos negros que llegaron al norte de México en el siglo XIX


Javier Villarreal Lozano 


Historiador y catedrático de la Universidad Autónoma de Coahuila. Recibió el Premio Nacional de Historia por su biografía de Venustiano Carranza. Autor de Melchor Múzquiz el insurgente olvidado, Los ojos ajenos: viajeros en Saltillo (1603-1910), Oscar Flores Tapia y Cartas de Querétaro, entre otras obras. Es director del Centro Cultural Vito Alessio Robles, en Saltillo, Coahuila.


Al noroeste de la ciudad Melchor Múzquiz, Coahuila, en la entrada del pueblo hay un aviso: "Comunidad de negros". A quienes habitan allí y escribieron el letrero no les importó que hoy resulte políticamente incorrecto el uso del término negro. Ellos están orgullosos de ser descendientes de valientes ex-esclavos africanos que hace casi 170 años encontraron en México el bien preciado de la libertad. Esta es su historia.

En 1850, con asombro y seguramente también miedo, los habitantes de Guerrero, Coahuila, vieron cruzar el Bravo e internarse en territorio mexicano a cerca de setecientos hombres, mujeres y niños de la más heterogénea apariencia. La mayoría eran indios, pero junto a ellos venían negros. Buscaban refugio en México huyendo de la feroz persecución emprendida por el gobierno estadounidense.

No fue aquella la única oleada de indios y exesclavos africanos llegados a Coahuila. Otro grupo formado por seminolas, negros y algunos kikapúes se presentó ese mismo año en San Fernando (hoy Zaragoza), solicitando asilo y tierras para trabajar. Al frente venían tres jefes cuyos nombres estaban destinados a convertirse en leyenda: el seminola John Horse, posteriormente castellanizado como Juan Caballo; Wild Cat (Gato del Monte) y el kikapú Papicuan.

Seminolas y antiguos esclavos compartían una historia de valentía, sufrimiento y terror: eran víctimas del Tratado Adams-Onís, firmado el 22 de febrero de 1819, por el cual España vendió a Estados Unidos la península de Florida en 5 millones de dólares, tras una larga historia de confrontaciones armadas entre las dos naciones. Fue un mal negocio para los españoles. Nunca recibieron el dinero. El gobierno estadounidense obtuvo gratis el territorio exigiendo compensación a España por los daños causados en la guerra e inició el exterminio de seminolas y exesclavos.


De la libertad al horror 

La historia de los negros llegados a Coahuila arranca en 1770, cuando esclavos de origen africano huyeron de Carolina del Sur, Georgia y Alabama y encontraron un refugio en Florida, entonces posesión de la Corona española. Se acogían al decreto real de 1699, el cual ofrecía protección a esclavos evadidos. Buen número de estos fueron bien recibidos en la Florida por los seminolas que allí habitaban.

Indios y exesclavos convivieron en paz, produciéndose un intercambio cultural tan estrecho que los negros acabaron llamándose a sí mismos "mascogos", castellanización de mascogee, nombres de algunas familias lingüísticas, entre ellas la creek y la seminola.

La pacífica convivencia terminó bruscamente cuando Estados Unidos se adueñó de Florida, poniendo punto final a la azarosa historia de esa península, utilizada en ocasiones como moneda de cambio entre las naciones europeas.


Española, inglesa, francesa, estadounidense

En 1513, Juan Ponce de León, quien según la tradición buscaba la fuente de la eterna juventud, fue el primer europeo en poner el pie en Florida, la cual nominalmente pasó a formar parte del virreinato de la Nueva España y ser dependiente de la capitanía de Cuba.

Exploraciones posteriores enriquecieron el conocimiento sobre el territorio, pero fue hasta 1565 cuando se fundó San Agustín, el primer asentamiento de español perdurable. Casi dos siglos después, en 1763, concluyó el dominio hispano al ceder Florida a Gran Bretaña mediante el Tratado de París que puso fin a la Guerra de los Siete Años. La presencia británica fue efímera. Al consumarse la independencia de Estados Unidos en 1783, España recuperó la península, sólo para enfrentar la agresiva presión expansionista norteamericana.

En un esfuerzo tan inútil como desastroso, igual como se hizo en Texas, España promovió la colonización de la península y, lo mismo que ocurrió en Texas, el incremento demográfico cargó la balanza a favor de angloamericanos e ingleses poco afectos a España, qué pronto se vería envuelta en la invasión napoleónica iniciada en 1808. Con el rey Fernando VII en el destierro y la sede del imperio ocupada por las tropas de Napoleón, la debilidad de España incitó a colonos angloamericanos a proclamar el establecimiento de la República de Florida Occidental el 23 de septiembre de 1810.

Fue el principio del fin. Las incursiones del ejército estadounidense llegaron hasta tierras de los seminolas. El robo de ganado y las atrocidades cometidas por la soldadesca detonaron una guerra con inocultable trasfondo genocida.

Luego de que los norteamericanos destruyeran el Fuerte Negro, dice un autor, "siguió un periodo de asesinatos y robo de ganado que encolerizó a los nativos y llevaron a la Primera Guerra Seminola (1817-1818), conflicto que ofreció un casus belli a los estadounidenses para poner en jaque la permanencia de la titularidad de España en las Floridas".

Con cuatro mil hombres, Andrew Jackson coronó la completa dominación norteamericana de la península mediante la llamada Segunda Guerra Seminola (1835-1842). La frase atribuida a Jackson: "El mejor indio es el indio muerto", revela la ausencia total de límites éticos en la ocupación.

Sin embargo, no fue tarea sencilla. Seminolas y descendientes de africanos iniciaron una contraofensiva que acabó por convertirse en la rebelión esclavista más importante de las registradas en la historia de Estados Unidos. Fincas dedicadas al cultivo de la caña de azúcar fueron arrasadas, afectando seriamente a la región agrícola más desarrollada del país.


México: tierra de libertad 

Acosados por los estadounidenses, esclavos negros que lograron salvarse de la furia genocida de Jackson iniciaron un peregrinar que lo llevó hasta el Río Bravo, al sur del cual estaba la ansiada libertad, pues México había abolido la esclavitud años atrás.

El Supremo Gobierno brindó buena acogida a los migrantes. Para dotarlos de tierra, adquirió cuatro sitios de ganado mayor (alrededor de 68,000 hectáreas) pertenecientes al latifundio de la familia Sánchez Navarro, que repartió entre kikapúes, mascogos y seminolas. Estos últimos tiempos después abandonarían el país. Mascogos y kikapúes permanecen hasta ahora en El Nacimiento, llamado así por encontrarse en las cercanías del manantial donde nace el río Sabinas, el más caudaloso del interior de Coahuila.

