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martes, 21 de abril de 2026

Entrevistando a las pirámides 7, Templo Mayor

 


Entrevistando a las pirámides 7 Templo Mayor 


Nuestro entrevistador de pirámides fue también niño y tuvo en su infancia un libro con muchas estampas ,que se llamaban Orbis Pictus. Ahora recuerda que entre ellas había una que representaba el templo de los indios de México, iluminada por él con lápices de colores. Había muchos indios ajetreados por delante del templo. Todo lo demás era incomprensible para él, en aquella estampa. Había, por ejemplo, una escalera. Pero no como las escaleras de las casas que él estaba acostumbrado a ver. Aquella escalera conducía directamente al sol. Había, además, en aquel grabado, casas que no era posible imitar con la caja de construcciones. Una de ellas se parecía a la fábrica de gas situada en el arrabal de la ciudad en que él vivía y de la que entraba siempre en la cocina un tufo desagradable. Había también una escuela de natación, aunque no es seguro que fuera eso. "Sí, seguramente es una escuela de natación; déjame en paz", gruñe el padre del futuro entrevistador de pirámides cuando éste le preguntaba a cada paso lo que era aquello. 

De buena gana echaría una parrafada con la pirámide del Orbis Pictus, si pudiese encontrarla. Pero sabe que no la encontrará. Después de aquel libro de estampas de su infancia ha leído muchos libros, entre ellos obras sobre México, y en todas ellas se asegura sin dejar lugar a dudas que el teocali de la capital fue demolido más concienzudamente que todos los demás templos del país. Que no ha quedado de él piedra sobre piedra ni el menor rastro y que sobre el solar en que antes se alzaba el templo indio levanta ahora su cruz la catedral de la nueva fe.

Y se comprende que los españoles volcaran su furia destructora con especial encono sobre este teocali. El odio y la rabia se unían aquí al celo proselitista de su religión, pues desde esta pirámide del rey y desde esta reina de las pirámides era desde donde se organizaba la resistencia contra los cruzados de la nueva fe y sobre sus altares corría la sangre de los hombres cristianos para aplacar la cólera de los dioses paganos.

El derrotado Hernán Cortés contemplaba impotente y desde lejos, según nos cuenta el poema de Heine, cómo conducían a sus hombres maniatados, escaleras arriba,

Al templo de Vitzlipuxtli, [Huitzilopochtli]

ciudadela para dioses,

hecha de ladrillo rojos,

que recuerda a los egipcios,

babilonios y asirios,

colosal monstruo de piedra 

que nos muestran las estampas 

del inglés Henry Martin.

Son las mismas escaleras,

anchas y formando rampa 

por las que suben y bajan 

millares de mexicanos.

Estas escaleras llevan 

en zigzag hacia lo alto 

hacia una inmensa terraza 

donde se alza el altar. 

El entrevistador recorre toda la catedral, buscando algún rastro del colosal monstruo de piedra", una piedra por lo menos, un ladrillo, con dibujos indios. Nada. Decepcionado, se dirige a la salida.

En este momento, resuena una voz que parece salir de las entrañas de la tierra:

-Aquí estoy -y luego, explicando el sentido de estas dos palabras-: la que tú buscas.

-¿Dónde estás?

-Sal a la calle, sigue la fachada de la catedral hacia el poniente y luego doblas hacia el norte, hasta que llegues a la primera esquina. 

El entrevistador sigue dócilmente la ruta que le marca la misteriosa voz. Al llegar al sitio indicado, en la esquina que forman las calles de la República Argentina y Guatemala, junto a un endeble cercado de alambre, mira primero en derredor suyo y luego hacia lo alto. 

-Mira hacia abajo -dice la voz. 

En efecto, a través del enrejado de alambre ve un solar de construcción, mejor dicho, de destrucción, a unos cuantos metros por debajo del nivel de la calle. Es todo lo que queda libre de lo que fue basamento de la gran pirámide. Restos de los muros sesgados, ángulos de piedra de 45 grados miran hacia arriba como los dientes rotos de la parte de abajo de una gigantesca quijada. Fragmentos de bajo relieves. Escombros de todas las edades. Cabezas de serpientes de plumas. Y un monolito con la figura de Quetzalcóatl. 

El entrevistador da las gracias a la pirámide descuartizada por haberle mostrado el camino de su cementerio. 

-Lo he hecho porque eres un europeo. En tus tierras, en ustedes mismos se está obrando ahora la misma salvación que nos trajeron a nosotros. Sus edificios, sus hombres están viviendo hoy tormentos mucho más espantosos que los que yo viví, a pesar de que su Hernán Cortés no era más que una caricatura ridícula y lamentable del nuestro. Ya va siendo hora de que nosotros enviemos al otro lado del océano a un escritor para que entreviste a sus ruinas.


(Tomado de Kisch, Egon Erwin. Descubrimientos en México. Volumen 1. Prólogo de Elisabeth Siefer. Edición aumentada. Colección ideas, #62. EOSA, Editorial Offset, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1988)

lunes, 9 de marzo de 2026

Entrevistando a las pirámides 6 Cholula



Entrevistando a las pirámides 6 Cholula 


El entrevistador de pirámides recorre, con una vela en la mano, las entrañas de la pirámide de Cholula. Cinco kilómetros de corredores subterráneos han sido desescombrados hasta hoy por los arqueólogos- corredores estrechos que se entrecruzan y ramifican a trechos irregulares formando una red inextricable, como el laberinto del Minotauro que en gloria esté. 

La pirámide de Cholula es también un conglomerado de pirámides. Pero lo que en Tenayuca eran piadosas superposiciones fueron en Cholula demostraciones de poderío y hostilidad. Cada tribu que dominaba a Cholula levantaba una nueva pirámide a lomos de la vencida. Y no contenta con esto, taponaba su interior con piedras, destruía los altares y las estatuas, cubría los frescos con una capa de barro y trastornaba el sistema de los corredores.

El último y más peligroso enemigo que levantó sobre este hacinamiento de templos el suyo propio fue la Iglesia. El santuario de Nuestra Señora de los Remedios se yergue orgulloso sobre la plataforma más alta de la más alta de estas pirámides superpuestas. Nadie sospecharía que este cerro abovedado es obra del hombre; hasta tal punto ha borrado y revestido la naturaleza las paredes piramidales con el verde claro de la vegetación. Al exterior, la pirámide de Cholula, en otro tiempo la más poderosa de la tierra, pues era casi el doble de grande que la de Keops, ya no existe. Pero por dentro sí existe, pues precisamente en este momento recorre su interior el entrevistador de pirámides, marchando a lo largo de los corredores desescombrados y deteniéndose delante de los frescos.

