Mostrando las entradas con la etiqueta cuadernos mexicanos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta cuadernos mexicanos. Mostrar todas las entradas

jueves, 28 de noviembre de 2024

Mexicanos en Estados Unidos, historia de una minoría IV Arizona


Mexicanos en Estados Unidos, historia de una minoría IV 

Arizona 

La colonización de Arizona provino del norte del estado mexicano de Sonora y comenzó en los siglos XVII y XVIII, por una serie de misiones que abrieron los valles de los ríos de San Miguel, Altar, Santa Cruz y San Pedro. Continuó el proceso de colonización más que nada en forma de latifundios, sujetos a continuas invasiones de los indios. Cuando en 1751 se retiraron temporalmente las tropas mexicanas, las incursiones de los apaches arrasaron casi toda la provincia, cuya extensión cubría casi todo lo que ahora es Arizona. Un precario equilibrio de fuerzas militares se logró después, y entonces lentamente, en los años posteriores, los indios lograron otra vez la superioridad, al grado de que, en 1856, casi todos los colonos de Arizona vivían en la ciudad fortificada de Tucson, para protegerse.

En Arizona el cambio a la supremacía anglo fue menos doloroso que en otras partes, porque había muy pocos residentes mexicanos. En la década de 1880 el colapso final de la resistencia de los indios coincidió muy estrechamente con el principio de la minería a gran escala y la construcción de ferrocarriles. Los pocos mexicanos que vivían en Arizona no fueron lo suficientemente numerosos para alimentar el apetito insaciable de mano de obra barata. Se importaron miles de brazos más por medio de los mercados de trabajo de Laredo y de El Paso. En esta forma el modelo texano de transición al trabajo asalariado apareció muy pronto en Arizona, y con él la lúgubre sucesión de linchamientos, asesinatos impunes y actos de cuerpos de vigilantes, contra una población de clase trabajadora a la que se consideraba de raza diferente.

Los lineamientos de la colonización de Arizona se caracterizan por el gran número de poblaciones mineras aisladas, casi todas ellas formadas por una gran mayoría de mexicanos. Algunos eran nativos, otros fueron importados. Otros más probablemente llegaron a las minas cuando estas abrieron o se cerraron por la misma compañía, que tenía pertenencias en diferentes partes.

Estas poblaciones formadas por empresas mineras empezaron a aparecer en gran número allá por 1880, casi siempre en lugares sumamente aislados como eran Tubac, Miami, San Manuel, Mamooth, Walker, Dewey, Morenci, Duquesne, Metcalf, Ajo, Bluebell y muchos otros. Algunas todavía existen, otras se han convertido en poblaciones fantasmas. Los puestos mineros avanzados también dieron ímpetu a la creación de numerosas poblaciones mayores de Arizona como Bisbee, Prescott y Douglas. Generalmente las poblaciones mineras estaban totalmente aisladas de la sociedad normal americana de la época. Algunos de estos pueblos o eran muy pequeños o estaban por entero bajo la férula de un solo patrono, que no proveía sino los más rudimentarios servicios públicos. Desde el principio hubo una separación rígida por ocupaciones, que implicaba la segregación de los mexicanos de los anglos, con caracteres discriminatorios adicionales, como la implantación de un horario especial para mexicanos en las tiendas de las compañías.

El cobre fue el producto mineral más importante de Arizona y su explotación aumentó rápidamente debido a la gran demanda nacional de equipo eléctrico. En pequeña escala existía también la ganadería y el cultivo de algodón, pero a causa de la aridez de las tierras, estas actividades eran arriesgadas e implicaban costos muy altos. Los mismos intereses que controlaban la economía, controlaban políticamente el gobierno del territorio. En estas regiones del oeste de los Estados Unidos, tan aislados del resto del país, no podía ser de otra forma. Los gobiernos territoriales eran brevemente definidos como "malos gobiernos" por un Congreso lejano, que no tenía responsabilidad alguna para con los habitantes; se disponía apenas de presupuestos limitados para destacamentos militares, servicio indígena, construcción de carreteras y rutas postales, y de una administración pública frecuentemente inadecuada y corrupta.


(Tomado de: W. Moore, Joan - Mexicanos en Estados Unidos (historia de una minoría). Cuadernos Mexicanos, año II, número 92. Coedición SEP/Conasupo. México, D.F., s/f)

jueves, 25 de julio de 2024

El colibrí y el arte plumario

 



El colibrí y el arte plumario

Está el colibrí en el aire como una suntuosa joya agitada. Brilla entera la avecilla con la refulgencia de sus múltiples colores. Cintila en un perenne tornasol. Se oye un zumbido ligero con el apresurado batir de sus alas chiquitas. Mete el luengo pico, largo y delgado, como una aguja, entre el cáliz de las flores para sacarles miel que es su manutención, pero no hace esto el pajarillo parado en una rama sino volando aceleradamente delante de la flor; avanza y retrocede, se adelanta de nuevo y vuelve a recular, lleno de gracia y ligereza, como una cosa leve y esplendente. Vuela hacia atrás con la misma facilidad que para adelante. Con el rocío detenido en hojas o en pétalos es con lo que sacia su sed. El colibrí es un pequeña “flor de pluma” o “ramillete con alas” como se dice en las famosas décimas de La vida es sueño.

Era creencia general que con un colibrí muerto que se llevara debajo de las ropas y encima del pecho, se deshacían los mayores desdenes de los amantes y se lograba que el desamorado volviera pronto a acercarse muy rendido a quien se apartó, pues no había talismán más provechoso para conseguir y retener amores. El colibrí es el pájaro más pequeño que existe en toda la extensa ornitología mexicana, por eso se le dice pájaromosca, también le llaman chuparrosa, chupamirto y picaflor. Los antiguos aborígenes le decían huitzitzilin. Pero variaba la designación con que lo distinguían según fuese el color predominante que ostentaba; así si la tenía bermeja, encendida como una tuna, era tenachuitzitzilin; si verde, xiuhuitzitzilin; iztauitzitzitzilin si solamente había en él plumas blancas; y si azules quetzalhuitzitzilin; si le rodeaba el cuello un collarín amarillo, texcacozhuitzitzilin y cuando lucía variedad de colores brillantes entonces le nombraba cochiohuitzitzilin.

De las muy vistosas plumas de este pajarillo era, principalmente, de lo que hacían los indígenas los magníficos trabajos de mosaico, admiración de los ojos no sólo de los conquistadores, sino de todos cuantos vieron en España semejantes cosas lindas. Gran pericia y paciencia era menester para componer los exquisitos trabajos de plumería. Se hicieron mantos, túnicas, mitras, adargas de parada, rodelas, imágenes de santos y qué sé yo cuántos primores. Para asentar definitivamente una pluma necesitaba de mucha sabiduría el artífice; tomábala con dedos sutiles, la examinaba largamente, la veía por un lado, la veía por el otro, la veía al trasluz y luego ensayaba si convendría colocar ésta o colocar aquélla o la de más allá. Era una obra de meditación continua, de probaturas constantes. Por eso resplandecía con perfección asombrosa. No había nada superfluo en ella ni falto en lo necesario.

El capellán Francisco López de Gómara escribe en su Historia de las conquistas de Hernán Cortés que “lo más lindo sin duda –de la plaza del mercado- eran las obras de oro y pluma de las que contrahacen cualquier cosa y color y son los indios tan ingeniosos oficiales desto que hacen de pluma una mariposa, un árbol, una rosa, las yerbas y peñas, tan al propio que parece lo mismo que si estuviera vivo o natural. Y acontéceles no comer en todo un día poniendo, quitando parte y asentando la pluma, y mirando a una y a otra, al sol, a la sombra y a la vislumbre, por ver si dice mejor a pelo o contrapelo o al revés, de la haz o del envés; y en fin no la dejan de las manos hasta ponerla con toda perfección. Poco sufrimiento pocas naciones lo tienen, mayormente donde hay cólera, como la nuestra”.

En la Casa de las Aves que tenía Moctezuma en su ciudad de Tenochtitlan las había en abundancia de todas las especies conocidas en el Anáhuac sin que faltase una sola y se les sustentaba con los adecuados alimentos a que estaban acostumbradas en la región de que eran originarias. Había gente especial encargada de recoger sus plumas cuando pelechaban y aun quitabánselas con cuidadoso esmero y las guardaban en sitios apropiados para ser usadas después en los vestidos, armas, estandartes e insignias del fastuoso Emperador y en lindas cosas para adornar su anchurosa morada.

El padre José de Acosta se queda suspendido, lleno de embeleso, ante el maravilloso arte plumario y asegura que esos objetos no parecían hechos de la materia colorida de que eran sino que se hallaban bien ejecutados a pincel y con excelentes colores. En el libro que compuso bajo el título de Historia Natural y Moral de las Indias escribe que “en la Nueva España hay copia de páxaros de excelentes plumas, que de su fineza no se hallan en Europa, como se puede ver por las imágenes de pluma que de allá se traen: las cuales con mucha razón son estimadas, y causan admiración que de plumas de páxaros se pueda labrar cosa tan delicada y tan igual, que no parece sino de colores pintadas, y lo que no puede hacer el pincel y los colores de tinte: tienen unos visos miradas un poco al soslayo tan lindos, tan alegres y vivos que deleitan admirablemente. Algunos indios, y buenos maestros, retratan con perfección de pluma lo que ven de pincel, que ninguna ventaja les hacen los pintores de España.

“Al príncipe de España, don Felipe, dio su maesthro tres estampas, pequeñitas, como para registros de diurno, hechas de pluma, y Su Alteza las mostró al rey Felipe nuestro señor, su padre, y mirándolas Su Majestad dijo: que no había visto en figuras tan pequeñas cosas de mayor primor. Otro cuadro mayor en que estaba retratado San Francisco recibiendo alegremente la santidad de Sixto V, y diciéndole que aquello hacían los indios, de pluma, quiso probarlo trayendo los dedos un poco por el cuadro para ver si era pluma aquélla, pareciéndole cosa maravillosa estar tan bien asentada, que la vista no pudiese juzgar si eran colores naturales de plumas o eran artificiales de pincel. Los visos que hace lo verde y un naranjado como dorado, y otras colores finas, son de extraña hermosura: y mirada la imagen a otra luz, parecen colores muertas, que es variedad de notar.

“Hácense las mejores imágenes de pluma en la provincia de Mechoacán, en el pueblo de Páscaro. El modo es con unas pinzas tomar las plumas, arracándolas de los mismos páxaros, muertos, y con un engrudillo delicado que tienen, irlas pegando con gran presteza y policía. Toman estas plumas tan chiquitas y delicadas de aquellos páxarillos que llaman en el Perú tominejos o de otros semejantes, que tiene perfectísimos colores en la pluma. Fuera de imaginaria usan los Indios otras muchas obras de pluma muy preciosas, especialmente para ornato de los Reyes y señores, y de los templos e ídolos. Porque hay otros páxaros de aves grandes de excelentes plumas y muy finas de que hacían bizarros plumajes y penachos, especialmente cuando iban a la guerra; y con oro y plata concertaban estas obras de plumería rica, que era cosa de mucho precio.”

Los mosaicos de pluma son una industria de procedencia mexicana y no sólo se trabajó en ella en los tiempos precortesianos, sino en la época virreinal, prueba evidente de ello es la Instrucción para el cobro de la Alcabala del año de 1754 en que estas cosas quedaban sujetas a pago.

En su Historia de la Nueva España, Alonso de Zorita, al enumerar los oficiales mecánicos que había en el México del siglo XVI, afirma: “Entre ellos hay oficiales de la plumería, de que hacen riquísimas imágenes que no los hay en ninguna ciudad, ni en el mundo como ellos.”

