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lunes, 29 de diciembre de 2025

Américo Paredes

 


Américo Paredes

Padre del estudio del folklore chicano, uno de los más sobresalientes y prolíficos eruditos de la cultura chicana, quien mostró que el análisis del folclore, de las leyendas y canciones es un elemento clave para construir la historia cultural de los mexicanos-americanos. Nació en Brownsville, Texas, en 1915. Descendiente de una familia de mexicanos que en 1749 poblaron lo que ahora se conoce como Río Grande Valley, en Texas, heredó un profundo amor por las tradiciones y cultura mexicanas. Realizó sus estudios en la Universidad de Texas, en Austin, y obtuvo su doctorado en filosofía y letras en 1956. A la edad de 20 años se inició como escritor, publicando sus poemas en el periódico La Prensa de San Antonio. Dos años después publicó su primera colección de poesía Cantos de la adolescencia. A partir de entonces desarrolló una prolífica carrera como escritor y periodista. Sus obras, entre las que cabe mencionar With his pistol in his hands: a border balan and it's hero (1958); El cowboy norteamericano en el folklore y la literatura (1963); Estados Unidos, México y el machismo (1966), son verdaderas contribuciones al estudio de los grupos de origen mexicano que ha inspirado el trabajo de varios escritores chicanos y que le han valido el respeto de los más prestigiados académicos norteamericanos. Fue también pionero en la lucha por los centros de estudio chicanos en las universidades y dirigió el Centro de Estudios Transculturales e Historia Oral en la Universidad de Texas, en Austin. Recibió la orden mexicana del Águila Azteca en 1990.

[Falleció en Austin, Texas, en 1999]


(Tomado de: Diaz de Cossío, Roger; et al. Los mexicanos en Estados Unidos. Sistemas Técnicos de Edición, S.A. de C. V. México, D. F., 1997)

jueves, 21 de agosto de 2025

Sandra Cisneros

 

Sandra Cisneros 


Poeta, cuentista y ensayista chicana de fama internacional. Hija de padre mexicano y madre norteamericana, nació en 1954 en Chicago. Además de escritora, ha trabajado como maestra de adolescentes con problemas, maestra de poesía y como profesora visitante en varias universidades de Estados Unidos. Esta escritora, que escribe en inglés incorporando muchas frases en español, ha sido invitada a leer su obra en México, Alemania y Suecia. Su obra The house of Mango Street, publicada en 1983, ha recibido muchos premios literarios como el "American Book Award"; en 1994 fue traducida al español por Elena Poniatowska. Su última colección de cuentos Woman Hollering Creeck and Other Stories (1991) ha sido traducida al español y otras lenguas. Sus cuentos son recreaciones llenas de humor de la realidad de ambos lados de la frontera. Reside en San Antonio, Texas y actualmente está escribiendo una novela. Es una de las escritoras chicanas que vive de sus regalías. En 1995 recibió el premio "Genius Grant", de la Fundación MacArthur, por 250 mil dólares.


(Tomado de: Diaz de Cossío, Roger; et al. Los mexicanos en Estados Unidos. Sistemas Técnicos de Edición, S.A. de C. V. México, D. F., 1997)

domingo, 7 de enero de 2024

Rosario Castellanos

 


Rosario Castellanos

Intelectual feminista y gran escritora


Las protagonistas 


Ricardo Cruz García | Historiador


"Cáite cadáver", suelta emocionada Rosario al escribirle a su futuro esposo, Ricardo Guerra, para contarle que conoció en París, gracias a Octavio Paz, a la voz viva del feminismo en el mundo occidental, Simone de Beauvoir, y al padre de la existencialismo, el filósofo Jean-Paul Sartre. Era 1951 y una de las más reconocidas feministas mexicanas del siglo XX, aparte de grandiosa escritora, se encontraba frente a frente con dos de los más célebres intelectuales franceses de la época.

Ese encuentro marcaría a Rosario de por vida, pues sus trabajos estarían influidos por la obra de Beauvoir, autora del famoso ensayo El segundo sexo (publicado por la prestigiosa editorial Gallimard en 1949), del que aún hoy resuena la frase que resume la visión de la francesa: "No se nace mujer: llega una a serlo."