También las autoridades coahuilenses vieron con buenos ojos a los recién llegados. El estado vivía momentos críticos a causas de los constantes ataques de apaches y lipanes que cruzaban el Bravo para arrasar pueblos y ranchos, robar ganado y raptar a mujeres y niños. La escasa población de Coahuila era una limitante para combatir con éxito a los depredadores venidos allende la frontera. Indios kikapúes y negros mascogos eran aliados potenciales, como lo demostraron posteriormente. Con base en el diario de operaciones del coronel Juan José Galán, quien participó en una de las decenas de campañas para perseguir a los "indios bárbaros", en 1851 el subinspector en Coahuila, Juan Manuel Maldonado, encomió el comportamiento de aquellos:

Los señores, oficiales, tropas y voluntarios son también acreedores a la consideración [...], pero singularmente el jefe Gato del Monte, los capitanes Nicusimalda, Manuel Flores y John Johos, sus demás oficiales y tropa, seminoles y moscogos [sic]; cuya lealtad, sufrimiento y conducta bélica es digna de imitarse y merece consideración del Supremo Gobierno de La Unión [...] La conducta noble y leal del Gato del Monte, de sus jefes y seminoles, el capitán John Johs [sic] con los negros que mandaron en esta jornada de sufrimientos, ha probado que su adhesión a México es digna de que el Supremo Gobierno de la Unión y los poderes generales del Estado protejan sus inclinaciones hacia la civilización y los hagan provechosos a la frontera.


La generosa disposición del gobierno mexicano al abrir las puertas a los grupos perseguidos en el vecino país resultó, a fin de cuentas, beneficiosa. Trajo paz a una región coahuilense constantemente castigada por apaches y lipanes. Así lo reconoció el gobernador Victoriano Cepeda en su informe leído ante el Congreso estatal el 2 de enero de 1869:

Existe en la Antigua hacienda de Nacimiento, jurisdicción de la municipalidad de Múzquiz, varias tribus de indios pacíficos [...] emigrados de Estados Unidos hace algunos años [...] Desde que han radicado en aquel punto, han evitado por allí las incursiones de los indos bárbaros antes tan funestas a los habitantes de aquella villa [Múzquiz] y demás puntos inmediatos: muchas veces han salido a largas y provechosas campañas contra ese enemigo.


Su permanencia en territorio mexicano no fue fácil. Bandas de norteamericanos se internaban con la intención de aprender a esclavos fugados y devolverlos a sus amos. El 2 de enero de 1855, el gobierno de Coahuila informaba al ministro de gobernación de la invasión del medio millar de "filibusteros" estadounidenses, "los cuales -agrega el comunicado- se dirigen al Distrito de Río Grande [colindante con el Bravo ], con el pretexto de llevarse a los negros que allí residen".

También la codicia de autoridades y particulares amenazaba la existencia de las colonias. Santiago Vidaurri, el gobernador que anexó Coahuila a Nuevo León, despojó de tierras a los kikapúes y mascogos. Una comisión de estos viajó a México a entrevistarse con el emperador Maximiliano en marzo de 1865, solicitando se respetaran los acuerdos existentes con el gobierno. El encuentro lo inmortalizó el pintor Jean Adolphe Beaucé. A los indios, apunta Willhelm Knetchel, jardinero oficial de la residencia Imperial del Castillo de Chapultepec, los acompañaban tres negros -seguramente mascogos- que sirvieron de intérpretes traduciendo al inglés la conversación.

Los descendientes de aquellos antiguos esclavos ocupan hasta hoy las tierras entregadas por el gobierno y, no obstante el mestizaje, varios de ellos conservan rasgos que son herencia de sus antepasados africanos, e incluso los que tienen tez más clara se siguen identificando a sí mismos como negros.


Kikapúes, seminolas y mascogos: de Florida a Coahuila


1513. Juan Ponce de León descubre la Florida, que pasa a formar parte de la Nueva España

1763. España cede Florida a la Gran Bretaña, como parte del tratado que pone fin a la Guerra de los Siete Años.

1783. Estados Unidos se independiza de Gran Bretaña. Florida vuelve a ser de dominio español.

1810. Estadounidenses proclaman el establecimiento de la República de la Florida Occidental.

1812. Nace John Horse, futuro líder de los mascogos, hijo de una esclava negra y un seminola.

1817-1818. Primera Guerra Seminola. Conflicto entre EUA y España por la posesión de las Floridas.

1835-1842. Segunda Guerra Seminola. Andrew Jackson expresa: "El mejor indio es el indio muerto".

1845. Florida se convierte formalmente en parte de Estados Unidos.

1850. Grupos de indios seminolas y exesclavos llegan a Guerrero y Zaragoza, en Coahuila.

1853. El gobierno de México dota de tierras a kikapúes, seminolas y mascogos en el lugar conocido como El Nacimiento.

1855. Medio millar de filibusteros estadounidenses penetra en territorio de Coahuila para capturar exesclavos y devolverlos a sus dueños.

1855-1858. Tercera Guerra Seminola. Los seminolas son derrotados y la mayoría son obligados a dejar la Florida.

1865. Kikapúes y mascogos se entrevistan con el emperador Maximiliano reclamando respeto a sus tratados con el gobierno mexicano.


(Tomado de: Villarreal Lozano, Javier. Peregrinos por la libertad. Los exesclavos negros que llegaron al norte de México en el siglo XIX. Relatos e historias en México, año 12, número 135. Ciudad de México, 2019)

jueves, 1 de febrero de 2024

Emilio el Indio Fernández

 


Emilio, el Indio Fernández,

El macho tras las cámaras.

Ciudad de México, diciembre de 1974.