Como se fabricaron al principio, así se les siguió haciendo sin variación alguna; se conservaron los procedimientos tradicionalmente de unos a otros, sin modificar los métodos originales. El Abate Francisco Javier Clavijero habla con su saber acostumbrado de las varias manipulaciones que se seguían para la preciosa confección de estas plumerías:

“Nada –dice- tenían en tan alta estima los mexicanos como los trabajos de mosaico, que hacían con las plumas más delicadas y hermosas de los pájaros. Para esto criaban muchas especies de aves bellísimas que abundan en aquellas regiones, no sólo en los palacios de los reyes, donde mantenían, como ya hemos dicho, toda clase de animales, sino también en las casas de los particulares, y en ciertos tiempos del año les quitaban las plumas, para servirse de ellas con aquel fin, o para venderlas en el mercado. Preferían las de aquellos maravillosos pajarillos que ellos llaman huitzitzilen y los españoles picaflores, tanto por su sutileza como por la finura variedad de colores. En estos y otros lindos animales, les había suministrado la naturaleza cuantos colores puede emplear el arte y otros que ella no puede imitar. Reúnanse para cada obra de mosaico muchos artífices, y después de haber hecho el dibujo, tomado las medidas y proporciones, cada uno se encargaba de una parte de la obra; y se esmeraba en ella con tanta aplicación y paciencia que solía estarse un día entero para colocar una pluma, poniendo sucesivamente muchas, y observando cuál de ellas se acomodaba mejor a su intento.

Terminada la parte que a cada uno tocaba, se reunían todos para juntarlas y formar el cuadro entero. Si se hallaba alguna imperfección se volvía a trabajar hasta hacerla desaparecer. Tomaban las plumas con cierta substancia blanda para no maltratarlas y las pegaban a la tela con tzauthtli, o con otra substancia glutinosa; después unían todas las partes sobre una tabla, sobre una lámina de cobre y las pulían suavemente hasta dejar la superficie tan igual y tal lisa, que parecía hecha a pincel.

“Tales eran las representaciones de imágenes que tanto celebraban los españoles y otras naciones de Europa, sin saber que si en ellas era más admirable la belleza del colorido o la destreza del artífice, p la ingeniosa disposición del arte.

“Los mexicanos gustaban tanto de estas obras de pluma, que las estimaban en tanto más que el oro. Cortés, Bernal Díaz, Gómara, Torquemada y todos los otros historiadores que las vieron no hallan expresiones con que encomiar bastante sus perfecciones.”

Los indios tarascos sobresalían en este arte, vistoso y de extremada paciencia. Superaron con mucho a los nahoas, mixtecos, matlatzingas, totonacos, tzapotecas, huastecos y mayas. Los individuos de estas tribus adornaban con variadas plumas sus vestidos de combate, las ponían de todos los colores en sus luengos penachos, sujetas con mucha argentería o áureas ataduras, en sus rodelas en las que formaban dibujos graciosos, en sus ornamentos e insignias alegóricas y en otras cosas no sólo de uso en la guerra sino en la paz. Era todo ello brillante y vistoso, pero no hecho con el arte fino, y exquisito de los michoacanos, todo primor.

Infinidad de objetos hechos vistosamente de plumas envió Hernán Cortés tanto a Carlos V, como a señores de su corte, valedores del gran Conquistador, de los que sacó grandes ventajas y a quienes deseaba seguir teniendo gratos, como a personas encumbradas, de las que esperaba ayuda y favor en sus complicados negocios; y con mayor razón –fiel católico- los mandó a iglesias y a conventos en que estaban las veneradas vírgenes y santos a quienes se encomendó en los riesgos que tuvo en las jornadas de la conquista. A ellos debía haber salido con la vida en tantísimos peligros y le dieron fuerza y maña para vencerlos y con esos presentes quería testificar los beneficios recibidos.

Con este destino salieron cosas magníficas de plumería deslumbrante para iglesias y monasterios, en los que figura en primer término el de Nuestra Señora de Guadalupe en su natal Extremadura, y después para el de las Cuevas, de Sevilla, para el de San Salvador, de Oviedo, para el de Santo Tomás, de Ávila, para el de Santa Clara, de Tordesillas, para los franciscanos de Ciudad Real y de la Villa de Medellín, para los jerónimos, que eran muy sus amigos. También hizo regalo de estas bellas cosas a imágenes de su particular devoción, aparte de su Guadalupe extremeña, a Nuestra Señora la Antigua de Sevilla, a Nuestra Señora del Portal, muy venerada en la ciudad de Toro, al trágico crucifijo de Burgos, a Señor Santiago, de Galicia, a San Ildefonso en su capilla de la catedral de Toledo.

Estos presentes los formaban abundantes plumajes a manera de capas, medias casullas y mucetas, de todo lo cual se asegura que eran tan esplendentes como los rasos y los brocados de los ornamentos o de las vestiduras de las imágenes, y que no había ojos para admirar tanta hermosura. También en estas amplias ofrendas iban coseletes, ventalles, atadores, ramos, penachos y todo ello con bastantes adornos de oro y argentería muy bien labrada, y en bastantes se veían cerúleas turquesas o bien verdes y brillantes chalchihuites que teníanse por valiosas esmeraldas, a demás de la blancura de la concha y los cambiantes de nácar. Igualmente a monasterios e iglesias les ofreció don Hernando preciosas rodelas en las que lucía la gama de todos los colores y las enriquecía una resplandeciente suntuosidad de oro y plata.

Para las atinadas combinaciones que hacían los mexicanos y las otras antiguas tribus antes citadas, empleaban muchas plumas de pericos, de cardenales, de zanates, de guacamayas, de coas, de correcaminos, y de otros muchos pájaros vistosos, pero que no igualaban a las finas de los colibríes usadas por los tarascos, llenas de espléndidos y perpetuos tornasoles. En la lengua tarasca se llaman tzinzun a estos leves pajarillos que abundan en las montañas próximas al lago de Pátzcuaro. Los indios michoacanos usaban con preferencia los maravillosos plumajes de tales avecillas de tan multicolores cambiantes, y solamente, de modo secundario, los de otros pájaros para ponerlos como fondo a los dibujos que elaboraban con las plumas de los chupamirtos y darles realce a así excedían a todos en belleza y primor.

En la Antigua Relación de las Ceremonias y Ritos y Población y Gobernación de los Indios de la Provincia de Mechoacán, hecha al virrey don Antonio de Mendoza, y conocida generalmente, ya abreviado su título, por Relación de Mechoacán, escrita por un fraile anónimo que se supone que no es otro sino Fray Martín de la Coruña, uno de los doce primeros apostólicos y seráficos varones que vinieron a la conversión de estas partes, en ese libro y en el capítulo que trata De la gobernación que tenía y tiene esta gente entre sí se enumeran con todas sus atribuciones los distintos diputados por la Corona para presidir como para cuidar las artes y oficios que de padres a hijos se venían transmitiendo los indios tarascos o purépechas desde época inmemorial.

“Habían uno llamado Uscurécuri, diputados que labran de pluma los atavíos para sus dioses y hacían los plumajes para bailar. Todavía hay estos plumajeros (1550), éstos traían por los pueblos muchos papagayos grandes colorados y de otros papagayos para la pluma y otros traían pluma de garzas, otros, otras maneras de plumas de aves.” Éstos eran los afamados mosaicistas que hacían tan admirables obras de plumas de colores en capas, rodelas, estandartes y paños de tapiz.

“Había otro diputado sobre las rodelas, que las guardaban y los plumajeros las labraban de plumas de aves ricas, y de papagayos y de garzas blancas. Había otro que tenía cargo de guardar todos sus jubones de guerra de algodón y jubones de guerra de plumas de aves.”

No solamente el padre José de Acosta afirma que “hácense las mejores imágenes de pluma en la provincia del Mechoacán y en el pueblo de Pázcaro”, sino que varios cronistas de esa región celebran con buenas alabanzas este arte, así el queretano Fray Alonso de la Rea en su seráfica Crónica de la Provincia de San Pedro y san Pablo, escribe en la página 39 de la segunda edición que es la que yo leo, que: “Aún no ha hecho pausa el orgullo de su inclinación, sino que corriendo impelida de su natural viveza, inventaron los tarascos cosas tan singulares como lo han sido las de pluma, cuyo origen apunté en el capítulo 6, y cuya fábrica, invención y artificio, sin hinchazón ni pompa, se llevan consigo los encarecimientos que pudiera referir en aquesta Historia. El modo de engarzar las plumas de diversos colores, es que después de haber cortado las plumas en partículas tan pequeñas que cada una parece un punto invisible, se coge una penca de maguey, y sobre ella con cola muy bien templada, se van organizando todas las plumas y hacen una iluminación tan vistosa, que parece niegan aquí desvanecidas las galas de su natural coordinación. Cada partícula se pone de por sí, con tanta presteza, como lo apercibe la facultad siguiendo las líneas y círculos del bosquejo sobre que se obra tan exquisito primor. Hácenos de este género de iluminación de pluma, imágenes, colgaduras, adargas, mitras y marlotas, con tan linda vista, que jamás la perspectiva tuvo mejor motivo para olvidar las galas de la Primavera.”

También en la voluminosa Crónica de la Provincia de San Pedro y San Pablo, pero compuesta por Fray Pablo de la Purísima Concepción Beaumont (México, 1874), en el tomo III y páginas 34 a 95 se lee lo siguiente:

“Inventó el ingenio del tarasco las cosas singulares de pluma con sus mismos nativos colores, asentando de la misma manera que lo hacen en un lienzo de los más diestros pintores con delicados pinceles. Solían en su gentilidad formar de estas plumas, aves, animales, hombres, capas y mantas para cubrirse, vestiduras para sus sacerdotes y templos, coronas, mitras y rodelas, mosqueadores, con otros curiosos instrumentos que les sugería su imaginación. Estas plumas eran verdes, azules, rubias, moradas, pardas, amarillas, negras y blancas, no teñidas por industria, sino como las crían las aves que cogían y mantenían vivas al intento, valiéndose hasta de los más mínimos pajarillos. El modo de engastar las plumas era cortarlas muy menudas; y en lienzo de maguey, que es la planta de la tierra, con cola, muy templada, iban organizando las plumas que arrancaban de uno a otro pájaro muerto con unas pinzas, y pegándolas a la penca o tabla; se valían de sus nativos colores para dar las sombras y demás necesarios primores que caben en el arte, según pedía la imaginación que querían pintar. Cada partícula se ponía de por sí, con tal presteza, que seguían la línea y el círculo del bosquejo, y la iluminación formaba en la pintura una vistosa primavera. De las plumas de estos y otros pájaros hacían estos indios sus plumajes, y aún imágenes de pluma tan particulares, principalmente en Pátzcuaro, que según refiere Acosta, se admiró el señor Felipe Segundo de tres estampas que dio a su hijo, el señor Felipe Tercero, su maestro: la misma admiración causó al Papa Sixto Quinto, un cuadro de N. P. San francisco que enviaron a su santidad, hecho de plumas por los indios tarascos. He visto láminas muy curiosas y acabadas de este género en gabinetes de curiosos en la Europa; y principalmente mi maestro el doctor Morán, uno de los sabios de la Academia de las Ciencias de París, apreciaba mucho, y con razón, dos láminas de santos, que adornaban su singular museo, cuya hechura de plumas de tan exquisitos colores era de lo más perfecto que se podía desear, a más de lo raro de la invención. No trabajan ya con tanto primor los tarascos las estampas que hacen de pluma, y en el día se escasean mucho estas obras de plumería.”