Rosario Castellanos Figueroa nació en Ciudad de México el 25 de mayo de 1925, aunque su infancia y parte de su adolescencia las pasó en la hacienda de su familia en Comitán, Chiapas, un pueblo cerca de la frontera con Guatemala en donde atestiguó las condiciones de vida de los indígenas de la región, así como su arraigada cultura.

En 1941, con apenas dieciséis años, la encontramos de nuevo en la capital mexicana. Aquí continuó su educación y más tarde estudió derecho, carrera que luego abandonó para adentrarse en la literatura y la filosofía. De acuerdo con la historiadora Gabriela Cano, en 1948 Castellanos empezó a trabajar en su tesis para obtener el grado de maestra en Filosofía, la cual llevaría el título Sobre cultura femenina, un luminoso ensayo sobre la marginación de la mujer en la cultura occidental que, pese a su valiosa aportación al debate intelectual de la época en torno a la condición femenina, se mantuvo casi en el olvido por más de medio siglo, hasta que el Fondo de Cultura Económica lo rescató en 2005.

Casualmente, justo en ese año en que Rosario inició su trabajo de tesis Simone de Beauvoir estaba de viaje en México, acompañada de su amante, el escritor estadounidense Nelson Algren, con quien entre mayo y julio visitó ruinas arqueológicas, sitios históricos y museos, además de ciudades como Mérida, Morelia, Puebla y la capital del país. Seguramente ninguna de las dos imaginaba que pocos años después se saludarían en París.

En 1950 Castellanos se tituló como maestra en Filosofía y después regresó a Chiapas. Tras una estancia como becaria en la Universidad Complutense de Madrid, España, volvió a México y se convirtió en promotora cultural del Instituto de Ciencias y Artes chiapaneco, con sede en Tuxtla Gutiérrez. Más tarde se estableció en San Cristóbal de las Casas e ingresó como docente a la Universidad Autónoma de Chiapas, al tiempo que colaboraba en el Instituto Nacional Indigenista.

El año de 1957 marcó el despegue de Rosario como escritora reconocida, luego de la publicación de su primera novela Balún Canán (que alude al nombre maya de Comitán), una obra con tintes autobiográficos que retrata un mundo dividido por el conflicto entre los terratenientes blancos y los indígenas explotados.

Rn 1958 se casó con el filósofo Ricardo Guerra y se estableció en Ciudad de México. En los sesenta hizo de la Universidad Nacional su centro de estudio, reflexión y trabajo. Bajo el rectorado de Ignacio Chávez, se encargó de la jefatura de Información y Prensa de dicha casa de estudios, aparte de impartir cátedra en la Facultad de Filosofía y Letras y redactar semanalmente su artículo para el Excélsior.

En 1960 salió a la luz su colección de cuentos Ciudad Real; en 1962, su segunda novela, Oficio de tinieblas, y dos años más tarde su libro de relatos Los convidados de agosto. Asimismo, en esa década fue invitada como profesora huésped a universidades de Estados Unidos. A su regreso a México en 1967, fue designada Mujer del Año. En ese tiempo también se divorció de Guerra.

En 1971 tuvo que dejar la UNAM para cumplir con el cargo de embajadora de México en Israel. Establecida en Tel Aviv, llevaba a cabo su labor diplomática, daba cátedra en la Universidad Hebrea de Jerusalén y continuaba con la publicación de sus obras, entre ellas Poesía no eres tú y Mujer que sabe latín..., así como con sus colaboraciones para Excélsior. Sin embargo, nunca volvería a pisar suelo mexicano, pues un trágico accidente derivado de una descarga eléctrica terminó con su vida el 7 de agosto de 1974.

Intelectual comprometida, gran representante de una visión del feminismo mexicano del siglo XX, magnífica escritora, sus restos descansan en la Rotonda de las Personas Ilustres de la capital del país.