¿Que si me molesta que me llamen "el Indio"? ¡Pero si yo soy indio del estado de Coahuila! Mi madre es india pura, piel roja, y mi padre mestizo. ¿Que si me considero totalmente realizado y feliz? Mire usted, ni realizado, ni feliz, pero encantado de vivir; yo creo que la vida es el regalo más grande que se nos ha hecho, y desgraciadamente estamos poco conscientes de ello, para gozarlo más, minuto a minuto, segundo a segundo, gozar de una mañana hermosa, de una nube, un sol, un árbol, un río o una montaña. ¿Que si me enamoré de todas las mujeres que han trabajado conmigo? ¡Yo amo a todas las mujeres! ¡No se puede hacer nada sin amor!... Pero no el amor personal, entre un director que quiera enamorar a una estrella porque está trabajando -que tiene ese derecho- ¡No! Yo hablo en el buen sentido del amor; amo a mis técnicos, sin ellos no podría hacer una película. ¿Que me he repetido en mis películas? Yo le pregunto a usted, ¿Se le critica a Wagner o a Beethoven porque se repiten en alguna nota ¿Y no es porque me sienta orgulloso, sino porque yo quiero hacer mi cine. ¿Que cuántas veces me he casado? Yo, por voluntad, ninguna; pero por compromiso moral, de hombría por respeto... o con la 45 atrás, del papá o de un hermano, pues no recuerdo, quizás dos, tres o cuatro. No recuerdo.

Este era el estilo del Indio Fernández esa linda mañana, cuando nos recibió en su casona de Coyoacán. La mesa estaba adornada muy a la mexicana, desde el mantel de Oaxaca, los tarritos de barro, el chile piquín, el orégano y la cebolla picada. Adivinamos el menú, y alguien dijo: "¡Cómo no me puse una parranda anoche!". El Indio apareció con su indumentaria característica: el paliacate en el cuello. Lo acompañaba la guapísima Argentina Morales, quien fungió como anfitriona, en un bello vestido blanco con encaje -de esos que parecen antiguos, con cuello alto y manga larga- y un rebozo también blanco. A ratos se parecía a Dolores del Río. El Indio, un poco nervioso, de entrada dijo:

¡Pura gente blanca!

Risotada general: se rompió el hielo. Y siguió con una anécdota sobre su amigo Salvador Dalí, cuando a éste lo entrevistaron en una ocasión y él estaba presente. Alguien le dijo a Dalí que hiciera una autocrítica y dijo: "Soy mejor genio que pintor".

¡Cómo quisiera que estuviera esta mañana aquí, en esta silla de acusados, Dalí contestando a sus preguntas! 

En los años 40 el Indio Fernández le dio al cine mexicano una importancia mundial. La pregunta fue: ¿Cree usted que en la actualidad ha superado esta etapa?

Pues yo no hice cine. Yo colaboré con un grupo de cineastas para hacerlo. Me tocó en suerte llevar el cargo de director, a veces de escritor o adaptador de una película. Es un conjunto, y si alguna cosa tuvo de bueno escribir ese cine, ese tiempo, es que nosotros escogimos trozos de la vida mexicana. El valor que tienen esas películas es que eran mexicanas. Ahora se buscan nuevos caminos de expresión, y como se sabe, el cine es el medio más rico que ha tenido el ser humano para expresarse. ¡El cine tiene tal embrujo que hasta pagan por verlo! De ahí que uno adquiere la responsabilidad de hacer un cine que debería servir para elevar, para guiar, y no para degenerar, como está sucediendo en todo el mundo. Yo creo que se pueden hacer cosas estupendas sin herir la susceptibilidad y la decencia. ¡Hay que llevar un código moral, que las cosas lleguen hasta cierto punto. Desgraciadamente ahora nos exigen que hagamos cierto cine, porque es más fácil. El cine está en manos de mercenarios. Son cosas incontenibles.

Se tocó el punto del macho mexicano, que tanto aparece en las películas del señor Fernández, en relación con la mujer mexicana de nuestro tiempo, ya un poco liberada. Contestó con la franqueza acostumbrada:

La palabra macho debe ser una de las más grandes para todo hombre al nacer. Yo prefiero un macho, aunque para muchas gentes sea repulsivo y temido, que un... Y en cuanto a las mujeres, ¡no hay cosa más sublime que una mujer, cuando lo es!

El Indio conoció a Rodolfo Valentino en Chicago "cuando yo andaba metido en la mafia de los bootleggers" y también a Al Capone, quien fue uno de los personajes que lo impulsaron a entrar en el cine, aunque murió unos días después de que se conocieron. Don Adolfo de la Huerta fue otro personaje que le dijo: "Mira, Emilio, se acabaron las revoluciones (él fue militar de carrera y se crió en la Revolución) y no debe haber más, pero hay un arma más fuerte que un cañón o un aeroplano: es el cine; aprende esa profesión." Entonces el Indio andaba por Hollywood, y como él relata:

Me tocó curiosear; yo veía fascinado el ambiente; eran tiempos muy espectaculares. Una vez vi pasar a Dolores del Río -era una estrella preciosísima- y dije: "Pues le entro al cine", y trabajé de extra en una película con ella. ¡Ni siquiera me miró! Pero así es el destino y ya ven lo que pasó. Es una gran compañera, amiga, y yo me siento orgullosísimo y muy agradecido a la vida y al cine de que me haya dado la oportunidad de estar cerca de ella y de tantas otras gentes tan interesantes.

Se habló también del talento joven, del viejo, y de ambos. Expresó:

Hay una gran capacidad, y si no están tan altos como deberían es porque el producto que se está fabricando es mediocre. Si el argumento y la dirección son malos, se hunde el actor, por más bueno que sea. En México tenemos una literatura muy rica, obras estupendas, cuentistas genios, pero no hay directores y productores para interpretarlos.

De películas diversas y de los países en que se filman también charlamos.

Los países socialistas tienden a hacer un cine, si no demagógico, sí dentro de una limitación, de un espíritu encauzado indirectamente; carece de libertad absoluta. Pero el cine es bueno. El cine que japonés me fascina, el italiano ni se diga (lamentó la muerte de Vittorio de Sica), y el francés…

Su próxima película es Zona roja. En su vida artística hubo dos influencias: Einsenstein y John Ford (con el primero se carteaba y de ahí que sus películas fueran las primeras que entraron a Rusia).

Mi cine es cátedra, exigencia del sexto año; además, hay un aula allá que lleva mi nombre.

Confiesa que "su" cine no interesó por algún tiempo, pero no se sintió discriminado.

Quizás; si me hubiera casado con la hija de algún productor... (risas de parte de todos) No crean, a veces lo pensaba yo seriamente.

Cuando le pidieron un mensaje para los jóvenes de hoy:

Antes que todo que tengan conciencia. Que es en ellos donde va a recaer el destino de nuestro país. Las experiencias de los mayores, deben ser un ejemplo, no para ser iguales, sino para mejorar y sobre todo deben tener la conciencia de la tradición mexicana, sin que por eso dejen de ir adelante con el progreso del mundo.

