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jueves, 12 de marzo de 2026

La dinastía azulcrema

 


La dinastía azulcrema 

En 1918 existía preocupación en el medio futbolístico por la falta de equipos que ofrecieran mayor oposición al Club España. El inglés Percy C. Clifford, figura central de la etapa pionera, pensaba que la gente terminaría alejándose de los campos, aburrida de ver ganar siempre y con tanta facilidad a los españoles. Lo que mister Clifford no imaginaba era que el equipo que iba a romper la hegemonía españolista acababa de debutar en la liga: el Club América. 

Para 1916, en los colegios particulares de la capital la práctica del balompié era un asunto cotidiano. De esos ambientes escolares surgió el Club América, resultado de la fusión de dos equipos ligados al Colegio Francés de los hermanos maristas. Uno era el Récord, encabezado por los alumnos Germán Núñez Cortina y Rafael Garza Gutiérrez, quien habría de heredar como apodo el nombre del equipo; el segundo era el Colón, que entrenaba el profesor Eusebio Cenoz, quien sugirió la formación de un solo conjunto. Para ello se convocó a una junta en los llanos de la Condesa el 12 de octubre de 1916 y ahí reunidos los 22 jugadores, sin pensarlo demasiado, eligieron el nombre de América para el nuevo club. 

La liga los aceptó en la temporada 1917-18, luego de que consiguieron un inesperado empate frente al España. Quedaron en último lugar. Influidos por el profesor Cenoz, y otros miembros del Colegio Francés, decidieron llamar Unión al equipo. Las cosas no mejoraron y al finalizar la campaña 1919-20, un grupo de jugadores rompe con sus tutores franceses y decide regresar al nombre original. Inicia entonces la fama de los muchachos azulcrema. 

A partir de 1920 empezó a formarse el cuadro base que les permitiría aspirar al campeonato. Las primeras adquisiciones fueron Enrique "La matona" Esquivel y Horacio Ortiz, que venían del extinto Pachuca. Después recibieron a un grupo de orizabeños muy experimentados que estudiaban en la capital. El primero de ellos en ponerse la camiseta crema fue Firpo Nadal, que llegó en 1923. Luego le siguieron Ernesto Sota, Juan Terrazas y los hermanos Cerrilla. El equipo había ganado en fortaleza física y velocidad. La falta de técnica la suplían con empuje y agobio al contrario que, por lo general, acababa siendo arrollado. 

Entonces comenzó el verdadero despegue del club, que conquistó cuatro títulos de manera consecutiva, empezando por el de 1924-25. Por fin un cuadro formado exclusivamente por mexicanos se imponía a los orgullosos españoles y además los mantenía alejados del título por cuatro años. Eso le dio un nuevo interés al fútbol y permitió que las tribunas volvieran a llenarse.


(Tomado de: Bañuelos Rentería, Javier. Balón a tierra (1896-1932). Crónica del fútbol mexicano. Editorial Clío, libros y videos S.A. de C.V. Segunda edición, México, 1998)

lunes, 3 de junio de 2019

Las derrotas corteses

Hacia los meses finales de 1949 y los primeros de 1950, la leyenda viviente del fútbol mexicano, Rafael Garza, “Récord”, y el incipiente entrenador Octavio Vial, se reunieron con frecuencia y trataron de desactivar la tremenda bomba que el destino les había deparado.

“Récord” era técnico del cuadro crema, y era tal su fama que de pronto se vio preso del mayor tormento: ser el entrenador de la selección nacional. “La Pulga” Vial lo sustituyó en la dirección del América, y fungió como su asistente en la selección, que ya pensaba en la próxima Copa del Mundo en Brasil [1950]. Hacia la Navidad de 1949, la selección que “Récord” había armado en sus ratos libres fue goleada en España por el Real Madrid (7-1) y el Atlético de Bilbao (6-3). La crítica no se hizo esperar, y el apesadumbrado “Récord” tuvo que delegar el cargo en Vial.

Sin embargo, cuando la selección de Vial fue derrotada, días antes del Mundial, por el Botafogo y éste a su vez por un improvisado Combinado Tapatío, el diario El Nacional dictaminó: “Nuestra selección perdió y no debe ir a Brasil. Nada más van a poner en ridículo el nombre de México.” así las cosas, una selección nacional con escasos 15 días de preparación partió a hacerle frente al mejor equipo del momento, en la inauguración del estadio más grande del mundo.

El 24 de junio de 1950, ante las tribunas inacabables del Maracaná, disputando el primer partido de Copa del Mundo tras su interrupción en 1938, México no estuvo a la altura del compromiso. Ante un sistema ultradefensivo que apenas dejaba aire suficiente para respirar al portero Carbajal, Brasil, caminando, aplastó 4-0 a un equipo de profesionales a la mexicana.

El 28 de junio, en Porto Alegre, Yugoslavia planchó otra vez las camisas nacionales al ritmo de 4-1, el gol mexicano a cargo de Héctor Ortiz. Y el 2 de julio, en su despedida del Mundial carioca, México cayó vencido ante los suizos por 2-1, con el solitario tanto anotado por el veterano Casarín.

En aquel último partido ocurrió un detalle interesante. Al confundirse la casaca nacional suiza con la mexicana que se usaba entonces -de un rojo tirando a guinda- se decidió echar mano del clásico volado para resolver el problema. Esa fue la única victoria mexicana en el Mundial de Brasil: Suiza debía cambiar de uniforme. Pero no. La tradicional cortesía mexicana dijo que “de ninguna manera, no faltaba más, pase usted primero”... y los seleccionados nacionales jugaron con el uniforme de pantalón oscuro y camiseta a rayas azules del Gremio de Porto Alegre. México había perdido sin tocar el balón.

(Tomado de: Sotelo, Greco - Crónica del futbol mexicano: el oficio de las canchas (1950-1970). Editorial Clío, Libros y Videos, S.A. de C.V., México, 1998)