(Tomado de: Cruz García, Ricardo. Las protagonistas: Rosario Castellanos. Relatos e historias en México, año 12, número 135. Ciudad de México, 2019)

viernes, 20 de mayo de 2022

Aurora Reyes

 


Las protagonistas

Aurora Reyes, luchadora magisterial, muralista y poeta


Ricardo Cruz García - Historiador

Apenas pasa los cinco años y ya ha vivido la guerra. La revolución no cesa y se cuela por las rendijas de la vida cotidiana, cuantimás para una descendiente de la familia Reyes. Al amanecer, con el barrio de La Lagunilla como forzoso refugio, la pequeña Aurora va con una tablita en la mano ofreciendo el pan que ha horneado pocas horas antes su mamá: "¡Bísquetes, hay bísquetes!", grita y vuelve a gritar, mientras se mantiene atenta a la bolsa con piedras que también carga para sorrajarle un proyectil en la cara o donde se pueda a alguno de los muchachos que con frecuencia intentan robarle su mercancía. Ni modo: hay que aprender a sobrevivir en tiempos de miseria, de hambre y de muerte.

Nacida en la población minera de Hidalgo del Parral, en Chihuahua, Aurora Reyes Flores vio la luz primera el 9 de septiembre de 1908, de acuerdo con su biógrafa Margarita Aguilar Urbán. Fue hija de León Reyes, el primer hijo del general porfiriano Bernardo Reyes, cuya muerte en 1913 provocó que el padre de Aurora se trasladara a la capital del país para asistir al funeral. Más tarde llegarían su esposa y su hija.

En medio de la Revolución, la familia tuvo que mantener un bajo perfil durante un tiempo para evitar alguna represalia. Fue en esos años cuando Aurora vivió en La Lagunilla, en una vecindad que después recordaría como espantosa y promiscua, rodeada de gente cuyo lenguaje podría llenar una antología de la "leperada mexicana". En la ciudad cursó algunos estudios básicos y -como señala Aguilar Urbán- en 1921 ingresó a la Escuela Nacional Preparatoria, asentada en el antiguo Colegio de San Ildefonso y donde conoció a la joven Frida Kahlo, hija de otro personaje destacado en tiempos porfirianos: el fotógrafo Guillermo Kahlo.

Aurora no duró mucho en la Preparatoria, pues fue expulsada tras golpear a una prefecta que la había acusado de libertina y jefa de una banda de ladrones. Con una idea más clara de su vocación, su siguiente parada fue la antigua Academia de San Carlos, que contaba entre sus maestros a Alfredo Ramos Martínez y Fermín Revueltas. Alma inquieta, pronto también dejó esta escuela y buscó su propio camino de manera autodidacta.

De acuerdo con Aguilar Urbán, en 1927 recibió su nombramiento como profesora de Artes Plásticas de primaria y más tarde se integró a la planta docente de una prevocacional del IPN. La profesión de maestra la ejerció durante la mayor parte de su vida, hasta su jubilación en 1964.

Como mujer que creció con el fuego de la Revolución, Aurora coincidió con la ideología nacionalista impulsada por el Estado mexicano, al igual que lo hicieron Diego Rivera y otros artistas e intelectuales, y no dudó en respaldar la educación socialista implantada en el cardenismo. Incansable luchadora social, no evadió el debate público ni la polémica. Su activismo político la llevó a formar parte de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios, la famosa LEAR, a la que ingresó en 1936. En ese mismo año elaboró su primer mural: Atentado a las maestras rurales, pintado en el Centro Escolar Revolución (en la actual esquina de Niños Héroes y Chapultepec, frente a la estación de metro Balderas), por el que sería ampliamente reconocida y considerada la primera muralista mexicana.

Como comunista, sindicalista y con una firme postura de izquierda antiimperialista y contra el fascismo, Aurora se mantuvo por muchos años en medio del debate público y el activismo político y social, incluido su apoyo a los estudiantes en 1968. Era vista como una mujer liberada, siempre firme en su lucha por los ideales revolucionarios que veía cada vez más ajenos a los gobiernos priistas. Su arraigado nacionalismo, su idea de la patria y su visión de la mujer y de la historia mexicana quedaron plasmados en sus libros de poesía como Humanos paisajes (1958), La máscara desnuda (1969), o Espiral en retorno (1981), pero sobre todo en su arte gráfico, en especial en sus otros grandes murales: los cuatro que pintó en 1962 al interior del antiguo Auditorio 15 de mayo del SNTE (en la calle de Belisario Domínguez del centro de Ciudad de México), hoy en el abandono; y El primer encuentro realizado en el edificio de la alcaldía de Coyoacán en 1978.