Y en su Americana Thebaida, página 26, Fray Matías de Escobar glosa estas frases con estas otras: “...forman letras del mismo modo, tan primorosas, no son más redondas las de molde, venciendo aquí las plumas a la imprenta”.

Pocas cosas quedan esparcidas por ahí del precioso arte plumario de los indios, el tiempo las acabó –“dellas destruye la edad”-, eran objetos leves y delicados en los que entran polillas y carcomas que los consumen y no dejan nada. Lo que quedó es, en su mayoría, de indudable origen michoacano, obras perfectas de las manos maestras de los tarascos. Las joyantes mitras del Escorial, las del Museo María Teresa, de Viena, las del Palacio Pitti, de Florencia, la gran adarga de parada de la Armería Real de Madrid, lo de nuestro Museo nacional y algo que anda en el comercio de antigüedades y en colecciones privadas, es lo que conozco de este exquisito arte en el que se anima el dibujo de la imagen con la distinción y hermosura de los colores de plumas menudas. He leído que existen mosaicos de esta especie en la rica colección Ambrass, pero no sé cuál es, ni en dónde está esa mentada colección.

Hay abundancia en muchas partes de México de estos colibríes leves y vistosos, pero apenas llegan los primeros fríos, desparecen y no se ve ni uno solo por esos campos y jardines; vuelven a llenar el aire con su belleza cuando entra la primavera. Surgen como otras tantas flores. Flores vivas y trémulas. Se decía por esta súbita desaparición que huían temerosos del invierno e íbanse a buscar las tierras calientes que les daban vida. Pero los colibríes no son aves migratorias que andan en pos de tónica tibieza, sino que tiene la extraña particularidad de caer en un largo marasmo durante toda la invernada. Se cuelgan por el pico de una rama y así permanecen con inmovilidad de muerte; se les caen las plumas como en pelecha, con lo cual toda su vistosidad queda trocada en una pura lástima. Tal vez de esto provenga la frase “ya colgó el pico Fulano”, que se aplica a quien ya no tiene ánimos para nada, que está el infeliz como para morir. Para el arrastre, dicen los castizos. El sopor de los colibríes es como el que mantiene inmóviles a otros animales y del que salen cuando llegan los templados y deliciosos días de la primavera, alegre renacer de la naturaleza, tiempo en el cual está todo en su mayor vigor y hermosura.

Fray Bernardino de Sahagún, conocedor como nadie de cuanto hubo en el México precortesiano y en cuya Historia general de las cosas de la Nueva España no deja nada que tratar con maestría e indudable competencia, al escribir de las aves que aquí tienen ricas plumas, dice de los colibríes: “Hay unas avecitas en esta tierra que son muy pequeñitas, que parecen más moscardones que aves; hay muchas maneras de ellas, tienen el pico chiquito, negro y delgadito, así como aguja; hacen su nido en los arbustos, allí ponen sus huevos y los empollan y sacan sus pollos; no ponen más de dos huevos. Comen y mantiénense del rocío de las flores, como las abejar, son muy ligeras, vuelan como saeta; son de color pardillo. Renuévanse cada año: en el tiempo del invierno cuélganse de los árboles con el pico, allí, colgados se secan y se les cae la pluma; y cuando el árbol torna a reverdecer él torna a revivir, y tórnales a nacer la pluma y cuando comienza a tronar para llover entonces despierta y vuela y resucita. Es medicinal para las bubas, comido, y el que los come nunca tendrá bubas; pero hace estéril al que los come.” Abusiones, patrañas, digo yo, de las que abundan en todas las épocas. Vanas creencias populares que se meten con fuerte arraigo.

“Hay unas de estas avecitas –sigue diciendo el franciscano- que llaman “quetzalhuitzitzilin” que tiene las gargantas muy coloradas y los codillos de las alas bermejos, el pecho verde y también las alas y la cola; parecen a los finos “quetzales”. Otras de estas avecicas son todas azules, de muy fino azul claro, a manera de turquesa resplandeciente. Hay otras verdes claras, a manera de hierba. Hay otras que son de color morado. Hay otras que son resplandecientes como una brasa. Hay otras que son leonadas con amarillo. Hay otras que son larguillas, unas de ellas son cenicientas, otras son negras, estas cenicientas tienen una raya de negro por los ojos, y las negras tienen una raya blanca por los ojos.

“Hay otras que tienen la garganta colorada y resplandeciente como una brasa; son cenicientas en el cuerpo, y la corona de la cabeza y la garganta resplandeciente como una brasa.

“Hay otras que son redondillas, cenicientas, como unas motas blancas.”

Refiere el ya dicho Alonso de Zorita al tratar de un “pajarito que duerme la mitad del año, y de qué y cómo se mantiene”, que dice Fray Toribio que no quiere callar una cosa maravillosa que Dios muestra en un pajarito muy pequeñito, de que hay muchos en la Nueva España y lo llaman Vicicilim, y en plural Viciciltim, y que su pluma es muy preciosa, en especial la del pecho y cuello, aunque es poca y menuda, y que, puesta en lo que los indios labran de oro y pluma, se muestra de muchos colores; mirada derecha, parece como pardilla; vuelta un poco de la veslumbre, parece naranjada y otras veces como llamas de fuego; y aunque este pajarillo es muy pequeñito, tiene el pico largo como medio dedo, y delgado; y que como él y su pluma es estremado, también lo es su mantenimiento, porque solamente se ceba y se mantiene de la miel o rocío de las flores, y anda siempre chupándolas con su piquillo, volando de unas en otras y de un árbol en otro, sin se sentar sobrellas; y que por el mes de octubre, cuando aquella tierra se comienza agostar y se secan las yerbas y flores y le falta el mantenimiento, busca lugar competente donde pueda estar escondido en alguna espesura de árboles, y en algún árbol secreto pega sus pies en una ramita delgada, encogidito, y está como muerto hasta el mes de abril, que con las primeras aguas y truenos, como quien despierta de un sueño, torna a revivir y sale volando a buscar sus flores, que en muchos árboles las hay desde marzo; y aun antes, algunos han tomado destos pajaritos, hallándolos por los árboles, y los han metido en jaulas de cañas, y por el mes de abril revivían y andaban volando dentro hasta que los dejaban salir fuera; y dice que él mismo vio estar estos pajaritos pegados por los pies en un árbol de la huerta del monasterio de Tlascalan, y que cada año crían sus hijos y que él ha visto muchos nidos dellos con sus huevos; y que un día, estando un fraile predicando la resurrección general, trujo a comparación lo deste pajarito, y pasó uno volando por encima de la gente, chillando porque siempre va haciendo ruido...”

También el abate Clavijero habla en su Historia del pequeño huitzitzilin que no es otro que el ya tan mencionado colibrí y dice: “que es aquel maravilloso pajarillo tan encomiado por todos aquellos que han escrito sobre las cosas de América por su pequeñez y ligereza, por la singular hermosura de sus plumas, por la corta dosis de alimento con que vive, y por el largo sueño en que vive sepultado durante el invierno. Este sueño, o mejor decir, esta inmovilidad, ocasionada por el entorpecimiento de sus miembros se ha hecho constar jurídicamente muchas veces, para convencer la incredulidad de algunos europeos, hija sin duda de la ignorancia; pues que el mismo fenómeno se nota en Europa en los murciélagos, las golondrinas, y en otros animales que tienen fría la sangre, aunque en ninguno dura tanto como en el huizitzilen, el cual en algunos países se conserva privado de todo movimiento desde octubre hasta abril”.

Yo creía, al igual que una infinidad de buenas personas, que sólo el jugo azucarado de las flores constituía el alimento único e ideal de los colibríes, pero cuando supe que eso era muy secundario tuve una gran desilusión. ¿Cómo esas iridiscentes miniaturas, emanaciones de los rayos del sol, como los llamaban los antiguos mexicanos, habían de comer arañas, gusanos, y otros animalejos como cosa preferente? Miel, sólo miel, y perfumada miel de las flores. Darwin en una anotación de fecha 24 de septiembre de 1834 de su Diario, asienta que “aunque se los vea volar de una flor a otra en busca de comida, su estómago contiene de ordinario restos abundantes de insectos, que son los que, a mi juicio, buscan mejor que el néctar”. ¡A ver si no es esto penoso! No hay más remedio que creer lo que dice este famoso sabio.

Confieso que tuve infinita tristeza cuando supe semejante cosa, como la tuve también y muy grande, al leer -¿para qué lo leí, Señor?-, que un distinguido lepidopterólogo, Alberto Breyer, muy señor mío, para atraer algunos ejemplares de las más lindas mariposas, empleaba como cebo cerveza fermentada y queso de Limburgo, el más hediondo. ¿No es esto para decepcionar a cualquiera? Pero, ¡qué le vamos a hacer!, la vida está llena de grandes desengaños, cuando menos se espera llega uno y ¡zas! Nos hiere en pleno corazón.


(Tomado de: de Valle-Arizpe, Artemio. De perros y colibríes en el México antiguo. Cuadernos Mexicanos, año II, número 86. Coedición SEP/Conasupo. México, D.F., s/f)

lunes, 9 de octubre de 2023

Nicolás Bravo

 

Nicolás Bravo

Alejandro Villaseñor


He aquí otro teniente de Morelos, hoy conservado todavía con los rasgos con que la historia lo describe fielmente, pero cuya figura pasará mañana al dominio de la leyenda para agigantarla hasta convertir al guerrero del Sur en héroe. Su vida está tan llena de rasgos de bravura y de generosidad que hacen la tarea del historiador en extremo fácil, pues al narrar hechos magnánimos siente el alma más consuelo que al tener que referir exclusivamente muertes, hecatombes y sucesos desgraciados.

En Chilpancingo, pequeña ciudad del Sur de México, nació don Nicolás Bravo el 10 de noviembre de 1786. no hizo más que los estudios primarios, pues además de que poseía suficientes bienes de fortuna para no necesitar trabajar, por aquel tiempo la afición al estudio no estaba muy desarrollada entre los habitantes de aquellas cálidas regiones y la indolencia era, como lo es hoy todavía, característica de los surianos; se dedicó a las labores del campo y ya en edad núbil contrajo matrimonio. Vivía en la hacienda de Chichihualco, cercana a Chilpancingo y propiedad de la familia, en compañía de su padre don Leonardo y de sus tíos, don Miguel, don Víctor, don Máximo y don Casimiro, que se dedicaban a las labores del campo y a la administración de la finca.

Cuando resonó en la Colonia el grito de Dolores, sus ecos llegaron hasta aquellas apartadas comarcas y fueron acogidos con simpatía por la familia que tenía que lamentar muchas demasías cometidas por las autoridades españolas; sin embargo, como la región permaneció en quietud, ellos no hicieron nada que diese a conocer sus simpatías; pero las autoridades españolas eran demasiado suspicaces y a pesar de que don Nicolás estaba casado con la hija de Guevara, comandante de realistas de Chilapa, como vieran que los Bravo no obsequiaban la invitación que se les había hecho para que levantasen una compañía como habían hecho otras haciendas, empezaron a molestarlos, por lo que resolvieron retirarse todos definitivamente a Chichihualco, y aun allí tuvieron que ocultarse en una barranca de difícil acceso, a la que llevaron armas para defenderse en el caso de que fuesen atacados. Este caso no tardó en presentarse, por cierto, cuando menos lo esperaban, pero sí cuando más en aptitud de defenderse estaban.

