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lunes, 13 de julio de 2026

El otro Juan Diego

 


El otro Juan Diego 

Por A.C.

Cuenta la tradición que Juan Diego Bernardino era natural del pueblo de Santa Isabel Xiloxostla, Tlaxcala. En la primavera de 1541 penetró en un bosque de ocotes a orillas de una barranca. Angustiado por los estragos que la peste hacía entre los suyos, en el pueblo de Santa Isabel, resolvió recoger agua del río Zahuapan, que corría por ahí cerca, para aliviar un poco el malestar de los enfermos. De pronto salió a su encuentro una hermosísima mujer que le dijo: -Dios te salve, hijo mío. ¿A dónde vas? 

Cuando recuperó el habla, Juan Diego respondió: -Voy a llevarles un poco de agua del río a mis enfermos, que se mueren sin remedio. 

Ante la bondad del indio, la virgen le ordenó: -Ven conmigo. Te daré otra agua para que se extinga el contagio y salven no sólo tus parientes sino todos los que beban de ella, pues mi corazón ya no soporta tantas desdichas sin remediarlas. 

Acto seguido, la virgen hizo brotar un manantial perenne y dijo a Juan Diego: -Quien beba de esta agua quedará completamente sano. 

En la cumbre del cerro había una pequeña iglesia dedicada a San Lorenzo. Señalándola, la virgen ordenó: -Avisa a los religiosos de mi parte que en este mismo sitio hallarán una imagen mía que quiero que sea colocada en aquella capilla. 

Juan Diego llevó el agua a su gente y contó el milagro a los franciscanos. Éstos, después de meditar, enviaron al otro día a Juan Diego por el rumbo donde tuvo lugar la aparición y lo siguieron sin que él se diera cuenta. Muchas personas se unieron a la comitiva y al llegar al ocotal contemplaron que todos los árboles ardían sin consumirse, especialmente uno muy corpulento. Al día siguiente el árbol fue abierto por la mitad y en sus entrañas se encontraron una hermosa escultura de la virgen María. 

Actualmente el templo (a 2 km de Tlaxcala) es conocido como el Santuario de Ocotlán. Dicho acontecimiento ocurrió, según la tradición, 10 años después de la aparición en el Tepeyac.


(Tomado de: A. C. - El otro Juan Diego. Contenido #440, Contenido, S. A. de C. V., México, D. F., febrero del 2000)

martes, 30 de junio de 2026

Gerardo Fernández Noroña, líder profesional

 


Gerardo Fernández Noroña, líder profesional 

Por Alejandrina Aguirre 

¿Quién es el más nuevo y agresivo líder de los taxistas del DF? Gerardo Fernández Noroña. ¿El mismo que encabeza una de las más combativas asociaciones de deudores de la banca? El mismo. ¿Cómo es que ahora defiende a choferes de taxis? Es una historia interesante. 

Fernández Noroña -un sociólogo de 39 años de edad, soltero y padre de dos hijos- dice que la primera vez que probó la injusticia fue en la primaria, a los 6 años de edad. -A mediados de los 60 -exagera- era aún común que maestras y profesores golpearan a los alumnos, para castigar las travesuras, desde entonces detesto el autoritarismo y los abusos. Todavía me siento como uno de aquellos niños, que muchas veces ni sabían por qué les pegaban. 

Hijo de michoacano y defeña, el sociólogo fue el mayor de 5 hermanos, criados por parientes cuando el matrimonio de los padres se desintegró. 

A Fernández Noroña le tocó en suerte (a los 5 años de edad) vivir con la abuela materna, una viuda que para mantener al crío hacía labores de costura y vendía de puerta en puerta cosméticos y productos de limpieza. 

Poco después, abuela y nieto se mudaron a un departamentito en una unidad habitacional del IMSS en Tlalnepantla, donde se les unió una tía. -Eran mujeres "luchonas", que se daban tiempo para disfrutar de la vida y preocuparse por el sufrimiento de los demás, tal vez por su profunda religiosidad -evoca el nieto con gratitud. 

Primeros pasos 

Aunque en la primaria y secundaria se mostró estudioso pero más bien tímido -nunca participaba en los festivales escolares y prefería pasearse solo en los recreos- en la preparatoria se convirtió en líder estudiantil, para deslumbrar a una muchacha que le agradaba. El enamoramiento no duró; en cambio el gusto del chico por la popularidad fue tal que ya nunca quiso abandonar las mieles del liderazgo. 

Luego de un fugaz coqueteo con la ingeniería, se matriculó en sociología en la UAM, plantel Azcapotzalco. Mientras era estudiante, Fernández se empleó en una clínica del IMSS, de donde lo corrieron por "revoltoso", porque organicé a los trabajadores eventuales para que defendieran sus derechos-, asegura. Para ganarse la vida dio clases en diversas preparatorias particulares, de donde invariablemente lo despidieron por su manía de exponer a los educandos las bondades del marxismo. 

Recién graduado en 1983 -con una tesis sobre el sindicalismo y sus relaciones con el Estado mexicano- Fernández encabezó un movimiento de 15,000 familias que protestaron porque el IMSS decidió vender a inmobiliarias particulares los departamentos de diversas unidades habitacionales propiedad de la institución y alquiladas bajo el régimen de "rentas congeladas" (él habitaba una de esas viviendas). Al cabo, los departamentos se vendieron a los inquilinos y Fernández se aprendió valiosas lecciones que después aplicó en su carrera de líder. 

Descubrió, por ejemplo, que ofertas y ventajas van en relación directa al ruido que uno sea capaz de provocar: su defensa de los inquilinos del IMSS fue tan tronante que, para neutralizarlo, lo invitaron a colaborar en la institución, impartiendo conferencias y cursillos sobre seguridad en el trabajo.

Simultáneamente, el joven se interesó por la política partidista y en 1986 fue candidato a diputado por el extinto PMS [Partido Mexicano Socialista], parte del Frente Democrático Nacional que ese año postuló a Cuauhtémoc Cárdenas para la Presidencia. De ahí pasó al PRD y en 1990 renunció a su empleo en el IMSS para dedicarse de lleno al partido, sumado al enjambre de los seguidores más cercanos de Porfirio Muñoz Ledo que nunca fueron bien vistos por los altos mandos del neocardenismo. -Por 5 años me "congelaron" -relata- porque me rebelé contra los desmanes del comité ejecutivo del partido, dominado por los incondicionales de Cárdenas. No abandoné el PRD porque, a pesar de sus defectos, es el único partido verdaderamente preocupado por la democracia en este país. (En 1999 fue "perdonado" y lo admitieron en el CEN perredista).

Deudores en rebeldía 

Las tribulaciones de Fernández Noroña con la banca dieron comienzo en 1992: solicitó un crédito hipotecario por 120,000 pesos. Dos años después, asegura, había cubierto 115,000 pesos entre pago de intereses y abonos al capital, pero su deuda, tras la devaluación de 1994, se elevó a 800,000 pesos. "Sólo la unión hace la fuerza", se dijo, y fundó la Asamblea Ciudadana de Deudores de la Banca (de la cual sigue siendo presidente). Los jerarcas del PRD no le vieron entonces posibilidades al movimiento y dejaron al francotirador librado a su suerte. 

Fernández Noroña no se dejó amilanar. Para capturar a sus primeros seguidores, se lanzó a las calles a invitar a los transeúntes a reuniones en parques públicos, donde los exhortaba a defenderse de las injusticias de la banca. Cuando la organización del perredista empezó a ganar los primeros juicios contra el embargo de bienes inmuebles de los socios, más y más morosos se unieron al sociólogo, que llegó a contar con 3,000 asociados en el DF, Guadalajara, Zacatecas, Acapulco, Tepic y Veracruz, cada uno de los cuales pagaba al líder 220 pesos mensuales por sus servicios de gestoría. 

Fernández Noroña organizó infinidad de marchas y plantones en diversos rumbos del DF. Adoptó un disfraz de luchador (el "Chupacabras", se autobautizó) e instaló sus oficinas en una tienda de campaña a un costado del Palacio Nacional, donde recibía un constante desfile de simpatizantes. 

Empezó a volverse famoso en marzo de 1996, cuando irrumpió con pancartas en la convención de los banqueros celebrada en Cancún. 

Para no perder vuelo, en julio Fernández Noroña se arrojó a los pies del presidente Ernesto Zedillo que salía del Palacio Nacional seguido de una cauda de reporteros. El mandatario se vio forzado a detenerse y ayudar al quejoso a ponerse de pie. Las fotografías del suceso dieron la vuelta a medio mundo. 