La luz que sostiene su mano se desplaza a toda prisa sobre saltamontes y calaveras, calaveras y saltamontes; el entrevistador advierte con angustia que ya no le queda más que un cabo pequeño de vela, apenas lo necesario para descender el camino andado y encontrar la salida. Pero la curiosidad puede más que el miedo a que los arqueólogos del porvenir descubran aquí su cuerpo convertido en esqueleto. Y penetra en una cámara en cuyo centro se alza una especie de pedestal cuadrangular hecho de barro. Levanta la vela, ya a punto de extinguirse, y ve a un hombre alto de cara pálida y larga barba blanca. 

-No se asuste usted -dice el misterioso personaje-; he venido a buscarlo para acompañarlo hasta la salida. Esto fue hace tiempo un altar. Sobre él se ofrendaban a los dioses flores, saltamontes y mariposas. Los sacrificios humanos, aquí, eran considerados un crimen. 

-¿Vive usted aquí?- balbucea el entrevistador, por balbucear algo. 

-Sí, hace mucho tiempo que vivo aquí -contesta el de la barba blanca-. Pasé fuera de aquí mucho tiempo, pero he vuelto. 

-¿Y por qué se fue de esas tierras, si me permite la pregunta? 

-El que quiera saber, tiene que preguntar. Se lo contaré. Yo era sacerdote en Tula y enseñaba a mis fieles el cultivo del maíz y de otros frutos, las artes de la cerámica, a tejer cestos y telas. Pero los otros sacerdotes veían esto con malos ojos. Los viejos azuzaban a la gente contra mí porque las artes que yo profesaba eran afeminadas y poco guerreras; los jóvenes consideraban una blasfemia todos nuestros sacrificios religiosos, "En vez de carne humana, nos trae mariposas", clamaban los sacerdotes de los dioses; "en vez de dinero, nos trae saltamontes", gritaban los sacerdotes de la Iglesia. 

-¿Y le hicieron a usted daño? 

-Para evitar que me mataran me marché de allí, vine a Cholula y aquí me quedé. Veinte años más tarde fui andando hacia el mar, acompañado por amigos y discípulos. En Veracruz tomé un barco y partí para tierras lejanas. Desgraciadamente, con la promesa de volver…


(Tomado de Kisch, Egon Erwin. Descubrimientos en México. Volumen 1. Prólogo de Elisabeth Siefer. Edición aumentada. Colección ideas, #62. EOSA, Editorial Offset, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1988)

lunes, 2 de febrero de 2026

Entrevistando a las pirámides 5 Tenayuca


Entrevistando a las pirámides 5 Tenayuca 


La pirámide de Tenayuca o de las Serpientes, situada al borde noroccidental de la Ciudad de México, emplea cuando habla en primera persona o de sí misma el pluralis majestatis, con gran asombro de su entrevistador. 

-¿Quiere saber lo más curioso en lo que a nosotras se refiere? -dice la pirámide-. Aunque los conquistadores pasaron en su campaña por delante de nosotras y el soldado Bernal Díaz nos menciona en su libro, pasaron largos siglos antes de que volvieran a descubrirnos. Cuatrocientos años emplearon, primero los devotos y luego los investigadores, buscando nuestro emplazamiento, a pesar de encontrarnos al borde mismo de la capital. Fuimos redescubiertas en 1925. 

El entrevistador preguntó a la pétrea majestad cómo se explicaba esto. 

-Nada de lo que los dioses hacen es explicable. Ordenaron a la naturaleza que tendiera un velo sobre nuestra guardia. Esta se hallaba formada en los buenos tiempos por ochocientos centinelas…

Ahora la guardia ha quedado reducida, si el entrevistador no ha contado mal, a 138 soldados, que forman todavía un cordón bastante respetable de seguridad en torno a la pirámide; 138 robustos y temibles centinelas, 138 rollizas serpientes de cascabel talladas en granito. 

-Después del ocaso de los dioses, siguieron montando guardia, con el mismo silencio de piedra de antes. Era necesario desviar la atención de nosotras hasta el día en que nos devolviera a la finalidad de nuestra vida. 

El entrevistador preguntó a la pirámide cuál era aquella finalidad de su vida a que se refería.

-No somos una sola pirámide, aunque por fuera lo parezca. Somos ocho. Cada uno de nosotras prestaba durante cincuenta y dos años el servicio para que fueron construidas todas las pirámides: arrojar dardos y honrar a los dioses. Desde nuestra altura lanzaron muchos de aquéllos contra el enemigo. Y nuestros escalones estaban dispuestos de tal modo, que podía dispararse contra un enemigo muy próximo, que estuviese trepando ya por nuestro lomo, sin herir a los nuestros emplazados en otros pisos. El honrar a los dioses era función cotidiana de nuestro altar. 

Al cumplir cincuenta y dos años, la finalidad de nuestra existencia era otra, mucho más importante. El mundo duraba entonces exactamente cincuenta y dos años, a menos que los dioses se dignasen prorrogar su vida. Nadie en la tierra sabía si los dioses concederían o no la prórroga; la señal se daba a última hora del último año desde el altar de las serpientes situado en nuestra cima. En torno a nosotras todo eran sombras, pues se habían extinguido todas las luces del mundo. Una tensión indescriptible contenía el aliento de la multitud cuando los sacerdotes frotaban dos piedras, una contra otra. Si los dioses eran clementes, saltaban chispas. Un griterío inmenso de júbilo saludaba el signo de la gracia divina: ¡el mundo seguía viviendo! En acción de gracias por esta merced, se construía sobre la vieja pirámide de la vieja era y en torno a ella, la nueva pirámide de la nueva era. Esto quiere decir que nuestro ciclo de construcción duró ocho veces cincuenta y dos años, o sea, según vuestro cómputo, desde el siglo XII hasta el siglo XVI.”


