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domingo, 30 de enero de 2022

La metrópoli se embellece, 1943


(Anillo de Circunvalación, a la altura del cruce con General Anaya, viendo hacia el norte. Fuente: WEB)

La metrópoli se embellece.

*Una nueva avenida de cuarenta metros de ancho va a ser abierta para formar el primer anillo de circunvalación de la ciudad de México. 

(13 de septiembre de 1943)

Para formar el primer anillo de circunvalación de la ciudad de México se va a expropiar una gran extensión de casas a fin de abrir una nueva avenida de cuarenta metros de ancho que partirá de la calzada de La Viga, pasando por las calles de Vidal Alcocer, hasta llegar a la avenida del Trabajo, en una trayectoria de norte a sur.

Asimismo se trazará una calzada de oriente a poniente, haciendo la ampliación desde las calles de San Pablo en un ancho de veinticinco metros, hasta la avenida de los Insurgentes.

Los acuerdos correspondientes fueron tomados por la Comisión de Planificación del Distrito Federal en sus últimas sesiones y al efecto, con fecha primero del presente mes, el Diario Oficial publicó el decreto que declara de utilidad pública la ampliación de las calles de Vidal Alcocer y su prolongación hacia el sur, hasta las calles de Fray Servando Teresa de Mier.

Se especifica en el decreto que esta ampliación se hará con una latitud de cuarenta metros, para formar la rama oriente del primer anillo de circunvalación. Esta rama oriental se ligará con la calzada de La Viga, debiendo tener la misma anchura de cuarenta metros.

También se formará una plaza en las intersecciones de la rama oriente del primer anillo de circunvalación y la avenida de Fray Servando Teresa de Mier.

Las calles de San Pablo ampliadas en la latitud antes anotada, se prolongarán hacia el oriente con la misma latitud hasta establecer una liga con las calles de Carretones. Las calles de Olvera se prolongarán hacia el poniente hasta su intersección con la rama del primer anillo de circunvalación y se establecerá comunicación entre la segunda y la tercera calles. Se ampliarán a trece metros las calles de Ramón Corona y su prolongación hacia el oriente hasta la calzada de Balbuena; en el mismo sentido se prolongarán las calles de Uruguay hasta la rama oriente del primer anillo de circunvalación; se rectificará el alineamiento del paramento norte de la calle de Zavala y su prolongación hacia el poniente hasta el callejón de Manzanares; se modificarán los alineamientos de las calles tercera y cuarta de Manzanares; se ampliará a trece metros el callejón de San Simón; se rectificará el alineamiento de las calles tercera, cuarta y quinta del Rosario; se prolongará hacia el norte de la calle de la Cabala hasta la Plaza de la Soledad; se ampliará la Plaza del Carrizal, entre las calles de Carretones y Gómez Pedraza; se formará una plaza nueva frente al templo de la Soledad; se abrirá una calle para comunicar la plaza de San Lázaro con la calle de la Santa Escuela y se ampliará esta última calle en su extremo sur; finalmente, se rectificarán las calles de Nicolás Bravo, entre las de Alarcón y Héroes de Nacozari.

La simple enunciación de estas obras explica suficientemente la importancia de los trabajos que va emprender el Departamento del Distrito Federal para embellecer la ciudad y resolver los agudizados problemas de tránsito.

CUIDADO CON LOS COYOTES

La amplitud y extensión de las obras de urbanización, en opinión de autorizadas personas, hace posible la presencia de los coyotes que pueden entregarse a la tarea de comprar casas baratas, para después venderlas, en combinación con empleados carentes de escrúpulos, a precios altos, por lo cual los propietarios de fincas urbanas deben conocer pormenorizadamente los proyectos oficiales sobre el particular.

(Tomado de: Hemeroteca El Universal, tomo 3, 1936-1945. Editorial Cumbre, S.A. México, 1987)