Si algo destaca en la larga trayectoria de Aurora Reyes es su lucha desde el magisterio por un país mejor, su visión de la educación como pilar del desarrollo y la importante labor del maestro "en los movimientos históricos de la patria", pero siempre con una postura crítica, pues como ella afirmó: "Amo por encima de todo la libertad". Murió hace 35 años, el 26 de abril de 1985.


(Tomado de: Cruz García, Ricardo - Aurora Reyes: lucha y arte. Relatos e historias en México. Año XII, número 140 Editorial Raíces, S.A. de C. V., México, 2020)

lunes, 25 de abril de 2022

José Peón Contreras

 


El poeta doctor José Peón Contreras (1843-1907)

Nació en Mérida en 1843 y murió en la ciudad de México en 1907; formó parte de la generación de poetas románticos del siglo XIX, tales como Eligio Ancona, Juanes, Irigoyen Lara, Santamaría, Ramón Aldana, Peniche Moreno Cantón, Rita Cetina Gutiérrez, Julia Feblesu, etc. Todos ellos contribuyeron con sus mejores letras a las canciones de esos años iniciando así una larga y provechosa tradición. Peón Contreras fue, además de poeta, notable comediógrafo, médico y politico. Como letrista colaboró con el legendario trovador "Chan Cil" [Cirilo Baqueiro], dejando una herencia de poemas en los que abrevaron los mejores cantilenistas y trovadores del momento.

Entre sus letras más conocidas, todas ellas musicalizadas por "Chan Cil", hay que mencionar: A María, La mestiza, Adiós, Azucena, Vuelvo a ti y Despedida. Como dato curioso, Peón Contreras escribió una poesía jocosa que estuvo de moda en Yucatán allá por 1900, se llamó La chinche y la pulga, y comenzaba así:

La chinche y la pulga

se quieren casar

no hacen la boda

por falta de pan.


(Tomado de: Moreno Rivas, Yolanda - Historia de la Música Popular Mexicana. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes/Alianza Editorial Mexicana. México, D.F., 1989)





jueves, 1 de julio de 2021

Leyenda de la calle de Donceles


LA CALLE DE LOS DONCELES
I
Con el séquito que trajo
un virrey a Nueva España,
llegaron ocho donceles
de indescriptible arrogancia.

Eran, al decir de todos, 
de distinguida prosapia,
con pergaminos y escudos
de la más brillante heráldica.

Mirábanlos las mujeres
como apolíneas estatuas,
pero esquivando gazmoñas
conversarles cara a cara.

Y era de verlos a todos
en palacio haciendo guardia
con vistosos uniformes
mitad nieve y mitad grana.

Juntos iban por la calle
a la iglesia y a la plaza
departiendo alegremente
al rumor de sus espadas.

Hablóse de todos ellos
con gran sigilo en las casas,
porque a padres y a maridos
pusieron en gran alarma.

Y más crecieron los sustos
de las gentes timoratas
sabiendo que todos eran
de Sevilla y de Granada.

Centinelas incansables,
habituadas a las zambras,
y perpetuos rondadores
de balcones y ventanas.

Tenores al aire libre
en alegres serenatas,
prontos a verter su sangre
por conquistar a una dama.

Hombres de angosta escarce:
y de conciencia muy ancha;
los miedos a Dios y al mundo
cargábanlos en la espalda.

Y en comidas y saraos,
como en religiosas pláticas,
a las más lindas doncellas
galantes ruborizaban.

De cada cual se decían
historias breves o largas
de infortunados amores
fuentes de dolor y lágrimas.

Quien con delicado tino
sedujo a discreta dama,
quien enamoró a una monja
y quien burló a una casada.
Y eran tales los embustes
y eran las consejas tantas
que no faltó quien dijese,
como una verdad sagrada,
que aquellos ocho donceles
dieron tal guerra en España
con sus cuitas amorosas
y sus riñas y asechanzas,
que por tener ascendientes
de Manresa y Calatrava
y ser hidalgos muy limpios
y mayorazgos sin tacha,
en vez de darles castigos
que su sangre rebajaran,
se creyó justo y prudente
pasar a todos por agua
volviéndolos edecanes
del virrey de Nueva España.