(Tomado de Kisch, Egon Erwin. Descubrimientos en México. Volumen 1. Prólogo de Elisabeth Siefer. Edición aumentada. Colección ideas, #62. EOSA, Editorial Offset, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1988)

lunes, 5 de enero de 2026

Entrevistando a las pirámides 4 Xochicalco


Entrevistando a las pirámides 4 Xochicalco 


Le toca el turno ahora a la pirámide de Xochicalco. Para llegar a Tula, el entrevistador ha recorrido ochenta kilómetros desde la capital en dirección norte; ahora tiene que volver a la capital y recorrer ochenta kilómetros hacia el sur. ¿Es que no hay otras pirámides más cercanas a la Ciudad de México

Sí, las hay. Y dos de ellas, la de Cholula y la pirámide de las Serpientes, son, incluso, las más importantes después de las que ya conocemos. Pero un buen entrevistador de pirámides debe proceder por estricto orden cronológico. 

la era precortesiana no conoce cifras de años, ni esos conceptos nuestros de Antigüedad Clásica, Edad Media, Renacimiento, etc. La historia y la evolución histórica de la cultura se clasifica y denominan con arreglo a los sitios de los descubrimientos arqueológicos. Lo único que se conoce con mayor o menor claridad es la sucesión de las culturas dentro de una determinada zona, lo que nos permite hacer, en México, un recorrido a través de las diversas edades, desde la más remota antigüedad hasta los tiempos presentes. Esta ruta es la que sigue nuestro entrevistador de pirámides. No quiere que les ocurra a sus lectores lo que a los turistas de Roma, que se asombran de encontrar el Coliseo en un estado mucho más ruidoso que la basílica de San Pedro, a pesar de haber visitado ésta antes de ver aquél. 

Después de Tula le llega el turno a Xochicalco, pues ambas pirámides tienen, poco más o menos, la misma edad. La de Xochicalco declara a su entrevistador que no es, por su origen, una auténtica pirámide aunque lo es en sentido estereométrico, pues no fue construida con fines religiosos, sino con miras puramente estratégicas, como una ciudadela o fortificación para defenderse del enemigo. 

A pesar de ello, no hay en toda la meseta central de México ninguna otra tan ricamente esculpida. Los ornamentos y el friso de esta pirámide no son precisamente estilizados: las serpientes y las lenguas de fuego se retuercen aquí sobre un caballete de piedra con el mismo salvaje realismo que la cosa que quieren representar; la lava ardiente vomitada en otro tiempo por las montañas divinas que escupían fuego sobre los hombres de la tierra. 

-A mí -cuenta la pirámide de Xochicalco- me hizo célebre un alemán, el profesor Eduardo Seler, de Berlín, y yo, en justo pago, le hice famoso a él. Era en realidad filólogo y solo había venido a México a estudiar los dialectos de la Huasteca. Nos conocimos casualmente, un día en que vino a verme un arqueólogo mexicano que invitó al alemán a acompañarlo. Seler publicó algunas cosas acerca de mí; al principio, nadie quiso creerle ni dar crédito siquiera a las ilustraciones. Más tarde, hacia fines del siglo pasado, me puse de moda y era una verdadera peregrinación la que desfilaba por aquí constantemente. Ahora, me han dejado más tranquila, aunque la ciudad de Cuernavaca que se extienda mis pies se ha convertido en uno de los centros vacacionales y turísticos más visitados.


(Tomado de Kisch, Egon Erwin. Descubrimientos en México. Volumen 1. Prólogo de Elisabeth Siefer. Edición aumentada. Colección ideas, #62. EOSA, Editorial Offset, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1988)

jueves, 1 de enero de 2026

K’awiil, deidad de los linajes divinos (dios K, dios GII)



K’awiil, deidad de los linajes divinos (dios K, dios GII)


Cetros, bastones, barras bicéfalas, tocados y otros accesorios utilizados por los gobernantes del Clásico muestran reiteradamente imágenes de K'awiil (Abundante Cosecha), como insignias del poder divino a ellos conferido. Es posible que el llamado dios Bufón, personificación del poder, sea una de sus manifestaciones. 

Esta deidad de cuerpo humano y una pierna en forma de serpiente, posee la cabeza de un ser sobrenatural con vírgula en el ojo una larga trompa de reptil provista de molares y un largo colmillo. En la frente porta un espejo (en ocasiones éste puede sustituir todo el rostro), en el cual está inserto un elemento en forma de hacha, antorcha o cigarro del que brotan volutas que representan las hojas del maíz, fuego o humo. Asociado con la nobleza, el relámpago, las semillas, las ofrendas de sangre, la fertilidad y la germinación, era guardián de la vida y regente de los cuatro cuadrantes del cosmos. 

De los tres dioses creados, según los textos del Templo de la Cruz Foliada de Palenque, K'awiil (GII) fue el último en nacer. En el Posclásico los yucatecos los denominaban B'olon Tz'akab (Nueve Generaciones, Cosa Perpetua o Eterno) y quizás sea el Tohil (Tormenta) o Huracán (Rayo de una Pierna) de las tierras altas de Guatemala

Igual que Itzamnaaj, del cual es una manifestación más, era una deidad que reunía atributos terrestres y celestiales. El grifo de K'awiil fue utilizado en el nombre de varios gobernantes. 


(Tomado de: Pérez Suárez, Tomás - Dioses mayas. - Los dioses mayas. Arqueología Mexicana, vol. XV, núm. 88. Noviembre/diciembre 2007. Editorial Raíces/Instituto Nacional de Antropología e Historia. México, D.F.)

viernes, 5 de diciembre de 2025

Entrevistando a las pirámides 3 Tula


Entrevistando a las pirámides 3 Tula 


En cambio, es menos conocida y no se ha escrito mucho acerca de la pirámide de Tula, en el Estado de Hidalgo. Pasa con esta pirámide algo así como con la sinagoga de Praga, que según la leyenda brotó de la tierra acabada y completa. La pirámide de Tula, y esto no es leyenda, sino realidad, surgió hace cuatro años. Por eso aparece ahora ante el entrevistador con todo el candor de una novicia. 

-Yo -empieza diciendo- era el santuario de la ciudad de Tula, del estado de Tollan y de la nación tolteca. Creo que esto fue, según vuestro cómputo del tiempo, desde el año 648 hasta el siglo XI. Mi construcción era magnífica, la gente me adoraba y todos los días se inmolaban unas cuantas víctimas humanas sobre mi cuerpo. Mis toltecas eran gentes buenas y muy capaces, arquitectos, mecánicos y astrónomos que ayudaban a los sacerdotes a proclamar desde mi cima las cosas venideras. Lo único malo que tenían los toltecas era que les gustaba demasiado el pulque.