Cabe mencionar que el Indio nos sirvió tequila en vez de jugo de naranja, en copas que llenaba constantemente, y muchas de nosotras (el grupo periodístico de las Veinte mujeres) sin que él lo viera, regábamos con tequilita las plantas que había alrededor de la mesa.


(Tomado de: Krauze, Hellen – Pláticas en el tiempo. Serie: Alios Ventos. Editorial Jus, S.A. de C.V. México, D.F., 2011)

lunes, 22 de enero de 2024

Un hombre llamado Juan Caballo

 


Un hombre llamado Juan Caballo

Hijo de un esclava negra y un indio seminola, John Horse nació en 1812 en la Florida, cuando la península era colonia española. Desde muy joven se distinguió por su bravura al combatir al ejército norteamericano al lado del jefe Osceola. Cayó prisionero y fue confinado en el antiguo Castillo de San Marcos, rebautizado por los estadounidenses como Fuerte Marion.

Allí conoció al joven guerrero seminola Wild Cat. Ambos lograron escapar y continuaron peleando hasta que John Horse firmó la paz con el general Thomas Jesup, del ejército norteamericano, quien lo emancipó. Sin embargo, a la muerte de Jesup, el gobierno desconoció el tratado de paz Horse fue conducido junto a cientos de seminolas y exesclavos a la reserva en el Territorio Indio (hoy Oklahoma).

Allí compartían espacio con sus enemigos ancestrales, los creek, menudeando las fricciones. En uno de los encuentros armados, el futuro Juan Caballo fue herido de bala. Entonces él, Gato del Monte y un jefe llamado Micanopy viajaron a Washington para gestionar tierras separadas de los creek. Su petición fue rechazada.

Muerto Micanopy, Juan Caballo y Gato del Monte huyeron a Texas, donde fueron atacados por los rangers. Unidos a los kikapúes, lograron finalmente cruzar el Bravo e internarse en México, obteniendo tierras en el sitio conocido como El Nacimiento, donde hasta hoy subsisten las dos comunidades Nacimiento de los Indios y Nacimiento de los Negros.

Juan Caballo murió de más de setenta años durante un viaje a Ciudad de México. Iba a defender las tierras otorgadas por el gobierno que algunos particulares amenazaban con invadir.


(Tomado de: Villarreal Lozano, Javier. Peregrinos por la libertad. Los exesclavos negros que llegaron al norte de México en el siglo XIX. Relatos e historias en México, año 12, número 135. Ciudad de México, 2019)

sábado, 17 de septiembre de 2022

Expansión territorial y conquistas siglo XVI, II

  


Fundaciones

Las expediciones militares fundaron en su recorrido villas y fuertes que corrieron diferentes suertes. Unas se conservaron, otras con el tiempo se despoblaron y desaparecieron. Muchas de ellas originaron nuevos centros, que a su vez sirvieron de punto de partida para la penetración en territorios desconocidos.

Una de las principales fuerzas que movieron este avance paulatino a territorios inexplorados fue la misma que empujó a algunas expediciones militares: la búsqueda de metales preciosos. Pequeños grupos de hombres se internaban en tierras de chichimecas, impulsados por alguna vaga noticia acerca de la existencia de vetas. Los poblados fundados a causa de ello eran, a su vez, origen de otros.

Así como la expedición de Francisco de Ibarra tuvo su génesis en la zona minera de Zacatecas, se estimuló la formación de poblaciones en la zona del Bajío; en un principio fueron presidios (lugares donde estaba destacada una fuerza militar) y crecieron gracias al comercio que se efectuaba con la región minera. Tal es el caso de San Miguel el Grande.

Por 1554, los chichimecas comenzaron a asaltar y robar sistemáticamente las carretas que transitaban con mercaderías rumbo a Zacatecas. Al principio se intentó detener estos asaltos mediante una campaña militar, organizada por don Luis de Velasco, quien puso a Francisco de Herrera al frente de numerosos soldados. Pero esta fuerza no consiguió dominar a los indios, los cuales sistemáticamente se refugiaban en sitios inaccesibles ante la presencia de los soldados. Otras campañas militares, como la de Hernán Pérez de Bocanegra, consiguieron el mismo resultado.

Se vio, pues, que era indispensable buscar otra manera de proteger la seguridad de los caminos; la mejor manera de conseguirla sería fundar otras poblaciones además de San Miguel el Grande, que fueron Celaya, Aguascalientes y León. Pero estas fundaciones no bastaron para contener a los chichimecas, los cuales siempre encontraban un lugar o un momento propicio para atacar, de manera que se trató de lograr un acuerdo de paz con ellos. Un mestizo llamado Miguel Caldera estableció conversaciones con los indios y, finalmente, en la época de don Luis de Velasco el segundo, se logró la paz. El virrey comprometióse a darles carne para su sustento. En cambio, ellos aceptaron que se fundaran poblados de indios y de españoles en las regiones que habitaban. Así nacieron San Luis de la Paz, San Miguel Mezquitic y Colotlán.

También la ganadería originó el que se abrieran nuevos territorios a la expansión española. La rápida reproducción del ganado creó grandes problemas a la agricultura en las zonas centrales de Nueva España. Los cultivos de las regiones de Tepeapulco, del valle de Toluca, de Oaxaca y Jilotepec eran destruidos con mucha frecuencia por los rebaños; para evitarlo, el virrey ordenó que se dirigieran a zonas donde había grandes extensiones de tierra despoblada. Así fue como en los años posteriores a 1540 se inició el establecimiento de estancias ganaderas en tierras habitadas por chichimecas. Se introdujo la ganadería en los llanos de San Juan del Río, en la región de Apaseo y en Querétaro. Antes del descubrimiento de las vetas de plata, Guanajuato existía como estancia de ganado, propiedad de Pedro Muñoz. A medida que las regiones fueron aumentando su población, el ganado fue conducido más al norte; y con el tiempo llegó a ser una de las causas del nacimiento de grandes haciendas, como la de Francisco de Urdiñola, gobernador de Nueva Vizcaya, en Coahuila, a principios del siglo XVII.

Fundaciones hechas por indios.

