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martes, 30 de junio de 2026

Gerardo Fernández Noroña, líder profesional

 


Gerardo Fernández Noroña, líder profesional 

Por Alejandrina Aguirre 

¿Quién es el más nuevo y agresivo líder de los taxistas del DF? Gerardo Fernández Noroña. ¿El mismo que encabeza una de las más combativas asociaciones de deudores de la banca? El mismo. ¿Cómo es que ahora defiende a choferes de taxis? Es una historia interesante. 

Fernández Noroña -un sociólogo de 39 años de edad, soltero y padre de dos hijos- dice que la primera vez que probó la injusticia fue en la primaria, a los 6 años de edad. -A mediados de los 60 -exagera- era aún común que maestras y profesores golpearan a los alumnos, para castigar las travesuras, desde entonces detesto el autoritarismo y los abusos. Todavía me siento como uno de aquellos niños, que muchas veces ni sabían por qué les pegaban. 

Hijo de michoacano y defeña, el sociólogo fue el mayor de 5 hermanos, criados por parientes cuando el matrimonio de los padres se desintegró. 

A Fernández Noroña le tocó en suerte (a los 5 años de edad) vivir con la abuela materna, una viuda que para mantener al crío hacía labores de costura y vendía de puerta en puerta cosméticos y productos de limpieza. 

Poco después, abuela y nieto se mudaron a un departamentito en una unidad habitacional del IMSS en Tlalnepantla, donde se les unió una tía. -Eran mujeres "luchonas", que se daban tiempo para disfrutar de la vida y preocuparse por el sufrimiento de los demás, tal vez por su profunda religiosidad -evoca el nieto con gratitud. 

Primeros pasos 

Aunque en la primaria y secundaria se mostró estudioso pero más bien tímido -nunca participaba en los festivales escolares y prefería pasearse solo en los recreos- en la preparatoria se convirtió en líder estudiantil, para deslumbrar a una muchacha que le agradaba. El enamoramiento no duró; en cambio el gusto del chico por la popularidad fue tal que ya nunca quiso abandonar las mieles del liderazgo. 

Luego de un fugaz coqueteo con la ingeniería, se matriculó en sociología en la UAM, plantel Azcapotzalco. Mientras era estudiante, Fernández se empleó en una clínica del IMSS, de donde lo corrieron por "revoltoso", porque organicé a los trabajadores eventuales para que defendieran sus derechos-, asegura. Para ganarse la vida dio clases en diversas preparatorias particulares, de donde invariablemente lo despidieron por su manía de exponer a los educandos las bondades del marxismo. 

Recién graduado en 1983 -con una tesis sobre el sindicalismo y sus relaciones con el Estado mexicano- Fernández encabezó un movimiento de 15,000 familias que protestaron porque el IMSS decidió vender a inmobiliarias particulares los departamentos de diversas unidades habitacionales propiedad de la institución y alquiladas bajo el régimen de "rentas congeladas" (él habitaba una de esas viviendas). Al cabo, los departamentos se vendieron a los inquilinos y Fernández se aprendió valiosas lecciones que después aplicó en su carrera de líder. 

Descubrió, por ejemplo, que ofertas y ventajas van en relación directa al ruido que uno sea capaz de provocar: su defensa de los inquilinos del IMSS fue tan tronante que, para neutralizarlo, lo invitaron a colaborar en la institución, impartiendo conferencias y cursillos sobre seguridad en el trabajo.

Simultáneamente, el joven se interesó por la política partidista y en 1986 fue candidato a diputado por el extinto PMS [Partido Mexicano Socialista], parte del Frente Democrático Nacional que ese año postuló a Cuauhtémoc Cárdenas para la Presidencia. De ahí pasó al PRD y en 1990 renunció a su empleo en el IMSS para dedicarse de lleno al partido, sumado al enjambre de los seguidores más cercanos de Porfirio Muñoz Ledo que nunca fueron bien vistos por los altos mandos del neocardenismo. -Por 5 años me "congelaron" -relata- porque me rebelé contra los desmanes del comité ejecutivo del partido, dominado por los incondicionales de Cárdenas. No abandoné el PRD porque, a pesar de sus defectos, es el único partido verdaderamente preocupado por la democracia en este país. (En 1999 fue "perdonado" y lo admitieron en el CEN perredista).

Deudores en rebeldía 

Las tribulaciones de Fernández Noroña con la banca dieron comienzo en 1992: solicitó un crédito hipotecario por 120,000 pesos. Dos años después, asegura, había cubierto 115,000 pesos entre pago de intereses y abonos al capital, pero su deuda, tras la devaluación de 1994, se elevó a 800,000 pesos. "Sólo la unión hace la fuerza", se dijo, y fundó la Asamblea Ciudadana de Deudores de la Banca (de la cual sigue siendo presidente). Los jerarcas del PRD no le vieron entonces posibilidades al movimiento y dejaron al francotirador librado a su suerte. 

Fernández Noroña no se dejó amilanar. Para capturar a sus primeros seguidores, se lanzó a las calles a invitar a los transeúntes a reuniones en parques públicos, donde los exhortaba a defenderse de las injusticias de la banca. Cuando la organización del perredista empezó a ganar los primeros juicios contra el embargo de bienes inmuebles de los socios, más y más morosos se unieron al sociólogo, que llegó a contar con 3,000 asociados en el DF, Guadalajara, Zacatecas, Acapulco, Tepic y Veracruz, cada uno de los cuales pagaba al líder 220 pesos mensuales por sus servicios de gestoría. 

Fernández Noroña organizó infinidad de marchas y plantones en diversos rumbos del DF. Adoptó un disfraz de luchador (el "Chupacabras", se autobautizó) e instaló sus oficinas en una tienda de campaña a un costado del Palacio Nacional, donde recibía un constante desfile de simpatizantes. 

Empezó a volverse famoso en marzo de 1996, cuando irrumpió con pancartas en la convención de los banqueros celebrada en Cancún. 

Para no perder vuelo, en julio Fernández Noroña se arrojó a los pies del presidente Ernesto Zedillo que salía del Palacio Nacional seguido de una cauda de reporteros. El mandatario se vio forzado a detenerse y ayudar al quejoso a ponerse de pie. Las fotografías del suceso dieron la vuelta a medio mundo. 

Romanticismo vs. marxismo 

Al año siguiente, otra vez en Cancún, Fernández Noroña intentó de nuevo colarse en la convención de los banqueros y fue detenido o secuestrado, según se vea, por judiciales federales disfrazados enfermeros que amenazaban con llevarlo a un manicomio. Para entonces el PRD ya no podía darse el lujo de ignorar a su ruidoso militante y pagó una fianza de 13,000 pesos para liberarlo. 

A partir de entonces, el movimiento de los deudores de la banca empezó a perder fuerza y Fernández Noroña decidió invertir parte de sus ahorros en adquirir taxis y ponerlos a trabajar en el DF, donde esperaba contar con ayuda de los funcionarios emanados de su propio partido. Pero dice que descubrió sucios manejos y decidió combatirlos: fundó el Movimiento Unificador de Taxistas que ya agrupa a varios centenares de agremiados (muchos de ellos, sus propios choferes) y se lanzó a denunciar la corrupción en la Secretaría de Transportes y Vialidad capitalina, aún dominada -asegura el líder- por enquistados priístas que extorsionan a los taxistas para desprestigiar al gobierno perredista. 

-Aunque en mi lucha he sufrido detenciones, represión y amenazas de muerte, además de ofertas de dinero, no cejaré en mi sueño de convertir a México en un país libre -entona con exaltación-. Soy un político romántico con ganas de ayudar a la gente, no un marxista dogmático. Como decía mi abuela: si socialista es el que procura que el pueblo tenga comida, vivienda, empleo, salud y oportunidades de viajar y desarrollar sus aptitudes, entonces yo quiero ser socialista. Toda la vida.