Hacia el año 1000 de nuestra de vuestra era, me abandonaron y se fueron a Yucatán. Allí encontraron las huellas en sus propias dotes artísticas en medio de las construcciones de los mayas, cuando aún se discutía mi existencia.”

En seguida, la pirámide se queja de los tiempos en que vivió abandonada: 

-Nuestra ciudad solitaria pasó luego a manos de otro pueblo. Esto debió ser allá por el año 1170. Los nuevos pobladores se llamaban chichimecas, "los del país de los perros", y eran verdaderamente gente perruna, bárbaros. Lo que no se había desmoronado por sí mismo después de la marcha de los toltecas, fue destruido por éstos perros humanos, los cuales devastaron el país, de modo que no dejaron rastro de mí.

En esto se equivoca la pirámide. Había quedado rastro de ella en los códices, en las crónicas y en la tradición. Este rastro fue el que siguieron los eruditos del siglo XVI. Entre otros historiadores dedicados a estudiar la era prehispánica figuraba el príncipe indio bautizado Fernando de Alva Ixtlixóchitl, que escribió acerca de Tula, de la vida de la corte, el gobierno, el pueblo, las calles y la industria que allí tenían su centro. Y esa ciudad había de ser su perdición como hombre de ciencia. 

La República de los eruditos decidió, en efecto, en el siglo siguiente, que no existía, no había existido jamás ni podía existir semejante Tula. Por mucho que se le había buscado y por muchas antiguas ciudades que sin que nadie las buscara emergían de la tierra mexicana, había sido imposible dar con ella. Iba afianzándose cada vez más la idea de que Tula era algo así como la Ultima Tule de Virgilio o la Ciudad del Sol del utopista Campanella: un lugar legendario, pues la palabra Tula significa también "Estado del Sol". Algunos arqueólogos sostenían que Tula no era sino Teotihuacán, ciudad sagrada cuyo nombre, a pesar de su grandeza y esplendor mayestáticos, no aparece mencionado en ningún códice. Otros consideraban Tula como sinónimo de Cholula; otros, finalmente, opinaban que la ciudad de los toltecas era la actual aldea de Tule, cercana a la famosa pirámide de Mitla

El historiador Alva Ixtlixóchitl fue sacado del panteón de los eruditos y arrojado al ghetto de los poetas; se le acusaban de haberse dejado cegar por su amor propio nacional, que le había hecho tomar la leyenda de Tula tan al pie de la letra como los historiadores europeos la leyenda de Troya, fruto de la imaginación poética de Homero. Pero esa comparación tuvo que retirarse después que Schliemann, en sus excavaciones, sacó a la luz las ruinas de Troya. Sin embargo, los recalcitrantes siguieron negando la existencia de Tula aún después de 1885, año en que fue desenterrada, o mejor dicho, enterrada una pirámide cerca de la pequeña Villa de Tula de Allende en el Estado de Hidalgo.

El autor de este descubrimiento era, ciertamente, un hombre sospechoso y poco grato para los mexicanos. Se llamaba Desirée Charnay y había rondado por el país, antes de la intervención francesa, con misteriosos encargos de Napoleón III. Veinte años después, retornó a México para emprender excavaciones por cuenta del millonario franco-estadounidense Lorillard. Para adular al hombre que lo subvencionaba bautizó con el nombre de Lorillard una ruinas descubiertas por él en los dominios de los indios lacandones, a pesar de tratarse de un lugar ya conocido y que tenía su propio nombre: Yachtli. En sus excavaciones de Tula de Allende, que emprendió probablemente guiado por la ambición de descubrir aureos tesoros, Charnay aplicó unos métodos más propios para estropear las ruinas que para descubrirlas. Es posible que su aventura a la que se lanzó sin consultar para nada a los sabios mexicanos, sólo sirviera para afianzar a éstos en su escepticismo respecto a la existencia de la ciudad de Tula. 

Hace muy poco tiempo, en 1940, algunos arqueólogos mexicanos volvieron a agitar la teoría de que había existido una capital llamada Tula, situada en el lugar en que ahora se levanta la pequeña Villa de Tula de Allende, en el Estado de Hidalgo. En la Sociedad Mexicana de Antropología este tema provocó violentas discusiones, algunos aspectos de las cuales trascendieron a la opinión pública. Por fin, el gobierno concedió los créditos necesarios para emprender excavaciones en esta Tula a la que el entrevistador de pirámides ha venido desde la Ciudad de México por ferrocarril: hora y media de tren, según la guía.

Nuestro hombre recorre las calles y la plaza del pueblo, entra en la iglesia. Y aunque se esfuerza en hacer de sus ojos verdaderos aparatos de rayos X y saber más de lo que busca que lo que sabían los habitantes y visitantes de Tula anteriores a 1940, no logra descubrir en esta villa de dos mil habitantes más que eso: una villa de dos mil habitantes. Ni su trazado ni las piedras y figuras talladas de sus alrededores podían bastar para sospechar detrás de esta Tula, la Tula de otros tiempos. La zona arqueológica queda al margen de todos los caminos, lejos de todas las casas habitadas por los tulenses de hoy.

El entrevistador, acompañado por unos cuantos muchachos del pueblo, deja atrás la pequeña villa, sale al campo, camina primero por entre plantaciones de maguey, marcha luego sobre tierras quebradizas y polvorientas cubiertas de cactus y llega por último a un paraje en que no existe siquiera nada de esto. De pronto, inesperadamente, ve erguirse frente a él una pirámide alta y magníficamente proporcionada, un segundo antes invisible. No ve, en cambio, otra pirámide situada junto a ésta; mejor dicho, no se fija en ella, pues la toma por un cerro como otro cualquiera, cubierto de hierbajos. 

La pirámide no desenterrada estaba consagrada al sol; la otra, la que se levantaba libre y airosa a los dioses de la luna. Esta pirámide justifica por sí sola las excavaciones, basta por sí sola para fallar un pleito de eruditos que ha durado siglos enteros. Pero a la par con ella salieron a la luz toda una serie de tesoros que habrán causado el asombro del mundo, si el mundo no hubiese estado durante estos cuatro años entregado a la tarea de desenterrarse a sí mismo y de tomar precauciones para que nadie volviera a sepultarlo.