El papel representado por los indios sedentarios en la colonización y población del virreinato de Nueva España es de suma importancia. Ya en las primeras expediciones que se llevaron a cabo para acrecentar el dominio español se encuentran los grandes ejércitos de indios aliados que las acompañaban. Pedro de Alvarado condujo tlaxcaltecas a Guatemala. De Tlaxcala, Huejotzingo y Cholula procedían los indios que auxiliaron a Nuño de Guzmán en la conquista de Nueva Galicia. Ibarra, Carbajal y Oñate utilizaron sus servicios, y cuando se consideró indispensable la colonización de Texas, los tlaxcaltecas fueron llevados también allí.

Pero no sólo se recurrió a ellos en las campañas militares, sino que como pacificadores fueron enviados para fundar en regiones alejadas de sus centros de origen. Se pensaba que ante el ejemplo de su vida, que transcurría en forma pacífica y organizada, los indios nómadas terminarían, a su vez, por aceptar ser reducidos. Así, fray Juan de San Miguel estableció con guamares, otomís y tarascos el pueblo de San Miguel, conocido actualmente como el Viejo para distinguirlo de la población española que se formó años después con el fin de detener los ataques de los chichimecas.

Cuando don Luis de Velasco logró la paz con estos últimos, se llevaron cuatrocientas familias de tlaxcaltecas, que fundaron Tlaxcalilla (muy cerca de San Luis Potosí), San Miguel Mezquitic, San Andrés y Colotlán. Para evitar que Saltillo continuara despoblándose, Francisco de Urdiñola fundó muy cerca San Esteban de la Nueva Tlaxcala.

Las poblaciones establecidas por las autoridades españolas con fines civilizadores tuvieron una organización especial que favorecía el que los indios ofrecieran menos resistencia a abandonar sus lugares de origen. A los habitantes se les dotaba de tierras y agua, se prohibía la proximidad de estancias propiedad de españoles, e incluso se limitaba su paso por ellas. Se les autorizaba tener ganados y poseer caballos, y sus parroquias eran administradas por frailes. No siempre se logró mantener estas condiciones, porque los españoles, que vivían o tenían estancias en las regiones donde estos pueblos se fundaron, trataban de obligarlos a trabajar en su provecho y procuraban apoderarse de las tierras que consideraban buenas, haciendo caso omiso de las disposiciones existentes para la protección de estos poblados. No fue posible conseguir la fusión de los indígenas llevados del centro con los nómadas que aceptaban reducirse, porque los primeros siempre miraron con menosprecio a los segundos.

Aparte los movimientos de población india, a los que nos hemos anteriormente, hubo otros hacia el norte, en que en forma espontánea un gran contingente de indios se dirigió en busca de la libre contratación a las zonas mineras y a las estancias de ganado.

La expansión misional.

A partir del territorio conquistado por Hernán Cortés, las órdenes religiosas extendieron sus labores misionales hasta regiones distantes y desconocidas. Los frailes seguían instaurando nuevos centros para la predicación, sin esperar que nuevos establecimientos de españoles dieran a los lugares una relativa seguridad. En esta actividad son muy conocidos fray Juan de San Miguel, quien predicando recorrió tierras que ahora pertenecen al estado de Guanajuato; fray Bernardo Cosin llegó al actual estado de San Luis Potosí; fray Andrés de Olmos evangelizó la Huasteca; fray Andrés de Segovia y fray Miguel de Bolonia, en 1541, fundaron el pueblo de Juchipila; fray Agustín Rodríguez, en 1581, predicaba en territorios inexplorados, los cuales en la actualidad pertenecen al estado de Chihuahua, y fray Juan de Larios, en 1674, fundó la misión de San Francisco de Coahuila. Los misioneros redujeron a muchos indios, que terminaron por adaptarse a la vida sedentaria, y facilitaron el posterior establecimiento de centros españoles, que encontraban en estos pueblos la mano de obra necesaria para sus estancias y haciendas.

Muchas veces la llegada de hacendados que trataban de obligar a los indios reducidos a que trabajasen en sus propiedades destruyó la labor de los evangelizadores, porque ellos, que habían aceptado paulatinamente la vida en los pueblos y que algunas veces difícilmente se habían sometido a la autoridad de los frailes, se rebelaban ante las exigencias de autoridades y propietarios de tierras, y se volvían a los montes o huían a las sierras, destruyendo las misiones y matando a la población blanca y a los misioneros.

A causa de ello, durante los siglos XVI y XVII, en el norte las misiones estuvieron constantemente expuestas a la destrucción, y el trabajo de los religiosos se vio muchas veces reducido a la nada; entonces volvían a empezar, construyendo nuevas misiones o reconstruyendo las perdidas.

Franciscanos y jesuitas fueron principalmente los encargados de la evangelización en tierras de chichimecas. Los franciscanos ejercieron las misiones principalmente en Zacatecas, Nueva Vizcaya (actualmente los estados de Durango y Chihuahua), Nuevo Reino de León, Coahuila y Texas; es decir, hacia el norte y este de Zacatecas.

Sinaloa (norte del estado que lleva ese nombre) fue punto de partida para los jesuitas; se extendieron hacia el este por la Sierra Madre Occidental, y hacia el norte por las regiones que llamaron Ostimuri, Sonora y Pimerías, en el actual estado mexicano de Sonora y en el norteamericano de California.

Expansión por necesidades de defensa.

Nueva España siempre tuvo problemas de defensa en la región septentrional. La amenaza que representaba el avance de los establecimientos franceses obligó a las autoridades españolas a ocuparse de la colonización de provincias, que no habían presentado atractivos suficientes a fin de mover a su poblamiento espontáneo.

En 1682, Roberto Cavelier, señor de La Salle, partió de Nueva Francia (Canadá) y exploró el río Mississippi de norte a sur hasta llegar a su desembocadura. El gobierno francés consideró que la comunicación fluvial con el golfo de México era de gran trascendencia y ayudó a La Salle para que en una segunda exploración se adentrara por el río en sentido inverso al de la expedición anterior.

Los exploradores llegaron a La Florida en el año 1684; costeando, pasaron frente a la desembocadura del Mississippi, al parecer sin advertirla. Continuaron navegando y desembarcaron en la bahía del Espíritu Santo, donde fundaron el fuerte de San Luis. La Salle exploró la región, siempre en busca del río, que no encontró. Viendo que los bastimentos se habían perdido, decidió ir por tierra en busca de auxilio. En el camino algunos de sus compañeros lo asesinaron y los hombres del fuerte quedaron abandonados a su ventura. Los indios, que advirtieron su precaria situación, los atacaron y mataron.