(Tomado de: Aguirre, Alejandrina. - Gerardo Fernández Noroña, líder profesional. Contenido #440, Contenido, S. A. de C. V., México, D. F., febrero del 2000)

lunes, 15 de junio de 2026

El Valle de México, 1844


El Valle de México, 1844 

Figuraos que os hayáis en lo alto de una montaña que se levanta hasta cerca de dos mil pies sobre el nivel del valle y nueve mil sobre el del mar. Sobre vuestra frente se extiende un cielo sin nubes del más acabado azul, y una atmósfera tan pura y diáfana que los objetos situados a muchas leguas de distancia se ven tan nítidamente como si se hallasen al alcance de la mano. De primer intento os impresiona la escala gigantesca: sentís como si estuvieseis contemplando un mundo. Ningún otro panorama de valles y montañas ofrece un conjunto semejante, porque en ninguna otra parte son las montañas tan altas y a la vez el valle tan espacioso y tan colmado de semejante variedad de tierras y aguas. El llano que se dilata a vuestros pies es por extremo liso: circúndalo un cinturón de doscientas millas de montañas prodigiosas, las más de las cuales han sido volcanes activos y que ahora están cubiertas unas de nieve y otras de bosques. Encierra grandes mantos de agua que más parecen mares que lagos; está sembrado de incontables aldeas, granjas y plantíos; de su suelo se levantan eminencias que en cualquier otra parte del mundo se llamarían montañas, pero que, vistas desde aquí, no parecen sino simples montículos fabricados por hormigas. 


(Tomado de: Brantz Mayer, México, lo que fue y lo que es. México, Universidad Nacional Autónoma, 1953. Carta VII. La edición original es de 1844.

Tomado a su vez de: García Martínez, Bernardo - El territorio mexicano de 1940 a 1970. Historia de México, tomo 12 Salvat Mexicana de Ediciones, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1974)

jueves, 28 de agosto de 2025

El salto que saltó: D F

 


El salto que saltó: D. F.


Está y no está, es y no es. Y no se trata de las premisas filosóficas que un día escribiera Shakespeare en su inmortal Hamlet, sino del salto saltarín. 

Lo apodan "El Salto del Agua" y era la terminal del acueducto de Belem, que traía el vital líquido desde los manantiales del lago de Chapultepec hasta la Ciudad de México desde el año 1779, cuando el virrey Antonio María Bucareli lo mandó construir e instalar en el barrio de Niño Perdido.

El autor del Salto del Agua es anónimo. El salto es conocido y hoy en día se le puede admirar en la esquina del Eje Lázaro Cárdenas y la calle arcos de Belem. Allí está y no está porque, en realidad, es y no es, todos lo pueden ver pero pocos saben que sí es. Para algunos no se trata del original, para otro sí lo es, y los más no saben dónde se encuentra. 

La gente lo ve y no lo ve, por eso es mágica la fuente del Salto del Agua. Unos creen que está en el extranjero, en Nueva York, y otros dicen haber escuchado versiones de que se encuentra en el patio de la casa de un ex funcionario de México. Pero esto último no es verídico, pues si bien la fuente que se admira en el Eje Lázaro Cárdenas no es la original, ésta se encuentra en el Estado de México, en el Museo Nacional del Virreinato de la población de Tepozotlán

El Salto del Agua, saltó, dejó la Ciudad de México por causa de las obras del Metro y se fue a Coyoacán, de allí su fama de saltarín. Según el bibliotecario del Museo Nacional del Virreinato de Tepozotlán, la fuente "había sido desmontada por protección de Arcos de Belem y sustituida por la que actualmente está, que es enteramente nueva. Para no perder estas piezas se llevaron a Churubusco y de Churubusco se trajeron aquí”.

La razón por la cual fue desmontado el original Salto del Agua surge a simple vista, pues aunque estaba deteriorado, siempre hay gente poco respetuosa que no se tienta el corazón para grabar su nombre en una obra de arte colonial. 

El paso de los siglos ha dañado las esculturas originales y por desgracia, la intemperie lo sigue haciendo en El Salto original y en la réplica. Las únicas piezas originales que existen actualmente en el Salto del Agua que se encuentra en la Ciudad de México son los letreros de advertencia, la base de cantera negra y, si acaso, alguna de las copas que coronan la fuente. 

El Salto del Agua ha sido testigo del progreso de México, del paso de los años, de su historia y está lleno de recuerdos, por lo que si sus piedras pudieran hablar nos contarían muchas cosas tanto de aquí, de México, como de allá, de Tepotzotlán, su nueva casa.


(Tomado de: Sendel, Virginia - México Mágico. Editorial Diana, S.A. de C.V., México, D.F., 1991)

viernes, 27 de junio de 2025

Anabel Gutiérrez



 Anabel Gutiérrez 

(actriz)

(1932-[2022], México, Distrito Federal). Después de debutar como extra en La liga de las muchachas (1949) protagonizada por Elsa Aguirre y Miroslava, Anabel Gutiérrez aparece como la muchachita relajienta y coquetona en cintas como Azahares para tu boda (1950) -era la hermana menor de Marga López-, Muchachas de uniforme (1950) -con la cual obtuvo una nominación al Ariel de Actuación Juvenil-, "Huracán" Ramírez (1952) como la hermana de Titina Romay y David Silva o Rostros olvidados (1952) donde recibe de nuevo otra nominación. No obstante, su mejor papel lo obtiene en la cinta Escuela de vagabundos (1954) en la cual alterna con Infante y Miroslava, con la que finalmente se lleva el Ariel. Con Tin Tan apareció en Las aventuras de Pito Pérez (1956), al lado del "Ratón" Macías hizo El Ratón (1956) y con los nacientes cómicos Viruta y Capulina, Angelitos del trapecio (1958). En 1998 regresó con otro papel secundario en La paloma de Marsella

Rafael Aviña


(Tomado de: Dueñas, Pablo, y Flores, Jesús. La época de oro del cine mexicano, de la A a la Z. Somos uno, 10 aniversario. Abril de 2000, año 11 núm. 194. Editorial Televisa, S. A. de C. V. México, D. F., 2000)

lunes, 2 de junio de 2025

Ferrocarriles urbanos, 1877



 Ferrocarriles urbanos 


Tomado de: El siglo XIX, 

6 de noviembre de 1877


He aquí las condiciones bajo las cuales la empresa de ferrocarriles urbanos y el ayuntamiento de México, convinieron en extender las líneas existentes en 1877: 

De la Plaza Mayor, por las calles de la Monterilla hasta Necatitlan y plaza del Árbol, para enlazarse con la que existe en San Lucas. De la plaza, por el Seminario, hasta el Puente Blanco, callejón del Tepozán, y ligarse con la de Peralvillo. De la plaza de Villamil, por Magueyitos, Hidalgo, Lerdo, Camelia y Guerrero, hasta unirse con la de San Fernando. De la estación de la empresa por la calle de las Artes en la Colonia de los Arquitectos, hasta la iglesia de San Cosme; y de allí hasta la plaza del Mercado, extremidad de la calle de Santa María de la Ribera. 

La línea de San Cosme se prolongará de la antigua garita hasta la iglesia del mismo nombre. Las obras se ejecutarán sin entorpecer el tránsito del público; serán por cuenta de la empresa las que hayan de hacerse en las calles, a fin de que éstas queden en buen estado para el servicio público; al terminarse el ferrocarril, quedará obligada la empresa a hacer la limpia de las atarjeas, siempre que así lo acuerde la comisión de obras y la dirección del ramo. 