Desplegados en un ancho arco ante la pirámide, aparecen los tesoros de piedra descubiertos junto a ella. Al entrevistador, prisionero de las ideas y modos asimilados en Europa y en Estados Unidos, tiene por un momento la sospecha de si estas esculturas, por ejemplo las figuras de los bajo relieves, no serán tal vez falsificadas. Su integridad es muy sospechosa. Y lo mismo los meandros. ¡Qué claridad y nitidez, las de estos adornos escultóricos! Otro tanto acontece con las columnas, los llamados atlantes, que tienen casi 5 metros de alto. Su rostros, sus cuerpos y hasta sus vestiduras, parecen esculpidos por un escultor de hoy que se hubiera inspirado en modelos egipcios. Los indios de los monolitos ostentan sus adornos de plumas de un modo completamente distinto que los esculpidos en los bajos relieves. 

Pero el recelo se suma sin dejar rastro. ¿Falsificaciones? ¿A quién iba a ocurrírsele aquí falsificar esculturas indias, y con qué fin? Todas estas maravillas están esparcidas sobre un lejano cerro, sin que nadie se ocupe de custodiarlas. Cualquiera podría venir, cargarlas en unos camiones y llevárselas tranquilamente. ¿A quién iba a ocurrírsele falsificar todo un estadio con graderías de piedra, construir y enterrar, para luego desenterrarlas, dos enormes pirámides? 

Lo primero que hace la pirámide es llamar la atención del entrevistador hacia su friso: 

-¿Se ha fijado usted bien en los jaguares, en las mariposas, en las calaveras talladas sobre la serpiente-dragón? En mis buenos tiempos era el último grito de la moda. Hoy estos adornos ya no se llevan ni se construyen pirámides. ¿Ha visitado otras pirámides? Dígame con toda sinceridad si he encontrado alguna mejor construida que yo... Es usted muy amable... ¡Si me hubiera visto en otro tiempo. Hoy no soy más que una ruina de lo que fui. ¿Ve usted de esta cicatriz? Es la reliquia de la operación que me hizo con el pico un cirujano-curandero. Estaba empeñado en que, a fuerza de cavar, encontraría en mis entrañas una campana de oro. 

Mientras la pirámide habla con su entrevistador asoma por la plataforma la cara escueta de un indio, atento a sus palabras. ¿Habrá emergido de la Tierra al mismo tiempo que la pirámide su cantor Fernando de Alva Ixtlixóchitl, para exigir después de cuatro siglos de destierro y de condena la reparación de su honor científico agraviado?


(Tomado de Kisch, Egon Erwin. Descubrimientos en México. Volumen 1. Prólogo de Elisabeth Siefer. Edición aumentada. Colección ideas, #62. EOSA, Editorial Offset, S.A. de C.V., México, Distrito Federal, 1988)

lunes, 1 de diciembre de 2025

Ek’Chuak, Dios de los comerciantes (Dios M)

 


Ek’Chuak, Dios de los comerciantes (Dios M)


Esta deidad, cuyo nombre se traduce como Escorpión (Chuak) Negro (Ek’), era el patrono de los comerciantes, quienes le rendían culto en la noche, en medio de los caminos. Es el dios del centro del mundo, donde enciende el primer fuego, por lo que podemos relacionarlo con Xiuhtecutli (Señor del Centro) o Huehuetéotl (Dios Viejo del Fuego) de los pueblos del Centro de México.

Sus representaciones lo muestran con rasgos humanos de joven o anciano y el cuerpo pintado de negro, cola de escorpión, labios rojos y una nariz prominente. Esta última característica también se asocia con Yacatecuhtli (Señor de la Nariz), deidad del comercio en el panteón mexica. 

Conocemos pocas imágenes de este dios en el Clásico, pero en los códices del Posclásico, especialmente en el Madrid, se registraron varias de sus acciones rituales. Puede cargar en la espalda el bulto de los comerciantes y apoyarse con una lanza o un bastón, enciende el fuego primigenio en el centro del cosmos, agita una sonaja esférica porta el hacha con la que Chaak produce los rayos, se autosacrifica punzándose el pene y es atacado por otras deidades. Su nombre jeroglífico es el ojo mismo del dios y en las fechas de serie inicial este glifo aparece como patrono del segundo mes, llamado wo.


(Tomado de: Pérez Suárez, Tomás - Dioses mayas. - Los dioses mayas. Arqueología Mexicana, vol. XV, núm. 88. Noviembre/diciembre 2007. Editorial Raíces/Instituto Nacional de Antropología e Historia. México, D.F.)

jueves, 2 de enero de 2025

Maya, una civilización en la historia


 

Maya, una civilización en la historia 


Las investigaciones realizadas por múltiples disciplinas, entre las que destacan la historia, la arqueología y la epigrafía (el estudio de las escrituras antiguas), nos han dado a conocer la trayectoria histórica de los grupos mayances prehispánicos, que al parecer se inició hace alrededor de cuatro mil años.


Tras largas migraciones, diversos grupos tribales se establecieron en un extenso territorio de aproximadamente 400 000 km cuadrados que comprende los actuales estados mexicanos de Yucatán, Campeche, Quintana Roo y partes de Tabasco y Chiapas, así como Guatemala, Belice y las porciones occidentales de Honduras y El Salvador. A la gran variedad geográfica del área corresponde una notable diversidad cultural e histórica, pues los mayas no son un grupo homogéneo, sino un conjunto de etnias con distintas lenguas -aunque todas provenientes de una lengua madre- costumbres y formas de vinculación con su área. Pero la economía, la organización sociopolítica, las construcciones y las obras escultóricas y pictóricas, así como los conocimientos científicos y la religión de los grupos mayances, presentan semejanzas que permiten considerarlas como producto de una misma cultura. 

La historia prehispánica de los mayas cubre casi 3,500 años, desde el establecimiento de las primeras aldeas, hacia el 2,000 a.C., hasta el sometimiento paulatino a la Corona española, en los siglos XVI y XVII d.C. Los estudiosos del mundo indígena prehispánico han dividido su historia en distintos periodos a fin de comprenderla mejor. Esos periodos son: 


Periodo Preclásico 

Entre los años 1,800 a.C. y 250 d.C. se fueron configurando los rasgos que darían su carácter propio a la cultura maya, con diversas influencias de otros grupos de la gran área cultural llamada Mesoamérica, como los olmecas de la Costa del Golfo de México y los creadores de la cultura de Izapa, en la porción sur de la propia área maya. La domesticación y el cultivo del maíz, aunado al del frijol, la calabaza y el chile, permitió el desarrollo de las primeras aldeas, generalmente en las márgenes de los ríos. Con el incremento de la agricultura sobrevino un aumento de población, se construyeron edificios específicos para el culto religioso y surgió una estratificación de la sociedad como resultado del despliegue de actividades más libres y especializadas, entre ellas la escritura, el arte plástico y los conocimientos científicos. 