El Comandante Garrote llegó a Chichihualco con objeto de aprehender a los Bravo; pero ignoraba que las fuerzas de Morelos, mandadas por Galeana, acababan de llegar a la hacienda, donde habían sido bien recibidas, y estaban unos soldados sesteando y otros bañándose, mientras los amos almorzaban. Entonces fue cuando los pintos de Galeana pelearon desnudos, y unidos a los sirvientes de la hacienda derrotaron a Garrote, que dejó cien fusiles y bastantes prisioneros. Los Bravo se vieron con esto comprometidos a tomar parte decididamente en esta revolución a la que dio no poca importancia esta familia y la de Galeana, ambas respetadas en aquella región, y fueron desde entonces los oficiales de mayor confianza de Morelos. Únicamente don Casimiro Bravo, que accidentalmente no se encontraba ese día en la hacienda, no tomó parte en la revolución y permaneció neutral durante toda la lucha (mayo de 1811).

Don Nicolás acompañó con el carácter de subalterno a Morelos en toda la primera campaña del Sur y en Chiautla estuvo a las órdenes de su tío Miguel con un grado menos inferior; después quedó a las de su padre y mandando una sección de las tropas de éste, se separó de Galeana en Tepecoacuilco para ir en auxilio de Morelos, que en su avance sobre Izúcar, se hallaba amenazado por Soto Maceda. No pudieron llegar a tiempo porque el jefe español adelantó el ataque, y quedó herido y derrotado, perdiendo su artillería y a su segundo Ortiz, pero sí reforzaron al caudillo que entró a Cuautla, donde dejó a aquéllos mientras él seguía para Taxco. Bravo tomó parte en los combates de Tenancingo y Tecualoya y se portó tan bizarramente que Morelos empezó a distinguirlo, y ya le dio mando superior.

El famoso sitio de Cuautla fue también una piedra de toque del valor y pericia de don Nicolás Bravo. Concentrados en esa población, como punto estratégico, los elementos más valiosos de la insurrección encabezados por Morelos, que había llegado a ser el único objetivo de los realistas, éstos comprendieron que era preciso reconcentrar allí también lo mejor del ejército virreinal, para de una vez acabar con la guerra que se prolongaba demasiado, en concepto del virrey Venegas.

Mientras Morelos subía al valle de Toluca ya don Leonardo estaba en Cuautla fortificándose por orden suya. Llegado Morelos y con noticias de la aproximación de las fuerzas de Calleja, se resolvió la defensa hasta lo último. Bravo no tuvo al principio mando especial, pero habiendo salido su padre en busca de provisiones y auxilios, quedó en la división de don Hermenegildo Galeana, y en ella tuvo frecuentes ocasiones de distinguirse. Se incorporó en Chiautla, y bajo las órdenes de Morelos hizo toda la campaña hasta Tehuacán, donde recibió el nombramiento de comandante militar de la provincia de Veracruz, y como tuviese noticia el general del movimiento de convoyes que por aquellos días había, ordenó a Bravo los atacase.

Por esos días era preciso hacer pasar de Veracruz a Puebla una fuerza armada para custodia de un gran convoy y de la numerosa correspondencia de España que se había acumulado en la primera población, y que después regresara amparando otro convoy de harinas y varias otras mercancías para el abastecimiento de aquella plaza. Esto era indispensable para los realistas; y en tal virtud el gobernador de Veracruz, Dávila, dispuso que don Juan Labaqui, que no era militar de profesión, pero si de reconocida capacidad para el caso, saliese con 300 infantes, sesenta caballos y tres piezas de artillería ligera, fuerza que se consideró suficiente en vista de que los insurgentes estaban lejos. Era Labaqui de origen español y se tenía gran confianza en su cometido; como en Veracruz se ignoraba que Morelos se encontraba en Tehuacan, Labaqui esquivó el camino llano de Jalapa, que estaba obstruido por los insurgentes, y se dirigió por el de las Villas hacia Orizaba, no sin tener algunos encuentros de escasa importancia; subió luego hasta Acultzingo, y llegó a la llanura que se extiende hasta Puebla, alojándose en el pueblo de San Agustín del Palmar; punto al cual se dirigió Bravo con unos seiscientos hombres, entre los que se contaban doscientos indios de la costa, hombres aguerridos y resueltos, y sobre todo, ya bastante experimentados.

Aunque Bravo caminó toda la noche y llegó al amanecer del 19 de agosto a las inmediaciones del Palmar, lo encontró ya ocupado por las fuerzas de Labaqui y no le quedó otro recurso que batirlo; Labaqui se atrincheró en la población y resistió durante dos días con sus noches, pero dominado por los insurgentes que se habían apoderado de las alturas del Calvario y ocupado por ellos el pueblo, fue atacado a la bayoneta en su propio domicilio, y cayó con el cráneo hendido de un solo machetazo que le dio un negro suriano. Los realistas tuvieron más de cuarenta muertos, algunos heridos, dejaron doscientos prisioneros y perdieron íntegro el convoy. Regresó a Tehuacán con sus heridos y en el camino encontró el refuerzo que le enviaba Morelos, del que ya no tenía necesidad; entregó a Morelos la espada de Labaqui y salió para Veracruz atacando en Puente del Río a otro convoy que iba a Jalapa y al que hizo bastantes prisioneros. Estos repetidos triunfos sembraron el pánico entre los realistas, y Castro Terreño temió verse atacado en Puebla.

Bravo partió a Medellín y allí recibió la infausta nueva de que don Leonardo, su padre, había subido al cadalso en el ejido de México, el día 13 del mismo mes, condenado a sufrir la pena de muerte en garrote vil. Indignación y dolor profundo causó esta noticia en el ánimo del héroe del Palmar. La noticia le fue comunicada por Morelos, quien lo facultó para indultarse si con esta condición le salvaba la vida a don Leonardo, y le mandó que en justa represalia fusilara a los prisioneros que tenía en su poder.

Don Nicolás Bravo pensó por un momento acogerse al indulto que se le ofrecía para salvar la vida de su padre, pero recordando el caso de los señores Orduña comprendió que muy poco o nada podía fiar en las promesas de los españoles. Esos Orduña eran hermanos, don Juan y don Rafael, vecinos acomodados de Tepecoacuilco, no se sublevaron, pero huyeron a su rancho cuando legó el realista Andrade, que consiguió aprehender al segundo, al que puso en capilla, y mandó decir al primero que si no se presentaba inmediatamente fusilaría a su hermano al día siguiente. Don Juan, tanto para salvar la vida de su hermano cuanto para demostrar que no era insurgente, se presentó, y entonces Andrade puso en capilla y fusiló a los dos hermanos. En cuanto a la orden que recibió de Morelos para fusilar a los prisioneros españoles, Bravo pensó obedecerla, y en el momento que la recibió mandó poner en capilla a los trescientos que tenía en Medellín y ordenó al Capellán Sotomayor que los auxiliase; pero en la noche, no pudiendo conciliar el sueño, reflexionó que esas represalias disminuirían mucho el crédito de la causa nacional, y que observando una conducta contraria a la del Virrey, podría conseguir mejores resultados; sin embargo, tenía una orden que no podía desobedecer: pasó toda la noche pensando en lo que debía hacer, hasta que en la madrugada se resolvió a perdonar a los presos de una manera que se hiciese pública y surtiese efecto a favor de la causa nacional. A las ocho de la mañana mandó formar la tropa, hizo sacar a los realistas y les dirigió la palabra diciéndoles que el mismo Virrey los había condenado a muerte, pero que él (Bravo), no queriendo ejercer represalias, les perdonaba la vida y les daba su libertad. Con lágrimas de gozo acogieron los condenados a muerte aquellas palabras, y sólo cinco, que eran comerciantes, pidieron sus pasaportes y uno de ellos, poco tiempo después, regaló al insurgente el paño suficiente para vestir un batallón. A envidiable altura se encumbró don Nicolás con tan generoso rasgo.

Morelos no aprobó la conducta de Bravo; sin embargo, por su parte, tampoco cumplió su amenaza de fusilar los cuatrocientos prisioneros realistas que tenía en el presidio de Zacatula.

Con el carácter de Comandante de Veracruz empezó don Nicolás a expedicionar por la provincia, y unido a las fuerzas que allí había atacó a Jalapa que no pudo tomar, pero situado en el puente del Rey impidió el comercio del puerto y estableció una contribución, que ingresó a los fondos de la guerra; en esa posición impedía el paso de un convoy de cuatro millones de pesos que iba para Veracruz, y sólo la astucia del jefe español hacerlo pasar por otro punto; sin embargo, no era posible dejar aquel punto en poder de los insurgentes, y fuerzas superiores se encargaron de desalojarlo, así como de rechazarlo de Tlaliscoyan y Alvarado, que también intentó ocupar, no quedándole más recurso que retirarse a San Juan Coscomatepec, lugar estratégico que se apresuró a fortificar (mayo de 1813). Por entonces, los guerrilleros de la provincia, disgustados del régimen moralizador que procuraba implantar, lo acusaron ante Morelos, que por esa ocasión no dio ninguna importancia a la acusación.

El 28 de julio fue atacado por las fuerzas superiores de Conti, y las hizo retroceder con grandes pérdidas, dedicándose desde entonces con más ahínco a terminar las fortificaciones, porque supo que una verdadera división iba a atacarlo. Para la causa realista era indispensable impedir a toda costa que se hiciese fuerte en Coscomatepec; pues desde el sitio de Cuautla, Calleja, que había palpado los sacrificios que ello significaba, ordenó que por ningún pretexto se diese tiempo a los insurgentes de fortificarse en ninguna parte; por tanto, hízose formar una división por el Conde de Castro Terreño, compuesta del Batallón de Asturias y otros Cuerpos, fuerte en 1,000 hombres y cuatro cañones, y se designó para jefe de ella al Teniente Coronel Cándano, quien en unión de Conti se presentó a la vista de Coscomatepec el 5 de septiembre y empezó desde luego a batirla. Pero Bravo, a quien por la parte de afuera ayudaba eficazmente Machorro, la defendió bien, y después de 24 días y de varios asaltos infructuosos, sin que Cándano lograse apoderarse de la posición mantenida por los patriotas, el Virrey dispuso que tomase en mando de las fuerzas sitiadoras don Luis del Águila, Comandante de la provincia, a quien se juzgaba muy competente para el caso y que en efecto activó de tal modo el sitio, que obligó a Bravo a pensar seriamente en romperlo, escaso como estaba, de víveres y municiones.

A las once de la noche del 4 de octubre, después de un asedio de setenta días, después de clavar sus dos cañones y enterrar los pequeños, decidió la salida, que sus soldados aprobaron; dejó encendidas las lumbradas y ató los perros a las sogas de las campanas para que con el repique que aquéllos hiciesen, creyesen los sitiadores que aún estaban allí los sitiados, y en muy buen orden se salió con toda la fuerza y con los habitantes, pasó por el punto del río donde Machorro había derrotado un destacamento y llegó a Ocotlán, donde dejó a los pacíficos, y siguió a Huatusco sin que nadie lo sintiese ni menos lo molestase. Águila se desquitó arrasando el pueblo y fusilando las imágenes de los Santos. Morelos, que nunca dejaba abandonados a sus Tenientes, había enviado en socorro de Bravo a Arroyo y a Matamoros, pero sabiendo éstos que el sitio estaba roto y que un convoy de tabaco estaba cerca, lo atacó el segundo y se apoderó de él, haciendo perder a los realistas 600 hombres y apoderándose del Comandante Cándano, que fue fusilado. Bravo cooperó a aquel hecho de armas.