La empresa ejecutará sus trabajos de modo que no se emprenda un tramo mientras no se termine el comenzado y se deje desembarazada la vía; si se suspenden los trabajos por más de dos semanas se repondrá el pavimento y se dejará limpio de escombros; no podrá entrar a usar la empresa otra tracción que la animal; la anchura de la vía y dimensiones de vagones será las usadas actualmente. 

Dentro de seis meses darán principio a sus trabajos y a las seis siguientes estarán terminadas las líneas de San Cosme, de la Colonia de los Arquitectos, y las del Norte y Sur de la ciudad. Las otras las empezarán dentro de un año, quedando terminadas al año y medio; pasados estos plazos, salvo el caso de fuerza mayor, sin que se haya cumplido con lo expuesto, se dará por caduca la concesión, pudiendo otorgarse a otra persona o empresa, debiendo en ese caso la empresa reponer o indemnizar los perjuicios que hubiera causado en las vías públicas. 

Durará la concesión 99 años, terminados los cuales se podrán modificar estas cláusulas, y las dificultades que pudieran suscitarse se resolverán por el ayuntamiento y en definitiva por el gobernador del Distrito, con exclusión absoluta de la autoridad judicial.


(Tomado de: Ruiz Castañeda, María del Carmen. La ciudad de México en el siglo XIX. Colección popular Ciudad de México #9. Departamento del Distrito Federal. Secretaría de Obras y Servicios, 1974). 

lunes, 12 de mayo de 2025

La ciudad de México en el siglo XIX


 La ciudad de México en el siglo XIX 


Introducción 


La fisonomía de la ciudad de México en el siglo XIX empieza a perfilarse en las postrimerías de la centuria anterior.

Gracias a Francisco Sedano, sabemos que en 1790 México comprendía 355 calles y 146 callejones; 90 plazas y plazuelas y 12 barrios diversos (Francisco Sedano. Noticias de México... desde el año de 1756... J. García Icazbalceta, editor. México, Imprenta de Barbedillo y Cía. 1880. p. 72-74). 

Según el plano del Teniente Coronel Diego García Conde, quien hace un cálculo más conservador, en 1793 la ciudad contaba con 397 calles y callejones; 78 plazas y plazuelas; 14 parroquias, 41 conventos, 10 colegios principales, 8 hospitales y 3 recogimientos. 

El siglo XVIII fue el siglo de las grandes mejoras materiales que tendían a llegar aun a los suburbios de la ciudad. 

El Duque de Linares, 35o. Virrey de la Nueva España (1711-1716), inició la construcción del acueducto de Belén, de Chapultepec a la Fuente del Salto del Agua. El Conde de Fuenclara, cuadragésimo Virrey (1742-1746), se ocupó de reparar las calles de la capital y en asear la población. Bucareli y Ursúa, cuadragésimo sexto (1771-1779), concluyó el acueducto de Belén, construyó el paseo de su nombre y reglamentó el tránsito de vehículos en la capital. Su sucesor, D. Martín de Mayorga, realizó en 1783 la primera división política de la ciudad de México en ocho cuarteles mayores, cada uno subdividido en otros cuatro menores, lo que dio como resultado 32 cuarteles regidos por Alcaldes. Don Matías de Gálvez, que sucedió al anterior en el gobierno de la Nueva España (1783-1784), atendió al empedrado de las calles. 

Al segundo Conde de Revillagigedo, quien ocupa el quincuagésimo segundo lugar en la lista de virreyes novohispanos (1789-1799), corresponde el mérito de haber transformado el aspecto de la ciudad de México. Despejó y embelleció la Plaza Mayor, organizó los mercados públicos; hizo cegar numerosas zanjas y acequias; reglamentó el alumbrado público, que hasta entonces había quedado a cargo de los particulares; estableció la policía de seguridad y de ornato; atendió el embanquetado y la nomenclatura de las calles, y abrió nuevos paseos y calzadas, como la avenida que lleva su nombre. 

La importancia de México como centro económico se manifiesta en la paulatina aparición de tiendas de comercio, que habían sido muy escasas en los siglos anteriores, y en la creación del Mercado del Volador, en 1792, por mandato del Conde de Revillagigedo, y un año después, del mercado de la Cruz del Factor, donde se refugiaron los vendedores ambulantes y puesteros que habían sido desalojados de la Plaza Mayor. (Manuel Carrera Stampa. Planos de la ciudad de México. Bol. de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. T. LXVII. México, marzo-junio de 1949, p. 302 y SS.).

En el último cuarto del siglo XVIII, se abren nuevas arterias que favorecen la prolongación axial del núcleo urbanizado: el Paseo de Bucareli (1775), el de la Viga, debido al Conde de Gálvez (1785) y el de Revillagigedo (1790).

A principios del siglo XIX, la ciudad desconoce definitivamente los linderos de la "Traza" y se ensancha sobre todo al Poniente y al Sur, sobre las avenidas recientemente inauguradas. El crecimiento progresivo desplaza el centro topográfico de la misma, de la Plaza Mayor, a la esquina que ahora ocupa el Correo Central. Pero el crecimiento no sólo es superficial: también aumenta la densidad de población. "Con el aumento de población, fue preciso disminuir la extensión de las habitaciones, aumentar los pisos y reducir el tamaño de los patios, suprimir las cuadras espaciosas, los jardines y los sembrados…” (Manuel Rivera Cambas. México pintoresco, artístico y monumental... México, Imprenta de la Reforma, 1880. Vol. I. p. 19-20).

En 1805, México cuenta con unos 130,000 habitantes, que para 1811 han aumentado a 168,846. 

En su aspecto externo, "todavía en el año de 1810, la ciudad de México presentaba en casas, palacios, hospitales y conventos, modelos de cada uno de los estilos que en el curso de tres centurias habían caracterizado la arquitectura colonial, desde el plateresco hasta el churriguera, que tanto predominó en el siglo XVIII... Apenas comenzaba Tolsá a hermosear la ciudad con sus elegantes y clásicos edificios" (Luis González Obregón. México 1810. Editorial Stylo, 1943, p. 19-20).

Aún después de consumarse la Independencia, nuestra ciudad conserva su apariencia monacal. Las crónicas de los viajeros de la primera mitad del siglo XIX coinciden en alabar su importancia, la suntuosidad de sus templos, el magnífico aspecto de sus edificios y la rectitud de sus calles, que contrastan con el descuido y suciedad de los arrabales y el abandono de los servicios urbanos. En el México de entonces no existían plazas públicas ornamentales: las que había se destinaban a sitios de carruajes y a la ordeña del ganado. 

La ciudad fue erigida en Distrito Federal, comprendiendo sus alrededores, en noviembre de 1824. Los sucesivos gobiernos atienden, en la medida de sus posibilidades, los servicios públicos más urgentes. Sin embargo, todavía en 1850, el aspecto de la ciudad en lo referente a ornato, limpieza y alumbrado de las calles, pavimentación y embanquetado de calles, sigue siendo desastroso. 

Entre las primeras obras de planificación de la etapa independiente, cuenta la ampliación de la Avenida de los Hombres ilustres (Ave. Hidalgo), que se inició en 1852; la empresa prosiguió, aunque interrumpida por las contingencias políticas; en 1879 la demolición del antiguo acueducto de la Mariscala llegaba ya a la Tlaxpana. El acueducto de la Verónica se fue sustituyendo por cañería subterránea. 