Periodo Clásico

Alrededor del siglo III d.C. se inició una época de florecimiento en todos los órdenes, llamada por ello "clásica", que culminó en el siglo IX. En este periodo se intensificaron las relaciones con otros pueblos de Mesoamérica, como los teotihuacanos, y debido al incontenible aumento de la población los asentamientos se convirtieron en núcleos urbanos, con una estructura de poder religioso y civil muy bien organizada, que encabezaba una clase gobernante investida de poderes sagrados. Para este momento la religión ya presentaba un alto grado de complejidad, y los conocimientos científicos y las artes plásticas se encontraban en pleno auge. Entre los muchos sitios que florecieron durante ese periodo podemos destacar a Kaminaljuyú, Tikal, Palenque, Caracol, Yaxchilán, Bonampack, Chinkultik, Copán, Quiriguá, Calakmul, Cobá, Edzná, Uxmal, Ek Balamalam y la Chichén Itzá clásica. 

Hacia el siglo IX se desencadenó una serie de cambios profundos, en lo que se ha denominado "colapso maya", que consistió principalmente en el cese de las actividades políticas y culturales de las grandes ciudades del área central, muchas de las cuales fueron abandonadas para luego desaparecer bajo la espesa selva. Hay varias hipótesis sobre las causas de este fenómeno, entre las que se mencionan crisis agrícolas, ruptura del equilibrio ecológico y hambrunas, que pudieron acarrear grandes conflictos políticos. 

Contrariamente a lo que ocurre en el área central, donde no volverá a florecer con el mismo esplendor la cultura maya, en las regiones norte y sur (norte de la península de Yucatán y Tierras Altas de Guatemala y Chiapas, respectivamente) se produce notables cambios influidos por la llegada de diversos grupos de otras regiones de Mesoamérica. 


Periodo Posclásico 

A las Tierras Altas del sur del área maya arribaron varios pueblos extranjeros que modificaron el rumbo de la historia de esta civilización. Las migraciones están relatadas en los libros que los mayas escribieron durante los primeros años de la época colonial, en sus propias lenguas, pero usando el alfabeto latino que les enseñaron los frailes españoles. El Popol Vuh, libro sagrado de los quichés, dice que después de la creación de los hombres por parte de los dioses: "Muchos hombres fueron hechos y en la oscuridad se multiplicaron. No había nacido el sol ni la luz cuando se multiplicaron. Juntos vivían todos y andaban allá en el Oriente. Una misma era la lengua de todos". Los primeros cuatro hombres creados, que son los ancestros del pueblo quiché, rogaban al creador: "Oh Dios, Corazón del Cielo, Corazón de la Tierra, danos nuestra descendencia mientras camina el sol y haya claridad. ¡Danos buenos caminos, caminos planos! ¡Que los pueblos tengan paz, mucha paz y sean felices; y danos buena vida y útil existencia”.

luego de reunir a sus hijos, los cuatro patriarcas se dirigieron a la ciudad de Tulán, donde recibieron las imágenes de sus dioses, y con ellas a cuestas emprendieron el largo viaje hacia las tierras mayas, donde fundarían nuevas ciudades. 

Asímismo, algunos cakchiqueles que aprendieron el alfabeto latino narraron el origen del universo y de su propio pueblo en otro libro extraordinario, el Memorial de Sololá, que corrobora los acontecimientos mencionados en el Popol Vuh

Todos estos hechos ocurren históricamente a fines del primer milenio después de Cristo, y con ello se inicia el periodo llamado Posclásico, que va del 900 al 1524. 

Los quichés de la Tierras Altas de Guatemala crearon un poderoso estado militar que sojuzgó a las otras etnias, como los cakchiqueles y los zutuhiles, y mantuvieron fuertes contactos con los mexicas del Altiplano Central a quienes rendían tributo. En 1524, a la llegada de los españoles comandados por Pedro de Alvarado, su capital, Gumarcaah, tuvo un fin violento, como el de Tenochtitlan ocurrido sólo tres años antes. Esta conquista es narrada, entre otros textos, por un emotivo documento colonial llamado Título del Ahpop Uitzitzil Tzunún

En el norte de la península yucateca, durante el Posclásico hubo un gran cambio cultural, ocasionado también por la llegada de grupos muy diversos procedentes de la Costa del Golfo de México que se asentaron en sitios como Uxmal, Chichén Itzá y Mayapán.

En este periodo se intensifican los contactos con varios pueblos; el comercio adquiere un papel central en la vida de los mayas y se crean emporios comerciales, como el de los chontales o putunes. Asimismo, muchas actividades pierden su carácter religioso debido tal vez al militarismo y a los intereses utilitarios. Los mayas destacan ahora ya no como matemáticos y astrónomos, sino como hombres de negocios capaces de organizar y mantener una importante red comercial. 

Pero los mayas nunca dejaron de ser religiosos. En el Posclásico se introdujeron nuevos dioses y cultos provenientes de otras regiones de Mesoamérica, como la veneración al dios Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada del Altiplano Central de México, que los mayas llamaron Kukulcán. También surgieron nuevos estilos artísticos y se vivió un gran auge cultural que se reflejó principalmente en la ciudad de Chichén Itzá. 

La conquista del norte de la península de Yucatán no presentó el carácter de epopeya que tuvieron la de Tenochtitlan en México y la de Gumarcaah en Guatemala. Para entonces las constantes guerras ya habían conducido a la región a una decadencia cultural, y entre 1527 y 1546 cayó en manos de Francisco de Montejo, de su hijo y de su sobrino, del mismo nombre ambos. Pero los itzáes de Chichén Itzá que habían huído hacia las selvas de Guatemala, y fundado la ciudad de Ta Itzá, a orillas del lago Petén, lograron mantenerse libres hasta 1697. 

Después de la conquista española la historia de los pueblos mayances sufrió un cambio radical, pero a quinientos años de ese momento aciago para los mayas, la mayoría de las etnias habita aún en sus territorios, hablan sus lenguas y conservan algunas de sus creencias y costumbres cotidianas, aunque modificadas, lógicamente, por la imposición violenta de otra cultura.