viernes, 23 de agosto de 2019

La venta del amor, DF


Es un mercado de amor, de ilusión, de fe, de esperanza o de remedios. Un mercado difícil de encontrar en todo el mundo porque, generalmente, todo esto no se vende. Pero aquí sí. Se vende todo eso y más, se venden recetas para curar los males de amor, se venden oraciones para quien no lo conoce, se venden ilusiones y se venden los medios para que el amor llegue.
Y no sólo se venden,  sino que también se compran, y se compran mucho. En este mercado de Sonora, que se encuentra en el mercado en la Merced de la Ciudad de México, y en muchos otros, en diferentes partes de la República, se vende el amor; se vende en pastillas y en palabras. Ahora que mucho depende de qué clase de amor se compre. Puede ser un amor pasajero o duradero, el que termina en matrimonio, o quizá lo que se necesite sea una cura contra el mal de amor; no importa, también la hay.
Los productos amorosos de este mercado son muchos, cientos, y se presentan en diferentes formas. Si se quiere resultar irresistible a un galán, entonces conviene adquirir un jabón atrayente, que según dice en las indicaciones, no es un jabón cualquiera, sino un jabón protector de los enamorados que con su exquisito aroma atrae al sexo opuesto, ya que está elaborado con esencia de flores exóticas.
Pero no se usa así nada más. Para que haga efecto hay que decir estas palabras mágicas: “Jabón atrayente, te pido, por la virtud que tienes, me ayudes a conquistar a fulano de tal que de día y de noche ocupa mis pensamientos”.
Parece un jabón cualquiera y huele como un jabón cualquiera, pero no, es el jabón “atrayente”, y para lograr un mejor efecto, se debe pensar en el ser amado mientras se usa. Ahora que si no le hace efecto el jabón con todo y la oración, el pensamiento, y el baño, no importa, para eso están los polvos. Éstos son llamado “polvos de San Antonio”, y para que resulten, hay que espolvorearlos sobre el cuerpo después del baño y decir “San Antonio, traedme novio y pronto matrimonio”.
Se dice que, por lo regular, las instrucciones garantizan su efectividad, la cual se debe a que están hechos con legítimo polvo de arroz y perfume de virgen de azahar, y es muy difícil que fallen. Pero si esto tampoco resulta, entonces se puede recurrir a las veladoras o a las velas, que en este caso tienen que ser 9. Además hay que rezar:
Estas velas que enciendo, en 9 días se consumirán, y las almas que invoco cuanto les pida me concederán. Almas, moved el corazón de fulanito o zutanita, para que su corazón lleno de amor hacia mí se acuerde, y todo cuanto tenga me lo venga a dar.
Esta oración es muy importante, sobre todo cuando de amor desinteresado se trata. Pero todavía hay más remedios o más esperanzas, y no sólo para el sexo femenino; también hay talismanes y oraciones para los hombres.
El del coyote dice así: “Coyote hermoso, con tu talismán poderoso, que cargas en la cabeza, préstamelo para que con él haga lo que yo quiera, y que se enamore de mí cuanta mujer yo viera”.
La piedra imán también es importante en el mercado de amor, como lo son los perfumes, las flores y los ajos. Las más discretas se venden en forma de polvo molido, pero todas con la oración al chupamirto o chuparrosa, siempre presente, que debe rezarse toda los viernes con una vela y frente a la imagen del ser amado (aunque sea una foto).
Polvo de chuparrosa disecada, molida y pulverizada en luna llena para espolvorear en todo el cuerpo, para obtener la gracia del amor.
El chupamirto para atraer al novio, la chuparrosa para atraer a la novia, polvos para que no se olviden, oraciones para que se atormenten, velas para que repartan lo que tienen, jabones para que no se alejen. Remedios para todo y para todos, esperanzas a la venta por unos cuantos pesos y unas muchas ilusiones, todo como parte del México Mágico que encontramos en el mercado de Sonora de la Ciudad de México,


(Tomado de: Sendel, Virginia - México Mágico. Editorial Diana, S.A. de C.V., México, D.F., 1991)



lunes, 8 de octubre de 2018

El mercado de la Merced




Es el más importante de la capital. Radica en la parte vieja, en terrenos del antiguo convento que le da nombre. Pero no se ciñe a un ámbito propio, de construcción adecuada, sino que se extiende y derrama por una porción de calles y callejones adyacentes que hacen imposible dominarlo en una visita.


Los mercados revelan en todas partes muchos pormenores de la población y de la vida, pero éste es particularmente rico en datos de importancia. Lo primero que sorprende es el silencio dominante en todo aquel conglomerado humano que por la índole de su comercio suele ser ruidoso. Ya en otro lugar hemos apuntado algo sobre ese silencio del indio. Como sobre sus modales suaves y finos. En este mercado no se grita, no se canta, no se despide con mal humor al visitante; nadie ríe, nadie pide. Si se invita a comprar, se hace con maneras modosas y tan simpáticas que se siente uno dolorido de no poder acceder a todas las ofertas.



Antes de penetrar en el edificio matriz del mercado, entre las apreturas de una calle obstruida por barracas, puestecillos, automóviles y peatones, topamos con el hombre del pajarito de la suerte. La jaula triple, donde tenía a sus tres pajaritos amaestrados, merecía una foto porque su forma, su color y adornos eran de un mexicanísimo agudo. Esta jaula, pintada con amarillo limón, pequeño mueble rococó, teatrito de singular arquitectura, estaba cubierto con su pequeño dosel de terciopelo para evitar insolaciones a los cómicos pajaritos.