Al principiar la segunda mitad del siglo XIX, la ciudad tenía 245 manzanas, 304 calles, 140 callejones, 90 plazas y plazuelas, y 4,100 casas de piedra (Marcos Arróniz. Manual del Viajero en México. París, Librería de Rosa y Bouret, 1859, p. 38). La municipalidad de México seguía conservando su división colonial en 8 cuarteles mayores y 32 menores.

Por decreto del 22 de agosto de 1851, se fijaron como suburbios las calles y plazas que quedaban fuera de una línea imaginaria que pasaba a espaldas de la iglesia de San Hipólito, la estatua de Carlos IV, la puerta de la Ciudadela; al oriente de la iglesia de San Pablo, por el convento del Carmen y llegaba al puente Blanco. [José I., Cossío. Guía retrospectiva de la ciudad de México, 1941, p. 320-321]

La verdadera transformación de México comienza después de la Reforma, debido a las diferentes leyes que afectaron las propiedades de la Iglesia. Se inicia en 1861, al efectuarse la refundición de los conventos de la misma orden, y culmina con la ley de exclaustración de religiosas y religiosas de febrero de 1863, la nacionalización de bienes eclesiásticos y la secularización de cementerios, hospitales y establecimientos de beneficencia. 

De 1856 a 1861, los reformadores demolieron los conventos de San Fernando, Santo Domingo, San Agustín, San Francisco, La Merced, La Concepción, etc. Nuevas vías de comunicación se abren paso entre los escombros y nuevos edificios surgen sobre los cimientos de los templos arruinados. Varios conventos e Iglesias no afectados por el derrumbe, se destinaron a otros usos: bibliotecas, escuelas, cuarteles.

La breve etapa que corresponde al Imperio de Maximiliano afectó sobre todo la composición demográfica de la capital, atrayendo vecinos europeos que se radican sobre todo en las colonias de Santa María y de Guerrero, y favoreció el crecimiento radial de la ciudad con la apertura de nuevas avenidas, como el Paseo de la Reforma, iniciado en 1864, que determinará la creación de colonias aristocráticas, situadas al sur. 

A la restauración de la República, el cuadro que presentaba la ciudad era poco alentador. Un cronista la describe como una "ciudad poco higiénica, de sucias calles, con defectuosísimos desagües, de nula corriente y mal dispuestas; cuyas vías públicas en general se inundaban de acera a acera en pleno tiempo de aguas; con malos pisos de piedra y peores embanquetados, con alumbrado escaso y deficiente…” [Galindo y Villa. Historia sumaria de la ciudad de México. México. Editorial Cultura, 1925, p. 209]

Uno de los primeros cuidados del gobierno republicano consistió en el levantamiento de un plano de la ciudad, en 1869. La superficie de la ciudad para esta fecha era de 15,329.113 metros cuadrados y la longitud de su perímetro de 15.681 m. de N. a S., desde la Garita de Peralvillo a la de la Candelaria (Calzada de San Antonio Abad), se cuentan 4,500 m.; y de E. a W., del Puente de San Lázaro hasta San Cosme, 4800 m. [Ibid. p. 199]

La paz porfiriana, aunque negativa en lo político, propició un extraordinario desarrollo de la ciudad, tanto en extensión superficial y aumento de densidad, como en el incremento de los servicios públicos. 

A partir de 1880, en terrenos que habían pertenecido a los ejidos de la ciudad, aparecen sucesivamente, dilatando el perímetro urbano por diversos rumbos, las colonias de La Teja y Violante (1882), Morelos (1886), del Rastro, Indianilla e Hidalgo (1889); San Rafael (1890); Limantur y Candelaria Atlampa (1891); Díaz de León y de la Maza (1894); del Paseo (1897); Peralvillo (1899); Condesa, Roma y de la Bolsa (1902); Nueva del Paseo (1903); Cuauhtémoc (1904); de La Viga (1905); Escandón y de los Arquitectos (1909); del Chopo (1910); Balbuena y otras (1903); Juárez, del Paseo y de Bucareli o Americana (1906). 

En 1887, el Distrito Federal tenía una extensión superficial de 1,200 kilómetros cuadrados. Formaban el Distrito Federal la Municipalidad de México y Prefecturas divididas en municipalidades: Municipalidad de Tacubaya (Tacubaya, Tacuba, Cuajimalpa, Santa Fe y Mixcoac); Tlalpan (Tlalpan, San Ángel, Coyoacán, Iztapalapa, Iztacalco); Xochimilco (Xochimilco, Milpa Alta, Tulyehualco, San Pedro Actopan, Oxtotipan, Mixquic, Tláhuac, Hastahuacan), y Guadalupe Hidalgo (Guadalupe, Azcapotzalco).

Los decretos del 15 y 17 de diciembre de 1898 fijaron los límites del Distrito Federal, dividiéndolo en 13 municipalidades: México, Guadalupe Hidalgo, Azcapotzalco, Tacuba, Tacubaya, Mixcoac, Cuajimalpa, San Ángel, Coyoacán, Tlalpan, Xochimilco, Milpa Alta e Iztapalapa, a cargo de prefectos políticos. El decreto del 28 de julio de 1899 circunscribió la Municipalidad de México limitándola al N. por las de Azcapotzalco y Guadalupe Hidalgo; al E. y  SE. por la de Iztapalapa; al S por la de Mixcoac; al S. W. por la de Tacubaya, y al W. por esa misma municipalidad, la de Tacuba y parte de la de Azcapotzalco. Su extensión superficial se calculó en en 20.000,000 de metros cuadrados. 

Para los efectos del dictamen aprobado por el ayuntamiento, en mayo de 1904, se supone a la ciudad dividida en cuatro cuadrantes, cuyos ejes se cruzan en la esquina del Correo Central. 

A principios del siglo actual, la ciudad ha triplicado sus dimensiones superficiales y sigue ensanchándose sobre todo al Oeste y Sudoeste. 

Según los datos suministrados por las guías de la ciudad de esta época, la ciudad, que en 1892 contaba con 554 manzanas que formaban 950 calles, 15 plazas y 66 plazuelas, hacia 1905 tenía ya 1,300 calles, 69 plazas y varios jardines. 

De 1895 a 1905 se mejoran notablemente los ramos de mercados, paseos, jardines, comunicaciones urbanas, alumbrado, saneamiento, pavimentación, abastecimiento de aguas potables, drenaje, vigilancia pública, etc., y se inicia una etapa de construcción de obras de utilidad común y de ornato. 

De 1891 a 1900 se extiende progresivamente la pavimentación con adoquines de asfalto, que en 1903 se sustituye por el sistema de láminas de asfalto. En 1896 se cambia el sistema de tranvías por tracción animal, por los tranvías eléctricos, y se implanta el alumbrado eléctrico en las calles céntricas. Un año después se sustituye el sistema de atarjeas y colectores por otro más moderno. 


(Tomado de Ruiz Castañeda, María del Carmen. La ciudad de México en el siglo XIX. Colección popular Ciudad de México #9. Departamento del Distrito Federal. Secretaría de Obras y Servicios, 1974).

viernes, 25 de abril de 2025

Cuando la gran inundación, 1888

 


Cuando la gran inundación


Tomado de México Gráfico

14 de octubre de 1888. 


Han de saber ustedes que hace muchos años llovió muchísimo, y se salieron de madre los ríos y las lagunas, derramándose sobre todas las calles; pero tanto, tanto, que se ahogaron muchos pobres que vivían en cuarto bajo, se cerraron las iglesias y los ricos salían en canoa. El señor virrey y el señor arzobispo andaban seguidos de muchas canoas con recaudo, manteca, pollos, carne y maíz, repartiendo a los pobres 

-¿Y todos se quedarían sin misa? 