Y así a México vinieron
precedidos de gran fama,
y hubieran ido al palacio
a vivir como en su casa,
si el Virrey, hombre celoso
y de experiencia muy vasta,
no hubiera determinado,
por razones que se callan,
que aquellos mozos vivieran
lejos de la real estancia.

Y alegres y satisfechos
como antiguos camaradas
un mismo techo dio abrigo
a tan arrogantes guardias.

II
Es la juventud la fuente
de las más hermosas aguas
que fecundizan las flores
del amor y la esperanza.

Edad que nunca vacila,
ni teme, ni mide nada,
pues los más negros abismos
o los desdeña o los salva.

Radiante aurora de mayo
con nubes de armiño y gualda,
que incensan todas las rosas
y pueblan todas las auras.

¿Quién no se siente a su influjo
capaz de tender las alas
sobre los profundos mares
que sacude la borrasca?

¿Quién no rinde a la hermosura
ese amor que eterno irradia
un fulgor que envidiaría
la estrella que anuncia el alba?

Llenan de placer las horas
dulces e infinitas ansias,
que son de noche aventuras
y por la tarde esperanzas.

La nívea mano que arroja
desde el balcón una carta;
los negros ardientes ojos
que despiden vivas llamas;
el suspiro que despliega
al aire impalpables alas
al tenue rumor de un beso
que por tenue arrulla el alma;
la promesa no cumplida,
la nunca completa charla,
el infundado reproche
que las vigilias amarga;
la caricia que el armiño
de los recatos profana, 
el áureo rizo robado
a una frente pura y casta;
el lazo que cae al polvo
y la devoción levanta
y al cambiarlo en amuleto
como reliquia lo guarda;
los alardes de bravura,
los testimonios de audacia,
el odio a las mezquindades
y a las miserias humanas;
y los sueños de grandeza
con que el pensamiento abarca
todo el porvenir que ofrecen
la fe, el amor y la patria;
esto en raudo torbellino
en hirviente catarata,
se desborda de la vida
en las primeras mañanas.

Y nada oscurece el mundo,
y nada la dicha empaña,
porque como luz eterna
el amor alumbra el alma.

Y así soñando imposibles,
siempre entre ficciones vagas
y alegrando con cantares
las horas que breves pasan,
aquellos alegres mozos
turbaron juntos la calma
de una ciudad que dormía
entre lutos y plegarias.

Sus mandolinas sonoras
noche por noche poblaban
de alegres notas las calles
haciendo abrir las ventanas.

Y aunque el toque de la queda
en la catedral sonara,
y aunque llamase a sermones
en la torre la campana,
con alegres seguidillas,
o con peteneras lánguidas,
como buenos andaluces
libando sabrosas cañas,
lo mismo en anchos parajes
que en tristes encrucijadas,
iban derramando juntos
la sal, la vida y la gracia.

Y ni su paso cortóles
la austera ronda de capa,
ni les impuso silencio
la autoridad soberana.

Porque eran de sangre limpia,
todos la flor y la nata
de los bravos estudiantes
de la egregia Salamanca.

Porque los trajo en familia
quien más honores alcanza,
y porque eran por su lustre,
sus años y su arrogancia
los donceles escogidos
para hacer brillante guardia
en las reuniones selectas
del virrey de Nueva España.

III
No derramaron seis lunas
sus tibios rayos de plata
sobre la ciudad que fuera
rico emporio del Anáhuac,
cuando ya en todas las bocas
al par que en todas las casas,
era el obligado tema
la conducta de los guardias.
-Don Lope corteja a Luisa.
-Don Mendo vive con Juana.
--Don Gastón sedujo a Julia.
-Y don Baldomero a Ignacia.
-Y el Virrey disculpa todo.
-Y la Mitra no hace nada.
-Y todo se les tolera
y se les toma por gracia.
-¿El Santo Oficio qué dice?
-Como de nobles se trata,
el Santo Oficio está mudo
y sordo como una tapia.
-Pues por pecados veniales,
si a los de éstos se comparan,
a plebeyos infelices
se han arrojado a las llamas.