Romanticismo vs. marxismo 

Al año siguiente, otra vez en Cancún, Fernández Noroña intentó de nuevo colarse en la convención de los banqueros y fue detenido o secuestrado, según se vea, por judiciales federales disfrazados enfermeros que amenazaban con llevarlo a un manicomio. Para entonces el PRD ya no podía darse el lujo de ignorar a su ruidoso militante y pagó una fianza de 13,000 pesos para liberarlo. 

A partir de entonces, el movimiento de los deudores de la banca empezó a perder fuerza y Fernández Noroña decidió invertir parte de sus ahorros en adquirir taxis y ponerlos a trabajar en el DF, donde esperaba contar con ayuda de los funcionarios emanados de su propio partido. Pero dice que descubrió sucios manejos y decidió combatirlos: fundó el Movimiento Unificador de Taxistas que ya agrupa a varios centenares de agremiados (muchos de ellos, sus propios choferes) y se lanzó a denunciar la corrupción en la Secretaría de Transportes y Vialidad capitalina, aún dominada -asegura el líder- por enquistados priístas que extorsionan a los taxistas para desprestigiar al gobierno perredista. 

-Aunque en mi lucha he sufrido detenciones, represión y amenazas de muerte, además de ofertas de dinero, no cejaré en mi sueño de convertir a México en un país libre -entona con exaltación-. Soy un político romántico con ganas de ayudar a la gente, no un marxista dogmático. Como decía mi abuela: si socialista es el que procura que el pueblo tenga comida, vivienda, empleo, salud y oportunidades de viajar y desarrollar sus aptitudes, entonces yo quiero ser socialista. Toda la vida.


(Tomado de: Aguirre, Alejandrina. - Gerardo Fernández Noroña, líder profesional. Contenido #440, Contenido, S. A. de C. V., México, D. F., febrero del 2000)

viernes, 12 de junio de 2026

El enigma de Juan Diego



El enigma de Juan Diego 


Por siglos, el misterio de su existencia originó enconadas disputas entre historiadores y teólogos y feroces polémicas, traiciones y zancadillas entre los más altos prelados. El veredicto final está hoy en la mente del papa. 

Por Alejandro León 

-Tenía que ser otro alemán -dicen que refunfuñó el arzobispo primado de México, cardenal Norberto Rivera Carrera, cuando hace 3 años se reveló por primera vez que el abad de la basílica de Guadalupe, Guillermo Schulenburg, ponía en tela de juicio la existencia del indio Juan Diego y su milagroso encuentro con la virgen en el Tepeyac. El segundo alemán a quien aludía el jefe de los católicos mexicanos es Martín Lutero, el sacerdote cuyas críticas y denuncias desencadenaron en el siglo XVI la mayor crisis en la historia de la Iglesia. Se trataba de una exageración, porque las dudas de Schulenburg -vagamente expresadas y compartidas por muy pocos- jamás llegarían a provocar un cisma, ni siquiera una crisis. Aún así, Rivera se lanzó con tal denuedo contra el disidente que en pocas semanas el abad de 77 años de edad y que por 3 décadas había reinado en la basílica con sus tesoros, se vio obligado a retirarse debido a lo que el derecho canónico denomina odium plebis, odio del pueblo, escándalo de la multitud. 

Por lo pronto, sin embargo, Schulenburg siguió como poder tras el trono -con el título de abad emérito- y 2 de sus más fieles colaboradores, al frente de la basílica: el arcipreste Carlos Warnholtz (otro descendiente de alemanes, de 74 años de edad y 50 de sacerdocio) y el bibliotecario Esteban Martínez de la Serna. 

Las aguas sólo volvieron a agitarse a fines del año pasado, cuando trascendió en el Vaticano que la congregación de las Causas de los Santos se disponía a recomendar, tras 14 años de análisis jurídicos y teológicos, la canonización de Juan Diego; y que tal vez el papa retornará ese año a México para elevar a los altares al indio en cuya existencia Schulenburg no logra creer. 

Juan Diego fue beatificado por Juan Pablo II en 1990, pero ello no desesperó a Schulenburg porque un beato es sólo un siervo de Dios exhibido ante los creyentes como buen ejemplo, para fortalecer la fe, sin por ello atribuirle milagros ni erigirlo en intermediario entre los hombres y la divinidad. 

Santa indignación 

Santificar, en cambio, implica declarar por la infalible voz del papa que el ungido fue perfecto, libre de toda culpa, capaz de hacer milagros y merecedor de culto en todos los altares. Esta perspectiva escandalizó al ex abad Schulenburg, el arcipreste Warnholtz y el bibliotecario Martínez de la Serna, quienes vertieron todas sus objeciones en una carta al cardenal Ángelo Sodano, secretario de Estado de la Santa Sede, con copias para monseñor Tarsicio Bertone, secretario de la Congregación de la Doctrina de la Fe y monseñor José Saraiva Martins, prefecto de la congregación de las Causas de los Santos: 

"El papa se pondría en ridículo si canonizara a una persona antes de que quede clara su existencia", clamaba la misiva, que tal vez habría pasado a dormir un sueño eterno en algún archivo del Vaticano sin manos anónimas (amigos vaticanos del cardenal Rivera Carrera, creen los schulenburguistas) no hubieran filtrado una copia al periodista italiano Andrea Tornelli, del diario milanés Il giornale y la influyente revista mensual 30 giorni: el mismo columnista que con su revelaciones de 1996 había provocado la primera caída de Schulenburg. 

La reacción de la alta jerarquía fue fulminante. Los más altos prelados amenazaron a Schulenburg con la excomunión, algo terrible para un católico que vive sus últimos días; el obispo de Ecatepec Onésimo Cepeda, presidente de la Comisión Episcopal de Comunicación Social, declaró a la prensa que no se debe tomar en serio al anciano abad, porque "ya está mal de la chiluca"; y el nuncio apostólico Justo Mullor, representante diplomático de un Estado extranjero, decidió invadir la jurisdicción de la Iglesia católica mexicana y ordenó una auditoría a la basílica de Guadalupe, acusando implícitamente al ex abad de haber hecho fortuna robando por décadas las limosnas de los pobres. 

Shulenburg quedó moralmente tan maltrecho que se encerró en su mansión de las Lomas de Chapultepec y se niega a hablar con extraños. Dicen que está sumido en la depresión y temen por su vida. 

Aparicionistas vs. antiaparicionistas

La discusión sobre la existencia de Juan Diego y la realidad de su encuentro con la virgen, es cosa añeja: ya en septiembre de 1556 (25 años después de la supuesta aparición) fray Francisco de Bustamante (1485-1562), provincial de los franciscanos en la Nueva España, puso ambas cosas en duda en un sermón pronunciado como respuesta a la prédica que en alabanza de la guadalupana realizara poco antes fray Alonso de Montúfar (1498-1573), arzobispo de México entre 1551 y 1573 y primer impulsor del culto a la virgen del Tepeyac. El padre Bustamante creía que la imagen del ayate era obra de Marcos de Aquino, un indio famoso por su habilidad como pintor y calificaba la creencia en esta aparición, como "idolatría " (ver la guadalupana en el cincuentenario de un atentado; Contenido, Ene. 1972).

En años siguientes (1575-77 y 1585) fray Bernardino de Sahagún (1499?-1590) calificó esa devoción como un grave error de evangelización, pues, según él, los indios adoraban en realidad a Tonantzin, deidad femenina de la maternidad y la fertilidad. 

También se asoció el culto a la Guadalupe mexicana (nombre de origen árabe cuyo significado preciso se ignora: los etimólogos lo traducen por "río de lobos", "río de corazón", "río escondido" o "río de luz") con el de su homónima española de Extremadura, de la que muchos conquistadores eran devotos. 

En aquella región de España se rendía adoración desde el siglo XII y con ese apelativo a una imagen encontrada en el monte por el pastor Gil Cordero, cuya aventura guarda asombroso paralelismo con la de Juan Diego: ambos episodios ocurren en un cerro, los protagonistas son pobres; suceden sendos milagros (en el caso español, una vaca resucita) y en los 2 la virgen solicita que se levante un templo en su honor (el peninsular, en la villa de Cáceres, a 500 km de Madrid).