En la capital del virreinato de Nueva España se tuvo noticias del desembarco de los franceses, porque capturaron a unos piratas que hablaron sobre la fundación del fuerte de San Luis. De Cuba y Veracruz partieron navíos que recorrieron las costas del golfo de México sin encontrar al enemigo, aunque hallaron los restos de una nave.

Mientras tanto, los gobernadores de Nueva Vizcaya y del Nuevo Reino de León recibieron informes de los misioneros y de los indios sobre algunos extranjeros vestidos de hierro, que andaban entre los texas preguntando por las minas de plata, y los aconsejaban en contra de los españoles, a los que decían no debían obedecer porque no eran buenos. El capitán Alonso de León hizo prisionero a un francés, el cual no pudo proporcionar datos sobre el sitio que buscaban porque no había pertenecido a la fuerza de La Salle, sino a un grupo que había salido de Nueva Francia con intenciones de encontrarlo. El indio Juan Xaviata procuró los datos que finalmente permitieron en el año 1689 la localización de las ruinas del fuerte de San Luis en la bahía del Espíritu Santo.

Con el fin de evitar que en lo venidero los franceses pudieran ocupar esa región, en 1690 el rey ordenó que los franciscanos de Santa Cruz de Querétaro se encargaran de fundar misiones entre los texas. La primera fue la de San Francisco y, apoyándose en ella, otras que no tuvieron muy larga vida, ya que se abandonaron en 1694 debido a los problemas que presentaban su abastecimiento y mantenimiento.


(Tomado de: Camelo, Rosa - Expansión territorial y conquistas. Historia de México, tomo 6, México colonial. Salvat Mexicana de Ediciones, S.A. de C.V. México, 1978)

lunes, 26 de abril de 2021

República de Fredonia, 1827

 


República de Fredonia (probablemente del inglés freedom, libertad). El 16 de diciembre de 1827, en Nacogdoches, Texas, Benjamín Edwards, colono norteamericano, al frente de un grupo de hombres armados desfiló por las calles portando una bandera roja y blanca en la que había inscrito Independencia, Libertad y Justicia, se apoderó de la un"casa de piedra", como llamaban a la residencia de los poderes municipales y proclamó la República de Fredonia. Culminaban así, hechos cuyo origen era el contrato de colonización expedido por el gobierno de Coahuila y Texas el 15 de abril de 1825 en favor de Haden Edwards (Eugene C. Barker: The life of Stephen Austin, 1925, escribe Haden; Hubert H. Bancroft, en North Mexican States and Texas, 1889, lo llama Hayden). Edwards estuvo en la ciudad de México, como otros tantos solicitantes de tierras, hacia 1823. En Saltillo esperó la contrata en su favor, por la cual, una vez expedida, se comprometió a llevar, en el término de seis años, ochocientas familias a terrenos del departamento de Nacogdoches. El artículo 2° señalaba que los futuros colonos se comprometían a respetar los títulos de los antiguos residentes; sin embargo, al llegar Haden Edwards a Nacogdoches expidió una pragmática en la cual anunciaba lo siguiente: "A todos los que la presente vieren, sabed, que yo, Haden Edwards, empresario y jefe militar de la parte del Estado de Coahuila y Texas, que me ha sido concedido por las autoridades de dicho Estado, y en virtud de los poderes que me han sido delegados por dichas autoridades, he decretado y por la presente decreto y ordeno: Que cualquier familia o persona residentes en los límites del expresado territorio, y todos los que pretendan tener derecho a alguna parte o partes del terreno o terrenos de dicho territorio, se presente inmediatamente y me muestre sus títulos y documentos si es que los tiene, para que sean recibidos o desechados conforme a las leyes, y si no lo hicieren, dichas tierras serán vendidas, sin distinción, al primer postor, quedando obligados los que tengan sus títulos correspondientes a pagar los gastos hechos para su mejora. Y por la presente ordeno, que ninguna persona pueda, sin mi permiso, establecerse dentro de los límites de mi territorio".

Las pretensiones de Edwards no dejaban lugar a dudas: despojó de sus tierras, por falta de un pago a un mexicano y las vendió, inmediatamente, a otro colono norteamericano. La actitud de Edwards culminó en el procedimiento seguido por él durante las elecciones municipales de Nacogdoches. En diciembre de 1825 se presentaron, como candidatos a alcalde, Samuel Norris, mexicano, y Chichester Chaplin, norteamericano y yerno de Edwards. Por el primero votaron los antiguos residentes; por el segundo, los aventureros asentados a lo largo de la frontera. Nacogdoches tenía, en su territorio, cuatro municipios y cuatro pueblos. Su comercio representaba, en importación, 265,000 pesos anuales y el de exportación de artículos agrícolas, 205,000 pesos (Juan N. Almonte: Noticias estadísticas de Texas, México, 1835).

Ante la inconformidad de los colonos por el resultado de la elección: imponer como alcalde a Chaplin y las comunicaciones que al respecto le dirigiera a Edwards el jefe político, Juan Antonio Saucedo, aquel lo amenazó por carta. Ante los consejos de Stephen Austin, Edwards se dirigió al gobernador de Coahuila y Texas, seguramente en forma altanera, si bien H. Yoakum, en su History of Texas, 10856, afirma que esa carta "era digna de un hombre libre, y en un país libre hubiera sido aplaudida". El gobierno de México, por el creciente problema, ordenó el 3 de junio de 1826 la inmediata expulsión de Haden Edwards. El gobernador de Coahuila y Texas, el 23 de agosto, declaró nulo el contrato de colonización, saliendo de Nacogdoches Haden, mientras Benjamín Edwards empezaba la última fase de aquella rebelión: el 20 de noviembre de aquel año, 40 aventureros norteamericanos se apoderaron de Nacogdoches, apresaron a las autoridades y las sometieron a una "corte marcial". Saucedo y Mateo Ahumada, comandante militar, salieron de San Antonio (Béjar) a combatirlos. Se sabía, además, que entre los planes estaba el de la sublevación de los cherokees, avecindados en territorio mexicano. John Dunn "Hunter" y Richard Fields, representantes de aquellas tribus, los conminaron a rebelarse; sin embargo, Saucedo, por medio de sus agentes, logró convencer a los cherokees de que sus padecimientos se los causaban, precisamente, los norteamericanos. Los indios se volvieron contra "Hunter" y Fields, matándolos. La principal fuerza de la rebelión había sido restada a los Edwards. Los norteamericanos evacuaron Nacogdoches el 27 de enero de 1827, dirigiéndose a la frontera. Militarmente, la rebelión fue una escaramuza, pero políticamente mostró cuáles habían de ser, nueve años después, los procedimientos de los colonos para despojar a México de aquellos territorios. (Vito Alessio Robles: Coahuila y Texas, desde la consumación de la Independencia hasta el Tratado de paz de Guadalupe Hidalgo, México, 1945, I, CAP. XIII; Luis Orozco: Ensayos de crítica histórica, México, 1939).