-La Inquisición, como todo,
tiene gran miedo al monarca
y cuentan que entre estos chicos
tiene un hijo el rey de España.
-¡Eso es imposible! ¡Nunca
un ser de estirpe tan alta
como un segundón sin lustre
viene a tierras tan lejanas!
-Nadie sabe si el rey quiere
más vástagos de su raza
en estos ricos dominios...
-El rey sabe lo que manda.
-¿Y quién es el misterioso
príncipe que se recata?
-Lo sabrá Dios solamente.
-O Julia tal vez, o Juana.
-Anoche en el Mentidero,
que así a los Plateros llaman,
cerca de la media noche
se cruzaron dos espadas:
llegó la ronda y hallóse
con donceles en campaña,
les saludó con respeto
y luego siguió su marcha.
-¿Y murió alguno?
-Lo ignoro;
pero al rayar la mañana
yo he visto sangre en las piedras
cuando fui a la misa de alba.
-Cuentan unos que estos mozos
viven en constante zambra,
y que con todo descaro
noche por noche en su casa
danzan y beben y juegan
con impuras cortesanas.
-¡Y nada dicen los curas
en la cátedra sagrada!
-¡Qué han de decir, si parece
que les aplauden sus faltas!
-Ya es justo poner remedio.
-En esto peca el que calla.
-Pensaremos en el modo,
porque ya es mucha la alarma.
-Los padres y los maridos
tenemos miedo en el alma.
-¿Qué haremos?
-Dios nos inspire.
-¡Un memorial!
-¿Quién lo calza?
-¡Una denuncia!
-Hay peligro.
-Démosles la cencerrada.
-Y nos dirán motineros
y la ronda nos atrapa.
-Pues estos chicos no deben
continuar su propaganda
de escándalos y vergüenzas...
-El diablo es quien los ampara.
-Será el Virrey.
-Es lo mismo.
-Detén la lengua.
-Me exalta
en estos tiempos tan tristes
lo que vemos, lo que pasa.
-Ya Dios nos dará el consuelo.
-Buena noche.
-Hasta mañana.

IV
Fueron tantos los abusos,
las víctimas fueron tantas,
de aquel grupo de Tenorios
impunes por su prosapia,
que al fin el Virrey se dijo
cuando meditó con calma
al saber que cien familias
se estaban ahogando en lágrimas:

~Si no puedo castigarlos
por no ofender al monarca,
lo más cuerdo y lo más justo
es ordenar que se vayan~.

Y con sutiles razones
preparó la pronta marcha
de los que al principio fueron
sus más consentidos guardias.

Alegráronse los hombres
de resolución tan sabia,
pero causó gran sorpresa
a doncellas y casadas.
-¡Pobrecillos! Porque visten
con gusto y con elegancia,
porque son mozos y alegres,
porque cortejan y cantan,
y en fin, porque cuanto sienten
ni lo fingen ni lo callan,
el Virrey como castigo
los vuelve a pasar por agua.
-¡Ay, quién pudiera con ellos
ir hasta tierras extrañas!
-¡Yo quisiera ser el puño
de sus hermosas espadas!
-Pues yo la hebilla que cierra
el encaje de sus calzas.
-Yo la pluma del sombrero.
-Yo el botón de su casaca.
-Las mujeres nos morimos
por salir a las ventanas
cuando en las noches de luna
juntos en la calle cantan.
-Con razón, si son tan guapos.
-Si son la flor y la nata.
-Yo voy a llorar por ellos.
-Viene tu padre, ¡silencio!
-Ya está tu marido, ¡calla!
-¡Pobrecitos!
-Pobrecitos.
-Los expulsan.
-Los arrancan.
-Que nos escuchan.
-Prudencia.
-Buena noche.
-Hasta mañana.
.. .. .. .. .. .. .. .. .. .. ..
Y pasados unos meses
quedó desierta la casa
que fue durante algún tiempo
centro de amorosas ansias.

Y cuando de aquellos mozos
y sus aventuras raras
el pueblo que todo inquiere
forjó tragedias y dramas,
a la calle en que vivieron
los ocho arrogantes guardias
la llamó "de los Donceles"
para eternizar su fama.