-¡Qué se habían de quedar! Si ordenó Su Ilustrísima que en las bocacalles se pusieran tablados con su altar, y allí los señores sacerdotes ofrecían los domingos. Los ricos estaban contentísimos. Cómo no lo habían de estar, si a la puerta de sus casas les llevaban todo, y tenían canoas, que las alfombraron y les pusieron toldo con banderita, y así iban a visitar a las gentes, pudiendo meter esas canoas hasta las escaleras de las casas. 

-Pero eso sólo en los zaguanes anchos, porque aquí no hubieran podido. 

-Se entiende, hija, se entiende. Y como en México todo se vuelve farsa, cuando ya estaban acostumbrados salían en las noches de luna a cantar con sus guitarras los jóvenes de aquella época. 

-¡Ay! ¡Qué bonito hubiera sido estarlos oyendo desde un balcón, y luego ver alejarse la canoa con su remos chapaleando.

***

-Bueno, pero qué sucede, ¿nos inundamos o no?

-Pues no; porque ya hay unas bombas muy grandotas que están sacando el agua.

-¿Y para dónde la sacan?

-Pues para la laguna. 

-Y la laguna ¿para dónde la echa?

-Pues para México. 

-Entonces, ¿es el cuento de nunca acabar?

-Eso yo no lo sé. Es cosa que solo entienden los medidores que han nombrado el gobierno. Pero lo que sí les puedo asegurar a ustedes, es que habrá peste de enfermedades en cuanto se vaya las lluvias. Hay calles donde da dolor tener narices. 

-Todas las calles que se llaman puente es porque lo tenían, y ahora que no lo tienen no se puede pasar por ellas. 

-Será cosa de volver a poner los puentes y mandar hacer las canoas.


(Tomado de: Ruiz Castañeda, María del Carmen. La ciudad de México en el siglo XIX. Colección popular Ciudad de México #9. Departamento del Distrito Federal. Secretaría de Obras y Servicios, 1974). 

jueves, 20 de marzo de 2025

Postes telefónicos, 1882


Postes

Tomado de El Jueves. 21 de diciembre de 1882.


Los primeros postes telefónicos estropearon de tal manera la estética de la ciudad, que los capitalinos protestan en todos los tonos; contribuye a la animadversión despertada por los adefesios, el hecho de que la compañía telefónica es extranjera. 

Vemos con pena que las autoridades no han hecho ninguna gestión para con la Compañía Telefónica y que ésta sigue sus tareas sin tropiezo, contribuyendo a que las calles de la ciudad pierdan el poco ornato que tenían. Dentro de poco tiempo con esos bosques horribles en que han convertido la ciudad, los habitantes no transitarán por las aceras, ni podrán asomarse a los balcones y ventanas los que pagan por disfrutar la vista de la calle. Si esta empresa llenara una exigencia social, podrían disculparse los adefesios con que nos está molestando, pero no prestando ninguna utilidad por su mal servicio.


(Tomado de: Ruiz Castañeda, María del Carmen. La ciudad de México en el siglo XIX. Colección popular Ciudad de México #9. Departamento del Distrito Federal. Secretaría de Obras y Servicios, 1974).

martes, 4 de marzo de 2025

Puestos ambulantes, 1895

 



Puestos ambulantes

Tomado de El Universal, septiembre 10 de 1895.


Entusiasmo y mucho, se notaba en los días del sábado y domingo en la plazuela de la Regina, en las calles del mismo nombre y en la de las Ratas y Mesones. Barracas de madera y lona en las que se improvisaron figones y tabernas, multitud de puestos ambulantes, otros en las orillas de las banquetas, multitud enorme de frutas, dulces y otras mil golosinas; un fotógrafo bajo un gran quitasol chino, fogatas de ocote y leña. De una a otra azotea, cohetes corredizos y en las calles cohetazos sin descanso. Dos templetes había, uno en Regina y otro en las Ratas; en el primero tocó una mala murga, en el segundo el 21° Batallón, estando los individuos que formaban ésta última, sin uniforme. Se quemaron grandes castillos. No hubo grandes desórdenes ni delitos. Ebrios escandalosos, sí. Con esto formen ustedes una idea de lo que fueron las luces de Regina.


(Tomado de: Ruiz Castañeda, María del Carmen. La ciudad de México en el siglo XIX. Colección popular Ciudad de México #9. Departamento del Distrito Federal. Secretaría de Obras y Servicios, 1974). 

lunes, 20 de enero de 2025

Inundaciones, 1878





Inundaciones


Tomado de: El Monitor Republicano. 8 de septiembre de 1878


La inundación de las calles ha producido en México escenas de diverso carácter, unas tristes y otras amenas. 

Los pobres durmiendo sobre el fango, envenenándose lentamente con las exhalaciones mefíticas, con la ropa siempre mojada, es una de las escenas que más pudieran llamar la atención de los ilustres miembros del más ilustre municipio. Pero dejemos lo triste para ir a lo alegre. 

La Venecia mexicana inaugura su periodo Neptuniano con espectáculos nuevos. La calle del Puente de San Francisco está cruzada por puentes levadizos sobre los que atraviesan los ocupantes de las casas, mirando con complacencia retratarse su efigie sobre la obsidiana de aquel líquido, negro como nuestra suerte. 

Se preparan lujosas regatas en esa bienaventurada calle en que lucirán su habilidad los más expertos marinos de Santa Anita e Iztacalco. El ayuntamiento se propone presidir esa fiesta de las lagunas para adjudicar un premio al mejor nadador. 

Las calles de Cadena, Zuleta y Coliseo, ofrecen en las noches un aspecto seductor: la luz de los faroles se refleja en el apacible  y manso lago, las ranas cantan en coro alabando el ayuntamiento que les proporciona un blando y fresco lecho, los grillos cantan también, y en su estridente silbido algo se escucha como un ¡hurra! al municipio. Los dueños de las grandes casas de aquellos felices rumbos, no satisfechos algunas veces con el concierto de los poéticos animalejos, pagan veladores que azoten las aguas como hacían los señores feudales en la Edad Media. 

En las calles de San Francisco, Plateros, La Palma y el Refugio, trabajan noche y día las pequeñas bombas, que sacan el agua del interior de las casas, el ruido del émbolo alterna agradablemente con el chorro del agua que incesantemente corre; por todas partes se desprenden esas corrientes, por todas partes se bombea, por todas partes tubos de madera interceptan las banquetas y derrama sobre ellas el fecundante líquido que nuestro buen ayuntamiento tuvo a bien regalarnos. 

Las calles de San Felipe, las Damas, Tercer Orden de San Agustín, el Arco, el Ángel, etc., se convierten durante las noches en ríos caudalosos, capaces de ser surcados por los vapores-palacios del Mississippi. Algunos grupos informes se ven vagar a la débil luz de los faroles: es un hombre montado sobre otro, constituyendo un todo como el Sagitario y el Centauro, fantástico, raro, digno de la imaginación de Ossian. 

Ya también las señoras se han decidido a cabalgar en hombros de cargador. A algunas hemos visto echadas sobre las espaldas de un valiente hijo de San Cristóbal, con los pies colgando, escondiendo la cara para que no las conozcan y rogando al cielo para no ser depositadas en el fondo de los ríos. 

El juil, el meztlapique, el atepocate, el axolote, han tomado por asalto a la ciudad, encontrándola, según sospechamos, muy de su gusto, y más de su gusto a quien les abrió las puertas de los nuevos lagos y les dio por morada nuestros fastuosos bulevares. 

Afortunadamente, la ciudad halló gracia ante la presencia del señor ministro de Fomento, quien en un día pudo hacer más que el ayuntamiento en un mes. Ya el agua ha bajado en la mayor parte, si no en todas las calles, y todos con alegría principiamos a gritar: ¡Tierra, Tierra!