Por orden de Morelos regresó al Sur para contribuir a la desgraciada expedición sobre Valladolid, y en Cutzamala se unió con los demás generales; cumplió con su cometido de apoderarse del fortín de la garita del Zapote; pero atacado por todos lados, por la llegada de Iturbide, perdió su infantería, tres cañones, parque, y 233 prisioneros. Que fueron fusilados inmediatamente; también se batió en Puruarán, y por verdadera casualidad escapó de caer prisionero. Retrocedió al Mexcala y sufrió varias peripecias y algunas derrotas, demostrando en general poca actividad, debido a que el Congreso no era muy afecto a operaciones militares; cuando este Cuerpo resolvió trasladarse a Tehuacán, Bravo fue uno de los que lo escoltaron, y mandando la izquierda estuvo en la acción de Tezmalaco, en la que cayó prisionero Morelos, no cayendo aquél, por haberle mandado el Generalísimo que siguiese dando escolta a los diputados para que el Congreso íntegro no quedase en poder de los realistas.

En Tehuacán fue nombrado don Nicolás miembro del Tribunal Supremo, con lo que se le quitaba el mando de tropa, desacierto muy grande que no duró mucho tiempo, pues disuelto el Congreso por un pronunciamiento, Bravo, que permaneció extraño a los sucesos que lo originaron, salió para la provincia de Veracruz, donde Victoria lo recibió mal y lo invitó a volverse al Sur; caminó rápidamente por Chalchicomula y Tepeji, se encargó del mando de la gente de Guerrero, que estaba herido, y sin ningún tropiezo llegó a Ajuchitlán. Allí, unido a Galeana (don Pablo), se negó a reconocer a Rayón (Ignacio), e hizo salir a don Ramón Rayón, enviado para someterlo, de su jurisdicción. Durante el resto del año de 1816 descansó Bravo de sus tareas militares y pasó algunas temporadas en su hacienda de Chichihualco; es cierto que Armijo lo persiguió poco y por eso gozó de alguna tranquilidad. Cuando la expedición de Mina, que volvió a poner en agitación al país, Rayón trató de hacerse fuerte en Jaujilla, pero la Junta de Uruapan, que quiso acabar de una vez con sus pretensiones, lo mandó prender y encomendó este encargo a Bravo, que lo cumplió sin dificultad y que condujo al preso a Patambo; se situó en seguida en Ajuchitlán, donde unido a don Benedicto López empezó a organizar algunas fuerzas (mayo de 1817), y a hostilizar a los realistas de Zitácuaro, y aun obtuvo algunas ventajas; éstas lo decidieron a fortificar Cóporo, en donde rechazó al realista Mora, pero no pudo resistir mucho tiempo, y el primero de diciembre tuvo que abandonar el fuerte al ser atacado por Márquez Donallo, y echándose por un voladero sufrió algunas contusiones; a pie y con mil trabajos recorrió treinta leguas, hasta el Atascadero, donde consiguió un caballo que lo llevó a Huetamo.

No repuesto de sus heridas trató de libertar a Rayón y a Verduzco, que acababan de ser cogidos prisioneros, pero no lo pudo conseguir, a pesar de que obligó a los realistas a encerrarse en la iglesia de Ajuchitlán; se dirigió, sin embargo, al paso de Coyuca, fortificándolo ligeramente, pero habiéndolo flanqueado Armijo, dejó sus soldados a Guerrero y se dirigió a lo más escondido de la Sierra para curarse de las heridas que había recibido en Cóporo. Armijo, sabedor de esto, emprendió a marchas forzadas el camino del rancho de Dolores, y el 22 de diciembre de ese año de 1817 aprehendió a Bravo y en unión de los demás presos lo condujo a Cuernavaca. Realistas e insurgentes se interesaron por la suerte de don Nicolás, y el mismo Armijo subió a México llevando una solicitud firmada por su padre y por toda la división pidiendo la libertad del prisionero; consiguió del Virrey una suspensión y que se empezase una causa a todos los insurgentes notables, pues los soldados ya habían sido fusilados, y consiguieron salvar la vida Bravo, Rayón, Verduzco y otras veinticinco o treinta personas.

Dos años estuvo don Nicolás con una barra de grillos en los pies. Su ocupación era hacer cigarreras de cartón para venderlas; su familia, entre tanto, vivía a expensas de la caridad del español Antonio Zubieta, pues los bienes de la familia habían sido confiscados; “en las visitas de presos que el Virrey hacía con la Audiencia en las Pascuas y Semana Santa, nunca pidió nada, nunca se quejó de nada, y el Virrey, que en una de estas ocasiones lo socorrió con una onza de oro, solía decir que siempre que veía a Bravo, le parecía ver a un monarca destronado”. En octubre de 1820, al restablecerse la Constitución española, fue puesto en libertad y escogió la población de Izúcar y después la de Cuernavaca como lugar de residencia, permaneciendo allí hasta que Iturbide proclamó nuevamente la Independencia en Iguala; dos veces tuvo que invitar a Bravo para que se le uniera, pero éste, desconfiando, y con razón, de aquél, no le contestó, sino hasta que un mensajero del nuevo insurgente habló largamente con él; inmediatamente marchó al Sur, reunió algunos hombres y volvió sobre Izúcar y Atlixco, tan rápidamente que Hevia no pudo alcanzarlo; los antiguos insurgentes de los Llanos de Apam acudieron a ponerse a las órdenes de don Nicolás, que al fin se situó en Huejotzingo, amenazando a Puebla, ocupó Tlaxcala y Huamantla y aumentó considerablemente sus fuerzas con soldados de las tropas españolas. En Tepeaca se unió a Herrera, que mandaba la columna de granaderos imperiales y rehusó el mando superior, que le correspondía; Hevia consiguió rechazarlos, y habiendo resuelto Herrera dirigirse a las Villas, Bravo decidió quedarse en los llanos con su caballería, y allí rechazó al sanguinario Concha, terror de la comarca, ocupó a Pachuca, y después de Hidalgo en octubre de 1810, fue el primer insurgente de valer que más se acercó a México, pues estuvo en San Cristóbal Ecatepec; en Tulancingo estableció su maestranza y una imprenta, y el 14 de junio, después de dos meses de campaña, se acercó a Puebla para sitiarla, contando ya con un ejército de 3,600 hombres, mandado por los antiguos generales insurgentes.

Habiendo llegado Herrera con su división se estrechó de tal manera el sitio, que el 10 de julio Llano entró en parlamento, pero como sólo se avino a tratar con el primer jefe, se estipuló (día 17) un armisticio y al fin se rindió la ciudad, haciendo en ella su entrada el ejército nacional, mandado por Iturbide, el 2 de agosto, en medio del regocijo de los habitantes. Bravo, con su división, marchó con estudiada lentitud sobre México, cuyo sitio iba a empezar, pero que al fin no se verificó por haber entregado el mando y el ejército las autoridades españolas; con el ejército trigarante entró Bravo en la vieja Tenochtitlán, el memorable 27 de septiembre de 1821, viendo ese día coronados sus esfuerzos de diez años y realizada la ilusión que lo llevara a tomar las armas en 1811.

El resto de la biografía de Bravo no pertenece ya a este libro y por lo mismo procuraremos nada más decir algunas palabras acerca de sus hechos. De mala gana aceptó el Imperio de Iturbide, y cuando éste cayó, a petición suya fue Bravo encargado de conducirlo a la costa, demostrando alguna severidad en su cometido, pues veía en aquél a un prisionero político y no a un Emperador que voluntariamente había abdicado y que se dirigía al destierro. Formó parte del poder ejecutivo (1823) y después se le eligió para Vicepresidente de la República en 1824; tuvo algunas participaciones en nuestras divisiones políticas y se vio desterrado en Guayaquil; varias veces fue presidente de la República en cortos períodos, siendo la última vez en 1847, ya invadido el centro del país por los angloamericanos; el 13 de septiembre de ese año se batió en Chapultepec con los invasores, mandando a los alumnos del Colegio Militar ahí establecido, y cayó prisionero. Terminada la guerra se retiró a la vida privada y fuese a vivir a su hacienda de Chichihualco, donde murió el 22 de abril de 1854. En 1886 el gobernador de Guerrero, Arce, celebró el centenario de Bravo erigiéndole una estatua en Chilpancingo.

La figura de don Nicolás Bravo se destaca imponente y majestuosa en la historia, y siempre digno por sus hazañas, esclarecido por sus levantados sentimientos, es y será en todo tiempo la honra y la gloria de la patria, dice uno de sus biógrafos. El atildado escritor don Rafael Ángel de la Peña escribió un notable artículo en el que hace un paralelo entre César y Bravo, que es digno de leerse, y numerosos son los escritores que se han ocupado de este personaje de la revolución mexicana, que es uno de los más populares de ella y el que más simpatías despierta; el teatro también ha llevado a la escena sus principales hechos, y en los días del Centenario, probablemente, se representará una ópera cuyo argumento es Bravo en Medellín, de la que escribió el libreto el conocido literato y hombre público don Ignacio Mariscal, que poco ha bajó a la tumba.


(Tomado de: Villaseñor, Alejandro - Caudillos de la Independencia . Cuadernos Mexicanos, año II, número 60. Coedición SEP/Conasupo. México, D.F., s/f)

jueves, 5 de octubre de 2023

El Caracol y el Sable VI

 



Las cárceles

Federico Gamboa, siendo subsecretario de Relaciones Exteriores, hizo un viaje a Veracruz en febrero de 1909. Su afán era conocer la prisión de San Juan de Ulúa para escribir algunas páginas de su novela La llaga. Gamboa, víctima del "documento humano" de los escritores naturalistas, pretendía encerrarse con los presos unas horas. Comunicó su propósito al director de la prisión, general José María Hernández, y éste le respondió en lenguaje llano:

-No se lo aconsejo, mi estimado subsecretario, pues correría usted el riesgo de que estos bárbaros, me lo violaran…

Gamboa, conducido por el propio Hernández, vio los calabozos y las tinajas de Ulúa. Escribió en su Diario: "...me enseñó los no menos espantables calabozos que apellidan, respectivamente, el "infierno", el "purgatorio", el "limbo" y la "gloria", que yo necesitaba ver con mis ojos para describirlos en mi libro. Todos ellos tenían inquilinos, y quiso mi mala estrella que en el "limbo" llevarse más de un año de estar aislado, incomunicado, el rebelde don Juan Sarabia, quien en las sombras de aquella especie de cisterna cálida y oliente a sudor y a mariscos, en camiseta y calzoncillos, se levantó del asiento que ocupaba para responder a nuestros buenos días. Me horroricé por dentro..." a pesar de su horror, Gamboa -así lo recordaría año y medio después Juan Sarabia- comentó: "Qué fresco, parece que estamos en la playa…"

Cuando visitó Gamboa San Juan de Ulúa, estaban prisioneros los líderes de la huelga de Cananea y los participantes en el asalto a Ciudad Juárez en 1906, a quienes se les acusaba, a  más del delito de rebelión, de "ultrajes al Presidente de la República", homicidio, robo de valores y destrucción de edificios. El trato a los presidiarios era cruel, inhumano. Había cantina y a los ebrios los perseguían los carceleros -así lo describió Esteban Baca Calderón- nervio de toro en mano, para golpearlos. No pocos murieron a palos. Periodistas y obreros -contados líderes de los trabajadores; casi todos los acusados de sedición morían en Valle Nacional o Quintana Roo- descargaban carbón de los transportes a los buques de guerra. De los testimonios de San Juan de Ulúa, el de Enrique Novoa, capturado en la rebelión de 1906 en Acayucan, es imborrable: "Las paredes se tocan y están frías, como hielo, pero es un frío húmedo y terrible que penetra hasta los huesos, que cala, por decirlo así. A la vez el calor es insoportable, hay un bochorno asfixiante; jamás entra una ráfaga de aire, aunque haya norte afuera. Las ratas y otros bichos pasan por mi cuerpo, habiéndose dado el caso de que me roan los dedos... Procuro dejarles en el suelo migas de pan para que se entretengan. Hay noches que despierto asfixiándome, un minuto más y tal vez moriría, me siento, me enjugo el sudor, me quitó la ropa encharcada y me visto otra vez para volver a empezar. Cuando esto sucede, rechino los dientes y digo con amargura ¡oh pueblo! ¡oh patria mía!" Los prisioneros que sobrevivieron reanudaron la lucha emprendida.  Veintisiete años después de las reformas a los artículos 6° y 7°, de las subvenciones a los periódicos, de la clausura de los diarios independientes, de las penas corporales, del acoso y el hambre, la prensa de oposición era invencible. Rafael de Zayas Enríquez, en sus Apuntes confidenciales para Porfirio Díaz verdadero informe de la situación nacional hacia 1906 y cuyas páginas recuerdan las de los visitadores de la Nueva España, porque a más de su veracidad no carecían de advertencias- había escrito de la tenacidad de los no pocos periodistas, de su conducta sincera y de la influencia que ejercían en el país. "Creer -escribió- que la persecución puede destruirla [a la prensa] o siquiera enfrenarla, es error más craso, porque se da a cada escritor perseguido la aureola de un mártir de la libertad, y el héroe de calabozo suele convertirse en héroe de barricada." Zayas entregó sus Apuntes en agosto. Un mes antes los lectores de regeneración habían leído el Programa y Manifiesto del Partido Liberal. La batalla contra la dictadura había empezado en un periódico.