En México, el culto cobró irresistible fuerza a partir de 1648, gracias a la publicación del libro Imagen de la virgen María Madre de Dios de Guadalupe, del padre Miguel Sánchez, que narra con detalle las apariciones aunque reconoce la inexistencia de documentos históricos que las prueben. Inclusive, al final del libro se incluyó una carta del bachiller Luis Lasso de la Vega, vicario de la ermita de Guadalupe, en la cual admite que ni él ni sus antecesores habían tenido referencia del origen milagroso de la imagen que allí se veneraba. 

Tan dolido quedó el bachiller Lasso por la exhibición de su ignorancia que un año después publicó el Hueitlamahuizoltica, una compilación de textos en náhuatl y español sobre las apariciones y prodigios de la virgen en el Tepeyac. Interesó especialmente a los "aparicionistas" la parte titulada Nican mopohua, atribuida a un indígena hispanizado de estirpe noble llamado Antonio Valerian,  que narra los hechos con minucia. 

Un Schulenburg del siglo XIX 

La circulación de los textos aparicionistas no amilanó a los negadores el milagro. El 12 de diciembre de 1794 fray Servando Teresa de Mier (1765-1827) se mofó del milagro en un sermón pronunciado en plena basílica de Guadalupe y lo asoció con la supuesta evangelización de los mexicanos por Santo Tomás-Quetzalcóatl, lo que le valió ser desterrado 10 años a España, inhabilitado como sacerdote. 

Casi un siglo después, en enero de 1884, se realizó en la basílica de Guadalupe la apertura del proceso canónico para la beatificación y Canonización de Juan Diego; el juicio duró 2 años, tuvo lugar en la iglesia de la Profesa en el DF y al cabo la causa fue desechada por falta de pruebas. Diez años más tarde, en 1896, el arzobispo de México, Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos (1816-1891), solicitó al prestigiado historiador Joaquín García Icazbalceta (1825-1894) buscar  pruebas fehacientes de la existencia de Juan Diego para promover la canonización del indígena. 

En su equilibrada respuesta el erudito admitía que la ausencia de textos anteriores a 1648 (año de publicación de la Imagen del padre Sánchez); la anula mención del suceso en los documentos del obispo fray Juan de Zumárraga (1468-1548) -segundo personaje en importancia después de Juan Diego-; la imposibilidad de los indios de pronunciar el nombre "Guadalupe" por carecer su alfabeto de la letra "g" y el sospechoso parecido de la imagen mexicana con la española de Extremadura, habían convertido sus dudas en "certeza de la falsedad del hecho". "Y no he sido el único -proseguía-. Por eso juzgo que es cosa muy delicada seguir defendiendo la historia" (ver Un historiador niega la existencia de Juan Diego; Contenido, Jul. 1990).

En ese mismo año el obispo de Tamaulipas, Eduardo Sánchez Camacho (1838-1920) se opuso a la coronación de la virgen de Guadalupe como patrona de México, aunque se vio obligado a asistir a las festividades. Al cabo, al igual que Schulenburg, tuvo que dejar su obispado debido al escándalo que provocaron sus afirmaciones. Algunos dicen que desde Roma le ordenaron dimitir y se retiró a su quinta El olvido, donde pronto murió, según se dijo, de tristeza. 

Oscuro final 

En este siglo se hicieron esfuerzos para disipar tantas dudas. En los años 60, a petición del entonces flamante abad Schulenburg, arqueólogos del INAH [Instituto Nacional de Antropología e Historia] excavaron en la antigua capilla de indios a la búsqueda de los restos de Juan Diego. No los hallaron. 

Otro golpe para los "aparicionistas" fue la nueva disposición que el papa Paulo VI hizo en la carta apostólica Motu Proprio, de febrero de 1969, en la que ordenó revisar el calendario litúrgico para dar de baja a los santos que nunca existieron. Un mes más tarde quienes no pasaron la prueba de la historia fueron borrados del santoral católico; entre otros san Jorge, el matadragones, patrono de Inglaterra; san Cristóbal, patrono de los camioneros; san Juan Nepomuceno, patrono de los confesores y de la buena fama; y santa Filomena patrona de los hijos de María. Para evitar suspicacias posteriores, el pontífice estableció que era requisito indispensable comprobar la existencia histórica de los candidatos a beatos o santos. 

Sólo tras la llegada del cardenal Ernesto Corripio Ahumada a la Arquidiócesis de México en 1977 se impulsó seriamente la beatificación de Juan Diego. Corripio consiguió que en 1981 el indígena fuera nombrado siervo de Dios (si bien lo mencionan como beato, el papa Juan Pablo II ha omitido hasta la fecha hacer el pronunciamiento formal: sólo otorgó permiso en mayo de 1990 para que se le rindiera culto público, lo que el derecho canónico califica como "beatificación equivalente" o de facto).

Ante la presión de Corripio de desechar reticencias y al menos beatificar formalmente a Juan Diego, el Vaticano admitió la entrada de la causa y se nombró al historiador y sacerdote José Luis Guerrero "postulador nacional" con la responsabilidad de probar la existencia real de Juan Diego. 

En sólo 17 años Guerrero logró lo que en 450 había sido imposible. Según sus investigaciones, Juan Diego nació en 1474, se llamaba Cuauhtlactoatzin ("la venerable águila que habla", en náhuatl), tenía un Palacio en Cuautitlán y había realizado casi 40 milagros. -Es imposible dudar que efectivamente vivió en el siglo XVI un indígena llamado Juan Diego y que se le apareció la virgen -afirma Guerrero- inclusive, Zumárraga llegó a mencionarlo en una carta, hoy desgraciadamente perdida. 

Según el estudioso, la primera noticia del documento extraviado la dio el padre Miguel Sánchez en el siglo XVII, cuando aseguró que la carta en cuestión estuvo en poder de otro clérigo hasta que le fue robada. -Suena ridículo -acepta Guerrero- pero entonces el papel era escaso en México y muchos archivos fueron saqueados, principalmente para fabricar cohetes. 

Otra versión sobre la hipotética carta -también investigada por Guerrero- refiere un relato del franciscano Pedro de Mezquia que data del siglo XVIII, quien afirmó que el documento estuvo en el convento de Vitoria, España, hasta 1715, cuando desapareció en un incendio. -Viajé a Europa para comprobar los hechos y descubrí que eran ciertos y que Mezquia sí había estado en ese lugar -asevera Guerrero-, lo que certifica, así sea circunstancialmente , a verdad de sus afirmaciones. 

Un manuscrito dudoso 

Otra prueba esgrimida por el postulador Guerrero es el Códice Escalada o Códice 1548 (por el año de su redacción), descubierto hace 3 años por el jesuita Xavier Escalada en la biblioteca de un coleccionista privado que prefiere el anonimato. Aunque el investigador de la causa para la colonización de Juan Diego asevera que el manuscrito fue sometido a estudios grafológicos y químicos que validan su autenticidad, historiadores como Xavier Noguez (autor del libro Documentos guadalupanos) y Ángel T. Gutiérrez Zamora -del libro El guadalupanismo- lo ponen en entredicho y aun afirman que su falsedad sería evidente si se le sometiera a la prueba del carbono 14. 

Aunque poco difundido aún, el Códice Escalada -firmado por fray Bernardino de Sahagún y el juez Antonio Valeriano, el mismo que habría redactado el Nican mopohua- da cuenta precisa de la existencia de Juan Diego e incluso documenta su muerte, en 1548, mismo año que la de fray Juan de Zumárraga.

Para el historiador Guerrero y coautor del libro El encuentro de la virgen de Guadalupe y Juan Diego, muy preciado por la iglesia, la historia científica no se basa en una prueba, sino en una convergencia de pruebas: -En el caso de Juan Diego -ilustra-, su existencia se confirma con pruebas documentales (los códices Escalada y Nican mopohua), iconográficas (la imagen misma), jurídicas (Bartolomé López, conquistador y vecino de Colima, ordenó en 1537 que se le dijeran misas en el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe en el Tepeyac; lo mismo hizo en 1939 una señora María Gómez); arqueológicas (las ruinas de la que habría sido casa de Juan Diego, conocida desde el siglo XVI); y testimonios orales dados por testigos que datan de 1666 y que rindieron informes sobre Juan Diego ante ante las autoridades eclesiásticas de Cuautitlán. 

Para el investigador Guerrero todo esto redondea una "prueba plena": -Cada cosa por separado puede discutirse, pero el conjunto, no -concluye.