(Tomado de: Enciclopedia de México, Enciclopedia de México, S. A. México D.F. 1977, volumen IV, - Familia - Futbol)

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Xavier Guerrero



(1896-1966) Nació en San Pedro de las Colonias, Coahuila, durante la travesía que su familia realizó del sur al norte del país para instalarse en Chihuahua. Desde niño inició el aprendizaje de la pintura en el taller de su padre, artesano y decorador de casas. En 1910, siendo un joven pintor desconocido, interviene en la decoración mural del llamado Palacio de las Vacas, casona de estilo mudéjar en la calle de San Felipe, en Guadalajara. La decoración, realizada al óleo, abarcó todas las habitaciones, paredes, techos, corredores y escaleras con escenas campestres, temas bíblicos, bodegones, escenas románticas, alegorías, cenefas y paisajes: todo dentro del gusto de la época. En 1916 se hace miembro del "Centro Bohemio", taller colectivo integrado por artistas jaliscienses de vanguardia. Presenta sus primeras exposiciones en Guadalajara en 1921. Roberto Montenegro lo nombra jefe del equipo que realiza los murales del antiguo Colegio de San Pedro y San Pablo. Suyo es el mural de la cúpula con los signos del zodiaco.
Junto con Rivera y Siqueiros es elegido miembro (1923) del Comité del Partido Comunista de México. Ya antes había sido miembro fundador del Sindicato de Obreros Técnicos, Pintores, Escultores y Grabadores. En 1924, también con Rivera y Siqueiros, integra el comité ejecutivo del periódico El Machete, órgano del sindicato. Colabora con Rivera en la decoración de los muros de la Secretaría de Educación Pública. En 1928-32 recibió una beca para estudiar en la escuela Lenin de la URSS. Recorre varios países de Europa. En 1933 es miembro fundador de la LEAR. En su obra mural destacan: Los elementos de la naturaleza (1935). La apropiación capitalista de la riqueza; Las luchas sociales; Precursores revolucionarios mexicanos; La revolución y la ciencia dueña de los elementos al servicio del hombre. Todos ellos cubriendo una superficie de 60 M2 al fresco en Sutas, Guadalajara, Jalisco. Entre 1941-43 realiza el mural al fresco Amistad entre México y Chile, en el Tablero del Club Social Aguirre, cerca de los Trabajadores del Hipódromo , Santiago de Chile. En 1941-53, ejecuta un fresco en el vestíbulo de la Escuela México en Chillán, Chile. Quizá su obra mural más lograda sea la que ejecutó en el cine Ermita en 1930, con el tema El Día y la Noche, en la que empleó óleo sobre aplanado con incisiones rellenas con fósforo.

(Tomado de: Delmari Romero Keith – Otras figuras del muralismo. Historia del arte mexicano, fasc. #100, Arte de la afirmación nacional; Salvat Mexicana de Ediciones, S.A. de C.V., México, D.F., 1982)

martes, 6 de octubre de 2020

José Vasconcelos y Piedras Negras, Coahuila, 1892


EN LA ESCUELA

En Piedras Negras prosperaban los negocios. Se construían edificios públicos, se desarrollaba la mecánica en los talleres extranjeros de reparación de locomotoras; abundaban los comercios de lujo, almacenes y joyerías; pero no había una escuela aceptable. Del otro lado, los yanquis no tenían un caudillo napoleónico ni Leyes de Reforma a lo Juárez; sin embargo, acompañaban su progreso material acelerado, de una esmerada atención a la escuela. Libres de la amenaza del militar, los vecinos de Eagle Pass construían casas modernas y cómodas, mientras nosotros, en Piedras Negras, seguíamos viviendo a lo bárbaro. Los mismos mexicanos que lograban reunir algún capital preferían invertirlo del lado norteamericano para ponerlo a salvo de gobiernistas del momento y revolucionarios del futuro. También los temperamentos rebeldes --La levadura mejor del progreso- escapaban cuando podían al lado yanqui, bendito de paz alimentada en libertades públicas.
Nosotros, en busca de escuela, nos trasladamos una temporada a la vecina Eagle Pass o, como decían en casa, con total ignorancia y desdén del idioma extranjero, "El Paso del Águila".
El río [Bravo] se cruzaba en balsas. Avanzaban éstas por medio de poleas deslizadas sobre un cable tendido de una a otra ribera. A la chalana se entraba con todo y el coche de caballos. Para el tráfico ligero había esquifes de remo. Estando nosotros en Eagle Pass presenciamos la inauguración del puente internacional para peatones y carruajes. Larga estructura metálica de seis o más armaduras, apoyadas en dobles pilastras de hormigón armado. Al centro pasan los carruajes, y por ambos lados andadores de entarimados y barandal de hierro. Los habitantes de las dos ciudades se congregaron casa cual en su propio extremo del viaducto. Las comitivas oficiales partieron de su territorio para encontrarse a medio río, estrecharse las manos y cortar las cintas simbólicas que rompían barreras y dejaban libre el paso entre las dos naciones. No eran tiempos de espionaje oficial y pasaportes. El tránsito costaba una moneda para la empresa del puente, y los guardas de ambas aduanas se limitaban a revisar los bultos sin inquirir la identidad de los transeúntes. Un sinnúmero de carruajes, algunos enflorados, cruzó en irrupción de visitas recíprocas. El pueblo se mantuvo reservado. Ni los de Piedras Negras pasaron en grupos al "Paso del Águila" ni los de Eagle Pass se aventuraron a cruzar hacia la tierra de los greasers. En aquélla época, cuando bajaba el agua del río, en ocasión de las sequías, que estrechaban el cauce, librábanse verdaderos combates a honda entre el populacho de las villas ribereñas. El odio de raza, los recuerdos del cuarenta y siete, mantenían el rencor. Sin motivo y sólo por el grito de greasers o de gringo, solían producirse choques sangrientos.
Mi primera experiencia en la escuela de Eagle Pass fue amarga. Vi niños norteamericanos y mexicanos sentados frente a una maestra cuyo idioma no comprendía. Súbitamente mi vecino más próximo, tejanito bilingüe, dándome un codazo interpela:
-Oye ¿y tú a cuántos de éstos les pegas?-. Me quedé sin comprender, pero el otro insiste: -¿Le puedes a Jack? -Y señala a un muchacho rubicundo.
Después de examinarlo, respondí modestamente que no.
-¿Y a Johnny, y a Bill?
Por fin, irritado de tanta insistencia, contesté al azar que sí. El señalado era un chico pecoso más o menos de mi estatura. Imaginé que ya no había más que hacer.
Pero luego que salimos al recreo, se formó el ruedo. Se acercaron unos a verme de cerca; otros requirieron mis libros; alguno me dio la mano y varios me empujaron. Entonces mi vecino de banco gritó:
-Éste dice que le pega a Tom...
En seguida nos enfrentaron: marcaron en el suelo una raya entre los dos; el primero que la pisara era el más hombre. Nos lanzamos, no ya a la raya, sino uno sobre el otro, y nos pegamos; volvimos a contemplarnos y otra vez a reñir; por fin nos apartaron.
-Bueno -exclamó mi vecino-, puedes quedar, en seguida de éste... -Luego, volviéndose a mí: -A éste le toca el número siete.
Muy extrañado y ofendido, no tuve, sin embargo, más remedio que someterme. Pocas semanas después otro nuevo, un pequeño barrigoncito, que no quiso reñir, fue entre todos zarandeado y cacheteado hasta que lo hicieron llorar. Me indignó el episodio y acentué mi retraimiento. Era yo tímido y triste, pero sujeto a accesos de cólera, que, por lo menos, me salvaban de transigir con lo que ya me parecía como una ignominia ambiente.
Por lo demás, me sentía la conciencia entre sombras: me asaltaban miedos angustiosos; me quedaba solo, largas horas, hurgando en el interior de mi propia tiniebla. Me sobrecogían temores casi paralizantes, y de pronto se me soltaban impulsos arrojados, frenéticos. Padecía la esclavitud de mis propias decisiones triviales. Cierta vez que mis padres proyectaron un paseo dominical y a última hora lo suspendieron, hice un disgusto casi lúgubre. No acepté ninguna distracción en remplazo, y me estuve todo el día repitiendo:
-Mamá, dijiste que íbamos... Papá, dijiste que íbamos...
Mi madre, aburrida, dijo por fin:
-Te voy a poner a ti, "dijiste", "dijiste"; no seas testarudo, vete a jugar.