(Tomado de: García Cantú, Gastón - El Caracol y el Sable. Cuadernos Mexicanos, año II, número 56. Coedición SEP/Conasupo. México, D.F., s/f)

jueves, 29 de junio de 2023

Mexicanos en Estados Unidos, historia de una minoría III Nuevo México


Mexicanos en Estados Unidos, historia de una minoría III


Nuevo México


El modelo texano de subordinación económica de los mexicanos se extendió hacia el oeste hasta la región granera y ganadera del este de Nuevo México, todavía conocida como "Pequeño Texas". Cuando los grandes ganaderos comenzaron a cercar sus tierras y alejar a los anglos y a los mexicanos que se dedicaban a la cría de ovejas, se generó suficiente fricción como para producir las famosas guerras del Condado de Lincoln de 1869 a 1881. Algunos mexicanos lograron retener sus propiedades, aunque el abuso del pastoreo en casi todas las zonas de Nuevo México había perjudicado esa forma de actividad económica mucho antes de 1900.


Nuevo México entró al período de colonización de los anglos, con su población mexicana concentrada en tres tipos de áreas habitadas: poblados militares y administrativos (como Santa Fe y Albuquerque), grandes ranchos y un número considerable de poblaciones pequeñas. Casi todas las poblaciones dependían en gran medida de la ganadería y de la agricultura. Debido al aislamiento y a las continuas guerras con los indios, la penetración de los anglos fue muy lenta; en 1848 vivían en este territorio 60,000 habitantes, prácticamente todos ellos mexicanos. La mayoría habitaba dentro de un radio de 80 kilómetros de Santa Fe o aguas arriba de los ríos Grande y Pecos. Los habitantes de habla española de Nuevo México, a diferencia de los de la frontera de Texas, tenían una amplia variación de estructuras sociales y un grupo gobernante bien establecido, hábil en todos aspectos, e interesado por retener la hegemonía. En esta forma la legislatura territorial estuvo dominada por "hispanoamericanos" (miembros de no más de 20 familias prominentes), desde su establecimiento, hasta que en 1912 Nuevo México se convirtió en estado. Durante 64 años se mantuvo una alianza entre los españoles acaudalados y algunos intereses anglos de la banca, la ganadería y los ferrocarriles, misma que controló eficazmente la vida política por medio del tristemente célebre Santa Fe Ring (Círculo de Santa Fe). [El Círculo de Santa Fe fue una alianza de intereses mexicanos y anglos que dominó la vida económica y política de Nuevo México durante un período posterior a la Guerra Civil].


La mayoría de los recién llegados residentes de Nuevo México vivía a distancia considerable de la frontera y no sufrió muchas molestias ni por la guerra casi permanente, ni por las invasiones armadas del sur de Texas. Hasta la llegada de los ferrocarriles, el movimiento a través del territorio no fue fácil en ninguna dirección y solo hasta 1886 fue relativamente fácil pasar de un lado a otro de la frontera, porque los invasores apaches controlaban grandes extensiones de esta área.


Sin embargo, los cambios económicos desintegraron rápidamente esta pequeña y extrañamente aislada sociedad mexicana. Para el año de 1900, el abuso de las tierras de pastoreo, la erosión, la integración de grandes ranchos, la continua división de tierras entre herederos y la asignación de tierras de pastoreo para uso federal (ferrocarriles, fundos de poblaciones y bosques nacionales) forzaron a muchos, quizás a todos los agricultores y ganaderos en pequeño, a convertirse en jornaleros. Al mismo tiempo, algo de inmigración procedente del oeste de Texas, aumentó la disponibilidad de mano de obra e hizo que bajaran los salarios. En esta forma, antes de la vuelta del siglo, el habitante de los pueblos de Nuevo México estaba esforzado en una lenta lucha, sin esperanza, contra la indigencia. No se llegaría a sentir todo el efecto de estos fenómenos durante algunas generaciones, pero la decadencia de la cría de ovejas era obvia; esta primera y tradicional actividad de los mexicanos de Nuevo México estaba desapareciendo y, con ella, una forma muy antigua de organización social.


Nuevo México desarrolló muy lentamente la discriminación y el aislamiento de la minoría mexicana. Como escribe Nancie González: "Los casamientos entre hombres anglos y mujeres mexicanas eran bastante frecuentes y no estaban restringidos a ninguna clase social. Ocurrían a menudo fusiones de negocios y comercios entre anglos y mexicanos; en la política, las coaliciones de anglos y mexicanos actuaban juntas en los partidos políticos importantes." Pero hay evidencia de que este espíritu tolerante empezó a cambiar en 1900, cuando llegaron más pobladores norteamericanos, e importantes intereses ganaderos, mineros y de transporte. En 1881, las nuevas líneas férreas que con gran eficacia abrieron el territorio, permitieron que docenas de poblaciones aisladas establecidas por empresas privadas, explotaran los cuantiosos recursos mineros de Nuevo México con mano de obra mexicana. Los nuevos mercados de lana, carne y cueros, abiertos por los ferrocarriles, aceleraron la consolidación de ranchos más grandes y eficientes. El proceso de cercar las propiedades acabó lentamente con los criadores de ovejas y los ganaderos en pequeño. Las mismas fuerzas que entrañaban oportunidad económica para las grandes empresas de los anglos, estaban llevando a una porción considerable de mexicanos a la condición de minoría dependiente.


I Introducción 

II Texas

III Nuevo México 


(Tomado de: W. Moore, Joan - Mexicanos en Estados Unidos (historia de una minoría). Cuadernos Mexicanos, año II, número 92. Coedición SEP/Conasupo. México, D.F., s/f)

jueves, 15 de junio de 2023

Mariano Matamoros


Mariano Matamoros

Alejandro Villaseñor

Fue el segundo de Morelos, y esto solo basta para dar idea de su capacidad, de su genio y de su patriotismo, pues el héroe del Sur sabía escoger a sus hombres y elevarlos según sus méritos, aún cuando no hubiesen tenido ocasión de darlos a conocer todavía. A él lo puso sobre toda esa pléyade de generales improvisados que tan bien supieron secundar los proyectos del caudillo y que hicieron estremecer en su Palacio al Virrey, a pesar del poder que ejercía y de los elementos que en tres siglos de no disputada dominación había acumulado el gobierno español.

Se ignora la fecha y el lugar de nacimiento de Matamoros, pues no ha sido posible encontrar dato alguno, si bien no se han buscado con la solicitud que se debiera. La historia lo encuentra en 1811 en su Curato de Jantetelco, perteneciente al Arzobispado de México, pero no obstante esto, creemos que cuando se disipen las nubes que cubren los primeros años de su vida, se sabrá que fue originario del Obispado de Michoacán, habiendo nacido por los años de 1770 a 1776; si ha de juzgarse por lo que fue después, no es aventurado afirmar que sus estudios fueron brillantes y acaso hechos en el colegio de San Nicolás, de Valladolid, casi al mismo tiempo, o un poco antes, que los del mismo Morelos, pues se ha averiguado ya que ambos se conocían antes de 1810, y que Hidalgo también conocía a Matamoros. En la carta a que hicimos referencia en la biografía de Morelos, se habla del Cura interino de Jantetelco, diciéndose que estuvo en Dolores a visitar al iniciador de la Independencia, y que se fue muy entusiasmado y a disponerse para la gran función, o sea para empezar la revolución, el 29 de octubre de 1810, como estaba convenido. Ignoramos qué vicisitudes de fortuna fueron las que llevaron a Matamoros al Curato de Jantetelco, pueblecillo casi perdido en las últimas estribaciones de la Sierra Nevada, y tan distante de Michoacán.

Sea de esto lo que fuere, inútil es perder el tiempo en hacer suposiciones, por lo que nos atendremos a lo que ya está averiguado. Matamoros era de los conspiradores de 1810, y si no se lanzó a la revolución al tener noticia del grito de Dolores, debe de haber sido porque aún no contaba con los elementos suficientes para ello, y porque ese grito se adelantó; sabedor desde su Curato de los primeros pasos de la revolución, no pudo, como Morelos, ir en busca de Hidalgo, y permaneció en observación de los acontecimientos, que no tardaron en ser adversos para la causa con la dispersión de Aculco. Sin embargo, no ocultaba sus inclinaciones y simpatías a favor de la Independencia y nada más esperaba una oportunidad para unirse a ellos; esas inclinaciones fueron causa de que los Comandantes realistas lo molestasen continuamente y, por último, de que Roca fuese decidido a prenderlo; Matamoros no lo esperó, sino que dejando su Curato al saber la aproximación de Morelos, caminó rápidamente hacia Izúcar, y el 16 de diciembre de 1811 se le presentó; como ya se conocían, el segundo empezó inmediatamente a utilizar sus servicios y no lo tuvo como a Bravo, bastante tiempo como subalterno, sino que a los muy pocos días le dio el grado de Coronel, medida que causó celos entre los demás jefes insurgentes.

Después de permanecer algunos días al lado de Morelos en la excursión a Taxco, estuvo en las acciones de Tecualoya y Tenancingo, en la última de las cuales entró en fuego mandando una sección, y donde obtuvo su grado de Coronel; el 9 de febrero de 1812, que entraron los insurgentes en Cuautla ya mandaba una parte del ejército, y el 19, día del ataque de Calleja, manda en la hacienda de Buenavista, en unión de don Víctor Bravo, y cuando se formalizó el sitio quedó en el mismo lugar. Como empezaran a escasear los víveres, a pesar de los esfuerzos hechos por los insurgentes de afuera para introducirlos, fue enviado Matamoros, llevando a sus órdenes al Coronel Perdiz, cerca de don Miguel Bravo para intentar la entrada de un convoy: la noche del 21 de abril rompieron el sitio por el punto de Santa Inés: Perdiz murió, pero el ex cura de Jantetelco consiguió llegar a Ocuituco y a la barranca de Tlayacac, donde Bravo tenía sus provisiones, y ambos se dirigieron a la Barranca Hedionda en la madrugada del 27, y con gran brío atacaron el campamento de Llano, mientras otro cuerpo atacaba el de Calleja, y los sitiados hacían una vigorosa salida; el batallón de Lobera fue desbaratado, pero la nueva batería de Amelcingo rechazó a los asaltantes y la combinación se frustró, con lo que la plaza no pudo ser socorrida, y Morelos decidió abandonarla.