(Tomado de: Ruiz Castañeda, María del Carmen. La ciudad de México en el siglo XIX. Colección popular Ciudad de México #9. Departamento del Distrito Federal. Secretaría de Obras y Servicios, 1974).

jueves, 19 de septiembre de 2024

Habrá zonas industriales, 1940



Habrá zonas industriales


*Porciones de la ciudad de México en que se establecerán las fábricas. *Ahorro de molestias para los moradores de la capital. 


(16 de noviembre de 1940)


Oficialmente se nos comunica lo siguiente: 


“La Comisión de Planificación del Distrito Federal acaba de aprobar importantes proyectos presentados por la Oficina del Plano Regulador de la ciudad de México, referentes a determinar las zonas industriales, así como las de carga y pasajeros, dentro del propio Distrito.

La terminal de carga de la ciudad quedará comprendida sobre la vía del Ferrocarril Central, entre los ríos Consulado y Tlalnepantla, y la de pasajeros comprenderá el actual predio de la Estación de Buenavista, con las porciones que tienen los Ferrocarriles Nacionales, el Mexicano y la Compañía de Luz.

En cuanto a las unificación industrial, quedó dividida en once porciones, siendo la primera la de Atlampa, como zona industrial de carácter general; la del Rastro, destinada preferentemente a las industrias e elaboración y transformación de productos animales; la de San Lázaro y la Viga, para industrias que no exijan predios de gran superficie; dos zonas en la colonia Anáhuac, para industrias que no produzcan olores molestos, ruidos sensibles fuera de sus locales, emanaciones gaseosas o desechos líquidos nocivos; las Lomas de Becerra y las de Santo Domingo, para industrias relacionadas con el cemento, cal y yeso; al oriente de Villa Madero, industrias relacionadas con plantas análogas a la Ford, en esa región establecida, así como a las que produzcan emanaciones gaseosas y desechos líquidos nocivos; el este de la delegación de Azcapotzalco será destinado a industrias en general, con excepción de las comprendidas en el punto anterior, y finalmente en el resto de la ciudad se permitirá la explotación de industrias de carácter doméstico. 

Todo el plan anterior tiende, como puede verse, a localizar industrias y actividades, con vistas al ahorro de molestias para los pobladores de la capital y delegaciones”.



(Tomado de: Hemeroteca El Universal, tomo 3, 1936-1945. Editorial Cumbre, S.A. México, 1987)

viernes, 16 de agosto de 2024

Anuncios Clasificados, 1915



Terrenos

The Mexican Herald, miércoles 17 de marzo de 1915

***
A quince minutos del Zócalo, por tres rumbos, tenemos magníficos lotes desde 200 metros cuadrados, pagaderos en abonos de $8.00 mensuales en adelante. La inversión más segura y productiva que se ofrece ahora. Hay que ir a verlos luego, hoy mismo, dirigiéndose a Terrenos, 2a. Palma 23, o teléfono 350 Neri.
***
Ahora es el tiempo más a propósito para hacer compras de terrenos, especialmente cuando los puede conseguir en condiciones de pago excepcionalmente liberales. Los tenemos en distintos rumbos de la ciudad, pagaderos al contado o en abonos, desde $8.00 mensuales. Terrenos, 2a. Palma 23.
***
Cerca Arzobispado de Tacuba, magnífico lote para residencia, con 10 metros de frente para la calle, pagaderos en abonos de $12.00 mensuales. Oportunidad. Terrenos, 2a. Palma 23, teléfono 350 Neri.
***
Joven español agraciado y buena presencia, poseyendo algún capital, desea relacionarse con señorita o viuda mexicana, que posea regular instrucción. Objeto matrimonio. Dirigirse Ricardo M. Apdo. 1909.


(Tomado de: Labrandero Iñigo, Magdalena, et al, (coordinadores) - Nuestro México #5, La ocupación de la Ciudad de México, 1915. UNAM, México, D. F., 1983)

lunes, 19 de junio de 2023

Dios omnipotente, y don Porfirio presidente... (III)

 


Una ciudad maquillada.- El gran circo que fue la Ciudad de México durante las Fiestas del Centenario, opíparamente manipuladas por Porfirio Díaz, operaba como el bello rostro -rostro que de continuo retocado, maquillado- de una ciudad enferma de tuberculosis política cuyo padecimiento, larvado en los pulmones, pronto provocaría la gran crisis.

Los afeites con los que a la ciudad se le simularon las arrugas y las llagas de la enfermedad social y política que había invadido la intimidad orgánica del país, no impidieron que ocho semanas después (18 de noviembre, 1910) aflorara caudalosamente el malestar nacional en Puebla.

Meses atrás el volcán había empezado a despertar, encolerizado. Las huelgas de Cananea, Son., y la de Río Blanco, Ver., fueron algunos de los primeros síntomas que ya no captó la otrora fina sensibilidad política de Díaz, envejecido y atrofiado por el lacayismo envilecedor de la oligarquía que medraba al amparo de su sombra y de la brutalidad de la represión institucionalizada.

Desatado el movimiento armado en el norte del país, la Ciudad de México, de momento, se vio a salvo de combates. Poco duraría este compás de espera para la metrópoli, cuyas calles empero, ya alojaban manifestaciones públicas de descontento, una de ellas, particularmente violenta, ocurrida el 25 de abril de 1911: frente a la Cámara de Diputados, un grupo de estudiantes, acompañado por gente del pueblo encabezado por dos modestos empleados de la tienda La Gran Sedería de la Ciudad de México, Juan García Rosas y Atanasio Villarino Ceceña, este último nativo de San José del Cabo, Baja California Sur, pidieron tumultuosamente la renuncia del Gral. Díaz. Obviamente esta manifestación fue disuelta con los sables de la caballería.


Una ciudad sin clase media. Las fotografías de la Ciudad de México de la época constituyen elocuentes testimonios que permiten identificar las clases sociales que el sistema había fosilizado. Por una parte, vemos indígenas ataviados miserablemente con ropas de campo: manta y sombrero de palma los hombres; grandes enaguas y rebozos humildes las mujeres; y por otra, jaquets, sombreros altos de seda o bombines, corbatas de plastrón con su inevitable fistol, fracs, crinolinas, sombrillas de lujo, como en París; hipódromos, carruajes soberbiamente engalanados... Y el Dictador con apariencia inconmovible de monolito, con aplomo de eternidad y con los destellos de las numerosas condecoraciones que le hinchan el tórax. ¿Clase media en las fotografías? Prácticamente ausencia de ellas y en general, de la vida y de la estructura socioeconómica del país.

Así el porfirismo había venido castrando el surgimiento de una cabal clase media. Y la ciudad, entonces, era morada que sin comunicación, diálogo y relación, en la que habitaba la pseudoaristocracia criolla y latifundista asociada con el ejército y con el alto clero; y con una densa capa social de desheredados, muchos de ellos provenientes de las áreas rurales y que, en la capital -en sus suburbios sórdidos- procuraban asilo y trabajo.

La naciente y balbuceante clase media que empezaba a germinar, en el país desempeño dos funciones históricas contradictorias -y en la ciudad se advirtió el fenómeno con evidencias y claridades de fotografía muchas veces amplificada-: un grupo, más politizado y más impaciente que culto, que formó los cuadros directivos del movimiento revolucionario; otro, más numeroso y no menos impaciente, quizá más culto pero menos politizado, que optó por la "neutralidad" -si así puede denominarse la conducta pasiva, acomodaticia, mimética-, grupo que en secreto admiraba el oropel porfirista y que anhelaba filtrarse dentro de él, aunque fuese en calidad de polizón o de lacayo.