Y no es que me importara tanto el paseo; me dolía y me desconcertaba el cambio de plan ya convenido. De mi madre heredaba la resistencia a contrariar una resolución ya concertada. Era ella capaz de los mayores sacrificios por llevar adelante cualquier convenio, no tanto por el honor de la palabra empeñada, sino porque la voluntad es temple que se quebranta si no le respetamos sus decisiones. Falta de flexibilidad, comentará alguien; y en efecto, la vida nos obliga a los cambios; por eso mismo hay que ser muy respetuoso de las resoluciones que libremente adoptamos.
"Cuídate de tomar una decisión, porque en seguida serás su esclavo." Si alguien me hubiera susurrado al oído este consejo, en mucho se habría aligerado mi carga. Oscuridad, desamparo, terrible pavor y comprensión vanidosa, tal es el resumen emocional de mi infancia.


FRENTE A LA PLAZA

Tan pronto como encontramos habitación aceptable, regresamos a Piedras Negras. Para entonces, la familia se había enriquecido con Carlos, Samuel y Chole. Ocupamos unos bajos, esquina de la plaza, sobre la calle donde comienza el puente. Para llegar a mi escuela bastaba atravesar éste y caminar después dos o tres cuadras en los suburbios de Eagle Pass. En esta casa se inicia mi vida consciente. Tendría diez años de edad. Me veo comiendo higos negros, pasados, especialidad de la frontera; los pies recogidos sobre el asiento a causa de los pisos recién lavados. Mi madre, de pañuelo blanco en la cabeza, contempla satisfecha sus nuevas habitaciones, flamantes de limpias. Desde nuestra pequeña sala veíamos las bancas, los arbolillos del jardín público. En el lado opuesto quedaba la iglesia, y por la derecha mirábamos el cuartel y la casa municipal: doble construcción larga de un solo piso blanqueado y techado con tejas. A la vuelta, a media cuadra, teníamos la entrada del puente sobre el barranco y el río.
Nos alegraba dar por terminada la permanencia en Eagle Pass. Mi madre había estado allí muy enferma de unas neuralgias. Atormentada, además, por una de esas preocupaciones que degeneraron en celos y recriminaciones.
Mi padre no faltaba nunca a dormir, pero empezó a llegar tarde en las noches. Se hallaba de visita con nosotros un tío Esteban, el hermano mayor de mi madre, que conseguía calmarla. Acababa de recibirse de ingeniero y manejaba muchos libros. Mirando su frente leída, creía yo descubrir la ilimitada sabiduría. Con mi madre discutía de religión, y ambos se apasionaban. Otra vez lo oí desde una habitación contigua referirse a mí...
-Pobrecito, no sabe lo que le espera.
Hablaba en general de la vida y sus problemas; pero el "pobrecito" me molestó. Del porvenir yo podría ya algunas certidumbres... La vida mía no iba a ser cosa corriente. Una serie de alternativas magníficas se agitaban en mis presentimientos, en nada acreedoras de aquel "pobrecito". Con todo, en aquella época me iba por algún rincón del traspatio a llorar de angustia sin causa y cavilaba, pensaba hasta sentir fuego en las sienes.
El tío volvió pronto a la capital. Llevaba planes lisonjeros y acabó metiéndose en Aduanas, con puestos de categoría; pero, al fin y al cabo, impropios de un profesionista. A los pocos días de su partida, mi madre me mandó hacer una fogata en el corral. Junté la leña, prendí un gran fuego y luego ayudé a echar sobre él un gran número de libros empastados y sin cubierta. Toda una pira de letra impresa se consumió entre las llamas...
-Son libros -explicó mi madre-; libros herejes...



(Tomado de: Vasconcelos, José – Ulises criollo. Primera parte. Lecturas Mexicanas #11; 1a serie. Fondo de Cultura Económica, México, D.F., 1983)