En Chiautla se unió a Morelos con la escasa gente que mandaba, y de ahí pasó a Santa Clara, donde se ocupó de organizar su tropa; a fines de junio llegó a Izúcar, donde tuvo conocimiento del bando publicado el 25 de junio en el cual el Virrey desaforaba a los eclesiásticos que tomaran parte en la revolución; para demostrar Matamoros que los insurgentes no vulneraban los derechos de esos eclesiásticos, al regimiento de Dragones que organizó, le dio el nombre de Apóstol San Pedro y le asignó por bandera un estandarte negro con una cruz roja semejante a los que usan los canónigos en las ceremonias de la Seña, con la inscripción “Inmunidad eclesiástica”. Don Manuel Terán fue el auxiliar de Matamoros en Izúcar, y con él consiguió hacer unos regulares y bien montados cañones. Acabada de organizar la división de este jefe se presentó en Tehuacán, donde Morelos lo nombró su segundo, y lo hizo salir para Oaxaca, cuya plaza iba a ser atacada. Tomó a su cargo el ataque del fortín del Marquesado, que Terán derribó al segundo tiro, y entró a la ciudad, mientras Galeana entraba por otro rumbo y se dirigía a Santo Domingo; en el Carmen se encontró Matamoros con la resistencia que le hacían los religiosos españoles; fácilmente los venció e hizo prisionero al Comandante Régules, que se había escondido en un sepulcro.

Realizado este hecho de armas, donde culminó la fortuna de Morelos, Matamoros se situó en Yanhuitlán en observación de las Mixtecas en enero de 1813, pero habiendo enviado tropas a Oaxaca el Capitán General de Guatemala, salió don Mariano contra ellas (abril) y las alcanzó en Tonalá el 19 del mismo mes; la derrota que sufrió Dambrini fue completa y se vio perseguido hasta más allá de la línea divisoria. El 28 de mayo hizo Matamoros su entrada triunfal en Oaxaca, vestido con el uniforme de Mariscal de campo y siendo objeto de calurosas felicitaciones: como premio de su victoria recibió el grado de Teniente General, lo que fue materia de rivalidades y celos entre los demás jefes. Vuelto a Yanhuitlán se ocupó activamente en disciplinar a sus soldados, proveerse de pólvora y municiones, fabricar cañones y arreglar las milicias de la provincia, pues era incansable y activísimo y siempre estaba ocupado en hacer algo útil y en hacer que los demás también lo hicieran; como su jefe Morelos, atendía todo, por insignificante que pareciese.

No veía, según parece, con muy buenos ojos, a don Nicolás Bravo, y, sin embargo, corrió en su auxilio, como lo vamos a ver. Comprendiendo que la ociosidad es un mal para el soldado, discurrió de acuerdo con Morelos una nueva expedición a Izúcar, y el 16 de agosto salió para ella, pero al llegar a Tehuicingo supo que Bravo estaba sitiado en Coscomatepec y necesitado de auxilio; con rapidez reunió las diversas partidas que había más cerca y tomó el rumbo de Chalchicomula, pero en el camino recibió la noticia de que el sitio había sido roto y que Bravo estaba en salvo: al mismo tiempo supo que la tropa realista se disponía a pasar un convoy que estaba detenido por causa de las operaciones del sitio, que exigían muchos soldados; determinó atacar a este convoy, que iba al mando del Teniente Coronel don Manuel Martínez y del Comandante Cándano. En la hacienda de San Francisco dispuso el plan de ataque el 13 de octubre, y ordenó a diversos jefes que salieran en observación del enemigo, en tanto que Zavala empezaba a hostigarlo. Al día siguiente fue el ataque entre San Agustín del Palmar y Quechula, y tan empeñado estuvo, que llegaron a la bayoneta los contrincantes; Cándano formado en cuadro caminó dos leguas, pero a metrallazos fue desorganizado casi a las puertas de Quechula; Morán, que iba a la vanguardia consiguió salvar parte del tabaco, pero todo lo demás se perdió, y los soldados, todos españoles, del Batallón de Asturias, no tuvieron otro recurso que tirar las armas y rendirse al grito de “Viva la América” y fueron hechos prisioneros: los realistas perdieron 215 muertos, 368 prisioneros, entre ellos muchos oficiales, y 521 fusiles, sin contar el convoy. Los prisioneros fueron conducidos a San Andrés y sólo Cándano y un oficial mexicano fueron fusilados; Matamoros celebró con salvas y repiques su victoria, y envió los prisioneros a Acapulco. Aquella victoria se hizo notable por ser la primera vez en que combatiendo de una parte puras tropas españolas y de la otra mexicanas, quedaron derrotadas las primeras, que ya, por cierto, habían sufrido gran quebranto en el sitio de Coscomatepec; el Virrey llegó a preocuparse tanto por el suceso, que hasta pensó en el primer momento salir a ponerse al frente del ejército; Castro Terreño, Gobernador de Puebla, que ordenó la salida del convoy, fue depuesto; Martínez estuvo procesado y salió condenado a ser dado de baja por incapaz, y Águila también fue sumariado. El nombre de Matamoros se hizo muy conocido en toda la colonia y los afectos a la Independencia cifraron en él grandes esperanzas.

No permaneció mucho tiempo ya en el Oriente, pues llamado por Morelos volvió al Sur y se situó en Tepecoacuilco, de donde marchó a Tlalchapa, y ya unido al resto del ejército se dirigió a Valladolid; derrotados allí, se retiraron a Zatzio y a Puruarán, donde don Mariano, dio la famosa batalla de Puruarán, en la que se eclipsaron todas sus glorias y él perdió la libertad al buscar paso por el río, pues el puente había sido ocupado por los realistas. Los prisioneros hechos fueron fusilados en el mismo campo de batalla, y sólo Matamoros fue conducido a Valladolid, engrillado, y sobre una mula aparejada, en Pátzcuaro se le puso a la expectación pública, y durante el camino no se le trató nada bien; por último, llegado a Valladolid fue fusilado, sin formársele gran proceso, el 3 de febrero de 1814, en el portal que hoy lleva su nombre y donde se lee una inscripción alusiva: Morelos escribió al Virrey proponiéndole el canje de Matamoros por doscientos prisioneros de los cuerpos expedicionarios que tenía en la costa, pero esta proposición llegó tarde, y aunque hubiera llegado oportunamente, no habría sido aceptada, pues el Gobierno español conocía toda la importancia de su prisionero.

El Congreso de 1823 declaró a don Mariano Matamoros Benemérito de la Patria y mandó escribir con letras de oro su nombre en el salón de sesiones. Los restos del héroe, depositados provisionalmente en la capilla de los Terceros de San Francisco, de Morelia, la tarde de la ejecución, fueron trasladados a México en 1823 y enterrados en el altar de los Remedios de la Catedral de México.

Morelos quedó privado de su brazo derecho y no volvió a tener fortuna de ninguna de las empresas que acometió, pues parece que con la muerte de Matamoros aquel jefe hasta la facultad de discurrir acertadamente perdió. 


(Tomado de: Villaseñor, Alejandro - Caudillos de la Independencia . Cuadernos Mexicanos, año II, número 60. Coedición SEP/Conasupo. México, D.F., s/f)

lunes, 5 de junio de 2023

Nuevo impulso a la organización obrera mexicana, 1871


 IV

Nuevo impulso a la organización obrera mexicana


Un grupo de los que se consideraban a sí mismos como portaestandartes de la extrema izquierda en el movimiento obrero fundó el 20 de marzo de 1871 La Social. Dicho grupo lo constituyeron Rhodakanaty, Zalacosta, Velatti, Castro, Ordóñez y otros. Pero veamos en qué consistía su "izquierdismo". Las finalidades contenidas en el programa de La Social se expresaba así: "Reuniremos a todos aquellos elementos adictos a la clase socialista, que sean perseverantes que tengan un principio de moral y fines altruistas y elevados, que amen el sentimiento de caridad y siempre socorran al pobre y al oprimido como si se tratara de sí mismos".

En su manifiesto de abril 15 de 1871, decía: "no es posible poder presentar, desde luego, ante la cultura del pueblo nuestro programa último; pero ténganse entendido que nuestra misión es más de ideales que de posibilidades. Sin embargo, aunando nuestras miras, queremos la abolición de todo sistema de gobierno y la libertad de los obreros manuales e intelectuales del Universo". 


¡Una mezcla informe de anarquismo filosófico, místico, cristiano!

Debemos hacer hacer notar que, de este grupo de La Social, también pertenecían al Gran Círculo, Valatti, Ordóñez y Castro.

Fue por este tiempo cuando llegaron a México las primeras noticias sobre la proclamación de la Comuna en  París. Circulando entonces El Socialista; el 9 de julio de 1871, apareció en la ciudad de México el primer número de este periódico semanario destinado a defender los derechos e intereses de la clase trabajadora. Más adelante veremos cómo desempeño su cometido. 

Eran director y redactores: Francisco de P. González, Mariano García, Luis G. Miranda, Francisco J. Acosta, Manuel Chibrás, Manuel Escudero, José López, Carlos G. Rodríguez, Felipe Acosta, Enrique Trear, Fidencio Lara y Luis Sánchez. El Socialista, como era natural, defendía el socialismo, La Internacional y la Comuna; las proclamas impresas de ésta circulaban profusamente en los círculos obreros.

La Comuna de París

El Monitor Republicano, periódico liberal de la época pidió, al saberse el fracaso de la Comuna de París, que se proporcionara asilo en el país a los comunistas que así lo desearan; lo que hizo expresar a la prensa norteamericana que la entrada de éstos a México constituía un grave peligro para el gobierno de Washington. The World (El mundo) de Nueva York, aseguraba en enero 21 de 1872 "que el famoso comunalista Clusuret estaba en México y que Juárez lo había nombrado general en jefe del ejército para combatir a los rebeldes porfiristas"...

A este grado alarmaba a la burguesía yanqui y a su prensa la repercusión de los acontecimientos en La inolvidable Comuna de París. ¡Primer intento del proletariado para establecer un gobierno propio!

la guerra franco-alemana provocada por la política francesa cuyo objetivo era impedir la unidad de Alemania y las enseñanzas y tradiciones de la revolución francesa (en la que había tenido tan importante papel el municipio de París), así como la influencia adquirida y progresos realizados por la Primera Internacional en París y en algunas de las grandes ciudades provinciales francesas, y el no menos importante factor de la situación paupérrima entre las masas populares y la pequeña burguesía arruinadas por la guerra; fueron elementos que determinaron la guerra con Prusia, lazo que Bismark tendió a Francia y en el que ésta cayó sin estar preparada para ello, con el resultado de la catastrófica derrota de Sedán. París se sublevó derrocando al imperio de Napoleón, El Pequeño, proclamó la República y constituyó un gobierno para la defensa nacional. Pero este gobierno, burgués, que odiaba tanto al enemigo exterior como el interior (o quizás más al interior) produjo una reacción inmediata en el pueblo que, prematuramente, guiado por el viejo revolucionario Blanqui, intentó apoderarse del poder sustituyendo al gobierno republicano-burgués por el socialista proletario. La intentona fracasó, en tanto que los ejércitos franceses organizados por Gambetta sufrían derrota tras derrota a manos de los prusianos hasta que se concertó un armisticio en enero de 1871.