Cosa juzgada

Acerca del testimonio de Joaquín García Icazbalceta, en apariencia tan apabullante para los creyentes en Juan Diego, el padre Guerrero dice que un amigo del historiador, el obispo de Yucatán, Crescencio Carrillo y Ancona, publicó en el Diario de México en agosto de 1896 (dos años después de la muerte de Icazbalceta) una carta fechada en diciembre de 1888 en la que el propio don Joaquín manifestaba que ya había cambiado de parecer. 

Todo lo cual no acabó ni acabará con la polémica en torno a Juan Diego, porque el milagro del Tepeyac y sus protagonistas se volvieron políticamente indispensables: haya existido o no Juan Diego, lo cierto es que, cuando se generalizó el culto a la virgen de Guadalupe, que cautivó la imaginación del pueblo, los indígenas que antes habían rehuido la conversión al catolicismo, corrieron por millares a bautizarse; y que los primeros insurgentes de 1810 tuvieron que enarbolar el estandarte guadalupano para arrastrar a la guerra a un pueblo al que sólo unía la fe en la virgen del Tepeyac. 

A pesar del escándalo y la eventual demora en el proceso de canonización es muy probable que Juan Diego se convertirá en el segundo santo mexicano. Para su canonización solo resta que los teólogos de la congregación den su último veredicto a favor y que el papa dé lectura al decreto y fije la fecha de ceremonia. 

Por fin, un alicaído Schulenburg se reunió el 9 de diciembre con el nuncio Mullor, sin que se informara sobre lo tratado. El arcipreste Carlos Warnholtz, a su turno, reconoció ante este reportero el 14 de diciembre pasado: "Me temo que estábamos equivocados". Aunque insistió en que consideradas aisladamente, todas y cada una de las pruebas de la existencia de Juan Diego son débiles, sumadas, no dejan lugar a dudas: 

-El conjunto es tan "denso" que se puede proceder con certeza moral a canonizar a Juan Diego -concluyó con voz ahogada. 

Un alto prelado que se niega a decir si cree o no en el milagro del Tepeyac, sintetizó así la situación: -Si Juan Diego no hubiera existido, por el bien de México, habría que inventarlo; y eso hará el papa, que ama a este país. 


(Tomado de: León, Alejandro - El enigma de Juan Diego. Contenido #440, Contenido, S. A. de C. V., México, D. F., febrero del 2000)

lunes, 18 de mayo de 2026

El “Trío Veneno” y socios


 VIII 

El “Trío Veneno” y socios 


Los llamaban primero “Los Cuatro Ases de la Canción”. Eran Mario Talavera, Ignacio Fernández Esperón, Alfonso Esparza Oteo y Miguel Lerdo de Tejada. Años después, al morir este último, los restantes fueron conocidos como el "Trío Veneno", tal vez por el mordaz ingenio de que hacían gala en el ambiente bohemio. 

Si bien Lerdo de Tejada se significó por sus innovaciones musicales, su dinamismo y visión para crear fuentes de trabajo para los músicos nacionales, sus composiciones en términos generales pecaron de europeizantes y pocas de ellas lograron gran popularidad; su obra máxima fue la canción Perjura, de intenso sabor italiano. Por otra parte, Lerdo de Tejada fue muy respetado en el ambiente musical. 

En cuanto a sus tres colegas, aunque algunas de sus piezas conservaron rasgos de extranjerismo, la mayor parte siguió los lineamientos nacionalistas fijados por Manuel M. Ponce; así, el magnífico trío se erigió en pilar fundamental de la canción mexicana moderna y, por ende, en forjador de la Época de Oro que ya anunciaba su llegada. 

¿Cantar o componer? 

El veracruzano Mario Talavera, nacido en 1885, pudo ser un gran cantante de ópera o uno de los intérpretes de música popular más famosos de su tiempo, pero nunca concedió gran importancia a su extraordinaria voz de tenor. Tenía alrededor de 25 años de edad cuando concluyó sus estudios en el Conservatorio Nacional de Música; entonces se dedicó brevemente al género operístico y algunos críticos llegaron a comparar su voz con la de Caruso.

Hizo algunas giras exitosas por varios países, demostró que podía triunfar como cantante y después se dedicó a la composición. También en esta actividad se destacó inmediatamente. Pero ni la popularidad de sus bellas canciones Gratia Plena, China, Arrullo y otras, hizo olvidar a sus allegados el desperdicio de su privilegiada voz. 

¿Fue acaso demasiado bohemio para aceptar las renuncias y limitaciones que implica el canto? Lo cierto es que sus canciones fueron popularizadas principalmente por las voces de Jesús Pedraza, el doctor Alfonso Ortiz Tirado y Felipe Llera (por cierto, este último a diferencia de Talavera, supo combinar el canto y la composición, escribió canciones tan conocidas como La casita, cantó ópera e interpretó la canción mexicana formando dueto con su esposa su esposa Julia Irigoyen).

Enjuto y sonriente, el caballeroso Mario Talavera se destacó también como un conversador de gran ingenio y como una eficaz defensor y organizador de los compositores mexicanos. 

Las glorias de “Tata Nacho

Miembro destacadísimo del grupo precursor de la Edad de Oro fue el también "venenoso" Ignacio Fernández Esperón, mejor conocido como "Tata Nacho". Este sobrenombre, dicho sea de paso, se lo pusieron sus compañeros de juegos cuando, muy pequeño todavía, sufrió una grave caída en la que perdió parte de la dentadura y habló "como viejito" durante algún tiempo, mientras le hacían su dentadura postiza. 

"Tata Nacho" no se afilió a la bohemia: nació en ella. En su Oaxaca natal su casa era centro de reunión de artistas y literatos, pues el doctor Ignacio Fernández Ortigoza, su padre, era un gran aficionado a la música, la poesía y sobre todo la conversación. Por otra parte, su madre era pianista de considerable talento. Cuando la familia se estableció en la Ciudad de México, las tertulias se hicieron aún más frecuentes, ahora con la asistencia de figuras de la talla de Luis G. Urbina y Amado Nervo. Este ambiente pronto hizo sus efectos sobre el pequeño Nacho, quien a menudo abandonaba los juegos infantiles para ponerse a improvisar canciones. No pasaba de los seis años de edad cuando ya sorprendía a los invitados con sus composiciones. 

La catedral de la bohemia 

Estudió en la Escuela Normal de Maestros y desempeñó diversos trabajos de poca importancia y ajenos totalmente a la música. A continuación, su amor al campo lo confundió y decidió inscribirse en la Escuela Nacional de Agricultura: aún no se percataba de que su misión sería cantar a la campiña, no cultivarla. Desorientado, abandonó la escuela y empezó a frecuentar el estudio del pintor y escultor Ignacio Rosas; este lugar era, en plena Revolución, una pequeña catedral de la bohemia capitalina. 

Ahí conoció a la estrella del teatro frívolo María Conesa, al caricaturista Ernesto "Chango" García Cabral, al músico Miguel Lerdo de Tejada e incontables artistas y escritores no menos famosos. Y su vocación musical experimentó una exaltación definitiva. Según relatarían tiempo después algunos miembros del grupo, en una de las reuniones el poeta Francisco Orozco se mostró muy abatido porque lo había abandonado una jovencita que trabajaba como modelo para Rosas. "Tata Nacho" se sentó al piano y ejecutó para el poeta entristecido una de sus canciones, a la que adaptó rápidamente algunas frases alusivas al caso. Así nació Adiós mi chaparrita, canción que daría fama a Fernández Esperón y contribuiría grandemente a abrir las puertas del mundo musical a los compositores mexicanos. 

Afirmaban sus amigos que su otra gran canción, La borrachita, se completó también en el estudio de Rosas; se cuenta que esta vez "Tata Nacho" improvisó la letra inspirado en una hermosa muchacha que frecuentaba al grupo y a la que en esa ocasión se le pasaron un poco las copas:

Borrachita me voy 

para olvidarte;

te quero mucho, 

tú también me queres…

Poco tiempo después, viajó a Nueva York para estudiar música. Dos mexicanos que tenían allá un restaurante le habían ofrecido casa y comida gratuitas. Pero al llegar a la urbe neoyorquina, encontró el restaurante cerrado y para sobrevivir se empleó como escribiente en el consulado mexicano. 

Allá compuso, entre otras, su nostálgica Qué triste estoy. Volvió a México en 1927, recorrió todo el país haciendo investigaciones sobre música folclórica y en 1929 partió a Europa, donde permaneció estudiando y escribiendo música hasta 1937. 