Para poder avanzar y salir con bien de este laberinto es preciso un práctico, como en las ensenadas difíciles. Sin él nos pararíamos ante el primer montón de cosas y no llegaríamos nunca a los mejores. Inés Amor, esta mexicana inteligente y activa, nos llevó, a Pedro Salinas, el poeta, y a mí, a un corredor del mercado que parecía el templo de la magia, cubierto desde el suelo al techo con la más rica variedad de plantas aromáticas y medicinales, que uno puede soñar, más algún camaleón vivo, algunas alas de murciélago y algunos cuernos de macho cabrío. Delante del puesto número 380 campeaba un cartelón que decía: “Dominga Paredes, herbolaria. Vende toda clase de hierbas medicinales, explicando su procedencia de cada una de ellas. Cura toda clase de enfermedades. Especialidad en venéreas y del corazón.” Y en otro, lo que sigue: “Curo la diabetes y la úlcera del estómago, la tuberculosis, la sangre [este nombre acompañado de un manchón carmín], embriagues [así, con s], sin perjudicar el organismo.”


Mil aromas invitaban a comprar. Pero ¿para qué? La herbolaria nos sacó de dudas: “Para un baño tónico y aromático”. Y nos puso en un papelón varios puñados de estas hierbas: toronjil, hinojo, romero, azocopaque, santodomingo, pericón, azahar, hoja de higo, ruda, cedrón, rosa de Castilla y manzanilla.



La experta, la práctica, la conductora Inés nos empujó a otro corredor lleno de encanto, pasando sin detenernos ante los puestos de chiles variadísimos den tamaño, colores y calidades. Este otro corredor estaba especializado en objetos de caña, paja, petate, jarcia, junco y madera. Es decir, en canastos, cestas, sillas, anaqueles e infinidad de variantes.



A partir de este segundo corredor ya no pude ordenar mis observaciones. Sólo puedo decir que salimos a una calle, a cuyo fondo se veía una extrañísima iglesita barroca llamada del Cristo de Manzanares. Donde había patibularias y sucias imágenes entre centenares de lamparitas de aceite, paredes renegridas y altares sin lienzo. Sé que tuve en mis manos ojos de venado, secos y adornados con hilos y cuentas de plata, útiles contra el mal de ojo, y manitas de azabache que vendían las mismas mujeres para el mismo fin. Sé que observamos las llamadas encomiendas, que son portales para mercaderes, y notamos que en el interior de todas ellas lucían altarcitos con su correspondiente lámpara encendida. Sé que pasamos cerca del Callejón de la Pulquería de Palacio y que nuestros ojos se colaban por puertas con vistas a corredores superholandeses donde flameaban los lienzos colgados a secar y se movían mujeres y niños, entre hombres apoyados en bultos de mercancía.





Dando vueltas por puestos de frutas ricas y bajo letreros y muestras de tiendas pintorescas, objetos brillantes y mates, coloreados o desvaídos, fuimos a parar a unas barracas donde vendían soldaditos de plomo o apetitosos dulces más visitados por las moscas de lo que era menester. Pedro Salinas goza con todos los productos menores del pueblo artista y se detuvo a comprar chácharas plumíferas y de barro. Compró soldaditos de plomo y todo un bestiario de diminutas figurillas arcillosas tan toscas como gráciles. La vendedora nos ofreció unos banquillos muy bajos para poder examinar sus géneros extendidos en el suelo.

Y Salinas exclamaba a cada momento: “¿No es un encanto comprar así, en plena calle, sentado bajo un toldo y sin prisas ni abusos?” Todo el papelón lleno de figurillas costó noventa y cinco centavos.


Nuestro examen final fue el de los dulces. La dulcería es en México un tema tan cabal y tan extenso que tardaré varios años en medio documentarme para poder abordarlo. En este momento baja de su motocicleta un militar, compra un dulce hincado en un palillo, se lo pone en los labios monta otra vez y arranca veloz. Nuestros ojos escudriñan, saltan y comparan buscando los dulces más seductores de forma, color y jugosidad. Entre los puestos andan o duermen los perros. Hay dulcerías de éstas que preservan sus confituras con vitrinas, otras no. Despachan mujeres de abundantes carnes, que mientras no tienen parroquianos, amamantan a sus chamacos. El colorido de los puestos es variado pero, por si no bastan los colores de los dulces, cuelgan de las paredes abigarrados cartones de lotería con premios en juguetes entre tiras de plata y oro.




(Tomado de: Moreno Villa, José – Cornucopia de México y Nueva Cornucopia mexicana. Colección Popular #296, Fondo de Cultura Económica, S.A. de C.V., México, D.F., 1985)