(Tomado de: Peza, Juan de Dios – Leyendas históricas, tradicionales y fantásticas de las calles de la Ciudad de México. Prólogo de Isabel Quiñonez. Editorial Porrúa, S.A. Colección “Sepan cuantos…”, #557, México, D.F., 2006)

jueves, 27 de mayo de 2021

Leyenda de la calle del Relox


El reloj de Palacio
Leyenda de las calles del Reloj

Lector, escúchame atento
esta tosca narración
y júzgala la tradición,
fábula, consejos o cuento.
En un libro polvoriento
la encontré leyendo un día,
y hoy entra a la poesía
desfigurada y maltrecha;
el verso es de mi cosecha
y la conseja no es mía.

Hubo en un pueblo de España
cuyo nombre no es del caso
porque el tiempo con su paso
todo lo borra o lo empaña,
un noble que cada hazaña
de las que le daban brillo,
celebraba en su castillo
dando dinero a su gente
construyendo un nuevo puente
o alzando un nuevo rastrillo.

Era el noble de gran fama,
de carácter franco y rudo,
con campo azul en su escudo
y en su torre un oriflama.
Era señor de una dama
piadosa como ninguna;
dueño de inmensa fortuna
por trabajo y por herencia
y tan limpio de conciencia
como elevado de cuna.

Una vez, para decoro
de sus ricas heredades
cruzó yermos y ciudades
para combatir al moro.
Llevóse como tesoro
y como escudo a la par,
un talismán singular
atado a un viejo rosario:
un modesto escapulario
con la Virgen del Pilar.

Era el precioso legado
de sus ínclitos mayores;
desde sus años mejores
lo tuvo siempre a su lado.
Y como voto sagrado
de cristiano y caballero
juzgó su deber primero
en el combate ceñido
llevarlo siempre escondido
tras de su cota de acero.

En ocasión oportuna
el noble llegó a creer
que ante el moro iba a perder
honra, blasón y fortuna.
Soñó que la media luna
nuncio de sangre y de penas,
en horas de espanto llenas
iba en sus feudos a entrar
y hasta la vio coronar
sus respetadas almejas.

Y no sueño, realidad
pudo ser en un momento,
pues fue tal presentimiento
engendro de la verdad.
Acércanse a su heredad
Muslef y sus caballeros;
mira brillar los aceros
al fulgor de alta linterna
y sale por la pierna
en busca de sus pecheros.

Anda con paso inseguro
de un hachón a los reflejos;
"alarma", grita a lo lejos
el arquero sobre el muro.
Como a la voz de un conjuro
del noble a los servidores
surgen entre los negrores
de aquella noche maldita
y lo siguen cuando grita:
"¡Sus!¡a degollar traidores!"

Corren y en breves instantes
terror y el espanto difunden
y en una masa se funden
asaltados y asaltantes.
Los cascos y los turbantes,
revueltos y confundidos,
entre quejas y alaridos
vense en las sombras surgir,
sin lograrse distinguir
vencedores y vencidos.

El noble señor avanza
en pos del blanco alquicel
de un moro que en su corcel
huye blandiendo su lanza.
Resuelto a asirlo le alcanza
por ciega rabia impelido,
y cruel y enardecido
le mata con gran fiereza
y le corta la cabeza,
pues Muslef era el vencido.

Al tornar lleno de gloria
a su castillo feudal
dijo: "Es un ser celestial
el que me dio la victoria.
El que ampara la memoria
y el lustre de mis abuelos;
el que me otorga consuelos
cuando vacila mi planta;
es... ¡la imagen sacrosanta
de la Reina de los Cielos!

"Siempre la llevé conmigo
y hoy de mi fe como ejemplo
he de levantarle un templo
donde tenga eterno abrigo.
El mundo será testigo
de que ferviente la adoro,
y cual reclamo sonoro
de su gloria soberana
daré al templo una campana
hecha con armas del moro."

El tiempo corrió ligero
y el templo se construyó,
como que el noble empeñó
palabra de caballero.
Sobre su recinto austero,
todo el feudo acudió a orar
venerando en el altar
en lujoso relicario,
un modesto escapulario
con la Virgen del Pilar.