En el Viejo Mundo compuso Nunca, otra de sus creaciones inolvidables. 

Sus viajes por otras tierras le permitieron comprobar la situación desventajosa que padecían los compositores mexicanos: totalmente desprotegidos y sin la posibilidad de vivir del producto de su música, estaban obligados a depender de la ayuda del gobierno, a dar clases o a trabajar como músicos para ganarse el sustento. Por ello, en 1939 decidió unirse a Alfonso Esparza Oteo y otros compositores con objeto de formar un sindicato. En 1948 éste se convirtió en la Sociedad de Autores y Compositores de Música. 

En los años siguientes dirigió el popular programa radiofónico Así es mi tierra, dedicado exclusivamente a la música folclórica. Fue director de la Orquesta Típica de la Ciudad de México y formó un conjunto llamado Rondalla Mexicana. 

En 1963 llegó a la cima de su carrera al ser electo presidente de la Sociedad de Autores y Compositores, y recibir el homenaje nacional que se le rindió a través de los grandes medios de difusión. 

El "Viejo Amor” de un villista

Completaba el "Trío Veneno" el compositor de Aguascalientes Alfonso Esparza Oteo, que había llegado a México todavía "oliendo a pólvora", pues los últimos años los había pasado en la Revolución, combatiendo con los villistas. 

Tenía grandes deseos de triunfo y éste llegó pronto. En sus alforjas traía melodías tan bellas que una editora de música empezó a publicarlas de inmediato. En poco tiempo, el joven Esparza Oteo se hallaba convertido en compositor famoso y en miembro distinguido de la bohemia. La apoteosis sobrevino cuando dio a conocer Un viejo Amor, canción que a medio siglo de distancia se sigue escuchando. 

Esparza Oteo desplegó también una actividad intensa como director artístico de radiodifusoras, director de orquesta y líder de los compositores. Realizó, asimismo, numerosas giras por todo el Continente.

Sus resonantes y frecuentes éxitos, sumados a los de "Tata Nacho" y Mario Talavera, ampliaron para la canción mexicana los cauces abiertos años antes por Manuel M. Ponce. Melodías de calidad tan elevada -y a la vez tan accesibles- como Dime que sí y Déjame llorar o las rancheras Pajarillo barranqueño y Te he de querer, consolidaron el nacionalismo musical, captaron para la canción mexicana el gusto de la gente de toda clase social y sembraron la simiente cuyo fruto sería la época de oro.


(Tomado de: Morales, Salvador y los redactores de CONTENIDO - Auge y ocaso de la música mexicana. Editorial Contenido, S.A. México, 1975)


lunes, 19 de enero de 2026

Caudillos de la nueva oposición; III Salvador Nava


Los caudillos de la nueva oposición 

Sección: Señoras y Señores

Por Pedro Baca y María Julia Guerra 


 III: Salvador Nava


El mismo día que al panista Medina Plasencia le era ofrecida la gubernatura de Guanajuato, en San Luis Potosí otro opositor, Salvador Nava Martínez, reunió a 30,000 de sus partidarios para pedirles perdón por haber creído en los votos de democratización formulados en años recientes por el gobierno federal. En esos días, explican sus allegados, Nava se sentía como Simón Bolívar en el ocaso de la vida, cansado de arar en el mar; de cortarle al monstruo tentáculos y cabezotas que siempre retoñan. 

La historia se inició en la década de los 50, cuando los hermanos Nava Martínez, todos dedicados a la medicina, eran ya figuras de renombre en San Luis Potosí. El mayor del clan, Manuel (fallecido), había sido rector de la universidad local por 2 periodos consecutivos, y en 1958 fue nuevamente elegido tras una tormentosa campaña durante la cual el cacique local, Gonzalo Natividad Santos, trató infructuosamente de imponer a un candidato gobiernista a quien los estudiantes corrieron con huelgas y manifestaciones. 

Aunque más jóvenes, los otros Nava tenían casi tanto prestigio como su hermano el rector, entre otras razones porque cultivaban la tradición de médicos pueblerinos de no cobrarles a los pacientes pobres, curar con ascendiente espiritual más que con medicinas y aceptar huevos, puerquitos o guajolotes en pago de honorarios. 

Hombre hogareño: el oftalmólogo Salvador, por entonces apenas cuarentón, tenía fama de milagroso, y en muchas casas pobres había altarcillos con fotos del doctor y veladoras como testimonio de gratitud de algún paciente rescatado de la ceguera. 

Por aquellos años la política mexicana era todavía un arte marcial cultivada por sombrerudos y empistolados, más duchos en pleitos de faldas y líos de cantina que en labores de gabinete o biblioteca. Entre risas el cacique Santos siempre se vanagloriaba de que en su "prebostazgo" (como él llamaba a San Luis) "sea gringo, gachupín o indio, a todos me los ch..."

Al oftalmólogo Nava, un hombre de hábitos pulcros, no se le conocían malandanzas; parecía obsesionado con su profesión y sus contados ratos de ocio no los dedicaba a la cantina sino a su esposa y 3 hijos, a escuchar música de Mozart y a leer novelas policiacas "de altura". 

La ofensiva final contra Santos se desencadenó en 1958, año a horcajadas entre los sexenios de Adolfo Ruiz Cortines y Adolfo López Mateos, aprovechando las ventanas de vulnerabilidad que el régimen suele abrir a finales y comienzo de cada sexenio. La campaña fue lanzada por Acción Reivindicadora, un grupo local, y la Unión Nacional Sinarquista, que tal vez no habrían logrado movilizar a los apáticos potosinos si los promotores no hubieran reclutado al rector Manuel Nava y a su hermano, el oftalmólogo Salvador, figuras de lo que hoy se llamaría centro derecha, pero independientes y sin compromisos con los partidos. 

Testimonio calificado: El único incidente con los hermanos Nava de que da cuenta Gonzalo N. Santos en sus Memorias, ocurrió durante la campaña presidencial de López Mateos: 

"Una vez que comenzó la gira política del candidato, y a invitación expresa de él", escribió el cacique, "me incorporé para acompañarlo a diversos estados de la república, entre ellos San Luis Potosí. Cuando llegamos a la plaza de la capital potosina, y en lo que bajamos del camión que nos condujo allá, alguien gritó ¡Viva López Mateos, muera el cacique! Comprendí que se trataba de unos cuantos estudiantes de la familia Nava y otros mochos sinarquistas, "sonreídos" muy de cerca por ayudantes del tuerto Manuel Álvarez, entonces gobernador del estado…

"Llegamos a la universidad y todo se produjo en más o menos calma hasta que al fin del mitin los Nava mostraron algunos grandes algunos garrotes dirigiéndose a mí y gritando: "¡Muera el cacique! Como esos individuos lo menos que querían era que yo les mentara la madre, sólo me acerqué al grupúsculo y delante de López Mateos les dije: "Aquí estoy, qué quieren de mí" De inmediato la comitiva del candidato los dispersó, mientras el licenciado López Mateos me comentaba: "Yo he sido estudiante, mi Tigre, y sé cómo se mueve esta gente; no tengas precaución por el incidente".”

Si Santos no hubiera estado ya obnubilado por la adiposidad del poder, habría advertido que el tiempo se le acababa; hasta los jerarcas eclesiásticos, que en otras épocas habían comido de su mano, empezaron a regatearle el apoyo. Al poco tiempo se cumplía una máxima de López Mateos: "Los cacicazgos subsisten mientras el pueblo los tolera"; el movimiento navista consiguió que el "tigre" abandonara el estado.

En aquel clima, Salvador Nava lanzó su candidatura a la presidencia municipal de San Luis Potosí. La campaña alcanzó tal calor que en un momento dado 30,000 manifestantes pasearon por las calles de la ciudad unos ataúdes con los nombres de Santos, el gobernador Álvarez y el candidato del PRI  a la alcaldía, un ahora olvidado Francisco Gutiérrez Castellanos; y fue tan grande el pánico de los huérfanos políticos del cacique, que las fuerzas policiacas se encerraron en el edificio municipal en vez de enfrentarse a la turba. 

Motivos de salud: Durante aquella campaña de 1958 pasó de todo: el 20 de noviembre, los padres de familia familia prohibieron a sus hijos que participaran en el tradicional desfile; y se congregaron ante el palacio de gobierno, para bombardear el edificio (y al gobernador, cuando el pobre hombre se atrevió a asomar las narices) con huevos podridos. Pocos días más tarde se produjeron balaceras que costaron varias vidas, entre ellas la de un niño de 7 años de edad, hijo de un obrero. 