Durante los días 23 y 24 y 25 de mayo de 1911, la capital fue escenario de manifestaciones y motines de multitudes que exigían la renuncia del general Díaz.


(Tomado de: Romero, Héctor Manuel. - "Dios omnipotente, y Don Porfirio presidente..." -La Ciudad de México (Delegación Cuauhtémoc) en 1910/1911-. Ediciones de la Delegación Cuauhtémoc, México, D. F., 1982.)

lunes, 1 de mayo de 2023

Guillermo Haro

 


Guillermo Haro

(1913-1988)

Mientras en Europa el cielo se oscurecía con el humo de las explosiones y las trincheras se llenaban de hombres agonizantes, en México, un niño de cinco años miraba las estrellas y trataba de contarlas. Le gustaba imaginar que las luciérnagas que cruzaban por la noche calurosa eran también pequeñas estrellas. Con los años, las guerras se repitieron pero ese niño, llamado Guillermo Haro, no dejó de observar el cielo y se convirtió en uno de los más talentosos astrónomos mexicanos.

Guillermo Haro había nacido en Ciudad de México en 1913, y en cuanto superó sus primeros estudios, ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México). Para el joven Haro, esos fueron años de intensa búsqueda y aprendizaje, y en ese cometido no desdeñó trabajar como reportero en el diario Excélsior, aunque su verdadera pasión seguía siendo la astronomía. "Quiero trabajar en lo que a mí me gusta" -comentaba jocosamente a sus compañeros de trabajo-; "y no pararé hasta conseguirlo, aunque me tenga que ir a la Luna."

En 1943, Guillermo Haro no fue a la luna sino a Estados Unidos y, en el observatorio astronómico de Harvard -que por aquel entonces estaba dotado con el instrumental más moderno de observación estelar- adquirió una sólida formación científica. Cinco años más tarde de esta experiencia, Haro regresó a México e ingresó como investigador del Observatorio Astrofísico de Tonanzintla, en Puebla, del que, en 1950, se convirtió en su director. Este fue el verdadero principio de su exitosa carrera científica.

Cuatro ojos ven más que dos

Guillermo Haro fue un científico apasionado, pero su pasión no lo arrinconó en las cúpulas de cristal ni las estrellas lo tentaron con sueños erráticos. Muy pronto había comprendido que el conocimiento del espacio sideral requería una buena infraestructura de observación, que comprendía no solo la disposición de potentes lentes sino también de un experimentado equipo humano. "Cuatro ojos ven más que dos" bien podría ser su lema.

Para cumplir con su objetivo aceptó la dirección del Observatorio Astronómico Nacional, entre 1948 y 1968, y el cargo de director del Instituto de Astronomía de la UNAM, desde el cual promovió la creación del Observatorio Astronómico de San Pedro Mártir, en Baja California.

Guillermo Haro tuvo así mismo una decisiva participación en la fundación de instituciones tan insignes como la Academia de la Investigación Científica, que presidió entre 1960 y 1962, y el Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica, en 1972, así como en la introducción en México, junto con su compañero Eugenio Mendoza, de la astronomía infrarroja. Ha sido colaborador de equipos de investigación internacionales tan reputados como los de los profesores Luyten y Zwicky, con los que organizó conjuntamente la Primera Conferencia sobre Estrellas Azules, celebrada en Estrasburgo en 1964. Fundó así mismo, en colaboración con los doctores mexicanos Samuel Ramos y Eli de Gortari, el Seminario de Problemas Científicos y Filosóficos, que ha sido pionero en la publicación de temas científicos y epistemológicos.

Las galaxias azules

Al mismo tiempo que Guillermo Haro destinaba parte de sus esfuerzos a la creación de observatorios e instituciones de altos estudios astronómicos, no cejaba en su labor investigadora. Tal como hacía cuando era niño, Guillermo Haro ponía su mirada en el firmamento y escudriñaba las infinitas estrellas y galaxias, planetas y otros cuerpos estelares que transitan el espacio. Se decía de él que, cuando se entregaba a esta tarea podía sentir cómo el pálpito de su corazón se correspondía con el pálpito del Universo.

Fue así como Guillermo Haro descubrió estrellas ráfagas y estrellas azules próximas a los polos galácticos, estrellas de alta luminosidad, novas y supernovas y también nebulosas planetarias. Un tipo de galaxias azules lleva su nombre y una serie de objetos siderales fue bautizada con el nombre de Hervig-Haro, en honor a ambos investigadores. También, en 1954, observó por primera vez un nuevo cometa, que recibió el nombre de Haro-Chavira, siguiendo la tradición de dar a los lugares y a las cosas el nombre de sus descubridores.

Premio a la incansable labor investigadora

Los resultados de su productiva labor investigadora fueron recogidos en numerosos libros, entre los cuales destacan Nebulosas con emisión en sistemas extragalácticos, de 1951, Nuevas estrellas con emisión en las regiones oscuras del Toro-Auriga-Orión, investigadas por Joy, de 1953, Cometa Haro-Chavira, de 1955, Supernova en una galaxia espiral, de 1959, El desarrollo de la ciencia en México, de 1963, Flare stars, de 1968, y New flare stars in the pleiades, de 1970.

En 1988, a los setenta y cinco años, Guillermo Haro murió en su ciudad natal. En el transcurso de su rica vida recibió numerosos premios, de los cuales los más importantes y queridos para él fueron la Medalla de oro Luis G. León de la Sociedad Astronómica Mexicana, en 1953, la Medalla honorífica de la Academia de Ciencias de Armenia, en 1962, el Premio Nacional de Ciencias de México, al año siguiente, y la Medalla de oro Mihail Lomonosov de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética, en 1986.


1913 Nace Guillermo Haro en Ciudad de México.

1943 Estudia en el Observatorio Astronómico de la Universidad de Harvard.

1950 es designado Director del Observatorio de Tonanzintla.

1951 Publica Nebulosas con emisión en sistemas galácticos.

1953 Recibe la medalla de oro Luis G. de León de la Sociedad Astronómica Mexicana. 

1962 Es galardonado con la medalla honorífica de la Academia de las Ciencias de Armenia.

1972 Preside el Instituto Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica.

1986 Medalla de oro Mihail Lomonosov de la Academia de Ciencias de la Unión Soviética.

1988 Muere en Ciudad de México.


(Tomado de: Grandes personajes universales y de México. Océano Grupo Editorial, S. A. Barcelona, España, 1998)

lunes, 6 de marzo de 2023

El voto es para las mujeres, 1936

 


El voto es para las mujeres


*El acuerdo del PNR para las mujeres del Distrito Federal se hará extensivo a los estados en donde se vaya a hacer la renovación de poderes


(17 de febrero)


De acuerdo con sus propósitos de dar participación a la mujer en las elecciones internas y plebiscitos que celebre, por los motivos que ya ha dado a conocer el Partido Nacional Revolucionario hará extensivo el derecho de voto en esos actos, a sus miembros del sexo femenino en el Estado de Sinaloa, y en otras entidades donde habrá renovación de ejecutivos locales y designación de candidatos del P.N.R. a senadores el presente año.