Los siglos, que todo arrasan,
lo más sólido destruyen,
los hombres llegan y huyen
y los monumentos pasan. 
Templos que en la fe se abrasan
ceden del tiempo al estrago;
todo es efímero y vago
y en las sombras del no ser
lo que vistió el oro ayer
hoy lo encubre el jaramago.

Quedóse el templo en ruinas,
sus glorias estaban muertas
y ya en sus naves desiertas
volaban las golondrinas.
Sobre sus muros, espinas;
verde yedra en la portada;
la virgen, abandonada
por ley aciaga e injusta,
y la campana vetusta
eternamente callada.

En cierta noche el horror
de algo extraño se apodera
de aquel pueblo cuando oyera
de la campana el rumor.
Desde el más alto señor
al pobre y al pequeñuelo,
acuden con vivo anhelo
a mirar quién la profana
y se encuentran la campana
sola, repicando a vuelo.

Asaltan con gran trabajo
la torre donde repica
y su espanto multiplica
ver que toca sin badajo.
El noble, el peón del tajo,
el alcalde, el alguacil,
con agitación febril
y con ánima turbada
exclaman: "¡Está hechizada
por los siervos de Boabdil!"

Entre temores y enojos,
propios de aquellos instantes,
los sencillos habitantes
ya no pegaron los ojos.
Con sobresalto y sobrinos
el temor al pueblo excita;
lleva el cura agua bendita
y como todos, temblando,
comienza a rezar, regando
a la campana maldita.

A medida que mojaba
el agua bendita el hierro,
cual diabólico cencerro
más la campana sonaba.
La gente se santiguaba
triste, amedrentada y loca;
el cura a Jesús invoca
y por fin llega a exclamar:
"No la podemos callar
porque el diablo es quien la toca".

Tras esa noche infernal
se dio cuenta al nuevo día
de aquella aventura impía
al consejo y al fiscal.
Éste, en tono magistral,
bien estudiado el conjunto,
resolvió tan grave punto
y por solución perfecta
dijo: "Que tuvo directa
parte el diablo en el asunto."

Y como sentencia sana,
poniendo al espanto un dique,
declaró nulo el repique
de la maldita campana;
que cualquier mano profana
con un golpe la ofendiera;
que el pueblo la maldijera,
siendo el alcalde testigo
y desterrada, en castigo, 
para las Indias saliera.

Cumplida aquella sentencia,
maldecida y sin badajo,
a México se la trajo
antes de la Independencia.
de algún Virrey la indolencia
la dio castigo mayor
quedando en un corredor
del Palacio abandonada,
por ser campana embrujada
que a todos causaba horror.

Alguien la alzó en el espacio,
le dio voz y útil empleo,
y fue un timbre y un trofeo
en el reloj de palacio.
El tiempo a todo reacio
y que méritos no advierte,
puso un término a su suerte
cambiando su condición
y encontró en la fundición
metamorfosis y muerte.

En el libro polvoriento
que al acaso registré,
la descripción encontré
de tan raro monumento.
Tuvo como un ornamento
de sus nobles condiciones,
de su abolengo pregones
en la parte principal,
una corona imperial
asida por dos leones.

En el cuerpo tosco y rudo
consagrando sus sonidos,
se miraban esculpidos
un calvario y un escudo;
y como eterno saludo
de la tierra en que nació
en sus bordes se grabó
una fecha y un letrero:
"Maese Rodrigo" (el obrero
que la campana fundió).

Produjo tal sensación
entre la gente más llana
ver un reloj con campana
en la virreinal mansión,
que son eterna expresión
de aquel popular contento
las calles que el pueblo atento
"del Reloj" sigue llamando,
constante conmemorando
tan fausto acontecimiento.

Dos centenares de auroras
la campana de palacio
lanzó al anchuroso espacio
sus voces siempre sonoras.
Después de marcar las horas
con solemne majestad,
dejole a nuestra ciudad
recuerdo imperecedero,
que es su toque postrimero
vibrando en la eternidad.


(Tomado de: Peza, Juan de Dios – Leyendas históricas, tradicionales y fantásticas de las calles de la Ciudad de México. Prólogo de Isabel Quiñonez. Editorial Porrúa, S.A. Colección “Sepan cuantos…”, #557, México, D.F., 2006).