Nava ganó y su triunfo (22,010 votos contra 11,132 del candidato oficial) no pudo ser desconocido. El movimiento navista -dice Tomás Calvillo en su libro El nabismo o los motivos de la dignidad- no se limitó a la capital. En aquella elección presentó candidatos en un buen número de municipios del interior y se le reconocieron triunfos en una decena de ayuntamientos, entre ellos los de San Antonio Rayón, Cerro de San Pedro, Villa de Hidalgo, Santo Domingo, Tampamolón y Villa de Ramos. Abrumado por la derrota, el gobernador Manuel Álvarez pide licencia "por motivos de salud. En su lugar fue designado el entonces diputado federal, Francisco Martínez de la Vega.

Nava recibió el municipio cargado de deudas y con las arcas vacías, pero en apenas dos años de gestión resolvió el problema del drenaje para las siguientes dos décadas, tendió una red de distribución de agua potable de 20 km de longitud e instaló alumbrado público en el 80% de las calles de la capital. 

Sin embargo, el alcalde potosino no tomó en cuenta el cambio de atmósfera que suele operarse a partir del segundo o tercer año de cada sexenio: en 1961 presentó su candidatura para gobernador del estado, cometió el error de ganar, y selló su suerte para las siguientes 2 décadas.

El contendiente de Nava en las elecciones de 1961 fue Manuel López Dávila, un priista poco conocido en la entidad, a quien el oftalmólogo podía derrotar con extrema facilidad. Al que no se podía derrotar era al régimen, incapaz por entonces de entregar un estado de la Federación. Así se lo advirtió a Nava el entonces presidente del PRI, Alfonso Corona del Rosal, quien sugirió que, a cambio de la gubernatura, el potosino aceptara una curul en el Congreso de la Unión. En vez de pactar, Nava denunció públicamente la propuesta, y  a partir de entonces se le cortó la posibilidad de ser protegido por el gobierno federal. 

La trampa contra Nava fue preparada para el 15 de septiembre y estuvo a punto de fallar. 

Haciéndose pasar por emisarios del oftalmólogo, agentes provocadores convocaron a los navistas a un mitin de protesta en la plaza de armas de San Luis Potosí, precisamente a la hora y en el lugar donde tendría efecto la ceremonia del grito. Desde varias horas antes, el sitio apareció rodeado por pistoleros con órdenes de desencadenar una masacre; pero a medida que los despistados partidarios de Nava iban llegando, los propios soldados y policías apostados en las inmediaciones les advertían que se trataba de una trampa, urgiéndolos a alejarse. 

Eclipse: Al cabo, a la hora señalada y cuando repentinamente se apagaron las luces, la balacera se desató, aunque en ella participaron grupos de pistoleros que se confundieron mutuamente con navistas. Al día siguiente Nava y algunos de sus colaboradores fueron detenidos y conducidos al D.F., donde permanecieron más de un mes, primero en el campo militar número uno y después en la vieja penitenciaría de Lecumberri. Durante ese lapso se proclamó en San Luis Potosí el triunfo del candidato priista con 175,646 votos contra 45,617 de Nava. 

Al año siguiente y en vista de que Nava no acató el consejo que le dieron en México de alejarse de San Luis Potosí, el oftalmólogo fue nuevamente detenido y esta vez ya no lo trataron con guante blanco: le dieron tal golpiza que salió de la cárcel con 2 cosillas rotas, graves derrames internos y un brazo paralizado. Le tomó más de un año recuperarse físicamente; mientras tanto, sus principales seguidores se desbandaron o fueron comprados por el gobierno. 

Aún derrotado, Nava conservó su popularidad (mientras estaba en la cárcel, los habitantes de colonias populares de San Luis Potosí hicieron colectas para ayudar a doña Conchita, la esposa del oftalmólogo); pero el desmembramiento del cacicazgo de Santos había provocado un apaciguamiento político que dejó a Salvador Nava sin caldo de cultivo en el cual prosperar. 

Con apenas débiles débiles e intermitentes sacudidas, la calma chicha potosina se prolongó por casi 2 décadas, hasta que el profesor Carlos "La Ardilla" Jongitud Barrios fue impuesto como gobernador en 1979. 

Durante su sexenio, Jongitud -entonces inamovible líder del magisterio- no solo robó, sino que hizo alarde de su latrocinios. Utilizó los cuerpos de seguridad del estado para ayudar a bandas de contrabandistas que dirigían protegidos del gobernador. Con dinero del erario público mandó hacer una enorme residencia, con ínfulas palaciegas, que al término del mandato vendió a la nueva administración, para que se convirtiera en residencia oficial de los gobernadores. 

Por esos años, Salvador Nava regresó a combatir la ignominia. Tras dos décadas de olvido, el oftalmólogo ya ni soñaba con volver a la política activa; pero los desesperados potosinos literalmente fueron a sacarlo del consultorio y lo lanzaron como candidato a alcalde de la ciudad capital del estado, con el improvisado respaldo del PAN y el PDM. Nuevamente los tiempos eran propicios: despuntaba el sexenio de Miguel de la Madrid bajo La invocación de la Renovación Moral, y se esperaba que, al menos, fueran respetados aquellos resultados electorales demasiado claros para poderlos tergiversar. 

Veladoras: Esta vez, como la anterior, Nava recibió la ciudad sepultada bajo montañas de basura, con las calles acribilladas de baches, y deudas tan cuantiosas que, al poco tiempo, el ayuntamiento tuvo que trabajar a la luz de las velas, porque le cortaron la electricidad. Aún así, Nava consiguió remendar las finanzas municipales, y remozar el primer cuadro de la capital potosina. 

Crecido por la victoria, el movimiento navista, aglutinado en el Frente Cívico Potosino, volvió a ganar elecciones en 1985 (no le reconocieron el triunfo) y en 1988 (sí se lo reconocieron).

Durante 1989 y 1990 los navistas tuvieron que hacer una tregua y encender veladoras, mientras rogaban por la recuperación del "doctor Chava", como cariñosamente llamaban al oftalmólogo, quien, víctima de cáncer, se sometía a un traumático tratamiento de quimioterapia. Al término del plazo Nava había descansado lo suficiente y hasta engordado un poco: tan bien se sentía, que aceptó la nominación del Frente Cívico Potosino a la gubernatura, para las elecciones el pasado 18 de agosto. 

El hombre sabía que la oposición dividida estaba destinada al fracaso, así que puso como condición ser candidato único de las fuerzas antipriístas. Metiéndose en la bolsa desconfianza y resquemores, perredistas, pedemistas y panistas se avinieron, y formaron la Coalición Democrática Potosina, CDP

Durante la campaña preelectoral, los partidos de la coalición sólo brindaron a Nava un tibio apoyo moral, mientras luchaban entre sí enconadamente por los cargos legislativos federales que se disputaban. Nava hizo campaña por su cuenta: recorriendo palmo a palmo el territorio del "prebostazgo", comprobó que la lucha iniciada hace 30 años no había perdido actualidad; violencia y opresión seguían imperando en muchas zonas, especialmente en la Huasteca; como antaño, el estado seguía contándose -según parámetros del INEGI- entre los 5 más atrasados del país; y los caciques seguían tan soberbios y corruptos como siempre. 

Lo que pasó inmediatamente después, es conocido. Nadie sabe cuánto tiempo aguantará San Luis Potosí las cosas que le suceden. Lo que sí se sabe es que, mientras le quede vida, Salvador Nava no se dará por vencido.


(Tomado de: Baca, Pedro, y Guerra, María Julia: Los caudillos de la nueva oposición. III Salvador Nava. Contenido, noviembre de 1991, número 341. Editorial Contenido, S. A. de C. V., México, Distrito Federal, 1991)

lunes, 17 de noviembre de 2025

Caudillos de la nueva oposición: II Carlos Medina Plascencia

 

Los caudillos de la nueva oposición 


Sección Señoras y Señores



Por Pedro Baca y María Julia Guerra 


II: Carlos Medina Plascencia 


Después del truculento desenlace de las elecciones de Guanajuato, sólo los priístas quedaron más disgustados que los panistas. En cambio, nadie sabe qué pensó exactamente el alcalde panista de León, Carlos Medina Plascencia, cuando le anunciaron que al fin iban a entregarle el cargo por el cual se había negado a competir un año antes, el de gobernador de Guanajuato. 