Acaba de expedir el partido su convocatoria a elecciones internas de candidatos a gobernador y senador en Sinaloa, y en ella quedó incluida una cláusula semejante a la que figura en la convocatoria dada a conocer en días pasados para el Distrito Federal, por la cual las mujeres podrán tomar parte en las elecciones internas que se efectuarán en aquella entidad el 5 de abril.

el Partido Nacional Revolucionario designó su delegado general en dichas elecciones internas al señor Carlos García Torres, quien ya ha salido rumbo a Culiacán, para ejercer sus funciones de supervisor general de tales actos, y lleva el propósito de cumplir lo estatuido en la convocatoria respectiva, dando toda clase de facilidades juntamente con el Comité del Estado para que los organismos femeniles de Sinaloa y en general todas las mujeres que pertenecen al partido, puedan tomar parte en los plebiscitos.

En las convocatorias a elecciones internas que lance el partido para otros estados se incluirá cláusula semejante, pudiendo asimismo las mujeres concurrir como delegadas a las convenciones distritales y estatales.


(Tomado de: Hemeroteca El Universal, tomo 3, 1936-1945. Editorial Cumbre, S.A. México, 1987)

jueves, 2 de marzo de 2023

Claroscuro urbano

 


Claroscuro urbano

La primera gran perspectiva de México se tiene desde el fondo de la avenida 20 de Noviembre, que enfoca a la magnífica Catedral, uno de los lados del Zócalo.

El Zócalo es una plaza colonial de grandes dimensiones, verdadero pulmón del México antiguo, donde están el Palacio, la Catedral, las casas de Cortés y el Ayuntamiento. La belleza y las grandes proporciones de esta plaza no se aprecian cumplidamente sino desde un balcón, porque la parte jardinera del centro es un poco elevada e interfiere la perspectiva. Creo que hay que verla además en pleno mediodía, con mucho sol, cuando brillan los automóviles estacionados en perfectas hileras. Yo no he visto una y limpidez mayor que la de esta plaza a esa hora y desde un balcón de Palacio o de las casas de Cortés. Allí nos damos cuenta que estamos a dos mil y pico de metros, a donde no llegan los miasmas de la tierra baja.

Otra perspectiva de gran ciudad, aunque no terminada todavía, se tiene desde la Avenida Juárez, mirando al Caballito y al arco monumental de la Revolución. Estos dos monumentos se destacan siempre sobre las barrocas nubes de México que durante el año de 1938 me hicieron pintar siete cuadros, entre otros El despertar de los ángeles.

El carácter urbano de México, siendo tan complicado a primera vista, puede resumirse diciendo que tiene un poderoso claroscuro. Hay un aspecto claro, brillante, anchuroso, y un aspecto sombrío, sórdido y estrecho. A la parte vieja de la ciudad le corresponde hoy este segundo aspecto; no lo tuvo antaño, ha sido cosa de estos últimos tiempos. El México antiguo, con su traza urbana colonial, de calle rectas y anchurosas, era más que suficiente para el trajín de los siglos pasados, trajín de tres coches, siete carros y diez carretas. Pero al cabo de los siglos, aquellas claras y anchurosas calles se han quedado estrechas y oscuras. Oscuras por el amontonamiento loco de letreros, anuncios, repintes, cartelones y toda clase de pegotes feos en las fachadas; estrechas, porque se amontonan en ellas los comercios, bancos, oficinas mercados, cafés, teatros y, en suma, todas esas células que traen consigo coches particulares o populares, carros de mudanza, autos de mercancía, camiones de reparto, motocicletas y bicicletas, tranvías y camionetas de anuncios ambulantes, a más de todo el gentío que converge, coincide, choca y suda, roe, mastica, escupe y tira cosas a determinadas horas, dejando por la tarde cubierta las calles de papeles rotos, cáscaras y residuos incalificables como si hubiese librado una batalla descomunal. El México viejo, a la hora del atardecer, es triste y feo a pesar de sus magníficos palacios coloniales. Hay que escapar de su seno y salir en busca de las Lomas de Chapultepec, de San Ángel o de algunas otras colonias nuevas que presentan horizontes, paz, aire limpio, suelo limpios, casas limpias. En diez minutos hemos pasado de loo oscuro a lo claro. Señal de que hay claroscuro.

México se ensancha, crece de una manera alarmante. Parece que quiere reunir en la capital todas las almas de la república, más las que llegan de Siria. Siguiendo así, México será una ciudad sola en un inmenso país desolado. Y con ello reafirmar a su carácter barroco, de gigantesca cornucopia, fuertemente contrastada.

En el ensanchamiento de México abundan las casitas. Una arquitectura menuda y como de bambalinas o teatro californiano, propensa a toda clase de fantasías, pero sin agresividad, antes bien, con deseos mimosos de halagar a los ojos. Los mexicanos invierten en fincas urbanas su dinero. Casi no hay mexicano que teniendo algún ahorro no tenga casa propia. Constantemente se levantan nuevas colonias o barriadas, cada vez más atendidas de servicios. Esto aumenta los suelos de asfalto y el número de automóviles, que ya es fabuloso. En México se ven más automóviles de lujo que en Nueva York y, desde luego, que en Europa. Cada propietario cambia de coche año por año. Y todo esto contribuye también al claroscuro de esta república hecha de rizos de oro y rizos negros.

Los barrios de la capital fueron colonias en su día, pero hoy forman un todo con el núcleo de la población. Cada colonia de éstas tiene su fisonomía propia. Así, la Colonia Juárez, por ejemplo, es de la época porfiriana, de la época del dinero, y tiene residencias grandes, de gusto francés, con jardines espaciosos. Sus casas resultan hoy frías y destartaladas en el interior, de techos demasiado altos, semisótanos propensos a inundaciones, puertas como para gigantes, carencia de closets, de baños bien acondicionados y otra porción de detalles arquitectónicos que han conquistado nuestra época.

Ampliación propiamente de la Colonia Juárez es el triángulo entre el Paseo de la Reforma y la Avenida Chapultepec, donde están las dos calles más bonitas del México moderno: Niza y Florencia.

La Colonia Roma, lindante con la Juárez, pero algo más separada del Paseo de la Reforma, tiene algo de común con la Juárez, pero ya hay en ella más mezcolanza. Junto a residencias ricas, casas de pacotilla. En esta colonia hay una plaza de gran sabor romántico. Tiene grandes árboles, canapés de hierro en su jardín central y bastante quietud. Antiguamente se llamaba Plaza de Orizaba, hoy Plaza Río de Janeiro.

la Colonia Hipódromo-Condesa se caracteriza por los parques, el de España y el de México o San Martín, la Plaza de Miravalle y unas cuantas avenidas deliciosas: Sonora, Veracruz, Durango, Tamaulipas y Nuevo León. En ella radica el Edificio Condesa, primer gran edificio de apartamentos levantado en México. Por lo demás, esta colonia está en crecimiento y tiene mucho de este tipo de casitas falsas que buscan más el preciosismo que la solidez y nobleza de los materiales. La Plaza de Toros está enclavada en esta colonia. Por cierto que se quedó sin revestir y resulta para la vista la primera plaza yanki del mundo, por ser tan ferretera como el Puente de Brooklyn.

La Colonia Lomas de Chapultepec se caracteriza por sus residencias con jardines exteriores y por estar en lo más alto de México.

Finalmente quiero incluir en este grupo de colonias selectas un pueblecito llamado San Ángel, que hace cuarenta años estaba lejísimos y hoy se alcanza en unos minutos. En él hay casonas antiguas de tipo colonial con preciosos jardines y añosos árboles. Junto al pueblo había varios conventos; uno de ellos sigue viviendo gracias al famoso restaurant mestizo de yanki por el nombre, San Ángel-Inn, en una de cuyas celdas vivió el poeta granadino don José Zorrilla cuando estuvo en México.


(Tomado de: Moreno Villa, José – Cornucopia de México y Nueva Cornucopia mexicana. Colección Popular #296, Fondo de Cultura Económica, S.A. de C.V., México, D.F., 1985)