(Tomado de: de la Garza Camino, Mercedes. Una civilización en la historia. Los misterios de Palenque. Pasajes de la Historia II. México Desconocido, Editorial México Desconocido, S.A. de C.V. México, Distrito Federal, 2000)

lunes, 17 de abril de 2023

Códice Madrid

 


Códice Madrid 

Merideth Paxton

Doctora en historia del arte. Investigadora asociada en el Instituto Latinoamericano e Ibérico de la Universidad de Nuevo México. Estudia formas y contenidos de los códices mayas y su relación con las pinturas de los sitios arqueológicos, particularmente de Yucatán, así como la información etnohistórica generada a partir de la conquista española.


Traducción del inglés: Xavier Noguez


Contenido

El códice contiene escenas adivinatorias en un contexto de ciclos calendarios (zolkín y haab) y direcciones del universo. Las imágenes representan rituales y actividades cotidianas como la agricultura, petición de lluvia, apicultura, caza, actividades bélicas, sacrificio humano y tejido, como se reflejaban en el ámbito de las deidades. Por ejemplo, se ilustra una serie de mujeres tejiendo en telar de cintura, tema que se ha asociado con la diosa lunar y que se compara con el movimiento de nuestro satélite. También se ilustraron ceremonias que marcan el término de un ciclo de 365 días (haab) y el inicio del siguiente. El contenido de algunos pasajes muestras similitudes con partes de pictografías procedentes del centro de México.


Fecha de elaboración 

Posclásico Tardío.


Lugar de origen 

Tal vez proceda de Yucatán. Sin embargo y debido a la escasez de información, es necesario plantear nuevas hipótesis a partir del examen directo del códice. El tipo de corteza de una higuera usada para hacer el papel fue identificado a principios del siglo pasado, pero este dato no ayuda a determinar su lugar preciso de origen, porque la distribución de esa higuera o ficus es muy extendida.

Dominante en los textos glíficos es el maya yucateco (incluidos el mismo yucateco, lacandón, mopán e itzá), el cual en la actualidad se habla en la península, en las tierras bajas de Chiapas, el Petén y Belice. A principios del siglo pasado, algunos especialistas consideraron la posibilidad de que el códice pudo haber sido obtenido del grupo maya-itzá asentado en una isla del lago de Petén, conocida como Flores, lo que ocurrió después de la conquista española de este reducto independiente en 1697.

Aunque algunos motivos que aparecen en el códice representan objetos usados no sólo en Yucatán sino en un área más amplia, el análisis iconográfico indica una asociación con la península yucateca. Algunas ilustraciones de recipientes de cerámica tienen semejanza con los incensarios del Posclásico Tardío excavados en Mayapán y con los del Petén. Las representaciones de hachas que llevan algunas deidades también pueden compararse con objetos líticos recuperados arqueológicamente.


Características físicas 

Este es el más extenso de los códices mayas prehispánicos. Consta de 112 páginas (56 hojas pintadas en ambos lados), que miden  23.2 cm de altura por 12.2 cm de ancho (con ligeras variantes). El papel es de amate y originalmente se preparó como una larga tira que se doblaba como acordeón. Sobre las páginas se aplicó una capa de estuco muy fino como base, sobre la cual se pintaron jeroglíficos e imágenes. Los colores ahora visibles son café rojizo oscuro, amarillo-café claro, dos tonos de azul, negro y gris. En algún momento la pictografía fue dividida en dos partes. Un gran fragmento de estuco pintado, desprendido de la parte superior de la página 56, se guarda junto con las dos partes señaladas.


Formas y colores 

John Eric Thompson ha señalado que la ejecución artística del códice no tuvo la calidad de otras pictografías prehispánicas, como la del Dresde y París. El mayista inglés consideró que las figuras de los dioses en el Madrid eran descuidadas y estaban delineadas con prisa. También criticó la falta de claridad en el registro glífico. A pesar de la opinión adversa de uno de los grandes especialistas en la materia, la importancia del códice radica en su mera existencia y en la validez general de su información.


Breve historia del códice 

Hasta la fecha no se ha encontrado datos relacionados con la llegada del códice a Europa. En un momento fue dividido en dos secciones que, durante algún tiempo, se consideraron autónomas con los títulos de Códice Troano y Códice Cortesiano. En 1866, el primer fragmento estaba en manos de Juan Troano y Ortolano. Charles Etienne Brasseur de Bourbourg lo vio en Madrid en el mismo año e hizo los arreglos necesarios para hacer una reproducción litográfica, en 1869. El Troano fue adquirido por el Museo Arqueológico Nacional en 1888. Juan Palacios, un residente de Madrid, intentó vender el Cortesiano hacia 1867. El museo citado también lo adquirió del bibliófilo José Ignacio Miró en 1872. Miró afirmó que lo había adquirido recientemente en Extremadura debido a que Hernán Cortés provenía de esa provincia, y con la idea de que el mismo Cortés lo había traído a España, el director del museo lo bautizó con el nombre del conquistador. Una edición limitada de fotos del Cortesiano circuló alrededor de 1880, que ayudó a aclarar que se trataba de un solo manuscrito, debido al empalme correcto de las dos secciones.


Principales estudios 

La primera reproducción de una de las partes del códice (Troano) fue dada a conocer por el abad Brasseur de Bourbourg en 1869. A ésta siguieron varias ediciones no facsimilares, con estudios parciales. Entre éstos destacan los de León de Rosny (1883), Cyrus Thomas (1882), Paul Schellhas (1897), Eduard Seler (a partir de 1902), Villacorta y Villacorta (1933) Zimmermann (1956) Yuri Knorozov (1963), Ferdinand Anders (1963), John Eric Thompson (1950 y 1972) y David Kelley (1976). Hay también trabajos más recientes, como el de Roberto Escalante Hernández (1992), Gabrielle Vail (1996) Victoria R. Bricker y Gabrielle Vail (1997), y Laura Elena Sotelo Santos (2002).


Otros nombres

Códice Tro-Cortesiano, Códice Matritense Maya, Códice Maya del Museo de América de Madrid.


Lugar donde está depositado

Museo de América de Madrid, España.