Educado en colegios de jesuitas y graduado como ingeniero químico administrador en el tecnológico de Monterrey (1980), el leonés Medina, de 36 años de edad, casi tan alto como Fox y padre de tres niños, era antes de 1988 más conocido por su afición a las carreras de automóviles ("Novato del año 1987" de Fórmula K) y por la velocidad con que había hecho florecer su grupo empresarial familiar, dedicado a la exportación de insumos para la Industria del calzado y con ventas anuales por encima de los 4 millones de dólares. 

Medina dice que se inició en la política más por coraje que por ideología, al contemplar impotente, en 1980, 81, 82, cómo el descabellado régimen de José López Portillo jalaba al país hacia el abismo. Primero, afirma, dedicó tres años a la extenuante tarea de estudiar los postulados del PRI, el PDM y el PAN. En 1985, cuando ya veía todo cuadrado, se decidió por el PAN: ingresó, metió turbo y un año más tarde era, ya, regidor del ayuntamiento de León. 

Mano de hierro: en 1988, manejando las finanzas del PAN, fue uno de los estrategos anónimos del decisivo triunfo de su partido en la región de León (3 diputaciones federales de mayoría). Meses después cosechó su recompensa, la alcaldía de León, con ventaja de 3 a 1 sobre el candidato del PRI. Igual que Fox, también Medina sacó valioso rédito político de la visible inquina con que el gobierno estatal trató al ayuntamiento leonés. Asediado por la falta de recursos, las zancadillas burocráticas y las orquestadas embestidas de líderes de paracaidistas y sindicatos de la CTM, el alcalde tuvo que crecerse en el cargo. Sus críticos dicen que recurrió sin piedad al "mayoriteo" aplastando todo síntoma de disidencia; pero admiten que imprimió a la administración municipal cierto dinamismo empresarial: el primer año, los ingresos presupuestados (36,000 millones de pesos) fueron rebasados en 44%; y los egresos fueron más de 6,000 millones menores a lo previsto. 

A ojos del público, el alcalde Medina se convirtió en candidato natural a la gubernatura; pero el hombre se negó a competir por la postulación contra otros panistas y prefirió, en cambio, apadrinar la candidatura de Vicente Fox. Al fin, como se sabe, tuvieron que intervenir las más altas instancias nacionales, para plantearle una de esas proposiciones que, como decía don Corleone, no se pueden rehusar.


Tomado de: Baca, Pedro, y Guerra, María Julia: Los caudillos de la nueva oposición. II Carlos Medina Plascencia. Contenido, noviembre de 1991, número 341. Editorial Contenido, S. A. de C. V., México, Distrito Federal, 1991)

domingo, 19 de octubre de 2025

Concepción Cabrera de Armida, la gran mística mexicana



 

Concepción Cabrera de Armida, la gran mística mexicana

Considerada a la altura de Santa Teresa de Jesús y Catalina de Siena, esta mujer movilizó arzobispos, obispos teólogos y hasta papas para la realización de una de las obras apostólicas más importantes de la era moderna.

Por Javier Ramos Malzárraga

Corría el 4 de Febrero de 1903. El tranvía paró en el cruce de las calles capitalinas de Bolívar y 16 de septiembre y descendió de él una dama de aproximadamente 40 años, porte distinguido, agradable rostro de piel blanca cubierto con negro velo, y ojos rasgados y azules. Vestía de luto por la reciente muerte de su esposo.

Penetró a la desierta capilla de Nuestra Señora de Lourdes, se acercó al confesionario y tocó 3 veces el timbre. Poco después un sacristán informaba al padre Félix de Jesús Rougier que una dama deseaba confesarse. El sacerdote, superior de los padres maristas, salió a la silenciosa nave y ocupó su sitial en el confesionario.

Sin ver a la mujer que estaba arrodillada detrás de la reja, escuchó la voz que le hizo una breve confesión. Terminada ésta, la dama comenzó a hablarle como una exaltada mística.

"Aquella alma, segura de sí misma y como si Nuestro Señor la inspirara", escribiría más tarde el padre Rougier, "me descubrió todos los pliegues y repliegues de mi alma, y me dijo que era necesario salir del letargo espiritual en que me encontraba y darme decididamente al servicio de Dios mediante una vida nueva. Quedé admirado, estupefacto, indeciblemente conmovido…"

La extraordinaria conversación duró 2 horas.

Nueve años antes, el 3 de mayo de 1894, esta mujer, de nombre Concepción Cabrera de Armida, había inspirado la fundación del Apostolado de la Cruz en la hacienda de Jesús María, San Luis Potosí. En 1897 -otro 3 de mayo, día de la Santa Cruz- había presenciado la instalación de las primeras novicias de una orden de religiosas también inspirada por ella en una casita alquilada por la dama misma, en la Colonia Santa María de la Ciudad de México.

Fundadas ya las 2 primeras obras, Dios le prometió que habría también una congregación de religiosos; ¿quién sería el varón capaz de realizar esa tarea?

En el tranvía en que la dama se trasladaba a su residencia, aquel 4 de febrero de 1903, tuvo la revelación: ese varón lo sería el padre Rougier, un hombre al que jamás había visto, pero de quién le habían contado algunas cosas que la hicieron pensar en acercársele.

Un mes más tarde, un jueves santo, le anunció el confesionario que "Jesús deseaba que él fuera el fundador de los religiosos de la Cruz".

Semejante tarea era muy espinosa: el marista Rougier pensaba: "Los míos me tendrán por extraviado y soberbio, con eso de querer ser yo el fundador de una nueva congregación. Quizás me creerán loco". Pero no tardó en ser persuadido por aquella extraordinaria mística, a quien varios teólogos colocaban "a la altura de Santa Teresa de Jesús y de Catalina de Siena".

Casada y madre de nueve hijos

Concepción Cabrera nació el 8 de diciembre de 1862 en San Luis Potosí, en el seno de una próspera familia de hacendados. Tuvo una niñez enfermiza y en su adolescencia empezó a practicar la equitación por prescripción médica, como ejercicio para fortalecerse físicamente.

Desde que aprendió las primeras letras se encerraba en la biblioteca de la casona y leía cuanta vida de santos caía en sus manos, estudiando sus rasgos, "envidiándolos y pensando cómo los imitaría", según escribió después.

Bella, desenvuelta, alegre y cariñosa, pronto tuvo una legión de pretendientes. El que sería su esposo, Francisco Armida, se le declaró en un elegante baile de La Lonja potosina. En 1884 se casaron, tras 9 años de apacible noviazgo. Mientras brindaban después de la boda, Conchita pidió a su marido 2 cosas: que la dejara comulgar diariamente y que no fuera celoso. Católico devoto, el hombre cumplió fielmente el compromiso.

Hacia 1889, en unos ejercicios espirituales, Conchita escuchó, según sus biógrafos, una voz que le decía: "Tu misión es salvar almas". Poco a poco su misticismo se acentuó. En 1893, cuando ya tenía 9 hijos, solicitó y obtuvo de su confesor, el Padre Alberto Cuzco Mir, el permiso de hacer los 3 votos de pobreza, castidad y obediencia.

Hasta entonces doña Concepción vestía bien, con los refinamientos de la moda de su época; asistía a teatros y reuniones sociales. Pero sentía repugnancia por los vestidos lujosos, las joyas y los convencionalismos.

Sacrificio candente 

Una mañana de enero de 1894, deseosa de hacer un supremo sacrificio de exaltación mística y después de insistirle mucho a su confesor para que la autorizara a grabarse en el pecho el nombre de Jesús, se encerró en el baño de su casa en San Luis y, según narra su biógrafo el padre J. G. Treviño, "con una navaja afilada abrió la carne viva, delineando las iniciales JHS (Jesús Hombre Salvador). Después, con un hierro candente, volvió a renovar el mismo monograma, pasando y repasando el hierro por las heridas abiertas, hasta que se quemaron totalmente... Y no pudiendo sostenerse, cayó de rodillas... y repitió varias veces: ¡Jesús, salvador de los hombres , sálvalos! ¡Sálvalos!"

A partir de ese momento concibió el proyecto de crear las Obras de la Cruz, una organización que con el tiempo llegaría a agrupar a miles de fieles y cuyo fin es establecer en la Tierra el reinado del eEspíritu Santo -el reinado del amor- por medio del espíritu de sacrificio, o sea por medio de la Cruz, símbolo del dolor.