En febrero se efectuaban las elecciones para la constitución de la asamblea general. Sin embargo, la mayoría revolucionaria, novel en estos asuntos, fue derrotada al resultar un gobierno reaccionario. Thiers estableció su cuartel general en Versalles, desde dónde atacó al proletariado parisiense; el gobierno de Thiers después de tratar de apoderarse de la artillería de la Guardia Nacional en las alturas de Montmartre, fue desconocido por el pueblo de París que proclamó la Comuna el 18 de marzo de 1871.

Se ha dicho que la Comuna de París fue una dictadura, nada más falso y calumnioso. ¡Ojalá lo hubiera sido! La Comuna surgió legalmente de las elecciones de marzo, instituyendo un gobierno de coalición, en el que había miembros de la Primera Internacional, es cierto, como también los había blanquistas, proudhonianos, republicanos, burgueses y patriotas desesperados. 

Carlos Marx al hacer el análisis de los hechos decía: "en vez de marchar contra los versalleses desamparados entonces, se permitió al Partido del Orden que mostrara sus fuerzas convocando el 26 a las elecciones de la Comuna. Aquel día, los hombres del Partido del Orden cambiaron palabras benévolas de reconciliación en los locales electorales con sus harto magnánimos vencedores; al mismo tiempo que en su fuero interno se enciende el juramento solemne de ejercer una venganza resonante tan pronto llegará el momento. La Comuna de París ingenuamente respetó el Banco de Francia, no confiscándolo, lo que constituyó un grave error y que destruye el argumento de que fue una dictadura."

Por todas estas graves equivocaciones tácticas y políticas cayó en mayo, derrotada por las fallas de sus directores (a las que se sumaba la traidora alianza de los políticos y de la burguesía francesa) después de ejercer el poder durante 62 días el proletariado de París.

El proletariado parisiense murió heroicamente bajo los pliegues y su amada bandera roja de la Comuna. Thiers, Gallifet "el Chacal" (que había estado en México) se hartaron de sangre obrera. Cayeron bajo sus balas asesinas 30,000 revolucionarios, hombres mujeres y niños; fueron sacrificados en el altar de la burguesía y su régimen un total de 100,000 luchadores franceses por la libertad.

Ese fue el epílogo sangriento del primer noble esfuerzo del proletariado de París para darse un gobierno propio; su sacrificio no fue estéril, sus enseñanzas no fueron olvidadas ni en Francia ni en el resto del mundo, como lo comprueba la existencia de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, producto de esa enorme experiencia aplicada por la gloriosa revolución rusa de 1917.

La organización obrera y sus relaciones con los patrones 

El 15 de agosto de 1871 se organizaba la sociedad de Tipógrafos Mexicanos en la Ciudad de México. Simultáneamente quedaban establecidas las primeras sociedades obreras en el interior del país, al constituirse las de San Luis Potosí, donde comenzó a publicarse el vocero Las Clases Productoras, viendo la luz pública el primer número el 16 de septiembre de 1876, eran sus redactores Genaro Vergara y Silverio M. Vélez.

El Circulo de Obreros de México quedó formado finalmente, después de muchos esfuerzos de sus organizadores; tomando parte en su constitución con 3 delegados cada una de las sociedades siguientes:

"Unionistas de tejedores del distrito de Tlalpan"; mutualistas de las fábricas La Colmena y San Ildefonso; Unionistas de Canteros, Mutua del Ramo de Sombrerería, Unionista y de Resistencia de Carpinteros, Mutua del Ramo de Sastrería, Artístico Industrial de Tipógrafos Mexicanos, Cuerpo de Redacción de El Socialista y la Sociedad Unionista de Sombrereros que se adhirió por el momento al acto.

Se admitió que podían ingresar individualmente al Gran Círculo todos los obreros y simpatizantes que lo desearen; la asociación debía extenderse por toda la nación, convocando tan pronto como las circunstancias lo permitieran a un congreso general, organizándose mientras tanto, sucursales en las poblaciones principales. Para ser miembro del Gran Círculo había que ser obrero manual o intelectual; ningún socio podía ser miembro de un partido político, pero sí se le dejaba en libertad de ejercer el derecho de ciudadanía. Se admitía que los patrones que hubiesen tenido buen comportamiento con sus trabajadores fuesen socios honorarios del Gran Círculo (subraya el autor). Se lucharía por la ampliación del espíritu de ayuda mutua, cajas de ahorros, seguros de vejez, casas de asilo, escuelas primarias y de oficios. Las sociedades adheridas al Gran Círculo serían de resistencia (con el objeto de proteger el trabajo) para lo cual se declaraba apoyo ilimitado a las huelgas; a la lucha por el mejoramiento inmediato de salarios y disminución de las horas de trabajo, protección a las mujeres y niños; castigo por medio de multas a los patrones que no accedieran a las justas peticiones de los obreros (subraya el autor). Se solicitaba del Gobierno una ley que garantizara el bienestar del proletariado y se asentaba como finalidad del Gran Círculo, lo siguiente: "se lucha por la total emancipación de los trabajadores, que ha de ser obra de los trabajadores mismos, usando como medio final la revolución social que abre el camino de esplendor, de justicia y de verdad al socialismo…"

La mesa directiva elegida fue la siguiente: presidente, Santiago Villanueva; vicepresidente, Epifanio Romero; primer secretario, Juan de Mata Rivera; segundo secretario, Benito Castro; tercer secretario, Alejandro Herrera; cuarto secretario, Rafael Pérez de León y tesorero, Francisco de P. González. Los dos primeros ya conocidos por nosotros en sus equilibrios obreristas, los demás, pronto los conoceremos mejor.

El 1° de octubre de 1871 se constituye en San Luis Potosí la Asociación Potosina de Obreros con tres sociedades diversas: el número 2 de Las Clases Productoras, incitaba a los obreros de la metrópoli para asistir a un congreso que debía celebrarse en León o Aguascalientes para enero de 1872. En Toluca se organizaba la Sociedad Progresista de Artesanos el 8 de noviembre, la que se adhiere al Gran Círculo. En este periodo de organización ascendente, con las imperfecciones ajenas a la incomprensión de su verdadero papel, sorprende al artesanado y al naciente proletariado la efervescencia política de las elecciones presidenciales, a la vez que el levantamiento de Porfirio Díaz con su Plan de La Noria contra Juárez en noviembre 8 de 1971.


Dos décadas del movimiento obrero: un resumen

En resumen, después de casi dos décadas de 1853 a 1871, nos encontramos con un desarrollo apenas iniciado del movimiento social, obrero y campesino en el sentido de organización; lleno de confusiones ya mutualistas, ya cooperativistas, pero que iba abriendo brecha más que por una percepción clasista del papel histórico del proletariado, por la necesidad económica y social de mejoramiento que reclamaba el paso del estado feudal al de la asaz lenta industrialización del país; pero que de todos modos, iba formando grupos obreros cada vez más numerosos.

Es necesario, sin embargo, hacer notar que ya desde entonces, se perfilaban inciertas, vagamente, dos tendencias: revolucionaria y reformista, de las que eran exponentes los grupos de La Social (con su anarquismo místico filosófico, filantrópico e intelectualizante) y el de el Gran Círculo y El Socialista (con su "socialismo" legal, apolítico que al mismo tiempo que planteaba las demandas obreras, admitía como socios honorarios a los patrones que hubiesen tenido buen comportamiento con sus obreros) en la primera en tanto que en la otra la reformista a todas luces, era representada por Cano y sus seguidores de los que no pocos -como Epifanio Romero- se habían colado y militaban en el Gran Círculo dando a este su mentalidad oportunista inveterada.

A partir del 1° de enero de 1872 apareció El Socialista como órgano oficial del Gran Círculo de Obreros de México.

Rhodakanaty sigue consagrado a La Social donde predica el socialismo, alejado del Gran Círculo y de El Socialista en el que no colabora. En el mes de junio publica su folleto Apuntes biográficos de los más célebres comunistas franceses (Imprenta El Socialista, México 1872).

El 14 de Julio se constituyó la Sociedad de Obreros del Porvenir del Ramo de Carrocería, el 29 del propio mes se organiza la del Ramo de Curtiduría, el 1° de agosto la Sociedad Fraternal de Costureras, el 24 de septiembre la Sociedad Filarmónica de Auxilios Mutuos y el 26 del mismo mes la Asociación Mutualista y de Resistencia del Ramo del Tabaco, la que fue disuelta violentamente por el patronaje sin que la naciente agrupación ni el Gran Círculo hubieran sido capaces de impedirlo.

Los obreros y la política, maniobras de sus dirigentes

Al fallecer el presidente Juárez el 18 de julio concurrieron a sus funerales todas las sociedades con sus respectivos estandartes, hablando ante sus restos a nombre del Gran Círculo, Francisco de P. González; quien hizo el elogio de las virtudes ciudadanas del patricio. Poco después ocurriría la muerte de Santiago Villanueva; con su desaparición se inauguró un cambio en la "política" del Gran Círculo; sus estatutos fueron reformados y se aceptó un subsidio de $200.00 mensuales del Poder Ejecutivo que ocupaba el licenciado Sebastián Lerdo de Tejada.

Los nuevos estatutos aprobados el 16 de septiembre dicen:

"1°. Mejorar por todos los medios legales la situación de la clase obrera, ya en su condición social, ya en la moral y ya en la económica. 2o. Protección a la misma clase contra los abusos del capitalismo y los maestros de taller. 3o. Relacionar entre sí a toda la familia obrera de la República. 4o. Aliviar sus necesidades a los obreros. 6o. Propagar entre la clase obrera la instrucción correspondiente en sus derechos y obligaciones sociales y en lo relativo a las artes y oficios. 7o. Establecer todos los círculos necesarios en la República a fin de estar en contacto los obreros de los estados con los obreros de la capital".

La sede quedó instalada en la primera calle del Reloj núm. 3, salón de actos de la Sociedad Unionista de Sombrereros; es decir, bajo los auspicios de Juan Cano y Epifanio Romero. El 1° de octubre se expidió una circular a todas las sociedades que decía: "haber quedado definitivamente instalado ese día, el Gran Círculo de Obreros de México".

el 1o. de agosto estallaba la huelga de los barreteros de Real del Monte, Pachuca, Hgo., originada por la violación del contrato de 1869 por parte de los patrones; el cual estipulaba que estos "pagarían $2.00 diarios por 36 horas de trabajo consecutivo y 12 de descanso", y ahora reducían a $1.00 este salario desde el 15 de julio. Los obreros no sólo pedían el cumplimiento del contrato sino la disminución de horas de trabajo a 16 por el mismo salario.

El conflicto se resolvió favorablemente para los mineros obteniendo una victoria completa; lo que levantó gran polvareda en la prensa diaria que pedía al gobierno "adoptase una actitud enérgica, antes de que se propagara este sistema de defensa obrera". El Socialista, el periódico defensor de los obreros se guardó su opinión prudentemente.

Los obreros de La Fama Montañesa habían declarado la huelga el 9 de septiembre y hubieron de volver derrotados al trabajo el 22, bajo la presión de la fuerza armada. El Socialista, bajo la dirección de Juan de Mata Rivera, uno de los más destacados líderes obreros, lo era sólo de nombre, pues más parecía un órgano político liberal ya que apoyaba veladamente a Lerdo de Tejada para presidente, y en forma abierta a Vicente Riva Palacio para presidente de la Suprema Corte de Justicia.


(Tomado de: Díaz Ramírez, Manuel - Orígenes del Movimiento Obrero. Cuadernos Mexicanos, año II, número 75. Coedición SEP/Conasupo. México, D.F., s/f)