(Tomado de: Paxton, Merideth. Códice Madrid. La religion mexica. Arqueología Mexicana, Vol.XVI núm. 91. Editorial Raíces, México, 2008)

lunes, 21 de febrero de 2022

Ix Chel, la diosa lunar (diosa I; diosa O)

 


Esta deidad femenina, igual que la Luna (u' o ub), a la cual estaba íntimamente asociada, era un ser multifacético. Sus imágenes la muestran como una mujer joven  (Luna creciente) o como una anciana (Luna menguante). Era patrona de los oficios característicos de su género, especialmente los relacionados con la concepción, el embarazo y el parto, pero igualmente era deidad de la medicina, los textiles, la pintura, las aguas, el arco iris, la fertilidad de la tierra y la noche. Como diosa vieja también tenía un aspecto destructivo que provocaba catástrofes e inundaciones.

Fue esposa de Itzamnaaj (así se muestra en las vasijas policromas), por lo que se le identifica como una diosa madre. Con estos atributos, pero sin relación lunar, en los textos del Templo de la Cruz en Palenque se menciona a Muwaan Mat como progenitora de los tres dioses (GI, GIII y K'awiil).

En el Clásico se representó como una mujer joven dentro de un signo lunar y, en algunos casos, cargando un conejo, símbolo por excelencia de la Luna. Su importancia es evidente en las imágenes pintadas en vasijas, en las que aparece participando en varios acontecimientos míticos. Además, se considera que muchas de las numerosas figurillas femeninas estilo Jaina y Jonura son expresión de su culto.

Sin embargo, es en los códices del Posclásico donde encontramos la mayor diversidad de sus imágenes, acciones y atributos. Conocemos varios nombres, acordes con sus advocaciones: Sak U'Ixik (Señora Luna Blanca); Chak Chel (Arco Iris Grande); Ix Chebel Yax (Señora del Primer Pincel), e Ix Chel (Señora Resplandeciente o Señora del Arco Iris).


(Tomado de: Pérez Suárez, Tomás - Dioses mayas. - Los dioses mayas. Arqueología Mexicana, vol. XV, núm. 88. Noviembre/diciembre 2007. Editorial Raíces/Instituto Nacional de Antropología e Historia. México, D.F.)





sábado, 11 de mayo de 2019

Cuáles fueron las principales culturas mesoamericanas?


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¿Cuáles fueron las principales culturas mesoamericanas?

Para responder se debe establecer que el lapso que va de la aparición de las primeras comunidades agrícolas hasta la conquista por parte de los españoles se ha dividido en tres grandes períodos:

  1. Preclásico (2500 a.C. a 200 a.C.). Se caracteriza por la aparición de la vida sedentaria y, con ello, el establecimiento de comunidades agrícolas, así como por el desarrollo de la primera civilización mesoamericana: la olmeca.  
El núcleo de la cultura olmeca se encuentra en la actual frontera de los estados de Veracruz y Tabasco, desde allí irradió un conjunto de características culturales compartidas por otros grupos contemporáneos suyos en diversas áreas de Mesoamérica ( el Altiplano, Oaxaca, las tierras bajas centrales del área Maya, etc.) pero que también pervivieron para constituir buena parte de los rasgos que Kirchhoff enumeró como la agricultura del maíz, la construcción de centros ceremoniales, la escultura monumental, la escritura y el calendario, entre los más importantes. Por ello, la olmeca es considerada la “cultura madre”.


  1. Clásico (200 a.C. a 800 d.C.). Este periodo se caracteriza por la organización gradual de asentamientos humanos en torno de complejos político-religiosos, por el desarrollo de la vida urbana a la cual se supeditaba la vida rural y por una clara diferenciación social de carácter teocrático.
En el Altiplano central dominó la cultura teotihuacana durante la mayor parte del período; Teotihuacan se convirtió en el núcleo religioso, político y económico más importante de Mesoamérica y de allí nacieron los modelos estéticos del arte indígena clásico.
La cultura maya vivió en estos momentos su mayor esplendor en ciudades como Uaxantún, Tikal, Palenque, Piedras Negras, Yaxchilán y Copán.
En los valles centrales de Oaxaca se desarrolló la cultura zapoteca que tuvo su capital en Monte Albán.
En el  golfo de México tuvieron gran importancia hacia el final del período la cultura totonaca (Remojadas, Yohualinchan y El Tajín)  y la huasteca (El Ébano, Tancanhuitz y Tamuín).


  1. Posclásico (siglos IX d.C. a XVI d.C.). La estabilidad política y económica con el consecuente florecimiento de las artes que vivió Mesoamérica durante el periodo clásico llegó a su fin alrededor del siglo IX de nuestra era. Son varias las hipótesis que se han adelantado para explicar este fenómeno, pero posiblemente haya sido la conjunción de un aumento demográfico combinado con una crisis de producción, así como la invasión de grupos venidos del norte. En la primera parte del posclásico se nota un dinamismo inusual en los movimientos migratorios que favorece la mezcla de rasgos culturales y étnicos; particularmente son significativas las migraciones de cazadores nómadas provenientes del norte (llamados genéricamente chichimecas) que penetran al territorio mesoamericano y producen ciertos modelos culturales caracterizados por la mezcla de tradiciones del clásico y prácticas militaristas propias de los invasores, al tiempo que se hace más complejo el catálogo de dioses y cultos. Se produce el establecimiento de pequeños señoríos independientes y emergen caudillos militares que favorecen la expansión de los grupos militarmente más poderosos.
(Tula, Hidalgo)
En el altiplano, la cultura tolteca, con su capital en Tula, se desarrolla en estas circunstancias al igual que la maya-tolteca itzáe en la península de Yucatán fundamentalmente en ciudades como Chichén Itzá y Mayapán, y la mixteca en Oaxaca con su capital en Mitla.
(Mayapán)



(Mitla, Oaxaca)
Conforme se acentúan tales características surgen otros grupos que las heredarán y las desarrollarán, tal es el caso de los mexicas o aztecas en el Altiplano en Tenochtitlan.
(Templo Mayor, Ciudad de México)
(Yácatas, Tzinzunzan, Michoacán)
En occidente, durante este período se consolida la cultura tarasca o purépecha en torno al lago de Pátzcuaro, mientras que en Oaxaca la mezcla de grupos nos permite hablar del desarrollo de la cultura mixteco-zapoteca. Este último será el escenario cultural que encontrarán los españoles a su llegada a estas tierras.


(Tomado de: Silva, Carlos - 101 preguntas de historia de México. Todo lo que un mexicano debería saber. Random House Mondadori, S. A. de C. V., México, D. F., 2008)