En abril de 1894 redactó con ayuda de su confesor los estatutos de las obras de la Cruz. Mandó pintar el emblema en un lienzo e hizo instalar un monumento a la Cruz en la hacienda de Jesús María, administrada entonces por su hermano, Octaviano. El 3 de mayo de 1894 hubo una gran fiesta religiosa a la que asistieron los rancheros del rumbo para consagrar el monumento.

El entonces obispo de Chilapa, Gro., monseñor Ramón Ibarra y González viajó hasta la hacienda para dar la bendición. El fervor apostólico de la mujer ya lo había impresionado a tal punto que de hecho aceptó convertirse en su seguidor. La ceremonia estremeció a Conchita a tal extremo que al día siguiente se grabó otra cruz en la espalda a sangre y fuego. Un año más tarde, en abril de 1895, monseñor Ibarra concedió la primera aprobación canónica para las obras de la Cruz. Y el 16 de julio de 1897 monseñor Ibarra Ibarra recibió el juramento y bendijo los hábitos de las 7 primeras novicias que tuvo la Congregación de la Cruz. Doña Conchita estuvo presente en la ceremonia como una "invitada más", inadvertida entre los asistentes.

Intrigas

En 1901 Conchita quedó viuda. De rodillas ante el cadáver de su esposo, ofreció guardar perpetua castidad. Acostumbraba a levantarse todos los días antes del amanecer y, recostada sobre un lecho de huizaches con una corona de espinas, rezaba durante 2 horas.

"En la oración recibió luces, abundantes y vivas, de propio conocimiento, hasta llegar a sentir verdadera repugnancia, asco y desprecio de sí misma, así como grandes deseos de ser humillada y despreciada por los demás", apuntó su biógrafo el padre Treviño. "A una pobre mujer desconocida, sucia y descalza, le pidió que le pisara el rostro para cumplir una promesa y en expiación de sus pecados. A otra le pidió que le escupiera la cara... Besaba y lavaba los pies a las pordioseras, y a los niños de éstas, asquerosos y sucios, los abrazaba y cubría de besos... Deseaba el descrédito público, la difamación, la calumnia, aunque hecho todo esto de buena fe, para que no hubiera ofensa a Dios".

Entre los teólogos se pensó que si todo aquello no sería excesivo, aunque en general se acepta que no lo es "cuando Dios trata de dar al mundo una gran lección, y para darla escoge a un alma".

Muchas personas empezaron a hablar de Conchita y a tejer en torno suyo una maraña de intrigas. Se le atribuían "ciertas comunicaciones sobrenaturales" y, para desvirtuar los cargos, monseñor Ibarra pidió al nuevo arzobispo de México, monseñor Mora y del Río, que sometieran a la viuda a un examen de espíritu. Tres teólogos estudiaron la obra escrita por la acusada y conversaron largamente y por separado con ella para dictaminar finalmente que no se trataba de una ilusa, sino de una mística, cuyo pensamiento no violaba sino que sustentaba los cánones religiosos.

El revuelo cundió hasta el Vaticano. "Apenas oían hablar de las Obras de la Cruz no podían menos que mostrar contrariedad, predisposición y disgusto", escribió el padre Treviño. Inclusive un religioso calificó de patológico el caso de la viuda. Competentes teólogos fueron encargados de examinar la voluminosa obra escrita de Conchita, que constaba de 46 opúsculos y folletos con 8,800 páginas; 6,227 cartas y un diario íntimo espiritual en 66 tomos con 22,500 páginas. Una gran mística y fecunda escritora.

Intercesión ante el Vaticano 

Monseñor Ibarra, enfermo de diabetes, con principios de gangrena y ya a punto de morir -falleció En 1916-, debió ir a Roma en varias ocasiones para interceder por Conchita y sus Obras, y la llevó personalmente en una de sus peregrinaciones. Seis veces debió entrevistarse la dama con Pío X, finalmente, después de que sus teólogos le informaron que la señora era una mística excepcional, concedió, el 16 de diciembre de 1913, el permiso para la fundación de la congregación masculina con una sola reforma: que se cambiara el nombre de "Religiosos de la Cruz" por el de Misioneros del Espíritu Santo, porque "su fin sería extender el reinado del Espíritu Santo, según el espíritu de la Cruz que es el de Cristo Sacerdote y Víctima".

En plena Revolución, el 25 de diciembre de 1914, nacieron los Misioneros del Espíritu Santo, en la pequeña capilla situada frente al "pocito" de la Villa de Guadalupe. Monseñor Ibarra llegó de incógnito y dijo la misa a puerta cerrada.

Para entonces, ya habían nacido otras obras a impulso de la inspiración mística de la viuda: el 30 de noviembre de 1909 y con la aprobación del arzobispo de México, José de la Mora y del Río, se formó la Alianza de Amor con el Sagrado Corazón de Jesús, una prolongación del Apostolado de la Cruz, formada por seglares pero con más severos compromisos y exigencias: una vida sacramental más intensa y una conducta humana y espiritual de mayor pureza.

Y el 19 de enero de 1912 nació en Puebla la cuarta Obra, la Liga Apostólica, cuyo primer director fue el arzobispo Ramón Ibarra y González. Entre los socios fundadores se contaban 4 arzobispos, 10 obispos y 286 sacerdotes. Su objeto sería propagar y proteger las demás Obras de la Cruz y agruparía en su seno sólo lo sacerdotes.

Diez años de destierro 

El padre Rougier, por su parte, continuaría la obra de la mística y la haría alcanzar proposiciones formidables. Nacido en 1859 y de origen francés, Félix de Jesús Rougier llegó a México a los 43 años de edad como párroco de las colonias francesas y norteamericana. Desarrollaba tranquilamente su ministerio cuando la visita de aquella dama enlutada cambió para siempre el curso de su vida.

Alentado por el fervor místico de la viuda de Armida, en 1914 regresó a Francia con el propósito de solicitar del superior general de la Congregación Mariana la licencia necesaria para emprender la fundación de lo que llegarían a ser los Misioneros del Espíritu Santo. Pero no sólo se la negaron sino que le prohibieron comunicarse con la señora Cabrera de Armida y lo enviaron a Barcelona donde permaneció 10 años dedicado a labores docentes. Sólo después de la intervención de monseñor Ibarra ante el papa le fue permitido volver a México.

Durante 2 años, Rougier anduvo realizando "giras vocacionales" (buscando candidatos a misioneros) por todo el centro del país. Igual que Conchita, el clérigo se había marcado en el pecho el monograma JHS. En Europa fue acusado de iluminismo y muchos lo consideraban un fanático enloquecido.

En México, en cambio su ardor religioso llegó a ser visto como un elemento invaluable para sobrellevar los difíciles tiempos por los que pasaba la iglesia. De 1926 a 1929 vivió una existencia novelesca, disfrazado de catrín y hasta de charro, pues corría la guerra cristera y resultaba muy peligroso vestir los hábitos.

En 1926 viajó a Roma para fundar en la Piazza San Salvatore in Campo, la casa de los Misioneros del Espíritu Santo. Lo acompañaron los 10 primeros jóvenes que reclutó, mismos que fueron inscritos por él en la Universidad Gregoriana. Desde entonces han pasado por allí varias generaciones de misioneros mexicanos.

La terrible soledad

Hasta su muerte, Conchita vivió dedicada a su tarea, atormentada por una "terrible soledad del alma", según sus biógrafos. Asombrosamente, sin embargo, se las arregló para no molestar a su familia con sus conflictos religiosos, y mantenía exteriormente el sentido del humor que la caracterizó desde niña. Su hijo mayor, Francisco Armida, prominente hombre de negocios, fabricante y vendedor de máquinas de escribir, equipo de oficina y computadoras, decía: -Dios escribe derecho con línea chuecas... A nosotros, sus hijos, nos puso una venda en los ojos, y a ella le dio la facultad de tapar su vida mística. Para nosotros sólo fue una madre alegre y amorosa, y jamás captamos su santidad. Hasta que murió fue cuando nos enteramos de su extraordinaria vocación.

Conchita falleció el 3 de marzo de 1937. El sacerdote y teólogo Juan Gutiérrez de los Misioneros del Espíritu Santo y el escritor Javier Sicilia han promovido con ardor la beatificación y canonización de esta excepcional católica.


(Tomado de: Ramos Malzárraga, Javier: Concepción Cabrera de Armida, la gran mística mexicana. Contenido ¡Extra! Mujeres que han dejado huella. Segunda serie, segundo tomo. Editorial Contenido, S. A. de C. V. México, D. F., 1999)